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Semana del 8 al 14 de octubre de 2018: “El Espíritu Santo en Cristo” (Parte 3).

Semana del 8 al 14 de octubre de 2018: “El Espíritu Santo en Cristo” (Parte 3).

 

Lectura Bíblica: San Juan Cap. 14, versículos 15 al 18. “Si me amáis, guardad mis mandamientos. Y yo rogaré al Padre, y os dará otro Consolador, para que esté con vosotros para siempre: el Espíritu de verdad, al cual el mundo no puede recibir, porque no le ve, ni le conoce; pero vosotros le conocéis, porque mora con vosotros, y estará en vosotros. No os dejaré huérfanos; vendré a vosotros”.

 

Temario: “El Espíritu Santo en Cristo”.
1er Titulo: “En la promesa de dar el Espíritu Santo”. (San Juan 15:26).
2° Titulo: “Ocupa su lugar en la tierra”. (Los Hechos 2:32 y 33).
3er Titulo: “En su ministerio de intercesión”. (Romanos 8:26-27 y 34).

 

 

  • Tema: “El Espíritu Santo en Cristo”.

Con respecto a nuestro Señor. El Espíritu Santo cumple una misión especial. Para el que no está muy familiarizado con la acción del Espíritu Santo, no lo puede resultar menos que una sorpresa preciosa, descubrir el papel tan importante que Él desempeña es este universo. Para el que está acostumbrado a pensar en el Espíritu Santo sólo en función de la regeneración y santificación, le sorprende caer en la cuenta de que también es el perfeccionador de la creación, el mediador de la gracia común, el autor de la revelación especial, y el fundador de hecho de la iglesia de Cristo. En este capitulo pasamos a otra acción importante del Espíritu Santo: su actividad en la de nuestro Dios y Salvador Jesucristo

Para entender la acción del Espíritu Santo en Cristo Jesús, es necesario recordar el concepto Bíblico de Cristo. Es la segunda Persona de la Divinidad y es engendrado eternamente por el Padre. Es totalmente Dios: eterno, incomprensible, todo poderoso, omnisciente y omnipresente. En la plenitud del tiempo vino voluntariamente a la tierra pata tomar la naturaleza humana, de modo que pudo llamarse al mismo tiempo Dios y Hombre. Siguió siendo Dios y además se hizo hombre. Fue diferente de todos los seres vivos que han habitado la tierra en el sentido de que no sólo fue hombre completo, sino Dios completo.

Debido a esta gran verdad, los cristianos han dudado a veces de la necesidad de la acción del Espíritu Santo en Cristo. Si Cristo es Dios, razonan algunos, no necesita del Espíritu Santo. Puede hacer todo lo que quiera ya que es Dios. Por consiguiente, se relega al Espíritu Santo a un papel muy secundario en la vida de Cristo.} Pero eso es un error nacido tanto del insistir demasiado en la divinidad de Cristo como del minimizar su humanidad. En cuanto a la naturaleza divina de Jesús ▬ su deidad, ▬el Espíritu santo tiene poca influencia. Porque la segunda persona de la Trinidad es igual a la tercera. Pero en cuanto a la naturaleza humana de Cristo ▬ su humanidad ▬ si necesita la presencia constante del Espíritu Santo.

Jesús siguió siendo hombre completo, al mismo tiempo que era Dios completo. El hecho de que su naturaleza humana fuera indivisible e inseparable de su naturaleza divina no quería decir que su naturaleza humana cambiara para fusionarse con la naturaleza divina, (Se encuentra una formulación breve y hermosa de esta verdad en el Símbolo de Calcedonia, escrita en el 451,). La unión de dos naturalezas no significó que su naturaleza divina comunicara cualidades divinas, tales como omnipotencia u omnisciencia, a su naturaleza humana, con la consecuencia, de que Jesús dejara de ser verdaderamente hombre para ser solamente Dios. No hubo transferencia de característica divinas de la divinidad a la naturaleza humana o humanidad de Cristo, de forma que Jesús acabara por tener dos naturalezas divinas en lugar de una divina y una humana. Su naturaleza divina no deificó a su naturaleza humana. Antes bien, las Escrituras nos dicen que Jesús, siguió siendo Dios y al mismo tiempo fue hombre tan completo que nació y pasó por la infancia hasta llegar a ser adulto; fue tentado tal como nosotros lo somos

 

  • 1er Titulo: “En la promesa de dar el Espíritu Santo”. (San Juan 15:26).

“Pero cuando venga el Consolador, a quien yo os enviaré del Padre, el Espíritu de verdad, el cual procede del Padre, él dará testimonio acerca de mí”.

Jesús ha venido hablando del odio que los discípulos tendrán que soportar de parte del mundo, que odia al Padre y al Hijo. En consecuencia, no sorprende que en relación con esto vuelva a consolarlos recordándoles su promesa anterior (véase sobre 14:16, 17, 26) respecto a la venida del Espíritu, el Ayudador. Jesús mismo enviará a este Ayudador. Será enviado del Padre. En esencia, aunque con diferencia en énfasis, es lo mismo que decir: “Yo rogaré al Padre, y os dará otro Ayudador” (14:16); “El Ayudador, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre” (14:26). Aquí en 15:26 se realiza la actividad del Hijo en el envío del Espíritu, y el hecho de que este Espíritu procede eternamente del Padre. El envío del Espíritu era futuro. Pentecostés no había llegado todavía. Por ello, se utiliza el tiempo futuro: “enviaré”. La procesión estaba ocurriendo en el mismo momento en que Jesús hablaba (si lo que en realidad trasciende el tiempo puede considerarse desde la perspectiva temporal); en consecuencia, se utiliza el tiempo presente.348 Si dijéramos, “El hecho de que 15:26 afirme que el Hijo enviará al Espíritu demuestra que el Padre no lo envía”, estaríamos equivocados (véase 14:26). Así también, si dijéramos, “El hecho de que 14:26 afirme que el Espíritu procede del Padre demuestra que no procede del Hijo”, erraríamos (véase Hch. 5:9; Ro. 8:9; 2 Co. 3:17; Gá. 4:6; Fil. 1:19; 1 P. 1:11; donde se llama al Espíritu ▬ Espíritu de Cristo). Después de todo, ¿resulta tan raro que Jesús, hablando como Mediador entre Dios y el hombre, y siendo hombre él mismo, hablara, durante su período de humillación, del Espíritu como procedente del Padre?

Al Espíritu Santo se le llama aquí el Espíritua de verdad, igual que en 14:17; véase ese pasaje. Ese Espíritu dará testimonio (véase sobre 1:7, 8). En medio del mundo malvado dará testimonio contra el mundo (16:8, 9). En medio del género humano dará testimonio respecto a la necesidad del mismo. En medio de la iglesia consolará a la iglesia. No debe restringirse la esfera de su testimonio. Siempre que un verdadero siervo de Dios da testimonio contra el mundo, este testimonio es obra del Espíritu. Siempre que un simple creyente, con su palabra y ejemplo, atrae a otros hacia Cristo, también ello es obra del Espíritu. Ese Espíritu siempre da testimonio en relación con la Palabra, la Palabra de Cristo (14:26; 16:14, 15). En general, el mundo que es abiertamente hostil a Cristo no lo recibirá (14:17). Sin embargo, hay excepciones. De entre los que hoy día son abiertamente hostiles algunos serán atraídos. Serán transferidos del reino de las tinieblas al de la luz eterna. ¿Hubo alguna vez un perseguidor más violento que Saulo (o Pablo) de Tarso? El Espíritu lo iba a cambiar (y a otros como él) para que se convirtiera en celoso misionero de Cristo. Véase también en 16:7–11.

 

2° Titulo: “Ocupa su lugar en la Tierra”. (Los Hechos 2:32 Y 33).

“A este Jesús resucitó Dios, de lo cual todos nosotros somos testigos. Así que, exaltado por la diestra de Dios, y habiendo recibido del Padre la promesa del Espíritu Santo, ha derramado esto que vosotros veis y oís”.

En estos dos versículos, Pedro destaca los hechos redentores de la resurrección y ascensión de Cristo, en conjunción con el derramamiento del Espíritu Santo. De hecho, menciona a las tres Personas de la Trinidad: el Padre, Jesús, y el Espíritu Santo. Tres veces en su sermón de Pentecostés señala enfáticamente a Jesús como este Jesús (véase vv. 23, 32, 36) para recordar a sus oyentes su conocimiento de y relación con Jesús de Nazaret (v. 22). Una vez más Pedro enfatiza el tema de la iglesia cristiana primitiva: la resurrección de la muerte (v. 24; y véase 13:30, 33–34, 37; 17:31). En los versículos 32 y 33, Pedro hace una diferencia entre los testigos apostólicos (“todos nosotros somos testigos”) que han visto a Jesús resucitado y la multitud que observa el fenómeno de Pentecostés (“lo que ahora ven y oyen”). En otro contexto, Pedro afirma que Jesús apareció sólo a aquellos testigos “elegidos de antemano por Dios” (10:41). Por el contrario, la multitud en Pentecostés no había visto a Jesús resucitado, pero sí vieron y oyeron las señales visibles y audibles de la presencia del Espíritu Santo.

Debido a que el auditorio de Pedro no había visto a Jesús durante el período de cuarenta días entre su resurrección y su ascensión, necesitaban pruebas de que lo que se proclamaba por parte de los testigos era verdad. Querían saber, por tanto, la relación entre la resurrección de Jesús y la venida del Espíritu Santo. Para responder a estas preguntas, Pedro alude a la ascensión de Jesús y menciona el lugar de Cristo a la diestra de Dios (compárese 5:31). Los cristianos más adelante incorporaron estas verdades en el Credo Apostólico y confesaron que Cristo Jesús: “ascendió al cielo, y está sentado a la diestra de Dios Padre Todopoderoso”.

Desde aquella posición de exaltación, Jesús ha cumplido la promesa de que el Padre enviaría el Espíritu Santo (véase Jn. 7:39; 14:26; 15:26). Las palabras de Jesús respecto a la venida del Espíritu se cumplen el día de Pentecostés. Así, cada persona que se encontraba en el área del templo en Jerusalén pudo ver la evidencia del derramamiento del Espíritu. Por eso, los oyentes debían saber que Jesús, sentado a la diestra de Dios, tiene la autoridad de comisionar al Espíritu para venir y vivir en los corazones de los creyentes. Pedro se aproxima al final de su sermón y se apresta a contestar la pregunta de la multitud. “¿Qué significa esto?” (v. 12). Esto es, que el Espíritu Santo prometido por Jesús como un don del Padre ha venido por la autoridad de Jesús de enviarlo.

 

3er Titulo: “En su ministerio de intercesión”. (Romanos 8:26-27 y 34).

“Y de igual manera el Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad; pues qué hemos de pedir como conviene, no lo sabemos, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos indecibles. Mas el que escudriña los corazones sabe cuál es la intención del Espíritu, porque conforme a la voluntad de Dios intercede por los santos. ¿Quién es el que condenará? Cristo es el que murió; más aún, el que también resucitó, el que además está a la diestra de Dios, el que también intercede por nosotros”.

Tras haber considerado del gemido de la creación (vv. 19–22) y el de los hijos de Dios (vv. 23–25), Pablo ahora pasa a considerar los gemidos del Espíritu (vv. 26–27). Nos dice algo respecto a (a) su necesidad, (b) su autor y su carácter y (c) su efectividad.

1. Su necesidad:
El apóstol indica “nuestra debilidad”, nuestras limitaciones humanas debidas al pecado. Tal debilidad consiste, al menos en parte, en que “no sabemos qué es lo que debemos orar”. No estamos seguros respecto al contenido de la oración que pueda estar en armonía con la voluntad de Dios (véase v. 27). Al decir “nosotros”, el apóstol se incluye a sí mismo.

Puede parecer extraño que un hombre de la estatura espiritual de Pablo admita esto. ¿Cómo pudo ser que este maravilloso misionero, ardiente amador de almas, escritor divinamente inspirado, hiciera tal afirmación? Fuera de las oraciones de Jesucristo, ¿hay acaso en el ámbito de la oración algo más cargado de pensamientos, más ferviente o sublime que la oración del apóstol registrada en Ef. 3:14–19? La solución es probablemente ésta: Pablo ciertamente sabía cuál debía ser el contenido general de la oración. Sabía que uno debía orar por el espíritu perdonador, por la paz entre los miembros de la iglesia, por un aumento en el conocimiento de las cosas espirituales, por prontitud para dar testimonio de Cristo, por valor en medio de la aflicción y de la persecución, por compasión a los que están en necesidad, por gratitud hacia Dios; de hecho, por todos los frutos del Espíritu (véase Gá. 5:22, 23). Pero qué había que orar en el caso de alguna dificultad o situación específica era algo que no siempre estaba claro.

Una buena ilustración de esto es el hecho registrado en 2 Co. 12:7, con referencia al “aguijón en la carne”. Cuál pueda haber sido precisamente tal aguijón, nadie lo sabe. Lo que sí sabemos es que Pablo lo encontraba muy molesto. En consecuencia, él oró: “Señor, por favor, quítame ese aguijón”. Tres veces hizo esta oración. Parece que él opinaba que la remoción de dicho aguijón haría de él un testigo más poderoso de Cristo. Pero la respuesta de Dios fue: “Bástate mi gracia, porque mi poder se perfecciona en la debilidad”. Véase también Fil. 1:22–24.

Otra ilustración tomada de la vida actual es la siguiente: un pastor, amado por su gente, cayó gravemente enfermo. La congregación oraba: “Señor, por favor de vuélvele la salud”. Pero el pastor falleció. En el funeral, un pastor que había sido amigo de toda la vida del fallecido, hizo la siguiente observación a los dolientes congregados: “Quizá algunos de ustedes corren peligro de llegar a la conclusión que el Padre celestial no escucha la oración. No obstante, él sí la escucha. Pero en este caso en particular es probable que haya habido dos oraciones contrapuestas. Ustedes oraban: ‘Oh, Dios, salva su vida, porque lo necesitamos tanto’. Pero la oración inexpresada del Espíritu era: ‘Llévatelo, Padre, porque la congregación se está apoyando demasiado en él, y no en ti’. Y el Padre oyó aquella oración.” Si alguien objetara: “Entonces ¿por qué no permitir que el Espíritu se ocupe totalmente de la oración? ¿Por qué hemos de orar nosotros?”, la respuesta sería: (a) el hijo de Dios necesita y desea derramar su corazón ante Dios en oración y acción de gracias: (b) el Espíritu Santo ora solamente en los corazones de los que oran; (c) Dios ha mandado a su pueblo que ore y ha prometido acceder a todas aquellas peticiones que estén en consonancia con su voluntad; y (d) deben haber muchas oraciones que no necesitan ser contrarrestadas por el Espíritu.

Las palabras: “El Espíritu nos ayuda en nuestras debilidades” no deben ser interpretadas demasiado estrechamente, como si el significado fuese que el Espíritu solamente nos ayuda a orar. El nos ayuda “en nuestra debilidad”, cualquiera sea la naturaleza de esa debilidad, inclusive nuestra debilidad en el orar.

2. Su autor y carácter:
¿Cómo nos ayuda el Espíritu? La respuesta es: “El Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos indecibles”. ¿Qué significan estas palabras? La interpretación más obvia, aquella que la persona no informada de presupuestos doctrinales más posiblemente adoptase, es ciertamente esta: que estas palabras indecibles son las del Espíritu.

Sin embargo, no todos los intérpretes concuerdan con esta conclusión. Para demostrar su opinión que estos gemidos son los de los santos, no los del Espíritu Santo, se apela a Gá. 4:6, donde el mismo apóstol dice: “Y porque vosotros sois hijos, Dios envió el Espíritu de su Hijo a vuestros corazones, exclamando ‘¡Abba! ¡Padre!’”. El razonamiento adicional es el siguiente: “Aunque Pablo parece decir que el Espíritu exclama ‘¡Abba! ¡Padre!’ no puede ser que él quiera decir esto, ya que Dios no puede ser el Padre del Espíritu Santo. Por consiguiente, debe ser cierto que la exclamación es proferida no por el Espíritu sino por los hijos de Dios, aunque por medio del Espíritu. Y lo mismo debe ser cierto aquí en Ro. 8:26b: los gemidos, aunque le son asignados al Espíritu, que bien puede ser su autor, son en realidad los de los hijos de Dios. Son ellos quienes gimen”.

Con el debido respeto por quienes así razonan, debo, sin embargo, discrepar con ellos. La apelación a Gá. 4:6 no es concluyente. Nótense las siguientes diferencias significativas, que al mismo tiempo son razones para creer que los gemidos son los del Espíritu:

  • Aquí en Ro. 8:26b Pablo no dice: “el Espíritu intercede por nosotros”. El dice: “El Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos”, etc. Hay, por consiguiente, una diferencia real entre Gá. 4:6 y Ro. 8:26b.
  • Para hacer que su significado sea aún más inequívoco, el apóstol continúa en el v. 27, diciendo: “Y aquel que escudriña los corazones sabe cuál es la intención del Espíritu”. No la intención de los creyentes, sino la del Espíritu. Exegéticamente, entonces, me veo forzado a concordar con aquellos que dicen que los gemidos a los que se hace referencia aquí en Ro. 8:26b son los del Espíritu.

Las verdaderas razones por las que ciertos eminentes intérpretes rehúsan adjudicar estos gemidos al Espíritu, ¿no serán teológicas en vez de exegéticas? No desean atribuir a ninguna de las tres personas de la Santa Trinidad cualidades que podrían parecer indignas de ella. A veces esta razón se menciona claramente.238 Y aunque no estoy de acuerdo con su exégesis de Ro. 8:26b, y en particular con su falta de disposición para atribuir al Espíritu estos gemidos, los respeto por su deseo de mantenerse sanos en lo doctrinal, especialmente en una época en que muchos ridiculizan tal firmeza. Pero la exactitud exegética es tan importante como la pureza doctrinal. Ambas son necesarias.

A las razones ya dadas para creer que los gemidos del v. 26 son los del Espíritu, deben añadirse las siguientes:

  • Puesto que en el v. 23 Pablo ya ha tratado los gemidos de los santos, es difícil creer que él retornase a este tema en el v. 26. Además, las palabras que inician el v. 26, a saber: “Y de igual manera”, sugieren una comparación; más probablemente entre los gemidos de la creación y de los creyentes por una parte (vv. 19–22 y vv. 23, 24, respectivamente), y los gemidos del Espíritu (vv. 26, 27) por la otra.
  • En el v. 26 estos gemidos están inseparablemente vinculados con la intercesión del Espíritu. La intercesión vuelve a mencionarse en el v. 27. En el v. 34 el verbo que en el v. 27 describe la intercesión del Espíritu es utilizado en relación con la intercesión del Hijo. Entonces, si el v. 34 se refiere a la propia oración de intercesión de Cristo, ¿por qué no podría el v. 27 describir la intercesión del Espíritu mismo, acompañada por gemidos?

Sería difícil definir exactamente qué es lo que este gemir del Espíritu implica. ¿Estamos en error cuando expresamos que por lo menos significa lo siguiente: el Espíritu ama tanto a los santos que ansía aquel gran día en que, libres de toda mancha de pecado, ¿ellos glorifiquen a Dios para siempre jamás en la perfección de la santidad y del gozo? Aunque sería difícil demostrar que las palabras: “Ese Espíritu que él ha hecho morar en nosotros nos anhela celosamente” (Stg. 4:5) son la mejor traducción del original, aun así las mismas pueden echar luz sobre el significado de los gemidos del Espíritu. ¿Y acaso no nos encontramos con similares expresiones muy emocionales por medio de las cuales se nos permite vislumbrar en el corazón mismo de Dios? Véanse, por ejemplo, las siguientes:

 

¿Cómo podré abandonarte, oh Efraín?
¿Te entregaré yo, oh Israel?
¿Cómo podré yo hacerte como Adma
¿O ponerte como a Zeboim?
Mi corazón se conmueve dentro de mí,
Toda mi compasión se inflama.
Oseas 11:8.

 

Si uno quiere, puede considerar la expresión: “El Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos indecibles” como “extremadamente antropomórfica”. Con todo, la misma expresa una verdad que difícilmente podamos descuidar. Si el conocimiento humano apunta hacia su origen, la divina omnisciencia; y sí el poder humano apunta hacia la omnipotencia divina, es difícil creer que la emoción humana no refleje nada de lo que hay en Dios. Según la Escritura, ¡Dios no es Buda, ni el cielo es Nirvana!

Romanos 8 enseña que los creyentes tienen dos intercesores: el Espíritu Santo y Cristo. Cristo ejecuta su tarea intercesora en el cielo (Ro. 8:34; Heb. 7:25; 1 Jn. 2:1); el Espíritu Santo, en la tierra. La intercesión de Cristo toma lugar fuera de nosotros, la del Espíritu Santo dentro de nosotros; es decir, en nuestros propios corazones (Jn. 14:16, 17). Cristo ora para que los méritos de su obra redentora sean plenamente aplicados a los que confían en él. El Espíritu Santo ora para que las necesidades profundamente ocultas de nuestros corazones, necesidades que a veces nosotros ni siquiera nos percatamos, sean satisfechas. La intercesión de Cristo puede ser comparada con la de un padre, la cabeza de la familia, a favor de todos los miembros de la familia: La intercesión del Espíritu Santo nos hace recordar más bien a una madre de rodillas al lado de la cama de su hijo enfermo y que en su oración presenta las necesidades de ese niño al Padre Celestial.

3. Su efectividad:
La intercesión del Espíritu Santo, acompañada de gemidos, no es infructuosa. Aquel que constantemente escudriña los corazones humanos, ¿no sería capaz de leer la intención de su propio Espíritu que mora en estos corazones? ¿No conocería el significado de los gemidos indecibles de ese Espíritu? Una y otra vez la Escritura da testimonio de la verdad de la omnisciencia de Dios. Véanse, por ejemplo, los siguientes pasajes:

 

“El hombre mira lo que esta delante de sus ojos, pero el Señor mira el corazón” (1 S. 16:7).
“Solamente tú conoces los corazones de todos los hijos de los hombres” (1 R. 8:39).
“El Señor escudriña los corazones y entiende todo intento de los pensamientos” (1 Cr. 28:9).
“Oh Señor, tú me has examinado y conocido. Tú has conocido mi sentar y mi levantarme …” (Sal 139:1, 2). Todo el salmo da testimonio de la omnipresencia y omnisciencia de Dios.
“El Seol y el Abadón están delante del Señor” (Pr. 15:11)
“Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso; ¿quién lo conocerá? Yo, el Señor, que escudriño la mente, que pruebo el corazón” (Jer. 17:9, 10).
“Tú, Señor, conoces los corazones de todos” (Hch. 1:24).
“El Señor sacará a la luz lo que está oculto en la oscuridad, y expondrá los motivos de los corazones de los hombres” (1 Co. 4:5).
“No hay criatura que esté oculta ante los ojos de Dios. Todas las cosas están abiertas y expuestas ante los ojos de aquel a quien debemos rendir cuentas” (Heb. 4:13).

 

Pero no sólo lo sabe todo Dios. Lo que se enfatiza es que él sabe que el Espíritu intercede en armonía con su propia voluntad (la de Dios). ¿No son el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo el verdadero Dios, que es Uno? Toda discordia entre ellos es, por ende, imposible. Nótese también que al Espíritu Santo se lo describe en constante intercesión “por los santos”, es decir, por aquellos que han sido apartados para vivir vidas consagradas a la gloria del Dios trino revelado en Cristo Jesús. Véase sobre 1:7. Y dado que hay una perfecta armonía entre las personas de la Santa Trinidad, de modo que la intercesión del Espíritu, acompañada de gemidos, coincide completamente con la voluntad del Padre, el resultado debe ser que dicha intercesión es siempre efectiva. Nunca falla. Ninguno de los santos se pierde nunca. Todos llegarán al cielo al fin.

 

  • Versículos. 33, 34:

¿Quién presentará algún cargo contra los escogidos de Dios? Es Dios quien justifica. ¿Quién es el que condena? Cristo Jesús [es] el que murió, aún más, el que fue resucitado de entre los muertos, el que está a la diestra de Dios, el que también intercede por nosotros.

El v. 33 es probablemente un eco intencional de las palabras que encontramos en Is. 50:8, 9a: “Cercano está de mí el que me salva [o vindica]; ¿quién contenderá conmigo?… He aquí que Jehová el Señor me ayudará. ¿Quién hay que me condene?”
Las preguntas retóricas—“¿Quién presentará algún cargo …?” “¿Quién es el que condena?”—importan una vigorosa negación contra la sugerencia que haya algún cargo o condenación que tenga validez. ¿No son éstos los escogidos de Dios? ¿No es eso lo que se implica en 8:29: “conocidos de antemano … predestinados”? Por cierto, cuando, en la disputa entre el sumo sacerdote Josué y Satanás, Dios defendió a Josué y reprendió a Satanás, este último fue silenciado inmediatamente (Zac. 3:1–5). Cuando Dios justifica a una persona, todas las acusaciones pierden validez.

La naturaleza lógica de esta respuesta resalta aún más claramente por las palabras que siguen, a saber “Cristo Jesús [es] el que murió … fue resucitado de entre los muertos … está a la diestra de Dios … intercede por nosotros”. Nótese aquí en forma especial la frase “aún más” insertada entre la referencia a la muerte de Cristo y su resurrección. Es probable que la misma exprese no solamente la relación climática entre los dos primeros elementos, sino entre todos los elementos de la serie. Por cierto, por medio de la muerte de Cristo fueron borrados los pecados de su pueblo. Pero este hecho fue establecido y puesto fuera del alcance de toda exitosa contradicción posible por medio de la resurrección de entre los muertos. Véase sobre Ro. 4:25. Y la exaltación del Hijo de Dios a la diestra de Dios—Mt. 26:64; Mr. 14:62; Lc. 22:69; Hch. 2:33; 3:13; 5:31; 7:55, 56; Ef. 1:20; Col. 3:1; Heb. 1:3; 2:9; 8:1; 10:12; 12:2; 1 P. 1:21; 3:22; Ap. 5:12—que simboliza el honor, el poder y la autoridad otorgados a él como recompensa por su obra mediadora plenamente lograda, fortalece aún más esta conclusión.

El clímax de la certeza es alcanzado en la cláusula: “que también intercede por nosotros”—Is. 53:12;256 Lc. 23:34; Jn. 14:16; 1 Jn. 2:1; Heb. 7:25—porque, ¿cómo se podría imaginar que el Padre se negaría a atender las oraciones intercesoras del Hijo que tan plena, maravillosa y gloriosamente cumpliera la tarea que le fue dada (Jn. 17:4)? ¿Acaso no le dijo el Hijo mismo al Padre: “Yo sabía que siempre me oyes”? (Jn. 11: 42a).

 

Texto: Los Hechos Cap. 1, versículo 8: Pero recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra”.

  • Comentario:

Aquí, Lucas presenta el tema de todo el libro. Este pasaje contiene la promesa de Pentecostés y el mandato de ser testigos de Jesús en las siguientes áreas geográficas: Jerusalén, Judea y Samaria, y todo el mundo.

1. La promesa. Jesús y los discípulos están en un inconfundible paralelo al momento de comenzar sus respectivos ministerios. Cuando Jesús fue bautizado, el Espíritu Santo descendió sobre él y lo fortaleció para hacer frente al poder de Satanás (véase Mt. 3:16). Antes que los apóstoles estuvieran capacitados para asumir su tremenda responsabilidad de construir la iglesia de Cristo y conquistar las fortalezas de Satanás, ellos reciben el poder del Espíritu Santo. El Domingo de Resurrección en el aposento alto, Jesús sopló sobre los apóstoles y dijo: “Recibid el Espíritu Santo” (Jn. 20:22). Pero inmediatamente antes, les dijo: “Como el Padre me envió, así también yo os envío” (v. 21).

El Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo. Por ejemplo, Jesús informa a los discípulos en su discurso de despedida: “Pero cuando venga el Consolador, a quien yo os enviaré del Padre, el Espíritu de verdad, el cual procede del Padre, él dará testimonio acerca de mí” (Jn. 15:26). El Espíritu Santo, entonces, no es una fuerza inanimada, sino que es la tercera persona de la Trinidad. Y la promesa del Espíritu se origina con el Padre: “He aquí, yo enviaré la promesa de mi Padre sobre vosotros” (Lc. 24: 49a).

2. El mandato. Sólo a través de la llenura de la persona y el poder del Espíritu Santo, pueden los discípulos ser testigos de Cristo Jesús. Pero no sólo los discípulos reciben el don del Espíritu, sino que, como Lucas lo señala en Hechos, numerosas personas son llenas con el Espíritu Santo y llegan a ser testigos de Cristo. “Un testigo efectivo sólo puede estar donde el Espíritu está, y donde el Espíritu está, el testigo efectivo siempre le seguirá”. La palabra de Jesús: “Recibiréis poder” se aplica primero a los doce apóstoles y luego a todos los creyentes que son efectivamente testigos de Cristo Jesús.

“Me serán testigos”. En Hechos, el término testigos tiene un significado doble. Primero, se refiere a la persona que ha observado un hecho o acontecimiento. Y segundo, se refiere a la persona que presenta u testimonio por medio del cual defiende y promueve una causa. De acuerdo con esto, los apóstoles eligen a Matías para que suceda a Judas Iscariote porque como testigo ocular, había seguido a Jesús desde los tiempos de su bautismo por Juan hasta el momento de la ascensión. Por tanto, Jesús encarga a Matías proclamar el mensaje de su resurrección (1:21–22).

En el sentido estricto de la palabra, la expresión testigo no se aplica a Pablo y a Bernabé, quienes durante su primer viaje misionero proclamaron el mensaje de la resurrección de Jesús a la gente de Antioquía de Pisidia (13:31). Pablo y Bernabé declaran que ellos no son testigos, sino que anuncian las Buenas Nuevas. En el día de Pentecostés Jesús envía a los doce apóstoles como verdaderos testigos de todo lo que él había dicho y hecho. Estos doce han visto y oído a Jesús y ahora hablan a otros de él (compárese 1 Jn. 1:1). Llenos del Espíritu Santo, empiezan a proclamar las Buenas Nuevas en Jerusalén (véase Lc. 24:47). Luego predican el evangelio en las regiones de Judea y Samaria, y hasta llegan a Roma. Roma era la capital del imperio desde donde salían todos los caminos, como los rayos de una rueda, y llegaban a todos los rincones del mundo hasta entonces conocido (cf. Is. 5:26: “el extremo de la tierra”). En el tercer Evangelio, Lucas dirige la atención a Jerusalén, donde Jesús sufre, muere, resucita de la muerte, y asciende. En Hechos, enfoca la atención sobre Roma, como el destino del evangelio de Cristo. De Roma, las Buenas Nuevas alcanzan a todo el mundo.

 

 

Amén, para la Gloria de Dios.

 

 

 

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Hno Roberto Saldías Roa

Miembro de la IEP en Nacimiento Bajo, nació en el evangelio del Señor en la Iglesia de Laja 1975. Casado con María Nahuelmán, estudia teología de manera autodidacta. Me gusta mucho leer y escribir.