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Semana del 21 al 27 de mayo de 2018: «El Espíritu Santo es Espíritu de Gracia”.

Semana del 21 al 27 de mayo de 2018: «El Espíritu Santo es Espíritu de Gracia”.


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Lectura Bíblica: Apocalipsis Cap. 22, versículo 17.Y el Espíritu y la Esposa dicen: Ven.

Y el que oye, diga: Ven. Y el que tiene sed, venga; y el que quiera, tome del agua de la vida gratuitamente.

 

Comentario; 17. «Y el Espíritu y la esposa dicen, ‘¡Ven!’ Y el que lo oiga diga, ‘¡Ven!’ Y el que tenga sed que venga, y el que lo desee que tome gratuitamente del agua de la vida».

Jesús parece ser el que habla y ahora anuncia que la respuesta a sus palabras proviene de dos fuentes, a saber, el Espíritu Santo y la iglesia en la tierra. Estos dos siguen clamando por el retorno de Jesús con una petición en tiempo presente que significa «Cumple tu plan en la historia con la mirada puesta en tu venida». El clamor por la venida del Señor se repite en el versículo 20, como última petición en Apocalipsis, «Amén, ven Señor Jesús». El Espíritu de Cristo es el Espíritu del esposo; y este Espíritu tiene su morada en la esposa, o sea, la iglesia. De ahí que, a instancias apremiantes del Espíritu, la iglesia expresa su anhelo por el retorno de Cristo, su esposo. No sólo el cuerpo orgánico de la iglesia sino todo creyente individual que responde en obediencia a la instancia del Espíritu manifiesta esta ansia. La invitación «¡Ven!» se da dos veces para poner de relieve el apremio.

Sin embargo, la tercera invitación, «El que tenga sed que venga» no se dirige a Cristo sino al pueblo, como invitación para que acudan a él. Esto crea confusión, en especial debido a que la última exhortación, «el que lo desee que tome gratuitamente del agua de la vida», también es una exhortación evangelística. Esta incoherencia se puede solucionar si interpretamos el doble significado del verbo venir. Primero, la iglesia, al rendir culto y al celebrar la cena del Señor pide a Cristo que regrese (Maranatha; véase Didajé 10:6). Luego, al mismo tiempo, la iglesia extiende a todos la invitación de venir a Cristo. Al escribir acerca de la venida del Señor, Pedro exhorta a sus lectores a que vivan vidas santas y piadosas «esperando ansiosamente la venida del día del Señor» (2 P. 3:12a), con lo cual indica que el pueblo de Dios desempeña un papel en disminuir el tiempo antes del regreso de Jesús. Al dirigirse a la multitud después de sanar al mendigo tullido, Pedro dijo al pueblo que se arrepintieran con el fin de acelerar la venida de Cristo (Hch. 3:19–21). De igual modo, alrededor del 300 d.C., un rabio judío escribió, «Si los israelitas se arrepintieran aunque fuera un solo día, entonces el Hijo de David [el Mesías] vendría ». Esto quiere decir que la iglesia debe llevar el evangelio al mundo, conducir a las personas a la fe y al arrepentimiento, y llenar la casa de Dios. Entonces, el fin vendrá y Cristo regresará.

Todo el que desee beber del agua de la vida puede venir gratuitamente a tomarla. Hay una invitación en el Antiguo Testamento, que se menciona en Isaías 55:1, «¡Vengan a las aguas todos los que tengan sed! ¡Vengan a comprar y a comer todos los que no tengan dinero! Vengan, compren vino y leche sin pago alguno» (véase también Jn. 7:37; Ap. 21:6).

Texto: 1a de Juan Cap. 4, versiculos 13. En esto conocemos que permanecemos en él, y él en nosotros, en que nos ha dado de su Espíritu.

      Comentario: 13. Sabemos que vivimos en él y él en nosotras porque nos ha dado su Espíritu. 14. Y nosotros hemos visto y damos testimonio de que el Padre ha enviado a su Hijo para ser el Salvador del mundo.

  1. La versión que utilizamos tiene la palabra “sabemos”, Pero el original griego en realidad dice: “por esto sabemos”. Las palabras por esto se refieren al contexto precedente donde Juan nos dice que si nos amamos unos a otros, Dios vive en nosotros. La consideración que hace Juan sobre el tema del amor es el telón de fondo de la confianza que Juan expresa en Dios. ¿Cuál es esta confianza? Juan dice: “Sabemos que vivimos en él y él en nosotros”. Es decir, a partir de experimentar la presencia de Dios en nuestra vida sabemos que Dios vive en nosotros y nosotros en Dios.
  2. ¿Cómo sabemos que moramos en Dios y él en nosotros? “Porque nos ha dado su Espíritu”. Si bien Juan utiliza muchas de las palabras que utilizó al escribir en 3:24, él está tratando de decir algo un poco diferente. Allí había dicho: “Lo sabemos por el Espíritu que nos dio”. Aquí, en el versículo 13, él escribe: “Nos ha dado de su Espíritu”. En 3:24 él afirma que la bendición divina fluye hacia nosotros por medio del Espíritu Santo. El Espíritu derrama sobre nosotros el amor de Dios (Ro. 5:5) y revela que Dios vive en nosotros. En el versículo 13 leemos que el Espíritu Santo mismo es el don que Dios nos otorga y que nosotros somos los receptores.
  3. El Espíritu no obra solo. Junto con el Padre y el Hijo toma parte en la obra de la salvación. En los versículos 13 y 14, por ejemplo, Juan menciona la obra del Padre, la del Hijo y la del Espíritu Santo—se presenta allí a la Trinidad.
  4. Junto con los apóstoles, Juan puede dar testimonio de la verdad del evangelio. El escribe: “Nosotros hemos visto y damos testimonio” (compárese con Jn. 1:14, 15). Quizá está pensando en la escena del bautismo de Jesús. En el Jordán, el Espíritu descendió en forma de paloma y el Padre declaró: “Este es mi Hijo; a quien amo; en él tengo contentamiento” (Mt. 3:17; Lc. 3:22). Los discípulos no solamente fueron testigos presenciales del bautismo de Jesús, sino de toda su vida. Ellos vieron, oyeron y con sus manos tocaron a Jesús. (1:1). Después de la ascensión proclamaron la veracidad del mensaje de Jesús.
  5. Juan da un breve resumen del evangelio: “El Padre ha enviado a su Hijo para ser el Salvador del mundo”. ¡Esta es una declaración de gran profundidad! Dios el Padre comisionó a su Hijo para la tarea de salvar al mundo. Y Dios inició esta misión del Hijo a causa de su amor por el mundo pecador. Jesús predicó el mensaje de salvación del modo más eficaz. Cuando visitó Sicar, los samaritanos dijeron: “Sabemos que este hombre es realmente el Salvador del mundo” (Jn. 4:42). En la iglesia primitiva los apóstoles predicaban que Jesús es el Salvador. Decían: “Dios lo exaltó a su propia diestra como Príncipe y Salvador para dar arrepentimiento y perdón de pecados a Israel” (Hch. 5:31; véase también 13:23).

La iglesia primitiva centraba su atención en Jesús, quien había sido designado Salvador y había recibido autoridad como Señor para salvar no sólo a los judíos sino también a los gentiles. En consecuencia, la obra de la salvación tiene como marco a todo el mundo (Jn. 3:16).

 

1er Titulo:

Peligro De Enfrentar Al Espíritu De Gracias. Hebreos 10:29. ¿Cuánto mayor castigo pensáis que merecerá el que pisoteare al Hijo de Dios, y tuviere por inmunda la sangre del pacto en la cual fue santificado, e hiciere afrenta al Espíritu de gracia?

     Comentar: 29. ¿Cuánto más severamente pensáis que merece ser castigado aquel que ha pisoteado al Hijo de Dios, que ha tratado como cosa profana la sangre del pacto que la santificó, y que ha insultado al Espíritu de gracia?

Una vez más el escritor de Hebreos emplea el recurso del contraste. El confronta los tiempos del antiguo pacto con los del nuevo pacto. Compara el castigo de la muerte física con la sentencia mucho más severa de la muerte espiritual. También establece la diferencia entre rechazar la ley de Moisés y despreciar al Hijo de Dios y al Espíritu de Dios. Le pide al lector que reflexione acerca de esta diferencia.

El pecador que se rebela contra Dios en los tiempos del nuevo pacto rechaza la persona de Cristo, la obra de Cristo, y la persona del Espíritu Santo. Y así comete el pecado imperdonable. El escritor describe este pecado en tres partes.

  1. a). La persona del Hijo de Dios. Nótese que el escritor vuelve a utilizar el título de Cristo que ha usado extensivamente al principio de la epístola a los hebreos. El título es el más alto de los que se le atribuyen a Cristo. Nadie puede compararse a este Hijo, ya que él sobresale por sobre todos: ángeles, Moisés, Aarón y Melquisedec.

¿Qué es lo que hace el pecador? El pisotea a este Hijo de Dios. Pisotear es lo que hacemos cuando queremos sacarnos de encima algún insecto molesto. Así es como el pecador figuradamente toma al Hijo de Dios y lo pisotea contra el suelo.

  1. b). La obra del Hijo de Dios. La segunda parte es aun más significativa ya que se relaciona con el significado y propósito del nuevo pacto. Jesús inauguró este pacto mediante su sangre para limpiar a su pueblo y santificarlo (Mt. 26:28 y paralelos).

Jesús derramó su preciosa sangre y pagó el precio del supremo sacrificio. Pero esta sangre derramada no significa nada para el pecador rebelde. El considera que la sangre de Cristo es igual a la sangre de cualquier otro ser humano, y que la muerte de Jesús es como la de cualquier otro mortal. El considera a Jesús como mero hombre cuya muerte no tiene significado y cuya obra redentora carece de valor.

El escritor contrasta al pecador desafiante de la comunidad israelita con el cristiano que ha abandonado la iglesia; el punto es que no puede usarse la ignorancia como excusa. El pecador conoce la fe cristiana, puesto que él había sido santificado por la sangre del pacto. Es decir, hubo en tiempo en que él profesó su fe en Cristo, escuchó la predicación de la Palabra de Dios, y participó de los sagrados elementos de la Santa Cena. Pero su fe no fue un cumplimiento interior. De palabra y de hecho él repudia ahora su relación para con la obra de Cristo. Rompe con su pasado.

  1. c). La persona del Espíritu Santo. La tercera cláusula de la descripción del pecado imperdonable tiene que ver con insultar al Espíritu de gracia (Mt. 12:32; Mr. 3:29). El pecador insulta intencionalmente a la persona del Espíritu Santo. En su conducta, el pecador señala el marcado contraste entre los insultos proferidos contra el Espíritu Santo y la gracia concedida por el Espíritu Santo. El Espíritu es la fuente de la gracia (Zac. 12:10). Insultar a la tercera persona de la Trinidad es el colmo del pecado que no puede ser perdonado. Dice Juan Calvino: “Tratar con desprecio a aquel por medio del cual recibimos tantos beneficios es una impiedad extremademente malvada”. Dios mismo se enfrenta con el pecador y le impone el castigo.

 

2° Titulo:

Dios Otorga Espíritu De Gracia a Los Hombres Para Salvación Zacarías 12:10. Y derramaré sobre la casa de David, y sobre los moradores de Jerusalén, espíritu de gracia y de oración; y mirarán a mí, a quien traspasaron, y llorarán como se llora por hijo unigénito, afligiéndose por él como quien se aflige por el primogénito

     Comentario: La restauración de Jerusalén no será únicamente una restauración material; también experimentarán un cambio espiritual.

El Señor derramará en su pueblo un espíritu de gracia que reconocerá el poder de Dios, un espíritu de humildad que conduciría a la súplica (v. 10). Por el pecado este pueblo había perdido ese espíritu de oración, característico de un pueblo humilde; había en el corazón del pueblo vanidad, orgullo y pasión de grandeza; pero en aquel día no será así.

El derramamiento del espíritu de gracia y de oración (súplica) trae consigo persuasión y arrepentimiento. Véase Juan 16.8–11. Tanto «gracia» como «súplica» proceden de la misma raíz hebrea, que significa «ser amable con alguien». El Espíritu Santo pone fin a cualquier hostilidad hacia el Mesías, haciendo que los moradores de Jerusalén se muestren receptivos hacia Él.

     Pensamiento de la Biblia Diario Vivir: 12.10 El Espíritu Santo se derramó en Pentecostés, cincuenta días después de la resurrección de Cristo (véase Hechos 2). Zacarías llama al Espíritu Santo, «Espíritu de gracia y de oración». Es este Espíritu el que hace que nos demos cuenta de nuestro pecado, el que nos revela la santidad y el juicio de Dios y el que nos ayuda cuando oramos (véase Romanos 8.26).

     La Bíblia plenitud comenta: 12.10 Gracia = chen; Strong #2580: Favor, merced, agradecimiento, bondad, hermosura, afabilidad, encanto, atractivo, amabilidad, afecto. La raíz chanan significa: «actuación amable o misericordiosa hacia alguien; tener compasión o inclinarse favorablemente hacia algo o alguien». La gracia divina derramada sobre Jerusalén les permite dirigir vehementes la mirada hacia su Rey herido. La gracia divina hará que Israel vea a Jesús como alguien que posee infinita belleza. La bondad de Dios les permite arrepentirse. Al Espíritu Santo se le llama el «Espíritu de gracia» en Hebreos 10.29, un título que indudablemente fue inspirado por esta referencia de Zacarías.

 

3er Titulo:

Cuidando La Salvación Otorgada Por Gracias. Hebreos 6:4 al 6. 4Porque es imposible que los que una vez fueron iluminados y gustaron del don celestial, y fueron hechos partícipes del Espíritu Santo, 5y asimismo gustaron de la buena palabra de Dios y los poderes del siglo venidero, 6y recayeron, sean otra vez renovados para arrepentimiento, crucificando de nuevo para sí mismos al Hijo de Dios y exponiéndole a vituperio.

     Comentario: En los capítulos 3 y 4, el escritor de Hebreos analizó el pecado de incredulidad que resulta en la apostasía. Ahora, en una extensa oración (6:4–6), él desarrolla esa enseñanza más detalladamente. El énfasis recae, en esta oración, en su verbo principal, a saber, ser traídos al arrepentimiento (v. 6), que es introducido negativamente por medio de la frase es imposible.

Versículos 4. Es imposible para aquellos que fueron una vez iluminados, que han gustado del don celestial, que han participado del Espíritu Santo, 5. que han gustado de la bondad de la Palabra de Dios y los poderes del siglo venidero, 6. si caen, ser traídos de nuevo al arrepentimiento, porque para su perdición están crucificando de nuevo al Hijo de Dios y exponiéndolo a la vergüenza pública.

A todo lo largo de la epístola, el escritor ha exhortado a sus lectores a aceptar la Palabra de Dios en fe, y a no caer en el pecado de incredulidad que resulta en un juicio eterno (2:1–3; 3:12–14; 4:1, 6, 11; 10:25, 27, 31; 12:16–17, 25, 29). En 6:4–6, él no se dirige ya a los destinatarios de su carta, sino que en vez de ello expresa una verdad que surge de una referencia anterior a los israelitas que perecieron en el desierto a causa de su incredulidad. Esta verdad también se le aplica a los hebreos, aunque el escritor omita hacer en 6:4–6 alguna referencia personal.

Antes de considerar los detalles del pasaje, es necesario que veamos los puntos más importantes en que se divide el texto. Son tres la preguntas que formulamos.

  1. ¿Quién es la gente que se menciona en 6:4–6? Se trata de personas caracterizadas por cuatro participios que en el griego original exhiben un rimo poético: fueron iluminados, han gustado, han participado, han gustado. No existe ningún vínculo especial entre estos participios, aunque algunos expositores han querido ver en este versículo una secuencia de bautismo, santa cena, ordenación, y quizá hasta de proclamación.

     Aquellos que fueron una vez iluminados. Desde el siglo dos hasta el presente ha habido escritores que han asociado el verbo iluminados con el bautismo. Esta interpretación recibe un apoyo adicional de parte de la expresión restrictiva una vez. Además, en el contexto más amplio de este pasaje, encontramos que el término bautismos aparece en 6:2. Podemos señalar muchas semejanzas entre el bautismo y la iluminación. Por ejemplo, la antigua práctica de fijar el horario de los bautismos para el amanecer utiliza el símbolo de la noche del pecado que retrocede y del sol naciente que ilumina al candidato al bautismo, que entra a una nueva vida.

Pero el verbo iluminado tiene también otros significados. El escritor vuelve a usar esta palabra en 10:32, donde la expresión parece ser sinónima de “conocimiento de la verdad” (Heb. 10:26). Aparte de las dos veces que se menciona en Hebreos, este verbo aparece nueve veces en el Nuevo Testamento y tiene un significado más amplio que el de una referencia al bautismo (Lc. 11:36; Jn. 1:9; 1 Co. 4:5; Ef. 1:18, 3:9; 2 Ti. 1:10; Ap. 18:1; 21:23; 22:5).

     Que han gustado del don celestial. Imaginemos el caso de una persona que haya participado en los cultos de la iglesia, que haya hecho confesión de fe, que haya sido bautizado y que haya tomado parte en la vida de la iglesia; que haya comido además del pan partido y haya bebido de la copa que se le ofreciera durante la celebración de la Santa Cena. De este nuevo creyente podríamos entonces decir, que ha gustado sin duda del don celestial.

Sin embargo, poner límites a la interpretación de esta frase (“gustado del don celestial”) sería reducir demasiado su significado. El Nuevo Testamento mismo aporta una explicación más amplia. Jesús se identifica como “el don de Dios” al hablar con la samaritana junto al pozo de Jacob (Jn. 4:10). Pedro llama don de Dios al Espíritu Santo (Hch. 2:38; 8:20; 10:45; 11:17). Por otra parte, Pablo menciona en sus epístolas el “don de gracia” y el “don de justicia”, asociando estos dones con Jesucristo (Ro. 5:15, 17; 2 Co. 9:15; Ef. 3:7 y 4:7).

    Que han participado del Espíritu Santo. El original griego indica la estrecha conexión que hay entre la cláusula precedente y ésta. Dentro del marco del contexto general de 6:4, podemos ver un vínculo entre la frase la imposición de manos (Heb. 6:2) y la participación en el Espíritu Santo, en especial si consideramos que el don celestial es el Espíritu Santo.

Tener parte en el Espíritu Santo presupone que dicha participación ha de acontecer en comunión con otros creyentes. Y el Espíritu de Dios se ha manifestado en diversos dones espirituales otorgados a los miembros de la iglesia (1 Co. 12:7–11).

    Que han gustado de la bondad de la Palabra de Dios. El escritor de Hebreos no especifica el alcance de la Palabra, sólo dice que la palabra es buena. Cuando Dios habla, el hombre recibe un buen don. El escritor de Hebreos vuelve a usar el verbo gustar para indicar el gozo de recibir este don. Este gozo consiste en oír la proclamación de las Escrituras y en obtener alimento espiritual de dicha Palabra.

    Y los poderes del siglo venidero. Lo que viene después de gustar de la Palabra de Dios es experimentar los poderes del siglo venidero. Nótese primeramente que el escritor usa el plural poderes. Es decir que los mismos son parte de las “señales, prodigios y diversos milagros” que el escritor ha mencionado anteriormente (2:4). Estos poderes pertenecen al siglo venidero, pero son ya evidentes en este tiempo. El no dice cuales son estos poderes, aunque notamos que los mismos están encaminados hacia el avance de la iglesia por todo el mundo.

La frase el siglo venidero (con ligeras variantes) aparece solamente seis veces en el Nuevo Testamento: tres veces en los Evangelios (Mt. 12:32; Mr. 10:30; Lc. 18:30) y tres veces en las epístolas (Ef. 1:21; 2:7; Heb. 6:5). Dada que los escritores del Nuevo Testamento usan esta frase con escasa frecuencia, debemos ser prudentes al interpretarla. En principio nos es dado experimentar en la era presente los poderes que pertenecen a la era futura. Cuando la era venidera amanezca, conoceremos plenamente los poderes sobrenaturales que ahora se nos permite observar.

El escritor de Hebreos ha descrito cierto número de experiencias que algunas persona han tenido. En cierto sentido podemos decir que él es deliberadamente ambiguo, ya que se limita a hacer una lista de algunos fenómenos pero sin aclarar quienes los experimentan. Pero él sigue adelante y describe qué le sucede a esta gente.

b. ¿Qué sucede con la gente mencionada en 6:4–6? El escritor añade un participio que muchos traductores inician con la partícula sí.

Si caen. No estoy seguro de que el escritor tenga la intención de decir que los Hebreos nunca serán apóstatas. En los capítulos precedentes, él ha hablado de la apostasía y la ha ilustrado citando el Salmo 95. Los israelitas que cayeron en el desierto habían puesto sangre sobre las jambas de sus puertas en Egipto habían comido el cordero de la Pascua; habían dejado a Egipto atrás, consagrado sus primogénitos al Señor y cruzado el Mar Rojo; habían podido ver la columna de nube durante el día y la columna de fuego durante la noche; habían gustado de las aguas de Mara y Elim y habían comido diariamente el maná que Dios proveía; habían oído la voz de Dios desde el Monte Sinaí cuando él les diera los Diez Mandamientos (véase Ex. 12–20). Y con todo, estos mismos israelitas endurecieron sus corazones con incredulidad, y por su desobediencia cayeron y se apartaron del Dios vivo (He. 3:12, 18; 4:6,11). El escritor de la epístola a los hebreos enseña que la apostasía que brota de la incredulidad resulta en el endurecimiento del corazón y en la incapacidad para arrepentirse (3:13; 4:2; 6:6; 10:26; 12:15).

Por otra parte, el escritor les escribe palabras de aliento a los destinatarios de esta epístola. En el contexto más amplio les escribe: “Y aunque hablamos de este modo, queridos amigos, tenemos confianza de mejores cosas en vuestro caso—cosas que acompañan la salvación” (6:9).

¿Qué significó este pasaje (6:4–6) para los lectores originales de Hebreos? ¿Está el escritor haciendo sonar solamente una alarma de advertencia, o es que piensa que el ejemplo de los israelitas podría ser imitado por la gente a la que dirige su carta? Las advertencias constantes, repetidas y sentidas del escritor demuestran de modo convincente que la apostasía puede acaecer (3:12–13; 4:1, 11; 12:15). Una y otra vez él coloca ante los lectores la responsabilidad de proteger cada uno el bienestar espiritual del otro “para que nadie caiga siguiendo su ejemplo [el de los israelitas] de desobediencia” (4:11).

Es necesario hacer aquí una distinción. El escritor habla de caer y perderse, y no de caer en pecado. Por ejemplo, Judas cayó y se apartó de Jesús y nunca regresó a él; Pedro cayó en pecado pero poco después vio al Jesús resucitado. Estos dos conceptos (apostasía y volver a pecar) nunca deben ser confundidos. En 6:6 el escritor se refiere a la apostasía; tiene en mente a la persona que deliberada y completamente abandona la fe cristiana.

La apostasía no acontece de un modo repentino e inesperado. Es más bien parte de un proceso gradual, una declinación que lleva de la incredulidad a la desobediencia y a la apostasía. Y cuando llegan la caída y el apartarse de la fe, éstas llevan al endurecimiento del corazón y a la imposibilidad del arrepentimiento. El escritor, al usar el ejemplo de los israelitas, ha demostrado cuál es el proceso que desemboca en la apostasía (3:18; 4:6, 11).

Si los israelitas del tiempo de Moisés deliberadamente desobedecieron la ley de Dios y “recibieron su justo castigo” (2:2; y véase 10:28), “¿con cuánta más severidad creéis que merece ser castigado el hombre que ha pisoteado al Hijo de Dios?” (10:29).

¿En qué parte de este proceso encajan los destinatarios de esta epístola? El escritor los reprende por ser lentos para aprender (5:11), perezosos (6:12), y enclenques (12:12). Los exhorta constantemente a fortalecer su fe (4:2; 10:22–23; 12:2). Si su fe continúa debilitándose, caerán presa de la incredulidad que lleva a la desobediencia y a la apostasía.

      Es imposible … ser traídos de nuevo al arrepentimiento. Advertimos que hay por lo menos dos detalles en este pasaje que a propósito son imprecisos. En primer lugar, en los versículos precedentes (5:11–6:3) y en los que siguen (6:9–12), el escritor usa pronombres plurales en primera y segunda persona, nosotros y vosotros, pero en los versículos 6:4–6 encontramos pronombres de tercera persona plural: aquellos y ellos. En segundo lugar, falta el sujeto del verbo ser traído nuevamente. El escritor no revela la identidad del agente en cuestión. ¿Está acaso diciendo que Dios no permite (6:3) un segundo arrepentimiento? ¿O querrá decir que una persona que ha caído y se ha apartado del Dios vivo no puede ser traída nuevamente al arrepentimiento debido al corazón endurecido del pecador? Aunque el escritor no dé la respuesta, suponemos que ambas preguntas podrían ser contestadas afirmativamente.

El uso del pronombre nosotros en el contexto más amplio de 6:4–6 demuestra que Dios nunca le falla al creyente que con fe confía en él. Dios “deja bien en claro la inmutable naturaleza de su propósito a los herederos de lo prometido” (6:17), y lo hace con un juramento. Y los herederos de la promesa son el escritor y los lectores de la epístola a los hebreos.

¿Es la iglesia cristiana incapaz de restaurar a un pecador endurecido y traerlo de nuevo a la gracia de Dios? Una vez más vemos que el escritor no da una respuesta en el contexto del pasaje. Pero en relación con otro tema él repite el sentir general de 6:4–6 y escribe: “Si continuamos pecando deliberadamente después de haber recibido el conocimiento de la verdad, ya no queda sacrificio por los pecados” (10:26). El escritor nada dice en cuanto a la restauración de un pecador endurecido; a lo que se refiere es a la imposibilidad de quitar el pecado a causa de que la persona peca deliberadamente. La palabra deliberadamente recibía todo el énfasis en el griego original por estar en primer lugar en la oración. Si una persona familiarizada con “las enseñanzas elementales acerca de Cristo” peca deliberadamente, es imposible su restauración por medio del arrepentimiento.

c. ¿Por qué esto es así? El escritor de la epístola da dos razones: “para su perdición están crucificando de nuevo al Hijo de Dios” y lo están “exponiendo a la vergüenza pública”. Nos damas cuenta de que el escritor está usando, obviamente, una metáfora. Los que han caído y se han apartado no crucifican literalmente al Hijo de Dios ni lo exponen a la infamia. Vale la pena notar que el escritor no usa ni el nombre personal Jesús ni el nombre oficial Cristo, sino más bien el apelativo Hijo de Dios; esto se hace para expresar por un lado la divina exaltación del Hijo, y por el otro la total depravación del pecador que se ha apartado del Hijo de Dios y se ha puesto contra él.

El que ha caído de este modo declara que Jesús debiera ser eliminado. Así como los judíos querían sacar a Jesús de esta tierra y por ello lo alzaron del suelo en una cruz, del mismo modo el apóstata le niega a Jesús un lugar, lo destierra de este mundo y, metafóricamente, crucifica otra vez al Hijo de Dios. De esta manera trata a Jesús con persistente menosprecio y escarnio, y con pleno conocimiento comete el pecado para el cual ya no existen ni arrepentimiento (6:6) ni sacrificio (10:26). El pecador puede esperar el juicio de Dios que llegará a él como “un fuego devorador que consumirá a los enemigos de Dios” (10:27).

 

Consideraciones doctrinales en 6:4–6

     No debe pasarse por alto la relación que hay entre los vv. 3 y 4. Las palabras si Dios lo permite deben ser considerados en su relación con la frase es imposible. Es cierto, que Jesús dijo que con respecto a la salvación “para Dios todas las cosas son posibles (Mt. 19:26; Mr. 10:27; Lc. 18:27). Aquí, empero, el contexto difiere. Dios cambia el corazón del hombre pecador para hacer que éste sea receptivo al evangelio. Pero Dios no permite que el pecado deliberado quede impune. Es imposible traer nuevamente a una persona tal al arrepentimiento.

El Antiguo Testamento habla en varios lugares de las consecuencias de pecar deliberadamente contra Dios. Por ejemplo, en Nm. 15:30–31 Dios dice: “Todo aquel que peca desafiantemente, ya sea nativo o extranjero, blasfema contra el Señor, y tal persona debe ser cortada de su pueblo. Por haber despreciado la Palabra de Señor y quebrantado sus mandamientos, dicha persona debe ciertamente ser cortada; su culpa permanece con ella”.

Familiarizado con las enseñanzas del Antiguo Testamento acerca de este tema, el escritor de Hebreos compara al hombre que pecaba rechazando la ley de Moisés con alguien “que pisotea al Hijo de Dios” y que “ha insultado al Espíritu de gracia” (10:29). Luego hace una pregunta retórica: “¿No recibirá la persona que ha ofendido al Hijo de Dios y al Espíritu Santa un castigo más severo que aquel que rechazó la ley de Moisés?”181 La respuesta es: por supuesto.

Dios no permite que nadie desprecie caprichosamente a su Hijo, a su Palabra, o a su Espíritu. Pecar deliberadamente contra Dios con plena consciencia y conocimiento de la divina revelación de Dios constituye un pecado contra el Espíritu Santo (Mt. 12:32; Mr. 3:29; Lc. 12:10).182 Este pecado no tiene el perdón de Dios.

Las preguntas teológicas acerca de lo genuino del arrepentimiento y de la fe de la gente que reniega de Cristo quedan sin contestar. El escritor rehúsa juzgar a la gente; en lugar de ello les advierte en contra de caer en el mismo error que cometieron los israelitas en el desierto. El alienta a sus lectores a crecer espiritualmente y a continuar obedeciendo la Palabra de Dios.

Estamos frente a un misterio cuando vemos a Dios sacar de Egipto a la nación escogida, Israel, y luego destruir a la gente de veinte años y arriba en el desierto (Nm. 14:29); o cuando vemos a Jesús pasar una noche en oración antes de designar a Judas como uno de su discípulos (Lc. 6:12, 16) y más tarde declarar que Judas estaba “condenado a la perdición (Jn. 17:12); y también cuando vemos a Pablo aceptar a Demas como compañero evangelista y ver cómo éste años más tarde abandona a Pablo porque, en las palabras del mismo Pablo, “Demas amaba este mundo” (2 Ti. 4:10).

El escritor de Hebreos observa que los desobedientes israelitas murieron en el desierto a causa de la incredulidad. Por analogía, es real la posibilidad de que personas que han confesado a Cristo, caigan (Mt. 7:21–23). ¿Es posible que verdaderos creyentes se aparten de Cristo? El escritor exhorta sin cesar a los destinatarios de su epístola a permanecer fieles porque Dios es fiel. Dios no rompe la buena promesa hecha a su pueblo. “Dios no es injusto” (6:10). Por lo tanto, dice el escritor, “imitad a aquellos que por la fe y la paciencia heredaron lo prometido” (6:12).

 

Texto: 1a de Juan Cap. 4, versículos 13. En esto conocemos que permanecemos en él, y él en nosotros, en que nos ha dado de su Espíritu.

AMÉN, A DIOS SEA LA GLORIA.

 

 

Bibliografía:

  • Comentarios del Nuevo Testamento – William Hendriksen.
  • Comentario Mundo Hispano)

 

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Hno Roberto Saldías Roa

Miembro de la IEP en Nacimiento Bajo, nació en el evangelio del Señor en la Iglesia de Laja 1975. Casado con María Nahuelmán, estudia teología de manera autodidacta. Me gusta mucho leer y escribir.