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Semana del 25 al 31 de mayo de 2020: “Sólo el Espíritu Santo es quien produce fe salvadora”

Semana del 25 al 31 de mayo de 2020: “Sólo el Espíritu Santo es quien produce fe salvadora”

Lectura Bíblica: 2ª a los Tesalonicenses 2:13 y 14. Pero nosotros debemos dar siempre gracias a Dios respecto a vosotros, hermanos amados por el Señor, de que Dios os haya escogido desde el principio para salvación, mediante la santificación por el Espíritu y la fe en la verdad, a lo cual os llamó mediante nuestro evangelio, para alcanzar la gloria de nuestro Señor Jesucristo.

   Comentario: [2:13, 14]. Pero estamos en la obligación de dar gracias a Dios siempre por vosotros, hermanos amados por el Señor, porque Dios os eligió desde el principio para salvación por medio de la santificación por el Espíritu y la creencia en la verdad; [14] a la cual (salvación) también os llamó por medio de nuestro evangelio, con el propósito de obtener la gloria de nuestro Señor Jesucristo.

   Contrastando (nótese δε) a la condenación que aguarda a los seguidores de Satanás se halla la salvación atesorada para los hijos de Dios. Esta es la idea que se desarrolla en el presente pasaje, lleno de ricos conceptos. Sin embargo, como todos estos ya han sido discutidos, y algunos en forma muy amplia, bastará con hacer una referencia al lugar donde se halla este material:

Sobre “estamos en la obligación de dar gracias a Dios siempre por vosotros” véase 2 Ts. 1:3.

Sobre “hermanos amados por el Señor” cf. 1 Ts. 1:4.

Sobre “porque Dios os eligió” véase 1 Ts. 1:4.

Sobre “salvación” véase 1 Ts. 5:8, 9.

Sobre “santificación” véase 1 Ts. 4:3, 7.

Sobre “creencia” véase 2 Ts. 1:3, 4, 11; 1 Ts. 1:3.

Sobre “verdad” véase 2 Ts. 2:10, 12.

Sobre “llamado” véase 1 Ts. 1:5; 2:12; 4:7; 5:24; 2 Ts. 1:11.

Sobre “con el propósito de obtener” véase 1 Ts. 5:9.

Sobre “gloria” véase 1 Ts. 2:12.

Sobre “nuestro Señor Jesucristo” véase 1 Ts. 1:1.

   En base a los comentarios de estos varios conceptos y del contexto mismo aquí en 2 Tesalonicenses 2:13, 14, podríamos ahora parafrasear el pensamiento del presente pasaje como sigue:

   “Nosotros—Pablo, Silas, y Timoteo—no podemos menos que dar gracias por vosotros incesantemente, hermanos en la fe (quienes son los objetos del amor especial de Dios), porque en su soberana e inmutables elección, Él os escogió desde el principio para salvación—la cual negativamente hablando, es el rescate de la culpa, corrupción y castigo por el pecado; positivamente, la entrada a la herencia reservada para los hijos de Dios—; salvación que llega a ser vuestra posesión mediante la obra del Espíritu Santo, es decir, mediante la santificación—proceso que os mueve progresivamente a ser desatados del mundo y adheridos a Cristo hasta que su imagen sea completamente formada en vosotros—y mediante vuestro activo, vital consenso al cuerpo de verdad redentora revelada en Cristo; a cuya final y completa salvación Dios también os llamó, habiendo aplicado efectivamente a vuestros corazones el evangelio que os hemos predicado y que os hemos rogado aceptar, a fin de que vosotros podáis un día participar en la gloria de nuestro Señor Jesucristo”.

   Aceptamos la lectura, “Dios os eligió desde el principio” (ἀπʼ ἀρχῆς) y no, “Dios os eligió como primicias” (ἀπαρχήν). Ambas versiones tienen buenas razones a su favor, y el concepto de creyentes como “primicias” es perfectamente bíblica (Stg. 1:18; Ap. 14:4)129 y también paulina (Ro. 8:23; 11:16; 16:5; 1 Co. 15:20, 23; 16:15). Sin embargo, Pablo nunca la usa en conexión con la idea de elección o escoger. Por otro lado, la idea de que Dios escogió a los suyos (o decretó algo) “antes de los siglos” (1 Co. 2:7), “desde los siglos” (Col. 1:26), “antes de la fundación del mundo” (Ef. 1:4) es definitivamente paulina. A esto correspondería la traducción “os eligió desde el principio” (i.e., desde la eternidad) aquí en 2 Tesalonicenses 2:14. Además el pensamiento expresado aquí, a saber, que Dios llamó a los hombres a una salvación para la cual los había elegido de antemano es lógico y también paulino (Ro. 8:30).

   Conclusión

   Al concluir conviene añadir una palabra de advertencia. Si bien reconocemos que el Espíritu Santo actúa en la vida del réprobo, no debemos pensar, ni por un momento, que esto salva a la persona. Estas operaciones del Espíritu Santo no son salvadoras. No salvan a nadie. La salvación viene sólo por la confianza en Jesucristo como salvador propio. Esta confianza también la crea el Espíritu Santo. Y sólo cuando el Espíritu Santo actúa en esta forma, haciendo que la persona entregue su vida a Cristo, esa persona es salva.

   Algunos podrían pensar que, ya que el Espíritu Santo actúa dentro de ellos para capacitarlos para ser más hábiles o para dirigir un negocio, y ya que los ha detenido en el camino del pecado e incluso los ha incitado a hacer algunas cosas que en lo exterior son más bien buenas, serán salvos. Pero esto no es bíblico. La Biblia no dice en ninguna parte que una persona que hace el bien será salva. Debemos reconocer que el Espíritu Santo actúa en el no creyente y «n el no regenerado para que hagan el bien, y debemos dar gracias a Dios por esta influencia de tanto alcance y tan maravillosa de su Espíritu. Pero el hecho es que esta influencia y acción del Espíritu Santo no llevará a nadie al cielo. El pecador necesita no sólo la gracia común; necesita la gracia especial para poder ser salvo. Necesita fe en Jesucristo, el Hijo de Dios. El que invoque el nombre del Señor será salvo. El que crea en el Hijo unigénito tendrá vida eterna. Así pues, demos gracias a Dios por la acción del Espíritu Santo en la gracia común, pero no permitamos que nadie se engañe en pensar que es salvo por ella. Antes bien, hagámosle ver que la salvación sólo es de los que confiesan sus pecados, abandonan su forma de vivir, y piden a Jesús que los redima.

  1. Juan 3:16. «Porque de tal manera amó Dios al mundo que ha dado a su Hijo Unigénito, para que todo aquel que en El cree, no se pierda, más tenga vida eterna».
  2. Juan 6:40. «y esta es la voluntad del que me ha enviado: que todo aquel que ve al Hijo y cree en Él tenga vida eterna, y yo le resucitaré en el día postrero».
  3. Heb. 6:11. «Mas deseamos que cada uno de vosotros muestre la misma solicitud hasta el cabo, para cumplimiento de la esperanza».
  4. 2. a Pedro 1:10. «Por lo cual, hermanos, procurad tanto más de hacer firme vuestra vocación y elección; porque haciendo estas cosas no caeréis jamás».

1er Titulo:

El evangelio de salvación es revelado por fe y para fe. Romanos 1.16 y 17.  Porque no me avergüenzo del evangelio, porque es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree; al judío, primeramente, y también al griego. Porque en el evangelio la justicia de Dios se revela por fe y para fe, como está escrito: Mas el justo por la fe vivirá.

Comentario: A. Real y necesaria

  1. Tema

“El evangelio es el poder de Dios para salvación a todo el que pone en acción su fe”

1:16–17

   Es sumamente importante que este pasaje temático sea interpretado correctamente. Fuera de algunas necesarias excepciones, no me tomaré el tiempo de analizar en detalle las diversas opiniones con las cuales no puedo estar de acuerdo. El lector puede hallar por sí mismo estas teorías que discrepan con la mía. Por mi parte, me limitaré a interpretar los términos y/o frases una por una, para luego resumir el total.

[16]. Porque no me avergüenzo del evangelio …

   El apóstol no vacilaba en predicar el evangelio, ya que amaba mucho esas buenas nuevas. En el contexto precedente Pablo había hecho mención de gente “sabia” (como también de gente “ignorante”). Deben haber existido muchos filósofos en ciudades tales como Atenas, Corinto, Éfeso y, en no menor medida, en Roma. ¿Es que quizá el apóstol ha retrasado su viaje a Roma por vergüenza de encontrarse con estas personas tan altamente educadas?

   Su respuesta significa: “¡Por cierto que no!” Cuando él escribe: “No me avergüenzo”, etc., lo probable es que quiera decir: “Me enorgullezco y me gozo de tener la oportunidad de predicar el evangelio”. ¿Y por qué no habría de estar ansioso de proclamar el mensaje de salvación por medio de Cristo, las noticias respecto al “Cristo crucificado … poder de Dios y sabiduría de Dios” (1 Co. 1:23, ¿24)?

… Porque es (el) poder de Dios para salvación a todo aquel que pone en acción su fe …

   Una vez más la palabra “porque” está definitivamente en el sitio correcto. Es lógico decir: “No me avergüenzo  del evangelio, porque revela el poder salvífico de Dios”.

   ¿No andan siempre los romanos jactándose de su poder, de la fuerza por la cual han conquistado al mundo? “Pues bien”, Pablo podría decir, “el evangelio que yo proclamo es muy superior. Ha obtenido y ofrece algo mucho mejor, a saber, (eterna) salvación, y esto no solamente para le gente de una nación particular—Roma, por ejemplo—sino para todo aquel que pone en acción su fe”. La necesidad más urgente e imperativa del alma no es el renombre terrenal, sino la paz, el gozo, la gloria para hoy, para mañana y para el futuro sin fin. Comparado con “el poder de Dios”, ¡cuán débil es el poder de Roma o de cualquier otro ejército terrenal! Los ejércitos terrenales destruyen. El evangelio salva. Es el poder de Dios “para salvación”. ¿Y qué es la salvación? ¿Qué quiere decir salvar? En los escritos de Pablo significa:

EN LO NEGATIVO ▬ EN LO POSITIVO

Rescatar a los hombres de la consecuencia del pecado: ▬ Llevar a los hombres a un estado de:

culpa (Ef. 1:7; Col. 1:14) ▬ justicia (Ro. 3:21–26; 5:1)

contaminación (Ro. 6:6, 17; 7:21–25a) ▬ santidad (Ro. 6:1–4; 12:1, 2)

esclavitud (Ro. 7:24, 25; Gá. 5:1) ▬ libertad (Gá. 5:1; 2 Co. 3:17)

castigo: ▬ bienaventuranza:

(1) alienación de Dios (Ef. 2:12) ▬ (1) comunión con Dios (Ef. 2:13)

(2) la ira de Dios (Ef. 2:3) Ì (2) amor de Dios “derramado” en el corazón (Ro. 5:5)

(3) muerte eterna (Ef. 2:5, 6) ▬ (3) vida eterna (Ef. 2:1, 5; Col. 3:1–4

   Nótese que frente a cada mal aparece una bendición correspondiente. Ser salvos significa, entonces, quedar emancipados del mal más grande, y ser puestos en posesión del bien más grande. Las bendiciones prometidas pertenecen al pasado, al presente y al futuro sin fin. La justificación, la santificación y la glorificación todas están incluidas. El estado de salvación es opuesto al estado de “perecer”, o de estar “perdido”. Véanse Lc. 19:10; Jn. 3:16.

“… a todo aquel …”, o sea, sin entrar en consideraciones de raza, nacionalidad, edad, sexo, rango social, nivel de educación o cultura, etc., cf. Is. 45:22; Jn. 4:42; 1 Ti. 1:15.

   Pero nótese el significativo factor condicionante “(a todo aquel) que pone en acción su fe”.27 Véanse Jn. 3:16. ¿Y qué se quiere decir por la fe? Es la confianza, la seguridad, el recostarse en los brazos eternos, la convicción (Heb. 11:1) de que por medio de Cristo y su sacrificio expiatorio mis pecados son perdonados, mi deuda cancelada; y que, por haber sido adoptado ahora como hijo del Rey:

Mi Padre me está siempre protegiendo,

Él siempre me está cuidando Esté yo despierto o esté durmiendo,

El me sigue cuidando.

Tomado del poema

“Al Romper el Día”  ▬ (de C. H. Morris).

   La fe es el tronco del árbol cuyas raíces representan la gracia, y cuyo fruto simboliza las buenas obras. Es el enganche que conecta el tren del hombre con la locomotora de Dios. Es la mano vacía del pecado tendida hacia Dios, el Dador. Es, de principio a fin, el don de Dios. Cf. C.N.T. sobre Efesios 2:8. … al judío primero, y también al griego.

   Este fue el orden divino planificado por Dios en la historia. Tal como Pablo lo demuestra en el capítulo 4 (y en cierta medida ya aquí en el versículo 16), el evangelio de la salvación es esencialmente el mismo en ambas dispensaciones. Sin embargo, en la economía divina el mismo fue revelado en primer lugar a los judíos. Durante la antigua dispensación ellos fueron una nación altamente privilegiada. Cf. Sal. 147:19, 20; Am. 3:2. Naturalmente, tal “ventaja” no cesó inmediatamente cuando se introdujo la nueva dispensación (Ro. 3:1, 2; 9:4, 5). Cuando Jesús comisionó por primera vez a sus doce discípulos, los envió solamente a “las ovejas perdidas de la casa de Israel” (Mt. 10:5, 6). Y cuando Pablo ejecutó su mandato misionero, él y sus compañeros, siempre que les era posible, llevaban el evangelio en primer lugar a los judíos.

   Pero hubo un cambio. No tiene sentido negar esto, ya que en este asunto la Escritura se expresa muy claramente. Aun durante la antigua dispensación Dios había dejado bien en claro que la salvación no iba a quedar limitada a una nación. Véanse Gn. 12:3; 22:18; Sal. 72:17; Is. 60:1–3; 61:1–3 (a la luz de Lc. 4), Mal. 1:11. Jesucristo mismo fue abriendo la puerta cada vez más ampliamente (Mt. 8:10–12; 28:19, 20; Lc. 14:23; 17:11–19; 20:9–16; 24:45–47; Jn. 3:16; 4:35–42; 10:16). Del mismo modo, por dirección divina, cuando los judíos se negaron a aceptar el evangelio, los apóstoles lo proclamaron a los gentiles (Hch. 13:46; 18:5, 6; 19:8, 9). Por inspiración divina Pablo enseña que la pared intermedia de separación entre judío y gentil ha sido completamente derribada (Ef. 2:11–22), y que ya no existe ninguna distinción (Ro. 10:11, 12). Así que “también al griego”, o sea, a toda persona influenciada por la cultura griega—en otras palabras, a los gentiles—la puerta le fue abierta completamente. El evangelio se transformó en el poder de Dios para todo verdadero creyente.

   Pero surge la siguiente pregunta: ¿Cómo comprueba Pablo que el evangelio es realmente el poder de Dios para salvación de todo aquel que pone en acción su fe? La respuesta se da en el versículo 17.

[17]. Porque en él se revela una justicia de Dios de fe a fe, como está escrito, “pero el justo vivirá por la fe”.

   Tomada por sí sola, sin referencia al contexto, la expresión que aquí se traduce “justicia de Dios” podría ser traducida “la justicia que procede de Dios”. La pregunta es: “¿Qué significa esto?”

   ¡Cómo luchó Lutero con este problema! Como le preocupaba … hasta que un día, de un modo repentino, por iluminación divina, él se dió cuenta que el significado aquí no era la justicia retributiva de Dios sino la justicia libremente imputada al pecador por la gracia soberana de Dios en base de la expiación vicaria de Cristo, y que se transformaba en posesión propia del pecador por medio de la fe otorgada por Dios. Cuando el gran reformador descubrió que Ro. 1:17 habla del misericordioso veredicto pronunciado por Dios sobre el creyente, él experimentó el día más feliz de su vida. En lo que puede denominarse su “Comentario a Romanos”, el escribe:

   “La suma y substancia de esta carta es esto: derribar, desbaratar y destruir toda sabiduría y justicia de la carne … y afirmar y ampliar [demostrar el gran tamaño de] la realidad de pecado, no importa cuán inconscientes estemos de su existencia”. El prosigue su argumento indicando que siempre ha habido gente, tanto entre los judíos como entre los gentiles, que creyeron en la posibilidad de la bondad interior. De éstos el apóstol dice: “Profesando ser sabios, se hicieron necios” (Ro. 1:22). Lutero demuestra a continuación que en Romanos el apóstol enseña exactamente lo contrario, a saber, que la única manera en que una persona llega a ser realmente buena es aquella provista por la justicia de Dios. El afirma: “Porque Dios no quiere salvarnos por nuestra propia justicia sino por una ajena, una que no se origina en nosotros, sino que nos viene desde más allá de nosotros, una que no surge de la tierra, sino que desciende del cielo”.

   La experiencia de Lutero cambió su concepto de la Biblia. A partir de este momento la Escritura se transformó para él en un libro de luz y de gozo. Fue como si hubiera sido librado de una oscura mazmorra y llevado a la hermosa luz del día donde podía respirar el aire fresco, vigorizante y exhilarante. La paz de Dios que sobrepasa todo entendimiento llenaba ahora su corazón y su mente.

   ¿Y no fue la experiencia de Lutero una réplica de la de Pablo? Lea Fil. 3:1–14. Lo que hace que Romanos sea tan fascinante es que no es solamente el producto de la inspiración divina sino también el contenido de la experiencia de la conversión del apóstol.

   Tanto Lutero como Calvino definieron el término “la justicia de Dios” como la justicia que vale ante Dios. Y no cabe duda que en efecto este es el tipo de justicia indicado. Queda la pregunta: “¿No debería añadirse algo?”

Ambos reformadores, en sus argumentaciones, sin duda han añadido algo. Han añadido que la justicia a la cual Pablo se refiere es dada o imputada libremente por Dios al pecador que, por el poder del Espíritu Santo, la acepta—es decir, se apropia de Cristo y todos sus beneficios—por la fe.

   Se hace evidente que esta posición es correcta cuando se le permite a Pablo ser su propio intérprete. En Fil. 3:8, 9, al tratar el mismo tema, él escribe: “… fin de poder ganar a Cristo, y ser hallado en él, no teniendo mi propia justicia derivada de la ley, sin la justicia (que es) por la fe en Cristo”. Queda en claro entonces que también

aquí en Ro. 1:17 el término en cuestión debe traducirse: “la justicia (que viene) de Dios”, lo que significa que Dios, su Autor, adjudica este estado justo al pecador que lo acepta por fe. Desde el principio al fin, esta justicia es sola fide, es decir, solamente por la fe. Esto también explica la expresión “de fe a fe”. Véase Ro. 3:28. Y aun esa fe es el don de Dios. Todo es un asunto de la gracia soberana y no de las obras.

   Esto no debe interpretarse como se dijera que el poner en acción la fe es una operación de Dios. Nosotros mismos debemos aceptar al trino Dios revelado en Cristo Jesús. Somos nosotros quienes debemos poner en acción la fe. Dios no cree por nosotros. Esta posición está en armonía con la Escritura. Véanse Jn. 3:16; Fil. 2:12,12; 2 Ts. 2:13.30 Debemos tener en cuenta, además, que no solamente el don de la fe viene de Dios sino también el poder de ponerla en práctica. ¡A él sólo sea la gloria!

   “Como está escrito, ‘pero el justo vivirá por la fe”.

   Al presentar esta consoladora doctrina Pablo no está introduciendo algo nuevo. Las palabras “como está escrito” demuestran que él basa su presentación en el Antiguo Testamento. Y es ciertamente en ese libro, que tanto para el apóstol como para sus destinatarios era la Biblia, en que la justicia y, en consecuencia, la salvación es presentada repetidamente como un tesoro que pertenece a Jehová. Por medio de la gracia soberana él la otorga como un don a todos aquellos que confían en él. Algunos preciosos pasajes selectos dejarán esto en claro. Uno de los más conocidos y notables es seguramente Isaías 12:2:

   “He aquí Dios es mi salvación. Tendré confianza y no tendré temor, porque Jehová, Jehová mismo, es mi fuerza y mi canción, él se ha transformado en mi salvación”.

   Nótese también los siguientes pasajes:

“Tu salvación espero, oh Señor” (Gn. 49:18).

“La salvación es del Señor” (Sal. 3:8).

“Tú eres el Dios de mi salvación” (Sal. 25:5).

“El Señor es mi luz y mi salvación, ¿de quién temeré?” (Sal. 27:1). El temor es lo opuesto a la confianza.

“Cantad al Señor una nueva canción, porque él ha hecho cosas maravillosas. Su mano derecha y su santo brazo han obtenido la salvación para él. El Señor ha dado a conocer su salvación. Él ha revelado su justicia a la vista de las naciones” (Sal. 98:1, 2).

   Nótese la estrecha relación que hay entre salvación y justicia, tanto aquí como en otras partes.

“Mi fortaleza y mi cántico es el Señor, y él me ha sido por salvación” (Sal. 118:14).

“He deseado tu salvación, oh Jehová” (Sal. 119:174).

“Haré que se acerque mi justicia … y mi salvación no se detendrá” (Is. 46:13).

“Cercana está mi justicia, ha salido mi salvación, y mis brazos juzgarán a los pueblos … Pero mi salvación será para siempre, mi justicia no perecerá … mi justicia permanecerá perpetuamente, y mi salvación por siglos de siglos” (Is. 51:5–8).

“Su salvación [o vindicación] de mí vendrá, dijo Jehová (Is. 54:17).

“Me visitó con vestiduras de salvación, me rodeó de manto de justicia” (Is. 61:10).

“Por amor de Sion no callaré, y por amor de Jerusalén no descansaré, hasta que salga como resplandor su justicia, y su salvación se encienda como una antorcha” (Is. 62:1).

   Aquí en Romanos 1:17: “Pero el justo vivirá por la fe”, el apóstol cita casi literalmente a Habacuc 2:4b. Hay quienes insisten en que (aquí en Romanos 1:17) la traducción debe ser: “Pero el justo por la fe vivirá”. En otras palabras, ellos vinculan “por la fe” con “el justo”, en vez de vincularlo con “vivirá”. No me han convencido sus argumentos. Los que tengan interés en este tema deben leer la nota correspondiente.

   El profeta Habacuc apareció en el escenario de la historia durante el reinado del impío Joacim (608–597 a.C). Lo que le inquietaba era que parecía que los malos ejercían su iniquidad impunemente. El Señor aparentemente toleraba males tales como la explotación de los necesitados, la contienda, la disputa, la violencia, etc. En consecuencia, el profeta comienza a formular preguntas. Las dirige al Señor. Se queja, objeta, y espera una respuesta. La primera pregunta de Habacuc puede resumirse así: “¿Por qué permite el Señor a los malvados de Judá oprimirá los justos?” El Señor contesta: “Los que hacen el mal serán castigados. Los caldeos (babilonios) ya vienen”. Pero esta respuesta no satisface completamente al profeta. Por eso hace otra pregunta, que puede resumirse así: “¿Por qué permite el Señor a los caldeos castigar a los judíos, que son al menos más justos que estos extranjeros?” El profeta se coloca sobre su atalaya y espera una respuesta. La respuesta llega: “Los caldeos también serán castiga- dos. De hecho, todos los pecadores serán castigados … pero el justo vivirá por su fe”. Es su deber y privilegio confiar, y hacerlo aun cuando no pueda “descifrar” la justicia de los hechos del Señor. En esta espera humilde y calma confianza él realmente vivirá, prosperará.

   Pero el Señor hace más que simplemente decirle al profeta que debe poner en acción su fe. El también fortalece dicha fe por medio de una visión maravillosa y progresiva. Habacuc ve el símbolo de la presencia del Señor descender desde el monte Parán. Habiendo descendido, él se afirma y sacude la tierra. Las tiendas de Cusán y Madián tiemblan y son desgarradas. Pero hay una pregunta que preocupa al profeta: “¿Sobre quién caerá la ira del Señor? ¿Solamente sobre el reino de la naturaleza? ¿Quizá sobre Judá?” Y al fin llega la respuesta: el Señor destruye a los caldeos y libra a su pueblo.

   La aparición del Señor ha sido tan espantosa y aterradora, tan alarmante el sonido de la tempestad, de montañas que se desploman, que cada parte del cuerpo del profeta tiembla. Sin embargo, habiendo sido testigo de que el Señor había descendido para defender a su propio pueblo, Habacuc ya no cuestiona los caminos de la providencia de Dios. De ahora en adelante él “espera confiadamente”. El profeta expresa su sentir en un hermoso salmo de confianza: “Aunque la higuera no florezca … Con todo, yo me alegraré en Jehová, y me gozaré en el Dios de mi salvación”.

   Si tenemos todo esto en cuenta, vemos que Pablo no podría haber elegido una profecía mejor para citar que la de Habacuc. ¡El pasaje se ajusta exactamente a la situación! En toda edad y en toda circunstancia, y por ende también en relación con la pregunta: “¿Qué debo hacer para ser aceptado por Dios”, lo que continúa siendo cierto es que “el justo vivirá por la fe”? “En quietud y confianza será vuestra fortaleza” (Is. 30:15).

   Pero la doctrina de Pablo no sólo está de acuerdo con la enseñanza del Antiguo Testamento—un tema del cual el apóstol se ocupará en mucho mayor detalle en el capítulo 4—sino que también está en armonía con las enseñanzas de Cristo durante su ministerio terrenal. Lea sobre Lucas 18:9–14.

   En resumen, lo que Pablo enseña aquí en Ro. 1:16, 17 y en Gá. 3:11 puede formularse así:

Aunque sea siempre fiel,

aunque llore sin cesar,

del pecado no podré

justificación lograr.

Sólo en ti teniendo fe

deuda tal podré pagar.

Estrofas de “Roca de la Eternidad”

de A.M. Toplady. Trad. T. M. Westrup.

2° Titulo:

El evangelio revelado por el poder del Espíritu Santo. 1ª a los Tesalonicenses 1:5. pues nuestro evangelio no llegó a vosotros en palabras solamente, sino también en poder, en el Espíritu Santo y en plena certidumbre, como bien sabéis cuáles fuimos entre vosotros por amor de vosotros. 

   Comentario: [5]. Pero, ¿Qué razón tienen los misioneros para estar tan seguros del hecho que los tesalonicenses son elegidos de Dios? La respuesta se da en los versículos que siguen, los cuales han de ser considerados como un todo (versículos 5–10); que comienza con: por cuanto nuestro evangelio no llegó a vosotros en palabra solamente sino también en poder y en el Espíritu Santo y plena seguridad.

   El significado es: “El que vosotros hayáis sido elegidos es para nosotros cierto por el hecho de que nuestro evangelio no llegó a vosotros en palabras solamente”, etc.

   Según vemos, el sentido de todo el pasaje (versículos 5–10) puede ser resumido así: “No aceptéis que los enemigos de la fe os engañen, porque éstos, por medio de ataques a nuestra integridad, están procurando socavar la fe y la seguridad de vuestra salvación. Nuestra conducta entre vosotros es prueba de nuestra integridad y base para que nuestro mensaje sea confiable. La gozosa acogida que vosotros disteis al mensaje que os comunicamos, de tal manera que abandonasteis vuestros ídolos para servir al Dios vivo, propagando las nuevas por doquier, y esperando a su Hijo que vendrá desde los cielos, nos demuestra claramente que lo que sucedió (y está sucediendo) en Tesalónica fue (y es) realizado por el Espíritu Santo y fue (y es) fruto de la elección. Tampoco Timoteo albergó duda alguna con respecto al carácter genuino de vuestra fe. (Véase 3:5.) Así que, seguid adelante con firmeza”.

   Con el fin de confirmar la fe de los tesalonicenses Pablo, por tanto, hace dos cosas: muestra:

-a. que tanto el mensaje que habían recibido como los mensajeros que lo habían llevado eran dignos de confianza. Véase versículo 5.

-b. que la forma en que ellos lo acogieron era prueba de ser operación del Espíritu de Dios. Véanse versículos 6 – 10.

   Así como en Corinto (1 Co. 2:4), lugar donde Pablo desarrollaba su actividad misionera mientras escribía esta epístola, también en Tesalónica, el apóstol no estaba interesado en meras palabras (1 Co. 2:4) sino en una genuina demostración del Espíritu. Acerca de esto, los hermanos de Tesalónica pronto darían testimonio. En el original se usa el singular—“en palabra, en un mero discurso”. — En su mensaje había dinamita (δύναμις) espiritual, lo bastante como para demoler las divinidades paganas (v. 9). En realidad, la dinamita del Espíritu era diferente a la física por cuanto ésta produce destrucción, pero aquélla es además constructiva (“para servir a Dios, el vivo y verdadero”, etc.). Obsérvese cómo los conceptos Espíritu y poder frecuentemente van juntos (véase Ro. 1:4; 15:13, 19; 1 Co. 2:4; Gá. 3:5; y cf. Ro. 1:4; 2 Ti. 1:7, 8). Esto concuerda con la promesa de Cristo (Hch. 1:8. Cf. también Lc. 1:17, 35; 4:14; Hch. 10:38). La razón de por qué existía tal poder en su mensaje era porque al hablar Pablo (y sus asociados), hablaba Dios con ellos. También es la razón que explica por qué los misioneros hablaron con plena seguridad (palabra—que también se usa en Col. 2:2; He. 6:11; 10:22; cf. el verbo en Lc. 1:1; Ro. 4:21; 14:5; Col. 4:12; 2 Ti. 4:5, 17—que aun sin necesidad de artículo se une inmediatamente con el Espíritu Santo, puesto que la plena seguridad es un efecto inmediato de la presencia del Espíritu en el corazón de los embajadores). Debido al contexto inmediato, tanto precedente como siguiente, es probable que los comentadores que adjudican esta seguridad a los Tesalonicenses estén equivocados. La referencia aquí es (al menos primariamente) a la plena seguridad de los misioneros mismos al hablar la palabra.

   Pablo apela a la memoria de los destinatarios cuando agrega: tal como vosotros (bien) sabéis qué clase de hombres llegamos a ser entre vosotros para vuestro bien. En aquellos días recorrían el mundo todo tipo de filósofos ambulantes. Ejercían su profesión de por sí, y para beneficio personal. Pablo, Silas, y Timoteo eran diferentes. Llevaban a cabo su difícil tarea por el bien de los hombres a fin de que fuesen salvos. Con este espíritu y propósito en mente penetraron en Tesalónica, y las experiencias que allí soportaron añadieron a su vigor espiritual (por tanto, no conviene en absoluto debilitar el sentido de la expresión “llegamos a ser”).

   El anverso de los sucesos que recientemente habían trascendido en Tesalónica (que muestra la buena forma en que las buenas nuevas habían afectado a los tesalonicenses) se ve en los versículos que siguen:

   Pensamiento: La Palabra de Dios llegó a Tesalónica, aquella colonia romana y pagana, controlada por uno de las mayores potencias políticas y militares que el mundo ha conocido, y allí alcanzó los corazones y vidas de muchas personas, y las transformó. Y así, estimado oyente, esto fue lo que ocurrió en Tesalónica, y esa Palabra, utilizada y activada por el Espíritu puede hacer lo mismo hoy.

   Vamos a repetir este versículo 5 de este primer capítulo de 1 Tesalonicenses, teniendo en cuenta la importancia que tiene, y con las palabras de otra versión de la Biblia. Dice así: Pues cuando os anunciamos el evangelio no fue solamente con palabras, sino también con manifestaciones de poder y del Espíritu Santo, y plenamente convencidos de nuestro mensaje. ¡Bien sabéis como nos portamos entre vosotros, buscando vuestro bien!

   Lo primero que una persona necesita es escuchar la Palabra de Dios. Esa es la base objetiva. La gente tiene que escuchar el evangelio. Como dijo el apóstol Pablo en Romanos 10:17, Así que la fe viene del oír, y el oír, por la Palabra de Cristo. Esta es la parte natural del proceso, que no lo concluye, porque la Palabra de Dios es un libro sobrenatural. Sin el Espíritu Santo el evangelio solo consistiría simplemente en palabras. Pero con el Espíritu Santo es el poder de Dios para salvación de todo aquel que cree. Y esto es exactamente lo que el Señor Jesucristo dijo que el Espíritu haría. Lo expresó en Juan 16:7-11, con estas palabras: 7Pero yo os digo la verdad: Os conviene que yo me vaya, porque si no me voy, el Consolador no vendrá a vosotros; pero si me voy, os lo enviaré. 8Y cuando él venga, convencerá al mundo de pecado, de justicia y de juicio. 9De pecado, por cuanto no creen en mí; 10de justicia, por cuanto voy al Padre y no me veréis más; 11y de juicio, por cuanto el príncipe de este mundo ha sido ya juzgado.

3er Titulo:

Ejemplo de fe salvadora. San Lucas 8:46 al 48. Pero Jesús dijo: Alguien me ha tocado; porque yo he conocido que ha salido poder de mí. Entonces, cuando la mujer vio que no había quedado oculta, vino temblando, y postrándose a sus pies, le declaró delante de todo el pueblo por qué causa le había tocado, y cómo al instante había sido sanada. Y él le dijo: Hija, tu fe te ha salvado; ve en paz.

   Comentario: [46]. Pero Jesús dijo: Alguien me tocó, porque me di cuenta que había salido poder de mí.

   Aquí Jesús muestra cómo sabe que alguien realmente le había tocado, tocado con fe y con el propósito de ser sanado, y esto no sin costo para el Sanador (Is. 53:4–6; Mt. 8:17). El declara que lo sabía porque en el momento en que ocurrió había salido de él poder sanador. Para la explicación de la última frase, véase arriba sobre 6:19. Así que insiste que la persona que lo había tocado de este modo se presente abiertamente. ¿Por qué? Podría haber sido por varias razones: la confesión (o testimonio público, testificar) es bueno para el alma del individuo que la hace, como también para quienes lo oyen. Si se hace en el espíritu adecuado, Dios se glorifica con ello. Además, Jesús quiere que la gente en general sepa que la persona implicada ya no sea considerada “inmunda” ni que se la excluya del contacto social y religioso (en la sinagoga y en el templo) con los demás La persona que había sido sanada debía ser recibida nuevamente.

[47]. Cuando la mujer se dio cuenta que no había pasado inadvertida, vino temblando, cayó a sus pies y declaró en presencia de toda la gente la razón porque le había tocado y cómo había sido sanada en forma instantánea.

   La mujer ya había comenzado a irse. Esto es claro por las palabras “ella vino”, que evidentemente quieren decir “regresó”. Ella había oído a Jesús decir: “¿Quién fue el que me tocó?” Y nuevamente, “Alguien me tocó”, etc. Ella ahora comprende que su plan previo, a saber, tocar la borla y luego escapar rápidamente, ya no podría llevarse a cabo. Debía presentarse. Así que regresó. Su conciencia le decía que debía ir y hablar.

   Sin embargo, no le era fácil hacer lo que ella sentía que debía hacer. En aquel tiempo y en ese país se consideraba impropio que una mujer se expresase en público. Con mucho mayor razón en un tema como este, el azote físico al que se había visto sujeta. Y el hecho de que en su condición ella hubiera tocado deliberadamente al Maestro, ¿no añadiría a la impropiedad de su acto ante los ojos de los observadores? Sí, ¿y aun, quizás, ante los ojos de Jesús mismo? ¿La reprendería quizás él?

    Así que podemos entender por qué ella hizo su confesión y por qué lo hizo “temblando”. En presencia de toda la gente declaró: (a) la razón por la que le había tocado y (b) cómo había sido sanada instantáneamente. Véase vv. 43, 44.

[48]. Él le dijo: Hija, tu fe te ha sanado; vete en paz.

   Cariñosamente Jesús la llama “hija”, aun cuando ella pudiera no haber sido más joven que él. Pero le habla como padre a una hija. Además, la elogia por su fe aun cuando esa fe, como se ha indicado de ningún modo era perfecta; y aun cuando, según lo indica Mr. 5:27 (“Después de oír acerca de Jesús”), era él mismo quien por medio de sus maravillosas palabras y obras anteriores había originado aquella fe. Su fe, aunque no era la causa básica de su sanidad, había sido el canal por medio del cual se había cumplido la cura. Había sido usada por el poder de Cristo y por su amor como instrumento para efectuar su recuperación. Cf. Ef. 2:8. ¿No es maravilloso que Jesús, al hablar a esta mujer, nada diga acerca de su poder y amor, la causa radical de su estado actual de bienestar, pero haga especial mención de aquello que sin él ella jamás hubiera poseído ni hubiera sido capaz de ejercer? Además, al decir, “Tu fe te ha sanado” (cf. 7:50), ¿no estaba él enfatizando el hecho de que fue su respuesta personal a la fe personal de ella en él lo que la curó, quitando de la mente de ella todo vestigio, por pequeño que fuese, de superstición en el sentido que sus vestiduras hubiesen contribuido en alguna forma a su curación?

   Como ya se ha indicado, por medio de estas palabras alentadoras Jesús también abrió la puerta para la total restauración de la mujer en la vida religiosa y social de su pueblo. Ahora puede irse y seguir el camino de la vida “en paz”, esto es, con la sonrisa de Dios sobre ella y el conocimiento interior y gozoso de la existencia de esta sonrisa. Cf. Is. 26:3; 43:1, 2; Ro. 5:1.

   Probablemente haya mucho más incluido en la alentadora orden “Vete en paz”. Considerando el hecho de que, con toda probabilidad, Jesús dijo estas palabras en el lenguaje corriente de los judíos (arameo) en aquel tiempo, ¿no tenemos derecho a concluir que aquí se da a entender nada menos que toda la medida de bienestar para el alma y el cuerpo comprendida en la palabra hebrea Shalom?

Pensamiento: Mateo 7: 13 al 29. Lo peor que puede sucederle a una persona es pensar que fue salva, solo para descubrir después de la muerte que no es así. A todos nos gustaría creer que son ciertas las aseveraciones de quienes aseguran ser cristianos, pero Jesús hace una dura advertencia porque sabe que muchos serán engañados. Se sentarán en la iglesia semana tras semana, asegurando que Jesús es el Hijo de Dios, pero sin nunca involucrarse en una relación personal con Él.

   Fe intelectual no es lo mismo que fe salvadora. No es suficiente creer que Jesús murió y resucitó. Hasta los demonios creen eso (Stg 2.19. Tú crees que Dios es uno; bien haces. También los demonios creen, y tiemblan.). La salvación implica más que conocimiento: requiere confiar en que Jesús pagó el castigo por nuestros pecados, recibir su perdón, dejar el pecado y establecer una relación con Él. Lo que importa no es lo que digamos con la boca, sino lo que sintamos de verdad en nuestro corazón.

  Aunque usted probablemente no entenderá todo lo que sucede en el momento de la salvación, cuando Cristo se convierte en su Salvador, se vuelve también su Señor. Como el Dueño de su vida, Él tiene el derecho de gobernar lo que usted haga. Su Espíritu Santo hace morada en usted cuando es salvo, lo que significa que tendrá un cambio. Él trabaja todo el tiempo para eliminar las acciones y actitudes pecaminosas, sustituyéndolas por su fruto espiritual (Ga 5.22, 23. Mas el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza; contra tales cosas no hay ley.).

   Reconocemos que una persona es salva, no por sus palabras, sino por su fruto. Si usted es verdaderamente salvo, su carácter será más semejante al de Cristo con el paso del tiempo. Esto no significa que nunca más pecará o fallará, sino que los pasos que dé serán pasos de obediencia.

Hebreos 4:6. Por lo tanto, puesto que falta que algunos entren en él, y aquellos a quienes primero se les anunció la buena nueva no entraron por causa de desobediencia, 

   ¿Qué es la fe? Según el diccionario es confianza, creencia, seguridad. La Biblia sostiene que fe es la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve (He.11:1). De manera sencilla, fe significa creer, confiar. ¿Creer en quién o en qué para que tenga lugar la fe salvadora? Para vivir la experiencia de la fe salvadora necesitamos en primer lugar disponernos para que el Espíritu Santo despierte en nosotros la fe, porque ese tipo de fe sólo viene por el oír, y el oír, por la Palabra de Dios (Ro.10:17); luego, por el mismo Espíritu, necesitamos creer a la revelación bíblica que nos lleva a aceptar a Jesucristo como nuestro único y suficiente Salvador.

   Por tanto, la fe salvadora implica la aceptación de Cristo, de su obra redentora y de su sacrificio expiatorio como el único medio de salvación. No hay más (Hch.4:12).  A mayor abundamiento, la fe salvadora se basa en la Verdad revelada. El hombre debe primero arrepentirse y luego creer para ser salvo (Hch.8:37; 20:21; Ro.1:16; 10:10). A través de su providencia y su gracia, Dios da a la humanidad la base de la fe salvadora en su Palabra inmutable y eterna. Esto da al creyente una creencia firme en la revelación cristiana, y hace que el alma confíe en el Señor Jesucristo, en su obra redentora y en su propósito de salvación al hombre, de manera que el hombre puede exclamar: “Creo que Jesucristo es mi Salvador” (Hch.16:31).

   San Pablo enseña que la fe del hombre, no debe considerarse como un mérito, sino como una condición de salvación, de ahí que el hombre solo puede ser salvo por medio de la fe en Jesucristo el Hijo de Dios (Ef.2:8). Por tanto, en un sentido bíblico, la fe salvadora es el asentimiento de la mente o intelecto en verdades relativas a Dios y a Cristo y el consentimiento de la voluntad (aceptación) a esas verdades. De ahí que la fe meramente intelectual no es suficiente para la salvación (Hch.8:13, 21; Stg.2:19); una persona puede dar su asentimiento intelectual al evangelio, sin consagrar o dedicar su vida a él.

   La fe de carácter intelectual significa el reconocimiento de que el evangelio es verídico; la fe afectiva o del corazón significa la aceptación y dedicación voluntaria al cumplimiento de los principios rectores del evangelio.    Así que la creencia afectiva o del corazón es fundamental para la salvación. Por tanto, la fe salvadora comprende el intelecto, los sentimientos y la voluntad. De ahí lo dicho por el apóstol Pablo: “Que, si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo. Porque con el corazón se cree para justicia, pero con la boca se confiesa para salvación” (Ro.10:9-10).

   Querido amigo: Una ocasión en la obscuridad de la noche el carcelero de Filipos, dijo a Pablo y a Silas: “… Señores, ¿qué debo hacer para ser salvo? Ellos dijeron: Cree en el Señor Jesucristo y serás salvo tú y tu casa”. La fe salvadora operó y dice la Escritura que el carcelero se regocijó con toda su casa de haber creído a Dios (Hch.16:30-31, 34). ¿Quieres tú hacer lo mismo? ¡Hazlo ahora!

Amén, para la hora y gloria de Dios.      

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Hno Roberto Saldías Roa

Miembro de la IEP en Nacimiento Bajo, nació en el evangelio del Señor en la Iglesia de Laja 1975. Casado con María Nahuelmán, estudia teología de manera autodidacta. Me gusta mucho leer y escribir.

 

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