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Semana del 4 al 10 de junio de 2018: “El Espíritu Santo es Espíritu Consolador”.

Semana del 4 al 10 de junio de 2018: “El Espíritu Santo es Espíritu Consolador”.

Lectura Bíblica: San Juan Cap. 14, versículos 15 al 18. 15 Si me amáis, guardad mis mandamientos. 16 Y yo rogaré al Padre, y os dará otro Consolador, para que esté con vosotros para siempre: 17 el Espíritu de verdad, al cual el mundo no puede recibir, porque no le ve, ni le conoce; pero vosotros le conocéis, porque mora con vosotros, y estará en vosotros. 18 No os dejaré huérfanos; vendré a vosotros. 

 

Comentarios:

 

15. Si me amáis, guardaréis mis mandamientos.

No estamos de acuerdo con los comentaristas que afirman que no hay relación entre esto y lo que precede. Esta misma noche—quizá hacía una hora o más—Jesús había proclamado su “nuevo mandamiento” (precepto); véase sobre 13:34. En 14:1 y 14:11 se agregaron preceptos similares. Además, ¿acaso el contexto inmediato (versículos 12 y 14) no implica claramente que el Señor desea que sus discípulos sigan creyendo en él, orando en su nombre, y dirigiendo sus oraciones a él? ¿No son estas afirmaciones preceptos implícitos?

Pero ellas deben ser observadas para ser una bendición. En la frase condicional, “Si me amáis, guardaréis mis mandamientos”, hay tres palabras que predominan: amar (γαπάω), guardar (τηρέω), y mandamientos (ντολ). En cuanto a la primera, véase en 21:15–17; en cuanto a la segunda, en 8:51; y en cuanto a la tercera, en 13:34.

Resumiendo los resultados del estudio de estas palabras, se puede parafrasear la oración así:

“Si me amáis con amor que sea inteligente y concreto, aceptaréis, obedeceréis y guardaréis las normas que he establecido para regular vuestras actitudes internas y vuestra conducta externa”.

El pasaje implica que desde cierta perspectiva el amor precede a la obediencia. Por ello, en relación con esto, véase lo que se ha dicho con respecto al orden de los elementos en la experiencia cristiana, véase sobre 7:17, 18.

 

  1. Y yo rogaré al Padre, y os dará otro Ayudador, para que esté con vosotros para siempre.

Los que observan los preceptos de Cristo recibirán una gran bendición. Jesús, como mediador, hará una petición en bien de ellos. Preferimos la traducción “rogaré” a la más imprecisa “oraré”. Como Jesús acaba de usar el verbo pedir al hablar de las oraciones de los discípulos (véase en los versículos 13 y 14), y ahora pasa al verbo rogar cuando piensa en su propia oración en beneficio de ellos, es obvio que el cambio de verbos fue intencional. Los discípulos no están en el mismo nivel con el Hijo unigénito de Dios. Ellos deben implorar; él tiene el derecho de pedir sobre la base de igualdad. En el Nuevo Testamento se utiliza sólo una vez (1 Jn. 5:16) el término rogar (ρωτάω) con respecto a las peticiones que el hombre dirige a Dios, y esa única excepción se explica fácilmente. Por otra parte, al hablar de sus propias oraciones, Jesús siempre utiliza rogar, nunca pedir (ατέω). Véase también sobre 11:22.

Jesús promete que en respuesta a este ruego suyo el Padre dará a los discípulos otro Ayudador. En el siguiente versículo a este Ayudador se le llama el Espíritu de verdad.

El pasaje indica claramente que el Espíritu Santo no es sólo un poder sino una persona, al igual que el Padre y el Hijo. Es otro Ayudador, no un Ayudador diferente. La palabra otro indica uno como yo que ocupará mi lugar, y hará mi trabajo. En consecuencia, si Jesús es una persona, el Espíritu Santo debe también ser una persona. Además, a menudo se le atribuyen atributos personales (14:26; 15:26; Hch. 15:28; Ro. 8:26; 1 Co. 12:11; 1 Ti. 4:1; Ap. 22:17). Su relación con el Padre y el Hijo se describe de tal naturaleza que si éstos son personas, también él debe serlo (Mt. 28:19; 1 Co. 12:4–6; 2 Co. 13–14; 1 P. 1:1, 2).

Por la misma razón, si Jesús es divino, también el Espíritu debe ser divino. Esto también se enseña en todo el Nuevo Testamento, por no decir nada del Antiguo. Así, se le dan nombres divinos (Hch. 5:4; 28:25; He. 10:15, 16); se le atribuyen propiedades divinas; tales como eternidad, omnipresencia, omnipotencia, omnisciencia (1 Co. 2:10; 12:4–6: He. 9:14); y de él se afirman obras divinas (Mt. 12:18; Lc. 4:18; Jn. 4:16; 1Co. 12:2–11; 2 Ts. 2:13; 1P. 1:12). Pasajes como Mt. 28:19 y 2 Co. 13:14 indican claramente que las tres personas son completamente iguales. Todas poseen la misma esencia divina.

Según el pasaje que estamos estudiando, el Padre es quien da el Espíritu Santo en respuesta al ruego del Hijo. Procede tanto del Padre como del Hijo. El Padre lo da; el Hijo lo envía (15:26). Es el Espíritu del Padre; es también el Espíritu de Cristo (Mt. 10:20; Ro. 8:9; 1 Co. 2:11, 12; y Gá. 4:6). El Espíritu Santo es la persona en quien el Padre y el Hijo se encuentran entre sí. Además, aquí al igual que en otros pasajes, la trinidad económica descansa sobre la ontología: la manifestación del Espíritu el día de Pentecostés, a la cual se refiere este pasaje, descansa en su procesión eterna. Ambas son obras del Padre y del Hijo.

Al Espíritu aquí se le llama otro Paracleto (παράκλητος). El término indica que es una persona a la que se le llama (en este caso, para los discípulos) a fin de que ayude. A este respecto deberían evitarse según nuestro parecer, dos errores:

(1) El hecho de que por su origen la palabra sea adjetivo verbal derivado de la forma pasiva (perfecta) del verbo παρακαλέω no debe interpretarse en el sentido de que en consecuencia la palabra resultante conserva siempre un significado pasivo. Una cosa es la derivación de las palabras, y otra la historia de su significado en el uso concreto (tema de estudio de la ciencia de la semántica). Claro está que hay relación entre las dos,pero en ningún modo son la misma cosa. El contexto debe decidir. En Juan lo que se subraya es la idea activa, como lo indican todas las referencias a él (véase párrafo siguiente). El Paracleto hace ciertas cosas para los discípulos (y, desde luego, para la iglesia).

(2) El significado de la palabra no debe restringirse demasiado. El Espíritu Santo es Ayudador en muchos aspectos: consuela, efectivamente y como el tema principal del capítulo 14 es el consuelo, es probable que Jesús tuviera esto en mente más que ninguna otra cosa. Pero el Espíritu también (y en íntima relación con la obra de impartir consuelo) enseña, guía a la verdad (16:13, 14); hace recordar a los discípulos la enseñanza de Cristo (14:26); y mora en ellos como fuente de inspiración y vida (14:17). El Padre y el Hijo llaman al Espíritu para que acuda a los discípulos a fin de consolar, amonestar, enseñar y guiar; en otras palabras, a fin de que en cualquier condición el Paracleto proporcione la ayuda que sea necesaria. Por ello, no conocemos mejor traducción que la del término Ayudador.

En 1 Juan 2:1 se llama a Jesucristo mismo Paracleto. Es el Ayudador en el sentido de Abogado o Intercesor frente al Padre a favor de los creyentes que cometen pecado.

El sentido de 14:16 es, en consecuencia, éste: en lugar de empobrecerse, los discípulos de hecho se van a hacer más ricos. Desde luego, un ayudador se va, pero lo hace con el propósito de enviar a otro. Además, el primer Ayudador, aunque físicamente ausente, seguirá siendo Ayudador. Será su Ayudador en el cielo. El otro será su Ayudador en la tierra. El primero intercede por los discípulos. Además, este segundo Ayudador, una vez que llegue (en Pentecostés), nunca se apartará de la iglesia en ningún sentido. Por ello, Pentecostés nunca se repite (Véase en el siguiente versículo la distinción entre las preposiciones utilizadas en los versículos 16 y 17 respecto a la relación del Espíritu Santo con la iglesia.)

 

  1. El Espíritu de verdad, al cual el mundo no puede recibir, porque no lo ve, ni le conoce.

Al Paracleto se le llama aquí Espíritu de verdad (genitivo cualitativo). Esto, según 16:13, significa que él, siendo la verdad en persona, guía a su pueblo hacia ese ámbito de la verdad que se encarna en Cristo y su redención.

Dado el hecho de que el mundo (κόσμος; véase nota 26 probablemente con el significado de 6) sigue la mentira de Satanás (véase sobre 8:44, 45; 14:30), carece de un órgano de discernimiento espiritual (no percibe al Espíritu y sus acciones, 1 Co. 2:12–14) y no reconoce al Espíritu (Mt. 12:22–37; Hch. 2:12–17), atribuyendo las influencias de la tercera persona de la Santísima Trinidad a “Beelzebú” o a “vino nuevo” no puede (véase sobre 3:3, 5) recibirlo. (En cuanto al significado de θεωρέω, véase nota 33; y en cuanto a γινώσκω véase sobre 1:10, 31; 3:11: 8:28).

Vosotros le conocéis, porque mora con vosotros, y estará en vosotros.

Nótese la diferencia en los verbos y preposiciones (según lo que probablemente sea la mejor versión):

14:16. “para que esté con o en medio de vosotros (μεθ μν)”.

14:17. “porque mora con vosotros a vuestro lado (παρ μν)”.

14:17. “estará en (dentro de) vosotros (ν μν)”.

La interpretación de estas cláusulas no es fácil. Como se ha dicho antes, habría que seguir leyendo y leyendo, (véase sobre 1:4). A no ser que se haga así, se podría llegar fácilmente a la siguiente explicación.

“Ahora mismo el Espíritu Santo ya mora en el corazón del Salvador lleno del Espíritu, y por ello en (al lado de) ellos. Como resultado de esto, incluso ahora por lo menos en principio y en momentos de claridad espiritual, reconocen al Paracleto. Pero más tarde el Espíritu establecerá una relación aun más íntima. El que siempre había estado con ellos (παρά), en el día de Pentecostés, vendría a estar en medio de ellos o con ellos (μετά) y dentro (ν) de ellos.

Aunque tal interpretación es tentadora, tiene sus problemas, sobre todo en vista del versículo 23: “y vendremos a él, y haremos morada con él”. Aquí la relación “con él” se atribuye concretamente a la dispensación del Espíritu (adviértase la íntima conexión entre el versículo 23 y los versículos 25, 26). En consecuencia, no hay justificación para distinguir totalmente entre la actual relación con ellos y la relación futura en medio de ellos o dentro de ellos. Tampoco está justificado el atribuir un significado demasiado restringido a la preposición “con” (παρά), como si indicara necesariamente una relación menos íntima. En cuanto al verdadero significado de παρά en tales contextos véase sobre el versículo 23.

Frente a esta dificultad algunos comentaristas han interpretado el pasaje que estudiamos (14:17) como si Jesús quisiera decir, “Ya ahora tenéis el Espíritu en el corazón. Más tarde, en Pentecostés, sabréis más acerca de él”. Pero esto equivale a subestimar el significado de Pentecostés.

Aunque estamos de acuerdo en que hay diferencia en el significado de las preposiciones, probablemente es mucho mejor buscar la solución en la dirección de la siguiente paráfrasis:

“El Padre os dará otro Ayudador (versículo 16), a fin de que esté con vosotros para siempre, el Espíritu de verdad, que el mundo no puede recibir porque ni lo ve ni lo conoce. Vosotros, por el contrario, una vez que el Espíritu haya llegado, lo conoceréis porque morará con vosotros (en el sentido explicado más abajo en relación con el versículo 23) y estará dentro de vosotros” (versículo 17). Esta lectura de un tiempo presente como si fuera futuro está totalmente justificada en el contexto. Jesús simplemente se proyecta hacia el futuro habiendo claramente utilizado el tiempo futuro en el versículo 16 (“dará”, y cf. “para que”). Con el tiempo futuro ya presente en su mente, puede utilizar ahora el tiempo presente, “Lo conocéis, porque mora con vosotros”, cuando nosotros utilizaríamos el futuro. El que está pensando en este tiempo futuro resulta claro nuevamente por el uso del tiempo futuro en la cláusula siguiente, “Y estará en vosotros” (si la versión de N. N. del texto es correcta).

En el día de Pentecostés, por tanto, el Espíritu Santo vendría a morar en medio de, con, y en los discípulos. Entraría personalmente en la iglesia, que se convertiría en su templo, su morada permanente (véase sobre 7:39; cf. 1 Co. 3:16; 2 Co. 6:16; Ef. 2:21). Como resultado, la iglesia descartaría las ropas infantiles y se volvería espiritualmente adulta. Se convertiría en una nación de profetas, un reino de sacerdotes, el cuerpo de Cristo (cf. 1 P. 2:9; J1. 2:28; 1 Co. 12:7ss; Ef. 1:22, 23; 2:21, 22; 5:23–33). Como segundo resultado, ese día la iglesia

llegaría a ser internacional. La pared divisoria, el muro de separación entre los judíos y gentiles se partiría y estaría destinado a partirse cada vez más (Is. 54:2, 3; Hch. 2:9–11).

 

  1. No os dejaré huérfanos; vendré a vosotros.

Lo que Jesús quiere decir es: “Mi partida no será como la de un Padre cuyos hijos quedan huérfanos cuando él muere. Yo mismo vuelvo a vosotros en el Espíritu”. El Espíritu revela al Cristo, lo glorifica, aplica sus méritos a los corazones de los creyentes, hace eficaces sus enseñanzas en la vida de ellos. En consecuencia, cuando el Espíritu es derramado, Cristo verdaderamente vuelve.

Aquí en el versículo 18 la referencia no es primordialmente a la segunda venida sino al regreso de Cristo en el Espíritu en Pentecostés. Razones para adoptar esta posición:

  1. El contexto precedente inmediato se refiere al derramamiento del Espíritu.
  2. También el contexto siguiente inmediato.
  3. Sólo así se puede explicar que los discípulos no queden huérfanos.
  4. En la consumación de los tiempos Jesús vendrá al mundo además de venir a la iglesia. En el Espíritu, derramado en Pentecostés, escoge como morada solamente a la iglesia.
  5. Uno de los resultados de la venida a la que aquí se hace referencia en el versículo 18 es que los discípulos conocerán que “yo estoy en el Padre y vosotros en mí, y yo en vosotros”. El conocimiento de la íntima unión de los creyentes con Cristo fue fruto de Pentecostés: Ro. 6:3–11; 8:1; 12:5; 16:2, 3, 7, 11, 12, 13; 1 Co. 1:30; 4:10, 15, 17; 7:39; 9:1; 11:11; 15:31, 58; 16:19, etc.

Por otra parte, también es verdad que la morada de Cristo a través del Espíritu en su iglesia es prototipo de la morada de Dios en el corazón de su pueblo (en el cielo y en última instancia) en el universo restaurado. Nótese lo siguiente:

  1. En este mismo contexto las palabras del versículo 23, “Y vendremos a él, y haremos morada con él”,

tienen su eco en Ap. 21:3, donde se alude a la comunión perfecta de Dios con su pueblo en el cielo y tierra nuevos.

  1. La expresión “en aquel día” (versículo 20) se refiere a menudo a un largo período de tiempo en el cual un suceso tipifica a otro (todavía futuro).
  2. El escorzo profético, según el cual grandes sucesos parecen juntarse como si se vieran de un solo vistazo, no es infrecuente en la Escritura. Así la primera y segunda venida de Cristo se ven juntas en Mal. 3:1, 2. La destrucción de Jerusalén y el fin del mundo aparecen juntos (y aquélla se ve como presagio del segundo) en el discurso escatológico de Cristo (Mt. 24 y 25; Mr. 13; Lc. 21). Así pues, también aquí en 18–21 el regreso de Cristo en el Espíritu contiene en sus entrañas la promesa del retorno que la iglesia todavía espera.

 

Texto: Romanos Cap. 14, versículo 17. Porque el reino de Dios no es comida ni bebida,

sino justicia, paz y gozo en el Espíritu Santo.

 

 

1er Titulo:

El Espíritu Santo Trae Consuelo y Paz Al Creyente. 

Lectura Biblica: San Juan 14: 26-27.26Mas el Consolador, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, él os enseñará todas las cosas, y os recordará todo lo que yo os he dicho. 27La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo.

Comentario:14:25, 26. Os he dicho estas cosas estando con vosotros. Además, el Ayudador, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, él os enseñará todas las cosas, y os recordará todo lo que yo os he dicho.

Jesús parece demorarse con sus discípulos lo más posible. Parece despedirse de ellos una y otra vez; sin embargo, una y otra vez se queda un poco más. Hay un tono de despedida en las palabras, “Os he dicho estas cosas estando con vosotros”. Sin embargo, el Maestro se demora. Cf. 14:31; 15:11; 16:1, 4, 25, 33. Estas cosas, en vista de estando con vosotros, que sin duda es muy general, no se puede restringir a las palabras pronunciadas esa noche, sino que obviamente indican toda su enseñanza hasta ese mismo momento. Ahora Jesús distingue (nótese que no presenta un contraste; δε debería traducirse aquí además o y o ahora no pero o mas) entre su propia enseñanza durante los días de su humillación, por una parte, y su propia enseñanza por medio del Espíritu en la gloria de su exaltación, por la otra. La idea central de los versículos 25 y 26 se puede sintetizar así:

“Mientras moraba físicamente con vosotros os he comunicado ciertas enseñanzas que después de mi separación física de vosotros os aclararé más por medio del Espíritu (cf. 1 Co. 2:13). Además, entonces os enseñaré todo lo que necesitan saber para realizar la obra de testimonio que se os ha asignado”.

Nótense los nombres dados a la tercera persona de la Trinidad: el Ayudador (παράκλητος); véase sobre 14:16; el Espíritu Santo, santo porque, no sólo está completamente libre de pecado y posee todos los atributos morales en grado infinito—lo cual, desde luego, es verdad también respecto al Padre y el Hijo—, sino también porque él es quien lleva la parte principal en la obra de hacer santos a otros (santificación). También se describe como aquel “a quien el Padre enviará en mi nombre (el de Cristo)”. Cf. Hch. 2:33. El envío del Espíritu Santo y también su obra en la tierra armonizan por completo con el nombre de Cristo, es decir, con su autorrevelación en la esfera de la redención. La comparación entre 14:26, “a quien el Padre enviará en mi nombre”, y 15:26, “a quien yo os enviaré del Padre”, aclara completamente que el envío histórico del Espíritu Santo el día de Pentecostés (véase Hch. 2) se atribuye tanto al Padre como al Hijo. ¿Acaso esta efusión histórica no implica que también la procesión eterna, supra histórica, del Espíritu debe considerarse como una acción en la que cooperan el Padre y el Hijo?

Nótese que la promesa contiene dos elementos, y que con toda probabilidad el primer todas las cosas (πάντα) abarca más que el segundo. Primero, el Espíritu les enseñará todas las cosas necesarias (no sólo para su propia salvación, sino aquí en concreto, para la obra de testimonio (cf. Mt. 10:10; 1 Jn. 2:27). Esto incluye ciertas cosas que Jesús no había enseñado concretamente durante los días de su humillación, las cuales omitió por una razón muy prudente (véase sobre 16:12). En segundo lugar, el Espíritu les recordará todo lo

que él mismo les había dicho. Como ya se indicó, por medio de ambos Jesucristo cumple su oficio profético, primero en la tierra, luego desde el cielo.

Los dos todas las cosas pueden considerarse como círculos concéntricos, porque también por medio del recuerdo de lo antiguo (“os recordará todo lo que yo os he dicho”), el Espíritu enseñará lo nuevo. Debe tenerse presente que entre el tiempo en que Jesús pronunció estas palabras y el momento en que fue derramado el Espíritu Santo ocurrieron los siguientes sucesos significativos: la crucifixión, resurrección, ascensión, y coronación de Cristo. A la luz de estos grandes acontecimientos la obra del Espíritu Santo de recordar a los discípulos las antiguas enseñanzas de Jesús implicaría naturalmente una nueva enseñanza, o si se prefiere, implicaría una comprensión más profunda de aquello que, cuando se oyó por primera vez, apenas se había entendido. Como prueba ofrecemos los siguientes pasajes: 2:22; 12:16. Incluso entonces, desde luego, la dirección especial del Espíritu fue necesaria para hacerles comprender el significado exacto de las palabras de Cristo a la luz de su expiación y glorificación.

27. La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da.Por medio de todas las palabras de consuelo que preceden al versículo 27 Jesús trata de comunicar paz a los corazones de los discípulos. “Esta paz”, es como si dijera Jesús, “es tanto un legado que dejo (φίημι) como un tesoro que doy (δίδωμι)”. Cierto que Jesús da esta paz con su muerte expiatoria en la cruz, con la cual produce la reconciliación. Sin embargo, decir que la palabra paz tal como se usa aquí en el versículo 27 es puramente objetiva y no tiene nada que ver con el sentimiento subjetivo en el corazón del creyente es ir demasiado lejos. Que la paz en este caso indica ausencia de un sentimiento turbador y atemorizador resulta claro por las palabras que siguen inmediatamente, a saber, No se turben más vuestros corazones, ni tengan miedo. Como se ha dicho repetidas veces en este comentario, a fin de determinar el significado de las palabras, frases y cláusulas, se debe seguir leyendo. Esto se aplica también en este caso. Pero también lo que antecede tiene importancia para determinar el significado. A la luz de todo el capítulo creemos que la palabra paz aquí en 14:27 indica aquella ausencia de inquietud espiritual y aquella seguridad de salvación y de la presencia amorosa de Dios bajo toda circunstancia que resulta del ejercicio de la fe en Dios y en su Hijo (14:1) y de la contemplación de sus misericordiosas promesas (véase especialmente 14:1, 2, 3, 12–14, 16–21, 25, 26). Es la paz de la que Pablo habla en Fil. 4:6, 7. Cuando Jesús dice, “No os la doy como el mundo la da”, el contexto aclara que lo que quiere decir es “doy mi paz”, que el mundo nunca puede dar, por mucho que diga, “la paz sea contigo”, o “ve en paz”. El contraste está en el don mismo y no sólo en la forma en que se comunica este don. El mundo puede dar placer externo, descanso físico y deleite, honor, riqueza; pero nunca esa seguridad íntima que es el reflejo de la sonrisa de Dios en el corazón de su hijo.

En cuanto al significado de, “No se turben más vuestros corazones, ni tengan miedo”, véase en 14:1. Cuando la paz que Cristo comunica (y que ganó para nosotros mediante su expiación) entra en el corazón, queda excluida la ansiedad. “Ni tengan miedo”. Es el único caso en que se usa este verbo en el Nuevo Testamento (pero véase 2 Ti. 1:7 en cuanto al sustantivo). Se encuentra en Aristóteles, en los papiros, y bastante a menudo en la LXX. Significa ser cobarde, tímido o temeroso. A diferencia de φόβος, que se utiliza a menudo en un buen sentido (temor piadoso), δειλία con el que se relaciona el verbo δειλίαω, nunca se utiliza en un sentido bueno.

 

2° Titulo:

Funciones Del Espíritu Santo Consolador.

Lectura Biblica: San Juan 16: 7 al 11. 7Pero yo os digo la verdad: Os conviene que yo me vaya; porque si no me fuera, el Consolador no vendría a vosotros; mas si me fuere, os lo enviaré. 8Y cuando él venga, convencerá al mundo de pecado, de justicia y de juicio. 9De pecado, por cuanto no creen en mí; 10de justicia, por cuanto voy al Padre, y no me veréis más; 11y de juicio, por cuanto el príncipe de este mundo ha sido ya juzgado.

Comentario:  Versic. 7. Pero yo os digo la verdad: Os conviene que yo me vaya; porque si no me voy, el

Ayudador no vendrá a vosotros; mas si me voy, os lo enviaré. Aquí, Jesús expresó claramente lo que había venido sugiriendo desde mucho antes. ¿Acaso no había dicho a los discípulos que su partida sería con el propósito de prepararles un lugar (14:2); de prepararlos para hacer obras mayores (14:12); de impartirles conocimientos más abundantes (14:20); y, en realidad, de atraerlos más a sí, a saber, en el Espíritu (14:28)? ¿Acaso no resultaba, pues, muy claro que la partida del Maestro sería ventajosa para los discípulos? Una vez más, mientras los discípulos ven a Jesús en el cuerpo, ¿son capaces de entender que su relación con él debe ser de carácter espiritual?

¡Extraños son, en verdad, los caminos del Señor! Cristo y su gran enemigo Caifás dicen ambos lo mismo, a saber, que es conveniente que Jesús muera (véase sobre 11:50). Desde luego, Caifás mismo no quiso decir lo que Cristo quiso decir. La intención del Espíritu, sin embargo, era la misma en ambos casos.

La razón fundamental de por qué la partida de Cristo significa triunfo y no tragedia, la razón de por qué es una ayuda y no un obstáculo para estos hombres (y para la Iglesia en general) es ésta, que de lo contrario el Ayudador (véase sobre 14:16), a saber, el Espíritu Santo, no vendrá a ellos. Jesús no explica por qué el Espíritu no puede venir a no ser que el Hijo se vaya de la tierra para retornar a su morada en lo alto. Probablemente las siguientes sugerencias señalan la dirección correcta: la partida del Hijo es por el camino de la cruz. Con dicha partida obtiene la redención para su pueblo. Ahora bien, el Espíritu Santo es aquel cuya misión especial es aplicar los méritos salvadores de Cristo al corazón y a la vida de los creyentes (Ro. 8; Gá. 4:4–6). Pero el Espíritu no puede aplicar estos méritos si no hay méritos para aplicar. En consecuencia, a no ser que Jesús se vaya, el Espíritu no puede venir. Asimismo, debe tenerse presente que el don del Espíritu Santo es una recompensa por la obras de Cristo (Hch. 2:33). Pero no se da la recompensa hasta que se ha cumplido la misión por la cual se otorga. Por ello, el Espíritu Santo no puede ser enviado hasta que Jesús hay completado su tarea en la tierra. No decimos que Jesús tuviera presentes estas razones cuando dijo, “porque si no me voy, el Ayudador no vendrá a vosotros; mas si me voy, os lo enviaré”. Simplemente no sabemos qué tenía en mente. La razón por que nosotros, sin embargo, presentamos unas cuantas sugerencias es para mostrar que esta afirmación de Jesús está totalmente en armonía con el cuerpo de la revelación que encontramos en otros pasajes del Nuevo Testamento. Nótese, “enviaré”, aquí y también en 15:26; pero 14:26: “El Padre enviará en mi nombre”. Hay cooperación perfecta en las obras externas. El Padre envía; el Hijo envía; el Espíritu va. Además, el Espíritu es enviado “a vosotros”. Escoge como morada a la iglesia. Sin embargo, también el mundo percibe su influjo:

  1. Y cuando él venga, convencerá al mundo de pecado, de justicia y de juicio.

La acción del Espíritu en el mundo se describe en los versículos 8–10. A través de la predicación y las obras de los discípulos (2 Ti. 3:16; 4:2; Tit. 1:9, 13; 2:15) ese Espíritu, una vez constituida su morada en el corazón de los creyentes (véase Hch. 2; 2 Co. 6:16), convencerá al mundo.

Pondrá públicamente de manifiesto la culpa del mundo y lo invitará al arrepentimiento. Lo convencerá respecto a tres asuntos: pecado, justicia, y juicio. El resultado de esta operación del Espíritu no se indica aquí. Por Hch. 2:22–41; 7:51–57; 9:1–6; 1 Co. 14:24; 2 Co. 2:15, 16; Tit. 1:13, sabemos que en algunos casos el resultado será la conversión; en otros, el endurecimiento y el castigo eterno.

  1. De pecado, por cuanto no creen en mi.

Por medio de la labor de testimonio, que llevarán a cabo los apóstoles y sus seguidores (15:27), el Espíritu Santo no sólo pondrá al descubierto el pecado del mundo sino que en el caso de algunos, despertará la conciencia de culpa que conduce a verdadero arrepentimiento (cf. 1 Jn. 3:8). Habrá pesar genuino y un acudir al Salvador en busca de refugio y perdón. Habrá muchos casos de verdadera conversión. Aunque el mundo en general seguirá persiguiendo a la iglesia (Hch. 7:51ss), habrá millones de personas que en el curso de la historia se despertarán al conocimiento de su culpa. Como consecuencia de la operación de la gracia soberana de Dios, hombres de todas las latitudes y naciones aceptarán a Jesús como su Señor y Salvador. Cuando el Espíritu Santo, por medio de la predicación del evangelio, convenza a los hombres de su pecado, un número considerable exclamará, “Hermanos, ¿qué haremos?” (Hch. 2:37). Sentirán que la esencia de su pecado (el gran pecado que abarca todos los demás, de aquellos que han oído el evangelio) es éste: no haber aceptado a Jesús como su Señor y Salvador sino haberlo rechazado (véase sobre 3:18; 12:37, 48). En cuanto al significado del verbo πιστεύω véase sobre 1:8; 3:16; 8:30, 31a.

  1. De justicia, por cuanto voy al Padre, y no me veréis más.

La expresión “convencerá al mundo de justicia” debe explicarse a la luz de lo que sigue de inmediato: “porque voy al Padre, y no me veréis más”. El mundo, representado por los judíos, iba a crucificar a Jesús. Iba a decir, “Debe morir” (19:7); por ello, en el nombre de la justicia iba a darle muerte. Proclamaba en voz alta que él era injusto. Lo trataba como malhechor (18:30). Pero la verdad era precisamente lo contrario. Aunque el mundo lo rechazó, el Padre lo acogió, lo acogió en casa por el camino de la cruz, la cruz que condujo a la corona. Los discípulos ya no iban a observar sus actividades diarias como cuando andaba con ellos. Iba a morir, iba a recibir su recompensa (Fil. 2:9–11). Por medio de la resurrección el Padre pondría el sello de su aprobación en su vida y obra (Hch. 2:22, 23, 33; Ro. 1:4). El, el mismo a quien el mundo había llamado malhechor, por medio de una ida victoriosa al Padre sería señalado como el Justo (8:46; Hch. 3:14; 7:52; 2 Co. 5:21; 1 P. 3:18; 1 Jn. 2:1; y cf. Lc. 23:47). Así pues, el mundo sería convencido de justicia. Y esta convicción resultaría en la condenación del mundo (es decir, en la condenación de Satanás y de todos los que se negaron a arrepentirse):

11. Y de juicio, por cuanto el príncipe de este mundo ha sido juzgado. El príncipe de este mundo ya estaba condenado (véase sobre 12:31; 14:30; cf. Col. 2:15). Al condenar a Cristo (¡el acogido por el Padre!) se condenó a sí mismo. En el último día esta sentencia se manifestaría a todo el universo cuando “el diablo que los engañaba es lanzado en el lago de fuego y azufre” (Ap. 20:10). En consecuencia, el mundo, al seguir el consejo de Satanás de condenar a Jesús, resulta condenado.

Resumiendo, resulta evidente que a través de la predicación del evangelio, el Espíritu Santo ayuda a la iglesia, y que lo hace convenciendo al mundo con respecto a su propio pecado de no creer en Cristo, con respecto a la justicia de Cristo, que al ir al Padre queda totalmente vindicado, y con respecto al juicio de Dios pronunciado sobre el príncipe del mundo.

Nótese cómo esta profecía de Jesús realmente se cumplió. El sermón de Pedro el día de Pentecostés (Hch. 2) trata exactamente de estos tres temas: a. pecado, el pecado de rechazar a Cristo (“vosotros … prendisteis y matasteis por manos de inicuos, crucificándole … a este Jesús a quien vosotros crucificasteis”); b. justicia, la justicia de Cristo (“Jesús nazareno, varón aprobado por Dios”); c. y juicio, el juicio de los hostiles a Cristo (“Siéntate a mi diestra, hasta que ponga a tus enemigos por estrado de tus pies … sed salvos de esta perversa

generación”). El resultado fue: “Al oír esto, se compungieron de corazón, y dijeron: Varones hermanos, ¿qué haremos?… y se añadieron aquel día como tres mil personas”.

 

 

3er Titulo:

El Espíritu Consolador Trae Gozo En Tiempos Difíciles.

Lectura Bíblica: Los Hechos 13:52. Y los discípulos estaban llenos de gozo y del Espíritu Santo. Y 1a a Los Tesalonicenses 1.6. Y vosotros vinisteis a ser imitadores de nosotros y del Señor, recibiendo la palabra en medio de gran tribulación, con gozo del Espíritu Santo,

Comentario: 51. Entonces Pablo y Bernabé sacudieron el polvo de sus pies en protesta contra aquellos y se fueron a Iconio. 52. Y los discípulos fueron llenos con gozo y del Espíritu Santo.

Tenemos aquí una vívida descripción de la costumbre judía que simboliza una renuncia de personas o cosas. Los fariseos, por ejemplo, cuando abandonaban suelo gentil sacudían el polvo de sus pies y así demostraban que no se habían contaminado.849 Sin embargo, Pablo y Bernabé manifiestan su objeción no contra los gentiles sino contra los judíos. Usan el acto simbólico de sacudir el polvo de sus pies para indicar que no tienen nada que ver con los judíos de Antioquía de Pisidia (c.f. 18:6).

Los misioneros ahora abandonan la región de Pisidia y la ciudad de Antioquía y viajan en dirección este, hacia Iconio.Esta ciudad, conocida en el presente como Konya, fue parte de Frigia aun cuando está en el límite con Licaonia. Situada en una llanura, estaba rodeada por fértiles campos que recibían suficiente agua de las corrientes que fluían de las montañas cercanas. Era un centro comercial que servía a la comunidad agrícola de esa área. Llegó a ser una ciudad importante junto a una carretera principal, desde donde salían a lo menos cinco caminos hacia diferentes regiones del área.

Lucas cierra este segmento de su relato acerca del primer viaje misionero describiendo la actitud de los cristianos de Antioquía. El dice, “Los discípulos fueron llenos con gozo y del Espíritu Santo”. Como es costumbre en Hechos, Lucas llama discípulos a los recién convertidos al Cristianismo (es decir, es gente que está aprendiendo). Se esperaría que estos noveles creyentes se sintieran desanimados por la partida de Pablo y Bernabé. En lugar de ello, están llenos de gozo y con el Espíritu Santo. Dios llena el vacío creado por la repentina salida de los maestros dándoles el don del gozo, el cual es un fruto del Espíritu Santo (Gá. 5:22). La presencia del Espíritu Santo en los corazones de los creyentes constituye, en sí misma, un gozo indescriptible.

 

Consideraciones doctrinales en 13:52

¡Misiones! La palabra nos hace pensar en la colección de ropa usada que es enviada al campo misionero. Pensamos en equipo de segunda mano que nosotros ya no usamos, pero que los obreros en distantes tierras considerarán un tesoro. Asignamos sumas de dinero a sostener a aquellos misioneros que proclaman el evangelio en lugares remotos. Hemos oído de gente con dificultades para cursar sus estudios, a quienes se les dijo que no importaba que no completaran sus estudios, de todos modos podrían ir al campo misionero. Hemos conocido ministros que optaron por el campo misionero para no tener que luchar contra las tensiones de un pastorado local.

¿Pero tendrá que ser siempre el campo misionero el lugar al cual mandar ropa usada, equipo desechado, dinero que nos sobra y misioneros mediocres? ¿Qué ocurriría si mandáramos mercadería de marca, sin usar, si diéramos más para las misiones que lo que necesitan nuestras iglesias locales, y si reclutáramos los más destacados pastores para ser misioneros? En Antioquía de Siria, el Espíritu Santo dijo a la iglesia, “Apartad para mí a Bernabé y a Pablo para la obra para la cual los he llamado” (v. 2). Los miembros de la iglesia ayunaron, oraron y comisionaron a sus mejores maestros para la obra misionera. Y Dios bendijo a esa iglesia más allá de toda medida. En Antioquía de Pisidia, Pablo y Bernabé hicieron un trabajo invalorable al levantar a aquella naciente iglesia. Debido a la persecución, tuvieron que irse. Pero en lugar de sentir tristeza y dolor, los miembros de aquella iglesia se llenaron de gozo y del Espíritu Santo. Dios les bendijo abundantemente con su sagrada presencia y proveyó para todas sus necesidades. No hay duda que “Dios ama al dador alegre” (2 Co. 9:7).

 

Comentario de: 1a a Los Tesalonicenses 6, 7. Y vosotros llegasteis a ser imitadores de nosotros y del Señor.

Aquí se ofrece un cuadro del carácter genuino de la experiencia religiosa de los tesalonicenses. Ellos habían llegado a ser imitadores (μιμηταί, nuestra palabra mímicos tiene la misma raíz), no meramente hombres parleros. Cf. 1 Ts. 2:14; luego también 1 Co. 4:16; 11:1; Ef. 5:1; He. 6:12. Pablo no siente temor al decir, “vosotros debéis ser imitadores de mí” (1 Co. 4:16). Se atreve a decirlo porque, por la soberana gracia de Dios, puede añadir, “… como yo soy de Cristo” (1 Co. 11:1). Y aquellos que son imitadores de Pablo y de Cristo, lo son también de Dios (Ef. 5:1). Así la flecha apunta desde Pablo (y sus asociados) hacia Cristo y hasta Dios. Es el orden lógico. Esto es también por qué aquí en 1 Ts. 1:6 “de nosotros” precede a “del Señor”. Los misioneros habían estado físicamente en medio de ellos. Aun antes que se hubiese producido alguna conversión, ya la dedicación, devoción, entusiasmo, voluntad de sufrir por Cristo, etc., de los misioneros pudieron ser manifiestas y así observadas. Estos misioneros, a su vez, señalaban al Señor y hablaban de él (véase 1 Ts. 1:1 para el título).

Ahora bien, no es posible imitar a Cristo en todos sus aspectos. Por ejemplo, en su capacidad de Salvador no podía ser imitado. Pero la tercera comparación (el punto que se refiere tanto a los misioneros como a Cristo quien les había comisionado, sí puede imitarse) se da a conocer claramente por las palabras: cuando en medio de gran tribulación recibisteis la palabra con gozo impartido por el Espíritu Santo. ¡Regocijarse en medio de la tribulación (en cuanto al significado del término véase C.N.T. sobre Juan 16:33) era algo acerca de lo cual Pablo y Silas podían relatar una conmovedora experiencia! La historia tuvo relación con un suceso que ocurrió justamente antes que ellos dirigieran sus pasos hacia Tesalónica. En Filipos fueron arrojados a una prisión, y sus pies aprisionados en el cepo. Pero a media noche Pablo y Silas ¡cantaron himnos a Dios! y es sólo un ejemplo de su regocijo en medio de las tribulaciones. Jesús también se regocijó en la tribulación. Véase C.N.T. sobre Juan 12:20–36 y en 16:33. De ahí que, cuando bajo una presión similar (véase p. 16) los destinatarios de la epístola recibieron la palabra (el evangelio de salvación) con gozo del Espíritu, dieron evidencia inequívoca de ser imitadores de los misioneros y de Cristo mismo. (Con relación a esto léase el hermoso pasaje: Hch. 5:41.) Tuvieron la prueba en sí mismos de haber sido elegidos de Dios. No se debe perder de vista la conexión con 1 Ts. 1:4.

Ahora, los imitadores llegaron a ser ejemplos. Existe aquí algo así como un círculo; primero, Dios realiza su obra en el mundo: El Padre elige; el Hijo (y también sus embajadores especiales) dan ejemplo de regocijo en medio de la tribulación; el Espíritu Santo imparte gozo. Entonces los tesalonicenses creen, reciben la palabra, y llegan a ser imitadores. Ahora ellos, a su vez, llevan las buenas nuevas a otros, cuyas alabanzas (después que ellos mismos han experimentado el gran cambio) glorifican a Dios que está en los cielos. En esta forma el círculo se ha completado. Los tesalonicenses, por decirlo así, ocupan un lugar intermedio: la palabra del Señor viene a ellos, quienes habiéndola aceptado por la fe, la hacen resonar en tal forma que otros pueden oír y creer. La prueba de que esta interpretación es correcta la tenemos en lo que sigue inmediatamente: de modo que vinisteis a ser un ejemplo a todos los creyentes en Macedonia y Acaya. Quien no se constituye en imitador no puede llegar a ser un ejemplo (τύπος, derivado de τύπτω; luego, entonces, es la marca de un golpe, o la huella dejada por él; véase C.N.T. sobre Juan 2:25; también, figura, Hch. 7:43; forma, Hch. 23:25; así entonces, modelo o plantilla para copia, Hch. 7:44; Fil. 3:17). Para todos los creyentes de las dos provincias romanas de Macedonia (aquí, además de Tesalónica misma, estaban Filipos y Berea) y Acaya (donde estaban Atenas y Corinto) los tesalonicenses convertidos habían llegado a ser un ejemplo. La razón está en armonía perfecta con lo que precede, y se da en las siguientes palabras:

 

Comentario del Texto: Romanos 14:17. Porque el reino de Dios no es comer ni beber sino justicia y paz y gozo en el espíritu Santo;

La esencia del reinado real de Dios, la evidencia de ese bendito reinado en medio de vosotros, dice Pablo, por así expresarlo, no es afectada por la clase de comida que una persona consume, ya sea que sea ceremonialmente pura o impura, ya sea sólo verduras o también carne, sino que es atestiguada por la posesión que uno tiene del estado de justicia ante Dios, por la percepción de la paz de Dios, paz que resulta de la reconciliación con Dios (Ro. 5:1, 10). Está caracterizada por la experiencia del gozo del Espíritu, gozo inexpresable y lleno de gloria (1 P.1:18).

Se hace inmediatamente evidente que esta respuesta está en total acuerdo con las palabras de Jesús: “El reino de Dios no viene con despliegue exterior; al dirá la gente: ‘¡Mirad, aquí (está)!’ o ‘¡Allí (está)!’ porque, nótenlo bien, el reino de Dios está dentro de vosotros” (Lc. 17:21. ni dirán: Helo aquí, o helo allí; porque he aquí el reino de Dios está entre vosotros.).

 

EL ESPÍRITU SANTO COMO EL CONSOLADOR (por R. C. Sproul)

Al enseñar en vísperas de su muerte en el aposento alto, Jesús se explayó sobre el Espíritu Santo. Dijo: “Y yo rogaré al Padre, y os dará otro Consolador” (Jn. 14:16). La palabra Consolador a veces es traducida como “Ayudador” o “Consejero” y proviene de la palabra griega paracleto.

Lo primero que nos llama la atención en este pasaje es que Jesús nos promete otro “Paracleto” o “Ayudador”. Para que Jesús haya dicho que el Espíritu Santo sería otro Ayudador es necesario que haya habido un Ayudador antes del Espíritu. El Nuevo Testamento identifica claramente al Primer Ayudador, o Paracleto, con Jesús mismo. Juan escribe’. “Hijitos míos, estas cosas os escribo para que no pequéis; y si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo” (1 Jn 2:1).

El título de Abogado que se le da a Jesús en esta oportunidad es otra traducción posible de la palabra griega paracleto. Vemos entonces que Jesús es el primer Paracleto, y Jesús oró para que posteriormente a su partida de este mundo el Padre proveyera de otro Paracleto en su ausencia. El Espíritu fue enviado para ser el sustituto de Cristo, Él es el vicario supremo de Cristo sobre la tierra. En el mundo de la antigüedad, un paracleto era alguien que había sido llamado para brindar su asistencia en una corte legal. El Espíritu Santo, al desempeñar este papel, cumple con más de una tarea. Uno de sus trabajos es la ayuda que el Espíritu brinda al creyente que se dirige al Padre. Pablo le escribe a la iglesia en Roma:

Y de igual manera el Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad; pues qué hemos de pedir como conviene, no lo sabemos, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos indecibles. Mas el que escudriña los corazones sabe cuál es la intención del Espíritu, porque conforme a la voluntad de Dios intercede por los santos (Rom. 8:26-27).

El Espíritu Santo también ayuda al creyente a dirigirse al mundo. Habla por nuestro intermedio cuando nos enfrentamos al conflicto, como lo prometió Jesús en Mr. 13:11. El Espíritu nos defiende frente al mundo procesándolo por el pecado. El Espíritu Santo trabaja para reivindicar la justicia frente a los ataques de los impíos.

El concepto del Paracleto también incluye el papel del Consolador. Esto está vinculado a dos aspectos. Es una fuente de solaz para los heridos, los derrotados, y los afligidos. El segundo aspecto es de igual importancia. La palabra Consolador en su derivado latino significa “con fuerza”. El Espíritu viene a nosotros cuando tenemos necesidad de fuerza. Nos dota de coraje y de valentía. En su papel como el Consolador, nos consuela y nos da el coraje para que en Cristo seamos más que vencedores (Rom. 8:37).

 

EL PARACLETO.

La palabra griega que Jesús utilizó (o se le atribuye) para “Consolador” es “Paracleto”. Esta palabra quiere decir: ayudador, abogado, o consolador. La palabra “Paracleto” solo se halla cinco (5) veces en el Nuevo Testamento. Cuatro veces se encuentra en el Evangelio de Juan (Juan 14:16, 26; 15:26; 16:7), y allí claramente dice que es el Espíritu Santo. La quinta vez que se encuentra en el Nuevo Testamento se halla en 1 Juan 2:11, pero allí es traducida “abogado”, pero es la misma palabra “Paracleto”.

Ahora, Juan 14:26 dice: “mas el Consolador (Paracleto), el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre…” O sea que, allí no deja en duda que el “Paracleto” es el Espíritu Santo. Pero en 1 Juan 2:11 dice: “Hijitos míos, esta cosas os escribo para que no pequéis; y si alguno hubiere pecado, abogado (Paracleto) tenemos para con el Padre, a Jesús el justo”. Allí dice que “el Paracleto” es Jesús. Sí no cree que son la misma persona va tener problemas, pero el Consolador, el Espíritu Santo es el mismo Jesús.

Cuando Jesucristo dijo: “Nadie conoce al Hijo, sino el Padre, ni al Padre conoce alguno, sino el Hijo” ‑Mateo 11:27, ¿Será que la tercera persona estaba dormida o no tenía conocimiento de estos? Y Juan desea que nosotros tengamos comunión con “el Padre, y su Hijo Jesucristo” -1 Juan 1:3, sin embargo comunión con la tercera persona no la menciona. ¿Por qué? Pablo también dice: “Te encarezco delante de Dios y del Señor Jesucristo, y de sus ángeles escogidos, que guardes estas cosas sin perjuicios” -1 Timoteo 5:21. ¡Allí la “tercera” persona no es incluida! Y en casi todas las salutaciones de las epístolas de Pablo habla acerca de hacer algo. El Espíritu Santo no denota una persona diferente en Dios, solo una actividad de Dios.

La Divinidad no puede ser dividida. El Espíritu Santo es el mismo Padre viviendo en nuestras vidas. El Espíritu Santo es la presencia particular de Dios en los creyentes, es el Señor Jesucristo en nosotros. Esa presencia particular es parte de Su Omnipresencia.

Cuando Dios entra en un cuerpo o se mueve sobre un ser humano, El se describe a sí mismo como el Espíritu Santo. De este modo hace una distinción entre esa manifestación en particular de las demás manifestaciones. Sin embargo, la Biblia nos muestra que el Espíritu Santo es el mismo Espíritu del Padre, siendo que hay un solo Dios y ese Dios es Espíritu (Efesios 4:3).

El Espíritu Santo es el Padre extendiéndose o proyectándose a los cuerpos de los creyentes. Así que “Dios en Cristo” o en la Iglesia es el mismo Padre extendiéndose a otras esferas o áreas además del espacio, tiempo y eternidad.

 

Amén, para la gloria de Dios.

 

 

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Hno Roberto Saldías Roa

Miembro de la IEP en Nacimiento Bajo, nació en el evangelio del Señor en la Iglesia de Laja 1975. Casado con María Nahuelmán, estudia teología de manera autodidacta. Me gusta mucho leer y escribir.