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Semana del 3 al 9 de junio de 2019: “La identificación de Cristo con la Iglesia”

Semana del 3 al 9 de junio de 2019: “La identificación de Cristo con la Iglesia”

Lectura Bíblica: Efesios 3.14 al 19. Por esta causa doblo mis rodillas ante el Padre de nuestro Señor Jesucristo, de quien toma nombre toda familia en los cielos y en la tierra, para que os dé, conforme a las riquezas de su gloria, el ser fortalecidos con poder en el hombre interior por su Espíritu; para que habite Cristo por la fe en vuestros corazones, a fin de que, arraigados y cimentados en amor, seáis plenamente capaces de comprender con todos los santos cuál sea la anchura, la longitud, la profundidad y la altura, y de conocer el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento, para que seáis llenos de toda la plenitud de Dios. 

   Comentario: La iglesia debe esforzarse por conocer el amor de Cristo que sobrepasa el conocimiento a fin de ser llena de toda la plenitud de Dios. La oración de Pablo a fin de que esta elevada meta sea crecientemente lograda. Doxología

   En el párrafo precedente Pablo ha señalado que la iglesia de judíos y gentiles debe vivir de acuerdo a su alto llamamiento, de modo que la iridiscente sabiduría de Dios pueda ser expuesta a los principados y autoridades en los lugares celestiales. ¿Cómo se logrará este propósito? La respuesta se da en los vv. 14–19, que señalan hacia el Espíritu que imparte el poder y Cristo que mora en el creyente. Ellos capacitarán a los creyentes para lograr una siempre creciente, aunque necesariamente nunca completa, realización del segundo aspecto de su elevada meta, a saber, aprender a conocer el amor de Cristo en todas sus dimensiones a fin de ser llenos de toda la plenitud de Dios.

   Es muy claro el hecho de que el apóstol está aún escribiendo acerca de la iglesia gloriosa. En realidad, nos da una doble descripción del concepto iglesia, llamándola, primero, “toda la familia en el cielo y en la tierra”, y después, “vosotros (creyentes efesios) juntamente con todos los santos”. Igualmente, el hecho de que aquí también, como en los vv. 1–13, Pablo está centrando nuestra atención en la elevada meta, la misma palabra “meta” usada por varios comentaristas, es resultado de las expresiones: “para que seáis capaces de comprender y conocer; … para que seáis llenos”. Y por cierto que nadie puede descalificar al adjetivo elevada como modificativo de meta, puesto que ¿qué propósito sería más elevado que conocer la anchura y longitud y altura y profundidad del amor de Cristo, a fin de ser lleno de toda la plenitud de Dios?

   Puesto que la iglesia en sus propias fuerzas jamás será capaz ni siquiera de hacer el más pequeño avance para conseguir este objetivo, el apóstol hace de esto un tema de ardiente intercesión. Comienza escribiendo, 14, 15. Por esta razón doblo mis rodillas ante el Padre, de quien la familia entera en el cielo y en la tierra recibe su nombre: la familia del Padre. Es evidente que el apóstol reasume la cláusula que comenzó en 3:1. El significado de las palabras de apertura es en consecuencia el mismo aquí como en el v. 1: Puesto que se han otorgado a gentiles y judíos tan ricas bendiciones—reconciliación con Dios, y reconciliación entre unos y otros, y la erección de un santuario constituido por judíos y gentiles—por esta razón doblo mis rodillas ante el Padre. En los versículos intermedios 2–13 se ha añadido, no obstante, otro elemento a la primera razón. Pablo dejó en claro que el Señor le había favorecido altamente otorgándole el privilegio de proclamar a los gentiles las buenas nuevas de las insondables riquezas de Cristo, y capacitándole para iluminar las mentes y corazones de todos los hombres con respecto al hecho de que el maravilloso misterio, ahora revelado, está, por parte de muchos, siendo manifestado en un real diario vivir, hecho que sorprende e instruye aun a los ángeles. Es indudable que la actuación de Dios hacia él, Pablo, hombre que en sí mismo es tan indigno, le ha hecho mucho más confiado en la oración. Las bendiciones ya recibidas le han dado valor para pedir cosas aún más grandes. Resumiendo, podemos decir, por tanto, que lo que el apóstol quiere decir cuando aquí en v. 14 escribe, “Por esta razón doblo mis rodillas”, es lo siguiente: Es porque Dios ha manifestado una actitud tan bondadosa hacia vosotros, efesios, y hacia mí, Pablo, que tengo la osadía y confiado acceso al Padre en el cielo.

   El apóstol habla de doblar las rodillas. La posición durante la oración nunca es asunto indiferente. La postura desgarbada del cuerpo al orar es abominación al Señor. Por otro lado, es verdad también que las Escrituras no prescriben en lugar alguno una, y nada más que una, posición correcta. Se indican diferentes posiciones de la cabeza, brazos, manos, rodillas, y del cuerpo en general. Todas ellas son permisibles en cuando simbolizan distintos aspectos de la actitud reverente del adorador, siempre que realmente interpreten los sentimientos de su corazón. En 1 y 2 Timoteo y Tito se halla una lista de varias posiciones para orar a las cuales las Escrituras hacen referencia. En cuanto a hacerlo de rodillas, además de Ef. 3:14 véase 2 Cr. 6:13, Sal. 95:6; Is. 45:23; Dn. 6:10; Mt. 17:14; Mr. 1:40; Lc. 22:41; Hch. 7:60; 9:40; 20:36; 21:5. Esta postura particular representa humildad, solemnidad, y adoración. Es “al Padre” a quien se presenta esta conmovedora súplica, verdadero modelo de oración intercesora. Sin embargo, debe tenerse presente que la Persona a quien está dirigida es nuestro Padre no solamente en virtud de habernos creado (3:9) sino también de habernos redimido. En realidad, el énfasis cae sobre el aspecto redentor. Es el Padre a quien tanto judíos como gentiles tienen acceso por medio de Cristo, sólo mediante él, en un Espíritu (2:18). En este aspecto redentor o soteriológico él, terminantemente, no es el Padre de todos los hombres.

    Pablo da una descripción adicional del Padre en las siguientes palabras: (doblo mis rodillas) “ante el patéra (Padre) de quien cada o todo o entera (o todos los) patriá en el cielo y en la tierra reciben su nombre”. La semejanza fonética entre patēr (aquí acc. patéra) y patriá es evidentemente un juego de palabras a propósito. Crea un problema de traducción. El otro problema, según se indica en nota, es si la palabra pāsa que en el original precede a patriá, se ha de traducir “cada” o “toda” o “entera”. Las principales traducciones que se han sugerido son las siguientes:

(1) cada familia (A.R.V., R.S.V., N.E.B.).

   Objeción: En un contexto donde el énfasis está puesto desde el principio hasta el fin de la unidad, de cómo judíos y gentiles han llegado a ser un organismo (2:14–22; 3:6; 4:4–6), y siendo un énfasis tan marcado que el tema de toda la epístola es la iglesia gloriosa o la unidad de todos los creyentes en Cristo, es tan dudoso hablar de cada familia como lo sería en 2:21 de hablar de cada varios edificios. Los que, a pesar de todo, adoptan esta traducción se hallan asediados por varias interrogantes como: ¿Cuántas familias tiene Pablo en mente? ¿Constituyen acaso los judíos una familia, y otra los gentiles? ¿Están los ángeles formando una familia de por sí o hemos de pensar en varias familias angélicas: ¿una familia de “principados” y otra familia de “autoridades”, etc.?

(2) Toda paternidad (Phillips, Bruce). Simpson escribe que “Padre de todas las paternidades” es traducción que tiene base muy sólida.

   Evaluación: Esta traducción tiene cierta atracción; primero, porque el juego de palabras (paronomasia) del original se puede conservar en la traducción, el cual llega a ser, “doblo mis rodillas ante el Padre de quien toda paternidad en el cielo y en la tierra recibe su nombre”, o algo similar; segundo, porque sugiere un hermoso y alentador pensamiento, que es totalmente verdadero en sí, a saber, que, al comparar la paternidad original del Padre celestial, cualquiera otra paternidad existente en el universo es solamente derivada y secundaria, un débil reflejo. Si los padres terrenales aman tan intensamente a sus hijos y les atienden tan generosamente, ¡cuán maravilloso ha de ser el amor y cuidado del Padre celestial! Este pensamiento, a su vez, sienta una excelente base para la confianza de Pablo en que la petición que está por comenzar será concedida.

   Existen, no obstante, dos razones que me impiden adoptar esta traducción: a. nada hay en el contexto que nos haya preparado para discusión del concepto abstracto de paternidad; y b. el significado de paternidad para patriá es ajeno a Lc. 2:4, “José era de la casa y familia de David”; y a Hch. 3:25, “En tu simiente serán benditas todas las familias de la tierra”. Estos son los únicos pasajes del Nuevo Testamento en que ocurre el término patriá. Es evidente que aun cuando no siempre se refiere necesariamente a familia en el sentido estricto de la palabra, aunque también puede indicar un grupo más amplio de personas unidas por un común antecesor, tiene siempre una connotación concreta.

(3) La familia entera (N.V.I.: “toda la familia”; nota al pie N.E.B.: “su familia entera”).

   Evaluación: Considero que esta traducción es la correcta. Está totalmente en armonía con el contexto. En realidad, con palabras que difieren muy levemente, el apóstol nos acaba de decir que todos los que creen en Cristo, sean judíos o gentiles, constituyen ahora una casa, sinónimo de una familia. No sólo esto, sino que aún ha mencionado la relación del Padre con su casa o familia. Sus palabras fueron: “porque por medio de él ambos tenemos nuestro acceso en un Espíritu al Padre. Así que no sois más extranjeros y forasteros, sino que sois … miembros de la familia de Dios” (2:18, 19). En pasajes subsecuentes ha vuelto a enfatizar este mismo pensamiento, aunque usando diferentes metáforas (2:20–22; 3:6). Lo hará otra vez en 4:1–6. Fue, en realidad, esta misma circunstancia la que llenó su corazón de gran regocijo.

   La única desventaja que esta traducción tiene es que no muestra la conexión obviamente intencionada entre patēr (Padre) y patriá (familia), semejanza fonética casi imposible de reproducir en español y retener al mismo tiempo el significado de las palabras en el original. Sea que se abandone el intento, en cuyo caso la traducción de NVI o alguna otra similar, es aún la mejor que se ha ofrecido: “El Padre … de quien toda la familia en el cielo y en la tierra toma su nombre”, o bien se mire favorablemente mi solución: “el padre, de quien la familia entera en el cielo y en la tierra recibe su nombre: la familia del Padre”, dejo al lector hacer su propia elección. Tal vez alguien podría sugerir alguna forma más adecuada.

   ¿Cuál es el propósito de Pablo al vincular este modificativo a las palabras “el Padre”? Respondo: El probablemente desea indicar que si es verídico que la relación de los creyentes con su Padre celestial es tan estrecha que constituyen una familia, cuyo nombre mismo—es decir, existencia, esencia, carácter—como “la familia del Padre” se deriva de su nombre “Padre”, entonces se puede confiar en este Padre para la provisión de toda necesidad. Véase Mt. 7:11; Lc. 11:13. Este modificativo, por tanto, lejos de ser de poca importancia, proporciona una introducción adecuada para la petición que Pablo ha de presentar. Otro punto que no debe ser pasado por alto, vale decir, que, de acuerdo a la cláusula, “la familia en el cielo y en la tierra”, “la familia del Padre”, es una sola. Hablamos de la iglesia militante en la tierra y la iglesia triunfante en el cielo, pero estas no son dos iglesias. Son una iglesia, una familia. Es en favor de esta iglesia única que Cristo gobierna el universo entero (1:22, 23). Si aún para nosotros que vivimos en tiempos de viajes en jet, transmisiones de onda corta, retransmisiones automáticas de señales por medio de satélites sincronizados de y hacia cualquier lugar del mundo,las distancias parecen esfumarse, de modo que lugares que antaño se consideraban tan alejados ahora han venido a ser vecinos, no debería sernos tan difícil entender que a los ojos de Dios que creó todas las cosas la iglesia de los redimidos en gloria y la iglesia de los redimidos en la tierra constituyen una sola familia. Por cierto, que nada hallamos en las Escrituras que apoye la creencia de que haya contacto directo entre los muertos y los que viven. Existe, no obstante, contacto indirecto (Lc. 15:7). Además, los nombres de todos los creyentes, sea que estos estén aún en la tierra o ya en el cielo, se hallan escritos en un solo libro de vida, y grabados en el pectoral del único Sumosacerdote. También, el Espíritu, aunque en diferente medida, mora en el corazón de todos los creyentes. Todos tienen un Padre, de quien son hijos por adopción (1:5; Gá. 4:5). Cristo, aunque es el Hijo por naturaleza, no se avergüenza de reconocer a estos hijos por adopción como sus hermanos (Heb. 2:11). Cada día las alabanzas de la iglesia entera, en los cielos y en la tierra, van dirigidas al mismo Dios Trino.

   El libro de Apocalipsis muestra en forma especial cuan estrechos son los lazos que unen a aquel sector de la iglesia que está en los cielos con la parte que aún está en la tierra. En la iglesia primitiva esta gloriosa verdad no era letra muerta. También en tiempos posteriores hay quienes la han expresado en forma preciosa. Así, por ejemplo, aquella niñita, una de siete hermanos, de los cuales dos habían muerto, estaba en toda la razón cuando, según el famoso poema de Wordsworth, seguía afirmando, “somos siete”. El lector recuerda, sin duda, el final:

“¿Cuántos sois vosotros?” fue lo que yo dije,

“Si en el cielo dos ya están hoy día?”

Presto la pequeña respondióme,

“Oh, mi amo, somos siete todavía”.

“¡Pero si están muertos; esos dos murieron!

¡Sus almas en el cielo están hoy día!”

Era como hablar al viento inútilmente;

La pequeña sostenía firmemente,

Decía, “¡No, somos siete todavía!”

    Cuando recitamos el “Credo apostólico” y llegamos a la línea, “(creo) la comunión de los santos”, habremos fracasado en conceder todo el significado a esta parte de la confesión si no entendemos que estamos confesando que “… os habéis acercado al monte de Sion, y a la ciudad del Dios vivo, Jerusalén la celestial, y a las huestes innumerables de ángeles (categoría diferente de seres pero interesados vitalmente en nuestra salvación), a la asamblea general e iglesia de los primogénitos que están inscritos en el cielo, y a Dios el juez de todos, y a los espíritus de los justos, hechos ya perfectos” (Heb. 12:22, 23). Habremos fracasado si no apreciamos la memoria de aquellos que en otro tiempo fueron nuestros líderes, reflexionamos en el éxito de sus vidas, e imitamos su fe (Heb. 13:7). Habremos errado el blanco si no tenemos presente y nos confortamos en el hecho de que hoy en día también el Cristo ascendido está en el Espíritu caminando en la tierra en medio de los candeleros (Ap. 1:12, 13); y si no escudriñamos mediante la fe a través de las puertas abiertas del cielo (Ap. 4, 5, 12, 15, 19), y percibimos la unidad con aquellos que han salido de gran tribulación y, habiendo lavado sus ropas en la sangre del Cordero, viven y reinan con Cristo en gloria (Ap. 7:13–17; 20:4). En cuanto a la oración intercesora misma, se puede observar su desarrollo hacia un clímax de trascendental importancia. Es, por decirlo así, una escala formada por tres peldaños, una escalera con tres travesaños, por medio de los cuales uno es llevado hasta las mismas alturas de los cielos. Las tres partes de la oración se pueden ver de inmediato, ya que los límites entre ellas están señalados claramente por las palabras “para que” en los vv. 17 y 19.

    Versíc. 16, 17a. Pablo ha introducido esta conmovedora oración trinitaria diciendo, “Por esta razón doblo mis rodillas ante el Padre, de quien la familia entera en el cielo y en la tierra recibe su nombre: la familia del Padre”, y prosigue, (orando) que conforme a las riquezas de su gloria os conceda ser fortalecidos con poder por medio de su Espíritu en el hombre interior, para que Cristo habite en vuestros corazones por medio de la fe. Dios es glorioso en todos sus atributos, según se ha indicado. Véase sobre 1:17. Su poder (1:19; 3:7) es infinito; su amor (1:5; 2:4) es grande; su misericordia (1:4) y su gracia (1:2, 6; 2:7, 8) son ricas; su sabiduría (3:10) es iridiscente; etc. Obsérvense especialmente expresiones tales como “las extraordinarias riquezas de su gracia (expresadas) en bondad” (2:7) y compárense “las insondables riquezas de Cristo” (3:8). Nunca es correcto enfatizar un atributo a expensas de otro. Hodge está en lo cierto al declarar, “No se trata de su poder excluyendo su misericordia, ni de su misericordia excluyendo su poder, sino que es todo el conjunto lo que le hace glorioso, el objeto propio de adoración. Pablo ora, por tanto, que todos los esplendorosos atributos de Dios sean abundantemente aplicados al progreso espiritual de aquellos a quienes escribe. En forma especial pide que Aquel que, según se mostró en 1:19 (cf. 3:7, 20; Col. 1:11), es la fuente misma de poder en sus diversas manifestaciones, conceda a los efesios que, de acuerdo a la medida de la gloria de Dios, sean fortalecidos con poder por medio de su Espíritu en el hombre interior. Este “hombre interior” no es la parte racional del hombre contrastada con los bajos apetitos de éste. La terminología no es la misma de Platón o de los estoicos. Al contrario, el “hombre interior” es el opuesto al hombre “de afuera” (o: externo). Cf. 2 Co. 4:16. El primero se esconde a la observación pública. El último está a la vista de todos. Es en los corazones de los creyentes donde el principio de la nueva vida se ha implantado por el Espíritu Santo. Véase sobre 3:17. El escritor está orando entonces por lo siguiente, que se ejerza dentro de estos corazones tal influencia directiva que puedan ser fortalecidos más y más con el Espíritu que les ha sido impartido. Véase sobre 1:19; cf. Hch. 1:8. Otra forma de expresar el mismo pensamiento es: “que Cristo more en vuestros corazones por medio de la fe”. Es errónea la idea, bastante popular entre algunos comentaristas, de que primero, por un poco de tiempo, el Espíritu imparte fortaleza a los creyentes, después de los cual llega un momento en que Cristo establece su morada en estos corazones ya fortalecidos. Cristo y el Espíritu no pueden ser separados así. Si los creyentes tienen el Espíritu dentro de sí, entonces tienen a Cristo dentro de sí, lo cual es claro según Romanos 8, 9, 10. “En el Espíritu” es como Cristo mismo habita en el ser interior del creyente. Cf. Gá. 2:20; 3:2. El corazón es la fuente central, tanto de las disposiciones como de los sentimientos y pensamientos (Mt. 15:19; 22:37; Fil. 1:7; 1 Ti. 1:5). De él mana la vida (Pr. 4:23). Este precioso habitar de Cristo es “por medio de la fe”, que equivale a la mano que acepta los dones de Dios. La fe es la total rendición a Dios en Cristo, de modo que se espera todo de Dios y se entrega todo a él. Obra por medio del amor (Gá. 5:6).

   Es provechoso observar que la extensa lista de exhortaciones (4:1–6:7) por medio de las cuales el apóstol va a instar a los efesios a llevar a cabo su salvación (Fil. 2:12) se halla incrustada entre dos referencias de oración; la primera, aquí en 3:14–19, la propia oración de Pablo; la segunda, en 6:18ss, una exhortación a la oración, en cuya relación Pablo recuerda a los efesios que así como él ora por ellos, ellos a su vez, deben orar por él. Es como si el escritor dijese: Sin duda alguna, los creyentes deben esforzarse por alcanzar su meta. Han de esforzarse al máximo. No obstante, deben recordar siempre que aparte del poder del Espíritu Santo—o, diciéndolo en otra forma, sin que Cristo more en ellos—serán absolutamente impotentes. “Con temor y temblor continuad ocupándoos en vuestra salvación; porque Dios es el que está obrando en vosotros tanto el querer como el hacer por su beneplácito” (Fil. 2:12, 13). Y ya que tanto—en un sentido todo—depende de Dios, se sigue que la oración por su poder que imparte fortaleza es de suma importancia.

   El propósito inmediato del fortalecimiento y de la necesidad del morar internamente se declara en palabras que indican, por decirlo así, el segundo peldaño de esta escala de oración: 17b–19a. para que vosotros, estando arraigados y fundados en amor, seáis capaces, firmes, juntamente con todos los santos, de comprender cuál sea la anchura y longitud y altura y profundidad, y conocer el amor de Cristo que sobrepasa el conocimiento. Siendo que la fe obra por el amor, y equivale sin él a nada (1 Co. 13:2), es fácil ver que, si Cristo establece su presencia morando por la fe en el corazón, los creyentes están entonces firmemente arraigados y fundados en amor, un amor para con Dios en Cristo, para con los hermanos y hermanas en el Señor, para con el prójimo, y aun para con los enemigos. Además, este amor, a su vez, es necesario a fin de comprender el amor de Cristo por aquellos que le aman. Y en la medida que se expande la visión de los creyentes en lo relativo a este amor procedente de Cristo, el amor de ellos por él y su habilidad de comprender el amor de él hacia ellos también aumentará, etc. En esta forma se establece en el universo la más bendita y poderosa reacción en cadena. Todo comenzó con el amor de Dios por los efesios en Cristo (1:4, 5; 1 Jn. 4:19). Es como un círculo cerrado, jamás tendrá fin.

   Las palabras, “arraigados y fundados” sugieren una doble metáfora: la de un árbol y la de un edificio. Para asegurar la estabilidad de un árbol se requieren las raíces, las cuales, se extienden en proporción a la extensión de las ramas. Similarmente, un fundamento es necesario, uno que adecuadamente sustente la superestructura. El árbol así firmemente arraigado, que representa a todos los que aman al Señor, florecerá y producirá el fruto correspondiente. Asimismo, el edificio sólidamente fundado continuará creciendo para llegar a ser un templo santo en el Señor, propósito que será cumplido.

   Tal fruto y propósito es “comprender cuál sea la anchura y longitud y altura y profundidad, y conocer el amor de Cristo”. Siendo que tal comprensión o aprobación y conocimiento pueden ser puestos en práctica solamente por aquellos que se hallan arraigados y fundados en amor, es evidente que la referencia no es a una actividad puramente mental. Es un conocimiento experimental, conocimiento del corazón, el que Pablo tiene en mente. Y siendo que el corazón es el alma misma y centro de la vida e influye todas las actividades internas de la vida y las expresiones externas, lo que se indica es una comprensión y conocimiento con todo el ser, esto es, con todas las “facultades” del corazón y la mente. Y por cierto que no se excluye la apropiación mental.

   No debe ser necesario señalar que cuando el apóstol habla de ser capaces (ejerciendo gran fortaleza inherente; véase sobre 1:19) de comprender … y conocer, no piensa en dos sujetos sino en uno, vale decir, el amor de Cristo. Tan grande es ese amor que nadie será jamás capaz de apropiarlo y conocerlo enteramente por sí mismo, es por esto que dice “juntamente con todos los santos”. Los santos se comunicarán unos a otros sus descubrimientos y experiencias con respecto a él, en el espíritu del Sal. 66:16, “¡Venid, escuchad, todos los que teméis a Dios, y contaré lo que ha hecho por mi alma!” Esta actividad de ir conociendo más y más acerca del amor de Cristo comienza aquí en la tierra, y continuará, por supuesto, en la vida venidera. El hecho de que Pablo en esta oración, en particular, no se ha olvidado de la iglesia en el cielo es claro según el versículo 14. El elevado ideal es llegar a conocer a fondo los profundos afectos de Cristo, su ternura autosacrificial, su compasión ardiente, y sus maravillosas manifestaciones. Todo esto está incluido en el amor, pero no lo agota. ¡Pablo ora para que los lectores lo apropien para sí y conozcan este amor en toda su anchura y longitud y altura y profundidad! Aquí, según veo, el expositor debe ponerse en guardia. No debe separar esta expresión, de modo que a cada una de estas dimensiones se les atribuyan distintos significados. Lo que quiere decir es sencillamente esto: Pablo ora para que los efesios (y todos los creyentes a través de los siglos) pongan tanto interés y celo en la consecución de su objetivo que jamás lleguen al punto de decir, “Hemos llegado al final. Ahora ya sabemos todo lo que es necesario conocer acerca del amor de Cristo”. Así como Abraham recibió la invitación de mirar a los cielos y contar las estrellas, a fin de que entendiese que era imposible enumerarlas; y así como hoy día se nos insta por medio de un himno a contar nuestras muchas bendiciones y enumerarlas una por una a fin de que su infinita cantidad aumente nuestra gratitud y asombro, así también el apóstol ora para que los lectores logren concentrarse tan intensamente y en forma tan exhaustiva en la inmensidad y gloria del amor de Cristo que lleguen a la comprensión de que este amor sobrepasa el conocimiento. El corazón y mente finitos nunca podrán llegar a una cabal comprensión o conocimiento del amor infinito. Aun en la vida venidera Dios jamás dirá a sus redimidos, “Ahora yo os he dado a conocer todo lo que se puede decir acerca de este amor. Cierro el libro, porque la última página ha sido leída”. Siempre habrá más y más y aún más que decir. Y esta será la bendición de la vida eterna.

   Esto nos introduce al clímax. Llegamos ahora al final de la escala: 19b. para que seáis llenos hasta toda la plenitud de Dios. Véase también sobre 4:13. En otras palabras, el conocimiento ya descrito es de carácter transformador: “Empero nosotros, con rostro descubierto, mirando como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados en la misma semejanza, de gloria en gloria, así como el Espíritu del Señor” (2 Co. 3:18). Contemplar la gloria del amor de Cristo significa ser transformado progresivamente en esta imagen. En un sentido, este proceso de transformación cesará en el momento de lamuerte. En el instante mismo en que el alma del creyente entre en el cielo, tendrá lugar un gran cambio, y él, que instantes antes era todavía un pecador, un pecador salvado, ya no será más pecador, sino que contemplará el rostro de Dios en justicia. Será entonces absolutamente perfecto, totalmente impecable, obediente en todos los aspectos a la voluntad del Padre (Mt. 6:10; Ap. 21:27). Para “todos los santos” cesará, en el sentido ya indicado, al regreso de Cristo. En otro sentido, no obstante, el proceso de transformación no cesará: el crecimiento, en aspectos tales como conocimiento, amor, gozo, etc., se prolongará por la eternidad. Tal crecimiento no es inconsistente con la perfección. Aun en la eternidad los creyentes continuarán siendo criaturas; por tanto, finitas. El hombre jamás llega a ser Dios. Dios, sin embargo, permanece por siempre infinito. Ya en la gloria, en condición de total ausencia de pecado y muerte, los individuos finitos se hallan en contacto continuo con el Infinito, ¿no es acaso posible que lo finito no haga progreso en los asuntos que ya se han mencionado? Cuando “la plenitud de Dios”— todos aquellos atributos divinos comunicables de los cuales Dios está lleno: amor, sabiduría, conocimiento, bienaventuranza, etc.—es, por decirlo así, vaciado en vasos de limitada capacidad, ¿no se aumentará su capacidad? Es indudable que los creyentes nunca serán llenos con la plenitud de Dios en el sentido de que lleguen a ser Dios. Aun los atributos comunicables, en la medida que existen en Dios, son incomunicables. Pero lo que Pablo ha pedido es que los lectores sean llenos hasta toda la plenitud de Dios. La perfección, en otras palabras, también en aquellos asuntos como conocimiento, amor, bienaventuranza, ha de quedar siempre como la meta; para llegar a ser más y más como Dios, el ideal final. Lo que Pablo está pidiendo, por tanto, con referencia especial, por supuesto, a la iglesia que todavía se halla en la tierra, aunque la respuesta a la oración nunca cesará, no es ninguna cosa extraña, nada nuevo. Es una petición similar a la exhortación de 5:1, 2 “Sed pues imitadores de Dios, como hijos amados, y andad en amor, así como Cristo os amó y se dio a sí mismo por nosotros, ofrenda y sacrificio a Dios, en fragante olor”. Y otra vez, “Y fue él quien dio a algunos (ser) apóstoles … a fin de equipar enteramente a los santos para la obra de ministerio … hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del claro conocimiento del Hijo de Dios, a la madurez, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo” (4:11–13). Cf. Col. 2:9, 10.

1er Titulo:

Por Su Presencia Personal (San Juan 15:4-6. Permaneced en mí, y yo en vosotros. Como el pámpano no puede llevar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí. Yo soy la vid, vosotros los pámpanos; el que permanece en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto; porque separados de mí nada podéis hacer. El que en mí no permanece, será echado fuera como pámpano, y se secará; y los recogen, y los echan en el fuego, y arden.).

   Comentario del contexto: 4. Permaneced en mí, y yo (permaneceré) en vosotros. En el proceso de llevar salvación a los corazones de los hombres Dios siempre es primero. Véase sobre 3:3, 5. Con su Espíritu invade el corazón del pecador. De este modo el pecador, que ahora ha llegado a ser, en principio, un santo, ha recibido poder para permanecer en Cristo. Cuanto más lo hace, tanto más experimentará la presencia amorosa de Cristo (véase también sobre 14:21). Esa es la promesa. De ahí que las palabras, “permaneced en mí”, no constituyen una condición que el hombre deba cumplir con su propio poder antes de que Cristo lleva a cabo su parte. Lejos de ello. Es gracia soberana desde el principio hasta el fin, pero la responsabilidad de permanecer en Cristo se coloca claramente en los hombros del hombre, ahí donde corresponde. Sin esfuerzo no hay salvación. ¡Pero el poder de esforzarse y de perseverar lo da Dios! En los versículos 7 y 9 se explica qué significa permanecer en Cristo.

   Este precepto, si bien se les comunicó sólo a los once, de ningún modo está en conflicto con la seguridad dada en 10:28, en el sentido de que las ovejas nunca perecerán. Por el contrario, hay una armonía preciosa, porque precisamente por medio de la obediencia a este “mandamiento” se cumple la promesa de 10:28. La exhortación, “permaneced en mí”, concuerda con otras muchas dirigidas a los creyentes, poniéndoles sobre aviso contra la apostasía y ordenándoles que permanezcan en la fe. Estas advertencias consideran el problema desde el punto de vista del hombre. Están en el ámbito de la responsabilidad humana (Co. 1:23; He. 2:1; 3:14; etc.). Es cierto que una vez que el hombre ha sido verdaderamente salvo, permanece salvo para siempre; sin embargo, Dios no mantiene al hombre en el camino de la salvación sin esfuerzo, diligencia y vigilancia de parte del hombre. ¡Y la fortaleza para perseverar en la fe de esta manera siempre procede de Dios, de él solo!

  A modo de ilustración, se podría señalar un incidente de la vida de Pablo. En relación con una tempestad y un naufragio en los cuales Pablo se vio envuelto Dios le había hecho una promesa concreta, “no habrá ninguna pérdida de vida entre vosotros” (Hch. 27:22). Sin embargo, Pablo dice el centurión de los soldados, “si éstos no permanecen en la nave, vosotros no podéis salvaros” (Hch. 27:31). La palabra de advertencia no contradecía en modo alguno la certeza de que los hombres realmente se salvarían. Los hombres escucharon la advertencia y no hubo pérdida de vidas.

   Pero sobre la base de 14:21 (adviértase el carácter tan general de esta declaración) y de 17:20 podemos creer que las palabras pronunciadas esa noche estuvieron dirigidas no sólo a esos once, sino también a muchos otros que los seguirían, de hecho, a todos los que serían conducidos a un contacto íntimo con Cristo y el evangelio. Y entre éstos habría muchos que se apartarían de Cristo. En consecuencia, desde cualquier punto de vista la advertencia era totalmente pertinente y necesaria. ¡Recuérdese que Judas ya se había apartado!

   Como el pámpano no puede llevar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí. No se puede entrar en el reino sin elnacimiento de lo alto (véase sobre 3:3, 5). Una vez en el reino, no se puede producir fruto ano ser que se permanezca en Cristo, la vid. Estas son leyes que no admiten excepción.Esperar que se pueda producir fruto si el hombre no permanece en Cristo es más necio aunque esperar que un pámpano que ha sido separado de la vid pueda producir uvas. Véasetambién versículo 5 (última frase).

   Versíc. 5. Yo soy la vid, vosotros los pámpanos. Primero se repite 15:1: Jesús es la vid. Luego, se afirma expresamente el pensamiento que ya se indicaba implícitamente en 15:2–4, a saber, “vosotros sois los pámpanos.” La palabra que se utiliza para pámpano significa literalmente rama de la vid o ramita de la vid (κλ_μα).

   El que permanece en mí, y yo en él, lleva mucho fruto; porque separados de mí nada podéis hacer.

   Nótese: más fruto (versículo 2), mucho fruto (versículo 5 y 8). Se pone de relieve la vitalidad de la vid, Jesucristo. Esta vid capacita a los que permanecen en él para producir no solo fruto sino mucho fruto. En cuanto al carácter de este fruto véase sobre 15:1, 2.

   Por otra parte, los que no están en relación con Cristo nada pueden hacer, nada (ο_ … ο_δέν). Esto es válido no sólo para el borracho, el ladrón, el asesino, la persona inmoral, sino también para el poeta, el científico y el filósofo que no han abrazado a Cristo con una fe viva. Nada pueden hacer que sea aceptable delante de Dios. ¿Por qué es entonces que algunos—incluso entre los que les gusta pasar por cristianos y buscan un puesto de liderazgo en la iglesia—se dedican a rendir los honores más altos a tales “extraños”, como si uno pudiera más bien prescindir de Pablo que de Platón?

   El pasaje enseña ciertamente la incapacidad del hombre para hacer lo que es bueno delante de Dios. Esto está totalmente de acuerdo con Ro. 14:23, igual que la frase anterior (“el que permanece en mí … lleva mucho fruto”) está totalmente en armonía con Fil. 4:13. ¡Con ello se condena toda clase de pelagianismo y semipelagianismo!

   Versíc. 6. El que en mí no permanece, es echado fuera como (cualquier) pámpano, y se seca; y los echan en el fuego y arden.

   Nótense los cinco elementos en el castigo del que rechaza la luz:

(a). “Es echado fuera como (cualquier) pámpano”. Ya está condenado (3:18). Es echado fuera (6:37).

(b). “Se seca”. Aunque esta persona pueda seguir en esta vida por un tiempo más, no tiene paz (Is. 48:22), ni gozo (Jl. 1:12: “se extinguió”). Es como los “árboles otoñales, sin fruto, dos veces muertos y desarraigados” (Jud. 12; véase también Is. 40:24; Mr. 4:6; 11:21). El ejemplo inolvidable es Judas (Mt. 27:3–5).

(c). “Y los recogen (los pámpanos)”. Cf. Mt. 13:30: “Y al tiempo de la siega yo diré a los segadores: Recoged primero la cizaña, y atadla en manojos para quemarla”. Véase también Mt. 13:41 y Ap. 14:18.

(d). “Los echan en el fuego”. Cf. Mt. 13:41, 42: “Enviará el Hijo del Hombre a sus ángeles, y recogerán de su reino a todos los que sirven de tropiezo, y a los que hacen iniquidad, y los echarán en el horno de fuego”. Véase también Mt. 7:19; 13:50; Ap. 20:15.

(e). “y arden”. Cf. Mt. 25:46: “E irán estos al castigo eterno”. Que este quemarse no significa aniquilación resulta claro también de pasajes como Mr. 9:43 (“fuego que no puede ser apagado”), 48 (“el fuego nunca se apaga”); cf. Ap. 20:10 (“y serán atormentados día y noche por los siglos de los siglos”—dicho respecto al diablo, la bestia y el falso profeta, cf. Ap. 20:15).

   En cuanto a la enseñanza respecto a las últimas cosas en el Evangelio de Juan véase sobre 5:24–30. Nótese el instructivo cambio del singular al plural aquí en 15:6. Primero tenemos el singular: “El que … es echado fuera … y se seca”. Esto pone de relieve la responsabilidad de cada persona que es conducida a un contacto íntimo con Cristo y su evangelio. Si rechaza la luz, llegará el tiempo en que terminará toda labor ulterior con él como persona. Se le considera como uno más entre la masa de aquellos que son rechazados y arrojados al infierno. Por ello, ahora tenemos el plural: “y los (tales pámpanos) recogen”, etc. (La voz activa en el original de modo que leemos literalmente, “y los recogen y los echan en el fuego”, se debe probablemente a influencia aramea en la gramática.

2° Titulo:

La Presencia De Cristo A Través Del Espíritu Santo (1ª de Juan 3:24. Y el que guarda sus mandamientos, permanece en Dios, y Dios en él. Y en esto sabemos que él permanece en nosotros, por el Espíritu que nos ha dado.).

   Comentario del contexto: 24. Los que obedecen sus mandamientos viven en él y él en ellos. Y de este modo sabemos que él vive en nosotros: lo sabemos por el Espíritu que nos dio.

(a). Fe. Juan reduce los mandamientos a un solo mandamiento que tiene dos partes: “Que creamos en el nombre de su Hijo, Jesucristo, y que nos amemos unos a otros”. En cierto sentido, Juan sigue a Jesús, quien resumió los mandamientos de la ley en dos mandamientos: “‘Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda tu mente’” y “‘Amarás a tu prójimo como a ti mismo,’” (Mt. 22:37–39; y comparar con Ro. 13:9). Juan, sin embargo, coloca las frases creer en el nombre de Jesús y amarnos unos a otros en el mismo mandamiento. ¿Son idénticos los verbos creer y amar? Iguales no son, pero están relacionados de un modo integral.

   Está es la primera vez en la epístola que Juan utiliza el verbo creer. Este verbo sirve como introducción a los siguientes capítulos. Juan afirma que Dios Padre da el mandamiento, y que así Dios nos dice inequívocamente que debemos creer en el nombre de su Hijo, Jesucristo. El mandamiento es que comencemos a creer y que continuemos creyendo en el nombre—es decir, en la plena revelación— del divino Hijo de Dios. Juan añade los nombres Jesús para referirse a su ministerio terrenal y Cristo para llamar la atención a su exaltada posición (referirse a 1:3). Nadie puede llegar al Padre a menos que sea por Jesús (Jn. 14:6).

   Juan pasa de la fe al amor, ya que estos dos conceptos están estrechamente vinculados. En su Evangelio, Juan revela que Jesús repetidamente dio al mandamiento amaos unos a otros (Jn. 13:34; 15:12, 17). Creer en Jesucristo significa entonces obedecer su mandamiento de amarnos unos a otros. Juan repite este mandamiento. Al utilizar el tiempo presente del verbo amar, él exhorta a los lectores a seguir amándose unos a otros.

(b). Obediencia. Juan saca su conclusión: “Los que obedecen sus mandamientos viven en él y él en ellos”. Este es un tema que Juan repite en su Evangelio (6:56; 17:21–23) y en su epístola (2:24; 4:13–16). Los que obedecen la Palabra de Dios en su corazón experimentan que Dios mora con ellos. Tal como lo expresara un teólogo inglés del siglo VIII, el Venerable Beda: “Que sea Dios entonces un hogar para vosotros, y sed vosotros el hogar de Dios; permaneced en Dios y dejad que Dios permanezca en vosotros”.

(c). Conocimiento. A Juan le gusta reiterar ciertas declaraciones. Por ejemplo, en este versículo él repite virtualmente lo que ya escribiera anteriormente (3:10): “En esto sabemos”. ¿Qué es lo que sabemos? “Que él vive en nosotros”. Cuando Juan escribe el pronombre él, no distingue cuidadosamente entre Dios el Padre y Jesús el Hijo. Para él el Padre obra por medio del Hijo y por medio de Jesús Dios vive en nosotros. Por consiguiente, no hace falta una distinción precisa. En este versículo, sin embargo, Juan introduce la tercera persona de la Trinidad, el Espíritu Santo. ¿Cómo mora Dios en el corazón del creyente? Por medio de la obra y testimonio del Espíritu Santo. Ningún creyente puede decir que no sabe si Dios vive en él. El Espíritu de Dios da testimonio en el corazón del cristiano y le da también este conocimiento y certeza.

Consideraciones prácticas acerca de 3:21–24

   Las Escrituras hacen muchas declaraciones maravillosas, pero esta es memorable: “Tenemos confianza ante Dios y recibimos de él cualquier cosa que pedimos”. Los hijos y las hijas ni siquiera pueden hacer esta declaración acerca de sus padres. Sin embargo, por ser hijos de Dios, podemos con confianza hacerle llegar a Dios nuestras peticiones y recibir de él cualquier cosa que pidamos.

   Las Escrituras también dicen que nuestras peticiones deben ser presentados en el nombre de Jesús para que él “pueda llevar gloria al Padre” (Jn. 14:13). Nótese que antes de orar la cuarta petición del Padre Nuestro: “Danos hoy nuestro pan cotidiano” (Mt. 6:11), ya hemos pedido que al nombre de Dios fuese glorificado, que viniese su reino y que hiciese su voluntad. Dios contesta nuestras peticiones cuando nuestro objetivo es glorificarle, promover su gobierno y hacer su voluntad.

   Dios contesta cada oración, pero muchas peticiones reciben una respuesta negativa. En su sabiduría Dios sabe exactamente qué es lo que sirve a nuestro bienestar espiritual. Por ejemplo, Pablo oró tres veces que le fuera quitado su aguijón de la carne, pero Dios le dijo: “Mi gracia es suficiente para ti, porque mi poder es perfecciona en la debilidad” (2 Co. 12:9). Por consiguiente, Pablo da testimonio: “Me regocijo en la debilidad … porque cuando soy débil, entonces soy fuerte” (v. 10).

3er Titulo:

La Vida De Cristo Reflejada En La Conducta Del Creyente (1ª de Juan 2:4 al 6. El que dice: Yo le conozco, y no guarda sus mandamientos, el tal es mentiroso, y la verdad no está en él; pero el que guarda su palabra, en éste verdaderamente el amor de Dios se ha perfeccionado; por esto sabemos que estamos en él. El que dice que permanece en él, debe andar como él anduvo.).

   Comentario del contexto: 4. El hombre que dice: “Yo le conozco” y no hace lo que él manda es un mentiroso, y la verdad no está en él.

   Por medio de la conjunción y (omitida en la presente traducción), Juan vincula el versículo 3 con la segunda parte del capítulo 1. Aparentemente el escritor necesita completar sus pensamientos acerca de la comunión con Dios (1:3, 6, 7, 9). Tal como lo indicó, andar en la luz en comunión con Dios significa confesar nuestros pecados (1:9). Ahora él añade que conocer a Dios significa obedecer sus mandamientos. Como sinónimo del término comunión, él introduce el concepto de conocer a Dios.

(a). “Sabemos que hemos llegado a conocerle”. En este breve versículo la palabra griega conocer aparece dos veces. El primer verbo está en tiempo presente (“sabemos” = conocemos) y el segundo en tiempo perfecto (“hemos llegado a conocerle”).

   La comunión con Dios y el conocimiento de Dios son dos caras de una misma moneda. La relación que uno pueda tener con Dios puede ir desde un conocimiento casual hasta una comunión íntima. Pero Dios no está interesado en una relación que sea casual y que carezca de significado. El desea que le conozcamos íntimamente.

  Conocer a Dios significa que estamos informados acerca de él, que le amamos y que también experimentamos su amor. Obtenemos nuestro conocimiento de Dios cuando nos esforzamos por cumplir su voluntad en las experiencias específicas de nuestra vida. Conocerle significa entonces vivir en perfecta armonía con él, haciendo su voluntad.

(b). “Si obedecemos sus mandamientos”. Conocer a Dios es cumplir sus mandamientos, y cumplir sus mandamientos es conocer a Dios. Juan repite este pensamiento con palabras ligeramente diferentes en otro pasaje de su epístola: “Así es como sabemos que amamos a los hijos de Dios: amando a Dios y cumpliendo sus mandamientos” (5:2).

   Las condiciones del nuevo pacto que Dios le reveló a Jeremías (Jer. 31:33–34) y que el escritor de Hebreos cita (Heb. 8:10–11), combinan la ley y el conocimiento de Dios.

“Este es el pacto que haré con la casa de Israel

después de aquellos días”, declara el Señor.

“Pondré mi ley en sus mentes

y la escribiré en sus corazones.

Yo seré su Dios

y ellos serán mi pueblo.

Ya no enseñará ningún hombre a su prójimo

o algún hombre a su hermano, diciendo: ‘Conoce al Señor’

porque todos ellos me conocerán,

desde el menor de ellos hasta el mayor”,

declara el Señor.

   El rasgo distintivo del hijo de Dios es que obedece la voluntad de Dios. Cuando obedece estos mandamientos, demuestra que ha llegado a conocer a Dios. Pero esto no siempre sucede, tal como lo enseña Juan en al próximo versículo.

(c). “El hombre que dice: ‘yo le conozco’ y no hace lo que él manda es un mentiroso”. Aunque este versículo sirve de paralelo a la consideración de la segunda parte del capítulo anterior (1:6, 8, 10), en la que Juan escribe ampliamente acerca de los que dicen tener comunión con Dios, pero no viven en la verdad, lo que sucede aquí es que en realidad él está citando a una persona. Cita a la persona que ha llegado a conocer a Dios (tiempo perfecto) pero que no obedece (tiempo presente) los mandamientos de Dios. Juan lo llama mentiroso. Es decir, esta persona es una mentira andante que dice una cosa y hace lo opuesto (compárese 4:20; Tit. 1:16). La palabra mentiroso describe el carácter de la persona cuya conducta total está opuesta a la verdad.

(d). “Y la verdad no está en él”. A excepción de las últimas dos palabras de esta cláusula, esta afirmación es idéntica a la de 1:8. El énfasis recae en “en él”. Esta persona, dice Juan, no tiene la verdad de Dios.

   Versíc. 5a. Pero si alguno obedece su palabra, el amor de Dios ciertamente ha llegado en él a su plenitud.

   Una de las características sobresalientes de esta epístola es el usa continuo que hace Juan del contraste.Por ejemplo, él coloca la verdad frente a la mentira, contrapone la luz a las tinieblas y sitúa elamor frente al odio. También en la primera parte de este versículo, él declara afirmativamente aquelloque describiera negativamente en el versículo anterior.

   Otra característica de Juan es el uso que hace de diversos términos que expresan la misma idea, a efectos de describir el concepto palabra: “verdad” (1:8; 2:4), “palabra” (1:10; 2:5), y “mandamiento” (2:3–4)—significando todos estos más o menos la misma cosa. Aunque de hecho hay una similitud, “la palabra” es más amplia y más comprehensiva que “los mandamientos”. Tal como lo observa John Albert Bengel: “Los preceptos son muchos; la palabra es una”. La Palabra de Dios es la revelación de Dios que culmina en Jesucristo (Heb. 1:2). De hecho, Juan se hace eco de las palabras que Jesús dijo en el discurso posterior a la institución de la Santa Cena: “Si alguno me ama, obedecerá mi enseñanza [es decir, mi Palabra]” (Jn. 14:23).

   Todo aquel que obedece la palabra de Dios experimenta el ilimitado amor de Dios. Juan probablemente escribió estas palabras para oponerse a los maestros gnósticos que alababan la acumulación de conocimientos, y lo hacían a expensas de la obediencia. Juan, sin embargo, enseña que el amor de Dios llena completamente el corazón y la vida de la persona que obedece la palabra de Dios (compárese con 4:12, 18).

   ¿Cuál es el significado de la frase el amor de Dios? Algunos expositores lo traducen objetivamente escribiendo “el amor del hombre por Dios”. Otros lo entienden subjetivamente como “el amor de Dios por el hombre”. Y aún otros lo interpretan como una descripción: ese amor que es característico de Dios mismo.

   Si bien las tres interpretaciones tienen su mérito, la evidencia que recibimos del contexto inmediato y del contexto general parece apoyar la interpretación subjetiva. En primer lugar, en el contexto inmediato compárese el paralelo entre los versículos 4 y 5—“La verdad no está en él (v. 4) y “el amor de Dios está … en él” (v. 5). Tanto la verdad como el amor originan en Dios, pero no en el hombre. En segundo lugar, en el contexto más amplio de la epístola Juan explica el origen del amor: “El amor proviene de Dios” (4:7), “Dios vive en nosotros y su amor se completa en nosotros” (4:12), y “conocemos y confiamos en el amor que Dios tiene por nosotros” (4:16). Dios es la fuente de amor y el proveedor del mismo. En suma, entonces, el contexto es decisivo para determinar el significado de la frase el amor de Dios.

   Versíc. 5b. Así es como sabemos que estamos en él: 6. Todo aquel que dice que vive en él debe andar como lo hizo Jesús.

   La palabra así puede referirse tanto a la oración precedente como a la siguiente, o a ambas. En otras palabras, el versículo 5b puede ser la parte final del versículo 5a, la introducción al versículo 6 o una declaración independiente de ambas. Los traductores generalmente escogen la segunda opción y consideran el versículo 5b como una introducción al próximo versículo.

¿Cómo sabemos que estamos en él? Juan contesta con una sucesión progresiva de afirmaciones: “estamos en él”, “[vivimos] en él” y “debemos andar como lo hizo Jesús”.

(a). “Estamos en él”. Sabemos que estamos en Dios cuando tenemos una comunión íntima con él por medio de Jesucristo (1:3). La frase en él es una reafirmación de “hemos llegado a conocerle” (2:3).

(b). “[Vivimos] en él”. La comunión con Dios en Cristo no es una condición estática sino una relación activa que perdura. Si decimos que “en él vivimos y nos movemos y somos” (Hch. 17:28), nos colocamos bajo obligación para con Dios mismo. Debemos seguir el ejemplo que él nos ha dado en la vida terrenal de su Hijo.

(c). “Debemos andar como lo hizo Jesús”. Así como Jesús vivió mientras estuvo en la tierra, del mismo modo nosotros hemos de vivir imitándole. Podemos hacer esto solamente poniendo nuestras vidas en armonía con su revelación

   Comentario de Estudio doctrina cristiana (página 232- 234). La identificación: [1] Nuestra identificación con Cristo en su crucifixión:

   Hay dos aspectos en que el creyente mantiene relación con la cruz, a saber, en la sustitución y en la identificación.

   De estas verdades, tal vez la sustitución no es mejor conocida. Cristo murió por nosotros. Él llevó nuestros pecados en la cruz. Él tomó nuestro lugar bajo la ira y soportó la penalidad que nosotros merecíamos. Esta visión de la cruz, que viene al pecador importante; y cuando él se la apropia por fe ella trae salvación de la culpa del pecado. Este significado de “Cristo nuestro Salvador” (Is. 53:6; He. 13:12).

   El segundo aspecto de nuestra relación con la cruz. —la identificación— necesita un énfasis especial, puesto que no es bien comprendida por muchos cristianos. Cristo murió por nosotros, ésa es la verdad; pero es sólo la mitad de la verdad. Nosotros morimos en Cristo, ésta es la otra mitad de la verdad. La afirmación que Cristo murió por nosotros para que escapásemos del castigo es sólo parte de la verdad. También es preciso decir que Dios considera que hemos sido castigado en Cristo. Para expresar la verdad de una manera personal, se puede decir que en la persona de mi Sustituto yo llevé el castigo de mi pecado. En Él la ley agotó su potencia de muerte sobre mí pecado. Cuando Cristo murió, yo también morí. Con referencia a la exigencia de la ley, yo soy considerado, ante los ojos de Dios, como un hombre muerto. Eso es lo que Pablo quiso decir cuando dijo “con Cristo estoy juntamente crucificado” (Gá. 2:20). Esta es también la enseñanza clara de tales pasajes como Ro. 6:4, 5, 8, 11; 7:4; 2 Co. 5.14; Col. 3.33; 2.12.

   [2] Nuestra identificación con Cristo en su resurrección.

   Ésta es la segunda parte de la visión de victoria. En los mismos dos aspectos en que el creyente está relacionado con la crucifixión de Cristo, también está relacionado con su resurrección; por la sustitución y la identificación, nuestro Señor Jesús fue nuestro sustituto tanto en su crucifixión como en su resurrección; Él no sólo murió por nosotros en la cruz, si no también por nosotros resucitó de la muerte.

   Ahora, en su resurrección, tanto como en su crucifixión, el creyente está identificado con Cristo. Esto es lo que Pablo quiso decir cuando dijo: “Con Cristo estoy juntamente crucificado, y vivo” (Gá. 2.20). para expresar la verdad en forma personal, yo morí con Cristo, pero también resucité con Él. Yo estaba en Él cuando rompió los lazos de la muerte en la mañana de la resurrección con nuestro Señor en la muerte. “Resucitado con Cristo” expresa nuestra unión con el Señor en la vida. Veamos algunos versículos que exponen nuestra unión con Cristo por el lado de la vida, nuestra identificación con Él en su resurrección: Ro.4:25; 1 Co. 15:14, 17, 20; Ro. 6:4, 11; 2 Co. 5:14, 15; Col. 2:12; 3:1,3.

   De esta identificación doble creyente con Cristo en su muerte y resurrección, el bautismo es una representación simbólica impresionante. El bautismo tiene un significado doble. En primer lugar, es la señal exterior y visible de la obra interior de gracia efectuada por el Espíritu Santo en la regeneración. Pero, en segundo lugar, el bautismo es su significado espiritual más profundo, es un símbolo de la muerte. No es un rito de purificación, sino un tipo de crucifixión y resurrección, Ro. 6:3-4; Col. 2.12.

   [3] La identificación de Cristo con nosotros por medios de su presencia personal en nuestros corazones.

   Esta es la última parte de la visión de la victoria, y es la más gloriosa de todas. Cristo mismo, por medio del Espíritu Santo, vendrá y habitará en nuestros corazones y vivirá su propia vida dentro de nosotros, Gá. 2.20; Jn. 14:20; Col. 1:27; Ro. 15:29. Es preciso afirmar con todo énfasis que la vida cristiana es la vida de Cristo. No es una imitación, es una encarnación. No copiamos a Cristo, sino lo reproducimos; o más bien, ÉL reproduce su propia vida dentro de nosotros por la presencia del Espíritu Santo en el corazón.

Amén, para la gloria de Dios.

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Bibliografía: El Espíritu Santo Por Edwin H. Palmer; Estudio De Doctrina Cristina Por George Pardington; El Triunfo Del Crucificado Por Erich Sauer; Comentario Al Nuevo Testamento Por Simon J. Ryrie Kistemaker; Biblia De Referencia Thompson VRV 1960; Comentarios de Matthew Henry; El Espíritu Santo por Charles C. Sumario De Doctrina Cristiana Por Luís Berkhof. Comentario Al Nuevo Testamento Por William Hendriksen.


Hno Roberto Saldías Roa

Miembro de la IEP en Nacimiento Bajo, nació en el evangelio del Señor en la Iglesia de Laja 1975. Casado con María Nahuelmán, estudia teología de manera autodidacta. Me gusta mucho leer y escribir.

 

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