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Semana del 23 al 29 de agosto de 2021“Importancia Del Don De Sanidad Actuando En El Alma De La Juventud De Hoy”

Semana del 23 al 29 de agosto de 2021“Importancia Del Don De Sanidad Actuando En El Alma De La Juventud De Hoy”

   Lectura bíblica: Los Hechos 5:14 al 16. Y los que creían en el Señor aumentaban más, gran número así de hombres como de mujeres; tanto que sacaban los enfermos a las calles, y los ponían en camas y lechos, para que, al pasar Pedro, a lo menos su sombra cayese sobre alguno de ellos. Y aun de las ciudades vecinas muchos venían a Jerusalén, trayendo enfermos y atormentados de espíritus inmundos; y todos eran sanados.

   Comentario: Los milagros de sanidad 5:12–16 (Para su mayor comprensión del tema).

   Aquí tenemos el tercer resumen que Lucas incluye en su narración (compare 2:42–47 y 4:32–35) y que presenta algunas similitudes con los otros dos. Lucas parece recurrir nuevamente a sus afirmaciones de tipo general que resultan algo contradictorias, como es evidente en los versículos 13 y 14. La fluidez del pensamiento en este resumen no es natural. Esto ha hecho que algunos eruditos se sientan tentados a reordenar la secuencia de los versículos para dar consistencia al tema de los apóstoles realizando milagros de sanidad en medio del pueblo. Así, han comenzado el párrafo con el versículo 12b, el que es seguido por los versículos 13 y 14. El versículo 12a ha sido puesto como un prefacio al versículo 15 con lo cual se ha intentado lograr cierta continuidad. Otros traductores consideran a los versículos 12b–14 un comentario parentético. Sin embargo, debemos preguntarnos si es realmente necesaria la reordenación de versículos o es preferible dejarlos en su forma parentética. Ante el temor de encontrarse con dificultades, muchos traductores han preferido conservar el texto tal como lo tenemos aquí.

   [12]. Por medio de los apóstoles se hacían muchas señales y prodigios en el pueblo. Y todos acostumbraban reunirse en el pórtico de Salomón. [13]. De los demás, ninguno se atrevía a juntarse con ellos, aunque el pueblo los alababa grandemente.

   Lucas continúa la narración poniendo su atención a los otros apóstoles, además de Pedro y Juan. El versículo 12a dice literalmente, “Y por la mano de los apóstoles se hacían muchas señales y prodigios en el pueblo”. Sabemos que éstos, en obediencia al mandamiento de Cristo sanaban a los enfermos poniendo las manos sobre ellos. Además, sabemos que la traducción literal tiene un típico modismo hebraico que no necesita ser traducido. La expresión por la mano de se refiere a los apóstoles; en esta frase Lucas pone todo el énfasis en ellos. Sin embargo, no son los apóstoles los que sanan a los enfermos, sino Dios; los apóstoles son, en realidad, los instrumentos en las manos de Dios. También, Lucas parece querer disipar la idea de que Pedro actúa como un hacedor de milagros, como si el resto de los apóstoles no contaran para nada. Todos habían recibido autoridad de Jesús para predicar y para sanar, y sobre todos había sido derramado el Espíritu Santo.

   ▬ a. “Muchas señales y prodigios eran hechos por los apóstoles en el pueblo”. Tenemos aquí una implícita referencia a los apóstoles. La frase muchas señales y prodigios es una repetición de 2:43, donde en forma resumida Lucas menciona la obra hecha por los apóstoles. Él dice que los apóstoles realizaban estas señales y milagros en el pueblo. Con la palabra pueblo el autor tiene en mente al pueblo de Israel. Los habitantes de Jerusalén observaban el poder de sanidad demostrado en las maravillas que los apóstoles realizaban.

   ▬ b. “Y estaban todos unánimes en el pórtico de Salomón”. ¿A quiénes incluye la expresión todos? ¿Está diciendo Lucas que todos los apóstoles, con un mismo corazón y un mismo pensamiento se reunían en la espaciosa área del templo conocida como el pórtico de Salomón (véase 3:11)? ¿O quiere decir que los más de cinco mil creyentes (4:3) estaban con los apóstoles en el recinto del templo? Los estudiosos por lo general se inclinan hacia la segunda interpretación, debido a que el fluir de la frase es más natural; sin embargo, el problema de interpretación apenas comienza con el versículo 12. El siguiente, es decir, el 13, también presenta algunas ambigüedades.

   ▬ c. “De los demás, ninguno se atrevía a juntarse con ellos, más el pueblo les alababa grandemente”. La pregunta que surge es, ¿a quiénes se refiere el pronombre ellos? Si los creyentes están separados de los apóstoles, entonces Lucas tiene a los apóstoles en mente cuando usa la expresión ellos. Según esta interpretación, los apóstoles permanecen solos en el área del templo y el pueblo de Jerusalén les alaba (compare v. 26). Los creyentes tienen miedo de las autoridades por lo que guardan una prudente distancia de los apóstoles. Pero la verdad es todo lo contrario, pues no encontramos indicación alguna de que los creyentes estuvieran temerosos (véase 4:24–30).

   Una segunda interpretación es que la expresión ninguno (o los demás) se refiere a los no creyentes o a “los de afuera”. En el Nuevo Testamento, el término generalmente describe a los incrédulos (por ejemplo, Lc. 8:10; Ef. 2:3; 1 Ts. 4:13; 5:6). Esta interpretación, entonces, señala a las tres categorías de gentes en Jerusalén: los cristianos, los incrédulos, y los fieles judíos que tenían una inclinación favorable hacia el evangelio. A causa del repentino juicio contra Ananías y Safira, los no creyentes están renuentes a unirse a la iglesia, pero el pueblo judío que ama a Dios sigue teniendo a los cristianos en la más alta estima (4:21). El pronombre (ellos): se refiere a los cristianos.

   Una tercera explicación tiene que ver con aquellos que temen unirse a la comunidad cristiana como “simpatizantes no miembros”. Han respaldado a los cristianos y han tenido un gran respeto por ellos, pero siguen dudando sobre si llegar a ser parte de los creyentes. Las expresiones de los demás y el pueblo son virtualmente sinónimos. En conclusión, aunque la elección sigue siendo difícil, los eruditos prefieren la segunda interpretación.

   [14]. Sin embargo, más y más creyentes en el Señor, tanto hombres como mujeres se agregaban a su número.

   Notemos tres asuntos:

   Primero, Lucas ha perdido la cuenta del número de creyentes en Jerusalén. Después de la sanidad del paralítico, él estima que la membresía alcanza a unos cinco mil hombres (4:3). Ahora, dice que “más y más creyentes en el Señor, tanto hombres como mujeres, se agregaban a su número”. A pesar del miedo de los no creyentes, el Espíritu Santo trabaja en el corazón de hombres y mujeres. El crecimiento de la iglesia continúa imbatible. Las muertes de Ananías y Safira hacen que los no creyentes no quieran unirse a la iglesia, pero al mismo tiempo un gran número de verdaderos convertidos vienen a fortalecer la comunidad cristiana. De hecho, Lucas ha abandonado su deseo de ser preciso y ahora habla de multitudes de personas que llegan a ser miembros de la iglesia.

   Segundo, observamos que Lucas específicamente habla de mujeres que se unen a la iglesia. En el aposento alto, antes de Pentecostés, él registra la presencia de mujeres, entre las cuales está María la madre de Jesús (1:14). En su último recuento de la membresía de la iglesia, específicamente habla sólo de cinco mil hombres, y no de mujeres (4:3). Pero en los siguientes capítulos, se refiere tanto a hombres como a mujeres (por ejemplo: 8:3, 12; 9:2; 13:50).

   Tercero, el griego permite dos traducciones: tanto “Sin embargo, más y más creyentes en el Señor, tantos hombres como mujeres, eran añadidos como miembros” (las itálicas son nuestras), o “Y los creyentes aumentaban agregándose al Señor, multitudes tanto de hombres como de mujeres” (las itálicas son nuestras). Debido a que el verbo creer usualmente tiene un objeto directo (en este caso, “el Señor”) y porque por su posición en el griego recibe el énfasis, la primera traducción es la mejor.

   [15]. Incluso que sacaban los enfermos a las calles, y los ponían en camas y lechos, para que, al pasar Pedro, a lo menos su sombra cayese sobre alguno de ellos.

   ¿Cómo está este versículo 15 relacionado con el pasaje precedente? Algunos estudiosos o han reordenado este párrafo o consideran los versículos 12b–14 una afirmación parentética (véase v. 12). Otros traductores toman los versículos 14 y 15 juntos y así ven que un versículo dependa del otro. Tiene cierto mérito esta combinación, porque el que la gente traiga a sus enfermos a las calles (v. 15) se deriva del hecho que ellos creen en el Señor (v. 14). El énfasis, entonces, cae en el verbo creer. Esta gente que cree en el Señor confía en que él sanará a los enfermos. El contexto parece indicar que su fe no se basaba sólo en los milagros que los apóstoles hacían.

   Aquí vemos el principio según el cual Dios realiza milagros en respuesta a y para el aumento de la fe. Donde no hay fe no hay milagros. El punto es que en la misma forma en que Jesús realizó milagros en Galilea y Jerusalén, así sus discípulos lo hacen ahora por su autoridad; esto es, la gente que ha puesto su confianza en Jesús viene a los apóstoles para alcanzar sanidad. Y claro, los apóstoles, tanto en su enseñanza como en su predicación los guían a Jesús.

   La gente trae a sus enfermos a las calles principales y a las plazas del centro de la ciudad completamente seguros que los milagros de sanidad habrán de ocurrir. Aquí no hay magia: los enfermos se sanan por fe en el Señor. Utilizando colchonetas y esteras, los enfermos esperan la pasada de Pedro; se conforman con que su sombra caiga sobre ellos. Una sombra es producida por un objeto que bloquea la luz, pero de ninguna manera es parte de ese objeto. Estos enfermos ni siquiera van a tocar el vestido o un pañuelo de Pedro (compare con 19:12) ni van a tratar de tocar el borde de su manto (véase Mr. 6:56). Los creyentes confían que la sombra de Pedro será suficiente para sanar a los enfermos. El texto, en realidad, dice, “para que, al pasar Pedro, a lo menos su sombra cayese sobre alguno de ellos”. Lo anterior significa que no todos los que estuvieran acostados en la calle serían alcanzados por la sombra de Pedro. En este punto, el llamado Texto occidental de los manuscritos griegos tiene una frase aclaratoria adicional: “Para que ellos fueran libertados de cualquier malestar que tuvieran”.

    De la cultura en la cual vivió, Lucas toma el concepto según el cual un objeto tiene un poder inherente. Pero en este caso pareciera que no se trata de un comportamiento supersticioso de las gentes, porque el Señor puede sanar a una persona tocándole, hablándole, o haciendo que una sombra caiga sobre ella. Henry Alford se pregunta y dice,

¿No podría, “El Espíritu Creador” actuar con cualquier instrumento, o sin ninguno, ¿según le placiere? ¿Y qué es una mano o una voz, más que una sombra, excepto que la analogía de un instrumento común y corriente es una mayor ayuda a la fe del recibidor? Donde fe no se requiere de esa ayuda, el instrumento menos probable fue usado.

   Para comprender la importancia cultural del concepto sombra, considérense las palabras de Gabriel a María: “El poder del Altísimo te cubrirá” (Lc. 1:35). Una sombra, entonces, es más que suficiente para que Dios extienda su poder sanador al hombre. En la sanidad de un enfermo, Dios demanda fe. La fe está presente aquí, porque el versículo 14 nos dice que las multitudes de hombres y mujeres creían en el Señor. Y estas multitudes por supuesto que no están restringidas a los numerosos habitantes de Jerusalén.

   [16]. Y también de las ciudades vecinas muchos venían a Jerusalén. Traían enfermos y atormentados de espíritus inmundos; todos eran sanados.

   Notemos a lo menos dos paralelos. Primero detectamos el paralelo con el ministerio de sanidad de Jesús.

Cuando la gente oía de las sanidades, acudía a Jesús de Galilea, Judea, Jerusalén, Idumea y regiones más allá del Jordán, incluyendo Tiro y Sidón (Mr. 3:7–8). Los Evangelios hablan de multitudes que venían a Jesús a oírle y de los enfermos que esperaban ser tocados por él (véase Lc. 6:17–19). Ahora, los apóstoles ven que a ellos les ocurre la misma cosa, cuando multitudes vienen de todas partes con familiares y amigos que están enfermos. La influencia de la iglesia cristiana se extiende más allá de los límites de la ciudad de Jerusalén.

   El segundo paralelo es la sanidad del paralítico a la puerta llamada la Hermosa (3:1–10). Esta sanidad provoca la animosidad del sumo sacerdote y de los saduceos, quienes expresan su malestar encarcelando a Pedro y a Juan y llevándolos a juicio al día siguiente (4:1–7). Aquí, los miembros del Sanedrín no intentan restringir el ministerio de sanidad de los apóstoles. La única orden que les dan es que no sigan hablando y enseñando en el nombre de Jesús (4:18). Mientras que la sanidad del paralítico es un hecho aislado, las sanidades llevadas a cabo por todos los apóstoles a las gentes de las regiones alrededor de Jerusalén son incontables. La reacción de los saduceos queda perfectamente clara en la secuencia de la narración. Los apóstoles son encarcelados y llevados a juicio por el Sanedrín. Y los miembros del Sanedrín dan rienda suelta a su rabia deseando matarlos (5:33).

   Lucas dice que la gente no solamente traía a los enfermos, sino también a los que eran atormentados por espíritus inmundos (véase Lc. 6:18). Se hace distinción aquí entre aquellas personas que sufrían por enfermedades comunes y los que estaban poseídos por demonios. Sólo los autores de los Evangelios y de Hechos mencionan a personas atormentadas por espíritus inmundos en Jerusalén, Judea, Galilea, Decápolis, Samaria, Filipos y Éfeso. El resto del Nuevo Testamento guarda silencio acerca de esta enfermedad. Durante el ministerio de Jesús y por espacio de varias décadas, las fuerzas del mal se hicieron muy evidentes en especial en personas que eran afligidas por posesión demoníaca (véase, por ejemplo, 8:7; 16:16; 19:15; Mt. 8:16; 10:1). Consecuentemente, como Jesús, los apóstoles se enfrentaron con las fuerzas del mal en aquellas personas que eran atormentadas por espíritus inmundos. Lucas concluye su resumen diciendo que todos los enfermos que eran atormentados por espíritus inmundos habían sido sanados.

1er Titulo: Mantener el don de sanidad es el resultado de una vida victoriosa (Los Hechos 4:29 al 31. Y ahora, Señor, mira sus amenazas, y concede a tus siervos que con todo denuedo hablen tu palabra, mientras extiendes tu mano para que se hagan sanidades y señales y prodigios mediante el nombre de tu santo Hijo Jesús. Cuando hubieron orado, el lugar en que estaban congregados tembló; y todos fueron llenos del Espíritu Santo, y hablaban con denuedo la palabra de Dios.).

   Comentario: La petición y la respuesta 4:29–31: [29]. “Y ahora, Señor, mira sus amenazas y concede a tus siervos que hablen tu palabra con todo valor [30]. y que extiendes tu mano para sanar y hacer señales y prodigios mediante el nombre de tu santo siervo Jesús.

    Extrañamente, la comunidad de creyentes no dice ni una palabra de gratitud a Dios por liberar a Pedro y a Juan de la prisión y el tribunal. En cambio, pide al Señor contrarrestar la amenaza del Sanedrín concediendo a sus siervos “todo valor” para proclamar el evangelio de Cristo. No pide protección de la persecución que inevitablemente seguirá a la proclamación de las Buenas Nuevas. Ellos se dan cuenta que Dios está en control de cada situación, tal como lo han declarado con el Salmo 2. Están seguros que él no permitirá que su plan y propósito sea frustrado por los gobernantes del pueblo.

    La palabra valor aparece tres veces en este capítulo (4:13, 29, 31), y el concepto es prominente en Hechos. Los apóstoles saben que deben pedir a Dios valentía cada vez que van a proclamar su Palabra. Se dan cuenta que cuando se activa el don de valentía el resultado es asombro (v. 13), riña y división (14:1–4). Cuando el Señor concede este don a sus siervos, les habilita para hablar con elocuencia y efectividad en un medio hostil. Confirma su solicitud dándoles la capacidad de sanar al enfermo y “llevar a cabo señales milagrosas y maravillas”.

   Aunque el Sanedrín despide a Pedro y a Juan con la prohibición de hablar o enseñar a nadie en el nombre de Cristo Jesús (v. 18), no les prohíben realizar milagros de sanidades. Si hubieran dicho a los apóstoles no sanar a los enfermos, habrían negado el milagro de sanidad que el mendigo experimentaba. Incapaces de desconocer aquel testimonio viviente, sólo negaron a los apóstoles la libertad de hablar en el nombre de Jesús.

    Estos, sin embargo, rogaban a Dios que sanara a todos los afligidos. Le piden que dejara actuar su poder sanador a través de extender la mano y tocar a los enfermos. Es Dios, al fin y al cabo, y no los hombres, quien realiza los milagros. Milagros y maravillas son señales que confirman la predicación de las Buenas Nuevas. Ocurren en el nombre de Jesucristo y ayudan a la proclamación de ese nombre. Así, los adversarios no pueden negar la evidencia de los milagros. La oración de los apóstoles finaliza con la frase, “mediante el nombre de tu santo siervo Jesús” (v. 30).

   [31]. Cuando hubieron orado, el lugar en que estaban congregados tembló. Y todos fueron llenos del Espíritu Santo y empezaron a hablar la palabra de Dios con valor.

   No todas las oraciones reciben una respuesta inmediata, pero en este caso Dios fortalece la fe de los creyentes dando indicación de que les ha oído. Esto nos recuerda la experiencia de Pablo y Silas en la cárcel de Filipos. Mientras ellos oraban y cantaban himnos de alabanza a Dios en medio de la noche, de repente un violento temblor sacudió los cimientos de la prisión (16:26). En forma parecida, Dios mostró su divina aprobación a los apóstoles haciendo temblar la casa donde estaban reunidos y para lograr tal efecto, pareciera que usó un temblor. Dios dio a los apóstoles una señal que, así como había sacudido la casa con un temblor así habría de mover al mundo con el evangelio de Cristo.

   Observemos el paralelo entre Pentecostés y este acontecimiento. El día de Pentecostés, un viento violento sopló y llenó la casa donde los creyentes estaban sentados (2:2). En seguida, se vieron lenguas como de fuego que se posaron sobre cada uno de ellos; “y fueron llenos con el Espíritu Santo y empezaron a hablar en otras lenguas como el Espíritu les daba que hablaran” (2:4). Después de la liberación de Pedro y Juan, los cristianos oraron. Entonces el lugar donde se encontraban reunidos tembló; “y todos fueron llenos del Espíritu Santo, y empezaron a hablar la Palabra de Dios con valor”.

   Las diferencias entre ambos acontecimientos son: a) el soplar del viento versus el temblor del lugar donde estaban reunidos; b) la manifestación externa de lenguas de fuego en un caso y la manifestación interna de valor en el otro; por último, c) la habilidad de hablar otros idiomas en Pentecostés y el valor al hablar de la palabra de Dios ahora.

   Las semejanzas son llamativas: el Espíritu Santo viene en respuesta a la oración (1:14; 4:24–30); el Espíritu llena a todos los presentes (2:4; 4:31); y todos proclaman las maravillas de la palabra de Dios (2:11; 4:31). Los creyentes reciben un nuevo derramamiento del Espíritu Santo, que los llena de valor de manera que proclaman las Buenas Nuevas. Lucas no dice a quiénes expusieron los discípulos con gran valor la palabra de Dios; quizás fue primero en su propio círculo y luego, en abierta oposición con la amenaza hecha por el Sanedrín, a los demás.

   De esta manera, el término valor resulta sumamente significativo y muy apropiadamente describe el hablar de los apóstoles y de sus colaboradores. Ellos son los que proclaman la “palabra de Dios”, la cual, en el contexto de Hechos es un sinónimo del evangelio de Jesucristo. Lucas nos da un atisbo de su valor cuando escribe más adelante: “Y todos los días, en el templo y por las casas, no cesaban de enseñar y predicar a Jesucristo” (5:42).

2° Titulo: Identificando las enfermedades emocionales (1ª de Reyes 19 1 al 18. Acab dio a Jezabel la nueva de todo lo que Elías había hecho, y de cómo había matado a espada a todos los profetas. Entonces envió Jezabel a Elías un mensajero, diciendo: Así me hagan los dioses, y aun me añadan, si mañana a estas horas yo no he puesto tu persona como la de uno de ellos. Viendo, pues, el peligro, se levantó y se fue para salvar su vida, y vino a Beerseba, que está en Judá, y dejó allí a su criado. Y él se fue por el desierto un día de camino, y vino y se sentó debajo de un enebro; y deseando morirse, dijo: Basta ya, oh Jehová, quítame la vida, pues no soy yo mejor que mis padres. Y echándose debajo del enebro, se quedó dormido; y he aquí luego un ángel le tocó, y le dijo: Levántate, come.  Entonces él miró, y he aquí a su cabecera una torta cocida sobre las ascuas, y una vasija de agua; y comió y bebió, y volvió a dormirse. Y volviendo el ángel de Jehová la segunda vez, lo tocó, diciendo: Levántate y come, porque largo camino te resta. Se levantó, pues, y comió y bebió; y fortalecido con aquella comida caminó cuarenta días y cuarenta noches hasta Horeb, el monte de Dios. Y allí se metió en una cueva, donde pasó la noche. Y vino a él palabra de Jehová, el cual le dijo: ¿Qué haces aquí, Elías? El respondió: He sentido un vivo celo por Jehová Dios de los ejércitos; porque los hijos de Israel han dejado tu pacto, han derribado tus altares, y han matado a espada a tus profetas; y sólo yo he quedado, y me buscan para quitarme la vida. El le dijo: Sal fuera, y ponte en el monte delante de Jehová. Y he aquí Jehová que pasaba, y un grande y poderoso viento que rompía los montes, y quebraba las peñas delante de Jehová; pero Jehová no estaba en el viento. Y tras el viento un terremoto; pero Jehová no estaba en el terremoto. Y tras el terremoto un fuego; pero Jehová no estaba en el fuego. Y tras el fuego un silbo apacible y delicado. Y cuando lo oyó Elías, cubrió su rostro con su manto, y salió, y se puso a la puerta de la cueva. Y he aquí vino a él una voz, diciendo: ¿Qué haces aquí, Elías?  El respondió: He sentido un vivo celo por Jehová Dios de los ejércitos; porque los hijos de Israel han dejado tu pacto, han derribado tus altares, y han matado a espada a tus profetas; y sólo yo he quedado, y me buscan para quitarme la vida. Y le dio Jehová: Ve, vuélvete por tu camino, por el desierto de Damasco; y llegarás, y ungirás a Hazael por rey de Siria. A Jehú hijo de Nimsi ungirás por rey sobre Israel; y a Eliseo hijo de Safat, de Abel-mehola, ungirás para que sea profeta en tu lugar. Y el que escapare de la espada de Hazael, Jehú lo matará; y el que escapare de la espada de Jehú, Eliseo lo matará. Y yo haré que queden en Israel siete mil, cuyas rodillas no se doblaron ante Baal, y cuyas bocas no lo besaron.  ▬ Filipenses 2:27. Pues en verdad estuvo enfermo, a punto de morir; pero Dios tuvo misericordia de él, y no solamente de él, sino también de mí, para que yo no tuviese tristeza sobre tristeza.).

   Comentario 1Elías ante Jehovah en Horeb 19:1–18. Vv. 1, 2. Acab informó a Jezabel… Acab es todavía el rey de Israel. Será así, pero parece como si fuera otra cosa, ya que lo primero que hace Acab es informar a Jezabel de lo acontecido en el monte Carmelo. La construcción gramatical del heb. indica que Acab no dejó fuera ninguno de los detalles en el informe. Dado el carácter de la esposa de Acab, no es difícil saber quién era el verdadero poder detrás del trono. ¡Así me hagan los dioses y aún me añadan…! Jezabel, en su furia como la sacerdotisa de Baal, comunica a Elías por medio de un mensajero que él podría morir degollado al día siguiente. Llama la atención que a ella le interesaba poco que la sequía hubiera terminado; lo único que pasaba por su mente era el desquite. No es sorprendente que una falsa fe produce un falso vivir.

   Walsh opina que la amenaza de Jezabel a Elías no hay que tomarla lit.; asevera que, si Jezabel hubiera querido la muerte del profeta, no se la hubiera anunciado de antemano. Más bien, sugiere dicho estudioso que lo deseado por Jezabel era que Elías se ausentara del país; tenga Walsh razón o no, lo comprobado es que Elías tuvo miedo y huyó del alcance de la reina.

   Vv. 3. Así llegó a Beerseba… Tal era su susto que el profeta de Jehovah no tan solo abandona el territorio de Israel (reino del norte) sino que se esconde en lo más remoto de Judá (reino del sur). Al igual que Jonás huyó de Israel para escaparse de sus responsabilidades ante Jehovah, así Elías abandona el territorio nacional para escaparse de la furia de Jezabel.

   Vv. 4–8. Se fue un día de camino por el desierto… Habiendo dejado a su siervo en la aldea de Beerseba, sigue camino para adentrarse en el desierto del Neguev. Buscaba distanciarse lo más posible de la influencia de la reina. Probablemente deja a su siervo para no comprometerlo y exponerlo a tortura; si el siervo no sabía dónde iba, no podría divulgar su escondite.

    ¡Basta ya, oh Jehovah! ¡Quítame la vida!… Reconociendo que era buscado por todas las fuerzas del poder ejecutivo de Israel, Elías empieza a dudar de sus propias esperanzas. Elías sabe muy bien que Jezabel es capaz de cumplir su amenaza. Atemorizado, pierde la fe y el valor; se pone al borde de la desesperación y de la depresión.

En esta crisis pierde el deseo de vivir. Es como si dijera: “Señor, me siento solo. ¿Para qué seguir luchando? Todo es inútil.” ¡Cuánto se parece a Pedro quien, después de cortarle la oreja a Malco para defender a su Maestro, lo niega ante una mujer!

   Se recostó debajo de un arbusto… Y he aquí, un ángel le tocó… Pero Dios no abandona a su siervo. Lo sostiene en su necesidad física y le infunde aliento para seguir adelante.

   Se levantó, comió y bebió… hasta Horeb, el monte de Dios. Y el humano Elías recobra tanta fuerza con aquel pan milagroso, que puede caminar por 40 días como unos 500 kms., hasta llegar a una cueva. Se cree que en esta misma se escondió Moisés una vez (Exo. 33:22).

   Vv. 9–18. ¿Qué haces aquí, Elías? En una cueva en Horeb Dios habla con Elías. No se le escape al lector que en el mismo monte Dios había hablado con Moisés. El ambiente en la cueva no sería el mismo que Elías había experimentado en el monte Carmelo. Ahora el mismo profeta se siente derrotado, luego de haber enfrentado con victoria a los 450 profetas de Baal. Permite que las circunstancias le afecten negativamente de tal manera que cree que todo está perdido. Le parece que la causa de Jehovah peligra por la apostasía de su pueblo. Para colmo, aun su propia vida peligra a manos de Jezabel.

   Sal afuera y ponte de pie en el monte, delante de Jehovah… Dios no permite que su profeta permanezca en el escondite; ordena que se ubique en el lugar de la revelación (como Moisés). Es como si Dios le dijera: “Te has salido del ministerio que te entregué. Recuerda que todavía sigues siendo mi profeta. No has terminado tu carrera”. Elías se excusa ante Dios, pero el Soberano no entra en discusiones con su siervo.

   Viento… terremoto… fuego… Entonces, Dios le da a Elías una demostración visible de su poder. En el AT Dios se manifiesta por el viento, el fuego y los terremotos (Exo. 19:18; Sal. 18:7–13; 2 Sam. 5:24; Job 38:1; Eze. 1:4). Dios puede manifestar su gloria en diferentes formas. El usa los elementos de la naturaleza para mostrar su presencia y poder. Lo hace en forma ruidosa e impetuosa, pero también por medio de un sonido apacible y delicado (v. 12). Elías necesitaba aprender que “después de la tormenta viene la calma”. Que la paciencia y la confianza son también necesarias para servir y llevar adelante los propósitos y la obra de Dios. Nótese que después de esta lección, Elías siente tanto temor de la presencia de Dios que, impresionado por esta escena, se cubre el rostro (Exo. 3:6).

   A pesar de toda la manifestación de Dios, Elías aún no se compone. Ante la insistente pregunta de Dios: ¿Qué haces aquí, Elías? (v. 13), el profeta repite su ya acostumbrado gemido. Llama la atención cuántas veces Elías se centra en sí mismo. Jehovah insiste en que Elías no debe estar lejos de Israel, fuera del lugar de su ministerio. Walsh comenta lo siguiente respecto a la pregunta de Dios:

   “La respuesta de Elías a la pregunta es idéntica a su discurso en el v. 10, pero, al igual que en la pregunta repetida de Jehovah, ciertos eventos dan al discurso una nueva dimensión de significado. En el v. 10 Elías emplea una aparente amenaza de renuncia para obligar a Jehovah a que intervenga a favor del profeta. Después, Jehovah llama de nuevo a Elías a su servicio, y le concede una impresionante teofanía, pero esto no basta para el profeta terco. Se niega a estar ‘delante de Jehovah’, insiste en su propio aislamiento, y sigue evitando llamarse ‘profeta’. La repetición textual de su discurso anterior demuestra que ni los mandatos divinos, ni la majestuosa y misteriosa autorrevelación de Dios lo afectan con respecto a sus propósitos”.

   Ve, regresa por tu camino, por el desierto, a Damasco… Elías había intentado huir no tan solo del peligro; huía también de sus responsabilidades como profeta. Con la misma insistencia, Dios no permite que su profeta abdique a su ministerio. Al profeta que buscaba la seguridad en la huida, ahora Dios lo comisiona a una nueva misión. Por cierto, no va a ser una misión carente de peligro, pero ya el énfasis va a ser distinto. No se centrará en la seguridad del profeta sino en los propósitos de Jehovah. Ungirás a Hazael… a Jehú… a Eliseo. Esta comisión la cumplirá Elías solo en el caso de Eliseo, su sucesor. El mandato a que se inmiscuya en la política de Aram o Siria no se espera. Lo normal era que los profetas centrasen sus labores dentro de Israel. En el caso de Elías, no obstante, había precedentes en que Jehovah ya había demostrado su poder mediante el profeta en territorio de los sidonios. Lo había hecho por medio de la sequía, el sustento del profeta por la viuda y la protección del profeta contra Jezabel. Con el tiempo, sería Eliseo mismo quien cumpliría el resto de la comisión dada a Elías (2 Rey. 8:7–15; 2 Rey. 9:1–13).

   Pero yo he hecho que queden en Israel 7.000… La repetida aseveración de que solo Elías había permanecido fiel al pacto y todos los demás eran apóstatas es desmentida aquí por Dios mismo. Implícita en la frase está la idea de que, si Elías insiste en renunciar a su oficio como profeta, Jehovah tiene muchos a su disposición para reemplazarlo. Usualmente en la literatura hebrea, el número siete (en este caso 7.000) es más simbólico que cuantificador. Simplemente quiere decir que hay “muchos” que no se han apostatado de la fe en Israel.

    Aprendamos ahora algunas lecciones importantes: (1) Es posible, a veces, que sintamos que nuestra tarea no lleva frutos. Trabajamos, pero no se ven de una vez los resultados, entonces hay que tener paciencia. (2) Hay que seguir adelante. A veces podremos comenzar, pero otros terminarán la tarea en un tiempo corto o lejano. A veces, a los siervos de Dios se les toma en cuenta no tanto por lo que hicieron, sino por lo que anunciaron (Jer. 1:10). (3) Nunca debemos pensar que somos los únicos fieles. La obra es de Dios, y él nunca está en situación desesperada, aunque huyamos del campo de batalla. (4) El Espíritu Santo no necesita de manifestaciones ruidosas para hacer su obra. A veces, Dios habla a y por nuestra conciencia por medio del sonido apacible. (5) Contestemos ahora a estas preguntas: ¿Se arrepintió el mundo por el diluvio? ¿Cuántos se salvaron en Sodoma y Gomorra? Vendrán terremotos, tempestades y sequías, pero siempre habrá corazones tan duros como el de Jezabel. (6) “No con ejército ni con fuerza, sino con el Espíritu…” (Zac. 4:6). “Conoce el Señor a los que son suyos” (2 Tim. 2:19). (7) Los grandes siervos de Dios tienen su “arbusto de retama”. Después de una gran victoria, puede venir la tentación del desaliento. Y trataremos de convertirnos en víctimas para causarle lástima hasta de Dios. (8) Es recomendable no descansar en los triunfos pasados.

   Comentario 2: Filipenses 2:27:  El regreso autorizado de Epafrodito [25]. Pablo, el administrador solícito, pasa ahora de Timoteo a Epafrodito. Véase la Sección

IV de la Introducción. Enumeremos brevemente los hechos que afectan a este último:

(1) Era un líder espiritual en la iglesia de Filipos.

(2) Había sido comisionado por su iglesia para traer un donativo a Pablo, el preso, y para ser su continuo ayudante y asistente.

(3) En el cumplimiento de su misión cayó gravemente enfermo.

(4) Sus amigos de Filipos supieron de esta enfermedad y, naturalmente, se alarmaron. Él tuvo conocimiento de la alarma y ansiedad de ellos.

(5) Dios le sanó misericordiosamente.

(6) El ansiaba ardientemente regresar a su iglesia, para disipar los temores que los suyos tenían respecto a su salud.

(7) Pablo, de completo acuerdo, lo envía de regreso a Filipos, pidiendo para él una cordial bienvenida y, probablemente, haciéndolo portador de esta carta.

   El hecho del regreso autorizado de Epafrodito, junto con una breve descripción de su persona, lo encontramos en el v. 25; las razones de dicho regreso, en los vv. 26–28; y la manera en que ha de ser recibido, en los vv. 29, 30. Dice Pablo: Pero considero necesario enviaros a Epafrodito, mi hermano y colaborador y compañero de milicia, quien es vuestro mensajero y ministro para mis necesidades. ¡Epafrodito! Su nombre significa amable (digno de ser amado), ¡y en verdad que lo era! Pablo habla de él primero en relación con él mismo (con el apóstol), y luego en relación con la iglesia de Filipos. Con respecto a Pablo él es mi hermano, colaborador, y compañero de milicia. Las palabras están colocadas evidentemente en un orden ascendente. En común con todos los creyentes, Epafrodito es hermano de Pablo, unido a él en la fe. Es miembro de la misma familia espiritual, con Dios en Cristo como Padre. A Pablo le gusta usar esta palabra hermano, porque es un término cariñoso (cf. 4:1); por lo tanto, no es de extrañar que, en esta carta, escrita a sus muy amados filipenses, lo haga con mucha más profusión que en las otras epístolas de la cautividad (1:12, 14; 2:25; 3:1, 13, 17; 4:1, 8, 21). Sin embargo, Epafrodito es algo más que un mero hermano de Pablo. Está unido a él no solo en la fe, sino también en la obra, en la obra del evangelio. De aquí, colaborador, nombre dado a otros obreros del reino, tales como Apolos, Aquila, Priscila, Aristarco, Clemente, Marcos, Onésimo, Filemón, Timoteo, Tito, Tíquico, etc. Finalmente, Epafrodito está unido con Pablo no sólo en la fe y en la obra, sino también en la batalla. Es un compañero de milicia, un compañero de armas. Un obrero debe ser también un guerrero, ya que en la obra del evangelio hay que combatir contra muchos enemigos: maestros judaizantes, romanos y griegos escarnecedores, adoradores del emperador, sensualistas, gobernadores de estas tinieblas, etc. En consecuencia, todo obrero debe obrar con prodigiosa energía y prestar inquebrantable obediencia a su Capitán, confiando plenamente en la victoria final (cf. Fil. 2; 2 Ti. 2:3, 4; 4:7, 8). La forma en que Epafrodito cumplió su cometido como obrero y soldado está explicada en el V. 30.

   En relación con la iglesia de Filipos Epafrodito es llamado vuestro mensajero y ministro para mis necesidades. La palabra mensajero es literalmente apóstol,117 término que se emplea aquí en su sentido más amplio, refiriéndose a alguien que ha sido delegado por la iglesia para desempeñar una misión, o sea, un representante oficial a través del cual la iglesia habla y actúa. En este caso la misión no fue solamente la de traer un donativo a Pablo, sino también la de servirle en cualquier forma que fuese requerido (nótese la frase ministro para mis necesidades; cf. Fil. 4:16; Hch. 20:34; Ro. 12:13); por ejemplo, como su ayudante personal y asistente en la obra. Así pues, Epafrodito fue enviado para llevar un regalo para ser él mismo un regalo de los filipenses a Pablo. La misma palabra que se emplea en el original para ministro, es a saber, leitourgos, nos habla de cómo él ▬y a través de él la iglesia de Filipos▬ prestó una misión oficial y sagrada, no a la persona de Pablo meramente, sino también a la causa del evangelio y, por tanto, al mismo Dios. El enviar a Epafrodito, con todo lo que esto entrañaba, fue un acto de devoción, ¡una verdadera ofrenda o sacrificio! Como prueba véase Fil. 2: 17 (“sacrificio y ofrenda de vuestra fe”) y 2:30, en estos pasajes se usa una palabra de la misma naturaleza: leitourgia; véase también 4:18, en donde el don que trae el mensajero recibe el nombre de “sacrifico, acepto, agradable a Dios”. Cf. Igualmente Ro. 15: 16 y 2 Co. 9:12.

   Epafrodito hizo todo cuanto humanamente pudo en el cumplimiento de su deber, y con un espíritu recto. Que nadie pues critique a este siervo fiel cuando regrese a su iglesia de Filipenses. Que nadie vaya a decirle: “Que vergüenza que no has cumplido con la misión que se te había encomendado, y que has abandonado a Pablo, ese honorable prisionero, en el preciso momento en que más te necesitaba, cuando estaba esperando una sentencia para vida o para muerte”. Es como si Pablo estuviese diciendo: “Tened en cuenta, Filipenses, que Epafrodito regresa a ustedes porque yo mismo lo considere necesario”.

   [26-28].  Las razones para este regreso autorizado son expresadas ahora. Son tres y están íntimamente relacionadas entre sí. El apóstol dice: Estas razones tienen que ver con él (Epafrodito), con vosotros (Filipenses), y conmigo mismo (Pablo).

(1) Para que el ardiente deseo de Epafrodito sea satisfecho (vv. 26, 27).

(2) Para que vosotros os regocijéis (v. 28a).

(3) Para que yo (Pablo) esté con menos tristeza (v. 28b).

   Empezando con (1) Pablo declara: puesto que os ha estado añorando a todos vosotros, y ha estado angustiado, porque sabe que ha llegado a vosotros la noticia de que estuvo enfermo. Esto implica que la iglesia de Filipos había oído de la enfermedad de Epafrodito, y que el resultado de dicha noticia, la alarma de los filipenses, había sido traído hasta Roma. El efecto en Epafrodito fue doble:

   En primer lugar, ¡él se preocupó por la preocupación de ellos! Una seria angustia de alma y corazón, una profunda agonía, abatió su espíritu. La palabra que se emplea en el original para expresar esta inquietud (palabra de dudosa derivación) es la misma que se emplea para expresar las indecibles angustias que Jesús sufrió en Getsemaní (Mt. 26:37; Mr. 14:33).

   En segundo lugar, el amor que sentía por la iglesia que lo había enviado, llegó a oprimirle de tal manera, que suspiraba por ver de nuevo los rostros familiares de aquellos que realmente se preocupaban por él, y cuya ansiedad era necesario calmar.

   Ahora bien, esta ansiedad de la iglesia filipense no podía ser calmada por la simple declaración de que la noticia referente a la enfermedad de su amado líder era infundada o que había sido exagerada. Todo lo contrario, pues Pablo continúa: y ciertamente estuvo enfermo, al borde de la muerte.

   Y surge ahora la cuestión: “¿Por qué no impidió Pablo esa enfermedad por medio de algún milagro o de alguna oración, o al menos sanó a Epafrodito antes de que la cosa adquiriera caracteres tan graves?” En primer lugar, porque aún en aquella era carismática los apóstoles no podían obrar milagros a su antojo. Su voluntad estaba sujeta a la de Dios. Y en cuanto a la oración, aunque ciertamente es un poderoso medio de sanidad y con frecuencia de restablecimiento, no es un cúralo todo. No funciona mecánicamente como si se pulsara un botón, sino que también está sometida a la voluntad de Dios, la cual es más sabia que el deseo de los hombres. Y en esta sabia providencia divina está determinado que los creyentes también caen enfermos, y a veces de gravedad (Eliseo, 2 R. 13:14; Ezequías, 2 R. 20:1; Lázaro, Jn. 11:1; Dorcas, Hch. 9:37; Pablo, Gá. 4:13; Timoteo, 1 Ti. 5:23; Trófimo, 2 Ti. 4:20; y de la misma manera Epafrodito, Fil. 2:25–27). ¡Sí, los creyentes caen enfermos y mueren! El pasaje que dice: “Y por su llaga fuimos nosotros curados”, no significa que los creyentes estén libres de enfermedades graves, o de la muerte; sino que cuando están heridos y abatidos, es suyo el consuelo de tales pasajes como Sal. 23; 27; 42; Jn. 14:1–3; Ro. 8:35–39; Fil. 4:4–7; 2 Ti. 4:6–8; He. 4:16; 12:6, por mencionar solamente unos cuantos de los muchos que hay.

   Otra pregunta es: “¿Qué clase de enfermedad era la que padeció Epafrodito?” Se han hecho muchas suposiciones sobre esto, pero lo que sí es claro y evidente es que la enfermedad le vino en la obra del Señor, y más específicamente en el cariñoso cuidado y ayuda que prestó a Pablo (véase el v. 30). ¿Era aquella dolencia resultada de un agotamiento? ¿Fue demasiado el trabajo que echó sobre sus hombros? ¿Se había entregado de lleno este maravilloso hermano, obrero y soldado, después de un difícil y agotador viaje (como era el de Filipos a Roma), a la tarea de atender a las necesidades de Pablo, a cuidar de los creyentes de Roma, a predicar el glorioso evangelio del Crucificado a todo aquel que lo quisiera oír, y todo esto en medio de grandes dificultades y peligros personales, en una ciudad cuya gente rendía homenaje no a Cristo, sino al emperador? Sea como fuere, Epafrodito fue perdiendo poco a poco su vigor hasta llegar a las mismas puertas de la muerte. Durante días, humanamente hablando, su vida pendió de un hilo. Pero entonces—ciertamente en respuesta a las oraciones de muchos—él tuvo la misma experiencia que el escritor del Salmo 116. Epafrodito fue misericordiosamente sanado, según vemos implícito en las palabras que siguen: pero Dios tuvo misericordia de él. ¡Dios se compadeció, se apiadó de Epafrodito! Dios tuvo misericordia de él, y, continúa Pablo, no sólo de él, sino también de mí, para que yo no tuviera tristeza sobre tristeza, es decir, la tristeza que hubiera resultado de la muerte de Epafrodito, junto con la que ya tenía por su grave enfermedad.

   ¡Dios se apiadó de los dos, de Epafrodito y de Pablo! Es consolador saber que el corazón de Dios rebosa de misericordia, de bondad infinita y de piedad activa. En Cristo “Él puede compadecerse de nuestras flaquezas”.

“Atento a nuestra debilidad y flaqueza

Es el Dios que nuestra firme esperanza aferra.

Aquel cuyos años solo conocen largueza,

Recuerda que fuimos formados de la tierra.

Inmutable es la misericordia de Jehová

Para aquellos que su santo nombre teme;

Inmutable desde la infinita eternidad,

Inmutable hasta que los largos siglos cesen”.

   Esta divina ternura de corazón, que se manifiesta en la abnegación por los demás, está bellamente reflejada en Pablo. Para satisfacer los ardientes deseos de su ayudador y para aliviarlo de su profunda angustia, le ordena regresar a Filipos. Epafrodito, ya restablecido, anhela reintegrarse a la iglesia que lo había enviado. Seguramente que deseaba presentarse en persona, para que todos pudiesen ver que había recuperado la salud. No hay duda de que también esperaba el momento de poder dar personalmente las gracias a todos por sus oraciones y por el interés que habían mostrado para con él. Podemos creer muy bien que, más que nada, estaba impaciente por ayudar a los filipenses en sus continuas dificultades y aflicciones (Fil. 1:29, 30; 3:2, 17–19; 4:2). Pero, por otra parte, él era plenamente consciente de la misión que le había sido encomendada, amaba mucho a Pablo, y jamás lo hubiera abandonado si el mismo apóstol no se lo hubiese ordenado así.

   La segunda razón para enviar a Epafrodito a Filipos, está en las siguientes palabras: Así, pues, lo envío con mayor solicitud, para que, al verlo de nuevo, os regocijéis. Pablo envía a su amigo de regreso al hogar, para que los miembros de la iglesia filipense, al verlo de nuevo, plenamente restablecido, salten de júbilo. Esto nos permite ver algo del alma más íntima del gran apóstol. El tranquilizar el ánimo de sus muy amados filipenses, y el poderles suministrar alegría de corazón, significaba para él más que todos los servicios que pudiera prestarle Epafrodito.

   A pesar de que el aprecio que Pablo tenía de su amigo y de los servicios que había prestado en Roma, era genuino, él mismo podía regocijarse al pensar en lo útil que Epafrodito sería a los filipenses. En consecuencia, las siguientes palabras nos presentan la tercera razón que hubo para que el apóstol mandase de regreso a su valiente ayudador a la iglesia de Filipos: y yo esté con menos tristeza. El gozo de los filipenses ante el regreso de Epafrodito, aliviaría la pesada carga a Pablo. El gran apóstol muestra ser un verdadero imitador de Dios (cf. Ef. 5:1, 2), al regocijarse en el gozo de sus amados, al regocijarse sobre ellos con cánticos (Sof. 3:17).

3er Titulo. Lo que enferma el alma de la juventud (1ª de Reyes 11: 1 al 6. Pero el rey Salomón amó, además de la hija de Faraón, a muchas mujeres extranjeras; a las de Moab, a las de Amón, a las de Edom, a las de Sidón, y a las heteas; gentes de las cuales Jehová había dicho a los hijos de Israel: No os llegaréis a ellas, ni ellas se llegarán a vosotros; porque ciertamente harán inclinar vuestros corazones tras sus dioses. A éstas, pues, se juntó Salomón con amor. Y tuvo setecientas mujeres reinas y trescientas concubinas; y sus mujeres desviaron su corazón. Y cuando Salomón era ya viejo, sus mujeres inclinaron su corazón tras dioses ajenos, y su corazón no era perfecto con Jehová su Dios, como el corazón de su padre David. Porque Salomón siguió a Astoret, diosa de los sidonios, y a Milcom, ídolo abominable de los amonitas. E hizo Salomón lo malo ante los ojos de Jehová, y no siguió cumplidamente a Jehová como David su padre. 

    Comentario: Alejamiento de Dios, 11:1–8. (La enfermedad del alma se llama mundanalidad y idolatría: es no amar Dios y amar más al mundo y sus pasiones y deseo carnales, esta enfermedad aleja el corazón de Dios).

   En cierto sentido, Salomón es un espejo que nos refleja a todos nosotros. Al verlo a él, podemos descubrir mucho acerca de nosotros mismos. Por lo menos, así era el propósito del deuteronomista. Su propósito al escribir el relato sobre Salomón no era sólo informarnos sobre un rey que había vivido hacía mucho tiempo. Más bien, su intención era otra; quería que Israel (y el pueblo de Dios hoy) entendiera lo que sucedía en su historia en cada época.

   Es interesante notar cómo el deuteronomista colocó el relato de las dificultades de Salomón en un sólo capítulo, dando así la idea de que sus problemas únicamente acontecieron durante los últimos años de su reinado. Es claro que para el deuteronomista la raíz de todos los problemas de Salomón estribaba en su caída en la idolatría. Aunque esta contribuiría en gran manera, se ha podido observar, a lo largo del libro de 1 Reyes, que muchos de los males posteriores de su reino también podían achacarse a ciertas políticas menos que astutas y que no eran nada humanitarias.

   Hasta aquí, pues, hemos visto algo del lado bueno de Salomón y de su reino, aunque no deja de haber en la narración ciertas insinuaciones de que no todo va perfectamente bien. ¿Cómo explicarnos este cambio en una nación considerada como el pueblo escogido de Dios; ¿que además tiene como rey al hombre “más sabio”, rico y poderoso de la historia? Recordemos que había nubes en el cielo que amenazaban tempestad. Hay descontento en el pueblo; la “comunidad de tribu” ya no existe. Hay un reino centralizado y gobernado por la fuerza. El mismo trabajo es obligatorio. Se tiene como bueno todo lo que viene de afuera. Todo parece indicar que “la procesión anda por dentro”, los problemas de Salomón son originados en problemas internos.

   Vv. 1–3. Por esto, en el presente texto se declaran las causas directas y visibles de este trágico final. Primera: La mundanalidad. El rey se conforma a las normas del mundo (Deut. 17:17; Rom. 12:1, 2); no atiende a las claras advertencias de la ley divina. El sabio peca contra la luz de su propio conocimiento. Se deja seducir por lo que parece ser su punto más débil: la sensualidad. Y aunque la poligamia era la costumbre de la época y era también señal de grandeza y de poder, no por esto era aprobada por Dios. Los reyes orientales competían entre ellos para hacer ver quién era el más poderoso. Aquellos matrimonios y uniones tenían también razones políticas y comerciales. Entonces Salomón, para no ser menos que los otros reyes, apela a este recurso mundano para llenar su sed de riqueza y de grandeza (ver Cant. 6:8). Había otros gobernantes que usaban estas uniones para asegurar la paz y la seguridad. Segunda: La idolatría. La lujuria de Salomón lo lleva a cometer otros errores; el pecado nunca anda solo. Además, el rey se ve obligado a respetar las creencias religiosas de sus mujeres. Estas lo hacen tolerar, promover y hasta participar en sus cultos y rituales paganos. El problema de Salomón no fue tanto el tener muchas mujeres, sino en que éstas eran extranjeras, es decir que servían a otros dioses. La poligamia les abrió la puerta a otros pecados.

   Vv. 4–8. Veamos que la idolatría no sólo es un pecado en sí, sino que es abominable. Astarte era la diosa fenicia de la fertilidad y del amor, tenida como la consorte de Baal (Juec. 2:13; 3:7; 1 Rey. 15:13 y 18:19). Moloc y Quemós eran los dioses sedientos de sangre de los amonitas. En sus altares se sacrificaban niños (2 Rey. 23:10). Quemós era también el dios de la guerra (2 Rey. 3:27; Juec. 11:24).

   Sin duda Salomón no abandonó totalmente el culto al verdadero Dios, pero le faltó valor e integridad para oponerse a las falsas religiones de sus mujeres. Tuvo un corazón dividido entre Dios y otros dioses (Mat. 6:24). Tampoco fue una tolerancia pasiva de “no hacer, pero dejar hacer”: él participaba activa y conscientemente en el pecado. Veamos los tres pasos del pecado: consiente, promueve y participa. El que desde el principio Salomón se involucrara en la adoración a Dios en los lugares altos lo predisponía a la posterior idolatría. El ideal siempre era que la adoración verdadera a Jehovah debía efectuarse solo en Jerusalén, aun antes de que hubiera un templo. Es claro que para el tiempo del deuteronomista en retrospección se podían contemplar los resultados funestos de cualquier adoración que no se hiciera dentro del templo.

   Hay quienes tratan de excusar el pecado de Salomón, alegando que hacía esto sólo para halagar a sus mujeres y para mantener la paz en su reino, pero que, en su interior, él adoraba al verdadero Dios. Pero, ¿no es la hipocresía otro pecado? ¿No era Salomón consciente de que violaba la ley divina? ¿No son la tolerancia y la complicidad otras maneras de pecar? El texto declara que Salomón levantó altares a los dioses mencionados, y hasta bastante cerca al templo que él mismo había edificado (v. 7).

   Una cita de Brueggemann nos enriquece el pensamiento en torno al pecado de Salomón:

   “La nueva alternativa religiosa es muchas otras mujeres extranjeras. Sin duda, hay una dimensión sexual de su perversidad: tales cantidades, ¡300 esposas y 700 concubinas! Pero no nos engañemos. El asunto no es sexual sino político. Los muchos casamientos y el harén son una manera para implementar alianzas internacionales. Y todos estos esfuerzos en la sexualidad de la política y la politización de la sexualidad son maneras de afianzar la existencia propia de uno, de retener la iniciativa para la vida personal. El resultado viene siendo la eliminación del Señor trascendente y cualquier crítica. Los nuevos amores alternos de Salomón han reducido la vida a algo manejable, predecible y administrable. Amar a Dios significa rendirse ante quien es un sobrecogedor misterio santo. Es confiar, pero no estar en control”.

   Notemos que Salomón no era propiamente un anciano; tendría unos 60 años, pero el pecado envejece y debilita. Salomón fue sabio para administrar, edificar, en las ciencias y las artes, etc., pero no tuvo sabiduría espiritual. A pesar de sus años de experiencia, no supo vivir de acuerdo con el conocimiento que Dios le había dado. Esto nos demuestra que una gran sabiduría humana y el más refinado conocimiento de Dios, no son un casco protector contra el pecado, ni para vivir una vida de santidad y de continua fidelidad a Dios.

Verdades prácticas

   La conducta de Salomón está condenada en Deuteronomio 17: ¡Acumulaba muchas de sus riquezas haciendo cosas que eran prohibidas para los reyes de Israel! Jehovah se indignó contra Salomón, porque su corazón se había desviado de Jehovah Dios de Israel, que se le había aparecido dos veces [énfasis agregado]. De todos los “tesoros” de Salomón, este fue el más grande —el Señor se le había aparecido dos veces— y no sabía apreciar su valor. Salomón “el sabio” …

   ¿Cuánto discernimiento tengo de lo que realmente tiene valor para mí? Mientras tenemos la disponibilidad de la presencia y acompañamiento del Espíritu Santo, y mientras intentamos permanecer en Cristo, ¿sabemos realmente cómo atesorar la presencia del Señor con nosotros?

Amén, Para La Honra Y Gloria De Dios.


Hno Roberto Saldías Roa

Miembro de la IEP en Nacimiento Bajo, nació en el evangelio del Señor en la Iglesia de Laja 1975. Casado con María Nahuelmán, estudia teología de manera autodidacta. Me gusta mucho leer y escribir.