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Semana Del 24 Al 30 De Septiembre De 2018 “El Espíritu Santo En Cristo (Tercera Parte)

Semana Del 24 Al 30 De Septiembre De 2018 “El Espíritu Santo En Cristo (Tercera Parte)

Lectura Bíblica: Hebreos Cap. 5, versículos 7 al 10. Y Cristo, en los días de su carne, ofreciendo ruegos y súplicas con gran clamor y lágrimas al que le podía librar de la muerte, fue oído a causa de su temor reverente. Y aunque era Hijo, por lo que padeció aprendió la obediencia; y habiendo sido perfeccionado, vino a ser autor de eterna salvación para todos los que le obedecen; y fue declarado por Dios sumo sacerdote según el orden de Melquisedec.

   Comentarios: Versíc. 7. En los días de la vida de Jesús en la tierra, él ofreció oraciones y peticiones con fuerte clamor y lágrimas al que podía salvarle de la muerte, y fue oído a causa de su sumisión reverente.

   El escritor de Hebreos desea probar que Jesús no se transformó en sacerdote después de su ascensión, sino que durante su vida en la tierra el Señor ya ofrecía oraciones y peticiones. La referencia a la vida terrenal de Jesús parece estar relacionada con su sufrimiento en el Getsemaní. En una sola oración este artista literario describe a Jesús en su agonía espiritual.

  1. Marco ambiental. Aunque el escritor ha mencionado el nombre Jesús en los capítulos precedentes (Heb. 2:9; 3:1; 4:14), es evidente que en el presente pasaje él tiene en mente el relato del Evangelio. No cita específicamente ninguna de las palabras de Jesús, pero las referencias apuntan a la experiencia en Getsemaní (Mt. 26:36–46; Mr. 14:32–42; Lc. 22:39–46) y al así denominado pequeño incidente del Getsemaní (Jn. 12:27).

   Es cierto, los escritores de los Evangelios no nos dicen si Jesús en el Getsemaní oró con gran clamor y lágrimas o no. Sin embargo, podemos inferir de las palabras de Jesús dijo: “Mi alma está abrumada de dolor hasta la muerte” (Mt. 26:38; Mr. 14:34), y Lucas escribe el dolor de Jesús era tan agudo, que su sudor era como gotas de sangre que caían sobre la tierra” (Lc. 22:44).

  1. Función. A primera vista la frase oraciones y peticiones parece tener un tinte litúrgico. Sin embargo, debemos entender que esta expresión, que describe la obra mediadora de Jesús en el huerto de Getsemaní, habla de una actividad de sacrificio—Jesús por medio de oración y petición estaba funcionando como sacerdote. Oraba a Dios por los pecadores, cuyo pecado él había tomado sobre sí mismo.

   Las oraciones y peticiones dichas por Jesús no pueden ser llamas exactamente ofrendas, y tienen muy poco parecido con la obra de un sacerdote en el altar. Pero si consideramos la función de la vida terrenal de Jesús, especialmente durante los últimos días de su vida, podemos verle ofreciéndose a sí mismo como cordero de Dios que se sacrifica para expiar los pecados de su pueblo. En el huerto de Getsemaní Jesús oró: “Padre mío, si es posible, pase de mí esta copa. Pero no sea como yo quiero, sino como tú” (Mt. 26:39) y “Padre mío, si no puede pasar de mí esta copa sin que yo la beba, hágase tu voluntad” (Mt. 26:42). Estas oraciones y peticiones están muy alejadas de un culto litúrgico. Revelan la profundidad del dolor espiritual y hasta físico de Jesús, expresado en las “gotas de sangre que caían sobre la tierra”.

   Jesús, como quien cargaba el pecado, enfrentaba la ira de Dios contra el pecado. “Al que no tenía pecado, Dios le hizo pecado por nosotros” (2 Co. 5:21) Y a causa de nuestros pecados, Cristo compareció ante Dios como el más malvado de todos los transgresores. El estuvo solo como sustituto nuestro. Las palabras de Ben H. Price captan este pensamiento en palabras poéticas:

Solo, el Salvador oró

En el oscuro Getsemaní;

Solo, la amarga copa bebió

Sufriendo allí por mí.

Solo, solo, lo soportó él solo;

Por salvar a los suyos se entregó,

Y sufrió, sangró y murió solo, solo.

  1. Modo. El hecho que los evangelistas no relaten que Jesús expresó sus oraciones y peticiones “con fuerte clamor y lagrimas” no quiere decir que las oraciones de Jesús a Dios fueran silenciosas. Es más, sus palabras desde la cruz fueron pronunciadas en voz alta (Mt. 27:46, 50; Mr. 15:34, 37; Lc. 23:46). Jesús vio que la copa de la ira de Dios le era entregada; sintió la maldición de Dios (Gá. 3:13); y se dio cuenta de que el juicio de Dios era pronunciado sobre él. El enfrentó la muerte, que en su caso no era solamente una muerte física. Si Jesús sólo hubiese muerto como mártir en una cruz en las afueras de Jerusalén, no valdría la pena notarlo, ya que mucha gente había encontrado una muerte igualmente violenta.

   Pero Jesús murió la así llamada “segunda muerte” (Ap. 2:11; 20:6, 14; 21:8). Lo que Jesús experimentó en el huerto de Getsemaní y en la cruz fue la muerte eterna. Su grito: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” refleja una completa separación de Dios. Y esa es la muerte inimaginable. No podemos sondear la profundidad de la agonía de Jesús cuando él experimentó la muerte eterna. Solamente podemos describirla, como lo hace el escritor de Hebreos. Concluimos diciendo que Jesús en su separación de Dios experimentó el infierno mismo.

  1. Destinatario. Durante su ministerio terrenal, Jesús pasó mucho tiempo en oración, llamando a Dios “Padre”. La intima relación entre Padre e Hijo es especialmente evidente en la oración sumo sacerdotal registrada en Juan 17. Las oraciones de Jesús pronunciadas en Getsemaní y desde la cruz también estaban dirigidas al Padre (Mt. 26:39, 42; Mr. 14:36; Lc. 22:42; 23:34, 46).

   Jesús dirigía sus oraciones “a aquel que podía salvarle de la muerte”. Son muchas las preguntas que podrían hacerse en cuanto a esto. Podríamos preguntar porqué Jesús oró para ser librado de la muerte cuando sabía que había sido enviado a dar su vida “como rescate por todos los hombres” (1Ti. 2:6). Jesús mismo, como Segunda Persona de la Trinidad, había estado de acuerdo con el decreto de redimir a la humanidad por medio del envío del Hijo de Dios a la tierra. Su oración, por consiguiente, no surgió de la ignorancia. Desde un punto de vista, Jesús sabía que el Padre le había encargado redimir al mundo por medio de la muerte y sacrificio del Hijo. Desde otro punto de vista, Jesús anticipó el horror de tener que sufrir las agonías indescriptibles de verse abandonado por Dios y de experimentar la muerte eterna.

   Jesús se sometió plenamente a la voluntad del Padre que requería que él entrase en la muerte para quitar la maldición, cumpliese la sentencia pronunciada contra él, y redimiese a su pueblo. A causa de la obra expiatoria de Cristo y de la victoria sobre la muerte y sobre la tumba, nosotros nunca conoceremos el peso del pecado, la severidad de la maldición, la pena del juicio, ni el significado de la muerte eterna y del infierno. Hemos sido perdonados y liberados a causa de Jesús, nuestro sumo sacerdote.

   En el Getsemaní Jesús oró que se cumpliera la voluntad de Dios acerca de la amarga copa de la muerte que Cristo debía beber. Aunque se hizo su voluntad, Dios no abandonó a su Hijo, ya que “Dios lo resucitó de entre los muertos, liberándolo de la agonía de la muerte porque era imposible que la muerte lo retuviese” (Hch. 2:24).

  1. Respuesta. Las oraciones y peticiones de Jesús fueron oídas. En Lucas 22:43 leemos: “Un ángel del cielo se le apareció y le fortaleció”. Este versículo sigue inmediatamente al relato de la súplica de Jesús de que la copa fuera quitada de su presencia. Lo cierto, sin embargo, es que la copa de la agonía no fue quitada. Y después que Jesús orase más fervientemente, repitiendo probablemente la misma oración, “su sudor fue como gotas de sangre que caían sobre la tierra” (Lc, 22:44). Corresponde aquí preguntarse si la aparición del ángel constituyó para Jesús un apoyo o una prolongación de su agonía.

   ¿Como contestó Dios la oración de Jesús pidiendo la liberación de la muerte? El escritor de Hebreos no contesta esta pregunta directamente; en vez de ello él escribe que Jesús “fue oído a causa de su reverente sumisión”. Y aquí está la respuesta: Jesús acompañó su oración con la suplica de que prevaleciese la voluntad de Dios. Fue así que él se sometió reverentemente a la voluntad del Padre. El experimentó la muerte, pero Dios levantó a Jesús de entre los muertos (Gá. 1:1).

   Las traducciones no concuerdan en cuanto a la correcta interpretación de la última cláusula de Hebreos 5:7. Algunos traducen a causa de su temor reverente. Otros dicen, “a causa de su sumisión reverente”. El escritor de Hebreos usa la misma palabra griega en Hebreos 12:28, donde la traducción es “reverencia”. Además, el término aparece solamente en la epístola a los hebreos, y no aparece en ninguna otra parte del Nuevo Testamento. Si tomamos como base un uso consistente de esta palabra en Hebreos, quizá actuemos bien al interpretar que la palabra significa “sumisión reverente”. Westcott comenta que la expresión “señala esa reverencia cuidadosa y atenta que presta atención a toda circunstancia con la que tiene que tratar”. La vida de Jesús estaba marcada por una verdadera sumisión a la voluntad de su Padre, ya que aun en Getsemaní él oró que la voluntad de Dios se hiciera.

   Versíc. 8. Aunque era Hijo, él aprendió obediencia por medio de lo que sufrió 9. y, habiendo sido hecho perfecto, llegó a ser la fuente de salvación eterna para todos los que obedecen, 10. y fue designado por Dios como sumo sacerdote según el orden de Melquisedec.

   Los versículos 8–10 están estrechamente vinculados al versículo precedente. Es más, en el griego original el verbo principal de los versículos 7 y 8 es “él aprendió”. Es allí donde se hace énfasis en este pasaje. Por consiguiente, numerosas traducciones concluyen el versículo siete no con un punto, sino con una coma. Esto es lo correcto, ya que los dos versículos están estrechamente relacionados y conforman una unidad. Por cierto, el énfasis que recae sobre el verbo principal, “él aprendió”, apoya la lectura a causa de su sumisión reverente.

Considérense las siguientes preguntas:

  1. ¿Debía Jesús aprender a obedecer? El escritor introduce este tema mencionando primeramente la debilidad de Jesús, y afirmando este hecho a modo de concesión: “aunque Jesús era el Hijo de Dios”. El no dice que porque Jesús era divino debía aprender obediencia. Jesús nada tenía que aprender respecto a la obediencia, puesto que su voluntad era igual a la voluntad de Dios. Sin embargo en su humanidad Jesús debía demostrar obediencia plena; él debía llegar a ser “obediente hasta la muerte—¡incluso la muerte en la cruz!” (Fil. 2:8). Según lo formula una versión: “aunque era Hijo, él aprendió obediencia en la escuela del sufrimiento”.
  1. ¿Cuál era la obediencia que Jesús tenía que aprender? Las traducciones, por razones de estilo y dicción, hablan de obediencia. En el griego original, empero, hay un artículo definido que precede al sustantivo de modo que se lee “la obediencia”; es decir, la bien conocida obediencia que se esperaba del Señor.

   Al interpretar este versículo no debemos pensar en términos de contrastes. Es cierto que el hombre pecador necesita corregir sus caminos escuchando la Palabra de Dios y volviéndose de la desobediencia hacia la obediencia. Pero Cristo, el Impecable (sin pecado) no necesitaba aprender olvidando lo aprendido. Más bien, por medio de su obediencia activa y pasiva, Cristo aporta vida eterna para el pecador y la exoneración de la deuda del pecado del hombre. Dice Pablo en Romanos 5:19: “Porque así como por medio de la desobediencia de un hombre los muchos fueron hechos pecadores, también así por medio de la obediencia de un hombre los muchos serán hechos justos”.

  1. ¿Cómo fue Jesús hecho perfecto? La pregunta es legítima, puesto que Jesús, como Hijo de Dios, es perfecto desde la eternidad. Pero en su humanidad, “Jesús crecía en sabiduría y estatura, y en gracia para con Dios y los hombres” (Lc. 2:52). Vemos su desarrollo en la escuela de la obediencia. Y a medida que la carga se va haciendo más pesada para Jesús, así también va creciendo su disponibilidad para asumir la tarea que su Padre le ha dado.

   En el huerto de Getsemaní y en la cruz de Calvario, él sufrió las pruebas finales y definitivas. Jesús fue perfeccionado por medio del sufrimiento. Su perfección “se transformó en fuente de salvación eterna para todos los que le obedecen”. El escritor de Hebreos repite, en efecto, el pensamiento que había expresado en Hebreos 2:10—Jesús, perfeccionado por medio del sufrimiento, lleva a muchos hijos a la gloria. La perfección, por consiguiente, debe ser vista como el cumplimiento de la tarea que Jesús tenía que desempeñar.

  1. ¿Qué quiere decir el escritor por medio de la expresión “la fuente de salvación eterna”? El escritor de Hebreos llama a Jesús “autor” de la salvación (Heb. 2:10) y “fuente” de la salvación. Estas dos expresiones son sinónimos. Jesús es el capitán, el jefe, el creador, y la causa.

   Cuando el escritor utiliza la palabra fuente no está abriendo una discusión en cuanto a la causa primaria de la salvación; Dios Padre comisionó a su Hijo para llevar a cabo la salvación. En vez de ello, el escritor usa el termino fuente en el contexto de su consideración del sumosacerdocio de Cristo. Al haber llevado a cabo su obra salvadora, especialmente en Getsemaní y en el Gólgota, Jesús es la fuente de la salvación eterna (Is. 45:17). Sólo aquellos que le obedecen tendrán parte en la salvación que Jesús provee. F. F. Bruce describe el concepto de obediencia adecuadamente cuando dice lo siguiente: “La salvación que Jesús ha logrado es concedida ¡a todos aquellos que le obedecen!, Hay algo apropiado en el hecho que la salvación que fuera lograda por la obediencia del Redentor sea accesible a la obediencia de los redimidos”

  1. ¿Cómo concluye el escritor de Hebreos su consideración del sacerdocio de Cristo? El afirma que Dios designó a Jesús como sumo sacerdote según el orden de Melquisedec. Esto es significativo, ya que esta sección acerca del sumosacerdocio de Cristo—que comienza con Hebreos 4:14—se presenta en términos del sacerdocio de Aarón. Pero la sección continúa y concluye con una clara referencia al sacerdocio de Melquisedec.

   Nótense las siguientes observaciones.

   No es el escritor de Hebreos sino Dios quien designa a Cristo sumo sacerdote según el orden del Melquisedec (Sal. 110:4). El escritor de Hebreos escudriña el Antiguo Testamento y demuestra que Dios se dirige a su Hijo hablándole como sumo sacerdote.

   El tema del sumosacerdocio de Cristo es importante para el escritor de Hebreos. El introduce el tema en Hebreos 2:17; luego de un análisis acerca de la desobediencia de Israel en el desierto y del significado del descanso, el escritor vuelve al tema en Hebreos 4:14–5:10; lo trata más adelante en una forma plena en Hebreos 7.

   También notamos que Jesús cumplió los deberes sacerdotales de Aarón cuando él, en su sumisión y sufrimiento, llevó a su culminación la tarea que Dios le había dado. Fue así que Jesús llegó a ser “La fuente de salvación para todos los que le obedecen”. Esto nunca podría decirse de Aarón ni de ninguno de los sumo sacerdotes que le sucedieron.

   Este tema del sumosacerdocio de Cristo según el orden de Melquisedec es profundo. De hecho, el escritor de Hebreos lo llama “difícil de explicar” (Heb. 5:11), aunque después de una palabra pastoral que dirige a sus lectores él lo explica completamente.

Texto: 1 Timoteo Cap. 3, versículo 16. E indiscutiblemente, grande es el misterio de la piedad: Dios fue manifestado en carne, Justificado en el Espíritu, Visto de los ángeles, Predicado a los gentiles, Creído en el mundo, Recibido arriba en gloria.

1er Titulo:

En Su Muerte En La Cruz. (Hebreos 9:13 y 14). Porque si la sangre de los toros y de los machos cabríos, y las cenizas de la becerra rociadas a los inmundos, santifican para la purificación de la carne, ¿cuánto más la sangre de Cristo, el cual mediante el Espíritu eterno se ofreció a sí mismo sin mancha a Dios, limpiará vuestras conciencias de obras muertas para que sirváis al Dios vivo?

 

   Comentarios: Versíc. 13. Si la sangre de machos cabríos y de toros y las cenizas de una becerra esparcidas sobre los que están ceremonialmente contaminados los santifican de modo que quedan externamente limpios, 14. ¡cuánto más entonces la sangre de Cristo, quien mediante el Espíritu eterno se ofreció a sí mismo sin mancha a Dios, purificará nuestras conciencias de los actos que llevan a la muerte, para que podamos servir al Dios vivo!

   Estos dos versículos señalan contrastes—algo característico de la epístola a los hebreos. El escritor expresa un hecho que tiene que ver con los sacrificios de animales de la era de Antiguo Testamento. Dios había estipulado por ley cómo los pecadores podrían ser purificados y restaurados a la santidad. El había promulgado estas leyes para santificar a los que estaban ceremonialmente contaminados. Pero el mero cumplimiento de estas leyes afectaba al pecador solamente en lo externo, no en lo interno. Aquellos que eran rociados, tal como dice el texto, eran purificados en cuanto a sus cuerpos. Sus conciencias, sin embargo, quedaban sin ser afectadas.

   En el versículo precedente (v. 12) el escritor había ya mencionado “la sangre se machos cabríos y de becerros”. La referencia apunta, por supuesto, a las estipulaciones que el sumo sacerdote debía cumplir en el Día de la Expiación (Lv. 16). Además, el escritor también describe ahora la práctica de rociar a la persona impura con el agua de la purificación (Nm. 19). Una becerra alazana en perfecta condición, que nunca hubiese estado uncida a yugo, debía ser sacrificada y quemada, el sacerdote debía arrojar madera de cedro, hisopo y lana escarlata sobre la becerra. Las cenizas eran luego reunidas y guardadas para su uso en la ceremonia del rociamiento del agua de la purificación.

   Cualquiera que hubiese tocado un cadáver era considerado inmundo por siete días. Las cenizas de la becerra incinerada eran puestas en una urna; se echaba agua fresca sobre dichas cenizas; y con el hisopo mojado en el agua, la persona inmunda era rociada los días tercero y séptimo.

   Las interpretaciones alegóricas de este pasaje (Nm. 19) son numerosas. Por ejemplo, la becerra simboliza la propagación de la vida; las cenizas son un antídoto contra la contaminación; los colores de la becerra alazana y de la lana escarlata representan vitalidad; la madera de cedro representa la durabilidad; y el hisopo es el emblema de la limpieza. Sin embargo, las dilucidaciones fantasiosas son muy subjetivas y al fin y al cabo de poco valor. Hacemos bien en considerar el propósito del escritor al introducir al asunto de “la sangre de machos cabríos y las cenizas de una becerra”.

   El escritor contrasta dos hechos: los actos ceremoniales cumplidos por el creyente para obtener purificación

y el derramamiento de la sangre de Cristo. La observancia religiosa del Día da la Expiación, aunque significativa en sí misma, promovía no obstante una percepción externa de los sacrificios. Esto se hizo especialmente evidente en el hecho de rociar el agua de la purificación sobre la persona declarada inmunda a causa de una contaminación. La persona que hubiera tocado un cadáver era considerada inmunda, pero el agua de la purificación la santificaba. El concepto de que la inmundicia era algo externo y no interno prevalecía. Jesús reprochó una vez a los fariseos cuando dijo: “Ahora bien, vosotros, los fariseos, limpiáis la parte exterior de la taza y el plato, pero por dentro estáis llenos de codicia y de maldad” (Lc. 11:39).

   El argumento que el escritor desarrolla procede de la menor a lo mayor. La parte menor es el acto ceremonial de usar la sangre de machos cabríos y becerros y las cenizas de un becerra para purificar externamente a un pecador. La parte mayor es que la sangre de Cristo limpia la conciencia del pecador para hacer de él un siervo obediente a Dios. El pecado es, incuestionablemente, un asunto interno que procede del corazón del hombre. El escritor de Proverbios llama al corazón “el manantial de la vida: “Porque de dentro, del corazón de los hombres, vienen los malos pensamientos, la inmoralidad sexual, los robos, los asesinatos, el adulterios, la codicia, la malicia, el engaño, la lascivia, la envidia, la calumnia, la arrogancia y la insensatez” (Mr. 7:21–22). El acto de limpiar al hombre del pecado debe comenzar con su ser interior: o, como lo dice el escritor de Hebreos, con “nuestras conciencias”. ¿Cómo son limpiadas nuestras conciencias? Llamo la atención a las siguientes frases.

  1. “La sangre de Cristo”. Aunque la sangre de los animales servía en cierto sentido la misma función que la de la sangre de Cristo, el contraste introducido por el “cuánto más” es tan inmenso que no podemos hablar de una comparación. La sangre de Cristo es el agente que purifica la conciencia del hombre, que separa de “los actos que llevan a la muerte”, y que hace al hombre dispuesto y deseoso de servir a Dios. La sangre de Cristo limpia al hombre de pecado. Robert Lowry cantaba:

¿Qué mas puede dar perdón?

Sólo de Jesús la sangre;

¿Y un nuevo corazón?

Sólo de Jesús la sangre.

  1. “Mediante el Espíritu eterno”. Algunos traducciones escriben la palabra Espíritu con mayúscula y otras con minúscula. En el griego original todas las letras eran escritas de modo uniforme, de manera que no podemos determinar si el escritor quiso significar la una o la otra.

   ¿Qué podemos aprender del contexto teológico de este pasaje? ¿Qué dicen las Escrituras? Una vez más, no podemos estar seguros en cuanto a la intención del escritor al considerar el resto de la Escritura. Los cuatro Evangelios nada dicen acerca del papel del Espíritu Santo en el sufrimiento de Cristo. Por otra parte, cuando Jesús predicó en la sinagoga del pueblo donde se había criado, Nazaret, él leyó de la profecía de Isaías: “El Espíritu del Señor está sobre mí” (Lc. 4:18; Is. 61:1; y véase Is. 42:1). Dice Donald Guthrie: “La afirmación de Hebreos es una lógica deducción del retrato que de Jesús hacen los Evangelios”. Aunque hubiésemos estado más seguros si el escritor hubiese escrito “Espíritu Santo” en vez de “Espíritu eterno”, sabemos que Jesús era sin duda guiado por el Espíritu Santo. Por ejemplo, Lucas escribe: “Jesús, lleno del Espíritu Santo, regresó del Jordán y fue llevado por el Espíritu al desierto, donde por cuarenta días fue tentado por el diablo” (Lc. 4:1–2).

  1. Cristo “se ofreció a sí mismo sin mancha a Dios”. Como sumo sacerdote, Cristo se presentó a sí mismo como sacrificio. Se ofreció a sí mismo a Dios espontáneamente y sin mancha. Pero a diferencia del sumo sacerdote aarónico, que tenía que sacrificar un animal para quitar su propio pecado, el Cristo impecable (sin pecado) ofreció su cuerpo por los pecados de su pueblo. El puso su vida por sus ovejas. Tal como lo testifica Juan al describir la muerte de Jesús en la cruz, éste “inclinó su cabeza y entregó el espíritu” (19:30). Jesús enfrentó la muerte voluntaria, determinada y conscientemente y se ofreció a sí mismo a Dios.

   ¿Por qué se ofreció Cristo a Dios? Para “purificar nuestras conciencias de los actos que llevan a la muerte”. En 6:1, el escritor había introducido la frase “de obras que llevan a la muerte”. Esta formulación implica los efectos destructores que el pecado tiene en la vida del creyente. Es decir, la sangre de Cristo limpia eficazmente la conciencia del creyente, apartándolo de una vida que lleva a la muerte espiritual y llevándolo a una vida vivida en amor y obediente servicio a Dios. El creyente obedece los mandamientos de Dios no por obligación sino por un sentido de gratitud por lo que Cristo ha hecho por El. El creyente, salvado de una vida de pecado que lleva a la muerte, vive ahora una vida de servicio para su Dios vivo.

Consideraciones doctrinales en 9:11–14

   La doctrina bíblica de la expiación enfrenta la oposición formulada por aquellos que describen a Dios como un Dios de amor. Ellos sostienen que Dios no podría haber exigido que Cristo derramase su sangre para aplacar a un Dios airado. Se oponen a la “teología de la sangre” porque, dicen ellos, la misma va en contra del amor de es un pecador que, a causa de su pecado, está condenado ante Dios.

   Por su propia voluntad Cristo tomó el lugar del hombre pecador y pagó por él el castigo correspondiente. Al derramar su propia sangre, Cristo se esforzó para obtener redención eterna, es decir, para “traer salvación a aquellos que le están esperando” (9:28). El escritor de Hebreos sin lugar a dudas enseña la doctrina de la expiación. El dice: “Cristo entró en el Lugar Santísimo una vez para siempre por medio de su propia sangre” (9:12).

   En esta sección y en otras partes de su epístola, el escritor de Hebreos enseña la singular doctrina de que Cristo fue sacerdote y sacrificio. Cristo fue sujeto y objeto al mismo tiempo: sirvió al altar como sacerdote y fue puesto sobre el altar como sacrificio. Cristo derramó su sangre en la cruz del Calvario y entró figuradamente como sumo sacerdote en el Lugar Santísimo del templo. La Escritura enseña que la ofrenda de su sacrificio fue completada en la tierra; en su capacidad de sumo sacerdote, Cristo entró en “el tabernáculo mayor y más perfecto” del cielo, o sea, ante la presencia de Dios.

   El escritor de Hebreos elimina detalles de las leyes que tenían que ver con el Día de la Expiación y con las purificaciones ceremoniales de personas declaradas inmundas. El omite a propósito estos detalles para poner en claro relieve el contraste entre la observancia externa de ceremonias religiosas y la transformación interior del hombre purificado por la sangre de Cristo. Esa es, para él, la diferencia que hay entre al vida en los días del antiguo pacto y la vida en la era del nuevo pacto.

 

2° Titulo:

En Su Resurrección. (Romanos 8:11). Y si el Espíritu de un niño de los muertos en Jesús, Jesús también vivió los cuerpos en su espíritu que mora en vosotros.

 

   Comentarios:( hubo que tomar desde 9 al 11 para mayor comprensión del tema)Versíc. 9–11. Vosotros, empero, no estáis en la carne sino en el Espíritu, dado que el Espíritu de Dios mora en vosotros. Cualquiera que no posee el Espíritu de Cristo no pertenece a Cristo). Pero si Cristo está en vosotros, aunque el cuerpo esté muerto a causa del pecado, el Espíritu es vida debido a (vuestra) justificación. Y si el Espíritu de aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos mora en vosotros, el que resucitó a Cristo de entre los muertos también impartirá vida a vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que mora en vosotros.

   El significado de todo el pasaje, visto a la luz del contexto que lo antecede, puede ser resumido así:

   Vosotros, por el contrario, no estáis básicamente bajo el control de la pecaminosa naturaleza humana sino del Espíritu. Vosotros por lo tanto no sóis incapaces de agradar a Dios, ya que el Espíritu de Dios mora en vosotros. (Ahora bien, si hubiere alguno que por su vida y acciones demostrara no poseer el Espíritu de Cristo, tal persona no pertenece a Cristo. No es de ningún modo un cristiano). Pero si Cristo vive en vosotros, entonces, aunque por causa del pecado el cuerpo deba morir, aun así, por haber sido vosotros justificados, el Espíritu, que es en sí mismo vida, vive en vosotros. Y si ese Espíritu, a saber, el que resucitó a Jesús de entre los muertos, mora en vosotros, entonces aquel que resucitó a Cristo de entre los muertos también impartirá vida, en el día de la resurrección, a vuestros cuerpos mortales. El lo hará por medio del Espíritu que mora en vosotros.

Breve comentario sobre palabras y frases:

  1. “Vosotros, empero, no estáis en la carne sino en el Espíritu …”Con amor Pablo asegura a sus lectores que en lo que respecta a la dirección básica de su vida, ellos no están bajo el control de la pecaminosa naturaleza humana sino bajo él del Espíritu. Esto implica que, hablando en términos colectivos, ellos no pertenecen a la categoría de aquellos sobre los cuales el apóstol acaba de afirmar (v. 8) que no pueden agradar a Dios.
  1. “dado que el Espíritu de Dios mora en vosotros”.

La traducción “si el Espíritu de Dios mora en vosotros”, que indicaría que Pablo no estaba seguro de que el Espíritu Santo morara colectivamente en los corazones de esta gente, es incorrecta. Visto lo que el apóstol dice sobre ellos en 1:6, 8; 15:14, una evaluación tan pobre de su parte debe ser rechazada.

  1. “(Cualquiera que no posee el Espíritu de Cristo no pertenece a Cristo)”.

   Aunque al hablar colectivamente en apóstol ha asegurado a la congregación de Roma que él considera que ellos están bajo el control del Espíritu, que mora en ellos, esto no quiere decir que cualquier miembro de la iglesia pueda dar por sentada su salvación, en el sentido que ya no sería necesario un autoexámen. Además, no todo era perfecto en la iglesia de Roma. Véanse 11:17–25; 14:10–15, 19; 15:1s.

   Pablo afirma que si la vida de alguien lo señala como persona que carece del Espíritu de Cristo, tal persona no tiene derecho a considerarse cristiana.

   Nótese en este versículo el intercambio de designación entre “el Espíritu de Dios” y “el Espíritu de Cristo”.

Ello ciertamente indica que en el pensamiento de Pablo Cristo era plenamente divino.

  1. “Pero si Cristo está en vosotros, aunque el cuerpo esté muerto a causa del pecado, el Espíritu es vida debido

a (vuestra) justificación”.

   Significado: no solamente es cierto que debido al pecado el cuerpo de cada uno de vosotros seguramente va a morir, sino que también es cierto que debido a vuestra justificación podéis estar seguros del hecho que el Espíritu, que es vida y autor de la vida, mora en vosotros.

   La palabra Espíritu, que aparece en el v. 10, no debería ser escrita con minúscula, como si la referencia fuera a la entidad invisible de cualquier persona, sino con “mayúscula, ya que el apóstol ciertamente está pensando en el Espíritu Santo. Comprobación:

(1) En las ocho instancias en que se la usa (v. 1–9), la palabra pneuma (palabra griega usada tanto para el Espíritu divino como para el espíritu humano) se refiere al Espíritu Santo. En el v. 11 el apóstol se refiere dos veces a este Espíritu (el Espíritu de aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos”, “su Espíritu que mora en vosotros”). Sería muy extraño, entonces, que el pneuma intermedio (aquí en el v. 10) tuviera un significado diferente.

(2) El pneuma del v. 10 es nuevamente mencionado en el v. 11. Nótese el parecido: el v. 11 se refiere al Espíritu dador de la vida, naturalmente, el Espíritu Santo. Esto corresponde al “pneuma de vida” del v. 10.

(3) También en el v. 2 del presente capítulo se llama al Espíritu Santo “el Espíritu de vida”. Del mismo modo en Jn. 14:6 Jesús se denomina a sí mismo “la vida”.

  1. “Y si el Espíritu de aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos mora en vosotros, el que resucitó a Cristo

de entre los muertos también impartirá vida a vuestros cuerpos mortales por su Espíritu, que mora en vosotros”.

   Los vv. 9–11 dejan en claro que las designaciones “Espíritu”, “Espíritu de Dios”, “espíritu de Cristo”, “el Espíritu de aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos” y “su Espíritu que mora en vosotros”, se refieren todas al mismo Espíritu Santo. La variedad de títulos dista de ser de escaso significado. Indica la gloriosa unidad que existe entre Padre, Hijo y Espíritu Santo, una unidad que no es sólo de esencia (unidad ontológica) sino también de operación en beneficio de nuestra salvación.

   Del mismo modo, Jn. 14:26 nos informa que el Padre iba a enviar al Espíritu Santo; y Jn. 16:7 que el Hijo lo enviaría. No hay aquí contradicción sino una gloriosa armonía. Tómese nota de Jn. 14:16, “Yo rogaré al Padre, y el os dará … el Espíritu de verdad”. También 14:26, “El Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi

nombre”.

   En el v. 11 el sujeto: “Aquel que resucitó a Jesús—o Cristo—de entre los muertos”, se refiere, por supuesto, al Padre. ¿No es una consecuencia lógica de pasajes tales como Ro. 6:4; Gá. 1:1 y Ef. 1:20 que en la actividad de resucitar al Salvador de entre los muertos fuera el Padre quien, se puede decir, tomara la iniciativa?

   Pero nótese cuán estrechamente relacionadas están las otras dos personas de la Santísima Trinidad con el Padre y por ende la una con la otra. Que el Padre actúa por medio del Espíritu es algo que se afirma claramente en el v. 11. Que aun el mismo Jesús no permaneció totalmente pasivo en su resurrección lo está implícito en Jn. 10:17, 18. Es él quien reclama para sí el poder no sólo de poner su vida sino de volverla a tomar. Además, el mismo que en Ro. 8:11 es descrito como el Espíritu del Padre, es él que en el v. 9 es llamado Espíritu de Cristo. De hecho, como si fuera en un mismo aliento, el Espíritu del Padre es llamado en el v. 9 Espíritu de Cristo. La relación entre Padre, Hijo y Espíritu Santo es tan estrecha, la unión tan intima e indisoluble, que es imposible deshonrar al Hijo sin deshonrar también al Padre y al Espíritu Santo. Cf. Jn. 5:23.

   Esta verdad está cargada de significado práctico. Vivimos en un tiempo en que en algunos círculos evangelísticos se muestra un desproporcionado interés por Jesús, como si el honor y la gloria sólo le pudieran ser adjudicados a él. Otros, por su parte, llenos de una errónea suerte de fervor ecuménico, que trata de unificar a todos los cuerpos religiosos en una gran iglesia mundial, minimizan la obra del Salvador y enfatizan que todos los hombres son hermanos, ya que Dios es Padre de todos ellos. Y un tercer grupo, que últimamente se muestra muy vocal, magnifica los dones carismáticos y no pueden dejar de hablar del Espíritu.

   Como lo demuestra Ro. 8:9–11 y como lo comprueba todo el resto de la Escritura, es el trino Dios, es decir,

Padre, Hijo y Espíritu Santo, el único y verdadero Dios, quién debería ser el objeto central de nuestro amor y adoración.

3er Titulo:

En Su Ministerios Después De Su Resurrección. (Los Hechos 1:1 al 3). En el primer tratado, oh Teófilo, hablé acerca de todas las cosas que Jesús comenzó a hacer y a enseñar, hasta el día en que fue recibido arriba, después de haber dado mandamientos por el Espíritu Santo a los apóstoles que había escogido; a quienes también, después de haber padecido, se presentó vivo con muchas pruebas indubitables, apareciéndoseles durante cuarenta días y hablándoles acerca del reino de Dios.

   Comentarios: En la primera frase de este libro, Lucas deja claramente establecido que él es el escritor del tercer Evangelio. Tanto su Evangelio como los Hechos los dedica a Teófilo, un gentil convertido al cristianismo. Aunque Lucas evita mencionar su propio nombre, el estilo, el vocabulario, y la selección de palabras apuntan a una sola persona como escritora de ambos libros.

   Los primeros dos versículos de Hechos sirven de puente entre el relato del Evangelio sobre la vida y ministerio de Jesús y los hechos históricos de la naciente iglesia. En realidad, el Evangelio de Lucas y Hechos son un solo libro en dos partes; Hechos es la continuación del Evangelio.

   Versíc. 1. El primer libro, Teófilo, escribí acerca de todo lo que Jesús comenzó a hacer y a enseñar.

Observe los siguientes puntos:

  1. El Evangelio. Lucas se refiere al tercer Evangelio como “el primer libro”. En el griego, la expresión anterior o primero significa el primero de dos o más asuntos. En este caso, Lucas escribe sólo dos libros, el Evangelio y Hechos. Hace una distinción entre los dos documentos al llamar al primero de ellos el “primer”. Preguntarse si planeó un tercer volumen acerca de la historia de la iglesia después de la liberación de Pablo de la casa donde estaba preso en Roma sería mera especulación y un intento completamente fútil.
  1. El nombre. Lucas dedica su Evangelio y Hechos a Teófilo. Este nombre significa “amigo de Dios” y es usado tanto por judíos como por gentiles. En el prólogo del Evangelio, Lucas llama a Teófilo “excelentísimo”, expresión que también se usa en relación con los gobernadores romanos Félix y Festo (véase Hch. 23:26; 24:3; 26:25). Se supone que Teófilo pertenece a la clase social educada y gobernante. Es un hombre temeroso de Dios que asiste a los cultos de adoración en una sinagoga judía pero que se opone a ser circuncidado. Por lo tanto, no se trata de un converso al judaísmo, sino que, como Cornelio, el centurión romano (10:1–2), adora al Señor y Dios. Al dedicar su Evangelio a Teófilo (Lc. 1:3), Lucas le presenta al Señor Jesucristo en palabras y obras. Y aunque en Hechos no ofrece mayores detalles acerca de él, suponemos que al leer el Evangelio es que Teófilo llega a ser cristiano.
  1. La persona. “Acerca de todo lo que Jesús comenzó a hacer y a enseñar”. No obstante que el Evangelio de Lucas es más extenso que los otros tres Evangelios, Lucas no pretende haber recogido todo lo que Jesús dijo e hizo (compárese Jn. 21:25). Usa el adjetivo todo para incluir todo lo que ha mencionado acerca de Jesús en el tercer Evangelio. En los primeros once versículos del capítulo 1, el sujeto predominante es Jesús. Con la cláusula “todo lo que Jesús empezó a hacer y a enseñar”, Lucas sugiere que su relato en Hechos es una continuación de lo que Jesús dijo e hizo según lo registrado en el Evangelio. El escribe acerca de Jesús, el sujeto tanto del Evangelio como de Hechos.

   

Versíc. 2. Hasta el día en que fue recibido arriba, después de haber dado mandamientos por el Espíritu Santo a los apóstoles que había escogido.

   En este versículo, Lucas presenta tres diferentes temas:

  1. La ascensión. De los cuatro evangelistas, sólo Lucas hace un relato descriptivo de la ascensión de Jesús.

Concluye su Evangelio con un breve resumen de este acontecimiento (Lc. 24:50–53), vuelve al asunto en el primer capítulo de Hechos (1:2), y presenta más tarde en el mismo capítulo, una descripción más detallada del mismo (vv. 9–11). Con la narración que hace de la ascensión, el Evangelio y Hechos quedan unidos, ya que éste la comienza donde aquel la termina.

   En el Nuevo Testamento, el verbo griego traducido como “fue tomado arriba” frecuentemente describe la ascensión de Jesús al cielo. Sin la frase calificativa arriba al cielo, el verbo mismo “testifica de la familiaridad de la iglesia apostólica con la Ascensión como un acontecimiento real y reconocido en la vida del Señor”.Aquí Lucas menciona brevemente la ascensión y así resume un asunto que ampliará más tarde en este mismo capítulo.

  1. La instrucción. Lucas escribe, “después de haber dado mandamientos por el Espíritu Santo a los apóstoles que había escogido”. Indirectamente, está relacionando la ascensión de Jesús con un elemento de la Gran Comisión. Antes de ascender al cielo, Jesús dio instrucciones a los once discípulos para que hicieran discípulos en todas las naciones, enseñándoles “que guarden todas las cosas que os he mandado” (Mt. 28:20). Durante el transcurso de los cuarenta días entre su resurrección y su ascensión, Jesús instruyó a sus discípulos en la enseñanza del evangelio. De acuerdo con esto, los preparó para la tremenda tarea que les esperaba en el día de Pentecostés y después.

   En el griego, la frase por el Espíritu Santo puede ser tomada tanto en relación con las palabras precedentes: haber dado mandamientos, como con el verbo siguiente: que había escogido. En vista del énfasis de Lucas respecto de la obra del Espíritu en el capítulo 1, los eruditos prefieren relacionar la frase con las palabras precedentes. Donald Guthrie escribe: “Lucas muestra con toda claridad que él ve su libro como el resultado de las revelaciones del Espíritu del Señor resucitado a los apóstoles”. El Espíritu Santo moraba en Jesús, porque Jesús sopló sobre sus discípulos y les dio a ellos el Espíritu Santo (Jn. 20:22). En su ministerio, él dirigió a sus apóstoles a través del Espíritu Santo (véase, p. ej., 16:7). El Espíritu de Jesús es el Espíritu Santo.

  1. La elección. “Los apóstoles que había escogido”. Lucas usa el término apóstoles, ya que en Hechos él caracteriza a los creyentes como discípulos, y a los apóstoles como maestros. En realidad, estos discípulos reciben instrucción de la enseñanza de los apóstoles (2:42); también, los apóstoles de Jesús enseñan con autoridad en el nombre de Jesucristo. Jesús mismo escogió a doce apóstoles (los once más Matías) y los envió como sus embajadores a proclamar el evangelio y a realizar milagros en su nombre. El Espíritu Santo confirmó la elección de estos doce, al llenarlos en el día de Pentecostés (2:4).

Versíc. 3. A ellos también, después de haber padecido, se presentó vivo con muchas pruebas indubitables,

apareciéndoseles durante cuarenta días y hablándoles acerca del reino de Dios.

   En una breve cláusula, “después de haber padecido”, Lucas resume los acontecimientos de la Semana de la Pasión que había descrito en detalle en el Evangelio. Para él, una prueba suficiente de que Jesús vive es una referencia a sus apariciones después de haber resucitado. De acuerdo con el relato de los cuatro Evangelios, Hechos, y la primera epístola de Pablo a los corintios, Jesús se apareció diez veces en el período que va entre el domingo de la Resurrección y el Día de la Ascensión. Lo hizo ante

  1. Las mujeres en la tumba (Mt. 28:9–10)
  2. María Magdalena (Mr. 16:9–11; Jn. 20:11–18)
  3. Los dos hombres camino a Emaús (Mr. 16:12; Lc. 24:13–32)
  4. Pedro en Jerusalén (Lc. 24:34; 1 Co. 15:5)
  5. Diez discípulos (Lc. 24:36–43; Jn. 20:19–23)
  6. Once discípulos (Jn. 20:24–29; 1 Co. 15:5)
  7. Los siete discípulos que pescan en Galilea (Jn. 21:1–23)
  8. Once discípulos en Galilea (Mt. 28:16–20; Mr. 16:14–18)
  9. Quinientas personas (presumiblemente en Galilea; 1 Co. 15:6)
  10. Jacobo, el hermano del Señor (1 Co. 15:7)

   La última aparición de Jesús ocurrió cuando ascendió al cielo desde el Monte de los Olivos, cerca de Jerusalén.

   Todas estas apariciones muestran, según dice Lucas, que “después de haber padecido, [Jesús] se presentó vivo, con muchas pruebas indubitables”. La obra que Jesús comenzó a hacer durante su ministerio terrenal continúa, porque Jesús vive.

   La ascensión de Jesús tuvo lugar el cuadragésimo día después de su resurrección y diez antes de Pentecostés, palabra que en griego quiere decir “quincuagésimo”. Durante esos cuarenta días, Jesús instruyó a sus discípulos acerca de las cosas relacionadas con “el reino de Dios”. Con esta resumida afirmación, Lucas vuelve a llamar la atención de sus lectores a su Evangelio. El Evangelio de Lucas registra más de treinta veces la expresión reino de Dios; en Hechos también aparece varias veces (1:6; 8:12; 14:22; 19:8; 20:25; 28:23, 31). Por comparación, Mateo desarrolla el concepto del reino y usa la expresión reino de los cielos (o, de Dios) al menos cincuenta veces.

   ¿Cuál es el mensaje del reino de Dios? Este modismo resume el corazón de la enseñanza de Jesús. El reino es el gobierno de Dios en los corazones y vidas de su pueblo, quienes como ciudadanos de este reino reciben la remisión de pecados y la vida eterna. Es más, para los apóstoles, la frase el reino de Dios significaba predicar las buenas nuevas de la muerte y resurrección de Jesús y hacer discípulos de todas las naciones. “Se colige que la iglesia puede adoptar el mensaje de Jesús, tal como está registrado en los Evangelios, y hacerlo parte de sí misma”.

Texto: 1 Timoteo Cap. 3, versículo 16. E indiscutiblemente, grande es el misterio de la piedad: Dios fue manifestado en carne, Justificado en el Espíritu, Visto de los ángeles, Predicado a los gentiles, Creído en el mundo, Recibido arriba en gloria.

   Comentario del Texto: Versíc. 16. Y confesadamente grande es el misterio de nuestra devoción.

   La iglesia es grande porque grande es su exaltada Cabeza, Jesucristo. Por cuanto todo lo que sigue en el v. 16 se refiere a él, es claro que la expresión “el misterio de nuestra devoción” se refiere a Cristo.

Es él quien es grande, y esto, confesadamente, esto es, reconocido por la iglesia en su testimonio diario, su

enseñanza y, como aquí, en sus himnos.

   “El misterio de nuestra devoción” es el “misterio de nuestra fe” (v. 9), significando que pertenece a nuestra fe, a nuestra devoción. Por fe lo abrazamos. Por medio de nuestra devoción lo glorificamos. La palabra usada en el original (εὑσέβεια,—ᾶς) aparece aquí en un sentido ligeramente distinto de piedad o santidad cuando ésta es considerada como una cualidad o [p 158] condición del alma. Aquí se usa en un sentido más activo. Es piedad en acción (“piedad operativa”), vida de piedad práctica (como en 4:7), de devoción consciente de nuestras vidas a Dios en Cristo, el temor de Dios (cf. alemán “Gottesfurcht” y holandés “godsvrucht”).

   Cristo es llamado el misterio de nuestra devoción, no solamente porque si no nos hubiese sido revelado, no le habríamos conocido (“misterio” = “secreto revelado”), sino también porque trasciende nuestra comprensión (Ef. 3:18, 19). Mientras más le conocemos, en mejores condiciones estaremos de discernir el carácter misterioso, insondable de su amor y de todos sus atributos.

   Es exactamente esta inmensurable grandeza de Cristo que constituye el tema del himno del cual Pablo ahora cita seis líneas. Ese tema era familiar en la iglesia primitiva, como lo demuestran pasajes como los siguientes: Hch. 2:22–36; 4:11, 12; 10:38–43; 13:26–41; Ro. 8:31–39; 1 Co. 1:30; 15:1–20, 56, 57; Ef. 1:20–23; Fil. 2:5–11; Col. 1:12–20; 2 Ts. 1:7, 8; 2:8; Tit. 2:13; Heb. 1:1–4; 7:23–8:2; 9:24–28; 10:5–25; 12:1–3; Ap. 5:6–14; 12:10–12; 19:6–8.

   Dependiente de un antecedente tal como Logos (Verbo) o Cristo o Theos (Dios) el himno continúa:

“quien” o “aquel que” (ὅς) fue manifestado en la carne, etc.

   Al dibujar líneas de conexión entre las palabras que indican realidades que corresponden a la misma esfera, se unen las palabras carne, naciones y mundo; lo mismo ocurre con Espíritu, ángeles y gloria.

   Véase estas líneas en la página anterior. Así la X, que es la vigésimo segunda letra del alfabeto griego y que se llama Xi, aparece dibujada dos veces. Por lo tanto podemos decir que las seis líneas están arregladas xi-ásmicamente (quiásticamente, en buen castellano).

   Las seis líneas de este Himno de adoración de Cristo comienza con una línea sobre el humilde nacimiento de Cristo y termina con una referencia a su gloriosa ascensión. Es claro que si en un himno que va de la humillación a la exaltación se ha de mantener el movimiento quiástico, no puede haber menos de seis líneas. Los contrastes se trazan claramente:

   Carne débil (línea 1) contrastada con el Espíritu que imparte poder (línea 2)

   Los ángeles celestiales (línea 3) en contraste con las naciones terrenales (línea 4)

   El mundo inferior (línea 5) en contraste con la gloria de arriba (línea 6).

   Sin embargo, la belleza de todo esto es que aunque el himno presenta estos contrastes regionales, el pensamiento a través de todo es de gloria y adoración. Ciertamente la palabra carne en la línea 1 indica la humillación de Cristo; pero la expresión “manifestado en la carne” (“la divinidad sublime en la carne se veló”) señala a su naturaleza exaltada, gloriosa. Su gloria también la señalan las expresiones “vindicado por el Espíritu”, “visto (con adoración) por ángeles”, “proclamado (con gozo) entre las naciones”, “creído (para salvación) por el mundo”, y “recibido (para exaltación) arriba en gloria”. Por eso lo que tenemos en estas seis líneas no es paralelismo antitético (en el sentido que normalmente se emplea el término), sino paralelismo quiástico cumulativo.

Consideración de las seis líneas por separado:

(1) Quien fue manifestado en la carne.

En la naturaleza humana, debilitada por la maldición, entró Cristo, el Hijo de Dios. Fue enviado por Dios (Gá. 4:4), por eso, nacido de una virgen. El hecho de que Uno tan glorioso en su preexistencia estuviera dispuesto a adoptar la naturaleza humana en esa condición cargada con la maldición, debilitada, fue una manifestación de amor infinito, condescendiente. Cf. Jn. 1:1–14; 2 Co. 8:9; Fil. 2:5–11. Por eso este autoencubrimiento voluntario fue al mismo tiempo una autorevelación. Desde el comienzo de esta venida en la carne el autoencubrimiento y la autorevelación caminaron lado a lado en relación con este “Misterio de nuestra devoción”. En cuanto al sentido de “carne”, véase C.N.T. sobre Jn. 1:14; y en cuanto al significado de “fue manifestado” véase C.N.T. sobre Jn. 21:1.

(2) Vindicado por el Espíritu.

No todos vieron su gloria. Fue “despreciado y desechado entre los hombres” (Is. 53:3). Sus enemigos negaron sus pretensiones, y él mismo fue echado fuera (Heb. 13:12). Pero fue vindicado por el Espíritu: fueron plenamente establecidas su perfecta justicia y la validez de sus pretensiones.

   La versión Reina Valera hace bien al escribir Espíritu con mayúscula, como referencia al Espíritu La combinación “carne” y “Espíritu” tiene otro respaldo bíblico. Nótese: “Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad … Y vi al Espíritu que descendía del cielo como paloma, y permaneció sobre él” (Jn. 1:14, 32; cf. 3:34). Habiendo sido ungido de este modo por el Espíritu Santo (Sal. 2:2; 45:7; Mt. 3:16; Mr. 1:10; Lc. 3:22; Hch. 4:27; 10:38), pudo, mientras estuvo en la carne (la naturaleza humana debilitada), realizar milagros, echar fuera demonios, etc. (Mt. 12:28). Por medio de toda acción de poder se estableció su justicia, porque ciertamente el Espíritu Santo no habría dado este poder a un pecador (Jn. 9:31). Pero fue especialmente por medio de su resurrección de los muertos que el Espíritu vindicó plenamente la pretensión de Jesús de que era Hijo de Dios (Ro. 1:4).

(3) Visto por ángeles.

La grandeza de Cristo en su resurrección se destaca en la predicación de los apóstoles al principio. La resurrección era su total vindicación. Fue también en relación con esa que fue visto por ángeles (Mt. 28:2–7; Mr. 16:5–8; Lc. 24:4–7; Jn. 20:12–13). Ciertamente los ángeles habían mostrado interés en su nacimiento (Lc. 2:9–14), y en su triunfo sobre Satanás cuando lo tentó en el desierto (Mt. 4:11). Además, los ángeles hablaron a los discípulos después de su ascensión (Hch. 1:10, 11). Los ángeles le dieron la bienvenida al volver al cielo (Ap. 12:12). Estaban y están intensamente interesados en todo el programa de redención (1 P. 1:12). Pero, aunque no es necesario excluir ninguno de estos grandes acontecimientos del sentido de la línea “visto por ángeles”, es clara como la luz del día la referencia a la resurrección gloriosa de Cristo, hecho redentor que era prominente en la conciencia de la iglesia primitiva. Mientras los ojos de los hombres estaban empañados por la bruma de la “poca fe” y en cierto sentido, falta de fe (Mr. 16:11, 13, 14; Lc. 24:10, 11; Jn. 20:8, 9, 15, 24, 25), los ángeles lo vieron claramente. Lo reconocieron como su glorioso Señor.

(4) Proclamado entre (las) naciones.

Fue el Cristo resucitado quien, antes de la ascensión, proclamó la Gran Comisión: “Por tanto, id y haced discípulos a todas las naciones” (véase Mt. 28:18–20: La Gran Demanda, La Gran Comisión, La Gran Presencia). Así, aquel que no fue estimado, el desechado (Is. 53:3), comenzó a ser proclamado universalmente (véase el comentario sobre 2 Ti. 4:2) como el Salvador del mundo. Aun cuando esto sucedió en Pentecostés y después de Pentecostés, la “gran comisión” fue proclamada antes de la ascensión.

(5) Creído por el mundo.

Por supuesto, este fue el resultado directo del mandato dado antes de la ascensión. Hombres de toda tribu y nación empezaron a adorarle como su Señor y Salvador, como había sido predicho (Sal. 72:8–11, 17; 87; cf. Gn. 12:3; Am. 9:11, 12; Mi. 4:12).

(6) Recibido arriba en gloria.

Habiendo sido manifestado en la carne, vindicado por el Espíritu, visto por ángeles y habiendo dado la orden que dio como resultado la proclamación de su nombre entre las naciones y la recolección de una cosecha espiritual del mundo, “fue recibido arriba”. Este es el mismo verbo usado en Mr. 16:10 y en Hch. 1:2. Lc. 24:51 dice: “se separó de ellos” y Hch. 1:9, “fue alzado”. Cuando apenas se habían apagado los ecos de las voces de los hombres que gritaban “¡Crucifícale! ¡Crucifícale!”, los cielos abrieron sus portales, y al recibir de regreso a su Rey victorioso, resonaron con los ecos de himnos de júbilo, entonados por diez mil veces diez millares, y de millares de millares: “Digno es el Cordero”. Ciertamente fue recibido arriba en gloria.

   ¡Cuán grande es la iglesia que tiene un Jefe o Cabeza tan excelso! Que Timoteo tenga presente esto y siga en su tarea de supervisión.

Amen, Para la Gloria de Dios.

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Hno Roberto Saldías Roa

Miembro de la IEP en Nacimiento Bajo, nació en el evangelio del Señor en la Iglesia de Laja 1975. Casado con María Nahuelmán, estudia teología de manera autodidacta. Me gusta mucho leer y escribir.