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Semana del 9 al 15 de julio de 2018: “Característica del Espíritu Santo en el símbolo del agua”.

Semana del 9 al 15 de julio de 2018: “Característica del Espíritu Santo en el símbolo del agua”.


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Lectura Bíblica: San Juan Cap. 7, versículos 37 al 39. En el último y gran día de la fiesta, Jesús se puso en pie y alzó la voz, diciendo: Si alguno tiene sed, venga a mí y beba. El que cree en mí, como dice la Escritura, de su interior correrán ríos de agua viva. Esto dijo del Espíritu que habían de recibir los que creyesen en él; pues aún no había venido el Espíritu Santo, porque Jesús no había sido aún glorificado.

 

Comentario 1: 

  • El agua es doble símbolo: de la Palabra y del Espíritu.
  1. . Como símbolo de la Palabra, el agua representa la purificación, Sal. 119:9; Jn. 15:3; 17:7, 19;Ef.5:26.
  2. Como símbolo del Espíritu, el agua representa refrigerio, satisfacción y plenitud, Sal. 72:6; Is. 41:18; 43:19; 44:3; Jn. 4:14; 7:37-37; Ap. 21:6; 22:17.
  3. Nota.- Esta agua sale de la roca, Sal. 105:41,; 1 Co. 10:4; del pozo, Jn. 4:14; de las manos, Hech.2:33; 3:19; de la palabra Is. 55:10-11. Ademas, esta es como una fuente bullendo, Jn. 4:14; como un balde derramado, Nm. 24:8; como las nubes que derraman lluvias, Jl 2:28-29; Mal. 3:10; Hch. 2:33; como la corriente de un rio, Ez. 47; como el rocío que cae en silencio Dt. 33,28.

 

  • Comentario 2:

De la mitad de la fiesta (7:14) el relato pasa ahora a su último día. No es seguro si este “último día” indica el séptimo o el octavo día (o sea,si se refiere al vigésimoprimero o al vigésimosegundo del séptimo mes). Había siete días de festejos regulares que se caracterizaban, entre otras cosas, por vivir en tiendas, traer ofrendas en escala decreciente (en el primer día, además de otros sacrificios, trece toros castrados jóvenes; en el segundo día, doce; en el tercer día, once; etc.; véase Nm. 29:12–34), y llevar agua desde el pozo de Siloé. El octavo día era de descanso, de “solemne asamblea” o “santa reunión”.

Aunque muchos comentaristas muestran preferencia por el séptimo día o por el octavo, si se parte de las pruebas disponibles parecería más prudente dejar este punto sin resolver.

En favor que 7:37 se refiere al octavo día se han presentado los siguientes argumentos:

  1. No sólo mencionan este octavo día los pasajes del Antiguo Testamento, sino que durante el período intertestamentario y después del mismo, era común hablar de esta fiesta como de una fiesta de ocho días. Así, 2 Macabeos 10:6: “Y observaron (la fiesta) ocho días con gozo”, y Flavio Josefo, Antigüedades judaicas III, x, 4: “Y observaron una fiesta por ocho días”.
  2. La mención “último y gran día de la fiesta” armoniza mejor con el octavo día que con el séptimo; porque el octavo día era el final no sólo de la fiesta de los Tabernáculos sino de todo el gran ciclo de festividades religiosas anuales. La LXX (p.ej. en Lv. 23:35) llama a este día ξόδιον, es decir, la festividad final o de clausura.
  3. Como la ceremonia de derramar el agua se daba en cada uno de los siete días regulares de la fiesta pero no en el octavo (aunque esto no lo admiten todos), esta misma ausencia que caracterizaba a ese octavo día proporcionó una razón muy adecuada para que Cristo exclamara, “Si alguno tiene sed, que venga a mí, y beba”.

Los que apoyan la teoría opuesta—que 7:37 se refiere al séptimo día—arguyen como sigue:

  1. Se puede presumir con confianza que el lenguaje de 7:37 tiene sus raíces en el Antiguo Testamento más que en los Apócrifos o en Josefo. Ahora bien, en el Antiguo Testamento siempre se trata del octavo día en forma separada, y de la fiesta misma se dice que dura siete días: “Haréis fiesta a Jehová por siete días” (Lv. 23:29; Nm. 29:2); “E hicieron la fiesta solemne por siete días” (Neh. 8:18). Por tanto, el último día de la fiesta (7:37) es el séptimo.
  2. Este era el gran día de la fiesta. El séptimo día era realmente grande porque: a. en él había siete procesiones alrededor del altar; en los días precedentes sólo una cada día. b. En estas procesiones los sacerdotes entonaban, “Oh Jehová, sálvanos ahora, te ruego; Te ruego, oh Jehová, que nos hagas prosperar ahora” (Sal. 118:25). Por esto, al séptimo día, cuando se cantaba este pasaje tantas veces, se le llama El Gran Hosanna.
  3. No sólo era éste el último día de la serie regular de sacrificios que disminuían, y el último día de sacar agua de Siloé, sino que era también el último día de morar en tiendas. Por la tarde de ese día se desmontaban las tiendas, y concluía la fiesta. La santa reunión del octavo día no era parte de la fiesta misma. El último día de la fiesta es, por tanto, el séptimo día.

Lo que es más importante recordar en relación con los eventos de este día ya sea que se considere como el séptimo o como el octavo día de la fiesta es el hecho de que el Señor, lejos de apartarse de las personas, muchas de las cuales lo habían rechazado de una forma u otra, hace su cariñosa invitación: “Si alguno tiene sed, que venga a mí, y beba”.

Se estaba cumpliendo la profecía de una manera notable. Unos cinco siglos y medio antes Hageo había apremiado al remanente que había regresado a que reiniciaran la obra de la reconstrucción del templo. Para animar a los que lamentaban el aspecto insignificante del nuevo edificio incluso en el mismo comienzo, el profeta sirvió de instrumento para comunicar el siguiente mensaje de Jehová, palabra llena de consuelo y aliento:

“De aquí a poco yo haré temblar los cielos y la tierra, el mar y la tierra seca; y haré temblar a todas las naciones, y vendrá el Deseado de todas las naciones; y llenaré de gloria esta casa, ha dicho Jehová de los ejércitos. Mía es la plata, y mío es el oro, dice Jehová de los ejércitos. La gloria postrera de esta casa será mayor que la primera, ha dicho Jehová de los ejércitos; y daré paz en este lugar, dice Jehová de los ejércitos” (Hag. 2:6–9).

Este pasaje, que en sus implicaciones más profundas es una gloriosa profecía mesiánica, debe haberse pronunciado no lejos del lugar mismo en que Jesús se encontraba en estos momentos; es decir, más de cinco siglos después. El momento en que se transmitió también es muy notable. Hageo comunicó este mensaje de aliento “en el mes séptimo, a los veintiún días del mes”. Y cuando Jesús cumplió en cierta medida esta profecía y trató de persuadir a los sedientos a que vinieran a él para beber, fue también en el séptimo mes, en el vigésimo primer o vigésimo segundo día del mes.

Aunque no se puede demostrar con certeza matemática, debe considerarse como muy probable que la invitación que Jesús hizo (7:37) tuvo cierta relación con el sacar agua del estanque de Siloé. En todos los siete días de la fiesta un sacerdote llenaba una jarra de oro con agua de ese estanque. Acompañado de una solemne procesión, volvía al templo y, en medio del toque de trompetas y de gritos de las alegres multitudes, la derramaba en un embudo que terminaba en la base del altar de los sacrificios encendidos. El pueblo estaba en el desierto (el agua de la roca), sino que también apuntaba hacia la abundancia espiritual de la era mesiánica. Tenían la mente, el corazón y la voz llenos de pasajes como Is. 12:3: “Sacaréis con gozo aguas de las fuentes de la salvación”. En la derecha sostenían una rama de mirto, una vara de sauce y una palma: en la izquierda, una cidra u otro fruto semejante. Recordaban la vida de los antepasados en el desierto. La fiesta parecía un desfile histórico. Y las cidras, aunque no eran para esto, resultaban útiles cuando algún sumo sacerdote mundano trataba de mejorar el ritual prescrito, como lo pudo comprobar Alejandro Janeo (104–78 a.C.), para su consternación, cuando se los arrojaron encima.

La voz de Jesús, fuerte y clara, “Si alguno tiene sed, que venga a mí, y beba”, pudo haberse oído inmediatamente después de completarse el rito simbólico de derramamiento de agua y del canto de las conocidas palabras del Salmo 118, o también en un día en que, según muchos, no hubo ninguna ceremonia similar. Era como si deseara decir, “¿No se dan cuenta de que esa agua me señala, y que todos esos recordatorios de la vida de los antepasados en el desierto pierden su significado vital si no se me tiene en cuenta?

A estas alturas deberíamos prestar cierta atención a una discrepancia de la traducción corriente de los versículos 37 y 38. En realidad, es algo que se refiere a la puntuación del griego, y a la supuesta vocalización errónea del original arameo. Hay que conceder que las palabras de 7:37, que Jesús dirigió a un gran grupo de judíos en el templo, se pronunciaron de hecho en arameo. Esto, desde luego, no implica necesariamente que lo que se encuentra en nuestro Nuevo Testamento griego se basa en un original arameo escrito. Ciertos expertos

en arameo—entre los que queremos mencionar sobre todo a C. F. Burney y a C. C. Torrey han atacado el pasaje tal como se encuentra en el Nuevo Testamento griego, y, en forma indirecta, las traducciones que se basan en él. Torrey habla del texto como llegado a nosotros en forma de “lamentable desatino”. Se refiere al “absurdo texto de nuestra versión griega”. En cuanto a 7:37, 38, Torrey propone lo siguiente:

  1. En el original (aunque no en la traducción de Torrey) los dos sujetos de este supuesto paralelismo son desiguales en estructura (τις … πιστεύων).
  2. Parecería que de la traducción de Torrey se sigue que “el que tenga sed” y “el que cree en mí” son sinónimos. Pero según 6:35 el creyente es exactamente aquel que “no tendrá sed jamás”. El creyente es la persona que ha apagado la sed yendo a Cristo, la Verdadera Fuente. Es la persona que ha calmado el hambre acudiendo a Cristo, el Verdadero Pan.
  3. En cuanto a la última parte del versículo 38, es cierto que en el Antiguo Testamento el río de la vida se encuentra en “la ciudad de Dios” (Sal. 46:4) y brota “de abajo” de su templo (Ez. 47:1); pero en el texto griego de Juan 7:38 se describe a las aguas brotando del corazón del creyente. Sin embargo, ¿no es cierto que a menudo, en el Nuevo Testamento, se da a los pasajes del Antiguo una aplicación ligeramente diferente? Además, si estas aguas brotan de “la ciudad de Dios”, ¿no proceden necesariamente de los corazones de cada creyente? ¿Acaso éstos no constituyen colectivamente la verdadera “ciudad de Dios”?
  4. Que el texto griego que exige “de dentro de él” (y no: “de dentro de ella”) es correcto, de modo que la alusión es al creyente como individuo, también armoniza con el contexto que sigue de inmediato, que todavía habla de “los que creen en él”.
  5. El texto griego y la traducción basada en el mismo armonizan perfectamente con 4:14: “Mas el que bebiere del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás; sino que el agua que yo le daré será en él una fuente de agua que brote para la vida eterna”. Hemos oído hablar (4:14) de la fuente de agua en el corazón del creyente. Ahora se nos dice (7:38) que manarán de dentro de él ríos de agua. ¿Qué podría ser más consecuente? El Señor, en armonía completa con la misma metáfora que él mismo usó anteriormente, ahora le da una nueva aplicación.

Por las razones expuestas mantenemos el texto griego como está. En una tierra donde el agua no está siempre al alcance de todos y el calor lo puede hacer sentir a uno muy incómodo, el agua es “lo más necesario” en el medio físico.165 Es en consecuencia, un símbolo adecuado de la salvación, de la vida eterna. Hablando en forma metafórica, en un sentido todos los hombres tienen sed; es decir, por naturaleza todos carecen del agua de vida. En otro sentido, sólo tienen sed los que han sido regenerados y han recibido el llamamiento interno. Como resultado de la acción de la gracia soberana de Dios en su corazón, sienten la necesidad del agua espiritual. Si bien, en consecuencia, la invitación hace al oyente responsable, sólo aquellos que el Padre ha dado a Jesús acudirán de hecho a beber. En las palabras “venga a mí y beba”, tenemos dos imperativos que deberían considerarse como aoristos presentes. Cuando alguien bebe de la Fuente, Cristo, nunca vuelve a tener sed (4:14; 6:35). Esto se ha expresado muy bellamente en las siguientes estrofas del conocido himno:

 

Oí la voz del Salvador decir con tierno amor,

Oh, ven a mí, descansarás, cargado pecador;

tal como fui a mi Jesús cansado yo acudí,

y luego dulce alivio y paz por fe de él recibí.

Oí la voz del Salvador decir: venid, bebed,

yo soy la fuente de salud que apaga toda sed;

con sed de Dios, del vivo Dios, busqué a mi Emanuel,

lo hallé, mi sed él apagó y ahora vivo en él.

Oí su dulce voz decir del mundo soy la luz,

miradme a mí y salvos sed, porque por ti morí en la cruz.

Mirando a Cristo luego en él mi norte y sol hallé,

y en esa luz la vida ya por siempre viviré.

 

Debería compararse con este pasaje (7:37, 38) Is. 55:1, 2; Ap. 22:16. El nominativo absoluto, de modo que tenemos en el versículo 38: “El que cree en mí … de su interior”, no es infrecuente en los escritos de Juan (cf. Ap. 3:12, 21). Como estas palabras se pronunciaron en arameo, hay que esperar construcciones así. Véase IV de la Introducción. Aunque no hay ningún pasaje del Antiguo Testamento que equivalga exactamente a lo que encontramos aquí, en verdad no cuesta trabajo encontrar la idea básica—aguas que brotan de Sión (o de sus habitantes) como bendición para otros—en varios pasajes: Pr. 11:25; 18:4; Ez. 47:1–12; Zac. 8:14. Sobre todo, los dos últimos pasajes son muy claros al respecto y quizá Jesús los tuvo presentes cuando emitió el contenido de Juan 7:38. Hay también otros pasajes que muestran ciertas semejanzas con éste. El parecido quizá se encuentre en la presencia del río en Sión, o en la insistencia en la abundancia de aguas, o en la conexión que se propone entre las aguas (como símbolo) y el Espíritu (como el simbolizado): Sal. 46:4, 5; Is. 58:11 (cf. también Is. 55:1); y Is. 44:3. Tomados todos estos pasajes juntos, está plenamente justificada la cláusula “como dice la Escritura”.

La idea general del pasaje resulta, desde luego, perfectamente clara: no sólo reciben satisfacción duradera para sí mismos—vida eterna, salvación plena y gratuita—los que beben de la Fuente, Cristo, (la idea expresada en 4:14), sino que además, se comunica la vida a otros en forma abundante. El que recibe la bendición se convierte, por la gracia soberana de Dios, en canal de bendiciones abundantes para otros. La iglesia proclama el mensaje de salvación, y de esta manera son reunidos los elegidos de todo lugar y nación.

Vers. 39. Esto, como se ve con claridad por todo el Nuevo Testamento—sobre todo por el libro de Hechos—se hizo realidad en un sentido especial en el momento del derramamiento del Espíritu Santo en el día de Pentecostés y también después. En cuanto al significado de Espíritu, véase sobre 13:21. Cuando el Espíritu, como persona, hizo de la nueva Sion su morada central, la iglesia se volvió internacional. Por ello no nos sorprende leer: Esto dijo del Espíritu que habían de recibir los que creyesen en él. Es cierto que la tercera persona de la Trinidad existía desde toda la eternidad e hizo sentir su influencia mucho antes de Pentecostés (cf. 3:3, 5); pero aún no estaba presente el Espíritu (ν equivale a παρν en este caso), en el sentido ya indicado; y la razón era que Jesús no había sido aún glorificado. Así como los creyentes no pueden ser la mayor bendición que existe para el mundo hasta que el Espíritu Santo venga a ellos (Hch. 1:8), tampoco ese Espíritu podía venir hasta que Jesús fuera glorificado (véase sobre 16:7). El Antiguo Testamento relaciona el flujo de torrentes de bendición con la venida del Espíritu Santo. Es muy claro sobre todo Is. 44:3. (Para dar refrigerio).

 

  • Texto:

San Juan Cap. 4, versiculos 13-14. Respondió Jesús y le dijo: Cualquiera que bebiere de esta agua, volverá a tener sed; mas el que bebiere del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás; sino que el agua que yo le daré será en él una fuente de agua que salte para vida eterna.

 

  • Comentario:

Versic. 13, 14. ¿Ha dudado ella de la superior grandeza del extraño? Jesús indica ahora que, ciertamente, él es mucho mayor que Jacob, puesto que el don que él derrama es infinitamente más precioso que el que heredó la descendencia del patriarca. La contestación de Cristo se debe interpretar en ese sentido: Respondió Jesús y le dijo: Cualquiera que bebiere de esta agua, volverá a tener sed; mas el que bebiere del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás; sino que el agua que yo le daré se convertirá en él en una fuente de agua que brota para vida eterna. De esta forma Jesús apela a los deseos en la mujer, de verdadero descanso y máxima satisfacción.

 

Obsérvese el contraste que Jesús presenta aquí:

(1Iz.)El agua del pozo de Jacob:                        (1De.) El agua viva que Jesús concede:

(1) no puede evitar que se tenga sed otra vez… y otra vez … y otra vez.(1) hace perder la sed para siempre; es decir, da satisfacción duradera. Una vez creyente, siempre nacido de nuevo. Véase 6:35; Is. 49:10; Ap. 7:16, 17; 21:6; 22:1, 17.

(2) queda fuera del alma, y no es capaz de llenar sus necesidades. (2) entra en el alma y permanece dentro, como fuente de frescura y satisfacción espiritual.

(3) es de cantidad limitada, disminuye, desaparece al beberla. (3) es un manantial perpetuo. Aquí en la tierra sostiene a la persona espiritualmente con vistas a la vida eterna en los cielos (“para vida eterna”).

El Señor Jesús comparó el futuro ministerio del Espíritu con el agua que brota y fluye de la vida del creyente. Por consiguiente este emblema significa:

  • La vida eterna que surge de lo que anteriormente era un erial. ([terreno] Que no se cultiva ni se labra, especialmente cuando se abandona y se desarrolla en él vegetación espontánea.).
  • La abundancia de la «vida más abundante» que da Cristo.
  • El servicio, por cuanto del creyente brotarán ríos de agua viva para otros.

 

Amén, Para la Gloria de Dios.

 

 

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Hno Roberto Saldías Roa

Miembro de la IEP en Nacimiento Bajo, nació en el evangelio del Señor en la Iglesia de Laja 1975. Casado con María Nahuelmán, estudia teología de manera autodidacta. Me gusta mucho leer y escribir.