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Semana del 23 al 29 de septiembre 2019: “Destino glorioso de la iglesia de Cristo”.

Semana del 23 al 29 de septiembre 2019: “Destino glorioso de la iglesia de Cristo”.

Lectura Bíblica: Apocalipsis 19:6 al 8. Y oí como la voz de una gran multitud, como el estruendo de muchas aguas, y como la voz de grandes truenos, que decía: ¡Aleluya, porque el Señor nuestro Dios Todopoderoso reina! Gocémonos y alegrémonos y démosle gloria; porque han llegado las bodas del Cordero, y su esposa se ha preparado. Y a ella se le ha concedido que se vista de lino fino, limpio y resplandeciente; porque el lino fino es las acciones justas de los santos.

   El Destino De La Iglesia Cristiana Es Triple: (Aporte del libro Estudio de Doctrina Cristiana página 248).

  1. Ser desposada como una virgen santa con Cristo, Ap. 21:9; 2 Co. ll:2; Ef. 5:27.
  2. Reinar con Cristo como su consorte real, Ap. 1:6; 3:21; 1 P. 2:9; ap. 20:6.

III. Manifestar en los siglos venideros la alabanza, la gracia y la gloria de Dios, Ef. 1:6, 12; 3:10.

NOTA. – Hay tres palabras que ilustran estos tres grados de relación entre la Iglesia y su Señor. y éstas son: La Esposa, la Reina. la Joya. 

   Comentario del texto Bíblico: b. La boda 19:6–9

   Dos observaciones preliminares. Primera, los versículos 6–8 contienen el último himno tanto de este capítulo como del Nuevo Testamento. El himno recibe el nombre de cántico nupcial para celebrar la reunión de la esposa y el esposo para la ceremonia nupcial y la cena a las que pueden asistir los invitados.

   Luego, Juan compara los sonidos que introducen este cántico nupcial con tres grupos diferentes: una vasta multitud, muchas aguas y truenos. Emplea imágenes de la vida humana en la tierra que describen una escena que se da en el cielo.

   Versíc. 6. Y oí como si fuera la voz de una gran multitud y como si fuera el sonido de muchas aguas y como si fuera el sonido de potentes truenos, diciendo, «Aleluya, porque nuestro Señor Dios Todopoderoso reina».

   Juan escuchó un himno que parecía como si lo estuviera cantando una vasta multitud. No identifica a esta multitud, pero como la redacción es parecida a la del versículo 1, parece que la identidad de dicha multitud fuera la misma.15 Canta los himnos tanto inicial como final en este capítulo; en ambos cantan las mismas notas de alabanza y loa. Se trata de resonancias discretas de los himnos que cantaron las multitudes en los capítulos 5 y 7.

   Juan compara la voz que oye con sonidos tomados de la naturaleza: los sonidos de muchas aguas y los de potentes truenos. Juan describe la voz de la aparición de Jesús en la isla de Patmos como un sonido impetuoso de muchas aguas (1:15; véase 14:2; Ez. 1:24; 43:2). Y la frase potentes truenos transmite la idea de intensidad que se puede escuchar en todas partes (Ap. 6:1; 14:2). Estas dos frases en realidad apuntan hacia el poder, majestad y gloria de Dios. Y la voz poderosa de la innumerable multitud da testimonio de expresiones de gozo y gratitud por el privilegio de ser la esposa de Cristo.

   Esta voz, que transmite el sonido de una multitud de personas que hablan al mismo tiempo, surge de entre los tonos agradables de agua burbujeante para luego intensificarse hasta el crescendo ensordecedor de truenos. Estos sonidos son como personas que comienzan a cantar con suavidad pero que luego culminan su himno con suma intensidad. La primera palabra del cántico es Aleluya, que se ha utilizado cuatro veces en estos himnos. Va seguida de una cláusula que explica el porqué de esta nota de júbilo, «porque nuestro Dios Todopoderoso reina». El verbo en esta cláusula se puede interpretar en el sentido de que el Señor «ha comenzado a reinar». El Señor Dios, como lo indica el término descriptivo Todopoderoso, siempre ha sido el que ha reinado sobre su gran creación. Pero ahora el reino del Anticristo ha llegado a su fin previsto, y el Señor Dios es quien reina como soberano en el vasto universo que ha creado. En Apocalipsis, el término el Señor Dios Todopoderoso se utiliza siete veces y caracteriza la soberanía de Dios.16 Mientras que un Domiciano terrenal recibía honores como dominus et deus (señor y dios), el coro celestial canta con triunfo que Dios ocupa la verdadera sede del poder en el mundo (véase Sal. 93:1; 97:1; 99:1; 1 Cr. 16:31; Zac. 14:9). Por último, el pronombre posesivo personal nuestro en «nuestro Señor Dios Todopoderoso reina» significa que el coro es inclusivo: los santos en el cielo y en la tierra son uno solo.

   Versíc. 7. «Regocijémonos y alegrémonos y démosle gloria, porque la boda del Cordero ha llegado y su esposa se ha preparado. Y a ella se le dio lino fino que es resplandeciente y limpio para vestirse» (porque el lino fino representa las obras justas de los santos).

   [a]. Fiesta. La exhortación a regocijarse, a alegrarse y a dar gloria a Dios se dirige a todo el pueblo que recibe la invitación a la boda del Cordero. El punto ahora es si el pueblo de Dios se describe como la esposa y como los invitados al mismo tiempo. Pero en el marco simbólico de Juan, las imágenes se superponen, de manera que podemos concluir: «los invitados y la esposa son los mismos». Es decir, las imágenes de Juan se funden una con otra y no deberían interpretarse por separado. La representación simbólica de la boda del Cordero no ha de entenderse de manera literal, porque conduciría a absurdos.

   Juan toma sus expresiones del Salterio: «Este es el día en que el Señor actuó; regocijémonos y alegrémonos en él» y «Tributen al Señor la gloria que merece su nombre» (Sal. 118:24 y 96: 8a, respectivamente). Dios no sólo destruye el reino del Anticristo, sino que concede salvación a su pueblo y le otorga el honor de unirse en nupcias a su Hijo. Su pueblo se regocija porque Dios ha eliminado a su enemigo, y expresa su gratitud dándole alabanza y gloria.

   [b]. Desposorios y boda. Los compromisos matrimoniales y bodas difieren según las culturas y las épocas. El cuadro que Juan muestra al lector es el de un desposorio hebreo que, al cabo de un tiempo dado, va seguido de la ceremonia nupcial. El rito del desposorio une al esposo y a la esposa en una relación de compromiso mutuo, relación que se refrenda en presencia de testigos. Pablo escribe que prometió a la iglesia de Corinto como virgen pura a su esposo Cristo (2 Co. 11:2). El Nuevo Testamento presenta a Cristo como el esposo y a la iglesia como a la esposa.18 También el Antiguo Testamento menciona una relación similar entre Dios y su pueblo (Is. 54:5, 6; 62:5; Jer. 3:20; Os. 2:19).

   En un ambiente hebreo, había un período de espera entre el desposorio y la boda, durante el cual vivían separados (Dt. 22:23–24; Mt. 1:18–19). Durante este período las dos familias involucradas acordaban los términos de la dote. Una vez pagada dicha cantidad, se procedía a la boda. Ese día, el esposo, en procesión acompañado de amigos, conducía a la esposa desde el hogar paterno de ella hasta su propia casa. Ahí se celebraba la fiesta nupcial. William Hendriksen ofrece un breve esbozo de esta secuencia nupcial que aplica a Cristo y a la iglesia.

   En Cristo la esposa fue escogida desde la eternidad. Durante toda la dispensación del Antiguo Testamento la boda fue anunciada. Luego, el Hijo de Dios tomó nuestra carne y sangre: tuvo lugar el desposorio. El precio, la dote, se pagó en el Calvario. Y ahora, después de un intervalo que a los ojos de Dios no es sino un poco de tiempo, el esposo regresa y «Ha llegado, la boda del Cordero». La iglesia en la tierra anhela este momento, lo mismo que la iglesia en el cielo.

   Estoy muy consciente de la brevedad de Juan y del riesgo de agregar algo al texto sin que esté en él. Pero puedo sugerir con confianza que el cuadro de boda que Juan describe debe verse dentro del trasfondo cultural judío de ese tiempo.

   [c]. Preparación. Juan escribe luego, «Y su esposa se ha preparado». ¿Cómo se prepara para la boda? Juan responde diciendo que se le entrega lino fino, que es resplandeciente y limpio, para vestirse. La esposa se puede preparar sólo cuando Dios le da la ropa nupcial, porque esta ropa es hermosa y pura. Sus propias ropas no son sino sucios harapos, pero Cristo la limpia y se la presenta «sin mancha ni arruga ni ninguna otra imperfección» (Ef. 5:26, 27); véase Is. 61:10). Sin embargo, ¿cuáles son las obligaciones de la esposa del Cordero mientras está en la tierra? Estas obligaciones son ser fiel al esposo, mostrarle amor y dedicación y esperar con expectación su venida. Pero las ropas que recibe deben verse como un don incondicional de Dios.20 Estas finas ropas que recibe no son sino un acto de gracia que Dios le concede. Y hay más. Los santos que lavaron sus ropas en la sangre del Cordero para emblanquecerlas ahora reciben el nombre colectivo de la esposa.21 Y el lino fino resplandeciente y limpio es el mismo ropaje que llevan los ejércitos del cielo cuando siguen a Cristo en la guerra contra las fuerzas del Anticristo (v. 14).

   Apocalipsis delinea de manera gráfica el contraste entre la gran prostituta, vestida de manera llamativa (17:4), y la esposa del Cordero, que recibe lino fino que es resplandeciente y limpio. La prostituta acaba en la destrucción; por el contrario, la esposa es conducida hasta Cristo para ser su esposa. La mujer vestida del sol y con la luna bajo sus pies que, como símbolo de la iglesia, dio a luz al Hijo (12:1–2, 5) es ahora la esposa del Cordero redimida por el Hijo.

   Por último, los invitados que llegaron al banquete nupcial en la parábola reciben ropas apropiadas, símbolo de pureza y santidad. Pero uno de estos invitados se negó a ponerse esa ropa y por ello fue arrojado fuera (Mt. 22:11–13). De ahí que Juan explica la frase lino fino resplandeciente y limpio como «el lino fino representa las obras justas de los santos».

   ¿Cuáles son estas obras justas que los santos pueden realizar? Pablo arroja luz sobre esta pregunta cuando escribe, «Somos hechura de Dios, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios dispuso de antemano a fin de que las pongamos en práctica» (Ef. 2:10). Estas obras justas, por tanto, resultan posibles por medio de la gracia de Dios que actúa en el corazón de los santos. Liberados de la esclavitud de Satanás, los redimidos dedican la vida a servir a Dios. Alimentan a los hambrientos, dan de beber a los sedientos, ofrecen hospitalidad a los extranjeros, visten a los necesitados y visitan a los enfermos y encarcelados (Mt. 25:37–39). Cristo bendice estas obras, perfeccionándolas por medio de su justicia perfecta.

   Versíc. 9. Y me dijo, «Escribe. Bienaventurados los que han sido invitados al banquete nupcial del Cordero». Y me dijo, «Estas son las verdaderas palabras de Dios».

   Tampoco aquí se identifica a quien habla (v. 5), pero el contexto revela que es un ángel (v. 10). Resulta difícil determinar si se trata del que había venido antes a instruir a Juan (17:1) o de otro ángel que anunció la destrucción de Babilonia (18:1). Sin duda que quien habla no es Jesús, aunque el Señor le había dicho antes a Juan que escribiera (1:11, 19). Los numerosos mandatos de escribir en Apocalipsis los dan Jesús, un ángel o una voz no identificada. El que habla ahora le dice a Juan que escriba la cuarta de las siete bienaventuranzas, «Bienaventurados los que han sido invitados al banquete nupcial del Cordero».

   ¿Quiénes son los invitados al banquete? Son los que han respondido, han recibido el don de salvación, y han sido vestidos con ropas blancas para sentarse en la mesa del Cordero. Estas personas son los santos en el cielo. El autor de 4 Esdras (=2 Esdras) 2:38–41 describe un ambiente celestial de todo el grupo que puede sentarse al banquete, que van vestidos de brillantes ropas blancas, que cumplieron la ley del Señor y cuyo número está completo.

   Las palabras han sido invitados revelan que la invitación inicial se ofreció en el pasado, que los invitados respondieron favorablemente, y que ahora tienen el privilegio de estar sentados al banquete. Mientras que otros que recibieron la invitación no quisieron aceptarla (Mt. 22:3), los que respondieron son llamados «bienaventurados».

   El que habla sigue observando de manera enfática, «Estas son las verdaderas palabras de Dios». Dios ha extendido su invitación a los invitados, y sus palabras son verdaderas sin excepción. Todo lo que Dios ha revelado en su palabra es infalible, y todas las palabras que el ángel bajo el mandato de Dios ha comunicado son verdaderas. Los comentaristas difieren en cuanto a la aplicación de la cláusula mencionada, y la relacionan ya sea con la bienaventuranza anterior o con toda la sección en la que el ángel ha comunicado lo que va a ocurrir (17:1–19: 9a). Prefiero la segunda y encuentro un equivalente en 22:6.24 Así pues, al concluir esta sección, el ángel afirma que estas palabras son verdaderas lo cual, como respuesta adecuada, es el equivalente de un solemne «Amén».

1er Título

Será Desposada Como Una Virgen Santa Con Cristo (Efesios 5:27. a fin de presentársela a sí mismo, una iglesia gloriosa, que no tuviese mancha ni arruga ni cosa semejante, sino que fuese santa y sin mancha.).

   Comentario: Habiendo declarado en el v. 26 el propósito inmediato de la humillación voluntaria de Cristo (v. 25), ahora en el v. 27 Pablo indica el propósito final; o, expresándolo en forma diferente, muestra el fin para el cual Cristo santificó y limpió a la iglesia: 27. a fin de poder presentarse la iglesia a sí mismo esplendorosa en pureza. La iglesia es aún ahora en esencia “la esposa de Cristo”. Sin embargo, todavía no se ha manifestado como tal en toda su belleza. La boda es algo reservado para el futuro.

   A fin de entender el pasaje presente es necesario recordar las costumbres nupciales implicadas en las Escrituras. Primero, existía el compromiso. Esto era considerado más serio que lo que es un “noviazgo” en el día de hoy. Los votos del matrimonio eran pronunciados y aceptados ante testigos para luego recibir la bendición de Dios. Desde aquel día el novio y la novia son legalmente esposo y esposa (2 Cor. 11:2). Luego viene el intervalo entre el compromiso y la fiesta de bodas. Tal vez el novio pudo haber elegido este período para pagar la dote al padre de la novia, esto es, si no ha sido hecho antes (Gn. 34:12). Luego viene la preparación y la procesión, preludio de la fiesta de bodas. La novia se prepara y adorna. El novio se atavía con su mejor traje, y, acompañado de sus amigos, quienes cantan y llevan antorchas, se dirige a la casa de su prometida. El recibe a la novia y la conduce, con una procesión de retorno, al lugar donde se realizará la fiesta de bodas. Finalmente llega el gran momento: la fiesta de bodas, incluyendo el banquete de bodas. Las festividades pueden durar siete días o aun catorce (Mt. 22:1–14).

   Ahora bien, vez tras vez las Escrituras comparan la relación de amor entre Jehová y su pueblo, o entre Cristo y la iglesia, con la relación del esposo con su esposa (Sal. 45; Is. 50:1; 54:1–8; 62:3–5; Jer. 2:32; 3:6–18; 31:31–34; Os. 1–3; 11:8; 14:4; Mt. 9:15; Jn. 3:29; 2 Co. 11:2; Ap. 19:7; 21:2, 9). La iglesia está comprometida con Cristo. Cristo ha pagado la dote por ella. Ha comprado a la que es en esencia—y lo será escatológicamente—su esposa: “Para hacerla esposa quiso De los cielos descender,

Y su sangre por limpiarla

En la horrible cruz verter”.

Samuel J. Stone,

líneas tomadas del himno, “De la iglesia el fundamento”, traducción de J. B. Cabrera

   El “intervalo” de una separación relativa ha llegado. Se refiere a la dispensación entera entre la ascensión de Cristo al cielo y su regreso. Es durante este período cuando la novia debe prepararse. Debe ataviarse de lino fino, puro y resplandeciente. Tocante a significado metafórico véase Ap. 19:8. Pablo, no obstante, mira esta preparación de la esposa desde el punto de vista divino. Es el esposo mismo, Cristo, a quien aquí en 5:27 se le describe preparando a aquella que un día será manifestada como su esposa, a fin de que sea “esplendorosa en pureza”. La presentación a que aquí se refiere debe considerarse como definitivamente escatológica, es decir, como refiriéndose a la gran consumación cuando Cristo regrese en las nubes de gloria. No solamente es verdad que “la esposa del Cordero” se prepara a sí misma (Ap. 19:7), y no solamente con vista al futuro realizan los siervos que Dios ha asignado una labor al respecto (2 Co. 11:2; Fil. 1:10; 2:16; Col. 1:28; 1 Ts. 2:19, 20; 1 Jn. 2:28), sino que Cristo mismo la prepara a fin de presentársela a sí mismo. El punto que se enfatiza es, por supuesto, que ella, la iglesia, nada puede hacer en sus propias fuerzas. Debe toda su belleza a él, el esposo. Es por esta razón única que cuando ella se manifieste en plenitud se verá tan resplandeciente en pureza que podrá responder a la descripción que aquí se da, a saber, no teniendo mancha ni arruga ni otra cosa semejante, sino que fuera santa e inmaculada.

    La palabra “mancha” está confinada en el Nuevo Testamento a este pasaje y 2 P. 2:13. En el último pasaje la palabra usada en el original se ha traducido “manchas” (VRV, Biblia de las Américas), y “borrones” (VM). Allí se refiere a personas. M. M., p. 584 cita un pasaje en el cual se aplica similarmente y puede traducirse “escoria” (“La escoria humana de la ciudad”). La palabra “arruga” se halla en el Nuevo Testamento solamente aquí en 5:27. No ocurre ni en la Septuaginta ni en los apócrifos, pero no se trata de algo poco común. Es inútil tratar de distinguir entre la referencia resultante o el sentido metafórico de estas dos palabras. La combinación de ambas en el pasaje presente sencillamente enfatiza el hecho de que cuando en aquel gran día el victorioso Señor de señores y Rey de reyes se presente a la iglesia a sí mismo, ella no tendrá mancha moral o espiritual alguna. A causa de su gran amor por ella (obsérvese la conexión entre los vv. 27 y 28) el esposo se la presentará a sí mismo “santa e inmaculada” (véase 1:4 en cuanto a su explicación). Es claro que esta obra de gozoso reconocimiento público la realiza con mira a sí mismo, para que con esto él se regocije y sea glorificado, puesto que la salvación nunca tiene su meta final en el hombre sino siempre en Dios. Sin embargo, ¿no es esta maravillosa bienvenida que la esposa recibirá también su honra suprema?

   ¿No indica además que ella es y será para siempre el objeto del supremo deleite del esposo? Cf. Sof. 3:17. 28. De esta manera los maridos también deben amar a sus propias esposas como a sus propios cuerpos; No queriendo decir: deben amar a sus propias esposas tal como aman a sus propios cuerpos, sino que deben amar a sus propias esposas como siendo éstas sus propios cuerpos. El esposo es la cabeza de la esposa como Cristo es la cabeza de la iglesia. Entonces, así como la iglesia es el cuerpo de Cristo, así también la esposa es en un sentido el cuerpo del esposo. Tal es la íntima relación que existe entre ambos. Por tanto, los esposos deben amar a sus esposas. El pensamiento del v. 25 es repetido y fortalecido aquí. A la luz del contexto que inmediatamente precede (vv. 26 y 27) el pensamiento expresado ahora es que no sólo los esposos han de amar a sus esposas con un amor que llegue al sacrificio voluntario, tal como el amor de Cristo para con la iglesia, sino, además, al hacerlo así, deben ayudar a sus esposas en el progreso de su santificación. ¡Indudablemente es una gran responsabilidad! Los esposos deben amar a sus esposas por lo que ellas son y las han de amar hasta el punto de ayudarlas a ser lo que deben ser. El que ama a su propia esposa, a sí mismo se ama, puesto que, como ya se ha implicado en la declaración precedente, la esposa es parte de él, es decir, ha llegado a constituir una íntima unidad con él. Véase el v. 31. Pablo está pensando ya en las palabras de Gn. 2:24 que citará muy pronto. Ahora bien, si esta verdad, es decir, que la esposa es el cuerpo del esposo, ha sido bien asimilada, entonces el esposo indudablemente amará a su esposa. 29. porque nadie jamás aborreció a su propia carne, es decir, a su propio cuerpo; al contrario, la sustenta, suple su alimento, etc., y la acaricia. Tocante a sustenta véase también sobre 6:4; y a acaricia, 1 Ts. 2:7. Cada una de estas palabras por derecho propio, y aún más en combinación entre sí, indica el cuidado que se presta al cuerpo. Por cierto, que Pablo no está pensando solamente en que el cuerpo necesita únicamente alimento, vestimenta, y protecciones suficientes para lograr una mera existencia; se refiere realmente a aquel generoso, esmerado, constante y comprensivo cuidado que concedemos a nuestros cuerpos. Prosigue: así como también Cristo (lo hace con) la iglesia, 30. porque somos miembros de su cuerpo.).159 En ningún instante Cristo deja de cuidar tiernamente a su cuerpo, la iglesia. Estamos bajo su constante vigilancia. Sus ojos están permanentemente sobre nosotros, desde el comienzo del año hasta el final de él (cf. Dt. 11:12). Por tanto, echamos toda nuestra ansiedad sobre él, conscientes de su personal preocupación (1 P. 1:7) por nosotros, objetos de su muy especial providencia.

2° Título

Reinará Con Cristo (Apocalipsis 20:6. Bienaventurado y santo el que tiene parte en la primera resurrección; la segunda muerte no tiene potestad sobre éstos, sino que serán sacerdotes de Dios y de Cristo, y reinarán con él mil años.).

   Comentario: Versíc. 6. Bienaventurado y santo es quien participa en la primera resurrección. Sobre éstos la segunda muerte no tiene autoridad, pero serán sacerdotes de Dios y de Cristo y reinarán con él mil años.

   Juan escribe la quinta bienaventuranza de una serie de siete. Es la única bienaventuranza que tiene un doble predicado: bienaventurado y santo. También, es una bienaventuranza que está en singular pero que se aplica a todo el pueblo santo de Dios. La santidad separa a los creyentes del resto de la humanidad, porque todos los creyentes serán sacerdotes de Dios y de Cristo. Nótese que, con las palabras de Dios y de Cristo, Juan coloca a Cristo una vez más en el mismo nivel que Dios y subraya su divinidad (véase 11:15; 21:22; y 22:3).

   Puesto que se los declara santos, nunca pueden estar sujetos a la segunda muerte. Servirán a Dios y a Cristo como sacerdotes, y como reyes reinarán con él. En dos pasajes anteriores (1:6; 5:10), Juan escribe que los santos han sido hechos sacerdotes, es decir, son sacerdotes en el reino ahora y en el futuro. Toma las ideas de sacerdotes y reino del Antiguo Testamento, «Aunque toda la tierra me pertenece, ustedes serán para mí un reino de sacerdotes y una nación santa» (Éx. 19:5b–6; Is. 61:6). Los santos son un sacerdocio real que sirven a Dios como sacerdotes y con Cristo reinan en su reino (1 P. 2:9). Al salir de este lugar terrenal y entrar en el cielo, seguirán fungiendo como sacerdotes y reyes, porque su íntima comunión con Cristo perdurará de manera indefinida (véase v. 4).

3er Título

Manifestará La Alabanza, La Gracia Y La Gloria De Dios En La Eternidad (Efesios 1:6 y 12. para alabanza de la gloria de su gracia, con la cual nos hizo aceptos en el Amado, — a fin de que seamos para alabanza de su gloria, nosotros los que primeramente esperábamos en Cristo.).

   Comentario: 6. Esta elección, que se describe como una predestinación para ser adoptados como hijos, es para alabanza de la gloria de su gracia (del Padre). Este es el propósito final. El designio inmediato (o intermedio) ha sido ya mencionado, a saber, “para que fuésemos santos e irreprensibles delante de él”, y siguiendo en la misma línea, para que recibiésemos “la adopción de hijos”. La meta final, hacia la cual todo lo demás contribuye, es el reconocimiento con adoración (“alabanza”) de la excelencia manifestada (“gloria”) en favor de

los indignos (“gracia”) de aquel a quien se le llama “el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo”.

   Se observa claramente que ahora el énfasis se dirige en forma especial hacia aquella maravillosa gracia. Fue la extasiada contemplación de aquel amor concedido tan espontáneamente en favor de los que se describen como perdidos en pecado y arruinados lo que mueve al alma del apóstol a exclamar, “Bendito (sea) el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo”. Tal exclamación, además, era genuina. Los paganos a veces también dan alabanzas y atribuyen honor a sus dioses, pero en el caso de ellos la motivación es totalmente diferente. Lo hacen para calmar la ira de sus dioses o para obtener algún favor. De modo que tal alabanza tiene finalmente como objeto al hombre mismo y no al dios a quien pretende honrar. Se asemeja a la ofrenda de Caín que fue inaceptable para Dios. Aquí en Efesios, sin embargo, al final de cada párrafo (véase vv. 6, 12, 14) hallamos adoración auténtica, una adoración que no sólo brota al contemplar el propósito divino de salvar al hombre, sino que además incluye la ofrenda de acción de gracias presentada a Dios por su siervo Pablo, cuyo corazón se halla en armonía con el propósito de su Hacedor-Redentor.

   Es perfectamente natural que la gracia de “el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo” estuviese centrada en el Amado. De ahí que Pablo continua, la cual bondadosamente nos confirió en el Amado. Se podría traducir de la siguiente manera: “con la cual nos ha bendecido liberalmente”. Pero la versión, indicada arriba en negrilla, conserva hasta cierto punto el juego de palabras del original. Cuando el Padre imparte un favor, lo hace con alegría de corazón, sin restricción. Además, su don alcanza al corazón mismo del que lo recibe efectuando una transformación. Si el Padre, en forma tan generosa derrama su gracia sobre nosotros, es, por supuesto y según ya se ha explicado, únicamente en conexión con el Hijo (véanse vv. 3 y 4 más arriba). Al Hijo se le llama aquí “el Amado”. Cf. Col. 1:13, “el Hijo de su amor”. Siendo que Cristo por medio de su muerte mereció para nosotros toda bendición espiritual, y por tanto desea para nosotros tales bienes, y siendo también que el Padre ama al Hijo, resulta perfectamente razonable que, en consideración al Amado, el Padre nos conceda con agrado todo lo que nos es necesario. A esto debemos agregar el hecho de que el Padre mismo dio a su Hijo con este fin. Por tanto, “El que ni aun a su propio Hijo perdonó, sino que le entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos ha de dar también de pura gracia todas las cosas juntamente con él?” (Ro. 8:32).

   Se dice a menudo que Cristo es el amado del Padre porque siempre le obedeció en todo. Esto, desde luego, es verídico y bíblico (Jn. 8:29). Sin embargo, es necesario puntualizar en conexión a esto que lo que evocó el amor del Padre era especialmente la calidad de la obediencia. Sabiendo el Hijo lo que agrada al Padre y está en armonía con su voluntad, no espera que el Padre le diera la orden de hacer esto o lo otro, sino que de buen grado se ofrece a sí mismo. Se presenta voluntariamente para realizar los deseos del Padre. Jamás es pasivo, ni aun en su muerte, sino que pone su vida. “Por esto el Padre me ama, por cuanto yo pongo mi vida para volverla a tomar. Nadie me la quita, sino que la pongo de mí mismo. Poder tengo para ponerla, y poder tengo para volverla a tomar”. (Jn. 10:17, 18; cf. Is. 53:10). Es este maravilloso deleite de parte del Hijo para hacer la voluntad del Padre y de esta manera salvar a su pueblo aun al alto precio de su vida, sí, “y muerte de cruz” (Fil. 2:8), lo que mueve al Padre a exclamar vez tras vez, “Este es mi Hijo amado”. Verdaderamente ya el Padre había proferido tal exclamación “antes de la fundación del mundo”. Aun entonces derramó su amor infinito sobre su Hijo (Jn. 17:24), movido sin duda, entre otras razones, por la gloriosa decisión de este último, “He aquí, yo vengo” (Sal. 40:7; cf. Heb. 10:7). Seguramente, esta es la forma verdaderamente humana de hablar de tales realidades, ¿Pero en qué otra forma podríamos hablar de ellas? La exclamación del Padre fue repetida en ocasión del bautismo del Hijo (Mt. 3:17), cuando en forma visible el Hijo tomó sobre sí el pecado del mundo (Jn. 1:29, 33); y nuevamente en relación con la transfiguración (Mt. 17:5; 2 P. 1:17, 18), cuando otra vez, y en forma más vívida, el Hijo elige voluntariamente la senda de la cruz.

   Versíc. 12. Si, entonces, el decreto eterno de Dios es tal que lo abarca todo, y si se realiza totalmente en el curso de la historia, y si en este plan se hallaba incluido el destino de sus hijos, entonces ni Pablo ni los lectores tienen motivo alguno de jactancia propia. Lo que ellos puedan ser, tener, o hacer viene de Dios. De ahí que, usando expresiones semejantes a las del v. 6 más arriba, Pablo finaliza esta sección diciendo: a fin de que seamos para la alabanza de su gloria nosotros que antes habíamos centrado nuestra esperanza en Cristo. Antes que la herencia sea enteramente recibida—puesto que ahora y aquí se ha recibido sólo una prenda anticipada (véanse vv. 13, 14)—Pablo y los lectores (véase v. 1) han centrado ya su esperanza en Cristo. Tal esperanza no será destruida. “Y los redimidos de Jehová volverán, y vendrán a Sion con canciones; y regocijo eterno estará sobre sus cabezas; ¡alegría y regocijo recibirán, y huirán la tristeza y el gemido!” (Is. 35:10). (Concerniente a interpretaciones de contraste entre “nosotros” del 12 y “vosotros” del 13, véase el comentario del v. 13).

Amén, para gloria de Dios.

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Hno Roberto Saldías Roa

Miembro de la IEP en Nacimiento Bajo, nació en el evangelio del Señor en la Iglesia de Laja 1975. Casado con María Nahuelmán, estudia teología de manera autodidacta. Me gusta mucho leer y escribir.

 

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