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Semana del 5 al 11 de agosto de 2019: “El doble significado de la Iglesia”. (Parte I)

Semana del 5 al 11 de agosto de 2019: “El doble significado de la Iglesia”. (Parte I)

Lectura Bíblica: Efesios 2:13 al 16. Pero ahora en Cristo Jesús, vosotros que en otro tiempo estabais lejos, habéis sido hechos cercanos por la sangre de Cristo. Porque él es nuestra paz, que de ambos pueblos hizo uno, derribando la pared intermedia de separación, aboliendo en su carne las enemistades, la ley de los mandamientos expresados en ordenanzas, para crear en sí mismo de los dos un solo y nuevo hombre, haciendo la paz, y mediante la cruz reconciliar con Dios a ambos en un solo cuerpo, matando en ella las enemistades.  

   Comentario del contexto bíblico: 13. Al emerger de esta obscuridad y desesperación del paganismo, los efesios habían entrado directamente en la radiante y arrebatadora luz del cristianismo. El gran cambio se describe con las siguientes palabras, Pero ahora en Cristo Jesús, vosotros que en otro tiempo estabais lejos, habéis sido acercados por la sangre de Cristo. Las palabras “pero ahora” indican un agudo contraste con “en otro tiempo” (v. 11) y “en aquel tiempo” (v. 12). Antes “lejos”, ahora, “cercanos”. Estas expresiones tienen sus antecedentes en el Antiguo Testamento. En la antigua dispensación Jehová, en cierto sentido, tenía su morada en el templo. Este templo estaba en Jerusalén. Israel, por tanto, estaba “cerca”. Por otro lado, los gentiles estaban “lejos”. Esto era una realidad no sólo en lo literal, sino aún más en lo espiritual: carecían generalmente del verdadero conocimiento de Dios. Sin embargo, todo esto iba a cambiar. Isaías escribe con palabras cuyo reflejo se percibe en Ef. 2:17: “produciré fruto de labios: Paz, paz al que está lejos y al cercano … y lo sanaré” (Is. 57:19). La prueba de que esta fraseología se traslada al Nuevo Testamento se ve claramente en Hch. 2:39 “para vosotros es la promesa y para vuestros hijos, y para todos los que están lejos”. Era evidente que una persona podía estar “cercano” y a la vez “lejos”. Se podía hallar “cercano” en el sentido meramente externo, a saber, como participante de los privilegios de la economía del Antiguo Testamento, o simplemente, por ser judío. Su corazón podía, sin embargo, estar “muy lejos de Dios”. Tomado en el sentido externo, entonces, los que se hallan “lejos” son los gentiles, los “cercanos” son los judíos (como en el v. 17). Por medio de la fe en Cristo todos aquellos a quienes se les predica el evangelio tienen la oportunidad de acercarse. En sentido espiritual, no obstante, los “cercanos” son los creyentes auténticos, o como diríamos hoy día: cristianos. La expresión “cercanos por la sangre de Cristo”, aquí en 2:13, ha de significar espiritualmente cerca. Además, para ser justos con todo el contexto, la idea “antes lejanos, pero ahora cercanos” debe ser explicada a la luz del v. 12 tomado en toda su extensión. El significado resultante es el siguiente: antes separados de Cristo; ahora “en Cristo Jesús” salvados por gracia mediante la fe (v. 8); antes extrañados de la ciudadanía de Israel, ahora “conciudadanos con los santos y miembros de la familia de Dios” (v. 19); antes extranjeros a los pactos de la promesa, ahora miembros del pacto (Gá. 3:29); antes sin Dios, ahora en paz con él (v. 17) y en posesión del privilegio del bendito acceso (vv. 16 18).

   Con esta explicación se hace justicia al contexto que muestra que los términos “lejano” y “cercano” deben ser construidos tanto en forma perpendicular como horizontal. En cuanto al primero—la relación Dios-hombre—los efesios estuvieron tan alienados de Dios en su vida anterior que la distancia separadora se podía medir solamente por la grandeza del sacrificio de Cristo que era lo requerido para acercarlos. Pero por la fe fueron atraídos hacia el corazón de Dios. Tocante a lo segundo, la desaparición de la distancia perpendicular terminó también con la separación horizontal, pues en la cruz judíos y gentiles fueron reconciliados con Dios y se abrazaron el uno al otro. “Por la sangre de Cristo” (véase la explicación en 1:7) el pecado, poderoso separador, fue vencido. Con referencia a esta reconciliación horizontal llevada a cabo por el Cristo crucificado, el apóstol prosigue: 14. Porque él mismo es nuestra paz, que hizo de ambos uno y ha derribado la barrera formada por el muro divisorio, la hostilidad. La posición delantera del pronombre que se refiere a Cristo muestra que la traducción correcta es “él mismo”, o “él solo”. Solamente él es nuestra paz, vale decir, lo que ninguna otra cosa—sea esto la ley con sus ordenanzas, méritos humanos, obras de la ley en todo sentido, sacrificios, etc.—pudo hacer, él, solamente él en su propia persona, lo hizo, porque él es la encarnación misma de la paz. En su calidad de Príncipe de paz (Is. 9:6) él, mediante su sacrificio voluntario, hizo la paz una realidad (cf. Jn. 14:27; 16:33; 20:19, 20): reconciliación entre Dios y el hombre, y, por tanto, entre gentiles y judíos. En cuanto a estos grupos, hizo de ambos uno, fundiéndolos en una unidad orgánica, a saber, la iglesia. El que la referencia sea a la reconciliación entre gentiles y judíos es evidente por cuanto son los dos grupos mencionados en el contexto inmediato (vv. 11, 12).

   Entre gentiles y judíos existió por largo tiempo un obstáculo formidable, una barrera de odio. Se la llama barrera “de” o formada “por” el muro divisorio o “cerca”, que es referencia figurativa a la ley considerada como causa de separación y enemistad entre judíos y gentiles.

   Véase sobre el v. 15. Cuando Pablo habla acerca de esta barrera de hostilidad, bien podría también ser una alusión a la barricada que en Jerusalén separaba a la corte de los gentiles del templo mismo y sobre la cual había una inscripción de amenaza de muerte para cualquier gentil que se atreviera a pasar: “Ningún extranjero puede pasar esta barricada que rodea el santuario y su contenido. Cualquiera que fuere sorprendido haciéndolo será responsable único de su muerte consecuente”.

   Pero esta alusión a la barricada literal, si es que la hubiese, sería sólo a modo de ilustración. A lo que se refería realmente era a algo mucho más serio y temible, a saber, una hostilidad inveterada entre ambos grupos. Humanamente hablando, tal muro de odio y desprecio que dividía a judíos y gentiles se había fortalecido a través de siglos de mutuo menosprecio y enlodamiento. Unos pocos años más y aquella hostilidad reprimida por generaciones se inflamaría en llama viva, dando lugar a una de las más crueles y enconadas guerras. Su resultado sería la destrucción de Jerusalén, 70 d.C. Para los judíos los gentiles eran “perros”. Se usaban muchas otras expresiones insultantes. A los no judíos se les consideraban “inmundos”, personas con las cuales no debía tenerse relación alguna salvo las absolutamente necesarias.

   Para muchos prominentes judíos y rabíes aun los prosélitos eran dignos de desprecio. La asociación cercana con gentiles significaba “contaminación” (Jn. 18:28). Por cierto, que el templo tenía su “patio de los gentiles”, pero aún este espacio era en ciertas ocasiones ocupado por comerciantes judíos y cambistas con bueyes, ovejas, y palomas, en lugar de ser reservado para usos sagrados. Como resultado nunca llegó a ser una contribución para hacer del templo “una casa de oración” (Lc. 19:46) “para todos los pueblos” (Is. 56:7). Y por supuesto, los gentiles trataban igualmente a los judíos. A los judíos los consideraban “enemigos de la raza humana”, persona “llenas de ánimo hostil hacia todo el mundo”. Bien podemos imaginar cuál debe haber sido el desdeñoso gesto y tono de desprecio usado por Pilato al decir, “¿Soy yo acaso judío”! (Jn. 18:25). A través de los siglos podemos aún oír a los dueños de la joven esclava filipense denunciar a los judíos como alborotadores (¡Pablo y Silas!) con las siguientes palabras de desprecio, “Estos hombres, siendo judíos, están turbando nuestra ciudad” (Hch. 16:20). Cf. Hch. 18:2.

   No obstante, ¡maravilla de las maravillas! Cristo Jesús, el autor de la paz, derribó esta barrera de hostilidad. Creyentes tanto de origen judío como creyentes de origen gentil se hallaban morando juntos y en unidad en medio de un mundo lleno de amargura y confusión. ¿Cómo fue que se realizó esto? Cristo derribó la barrera formada por el muro divisorio, la hostilidad, 15. Aboliendo en su carne la ley de mandamientos con sus exigencias. Esta ley era, en el sentido aquí mencionado, el muro divisorio que había de ser abolido si se deseaba establecer la paz entre judíos y gentiles. Ahora bien, “en su carne”, vale decir, en su cuerpo clavado en la cruz donde derramó su sangre (véanse vv. 13 y 16; cf. Col. 1:20; 2:14; cf. Heb. 10:20), Cristo abolió la ley. Por supuesto que no significa que haya terminado con la ley como principio moral incrustado en la consciencia de todo hombre (Ro. 1:21; 2:14, 15), formalizado en el Decálogo (Ex. 20:1–17; Dt. 5:6–21) resumido en la ley de amor hacia Dios y hacia el prójimo (Mt. 22:34–40; Mr. 12:28–34; Lc. 10:25–28; Ro. 13:8–10; Gá. 5:14), y que culminó en “el nuevo mandamiento” (Jn. 13:34, 35). Es por la gracia de Dios y por medio del Espíritu que mora en los santos, que en principio el creyente obedece la ley en gratitud por la salvación recibida. Se deleita en ella (Ro. 7:22). También, siendo que en esta vida la obediencia es sólo en principio, nunca perfecta, el creyente se regocija en el hecho de que Cristo, por medio de su obediencia activa y pasiva, ha satisfecho plenamente las demandas de esta ley y cargado con su maldición. Pero en tanto que, según muchos, el apóstol aquí en el v. 15 se está refiriendo a la satisfacción hecha por Cristo, opinión que acepto como correcta, concuerdo también con Grosheide (op. cit., p. 45) en que Pablo piensa aquí especialmente en la ley ceremonial. La fraseología misma “la ley de los mandamientos con sus exigencias” señala en esa dirección. Lo mismo, y en forma muy clara, lo hace el pasaje paralelo, Col. 2:14 (a la luz de Col. 2:11, 16, 17). La referencia es entonces a las muchas reglas y regulaciones del código mosaico, estipulaciones tocantes a asuntos tales como fiestas, alimentos, ofrendas, circuncisión, etc. El gran error cometido por los judíos fue que habían cambiado el énfasis de la ley de lo moral a lo ceremonial, y en cuanto a lo último, habían “invalidado la ley de Dios por su tradición”, habiendo agregado innumerables reglamentos y regulaciones de su propia invención (cf. Mt. 15:3, 6). Desde el retorno del exilio la religión judía había llegado a ser extremadamente formalista. Se enfatizaba la obediencia a los reglamentos tradicionales. Ahora bien, fue este mismo énfasis en estipulaciones ceremoniales, aun las contenidas en la ley de Moisés, el que constituyó el muro divisorio entre judíos y gentiles. Por ejemplo, el gentil no comprendía por qué tenía que ser circuncidado para poder ser salvo. El pasaje (v. 15) enseña que Cristo, por medio de sus sufrimientos y muerte, puso fin a la ley de ceremonias e hizo cesar su poder esclavizador. Tales regulaciones ceremoniales habían ya cumplido su propósito. Durante toda su vida en la tierra, especialmente en el Calvario, Cristo cumplió todas estas sombras para que en sí mismo pudiera crear de los dos un nuevo hombre, (así) haciendo la paz. Siendo que Cristo es a la vez “la simiente de la mujer”, y “la simiente de Abraham” no es de sorprenderse que en él tanto el judío como el gentil se encuentren a fin de constituir “un nuevo hombre”, una nueva humanidad (cf. 4:24; Col. 3:10, 11). ¡En él ambos fueron hechos una nueva “creación”! (cf. v. 10). Cuando el cristiano podía decir al gentil y al judío “Cree en el Señor Jesucristo y serás salvo tu y tu casa” (Hch. 16:31), queriendo decir, que no se requería de él nada menos que esto, pero también, nada más, el muro divisorio, que por tanto tiempo había constituido una barrera de hostilidad entre judíos y gentiles, se desmoronó haciéndose pedazos. Fue en esta forma que Cristo mediante su expiación hizo la paz, la misma paz a que se refiere en el v. 14. Como explicación posterior del propósito del sacrificio de Cristo por el cual abolió en sí mismo la ley de mandamientos en ordenanzas, el apóstol añade: 16. y pudiera reconciliar con Dios a ambos en un cuerpo por medio de la cruz, habiendo matado la hostilidad por medio de ella. Lo que Pablo describe en el presente versículo es no sólo la reconciliación entre judíos y gentiles sino también la reconciliación básica, Entre:

   (a). los dos grupos, vistos ahora como un cuerpo, la iglesia (como en 1:22, 23; 3:6; 4:4ss; 5:23, 30), y

   (b). Dios. En realidad, donde el énfasis recae en la primera parte del versículo, es en la reconciliación básica. El significado es que la muerte expiatoria de Cristo ha cumplido su propósito: la correcta relación entre los efesios y su Dios había sido establecida.

   Fue mediante la gracia que aquellos extrañados de Dios, habiendo oído y aceptado el evangelio, se habían apartado de su malvada alienación de Dios y entrado en los frutos de la perfecta expiación de Cristo. El milagro se había realizado “por la cruz”, la misma cruz que para los judíos fue piedra de tropiezo y para los gentiles locura (1 Co. 1:23). La maldición fue quitada por medio de la muerte de Cristo en la cruz, y, habiendo sido quitada, fue apartada de los corazones y las vidas de todos los creyentes (Gá. 3:13). El milagro del Calvario, no obstante, fue aún más sorprendente, puesto que, mediante el extraño instrumento de la cruz, el Sufriente no solamente reconcilió con Dios a judíos y gentiles, sino que también mató aquella firme y arraigada antipatía que había existido por tanto tiempo entre ambos grupos.

   La lección básica es válida para todos los tiempos. La razón por la cual hay tanta contienda en este mundo, entre individuos, familias, grupos sociales o políticos, sean estos pequeños o grandes, es debido a que las partes contendientes, sea por error de uno o de ambos, no se han encontrado el uno al otro al pie del Calvario. Si los pecadores se han reconciliado con Dios mediante la cruz, entonces pueden verdaderamente reconciliarse entre sí.    Esto nos hace ver cuán importante es predicar el evangelio a toda persona, y rogarles (!) en nombre de Cristo reconciliarse con Dios (2 Co. 5:20). Para un mundo destrozado por la confusión y la fricción, el evangelio es la única respuesta.

El doble significado de Iglesia

   El Nuevo Testamento usa la palabra griega Ekleesia (Iglesia) en dos formas o modos:

(1). La Iglesia Universal, un Cuerpo Espiritual, compuesto de los creyentes de todos los siglos y tiempos, que son unidos a Dios por la fe en el Señor Jesucristo, Ef. 1:2; 3:21; He. 12:23.

(2). La Iglesia Local, un Cuerpo Visible de creyentes unidos a Dios por la fe en el Señor Jesucristo. Hay tres aplicaciones especiales de esta forma:

   1.Una pequeña compañía en una casa, Ro. 16:5; Flm. 2.

   2. Una congregación cristiana en una aldea o ciudad; 1Co.1:2; lTs.1:1.

   3. Un grupo de Iglesias en un país o nación, Ga.1:2.

NOTA N° 1.- Podemos agregar, además, dos variantes modernas en el uso de la palabra Iglesia, a saber: (a) las ramas o divisiones del cristianismo, como ser, la Iglesia Griega, la Iglesia Romana, la Iglesia Protestante, etc.; (b) el edificio en el cual los miembros celebran sus reuniones y adoran a Dios.

NOTA N° 2.- Se encuentra la palabra Iglesia dos veces en los Evangelios, en Mateo, y ambas en tiempo futuro. En el capítulo 16:18 Cristo se refiere a la Iglesia universal, espiritual e invisible, y en el capítulo 18:17 se refiere a la Iglesia local y visible. Como organismo espiritual, podemos considerar a la Iglesia bajo dos aspectos, a saber: en cuanto a tiempo, en Mt. 16:18; y en cuanto a eternidad, en Ef. 3:9~ll. Cuando se habla de la Iglesia cristiana de alguna ciudad o pueblo, la palabra Ekkleesia es usada en número singular, cuando se habla de la Iglesia de algún país o nación, se usa en plural, Hch. 13:1; Gá. :2.

III. La Iglesia local

Desde ahora limitaremos nuestra atención a la Iglesia Local, o Visible, y es necesario y deseable que tengamos una definición clara y precisa de lo que es una Iglesia según el Nuevo Testamento. Daremos tres:

  1. La Iglesia Local es un «cuerpo o grupo de personas que profesan creer en Cristo, que han sido bautizadas después de confesar su fe en Él, y que están asociadas para fines de adoración, obra y disciplina» (H. G. Weston).
  2. La Iglesia Local, o Individual, es un grupo de creyentes que se han juntado voluntariamente y de acuerdo con las leyes de Cristo, con el fin de mantener la adoración y observar las ordenanzas» (F. W. Farr).

III. Una Iglesia es un grupo de creyentes llamados del mundo, juntados voluntariamente y reuniéndose periódicamente, entre los cuales se predica la palabra de Dios, se administra la disciplina y se observan las ordenanzas.

NOTA. – Hay personas que agregarían a esta última definición las dos ideas de la regeneración y el bautismo, lo que estaría completamente de acuerdo con las enseñanzas del Nuevo Testamento sobre el particular.

EXPLICACIÓN Y BASE BÍBLICA

  1. La naturaleza de la iglesia 1. Definición: la iglesia es la comunidad de todos los verdaderos creyentes de todos los tiempos. Esta definición entiende a la iglesia constituida por todos los que son verdaderamente salvados. Pablo dice: «Cristo amó a la iglesia y se entregó por ella» (Ef 5:25).

   Aquí el término «la iglesia» se usa para aplicarlo a todos aquellos por quienes Cristo murió para redimirlos, todos los que son salvados por la muerte de Cristo. ¿Pero eso debe incluir a todos los creyentes de todos los tiempos, tanto de la edad del Nuevo Testamento como de la edad del Antiguo Testamento por igual? Tan grande es el plan de Dios para la iglesia que ha exaltado a Cristo a una posición de la mayor autoridad por amor a la ella: «Dios sometió todas las cosas al dominio de Cristo, y lo dio como cabeza de todo a la iglesia. Ésta, que es su cuerpo, es la plenitud de aquel que lo llena todo por completo» (Ef 1:22-23).

   Jesucristo mismo edifica a la iglesia llamando a las personas a sí mismo. El prometió: «edificaré mi iglesia» (Mt 16:18). Y Lucas con todo cuidado nos dice que el crecimiento de la iglesia no vino solo por esfuerzo humano, sino que «el Señor añadía al grupo los que iban siendo salvos›› (Hch 2:27). Pero este proceso por el que Cristo edifica la iglesia es simplemente una continuación del patrón establecido por Dios en el Antiguo Testamento por el cual él llamó a las personas a sí mismo para que sean una asamblea que adora delante de él. Hay varias indicaciones en el Antiguo Testamento de que Dios pensaba de su pueblo como una «iglesia››, un pueblo reunido con el propósito de adorar a Dios. Cuando Moisés le dice al pueblo que el Señor le dijo: «Convoca al pueblo para que se presente ante mí y oiga mis palabras, para que aprenda a temerme todo el tiempo que viva en la tierra…›› (Dt 4:10), la Septuaginta traduce la palabra para «convocar›› (heb. cajal) con el término griego ekklesiazo, «reunir una asamblea», verbo que es cognado del sustantivo del Nuevo Testamento ekklesia, «iglesia».

   No es sorprendente, entonces, que los autores del Nuevo Testamento puedan hablar del pueblo de Israel en el Antiguo Testamento como una «iglesia›› (ekklesia). Por ejemplo, Esteban habla del pueblo de Israel en el desierto como «la iglesia (ekklesia) en el desierto» (Hch 7:38, traducción del autor). Y el autor de Hebreos cita a Cristo diciendo que él cantará alabanzas a Dios en medio de gran asamblea del pueblo de Dios en el cielo: «En medio de la iglesia (ekklesía) te entonaré alabanzas» (Heb 2:12, traducción del autor, citando Salmos 22:22).

   Por consiguiente, el autor de Hebreos entiende que los creyentes del presente día que constituyen la iglesia en la tierra están rodeados de una gran «nube de testigos» (Heb. 12:1) que se remonta a las más tempranas eras del Antiguo Testamento e incluye a Abel, Enoc, Noé, Abraham, Sara, Gedeón, Barac, Sansón, Jefté, David, Samuel y los profetas (Heb 11:4-32). Todos estos «testigos›› rodean al pueblo de Dios del día presente, y parece apropiado que se debe pensar que ellos, junto con el pueblo de Dios del Nuevo Testamento, son la gran «asamblea» espiritual o «iglesia›› de Dios.3 Es más, más adelante en el capítulo 12 el autor de Hebreos dice que, cuando los creyentes del Nuevo Testamento adoramos, venimos a la presencia de «la asamblea (lit. «iglesia››, gr., ekklesía) de los primogénitos inscritos en el cielo». Este énfasis no es sorprendente a la luz del hecho de que los autores del Nuevo Testamento ven a los creyentes judíos y a los creyentes gentiles por igual unidos en la iglesia. juntos han sido hechos «uno›› (Ef 2:14), son «un nuevo hombre» (v. 15) y «conciudadanos›› (V. 19), y «miembros de la familia de Dios» (v. 19). Por consiguiente, aunque hay ciertamente nuevos privilegios y nuevas bendiciones que se dan al pueblo de Dios en el Nuevo Testamento, tanto el uso del término «iglesia» en las Escrituras como el hecho de que en toda la Biblia Dios siempre ha llamado a su pueblo a reunirse para adorarle, indican que es apropiado pensar que la iglesia la constituyen todas las personas de Dios de todo tiempo, tanto creyentes del Antiguo Testamento como creyentes del Nuevo Testamento

  1. La iglesia es invisible, y sin embargo visible. En su verdadera realidad espiritual como comunión de todos los creyentes genuinos, la iglesia es invisible. Esto se debe a que no podemos ver la condición espiritual del corazón de las personas. Podemos ver a los que asisten externamente al templo, y podemos ver evidencias externas de cambio espiritual interno, pero no podemos en realidad ver el corazón de las personas y su situación espiritual; solo Dios puede ver eso. Por eso Pablo dice: «El Señor conoce a los suyos» (2 Ti 2:19). Incluso en nuestras propias iglesias y nuestros barrios, solo Dios sabe con certeza y sin error quiénes son verdaderos creyentes. Hablando de la iglesia como invisible el autor de hebreos menciona la «asamblea›› (lit., «iglesia») de los primogénitos inscritos en el cielo» (Heb 12:23), y dice que los creyentes del día presente se unen con esa asamblea en la adoración.

   Podemos dar la siguiente definición: la iglesia invisible es la iglesia como Dios la ve. Tanto Martín Lutero como juan Calvino rápidamente afirmaron este aspecto invisible de la iglesia en contra de la enseñanza católica romana de que la iglesia es la única organización visible que había descendido de los apóstoles en una línea de sucesión ininterrumpida (mediante los obispos de la iglesia). La Iglesia Católica Romana había argumentado que solo en la organización visible de la Iglesia Católica Romana se podía hallar a la sola iglesia verdadera, la única iglesia verdadera. Incluso hoy sostiene la Iglesia Católica Romana esa idea. En su «Pastoral Statement for Catholics on Biblical Fundamentalism›› («Declaración pastoral para católicos sobre el fundamentalismo bíblico››) emitido el 25 de marzo de 1987, la (United States) National Conference of Catholic Bishops Ad Hoc Committee on Biblical Fundamentalism (Comité ad-hoc de la Conferencia nacional [de los Estados Unidos] de obispos católicos sobre el fundamentalismo bíblico) criticó al cristianismo evangélico (al que llamó «fundamentalismo bíblico») primordialmente porque sacaba a la gente de la sola iglesia verdadera:

   La característica básica del fundamentalismo bíblico es que elimina del cristianismo a la iglesia según el Señor Jesús la fundó […] No hay mención de la iglesia histórica, autoritativa en continuidad con Pedro y los otros apóstoles […] Un estudio del Nuevo Testamento […] demuestra la importancia de pertenecer a la iglesia que empezó Jesucristo. Cristo escogió a Pedro y a los otros apóstoles como cimientos de su iglesia […] A Pedro y a los demás apóstoles los han sucedido el obispo de Roma y los otros obispos, y […] el rebaño de Cristo todavía tiene, bajo Cristo, un pastor universal.

   En respuesta a esa clase de enseñanza tanto Lutero como Calvino discrepan. Ellos dijeron que la Iglesia Católica Romana tiene la forma externa, la organización, pero es simplemente una concha. Calvino argumentó que, así como Caifás (el sumo sacerdote en el tiempo de Cristo) era descendiente de Aarón, pero no era un verdadero sacerdote, así los obispos católicos romanos habían «descendido›› de los apóstoles en línea de sucesión, pero no eran verdaderos obispos de la iglesia de Cristo. Debido a que se habían apartado de la verdadera predicación del evangelio, su organización visible no era la verdadera iglesia. Calvino dijo: «En consecuencia, el pretexto de la sucesión no se sostiene, a menos que conserven la verdad de Jesucristo al completo, como la recibieron de los padres. […] ¡Éste es el valor de la herencia de los padres a los hijos cuando ya no está la continuidad y la armonía que ponen de manifiesto que los sucesores siguen la misma línea que sus predecesores! ››.

   Por otro lado, la verdadera iglesia de Cristo ciertamente tiene un aspecto visible por igual. Podemos usar la siguiente definición: la iglesia visible es la iglesia según los creyentes la ven en la tierra. En este sentido la iglesia visible incluye a todos los que profesan fe en Cristo y dan evidencia de fe en sus vidas.

   En esta definición no decimos que la iglesia visible es la iglesia como cualquier persona del mundo (tal como un no creyente o alguien que sostiene enseñanzas heréticas) pudiera verla, sino que queremos hablar de la iglesia como la perciben los que son genuinamente creyentes y tienen una comprensión de la diferencia entre creyentes y no creyentes.

   Cuando Pablo escribe sus epístolas se dirige a la iglesia visible en cada comunidad: «A la iglesia de Dios que está en Corinto›› (1 Co 112); «A la iglesia de los tesalonicenses» (1Ts 111); «a […] Filemón […] a la hermana Apia, a Arquipo […] y a la iglesia que se reúne en tu casa» (Flm 1-2). Pablo ciertamente se daba cuenta de que había no creyentes en algunas de esas iglesias, algunos que habían hecho profesión de fe que no era genuina, que parecían ser creyentes pero que a la larga se apartarían. Sin embargo, ni Pablo ni ningún otro podía decir con certeza quiénes eran esas personas. Pablo simplemente escribió a la iglesia entera que se reunía en un lugar dado. En este sentido, podemos decir hoy que la iglesia visible es el grupo de personas que se reúnen cada semana para adorar como iglesia y profesan fe en Cristo.

   La iglesia visible por todo el mundo siempre incluirá algunos no creyentes, y las congregaciones individuales por lo general incluirán algunos no creyentes, porque nosotros no podemos verlos corazones como Dios los ve. Pablo habla de «Himeneo y Fileto, que se han desviado de la verdad» y que «así trastornan la fe de algunos» (2 Ti 2:17-18). Pero él tiene la confianza de que «El Señor conoce a los suyos» (2 Ti 2:19). Pablo dice con tristeza: «Demas, por amor a este mundo, me ha abandonado y se ha ido a Tesalónica» (2 Ti 4:10).

   De modo similar, Pablo advierte a los ancianos de Éfeso que después de su partida «entrarán en medio de ustedes lobos feroces que procurarán acabar con el rebaño. Aun de entre ustedes mismos se levantarán algunos que enseñarán falsedades para arrastrar a los discípulos que los sigan» (Hch 20:29-30). Jesús mismo advirtió: «Cuídense de los falsos profetas. Vienen a ustedes disfrazados de ovejas, pero por dentro son lobos feroces» (Mt 7:15-16). Dándose cuenta de esta distinción entre la iglesia invisible la iglesia visible Agustín dijo de la iglesia visible: «Muchas ovejas están fuera y muchos lobos están dentro››. “

   Cuando reconocemos que hay no creyentes en la iglesia visible, hay el peligro de que podemos llegar a ser demasiado suspicaces. Podemos empezar dudando de la salvación de muchos verdaderos creyentes y por ello produciendo gran confusión en la iglesia. Calvino advirtió contra este peligro diciendo que debemos hacer un «juicio misericordioso›› por el que reconocemos como miembros de la iglesia a todos los que «por confesión de fe, por ejemplo, de la vida, y al participar en los sacramentos, profesan al mismo Dios y a Cristo con nosotros››. No debemos tratar de excluir de la comunión de la iglesia a la gente mientras el pecado público no acarree disciplina sobre sí mismos. Por otro lado, por supuesto, la iglesia no debe tolerar en su membresía «a los no creyentes públicos» que por profesión o vida claramente se proclaman estar fuera de la verdadera iglesia.

1er Título

Pueblo De Israel Elegido Por Dios (Génesis 12:1 al 3. Pero Jehová había dicho a Abram: Vete de tu tierra y de tu parentela, y de la casa de tu padre, a la tierra que te mostraré. Y haré de ti una nación grande, y te bendeciré, y engrandeceré tu nombre, y serás bendición. Bendeciré a los que te bendijeren, y a los que te maldijeren maldeciré; y serán benditas en ti todas las familias de la tierra.).

   Comentario: (1) Dios llama a Abram, 12:1–9. Enfáticamente se afirma que es Dios quien inicia un acto especial en su plan de salvación para la humanidad. En vez de abandonar a la humanidad en su pecado, Dios escoge a un hombre y le hace un llamamiento especial. El llamamiento tiene demandas y promesas.

   Las demandas del llamamiento de Dios a Abram son:

   Primera, Abram debe dejar su tierra. Esta era geográficamente Harán donde temporalmente Abram estaba viviendo con su padre Taré. Original y culturalmente era Ur de los caldeos, civilización avanzada a la cual Abram pertenecía.

   Segunda, Abram debe dejar a su padre. Esto significaba dejar lo más querido y lo que representa seguridad y comodidad. Además, en el sistema patriarcal, implicaba la renuncia de Abram, el primogénito de Taré, a la herencia y al lugar social privilegiado que le correspondía. Según la cronología bíblica Taré vive unos sesenta años más después de la partida de Abram a Canaán.

   Tercera, Abram debía ir a una tierra que en su momento dado Dios le mostraría. Estas eran las condiciones de Dios a Abram: abandono, renuncias, aceptación de lo desconocido.

   Pero en contraste con las demandas de Dios a Abram, están las siguientes promesas de Dios:

   Primera, Dios haría de Abram una gran nación. El plan de nación incluía la posibilidad de descendencia, hasta ahora ausente en Abram. Además, la palabra usada para nación, implica un territorio geográfico y unidad política y étnica. Segunda, Dios iba a bendecir y engrandecer el nombre de Abram en medio de la humanidad de manera que se convirtiera en un hombre de bendición. El deseo de los hombres en Babel era precisamente también el de lograr un nombre, pero con fines que desafiaban a Dios y con motivos egoístas. En vez de ser olvidado al separarse de su parentela y tierra, Abram es engrandecido y beneficiado por Dios. Tercera, Dios por medio de Abram inaugura una nueva relación con todas las familias de la tierra. Las familias serán benditas o malditas de acuerdo a la relación que mantienen con Abram y la nación en promesa, quien es el nuevo instrumento de Dios para bendición de la humanidad.

   Todas estas promesas de prominencia, bienestar, seguridad y prosperidad son dadas personalmente por Dios a Abram. Pero lo central de las promesas era un compromiso misionero universal que se repite varias veces en Génesis (18:18; 22:18; 26:4; 28:14). La voluntad que Dios expresa es redención para todas las naciones. La vida de Abram y de la nación bajo la promesa sería el modelo a imitar para que las naciones reciban las mismas bendiciones.

   El llamado de Dios depende ahora de la respuesta de un hombre que en la evaluación humana no tenía mucho que ofrecer: No tenía esperanza de descendencia, no era uno de los más prominentes social o económicamente, pero acepta el llamado de Dios. Abram parte de Harán, dejando a su padre Taré y tomando a su esposa Saraí, a su sobrino Lot, a las personas a su cargo y sus bienes e inicia el viaje tal como Dios lo indicara. En Hebreos 11:8 se afirma que la respuesta de Abram estaba fundamentada en la fe, entendida ésta como una confianza incondicional en el Dios que llamaba. Abram parte hacia la tierra de Canaán. La tierra de Canaán, conocida más comúnmente como Palestina, había sido el destino original de Taré, cuando salieron de Ur. Este territorio no estaba desocupado. Lo habitaban los cananeos, originalmente descendientes de Cam, posiblemente mezclados y asimilados ya con otros grupos étnicos. Este territorio era muy estratégico porque era el “corredor” que comunicaba los dos grandes centros de la civilización del mundo conocido: Egipto y Mesopotamia. Las principales rutas comerciales cruzaban esta zona. No era un territorio topográficamente uniforme. En parte era montañoso, con desiertos, costas marítimas y valles hacia el río Jordán. El área que geográficamente cubría era: al norte Siria o Aram, al sur el desierto de Arabia, al este el río Jordán y al oeste el mar Mediterráneo. El territorio tenía mucha turbulencia política y militar y era muy disputado entre los imperios más poderosos. En ese tiempo no formaba una unidad política, sino más bien una organización de varias ciudades cada una de la cuales constituía un reino (ciudadreino). Ocasionalmente algunas ciudades formaban ligas unas con otras para defensa y ventaja mutuas. El territorio era controlado levemente por los faraones de Egipto.

   Abram atraviesa la tierra hasta la encina de Moré, cerca de Siquem. Esta era una ciudad cananita y un centro religioso, ubicada entre el monte Gerizim y Ebal en el territorio que luego perteneció a Efraín. Dios revela a Abram que esta es la tierra prometida a su descendencia. En la respuesta de Abram a la revelación de Dios se nota su confianza en Dios y su paciencia. En ese momento Abram no tenía hijos. Y la promesa de tierra no sería para él, sino para su descendencia. El edifica un altar en señal de adoración a Dios y de aceptación de la promesa.

   Religiosamente los cananeos eran politeístas y muy idólatras. Tenían santuarios o altares a sus deidades por todas partes en los que les rendían culto. Las prácticas religiosas eran conocidas como el “culto a la fertilidad” en el cual adoraban a Baal, dios de la fertilidad, y a su contraparte femenina Astarte, por medio de sacrificios de animales y humanos y actos sexuales. En medio de toda esta idolatría y paganismo, Abram pública, visible y exclusivamente adora a Jehovah, el Dios verdadero.

   Inicialmente Abram no se queda en un lugar fijo. Se traslada a una región montañosa entre Betel y Hai. Estas ciudades eran centros cananeos importantes. El nombre Betel fue dado a este lugar por Jacob (28:19) y así fue conocida en tiempos bíblicos. Originalmente se llamaba Luz y estaba situada a unos 18 km. al norte de Jerusalén. Nuevamente Abram adora a Dios en este nuevo lugar. Abram es conocido como el patriarca que edifica altares en los lugares que habita.

   Esto siempre indica que Dios ocupa el centro de su vida y de su peregrinaje. Al invocar el nombre de Jehovah Abram establece que su lealtad única y confianza plena es al Dios que lo llama a un propósito especial. Esta determinación de Abram es muy importante y complementa necesariamente su decisión de obedecer al llamado de Dios. Más tarde estos altares se convierten en importantes centros religiosos o santuarios de adoración.     Finalmente, Abram viaja hacia el sur hasta llegar al Neguev. Este es un extenso desierto en la parte sur de Canaán en forma de triángulo con su base en el norte. Hebrón y Beerseba estaban situadas en la parte superior de esta región.

   En su respuesta a Dios, Abram adopta una vida de peregrinaje, de aceptación y espera a las indicaciones de Dios y de adoración pública, exclusiva y permanente al Dios revelado. Al dejar todo aquello que humanamente ofrecía seguridad, estabilidad y posición social y lanzarse a lo prometido hasta ahora desconocido, Abram se convierte en un modelo de respuesta al llamado de Cristo (Mar. 8:35). Su vida de peregrinación se convierte en el modelo para el creyente en no arraigarse a la seguridad y permanencia que el mundo ofrece, ni a demandar el cumplimiento inmediato de las promesas (2 Ped. 3:4), sino a aceptar con esperanza la oferta más excelente de Dios (Heb. 11:13–16). Lo ejemplar en Abram es que él acepta las promesas de Dios de prosperidad, prominencia, bienestar y bendición en las condiciones y términos de Dios y no de acuerdo a los términos humanos. De aquí en adelante la revelación bíblica presenta los testimonios que demuestran la respuesta continua de Abram en diferentes circunstancias a las promesas de Dios y la gran fidelidad y misericordia de Dios en guardar su promesa.

2°Título

Pueblo Gentil Redimido Por Cristo (Tito 2:13 y 14. aguardando la esperanza bienaventurada y la manifestación gloriosa de nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo, quien se dio a sí mismo por nosotros para redimirnos de toda iniquidad y purificar para sí un pueblo propio, celoso de buenas obras.).

   Comentario: la preparadora efectiva

   Nosotros—ancianos, ancianas, hombres y mujeres jóvenes, esclavos, etc.—debemos vivir una vida cristiana porque por el poder de la gracia de Dios estamos aguardando la esperanza bienaventurada, la aparición de la gloria de nuestro gran Dios y Salvador Cristo Jesús.

   La gracia de Dios nos enseña para que podamos vivir vidas consagradas, mientras estamos aguardando la esperanza bienaventurada. La expresión aguardar o mirar pacientemente adelante modifica al vivir, del cual es una circunstancia presente o explicación adicional. Es “la esperanza bienaventurada” que los creyentes están aguardando. Esta es una metonimia para expresar la realización de aquella esperanza (esto es, la realización de nuestro anhelo más ardiente, expectación confiada y espera paciente).

   Encontramos una metonimia similar en Gá. 5:5; Col. 1:5 (a los que algunos intérpretes sumarían Heb. 6:18).

   Esta esperanza se llama bienaventurada. Imparte bendición, felicidad, placer, gloria. El adjetivo bienaventurado se usa en conexión con Dios en 1 Ti. 1:11; 6:15; véase comentario sobre estos pasajes. Ahora bien, aun la posesión de un espíritu de esperanza y el ejercicio de la esperanza es bienaventurada, por causa de:

(1) el fundamento inmutable de la esperanza (1 Ti. 1:1, 2; luego, Ro. 5:5; 15:4; Fil. 1:20; Heb. 6:19; 1 P. 1:3, 21);

(2) el glorioso autor de la esperanza (Ro. 15:13; cf. 2 Ts. 2:16);

(3) el objeto maravilloso de la esperanza (vida eterna, salvación, gloria: Tit. 1:2; 3:7; luego, 1 Ts. 5:8; luego, Ro. 5:2; Col. 1:27);

(4) los preciosos efectos de la esperanza (paciencia, 1 Ts. 1:3; “franqueza al hablar”, 2 Co. 3:12; y purificación de vida, 1 Jn. 3:3);

(5) y el carácter eterno de la esperanza (1 Co. 13:13).

   ¡Entonces ciertamente la realización de esta esperanza será bendita! Véase Dn. 12:3; Mt. 25:34–40; Ro. 8:20b; 1 Co. 15:51, 52; 1 Ts. 4:13–18; 2 Ts. 1:10; Ap. 14:14–16; 19:6–9. En efecto, la certeza de su realización imparte fuerza a la esperanza, y da como resultado las gracias mencionadas anteriormente en (4).

   Ahora, la realización de la esperanza bienaventurada es “la aparición de la gloria”. Nótese las dos apariciones. Había ocurrido una (véase comentario sobre el v. 11; cf. 2 Ti. 1:10). Habrá otra (véase sobre 2 Ts. 2:8; cf. 1 Ti. 6:14; 2 Ti. 4:1, 8). Será la aparición de … bueno, ¿quién? A través de la historia de la interpretación esa pregunta ha dividido a gramáticos y comentaristas. ¿Esperamos la aparición en gloria de una persona o de dos personas?

   Los que favorecen el punto de vista de una persona, apoyan la traducción:

   “de nuestro gran Dios y Salvador Cristo Jesús” (otro texto tiene “Jesucristo”, pero eso no tiene importancia en relación con el punto en discusión). Ahora bien, si ese punto de vista es el correcto, quienes aceptan la infalibilidad de las Escrituras tienen en este pasaje un texto de prueba adicional para la deidad de Cristo; y aun los que no aceptan la infalibilidad de la Escritura, pero aceptan la traducción en cuanto a una persona, deben admitir que el autor de las pastorales por lo menos (aunque ellos crean que erróneamente) sostenía que Jesús era uno en esencia con Dios el Padre. La traducción unipersonal la favorecen RV60, V.M. y la generalidad de las versiones castellanas, protestantes o católicas, y varios comentaristas: Van Oosterzee, Bouma, Lenski, Gealy, Simpson, etc. El gran gramático del Nuevo Testamento A. T. Robertson hace una poderosa defensa de este punto de vista desde el lado gramatical, basando sus argumentos en la regla de Granville Sharp.

   Entre otros, Juan Calvino no quería elegir entre la traducción unipersonal y la bipersonal. Sin embargo, enfatizaba que, en cualquiera de los dos casos, el propósito del pasaje es afirmar que cuando Cristo se manifieste, se revelará en él la grandeza de la gloria divina (cf. Lc. 9:26); y que, en consecuencia, el pasaje de ninguna manera apoya a los arrianos en su intención de demostrar que el Hijo es menos divino que el Padre.

   La teoría bipersonal la representa con pequeñas variantes diversas versiones inglesas: Wyclif, Tyndale, Cranmer, A.V., A.R.V., Moffatt y R.S.V. (margen). Ha sido apoyada por una larga lista de comentaristas (entre los que se cuentan de Wette, Huther, White [en The Expositor’s Bible], E. F. Scott, etc.) y especialmente por el gramático G. B. Winer.

   La traducción, entonces, sería: “del gran Dios y el (o “y del”) Salvador Jesucristo”.

   Winer reconoce que su respaldo a este punto de vista no está basado tanto en la gramática—la cual, como llegó a admitir, permite la traducción unipersonal—como sobre “la convicción dogmática derivada de los escritos del apóstol Pablo, en el sentido que este apóstol no puede haber llamado a Cristo el gran Dios” (esta argumentación se ve en dificultades para interpretar Ro. 9:5; Fil. 2:6; Col. 1:15–20; Col. 2:9; etc.). Pero él debiera haber notado que aun el contexto mismo atribuye a Jesús (v. 14) funciones que en el Antiguo Testamento se atribuyen a Jehová, tales como los actos de redimir y purificar (2 S. 7:23; Sal. 130:8; Os. 13:14; luego Ez. 37:23); y que la palabra Salvador en cada uno de los tres capítulos de Tito primero se aplica a Dios, y luego a Jesús (Tit. 1:3, 4; 2:10, 13; 3:4, 6). Por lo tanto, es evidentemente el propósito del autor de esta epístola (esto es, Pablo) demostrar que Jesús es completamente divino, tan plenamente como Jehová o como el Padre.

   Debemos considerar correcta la traducción unipersonal. Recibe el apoyo de las siguientes consideraciones:

(1) A menos que haya alguna razón específica en sentido contrario, la regla sostiene que cuando el primero de dos sustantivos del mismo caso y unidos por la conjunción y va precedido por el artículo, el cual no se repite delante del segundo sustantivo, ambos se refieren a la misma persona. Cuando el artículo se repite delante del segundo sustantivo, se está hablando de dos personas. Ejemplos:

(a). El artículo precede al primero de dos sustantivos y no se repite delante del segundo: “el hermano vuestro y partícipe”. Los dos sustantivos se refieren a la misma persona, a Juan, y la expresión se traduce correctamente “vuestro hermano y copartícipe” (Ap. 1:9).

(b). Dos artículos, uno precede a cada sustantivo: “Sea para ti como un gentil y un publicano” (Mt. 18:17, V.M.). Los dos sustantivos se refieren a dos personas (en este caso, cada una representa una clase).

   Ahora, según esta regla, las discutidas palabras de Tito 2:13 se refieren claramente a una persona, esto es, Cristo Jesús, porque traducida palabra por palabra la frase dice: testamento A. T. Robertson hace una poderosa defensa de este punto de vista desde el lado gramatical, basando sus argumentos en la regla de Granville Sharp.

   Entre otros, Juan Calvino no quería elegir entre la traducción unipersonal y la bipersonal. Sin embargo, enfatizaba que, en cualquiera de los dos casos, el propósito del pasaje es afirmar que cuando Cristo se manifieste, se revelará en él la grandeza de la gloria divina (cf. Lc. 9:26); y que, en consecuencia, el pasaje de ninguna manera apoya a los arrianos en su intención de demostrar que el Hijo es menos divino que el Padre. ‘

   La teoría bipersonal la representa con pequeñas variantes diversas versiones inglesas: Wyclif, Tyndale, Cranmer, A.V., A.R.V., Moffatt y R.S.V. (margen). Ha sido apoyada por una larga lista de comentaristas (entre los que se cuentan de Wette, Huther, White [en The Expositor” s Bible], E. F. Scott, etc.) y especialmente por el gramático G. B. Winer.

   La traducción, entonces, sería:

   “del gran y el (o “y del”) Salvador Jesucristo.

   Winer reconoce que su respaldo a este punto de vista no está basado tanto en la gramática la cual, como llegó a admitir permite la traducción universal como sobre “la convicción dogmática derivada de los escritos del apóstol Pablo, en el sentido que este apóstol no puede haber a Cristo el gran Dios”(esta argumentación se ve en dificultades para interpretar Ro. 9:5; Fil. 2:6; Col. 1:15-20; 2:9; etc.). pero él debiera haber notado que aún el contexto mismo atribuye a Jesús (v. 14) funciones que en el Antiguo Testamento se atribuyen a Jehová tales como los actos de redimir y purificar (2a Sam. 7:23; Sal. 130:8; Os. 13:14; luego Ez. 37:23); y que la palabra Salvador en cada uno de los tres capítulos de Tito primero se aplica a Dios, y luego a Jesús (Ti. 1:3-4; 2:10, 13; 3:4, 6). Por lo tanto, es evidentemente el propósito del autor de esta epístola (esto es Pablo) demostrar que Jesús es completamente divino, tan plenamente como Jehová o como el Padre.

   Debemos considerar correcta la traducción universal. Recibe el apoyo de las siguientes consideraciones:

(1). A menos que haya alguna razón especifica en sentido contrario, la regla sostiene que cuando el primero de dos sustantivos del mismo caso y unidos por la conjunción y va precedido por el artículo, el cual no se repite delante del segundo sustantivo, ambos se refieren a la misma persona. Cuando el artículo se repite delante del segundo sustantivo, se está hablando de dos personas. Ejemplos:

(a). El artículo precede al primero de dos sustantivos y no se repite delante del segundo: “el hermano vuestro y partícipe”. Los dos sustantivos se refieren a la misma persona, a Juan, y la expresión se traduce correctamente “vuestro hermano y copartícipe” (Ap. 1:9).

(b). Dos artículos, uno precede a cada sustantivo: “Sea para ti como un gentil y un publicano” (Mt. 18:17, V.M.). Los dos sustantivos se refieren a dos personas (en este caso, cada una representa una clase).

   Ahora, según esta regla, las discutidas palabras de Tito 2:13 se refieren claramente a una persona, esto es, Cristo Jesús, porque traducida palabra por palabra la frase dice:

“de el gran Dios y Salvador nuestro Cristo Jesús”. El artículo que está delante del primer sustantivo no se repite delante del segundo, y, por lo tanto, la expresión debe ser traducida: “de nuestro gran Dios y Salvador Cristo Jesús”.

   No se ha podido encontrar razón válida que pueda mostrar que la regla (Granville Sharp) no se puede aplicar en el caso presente. De hecho, se reconoce generalmente que las palabras que aparecen al final de 2 Pedro 1:11 en el original se refieren a una persona y deben traducirse: “nuestro Señor y Salvador Jesucristo”. Pero, si eso es verdad, ¿por qué no puede ser así en la expresión esencialmente idéntica en 1 P. 1:1 y aquí en Tit. 2:13, y entonces traducir: “nuestro Dios y Salvador Jesucristo” (o “Cristo Jesús”)?

(2) En ninguna parte del Nuevo Testamento se usa la palabra epifanía (aparición o manifestación) con respecto a más de una persona. Además, la persona a quien se refiere es siempre Cristo (véase 2 Ts. 2:8; 1 Ti. 6:14; 2 Ti. 4:1; 2 Ti. 4:8; y 1:10, donde la referencia es a la primera venida).

(3) La fraseología aquí en Tit. 2:13 podría bien haberse trazado como reacción al tipo de lenguaje que con frecuencia usaban los paganos con respecto a sus propios ídolos, a quienes consideraban como “salvadores”, y particularmente a la fraseología usada en conexión con el culto a los reyes terrenales.

   ¿No se llamaba “Salvador y Dios” a Ptolomeo I? ¿No se referían a Antíoco y a Julio César como “Dios manifiesto”? Pablo indica que los creyentes esperan la aparición de Uno que es realmente Dios y Salvador, sí, “nuestro gran (exaltado, glorioso) Dios y Salvador, a saber, Cristo Jesús”.

   El verdadero “punto” del pasaje, en conexión con todo lo precedente, es que nuestra alegre expectación de la aparición en gloria de nuestro gran Dios y Salvador Cristo Jesús nos prepara efectivamente para la vida con él. ¿Cómo obra esto? Primero, porque la segunda venida será tan completamente gloriosa que los creyentes no querrán “perdérsela”, sino querrán ser “manifestados con él en gloria” (Col. 3:4). En segundo lugar, porque la bienaventurada expectación llena a los creyentes con gratitud, y la gratitud produce preparación, por la gracia de Dios.

[4]. v. 14 La gracia de Dios en Cristo es la purificadora que nos limpia completamente Nuestro gran Dios y Salvador Cristo Jesús cuya aparición en gloria los creyentes esperan con tanta esperanza y gozo es quien se dio a sí mismo por nosotros a fin de redimirnos de toda injusticia y purificar para sí un pueblo propio, gustoso de hacer buenas obras.

   En cuanto al sentido de “quien se dio a sí mismo a fin de redimirnos”, véase comentario sobre 1 Ti. 2:6, “quien se dio en rescate por todos”. Quienquiera que dude del carácter necesario, objetivo, voluntario, expiatorio, propiciatorio, substitutivo, y eficaz del acto de Cristo, por el cual se dio a sí por nosotros, debiera hacer un estudio diligente y contextual de los siguientes pasajes:

Antiguo Testamento: Gn. 2:16, 17; Ex. 12:13; Lv. 1:4; Lv. 16:20–22; Lv. 17:11; 2 S. 7:23; Sal. 40:6-7; Sal. 130:8.

Nuevo Testamento: Mt. 20:28; Mt. 26:27, 28; Mr. 10:45; Lc. 22:14–23; Jn. 1:29; Jn. 6:55; Hch. 20:28; Ro. 3:25 

   Él se dio nada menos que a sí mismo, y eso por nosotros, esto es, en favor nuestro y en nuestro lugar. La contemplación de este pensamiento sublime debiera dar como resultado una vida dedicada a su honor. Además, por su muerte expiatoria obtuvo los méritos para que el Espíritu Santo obre en nuestros corazones. Sin este Espíritu nos resultaría imposible llevar una vida de santificación.

   Cristo se dio a sí mismo por nosotros con un propósito doble: el primero negativo (véase Sal. 130:8), y el segundo positivo (véase 2 S. 7:23). Negativamente, se dio a sí mismo por nosotros “para redimirnos”, esto es, para rescatarnos de un poder maligno. El precio del rescate fue su sangre preciosa (1 P. 1:18, 19). Y el poder del cual nos libra es el del “pecado” (véase 2 Ts. 2:3), esto es, la desobediencia a la santa ley de Dios, sea cual fuere la forma en que la desobediencia se manifiesta (“toda injusticia”).

   Positivamente, se dio a sí mismo por nosotros “a fin de purificar para sí un pueblo”, esto es, para purificarnos por medio de su sangre y su Espíritu (Ef. 5:26; Heb. 9:14; 1 Jn. 1:7, 9), para que, así purificados, estemos en condiciones de ser un pueblo, suyo propio (véase nota 193 y cf. Ez. 37:23). Anteriormente, Israel era el pueblo peculiar de Jehová; ahora es la iglesia. Y como Israel se caracterizaba por ser celoso en cuanto a la ley (Hch. 21:20; cf. Gá. 1:14), así ahora Cristo purifica a su pueblo con este mismo propósito en mente, esto es, que sea un pueblo propio con “celo por las buenas obras”, obras que proceden de la fe, son hechas según la ley de Dios y para su gloria (cf. 1 P. 3:13).

   En resumen, los vv. 11–14 nos enseñan que la razón por la que todo miembro de la familia debiera tener una vida de dominio propio, justicia y piedad es que la gracia de Dios en Cristo ha penetrado nuestras tinieblas morales y espirituales y ha traído salvación a todos los hombres; que esta gracia es también nuestro gran pedagogo que nos aleja de la impiedad y de las pasiones mundanas y nos guía por el sendero de la santificación; que es el preparador efectivo que nos hace mirar con ansias hacia la aparición en gloria de nuestro gran Dios y Salvador Cristo Jesús; y finalmente, que es el purificador total, de modo que, redimidos de toda desobediencia a la ley de Dios, pasamos a ser el particular tesoro de Cristo, llenos de celo por las obras que son excelentes.

3er Título

Iglesia Universal: Unión Del Pueblo De Israel Y El Pueblo Gentil En Cristo (San Juan 3:16 y 17). Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, más tenga vida eterna. Porque no envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él.   

   Comentario: Versíc. 16. Porque de tal manera amó Dios al mundo, que dio a su Hijo, el unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, más tenga vida eterna.

   El infinito amor de Dios se manifestó de una forma infinitamente gloriosa. Este es el tema del texto de oro que se ha hecho tan querido a los hijos de Dios. Este versículo arroja luz sobre los siguientes aspectos de dicho amor: 1. su carácter (de tal manera amó), 2. su autor (Dios), 3. su objeto (el mundo), 4. su don (el Hijo, el unigénito), y 5. su propósito (que todo aquel que en él cree, no se pierda, más tenga vida eterna).

   La conjunción porque establece una relación causal entre este versículo y el anterior. Podríamos parafrasearlo así: el hecho de que sólo por medio de Cristo se puede obtener la vida eterna (véase versículo 15), se ve claramente en que le plugo a Dios conceder este supremo don solamente a los que ponen su confianza en él (versículo 16).

  1. Su carácter.

   La frase “de tal manera”, teniendo en cuenta lo que sigue, debe interpretarse con este significado: en un grado tan infinito y en forma tan trascendentemente gloriosa. Se enfatiza mucho este pensamiento.

   De tal manera amó. El tiempo que se usa en el original (el aoristo ἠγάπησεν) muestra que el amor de Dios en acción, el cual se remonta hasta la eternidad y fructifica en Belén y en el Calvario, se considera como un hecho grande, central y único. Aquel amor era rico y verdadero, lleno de comprensión, ternura y majestad.

  1. Su autor divino.

   De tal manera amó Dios (en el original lleva el artículo: ὁ θεός, tal como en 1:1 donde, como dijimos, se indica al Padre). Para obtener una idea de la deidad, nunca se debe sustraer del concepto popular tantos atributos como sean posibles hasta que literalmente no quede nada. Dios es plenitud de vida y plenitud de amor.

   Tómense todas las virtudes humanas; eléveselas entonces al infinito, y se percibirá que por muy grande y gloriosa que sea la imagen total que se forme en la mente, no será más que una mera sombra del amor y la vida que existen eternamente en el corazón de aquel cuyo mismo nombre es amor. Y el amor de Dios siempre precede a nuestro amor (1 Jn. 4:9, 10, 19; cf. Ro. 5:8–10), y lo hace posible.

  1. Su objeto.

   El objeto del amor de Dios es el mundo. (Véase 1:10 y la nota 26 en donde se han resumido los diversos significados.) ¿Qué significa exactamente aquí en 3:16 este término? Nuestra respuesta es:

(a). Las palabras “todo aquel que en el cree” indican claramente que no se refiere a aves y plantas sino a la humanidad. Cf. también 4:42; 8:12; 1 Jn. 4:14.

(b). Aquí, sin embargo, no se entiende a la humanidad como el reino del mal, que está en rebeldía y abierta hostilidad contra Dios y Cristo (significado 6 de la nota 26), ya que Dios no ama el mal.

(c). Tal como aquí se usa, el término mundo significa la humanidad que, aunque cargada de pecado, sujeta al juicio, y necesitada de salvación (véase versículo 16b y 17), sigue siendo objeto del cuidado de Dios. La imagen de Dios se refleja todavía, hasta cierto punto, en los hijos de los hombres. La humanidad es como un espejo. Originalmente este espejo era muy hermoso, una obra de arte. Pero, sin ninguna culpa del Hacedor, ha quedado horriblemente manchado. Su creador, no obstante, aún reconoce su propia obra.

(d). Teniendo en cuenta el contexto y otros pasajes en que se expresa un pensamiento similar (véase nota 26, significado 5), es probable que en 3:16 esta palabra indique la humanidad caída en un sentido internacional: hombres de toda tribu y nación; no sólo judíos sino también gentiles. Esto concuerda con el pensamiento expresado repetidas veces en el cuarto Evangelio (incluyendo este mismo capítulo) que revela que la ascendencia física no tiene nada que ver con la entrada en el reino de los cielos (1:12, 13; 3:6; 8:31–39.)

   (4). Su don.

   “… que dio a su Hijo, el unigénito”. El original dice literalmente: “que, a su Hijo, el unigénito, dio”. Todo el énfasis recae en la asombrosa grandeza del don; por esa razón, en esta cláusula el complemento directo precede al verbo. El verbo dio se debe tomar en el sentido de, dio para morir como ofrenda por el pecado (cf. 15:13; 1 Jn. 3:16; especialmente 1 Jn. 4:10; Ro. 8:32: el dio de Juan es el no escatimó de Pablo). Véase 1:14 para el significado de unigénito. Téngase en cuenta que el artículo que precede a la palabra Hijo se repite delante de unigénito. De este modo tanto el sustantivo como el adjetivo quedan reforzados.

   Parece como si oyésemos el eco de Génesis 22:2: “Toma ahora tu hijo, tu único, Isaac, a quien amas …” El don del Hijo es la culminación del amor de Dios (cf. Mt. 21:33–39).

  1. Su propósito.

   “… para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna”.

   Dios no ha dejado a la humanidad abandonada. Amó al mundo de tal forma que dio a su Hijo, al unigénito, con este propósito: que los que lo reciben con confianza y fe permanentes tengan vida eterna. Aunque el evangelio es anunciado a hombres de toda tribu y nación, no todo el que lo oye cree en el Hijo. Pero todo aquel que cree—sea judío o gentil—tiene vida eterna.

   Las palabras “… no se pierda” no significan simplemente: no pierda la existencia física; ni tampoco quieren decir: no sea aniquilado. Como indica el contexto (versículo 17), la perdición de que habla este versículo se refiere a la condenación divina, completa y eterna, de forma que el condenado queda expulsado de la presencia del Dios de amor y mora eternamente en la presencia de un Dios de ira, estado que, en principio, empieza ahora aquí pero que no alcanza su completa y terrible culminación, tanto para el cuerpo como para el alma, hasta el día de la gran consumación. Obsérvese que perderse es el antónimo de tener vida eterna.

   “… más tenga vida eterna”. (Sobre el significado de vida véase 1:4). La vida que pertenece al futuro, al reino de la gloria, pasa a ser posesión del creyente aquí y ahora; es decir, en principio. Esta vida es salvación, y se manifiesta en la comunión con Dios en Cristo (17:3); en la participación del amor de Dios (5:42), de su paz (16:33), y de su gozo (17:13). El adjetivo eterna (αἰώνιος) aparece 17 veces en el cuarto Evangelio, y 6 veces en 1 Juan, siempre acompañando al sustantivo vida. Indica, como ya hemos hecho notar, una vida que es diferente en calidad de la vida que caracteriza a esta era presente. Sin embargo, tal como se les usa aquí en 3:16, el nombre y el adjetivo tienen también un sentido cuantitativo: se trata realmente de una vida eterna, que nunca termina.

   Para recibir esa vida eterna se debe creer en el unigénito Hijo de Dios. Pero es importante darse cuenta de que Jesús menciona la necesidad de la regeneración antes de hablar acerca de la fe (cf. 3:3, 5 con 3:12, 14–16).   La obra de Dios dentro del alma siempre precede a la obra de Dios en que el alma coopera (véase especialmente 6:44). Y puesto que la fe es, por consiguiente, el don de Dios (no sólo para Pablo, Ef. 2:8, sino también en el cuarto Evangelio), su fruto, la vida eterna, es también el don de Dios (10:28). Dios dio a su Hijo; Dios nos da la fe para aceptar al Hijo; y él nos da la vida eterna como recompensa por el ejercicio de esa fe. ¡A él sea la gloria por siempre jamás!

   Versíc. 17. En estrecha relación con el anterior, el versículo 17 prosigue así: Porque Dios envió a su Hijo al mundo, no para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por medio de él.

   Según creían los judíos, cuando el Mesías viniera condenaría a los paganos. El Día del Señor traería castigo para las naciones que habían oprimido a Israel, pero no para Israel.

   Amós ya había censurado con gran severidad esta interpretación equivocada de las profecías (Am. 5:18–20), pero ellos nunca la abandonaron. Las palabras de Jesús van dirigidas contra este exclusivismo judío. El versículo 17 indica claramente:

(a). que el propósito redentor de Dios no se limita a los judíos, sino que abarca a todo el mundo (hombres de toda tribu y nación, considerados en conjunto).

(b). que el objetivo principal de la primera venida de Cristo no era el condenar sino el salvar.

   Es cierto que el verbo que se tradujo por condenar (κρίνῃ de κρίνω) tiene en el original un sentido muy amplio. Nuestra palabra discriminar, que proviene de la misma raíz, nos señala la idea básica: separar. De ésta, a su vez, viene la idea de seleccionar una cosa y no otra; y de ahí, juzgar, decidir. Aunque en este mundo pecador juzgar significa con frecuencia condenar, la palabra empleada en el original también puede tener ese sentido, que se expresaría más exactamente con el término κατακρίνω. El hecho de que aquí, en 3:17, tenga (o al menos se aproxime a) ese significado está demostrado por el antónimo: salvar. La salvación, en el sentido más completo de la palabra (liberación no sólo del castigo sino del mismo pecado, y la dádiva de la vida eterna), era lo que Dios tenía preparado para el mundo al cual envió su Hijo; no condenación sino salvación.

   Esto hace surgir una pregunta: ¿Hemos de decir, entonces, que el propósito de la primera venida de Cristo fue el traer salvación, mientras que el propósito de su segunda venida será el de traer condenación (o juicio, por lo menos)?

   Pero, como el versículo 18 indica, el asunto no es tan simple como parece. Nadie tiene que esperar hasta el día de la gran consumación para recibir su sentencia. En aquel día, por supuesto, sucederá algo muy importante: el veredicto será públicamente proclamado (5:25–29). Pero la decisión en sí misma, que es la base de esta proclamación pública, ya se ha hecho hace mucho tiempo:

Amén, para la gloria de Dios.

(Aporte tomado de Teología sistemática de Wayne Grudem: cómo entender la Iglesia; Estudio de doctrinas cristinas de George Pardington; Comentario de Mundo Hispano; Comentario de William Hendriksen.).

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Hno Roberto Saldías Roa

Miembro de la IEP en Nacimiento Bajo, nació en el evangelio del Señor en la Iglesia de Laja 1975. Casado con María Nahuelmán, estudia teología de manera autodidacta. Me gusta mucho leer y escribir.

 

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