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Semana del 22 al 28 de octubre de 2018 “El Espíritu Santo En Las Escrituras”

Semana del 22 al 28 de octubre de 2018 “El Espíritu Santo En Las Escrituras”

  Lectura bíblica: 2ª Timoteo Cap. 3, versículos 14 al 17.  Pero persiste tú en lo que has aprendido y te persuadiste, sabiendo de quién has aprendido; y que desde la niñez has sabido las Sagradas Escrituras, las cuales te pueden hacer sabio para la salvación por la fe que es en Cristo Jesús. Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra.

Texto: 2ª de Samuel Cap. 23, versículo 2. El espíritu de Jehová ha hablado por mí, Y su palabra ha sido en mi lengua.

Comentario general de: El Espíritu Santo con relación a la revelación y la inspiración

EL SIGNIFICADO DE LOS TÉRMINOS

   Básicamente “revelación” significa la declaración o el dar a conocer aquello que hasta ese momento era desconocido. En relación con el material registrado en la Biblia, significa declarar o dar a conocer a Dios, ya que aparte de dicha revelación Dios era un ser desconocido para el hombre. La revelación se refiere al material que se da a conocer, y no al modo en que se da a conocer o al producto resultante.

   Por otro lado, la palabra inspiración, cuando tiene su sentido teológico, se refiere al producto resultante o sea la Biblia. El significado común de la palabra, sin embargo, es llenar o soplar. Generalmente comprende la idea de una influencia externa. El vocablo griego theopneustos, que aparece en 2 Timoteo 3:16, significa simplemente soplado por Dios, es decir, hace referencia a la procedencia del soplo, pero no necesariamente al destino del mismo. En este sentido el concepto se expresaría mejor con la palaba “espiración” más bien que con el vocablo “inspiración”. El versículo dice sencillamente que la Escritura es producto de Dios, sin hacer mención de los medios de que puede haberse valido Dios para producirla.

   La inspiración bíblica se puede definir como el acto de Dios de dirigir a los autores humanos de modo que, valiéndose de su propia personalidad individual, compusiesen y registrasen sin error la revelación divina destinada al hombre en las palabras de los manuscritos originales. Dios dirigía, pero no dictaba. Se valió de autores humanos y en consecuencia también de sus estilos individuales. El resultado de esta combinación de paternidad humana y divina fue la producción de manuscritos originales sin error alguno.

   Este concepto de la inspiración da lugar a varias ideas que se desprenden del mismo.

  1. Si la Biblia ha sido inspirada del modo descrito, tiene que ser enteramente fidedigna. La infalibilidad y un elevado concepto de la inspiración son inseparables. Y la Biblia reclama esto respecto de sí misma (Mt. 5:17; Gá. 3:16).
  2. Por lo tanto, la Biblia ha de tener autoridad, porque la infalibilidad trae aparejada la autoridad absoluta.
  3. Un registro inspirado de esta manera tiene que haberlo sido en palabras y no simplemente en pensamientos, por cuanto no puede haber comunicación genuina y precisa del pensamiento si no es por medio de palabras. El pensamiento sin palabras no es expresable, y la expresión precisa de pensamientos sólo puede lograrse empleando palabras precisas.

   Desde luego que no toda la revelación de Dios está contenida en la Biblia. Dios se reveló al hombre mediante los mensajes orales de los profetas; también se ha revelado en cierta medida en la naturaleza; y ha sido plenamente revelado en Cristo. Pero la revelación tiene que ver invariablemente con el material que Dios ha usado para revelarse, mientras que la inspiración tiene que ver con el método por el cual se ha registrado el material que contiene la Biblia. Por otra parte, la iluminación se refiere a la comprensión del significado de la revelación de Dios, sea ella oral o escrita.

EL AUTOR Y LOS MEDIOS DE LA REVELACIÓN

   El instrumento humano principal de la revelación en el Antiguo Testamento era el profeta. Aun cuando el profeta no fue el único medio de expresión de la revelación (p. ej., Eva, Caín, Agar fueron vehículos de la revelación), nadie podía considerarse verdadero profeta a menos que hubiese recibido alguna revelación. En la época del Nuevo Testamento los apóstoles y las personas íntimamente vinculadas a ellos fueron los principales agentes humanos de la revelación.

   No obstante, en el trasfondo de los instrumentos humanos estaba el autor de la revelación, el Espíritu Santo. Pedro, refiriéndose a la profecía del Antiguo Testamento, declaró que “los santos hombres de Dios hablaron siendo inspirados por el Espíritu Santo” (2 P. 1 :21 ). Los agentes eran hombres; la fuente era Dios; y el autor que inspiraba e impulsaba a los instrumentos humanos era el Espíritu Santo.

   Esta declaración de Pedro tan completa recibe apoyo de muchos ejemplos diseminados en la Biblia. Los profetas del Antiguo Testamento declaran que hablaban por medio del Espíritu (2 S. 23:2; Ez. 2:2; Miq. 3:8). Además, el Nuevo Testamento atribuye muchas de las Escrituras del Antiguo Testamento al Espíritu (Mt. 22:43; Hch. 1:16; 4:25). En base a tales referencias podemos afirmar sin temor a equivocarnos que el Espíritu Santo tuvo mucho que ver con la proclamación de la revelación de Dios.

Los medios de la revelación son variados.

  1. Hubo revelación por medio de la palabra hablada. En muchas ocasiones dicha palabra fue expresada en forma oral y directa por Dios (Ex. 19:9; 1 S. 3: 1-14), mientras que en otros casos fueron mensajes directos al corazón y la mente del profeta, quien luego los transmitía al pueblo. La voz directa de Dios en las ocasiones mencionadas constituye una vívida advertencia de que la revelación es específica, clara, y en palabras. Por pasajes tales como Hechos 28:25 en comparación con Isaías 6:9-10, resulta evidente que el Espíritu Santo es la persona de la Trinidad

que tenía la misión de dar a conocer la revelación de Dios en palabras.

  1. Hubo revelación por medio de sueños. Este medio tuvo expresión muchas veces en los primeros tiempos (Gn. 20, 31, 37, 40-41) y se volverá a usar en el futuro (Joel 2:28-29). En general no fue el método empleado para la revelación a los profetas, pero con frecuencia se usó en relación con los paganos.
  2. Hubo revelación por medio de visiones. En la visión el agente humano tenía una participación más activa que en el sueño. El estar dormido no parecía ser tan necesario para recibir una visión como lo era en el caso del sueño (Gn. 15:1; 46:2; Is. 1:1; 6:1; Ez. 1:3). Y, sin embargo, el receptor de la visión no se encontraba simplemente despierto como de costumbre, sino que su alma y sus sentidos parecían encontrarse en algún estado más elevado.
  3. Hubo revelación por medio del ministerio del Espíritu a los escritores del Nuevo Testamento. Antes de que el Señor Jesús abandonase la tierra, prometió que el Espíritu habría de ayudar a los discípulos a recordar las cosas que él les había enseñado (Jn. 14:26).
  4. Hubo revelación por medio de la persona y el ministerio de Cristo. Esta vía de revelación no tenía conexión con la obra del Espíritu, excepto en la medida en que éste estaba involucrado en la vida de Cristo.

EL AUTOR DE LA INSPIRACIÓN

   Si bien las Escrituras tienen su origen en el soplo de Dios (2 Ti. 3:16), la persona de la Deidad que guió a los autores humanos fue el Espíritu Santo. El resultado de esta operación divino humana fue el texto inspirado de la Biblia. El hecho de que el Espíritu fue el agente específicamente destinado a llevar a cabo la obra de la inspiración de los escritores bíblicos se puede demostrar mediante las siguientes consideraciones:

  1. En el Antiguo Testamento hay testigos del hecho de que el Espíritu hablaba por medio de sus escritores (2 S. 23:2-3). Esta referencia específica al Espíritu se ve reforzada por las muchas referencias al hecho de que el Señor hablaba por medio de los hombres. En todas partes en las páginas del Antiguo Testamento resuena la expresión: “Así dice Jehová”.
  2. El Nuevo Testamento atribuye al Espíritu Santo citas tomadas del Antiguo Testamento. Cristo, en su discusión con los fariseos, citó el Salmo 110, que fue escrito por David, y le atribuyó origen divino por el Espíritu Santo. Cristo dijo: “El mismo David dijo por el Espíritu Santo: Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a mi diestra, hasta que ponga tus enemigos por estrado de tus pies” (Mr. 12:36). En conexión con el reemplazo de Judas, Pedro, citando el Salmo 41, lo atribuyó a la obra del Espíritu (Hch. 1: 16). Lo mismo ocurrió con el Salmo 2 cuando Pedro dirigió al grupo en la oración que se conserva en Hechos 4:24-25. Pablo también citaba el Antiguo Testamento y daba como autor al Espíritu Santo (Hch. 28:25; cp. ls. 6:9-10). El escritor de la carta a los Hebreos hizo lo mismo por lo menos en dos lugares de su epístola (He. 3:7; 10:15-16).
  3. La promesa de Cristo indicaba que sería tarea del Espíritu proporcionar un relato verídico de los acontecimientos de su vida (Jn. 14:26).

LA NATURALEZA DE LOS MATERIALES DEL ANTIGUO TESTAMENTO INCLUIDOS EN LA INSPIRACIÓN

   La inspiración plenaria significa, naturalmente, que la totalidad del libro es inspirada. Con todo, se incluyen en él diversos tipos de materiales.

  1. Se relatan acontecimientos del pasado desconocido. Al garantizar la veracidad y la exactitud de los datos del pasado desconocido, la inspiración guio en la escritura de lo que se dio a conocer a los autores por revelación. Incluso en caso de que se usaran documentos en la compilación final de los libros, la inspiración tenía la misión de fiscalizar lo que se tomaba de los documentos existentes. Con todo, es probable que la revelación de los acontecimientos relativos al pasado desconocido se hizo fundamentalmente mediante la revelación directa.
  2. Se relatan acontecimientos históricos. Buena parte del Antiguo Testamento y de los Evangelios entra en esta categoría. Aquí también la inspiración garantiza la exactitud de lo que se registra, y guío en la elección de los materiales. Además, aunque se emplearan documentos, no por ello dejaba de ser necesaria la intervención del Espíritu Santo (cp. Le. 1:1-4).
  3. Se registran cosas que fueron dictadas. Los diez mandamientos, por ejemplo, fueron dictados por Dios y Moisés se limitó a transcribirlos. Es natural que en las partes dictadas las características individuales de los escritores sean menos evidentes. Debe tenerse muy en cuenta que una proporción relativamente pequeña de la Biblia entra en la categoría de material dictado. La doctrina de la inspiración verbal y plenaria no es lo mismo que la teoría del dictado.
  4. Se registran mensajes proféticos. Aquí se incluyen tanto las profecías sobre asuntos del momento histórico como también la predicción de acontecimientos futuros. En relación con esto último, el profeta no siempre entendía lo que estaba escribiendo, pero de todos modos su exactitud la garantizaba la obra de inspiración del Espíritu Santo (cp. 1 P. 1:10-11; 2 P. 1:21). La exactitud y veracidad de muchas de las profecías con sentido futuro -particularmente las del Antiguo Testamento- pueden confirmarse fácilmente por su cumplimiento posterior.
  5. Se ha conservado literatura devocional. Hay partes de la literatura devocional, incluidas en la Biblia, que plantean un problema con relación a la inspiración. ¿Garantiza la inspiración únicamente la exactitud del registro, o hemos de entender que constituye éste una revelación del pensamiento y la voluntad de Dios? ¿Cómo podemos estar seguros de que la experiencia humana que se relata es válida? La inspiración, desde luego, asegura la veracidad de lo expresado, y en la mayoría de los casos resulta patente que también guío a los autores de modo que se inscribiesen en la Biblia las experiencias que habrían de servir para darnos un cuadro verdadero de Dios y de experiencias válidas de las relaciones del hombre con Dios.

LA INSPIRACIÓN DEL NUEVO TESTAMENTO

La prueba de la inspiración del Nuevo Testamento debe encararse en forma algo distinta de la del Antiguo Testamento. Un versículo como 2 Timoteo 3:16 sin duda incluye todo el Antiguo Testamento, pero no todo el Nuevo, y tal vez nada. No obstante, la inspiración del Nuevo Testamento se comprueba de

la siguiente manera:

  1. Es autenticada por Cristo. El Señor colocó el ministerio profético oral de los que proclamaran el mensaje en su nombre en un plano de igual autoridad consigo mismo. El mensaje de los setenta y de los doce (cuando primero fueron comisionados) recibió dicha autenticación (Le. 10:16; Mt. 10:14). Igualmente, los discípulos recibieron seguridades en cuanto a su autoridad en el mismo sentido en el aposento alto, poco antes de la muerte de Cristo (Jn. 13:20). Más aún, en la misma ocasión, se les prometió que el Espíritu Santo los ayudaría a recordar después de su muerte las cosas que Cristo les había enseñado (Jn. 14:26). Esa gran promesa constituye una preautenticación de lo que más tarde estos mismos discípulos habrían de escribir en los libros del Nuevo Testamento. Dicha promesa fue ampliada de modo que incluyese no solamente las cosas que Cristo les había

enseñado personalmente mientras estaba con ellos, sino también todo lo que habría de revelarlas posteriormente después de su resurrección y la venida del Espíritu en el día de Pentecostés (Jn. 16:14). Estos dos versículos tomados conjuntamente (Jn. 14:26 y 16: 14) incluyeron todo lo que se escribió posteriormente en el Nuevo Testamento con su autoridad y su autenticación.

  1. La afirman los escritores del Nuevo Testamento. Los escritores neotestamentarios eran conscientes de la autoridad con que escribían. Parecían darse cuenta de que, al escribir, estaban agregándole al conjunto de las Escrituras y que el contenido de sus escritos tenía igual autoridad. Por ejemplo, después de haber escrito Pablo a la Iglesia de Corinto para corregir ciertos errores, declaró: “Si alguno se cree profeta, o espiritual, reconozca que lo que os escribo son mandamientos del Señor” (1 Co. 14:37). Al corregir la holgazanería entre los tesalonicenses dijo: “Si alguno no obedece a lo que decimos por medio de esta carta, a ése señaladlo, y no os juntéis con él, para que se avergüence” (2 Ts. 3: 14). (Véase también Gal :7-8 y 2 Ts. 4:2, 15.)
  2. La atestiguan los apóstoles con respecto a los escritos de sus colegas. No sólo tenían consciencia los escritores del Nuevo Testamento de la operación de la obra del Espíritu en la inspiración de sus propios escritos, sino que atestiguaban lo mismo con respecto a los demás. Pablo, para demostrar una cuestión relativa a los ancianos, citó Deuteronomio 25:4 y Lucas 10:7 en 1 Timoteo 5:18. A ambas citas las denominó “Escritura”. Pedro dio testimonio del carácter inspirado de los escritos de Pablo, llamándolos “Escrituras” (2 P. 3: 16). Esto lo hizo a pesar del hecho de que tuvo que confesar su propia incapacidad para entender plenamente esos inspirados escritos paulinos.
  1. La da por supuesto el Espíritu Santo por su manera de citar el Antiguo Testamento. Lo que generalmente se considera un problema es en realidad una prueba de la inspiración del Nuevo Testamento. Por una parte, las fórmulas con las que los escritores neotestamentarios presentan las citas comúnmente hacen referencia a Dios como su autor. Esto es así aun en el caso de citas que no se dice que constituyen dichos de Dios en el Antiguo Testamento, sino palabras de las Escrituras (cp. Mt. 19:4-5; Hch. 4:25; 13:35; He. 1 :5-8; 3:7; 4:4). Y sólo se explica si el escritor trata a todas las Escrituras como declaración de Dios.

   Por otra parte, a veces las citas del Antiguo Testamento se personifican, de modo que las acciones de Dios se atribuyen a las Escrituras (cp. Ro. 9:17; Gá. 3:8). Esto sólo puede ocurrir si, en su mente, el escritor habitualmente identifica el texto de las Escrituras con la Voz de Dios. Además, el uso de los términos ley y profetas en referencias que pertenecen a secciones del canon hebreo que no corresponden ni a la ley ni a los profetas, constituye evidencia de que se consideraba que todo el Antiguo Testamento tenía la misma autoridad y valor.

   Finalmente, se puede demostrar que los escritores del Nuevo Testamento citaban al Antiguo Testamento de un modo que reflejaba la alta estima en que tenían a los textos que utilizaban. Esto suponía traducir las citas del texto hebreo al griego, y ninguna traducción es tan exacta como el original. Cuando se valían de la versión griega denominada “Septuaginta”, a menudo era porque lo que querían demostrar se reflejaba con más claridad en dicha versión. El descubrimiento de los rollos del Mar Muerto hace ver la posibilidad de que ocasionalmente la Septuaginta represente un original hebreo más fiel. En tales casos, por lo tanto, se justificaba citar de la Septuaginta antes que del texto masorético.

   El hecho de que frecuentemente los pasajes del Antiguo Testamento eran parafraseados no presenta ningún problema. Los escritores tenían la mente llena de las Escrituras, y en estos tiempos no tenían comillas para indicar las citas en los escritos. La inspiración verbal asegura que en tales casos las palabras empleadas en las paráfrasis eran exactamente las que Dios quería que se usaran para transmitir su mensaje. En algunos casos las paráfrasis o los resúmenes eran preferibles, para no tener que hacer citas largas. En todos estos métodos, sin embargo, es el Espíritu Santo, quien, en última instancia, es el autor que, valiéndose de instrumentos humanos, dirige los escritos a fin de que todo el mensaje de Dios a los hombres sea conservado. Y el hecho de que el Espíritu se valió de citas libres, y hasta de citas tomadas de traducciones (LXX), sólo puede tener sentido si dicho Espíritu es el autor de ambos testamentos.

  1. Fue aceptada por la iglesia primitiva. El hecho de que el canon del Nuevo Testamento fue aceptado por la iglesia, porque se reconocía la autoridad apostólica de los libros individuales, constituye otro testimonio de la inspiración de dichos libros. Si bien no hubo acuerdo universal de inmediato, ya para el año 397 d.C. se había llegado a un acuerdo pleno. En efecto, la cuestión de la canonicidad del Nuevo Testamento no ha ocasionado ningún problema en la iglesia desde ese momento.

   Cierto es que estos principios generales no tratan ejemplos concretos y pueden no resolver todos los problemas (aunque probablemente proporcionan alguna solución a todo problema que pueda plantearse). No es necesario que el creyente abandone sus hábitos de investigación para poder aceptar la inspiración verbal y plenaria. Pero al realizar sus investigaciones conviene que tenga presente las palabras de Warfield: “Todo pasaje no armonizado permanece como un caso de difícil armonización y no pasa a la categoría de objeción a la inspiración plenaria. Puede pasar a la categoría de las objeciones sólo si estamos dispuestos a afirmar que estamos perfectamente seguros de que es, bajo cualquier hipótesis concebible en cuanto a su significado, claramente incompatible con la doctrina bíblica de la inspiración. En ese caso sin duda nos veríamos obligados a abandonar la doctrina bíblica de la inspiración; pero al hacerlo también tendríamos que abandonar toda confianza en los escritores bíblicos como maestros de doctrina. “

Desarrollo de los versículos 14, 15. Sin embargo, debes continuar en las cosas que has aprendido y de las cuales te has convencido.

   Tú (nótese la posición enfática en el original, al principio mismo de la oración, como en el v. 10) debes seguir un camino que es el opuesto al que siguen los falsos maestros y sus adherentes. Entonces, Timoteo es amonestado a continuar o permanecer en “las cosas” (las doctrinas basadas en las Sagradas Escrituras, véase vv. 15, 16) que ha aprendido y de las que se ha convencido. ¿Cuándo las aprendió? Y ¿cuándo se convenció de ellas? El tiempo usado en el original no lo especifica. Sencillamente declara el hecho histórico de que Timoteo había aprendido y se había convencido. Por el contexto (v. 15) deducimos que los dos hechos (aprender y convencerse) habían comenzado a producirse a muy temprana edad, en la niñez. Es natural suponer que habían continuado hasta este mismo momento en que Pablo lo amonesta a permanecer en estas cosas. Lo aprendido ha aumentado con los años y se ha profundizado la convicción.

   Nótese que aprender no basta. Lo aprendido debe ser aplicado al corazón por el Espíritu Santo, para que uno también llegue a estar convencido, con una convicción que transforma la vida.

   Según la construcción gramatical más natural, Pablo declara dos razones por las que Timoteo debe perseverar en las cosas que ha aprendido y de las cuales ha quedado convencido. En realidad, las dos razones son solamente una, porque el testimonio de seres humanos respecto de los asuntos de fe nada significan aparte de la Palabra; sin embargo, puesto que agradó a Dios dar a entender a la mente y al corazón de Timoteo el mensaje de la Palabra por medio de piadosos individuos humanos, es completamente adecuado hablar de dos razones:

  1. El carácter digno de confianza de quienes habían instruido a Timoteo en estas doctrinas (vv. 14b); y
  2. La superior excelencia de las Sagradas Escrituras sobre las cuales están basadas estas doctrinas (v. 15).

   La primera razón la expresa en estas palabras: sabiendo de quién (las) has aprendido. Timoteo no debe olvidar jamás que había aprendido estas cosas de una persona que era nada menos que Pablo mismo (véase vv. 10 y 11) y, retrocediendo en el tiempo, de aquellas dos apreciadas dignidades: la abuela Loida y la madre Eunice (2 Ti. 1:5), mujeres que, antes de su conversión a la fe cristiana, habían instruido al pequeño Timoteo en “las sagradas escrituras”, y que, luego de haber recibido a Jesús como su Salvador y Señor, habían sido usadas como instrumentos en las manos de Dios para cooperar con Pablo en la importante tarea de llevar al joven a ver en Cristo el cumplimiento de las promesas del Antiguo Testamento.

   Es claro que Pablo, Loida, Eunice y otros que pudieran haber alimentado a Timoteo, no son considerados como autoridades independientes, separadas de la Palabra, sino como fuentes secundarias o intermedias de conocimiento, avenidas de instrucción, y esto aún, ¡sólo porque aceptaban las Escrituras! Por eso, aquí no se consideran básicamente autoritarias la tradición y las Escrituras (lo que realmente significa que la tradición se impone por sobre las Escrituras). La Escritura sola (véase vv. 15 y 16) es la autoridad final, y la tradición es importante solamente en la medida que se adhiere a las Escrituras y las imparte. Cuando así ocurre, es de importancia considerable, y esto especialmente en la educación de los hijos que aún no saben leer o no saben interpretar las Escrituras por sí mismos.

   En consecuencia, la segunda—y única que es realmente básica—razón por la que Timoteo debe perseverar en las cosas que ha aprendido y de las cuales se ha convencido es: Y que desde tu infancia has conocido (las) sagradas escrituras, las que pueden hacerte sabio para la salvación por la fe (que es) en Cristo Jesús.

   Versículos 16, 17. Ahora Pablo amplía la idea que acaba de expresar. Lo hace de tres maneras:

  1. No solamente “las sagradas escrituras” (v. 15) son de inestimable valor; también lo es “toda la escritura”.
  2. Esta literatura sagrada no solamente “hace sabio para salvación” (v. 15) sino que es definitivamente inspirada por Dios y como tal capaz de hacer a una persona enteramente apta “para toda buena obra”.
  3. No solamente beneficiará a Timoteo (v. 15), sino que hará lo mismo por todo “hombre de Dios”.

   En consecuencia, Pablo escribe: Toda la escritura (es) inspirada por Dios y útil para enseñar, para entrenar en justicia.

   Toda la escritura, distinta de “(las) sagradas escrituras” (acerca de lo cual véase comentario sobre el v. 15), quiere decir todo lo que, por medio del testimonio del Espíritu Santo en la iglesia, es reconocido por la iglesia como canónico, esto es, con autoridad. Cuando Pablo escribió estas palabras, la referencia directa era a un cuerpo de literatura sagrada que aun entonces comprendía más que el Antiguo Testamento (véase comentario sobre 1 Ti. 5:18; además, nota 160). Después, al final del primer siglo d.C., “toda la escritura” había sido completada. Aunque la historia del reconocimiento, la revisión y ratificación del canon fue algo complicada, y la aceptación de los sesenta y seis libros en forma virtualmente universal no ocurrió inmediatamente en todas la regiones en que la iglesia estaba representada—siendo una de las razones que por largo tiempo ciertos libros más pequeños aún no habían llegado a todos los rincones de la iglesia—, sin embargo, sigue siendo cierto que los creyentes genuinos que fueron los receptores originales de los diversos libros inspirados por Dios los consideraron inmediatamente como que estaban investidos de autoridad y majestad divina. Sin embargo, lo que se debe enfatizar es que estos libros son la Biblia inspirada no porque la iglesia, en cierta fecha, largo tiempo atrás, hizo una decisión (la decisión del Concilio de Hipona, 393 d.C.; de Cartago, 397 d.C.); por el contrario, los sesenta y seis libros, por su mismo contenido, inmediatamente dan testimonio a los corazones de los hombres que tienen el Espíritu Santo viviendo en ellos, de que son los oráculos vivientes de Dios. Por eso los creyentes se llenan de una profunda reverencia cuando quiera que oyen la voz de Dios que les habla desde la Santa Escritura (véase 2 R. 22 y 23). ¡Toda la escritura es canónica porque Dios lo así.

   La que se traduce inspirada por Dios, y ocurre solamente aquí, indica que “toda la escritura” debe su origen y con tenido al aliento divino, al Espíritu de Dios. Los autores humanos fueron guiados poderosamente por el Espíritu Santo. Como resultado, lo que ellos escribieron no solamente carece de errores sino que es de valor supremo para el hombre. Es todo lo que Dios quiso que fuera. Constituye la infalible regla de fe y práctica para la humanidad.

   Sin embargo, el Espíritu no reprimió la personalidad humana del autor, sino que la elevó a su mayor nivel de actividad (Jn. 14:26). Y debido a que la individualidad del autor humano no fue destruida, encontramos en la Biblia una amplia variedad de estilo y lenguaje. En otras palabras, la inspiración es orgánica, no mecánica. Esto también implica que no debiera considerarse aparte de las muchas actividades que sirvieron para traer al autor humano al escenario de la historia. Al hacerlo nacer en determinado lugar y tiempo, al otorgarle algunos dones específicos, al equiparlo con un tipo definido de educación, al hacerlo pasar por experiencias predeterminadas y al hacerlo recordar ciertos hechos y sus implicaciones, el Espíritu preparó su conciencia humana. Luego, el mismo Espíritu lo impulsó a escribir. Finalmente, durante el proceso de la escritura, el mismo Autor Primario, en una conexión completamente orgánica con toda la actividad precedente, sugirió a la mente del autor humano ese lenguaje (las palabras mismas) y el estilo que sería el más apropiado vehículo para la interpretación de las ideas divinas para el pueblo de todo rango, posición, edad y raza. Por eso, aunque cada palabra es verdaderamente de un autor humano, es más ciertamente la Palabra de Dios.

   Aunque la palabra que se traduce inspirada por Dios aparece solamente aquí, la idea se encuentra en muchos otros pasajes (Ex. 20:1; 2 S. 23:2; Is. 8:20; Mal. 4:4; Mt. 1:22; Lc. 24:44; Jn. 1:23; 5:39; 10:34, 35; 14:26; 16:13; 19:36, 37; 20:9; Hch. 1:16; 7:38; 13:34; Ro. 1:2; 3:2; 4:23; 9:17; 15:4; 1 Co. 2:4–10; 6:16; 9:10; 14:37; Gá. 1:11, 12; 3:8, 16, 22; 4:30; 1 Ts. 1:5; 2:13; Heb. 1:1, 2; 3:7; 9:8; 10:15; 2 P. 1:21; 3:16; 1 Jn. 4:6 y Ap. 22:19).

   Ahora, en virtud del hecho de que “toda la escritura” es inspirada por Dios, es útil, beneficiosa, o provechosa. Es un instrumento o herramienta muy práctica, sí, indispensable para el maestro (implícito aquí). Timoteo debiera hacer buen uso de ella:

  1. para enseñar. Lo que se quiere decir es la actividad de impartir conocimiento acerca de la revelación de Dios en Cristo. Véase comentario sobre 1 Ti. 5:17. Esto es siempre básico para todo lo demás.
  2. para reprender (cf. Sal. 38:14; 39:11). Se deben hacer advertencias basadas en la Palabra. Los errores en doctrina y en conducta deben ser refutados en el espíritu de amor. Se deben señalar los peligros. Hay que denunciar a los falsos maestros (cf. 1 Ti. 5:20; Tit. 1:9, 13; 2:15; luego Ef. 5:18; y véase C.N.T. sobre Jn. 16:8–11).
  3. para corregir (véase M.M., p. 229). Si reprender enfatiza el aspecto negativo de la obra pastoral, la corrección enfatiza el lado positivo. No solamente se debe advertir al pecador que deje el mal camino, sino que debe ser orientado hacia el camino correcto o derecho (Dn. 12:3). “Toda la escritura” también puede hacer esto. La Palabra, especialmente cuando la usa en siervo consagrado de Dios que es diligente en la realización de sus deberes pastorales, tiene un carácter restaurador (cf. Jn. 21:15–17).
  4. para entrenar en justicia (cf. 2 Ti. 2:22). El maestro debe entrenar a su gente. Todo cristiano necesita disciplina para que pueda prosperar en la esfera en que la santa voluntad de Dios se considera normativa. Tal es el carácter de entrenar en justicia (cf. Tit. 2:11–14).

   El maestro (en este caso Timoteo, pero la palabra se aplica a cada persona a la que se confían las almas humanas) necesita “toda la escritura” para adquirir la capacidad de realizar su cuádruple tarea (enseñar, administrar la reprensión, corregir, entrenar en justicia), con un glorioso propósito en mente, un propósito que a su manera y a su tiempo Dios hará que sea comprendido en el corazón de todo su pueblo: para que el hombre de Dios esté equipado, completamente equipado para toda buena obra.

   El hombre de Dios (véase comentario sobre 1 Ti. 6:11) es el creyente. Todo creyente, considerado como perteneciente a Dios e investido con el triple oficio de profeta, sacerdote y rey, recibe aquí este título. Para ejercer adecuadamente este triple oficio, el creyente debe ser equipado (nótese el énfasis en el original; literalmente, “… que equipado pueda ser el hombre de Dios”); sí, de una vez por todas, completamente equipado (cf. Lc. 6:40) “para toda buena obra” (1 Ti. 5:10; 2 Ti. 2:21; Tit. 3:1). Pablo (y el Espíritu Santo hablando por medio de él) no está satisfecho hasta que la Palabra de Dios haya cumplido completamente su misión, y el creyente haya alcanzado “la medida de la estatura de la plenitud de Cristo” (Ef. 4:12, 13).

El ideal por realizarse es ciertamente glorioso. El poder para lograrlo viene de Dios. Por eso, que Timoteo permanezca firme. Que permanezca en la verdadera doctrina, aplicándola cuando quiera que la oportunidad se presente.

1er Titulo:

La Revelación. (Apocalipsis 1:1 al 3). La revelación de Jesucristo, que Dios le dio, para manifestar a sus siervos las cosas que deben suceder pronto; y la declaró enviándola por medio de su ángel a su siervo Juan, que ha dado testimonio de la palabra de Dios, y del testimonio de Jesucristo, y de todas las cosas que ha visto.  Bienaventurado el que lee, y los que oyen las palabras de esta profecía, y guardan las cosas en ella escritas; porque el tiempo está cerca.

   Comentario: Versículos.1. La revelación de Jesucristo, que Dios le dio para mostrar a sus siervos que debe ocurrir pronto. Y la dio a conocer enviando a su ángel a su siervo Juan, 2. quien testificó de las cosas que vio, es decir, la palabra de Dios y el testimonio de Jesucristo.

  1. «La revelación de Jesucristo». El término Apocalipsis viene del griego apokalupsis, que significa descubrir o revelar. Técnicamente, como encabezamiento, el término se refiere al único libro de todo el canon de las Escrituras, a saber, Apocalipsis, pero los primeros lectores estaban familiarizados con la palabra griega apokalupsis, que se encuentra dieciocho veces en el Nuevo Testamento, trece de las cuales en las cartas de Pablo. De vez en cuando, Dios revelaba mensajes a su pueblo, pero en Apocalipsis presenta una amplia manifestación de su revelación bíblica a Jesús. De ahí que un título más largo para este libro sería «La Revelación de Dios a Jesucristo».

   Cuando Jesucristo comunica la revelación que ha recibido, en ese momento se convierte en su propia revelación. En realidad, el título de este libro también puede significar que Jesucristo presenta una revelación acerca de sí mismo. Así es en la segunda mitad del capítulo y en otras partes, donde se revela a sí mismo a Juan y a los lectores de las cartas (1:12–13; 2:1, 8, 12, 18; 3:1, 7, 14). Jesús es a la vez «el objeto y el contenido de la revelación» que en última instancia le pertenece.3 No es un ángel quien se la trasmitió a Juan, sino que Jesús se revela a sí mismo y acerca de sí mismo. En breve, la revelación de Jesús es tanto subjetiva como objetiva.

   El nombre doble Jesús Cristo es su nombre propio y una descripción de su función mediadora. En versículos y capítulos posteriores, el nombre simple que se emplea es Jesús (p.ej., 1:9) o Cristo (p.ej., 11:15).4 El nombre doble le dice al lector no sólo quién es Jesús sino también qué ha hecho y sigue haciendo como Señor y salvador. Esta combinación aparece al principio del libro para identificarlo plenamente (véase también 1:2, 5). Es el Hijo de Dios quien se apareció en forma humana para asumir la obligación de redimir y restaurar el pueblo del pacto de Dios.

  1. «Que Dios le dio para mostrar a sus siervos que debe ocurrir pronto». Adviértase que Jesucristo está subordinado a Dios, quien, al dar a Jesús la revelación, en forma implícita le está dando un encargo. El verbo dar no es sólo entregar un regalo, sino que más bien insinúa la tarea de dar a conocer a su pueblo la revelación de Dios (Jn. 12:49; 14:27; 17:8). Jesucristo recibe la tarea de mostrarla bajo la forma de un despliegue descriptivo. El libro mismo es un testimonio elocuente de que este despliegue se ofrece con señales, símbolos, nombres, números, colores y criaturas. Al comienzo de este libro, sus características descriptivas ya se vuelven visibles en el verbo mostrar. Le da una pista al lector acerca de cómo debería leerse y entenderse el libro.

   La palabra siervos no denota esclavos sino pueblo de Dios que, en obediencia, hace su voluntad (véase 2:20; 7:3; 19:2, 5; 22:3, 6). Aquí la palabra conlleva un solo mensaje, en tanto que en otros lugares tiene un mensaje dual: «sus [tus] siervos los profetas» (10:7; 11:18), que es una forma común de llamarlos en el Antiguo Testamento (p.ej., Jer. 7:25; Ez. 38:17; Dn. 9:10; Am. 3:7). El mensaje simple afirma que los siervos de Dios resisten a la tentación, llevan su sello en la frente y cantan sus alabanzas.

   Los siervos de Dios deben ser informados acerca de las cosas que van a ocurrir pronto. ¿Cuál es el significado de la palabra pronto? Para los receptores de las siete cartas quería decir que la persecución pronto iba a ser un hecho. Pero éste es sólo un aspecto de las cosas que van a pasar. A lo largo de los siglos, los siervos de Dios han experimentado que las cosas que Jesús les dio a conocer de hecho ocurrieron. Por tanto, la iglesia de hoy espera con anhelo el regreso prometido de Jesús. La repetición de las palabras «que debe ocurrir pronto» es significativa porque forman parte del último capítulo de Apocalipsis (22:6) que contiene la promesa y petición del retorno del Señor (compárese también 4:1 y Dn. 2:28, 29). Para citar unas tranquilizantes palabras de Pedro: «El Señor no tarda en cumplir su promesa, según entienden algunos la tardanza» (2 P. 3:9).

  1. «Y lo dio a conocer enviando a su ángel a su siervo Juan». Es significativo que el verbo dar a conocer/ significar en griego esté relacionado con el sustantivo señal. Tenemos, pues, aquí un presagio del método mediante el cual se transmite la revelación. El transmisor del mensaje es un ángel, quien es diferente de Jesús, quien revela. Un ángel es un mensajero, nunca quien revela (véase 1 P. 1:12). Y este ángel transmite el mensaje a Juan, el autor de Apocalipsis (22:6, 16). Esta es la primera vez que Juan se designa a sí mismo (1:1, 4, 9; 22:8), y lo hace utilizando la tercera persona como «su siervo».
  2. «Quien testificó de las cosas que vio, es decir, la palabra de Dios y el testimonio de Jesucristo». Esperaríamos que Juan utilizara el tiempo presente del verbo testificar como lo hizo en las palabras finales de su evangelio: «Este es el discípulo que da testimonio de estas cosas, y las escribió» (Jn. 21:24). Pero en el caso de Apocalipsis, Juan recurre a la técnica de verse desde la perspectiva de los lectores. Estos se darían cuenta de que, al utilizar el tiempo pasado «testificó», Juan se ubicaba en el tiempo en que ellos recibían el Apocalipsis. Es el llamado aoristo epistolar.5 Algunos estudiosos son de la opinión de que Juan utilizó el tiempo pasado porque primero escribió el Apocalipsis y luego agregó el prólogo. Pero esto no es probable, ya que Juan escribió no en hojas sueltas de papiro sino en un rollo, lo que excluye agregar un prólogo. El autor primero tuvo que ver las cosas que le eran reveladas antes de que pudiera registrarlas en un libro.

   «La palabra de Dios» no quiere decir la persona de Jesucristo (19:13; Jn. 1:1) sino que se refiere a la revelación de Dios. El Apocalipsis se origina no en Juan, quien es el escritor, sino en Dios, quien por medio de Juan revela su palabra a los lectores (1:9). Y «el testimonio de Jesucristo» es la conclusión de esta cláusula, que en forma algo modificada se encuentra repetidas veces en todo el libro (1:9; 6:9; 12:17; 20:4). La pregunta es si el genitivo en la frase testimonio de Jesucristo es subjetivo u objetivo. Subjetivamente, el testimonio pertenece a Jesús, quien es el mensajero de la palabra de Dios (véase Jn. 3:31–34). Objetivamente, la frase apunta a los fieles siervos de Dios, incluyendo a Juan, quien proclama la palabra y predica acerca de Jesús. En este texto concreto, sin embargo, se prefiere el genitivo subjetivo porque el contexto lo exige. La primera frase palabra de Dios lo requiere, y de igual modo la segunda. Aunque estas frases pertenecen al Apocalipsis, encarnan la plenitud de su contenido, a saber, las numerosas alusiones al Antiguo Testamento junto con la vida y ministerio terrenales de Jesús.

   Las bendiciones del Señor descienden tanto sobre la persona que lee en voz alta las palabras de este Apocalipsis en el servicio local de culto como sobre los oyentes que escuchan con reverencia y obediencia esas palabras. En las antiguas sinagogas se leían la ley y los profetas los sábados (Lc. 4:16; Hch. 13:15; 15:21), y en las iglesias a la lectura de las Escrituras se le agregaban los evangelios y las cartas (1 Ti. 5:18; Col. 4:16; 1 Ts. 5:27). Los verbos leer y oír están en presente para indicar que no se trata de un solo ejercicio sino más bien que el ejercicio religioso debe mantenerse con regularidad, en especial en el día del Señor. Este ejercicio tenía como fin adorar a Dios y fortalecer a los creyentes en su fe. El término profecía aparece siete veces en Apocalipsis (1:3; 11:6; 19:10; 22:7, 10, 18, 19) y no se refiere por necesidad a predicciones. Profecía en este libro se refiere a Dios quien, por medio de sus mensajeros, da a conocer a su pueblo su verdad. Profecía significa continuación de la palabra de Dios en las Escrituras del Antiguo Testamento e indica que Dios es su autor y quien la reviste con su autoridad. El mensaje profético del Apocalipsis, por tanto, asume su lugar legítimo entre los otros libros del canon.

  1. «Y hacen caso de las cosas escritas en ella». Por medio de estas palabras de profecía, los mensajeros de Dios llaman al pueblo a una vida de obediencia y amor por él. Los que escuchan las palabras que se leen deben transformar estas palabras en acciones para demostrar que son de verdad hijos de Dios y seguidores de Jesús. Deben conservar estas palabras escritas que nunca pierden su poder y autoridad.

   «Porque el tiempo está cerca». El griego tiene por lo menos dos palabras para tiempo: primero, jronos, del que se derivan «crónico» y «crónica», denota tiempo calendario de duración mayor o menor. Segundo, kairos significa un momento oportuno o tiempo de decisión. Esta es la palabra que se utiliza en la cláusula «el tiempo está cerca». Para los lectores de Apocalipsis, el tiempo para tomar una decisión está al alcance de la mano. La palabra se encuentra siete veces en Apocalipsis (1:3; 11:18; 12:12, 14 [tres veces]; 22:10).8 Con la composición de este libro ha llegado el kairos; aparte del jronos, abarca el paso de los siglos. «Aunque el fin todavía no ha llegado, y el kairos sigue avanzando, tanto de lo que iba a ocurrir ya ha ocurrido que ahora, sin duda, podemos mirar con tanto más anhelo hacia el fin».

  El libro de Apocalipsis afirma repetidas veces que su contenido se refiere al tiempo cercano (1:1, 3; 22:6, 10). Informa a los lectores que su mensaje se puede aplicar al tiempo en el que están viviendo: el conflicto entre Dios y Satanás, Cristo y el Anticristo, el Espíritu Santo y los falsos profetas, la iglesia y la inmoralidad se están dando durante su vida. En consecuencia, toda generación tiene que apropiarse y aplicar el mensaje del Apocalipsis. Y cada generación de creyentes debe esperar con anhelante expectación el retorno del Señor.

2° Titulo:

La Inspiración. (2ª Pedro 1:20 y 21). entendiendo primero esto, que ninguna profecía de la Escritura es de interpretación privada, porque nunca la profecía fue traída por voluntad humana, sino que los santos hombres de Dios hablaron siendo inspirados por el Espíritu Santo.

   Comentario: Versículo. 20. Ante todo, tengan muy presente que ninguna profecía de la Escritura surgió de la interpretación del propio profeta.

   Aquí tenemos un punto importante de doctrina que Pedro introduce con las palabras, ante todo. Antes de estudiar las diversas interpretaciones de este versículo, debemos aceptar el comentario de Pedro de que los lectores deben conocer el uso de la Escritura. En otras palabras, deben saber que la Escritura no se originó en la mente del hombre. Pedro lo dice del siguiente modo: “Ninguna profecía de la Escritura surgió de la interpretación del propio profeta”.

  1. Diferencias. Obsérvese la diferencia que encontramos en dos traducciones:

“Ninguna profecía de la Escritura es asunto de interpretación personal” (BdA; véase también RVR y BJer). “Ninguna profecía de la Escritura se originó nunca en las propias ideas del profeta” (SEB; comparar NIV).

   La diferencia se centra en las palabras personal o propia. ¿Debe leerse “interpretación personal (propia)” o “la propia interpretación del profeta”? La diferencia es profundamente importante: una traducción significa que una persona no tiene libertad para interpretar la Escritura; la otra versión significa que la Escritura no tiene su origen en la interpretación personal del profeta. En lo concreto, la primera traducción enfatiza el uso de la Escritura, la segunda, su origen.

  1. Explicaciones. Los comentaristas que prefieren la primera explicación dicen que la Escritura no debe interpretarse privadamente, ya que en esta epístola Pedro mismo dice: “Gente ignorante e inestable distorsionan [la Escritura]” (3:16). Un creyente puede interpretar la Escritura en tanto y en cuanto se rija por las enseñanzas de la iglesia, que es guiada por el Espíritu Santo. Pero Pedro no está colocando restricciones al creyente individual que lee la Escritura.

   En realidad, los Reformadores enseñaron que los creyentes son libres de interpretar la Escritura y pueden hacerlo sin reglamentación eclesiástica. “Los Reformadores enfatizaron la claridad de la Escritura.… No era su intención minimizar la importancia de las interpretaciones de la Iglesia en la predicación de la Palabra. Ellos indicaban que la Escritura misma testifica acerca de su perspicuidad allí donde se declara que es una lámpara a nuestros pies y lumbrera en nuestro camino”. Y si bien nosotros sabemos que el Espíritu Santo dirige a la iglesia llevándola hacia un entendimiento más claro de la Escritura, no podemos negar que el Espíritu también guía a los individuos en su interpretación de la Biblia. Por lo tanto, debemos evitar introducir a nuestro texto restricciones que Pedro no incluyó; debemos, en cambio, escuchar claramente lo que el escritor está tratando de comunicar.

   La segunda opinión es que “ninguna profecía surgió de la propia interpretación del profeta”. Es cierto, la expresión profeta no está en el texto griego, sino que ha sido agregada por el traductor con el propósito de aclarar el pasaje. Los traductores se preguntan si Pedro estaba pensando en el lector cuando escribió acerca de “la interpretación propia” o si tenía al profeta en mente. Si se refiere al profeta, entonces está hablando acerca del origen de la Escritura. En la parte final del versículo 20, la expresión surgió denota origen. Además, el sustantivo interpretación “se refiere a la actividad del mismo profeta bíblico; a lo que había en su mente cuando escribía”.477 De paso, cabe notar que en el Nuevo Testamento el sustantivo interpretación sólo aparece en este lugar; el verbo aparece solamente en otros dos lugares (Mr. 4:34; Hch. 19:39). Y, para concluir, este versículo es un preludio del versículo 21.

  1. Conclusión. Muchas son las dificultades que quedan, y ninguna de las conclusiones está libre de críticas. No obstante, en mi opinión, el segundo punto de vista armoniza con la descripción elaborada de la actividad profética que Pedro aporta en su primera epístola (1:10–12). Además, esta opinión cuadra bien con el contexto inmediato del versículo 20, que habla del origen de la Escritura. En los versículos 16–19, Pedro considera el origen del mensaje apostólico; el versículo 21, que fluye desde el versículo precedente y está estrechamente relacionado con el mismo, revela el origen divino de la Escritura.

Versículo 21. Porque la profecía nunca tuvo su origen en la voluntad humana, sino que los hombres hablaron de parte de Dios, impulsados por el Espíritu Santo.

   Aquí tenemos una oración bellamente equilibrada que expresa un contraste en el que el hombre permanece pasivo mientras Dios está activo. Este contraste es revelado en forma negativa y positiva. Si tomamos el orden que las palabras guardan en el griego, tenemos el siguiente paralelo:

  1. Negativo. Pedro comienza su declaración acerca del origen y fuente de la profecía declarando que la Escritura no surgió por voluntad del hombre. Para esta observación inicial él encuentra apoyo en el Antiguo Testamento, que afirma enfáticamente que la verdadera profecía nunca tiene su origen en el hombre. Por ejemplo, Dios le dice a Jeremías: “No escuchéis las palabras de los profetas que os profetizan; os alimentan con vanas esperanzas; hablan visión de su propio corazón, no de la boca del Señor” (23:16). Y Dios pronuncia ayes sobre los profetas malvados “que andan en pos de su propio espíritu y nada han visto” (Ez. 13:3).

   Pedro dice que la voluntad humana nunca dio origen a la verdadera profecía. El usa una expresión absoluta al escribir el término nunca. En ningún caso durante la formación de la Escritura jamás prevaleció la voluntad del hombre. Al contrario, la profecía proviene de Dios.

  1. Positivo. Por eso Pedro declara que la profecía acaeció por la acción del Espíritu Santo. Tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento declaran que los hombres que hablaron y escribieron se daban cuenta de que el Espíritu Santo obraba en ellos. Así tenemos el testimonio de David: “El Espíritu del Señor ha hablado por medio de mí; y su palabra ha estado en mi lengua” (2 S. 23:2). Asimismo, Pablo llama al Espíritu Santo autor primario de la profecía y a Isaías autor secundario (Hch. 28:25; y también Heb. 3:7; 10:15).
  2. Pasivo. En el paralelo (véase arriba), los verbos en las dos columnas principales están en voz pasiva y se derivan del verbo griego llevar. También en el griego, el verbo fue llevada está en tiempo pasado e indica que la composición de la profecía por parte de la voluntad del hombre nunca sucedió. Esto contrasta con el verbo fueron llevados de la segunda columna que en el griego es un participio en tiempo presente. Este participio revela la actividad continua del Espíritu Santo, que lleva (mueve) a los hombres en la obra de la redacción de la Escritura. Esta figura es tomada del vocabulario náutico, en el sentido de que un bote a vela es “llevado” por el viento. El Espíritu Santo empleó hombres, no instrumentos, para la composición de la Escritura. El Espíritu usó seres humanos con sus talentos y percepciones, sus peculiaridades y características, guardándolos del pecado y del error. El Espíritu Santo está en control del hombre. Por consiguiente, el texto es claro acerca de este punto: en la redacción de la Escritura, el hombre permanece pasivo y el Espíritu activo.
  3. Activo. El verbo principal de la parte final de la oración es “hablaron”. “Los hombres hablaron de parte de Dios”. Nótese que los hombres tienen un papel activo, no pasivo, en la formación de la Escritura. Aunque Pedro utiliza el verbo hablar, estamos confiados en que incluye el concepto de escribir. El griego, sin embargo, revela que Pedro menciona el hecho de hablar (y escribir) y no el contenido de lo que fue dicho. El contenido de la Escritura no se origina en el hombre sino en Dios. Por lo tanto, Pedro dice: “Hombres hablaron de parte de Dios” (bastardillas añadidas). El mensaje que el hombre comunica proviene de Dios, puesto que Dios es la fuente de la Escritura.

Consideraciones doctrinales en 1:20–21

   Versículo 20: El Nuevo Testamento está lleno de versículos que animan al creyente a escudriñar las Escrituras. Por ejemplo, los bereanos “recibieron la palabra con toda solicitud, escudriñando cada día las Escrituras para ver si estas cosas eran así” (Hch. 17:11). Pero si cada creyente interpreta la Escritura según sus propias percepciones y la aplica como le parece bien, las explicaciones de determinado pasaje serán incontables y extremadamente diversas. Al rechazar la enseñanza de que solamente la iglesia tiene autoridad para interpretar la Biblia, también vemos peligros en el ejercicio de un individualismo exagerado.

   Dios ha entregado su revelación a su pueblo como cuerpo, por lo cual la interpretación de la Escritura debe abarcar a la comunión de los creyentes. Juntos, los bereanos examinaban diariamente las Escrituras para controlar las enseñanzas de Pablo. Sigamos el ejemplo de estos cristianos primitivos.

   Versículo 21: Este es uno de los bien conocidos pasajes de la Biblia que dan un testimonio directo de la inspiración de la Escritura. Otro texto es, por supuesto, 2 Timoteo 3:16: “Toda Escritura está inspirada por Dios”. Ambos textos revelan que el origen de la Escritura es divino, ya que el autor primario de la Biblia es el Espíritu Santo. Por esta razón nosotros usamos el adjetivo santa al describir la Biblia. Con todo, “el énfasis que aquí se hace no recae en el valor espiritual de la Escritura (aunque también esto se vislumbra en el trasfondo), sino en la confiabilidad divina de la Escritura”.

   Los hombres que escribieron las Escrituras fueron movidos, impulsados, por el Espíritu Santo. El los dirigió

en su redacción de tal modo que sus palabras humanas comunicaban la Palabra de Dios y no sus propios pensamientos. En su epístola, Santiago subraya esta misma verdad cuando escribe: “Considerad los profetas que

hablaron en el nombre del Señor” (5:10). Lo que ellos dijeron no tenía autoridad por el oficio profético que ellos desempeñaban sino por la fuente de sus revelaciones: el Señor Dios.

3er Titulo:

La Iluminación. (Efesios 1:17 y 18). para que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de gloria, os dé espíritu de sabiduría y de revelación en el conocimiento de él, alumbrando los ojos de vuestro entendimiento, para que sepáis cuál es la esperanza a que él os ha llamado, y cuáles las riquezas de la gloria de su herencia en los santos,

   Comentario: Versículo 17. (pidiendo) que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de gloria, os dé el Espíritu de sabiduría y de revelación en el verdadero conocimiento de él.

   Véase v. 3 más arriba, observando la forma similar en que se indica el sujeto de la oración, y la explicación que allí se da. Aquí en el v. 17, no obstante, leemos “el Padre de gloria”. Pablo acaba de mostrar cómo resplandecen magníficamente los atributos de Dios en las obras de elección, predestinación, redención, iluminación espiritual, certificación. Es fácil de entender, por tanto, que hable de “el Padre de gloria”, vale decir, “el Padre glorioso”. Véase también Hch. 7:2; 1 Co. 2:8; y Stg. 2:1. El apóstol pide que el Espíritu de sabiduría y revelación sea dado a los efesios. La mayoría de las traducciones dicen “espíritu” en lugar de “Espíritu” (= Espíritu Santo). Las siguientes razones van en apoyo de Espíritu:

(1) Pablo escribe “… de revelación”. Por lo general no relacionamos revelación con el espíritu o estado mental puramente humano.

(2) En cuanto a “… de sabiduría”, en Is. 11:2 se le menciona como el primero entre varios dones impartidos por el Espíritu de Jehová.

(3) Expresiones tales como “Espíritu de verdad” (Jn. 15:26) y “Espíritu de adopción” (Ro. 8:15) se están refiriendo también al Espíritu Santo.

(4) Efesios abunda en referencias a la tercera Persona de la Santa Trinidad. Siendo que la presencia del Consolador es tan prominente en esta epístola, bien podemos pensar que en el caso actual es a El quien Pablo tiene en mente.

(5) Es cosa característica en Pablo que, habiendo hecho mención de Dios el Padre y de Cristo el Hijo—ambos han sido ya mencionados en 1:16—luego haga referencia al Espíritu. Cf. Ro. 8:15–17; 2 Co. 13:14; Ef. 1:3–14; 3:14–17; 4:4–6; 5:18–21.37

(6) Cuando el Padre “ilumina los ojos”, ¿no lo hace por medio del Espíritu? Véase Jn. 3:3, 5. El hombre no puede ver el Reino de Dios, para entrar en él, a menos que sea por medio del Espíritu. Cf. Ef. 5:8; 1 Jn. 1:7.

   Sin embargo, al llegar a este punto pueda surgir la siguiente pregunta: “¿pero cómo puede ser posible que Pablo haya orado para que el Espíritu de sabiduría y revelación “sea dado” a los que ya poseían tal Espíritu y que en realidad, según el v. 13, habían sido sellados por él?” No se puede eludir el problema diciendo “espíritu” (estado mental) en lugar de Espíritu (Espíritu Santo), puesto que esto nos podría conducir aun a otra pregunta: “¿cómo podría el apóstol pedir que el espíritu de sabiduría en el verdadero conocimiento de él (es decir, de Dios) fuese dado a los que ya le conocían tan bien hasta el punto de haber depositado toda su confianza en él?” (v. 13). En todo caso, este problema se nos presenta no sólo aquí en Efesios, sino también a través de todas las epístolas de Pablo. Para dar solamente dos ejemplos: Contrástese Col. 1:4 con 3:12; 1 Ts. 1:3; 2:13 con 5:15. Si Pablo podía decir lo uno, ¿cómo podría decir también lo otro?

   La respuesta la provee Pablo mismo. En resumen, sería lo siguiente: lo que ya está presente, debe ser fortalecido. El Espíritu Santo está en ellos, indudablemente; sin embargo, el apóstol ora para que los efesios “sean fortalecidos con poder por medio de su Espíritu en el hombre interior” (3:16). La obra que había comenzado en los corazones debía continuar hasta su perfección (Fil. 1:6). El amor y los demás frutos debían “abundar más y más” (Fil. 1:9; cf. 1 Ts. 3:12, 4:10). Es claro, entonces, que la oración de Pablo aquí en Ef. 1:15–23, que incluye

también el v. 17, es totalmente compatible con lo que ha declarado solemnemente en los vv. 3–14. En realidad, la relación entre los vv. 15 y 16, por un lado, y 17 y siguientes, por el otro, muestra que es precisamente por el hecho de haber recibido tantos dones que el apóstol se atreve a pedir aún más.

   Lo que Pablo pide, entonces, es que los lectores reciban una creciente porción de sabiduría y claro entendimiento. Combínense las dos, y se observará que está pidiendo que los efesios sean provistos de una más profunda penetración en el significado del evangelio y un más claro discernimiento de lo que significa la voluntad de Dios para sus vidas, capacitándolos así en todo tiempo para hacer uso de los mejores medios a fin de llegar a la más alta meta, vale decir, la gloria del Dios Trino.

   Ahora bien, fue el Espíritu el que impartió la sabiduría, el Espíritu también el que reveló la verdad. Para estos hermanos en la alborada del cristianismo, que tan recientemente habían emergido del temor pagano, la superstición, y la inmoralidad, cuyo único medio de comunicación con Pablo era el epistolar o a través de un mensajero, y que moraban en medio de un ambiente pagano, la sabiduría y la revelación eran doblemente necesarias, y esto no sólo con el fin de obtener un más claro entendimiento acerca del camino de salvación sino también para saber con precisión el camino a seguir frente a cada situación. Lo que necesitaban sobre todo era el claro conocimiento de Dios, incluyendo la gozosa aceptación de las sendas de Dios para sus vidas y la voluntad presta para seguir Su dirección. Y claro, esto no era un mero asunto del intelecto. Algo de mayor importancia se hallaba en juego. De ahí que el apóstol prosigue su oración: versículo. 18. (Teniendo) iluminados los ojos de vuestros corazones. Según las Escrituras el corazón es el punto de apoyo del sentimiento y de la fe como asimismo la fuente misma de las palabras y acciones (Ro. 10:10; cf. Mt. 12:34; 15:19; 22:37; Jn. 14:1). Es el núcleo y centro del ser humano, el ser íntimo del hombre. “De él mana la vida” (Pr. 4:23). “Porque el hombre mira a los ojos, mas Jehová mira al corazón” (1 S. 16:7). Ahora bien, fuera de la obra del Espíritu los ojos del corazón están ciegos (Is. 9:2; Jn. 9:39–41; 1 Co. 2:14–16). El hombre en tal estado de ceguedad necesita dos cosas: el evangelio y la conciencia espiritual. Lo último es lo que se entiende por ojos iluminados o alumbrados. Véase también sobre 5:8 para considerar el significado de luz versus tinieblas. Con el fin de lograr esta iluminación, el Espíritu obra en los hombres el nuevo nacimiento. Disipa las neblinas de la ignorancia, las nubes de concupiscencia, las disposiciones egocéntricas y de envidias, etc., e imparte a ellos la contrición por el pecado y la fe que obra por medio de amor. El ojo espiritual se torna luminoso cuando el corazón es purificado. “Bienaventurados los de puro corazón, porque ellos verán a Dios” (Mt. 5:8). Pablo prosigue: para que sepáis cuál es la esperanza a la cual él os llamó. Pablo sabe que la forma mejor para expulsar las antiguas tendencias pecaminosas no es concentrar la preocupación en ellas sino más bien en las bendiciones de la salvación. Los efesios recibieron el llamado eficaz. La invitación urgente del evangelio (que es el llamado externo) fue aplicada a sus corazones por el Espíritu Santo, produciendo el llamado interno. Es el último sentido de llamado al que se hace referencia en cada lugar del Nuevo Testamento; cf. Ro. 11:29; 1 Co. 1:26; 7:20; Ef. 4:1, 4 (además del presente 1:18); Fil. 3:14; 2 Ti. 1:9; Heb. 3:1; 1 P. 2:9; 2 P. 1:10. Ojalá que los lectores sean capaces de experimentar cuán ricos son, considerando la esperanza a la cual fueron llamados por Dios (literalmente, “la esperanza de su llamado”). Esta esperanza está sólidamente fundada en las infalibles promesas de Dios. Es el ancla del alma, aferrada al trono mismo de Dios; por tanto, en el corazón mismo de Cristo (Heb. 6:18–20). Consiste entonces en una entrega ferviente, una expectación confiada, una espera paciente del cumplimiento de las promesas de Dios, una absoluta confianza centrada en Cristo (cf. Col. 1:27) de que tales promesas serán sin duda alguna cumplidas. Es una fuerza viva y santificadora (1 P. 1:3; 1 Jn. 3:3). Prosigue Pablo: (para que sepáis) cuáles (son) las riquezas de la gloria de su herencia entre los santos. “Su” herencia significa aquella dada por él, tal como “su” llamado es el que él pronunció e hizo a la vez efectivo. Pablo habla acerca de las gloriosas riquezas, la magnitud maravillosa, de todas las bendiciones de la salvación, especialmente aquellas que han de ser otorgadas en la gran consumación de todas las cosas. Véase C.N.T. sobre Col. 1:12 (“la herencia de los santos en la luz”). A estas bendiciones se las llama una herencia porque son el don de la gracia de Dios, las cuales una vez recibidas jamás podrán ser quitadas (“¡Nunca permita Jehová que yo te dé la herencia de mis padres!” 1 R. 21:4). Véase también más arriba, sobre el v. 14. La frase “entre los santos” (cf. Hch. 20:32; 26:18) merece atención especial. Cuando la esperanza del creyente es la correcta, jamás espera una herencia sólo para sí. Lo que da a la herencia un carácter tan glorioso es justamente el hecho de que ha de ser disfrutada juntamente con “todos los que aman su venida” (2 Ti. 4:8).

   Texto: 2ª de Samuel Cap. 23, versículo 2. El espíritu de Jehová ha hablado por mí, Y su palabra ha sido en mi lengua.

  Comentario del texto: David es descrito como el exaltado de Dios, el que ha sido levantado en algo. David también es descrito como el ungido del Dios de Jacob; David fue separado por Dios para la misión especial de ser rey de Israel. Por último, David es descrito como el cantor o salmista de Israel. Tres características especiales en la vida de David: exaltado por Dios, escogido de Dios y cantor de salmos a Dios.

   Las últimas palabras de David contienen un mensaje de Dios acerca de la clase de gobierno que Dios aprueba, un gobierno basado en la justicia y en el temor de Dios. El gobierno del pueblo de Israel es el tema central del libro de 2 Samuel; en ese momento ello representaba la necesidad más importante para Israel. El mensaje de 2 Samuel es que el pueblo necesitaba un gobierno de justicia y de temor a Dios, basado en la justicia y en el derecho que son el fundamento del trono de Jehovah. En el mensaje bíblico, la justicia nunca es separada del temor a Dios, la justicia más bien tiene su base en el temor a Dios, una justicia que es no únicamente de tipo forénsica, sino también de tipo ético y moral. David fue escogido para ser rey porque él cumplía con las dos cualidades de justicia y temor a Dios. Cuando Da-vid se apartó del temor a Dios también se apartó la justicia, y el pueblo sufrió crisis de tipo espiritual, social y político.

   David basa la seguridad del pacto de Dios en la confianza que tiene en la justicia de Dios. Dios prometió a David un pacto eterno y seguro, y David confiaba plenamente en la promesa de Dios, aun-que David no llegase a ver todavía la plena realización de toda la promesa de Dios; seguramente David se refería a la promesa de su descendiente y la construcción del templo y la realización de una completa paz.

Bibliografía: C.N.T. William Hendriksen

Bibliografía: Comentario Bíblico Mundo Hispano; Tomo 5; 1 Samuel, 2 Samuel Y 1 Crónica

Bibliografía: Un Estudio Completo De La Tercera Persona De La Trinidad Y Su Obra En El Creyente Charles C. Ryrie

Amén, para la gloria de Dios.

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Hno Roberto Saldías Roa

Miembro de la IEP en Nacimiento Bajo, nació en el evangelio del Señor en la Iglesia de Laja 1975. Casado con María Nahuelmán, estudia teología de manera autodidacta. Me gusta mucho leer y escribir.