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Semana del 23 al 29 de abril de 2018: “Tema: nombres otorgados bíblicamente al Espíritu Santo. (Parte III)

Semana del 23 al 29 de abril de 2018: “Tema: nombres otorgados bíblicamente al Espíritu Santo. (Parte III)


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Lectura Bíblica: Los hechos Cap. 1, versículos 4 y 5. 4Y estando juntos, les mandó que no se fueran de Jerusalén, sino que esperasen la promesa del Padre, la cual, les dijo, oísteis de mí. 5 Porque Juan ciertamente bautizó con agua, mas vosotros seréis bautizados con el Espíritu Santo dentro de no muchos días.

Comentarios del contexto bíblico:

    Las traducciones varían respecto de la primera parte de este versículo. Algunas dicen: “Mientras comía con ellos, les dio orden …” (NIV). Esta idea se obtiene de la palabra griega sunalizomenos. Es interesante notar que esta expresión se encuentra sólo una vez en el Nuevo Testamento, por lo tanto debe ser traducida con sumo cuidado. El sentido primario del término griego es “comiendo [sal] con alguien”. Aunque han surgido algunas objeciones a esta forma de traducir la primera parte del versículo, pareciera tener cierto respaldo en las palabras de Pedro: “A éste levantó Dios al tercer día, e hizo que se apareciera. No a todo el pueblo, sino a testigos que Dios había ordenado de antemano, a nosotros que comimos y bebimos con él después que resucitó de los muertos” (10:40–41 VRV). En otras palabras, Jesús comió con sus discípulos como una prueba visible que no era un fantasma sino un ser humano de carne y huesos (véase Lc. 24:36–43). Al comer con sus discípulos, Jesús estaba demostrándoles la realidad de su resurrección.

   “No se vayan de Jerusalén, sino que esperen la promesa de mi Padre”. Esta orden que Jesús dio a sus apóstoles debemos verla a la luz de su contexto histórico. Después de su resurrección, Jesús les dijo que volvieran a Galilea (Mt. 28:10; Mr. 16:7). Ellos obedecieron prontamente por dos razones: Primero, porque podrían ver una vez más a Jesús en Galilea, como les había dicho. Y segundo, porque no tenían ningún deseo de permanecer en Jerusalén, el lugar donde los judíos habían dado muerte a Jesús. Sin embargo, el Domingo de Resurrección Jesús ya les había dicho que, comenzando en Jerusalén, ellos proclamarían arrepentimiento y perdón en su nombre a todas las naciones. Les dijo: “Yo envío sobre vosotros lo que prometió mi Padre; pero permaneced en la ciudad hasta que seáis revestidos de poder desde lo alto” (Lc. 24:49 C.N.T.).

    Durante su ministerio, Jesús enseñó a sus discípulos que su Padre enviaría el Espíritu. En Pentecostés, Pedro declara que el don del Espíritu Santo se origina en el Padre (c.f. 2:33). Jesús señala al Padre y no a sí mismo, porque, como el Espíritu Santo, él ha sido enviado por el Padre. Como portavoz del Padre, Jesús promete el don del Espíritu (Jn. 14:26). 

   Debido a que los discípulos habían estado con Jesús desde su bautismo (c.f. 1:22), conocían las palabras dichas por Juan el Bautista acerca de Jesús. Juan dijo que si bien él bautizaba con agua, Jesús bautizaría con el Espíritu Santo y con fuego (Mt. 3:11; Lc. 3:16). Jesús les recordó a sus discípulos las palabras de Juan: “Porque Juan ciertamente bautizó con agua, mas ustedes serán bautizados con el Espíritu Santo dentro de pocos días”. Más tarde, Pedro repitió esta frase palabra por palabra cuando informó a los judíos cristianos en Jerusalén sobre su visita a la casa de Cornelio (11:16). Fíjese que Jesús no dice que él bautizaría a los apóstoles con el Espíritu; sino que serían bautizados y Dios el Padre es el agente implicado en todo este proceso.

   El tiempo entre la ascensión de Jesús y el derramamiento del Espíritu Santo en Pentecostés es breve, sólo diez días. En las palabras de Jesús, el lapso es de “unos pocos días”. En ese tiempo, los discípulos deben llenar la vacante dejada por Judas Iscariote con una persona que hubiera estado con Jesús desde el tiempo en que el Señor fue bautizado por Juan. La reiterada referencia a Juan el Bautista en este capítulo indica los comienzos de la era del Nuevo Testamento.

La Deidad del Espíritu Santo

  • PRUEBAS

   El hecho de que el Espíritu Santo lleva nombres divinos constituye prueba de su deidad. Dieciséis veces se le relaciona por nombre con las otras dos personas de la Trinidad. Por ejemplo, en 1 Corintios 6: 11 Pablo lo llama «el Espíritu de nuestro Dios». En los textos griegos de Hechos 16:7 se le llama «el Espíritu de Jesús». Además de estos nombres divinos, se le dan títulos que revelan que los diversos aspectos de su ministerio son obras de la deidad. Por ejemplo, en Romanos 8:15 se le llama «el espíritu de adopción»l, lo cual indica que desempeña un papel en la adopción del creyente (cp. Gá. 4:1-5). El Señor Jesucristo describió al Espíritu Santo como «otro Consolador» (Jn. 14:16), título que se refiere a la obra que el mismo Señor venía cumpliendo para con los discípulos hasta ese momento. Estas maneras de designar al Espíritu lo colocan en un pie de igualdad con el Padre y con el Hijo en nombre, poder, y actuación, todo lo cual sólo es posible, si él también pertenece a la deidad. (Tomado del Libro :Un estudio completo de la tercera persona de la Trinidad y su obra en el creyente CHARLES C. RYRIE).

1er Titulo:

El Espiritu Santo. (San Lucas 11:13. Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan?).

Comentario del contexto bíblico:

   Si un hijo le pide pescado a su padre, ¡por cierto que el padre no le dará una serpiente! O si el hijo le pide un huevo, es inconcebible que el padre le dé en cambio un terrible escorpión, con su cola venenosa que pica a su víctima hasta dejarlo inconsciente. Ahora si aun un padre terrenal, aunque malo por naturaleza (Sal. 51:1–5; 130:3; Is. 1:6; Jer. 17:9; Jn. 3:3, 5; Ro.3:10; Ef. 2:1), provee a sus hijos solamente cosas buenas, y no con cosas que pudieran causarles daño, con cuánta mayor razón el Padre celestial—literalmente, el Padre del cielo—que está libre de toda maldad y es, en realidad, la fuente de toda bondad, dará … ¿qué? Aquí la versión de Mateo dice “buenas dádivas”, mientras que Lucas dice “el Espíritu Santo”. Estas dos están en perfecto acuerdo, porque, ¿no es el Espíritu Santo la Fuente misma de todo lo que es bueno? Significativamente tanto Mateo como Lucas terminan la oración con “a los que le piden”, enfatizando nuevamente en forma hermosa el énfasis principal de todo el pasaje, a saber, “Pedid y se os dará … ¡quienquiera que pide, recibe

   Nota: A pesar de que los socinianos, unitarios y modernistas de nuestros días hablan del Espíritu Santo como a un mero poder o influencia divina, la Biblia nos 10 presenta como a una Persona, Juan 14:16, 17, 26; 15:26; 16:7-15; Rom. 8: 26. El Espíritu Santo tiene inteligencia, Juan 14:26, sentimiento, Isaías 63:10; Efesios 4:30, y voluntad, Hechos 16:7; 1 Cor… 12:11. La Escritura nos dice que el Espíritu Santo habla, escudriña, testifica, ordena, disputa e intercede. Además, su Persona nos es presentada como distinta de su poder en Lucas 4: 14; 1: 35; Hechos 10:38; 1 Cor…2:4. La característica esencial del Espíritu Santo es proceder del Padre y del Hijo por espiración. En términos generales la obra del Espíritu Santo es completar las obras de la creación y de la redención, Génesis 1:2; Job 26:13; Lucas 1:35; Juan 3:34; 1 Cor… 12:4-11; Efesios 2:22.

2° Titulo:

El Espíritu de Santidad. (Lectura Romanos 1.4.que fue declarado Hijo de Dios con poder, según el Espíritu de santidad, por la resurrección de entre los muertos).

Comentario del contexto Bíblico:

    Los intérpretes difieren bastante en su explicación de estas líneas. Mi propia interpretación se basa, en gran parte, en mis conclusiones respecto al significado del original.

    Pablo confiesa que Jesús es el Hijo de Dios. Quiere decir que el Salvador era Hijo de Dios completamente aparte de su toma de la forma humana y con anterioridad a ello. El es el Hijo de Dios desde toda la eternidad; por eso él es Dios. Esta confesión concuerda con todo lo que el apóstol dice en otras partes. De allí que en Ro. 9:5, según la que probablemente sea la mejor lectura e interpretación, Pablo llama a Jesús “sobre todo Dios bendito para siempre”. En Tito 2:13 él lo describe como “nuestro gran Dios y Salvador”. El es, en verdad, “Aquel en quien toda la plenitud de la deidad está concentrada” (Col. 2:9). Cf. Fil. 2:6.

   Ahora bien, es este Hijo quien, sin dejar de lado su naturaleza divina, asumió la naturaleza humana. Aunque era rico, por amor a nosotros se hizo pobre, para que por medio de su pobreza nosotros pudiéramos ser ricos (2 Co. 8:9). En la plenitud del tiempo el nació de una mujer (Gá. 4:4). Durante su peregrinación terrena fue de verdad “varón de dolores, experimentado en quebranto” (Is. 53:3). Exactamente de qué modo era posible que la totalmente intacta y gloriosa naturaleza divina del Salvador morara en íntima unión con su naturaleza humana—estando esta última agobiada con la carga de nuestra culpa y todas las inexpresables agonías que esta condición implicaba—, es algo que sobrepasa la comprensión humana.

   Nuestro pasaje nos informa también que en lo referente a su naturaleza humana Jesús “nació del linaje de David”. Esto sucedía en cumplimiento de la promesa frecuentemente repetida. Véase 2 S. 7:12, 13, 16; Sal. 89:3, 4, 19, 24; 132:17; Is. 11:1–5, 10; Jer. 23:5, 6; 30:9; 33:14–16; Ez. 34:23, 24; 37:24; Mt. 1:1; Lc. 1:27, 32, 33, 69; 3:23–31; Jn. 7:42; Hch. 2:30; 2 Ti. 2:8; Ap. 5:5; 22:16. De no haber sido él descendiente de David, no podría haber sido el Mesías, ya que la profecía respecto a él debe cumplirse.

   Su estado de humillación, sin embargo, no podía durar para siempre. Como recompensa por su buena voluntad de soportarla, el fue, por virtud del Espíritu de santidad, designado para ser Hijo de Dios “en poder”, o “investido de poder”.

    En lo que tiene que ver con la “designación” desde la eternidad, efectuada en el tiempo, véanse Sal. 2:7, 8; Hch. 13:33; Heb. 1:5; 5:5. La exaltación de que se habla se efectuó a través de su resurrección de entre los muertos; en otras palabras, su gloriosa resurrección fue el primer paso importante en su trayecto a la gloria. Fue seguida por la ascensión de Cristo, su coronación y el acto de derramar al Espíritu Santo. En la expresión “él fue constituido Hijo de Dios investido de poder”, todo el énfasis recae sobre las palabras escritas en bastardilla. Como ya se ha indicado, él era Hijo de Dios desde toda la eternidad, pero durante el período de su humillación la plenitud de su poder, estaba, por decirlo así, oculta. Por medio de su gloriosa resurrección, su investidura de poder no sólo fue resaltada, sino que también comenzó a resplandecer en toda su gloria. La expresión usada aquí nos recuerda la afirmación de Pedro, hecha en un contexto muy similar, a saber: “Sepa, pues, ciertisimamente toda la casa de Israel que a este Jesús a quien vosotros crucificasteis Dios le ha hecho a él Señor y Cristo” (Hch. 2:36). Esta afirmación no implica que antes de su resurrección Jesús no fuera Señor y Cristo. Significa que el poder, majestad y gloria de su exaltado oficio comenzaba ahora a resplandecer con todo su incrementado brillo.

    Ahora Ro. 1:4 nos informa que esta manifestación de la investidura de poder de Cristo se llevó a cabo por medio del “Espíritu de santidad”. No se debe identificar a este “Espíritu de santidad” con el elemento espiritual de la naturaleza humana de Cristo en contraste con su elemento físico, o con su naturaleza divina en contraste con su naturaleza humana, sino con el Espíritu Santo, la tercera persona de la divina Trinidad.

   Pero aunque la tercera persona es diferente de la segunda, ambos, el Espíritu Santo y Cristo, están relacionados de la manera más íntima. El Dr. H. Bavink dice:

   “Por cierto, el Espíritu de santidad ya moraba en Cristo antes de su resurrección; de hecho, desde el momento mismo de su concepción, ya que él fue concebido del Espíritu Santo (Lc. 1:35), fue lleno del Espíritu Santo (Lc. 4:1), le recibió sin medida (Jn. 3:34) … Pero esta gloria que Cristo poseía internamente no podía revelarse exteriormente. El era carne, y debido a la debilidad de la carne él fue matado en la cruz (2 Co. 13:4). Pero en la muerte él puso de lado esta debilidad y cortó toda conexión con el pecado y la muerte. Dios, quien por amor a nosotros entregó a la muerte a su propio Hijo, también lo resucitó de entre los muertos, y lo hizo a través de su Espíritu, quien, como Espíritu de santidad, mora en Cristo y en todos los creyentes (Ro. 8:11). El lo resucitó para que de ese momento en adelante él ya no viviese en la debilidad de la carne sino en el poder del Espíritu”.

    Fue debido a este gran poder que el exaltado Salvador divino-humano desde su trono celestial derramó el Espíritu sobre su iglesia, impartiendo fuerza, convicción, valor e iluminación a que previamente habían sido muy débiles. Fue también esta energía la que lo capacitó para lograr conversiones de a miles, de manera tal que aun según el testimonio de los enemigos “el mundo estaba siendo trastornado” (Hch. 17:6). Además, fue como resultado del ejercicio de esta poderosa influencia que la barrera entre judío y gentil, un muro tan formidable que debe haber parecido imposible quitarlo, fue efectivamente destruido. Y fue debido a esta fuerza que el glorioso evangelio del Salvador resucitado y exaltado comenzó a penetrar cada esfera de la vida y continúa haciéndolo hoy.

    La obra de impartir vida le es atribuida generalmente al Espíritu Santo:

Envías tu Espíritu, son creados,

Y la faz de la tierra renuevas.

Para siempre sea la gloria al Señor,

Que todas sus obras canten su loor.

Véase Sal. 104:30, 31

     Pues bien, si la obra de impartir vida se le atribuye al Espíritu Santo, ¿no es lógico que aquí en Ro. 1:4 se le atribuya también a él la renovación de la vida—la resurrección de Cristo?

    Pablo concluye este sumario de nombres de Aquel que es corazón y centro del “evangelio de Dios” (v. 1) añadiendo: “Jesucristo nuestro Señor”. Este muy significativo título demuestra lo que Aquel a quien se describe significa para el apóstol: en realidad, para la iglesia en general y para la de Roma en particular. Nótese: “De Dios Hijo” (vv. 3, 4a) “… nuestro Señor” (v. 4b). Obsérvese también la combinación del nombre personal, Jesus = Salvador, con el nombre oficial Cristo = el Ungido. La adoración: Señor (Dueño, Gobernante, Proveedor) es colocada a la par con la apropiación: nuestro Señor. Es por medio de “Jesucristo nuestro Señor” que el verdadero evangelio llega a su culminación. Aparte de él la salvación es imposible. Con él como nuestro soberano gozosamente reconocido, objeto de nuestra confianza y amor, la condenación es impensable. Véase Ro. 8:1. Habiéndose presentado en el versículo 1, Pablo añade ahora más información sobre sí mismo; más precisamente sobre sí mismo en relación con “Jesucristo nuestro Señor”, de quien había recibido su importante comisión:

3er Titulo:

El Espíritu Santo de la Promesas. (Efesios 1:13. En él también vosotros, habiendo oído la palabra de verdad, el evangelio de vuestra salvación, y habiendo creído en él, fuisteis sellados con el Espíritu Santo de la promesa, ).

Comentarios del contexto Bíblico:

    A medida que el punto de interés cambia una vez más, en este caso desde el Hijo (“Cristo”, mencionado al final del v. 12) hacia el Espíritu Santo, hallamos una transición gradual nuevamente y no un cambio abrupto (cf. el principio del v. 7, en el cual hay una transición gradual del Padre hacia el Hijo). Pablo escribe, en quien vosotros también (estáis incluidos), habiendo escuchado el mensaje de la verdad, el evangelio de vuestra Salvación. Los efesios no deben abrigar dudas acerca de su inclusión en Cristo y de los beneficios subsecuentes. Han oído, han escuchado atentamente el mensaje de la verdad. ¿Acaso no lo dice Lucas, “todos los que habitaban en la provincia de Asia oyeron la palabra del Señor, así judíos como griegos”? (Hch. 19:10). Tal oír era necesario a fin de que pudiesen ser salvos por medio de la fe. La respuesta adecuada para aquellos que piensan que los que deben ser considerados como el objeto (o más bien, objetos potenciales) de la actividad misionera pueden ser salvos sin oír el evangelio es, “¿cómo creerán en aquel de quien no han oído hablar?” (Ro. 10:14; cf. Mt. 1:21; Jn. 14:6; Hch. 4:12). Por supuesto, existe una diferencia en cómo es el oír del hombre. Algunos oyen y como resultado de esto quedan endurecidos al evangelio. Así como un hombre puede ensordecerse a causa de un intenso y sostenido martillar, así también hay oidores del evangelio que pueden tornarse totalmente inmunes a la predicación de la verdad. (“Y le oí como una matraca, como si fuese el sonido de un reloj despertador funcionando sobre mi cabeza”). Además, para algunos la proclamación del evangelio suena como canción de amores tocada y cantada maravillosamente (Ez. 33:32). La oyen pero sin tomarla en serio (Mr. 4:24; Lc. 8:18). Cristo dijo a los que acudían a él que habían de ser cuidadosos en cuanto a còmo oían. Por medio de inolvidables parábolas enfatizó esta enseñanza (Mt. 7:24–27; 13:1–9, 18–23).

   Cristo, no obstante, enfatizó además que el hombre debe ser cuidadoso en cuanto a lo que oye. Los efesios habían escuchado atentamente “el mensaje de la verdad”. Había muchos errores en el mundo pagano de aquellos tiempos, muchos falsos evangelios (Col. 1:23; 2:4, 8; cf. Gá. 1:6–9). Los efesios, en general, los habían dejado al lado o rechazado. Deseaban oír solamente lo mejor. Se le llama el mensaje de la verdad porque revela la verdadera condición del hombre, proclama y defiende la única forma de escapar, y amonesta a los pecadores que ya han sido salvos para que demuestren gratitud verdadera en todos los aspectos de sus vidas. Es, por tanto, “el evangelio de vuestra salvación”, no en el sentido de que en y por sí mismo salva a cualquiera, sino que cuando es aceptado con fe verdadera en Cristo, sus buenas nuevas de gran gozo llegan a ser “poder de Dios para salvación” (Ro. 1:16). Los efesios habían mostrado esta verdadera fe, porque Pablo prosigue: y habiendo también creído en él

… Habían entregado sus vidas a su Señor y puesto su confianza en él. Cuanto más le conocían tanto más era la confianza que adquirían en él. De ahí que Pablo dice: fuisteis sellados con el Espíritu Santo de la promesa. Un sello—en la antigüedad, no se estampaba sino que se fijaba o ataba el sello a un objeto—se usaba para:

  1. garantizar el carácter auténtico de un documento, etc., (Es. 3:12, o, hablando figurativamente, de una persona (1 Co. 9:2);
  2. indicar posesión (Cnt. 8:6); y/o c. asegurar o proteger de daño e intrusión (Mt. 27:66; Ap.5:1). El contexto parecía indicar que la primera de las tres ideas (véase el v. 14), es decir, la autenticación o certificación, es lo básico en el presente pasaje. El Espíritu había dado testimonio a sus corazones de que eran hijos de Dios (Ro. 8:16; 1 Jn. 3:24), “y si hijos, también herederos; herederos de Dios, y coherederos con Cristo” (Ro. 8:17), personas a quienes nada puede dañar y para quienes “todas las cosas cooperan juntas para el bien” (Ro. 8:28). De inmediato salta a la vista el hecho de que en tales casos los tres propósitos ya mencionados con respecto al uso de un sello se combinan: autenticación implica posesión y protección.

   Si nos hacemos una pregunta tan práctica como esta, “¿En qué forma los efesios—o cualquier otro creyente—hacen suyo aquel sello, o aquella interna seguridad?”, la respuesta es: no sola y principalmente como consecuencia de una agonizante auto-investigación interna para cerciorarse de si las “marcas” que corresponden al que ha sido elegido se hallan presentes o no, sino más bien por medio de una viva fe en el Dios trino, según fue revelado en Cristo, fe que “obra por medio del amor” (Gá. 5:6). El hecho de que los lectores no lo hubiesen recibido realmente en otra forma es algo que el apóstol hace notar inmediatamente (Ef. 1:15).

   Al Espíritu por el cual se les otorgó este sello se le menciona aquí con su nombre completo “El Espíritu Santo”, para indicar que no sólo es santo en sí mismo sino que también es la fuente de santidad para los creyentes, santidad que en el caso de los efesios se estaba expresando no sólo por su disposición interna sino también por medio de sus palabras y hechos de amor. Aun más, a la tercera persona de la Trinidad se la llama aquí “El Espíritu Santo de la promesa”, es decir, el Espíritu Santo prometido, o bien, aquel que fue otorgado en conformidad a las divinas promesas (Jn. 14:16, 17; 15:26; 16:13; Hch. 1:4). Al pensar en el hecho mismo de cómo en su venida y obra las promesas divinas fueron cumplidas gloriosamente, ¿no es acaso para nosotros señal inequívoca de que también las promesas de futuras bendiciones para los creyentes lograrán también el gozoso cumplimiento? Es en esta línea de pensamiento que el apóstol prosigue diciendo,

“Texto: San Mateo 3:11. Yo a la verdad os bautizo en agua para arrepentimiento; pero el que viene tras mí, cuyo calzado yo no soy digno de llevar, es más poderoso que yo; él os bautizará en Espíritu Santo y fuego”.

Comentario del texto:

    Volviéndose ahora a toda la multitud, Juan prosigue: 11. Yo os bautizo con agua para conversión. Pero, esta frase “para conversión”, ¿no es una contradicción de la idea que un hombre debe ya haberse convertido antes de ser bautizado, verdad claramente implícita en los vv. 6–10? Respuesta: No del todo, porque por medio del bautismo se estimula y acrecienta poderosamente la verdadera conversión. La persona que recibe el bautismo de una manera correcta—esto es, con una promesa a Dios procedente de una clara conciencia (1 P. 3:21)—comprendiendo el significado del signo y sello externo, se rendirá con gratitud a Dios con todo su corazón. Además, ¿cómo podría tener un efecto diferente la reflexión sobre la gracia de Dios que adopta, perdona y purifica, simbolizada por el signo y sello del bautismo? Para tal persona el signo y sello externo aplicado al cuerpo, y la gracia interior aplicada al corazón, van juntos. Entre los pasajes bíblicos que prueban este punto están: “Esparciré sobre vosotros agua limpia y seréis limpiados … os daré corazón nuevo y pondré espíritu nuevo dentro de vosotros” (Ez. 36:25, 26); “Acerquémonos con corazón sincero, en plena certidumbre de fe, purificados los corazones de mala conciencia, y lavados los cuerpos con agua limpia” (Heb. 10:22). Este aspecto doble de la conversión: a. como ya presente antes del bautismo mismo, y b.como aumentada por medio de él, también se expresa en forma hermosa en varios formularios para el bautismo de adultos, de uno de los cuales citamos las siguientes palabras:

   “(El bautismo) llega a ser un medio efectivo de salvación, no por alguna virtud que haya en él o en aquel que lo administra, sino solamente por la bendición de Cristo, y la obra del Espíritu en aquellos que por la fe lo reciben” (Constitución de la Iglesia Presbiteriana en los Estados Unidos de América, Filadelfia, 1941, p. 448). Sin embargo, en último análisis este rico resultado no lo efectúa la persona que administra el rito del bautismo, ni aun cuando el nombre de la persona es Juan el Bautista. Todo lo que Juan puede hacer es exhortar a sus oyentes mostrándoles su necesidad de conversión. En cuanto al bautismo, él puede proporcionar el signo, pero se necesita Uno más poderoso que Juan para proporcionar la cosa significada. Por eso, después de decir, “yo os bautizo con agua para conversión”, Juan continúa: pero el que viene tras mí es más poderoso que yo—no soy digno de quitarle las sandalias—; él os bautizará con el Espíritu Santo y con fuego. Fue necesario que Juan trazara este contraste porque la gente ya estaba comenzando a preguntarse si quizás no sería él mismo el Cristo (Lc. 3:15; cf. Jn. 1:19, 20; 3:25–36). Por lo tanto, el Bautista está diciendo que el contraste entre él y quien cronológicamente venía tras él era tan grande, que él, Juan, ni siquiera era digno de desatarle (esto solamente en Mr. 1:7 y Lc. 3:16), quitar y llevar las sandalias de su sucesor; esto es, que para uno tan grande él ni siquiera era digno de prestar los servicios de un esclavo. Es verdad que en el camino de la vida, no solamente en su nacimiento, sino también en el principio de su ministerio público, Jesús había venido tras Juan (Lc. 1:26, 36; 3:23). Pero entre Cristo y el Bautista había una diferencia cualitativa como la que existe entre el infinito y finito, lo eterno y lo temporal, la luz original del sol y la luz reflejada de la luna (Jn.1:15–17).

   Juan bautiza con agua; Jesús bautizará con el Espíritu. El hará que su Espíritu y los dones de éste vengan sobre sus seguidores (Hch. 1:8), sean derramados sobre ellos (Hch. 2:17, 33), caigan sobre ellos (Hch. 10:44; 11:15).

   Ahora bien, es verdad que cuando quiera que una persona es conducida de las tinieblas hacia la luz maravillosa de Dios, está siendo bautizada con el Espíritu Santo y con fuego. Así Calvino, al comentar Mt. 3:11, hace notar que Cristo es quien otorga el Espíritu de regeneración, y que, como el fuego, este Espíritu nos purifica quitando nuestra inmundicia. Sin embargo, según las propias palabras de Cristo (Hch. 1:5, 8), recordadas por Pedro (Hch.11:16), en un sentido especial esta predicción se cumplió en Pentecostés y con la era que introdujo. Fue entonces que, por la venida del Espíritu, las mentes de los seguidores de Cristo fueron enriquecidas con una iluminación sin precedentes (1 Jn. 2:20); sus voluntades se fortalecieron, como nunca antes, con contagiosa animación (Hch. 4:13, 19, 20, 33; 5:29); y sus corazones estaban inundados con cálido afecto en un grado hasta ahora desconocido (Hch. 2:44–47; 3:6; 4:32). La mención del fuego (“El os bautizará con el Espíritu Santo y con fuego”) armoniza con su aplicación a Pentecostés, cuando “aparecieron lenguas repartidas como de fuego, que se posaron sobre cado uno” (Hch. 2:3). La llama ilumina. El fuego purifica. El Espíritu hace ambas cosas. Sin embargo, parecería por el contexto (antes y después; véanse vv. 10 y 12) y por la profecía de Joel respecto de Pentecostés (Jl. 2:30; cf. Hch. 2:19), considerada en su contexto (véase Jl. 2:31), que el cumplimiento final de las palabras del Bautista espera hasta la segunda venida gloriosa de Cristo para purificar la tierra con fuego (2 P. 3:7, 12; cf. Mal. 3:2; 2 Ts. 1:8).

   Con frecuencia en las Escrituras el fuego simboliza la ira. Pero el fuego también indica la obra de gracia (Is. 6:6, 7; Zac. 13:9; Mal. 3:3; 1 P. 1:7). Por lo tanto, no es extraño que esta expresión pueda ser usada en un sentido favorable para indicar las bendiciones de Pentecostés y de la nueva dispensación, y en un sentido desfavorable para indicar los terrores del futuro día del juicio. Es Cristo quien purifica al justo y limpia la tierra de la paja, los impíos. Además, si los profetas del Antiguo Testamento, como se mostrará (p. 488), por medio del escorzo profético combinan acontecimientos que corresponden a la primera venida de Cristo (tomada en su sentido completo, incluyendo Pentecostés) con los de la segunda, ¿por qué no se puede atribuir el mismo rasgo también al estilo de Juan el Bautista, que en muchas maneras se parecía a estos profetas? Por lo tanto, es claro que es fuerte el argumento en favor de la interpretación según la cual la palabra fuego aquí en 3:11 se refiere tanto a Pentecostés como al juicio final. (COMENTARIO AL NUEVO TESTAMENTO por WILLIAM HENDRIKSEN; Exposición del Evangelio según San Mateo).

 

 

AMÉN,  A DIOS SEA LA GLORIA.

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Hno Roberto Saldías Roa

Miembro de la IEP en Nacimiento Bajo, nació en el evangelio del Señor en la Iglesia de Laja 1975. Casado con María Nahuelmán, estudia teología de manera autodidacta. Me gusta mucho leer y escribir.