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Semana del 9 al 15 de agosto de 2021“Don de Sanidad”

Semana del 9 al 15 de agosto de 2021“Don de Sanidad”

  Lectura Bíblicas: Los Hechos 28: 7 al 9. En aquellos lugares había propiedades del hombre principal de la isla, llamado Publio, quien nos recibió y hospedó solícitamente tres días. Y aconteció que el padre de Publio estaba en cama, enfermo de fiebre y de disentería; y entró Pablo a verle, y después de haber orado, le impuso las manos, y le sanó. Hecho esto, también los otros que en la isla tenían enfermedades, venían, y eran sanados.

Definición: Habilidad sobrenatural para curar las enfermedades humanas, ya sean de origen físico, mental o demoniaco.

   El don espiritual de sanidad es la manifestación sobrenatural del Espíritu de Dios, que milagrosamente trae sanidad y liberación de la enfermedad o dolencias. Es el poder de Dios que destruye la obra del pecado o del diablo en el cuerpo humano, como las sanidades que Jesús y los discípulos realizaron (Mateo 4:24; 15:30; Hechos 5:15-16; 28:8-9). El don de sanidad dado a la iglesia, se observó principalmente en 1 Corintios 12, donde se enumeran los dones espirituales.

   Los dones espirituales son poderes, talentos, habilidades, o conocimiento dado por Dios a través del Espíritu Santo a los cristianos. Pablo le dice a la iglesia que el propósito de los dones espirituales es edificar a otros creyentes y, en última instancia, para glorificar a Dios. Dios nos da estos dones para que los usemos para Él, pero en la iglesia de Corinto, al parecer, los dones fueron una clase de símbolo de estatus, o se usaban para indicar superioridad. Curiosamente, 1 Corintios 12:9 se refiere a “dones” de sanidad en plural, lo que podría indicar que hay diferentes dones de sanidad. Los dones de sanidad podrían significar una gama muy amplia de destrezas o habilidades. Esto podría ir desde el poder para realizar sanidades milagrosas o sorprendentes, como que los cojos caminen, o también el uso o la comprensión de la medicina. Incluso podría ser la capacidad de comprender y mostrar amor a los demás, hasta el punto de sanar una herida emocional.

   Ha habido mucho debate sobre el uso del don espiritual de sanidad entre los cristianos. Algunos creen que el don de la sanidad y algunos otros dones de señales ya no están vigentes hoy en día, mientras que otros creen que los dones milagrosos hoy en día están todavía en uso. Por supuesto, el poder para sanar nunca estuvo por sí mismo en la persona que lo tenía. El poder para sanar es de Dios y solo de Dios. Aunque Dios sigue sanando hoy, creemos que la sanidad de Dios a través del don, perteneció principalmente a los apóstoles de la iglesia del primer siglo para confirmar que su mensaje era de Dios (Hechos 2:22; 14:3).

   Dios todavía realiza milagros. Dios todavía sana a las personas. No hay nada que impida que Dios sane a una persona a través del ministerio de otros. Sin embargo, el don milagroso de la sanidad, como un don espiritual, pareciera que no está funcionando hoy en día. Ciertamente Dios puede intervenir en cualquier forma que crea conveniente, ya sea de forma “normal” o a través de un milagro. Nuestra salvación por sí misma es un milagro. Estábamos muertos en el pecado, pero Dios entró en nuestras vidas y nos hizo nuevas criaturas (2 Corintios 5:17). Esa es la mayor sanidad de todas.

   Comentario: Lucas registra dos hechos que ilustran la amabilidad en Malta. Uno es la forma en que los isleños reciben a la empapada tripulación y pasajeros. Los malteses se muestran muy amables con Pablo, sus amigos, y los demás. El segundo tiene que ver con el ministerio de sanidad que Pablo extendió entre los enfermos de la isla. En un sentido, Pablo retribuye la amabilidad devolviendo la salud a los enfermos.

[7]. Cerca de allí había campos que pertenecían a Publio, el gobernador de la isla. Él nos recibió y bondadosamente nos hospedó durante tres días. [8.] El padre de Publio estaba en cama, enfermo con fiebre y disentería. Pablo lo fue a ver, y después de orar y poner sus manos sobre él, lo sanó.

   Notemos los siguientes puntos:

   ▬ a. El hombre. No sabemos cuánto tiempo pasó entre la bienvenida en la playa (vv. 1–6) y la invitación a la casa del gobernador (v. 7). Lucas parece dar la impresión que inmediatamente después de su llegada, Pablo fue presentado a la persona que gobernaba en la isla. Aparentemente, Pablo y sus amigos fueron llevados a la casa de esta autoridad.

    El nombre Publio es un nombre y no un apellido. Recuérdese que, como se dijo en el caso de Claudio Lisias, un ciudadano romano normalmente tenía tres nombres. Es posible, pero no puede probarse, que Publio y Lucas hayan desarrollado una estrecha amistad de modo que el uno al otro se haya llamado por sus primeros nombres. Más probable es que en la cultura de aquellos días la gente fuera conocida por sus primeros nombres. Este es el caso en muchos lugares en el mundo en el día de hoy.

   Publio es llamado el (hombre) principal de la isla. El término principal indica que él era la máxima autoridad. La expresión no necesita ser interpretada como un título de un funcionario oficial de Roma, pero en cambio puede referirse a un benefactor de varias causas filantrópicas. Publio parecía llenar la posición de un benefactor al recibir a Pablo y sus compañeros en su casa y hospedarlos por tres días.

   Era un hombre de medios económicos, como que a él pertenecían las tierras que rodeaban la playa a la cual llegaron los náufragos. Seguramente que tenía casas y otros edificios donde los extraviados podrían encontrar refugio. Aun cuando él pertenecía a la clase social acomodada, no se esperaba que hospedara y alimentara a 276 personas. Lucas indica que la hospitalidad que brindó a Pablo y sus amigos duró por tres días. Después, los isleños habían hecho arreglos para hospedarlos.

   ▬ b. El padre. La amabilidad de los isleños en general, y de Publio en particular halló eco en Pablo y sus compañeros. Suponemos que, a Lucas, en su condición de médico, no le faltó qué hacer en la isla. Y Pablo usó su don de sanidad cuando supo que el padre de Publio estaba enfermo con fiebre y disentería. En el griego, Lucas usa la forma plural de “fiebre” para señalar que el paciente sufría de repetidos ataques de fiebre. (El mal, conocido ahora como la fiebre de Malta, es causada por la leche de las cabras malteses. Autoridades médicas han podido recetar el tratamiento adecuado y medidas preventivas.)

   Pablo sana al padre de Publio orando por él e imponiéndole las manos. En otras palabras, no es Pablo sino Cristo, cuyo nombre invoca, quien sana al enfermo (c.f. Lc. 4:38). Pablo sigue la práctica de orar por la restauración (véase 9:40). De nuevo, ocurre un milagro debido a la fuerza de la fe de Pablo en Cristo. Lucas no registra nada que nos permita conocer la reacción del hombre al milagro. Sólo dice que el padre de Publio recibió la sanidad.

   [9]. Cuando esto había ocurrido, el resto de la gente de la isla que padecían de enfermedades vino a Pablo y fue sanada.

   La noticia sobre la sanidad del padre de Publio corrió de boca en boca, con el resultado que muchos enfermos vinieron a la casa donde Pablo se alojaba. No podemos saber cuántos pacientes llegaron, pero vemos un paralelo directo con el relato de la sanidad que hace Jesús de la suegra de Pedro en Capernaúm (Mr. 1:30–31). Después que Jesús la hubo sanado, en la noche de aquel día todos los enfermos y endemoniados de Capernaúm vinieron a él buscando sanidad (Mr. 1:32–34). Así como Jesús tuvo un ministerio de sanidad y enseñanza, también Pablo en su ministerio sanó a los enfermos y predicó la Palabra de Dios. Sabemos que estos milagros fueron medios efectivos para llevar a la gente al conocimiento de Dios. Y sabemos que el acto de predicar el evangelio no es infructuoso, sino que alcanza los propósitos de Dios (Is. 55:11).

1er Titulo: Sujeto a la soberanía y misericordia de Dios. (Filipenses 2:25 al 27. Pero ya conocéis los méritos de él que como hijo a padre ha servido conmigo en el evangelio. Así que a éste espero enviaros, luego que yo vea cómo van mis asuntos; y confío en el Señor que yo también iré pronto a vosotros. Mas tuve por necesario enviaros a Epafrodito, mi hermano y colaborador y compañero de milicia, vuestro mensajero, y ministrador de mis necesidades; porque él tenía gran deseo de veros a todos vosotros, y gravemente se angustió porque habíais oído que había enfermado. Pues en verdad estuvo enfermo, a punto de morir; pero Dios tuvo misericordia de él, y no solamente de él, sino también de mí, para que yo no tuviese tristeza sobre tristeza. 

   Comentario: El regreso autorizado de Epafrodito [25]. Pablo, el administrador solícito, pasa ahora de Timoteo a Epafrodito. Véase la Sección

IV de la Introducción. Enumeremos brevemente los hechos que afectan a este último:

(1) Era un líder espiritual en la iglesia de Filipos.

(2) Había sido comisionado por su iglesia para traer un donativo a Pablo, el preso, y para ser su continuo ayudante y asistente.

(3) En el cumplimiento de su misión cayó gravemente enfermo.

(4) Sus amigos de Filipos supieron de esta enfermedad y, naturalmente, se alarmaron. Él tuvo conocimiento de la alarma y ansiedad de ellos.

(5) Dios le sanó misericordiosamente.

(6) El ansiaba ardientemente regresar a su iglesia, para disipar los temores que los suyos tenían respecto a su salud.

(7) Pablo, de completo acuerdo, lo envía de regreso a Filipos, pidiendo para él una cordial bienvenida y, probablemente, haciéndolo portador de esta carta.

   El hecho del regreso autorizado de Epafrodito, junto con una breve descripción de su persona, lo encontramos en el v. 25; las razones de dicho regreso, en los vv. 26–28; y la manera en que ha de ser recibido, en los vv. 29, 30. Dice Pablo: Pero considero necesario enviaros a Epafrodito, mi hermano y colaborador y compañero de milicia, quien es vuestro mensajero y ministro para mis necesidades. ¡Epafrodito! Su nombre significa amable (digno de ser amado), ¡y en verdad que lo era! Pablo habla de él primero en relación con él mismo (con el apóstol), y luego en relación con la iglesia de Filipos. Con respecto a Pablo él es mi hermano, colaborador, y compañero de milicia. Las palabras están colocadas evidentemente en un orden ascendente. En común con todos los creyentes, Epafrodito es hermano de Pablo, unido a él en la fe. Es miembro de la misma familia espiritual, con Dios en Cristo como Padre. A Pablo le gusta usar esta palabra hermano, porque es un término cariñoso (cf. 4:1); por lo tanto, no es de extrañar que, en esta carta, escrita a sus muy amados filipenses, lo haga con mucha más profusión que en las otras epístolas de la cautividad (1:12, 14; 2:25; 3:1, 13, 17; 4:1, 8, 21). Sin embargo, Epafrodito es algo más que un mero hermano de Pablo. Está unido a él no solo en la fe, sino también en la obra, en la obra del evangelio. De aquí, colaborador, nombre dado a otros obreros del reino, tales como Apolos, Aquila, Priscila, Aristarco, Clemente, Marcos, Onésimo, Filemón, Timoteo, Tito, Tíquico, etc. Finalmente, Epafrodito está unido con Pablo no sólo en la fe y en la obra, sino también en la batalla. Es un compañero de milicia, un compañero de armas. Un obrero debe ser también un guerrero, ya que en la obra del evangelio hay que combatir contra muchos enemigos: maestros judaizantes, romanos y griegos escarnecedores, adoradores del emperador, sensualistas, gobernadores de estas tinieblas, etc. En consecuencia, todo obrero debe obrar con prodigiosa energía y prestar inquebrantable obediencia a su Capitán, confiando plenamente en la victoria final (cf. Fil. 2; 2 Ti. 2:3, 4; 4:7, 8). La forma en que Epafrodito cumplió su cometido como obrero y soldado está explicada en el V. 30.

   En relación con la iglesia de Filipos Epafrodito es llamado vuestro mensajero y ministro para mis necesidades. La palabra mensajero es literalmente apóstol, término que se emplea aquí en su sentido más amplio, refiriéndose a alguien que ha sido delegado por la iglesia para desempeñar una misión, o sea, un representante oficial a través del cual la iglesia habla y actúa. En este caso la misión no fue solamente la de traer un donativo a Pablo, sino también la de servirle en cualquier forma que fuese requerido (nótese la frase ministro para mis necesidades; cf. Fil. 4:16; Hch. 20:34; Ro. 12:13); por ejemplo, como su ayudante personal y asistente en la obra. Así pues, Epafrodito fue enviado para llevar un regalo para ser él mismo un regalo de los filipenses a Pablo. La misma palabra que se emplea en el original para ministro, es a saber, leitourgos, nos habla de cómo él ▬y a través de él la iglesia de Filipos▬ prestó una misión oficial y sagrada, no a la persona de Pablo meramente, sino también a la causa del evangelio y, por tanto, al mismo Dios. El enviar a Epafrodito, con todo lo que esto entrañaba, fue un acto de devoción, ¡una verdadera ofrenda o sacrificio! Como prueba véase Fil. 2: 17 (“sacrificio y ofrenda de vuestra fe”) y 2:30, en estos pasajes se usa una palabra de la misma naturaleza: leitourgia; véase también 4:18, en donde el don que trae el mensajero recibe el nombre de “sacrifico, acepto, agradable a Dios”. Cf. Igualmente Ro. 15: 16 y 2 Co. 9:12.

   Epafrodito hizo todo cuanto humanamente pudo en el cumplimiento de su deber, y con un espíritu recto. Que nadie pues critique a este siervo fiel cuando regrese a su iglesia de Filipenses. Que nadie vaya a decirle: “Que vergüenza que no has cumplido con la misión que se te había encomendado, y que has abandonado a Pablo, ese honorable prisionero, en el preciso momento en que más te necesitaba, cuando estaba esperando una sentencia para vida o para muerte”. Es como si Pablo estuviese diciendo: “Tened en cuenta, Filipenses, que Epafrodito regresa a ustedes porque yo mismo lo considere necesario”.

   [26-28].  Las razones para este regreso autorizado son expresadas ahora. Son tres y están íntimamente relacionadas entre sí. El apóstol dice: Estas razones tienen que ver con él (Epafrodito), con vosotros (Filipenses), y conmigo mismo (Pablo).

(1) Para que el ardiente deseo de Epafrodito sea satisfecho (vv. 26, 27).

(2) Para que vosotros os regocijéis (v. 28a).

(3) Para que yo (Pablo) esté con menos tristeza (v. 28b).

   Empezando con (1) Pablo declara: puesto que os ha estado añorando a todos vosotros, y ha estado angustiado, porque sabe que ha llegado a vosotros la noticia de que estuvo enfermo. Esto implica que la iglesia de Filipos había oído de la enfermedad de Epafrodito, y que el resultado de dicha noticia, la alarma de los filipenses, había sido traído hasta Roma. El efecto en Epafrodito fue doble:

   En primer lugar, ¡él se preocupó por la preocupación de ellos! Una seria angustia de alma y corazón, una profunda agonía, abatió su espíritu. La palabra que se emplea en el original para expresar esta inquietud (palabra de dudosa derivación) es la misma que se emplea para expresar las indecibles angustias que Jesús sufrió en Getsemaní (Mt. 26:37; Mr. 14:33).

   En segundo lugar, el amor que sentía por la iglesia que lo había enviado, llegó a oprimirle de tal manera, que suspiraba por ver de nuevo los rostros familiares de aquellos que realmente se preocupaban por él, y cuya ansiedad era necesario calmar.

   Ahora bien, esta ansiedad de la iglesia filipense no podía ser calmada por la simple declaración de que la noticia referente a la enfermedad de su amado líder era infundada o que había sido exagerada. Todo lo contrario, pues Pablo continúa: y ciertamente estuvo enfermo, al borde de la muerte.

   Y surge ahora la cuestión: “¿Por qué no impidió Pablo esa enfermedad por medio de algún milagro o de alguna oración, o al menos sanó a Epafrodito antes de que la cosa adquiriera caracteres tan graves?” En primer lugar, porque aún en aquella era carismática los apóstoles no podían obrar milagros a su antojo. Su voluntad estaba sujeta a la de Dios. Y en cuanto a la oración, aunque ciertamente es un poderoso medio de sanidad y con frecuencia de restablecimiento, no es un cúralo todo. No funciona mecánicamente como si se pulsara un botón, sino que también está sometida a la voluntad de Dios, la cual es más sabia que el deseo de los hombres. Y en esta sabia providencia divina está determinado que los creyentes también caen enfermos, y a veces de gravedad (Eliseo, 2 R. 13:14; Ezequías, 2 R. 20:1; Lázaro, Jn. 11:1; Dorcas, Hch. 9:37; Pablo, Gá. 4:13; Timoteo, 1 Ti. 5:23; Trófimo, 2 Ti. 4:20; y de la misma manera Epafrodito, Fil. 2:25–27). ¡Sí, los creyentes caen enfermos y mueren! El pasaje

que dice: “Y por su llaga fuimos nosotros curados”, no significa que los creyentes estén libres de enfermedades graves, o de la muerte; sino que cuando están heridos y abatidos, es suyo el consuelo de tales pasajes como Sal. 23; 27; 42; Jn. 14:1–3; Ro. 8:35–39; Fil. 4:4–7; 2 Ti. 4:6–8; He. 4:16; 12:6, por mencionar solamente unos cuantos de los muchos que hay.

   Otra pregunta es: “¿Qué clase de enfermedad era la que padeció Epafrodito?” Se han hecho muchas suposiciones sobre esto, pero lo que sí es claro y evidente es que la enfermedad le vino en la obra del Señor, y más específicamente en el cariñoso cuidado y ayuda que prestó a Pablo (véase el v. 30). ¿Era aquella dolencia resultada de un agotamiento? ¿Fue demasiado el trabajo que echó sobre sus hombros? ¿Se había entregado de lleno este maravilloso hermano, obrero y soldado, después de un difícil y agotador viaje (como era el de Filipos a Roma), a la tarea de atender a las necesidades de Pablo, a cuidar de los creyentes de Roma, a predicar el glorioso evangelio del Crucificado a todo aquel que lo quisiera oír, y todo esto en medio de grandes dificultades y peligros personales, en una ciudad cuya gente rendía homenaje no a Cristo, sino al emperador? Sea como fuere, Epafrodito fue perdiendo poco a poco su vigor hasta llegar a las mismas puertas de la muerte. Durante días, humanamente hablando, su vida pendió de un hilo. Pero entonces—ciertamente en respuesta a las oraciones de muchos—él tuvo la misma experiencia que el escritor del Salmo 116. Epafrodito fue misericordiosamente sanado, según vemos implícito en las palabras que siguen: pero Dios tuvo misericordia de él. ¡Dios se compadeció, se apiadó de Epafrodito! Dios tuvo misericordia de él, y, continúa Pablo, no sólo de él, sino también de mí, para que yo no tuviera tristeza sobre tristeza, es decir, la tristeza que hubiera resultado de la muerte de Epafrodito, junto con la que ya tenía por su grave enfermedad.

   ¡Dios se apiadó de los dos, de Epafrodito y de Pablo! Es consolador saber que el corazón de Dios rebosa de misericordia, de bondad infinita y de piedad activa. En Cristo “Él puede compadecerse de nuestras flaquezas”.

“Atento a nuestra debilidad y flaqueza

Es el Dios que nuestra firme esperanza aferra.

Aquel cuyos años solo conocen largueza,

Recuerda que fuimos formados de la tierra.

Inmutable es la misericordia de Jehová

Para aquellos que su santo nombre teme;

Inmutable desde la infinita eternidad,

Inmutable hasta que los largos siglos cesen”.

   Esta divina ternura de corazón, que se manifiesta en la abnegación por los demás, está bellamente reflejada en Pablo. Para satisfacer los ardientes deseos de su ayudador y para aliviarlo de su profunda angustia, le ordena regresar a Filipos. Epafrodito, ya restablecido, anhela reintegrarse a la iglesia que lo había enviado. Seguramente que deseaba presentarse en persona, para que todos pudiesen ver que había recuperado la salud. No hay duda de que también esperaba el momento de poder dar personalmente las gracias a todos por sus oraciones y por el interés que habían mostrado para con él. Podemos creer muy bien que, más que nada, estaba impaciente por ayudar a los filipenses en sus continuas dificultades y aflicciones (Fil. 1:29, 30; 3:2, 17–19; 4:2). Pero, por otra parte, él era plenamente consciente de la misión que le había sido encomendada, amaba mucho a Pablo, y jamás lo hubiera abandonado si el mismo apóstol no se lo hubiese ordenado así.

   La segunda razón para enviar a Epafrodito a Filipos, está en las siguientes palabras: Así, pues, lo envío con mayor solicitud, para que, al verlo de nuevo, os regocijéis. Pablo envía a su amigo de regreso al hogar, para que los miembros de la iglesia filipense, al verlo de nuevo, plenamente restablecido, salten de júbilo. Esto nos permite ver algo del alma más íntima del gran apóstol. El tranquilizar el ánimo de sus muy amados filipenses, y el poderles suministrar alegría de corazón, significaba para él más que todos los servicios que pudiera prestarle Epafrodito.

   A pesar de que el aprecio que Pablo tenía de su amigo y de los servicios que había prestado en Roma, era genuino, él mismo podía regocijarse al pensar en lo útil que Epafrodito sería a los filipenses. En consecuencia, las siguientes palabras nos presentan la tercera razón que hubo para que el apóstol mandase de regreso a su valiente ayudador a la iglesia de Filipos: y yo esté con menos tristeza. El gozo de los filipenses ante el regreso de Epafrodito, aliviaría la pesada carga a Pablo. El gran apóstol muestra ser un verdadero imitador de Dios (cf. Ef. 5:1, 2), al regocijarse en el gozo de sus amados, al regocijarse sobre ellos con cánticos (Sof. 3:17).

2° Titulo: Para curar las enfermedades físicas, espirituales y del alma. (San Marcos 3:13 al 15. Después subió al monte, y llamó a sí a los que él quiso; y vinieron a él. Y estableció a doce, para que estuviesen con él, y para enviarlos a predicar, y que tuviesen autoridad para sanar enfermedades y para echar fuera demonios.) ▬ (San Marcos 16: 17 al 18. Y estas señales seguirán a los que creen: En mi nombre echarán fuera demonios; hablarán nuevas lenguas; tomarán en las manos serpientes, y si bebieren cosa mortífera, no les hará daño; sobre los enfermos pondrán sus manos, y sanarán).

   Comentario 1: [13]. Y subió al monte y llamó a sí mismo a los que él quiso, y ellos vinieron a él. Una vez más, la transición es muy natural. Con tantos enfermos para sanar, tantos endemoniados para libertar y tanta necesidad de predicar (véase 3:7–12, 14, 15), era natural que Jesús autorizara a algunos de sus seguidores para compartir el trabajo que él mismo realizaba, haciendo que su propio poder y compasión también actuara en ellos. Además, la hostilidad de los dirigentes religiosos había llegado a ser tan intensa (3:6) que la cooperación con ellos era ya imposible: el pueblo de Dios ha de organizarse por separado. Además, desde el comienzo del ministerio terrenal de Cristo, le estaban aguardando la muerte y (después de la resurrección) su partida de esta tierra. En realidad, había venido con el propósito expreso de dar su vida en rescate por muchos (10:45). Sentía, por tanto, la necesidad de designar testigos para reunir y guiar a la iglesia militante después de su propia partida física, con la colaboración de ellos y mediante su obra en ellos.

   Así pues, Jesús subió “al monte”. En Mateo (véase 8:1) y en Lucas (6:12, 17) la descripción tiene tanto color local, que parece referirse a una elevación específica, sin importar si hoy la llamaríamos “monte” o “cerro”. De ahí que la traducción “el monte” parece en este caso ser mejor que “los cerros”. De todos modos, es verdad que ni aquí ni en Mateo 5:1, donde aparece la misma expresión, se nos dice cuál es el monte aludido. Para la gente de aquellos días era probablemente bien conocido, de modo que entendieron exactamente lo que los escritores de los Evangelios quisieron decir con “el monte”. Parece ser que fue en las cercanías de Capernaúm. Para una ampliación de esta cuestión, véase sobre Mt. 5:1, 2.

    Tan importante consideraba Jesús este nombramiento de los Doce y la predicación del sermón, que en aquel mismo monte pasó toda la noche anterior en oración (Lc. 6:12). Acto seguido, llamó a los que quiso. Su soberana voluntad prevalece. ¡Ellos lo eligieron sólo después de que él los eligiera a ellos! La noche en que le traicionaron, dijo a sus discípulos: “No me elegisteis vosotros a mí, sino que yo os elegí a vosotros, y os he puesto para que vayáis y llevéis fruto …” (Jn. 15:16; véase también 1 Jn. 4:10, 19). Resultado: se fueron con él, dejando todo lo que había que dejar. En realidad, varios de ellos (Mr. 1:16–20; 2:13, 14; Jn. 1:35–51) ya se habían asociado con él estrechamente, y los demás ya eran seguidores suyos, aunque en un sentido más general (Lc. 6:13).

   [14, 15]. Y designó a doce—a los cuales también llamó “apóstoles”—para que estuviesen con él, y para enviarlos a predicar y tener autoridad para expulsar demonios. Es evidente que Marcos hace aquí un resumen. El contenido entero de la comisión se halla en Mateo 10: se trata de la Comisión a los Doce, que debe fecharse un poco más tarde. Estos doce discípulos, con toda seguridad debieron estar en compañía de Cristo durante una temporada antes de que éste les enviara a proclamar las buenas nuevas a otros. Según el relato de Marcos, la tarea para la cual Jesús designó (cf. 1 R. 12:31; Hch. 2:36; Heb. 3:2) a estos hombres fue triple: asociación y educación, misión, y expulsión de demonios. Mateo añade un cuarto punto.

   Asociación y Educación. Los designó, en primer lugar, para estar una temporada con su Maestro, viéndole y oyéndole, y aprendiendo todo lo que quiso enseñarles. Para ellos, tal relación significaba una educación espiritual.

   Misión. En segundo lugar, y en estrecha relación con lo precedente, el nombramiento fue para ser heraldos; es decir, para predicar. Los que reciben deben transformarse en dadores. Los discípulos deben convertirse en apóstoles. Han de promulgar el mensaje de salvación por medio de Jesucristo. En un sentido fueron investidos con su autoridad. Tan real fue esta autoridad que Jesús llegó a decir: “El que os recibe a vosotros, me recibe a mí, y el que me recibe a mí, recibe al que me envió” (Mt. 10:40). Cf. Mr. 6:11; Jn. 20:21–23. Primero fueron enviados a las ovejas perdidas de la casa de Israel (Mt. 10:5, 6); luego, a todas las naciones (Mt. 28:19), y a todo el mundo (Mr. 16:15).

   Expulsión de demonios. En tercer lugar, Jesús les designó para tener114 autoridad (el derecho y el poder) para expulsar demonios. Tocante a la posesión demoníaca, véase 1:23.

   Restablecimiento del cuerpo—tanto la curación como la resurrección—estaban incluidas, según vemos en Mateo 10:8.

   Comentario 2: Los versículos 17, 18 del epílogo han dado lugar a muchos malentendidos y tristes situaciones.

   Se presenta aquí a Jesús prometiendo cinco señales que acompañarán a los que creyeren:

– a. poder para echar demonios

– b. capacidad para hablar nuevas lenguas

– c. capacidad para tomar serpientes con las manos, es decir, serpientes venenosas sin sufrir daño físico

– d. el don de poder beber veneno mortal sin sufrir daño alguno

– e. poder para sanar enfermos poniendo las manos sobre ellos.

   Ahora bien, a. y e. no presentan ninguna dificultad especial. De hecho, Jesús impartió tales dones a los discípulos, y éstos hicieron uso de ellos con buenos resultados. Véanse Mt. 10:1; Mr. 9:38; Lc. 10:17; Hch. 5:16; 8:7; 16:18; 19:12.

   Algo similar sucede con respecto a c., el don de lenguas. Véanse Hch 2:4; 10:46; 19:6; 1 Co. 12:10, 28, 30; y todo el capítulo 14 de 1 Corintios.

   Con relación a estos dones especiales (a., b. y e.) B. B. Waffield dice, “Estos dones fueron parte de las credenciales de los apóstoles como agentes autorizados de Dios para fundar la iglesia.… Éstos (los dones) necesariamente caducaron al cumplirse el objetivo”. El testimonio de Crisóstomo y Agustín también postula que con el término de la era apostólica estos dones terminaron. Fue también el punto de vista de Jonatán Edwards: “Estos dones especiales se dieron con el fin de fundar y establecer la iglesia en el mundo. Pero dado que el canon de las Escrituras ya se ha completado, y la iglesia está totalmente fundada y establecida, estos dones extraordinarios han cesado”. Entre otros que han expresado puntos de vista similares están Matthew Henry, George Whitefield, Charles H. Spurgeon, Robert L. Dabney, Abraham Kuyper, Sr. y W. G. T. Shedd.

   El epílogo menciona otras dos señales que supuestamente Jesús prometió a sus discípulos, a saber, el poder para tomar serpientes con sus manos, y beber venenos mortales sin perjuicio alguno para ellos (véase c. y d. más arriba). Los que aceptan que el epílogo es Escritura Santa, totalmente inspirada e infalible, hallan la confirmación para el punto c. en Lucas 10:19 y Hechos 28:3. Sin embargo, Lucas 10:19 habla de “hollar serpientes”, lo cual no es exactamente lo mismo que tomarlas intencionalmente. Según Hechos 28:3, Pablo recogió unas ramas secas y después de colocarlas en el fuego sale una serpiente que se prende de su mano. Se la sacude sin sufrir daño alguno. Pero ciertamente esto no es lo que la conclusión dice. ¡Pablo no cogió deliberadamente una serpiente venenosa! Y en cuanto a beber veneno mortal sin sufrir daño, Lenski reconoce que el Nuevo Testamento no ofrece ejemplo alguno de esto, está probablemente en lo cierto al manifestar: “tomar serpientes venenosas y beber venenos mortales parece introducirnos en la penumbra de la historia apócrifa”. Y, además, correr tales riesgos es algo que, indirectamente, Jesús condenó tanto con su ejemplo (Mt. 4:7) como con su enseñanza (Mt. 10:23; 24:16–19).

   Muy a menudo los periódicos refieren hechos de fanáticos religiosos que toman serpientes venenosas y/o beben venenos mortales, frecuentemente con lamentables resultados. Los que hacen esto justifican a veces su extraña conducta apelando a Marcos 16:18. Es hora de que se diga a todos que el epílogo es obligatorio para nuestra fe y práctica sólo hasta el punto en que su enseñanza sea explícitamente apoyada por la Escritura en general. ¡En realidad, se debe decir que estos puntos que hablan de tomar serpientes y beber venenos no se deben considerar bíblicos en ningún caso!

   Es posible, en realidad, que, en relación con cuatro de los cinco puntos mencionados, el ambiente histórico es posterior al tiempo de la vida de Cristo en la tierra. Se deben tener presentes los siguientes puntos:

   La capacidad para hablar nuevas lenguas no se menciona nunca en los Evangelios. Tampoco la capacidad para coger serpientes venenosas o beber bebidas venenosas sin sufrir daño alguno. Y aunque el don de realizar curaciones milagrosas se menciona claramente en los Evangelios, hay que considerar la posibilidad de que el cambio de “ungirles con aceite” (véase Mr. 6:13) a “pondrán sus manos sobre los enfermos” (aquí en 16:18) merezca una consideración especial.

   Los lectores en general deben estar informados de la verdad respecto a Marcos 16:17, 18.

3er Titulo: Necesaria consagración del que tiene este don para su efectivo ejercicio. (Los Hechos 3: 1 al 12. Pedro y Juan subían juntos al templo a la hora novena, la de la oración. Y era traído un hombre cojo de nacimiento, a quien ponían cada día a la puerta del templo que se llama la Hermosa, para que pidiese limosna de los que entraban en el templo. Este, cuando vio a Pedro y a Juan que iban a entrar en el templo, les rogaba que le diesen limosna. Pedro, con Juan, fijando en él los ojos, le dijo: Míranos. Entonces él les estuvo atento, esperando recibir de ellos algo. Mas Pedro dijo: No tengo plata ni oro, pero lo que tengo te doy; en el nombre de Jesucristo de Nazaret, levántate y anda. Y tomándole por la mano derecha le levantó; y al momento se le afirmaron los pies y tobillos; y saltando, se puso en pie y anduvo; y entró con ellos en el templo, andando, y saltando, y alabando a Dios. Y todo el pueblo le vio andar y alabar a Dios. Y le reconocían que era el que se sentaba a pedir limosna a la puerta del templo, la Hermosa; y se llenaron de asombro y espanto por lo que le había sucedido. Y teniendo asidos a Pedro y a Juan el cojo que había sido sanado, todo el pueblo, atónito, concurrió a ellos al pórtico que se llama de Salomón. Viendo esto Pedro, respondió al pueblo: Varones israelitas, ¿por qué os maravilláis de esto? ¿o por qué ponéis los ojos en nosotros, como si por nuestro poder o piedad hubiésemos hecho andar a éste?).

   Comentario: En el capítulo anterior, Lucas afirma en forma escueta que los apóstoles realizaron muchas maravillas y señales milagrosas (2:43). ¿Cuáles son estos milagros que hicieron que todos tuvieran gran temor? Lucas describe uno de ellos, a saber, la sanidad del mendigo paralítico. Este milagro fue hecho en respuesta a la fe del pordiosero (v. 16) y fue seguido de un sermón de Pedro dirigido a la multitud. Resultó en un incremento en el número de miembros de la iglesia a cinco mil hombres, sin contar a las mujeres (4:4).

   [1]. Ahora Pedro y Juan subían al templo a las tres de la tarde, para orar.

▬ a. “Pedro y Juan”. Lucas continúa enfocando su atención en Pedro, quien es el vocero de los doce apóstoles.

Pero ahora agrega el nombre de Juan, el hijo de Zebedeo. Durante el ministerio de Jesús, Pedro y Juan pertenecían al llamado círculo íntimo de los discípulos. Estuvieron con Jesús en la transfiguración (Mt. 17:1); Jesús instruyó a estos dos discípulos a preparar el lugar donde se habría de celebrar la Pascua (Lc. 22:8); y también los llevó con él al huerto de Getsemaní (Mr. 14:33).

   Lucas cuenta que los apóstoles en Jerusalén comisionaron a Pedro y a Juan para dar instrucciones a la iglesia creciente en Samaría (8:14). Además de eso, Pablo considera a Pedro y a Juan columnas de la comunidad cristiana (Gá. 2:9). Estos dos apóstoles indudablemente fueron líderes de la iglesia, aun si, como lo dice Lucas, Pedro era el que hablaba y Juan sólo escuchaba. Además, los apóstoles continuaron con la práctica de salir de dos en dos (véase Mr. 6:7).

▬ b. “Subían al templo”. La NVI agrega un día, que no aparece en el texto griego. Nótese que la expresión verbal subían está en pasado progresivo, lo que indica que ellos acostumbraban subir al templo a orar. Los apóstoles permanecieron en Jerusalén, obviamente con el propósito de enseñar a la multitud de creyentes (véase– 2:41–44, 47). Mantuvieron la tradición de orar en el templo en horarios fijos. Los primeros cristianos se consideraban a sí mismos judíos que no pudieron romper con el tiempo tradicional de oración en el templo.

▬ c. “A las tres de la tarde, para orar”. Según el Talmud, la gente ofrecía sus oraciones en el templo tres veces al día: temprano en la mañana, en la tarde y al ponerse el sol.205 Mientras los sacerdotes ofrecían sacrificios, los judíos oraban. De hecho, el tiempo para el sacrificio era el tiempo para la oración. Pedro y Juan iban a la reunión de las tres de la tarde, y entraron al complejo del templo, pero no al santuario. Ya en los tiempos de David, el pueblo judío acostumbraba orar tres veces al día. David escribe,

En cuanto a mí, a Dios clamaré;

Y Jehová me salvará.

Tarde y mañana y a mediodía

oraré y clamaré,

y él oirá mi voz. [Salmos 55:16–17]

   [2]. Y era traído un hombre cojo de nacimiento, a quien ponían a la puerta del templo que se llama la Hermosa, para que pidiese limosna de los que entraban en el templo.

   Lucas dice que el paralítico tenía que ser transportado al templo, donde pedía limosna. En aquellos días no era corriente que los impedidos recibieran preparación para trabajar y ganarse la vida, así es que lo más lógico era que se hicieran limosneros (véase Jn. 9:1, 8). Así, pues, familiares y amigos lo llevaban diariamente hasta una de las puertas del templo que la gente usaba para entrar a orar. Los fieles seguramente sentirían cargo de conciencia al ver al paralítico pidiendo dinero por lo que le darían algo. Sin duda que el lugar para dejar al paralítico había sido escogido con mucha astucia.

   Los eruditos no han podido establecer con plena certeza en qué lugar del templo se encontraba la puerta conocida como la Hermosa. Los registros del área del templo después de la destrucción de Jerusalén en el año 70 d.C. se perdieron. Kirsopp Lake dice: “Hubo no sólo una completa destrucción de los edificios, sino que hubo un completo caos en la tradición en Jerusalén”. De todos modos, se ofrecen tres teorías acerca del asunto. Ellas son:

  1. La llamada puerta de Shushan en la muralla este del templo, y cercana al Pórtico de Salomón (3:11) al lado afuera del Atrio de los Gentiles.
  2. La puerta de Nicanor ubicada al este del Atrio de las mujeres servía de acceso al Atrio de las mujeres desde el Atrio de los gentiles. Debido a que las puertas del atrio fueron hechas de cobre de Corinto y “excedieron mucho en valor a las laminadas de plata y engastadas en oro”, la declaración de Pedro de que no tenía ni plata ni oro (3:6) resulta bastante apropiada.
  1. La puerta de Nicanor, situada entre el Atrio de las mujeres y el Atrio de los hombres. (Esta información procede de literatura rabínica.) Sin embargo, difícilmente podría ser ésta la puerta llamada la Hermosa. Lucas dice que después que el inválido fue sanado, acompañó a los apóstoles dentro del templo (v. 8).

   La mayoría de los eruditos acepta la segunda teoría y considera que la puerta llamada la Hermosa fue la puerta de Nicanor hecha de bronce de Corinto. El nombre tiene su origen en el hecho que un judío alejandrino llamado Nicanor regaló para el templo aquella hermosa puerta recubierta de bronce.

   Día a día el mendigo se sentaba a la puerta del templo a esperar las limosnas monetarias de los que acudían a adorar. Este hombre no era un miembro de la comunidad cristiana; si lo hubiese sido, de seguro habría recibido ayuda de los creyentes. Recuérdese que Dios había dicho a los israelitas que no habría pobres entre ellos (Dt. 15:4, y véase vv. 7–8). Pero los judíos pasaron por alto el mandamiento de Dios y llegaron a considerar una virtud dar limosnas a los pordioseros (p. ej. véase Mt. 6:1–2).

   [3]. Este, cuando vio a Pedro y a Juan que iban a entrar en el templo, les pedía algo. [4]. Pedro, con Juan, fijando en él los ojos, le dijo: “Míranos”. [5]. Entonces él fijó la atención en ellos, esperando recibir de ellos algo.

   Justo en el momento en que los dos apóstoles se aprestan a entrar en el área del templo, el mendigo les pide una limosna. Para él, se trata de adoradores anónimos. Espera que, si se les pide misericordia, ellos se detengan y le den algo. Pero en lugar de darle unas monedas, Pedro fija su atención en él y le habla. Lucas dice que Juan también fija sus ojos en él.

   Notamos dos cosas en el v. 4. Primero, Pedro no demuestra interés en la condición del hombre, es decir, no le interesa que sea un mendigo. Le mira con el fin de lograr su restauración física. Luego, Pedro y Juan no quieren realizar un milagro de sanidad sin la participación del afectado. Los apóstoles tienen al Espíritu Santo que les guía a determinar si el hombre tiene fe o no. Y aunque Lucas no lo dice en este versículo, en su siguiente sermón Pedro afirma sin lugar a dudas que el hombre fue sanado por fe (v. 16). El mendigo tenía más de 40 años de edad (véase 4:22) y presumiblemente había oído de Jesús, y posiblemente también a Pedro predicando en el área del templo. Obedece a lo que Pedro le dice y mira a los apóstoles “esperando recibir algo de ellos”.

   [6]. Mas Pedro dijo: “No tengo plata ni oro, pero lo que tengo te doy; en el nombre de Jesucristo de Nazaret, levántate y anda”. Pedro continúa siendo el vocero mientras Juan se mantiene en silencio. Y mientras el mendigo sigue expectante por lo que espera recibir, Pedro le dice: “No tengo plata ni oro”; es decir, entre mis posesiones, no hay dinero. El dinero, producto de la venta de propiedades y otros bienes, no pertenecía a él (véase 2:44–45; 4:34–35; 5:1–2). En el servicio de Cristo, Pedro no era un hombre acomodado (véase Mt. 10:9–10). Vivía según el mandamiento del Señor, que dijo: “… los que anuncian el evangelio, que vivan del evangelio” (1 Co. 9:14).

   Lo que Pedro da al paralítico es tremendamente más valioso que cualquier cantidad de plata y oro. Lo sana en el nombre de Jesús de Nazaret y le ordena que camine. Después de cuarenta años de estar tullido, este pobre hombre se apresta a usar sus piernas. Pedro clama en el nombre del Señor para mostrar que el poder sanador de Jesús, conocido a todos en Israel, fluye al paralítico a través suyo. Por eso, no es Pedro quien concede la restauración, sino Jesús.

   El uso del término nombre es significativo porque comprende la total revelación de la persona mencionada. Así, el nombre Jesús se refiere a su nacimiento, ministerio, sufrimiento, muerte, resurrección, y ascensión. Luego, el nombre Cristo apunta al Mesías, el exaltado Hijo de Dios. Además, para mejor identificación se añade la mención de Nazaret. Este fue el nombre que Pilato ordenó escribir en el letrero que pusieron en la cruz de Jesús (Jn. 19:19). Por último, la frase nombre de Jesús (Cristo) aparece repetidamente en Hechos.

   Ser sanado en el nombre de Jesús de Nazaret demanda fe por parte del inválido. Pedro le manda caminar, pero no podrá hacerlo a menos que ponga su fe en Jesús. El Nuevo Testamento nos enseña que los milagros ocurren en conexión con la fe.

   [7]. Y tomándole por la mano derecha le levantó; y al momento se le afirmaron los pies y tobillos. [8]. Y saltando, se puso en pie y empezó a caminar; entró con ellos en el templo, caminando, y saltando, y alabando a Dios.

   Cuando Pedro toma al paralítico de la mano derecha para ayudarle a ponerse en pie, estaba siguiendo el mismo procedimiento que Jesús practicó cuando sanó de fiebre a la suegra de Pedro: “Entonces él se acercó, y la tomó de la mano y la levantó; e inmediatamente le dejó la fiebre, y ella les servía” (Mr. 1:31). En ambos casos, el milagro ocurre después que los pacientes reciben ayuda al extenderse la mano hacia ellos. Nótese que Lucas, siendo médico, dice con toda exactitud que Pedro tomó la mano derecha del hombre. El hombre instantáneamente siente la fuerza en sus pies y tobillos y sabe que ha ocurrido el milagro. El adverbio inmediatamente no deja dudas de que el milagro había ocurrido.

   El hombre saltó y, por primera vez en su vida, pudo enderezarse. ¡Qué sensación de gozo y felicidad! Aunque nunca había podido caminar, lo intentó y lo logró sin dificultad. Su caminar se transformó en brincos y saltos porque se da cuenta que Dios había hecho un milagro en su vida. Empieza a pronunciar palabras de alabanzas y gracias a Dios y quiso acompañar a los apóstoles al interior del templo para orar con ellos también. (El lugar donde sus familiares y amigos lo ponían día a día para pedir limosnas no era considerado un patio del templo.) Ahora él entra a los patios del templo para expresar su gratitud a Dios (c.f. Lc. 17:15).

   Es notable el parecido entre este milagro y la sanidad del paralítico de Listra, realizada por Pablo. Lucas nos dice que Pablo miró directamente al hombre y al ver que tenía fe para ser sanado, le dijo que se parara sobre sus pies, con el resultado de que el hombre saltó y empezó a caminar (14:9–10).

   Significativa es la referencia indirecta a la inauguración de la era mesiánica. Profetizando el tiempo de la venida del Mesías, Isaías dijo:

   Entonces los ojos de los ciegos serán abiertos y los oídos de los sordos se abrirán.  Entonces el cojo saltará como un ciervo, y cantará la lengua del mudo. [35:5–6a. Letra bastardilla agregada]

   Jesús inauguró la era mesiánica cuando hizo al ciego ver, al cojo andar, cuando limpió a los leprosos, e hizo oír a los sordos; cuando resucitó a los muertos y predicó el evangelio a los pobres (Mt. 11:5; Lc. 7:22). Después de Pentecostés, esta era mesiánica continúa, como Pedro lo indica al sanar milagrosamente al paralítico en el nombre de Jesús de Nazaret.

   [9]. Y todo el pueblo le vio caminar y alabar a Dios. [10]. Le reconocían que era el que se sentaba a pedir

limosna a la puerta del templo, la Hermosa. Y se llenaron de asombro y espanto por lo que le había sucedido.

   No sabemos cuánto tiempo permanecieron orando en el templo los apóstoles y el hombre que había sido sanado. Lucas describe la reacción de la gente que fue testigo del milagro del paralítico, quien comenzó a caminar, a saltar, y a alabar a Dios.

   Estos son los hechos:

▬ a. Por muchos años, la gente ha conocido al pobre hombre sentado mendigando en la puerta llamada la Hermosa. Sabían que su mal era congénita, lo que significa que nunca había caminado.

▬ b. Le reconocen al verle caminar y saltar, lleno de gozo. Lo oyen alabando a Dios por haberle sanado.

▬ c. Se llenan de asombro y espanto como reacción a un hermoso acto de Dios. Como Jesús hizo milagros cuando estuvo entre ellos, ahora sus apóstoles los realizan en su nombre. Así, lo que Jesús comenzó durante su ministerio terrenal es ahora continuado a través de sus seguidores inmediatos. Maravillada y sorprendida, la gente se abre al mensaje de las buenas nuevas de Cristo Jesús, que Pedro está proclamando.

Consideraciones doctrinales en 3:6

   Nuestros nombres tienen el propósito de distinguirnos de otras personas. Tener los mismos nombres a veces se presta para confusiones y aun para incomodidades. Pero nuestros nombres personales no revelan mucho respecto de nuestro ser, características, y habilidades. Las Escrituras nos enseñan que cuando Dios da nombre a las personas, esos nombres describen sus personalidades. Por ejemplo, Dios llama a Abram Abraham, que quiere decir “padre de muchas naciones” (Gn. 17:5). El ángel del Señor instruye a José a ponerle Jesús al hijo de María, “porque él salvará a su pueblo de sus pecados” (Mt. 1:21). El nombre Jesús revela su carácter y su misión. Adoptando la forma humana, Jesús como Hijo de Dios tiene poder para perdonar pecados.

   Los discípulos de Jesús profetizan, echan fuera demonios, y realizan milagros en su nombre (Mt. 7:22; Mr. 9:39; Lc. 10:17). Ellos han recibido autoridad para predicar arrepentimiento y perdón en el nombre de Jesús (Lc. 24:47) y para actuar en su nombre. Cuando Dios derrama el Espíritu Santo en ese nombre (Jn. 14:26), los apóstoles reciben poder divino y autoridad para realizar milagros (Hch. 3:6; 14:10).

   ¿Estamos nosotros capacitados para profetizar y realizar exorcismos y milagros usando el nombre Jesús? Aunque los apóstoles recibieron poderes milagrosos, el Nuevo Testamento indica que Jesús no nos dio a nosotros mandamientos de echar fuera demonios, sanar a los enfermos y resucitar a los muertos en su nombre. Lo que Jesús nos dice es usar la fórmula en el nombre de Jesús cuando quiera que oremos a Dios el Padre (Jn. 14:13–14; 15:16; 16:23–24). Esta fórmula no será meramente una conclusión formal y habitual en nuestras oraciones. Significa que como seguidores de Cristo pedimos a Dios bendecirnos en glorificar el nombre de Dios, extender su reino y hacer su voluntad (Mt. 6:9–10). Cuando nosotros oramos en armonía con la prescripción que Jesús nos ha dado, Dios oirá y responderá a nuestras oraciones.

   Pedro es un verdadero misionero de Jesús. Ve una oportunidad para testificar de su Señor y la aprovecha. Realiza un milagro, observa su efecto, y de inmediato se dirige a la gente que se ha reunido. Sabe que su auditorio está “maravillado y lleno de asombro”, tiene una actitud positiva hacia él y quieren oír una explicación.

   [11]. Y mientras seguía sin soltar a Pedro y a Juan, todo el pueblo, atónito, concurrió a ellos al pórtico que se llama de Salomón.

   Lucas no da detalles acerca del culto de oración en el Patio de los hombres. Suponemos que cuando Pedro y Juan iban pasando por el Atrio de las mujeres y la puerta llamada la Hermosa hacia el Atrio de los hombres, el paralítico que fue sanado no les permitió salir de la vista. No hay que pensar que el cojo impidió a los apóstoles caminar. Mejor dicho, se mantuvo cerca de ellos e hizo notar a la multitud que los discípulos de Jesús habían sido instrumentos para su sanidad.

   El foco de atención está, por eso, en Pedro y Juan. Lucas escribe: “Todo el pueblo, atónito, concurrió a ellos”. Cuando los apóstoles pasaron a través del Atrio de los gentiles al Pórtico de Salomón, un gentío empezó a rodearles. Se cree que el Pórtico de Salomón, ubicado en el lado este del templo, fue parte del templo de Salomón. Pero esta suposición está basada más en un recuerdo romántico de aquel gran rey que en evidencias efectivas. Los planos del piso de los respectivos templos de Salomón y Herodes difieren considerablemente, hasta el punto que no es posible la identificación de los lugares exactos.

   Había un pórtico de tres filas de columnas que alcanzaban una altura de poco más de 8 metros. “Las hileras de columnas estaban a 10 metros la una de la otra en el pasillo lateral y a 15 metros en el pasillo central”. En total, había columnas. El pórtico estaba cubierto por un techo de cedro, y el lugar mismo constituía un amplio salón que podía albergar a innumerables personas. Este fue el lugar donde Jesús se reunió con los líderes judíos cuando vino a Jerusalén para la celebración de la Fiesta de la dedicación (Jn. 10:22). Y fue aquí, precisamente, donde la multitud, curiosa y asombrada, se reunió en torno de Pedro y de Juan para saber qué había pasado con el paralítico.

    [12]. Viendo esto Pedro, respondió al pueblo: “Varones israelitas, ¿por qué se maravillan de esto? ¿o por qué nos miran como si por nuestro propio poder o piedad hubiésemos hecho andar a éste?”

   Pedro tiene un auditorio listo para escuchar su explicación. La gente está asombrada por el milagro que acaba de ocurrir. No hay escepticismo; la mofa que se escuchó el día de Pentecostés ahora está ausente (c.f. 2:13). Por todo esto, Pedro tiene una oportunidad excepcional de proclamar el evangelio. Como en su sermón en Pentecostés, primero explica las circunstancias en que ha ocurrido el milagro, luego pone al corriente a sus oyentes con la muerte y resurrección de Jesucristo, y finalmente los llama a arrepentirse mediante la fe.

▬ a. “Varones israelitas”. Pedro vuelve a usar la forma familiar que usó en su sermón de Pentecostés para comenzar su sermón (2:22) porque está hablando a ciudadanos judíos que conocen el Antiguo Testamento y que no ignoran de los milagros realizados por Jesús. Les habla como el pueblo de Dios y les dice que no deben sorprenderse por el milagro que ven en el paralítico. Por implicación, les recuerda las obras de Jesús de Nazaret, cuyo poder continúa actuando en sus seguidores inmediatos.

▬ b. “¿Por qué nos miran como si por nuestro propio poder o piedad hubiésemos hecho andar a éste?” Pedro reprueba a su auditorio judío y los amonesta que no miren lo que los hombres hacen sino al poder de Dios. Lucas establece un paralelo con el pueblo de Listra, quienes creyeron que Pablo y Bernabé eran dioses después que sanaron a un paralítico (14:8–18). Por supuesto, la gente de Jerusalén no pretendía adorar a Pedro y a Juan, pero sí creían que ellos tenían un poder en ellos mismos que les había permitido hacer caminar al hombre cojo. Pedro les dice que no deben ver lo que los hombres hacen, sino la gloria de Dios.

Amén, Para La Honra Y Gloria De Dios.


Hno Roberto Saldías Roa

Miembro de la IEP en Nacimiento Bajo, nació en el evangelio del Señor en la Iglesia de Laja 1975. Casado con María Nahuelmán, estudia teología de manera autodidacta. Me gusta mucho leer y escribir.