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Semana del 9 al 15 de septiembre 2019: “El ministerio de la Iglesia: Edificación y crecimiento en la verdad de las Escrituras”

Semana del 9 al 15 de septiembre 2019: “El ministerio de la Iglesia: Edificación y crecimiento en la verdad de las Escrituras”

Lectura bíblica: Efesios 4:11 al 13.Y él mismo constituyó a unos, apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelistas; a otros, pastores y maestros, a fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo, hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo.

   Comentario: tomado del libro Doctrinas Cristiana Dr. George Pardington página 248: 2) EDIFICACIÓN

Edificación puede definirse como el crecimiento de la iglesia en verdad y en la gracia. Una vez salvados los pecadores, tiene que ser adoctrinados en la verdad de las Escrituras y poseídos y llenos del Santo Espíritu. Hay cinco agencias o agentes que contribuyen a la edificación de la Iglesia:

  1. El ministerio cristiano, Ef. 4:11, 12.
  2. La palabra de Dios, Col. 3:16; 1 P. 2:2, He. 5:14.
  3. El Espíritu Santo, Gá. 5:25; Ef. 5:18.
  4. Los dones del Espíritu, 1 Co. 12:4-12.
  5. Los sacramentos.

   Comentario 2: por Wayne Grudem:  B. Consideración de medios específicos

Enseñanza de la Palabra de Dios. Incluso antes de que las personas lleguen a ser creyentes, la Palabra de Dios al ser predicada y enseñada les provee la gracia de Dios en el sentido de que es el instrumento que Dios usa para impartirles vida espiritual y traerlos a la salvación. Pablo dice que el evangelio es «poder de Dios para la salvación» (Ro 1:16) y que la predicación de Cristo es «el poder de Dios y la sabiduría de Dios» (1 Co 1:24). Dios nos hace nacer de nuevo «mediante la palabra de verdad» (Stg 1:18), y Pedro dice: «Pues ustedes han nacido de nuevo, no de simiente perecedera, sino de simiente imperecedera, mediante la palabra de Dios que vive y permanece» (1 P 1:23). Es la Palabra de Dios escrita, la Biblia, las Escrituras que «pueden darte la sabiduría necesaria para la salvación mediante la fe en Cristo Jesús» (2 Ti 3:15).

   Todavía más, una vez que llegamos a ser creyentes, Pablo nos recuerda que es la Palabra de Dios la que «tiene poder para edificarlos›› (Hch 20:32). Es necesaria para la nutrición espiritual y para mantener la vida espiritual, porque no vivimos solo de pan sino también de «toda palabra que sale de la boca de Dios» (Mt 4:4). Moisés habla de la necesidad absoluta de la palabra escrita de Dios cuando le dice al pueblo: «Porque no son palabras vanas para ustedes, sino que de ellas depende su vida; por ellas vivirán mucho tiempo en el territorio que van a poseer al otro lado del Jordán» (Dt 32:47).

   Es la palabra de Dios la que nos convence de pecado y nos convierte a la justicia, porque es útil «para enseñar, para reprender, para corregir y para instruir en la justicia» (2 Ti 3:16). Da dirección y guía como «lámpara» a nuestros pies y «luz›› en nuestro camino (Sal 119:105). En medio de una cultura impía, las Escrituras nos dan sabiduría y dirección como «una lámpara que brilla en un lugar oscuro» (2 P 1:19). Todavía más, es activa para dar sabiduría a todos, e incluso «da sabiduría al sencillo» (Sal 19:7). Da esperanza a los que les falta, porque Pablo dice que fue escrita «para enseñarnos, a fin de que, alentados por las Escrituras, perseveremos en mantener nuestra esperanza» (Ro 15:4).

   La palabra de Dios no es débil ni impotente para lograr estos objetivos, porque nos habla con el poder de Dios y realiza los propósitos de Dios. El Señor dice:

   Así corno la lluvia y la nieve descienden del cielo, y no vuelven allá sin regar antes la tierra y hacerla fecundar y germinar para que dé semilla al que siembra y pan al que come, así es también la palabra que sale de mi boca: No volverá a mi vacía, sino que hará lo que yo deseo y cumplirá con mis propósitos. (ls 55:10-11)

   La palabra de Dios no es débil, sino que su poder divino la acompaña: «¿No es acaso mi palabra como fuego, y como martillo que pulveriza la roca? -afirma el SEÑOR-›› (Jer. 23:29). Es tan afilada y poderosa que se la llama «la espada del Espíritu» (Ef 6:17), y es tan eficaz al hablar a las necesidades de la gente que el autor de Hebreos dice: «Ciertamente, la palabra de Dios es viva y poderosa, y más cortante que cualquier espada de dos filos. Penetra hasta lo más profundo del alma y del espíritu, hasta la médula de los huesos, y juzga los pensamientos y las intenciones del corazón» (Heb 4:12).

   Tan estrechamente está ligado el crecimiento y fortaleza de la iglesia al reinado de la palabra de Dios en las vidas de las personas que más de una vez el libro de los Hechos puede describir el crecimiento de la iglesia como el crecimiento de la palabra de Dios: «Y la palabra de Dios se difundía: el número de los discípulos aumentaba considerablemente en Jerusalén» (Hch 617); «Pero la palabra de Dios seguía extendiéndose y definiéndose» (Hch 12:24); «La palabra del Señor se difundía por toda la región» (Hch 13:49).

   Tan importante es la Biblia como medio primario de gracia que Dios da a su pueblo que Charles Hodge nos recuerda que, a través de la historia, el cristianismo verdadero ha florecido «justo en proporción al grado en que se conoce la Biblia, y sus verdades se difunden entre el pueblo». Todavía más, él anota que no hay evidencia de salvación o santificación que se halle en donde no se conoce la Palabra de Dios. «Las naciones en donde la Biblia es desconocida están en tinieblas».

   Es apropiado que pongamos en la lista la enseñanza de la Palabra de Dios como el primero y más importante medio de gracia dentro de la iglesia. Pero debemos añadir que tal enseñanza incluye no solo la enseñanza reconocida oficialmente por parte del clero ordenado en la iglesia, sino también toda la enseñanza que tiene lugar en estudios bíblicos, clases de Escuela Dominical, la lectura de libros cristianos bíblicos, e incluso el estudio bíblico personal.

   Comentario 3: (del contexto bíblico de Efesios 4:11 al 13): 11. Y fue él quien dio a algunos (ser) apóstoles; y a algunos, profetas; y a algunos, evangelistas; y a algunos, pastores y maestros. El Cristo ascendido dio lo que había recibido: hombres que habían de rendir servicio a la iglesia en forma especial. Antes de describir cada uno de los grupos mencionados en este pasaje, corresponde hacer las siguientes observaciones generales:

(1). La intención de Pablo no es proporcionarnos una lista completa de oficiales según se ve al hacer una comparación con 1 Co. 12:28. En el último pasaje hay algo así como una enumeración similar pero no hay mención específica de evangelistas. La combinación “pastores y maestros” también se omite, pero se añaden otros funcionarios no incluidos en Ef. 4:11. Aunque no existe justificación bíblica alguna para la tendencia a eliminar la idea de “oficio” y “autoridad”, ya que estos conceptos están claramente implicados en Mt. 16:18, 19; Jn. 20:23; Hch. 14:23; 20:28; 2 Co. 5:3, 4; 10:8; 1 Ti. 1:18; 3:1, 5; 4:14; 5:17; 2 Ti. 4:1, 2; Tit. 1:5–9; 3:10, no obstante, “el énfasis en este pasaje (Ef. 4:11) no se halla en los apóstoles, profetas, etc., como oficiales, sino como dones de Cristo a su iglesia”.

(2). La razón por qué en 4:11ss el apóstol, cuyo corazón se conmueve por los perdidos (1 Co. 9:22) no enfatiza aquí el crecimiento numérico de la iglesia sino más bien su crecimiento en amor y otras cualidades espirituales, puede haber sido que lo último es requisito indispensable de lo primero.

(3). Para que la iglesia pueda ser fuerte debe tener no solamente buenos líderes (v. 11) sino además buenos y activos seguidores (v. 12). La plena salvación no se puede obtener hasta que todos los hijos de Dios la obtengan juntos, hecho que Pablo expresa hermosamente en 2 Ti. 4:8, y que aquí en Efesios lo pone en relieve por medio del uso constante de la palabra todos (1:15; 3:18, 19; 6:18).

(4). Puesto que aquí en 4:11 todos aquellos que sirven a la iglesia en forma especial—no solamente “apóstoles, profetas, y evangelistas”, más también “pastores y maestros”—son designados como dones de Cristo para la iglesia, ellos deben ser objetos del amor de toda la iglesia. Si, al estar ellos representando verdaderamente a Cristo, son rechazados, entonces el rechazado es Cristo mismo.

(5). Y, por otro lado, hay aquí implicada una amonestación para los líderes mismos, a saber, que los dones no les fueron dados a ellos para su bien personal sino en beneficio del cuerpo de Cristo, la iglesia.

   A continuación, se da una breve descripción de los “dones” aquí enumerados:

(a). Apóstoles, en sentido estricto de la palabra, son los Doce y Pablo. Ellos son los testigos titulares de la resurrección de Cristo, revestidos de autoridad eclesiástica universal y vitalicia sobre vida y doctrina, pero introducidos aquí, como ya se ha indicado, con el fin de enfatizar el servicio que rinden.

(b). Profetas, nuevamente en el sentido estricto de la palabra (puesto que en el sentido amplio cada creyente es un profeta), son los órganos ocasionales de la inspiración, por ejemplo, Agabo (Hch. 11:28; 21:10, 11). Juntamente con los apóstoles se describen como “el fundamento de la iglesia”. Véase también sobre 2:20 y 3:5; y véase Hch. 13:1; 15:32; y 21:9.

(c). Evangelistas, tales como Felipe (así designado en Hch. 21:8; su actividad se describe en Hch. 8:26–40) y Timoteo (2 Ti. 4:5), son misioneros itinerantes, de rango menor que los apóstoles y profetas. A Felipe se le menciona primero como uno de los siete hombres elegidos “para servir a las mesas” (Hch. 6:2). Timoteo era uno de los ayudantes y representantes de Pablo. Sabemos que Timoteo fue ordenado para su ministerio (1 Ti. 4:14), como también Felipe (Hch. 6:6). ¿Para qué clase de ministerio fueron estos hombres ordenados? En el caso de Felipe es evidente que fue ordenado como “diácono” aunque el término diácono no se usa en Hechos 6. ¿Hemos entonces de suponer que cuando fue usado por el Señor para la conversión del eunuco etíope estaba obrando, por decirlo así, “por cuenta propia”, o sirviendo en un oficio diferente? Igualmente, ¿hemos de dar por sentado que Timoteo sirvió en dos ministerios diferentes: a. como vicario apostólico, y b. cómo evangelista? ¿No es acaso más armonizable con la información bíblica que deduzcamos de Hechos 6 que los únicos hombres aptos para ser elegidos diáconos debían ser aquellos “llenos del Espíritu de sabiduría”, “llenos de fe”, y que, de consiguiente, Felipe fue diácono evangelista? ¿Hacemos plena justicia al oficio de diácono si pasamos por alto este punto de

vista? ¿Y no está acaso la situación de Timoteo indicando también la flexibilidad de su oficio? Si Timoteo, como evangelista o misionero itinerante, puede servir mejor a los intereses de la iglesia siendo representante de Pablo, ¿por qué no ha de funcionar como tal? En igual forma hoy día, en lugar de estar multiplicando ministerios, ¿no sería mejor poner en práctica toda la implicación de este oficio e imitar la flexibilidad de la iglesia primitiva, considerando además que los carismas especiales de la iglesia primitiva no son nuestros en el presente? La iglesia de hoy no es capaz de producir un apóstol como Pablo, ni un profeta como Agabo. No necesita de un Timoteo para servir como delegado apostólico, ni un Felipe, a quien le hablara un ángel del Señor y que fuese “arrebatado” por el Espíritu. Sin embargo, al igual que la iglesia primitiva, la de hoy tiene ministros, ancianos, y diáconos. También tiene el Espíritu Santo como en aquel entonces. Y ahora tiene la Biblia en forma completa. Ojalá que todos los oficios sean usados al máximo según lo demanden las circunstancias, y en un espíritu de verdadero servicio.

(d). Pastores y maestros. Es mejor considerarlos un grupo. Hodge observa, “No existe evidencia en las Escrituras de haber un grupo de hombres autorizados para enseñar, pero no autorizados para exhortar. El caso es poco menos que imposible”. Estoy totalmente de acuerdo con esto. Lo que aquí tenemos, por tanto, es una designación de ministros de congregaciones locales, “ancianos docentes (o supervisores)”. Por medio de la exposición de la Palabra ellos pastorean sus rebaños. Cf. Hch. 20:17, 28; también Jn. 21:15– 17. Tal cosa no se puede hacer debidamente sin amor al Señor.

   Versíc. 12. Se declara ahora el propósito de los dones de Cristo: a fin de equipar enteramente a los santos para la obra de ministerio, con miras a la edificación del cuerpo de Cristo. V. M. divide este versículo en tres frases separadas como sigue: “para perfeccionamiento de los santos, para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo”. Siguiendo esta línea se hallan las versiones A.V., A.R.V., y R.S.V. En primer lugar, se debe señalar que el original no habla de “la obra del ministerio” sino de “la obra de ministerio”, vale decir, de realizar servicios específicos de varias clases. Pero aun con este cambio sería siempre una traducción pobre, puesto que podría dejar fácilmente la impresión de que los santos pueden ser “perfeccionados” sin servirse los unos a los otros y a la iglesia. No debe haber coma entre la primera y la segunda frase. Una solución mejor, según mi parecer, es la que favorecen Salmond y Lenski. Ellos eliminan las dos comas. La idea resultante es que Cristo dio a algunos hombres como apóstoles, otros, como profetas, etc., con el propósito de “perfeccionar” (cf. 1Ts. 3:10; Heb. 13:21; 1 P. 5:10) o proveer el equipo necesario para todos los santos para la obra de ministrar los unos a los otros a fin de edificar el cuerpo de Cristo. Cedo a la posibilidad de que esta construcción sea la correcta. El significado entonces no diferiría muy substancialmente de la tercera traducción principal, a la cual yo, junto con varios otros, todavía daría preferencia. De acuerdo a este punto de vista, la oración no lleva dos comas (V. M., etc.) tampoco es sin coma (Salmond y Lenski) sino que lleva una coma,114 y ésta va después de la palabra “ministerio”. Esto deja ver que el propósito inmediato de los dones de Cristo es el ministerio realizado por todo el rebaño; su propósito fundamental es la edificación del cuerpo de Cristo, vale decir, la iglesia (véase sobre 1:22, 23).

   La lección importante aquí enseñada es que no solamente los apóstoles, profetas, evangelistas, y aquellos llamados “pastores y maestros”, sino que la iglesia entera debe estar ocupada en la labor espiritual. Aquí se está poniendo en relieve “el sacerdocio universal de los creyentes”. “¡Ojalá que todo el pueblo de Jehová fuese profeta!” (Nm. 11:29). La asistencia a la iglesia debería significar más que “ir a escuchar al Rev. X”. A menos que, en relación con el culto, haya una adecuada preparación, un deseo de comunión cristiana, una participación de todo corazón, y un espíritu de adoración, existe el peligro que se transforme en un sacrilegio dominical. Y también, durante la semana cada miembro debe equiparse a sí mismo para realizar un “ministerio” definido, sea impartiendo aliento a los enfermos, enseñando, evangelizando al vecindario, distribuyendo tratados, o cualquier obra para la cual esté especialmente equipado. El significado de 4:11, 12 es, además, que la tarea de los oficiales de la iglesia es equipar a la iglesia para estas tareas. Es, sin embargo, importante añadir a todo esto que “la efectividad del testimonio positivo y consciente del cristiano depende en gran parte de la vida del creyente en aquellos momentos no dedicados a tal testimonio”

   El ideal que se tiene en vista en relación a la edificación del cuerpo de Cristo está declarando en el versículo 13. hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del claro conocimiento del Hijo de Dios. Esto nos hace volver nuevamente a la unidad espiritual requerida en el v. 3, y a la “una fe” a la cual se hizo referencia en el v. 5. Nos hace recordar también 3:19: “para que seáis llenos hasta toda la plenitud de Dios”. Cuando el v. 13 se considera a la luz de los versículos precedentes se hace evidente que lo que el apóstol tiene en mente es que la iglesia entera—consistiendo no sólo de apóstoles, profetas, evangelistas, “pastores y maestros”, sino también los demás—debe ser fiel a su llamamiento de servir, con miras a la edificación del cuerpo de Cristo, de modo que la verdadera unidad y crecimiento espiritual sean promovidos. Obsérvese, “todos lleguemos”. No hay lugar en la iglesia para zánganos, sino sólo para abejas diligentes. A los tesalonicenses el apóstol había dicho, “porque oímos que algunos entre vosotros se están comportando en forma desordenada, no siendo aplicados trabajadores sino curiosos entremetidos” (2 Ts. 3:11). Pablo censura severamente esta actitud. Es precisamente la unidad lo que se promueve cuando todos están ocupados en los asuntos de la iglesia y cuando los miembros se dedican a hacer el servicio para el cual el Señor los ha equipado. Así ha sucedido a menudo con jóvenes que comienzan a impregnarse de entusiasmo al desenvolverse en este o aquel programa de la iglesia. Por ejemplo, la junta de misiones domésticas de cierta denominación inició un programa de actividades de verano. Este programa requiere de los jóvenes envueltos en él que, en distintos lugares a través de todo el país, y por varias semanas del verano, reciban no sólo instrucción especial con respecto a los propósitos y métodos misioneros, sino que también hagan contactos con aquellos que no han sido antes ganados para Cristo. Ellos llevan el mensaje, enseñan, organizan varias actividades sociales y religiosas, no les importa vivir por algún tiempo en un sector de clase muy baja en estrecho y beneficioso contacto con la comunidad. ¡Cómo brillan los ojos de estos jóvenes cuando vuelven! Ahora tienen una experiencia que contar y se les ve con encendido interés para Cristo y la iglesia como nunca lo tuvieron antes. A menudo estos contactos hechos durante el verano continúan por medio de correspondencia y visitas. Además, las sociedades de jóvenes y las congregaciones que han tomado parte patrocinando el programa, y estando así también implicadas, reciben nueva bendición cuando los jóvenes testigos vuelven con sus informes. De esta manera, se ha promovido la unidad, unidad de fe en Cristo y de conocimiento—no sólo intelectual sino conocimiento del corazón—del Señor y Salvador, a quien, por su majestad y magnificencia, se le llama aquí “el Hijo de Dios” (cf. Ro. 1:4; Gá. 2:20; 1 Ts.1:10). De este modo todos los creyentes avanzan hacia la madurez. La figura fundamental es la de un varón fuerte, maduro, bien formado (no únicamente un “ser humano”). Esta madurez se describe en Col. 4:12 como sigue: “enteramente asegurados en toda la voluntad de Dios”. Tal como a un hombre físicamente robusto se le puede describir como lleno de viril fortaleza y sin defecto, así también el individuo espiritualmente maduro—la madurez que debe ser el ideal—es sin defecto espiritual, lleno de lo bueno, vale decir, de toda virtud cristiana que proviene de la fe en y conocimiento del corazón de, el Hijo de Dios. Continúa: a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo. Se podría traducir también, “a una medida de edad caracterizada por la plenitud de Cristo”. Sea que en la figura fundamental se trate de plenitud de edad o plenitud de estatura, en cualquiera de los casos es una “plenitud de Cristo”. Es la plenitud de aquel que cumplió totalmente la misión terrenal para la cual fue ungido, y que anhela impartir salvación plena y gratuita a los que creen en él.

   A menudo surge la pregunta, ¿Pueden los creyentes durante la vida presente llegar a esta “medida de la estatura de la plenitud de Cristo”? De acuerdo a algunos, sí. Lenski, por ejemplo, menciona a Pablo como uno de los que logró tal plenitud. Sin embargo, el pasaje mismo en realidad no enseña esto. Podemos aceptar, indudablemente, que no todos permanecen como “bebés” en Cristo. Algún grado—o mejor, un alto grado—de madurez se puede obtener aquí ahora mismo. Y cuanto más sinceramente se esfuercen los santos en alcanzarla realizando con humildad y de todo corazón la obra de servicio de unos para otros y para el reino en general, tanto más se avanzará hacia este ideal. Sin embargo, aquella plena madurez espiritual, que en su más alto grado alcanza a “la medida de la estatura de la plenitud de Cristo”, no es realizable antes de la muerte. Pablo sería uno de los primeros en admitir esto. Obsérvese lo que dijo con respecto a sí mismo en Ro. 7:14: “más yo soy carnal, vendido bajo el poder del pecado”; y lo que habría de decir muy poco después de que esta carta a los efesios hubiese llegado a su destino: “Hermanos, yo no creo haberla aún alcanzado; pero una cosa (hago), olvidando lo que queda atrás y extendiéndome a lo que está delante, prosigo hacia la meta, hacia el galardón de la soberana vocación de Dios en Cristo Jesús” (Fil. 3:13, 14). Con respecto a lo demás, en cuanto a grado, tiempo y posibilidades de alcanzarlo véase sobre 3:19 donde está analizado el mismo tema.

1er Titulo:

Creciendo Sanamente En La Verdad (3ª de Juan 1:3-4. Pues mucho me regocijé cuando vinieron los hermanos y dieron testimonio de tu verdad, de cómo andas en la verdad. No tengo yo mayor gozo que este, el oír que mis hijos andan en la verdad.).

   Comentario: 3. Me alegré mucho cuando algunos hermanos vinieron y hablaron de tu gran fidelidad a la verdad, y de cómo continúas andando en la verdad. 4. No tengo alegría más grande que oír que mis hijos andan en la verdad.

(a). “Me alegré mucho”. Con este versículo Juan repite el pensamiento, aunque no las palabras, de 2 Jn. 4: “Me ha ocasionado gran gozo encontrar a algunos de tus hijos andando en la verdad”.

   En la redacción de la carta, Juan sigue la costumbre de su época. En la mayoría de las epístolas del Nuevo Testamento, los escritores siguen una secuencia de encabezamiento, saludos y expresiones de agradecimiento. Y aunque Juan omite el saludo; tiene el encabezamiento y una palabra de alabanza para declarar su gran alegría. Nótese que Juan usa el tiempo pasado en esta oración para indicar que ha experimentado alegría durante cierto tiempo.

(b). “Cuando algunos hermanos vinieron y hablaron de tu gran fidelidad a la verdad”. El griego original indica que los hermanos venían con frecuencia a Juan para dar testimonio acerca del amor y de la fidelidad de Gayo. ¿Quiénes eran estos hermanos? En el versículo 5 Juan alaba a Gayo: “Tú eres fiel en lo que haces por los hermanos, aunque son desconocidos para ti”. Y en el versículo 8 él alienta a Gayo a “ser hospitalario con tales hombres”. Se trataba de misioneros itinerantes que visitaban a Gayo, en cuya casa recibían alojamiento. También habían visitado a Diótrefes, que a diferencia de Gayo se había negado a recibirlos (v. 9). Y ahora ellos han llegado hasta Juan con elocuentes palabras de alabanza para Gayo, y de desaprobación para Diótrefes. En el hogar de Gayo ellos habían experimentado las evidencias del amor cristiano, que la versión que utilizamos traduce “fidelidad a la verdad”.

(c). “Cómo continúas andando en la verdad”. Gayo ha seguido el ejemplo de Jesús (1 Jn. 2:6) y cumplido así con las expectativas que Juan tenía para con su amigo. Por eso Juan le llama querido amigo “a quien amo en la verdad” (v. 1).

(d). “No tengo alegría más grande que oír que mis hijos andan en la verdad”. Juan repite la palabra alegría, pero la califica con el adjetivo más grande. Juan se alegra de oír que Gayo anda en la verdad. Y tiene una alegría más grande aun cuando llega a enterarse de que además muchos cristianos hacen lo mismo.

   Juan habla de “hijos” no en el sentido de una descendencia física sino de un nacimiento espiritual. De modo similar, Pablo escribe a los creyentes de Corinto y les dice: “En Cristo Jesús yo llegué a ser vuestro padre por medio del evangelio” (1 Co. 4:15; véase también Gá. 4:19). El término hijos incluye al amigo de Juan, Gayo, y a todos los otros cristianos que han llegado a conocer la verdad mediante el ministerio de la predicación y de la enseñanza del apóstol.

   ¿En qué forma le causan estos hijos espirituales gozo y felicidad a Juan? Por su andar en la verdad. Es decir, andan por el camino de la vida a la luz de la Palabra de Dios (1 Jn. 1:7; 2:9). Ellos obedecen sus mandamientos y reflejan la bondad y gracia de Dios. En suma, son hijos de la luz.

2° Titulo:

Creciendo En La Verdad De Las Escrituras (2ª Timoteo 3:14 al 17. Pero persiste tú en lo que has aprendido y te persuadiste, sabiendo de quién has aprendido; y que desde la niñez has sabido las Sagradas Escrituras, las cuales te pueden hacer sabio para la salvación por la fe que es en Cristo Jesús. Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra). 

    Comentario: 14, 15. Sin embargo, debes continuar en las cosas que has aprendido y de las cuales te has convencido.

   Tú (nótese la posición enfática en el original, al principio mismo de la oración, como en el v. 10) debes seguir un camino que es el opuesto al que siguen los falsos maestros y sus adherentes. Entonces, Timoteo es amonestado a continuar o permanecer en “las cosas” (las doctrinas basadas en las Sagradas Escrituras, véase vv. 15, 16) que ha aprendido y de las que se ha convencido. ¿Cuándo las aprendió? Y ¿cuándo se convenció de ellas? El tiempo usado en el original no lo especifica. Sencillamente declara el hecho histórico de que Timoteo había aprendido y se había convencido. Por el contexto (v. 15) deducimos que los dos hechos (aprender y convencerse) habían comenzado a producirse a muy temprana edad, en la niñez. Es natural suponer que habían continuado hasta este mismo momento en que Pablo lo amonesta a permanecer en estas cosas. Lo aprendido ha aumentado con los años y se ha profundizado la convicción.

   Nótese que aprender no basta. Lo aprendido debe ser aplicado al corazón por el Espíritu Santo, para que uno también llegue a estar convencido, con una convicción que transforma la vida.

   Según la construcción gramatical más natural, Pablo declara dos razones por las que Timoteo debe perseverar en las cosas que ha aprendido y de las cuales ha quedado convencido. En realidad, las dos razones son solamente una, porque el testimonio de seres humanos respecto de los asuntos de fe nada significan aparte de la Palabra; sin embargo, puesto que agradó a Dios dar a entender a la mente y al corazón de Timoteo el mensaje de la Palabra por medio de piadosos individuos humanos, es completamente adecuado hablar de dos razones:

(a). El carácter digno de confianza de quienes habían instruido a Timoteo en estas doctrinas (vv. 14b); y

(b). La superior excelencia de las Sagradas Escrituras sobre las cuales están basadas estas doctrinas (v. 15).

   La primera razón la expresa en estas palabras: sabiendo de quién (las) has aprendido. Timoteo no debe olvidar jamás que había aprendido estas cosas de una persona que era nada menos que Pablo mismo (véase vv. 10 y 11) y, retrocediendo en el tiempo, de aquellas dos apreciadas dignidades: la abuela Loida y la madre Eunice (2 Ti. 1:5), mujeres que, antes de su conversión a la fe cristiana, habían instruido al pequeño Timoteo en “las sagradas escrituras”, y que, luego de haber recibido a Jesús como su Salvador y Señor, habían sido usadas como instrumentos en las manos de Dios para cooperar con Pablo en la importante tarea de llevar al joven a ver en Cristo el cumplimiento de las promesas del Antiguo Testamento.

   Es claro que Pablo, Loida, Eunice y otros que pudieran haber alimentado a Timoteo, no son considerados como autoridades independientes, separadas de la Palabra, sino como fuentes secundarias o intermedias de conocimiento, avenidas de instrucción, y esto aun, ¡sólo porque aceptaban las Escrituras! Por eso, aquí no se consideran básicamente autoritarias la tradición y las Escrituras (lo que realmente significa que la tradición se impone por sobre las Escrituras). La Escritura sola (véase vv. 15 y 16) es la autoridad final, y la tradición es importante solamente en la medida que se adhiere a las Escrituras y las imparte. Cuando así ocurre, es de importancia considerable, y esto especialmente en la educación de los hijos que aún no saben leer o no saben interpretar las Escrituras por sí mismos.

   En consecuencia, la segunda—y única que es realmente básica—razón por la que Timoteo debe perseverar en las cosas que ha aprendido y de las cuales se ha convencido es: Y que desde tu infancia has conocido (las) sagradas escrituras, las que pueden hacerte sabio para la salvación por la fe (que es) en Cristo Jesús.

   Principios y métodos de educación en Israel Antecedentes para la comprensión de 2 Ti. 3:15

(1) Entre los judíos la educación era definitivamente teocéntrica en cuanto a principios, contenido y métodos. El israelita piadoso enseñaba a sus hijos porque Jehová le ordenaba hacerlo. Instruía a sus hijos con respecto a las verbas et gesta Dei (palabras y hechos de Dios), registrados en las “sagradas escrituras”. Esto es evidente a través del Antiguo Testamento (Gn. 18:19; Ex. 10:2; 12:26, 27; 13:14–16; Dt. 4:9, 10; 6:7, 9; 11:19; 32:46; Is. 38:19; y muchos otros pasajes; cf. también Josefo, Antigüedades, IV. viii. 12).

(2) Naturalmente el contenido de este cuerpo de educación teocéntrica era “El temor de Jehová es el principio de la sabiduría y el conocimiento del Santísimo es la inteligencia” (Pr. 1:7; 9:10). Ese era también su propósito: “El fin de todo el discurso es…Teme a Dios y guarda sus mandamientos, porque esto es el todo del hombre” (Ec. 12:13).

(3) Al principio, como se desprende claramente de muchos de los pasajes citados, la dirección física, mental, moral y espiritual del niño estaba centrado exclusivamente en el hogar, con participación tanto del padre como de la madre. Los hijos pequeños, niños y niñas, recibían enseñanza de su madre, a la cual quedaba encargada la educación de las niñas en edades más avanzadas. Por otra parte, los niños pronto quedaban bajo el cuidado del padre. Aun en épocas posteriores (cuando el padre y la madre recibían ayuda externa en la educación de sus hijos; véase (14)) la influencia de los padres piadosos y sus esfuerzos de guiar sus hijos en el temor de Dios siguió siendo prominente.

(4) A su vez, se amonestaba a los hijos a oír la instrucción de su padre y a no desechar la enseñanza de la madre (Pr. 1:8; 6:20). Se les enseñaba a honrar y a obedecer a sus padres (Ex. 20:12; 21:15–17; Lv. 20:9; Dt. 21:18; Pr. 30:17; cf. Ef. 6:1–3). Las Escrituras refutan la falsedad destructora del alma que afirma que se debe permitir al niño hacer “lo que le plazca”. Los padres piadosos no infligían esta crueldad a sus retoños tiernos.

(5) La razón por la cual no se dejaba todo a criterio del niño era que el pequeñito era considerado no solamente inmaduro (esa era razón suficiente por sí misma) sino también pecador por naturaleza, y por lo tanto, incapaz de elegir por sí mismo lo bueno (Sal. 51:5).

(6) Con el entendimiento de que ninguna sabiduría humana o piedad humana puede poner atajo a los tremendos estragos del pecado, los padres piadosos entregaban sus hijos en las manos de Dios y a su bondadoso cuidado (Job 1:5).

(7) La educación teocéntrica en Israel comenzaba cuando el niño era todavía muy, muy pequeño (1S. 1:27, 28; 2:11, 18, 19; cf. Josefo, contra Apión, I. 12; Susana 3; 4 Macabeos 18:9). El propósito de este comienzo a temprana edad lo expresa en forma hermosa Pr. 22:6: “Instruye al niño en su carrera (literalmente, “según su camino”), y aun cuando fuere viejo no se apartará de ella”.

(8) En medio de la difícil tarea de educar adecuadamente a sus hijos, los israelitas recibían mucho aliento de la promesa del pacto de Dios: “Estableceré mi pacto entre mí y ti, y tu descendencia después de ti en sus generaciones, por pacto perpetuo para ser tu Dios, y el de tu descendencia después de ti” (Gn. 17:7; Sal. 74:20; 105:8, 9), promesa que se realiza orgánicamente en los corazones y vidas de todos los que por el poder fortalecedor de la gracia soberana de Dios están firmemente resueltos a rendirse  completamente a él (cf. Hch. 2:38, 39; Gá. 3:9, 29).

(9) Dado que se consideraba al niño pecador por naturaleza, pero capaz de un cambio interior por gracia, no se desechaba la disciplina como algo inútil o injusto. No se detenía la vara de la corrección, pero se usaba con discreción, puesto que generalmente se consideraba que una reprimenda sabia era mejor que un centenar de azotes (Pr. 13:24; 23:13, 14; luego, 17:10).

(10) Por, sobre todo, los padres amaban a sus hijos, y los criaban en el espíritu de amor (Sal. 103:13). No se obligaba a los niños judíos a dedicar todo el tiempo al trabajo y al estudio. Tenían sus juegos (Zac. 8:5; Mt. 11:16–18).

(11) Aun cuando los israelitas piadosos hacían muchas decisiones por sus hijos, los preparaban para que eligiesen por sí mismos (Jos. 24:15).

(12) La educación en Israel era de un carácter muy práctico. Parecería que aun a los niños más pequeños se les enseñaba a leer y a escribir (Is. 10:19; cf. Josefo, Contra Apión, II. 25), aunque es imposible determinar la extensión de esta habilidad (cf. Is. 29:11, 12). Es bien sabido que enseñaban a los niños un trabajo y se les animaba a aprender un oficio.

(13) En cuanto a metodología, como regla general, los israelitas no tenían aversión a la memorización. Hasta cierto punto, la necesidad exigía y el sentido común dictaba que la memorización recibiera un lugar de prominencia en el sistema educativo (Is. 28:10). A veces este método puede haber recibido un énfasis indebido, así como en la actualidad se pone “demasiadopoco énfasis en él.

   La noción de que los educadores debieran solamente hacer preguntas a las que nadie sino el niño debe responder(!) era favorecida solamente por hombre como Elí (“¿Por qué hacéis estas cosas?” 1 S. 2:23), quien fracasó miserablemente en la tarea de criar sus hijos. Dios exigía que al hacer preguntas se dieran respuestas definidas (Ex. 13:8; Dt. 6:7; 6:20–25; 11:19; Jos. 22:26–28); que a los hijos se les enseñaran los estatutos de Jehová; que se trasmitiera de generación en generación un cuerpo de verdad con respecto a las palabras y hechos de Jehová.

(14) Aunque al principio la educación del niño era considerada como la tarea y responsabilidad solamente de los padres, en períodos posteriores sacerdotes y levitas, profetas y tutores especiales (especialmente en el caso de las familias acomodadas, Nm. 11:12; 2 S. 12:25; 2 R. 10:1; 1 Cr. 27:32; Is. 49:23), “hombres sabios”, escribas y rabinos, todos ponían su parte en levantar el nivel cultural de la juventud y de la nación.

   Después del exilio (especialmente en el tiempo de Simón ben Shatah, 70 a.C., aproximadamente), debido a la influencia de los escribas, surgió en forma gradual un nuevo orden de instituciones educacionales o “escuelas”. La escuela era llamada “casa” o “lugar” (hebreo, Beth). La escuela primaria o elemental se denominaba Beth‐Ha‐Sefer (“lugar de escribir”); la escuela a que asistían los jóvenes talentosos se llamaba Beth‐Ha‐Midrash (“lugar de estudio”), mientras para las masas surgió la Beth‐Ha‐Keneseth (“lugar de asamblea”). En el curso del tiempo este “lugar (o “casa”) de asamblea” comenzó a ser conocido por su nombre griego, de igual significado, “sinagoga”.

(15) Por el libro de Daniel es evidente que el sistema de educación religiosa centrado en el hogar, fuera formal (impartiendo instrucción específica y sistemática) o informal (enseñanza por medio del ejemplo)—en conexión con las fiestas, se unieron la educación formal y la informal—realmente tuvo eficacia. Aun en las tierras del exilio, los jóvenes que habían sido criados en los caminos de Jehová se negaron, aun con peligro de perder la vida, a contaminarse o a rendir homenaje a persona o cosa que no fuera el Dios de sus padres. De este modo, a través de la oscura noche de la cautividad y del dominio extranjero, el ejemplo de piedad paternal, el adoctrinamiento en los estatutos de Jehová (Sal. 119:33), sirvió como una lámpara a los pies y luz al camino (Sal. 119:105). También sirvió para estrechar la unidad del pueblo, y donde se practicaba con diligencia, evitó la pérdida de su identidad espiritual y, en muchos casos, hizo que fueran una bendición para sus vecinos paganos.

   Entonces, la abuela Loida y la madre Eunice habían instruido al “pequeño” Timoteo (2 Ti. 1:5) a la manera de los israelitas piadosos. Nótese la expresión “desde la niñez”. Literalmente, Pablo dice, “desde infante”. En algunos pasajes la palabra usada en el original se refiere a un niño aún no nacido (Lc. 1:41, 44); en otros lugares simplemente a un niño muy pequeño, bebé o infante (Lc. 2:12, 16; 18:15; Hch. 7:19; 1 P. 2:2). Sin embargo, cuando Pablo escribe: Sin embargo, debes continuar en las cosas que has aprendido y de las que te has convencido (porque) … desde tu infancia has conocido (las) sagradas escrituras”, no está pensando solamente en la infancia de Timoteo, sino que se refiera a la vida de Timoteo desde la infancia hasta ese mismo momento. A través de todo el período Timoteo había conocido las sagradas escrituras, habiendo aprendido a conocerlas cada vez mejor.

   Esto también indica que la palabra “sagradas escrituras” no solamente significa el “ABC que aprendiste de la Biblia cuando eras pequeño” (como muchos intérpretes dicen). Por “sagradas escrituras” el apóstol simplemente quiere decir el Antiguo Testamento. Las palabras tienen una historia.

   El hecho de que γράμμα, tenga el sentido primario “lo que se dibuja o traza” (de donde, carácter, letra, escrito) de ningún modo nos obliga a aceptar ese sentido aquí. Jn. 7:14, 15. En Josefo “sagradas escrituras” significa el Antiguo Testamento (Antigüedades, X. x. 4; Contra Apión, I. 10). Da la lista de los libros correspondientes a ellas en Contra Apión. I. 8. Esta lista muestra que su Antiguo Testamento era el mismo que el nuestro.

   Pablo usa la expresión “sagradas escrituras” aquí en el v. 15, pero “toda la escritura” en el v.16, por la sencilla razón de que desea establecer una distinción entre el Antiguo Testamento (v. 15) y cualquiera otra que tenga el derecho de ser llamada escritura divinamente inspirada (v. 16). La última comprende más que la primera. Sin embargo, Pablo no hubiera estado en lo correcto si hubiera afirmado que Timoteo había sido instruido en “toda la escritura” desde los días de su infancia, porque cuando era niño pequeño Loida y Eunice conocían solamente el Antiguo Testamento. Pero era definitivamente cierto que, desde la temprana niñez hasta el momento que Pablo está escribiendo estas palabras, Timoteo había estado constantemente aumentando su conocimiento del Antiguo Testamento. Entonces, que permanezca firme en la fe. Que siga aferrado de lo que ha aprendido tan completamente y de lo cual ha llegado a convencerse de corazón.

   Que esta es la explicación correcta, también queda claro por las palabras que siguen, a saber, “las sagradas escrituras … las que te pueden hacer sabio para salvación”. Las letras del alfabeto (aun cuando se aprendan de la Biblia misma), el puro ABC, no puede hacer que uno llegue a ser sabio para salvación; ¡las sagradas escrituras, sí! Es el testimonio de Jehová y son sus mandamientos los que pueden hacer sabio al hombre (Sal. 19:7; 119:98; en ambos casos se usa el mismo verbo en la Septuaginta, el mismo usado aquí en 1 Ti. 3:15; véase LXX Sal. 18:8; 118:98). Son éstas las que llevan a una persona a elegir el mejor medio con el fin de lograr la meta más alta. Y esa es verdadera sabiduría. Nótese: “sabio para salvación” (Ro. 11:11; Fil. 1:19; 2:12; etc.). Lo que se incluye en este rico concepto se ha explicado en conexión con 1 Ti. 1:15.

   Ahora bien, esta maravillosa obra de Dios por la cual los pecadores son emancipados del mayor de los males y entran a poseer el mayor de los bienes, no se produce de una manera mecánica a través de solamente oír, leer o estudiar “las sagradas escrituras”. Uno debe aprender a ver Cristo Jesús en el Antiguo Testamento. Uno debe rendir su vida (nótese: “por la fe”) al Salvador Ungido, sin el cual “las sagradas escrituras” no tienen sentido (Cristo como cumplimiento del Antiguo Testamento, véase al respecto Lc. 24:27, 32, 44; Jn. 5:39, 46; Hch. 3:18, 24; 7:52; 10:43; 13:29; 26:22, 23; 28:23; 1 P. 1:10).

   Versículos 16, 17. Ahora Pablo amplía la idea que acaba de expresar. Lo hace de tres maneras:

(a). No solamente “las sagradas escrituras” (v. 15) son de inestimable valor; también lo es “toda la escritura”.

(b). Esta literatura sagrada no solamente “hace sabio para salvación” (v. 15) sino que es definitivamente inspirada por Dios y como tal capaz de hacer a una persona enteramente apta “para toda buena obra”.

(c). No solamente beneficiará a Timoteo (v. 15), sino que hará lo mismo por todo “hombre de Dios”.

   En consecuencia, Pablo escribe: Toda la escritura (es) inspirada por Dios y útil para enseñar, para entrenar en justicia.

   Toda la escritura, distinta de “(las) sagradas escrituras” (acerca de lo cual véase comentario sobre el v. 15), quiere decir todo lo que, por medio del testimonio del Espíritu Santo en la iglesia, es reconocido por la iglesia como canónico, esto es, con autoridad. Cuando Pablo escribió estas palabras, la referencia directa era a un cuerpo de literatura sagrada que aun entonces comprendía más que el Antiguo Testamento. Después, al final del primer siglo d.C., “toda la escritura” había sido completada. Aunque la historia del reconocimiento, la revisión y ratificación del canon fue algo complicada, y la aceptación de los sesenta y seis libros en forma virtualmente universal no ocurrió inmediatamente en todas la regiones en que la iglesia estaba representada—siendo una de las razones que por largo tiempo ciertos libros más pequeños aún no habían llegado a todos los rincones de la iglesia—, sin embargo, sigue siendo cierto que los creyentes genuinos que fueron los receptores originales de los diversos libros inspirados por Dios los consideraron inmediatamente como que estaban investidos de autoridad y majestad divina. Sin embargo, lo que se debe enfatizar es que estos libros son la Biblia inspirada no porque la iglesia, en cierta fecha, largo tiempo atrás, hizo una decisión (la decisión del Concilio de Hipona, 393 d.C.; de Cartago, 397 d.C.); por el contrario, los sesenta y seis libros, por su mismo contenido, inmediatamente dan testimonio a los corazones de los hombres que tienen el Espíritu Santo viviendo en ellos, de que son los oráculos vivientes de Dios. Por eso los creyentes se llenan de una profunda reverencia cuandoquiera que oyen la voz de Dios que les habla desde la Santa Escritura (véase 2 R. 22 y 23). ¡Toda la escritura es canónica porque Dios lo hizo así!

   La palabra que se traduce inspirada por Dios, y ocurre solamente aquí, indica que “toda la escritura” debe su origen y con tenido al aliento divino, al Espíritu de Dios. Los autores humanos fueron guía poderosamente por el Espíritu Santo. Como resultado, lo que ellos escribieron no solamente carece de errores, sino que es de valor supremo para el hombre. Es todo lo que Dios quiso que fuera. Constituye la infalible regla de fe y práctica para la humanidad.

   Sin embargo, el Espíritu no reprimió la personalidad humana del autor, sino que la elevó a su mayor nivel de actividad (Jn. 14:26). Y debido a que la individualidad del autor humano no fue destruida, encontramos en la Biblia una amplia variedad de estilo y lenguaje. En otras palabras, la inspiración es orgánica, no mecánica. Esto también implica que no debiera considerarse aparte de las muchas actividades que sirvieron para traer al autor humano al escenario de la historia. Al hacerlo nacer en determinado lugar y tiempo, al otorgarle algunos dones específicos, al equiparlo con un tipo definido de educación, al hacerlo pasar por experiencias predeterminadas y al hacerlo recordar ciertos hechos y sus implicaciones, el Espíritu preparó su conciencia humana. Luego, el mismo Espíritu lo impulsó a escribir. Finalmente, durante el proceso de la escritura, el mismo Autor Primario, en una conexión completamente orgánica con toda la actividad precedente, sugirió a la mente del autor humano ese lenguaje (las palabras mismas) y el estilo que sería el más apropiado vehículo para la interpretación de las ideas divinas para el pueblo de todo rango, posición, edad y raza. Por eso, aunque cada palabra es verdaderamente de un autor humano, es más ciertamente la Palabra de Dios.

   Aunque la palabra que se traduce inspirada por Dios aparece solamente aquí, la idea se encuentra en muchos otros pasajes (Ex. 20:1; 2 S. 23:2; Is. 8:20; Mal. 4:4; Mt. 1:22; Lc. 24:44; Jn. 1:23; 5:39; 10:34, 35; 14:26; 16:13; 19:36, 37; 20:9; Hch. 1:16; 7:38; 13:34; Ro. 1:2; 3:2; 4:23; 9:17; 15:4; 1 Co. 2:4–10; 6:16; 9:10; 14:37; Gá. 1:11, 12; 3:8, 16, 22; 4:30; 1 Ts. 1:5; 2:13; Heb. 1:1, 2; 3:7; 9:8; 10:15; 2 P. 1:21; 3:16; 1 Jn. 4:6 y Ap. 22:19).

   Ahora, en virtud del hecho de que “toda la escritura” es inspirada por Dios, es útil, beneficiosa, o provechosa. Es un instrumento o herramienta muy práctica, sí, indispensable para el maestro (implícito aquí). Timoteo debiera hacer buen uso de ella:

(a). para enseñar. Lo que se quiere decir es la actividad de impartir conocimiento acerca de la revelación de Dios en Cristo. Véase comentario sobre 1 Ti. 5:17. Esto es siempre básico para todo lo demás.

(b). para reprender (cf. Sal. 38:14; 39:11). Se deben hacer advertencias basadas en la Palabra. Los errores en doctrina y en conducta deben ser refutados en el espíritu de amor. Se deben señalar los peligros. Hay que denunciar a los falsos maestros (cf. 1 Ti. 5:20; Tit. 1:9, 13; 2:15; luego Ef. 5:18; Jn. 16:8 11).

(c). para corregir. Si reprender enfatiza el aspecto negativo de la obra pastoral, la corrección enfatiza el lado positivo. No solamente se debe advertir al pecador que deje el mal camino, sino que debe ser orientado hacia el camino correcto o derecho (Dn. 12:3). “Toda la escritura” también puede hacer esto. La Palabra, especialmente cuando la usa en siervo consagrado de Dios que es diligente en la realización de sus deberes pastorales, tiene un carácter restaurador (cf. Jn. 21:15–17).

(d). para entrenar en justicia (cf. 2 Ti. 2:22). El maestro debe entrenar a su gente. Todo cristiano necesita disciplina para que pueda prosperar en la esfera en que la santa voluntad de Dios se considera normativa. Tal es el carácter de entrenar en justicia (cf. Tit. 2:11–14).

   El maestro (en este caso Timoteo, pero la palabra se aplica a cada persona a la que se confían las almas humanas) necesita “toda la escritura” para adquirir la capacidad de realizar su cuádruple tarea (enseñar, administrar la reprensión, corregir, entrenar en justicia), con un glorioso propósito en mente, un propósito que a su manera y a su tiempo Dios hará que sea comprendido en el corazón de todo su pueblo: para que el hombre de Dios esté equipado, completamente equipado para toda buena obra.

   El hombre de Dios (véase comentario sobre 1 Ti. 6:11) es el creyente. Todo creyente, considerado como perteneciente a Dios e investido con el triple oficio de profeta, sacerdote y rey, recibe aquí este título. Para ejercer adecuadamente este triple oficio, el creyente debe ser equipado (nótese el énfasis en el original; literalmente, “… que equipado pueda ser el hombre de Dios”); sí, de una vez por todas, completamente equipado (cf. Lc. 6:40) “para toda buena obra” (1 Ti. 5:10; 2 Ti. 2:21; Tit. 3:1). Pablo (y el Espíritu Santo hablando por medio de él) no está satisfecho hasta que la Palabra de Dios haya cumplido completamente su misión, y el creyente haya alcanzado “la medida de la estatura de la plenitud de Cristo” (Ef. 4:12, 13).

   El ideal por realizarse es ciertamente glorioso. El poder para lograrlo viene de Dios. Por eso, que Timoteo permanezca firme. Que permanezca en la verdadera doctrina, aplicándola cuando quiera que la oportunidad se presente.

3er Titulo:

Creciendo Vigorosamente En La Verdad (Colosenses 3:16. La palabra de Cristo more en abundancia en vosotros, enseñándoos y exhortándoos unos a otros en toda sabiduría, cantando con gracia en vuestros corazones al Señor con salmos e himnos y cánticos espirituales).

    Comentario: Pablo acaba de decir, “Que la paz de Cristo gobierne en vuestros corazones”. Pero a primera vista muy bien podría un creyente preguntar, “Pero si yo lo hiciera en esa forma, ¿no estaría construyendo el edificio de mi esperanza y confianza sobre un fundamento más bien inseguro y subjetivo?”. Sin embargo, después de pensarlo un poco, él mismo se contestaría, “De ningún modo, porque yo tengo paz cuando en lo más profundo de mi ser yo, por la gracia soberana de Dios, resuelvo vivir conforme a la objetiva palabra de Cristo”. Por lo tanto, los versículos 15 y 16 no deben ser separados. La paz llega al corazón por la obediencia al evangelio. De modo que Pablo continúa, Que la palabra de Cristo more entre vosotros ricamente. La revelación especial y objetiva que procede de (y tiene que ver con) Cristo—“Cristo como el verbo”—debe gobernar cada pensamiento, palabra y obra, y aun las intenciones y motivaciones más profundas de cada miembro, y de esta forma influir entre todos ellos, y debe hacerlo ricamente, “llevando mucho fruto” (Jn. 15:5). Esto sucederá si los creyentes prestan atención a la palabra (Mt. 13:9), si la usan bien (2 Ti. 2:15), si la guardan en sus corazones (Sal. 119:11), y si la ofrecen a otros como la verdadera “palabra de vida” (Fil. 2:16). A pesar de que cuando el apóstol escribió esto, “la palabra de Cristo” no había sido todavía encomendada a la página escrita en la forma y en la extensión en que hoy la tenemos, con todo, esto no anula el hecho de que para Pablo y todos los creyentes de su día, como también (en forma más amplia) para nosotros, “Todo escritura (es) inspirada por Dios y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia, para que el hombre de Dios esté equipado, completamente equipado para toda buena obra”. La continuación lógica es: enseñándoos y amonestándoos unos a otros en toda sabiduría. Para la explicación de estas palabras véase sobre 1:28, donde se expresa la misma idea en una oración casi idéntica. Las diferencias son como siguen: (1) en 1:28 el apóstol narra lo que él, Timoteo y otros están haciendo; aquí (en Col. 3:16) amonesta a los creyentes de Colosas acerca de lo que ellos deberían estar haciendo. En ambos casos el contenido es el mismo: amonestar y enseñar. Los creyentes, en virtud de su “oficio” como creyentes—¡que no olviden que están vestidos con ese oficio! —deben hacer lo que Pablo y sus asociados están haciendo en virtud de su oficio, es decir, como apóstol y delegados apostólicos, respectivamente.

    Cada persona debe hacerlo en conformidad a los derechos y obligaciones de su oficio particular. (2) En 1:28 el asunto es más amplio, “todo hombre”. Aquí (Col. 3:16) el énfasis es más bien sobre una enseñanza y amonestación mutua. Y (3) en 1:28 la frase “en toda sabiduría” se coloca al final (en el griego), pero en el pasaje que se dirige a los colosenses (3:16) la frase está en primer lugar (el original lee: “en toda sabiduría enseñándoos y amonestándoos”, etc.), quizá para el propósito de subrayar la idea comunicada por el adverbio precedente: “ricamente”, como si se quisiera decir, “Si la palabra de Cristo ha de morar entre vosotros ricamente, entonces en toda sabiduría deberíais amonestaros y enseñaros unos a otros”

   Hay algo que más debe hacerse si la palabra de Cristo ha de morar ricamente entre los colosenses. Y se lo declara con estas palabras: (y) cantando a Dios en un espíritu de agradecimiento y con todo vuestro corazón por medio de salmos, himnos y canciones espirituales.

   Pablo reconoce la naturaleza edificante del canto que glorifica a Dios. En cuanto al significado de los términos salmos, himnos y canciones espirituales (véase también Ef. 5:19), una breve investigación muestra rápidamente que no es fácil hacer una distinción clara entre estos tres. Es posible que aquí los significados coinciden en parte. Es natural que al pensar en los salmos nos venga a la mente el salterio del Antiguo Testamento, y que vayamos a Lc. 20:42; 24:44; Hch. 1:20; 13:33, para apoyar este punto de vista. Hasta aquí no hay problema. Pero los expositores de ningún modo están de acuerdo en que este sea también el significado de la palabra salmos en 1 Co. 14:26 (“cuando os reunís, cada uno tiene salmo”).

   En cuanto a himnos, la palabra sólo aparece aquí (Col. 3:16) y en Ef. 5:19 en todo el Nuevo Testamento. San Agustín ha declarado en más de una oportunidad que un himno debe poseer tres elementos principales: debe ser cantado; debe ser una alabanza; debe ser dirigido a Dios. Según esta definición, un salmo del Antiguo Testamento bien podría clasificarse como un himno. De este modo, cuando Jesús y sus discípulos estaban por dejar el aposento alto para ir al monte de los olivos, “cantaron himnos” (Mt. 26:30; Mr. 14:26). Y mucho sostienen que lo que cantaron fueron los salmos 115–118. Según Hch. 16:25, Pablo y Silas cantaron himnos en la prisión de Filipos. ¿No es probable que algunos, si bien no todos, de estos himnos fuesen salmos? Cf. también He. 2:12. Pero si Agustín está en lo correcto, entonces hay himnos que no pertenecen al salterio del Antiguo Testamento, himnos tales como el Magníficat de Lc. 1:46–55, el Benedictus de Lc. 1:68–79. Pareciera también que en las cartas de Pablo se incluyen algunos fragmentos de otros himnos del Nuevo Testamento (Ef. 5:14; Col. 1:15–20; 1 Ti. 3:16, y otros quizá).

   La palabra canción u oda (en el sentido de un poema escrito para ser cantado), no sólo aparece en Ef. 5:19 y Col. 3:16, sino también en Ap. 5:9; 14:3, donde se habla del “cántico nuevo”, y en Ap. 15:3, donde se hace referencia a “la canción de Moisés, el siervo de Dios, y la canción del Cordero”. Estos no son salmos del Antiguo Testamento. Además, una canción u oda no es por necesidad una canción sagrada. En la presente instancia, por cierto, lo sagrado se indica por la adición del adjetivo espirituales.

   Resumiendo, entonces, parecería que cuando Pablo usa aquí en Col. 3:16 estos tres términos, en alguna medida diferenciando entre ellos, el término salmos se refiere, por lo menos principalmente, al salterio del Antiguo Testamento; himnos principalmente a las canciones del Nuevo Testamento que alaban a Dios o a Cristo; y canciones espirituales principalmente a cualquier otro tipo de canción sagrada que trata temas que no están relacionados con la alabanza directa a Dios o Cristo.

   El punto que no se debe pasar por alto es éste: que estas canciones deben ser cantadas en un espíritu de agradecimiento. Las canciones deben brotar en una forma sincera, levantándose desde el interior de los corazones humildes y agradecidos de los creyentes. Se ha dicho que después de la Escritura misma un buen himnario que contiene salmos es la fuente más rica de edificación. Sus canciones no son solamente una fuente de alimentación diaria para la iglesia, más también sirven como un medio efectivo para expresar el gozo espiritual, la confesión de pecados, la gratitud y el éxtasis. Sea que fueren cantados en el servicio regular del Día del Señor, en el culto de entre semana, en reuniones sociales, en conexión con el culto familiar, en una ocasión festiva, o a solas, siempre son un tónico para el alma y promueven la gloria de Dios. Y logran esto debido a que centran el interés en la palabra de Cristo que mora adentro, y apartan la atención de la cacofonía mundana, por la cual la gente de normas morales bajas se estimula emocionalmente.

   El pasaje que estamos tratando, a menudo ha sido usado para apoyar esta o aquella teoría sobre lo que se debe o no se debe cantar en los cultos oficiales. Quizá sea correcto afirmar que el asunto está justificado si uno queda satisfecho con unos pocos principios generales; por ejemplo: (1) No debemos olvidar los salmos en nuestros cultos. (2) En cuanto a los himnos, en el sentido estricto de canciones de alabanza, “probablemente es correcto que la gran mayoría deberían ser ‘himnos’ en el sentido estricto de la palabra. Deben dirigirse a Dios. Hay demasiados que son subjetivos, por no decir sentimentales, y sólo expresan las experiencias y aspiraciones personales que muchas veces faltan de realidad”.

   Por lo demás, sería bueno recordar que Pablo no tiene como propósito sentar reglas detalladas en cuanto a la liturgia eclesiástica. Su interés es mostrar a los colosenses y a todos aquellos que leerían su carta cómo podrán crecer en la gracia y manifestar debidamente el poder de la palabra que mora en ellos. Por tanto, su exhortación bien puede aplicarse a cualquier tipo de reunión cristiana, sea en Domingo o durante la semana, sea en el templo o en la casa o en cualquier lugar.

Amen, para la gloria de Dios.

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Hno Roberto Saldías Roa

Miembro de la IEP en Nacimiento Bajo, nació en el evangelio del Señor en la Iglesia de Laja 1975. Casado con María Nahuelmán, estudia teología de manera autodidacta. Me gusta mucho leer y escribir.

 

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