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El Fruto de la “Superinvencibilidad”: “Más que Vencedores”.

El Fruto de la “Superinvencibilidad”: “Más que Vencedores”.

“Romanos 8: 38- 39: 37 Antes, en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó. 38 Por lo cual estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, 39 ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro”.

 

  • Comentario del los versículos. 37–39:

No, en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó. Porque estoy convencido de que ni la muerte ni la vida, ni ángeles ni principados, ni cosas presentes ni cosas por venir, ni poderes, ni lo alto ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada podrá separarnos del amor de Dios que es en Cristo Jesús Señor nuestro.

Pablo ha estado hablando de aflicción, angustia, persecución, hambre, desnudez, peligro y espada. En ese momento hasta parecía que él no podía pensar en otra cosa que en sufrimientos y dificultades. No obstante, su intención era precisamente la opuesta: deseaba enfatizar que en medio de todas estas desagradables experiencias en realidad, aun por medio de ellas y con su ayuda somos más que vencedores. No solamente que al fin seremos vencedores; no, ya ahora somos super vencedores. Y esto no digámoslo inmediatamente por causa de nuestro maravilloso carácter y resuelto valor.

La Sra. Merrill E. Gates, 1886, estaba en lo cierto cuando escribió:

Tu amor por mí, oh Cristo,

Tu amor por mí,

No el mío por tí, declaro,

No el mío por tí.

Este es mi consuelo pujante,

Este mi gozo cantante,

Tu amor por mi,

Tu amor por mí.

¿Qué quiere el apóstol decir cuando llama a los creyentes “supervencedores”? ¿Quiso decir: ¿Estamos logrando una victoria total y rotunda”? Sin duda quiso decir eso. ¿Pero es eso todo lo que quiso decir? Las palabras, al fin y al cabo, deben interpretarse a la luz de su contexto. El apóstol dice: “en todas estas cosas”. La referencia apunta, por supuesto, a las cosas enumeradas en el v. 35. Otras “cosas” y “seres” serán añadidas en un momento, las que se mencionan en los vv. 38, 39: la muerte, la vida, los ángeles, etc. La estructura de la frase (nótese el porque, actuando en función conjuntiva) indica que éstas también han de añadirse. Finalmente, nótese la estrecha relación que hay entre el v. 28 y el v. 31s. (“porque” v. 29; “qué pues”, v. 31); y también el paralelo “todas las cosas” (v. 28) y “en todas estas cosas” (v. 37).

La semejanza se hace más evidente cuando ambas lineas son colocadas la una bajo la otra:

Versículo 28

“Y sabemos que a los que aman a Dios todas las cosas colaboran para bien”

Versículo 37

“No, en todas estas cosas somos más que vencedores por medio del aquel que nos amó”

Visto que nuestro amor por Dios nace de su amor por nosotros—secuencia que nunca falla, ya que por naturaleza no amamos a Dios—las dos afirmaciones se parecen la una a la otra también en esto. No son iguales, pero ciertamente son similares.

Una vez que esta estrecha relación es captada, comenzamos a entender que lo que Pablo está diciendo es que no se trata solamente de que estas diversas dificultades y fuerzas no nos dañan, sino que en realidad nos ayudan: todas ellas colaboran para bien. Es por esta razón que él afirma que en conexión con ellas somos más que vencedores. Un vencedor es una persona que derrota al enemigo. El que es más que vencedor hace que el enemigo sea una ayuda.

Si alguien conoció el significado de ser “más que vencedores”, esa persona debe haber sido Pablo. ¿No fue precisamente este apóstol “más que vencido” por Dios ¡De acérrimo perseguidor había pasado a ser un entusiasta partidario! Con razón el podía decir: “Estoy convencido”. ¡¿y cómo no?! Es necesario agregar algunas palabras respecto a las “cosas” y “entes” enumerados en los vv. 38 y 39. Hay cuatro pares de objetos, más dos que se mencionan por separado.

 

LOS PARES

  1. Ni la muerte ni la vida (pueden separarnos del amor de Dios que es en Cristo Jesús Señor nuestro.

Vista la mención recién hecha de la muerte (v. 36), no sorprende que Pablo haga de esta palabra la primera de la serie. Las preguntas de los salmistas respecto a la posibilidad de comunión entre Dios y el hombre aun después de la muerte—véanse Sal. 6:5; 30:9; 88:10–12—son contestadas aquí (Ro. 8:38, 39) con un determinante “Sí”, una confesión anticipada ya en el Antiguo Testamento (Sal. 49:5; 73:24, 25; Job 19:26, 17). El hecho que ni aun la muerte lograría separación entre Dios y el creyente estaba firmemente enclavado en el corazón y la mente de Pablo (2 Co. 5:8; Fil. 1:21–23). Hay confirmación adicional de esto en Lc. 23:43; Jn. 14:2; 17:24; Heb. 12:18–24.

En lo que respecta a la vida, a pesar de todas sus distracciones, especialmente para el incrédulo (Lc. 8:14), la vida del creyente es una vida de comunión con Dios. Tal es la enseñanza de ambos Testamentos (Sal. 23:4; 63:1–8; 73:23; 116:1, 2; Ro. 14:8, 9; Col. 3:1–3).

  1. Ni ángeles ni principados.

Los ángeles son mencionados con gran frecuencia en ambos Testamentos (Gn. 24:7, 40; 31:11; Sal. 68:17; Mt. 1:20, 24; 2:13, 19; 28:2, 5; Lc. 1:11; Col. 2:18; 2 Ts. 1:7; etc.). Hay un gráfico que resume la doctrina bíblica respecto a los ángeles en C.N.T. sobre Mateo, 729.

En la literatura judía, los principados son ángeles. En Ef. 3:10 es posible que la referencia sea a una categoría de ángeles buenos. Véanse también 1 Co. 15:24; Ef. 1:21; 6:12; Col. 1:16; 2:10, 15. Los Rollos del Mar Muerto contienen también múltiples referencias a los ángeles, especialmente a ángeles malos. Otras referencias se encuentran en el libro pseudoepigráfico de Enoc. Los nombres de ángeles, las diversas categorías en que debían ser clasificados y la adoración que se les debía, eran algunos de los temas sobre los cuales los herejes especialmente centrarían su atención.

Lo que Pablo dice en el presente contexto (Ro. 8:38) es simplemente esto: que aun los ángeles, sean buenos o malos, reales o irreales (estos últimos como referencia a clases de espíritus supra-mundanos que existen solamente en la imaginación de la gente), nada pueden hacer para separarnos del amor de Dios en Cristo.

  1. ni cosas presentes ni cosas por venir.

Este agrupamiento es en sentido horizontal de la linea del tiempo. El tiempo, ya sea presente o futuro—el presente con sus problemas, el futuro con sus presagios—nada puede hacer para separarnos del grande y profundo amor con que Dios en Cristo nos sonríe desde lo alto y que de momento a momento nos confiere, perdonando, ayudando y alentándonos en nuestro camino por la vida.

  1. ni lo alto ni lo profundo.

Esta clasificación es en sentido vertical. ¿Nos amenaza el peligro que viene de lo alto? ¿Parece el infierno abrir sus fauces? El hijo de Dios está seguro. Si el tiempo no lo puede separar del amor de Dios, tampoco podrá hacerlo el espacio: ni lo alto, ni lo profundo.

 

LOS ENTES INDIVIDUALES.

  1. ni poderes.

En el Nuevo Testamento los poderes son incluidos en los agrupamientos de ángeles. Véanse Ef. 1:21; 3:10; 6:12; Col. 1:16; 2:15; 1 P. 3:22. Es allí donde pertenecen. La razón por la que Pablo colocó “ni poderes” entre “ni cosas presentes ni cosas por venir” y “ni lo alto ni lo profundo” es algo que desconocemos.

  1. ni ninguna otra cosa creada.

El apóstol añade este ente todo abarcador para enfatizar que ninguna cosa de ningún orden será capaz de separar a los creyentes “del amor de Dios que es en Cristo Jesús Señor nuestro”.

Así, entonces, esta extensa subdivisión de la epístola de Pablo a los romanos, a saber, capítulos 5–8 concluye como comienza: nótese en ambos casos (5:1 y 8:39) la referencia a “nuestro Señor Jesucristo” (o “Cristo Jesús Señor nuestro). Todo lo mencionado debe servir para fortalecer la experiencia de los santos del amor de Dios que es en su Hijo. ¡A Dios sea la gloria!

 

  • Lecciones prácticas derivadas de Romanos 8:

Romanos 8 es un capítulo muy reconfortante. Contesta algunas de las preguntas más conmovedoras que con frecuencia formulan los creyentes y los serios inquiridores.

  1. Es de común conocimiento que durante las últimas décadas la ciencia y el arte de curar han hecho grandes progresos. La viruela ha sido casi eliminada. Los antibióticos han salvado muchas vidas que de otra manera, hablando en términos puramente humanos, hubieran sucumbido. La investigación sobre el cáncer está arrojando muchos resultados favorables y podríamos seguir mencionando cosas así. ¿Pero hay también algún remedio para aquellos que se encuentran ante las puertas de la muerte; preocupados, quizá, acerca de la entrada a las galerías de la gloria? Para los hijos de Dios hay una respuesta reconfortante:  versic. 1 “Por tanto, ya no hay condenación para los que están en Cristo Jesús”. Añadirse también los vv. 33, 34 y 39.
  1. Cómo puedo saber si soy creyente? Respuesta:
  1. v. 5 “Porque los que viven conforme a la carne tienen sus mentes puestas en las cosas de la carne, pero los que viven conforme al Espíritu tienen sus mentes puestas en las cosas del Espíritu”. En otras palabras, “¿Cuál es tu interés más absorbente—o el mío? ¿Lo es el mundo o lo es el reino de Dios?” Si es el último, entonces seguramente soy un hijo de Dios.
  1. Sé que amo a Dios, ¿pero cómo sé que él me ama a mí? Respuesta:
  2. v. 28 “Y sabemos que a los que aman a Dios todas las cosas colaboran para bien; es decir, a los que son llamadossegún (su) propósito”. Cf. 1 Jn. 4:19: “Amamos a Dios porque él nos amó primero”.
  1. Sé que Dios me ama, ¿Pero cómo puedo saber si lo seguirá haciendo? Respuesta:
  2. vv. 38, 39 “Estoy convencido de que ni la muerte ni la vida, ni ángeles ni principados, ni cosas presentes ni cosaspor venir, ni poderes, ni lo alto ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada podrá separarnos del amor de Dios quees en Cristo Jesús señor nuestro”.
  1. ¿Cómo puedo saber que la oración es eficaz? Respuesta:

Vv. 26, 27 “Y de igual manera el Espíritu también nos ayuda en nuestra debilidad, porque no sabemos qué es lo que debemos orar, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos indecibles. Y aquel que escudriña los corazones sabe cuál es la intención del Espíritu, que él está intercediendo por los santos conforme a la voluntad de Dios”.

  1. ¿Cuán ricos seremos en la vida futura? Respuesta:

Vv. 17, 18 “Y si hijos, entonces herederos, herederos de Dios y coherederos con Cristo; ya que el hecho de que ahora compartimos su sufrimiento significa que (más adelante) compartiremos su gloria. Porque considero que los sufrimientos de este tiempo presente no son dignos de ser comparados con la gloria que será revelada en nosotros”.

  1. ¿Cuál es, según Romanos 8, etc., el deber principal del creyente? Respuesta:
  2. 14 “Porque todos los que son dirigidos por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios”. Andan (v. 4) “no conformea la carne sino conforme al Espíritu”. Exhiben en sus vidas “el fruto del Espíritu”, respecto al cual véaseGá. 5:22, 23.
  1. ¿Tiene el creyente derecho a ser optimista? Respuesta:

Solamente el creyente, de entre toda la gente, tiene ese derecho. Véanse vv. 15–18, comenzando con “Porque no habéis recibido un espíritu de esclavitud, para llenarse otra vez de temor, sino que habéis recibido el espíritu de adopción …”. Y también los vv. 35–39, comenzando con: “¿Quien nos separará del amor de Cristo?”

 

  • Resumen del Capítulo 8:
  1. A los hijos de Dios todas las cosas colaboran para bien (vv. 1–30).

En estrecha relación con el párrafo que inmediatamente le antecede—nótese “Gracias a Dios por medio de Jesucristo nuestro Señor” (7:25)—, como también con el contenido de toda la epístola hasta el presente momento, este capítulo comienza con una exclamación triunfante: “Por tanto, ya no hay condenación para los que están en Cristo Jesús”. La expiación vicaria de Cristo ha quitado la culpa de sus pecados. En lo referente al poder contaminador del pecado, la operación eficaz del Espíritu Santo, que mora en sus corazones y que es la influencia gobernante de sus vidas, los “ha hecho libres de la ley del pecado y de la muerte”.

Dios hizo por ellos lo que la ley, operando por sí misma, nunca podría haber logrado. Debido al pecado, la ley era incapaz de salvar. Pero Dios, por medio de la muerte vicaria de su Hijo, obró la salvación. Lo hizo sin sacrificar de manera alguna la demanda de la justicia divina según la cual el pecado no puede dejar de ser castigado. Solamente aquella gente cuya meta es vivir según las demandas del Espíritu pueden derivar consuelo de esta gran verdad. Por otra parte, aquellos que están “en la carne”, es decir, que permiten que sus vidas sean gobernadas básicamente por su naturaleza humana pecadora, no tienen este consuelo. No pueden “agradar a Dios” (vv. 1–8).

Dirigiéndose directamente a su auditorio romana, Pablo prosigue: “Vosotros, por el contrario, no estáis básicamente bajo el control de la naturaleza humana pecaminosa, vosotros sois gobernados por el Espíritu”, queriendo decir: “Por ello vosotros sois, sin duda, capaces de agradar a Dios, y de hecho, [p 332] lo hacéis. (Por supuesto, no necesariamente cada uno de vosotros; si alguna persona revela por medio de sus palabras, acciones y actitudes que no desea ser controlado por el Espíritu, esa persona no pertenece a Cristo)”.

Nuestra meta debe ser, entonces, vivir en armonía con la dirección que el Espíritu da a nuestras vidas. Aquellos que lo hacen, verdaderamente vivirán. Los que no lo hacen están condenados a morir. Todos aquellos, y solamente aquellos, cuyas vidas demuestran que están siendo guiados por el Espíritu, son verdaderamente hijos de Dios.

Estas personas no son esclavos sino hijos. El Espíritu añada su propio testimonio a la voz de su conciencia regenerada, dándoles así una doble seguridad de que son hijos de Dios. Y si son hijos, son entonces también herederos. Su testador es Dios. Es él quien les conferirá una gloriosa herencia, una herencia que compartirán con Cristo, quien, siendo el Hijo de Dios por naturaleza, es el principal heredero. Ellos son coherederos, es decir, herederos junto con él. Los que aquí y ahora comparten los sufrimientos de Cristo compartirán más adelante su gloria (vv. 9–18).

Toda la creación subhumana anhela ardientemente el día de esta gloria futura de los hijos de Dios. Así como el gemir de una mujer que tiene dolores de parto indica a la vez dolor y esperanza, del mismo modo lo indica el gemir de la naturaleza. Es como si toda la creación subhumana estuviese estirando el cuello para ver “la revelación de los hijos de Dios”, porque dicho acontecimiento significará también gloria para toda la creación.

Pero este no es el único gemir que ocurre. “No sólo esto, sino que también nosotros mismos, que poseemos las primicias del Espíritu, aun nosotros mismos gemimos en nuestro interior mientras esperamos ansiosamente nuestra adopción, es decir, la redención de nuestros cuerpos”.

No sólo gime la naturaleza y gemimos nosotros, sino que “el Espíritu también nos ayuda en nuestra debilidad, porque no sabemos qué es lo que debemos orar, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos indecibles”. Tal gemir no es ineficaz. Dios discierne y concede el ardiente deseo del Espíritu para que la plena salvación para el cuerpo y para el alma nos llegue (vv. 19–27).

Esto se hace cierto no por el amor de los santos por Dios, sino por su amor por ellos: “… a aquellos que aman a Dios todas las cosas cooperan para bien; es decir, a los que son llamados según su propósito”.

Además, esta cooperación de todas las cosas para bien no es algo que solamente sucede ahora, sino que siempre ha sido así—“Porque a los que de antemano conoció, también los predestinó a ser hechos conformes a la imagen de su Hijo, para que él pudiera ser el primogénito entre muchos hermanos; y a los que predestinó, a éstos también llamó; y a los que llamó, a éstos también justificó—y continuará siendo así: “y a los que justificó, a éstos también glorificó”, es decir “a éstos él muy ciertamente glorificará también”. Tan cierto es este hecho que se usa el tiempo pasado, ¡cómo si ya hubiese sucedido! (vv. 28–30).

  1. En consecuencia, ellos son más que vencedores (vv. 31–39)

“Si Dios está por nosotros, ¿quién está contra nosotros?”

Es Dios quien da. Lo cierto es que él ni escatimó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros.

“¿Cómo no nos dará también con él todas las cosas?”

Es Dios quien perdona. El borra nuestros pecados tan completamente que ningún cargo sostenible puede ser presentado contra los escogidos de Dios. “Es Dios quien justifica. ¿Quién es el que condena?” La certeza de que nuestros pecados han sido borrados no está, empero, basada solamente en que Cristo murió por nosotros, sino también en que el Padre además le resucitó de entre los muertos, demostrando con ello que su muerte había sido aceptada como una expiación totalmente adecuada de nuestros pecados. Para que nuestra certeza sea mayor aun somos consolados por el hecho que el Salvador está sentado a la diestra de Dios. Allí él intercede por nosotros, ocupándose sin cesar de que los méritos de su sacrificio nos sean plenamente aplicados (vv. 31–34).

Es claro, entonces, que Cristo nos ama con un amor del que nada ni nadie puede separarnos. Y es por esta razón que somos “más que vencedores”. No solamente vencedores, de modo tal que las fuerzas que se nos oponen quedan neutralizadas, hechas ineficaces, sino más que vencedores, de modo que la muerte, la vida, los ángeles, los principados, las cosas presentes, las cosas por venir, lo alto y lo profundo, sí, aun toda cosa creada que tiene algo que ver con nosotros opera a nuestro favor ya que en todas ellas, y en la manera en que nos afectan, nos es revelado el amor de Dios que es en Cristo, un amor del cual nadie ni nada podrá jamás separarnos (vv. 35–39). (Aporte tomado de: Comentario al nuevo testamento por William Hendriksen exposición de Romanos).

 

Amén, para la gloria de Dios.

 

 

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Hno Roberto Saldías Roa

Miembro de la IEP en Nacimiento Bajo, nació en el evangelio del Señor en la Iglesia de Laja 1975. Casado con María Nahuelmán, estudia teología de manera autodidacta. Me gusta mucho leer y escribir.