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Semana del 6 al 12 septiembre de 2021“Don De Sanidad Actuando En El Espíritu (Conciencia) Del Joven”

Semana del 6 al 12 septiembre de 2021“Don De Sanidad Actuando En El Espíritu (Conciencia) Del Joven”

   Lectura Bíblica: 2ª a Timoteo 1:3 al 7. Pablo, apóstol de Jesucristo por la voluntad de Dios, según la promesa de la vida que es en Cristo Jesús, a Timoteo, amado hijo: Gracia, misericordia y paz, de Dios Padre y de Jesucristo nuestro Señor. Doy gracias a Dios, al cual sirvo desde mis mayores con limpia conciencia, de que sin cesar me acuerdo de ti en mis oraciones noche y día; deseando verte, al acordarme de tus lágrimas, para llenarme de gozo; trayendo a la memoria la fe no fingida que hay en ti, la cual habitó primero en tu abuela Loida, y en tu madre Eunice, y estoy seguro que en ti también. Por lo cual te aconsejo que avives el fuego del don de Dios que está en ti por la imposición de mis manos. Porque no nos ha dado Dios espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio. 

   Definición de conciencia: Conocimiento interior del bien y del mal.

   La conciencia se define como aquella parte de la psiquis humana que provoca angustia mental y sentimientos de culpa cuando la violamos, y sentimientos de placer y bienestar cuando nuestras acciones, pensamientos y palabras están en conformidad con nuestros sistemas de valores. La palabra griega traducida “conciencia” en todas las referencias del Nuevo Testamento es suneidēsis, que significa “alerta moral” o “conciencia moral”. La conciencia reacciona cuando las acciones, pensamientos y palabras de uno se ajustan a, o son contrarios a, una norma de lo que está bien y lo que está mal.

   No hay ningún término hebreo del Antiguo Testamento equivalente a suneidēsis en el Nuevo Testamento. La falta de una palabra hebrea para “conciencia” podría ser por la cosmovisión judía, que era colectiva en lugar de individual. El hebreo se consideraba como un miembro de una comunidad de pacto que se relaciona corporativamente con Dios y Sus leyes, más que como un individuo. En otras palabras, el hebreo estaba confiado en su propia posición ante Dios si la nación hebrea en su conjunto estaba en comunión con Él.

    El concepto de conciencia del Nuevo Testamento es más individual en naturaleza e implica tres verdades importantes. En primer lugar, la conciencia es una capacidad dada por Dios a los seres humanos para el ejercicio de la autoevaluación. Pablo se refiere varias veces a su propia conciencia de ser “buena” o “sin ofensa” (Hechos 23:1; 24:16; 1 Corintios 4:4). Pablo examinó sus propias palabras y hechos y los encontró conforme a su moral y sistema de valores, que fueron, por supuesto, basados en los estándares de Dios. Su conciencia verificaba la integridad de su corazón.

   En segundo lugar, el Nuevo Testamento presenta la conciencia como testigo de algo. Pablo dice que los Gentiles tienen conciencias que dan testimonio de la presencia de la ley de Dios escrita en sus corazones, aunque no tenían la Ley Mosaica (Romanos 2:14-15). También apela a su propia conciencia como un testigo de que él dice la verdad (Romanos 9:1) y que se ha conducido en santidad y sinceridad en sus relaciones con los hombres (2 Corintios 1:12). También dice que su conciencia le dice que sus acciones son evidentes tanto para con Dios como para el testimonio de las conciencias de otros hombres (2 Corintios 5:11).

   En tercer lugar, la conciencia es un servidor del sistema de valores del individuo. Un sistema de valor inmaduro o débil, produce una conciencia débil, mientras que un sistema de valores plenamente informado, produce un fuerte sentido del bien y del mal. En la vida cristiana, la conciencia puede ser impulsada por una falta de comprensión de las verdades de las Escrituras y puede producir sentimientos de culpa y vergüenza desproporcionados en relación con los problemas actuales. Madurar en la fe fortalece la conciencia.

   La conciencia es la voz de Dios que orienta al hombre.

  • Proverbios 20:27 Lámpara del Señor es el espíritu del hombre, la cual escudriña lo más profundo del corazón. [V. también Job 32:8.]
  • Isaías 30:21 Tus oídos oirán a tus espaldas palabra que diga: Este es el camino, andad por él; y no echéis a la mano derecha, ni tampoco torzáis a la mano izquierda.
  • Juan 1:9 [El Espíritu de Jesús toca el corazón de toda persona:] Aquella luz verdadera, que alumbra a todo hombre, venía a este mundo. [V. también Juan 14:6.]
  • Romanos 2:14-15 [Aun quienes no han reconocido que Jesús es el Salvador tienen conciencia para discernir el bien del mal. El Señor ha dotado a todo hombre de esa conciencia.] Cuando los gentiles que no tienen ley, hacen por naturaleza lo que es de la ley, éstos, aunque no tengan ley, son ley para sí mismos, 15 mostrando la obra de la ley escrita en sus corazones, dando testimonio su conciencia, y acusándoles o defendiéndoles sus razonamientos.

   Comentario. [3–5]. Cuando Pablo agrega a las palabras introductorias una expresión de sincera y humilde gratitud a Dios, está siguiendo una costumbre (véase C.N.T. sobre 1 y 2 Tesalonicenses). Con respecto a las cartas escritas por Pablo, la estadística es la siguiente: Pero, aunque, según se ha demostrado, el apóstol estaba acostumbrado a agregar palabras de gratitud o alabanza, para él esto no era sólo una pura costumbre. Más bien, debemos considerar la situación de la siguiente manera: Sentado en la sombría celda y enfrentado con la muerte, lejos de quejarse, como muchos lo habrían hecho en condiciones similares, Pablo medita sobre las bendiciones pasadas y presentes, y desea sinceramente expresar su gratitud. Este es el trasfondo de las palabras:

   “Confieso mi gratitud a Dios, a quien yo, como mis antepasados, sirvo con una conciencia pura, cuando me acuerdo constantemente de ti en mis oraciones noche y día; anhelando verte,

▬ a. al revivir en mi memoria tus lágrimas,

▬ b. a fin de que (al verte otra vez) pueda llenarme de gozo;

▬ c. habiendo recibido un recordatorio de tu fe no fingida, de la clase (de fe) que primero hubo en tu abuela Loida y en tu madre Eunice, y, estoy convencido, hay también en ti.

   Pablo dice que confiesa su gratitud a Dios. Aunque pronto sufrirá la muerte de un criminal, no tiene miedo de hablar acerca de servir a Dios, porque al proclamar el evangelio ha hecho lo que su conciencia purificada por el Espíritu Santo le ha dictado (sobre el significado de conciencia véase comentario sobre 1 Ti. 1:5; y en cuanto a pura conciencia, véase sobre 1 Ti. 3:9). En este respecto era como sus padres o antepasados (cf. 1 Ti. 5:4, pero en ese pasaje la palabra se usa con referencia a progenitores que aún viven). Ellos también servían al mismo Dios, y ellos también lo hacían con una conciencia limpia. El pensamiento es el mismo que se expresa en Hch. 24:14, 15:

   “Pero esto te confieso, que según el Camino que ellos llaman herejía, así sirvo al Dios de mis padres, creyendo todas las cosas que en la ley y en los profetas están escritas; teniendo esperanza (la cual está dirigida hacia Dios) en Dios … de que ha de haber resurrección de los muertos, así de justos como de injustos”.

   Los “padres” de este pasaje son, con toda probabilidad, los “padres” del pasaje de Hechos. El servicio rendido es el mismo en ambos casos.

   Por tanto, lo que Pablo enfatiza es que él no ha introducido una nueva religión. Esencialmente lo que ahora cree es lo que Abraham, Isaac, Jacob, Moisés, Isaías y todos los antepasados piadosos también creían. Hay continuidad entre la antigua y la nueva dispensación. Los antepasados creían en la resurrección; Pablo también. Esperaban la venida del Mesías; Pablo proclama el mismo Mesías que en forma real había hecho su aparición. Es Roma la que ha cambiado de actitud. Es el gobierno que, después del incendio de la capital en el año 64, ha empezado a perseguir a los cristianos. La conciencia de Pablo es pura. El prisionero goza de paz en el corazón y en la mente.

   Literalmente, Pablo dice: “a quien yo desde mis antepasados sirvo”. Quiere decir, “a quien sirvo con una fe derivada de mis antepasados”, esto es, con una fe que tuvo sus raíces en la religión de ellos, y es, por lo tanto, similar a la de ellos. Por eso se justifica la traducción: “a quien yo, como mis antepasados, sirvo”.

   Al agregar, “cuando me acuerdo constantemente de ti en mis oraciones noche y día”, Pablo está diciendo que cada vez que se acuerda de Timoteo lo ve como a un hombre que de la misma manera sirve al Dios verdadero con una conciencia pura. Es en sus suplicaciones noche y día (véase comentario sobre 1ª Ti. 5:5) que el apóstol se deleita en el recuerdo siempre recurrente de Timoteo. Estas suplicaciones son acompañadas por (y probablemente hasta cierto punto, provocadas por) un ardiente anhelo: “anhelando verte”.

   Para este profundo anhelo hay dos motivos expresos: uno viene de adentro, el otro de afuera. La motivación desde el interior se declara con estas palabras: “al revivir en mi memoria (o: regresar a mi mente) tus lágrimas”. Es enteramente probable que cuando Pablo y Timoteo se separaron por última vez, Timoteo haya derramado lágrimas. Sin duda, Pablo mismo lo había hecho, pero ahora no se refiere a sus lágrimas, sino a las de Timoteo. Esta separación no era la mencionada en 1 Ti. 1:3. sino una muy posterior que con toda probabilidad ocurrió después del regreso del apóstol de España. Por medio de sus lágrimas, el joven había mostrado cuán sincera y genuina era su dedicación a Pablo, cuán tierno y cordial su afecto, y cuán profunda y punzante su tristeza ante el pensamiento de la separación, especialmente ante las circunstancias que entonces vivían. Recordemos: era un tiempo de persecución religiosa; realmente, Pablo estaba próximo a ser capturado. El recuerdo de las lágrimas de amor de Timoteo hacía que Pablo anhelara verlo nuevamente. El apóstol estaba ansioso de hacer venir a su amigo para que lo visitase en su celda en Roma.

   La motivación externa es algo oscura. Todo lo que Pablo dice es: “habiendo recibido un recordatorio de tu fe no fingida” (literalmente: sin hipocresía). No sabemos cómo llegó a Pablo este recordatorio exterior. Algunos intérpretes opinan que acababa de ocurrir algo en Roma que había hecho que el apóstol recordara la fe de Timoteo. Otros creen que Pablo había recibido una carta de Timoteo. Aún hay otros que sugieren que alguien, que sabía todo sobre la infancia del joven y su conversión, había visitado al apóstol en la prisión, y que este amigo había contado de memoria incidentes del remoto pasado en la vida del ausente Timoteo. Cualquiera que haya sido la naturaleza precisa del recordatorio externo, un hecho es cierto: como resultado de ambas motivaciones, la interna y la externa, el alma de Pablo se llena del anhelo de ver a Timoteo.

   Pablo está convencido que Timoteo no es un creyente sólo para cuando las cosas andan bien, sino que la fe de este “amado hijo” es de la clase (ἥτις) que primero habitó en su abuela Loida y en su madre Eunice.

   El apóstol no dice que la abuela y la madre de Timoteo habían “servido a Dios con una conciencia pura”, sino que la fe había hecho morada en sus corazones primero; después en el corazón de Timoteo. ¿Qué quiere dar a entender por fe aquí? ¿Era solamente una fe israelita al estilo del Antiguo Testamento, o era fe en Cristo Jesús como el cumplimiento de las promesas del Antiguo Testamento? Yo pienso que el segundo punto tiene todas las probabilidades de su parte:

   (1) Hch. 16:1 enseña claramente que tan pronto como se presenta a la madre de Timoteo al principio del segundo viaje misionero, se la llama “creyente judía”. Ese calificativo, “creyente”, es el que con una ligera modificación se usa en el mismo capítulo con respecto a Lidia (“fiel”, Hch. 16:15). Eso fue después del bautismo de Lidia. Antes de su conversión a la fe cristiana se la llama “una que adoraba a Dios” (Hch. 16:14).

   (2) El mismo capítulo también enseña que después que el carcelero hubo obedecido la exhortación de los misioneros se le llamó creyente (Hch. 16:31, 34).

   (3) En la terminología de Pablo, son “creyentes” las personas de la antigua dispensación que confiaron en las promesas cristocéntricas, por ejemplo, Abraham, y los de la nueva dispensación que reciben a Cristo como el cumplimiento de estas promesas (Ro. 4:12; Gá. 3:9). En lo que respecta a la nueva dispensación, “creyentes” son los cristianos (2 Co. 6:15). Según Lucas, los judíos convertidos a la fe cristiana son “creyentes de los de la circuncisión” (Hch. 10:45).

   Por lo tanto, parece que la abuela Loida (viviendo, quizás, con su hija) y la madre Eunice se habían convertido en alguna fecha no posterior a la del primer viaje misionero de Pablo, de modo que habían visto en Cristo el cumplimiento de las promesas, y habían puesto su confianza en él; y, además, estas dos mujeres, al parecer, habían cooperado con Pablo en la gloriosa obra de gracia que resultó en la conversión de Timoteo.

   [6, 7]. Entonces, sobre la base de esta fe que habita en el corazón de Timoteo, y que anteriormente había establecido su morada en los corazones de Loida y Eunice, Pablo está en condiciones de seguir diciendo: Por esta razón, te aconsejo que conviertas en llama viva el don de Dios que está en ti por la imposición de mis manos.

   Pablo sabía que el fuego del carisma de Timoteo (el don de la gracia de Dios que capacitaba al joven para ser el representante escogido del apóstol) estaba bajo. Una vez, en la carta anterior, el apóstol había escrito: “No descuides el don que está en ti, que te fue concedido por profecía con la imposición de las manos del presbiterio” (1 Ti. 4:14; véase comentario sobre este pasaje). La repetición ligeramente alterada de esta exhortación, realmente no sorprende. Debiéramos tener presente lo siguiente:

   ▬ a. Timoteo estaba limitado por frecuentes sufrimientos físicos (1 Ti. 5:23).

   ▬ b. Era naturalmente tímido (“ahora, sí Timoteo viene, mirad que esté entre vosotros sin temor”, 1ª Co. 16:10).

   ▬ c. En un sentido era “joven” (1 Ti. 4:12; cf. 2 Ti. 2:22).

   ▬ d. Los efesios que seguían el error, sus opositores, eran muy decididos (1 Ti. 1:3–7, 19, 20; 4:6, 7; 6:3– 10; 2 Ti. 2:14–19, 23).

   ▬ e. Los creyentes eran perseguidos por el estado. Piénsese en Pablo (1 Ti. 4:6).

   Por cierto, no sabemos si todos o solamente algunos de estos factores contribuyeron al resultado expresado, a saber, que la llama del oficio ministerial de Timoteo necesitase atención, ni sabemos hasta qué punto contribuyó cada uno de ellos. Sin embargo, la idea principal es clara. Así Pablo, habiendo seleccionado el verbo más suave, aconseja a Timoteo que “avive el fuego” del don divino de la ordenación. La llama no se había apagado, pero estaba muy baja y había que avivarla para que fuese una llama viva. Los tiempos eran graves. Pablo estaba a punto de partir del escenario de la historia. Timoteo debía tomar el cargo en el punto que Pablo lo dejaba. El don del Espíritu no debe ser apagado (cf. 1 Ts. 5:19). Timoteo ama a Pablo. Entonces, que Timoteo recuerde que al tiempo de su ordenación también las manos de Pablo se habían posado sobre él como símbolo de que se le impartía el don del Espíritu.

   Desde luego, el ministerio es don del Espíritu Santo, y éste es el Espíritu de poder (Hch. 1:8; 6:5, 8). En conformidad con esto, Pablo sigue diciendo: Porque Dios no nos dio un Espíritu de timidez, sino de poder, amor y disciplina personal.

   En este pasaje (en diversas versiones, entre ellas RV60) algunos escriben Espíritu con letra minúscula (“espíritu”), mientras otros lo escriben con mayúscula. Los primeros a veces argumentan que el genitivo descriptivo (“… de poder, amor y disciplina personal”) excluye toda referencia al Espíritu Santo. Pero el uso de ese genitivo no decide por sí mismo el asunto, porque en otro pasaje, en que indudablemente la referencia es al Espíritu Santo, se usa un modificativo similar. Así, al hablar acerca de la venida del Consolador, Jesús lo llama “el Espíritu de verdad” (Jn. 14:17; 15:26; 16:13). Hay otras frases similares en las que muchos intérpretes encuentran una referencia al Espíritu Santo (Is. 11:2; Zac. 12:10; Ro. 8:2; Ef. 1:17; Heb. 10:29). Además, Pablo usa la expresión “no el Espíritu de … sino (el Espíritu) de …” en otros pasajes que a la luz de sus contextos específicos parecen referirse al Espíritu Santo, aunque no todo intérprete está dispuesto a reconocer esto (Ro. 8:15; 1 Co. 2:12). Y, además, ¿no van de la mano las palabras carisma (v. 6) y pneuma (v. 7), en el sentido de Espíritu Santo?

   Entonces, la sustancia del argumento de Pablo sería la siguiente:

   “Querido hijo Timoteo, combate esa tendencia tuya de tener temor. El Espíritu Santo que te ha sido dado a ti, a mí y a todo creyente, no es el Espíritu de timidez, sino de poder, amor y disciplina personal. Benefíciate de ese poder (δύναμις, cf. nuestra palabra “dinamita”) sin límites, que nunca falla, y proclamarás la verdad de Dios; de ese amor (ἀγάπη, véase sobre Juan 21:15) inteligente y con propósito, y darás consuelo a los hijos de Dios hasta el punto de visitarme en la cárcel romana; además benefíciate de la siempre necesaria disciplina personal o autocontrol (σωφρονισμός, nótese el sufijo; de donde, la disposición de una mente sana en acción, palabra usada solamente en este lugar en el N.T.), y librarás la batalla de Dios contra la cobardía, tomando tú la iniciativa”.

   Si una persona teme el poder de Satanás de perseguir más de lo que confía en la capacidad y disposición de Dios para ayudar, ha perdido su equilibrio mental. Por cierto, Timoteo no llegó a ese punto. Entonces, que se aferre de la verdad. Que se aferre a ella dándola a conocer … como lo hicieron Loida y Eunice.

1er Titulo: El Temor (miedos), un tipo de enfermedad del espíritu (Romanos 8:15. Pues no habéis recibido el espíritu de esclavitud para estar otra vez en temor, sino que habéis recibido el espíritu de adopción, por el cual clamamos: ¡Abba, Padre!).

   Pensamiento de miedo o pánico: Según el DSM-IV-TR, un ataque de pánico es “un periodo de miedo o malestar intenso sin que haya un peligro real, acompañado de al menos 4 de los 13 síntomas somáticos o cognitivos”. Los síntomas incluyen cosas como taquicardia, sudoración, escalofríos, bochornos, temblores, sensación de hormigueo, dificultad para respirar, asfixia, dolor en el pecho, náuseas, mareos, sensación de irrealidad o desapego, miedo a volverse loco e incluso miedo a morir. Los ataques pueden ser desencadenados por señales específicas (como hablar en público o recordar traumas pasados) o pueden parecer surgir de la nada. Los ataques de pánico suelen comenzar de forma repentina y alcanzan su punto máximo en diez o menos minutos. Los ataques de pánico son una característica de algunas enfermedades y algunos problemas mentales. Las personas que han sufrido ataques de pánico pueden confirmar lo aterradores que pueden ser estos ataques.

   Muchos factores -como la biología, la herencia, el temperamento, el estrés y las experiencias- pueden provocar ataques de pánico. Es aconsejable hablar con un médico sobre cualquier tratamiento médico o de otro tipo que sea necesario. Sin embargo, la cuestión principal es el miedo, a veces tanto durante el ataque como el miedo a que pueda ocurrir otro. Aquellos que son hijos de Dios a través de la fe en Jesucristo, en última instancia, no necesitan temer. Podemos recurrir a Dios y a Su Palabra para que nos ayuden a aprender a manejar los sentimientos de miedo o pánico que podamos tener, ya sean relacionados específicamente con los ataques de pánico o con la vida en general.

   La Biblia no habla de los ataques de pánico por su nombre, pero sí presenta varias situaciones que podrían provocar uno. Muchas veces la Biblia informa que la gente estaba “llena de miedo”. Eso describe el pánico. Al entrar en pánico, la persona se ve completamente superada por el miedo. El Salmo 55:4-7 describe cómo se siente un ataque de pánico: “Mi corazón está dolorido dentro de mí, Y terrores de muerte sobre mí han caído. Temor y temblor vinieron sobre mí, Y terror me ha cubierto. Y dije: !!Quién me diese alas como de paloma! Volaría yo, y descansaría. Ciertamente huiría lejos; Moraría en el desierto”. Unos versículos más adelante, David escribe: “En cuanto a mí, a Dios clamaré; Y el Señor me salvará. Tarde y mañana y a mediodía oraré y clamaré, Y él oirá mi voz” (Salmo 55:16-17). Termina el salmo diciendo: “Echa sobre el Señor tu carga, y él te sustentará; no dejará para siempre caído al justo. Mas tú, oh Dios, harás descender aquéllos al pozo de perdición. Los hombres sanguinarios y engañadores no llegarán a la mitad de sus días; pero yo en ti confiaré” (Salmo 55:22-23).

   El Salmo 55 nos muestra una actitud positiva en momentos de temor. Clamamos a Dios en nuestra angustia, nos acordamos de Su carácter y su fidelidad, y seguimos confiando en Él. En Primera de Pedro 5:7 se nos anima igualmente a “echando toda vuestra ansiedad sobre él [Dios], porque él tiene cuidado de vosotros”. Negar que tenemos miedo, fingir que no estamos preocupados u obsesionarnos con nuestros temores puede ser la causa de que nuestro cuerpo reaccione con pánico. Debemos reconocer nuestros miedos en la seguridad de nuestra relación con Dios. Podemos llevar nuestras preocupaciones a Él porque es lo suficientemente grande como para manejarlas y pertenecemos a Él en Jesucristo. “No temas” es una de las palabras más comunes en la Biblia. Dios entiende que somos vulnerables al miedo. La vida en este mundo es con frecuencia peligrosa y aterradora. Pero Dios no quiere que vivamos con ese miedo; en cambio, quiere que tengamos fe en Él (Isaías 35:4; 41:10; Lucas 12:4; 1 Pedro 3:14). Cuando aprendemos a dejar que Dios se encargue de nuestros temores diarios, desaparecen algunos de los factores que pueden causar un ataque de pánico.

   Comentario del contexto Bíblico: 15, 16. Porque no habéis recibido un espíritu de esclavitud para llenaros otra vez de temor, sino que habéis recibido el Espíritu de adopción, que nos mueve a exclamar: “¡Abba!”, es decir, “¡Padre!” Este Espíritu mismo da testimonio con nuestro espíritu de que somos hijos de Dios.

Bendita certeza

   Uno podría resumir el significado de este pasaje como sigue: Vosotros, los que sois dirigidos por el Espíritu, no sois esclavos sino hijos. Habiendo sido adoptado como hijos, vosotros, por supuesto, ya no estáis llenos del espíritu de esclavo, el temor. Ya no estáis oprimidos por el miedo como lo estebáis cuando todavía vivíais en el paganismo o en el judaísmo, con su énfasis en todas las reglas que hay que observar para salvarse. Muy al contrario, vosotros habéis recibido el Espíritu Santo, que transforma esclavos en hijos. A ese Espíritu ni siquiera se la ocurriría llenaros otra vez de temor. Ese Espíritu nos llena del sentido de libertad y confianza de modo tal que, al acercarnos a Dios, proferimos esa exclamación de feliz reconocimiento, de dulce respuesta, de abrumadora gratitud y confianza filial: “¡Abba!” (Padre). En realidad, lo que sucede es que ese Espíritu confirma aquello de lo cual nuestras propias almas regeneradas ya testifican, a saber, que nosotros los creyentes somos hijos de Dios, puesto que hemos sido adoptados por él.

   Entre los diversos asuntos respecto a los cuales hay opiniones divergentes se encuentran estos tres:

   -1. Al mencionar la adopción, ¿qué prácticas de adopción tenía en el trasfondo de su mente el apóstol: (a) las romanas, o (b) las judías?

   Quienes favorecen la primera alternativa indican que la “adopción” como institución legal ni siquiera existía entre los hebreos y que en todo el Antiguo Testamento la palabra nunca aparece. En el mundo romano, por otra parte, esta costumbre era bastante común. Fue así que en su testamento Julio César nombró a Octavio (llamado más tarde Emperador Augusto) como “hijo y heredero”. sobre Lc. 2:1. En las inscripciones, las palabras “hijo adoptivo” ocurren con gran frecuencia.

   No obstante, conviene tener en mente que (a) el propósito de esta práctica de adopción no era por lo general filantrópico sino egocéntrico: la perpetuación de la tenencia de propiedad y del privilegio político y/o social en la línea de los propios descendientes; y (b) sus beneficiarios eran varones—la adopción legal no se extendía a las mujeres.

   ¡Cuán completamente diferente es el carácter de la adopción según lo registra el Antiguo Testamento! Es que hay testimonios de adopción esencial, aunque no formal o técnica, en ese sagrado documento. ¿Acaso no “adoptó” la hija de Faraón a Moisés (Ex. 2:10), aunque él era solamente (en “términos humanos”) un niño indefenso? ¿Y no crió Mardoqueo a su prima, una joven llamada Ester (Est. 2:7)? Hay también un pasaje del Nuevo Testamento que de modo resumido reproduce la enseñanza del Antiguo Testamento respecto a la adopción—es decir, la adopción divina—y es sin duda el que hallamos en 2 Co. 6:17, 18:

Salid de en medio de ellos

Y apartaos, dice el Señor,

Y no toquéis lo inmundo;

Y yo os recibiré,

Y seré para vosotros por Padre,

Y vosotros me seréis hijos e hijas.

    Nótese con qué belleza refleja este pasaje neotestamentario el sentido de los siguientes pasajes: 2 S. 7:8, 14; Sal. 27:10; Is. 43:6; y Os. 1:10. Nótese especialmente que tanto Is. 43:6 como 2 Co. 6:17, 18 mencionan a ambos, “hijos e hijas” como objetos del amor adoptivo de ese Dios.

   Es claro, por consiguiente, que cuando en Ro. 8:15 y en Gá. 4:5 Pablo utiliza el término “adopción”, la palabra y la posición legal son tomadas de la práctica romana, pero la esencia viene de la revelación divina en el Antiguo Testamento.

   –2. ¿Debe ser interpretada la exclamación “¡Abba!” como expresión del creyente individual al dirigirse a su Dios o como la exclamación colectiva (quizá congregacional o litúrgica) de la iglesia reunida para la adoración?

   Una forma de la palabra Abba, que quiere decir “padre”, era usada originalmente por los niños más pequeños. Más tarde su uso se hizo mucho más generalizado. Se trata precisamente de la misma palabra proferida también por Jesús cuando, en profunda agonía, él descargó su alma ante su Padre celestial en el huerto de Getsemaní (Mr. 14:36). En esta palabra la ternura filial, la confianza y el amor encuentran su expresión combinada.

   Esta era, por supuesto, una palabra muy personal, es decir, una palabra por medio de la cual se expresa la íntima relación espiritual entre el creyente y su Dios. Como tal, ella nos recuerda una frase de un conocido himno:

Y el encanto que hallo en El allí

Con nadie tener podré.

De A solas al muerto de Austin Miles Trad. Vicente Mendoza

   Hay quienes han criticado este himno y en particular esta frase del mismo. Pienso, sin embargo, que esta crítica es injusta. ¿No es cierto que entre cada creyente y su Dios existe una relación muy personal; o, por decirlo de manera diferente, que Dios, además de amar y cuidar a sus redimidos de un modo colectivo, también entra en una comunión personal única con cada uno de ellos, de tal modo que, movida por el Espíritu Santo (Gá. 4:6), la persona, al derramar su corazón ante Dios, exclama: “Padre”?

   Por supuesto, el uso muy personal de esta palabra en la oración individual, inclusive en el caso del Padre Nuestro, de ninguna manera excluye la posibilidad de que se la utilice también colectivamente en la congregación reunida para la adoración, tal como nosotros usamos hoy en día el Padrenuestro tanto colectiva como individualmente.

   Por ser un hebreo de hebreos (Fil. 3:5), Pablo debe haber sentido cariño por el idioma hablado por los judíos al regresar de las tierras de su cautiverio, a saber, el arameo, emparentado con el hebreo (cf. Hch. 21:40). A decir verdad, el arameo era un idioma muy importante en aquel entonces, hablado no solamente por los judíos sino por otra gente, aún por muchos que vivían lejos de las fronteras de Palestina. También Jesús habló el arameo y es probable que, en su frecuente enseñanza respecto al Padre, él usase con frecuencia el término Abba. Sus discípulos, en consecuencia, atesoraron el uso de esta palabra. Así que entró en el lenguaje de la iglesia primitiva. Es lógico, entonces, que al escribir a una o más iglesias que en su mayor parte estaban formadas por gente que no era judía, la palabra Abba tuviese que ser traducida por la palabra griega _ πατήρ (Padre). Es fácil entender que Marcos, al dirigirse a un auditorio greco parlante, escribiese “¡Abba!”, añadiendo rápidamente la palabra griega para “Padre”; y así lo hizo también Pablo, y probablemente por la misma razón.

   -3. ¿Menciona Ro. 8:16 a un testigo o a dos testigos?

   Hay quienes dicen que Pablo en realidad menciona solamente a un testigo, y que por consiguiente la traducción correcta del v. 16 es: “El Espíritu mismo asegura a nuestro espíritu que somos hijos de Dios”. Así, o al menos de esta manera, traducen la Vulgata, Beck, Cranfield y la V. R. V. 1960. El razonamiento a la raíz de esta interpretación es que el verbo que se usa en el original, y que por lo general se traduce dar testimonio juntamente, o testificar a favor de (alguien), puede también significar asegurar y que nuestro espíritu en y por sí mismo no tiene derecho a dar testimonio de que somos hijos de Dios. Para ser justos para con aquellos que tienen esta posición.

   No obstante, lo cierto es que en cada una de las otras ocasiones en que Pablo usa este verbo son dos los que dan testimonio: uno testifica juntamente con el otro. Así en Ro. 2:15 lo que está escrito en el corazón del hombre

es un testigo; el otro es la voz de su conciencia. Del mismo modo, en Ro. 9:1 Pablo mismo testifica que la incredulidad de Israel es para él una pesada carga. Su conciencia lo confirma y al hacerlo demuestra ser el segundo testigo. No veo ninguna razón, entonces, para alterar la traducción de Ro. 8:16 que ha sido adoptada, con leves variantes, por la mayoría de los traductores, a saber: “Este Espíritu mismo da testimonio con nuestro espíritu de que somos hijos de Dios”.

   El modo en que el Espíritu hace esto es algo que Pablo no indica. Según algunos, el Espíritu testifica conjuntamente con nuestra conciencia regenerada ejerciendo una influencia directa sobre el corazón y la mente. Véase Gá. 4:6. Otros insisten en que él obra aplicando la Palabra al corazón y a la mente de los creyentes en forma personal y también a la iglesia como unidad. Véanse Jn. 8:47; 16:13. ¿No podrían ambas posiciones estar en lo cierto?

   En medio de estos debates y diferencias de opinión corremos peligro de olvidarnos de lo maravilloso que es todo esto. Pensemos en ello:

  ▬ a. A costa de la muerte—¡y qué muerte! — de su propio Hijo, Dios decidió salvarnos a nosotros (¿Se han dado cuenta cómo en 8:15 Pablo cambia, como lo hace muchas veces, ¿del vosotros al nosotros?)

   ▬ b. Como si esto no fuera suficiente, Dios aún nos adopta, para que seamos sus amados hijos e hijas (8:15).

   ▬ c. Su amor infinito y tierno va aún más allá de esto, ya que no sólo nos salva y nos hace sus hijos sino que también desea que sepamos que estas grandes bendiciones nos han sido otorgadas. Por medio de dos testigos él nos imparte su “bien aventurada certeza” (8:16). ¡Él salva, adopta, asegura! “¡Mirad cuál amor nos ha dado el Padre para que seamos llamados hijos de Dios! ¡Y eso es lo que somos!” (1 Jn. 3:1).

2° Titulo: Otras enfermedades del espíritu: altivez y arrogancia (2ª a los Corintios 10:3 al 6 Pues aunque andamos en la carne, no militamos según la carne; porque las armas de nuestra milicia no son carnales, sino poderosas en Dios para la destrucción de fortalezas, derribando argumentos y toda altivez que se levanta contra el conocimiento de Dios, y llevando cautivo todo pensamiento a la obediencia a Cristo, y estando prontos para castigar toda desobediencia, cuando vuestra obediencia sea perfecta; ▬ Tito 1.10 al 14. Porque hay aún muchos contumaces, habladores de vanidades y engañadores, mayormente los de la circuncisión, a los cuales es preciso tapar la boca; que trastornan casas enteras, enseñando por ganancia deshonesta lo que no conviene. Uno de ellos, su propio profeta, dijo: Los cretenses, siempre mentirosos, malas bestias, glotones ociosos. Este testimonio es verdadero; por tanto, repréndelos duramente, para que sean sanos en la fe, no atendiendo a fábulas judaicas, ni a mandamientos de hombres que se apartan de la verdad.).

   Pensamiento de la altivez: Prácticamente en cada situación donde la biblia menciona la arrogancia, el orgullo o la soberbia, es como un comportamiento o una actitud que Dios detesta. La biblia nos dice que aquellos que son arrogantes y tienen un corazón soberbio, son una abominación para Él: “Abominación es al Señor todo altivo de corazón; Ciertamente no quedará impune” (Proverbios 16:5). De las siete cosas que la biblia nos dice que Dios odia, los “ojos altivos” es lo primero que se menciona (Proverbios 6:16-19). Jesús mismo dijo, “Lo que sale del hombre es lo que lo contamina”, y luego pasa a enumerar las trece características de quienes están fuera de la gracia de Dios, con la arrogancia siendo considerada juntamente con la inmoralidad sexual y el homicidio (Marcos 7:20-23).

   Hay dos formas griegas de la palabra arrogancia que se usan en el nuevo testamento, que esencialmente significan lo mismo. Huperogkos significa “hinchazón” o “extravagante” tal como se usa en “palabras infladas” (2 Pedro 2:18; Judas 1:16). La otra es phusiosis, que significa “inflar el alma” o “arrogancia, orgullo” (2 Corintios 12:20). Corresponde a los creyentes el reconocer que ser arrogante o tener una actitud presumida, es la antítesis de la piedad (2 Pedro 1:5-7). La arrogancia no es nada más que una clara demostración del sentido de prepotencia de una persona (2 Timoteo 3:2). Es similar a la mentalidad de “todo es sobre mí” que dice: “El mundo gira en torno a mí” (Proverbios 21:24).

   En lugar de la arrogancia, la biblia nos enseña lo contrario. 1ª a los Corintios 13:4 dice, “El amor es sufrido, es benigno; el amor no tiene envidia, el amor no es jactancioso, no se envanece”. Los cristianos están llamados a demostrar el amor; la arrogancia es la antítesis de ese amor. Romanos 12:3 dice, “Digo, pues, por la gracia que me es dada, a cada cual que está entre vosotros, que no tenga más alto concepto de sí que el que debe tener, sino que piense de sí con cordura, conforme a la medida de fe que Dios repartió a cada uno”. No podemos ser arrogantes y al mismo tiempo tener una humildad piadosa.

    Ser presumido y tener esa actitud de “yo soy mejor que tú”, huele a intimidación y destruye nuestras relaciones con los demás. Sin embargo, Jesús nos enseñó a poner a los demás por encima de nosotros: “sino que el que quiera hacerse grande entre vosotros será vuestro servidor, y el que de vosotros quiera ser el primero, será siervo de todos. Porque el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos” (Marcos 10:43-45). Si nuestras actitudes son arrogantes, no vamos a servir a otros.

    El apóstol Pablo hizo eco de estos mismos sentimientos en su carta a la iglesia en Filipos: “Nada hagáis por contienda o por vanagloria; antes bien con humildad, estimando cada uno a los demás como superiores a él mismo” (Filipenses 2:3). Este es un gran contraste entre la naturaleza competitiva de nuestro mundo de hoy, y sin duda no deja espacio para que seamos arrogantes. Donde el mundo nos empuja a esforzarnos para llegar a la cima, independientemente del costo, y para estar orgullosos cuando lo hacemos, Jesús nos ordena ser diferentes: “Porque cualquiera que se enaltece, será humillado; y el que se humilla, será enaltecido” (Lucas 14:11; cf. Santiago 4:6). Nuestro principal objetivo, en cualquier nivel de éxito mundano que tengamos, es glorificar a Dios (Colosenses 3:17, 23).

   Con respecto a nuestras actitudes hacia Dios y nuestro prójimo, Dios nos da dos promesas. En primer lugar, que el arrogante será castigado (Proverbios 16:5; Isaías 13:11), y, en segundo lugar, “Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos” (Mateo 5:3). Porque, en verdad, “Dios resiste a los soberbios, Y da gracia a los humildes” (1 Pedro 5:5; cfr. Proverbios 3:34).

   Comentario del contexto bíblico: [3]. Pues, aunque vivimos en el mundo, no libramos batalla de una manera mundana.

   ▬ a. Versiones. Hay variantes en la traducción de este versículo, debido a que Pablo usa dos frases similares que contienen un juego de palabras. Una traducción literal diría: «Pues, aunque andamos en la carne, no militamos según la carne» (RV60). Nos encontramos frente a un problema de interpretación, ya que las frases andamos en la carne y militamos según la carne son confusas.

   En griego, el término andar es una expresión idiomática que equivale a vivir, es decir, describe la conducta humana en esta vida o en este mundo. El término carne se puede referir a nuestra existencia humana, tal como se puede ver en otra traducción: «Es cierto, vivimos como seres humanos, pero no libramos batalla según normas humanas» (NRSV). Si bien el término carne significa «nuestra existencia en esta tierra», el presente contexto nos da a entender una perspectiva ligeramente más amplia, para que podamos entender que dicho término se refiere al mundo que nos rodea. De hecho, «representa al comportamiento humano como una actividad y una perspectiva puramente mundana».

   El verbo caminar (vivir) requiere la conjunción concesiva, aunque. En otras palabras, Pablo admite abiertamente que vive en el mundo, pero que no se acomoda a las normas de éste. Aplicando las palabras de Jesús a Pablo, diríamos que él estaba en el mundo, pero no era de este mundo (Jn. 17:14–16).

   ▬ b. Propósito. En un versículo anterior, Pablo apeló a sus lectores diciéndoles «por la mansedumbre y la bondad de Cristo» (v. 1). Dado que él tiene la mente de Cristo (véase Gá. 2:20; Fil. 2:5), no lucha contra el mundo pecador usando normas del mundo; más bien, lucha con las normas que Dios ha determinado.

   Dios ha dispuesto reglas para su reino (p. ej., el Decálogo), tiene ciudadanos en éste y posee también un ejército con generales y soldados para luchar contra el diablo y sus huestes. El apóstol es un general que trabaja para el ejército del Señor y su tarea consiste en enfrentarse a Satanás, príncipe de este mundo. Pablo lucha en una batalla de liberación; lo hace predicando el evangelio de Cristo, que libera a las personas de la esclavitud del pecado y el temor de la muerte (Heb. 2:14–15). Aunque la batalla es encarnizada, la victoria de Cristo es segura. Cristo aplastará a todos sus enemigos; y, además, el enemigo final, la muerte, será destruido (1 Co. 15:26).

   Satanás sabe ya que su final se acerca y, por ello, usa toda arma disponible para evitar la derrota. En su arsenal posee las armas del engaño, la mentira, la argucia, la astucia, la intimidación, la extorsión y la fuerza.

   Los seguidores de Cristo, aquellos que han sido redimidos por Cristo y liberados de la esclavitud de Satanás, luchan contra el mal que el diablo y sus secuaces realizan. Cuando se opongan a las fuerzas del mal, los soldados de Dios deben utilizar su armamento, no el de Satanás. Entre el armamento de Dios se encuentran la verdad, la honestidad, la integridad, la justicia, la santidad y la fidelidad. Dios exige que su pueblo sea fiel a sus preceptos, mandamientos y propósitos. Las marcas genuinas de un verdadero creyente son la dedicación y el compromiso profundo al Señor. El reino de Dios solo sabe de unas pocas personas que han confiado completamente en Dios, y por esta razón se les ha llamado grandes en el reino.

   [4]. Porque las armas que usamos en nuestra lucha no son del mundo, sino que tenemos el poder divino para destruir fortalezas.

   ▬ a. «Porque las armas que usamos en nuestra lucha no son del mundo». La conflagración entre las fuerzas de Dios y las de Satanás es de carácter espiritual y debe ocurrir con armas espirituales. Los cristianos con capaces de defenderse a sí mismos contra las arremetidas de Satanás, armándose con toda la armadura de Dios, la cual consiste en la paz, la verdad, la justicia, la fe, el amor, la luz, la espada del Espíritu y la salvación (Ro. 13:12; 2 Co. 6:7; Ef. 6:11, 13–17; 1 Ts. 5:8). Además, deben mantenerse comunicados con Dios en oración, deben asirse al mensaje de la Palabra de Dios y deben pedirle al Espíritu de Dios que habite en sus corazones.

   Las armas del mundo incluyen elementos que se oponen al orden de Dios: la mentira en lugar de la verdad, la oscuridad en lugar de la luz, pesadumbre en lugar de gozo y muerte en lugar de vida. En esta oposición a Dios y a su pueblo, Satanás recurre al engaño (Adán y Eva en el Edén, Ananías y Safira en la iglesia primitiva) y a la fuerza bruta (Abel, la primera víctima en el Antiguo Testamento y Esteban, el primer mártir del Nuevo Testamento).

   Con estas armas, Satanás trata de obstaculizar el poder del evangelio y se opone a Dios, la iglesia y los creyentes. Juan Calvino observó que el creyente «debe aprender a percibir el evangelio como un fuego que enciende la ira de Satanás y, por ende, cada vez que éste observa una oportunidad donde el evangelio avanza, se arma a sí mismo para combatirlo».

   ▬ b. «Sino que tenemos el poder divino para destruir fortalezas». El reformador escocés del siglo XVI, John Knox, vivía según este lema: «Junto a Dios, el hombre siempre está en el lado de la mayoría». Y con esta mayoría, los cristianos son capaces de destruir las fortalezas de Satanás (véase Pr. 21:22). Estas fortalezas son muy variadas, pero básicamente son las mismas; consisten en los sistemas, esquemas, estructuras y estrategias que Satanás diseña para impedir y obstruir el progreso del evangelio de Cristo.

   Mientras estaba en prisión, Pablo escribió su última epístola: «Éste es mi evangelio, por el cual sufro incluso hasta el punto de haber sido encadenado como un criminal. Pero la palabra de Dios no está encadenada» (2 Ti. 2:8b–9). El mensaje del evangelio penetra murallas artificiales por medio de hombres y mujeres que se arman con sabiduría, valentía, dedicación y fe. Gracias a diferentes medios de comunicación (entre ellos están las ondas radiales, los aparatos electrónicos y la literatura impresa), la Palabra de Dios penetra las fortalezas de Satanás y deshace su oposición. Nadie en la tierra es capaz de detener la marcha del evangelio, porque «somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó» (Ro .8 :37).

   [5]. destruimos argumentos y toda estructura que es elevada contra el conocimiento de Dios. Y llevamos cautivo todo pensamiento para que obedezca a Cristo.

   La puntuación de este texto es diferente a la que aparece en otras versiones. He insertado la cláusula «destruimos argumentos» en el versículo 5; otras versiones ubican dicha cláusula en el versículo anterior. Sin embargo, según el hilo de pensamiento de Pablo, la cláusula debe ir en el versículo 5.

   ▬ a. «Destruimos argumentos y toda estructura que es elevada contra el conocimiento de Dios». Pablo describe el conflicto usando terminología de guerra espiritual, es decir, no se lucha contra gente sino contra formas de pensar, filosofías, teorías, perspectivas y tácticas. Vemos aquí, según la descripción del apóstol Juan, la imagen de la bestia que asciende de la tierra para controlar el pensamiento y las actividades de todos los seres humanos. Los que no tengan la marca de la bestia en sus frentes (lo cual simboliza el pensamiento) y en sus manos derechas (lo cual simboliza el trabajo diario) no podrán comprar o vender (Ap. 13:16–17).

   El tiempo presente del verbo destruir indica que, en esta guerra, el pueblo de Dios demuele las ciudades fortificadas de sus enemigos una tras otra. Para lograr este objetivo, deben entrar en estas fortalezas, que el apóstol describe como argumentos. Los intrusos en Corinto usan armas verbales en su ataque contra la verdad. Recurren a los argumentos, con los cuales pretenden convencer a los miembros de la iglesia. Pablo se ve en la obligación de destruir sus falsas doctrinas y desarmar sus argumentos. Una vez removidas estas teorías, el evangelio avanza, prospera y libera a pecadores. Esto ocurre no solo en Corinto, sino en todo lugar donde predicadores, evangelistas y misioneros proclamen la Palabra de Dios.

   La terminología que Pablo usa, la ha tomado prestada del campo de batalla. Usa el término jupsoma, lo cual he traducido como «estructura que se eleva», y que literalmente significa «cosa que se eleva». Se trata de la imagen de una muralla o torre, de la cual se lanzan proyectiles y se convierte en un blanco inmediato para las fuerzas de avance.

   Pasando al área de la filosofía, esta forma de expresarse tiene que ver con cualquier teoría humana que se opone al conocimiento de la verdad. Se trata de aquella sabiduría humana que tiene su origen en el diablo (Stg. 3:15) y, por consiguiente, debe ser demolida por el conocimiento de Dios (1 Co. 1:19). Este conocimiento divino es un sinónimo del evangelio de Jesucristo. Se trata del conocimiento de la creación, el pecado, la redención, la restauración y la resurrección. Pablo no sólo enseñó y proclamó las Buenas Nuevas, sino que también entabló diálogo acerca de las enseñanzas del evangelio con judíos y gentiles. Demolió argumentos humanos para poder liberar a los seres humanos de las garras de Satanás. Su objetivo consistía en traer salvación a su pueblo.

   En calidad de general de las fuerzas armadas, Pablo lleva a cabo su estrategia de ataque mientras se enfrenta a las fuerzas de la incredulidad. Observa el campo de batalla y presta atención a los flancos fuertes y débiles. La manera en que escribe muestra paralelismos: fortalezas y argumentos, estructuras que se elevan y el conocimiento de Dios, y el acto de llevar cautivos tanto objetos (todo pensamiento) como propósito (obediencia a Cristo).

   ▬ b. «Y llevamos cautivo todo pensamiento para que obedezca a Cristo». No hay otro texto en la epístola que hable más claramente de los triunfos de batalla de Pablo. El verbo llevar cautivo en tiempo presente indica que el acto de tomar prisioneros sigue ocurriendo, la batalla se está ganando y la victoria lo incluye todo.

   El apóstol continúa usando imágenes literarias, dado que lo que se trata de derrotar son pensamientos y no personas. No se menciona derramamiento de sangre y muertes en este campo de batalla. Más bien, se captura y se trae toda teoría para que obedezca a Cristo. Toda cultura que se conquista para Cristo, permanece intacta, pero sus componentes su- fren una transformación para poder servirle a él. Éstos son los pensamientos cautivos que se sujetan a las enseñanzas del Señor.

   La palabra clave en la última frase de este texto es «obedecer». Cuando la gente se arrepiente, experimentan un cambio radical en su forma de pensar, lo cual dirige sus actos para que obedezcan a Cristo. Sus antiguas creencias sufren un cambio de forma para que puedan servir no al maligno sino a Cristo. Estos cautivos juran lealtad no al general Pablo, sino a Jesús, jefe absoluto de las fuerzas armadas. Además, todo pensamiento cautivo muestra obediencia a Cristo como una manera de reconocer su autoridad suprema.

   [6]. Y estamos listos para castigar toda desobediencia tan pronto como vuestra obediencia sea completa.

   ▬ a. «Y estamos listos para castigar toda desobediencia». Pablo continúa usando términos de batalla, ya que todo enemigo que sufre derrota tiene que sufrir sus consecuencias. Los infiltrados en la iglesia corintia tendrán que enfrentarse a un general del ejército de Cristo, el cual está presto a infligir castigo. Pablo no da a conocer qué medidas tomará cuando llegue a Corinto. Pero, todo el que ha mostrado desobediencia al evangelio de Cristo tendrá que encarar el castigo. A los lectores se les da una advertencia indirecta, no que caigan en desobediencia, sino que continúen obedeciendo las enseñanzas de Cristo.

   ▬ b. «Tan pronto como vuestra obediencia sea completa». La venganza pertenece al Señor, que castigará a sus enemigos a su debido tiempo (Dt. 32:35; Ro. 12:19; Heb. 10:30). Por consiguiente, Cristo está en control de la situación en Corinto; cuando se cumpla el tiempo, ejecutará su juicio y usará a Pablo como instrumento para ello.

   ¿Qué es lo que Pablo está tratando de decir en la última cláusula del versículo 6? Si bien se dirige a sus lectores en grupo, el apóstol distingue entre la mayoría que son fieles y la minoría que no lo son, es decir, los que han sido desviados por los intrusos. Desea que todos los miembros de la congregación se entreguen de todo corazón a Jesucristo y obedezcan todos sus mandamientos.

   Algunos eruditos enseñan que lo que Pablo tenía en mente era la desobediencia en relación a la colecta.23 Pero se equivocan, ya que en este capítulo Pablo no menciona nada acerca de recolectar donaciones.

   Otros eruditos se fijan en el capítulo siguiente (11:4) y creen que Pablo se refiere al otro evangelio que los superapóstoles predican. Merece que se considere esta interpretación dados los comentarios que Pablo hace en los versículos 1 y 2, en los cuales confronta a los lectores con las acusaciones que los intrusos habían hecho. Ellos y sus seguidores serán castigados. El problema de los falsos maestros afecta a todos los miembros de la iglesia corintia, debido a que los intrusos predican un evangelio distinto al de Cristo. Por tanto, toda la iglesia debe erradicar las falsas enseñanzas de los intrusos y obedecer solamente el evangelio de Cristo. La iglesia debe ejecutar disciplina para mantener su pureza y poder

   Por medio de la obra del Espíritu Santo, el evangelio de Cristo es una fuerza arrolladora que invoca a la gente al arrepentimiento. Luego, con el pasar del tiempo, el evangelio cambia las estructuras de la sociedad para que se convierta en una ciudad de Dios. El reino de Cristo no consiste en palabrerías sino en poder, tal como Pablo lo ha dicho en otro lugar (1 Co. 4:20). Los ciudadanos de este reino, en Corinto y en todas partes, deben servir a Jesús de todo corazón según el mandato de su Palabra.

   Comentario 2: Tito 1:10. Ahora se declara por qué son necesarios hombres tan altamente calificados para el trabajo espiritual en Creta, en forma muy especial:

   Porque hay muchos hombres insubordinados, habladores de vanidades y engañadores, especialmente los del partido de la circuncisión.

   Este grupo (vv. 10–14a) es similar al mencionado en 1 Ti. 1:3–11; nótese las similitudes: Tito 1:10; 1ª a Timoteo 1:9

   Estos hombres se encuentran en Creta en número alarmante (“muchos hombres insubordinados”; contrástese con “algunos individuos” en 1 Ti. 1:3). Esto podría haberse debido al hecho de que las faltas peculiares de ellos estaban en línea con el carácter nacional de los cretenses y que estaban bajo la poderosa influencia de rabinos judíos (entremetidos, vv. 14b–16). Son insubordinados; esto es, desobedientes a la Palabra de Dios. También son habladores de vanidades, sin ningún propósito útil, con fábulas ficticias sobre Adán, Moisés, Elías y otros, y con sus quisquillosidades legalistas (cf. 1 Ti. 1:6); y son engañadores de mentes débiles (véase M.M., p. 675). Especialmente “los del partido de la circuncisión”, esto es, miembros de la iglesia que son judíos (cf. Hch. 10:45; Gá. 2:12), pertenecen a la clase de los habladores de vanidades y engañadores. Probablemente consideraban su circuncisión como una marca de suprema excelencia, que les daba el derecho de ser oídos y tenidos en estima por los demás.

    [11]. Pero Pablo, discrepando agudamente con la opinión que ellos tienen respecto de sí mismos, dice con respecto a ellos y también con respecto al resto de los habladores de vanidades y engañadores: cuyas bocas hay que tapar, puesto que (son) tales que confunden a familias enteras al enseñar, por amor de ganancia vergonzosa, lo que no es propio.

   Al decir a Tito lo que debiera hacerse con tales personas, Pablo usa un verbo raro que tiene como su sentido primario “tapar la boca por medio de una brida, un bozal o una mordaza”. Entonces, a los engañadores no hay que tolerarlos sino silenciarlos, y esto debe hacerse por medio de Tito y por los ancianos, como parece indicar el contexto (vv. 5–9).

   En este pasaje no se dice cómo hay que silenciarlos. Sin embargo, véase comentario sobre 1 Ti. 1:3, 4; 1:20; 4:7; 2 Ti. 2:16, 21, 23; 4:2; Tit. 1:13b; 3:10. Al principio había que amonestar con ternura al errado a fin de ganarlo para la verdad. Si rehúsa, debe ser reprendido severamente diciéndole que desista de su error. La persona que persiste en sus malos caminos debe ser rechazada por la iglesia y disciplinada. Quizás haya que emplear la medida extrema de la excomunión a fin de salvaguardar la iglesia y para conducir al pecador al arrepentimiento. En la iglesia de Dios no existe la “libertad de hablar engañosamente”. Razón: sería demasiado peligroso. Los maestros de falsas doctrinas “confunden (cf. Jn. 1:15) a familias enteras” haciéndolas apartarse de la verdad (véase comentario sobre 2 Ti. 3:6). Hacen esto enseñando lo que no es propio, esto es, “mitos judaicos y mandamientos de hombres” (véase comentario sobre v. 14). Y el propósito de ellos es adquirir ganancia vergonzosa, ganancia que es vergonzosa porque los hombres que la buscan están ansiosos de enriquecerse aún a expensas de la caída de otros. Son completamente egoístas, deseando solamente dinero y prestigio (cf. 1 Ti. 3:3, 8; 6:5; Tit. 1:7; y sobre el tema de remuneración para la obra espiritual, véase sobre 1 Ts. 2:9).

   [12]. Estos miembros de iglesia de origen judío, del tipo farisaico y teñidos con incipiente gnosticismo, que a veces conduce a una vida licenciosa y otras veces a formas de ascetismo (véase comentario sobre 1 Ti. 4:3, 4), eran cretenses—había muchos judíos en Creta (cf. Hch. 2:11)—, y además de ser influenciados por judíos incrédulos (véase comentario sobre 14b–16), habían absorbido las peores características de sus compatriotas no judíos. Esto no había sido algo difícil, porque el judío y el cretense tenían algo en común: el empleo de artimañas o engaños para una ventaja egoísta caracterizaba a ambos (cf. Jn. 1:47 con Tit. 1:12). Un judío honesto o un cretense honesto parece haber sido una excepción. Y ciertamente la combinación judío‐cretense no era muy feliz.

En cuanto a los cretenses, se condenaban “por su propia boca”. Dice Pablo: Uno de ellos, su propio profeta, hizo la declaración:

   Los cretenses (son) siempre engañadores, malas bestias, vientres ociosos.

   Su propio profeta más bien querría jactarse de sus compatriotas ante los demás que condenarlos. Sin embargo, condenarlos es exactamente lo que su propio profeta había hecho. Clemente de Alejandría (Estrómata, I. xiv. 59) y Jerónimo atribuyen la devastadora caracterización a un poeta y reformador cuya fecha se ubica entre 630 y 500 a.C. Su nombre era Epiménedes, nativo de Cnosos, cerca de Iráklion (= Candía) en la costa norte de Creta, donde aún hoy en día uno puede visitar el museo que contiene los extraordinarios tesoros de la era minoica. En un himno “A Zeus”, Calímaco (más o menos 300–240 a.C.) había citado las primeras palabras: “Los cretenses (son) siempre engañadores”. A la pregunta si Pablo había leído o no a Epiménedes realmente, no todos dan la misma respuesta. Algunos sostienen que, puesto que la cita es realmente un proverbio, podría haber sido derivado por Pablo de una tradición oral extensamente difundida. Otros creen que no es necesario confinar el conocimiento obtenido por lectura por parte de Pablo a límites tan estrechos.

   Ahora bien, los antiguos consideraban a Epiménedes un profeta, “un hombre divinamente inspirado” (según Platón), “un hombre querido por los dioses” (según Plutarco). Pablo no quiere decir que el reformador cretense sea realmente un profeta en el sentido bíblico. Quiere decir, “un hombre que por ellos y otros era considerado profeta, un portavoz de los dioses”. Con referencia a la así llamada actividad profética de Epiménedes, Platón (Leyes I. 642 D y E) escribió lo siguiente:

    “Ese hombre divinamente inspirado, Epiménedes … nació en Creta, y diez años antes de la guerra persa, según el oráculo del dios, fue a Atenas …; y cuando los atenienses se vieron llenos de temor en razón de las fuerzas expedicionarias de los persas, hizo esta profecía: No vendrán por diez años, y cuando vengan, se volverán sin haber logrado lo que esperaban (lograr), y habiendo sufrido más dolores que los que habrán infligido”.

   Muchos consideraban a Epiménedes como uno de los “siete sabios” del mundo antiguo. Estos siete eran: Bías de Priene, Cleóbulo de Lindo, Pitaco de Mitilene, Jilón de Esparta, Solón de Atenas, Tales de Mileto y Epiménedes de Creta, o Piandro de Corinto, o Anajarsis el escita.

   Fue este Epiménedes quien, según Diógenes Laercio, aconsejó a los atenienses que hicieran sacrificios “al dios más conveniente”, consejo que pudo haber llevado a la erección del altar famoso “al dios no conocido”, que proporcionó la introducción a Pablo para la proclamación del Dios viviente (Hch. 17:23).

   La cita de Epiménedes aquí en Tit. 1:12 es una línea formada por seis pies (verso hexámetro), ritmo basado en sílabas largas y cortas del griego.

    La representación de los cretenses como engañadores o mentirosos puede haber surgido de su pretensión de tener en su isla la tumba de Zeus. Pero la reputación de los cretenses de ser mentirosos a fin de lograr fines egoístas (nótese el contexto, v. 11) estaba tan ampliamente difundida que dio origen al sustantivo “cretismo”, que significa “conducta cretense”, esto es, “mentir” (Plutarco, Aemilius 26); y al verbo “cretensear” o “hablar como cretense”, que significaba “decir mentiras”, “engañar”. Cf. “corintianizar”, que significa “comportarse inmoralmente como un corintio”.

   La expresión “bestias brutas” describe el carácter salvaje y cruel de los cretenses de los días de Epiménedes y del tiempo de Pablo y Tito. Solían echar a todos fuera de su camino con un empujón a fin de lograr una ventaja personal. Algunos ven en este epíteto descriptivo una alusión al mitológico Minotauro cretense, mitad toro, mitad hombre, a quien Minos escondió en el laberinto de Creta, donde, hasta que Teseo le dio muerte, devoraba a jóvenes y doncellas atenienses que se le enviaba cada 9 años como tributo.

    “Vientres ociosos” señala a los cretenses como glotones, perezosos y golosos sensuales.

   Entonces, los cretenses son falsarios, egoístas y amantes de los placeres. Ahora bien, algunos escritores consideran que la acción de Pablo al citar este veredicto devastador con respecto del carácter de los cretenses es singularmente falta de tacto, una mancha sobre el buen nombre de toda una población. Sin embargo, el carácter de los cretenses se exhibía por sí mismo en forma tan clara que la confirmación del severo juicio viene de todas las direcciones y no está limitado a un solo siglo. El lector puede ver esto por sí mismo. Además del sustantivo “cretismo” = mentira, y del verbo “cretensear” = engañar, decir mentiras (estos derivados de Creta no existen en castellano, se refieren a palabras griegas usadas en la literatura antigua), tenemos los siguientes testimonios (las fechas son aproximadas):

   Polibio, historiador griego (203–120 a.C.):

   “En efecto, el amor a la ganancia deshonesta y la codicia predominan a tal punto, que, de todos los hombres, los cretenses son los únicos en cuya estimación el no obtener ganancia es siempre una desgracia” (Las Historias VI. 46).

   Cicerón, orador romano, estadista y filósofo (106–43 a.C.):

   “Por cierto, los principios morales de los hombres son tan divergentes que los cretenses … consideran que los asaltos en los caminos (o “bandolerismo”) son algo honorable”.

   Livio, historiador romano (59 a.C.–17 d.C.):

“Los cretenses siguieron a Perseo con la esperanza de recibir dinero” Plutarco, ensayista y biógrafo griego (46–120 d.C.):

    “De sus soldados, los cretenses (solamente) lo siguieron, no por tener una disposición favorable (hacia él), sino porque tenían tan ferviente devoción a sus riquezas como las abejas a sus colmenas. Porque llevaba abundantes tesoros, y había entregado, para que se distribuyeran entre los cretenses, copas y vasijas y otros utensilios de oro y plata, evaluados en cincuenta talentos”, señala que los antiguos cretenses eran “bebedores poderosos” y presenta una interesante evidencia arqueológica, el hecho de que se encontraran grandes cantidades de copas vineras y para cerveza, éstas provistas de filtros, en las colonias filisteas, quienes, según las Escrituras (Am. 9:7), vinieron de Caftor, esto es, Creta.

   [13 y 14]. No es sorprendente, entonces, que Pablo diga; Este testimonio es verdadero. Las acciones de los cretenses demostraban tan claramente su mendacidad y codicia que Pablo no puede hacer otra cosa que confirmar el juicio expresado en el hexámetro de Epiménedes.

   Se ha intentado demostrar que el veredicto de Epiménedes y de Pablo es realmente una contradicción en sí mismo. Esto se hace por medio del siguiente sofisma:

   “Epiménedes, un cretense, dijo que los cretenses siempre mienten. Por lo tanto, el mismo debió de mentir cuando dijo esto. Por lo tanto, no es cierto que los cretenses siempre mienten. O (peor aún): Por lo tanto, los cretenses no mienten. Pero, si los cretenses no mienten, entonces Epiménedes, un cretense, tuvo que decir la verdad. Pero entonces, él también, siendo un cretense, mintió cuando dijo que los cretenses siempre mienten”. Y así nos encontramos de nuevo en el punto de partida.

Pero ciertamente todo lo que Pablo quiso decir era que Creta era notable por sus muchos mentirosos constantes. Su declaración deja suficiente lugar para las siguientes proposiciones:

▬ a. Aun los cretenses mentirosos dicen a veces la verdad.

▬ b. Algunos cretenses no son tan mentirosos.

▬ c. Este cretense en particular, a saber, Epiménedes, dijo la verdad cuando dijo que los cretenses, generalmente hablando, eran mentirosos constantes.

   Por lo tanto, repréndelos severamente para que puedan ser sanos en la fe. Los propagadores del error y los que los oyen deben ser reprendidos (cf. 2 Ti. 4:2) severamente (cf. 2 Co. 13:10), en forma decisiva, y esto no solamente por los ancianos (véase comentario sobre el v. 9) sino también por Tito mismo, para que puedan ser (esto es, puedan llegar a ser) lo que al presente no son, sanos (cf. 1 Ti. 1:10) en su posición con respecto a la verdad revelada en Cristo.

   Pablo continúa: en vez de dedicarse a los mitos judaicos y a mandamientos de hombres que se apartan de la verdad.

   A fin de escapar del impacto de la ley de Dios, los propagandistas del error se estaban dedicando (véase comentario sobre 1 Ti. 1:4) a “mitos judaicos”, esto es, a cuentos fantásticos sobre antepasados; y a “mandamientos de hombres”, esto es, a ordenanzas producidas por hombres. También éstas eran, probablemente, en gran parte judaicas en carácter. En la medida que podían, decían que estaban basadas en la ley de Dios. Sin embargo, en realidad, oscurecían la intención y el sentido de la ley. Cf. Mt. 5:43; 15:3, 6, 9; Mr. 7:1–23; Lc. 6:1 11. sobre Jn. 5:1–18.

   Entonces, los engañadores cretenses se ocupaban con anécdotas talmúdicas y decisiones quisquillosas de carácter legal para las cuales se sostenía la pretensión de haberlas derivado de la ley. Los mandamientos que ellos elogiaban y trataban de ponerlos en vigor sobre los demás, en realidad eran mandamientos de “hombres que se apartan de la verdad”. Estos “hombres” se refieren a los judíos, particularmente a rabinos y escribas judíos. Entonces la situación es la siguiente: Los creyentes firmes de la isla de Creta se relacionaban diariamente con miembros de la iglesia que no estaban tan firmes pero que estaban dispuestos a prestar oídos a engañadores judaizantes de hablar altisonante, teñidos de gnosticismo. A su vez, estos falsos maestros estaban bajo la influencia de hombres que estaban completamente fuera de la iglesia, por ejemplo, judíos, propagandistas farisaicos que rechazaban completamente a Cristo, dando las espaldas a la verdad redentora de Dios revelada en su Hijo.

3er Titulo: Apostasía, enfermedad que ataca la fe del creyente (2ª a Timoteo 2: 14 al 18. Recuérdales esto, exhortándoles delante del Señor a que no contiendan sobre palabras, lo cual para nada aprovecha, sino que es para perdición de los oyentes. Procura con diligencia presentarte a Dios aprobado, como obrero que no tiene de qué avergonzarse, que usa bien la palabra de verdad. Mas evita profanas y vanas palabrerías, porque conducirán más y más a la impiedad. Y su palabra carcomerá como gangrena; de los cuales son Himeneo y Fileto, que se desviaron de la verdad, diciendo que la resurrección ya se efectuó, y trastornan la fe de algunos.).

    Apostasía: La apostasía, de la palabra griega apostasía, significa “un desafío a un sistema establecido o autoridad; una rebelión; un abandono o abuso de fe”. En el mundo del 1º siglo, la apostasía era un término técnico para la revuelta política o deserción. Y al igual que en el primer siglo, la apostasía amenaza el cuerpo de Cristo hoy.

   La Biblia advierte acerca de personas como Arrio (c. 250-336 D.C.), un sacerdote cristiano de Alejandría, Egipto, que fue entrenado en Antioquía a comienzos del cuarto siglo. Acerca de 318 D.C., Arrio acusó a Alejandro obispo de Alejandría de suscribirse al Sabelianismo, una falsa enseñanza que afirmó que el Padre, Hijo y Espíritu Santo eran simplemente roles o modos asumidos por Dios en varios momentos. Arrio estaba decidido a enfatizar en la unicidad de Dios; sin embargo, fue demasiado lejos en su enseñanza de la naturaleza de Dios. Arrio negó la Trinidad y presentó lo que pareció ser en la superficie una diferencia insignificante entre el Padre y el Hijo.

   Arrio argumentó que Jesús no era homoousios (de la misma esencia) como el Padre, pero era homoiousios (de esencia similar). Solamente una letra griega – la iota (i) – separaba las dos. Arrio describió su posición de esta manera: “El Padre existió antes que el Hijo. Hubo un tiempo cuando el Hijo no existía. Por lo tanto, el Hijo fue creado por el Padre. Luego, aunque el Hijo era el más alto de todas las criaturas, no era de la esencia de Dios”.

   Arrio fue muy astuto e hizo lo mejor para poner a la gente a su lado, llegando incluso a componer una canción que enseñó su teología, la cual él trató de enseñar a todos los que le escucharían. Su naturaleza encantadora, su posición reverenciada como un predicador y como quien vivía en la negación de sí mismo, contribuyeron también a su causa. Respecto a la apostasía, es crítico que todos los cristianos entiendan dos cosas importantes: (1) Cómo reconocer la apostasía y a los maestros apóstatas; y (2) por qué la enseñanza apóstata es tan mortal.

   Comentario: [14]. Se continúa el tema de los vv. 1–13 con la diferencia de que lo que se declaró positivamente en el párrafo anterior se expresa ahora negativamente (cf., por ejemplo, v. 2: “esta cosa encarga a hombres dignos de confianza, tales que sean capaces de enseñar también a otros”, con el vv. 14: “encargándoles … que no libren batallas verbales completamente inútiles”; véase también vv. 16, 21, 22, 23, 24.

    Pablo dice: Recuérdales estas cosas, encargándoles en la presencia del Señor, que no libren batallas verbales completamente inútiles que confunden a los oyentes.

   Se dice a Timoteo que le recuerde a “hombres fieles” (“ministros”) que deben permanecer firmes en el cumplimiento de la tarea de enseñanza, predicación etc., encomendada por Dios. En medio de sus muchas aflicciones, que ellos miren a Cristo Jesús, el Salvador resucitado y reinante, que imparte fortaleza a sus fieles y los recompensa. Es claro que la expresión “estas cosas” se refiere especialmente a todo el párrafo precedente (vv. 1–13), y, quizás más directamente aún, a los vv. 8–13.

   Timoteo, entonces, tiene un “encargo” para estos líderes, así como Pablo tenía un encargo para Timoteo. En ambos casos, era un “encargo en la presencia de Dios” o (en el caso presente) “del Señor” (véase comentario sobre 1 Ti. 5:21; 2 Ti. 4:1). Así Timoteo debe advertir solemnemente a los líderes eclesiásticos del “distrito de Éfeso y sus alrededores” que no libren batallas verbales que son completamente inútiles (literalmente, “que no libren batallas verbales para nada útiles”). En cuanto a las batallas verbales, véase comentario sobre 1 Ti. 6:4 (allá se usa el sustantivo; aquí el infinitivo; en ambos casos es el único uso en el Nuevo Testamento). Estas batallas verbales son para “catástrofe (confusión) de los oyentes”. Por cierto, el apóstol se está refiriendo a las rencillas que surgen debido a la investigación de las “fábulas y genealogías interminables” (1 Ti. 1:3, 4), “los mitos profanos y de viejas” (1 Ti. 4: 7a), el tipo de cháchara que fue denunciado anteriormente (véase comentario sobre 1 Ti. 1:3–7; 4: 7a; 6:3–10). Es evidente que durante el período que había transcurrido entre la escritura de las dos epístolas a Timoteo las condiciones religiosas en la región de Éfeso no habían mejorado. Los líderes y futuros líderes tenían que ser advertidos a fin de que no se descarriaran por los senderos laterales de los debates.

   [15]. El ejemplo personal de Timoteo debe servir como un arma poderosa contra el error: Haz todo lo posible por presentarte a Dios aprobado. Timoteo debe esforzarse en todas las formas posibles a fin de conducirse él mismo de tal modo que aún ahora, ante el tribunal del juicio de Dios, él sea aprobado, esto es, como uno que, después de un examen completo de parte de nada menos que el Juez Supremo, tenga la satisfacción de saber que éste se ha agradado de él y lo elogia (nótese los sinónimos en Ro. 14:18 y 2 Co. 10:18). Ahora bien, este feliz resultado se alcanzará si Timoteo es hallado:

▬ a. obrero que no tiene de qué avergonzarse, ▬ y, en consecuencia:

▬ b. que usa correctamente la palabra de verdad.

   Entonces, Timoteo debe ser un obrero, no un parlanchín. Además, su obra debe ser de tal naturaleza que no le produzca vergüenza ni le cause temor de verse avergonzado cuando oiga el veredicto divino al respecto.

   Por cierto, esto significa que él es el tipo de líder que está preocupado de “usar correctamente la palabra de verdad”. Esta palabra de verdad es “el testimonio acerca de nuestro Señor” (2 Ti. 1:8), el “evangelio” (la misma referencia y véase Ef. 1:13), “la palabra de Dios” (2 Ti. 2:9). Es la verdad redentora de Dios. El modificativo “de verdad” enfatiza el contraste entre la inconmovible revelación especial de Dios, por una parte, y las charlas sin valor de los seguidores del error, por la otra.

   La expresión “usar correctamente” ha causado mucha controversia. Es cierto que el significado del elemento básico principal del verbo compuesto del que se toma este participio presente masculino (ὀρθοτομοῦντα) es primariamente “cortar”. Sin embargo, el punto de vista que el verbo compuesto retiene el sentido literal o casi literal de “dividir” es discutible. En un verbo compuesto el sentido enfático puede desplazarse hacia el prefijo, al punto que en el proceso semántico se pierde el sentido literal de la base. Así cortar derecho empieza a significar usar derecho, usar recto. No es extraño que, por una transición sencilla de la esfera física a la moral, una noción tal como “cortar un camino o un sendero derecho” haya llegado en el curso del tiempo al uso exclusivamente moral de la expresión. Así Pr. 11:5 nos enseña que “la justicia del perfecto corta derecho su camino”, lo que significa “conservar derecho su camino”, lo hace hacer lo que es recto (cf. Pr. 3:6). Así es comprensible que aquí en 2 Ti. 2:15 el sentido sea “usar correctamente”.

    No es extraño que la base (“cortar”) pierda su sentido original literal cuando se le añade un prefijo (“recto”). Aun sin ningún afijo la palabra “cortar” se usa frecuentemente en un sentido no literal. Así el griego habla de “cortar (hacer) un juramento”, “cortar (diluir) un líquido”, “cortar (trabajar) una mina”, etc. También usa la expresión “cortar corto” (conducir a una crisis), y “cortar las ondas”, tal como lo usamos en el lenguaje moderno. Compárese con nuestras expresiones “cortar camino”, “cortar cartas”, etc.

    Volviendo al verbo compuesto, yo enfatizaría que el contexto confirma el sentido que casi todas las autoridades le atribuyen. A la luz de los vv. 14 y 16, la idea que Pablo desea dar es claramente ésta: “usa rectamente la palabra de verdad en vez de librar batallas verbales completamente inútiles que confunden a los oyentes, en vez de prestar atención a charlas profanas y vanas”.

   El hombre que usa correctamente la palabra de verdad, no la cambia, no la pervierte, no la mutila ni la distorsiona, ni hace uso de ella con un propósito malo en el pensamiento. Por el contrario, interpreta las Escrituras en oración y a la luz de las Escrituras. Aplica su sentido glorioso, en forma valiente y con amor, a situaciones y circunstancias concretas, haciéndolo para la gloria de Dios, la conversión de los pecadores y la edificación de los creyentes.

   [16–18]. El uso correcto de la palabra de verdad implica el rechazo de lo que esté en conflicto con su contenido y su significado. Entonces Pablo continúa: Pero charlas profanas, apártate de ellas, porque los que gustan de ellas avanzarán en una creciente impiedad. Y la palabra de ellos devorará como una gangrena.

    Estas charlas profanas han sido tratadas anteriormente (véase comentario sobre 1 Ti. 1:4; 4: 7a; 6:4, 20). La palabra se refiere a las disputas impías e inútiles sobre historias genealógicas ficticias (“mitos de viejas”) y debates quisquillosos sobre sutilezas de la ley de Moisés. El v. 18 parece indicar que los hombres que estaban afectados por esta enfermedad sometían las enseñanzas de Pablo al mismo abuso. Comenzaron a “interpretarlas” a fin de dejarlas en el olvido, tal como está ocurriendo en nuestro propio tiempo y época.

   Aquí, como en 1 Ti. 6:20, Pablo usa el plural, de modo que uno puede traducir “chácharas vanas”. Cuando Timoteo los encuentra, debe apartarse de ellos, volverse con el fin de evitarlos. Comprometerse en un debate con los seguidores del error hará que ellos sean peores, porque ellos (no las charlas sino los charlatanes, como lo demuestra el resto de la oración) progresarán. ¿Pretenden estos pseudomaestros estar avanzando, estar haciendo progreso? “Cierto”, dice Pablo. “Ellos avanzarán … hacia más impiedad”. ¡Extraña forma de avanzar! Ellos avanzarán derecho hacia adelante con firmeza, quitando todo obstáculo, avanzando hacia su meta: un aumento de la impiedad. Pablo sabía usar la ironía en forma efectiva.

   Y la palabra o la charla de ellos devorará. “Tendrá pastos”, así como el ganado “tiene pastos”, comiendo en toda dirección. Las disputas necias de los charlatanes parecerán una gangrena o tumor maligno. El cáncer no solamente come los tejidos sanos, sino que agrava la condición del paciente. En forma similar, la herejía que recibe publicidad, cuando se le presta demasiada atención, se desarrollará tanto en extensión como en intensidad. Al afectar en forma adversa a una proporción creciente de la membresía, tenderá a destruir el organismo de la iglesia.

   Ahora se mencionan por nombre los caudillos: Entre ellos (literalmente, “entre quienes”) están Himeneo y Fileto, el tipo de personas que se han alejado de la verdad, diciendo que (la) resurrección ya ha ocurrido, y perturban la fe de algunos.

   El Peligroso Error de Himeneo y Fileto. Los hechos al respecto pueden resumirse de la siguiente manera:

   (1) Eran maestros de la herejía en el distrito de Éfeso.

   (2) El líder era posiblemente Himeneo. Por lo menos, en los dos pasajes en que aparece su nombre, se le menciona en primer lugar. En 1 Ti. 1:19, 20 (véase comentario sobre ese pasaje) Pablo lo asocia con Alejandro; aquí en 2 Ti. 2:16–18, con Fileto. No sabemos por qué no se menciona a Alejandro con Himeneo. ¿Se había ido a otro lugar? ¿Había muerto? ¿Se había arrepentido? En cuanto a Fileto (que significa “amado”) nada se sabe salvo lo dicho aquí.

   (3) Himeneo y Fileto eran el tipo de persona (οἵτινες) que se había extraviado (véase comentario sobre 1 Ti. 1:6; 6:21) de la verdad, esto es, de la verdadera doctrina de la salvación en Cristo. Es inmediatamente evidente que Pablo no está discutiendo una diferencia sin importancia acerca de opiniones entre personas que básicamente piensan igual. Por el contrario, se refiere a un error capital.

   (4) El error de ellos consistía en esto, que decían: “La resurrección ya ha ocurrido”. En esto se parecían a los modernistas del tiempo presente, que, aunque no quieren ser sorprendidos diciendo “no hay resurrección”, alegorizan el concepto. Ahora debe reconocerse que Pablo también creía en una resurrección espiritual, el acto de Dios por el cual imparte nueva vida a quienes están muertos en delitos y pecados (Ro. 6:3, 4; Ef. 2:6; Fil. 3:11; Col. 2:12; 3:1; y cf. Lc. 15:24). Pero el apóstol también enseñaba en forma bastante definida la resurrección del cuerpo (1 Co. 15; Fil. 3:21), tal como Jesús lo había hecho (Jn. 5:28). En conformidad con la enseñanza de Pablo, la negación de la resurrección corporal implica el rechazo completo de la fe, porque “si no hay resurrección de los muertos, entonces Cristo no ha resucitado, entonces nuestra predicación es vana, vuestra fe es vana … todavía estáis en vuestros pecados” (1 Co. 15:13, 14, 17).

   (5) Lo que hacía peor las cosas era que Himeneo y Fileto profesaban ser cristianos. El contexto (véase v. 19b) parece indicar que ellos estaban entre los que “invocan el nombre del Señor”. Hasta su excomunión (acerca de la cual cf. 1 Ti. 1:20) ellos habían sido miembros de la iglesia.

    En realidad, estos falsos profetas pretendían ser “expertos” en todas las cosas tocante a la religión. Anhelaban ser maestros de la ley, aun cuando “no entendían las palabras que estaban hablando ni los temas que tocaban con tanta confianza” (1 Ti. 1:7). Pervertían la ley y la enseñanza de Pablo.

   (6) La negación de ellos (por implicación al menos) de la resurrección corporal provenía probablemente de un dualismo pagano, según el cual todo lo que es espiritual es bueno, y lo que es material es malo. El modo de razonar de ellos bien podría haber sido: “puesto que la materia es mala, nuestros cuerpos son malos. Por lo tanto, no resucitarán”. El mismo error básico llevaría a otras deducciones erróneas (véase comentario sobre 1 Ti. 4:3).

   (7) En vista de la convicción de ellos acerca de que en su propio caso “la resurrección”—la única que reconocían, a saber, la del pecado a la santidad, del error al conocimiento—ya había ocurrido, ¿por qué habrían de preocuparse más acerca del pecado? Eran justos ante sus propios ojos y estaban enorgullecidos (“hinchados”). Por eso la ley de Dios no los quebrantó. La usaban como instrumento para adquirir más fama como maestros, como ya se ha explicado (véase comentario sobre 1 Ti. 1:9).

   (8) Esta indiferencia al pecado traía como resultado el “avance” de la impiedad hacia “una mayor impiedad” (véase el contexto, v. 16; y cf. v. 19b, “injusticia”).

   (9) Por ejemplo, ellos llegaban al punto de blasfemar—se mofaban de—el verdadero evangelio (1 Ti. 1:20).

   (10) Su falsa enseñanza (“gnosticismo incipiente”) era contagiosa. “Perturban la fe de algunos”. Ellos “volcaban” (véase C.N.T. sobre Jn. 2:15) las convicciones religiosas de estos miembros de las iglesias. Quizás todavía no eran muchos los que habían sido infectados con esta terrible herejía (nótese: “de algunos”), pero esto era solo el principio. Como un tumor maligno corre la carne sana, así esta enseñanza perversa carcomía la “fe” cristiana.

Amén, para la honra y gloria de Dios.

 


Hno Roberto Saldías Roa

Miembro de la IEP en Nacimiento Bajo, nació en el evangelio del Señor en la Iglesia de Laja 1975. Casado con María Nahuelmán, estudia teología de manera autodidacta. Me gusta mucho leer y escribir.