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Semana del 23 al 29 de diciembre de 2019: “El Gran Juicio Final”.

Semana del 23 al 29 de diciembre de 2019: “El Gran Juicio Final”.

   Lectura Bíblica: Apocalipsis 20:11 al 15. Y vi un gran trono blanco y al que estaba sentado en él, de delante del cual huyeron la tierra y el cielo, y ningún lugar se encontró para ellos. Y vi a los muertos, grandes y pequeños, de pie ante Dios; y los libros fueron abiertos, y otro libro fue abierto, el cual es el libro de la vida; y fueron juzgados los muertos por las cosas que estaban escritas en los libros, según sus obras. Y el mar entregó los muertos que había en él; y la muerte y el Hades entregaron los muertos que había en ellos; y fueron juzgados cada uno según sus obras. Y la muerte y el Hades fueron lanzados al lago de fuego. Esta es la muerte segunda. Y el que no se halló inscrito en el libro de la vida fue lanzado al lago de fuego.

Comentario: 11. Y vi un gran trono blanco y al que estaba sentado en él, de cuyo rostro huyeron la tierra y el cielo, y su lugar ya no se volvió a encontrar.

▬ a. «Y vi un gran trono blanco y al que estaba sentado en él». La sencilla descripción del trono va precedida de dos adjetivos, grande y blanco. Juan utiliza el adjetivo griego megas (grande) ochenta veces en Apocalipsis para denotar algo que es grande por sobre todas las cosas. En este versículo, Juan describe el trono de Dios en dimensiones escatológicas, porque los seres humanos no pueden imaginar proporciones celestiales. Además, el trono es blanco, color que representa pureza, santidad y victoria. Pero en este caso tiene el significado adicional de justicia divina que, por encima de todo, caracteriza este trono.

   Significa que ni una mácula ni arruga mancilla la blancura de la justicia perfecta de Dios.

   Cuando Juan describe a Dios, evita referirse a él por nombre. En estilo típicamente judío, lo circunscribe con las palabras «al que estaba sentado en él [el trono]». De igual modo, con referencia a la escena en la sala del trono, Juan emplea la misma forma de escribir (4:2–3, 9–10; 5:1, 7, 13; 6:16). Dios es demasiado asombroso como para poder describirlo en términos humanos. Juan sin duda tenía presente al «Anciano de Días» que tomaba su puesto en la sala del trono para juzgar (Dn. 7:9–10). Pero también el Hijo del Hombre, a saber, Jesús, está sentado en el trono de su Padre para juzgar a los vivos y a los muertos, en el sentido espiritual. De hecho, hay muchos pasajes en el Nuevo Testamento que dan fe del hecho de que Dios ha otorgado a su Hijo autoridad para juzgar. Dios juzga a la raza humana en su Hijo y por medio de él.

▬ b. «De cuyo rostro huyeron la tierra y el cielo, y su lugar ya no se volvió a encontrar». Cuando llegue el día del juicio, la creación de Dios se verá de tal modo afectada que la tierra sufrirá un cambio radical. En ese momento se presentarán eventos catastróficos de enormes proporciones, porque la atmósfera se enrollará como un pergamino que se reemplaza con los nuevos cielos y la nueva tierra (6:14; 16:20; 21:1; 2 P. 3:7, 10, 12–13). El viejo orden desaparece para dar lugar al nuevo. La sustancia y la existencia de esta tierra no desaparecen, pero su forma externa se disuelve. Aunque una interpretación literal sugeriría la completa destrucción y aniquilación de los cielos y la tierra, las Escrituras enseñan que los elementos se funden, pero no se eliminan (2 P. 3:10, 12). Es decir, son renovados y no sustituidos.

   En su sermón en el pórtico de Salomón, Pedro habló de un tiempo en que Dios «restaurará todas las cosas» (Hch. 3:21). Tampoco Pablo habla de una disolución de la creación sino de su liberación de lo que la esclaviza (Ro. 8:21). Lo que se elimina para dar lugar a lo nuevo no es la creación misma sino los defectos del viejo orden.

   Versíc. 12. Y vi a los muertos, tanto grandes como pequeños, de pie ante el trono. Y se abrieron los libros, y se abrió otro libro, que es el libro de la vida, y los muertos fueron juzgados según sus obras conforme a las cosas escritas en estos libros.

   A Juan se le permite ver el juicio final, y se da cuenta de que los muertos están delante del trono de Dios. Todos los que han muerto desde que Dios lanzó su maldición sobre la raza humana se presentan delante del juez de toda la tierra. Todos ellos resucitan de la muerte para recibir una sentencia de absolución o condena, de vida o de «segunda muerte». Todos, grandes y pequeños, o sea, toda la raza humana, se presentan ante el juez.

   Repetidas veces Juan acude a la profecía de Daniel que describe el día del juicio con multitudes que están ante el tribunal del cielo; cuando el tribunal se sienta, se abren los libros (Dn. 7:10; 12:1–2).27 Los libros contienen registros de las acciones buenas y malas de todos, porque Dios sabe todo lo que se ha hecho y dicho y recompensa a cada uno en consecuencia (Ap. 2:23; 18:6; 22:12; Sal. 28:4; 62:12; Ro. 2:6).

   Así pues, cada uno es juzgado según lo que está registrado, aunque esto no implica una doctrina de justicia por obras. La persona es juzgada y se la absuelve sobre la base de si su nombre consta en el libro de la vida. Las    Escrituras con frecuencia se refieren al libro de la vida o a un registro parecido. En Apocalipsis, este libro tiene más importancia que los libros que han registrado las obras de una persona. El término libro de la vida se encuentra seis veces (3:5; 13:8; 17:8; 20:12, 15; 21:27), y la expresión libros aparece dos veces (v. 12). No es debido a las obras de nadie sino por razón de la gracia de Dios que el nombre de alguien está inscrito en el libro de la vida. ¿Cuál es, pues, el propósito de abrir los libros? Pablo nos da la respuesta diciendo, «Porque es necesario que todos comparezcamos ante el tribunal de Cristo, para que cada uno reciba lo que le corresponda, según lo bueno o malo que haya hecho mientras vivió en el cuerpo» (2 Co. 5:10). Aunque los creyentes son responsables por sus acciones, son perdonados gracias a Cristo. Pero los que han rechazado a Cristo deben rendir cuentas de sus palabras y acciones que testifican en contra de ellos.

   Para los creyentes, la gracia de Dios va acompañada de responsabilidad humana. Pablo exhorta a sus lectores a que «llevan a cabo su salvación con temor y temblor, pues Dios es quien produce en ustedes tanto el querer como el hacer para que se cumpla su buena voluntad» (Fil. 2:12b–13). Las Escrituras colocan a la elección divina en un lado y a la responsabilidad humana en el otro, pero no llegan a resolver el misterio de en qué punto se encuentran las dos. Dios ha escogido en forma gratuita a su pueblo por medio de Cristo, lo cual resulta evidente en los nombres de su pueblo que constan en el libro de la vida. Cumplen la palabra de Dios y viven según el testimonio de Jesús, y aman los mandamientos de Dios y cultivan sus preceptos (Sal. 19:7–11; 119:127–28). Son los testigos fieles del Señor, incluso hasta morir por ello (2:13; 6:9), y realizan buenas obras para mostrar su gratitud a Dios, de modo que su nombre reciba honor y alabanza. Por el contrario, la evidencia incriminante que ofrecen los libros abiertos contra los incrédulos conduce a su destierro y separación inmutable del Dios vivo (Mt. 25:46).

   Versíc. 13. Y el mar devolvió a los muertos que estaban en él, y la Muerte y el Hades devolvieron a los muertos que estaban en ellos, y cada uno fue juzgado según sus obras.

▬ a. «Y el mar devolvió a los muertos que estaban en él». La Biblia ve al mar como una fuente de temor.  Jonás superó su temor cuando, gracias a una desobediencia voluntaria, subió a un barco que partió en dirección oeste directamente opuesta a Nínive a donde tenía que ir por instrucciones de Dios (Jon. 1:3). Pablo viajó sobre todo por tierra y alguna que otra vez en barco, debido a sus prisas o necesidades.

   Y Juan, cuando escribe acerca de los nuevos cielos y de la nueva tierra, menciona que «el mar ya no existía» (21:1). El caprichoso e impredecible mar no tiene cabida en la nueva creación.

   Después de haberse apoderado de las vidas de innumerables multitudes, el mar, por orden de Dios, devolvió a los muertos que estaban en él. El mar simboliza un poder demoníaco que contiene los invisibles sepulcros de sus víctimas. Los antiguos daban gran importancia a la sepultura, que no podían recibir quienes eran engullidos por el mar, y cuyos cuerpos se descomponían. Era un acto de irreverencia que un cadáver quedara insepulto, en este caso debido al poder del mar (compárese Jer. 8:1–2; 14:16; Ez. 29:5). Algunos estudiosos comentan que la desaparición del cielo y de la tierra (v. 12) parece entrar en conflicto con la presencia del mar. Pero estamos frente a un asunto de libertad que tiene un autor de situar «eventos en sentido inverso a su orden lógico (véase 3:3, 17; 5:5; 6:4; 10:4, 9; 22:14)».

▬ b. «Y la muerte y el Hades devolvieron a los muertos que estaban en ellos, y cada uno fue juzgado según sus obras». Si el mar es un poder que retiene a los muertos, también lo son la muerte y el Hades, que siempre se mencionan juntos en Apocalipsis (v. 14; 1:18; 6:8).33 Jesús detenta las llaves tanto de la muerte como del Hades, con lo que les quita su autoridad. Ahora ha llegado el momento de juzgar para determinar el destino eterno de toda persona, sin tener en cuenta si murieron ahogadas, por homicidio o de causas naturales. Aparte del hecho de que multitudes de pecadores están frente al tribunal de Dios, se examinarán con cuidado los registros de cada persona y se pronunciará el veredicto de inocencia o culpabilidad. No hay tiempo ni es el lugar para arrepentimiento, porque este formaba parte del tiempo cósmico. Los veredictos son irrevocables.

   Versíc. 14. Y la muerte y el Hades fueron arrojados al lago de fuego. Esta es la segunda muerte, el lago de fuego. 15. Y si alguien no está escrito en el libro de la vida, es arrojado al lago de fuego.

   La expresión lago de fuego se encuentra sólo en Apocalipsis, un total de seis veces (19:20; 20:10, 14 [dos veces], 15; 21:8). Juan explica el significado de esta frase al identificarla con la segunda muerte. Es el lugar donde los malos quedan para siempre separados del Dios vivo y sufren por la eternidad los tormentos del infierno. Es el lugar donde los malvados pasan su eternidad. Pero ¿cómo entendemos los términos muerte y Hades? Primero, muerte es un estado y Hades un lugar. Luego, los dos están íntimamente conectados, como en el cuarto sello donde el jinete en el caballo amarillento es la Muerte, y el Hades lo sigue muy de cerca (6:8). Hades, como el lugar donde permanecen las almas de los incrédulos, no se identifica con el sepulcro en el que descansan tanto creyentes como incrédulos. Por el contrario, el infierno es el lugar de eterno sufrimiento. Cuando tanto la muerte como el Hades son arrojados al lago de fuego, ha concluido la autoridad que ejercían durante el tiempo cósmico.

   Si la muerte y el Hades son arrojados al lago de fuego, que es lo mismo que la segunda muerte, ¿continuará su autoridad en ese estado y en ese lugar? Su poder transitorio se convertirá en permanente en el lago de fuego sobre los incrédulos que sufren en el infierno.35 La angustia y sufrimiento de los malos en el infierno es inimaginable.    La parábola del hombre rico (Lc. 16:19–31) describe el infierno como agonía, fuego y un lugar de tormento. Allá el rico estaba separado de Abraham y Lázaro en el cielo, y allá sufría la segunda muerte que es tanto espiritual como física.

   Juan llega a la conclusión de su visión del juicio, y una vez más subraya la suerte de los malos. Sus nombres no están inscritos en el libro de la vida y, por tanto, son arrojados al lago de fuego. «¡No todas las personas perdidas pasarán por los sufrimientos de Judas! Dios será perfectamente justo, y cada persona sufrirá exactamente lo que se merece».

   El consuelo que recibe el pueblo de Dios es que sus nombres están inscritos en el libro de la vida; son la posesión del Cordero que fue inmolado por ellos. Juan vincula la expresión libro de la vida con el Cordero (13:8; 21:27). Estar para siempre con el Cordero es la recompensa que otorga a aquellos cuyos nombres están en el libro de la vida.

1er Título

Naturaleza Del Juicio Final (San Mateo 12:36 y 37. Mas yo os digo que de toda palabra ociosa que hablen los hombres, de ella darán cuenta en el día del juicio. Porque por tus palabras serás justificado, y por tus palabras serás condenado; ▬ Judas 1:15. para hacer juicio contra todos, y dejar convictos a todos los impíos de todas sus obras impías que han hecho impíamente, y de todas las cosas duras que los pecadores impíos han hablado contra él.).

   Comentario: Sin embargo, esto no ofrece ninguna excusa para un punto de vista fatalista de la vida. No da derecho para que un hombre diga: “Yo no me hice a mí mismo, ¿verdad? ¿Puedo evitar el ser como soy y que piense, hable y actúe como lo hago?” Por el contrario, Jesús dice: 36. Pero yo os digo que de cada palabra descuidada que hablen los hombres darán cuenta en el día del juicio. Todo hombre es completamente responsable de lo que es, piensa, habla y hace, porque, aunque es verdad que no puede cambiar su propio corazón, también es cierto que con la fortaleza que Dios le da puede correr a refugiarse en aquel que renueva los corazones y las vidas. El Señor está siempre dispuesto y deseoso de dar todo lo que él pide de los hombres. Si los hombres no lo reciben, es culpa de ellos, no de Dios (Sal. 81:10; Is. 45:22; 55:6, 7; Mt. 7:7; 11:28–30; Lc. 22:22; Jn. 7:37; Hch. 2:23; Stg. 4:2b; Ap. 3:18; 22:17b).

   Ahora, si por cada palabra “descuidada”—según el original pura “charla” que no hace trabajo (útil) y por lo tanto es inefectiva para producir un buen resultado—darán cuenta los hombres en el día del juicio final, ¿no se les ha de llamar a dar una razón satisfactoria por las palabras falsas, dañinas y blasfemas como las relatada en 14:24? En cuanto al carácter exhaustivo del juicio final, véase la lista de pasajes mencionados en conexión con la explicación de 10:26.

   Dirigiéndose enfáticamente a cada individuo de los presentes, como si ese individuo ya no formara parte del grupo, sino que estuviera solo y frente a frente con el Señor, usando ahora la segunda persona singular, Jesús concluye y culmina sus palabras diciendo: 37. Porque por tus palabras serás justificado y por tus palabras serás condenado. El juicio dictado sobre el individuo en el día final (véase v. 36) va a ser “por”, en el sentido de “en conformidad con”, “de acuerdo con”, “en armonía con”, sus palabras, consideradas como espejos del corazón.    Estas palabras revelarán si era un creyente profeso o un incrédulo; si era un creyente profeso, revelarán si su fe era genuina o ficticia. En verdad, el hombre es salvo por gracia solamente, por la fe, sin las obras consideradas como si tuvieran poder de ganar la salvación. Sin embargo, sus obras—esto incluye sus palabras—proporcionan la evidencia necesaria que muestra si era y es un hijo de Dios o no. Además, si este juicio tiene un resultado favorable, las obras, como reflejo del grado de lealtad del hombre a su Hacedor y Redentor, influyen en la determinación de su grado de gloria. Igualmente influyen para establecer el grado de castigo para los que se pierden. Jesús quiere que cada cual medite en esta importante verdad, para que pueda ser justificado (declarado justo ante los ojos de Dios) y no condenado.

   Comentario 2: Judas 14. Enoc, el séptimo después de Adán, profetizó así acerca de ellos: “Miren, el Señor viene acompañado de millares y millares de sus santos 15. a juzgar a todos y a convencer a todos los impíos de todas las obras de impiedad que han cometido, y de todas las palabras ofensivas que los pecadores impíos han proferido contra él”.

   Antes de pasar a interpretar estos dos versículos, se hace necesario hacer algunas observaciones. En primer lugar, aunque Judas cita un libro apócrifo, no deja evidencias de que lo considerara parte de la Escritura. Usó este documento porque en los dos siglos previo y posterior al nacimiento de Cristo 1 Enoc fue un tomo de escritos religiosos bien conocido y altamente respetado. En segundo lugar, un examen cuidadoso nos permite saber que este documento apócrifo ha sido responsable de influenciar indirectamente el lenguaje y el pensamiento de muchos de los libros del Nuevo Testamento (véanse las alusiones a 1 Enoc especialmente en Mateo, Lucas, Romanos, Hebreos y Apocalipsis). Los escritores de estos libros demuestran su conocimiento del contenido de 1 Enoc. Finalmente, debemos preguntarnos si la cita de 1 Enoc tiene autoridad dentro de su contexto bíblico. La respuesta es afirmativa. La inspiración divina toma lugar cuando el Espíritu Santo entra en un autor y lo dirige para que lo que escriba sea Escritura (2 P. 1:21). El Espíritu Santo tiene la libertad de inspirar palabras prestadas y hacer de ellas parte de la Palabra de Dios (véanse, p. ej., Hch. 17:28). Además, sabemos que Dios mismo está respaldando su Palabra para darle la autoridad más absoluta.

Obsérvense los siguientes puntos:

▬ a. Enoc. Esta persona piadosa nos es conocida a partir de la genealogía de Génesis 5:18, 21–24. Él es el hombre que “caminó con Dios”, frase que se usa dos veces (en los vv. 22 y 24) para dar a conocer su vida espiritual íntima. En razón de la devoción de Enoc, Dios lo llevó para que no viera la muerte. Judas lo identifica como “el séptimo después de Adán”. Si comenzamos con Adán encontramos siete nombres, a saber, Set, Enos, Cainán, Mahalaleel, Jared y Enoc (Gn. 5:3–4; 1 Cr. 1:1–3) Para el judío, el número siete significa plenitud.

   “Enoc … profetizó acerca de estos hombres”. Si suponemos que las palabras de Enoc fueron dichas por este hombre piadoso que vivió antes del diluvio, entonces estamos oyendo una voz que proviene desde la más remota antigüedad. En su mención de gente del pasado, Judas no hace referencia a ninguna otra persona que viviera antes del diluvio. Aquí encontramos una diferencia con Pedro, que en su relato paralelo incluye a Noé y a su familia (2 P. 2:5). En lugar de Noé Judas menciona a Enoc, que profetizó en la época previa al diluvio.

   ¿Quiere Judas decir que el verbo profetizar debe ser entendido en este texto como una referencia a una profecía inspirada? En realidad, no. Donald Guthrie escribe lo siguiente:

   Parece probable que [Judas] no haya tenido la intención de usar la palabra en tal sentido, sino que la usó en el sentido de ‘predecir’, dado que aplica a su tiempo lo que presumiblemente viene desde el mundo antediluviano.

   Sería diferente si se hubiera usado alguna de las fórmulas habituales para indicar una cita, porque entonces hubiera habido poca duda de que Judas estaba tratando al libro de Enoc como Escritura. Pero vista la ausencia de una fórmula específica, es lógico presuponer un uso más general de este verbo.

   Judas no apela a la Escritura y omite la fórmula habitual, “Como está escrito” que usan otros escritores del Nuevo Testamento. “Al menos podemos decir lo siguiente sin forzar el sentido: que la designación de la Escritura como ‘escritura’ y su cita mediante la fórmula “está escrito” dan un testimonio primario de su autoridad indefectible”.

▬ b. El regreso de Cristo. “Ved, el Señor viene acompañado de millares y millares de sus santos”. Fuera de algunas variantes (quizás debidas a que Judas presenta aquí su propia traducción), el texto es virtualmente el mismo que el de 1 Enoc 1:9. La profecía de Enoc dice así: Ved, él llegará con diez millones de los santos para llevar a cabo el juicio sobre todos. Destruirá a los malvados y reprenderá a toda carne a causa de todo lo que han hecho, todo aquello que los pecadores e impíos cometieron contra él.

   Nótese que Judas pone al “Señor” como sujeto de la oración. Pone la cita dentro de la perspectiva del regreso de Cristo. Cuando Jesús vuelva, lo hará acompañado de “millares y millares de sus santos” es decir, de sus ángeles. En el evangelio, Jesús declara que “cuando el Hijo del Hombre venga en su gloria, y todos los santos ángeles con él, entonces se sentará en su trono de gloria” (Mt. 25:31, VRV; véase 24:30–31). Este texto no da un número preciso de ángeles, es simplemente descriptivo de una enorme multitud (cf. Dt. 33:2; Dn. 7:10; Zac. 14:5; Hb. 12:22). El Señor regresa para pronunciar juicio sobre todos y para declarar convictos a los malvados.

▬ c. Juicio. “[El Señor viene] para juzgar a todos, y para convencer a todos los impíos de todas las obras de impiedad que han cometido, y de todas las palabras ofensivas que los pecadores impíos han proferido contra él”. El himno describe así el regreso:

Ved al Cristo, Rey de gloria

Es del mundo el vencedor.

De la guerra vuelve invicto,

Todos démosle loor.

Coronadle, santos todos,

Vedle todos, revestido

Coronadle Rey de reyes.

Coronadle, santos todos

Coronad al Salvador.

   Enoc no solamente observa la maldad de su tiempo, sino que también observa el futuro y se dirige a todos los impíos, inclusive a los adversarios de Judas. Judas nota, por consiguiente, que el Señor juzga a todos, porque Dios le ha dado a Jesús la autoridad para juzgar al pueblo (Jn. 5:27–30).

   Nótese la repetición, para dar énfasis, que encontramos en este versículo (v. 15). Judas utiliza el adjetivo más inclusivo y abarcante todo/as cuatro veces. También repite variantes de la palabra impío cuatro veces. Todo ser humano comparecerá ante el Juez. Los justos serán absueltos mediante la obra redentora de Cristo, pero los malvados recibirán su justa recompensa. El día del juicio los incrédulos no podrán alegar ignorancia, ya que han recibido advertencias a través de la historia. Es más, los impíos hacen oídos sordos deliberadamente ante estas advertencias y pecan a pesar de ellas. En su terso lenguaje, John Albert Bengel dice, “El que peca está loco; el que peca sin temor, está peor aún”.

▬ d. Declarar convicto. A medida que Judas va desarrollando su carta, va también explicando su comentario

anterior acerca de la condenación de los impíos por parte de Dios (v. 4). Es así que declara que esta gente vive inmoralmente, desprecia la autoridad e “insultan a los seres celestiales” (vv. 8, 10). Especifica que critican, son arrogantes y adulan (v. 16); se burlan de la revelación divina y “siguen sus propios deseos impíos” (v. 18). Al aplicar la profecía de Enoc, Judas indica que estos hombres se verán convictos por todas las iniquidades que han cometido y las duras palabras que han dicho contra el Señor.

   Todos los impíos serán juzgados y todas sus impiedades e insolencias serán contadas como evidencia en su contra en una corte legal (véase Mal. 3:13; Mt. 12:36). El énfasis del escritor en los términos todo/as e impíos tiene la intención de hacer que estos impíos se den cuenta de la seriedad de su pecado.

   Deliberadamente ellos desafían a Dios, lo deshonran y desprecian su Palabra. En el texto griego, Judas coloca las palabras pecadoras impíos al final de la oración para darles un énfasis especial. Una traducción literal de estas palabras revela el ápex de la oración: “pecadores, personas impías”.

2°Título

El Juicio De Las Naciones (San Mateo 25:31 al 46. Cuando el Hijo del Hombre venga en su gloria, y todos los santos ángeles con él, entonces se sentará en su trono de gloria, y serán reunidas delante de él todas las naciones; y apartarlos unos de los otros, como aparta el pastor las ovejas de los cabritos. Y pondrá las ovejas a su derecha, y los cabritos a su izquierda. Entonces el Rey dirá a los de su derecha: Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo. Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui forastero, y me recogisteis; estuve desnudo, y me cubristeis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y vinisteis a mí. Entonces los justos le responderán diciendo: Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, y te sustentamos, o sediento, y te dimos de beber? ¿Y cuándo te vimos forastero, y te recogimos, o desnudo, y te cubrimos? ¿O cuándo te vimos enfermo, o en la cárcel, y vinimos a ti? Y respondiendo el Rey, les dirá: De cierto os digo que en cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis. Entonces dirá también a los de la izquierda: Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles. Porque tuve hambre, y no me disteis de comer; tuve sed, y no me disteis de beber; fui forastero, y no me recogisteis; estuve desnudo, y no me cubristeis; enfermo, y en la cárcel, y no me visitasteis. Entonces también ellos le responderán diciendo: Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, sediento, forastero, desnudo, enfermo, o en la cárcel, y no te servimos? Entonces les responderá diciendo: De cierto os digo que en cuanto no lo hicisteis a uno de estos más pequeños, tampoco a mí lo hicisteis. E irán éstos al castigo eterno, y los justos a la vida eterna.).

   Comentario:   La venida del Hijo del hombre en su gloria a juzgar a todas las naciones

   Lo que sigue no es realmente una parábola, aunque contiene elementos parabólicos. Es una descripción muy dramática y frecuentemente simbólica del juicio final: 31. Cuando el Hijo del hombre viene en su gloria y todos los ángeles con él, entonces se sentará en el trono de su gloria … Cf. 24:30b, 31. En ambos casos la gloriosa venida del Hijo del hombre acompañado por sus ángeles es lo que se describe. El Hijo del hombre—acerca de este título véase sobre 8:20—aquí es representado como sentado sobre “el trono de su gloria”. El símbolo indica un trono muy glorioso, esto es, un trono caracterizado por un esplendor, brillantez o resplandor externo que corresponde al esplendor interno y esencial de los atributos de su ocupante.

   En algún lugar del universo renovado este trono o centro de majestad y juicio será establecido. ¿Dónde será? Algunos lo ubican en la tierra (cf. Job. 19:25; Zac. 14:4). Otra pregunta es si realmente prueban esto los pasajes a los que se hace referencia. Dos objeciones posibles en contra de la idea del trono sobre la tierra podrían ser: a. En el libro de Apocalipsis el trono de Dios y del Cordero generalmente está en las regiones celestiales, no en la tierra; y b. ¿Habría lugar en la tierra para todas las generaciones que han vivido para estar todas juntas delante del trono del juicio? Pero si no es sobre la tierra, ¿por qué no en el aire? (Esto no impediría que el Hijo del hombre estuviese sobre la tierra después del juicio). De todos modos, sabemos que en la venida de Cristo los creyentes serán arrebatados en las nubes a recibir al Señor en el aire (1 Ts. 4:17). ¿Por qué sería imposible que los creyentes salieran con gozo a recibir a su Señor y Salvador mientras al mismo tiempo los malos son conducidos ante el trono del juicio?

   Una cosa es cierta. Será un trono muy glorioso. Dios, a través del Mediador Jesús, será el Juez. Por supuesto, en las obras divinas (tales como la creación, la providencia, la redención o el juicio) cooperan las tres personas de la Santísima Trinidad. Sin embargo, de este pasaje es claro que el honor de juzgar fue conferido a Jesucristo, como Mediador, es decir, como una recompensa por la obra mediadora que él cumplió. Véanse también Dn. 7:13; Jl. 3:2 (Heb. 4:2); Mt. 13:41; 16:27; 26:64; 28:18; Jn. 5:22, 27; Fil. 2:9, 10. Asociados con el Hijo del hombre en el juicio estarán los ángeles. Aquí se mencionan no solamente porque realzan la gloria de Cristo al formar parte de su cortejo triunfal, sino también porque se les ha dado una tarea que cumplir. Reunirán a los malvados ante el trono del juicio y los arrojarán en el horno de fuego (13:41, 42; 24:31; 2 Ts. 1:7, 8; Ap. 14:17–20). Mt. 24:31 muestra claramente que los ángeles reunirán también a los elegidos desde los cuatro vientos y los conducirán a su Juez Salvador.

   Esta recolección de salvados y perdidos y su separación se describen en el v. 32.… y delante de él se reunirán todas las naciones, y él separará los unos de los otros como el pastor separa las ovejas de las cabras … Entonces es claro que el juicio descrito tiene que ver con todos, con toda la raza humana. Es tan universal aquí como en Ap. 20:11–15. Nadie queda excluido ni los pecadores ni los justos. “Todas las naciones” indica a todos los pueblos indiscriminadamente; no, por ejemplo, las “naciones” en contraste con los “judíos”, como si la esencia del Gran Juicio fuera descubrir cómo trató a los judíos esta o aquella “nación”.

   Los que están reunidos delante del trono son personas, individuos, sin ninguna consideración de nacionalidad; por eso “todas las naciones”. Y en el caso de cualquier individuo dado lo que importa es si durante su vida terrenal ha dado evidencias de su fe en el Señor Jesucristo; por lo tanto, de una vida en armonía con el mandamiento y ejemplo de Cristo; véanse vv. 34–36.

   Basado en esta determinación, el Juez separa a los que se han reunido como el pastor separa a las ovejas de las cabras. Cf. 13:40–43; y 13:49, 50. Aunque durante el día las ovejas y las cabras con frecuencia se mezclan, cuando el pastor llama a las ovejas, las cabras no responden. Probablemente las ovejas simbolicen a los que confían en—esto es, “siguen” a—el Salvador, y son mansos y obedientes (cf. Jn. 10:3, 4, 27); las cabras a los que son beligerantes, desobedientes y destructivos (cf. Ez. 34:17–19; Dn. 8:5, 7, 21). El modo en que alguien que está delante del Hijo del hombre ha tratado a su pueblo, es decir, a los salvados por gracia sin considerar la nacionalidad, raza, etc., determina si es una oveja o un cabrito.

   Versíc. 33. … y pondrá las ovejas a su derecha y las cabras a su izquierda. Así colocados, cada persona sabe de inmediato que está a. salvado o b. condenado. Es claro que los creyentes también están ante el trono, no solamente por la descripción misma—“todas las naciones … ovejas … cabras”—sino también por pasajes tales como Jn. 5:28, 29; Ro. 14:10; 1 Co. 3:13; 2 Co. 5:10. Sin embargo, los creyentes no “vienen a juicio”, no son condenados (Jn. 3:18; 5:24). En realidad, en el pasaje inmediatamente siguiente (véanse vv. 34–40) ni siquiera un solo pecado de ellos es mencionado, solamente sus buenas obras.

    Con frecuencia se oye la objeción: “El juicio final es completamente innecesario y superfluo porque mucho antes de ese tiempo los reprobados ya sabrán donde pasarán la eternidad y lo mismo ocurrirá con los elegidos. ¿No es verdad que cuando una persona muere, su alma inmediatamente entra en el cielo o en el infierno? Así que, ¿qué propósito pueda tener un juicio final?”

    Sin embargo, este razonamiento es defectuoso. Nótense los siguientes hechos que demuestran que el juicio final en el último día es ciertamente necesario:

▬ a. Los sobrevivientes—es decir, aquellos individuos que aún estarán vivos en la tierra cuando Cristo venga todavía no han sido asignados al cielo o al infierno. Por eso, por lo menos ellos deben ser juzgados todavía.

▬ b. Pero el juicio final es necesario no solamente para ellos sino para todos. Esto es así porque el grado exacto de bienaventuranza o condenación que cada uno recibirá en alma y cuerpo a través de la eternidad aún no se ha designado. Hasta el momento del juicio final todos los que han muerto habrán estado en el cielo o en el infierno solamente con respecto a sus almas.

▬ c. Debe exhibirse públicamente la justicia de Dios, para que sea glorificado.

▬ d. Deben ser vindicadas públicamente la justicia de Cristo y la honra de su pueblo. Cuando el mundo en general vio por última vez a Jesús, éste estaba colgado de una cruz como si fuera un criminal. Esta estimación—como si fuera un malhechor condenado por sus propios delitos—debe ser invertida. Todos los hombres deben ver a aquel que traspasaron. Deben contemplarlo en su gloria, con su pueblo “a su diestra”.

    Versíc. 34. Entonces el rey dirá a los de su derecha: Venid, vosotros que sois benditos por mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo …

  Puesto que el Hijo del hombre está investido con “toda autoridad” (11:27; 28:18; cf. Ef. 1:22) es llamado “el rey” (cf. Jn. 18:36; Ap. 19:16). Estar a la derecha del rey significa oír de sus labios “Venid”. Son recibidos a una comunión estrecha y permanente de amor con su Salvador, el Juez y Rey. No es posible imaginar una bendición más grande (Sal. 17:15; 73:23–25). Ellos son los que han sido y, como lo señala el tiempo del original, son permanentemente los bendecidos de—o: aquellos benditos por—el Padre, quien les otorgó la salvación, esto es, quien los libró del mayor de los males, el pecado y todas sus consecuencias, y los puso en posesión del mayor de los bienes, una posición justa delante del Padre y todo lo que ello implica.

    Ellos oyen las palabras de gozo, “heredad el reino”. Acerca de “reino”, véase sobre 4:23; 13:43. Puesto que este es el día del juicio, aquí la alusión es al reino en su fase final. Los bienaventurados, que ya eran herederos por derecho, ahora pasan a ser herederos de hecho, y esto en el sentido completo de la palabra. Todas las promesas de la salvación plena y gratuita ahora están a punto de cumplirse en ellos eternamente y en forma siempre progresiva; todo esto en y por Cristo (Ro. 8:17). En cuanto a las implicaciones de la palabra “heredar”, véase sobre 5:5.

   Es ciertamente maravilloso y consolador observar que antes de la mención de las buenas obras de estas “ovejas” (vv. 35, 36) se pone el énfasis en primer lugar en el hecho de que la base de su salvación, y por lo tanto de estas buenas obras, es el haber sido ellas elegidas desde la eternidad: el reino había sido preparado para ellas, y esto no recientemente sino “desde la fundación del mundo”. Sea que en esta frase se use desde o desde antes, etc. (Ef. 1:4), el resultado es el mismo: “desde la eternidad”. El beneplácito del Dios Trino, su gracia soberana, es el fundamento de la salvación de ellos. Sus buenas obras son el fruto, no la raíz, de la gracia. Hay que tener esto presente a través del estudio de los vv. 35, 36. ¡A Dios solamente sea la gloria!

   Habiendo señalado esto, prediciendo y describiendo las palabras de bienvenida que él mismo usará, Jesús ahora puede continuar: 35, 36.… porque tuve hambre y me disteis de comer; tuve sed y me disteis de beber; fui forastero y me recibisteis; necesitado de ropa y me vestisteis; estuve enfermo y me cuidasteis; estuve preso y me vinisteis a ver. A través de todo su ministerio, por medio del precepto y el ejemplo Jesús había enfatizado la necesidad de los sentimientos y las obras de amor, misericordia y generosidad (5:7, 43–48; 8:17; 9:36; 11:28–30; 12:7, 20, 21; 14:16, 34–36; 15:32; 18:1–6, 22, 35; 19:13–15; 20:28; 22:9, 37–39; 23:37). Así que es completamente natural que esto es lo que espera de sus seguidores. Estos que aquí son llamados benditos han mostrado misericordia al Hijo del hombre mientras él estaba aún en el estado de humillación, “desechado de los hombres”. Así que con mayor razón serán llamados “benditos” cuando él vuelva en gloria. Todas estas bondades me las habéis hecho a mí, dice el Rey cuando vuelve en gloria. La combinación “yo” (tácito) y “me” aparece seis veces sucesivamente.

   Lo que merece atención especial es el hecho de que en cada caso de necesidad—tuve hambre, sed, fui forastero, etc.—y de satisfacción de esta necesidad—me disteis de comer, etc.—es el cumplimiento fiel de humildes deberes de la vida cotidiana lo que se da como razón para las palabras de congratulación y de aprobación, y para la grata invitación a entrar y tomar posesión de las bendiciones del reino en su etapa final. Lo que Jesús está diciendo es: “En vuestra vida y conducta cotidianas en lo que con frecuencia se llaman ‘las cosas pequeñas de la vida’, habéis dado pruebas de que sois mis verdaderos discípulos. Por lo tanto, yo os llamo benditos”. Esto muestra que en el reino de los cielos hay lugar, mucho lugar, para gente que en el sentido técnico no han profetizado en el nombre de Cristo, no han echado fuera demonios, y no han hecho “maravillas” en su nombre. En realidad, no hay lugar para los que se jactan de esos “grandes logros” (7:22, 23). Es al seguidor no pretencioso de Cristo, al seguidor sincero que le honra en las cosas de la vida común, que él declara bendito.

    Que estas personas son verdaderamente hijos genuinos de Dios es claro por la reacción que tienen ante las palabras del Hijo del hombre, el Rey: 37–39. Entonces los justos le responderán diciendo: Señor, ¿cuándo te vimos con hambre y te dimos de comer, o con sed y te dimos de beber; y cuándo te vimos forastero y te recibimos, o en necesidad de ropas y te vestimos; y cuándo te vimos enfermo o en la cárcel y vinimos a ti? Estas personas están completamente ignorantes de haber hecho alguna buena obra—¡lo cual precisamente hizo que estas obras fueran tan buenas! Les parece extraño que habiendo realizado tan poco ahora reciban la acolada suprema, el elogio pronunciado por Aquel que es el Señor y Rey de ellos. Nótese también que se les llama “los justos”. Parece imposible limitar esta expresión aquí solamente al sentido jurídico. Ciertamente el sentido jurídico es básico. Pero la justicia imputada no se debe separar de la justicia impartida. La justificación va de la mano con la santificación. En el contexto presente el énfasis podría bien estar sobre la conducta que está en conformidad con la ley de Dios, obras que le son agradables.

   El asombro expresado por estos seguidores del Señor es que el servicio que hicieron había sido hecho con espontaneidad, alegría, gratitud y humildad, y luego había sido olvidado completamente. La expresión de su sorpresa recibe una respuesta memorable: 40. Y el rey les responderá: os aseguro solemnemente, todo lo que hicisteis por uno de estos hermanos míos, (aun) por el más humilde, por mí lo hicisteis. La conexión muy estrecha entre Cristo y sus seguidores genuinos es lo que se muestra aquí, como también en 10:25, 40, 42; Mr. 13:13; Jn. 15:5, 18–21; Hch. 9:4, 5; 22:7; 26:14, 15; 2 Co. 1:5, 10; Gá. 2:20; 6:17; Col. 1:24; Ap. 12:4, 13. Cf. Pr. 19:17. Todo lo que se hace por uno de los discípulos de Cristo, por amor a Cristo, se cuenta como si se hubiese hecho por Cristo mismo. Nótese especialmente “por uno de estos hermanos míos”, una maravillosa frase de amor condescendiente, lo que se hace aún más glorioso por la adición de las palabras “aun por el más humilde”. La referencia es al pequeño favor hecho a uno de los humildes de Cristo, uno que no será jamás mencionado en titulares, el pequeño favor que el hacedor olvida casi instantáneamente, pero que el Señor y Salvador del humilde habrá recordado a través de todas las edades y lo mencionará en el día del juicio. ¡Maravilloso!

    Jesús ahora se dirige a los de su izquierda y al hacerlo muestra que no solamente los seres humanos sino aun los ángeles son juzgados. Cf. 8:29; 2 P. 2:4; Jud. 6; Ap. 20:10, 14, 15. 41. Entonces hablará también a los de su izquierda (diciendo): Apartaos de mí, malditos, al fuego perpetuo preparado para el diablo y sus ángeles … Este pasaje describe el castigo de los malvados como que consiste de: a. separación (Apartaos de mí); b. asociación (“preparado para el diablo y sus ángeles”); c. fuego (“al fuego perpetuo”), a lo que hay que agregar d. (véase el v. 30) tinieblas (“a las tinieblas más lejanas”).

   Hay que tener presente que los más terribles tormentos del infierno son para quienes, aunque conocían el camino, lo rechazaron (Lc. 12:47, 48). En primer lugar, entonces, el infierno significa separación. Los impíos oirán las terribles palabras, “Apartaos de mí, malditos”, que es lo opuesto de “Venid, benditos”. Además de 25:41, véanse también 7:23; Lc. 13:27. Ellos “irán” al castigo perpetuo (25:46). La morada de ellos será “afuera” del salón del banquete, de la fiesta de bodas, de la puerta cerrada (8:11, 12; 22:13; 25:10–13). Adentro está el esposo. Adentro están también todos los que aceptaron la invitación antes que fuera demasiado tarde. Afuera están los hijos del reino que, habiendo despreciado el llamado de la gracia, ahora llaman en vano a la puerta (Lc. 13:28). Afuera están los perros (Ap. 22:15). Los impíos son arrojados a lo más profundo del abismo sin fondo (Ap. 9:1, 2; 11:7; 17:8; 20:1, 3). Así se hunden para siempre alejados eternamente de la presencia de Dios y del Cordero.

   En segundo lugar, el infierno significa asociación, la más repugnante de todas las compañías. Los impíos habitarán para siempre con el diablo y sus ángeles, para los cuales fue preparado el fuego eterno.

   Entonces, en tercer lugar, el infierno es un lugar de fuego, de las llamas. Este es el lenguaje usado a través de todas las Escrituras (Is. 33:14; 66:24; Mt. 3:12; 5:22; 13:40, 42, 50; 18:8, 9; Mr. 9:43–48; Lc. 3:17; 16:19–31; Jud. 7; Ap. 14:10; 19:20; 20:10, 14, 15; 21:8). Este fuego no se puede apagar. Devora por siempre jamás.

   En cuarto lugar, el infierno es la morada de tinieblas (8:12; 22:13), el lugar donde los espíritus malos están guardados “bajo oscuridad, en prisiones eternas” (Jud. 6). Para los inconversos está reservada eternamente la oscuridad de las tinieblas (Jud. 13).

   Esta descripción da lugar a preguntas: a. “¿Cómo es posible que los impíos sean expulsados de la presencia de Dios?” ¿No es Dios omnipresente? (Sal. 139:7–12). Respuesta: Aunque por cierto Dios está en todas partes, su presencia no es en todo lugar una presencia de amor. Es de esta presencia de amor, paciencia y amonestación que los impíos son expulsados para siempre. b. Si el infierno es un lugar de fuego, de llamas, de incendio, ¿cómo puede ser también la morada de tinieblas?” Respuesta: El fuego y las tinieblas no son necesariamente mutuamente excluyentes. Por ejemplo, por cierta forma de radiación una persona puede quemarse gravemente, aunque esté en una sala oscura. Ha ocurrido. Además, hablamos del ardor de la sed y de la fiebre. Por lo tanto, es posible que, en algún sentido literal, semiliteral y por lo menos físico, el infierno sea un lugar de fuego, aunque también sea la habitación de tinieblas. Además, la expresión “fuego eterno” aquí en 25:41 podría ser usada principalmente como un símbolo. Por lo menos el sentido físico no agota su significado. El fuego eterno ha sido preparado para el diablo y sus ángeles, sin embargo, éstos son espíritus. Además, la Escritura frecuentemente asocia otros dos conceptos con el de fuego, a saber, la ira divina y la angustia humana (Dt. 32:22; Sal. 11:6; 18:8; 21:9; 97:3; 140:10; Jer. 4:4; Am. 1:4, 7, 10, etc.; Nah. 1:6; Mal. 3:2 y Ap. 14:10, 11). Véase también sobre Mt. 27:45, 46.

   Ahora se repite el séxtuple “(yo) tuve” o “(yo) fui” de los vv. 35, 36 como una razón por la cual los impíos son consignados al fuego eterno, aunque esta vez se condensan en uno los dos últimos, de modo que ahora tenemos una descripción quíntuple de la condición de Cristo. Cada uno de los cinco puntos es seguido por el lúgubre “y no me …” en vez del gozoso “me disteis … me recibisteis …” de los vv. 35, 36: 42, 43.… porque tuve hambre y no me disteis de comer; tuve sed y no me disteis de beber; fui forastero y no me recibisteis; tuve necesidad de ropa y no me vestisteis; enfermo y en la cárcel y no me cuidasteis. Hay que notar que todos estos pecados son negativos. No se menciona ningún hecho pecaminoso—tales como la idolatría, el homicidio, el adulterio, el robo, etc. Sólo se enumeran pecados de omisión, pecados de negligencia. Cf. Heb. 2:3. Esta negligencia demuestra que estas personas no han creído en el Hijo del hombre. Por esta incredulidad así demostrada son condenados.

   En forma abreviada los impíos ahora hacen la misma pregunta que hicieron los justos (vv. 37–39): 44. Entonces ellos también responderán diciendo: Señor, ¿cuándo te vimos hambriento o sediento o forastero o necesitado de ropas o enfermo o en la cárcel y no te atendimos? No se puede probar que esta forma abreviada tenga algún significado especial. La pregunta en ambos casos es esencialmente la misma. En ambos casos es una expresión de asombro. Sin embargo, la raíz de la pregunta revela un agudo contraste. En el caso de los justos estamos tratando del asombro producido por el servicio prestado por gratitud y entonces olvidado completamente. En el caso de los impíos la expresión de sorpresa, si no es fingida, está arraigada en el engaño de sí mismo, el producto de la incredulidad. Continúa: 45. Entonces él les responderá diciendo: Os aseguro solemnemente, todo lo que no hicisteis por uno de los más humildes de éstos, por mí no lo hicisteis. Debido a la estrecha conexión entre Cristo y sus genuinos seguidores—véase sobre el v. 40—todo lo que no fue hecho a favor de los discípulos de Cristo se considera como que no fue hecho a favor de Cristo. Resultado final: 46. Y éstos irán al castigo perpetuo, pero los justos a la vida perpetua. Cf. Dn. 12:2. En ambos casos el concepto “perpetuo” lleva la idea común de “sin fin”. “Habrá una separación permanente. El castigo y la vida son perpetuos. No habrá cambio” (F. W. Grosheide). Contrariamente a la versión inglesa King James—“everlasting … eternal”—el adjetivo debe traducirse con la misma palabra en estas dos oraciones equilibradas y coordinadas; por eso puede ser una de las dos “eterno … eterna” o “perpetuo … perpetua”. Junto con Williams, Beck, Goodspeed y Norlie prefiero la última (las versiones castellanas unánimemente traducen “eterno … eterna”. La distinción entre las palabras inglesas eternal y everlasting es que la primera indica que no hay principio ni fin, exactamente como nuestra palabra “eterna”; la segunda indica algo que no tiene fin, aunque tuvo un principio. Esta idea la refleja nuestra palabra “perpetuo” donde el énfasis está puesto en el carácter sin fin del sustantivo modificado por este adjetivo. —N. del T.). Véase Is. 66:24; Mr. 9:48: “donde su gusano no muere y el fuego no se apaga”; Ap. 14:11: “y el humo de su tormento sube por los siglos de los siglos”. Nótese también el séxtuple “nunca más o no más” de Ap. 18:21–23. En forma similar, con respecto a los hijos de Dios: “Ya no tendrán hambre ni sed” (Ap. 7:16). En ningún lugar—ni siquiera en Ap. 10:6—apoya la Escritura la noción de que después de la muerte o después del juicio ya no habrá más tiempo. En ningún lugar de las Escrituras se eternaliza o deifica a los habitantes del siglo venidero. Y puesto que aquí en 25:46 se usa el mismo adjetivo en ambas oraciones, la palabra usada en la traducción debe dejar en claro que con respecto a los dos, a saber, el castigo de los impíos y la vida de los justos, son iguales en duración. Son iguales en este único aspecto, a saber, que duran y duran y duran, sin llegar nunca jamás a un final.

   Habiendo dicho esto, ahora se debe enfatizar que cualitativamente hay, por supuesto, una vasta diferencia entre el castigo y la vida. En conexión con “vida” esto ya se ha mostrado anteriormente; véase sobre 19:16; cf. C.N.T. sobre Jn. 3:16. En breve, en la expresión “vida eterna” (o “vida perpetua”) “vida” significa salvación completa y libre. Por el contrario, “castigo” en la frase “castigo eterno” (o “castigo perpetuo”) significa condenación con todo lo que ello implica.

   Con esta importante palabra de instrucción, predicción, advertencia y consuelo termina el último de los seis discursos de Cristo en la forma que los presenta Mateo.

3er Título

El Juicio De Los Que Han Muerto En Pecado (Romanos 2:5 al 8. Pero por tu dureza y por tu corazón no arrepentido, atesoras para ti mismo ira para el día de la ira y de la revelación del justo juicio de Dios, el cual pagará a cada uno conforme a sus obras: vida eterna a los que, perseverando en bien hacer, buscan gloria y honra e inmortalidad, pero ira y enojo a los que son contenciosos y no obedecen a la verdad, sino que obedecen a la injusticia.).

   Comentario: 5–8. Pero con tu duro e inconverso corazón acumulas para ti ira en el día de la ira y de la revelación del justo juicio de Dios, quien dará a cada persona según sus hechos. A los que por su perseverancia en hacer lo que es recto buscan gloria, honor e inmortalidad, (él les dará) vida eterna, pero para los que están llenos de egoísta ambición y que desobedecen la verdad, pero obedecen la injusticia (habrá) ira y enojo.

   Frente a la falsa ilusión de los que constantemente condenaban a otros, pero rehusaban convertirse (vv. 3, 4) el apóstol revela ahora la verdadera situación. Él les informa que, aunque la ira de Dios pueda no haber alcanzado al judío todavía en la manera en que ya le había sido revelada al gentil, esto no significa que nunca será derramada sobre él. Simplemente indica que durante un cierto tiempo su castigo (el del judío) está suspendido. Sin embargo, podría decirse que durante todo este tiempo la ira se va acumulando. Esto debe ser cierto, porque el pecado del judío es muy serio. Para describirlo el apóstol utiliza la expresión: “Tu dureza e inconverso corazón”. Pero en este caso debemos probablemente vincular “dureza” con “corazón” como lo hace frecuentemente la Escritura. En el Antiguo Testamento, véanse Dt. 10:16; Pr. 28:14; Ez. 3:7; y en el Nuevo Testamento Mt. 19:8; Mr. 3:5; 6:52; 8:17; 10:5; Jn. 12:40; Heb. 3:8, 15; 4:7. Es así que llegamos a la frase “tu duro e inconverso corazón”.

   Debe notarse que la persona a quien Pablo se dirige es la que acumula ira para sí misma. Lo que, es más, la ira de que se habla es la de Dios, tal como en 1:18, aunque en el caso presente el derramamiento de la misma está vinculado con y toma lugar en “el día de la ira y de la revelación del justo juicio de Dios”, o sea, en el día del juicio final. Aunque algunos (Karl Barth, por ejemplo) rechazan esta explicación, la misma tiene el apoyo de los siguientes argumentos:

▬ a. El contexto más amplio (v. 16) la favorece. Nótese: “(Todo esto será aclarado) en el día en que, según mi evangelio, Dios, a través de Jesucristo, juzgará los secretos de los nombres”.

▬ b. De hecho, el contexto inmediato (v. 6) describe este día como aquel en el cual Dios “dará a cada persona según sus hechos”. Esto nos trae a la mente a Mt. 16:27: “Porque el Hijo del Hombre vendrá en la gloria de su Padre, con sus ángeles, y entonces dará a cada uno según sus hechos”.

▬ c. Véanse también los siguientes pasajes

1 Co. 3:13 (“el día”).

1 Co. 4:3–5

1 Ts. 5:4 (“aquel día”).

2 Ts. 1:7–10.

2 Ti. 4:8.

   El día de la ira (cf. 1:18) es el mismo que el día de “la revelación del justo juicio de Dios”. Aquí la verdad mencionada en el v. 2, a saber, que el juicio de Dios es “según la verdad” se repite en su esencia. Entre los hombres los juicios de ninguna manera son siempre “justos”.

   El hecho de que toda persona será juzgada “según sus hechos” es algo que se enseña a través de toda la Escritura (Ec. 11:9; 12:14; Mt. 16:27; 25:31–46; Jn. 5:28, 29; 1 Co. 3:12–15; 4:5; 2 Co. 5:10; Gá. 6:7–9; Ef. 6:8; Ap. 2:23; 11:18; 20:12, 13).

   Sin embargo, se ha formulado la siguiente pregunta: “Si Dios juzga a la gente ‘según sus obras; ¿cómo puede ser la salvación ‘sólo por gracia’”? Ahora bien, conviene enfatizar que la frase “nada tengo que no haya recibido”

(James M. Gray) es completamente bíblica. La salvación es sin duda sólo por gracia (Sal. 115:1; Is. 48:11; Jr. 31:31–34; Ez. 36:22–31; Dn. 9:19; Hch. 15:11; Ro. 3:24; 5:15; Ef. 1:4–7; 2, 8–10; 1 Ti. 1:15, para mencionar unos pocos pasajes).

   Con todo, sucede una y otra vez que cuando Pablo enfatiza la soberanía divina o la actividad salvadora, él inmediatamente la vincula con la responsabilidad humana (Ef. 2:8–10; Fil. 2:12, 13; 2 Ts. 2:13; 2 Ti. 2:19).    Aunque damos por sentado que el hombre no puede cumplir sus tareas o llevar a cabo sus responsabilidades por su propia fuerza, sin embargo, es él a quien la tarea le es asignada. Dios no asume esta tarea por él. Pero en su gracia y amor soberanos, Dios premia al hombre por su fidelidad en cumplir lo que se le ha asignado. Lo que, es más, tanto las recompensas como los castigos son distribuidos según el grado de fidelidad o infidelidad mostrado por la persona. Al fin y al cabo, la persona que desestima la doctrina de la responsabilidad humana que es completamente bíblica, es la quien tiene el verdadero problema.

   En los vv. 7, 8 Pablo divide a la humanidad en dos grandes grupos, como Jesús lo hiciera una y otra vez (Mt. 7:24–29; 10:39; 11:25, 26; 12:35; 13:41–43; 18:5, 6; 21:28–32; 23:12; 25:29, 46; etc.).

   El primer grupo consiste de todos aquellos que perseveran (Mt. 25:13; Col. 1:23; Heb. 3:14; Ap. 2:10) en hacer lo recto; no lo recto simplemente ante los ojos de otra gente, una norma de medidas que el apóstol acaba de condenar (v. 1–3), sino lo recto ante los ojos de Dios. Esta es gente cuya meta es alta (Fil. 3:8–14). Al perseverar en actos que glorifican a Dios, aspiran a obtener gloria (Véase arriba sobre 1:23, rubro “a” en la lista de Significados), honra e inmortalidad, o sea, vida de resurrección incorruptible e indestructible en bienaventuranza sin fin, aquella del nuevo cielo y de la nueva tierra (Ro. 8:23; 1 Co. 15:42, 50–57; 1 P. 1:4; 2 P. 3:13; Ap. 21:12–22:5).

   A éstos Dios les otorgará vida eterna, la totalidad de aquella vida que ya era en principio su porción antes de morir. En aquel día del juicio final ellos recibirán esta bendición en medida completa, tanto para el alma como (en lo aplicable) para el cuerpo.

   ¿Y qué es vida eterna? Según las Escrituras es la comunión con Dios en Cristo (Jn. 17:3), posesión de la paz de Dios que trasciende todo entendimiento (Fil. 4:7), gozo inexpresable y plena de gloria (1 P. 1:8), la luz del conocimiento de la gloria de Dios en el rostro de Cristo (2 Co. 4:6), y el amor de Dios derramado en el corazón (Ro. 5:5), continuando todo esto por los siglos de los siglos.

   El segundo grupo consiste de aquellos que están llenos de egoísta ambición. En vez de obedecer la verdad, ellos prestan oídos a cualquier cosa que deshonre a Dios. Para ellos habrá ira y enojo; es decir, en aquel día del juicio final siempre de allí en adelante serán objetos del fuerte desagrado e indignación de Dios. Siempre tendrán conciencia de ello, y nunca les será posible para ellos salir de debajo del mismo.

   El agudo contraste entre el eterno destino de estos dos grupos, según se retrata aquí en Ro. 2:7, 8, puede ser comparado con descripciones contrastes en forma similar que se encuentran en el libro de Apocalipsis:

▬ A. La bienaventuranza de los salvos

“Ya no tendrán hambre ni sed, y el sol no caerá más sobre ellos ni calor alguno, porque el Cordero, que está en medio del trono los pastoreará, y los guiará a fuentes de agua de vida; y Dios enjugará toda lágrima de los ojos de ellos (Ap. 7:16, 17).

▬ B. La miseria de los perdidos

“Y voz de arpistas, de músicos, de flautistas y de trompeteros no se oirá más en ti; y ningún artífice de oficio alguno se hallará más en ti, ni ruido de molino se oirá más en ti. “Luz de lámpara nunca alumbrará más en ti, ni voz de esposo y de esposa se oirá más en ti” (Ap. 18:22, 23).

Amén, para la honra y gloria de Dios.

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Hno Roberto Saldías Roa

Miembro de la IEP en Nacimiento Bajo, nació en el evangelio del Señor en la Iglesia de Laja 1975. Casado con María Nahuelmán, estudia teología de manera autodidacta. Me gusta mucho leer y escribir.

 

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