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Semana del 21 al 27 de junio de 2021“El Don De Discernimiento De Espíritus Para Descubrir El Misterio De La Iniquidad”

Semana del 21 al 27 de junio de 2021“El Don De Discernimiento De Espíritus Para Descubrir El Misterio De La Iniquidad”

   Lectura Bíblica: 2ª a los Tesalonicenses 2: 3 al 10. 3Nadie os engañe en ninguna manera; porque no vendrá sin que antes venga la apostasía, y se manifieste el hombre de pecado, el hijo de perdición, 4el cual se opone y se levanta contra todo lo que se llama Dios o es objeto de culto; tanto que se sienta en el templo de Dios como Dios, haciéndose pasar por Dios. 5 ¿No os acordáis que cuando yo estaba todavía con vosotros, os decía esto? 6Y ahora vosotros sabéis lo que lo detiene, a fin de que a su debido tiempo se manifieste. 7Porque ya está en acción el misterio de la iniquidad; sólo que hay quien al presente lo detiene, hasta que él a su vez sea quitado de en medio. 8Y entonces se manifestará aquel inicuo, a quien el Señor matará con el espíritu de su boca, y destruirá con el resplandor de su venida; 9inicuo cuyo advenimiento es por obra de Satanás, con gran poder y señales y prodigios mentirosos,10y con todo engaño de iniquidad para los que se pierden, por cuanto no recibieron el amor de la verdad para ser salvos. 

   Comentario: [3ª]: Pablo dice, Que nadie os engañe en manera alguna. La causa de la agitación que amenazaba los corazones y las mentes de los tesalonicenses era un error doctrinal. Estaban siendo engañados, descarriados, alucinados (ἐξαπατάω, usado solamente por Pablo—Ro. 7:11; 16:18; 1 Co. 3:18; 2 Co. 11:3; 1 Ti. 2:14—, aunque la forma sin el prefijo ἐχ que le da fuerza occure también en Santiago 1:26). Por eso, Pablo les previene a fin de que no se dejen desviar en manera alguna, sea por “espíritu, palabra, carta” o cualquier otro medio.

   La razón por la cual los lectores no debían dejarse engañar y alarmar se declara en las palabras: porque (aquel día no llegará) a menos que antes venga la apostasía. Las palabras incluidas entre paréntesis no se encuentran en el original, pero se pueden derivar fácilmente del contexto precedente. Tenemos aquí otro caso de expresión abreviada.

    El hecho de que el día del Señor sería precedido por la apostasía (el renegar, rebelión)—apostasía acerca de la cual los lectores habían recibido previa instrucción (véase sobre versículo 5)—había sido claramente predicho por el Señor estando él aun en la tierra (Mt. 24:10–13). Durante la antigua dispensación la predicha apostasía final había sido prefigurada vez tras vez por la deserción de Israel del Dios viviente. Uno de los más llamativos casos de apostasía ocurrió durante el reinado del cruel y malvado antecesor del anticristo, a saber, Antíoco Epífanes (que reinó de 175–164 a.C.). Se había propuesto liquidar la religión de Israel sin dejar raíz ni rama:

   “En aquellos días salieron de Israel transgresores de la ley, que persuadieron a muchos, diciéndoles, Vamos y hagamos alianza con los gentiles que están alrededor de nosotros … Y se hicieron incircuncisos, y abandonaron el pacto santo, y se unieron a los gentiles, y se vendieron a hacer lo malo … Y muchos de Israel consintieron a este culto, y sacrificaron a los ídolos, y profanaron el sábado … Y los oficiales del rey, encargados de imponer la apostasía, vinieron a la ciudad de Modín a sacrificar” (1 Mc. 1:11, 15, 43; 2:15).

   Allí en Modín, no muy lejos de Jerusalén, vivía por aquel tiempo un anciano sacerdote, Matatías. Cuando el oficial de Antíoco le pidió que dirigiera un sacrificio pagano, no sólo rehusó a hacerlo, sino que mató tanto al oficial como a un judío apóstata que estaba a punto de acceder a la petición. Aquel acto de valor marcó el comienzo de la espléndida era de la rebelión macabea.

   Lo que el apóstol Pablo está diciendo aquí, en 2 Tesalonicenses 2:3, equivale a lo siguiente: Tal como la primera venida de Cristo fue precedida por un período de apostasía, así también la segunda venida no ocurrirá hasta que una apostasía similar haya tenido lugar. En este caso, sin embargo, la apostasía será un renegar de (sí, una abierta rebelión contra) el Dios que culminó su amor por medio de un acto de infinito sacrificio en pro de los pecadores, a saber, el dar a su Hijo unigénito.

   El pasaje referente a la apostasía venidera de ninguna manera significa que los que verdaderamente son hijos de Dios “caerán de la gracia”. No existe tal caída. El buen pastor conoce a sus propias ovejas, y nadie les arrebatará de sus manos (véase Jn. 10:28; véase también 1 Ts. 1:4). Pero sí significa que la fe de los padres—fe a la cual los hijos se adhieren por un tiempo en manera meramente formal— será finalmente abandonada del todo por muchos de los hijos. En este sentido la apostasía será muy real, por cierto.

   Será una deserción de parte de aquellos que han sido alcanzados por el evangelio (cf. 1 P. 4:17; Ez. 9:6), y será en gran escala: “muchos tropezarán … muchos falsos profetas se levantarán y apartarán a muchos … el amor de muchos se enfriará” (Mt. 24:10–13).  El uso del término apostasía aquí en 2 Tesalonicenses 2:3 sin un adjetivo adjunto señala hacia el hecho de que, de una manera general, la iglesia visible abandonará la verdadera fe.

   [3b, 4]. Y sea revelado el hombre de desafuero, el hijo de perdición, el que se opone y se exalta en contra de todo lo (que es) llamado Dios o adorado, de modo que se sienta en el santuario de Dios, proclamándose ser Dios.

   El movimiento de la apostasía pronto tendrá su líder, a saber, “el hombre de desafuero” (ὁ ἄνθρωπος τῆς ἀνομίας). Esta es probablemente la mejor lectura, aunque existe también un buen apoyo para la versión “el hombre de pecado” (ἀνθρωπος τῆς ἁμαρτίας). Pero en vista de que “pecado es desafuero” (1 Jn. 3:4), no hay diferencia. Es importante observar en conexión a esto, que, así como la apostasía no será meramente pasiva sino activa (no sólo un renegar sino también una rebelión contra Dios y su Cristo), así también el hombre de desafuero será un activo y agresivo transgresor. No se le llama “sin ley” porque nunca oyó la ley de Dios, sino ¡porque abiertamente la desafía!

   Ante todo, deben eliminarse algunos conceptos erróneos en cuanto a este “hombre de pecado”.

(1) No ha de ser identificado con Satanás.

   El hecho mismo de que su venida es “según la operación de Satanás” (versículo 9) muestra que el mismo no es Satanás. Llamarle “la encarnación del diablo” es un error.

(2) No ha de ser identificado con “la bestia que sale del mar” de Apocalipsis 13 y 17.

   Existe, sí, una estrecha relación entre los dos:

-a. “El hombre de desafuero” está en íntima relación con Satanás, como así también “la bestia que sale del mar” (2 Ts. 2:9; cf. Ap. 13:4).

-b. “El hombre de desafuero” se opone a Dios y se exalta a sí mismo, proclamándose ser Dios; similarmente “la bestia que sale del mar” abre su boca en blasfemias contra Dios, y recibe el honor de ser adorada por un mundo pecaminoso (2 Ts. 2:4; Ap. 13:5–8).

-c. “El hombre de desafuero” es un “hijo de perdición” y sufre total derrota cuando Cristo aparece en las nubes del cielo; así también la bestia que sale del mar va a perdición (2 Ts. 2:8; cf. Ap. 17:8; 19:20).

   No hemos de extrañarnos, por lo tanto, que muchos autores simplemente los consideren idénticos. Sin embargo, tal identificación “no tiene fundamento alguno”. En Apocalipsis, las cuatro bestias de la profecía de Daniel (Dn. 7) se combinan para formar una bestia compuesta. Ahora bien, debe ser evidente que si aún las bestias de la profecía de Daniel claramente indican reinos y no solamente individuos (aunque la idea de individuos no queda totalmente excluida), la bestia compuesta de Apocalipsis no puede referirse a una sola persona. Al contrario, debe referirse al gobierno anticristiano cuandoquiera y doquiera sea manifestado.

   Para captar el cuadro completo, debemos, por lo tanto, combinar 2 Tesalonicenses 2 y Apocalipsis 13 y 17. Entonces queda en claro que en todas las épocas el poder anticristiano se manifiesta, y es nuestro deber resistirlo con todas las fuerzas. Vez tras vez este dominio del “anticristo” sufre derrotas. Sufrirá su más grande derrota al final de la presente era cuando, simbolizado por “la bestia que sube del mar” bajo su octava cabeza, estará bajo el control de un terrible blasfemo, a saber, el hombre de desafuero, el antagonista personal mencionado y descrito en 2 Tesalonicenses 2. Apocalipsis (13 y 17) y 2 Tesalonicenses (capítulo 2) se complementan el uno al otro. Uno presenta un movimiento, el otro su líder final. Esto nos lleva a una proposición más general:

   (3) No es un poder abstracto ni un concepto colectivo, sino específicamente una persona escatológica.

   El principio de desafuero, siempre presente, será finalmente encarnado en “el hombre de desafuero”. Pero esto no significa que ambos—el principio y el hombre—son exactamente lo mismo. Es verdad que el “hombre de desafuero” real y final tiene sus precursores; pero lo que se describe aquí en 2 Tesalonicenses no es un precursor sino “el hombre de pecado” mismo.

   Basamos este punto de vista no tanto en los términos “hombre de pecado” o “hijo de perdición” (expresiones que por su carácter y significado semíticos no pueden ser conclusivas para la tesis de que “el hombre de desafuero” aquí en 2 Tesalonicenses es una persona), sino en el hecho de que toda la descripción aquí dada es de carácter personal. El hombre de desafuero “se opone”, “se exalta”, “se sienta en el santuario de Dios”, “se proclama ser Dios”, y será “matado”. También hay toda la razón para creer que el hombre de desafuero descrito por Pablo es la misma persona mencionada por Juan como el anticristo. Ahora bien, Cristo es una persona. De ahí que, con toda probabilidad, el anticristo (“contra Cristo”) es también una persona. Por lo tanto, “el hombre de desafuero”, siendo el anticristo, es también sin lugar a dudas una persona. Como Cristo mismo, “el hombre de desafuero” realiza señales y maravillas, tiene su “parousía” y su “revelación”. Sería extraño, por lo tanto, si “el hombre de pecado” no fuese una persona. Pero, ¿ha de ser identificado “el hombre de desafuero” con el anticristo? Nuestras razones para considerar a ambos idénticos son las que siguen:

-a. “El hombre de desafuero” será revelado inmediatamente antes de la venida de Cristo. El anticristo respecto al cual los lectores han recibido previa información vendrá “en la última hora” (2 Ts. 2:8; 1 Jn. 2:18).

b. El “misterio de desafuero” ya está obrando. Ahora mismo “existen muchos anticristos” (2 Ts. 2:7; 1 Jn. 2:18). En ambos casos la idea es la siguiente: aunque los creyentes estén en lo correcto al esperar un individuo definido al final de la era, individuo en quien la malvada oposición a Cristo llegará a cristalizarse, deben más bien centrar su atención en los “muchos anticristos ya presentes en sus propios días y época, en el hecho de que el misterio de desafuero está en operación ahora mismo.

-c. La venida del “hombre de desafuero” es según la operación de Satanás, con grandes señales y milagros, todos ellos falsos. Igualmente, al anticristo se le llama el mentiroso y engañador (2 Ts. 2:9; 1 Jn. 2:22; 2 Jn. 7).

   Sin embargo, “el hombre de desafuero” no solamente es una persona; es, además, una persona que pertenece al tiempo del fin; de ahí que es una persona escatológica. Esto es claro según los versículos 3 y 8.

   Por cierto, al hablar de una línea larga de anticristos, estamos haciendo justicia a un concepto bíblico (1 Jn. 2:18; cf. 2 Ts. 2:7). Además, este concepto tiene una ventaja práctica sobre la idea de un solo anticristo final. El concepto-línea—que existen anticristos en cada época contra lo cual la Iglesia debe estar siempre en guardia—provee muy útil y apropiado tema para sermones. Pero una cuidadosa lectura de 2 Tesalonicenses 2:3, 4, 8 y 9 debe ser suficiente para convencer a cualquiera de que aquí estamos frente a una predicción precisa acerca de cierta persona definida que ha de recibir su sentencia cuando Cristo regrese. Otras explicaciones pueden ser filosóficas, pero no son exegéticas.

   Esto nos lleva a la próxima proposición:

   (4) No ha de ser identificado con la línea de emperadores romanos.

   Por esta vez no puedo estar de acuerdo con el Dr. B. B. Warfield, recio defensor de la fe, cuyos puntos de vista sobre temas teológicos merecen el mayor respeto. Su opinión era que el hombre de desafuero debe ser identificado con la línea de emperadores romanos tales como Calígula, Nerón, Vespasiano, Tito, y Domiciano. Pero, como ya se ha hecho ver, todo el contexto aquí en 2 Tesalonicenses 2 es escatológico. Tiene que ver con “el fin” de la dispensación presente. El “hombre de desafuero” es quien precede inmediatamente a la segunda venida de Cristo (versículo 3), y será “matado por el aliento de la boca de Cristo” cuando el Señor regrese gloriosamente (versículo 8). Este hecho es un obstáculo insuperable en el desarrollo de la teoría del “emperador romano”. También deshace las teorías discutidas más abajo, a saber, que “el hombre de desafuero” es Nerón Redivivus, el Papa, o alguna vaga figura mitológica.

   (5) No es Nerón Redivivus (Nerón vuelto a la vida).

   Aquí no se habla de la línea entera de emperadores romanos ni algún emperador en forma particular. Así, por ejemplo, el anticristo no es Nerón.

   Fue Kern quien reavivó la antigua teoría— ¡Agustín la conocía! —: “el hombre de desafuero es Nerón Redivivus”. Pensó que la idea partió de aquel muy difundido y supersticioso temor de la iglesia primitiva de que el monstruo de crueldad reapareciera en cualquier momento. La leyenda en cuanto a Nerón parece haberse manifestado en dos formas. Según la primera, el emperador no murió de veras en 68 d.C. sino que sencillamente se escondió; según la segunda (que llegó a prevalecer especialmente después de 88 d.C.), Nerón realmente murió, pero se levantaría otra vez.

   Pero además del persuasivo argumento ya presentado (véase bajo (4) más arriba), la respuesta más terminante es ésta, que aquella teoría, según la cual quienquiera que haya escrito 2 Tesalonicenses 2 realmente quiso decir que Nerón volvería y que estaba detenido temporalmente por Vespasiano y su hijo Tito, debe ser considerada como “imposible de aceptar” por todo aquel que crea en una Biblia infalible, ¡puesto que Nerón nunca regresó! Esta es la contestación que damos a Kern, Baur, Weizäcker, Holzmann, Schmeidel, y todos sus seguidores.

   Pero si “el hombre de pecado” no es el emperador romano, entonces, ¿no podría ser el Papa romano?

   Esto introduce la próxima proposición:

   (6) No es el Papa.

   La idea según la cual el anticristo es el Papa ¡se remonta … al Papa mismo! Fue Gregorio I (“el Grande”, 550–604 d.C.) quien dijo que cualquiera que se arrogue el título de “sacerdote universal” es un precursor del anticristo. Hizo esta declaración en una epístola en que denunció las pretensiones del “patriarca”, su contemporáneo del Este. La idea se mantuvo viva a través de la Edad Media y era susurrada aquí y allá cada vez que algún ocupante de la silla papal se mostraba arrogante y codicioso de poder. Wyclif hasta escribió un tratado Concerning Christ and his Adversary, Antichrist [Concerniente a Cristo y su adversario, el Anticristo]. Defendió la proposición, “el Papa es el anticristo”, dando doce razones.

   Naturalmente, la idea fue acogida con entusiasmo por muchos líderes de la Reforma. Así, en octubre 11, 1520, Lutero escribió que se sentía mucho más aliviado desde que se había convencido enteramente de que el Papa es el anticristo. Las explicaciones marginales de la versión holandesa “autorizada” u “oficial” de 1637 son muy interesantes al respecto. (En casa tenemos una de estas pesadas, antiguas Biblias con tapas de madera y bisagras de bronce; la nuestra fue publicada en 1643 en “Amstelredam” = Amsterdam.) A veces los comentarios nos parecen casi jocosos. Todo lo que pertenece al “hombre de pecado”, “el anticristo”, “la bestia que sale del mar”, “la bestia que sale de la tierra” (Apocalipsis 13), es aplicado en forma muy consistente al Papa y toda su maquinaria. Así, el fuego que la “bestia” hace descender del cielo se dice ser la representación del edicto de excomunión de parte del Papa. Los “milagros” de los cuales la Iglesia Católica Romana se jacta, sus sacramentos, y especialmente (entre estos) la misa, pueden ser todos hallados en el Santo Escrito. Y el número “666” (Ap. 13:18) se interpreta como significando “Lateinos”, ¡puesto que el Papa es la cabeza de la iglesia latina!

   Pero si esto nos parece un tanto jocoso, en verdad no lo es menos aquella declaración en el prefacio de la versión autorizada inglesa en la cual “el más elevado y poderoso príncipe, Jacobo, por la gracia de Dios, rey de Gran Bretaña, Francia, e Irlanda, Defensor de la Fe, etc.” es reconocido por haber, por medio de un tratado, asestado “tal golpe al Hombre de Pecado (significando el Papa) que no podrá sanar.”

   La Confesión de Fe de Westminster habla en forma muy positiva en cuanto a este aspecto, “No hay otra cabeza de la iglesia sino el Señor Jesucristo; no puede el Papa de Roma ser la cabeza de ella en ningún sentido; sino que es el anticristo, aquel hombre de pecado e hijo de perdición, que se exalta en la iglesia contra Cristo y todo lo que se llama Dios”.

   Pero, aunque la proposición “el Papa es el anticristo” continúa aun siendo defendida, no halla apoyo en 2 Tesalonicenses 2. Es lógico que, si el hombre de pecado es definitivamente una persona escatológica, no puede ser el primer Papa, ni el segundo, ni el tercero, etc., y tampoco puede ser el concepto colectivo de “el papado”. Es verdad, por supuesto, que cualquier hombre (sea dictador religioso o político) que se arrogue para sí atributos y prerrogativas que pertenecen a la deidad posee rasgos anticristianos. Puede ser llamado “un anticristo”, uno entre muchos de los precursores del anticristo final. En tal hombre el misterio de desafuero estaría ya en acción. Pero llamar al Papa el anticristo es contrario a toda sana exégesis. Aunque nosotros como evangélicos con toda razón deploramos toda idolatría, mariología, superstición, y cultos de tradición que se encuentran en la Iglesia Católica Romana, males contra los cuales debemos expresarnos con creciente vigor y seriedad, no tenemos derecho de condenar todo lo que se halla en aquella iglesia. Debemos esforzarnos en ser honestos y justos, no sea que condenando los males de Roma cerremos nuestros ojos a los muchos y serios males que están entrando en todos los sectores de la iglesia protestante. La proposición, “el Papa es el anticristo”, inexcusable— ¡aunque comprensible! — aun durante los días de intensa lucha que marcaron el nacimiento del protestantismo, no es menos inexcusable en el día de hoy. Y el veredicto de algunos, a saber, que todos los que no estén prontos a identificar al hombre de pecado de 2 Tesalonicenses 2 con el Papa nunca han experimentado en sus corazones y vidas la “justificación por la fe”, nos impresiona como juicio falto de caridad.

   En círculos liberales la tendencia a interpretar los conceptos bíblicos a la luz de fuentes no canónicas y aun paganas ha hecho también valer sus derechos con respecto al término ahora en discusión. Esto nos lleva a la proposición final:

   Empezando con lo primero, es una referencia a la épica babilónica de la creación con su historia de la lucha entre el dragón Caos, Tiamat, por un lado, y el dios de la luz, Marduc, por el otro. Se ha señalado vez tras vez, sin embargo, que los elementos legendarios que caracterizan a este relato enteramente mitológico e “imposible”, contrastan fuertemente con la sobria descripción que se encuentra en la Biblia referente a los grandes oponentes de Dios, Satanás y el anticristo. En conexión a esto, además, se debe distinguir siempre entre forma y contenido, entre un término y el uso que de él se hace. Es cierto, hay autores inspirados que hacen uso de vez en cuando de la terminología de supersticiones populares antiguas. Así, el autor del libro de Apocalipsis introduce un dragón. Pero este dragón no es Tiamat a quien Marduc parte en dos como a un pez, después de haber descuartizado su corazón con una jabalina. (Los críticos hacen referencia también a pasajes tales como Sal. 74:13; 89:10; Job 41:1, pero cada pasaje debe ser interpretado a la luz de su propio y específico contexto y trasfondo.)

   Además, recientemente todo el intento de derivar enseñanzas bíblicas de las fuentes babilónicas, intento que nunca ha tenido mucho éxito y que ha sido refutado más de una vez, ha recibido otro sacudón con el descubrimiento de las tabletas de Ras Shamra. Estas fueron halladas en 1929 en la antigua ciudad fenicia de Ugarit en la costa de Siria. Estas tabletas ofrecen un tesoro de información con respecto a los antecedentes cananeos del Antiguo Testamento. Contienen diversas variaciones sobre el tema de la matanza de un dragón. De ahí que ahora los críticos han comenzado a revisar sus puntos de vista una vez más, y están diciendo que, después de todo, la religión de Israel puede haber sido influida más directamente por la de Canaán que por la de Babilonia. Uno se pregunta ¿cuál será la próxima teoría que propondrán?

    Existe también otra teoría que se le relaciona estrechamente y que pretende derivar el concepto “hombre de pecado” de las perversiones apócrifas y pseudoepigráficas del término veterotestamentario Belial o Beliar (1 S. 2:12; 2 Cr. 13:7; cf. 2 Co. 6:15). Después de un detallado estudio, G. Vos comenta lo siguiente:

   “Este recurrir a la literatura apocalíptica y pseudoepigráficas para descubrir antecedentes de la figura del anticristo no tiene mucho poder convincente. Por supuesto, no se puede negar a priori que, en círculos judíos, antes que las epístolas paulinas fuesen escritas, una cantidad de folklore supersticioso estaba en boga. Pero que estas creencias populares de forma tan grosera y rudimentaria fuesen la fuente de donde surgió la doctrina neotestamentaria del anticristo, y de donde ésta pueda obtener explicación satisfactoria es muy difícil creer … Ningún camino conocido y seguro nos guía hasta el pasado para descubrir el concepto de hombre‐de‐pecado excepto aquella vía la profecía de Daniel”.

   Habiendo repasado los varios conceptos erróneos referentes a la naturaleza de “el hombre de pecado” y del origen de la idea, se puede ahora establecer positivamente que el uso que hace el apóstol del concepto pueda rastrearse a un libro canónico. Es, sin duda alguna, verdad, como los conservadores han mantenido siempre, que muchos de los aspectos de la descripción de Pablo tocante al grande y final príncipe de la maldad se derivan del libro de Daniel:

(1) “El hombre de desafuero”, cf. Daniel 7:25; 8:25.

(2) “el hijo de perdición”, cf. Daniel 8:26.

(3) “el que se opone”, cf. Daniel 7:25.

(4) “y se exalta contra todo lo (que es) llamado Dios o adorado”, cf. Daniel 7:8, 20, 25; 8:4, 10, 11.

(5) “de modo que se sienta en el santuario de Dios, proclamándose ser Dios”, cf. Daniel 8:9–14.

   Esto no ha de extrañarnos, puesto que “el cuerno pequeño” de Daniel 7, el que creció después de los otros diez, es el anticristo, y “el cuerno pequeño” de Daniel 8, el cual salió de uno de los cuatro notables cuernos, es Antíoco Epífanes, el más conspícuo precursor del anticristo, el que profanó el templo de Jerusalén erigiendo un altar pagano sobre el altar del sacrificio, y luego ofreciendo sacrificios sobre él (lo cual fue un “horror espantoso” a los ojos de todo verdadero creyente).

   Además, en Mt. 24:15 (cf. Mc. 13:14) “la abominación desoladora” (“horror espantoso”) de que habla Jesús se deriva de Daniel 11:31; 12:11 (tal vez no directamente de Dn. 9:27). La historia, en cierto sentido, se repite. Mejor dicho: la profecía se realiza en múltiples cumplimientos. El pensamiento básico es siempre el mismo. La ciudad de Dios y el santuario son profanados, ya por Antíoco Epífanes y sus sacrílegas ofrendas (Dn. 8:9–14; cf. “Gog” en Ez. 38 y 39), por los ejércitos romanos y sus normas idólatras (Lc. 21:20; Mc. 13:14); o finalmente por el anticristo mismo.

   Ahora con respecto al anticristo final tal como lo describe Pablo, el pasaje que estamos tratando (2 Ts. 2:3b, 4) declara lo siguiente:

   Él es “el hombre de desafuero” (un semitismo), esto es, el hombre en quien se encarnará, por decirlo así, la oposición a la ley de Dios, la personificación misma de la rebelión contra las ordenanzas de Dios. Es también “el hijo de perdición (otro semitismo), el Judas final, véase sobre Juan 17:12. Cf. La observación de David a Natán, “el hombre que ha hecho esto es hijo de muerte” (2 S. 12:5; i.e., ciertamente debe morir); y cf. también Mateo 23:15; “hijo del infierno”. Al hombre de desafuero se le describe aquí como alguien absolutamente perdido, destinado a perdición. Contrástese con “hijos de luz” 1 Tesalonicenses 5:5.

   Todavía más, se le describe como “el que se opone”. Esta palabra (ἀντίκειμαι, aquí ὁ ἀντικείμενος) se halla ocho veces en el Nuevo Testamento (Lc. 13:17; 21:15; 1 Co. 16:9; Gá. 5:17; Fil. 1:28; 2 Ts. 2:4; 1 Ti. 1:10; 1 Ti. 5:14). Se usa ya como verbo (finito) o como substantivo participio (como aquí). El hombre de pecado es el adversario de Dios, de la ley de Dios, del pueblo de Dios, etc. Como tal, nos recuerda de inmediato a su maestro, Satanás, quien es “el gran adversario”.

   En muy estrecha relación con esta actividad opositora resalta el hecho de que este adversario que aparecerá en el tiempo del fin “se exalta contra todo lo (que es) llamado Dios o recibe adoración”. En su imprudente audacia y feroz insolencia se ensalza a si mismo (ὑπεραιρόμενος) no sólo contra el Dios verdadero quien se ha revelado en Jesucristo y contra los así llamados dioses, sino además contra todos los objetos sagrados, y contra todo lo que se relacione con cultos sagrados. Se refiere probablemente a objetos tales como templos, lugares de Arder en ira contra todos ellos. Reconoce solamente un dios (ello deletrearía con mayúscula: Dios), a saber, ¡él mismo! De ahí que se sienta en el santuario (el término ναός en su sentido primario, a diferencia de ἰερόν, se refiere generalmente al santuario mismo antes que a todo el complejo arquitectónico) de Dios, a saber, en la iglesia (véase 1 Co. 3:16; 6:19; 2 Co. 6:16; Ef. 2:21; y véase sobre Ef. 2:19–22), puesto que el término ναός se usa aquí claramente en forma metafórica. Se arroga autoridad sobre el pueblo de Dios. Por supuesto, ellos no reconocerán a este violento usurpador, y rehusarán rendirle homenaje. La consecuencia será gran tribulación para ellos (Mt. 24:15; 21, 22, 29). “Puesto donde no debe estar”, proclama o públicamente declara ser Dios mismo. En el griego de aquella época el verbo (ἀποδείκνυμι) era usado para proclamar una designación para un oficio público. Se nos dice, por ejemplo, “La expectación y esperanza del mundo, ¡Nerón! ha sido declarado (ἀποδέδεικται) emperador”, cita que también es ejemplo del culto al emperador. Pero aun Antíoco Epífanes, o sea, “Amtíoco (el) ilustre (Dios)” o “Antíoco (el) Dios que se revela”, al demandar homenaje divino, pero sin desconocer enteramente a Zeus, no fue tan blasfemo como lo será el hombre final de desafuero, puesto que este último reconocerá solamente una deidad, a saber, él mismo, se sentará (no meramente colocará su imagen) en el santuario de Dios, y demandará adoración divina solamente para sí.

   Es aleccionador observar que la explicación que he dado con respecto al pasaje del “hombre de pecado” está en armonía con la que recibió el apoyo de los primeros escritores eclesiásticos. Ellos lo entendieron como una profecía referente a una persona definida que viviría en la tierra al final de la historia y que sería totalmente derrotada por Cristo a su regreso. La iglesia no debió jamás haberse apartado de esta interpretación. He aquí algunas citas:

La Didaché (“Enseñanza de los doce apóstoles”)

   “… A medida que aumente el desafuero se odiarán unos a otros y se perseguirán y traicionarán, y entonces aparecerá el engañador del mundo como un Hijo de Dios, y hará señales y maravillas … Y entonces aparecerán las señales … primero, la señal extendida en el cielo, luego la señal del sonido de la trompeta, y tercero la resurrección de los muertos”.

Justino Mártir, Diálogo con Trifo

   “¡Qué hombres estúpidos! puesto que no han podido entender lo que se ha enseñado mediante todos estos pasajes, a saber, que han sido anunciados dos advenimientos de Cristo, el primero, en el cual se le muestra sufriendo, sin gloria, sin honor, sujeto a crucifixión, y el segundo, en el cual vendrá desde los cielos en gloria, cuando el hombre de apostasía, que habla cosas arrogantes contra el Altísimo, intentará atrevidamente perpetrar hechos ilegales contra nosotros los cristianos”.

   Al comentar sobre 2 Tesalonicenses 2:1–11 dice: “No cabe dudas que lo que se halla aquí se refiere al anticristo y al día del juicio, o como Pablo lo llama, el día del Señor …”.

   En el mismo capítulo señala que aun en sus días la interpretación que nos aleja del único anticristo final hacia una gran multitud de anticristos ya estaba comenzando a ser popular; también agrega que la teoría de Nerón Redivivus, en sus dos formas, es muy forzada. Habiendo ya discutido la naturaleza del hombre de pecado en forma extensa, podemos resumir la idea expresada en los versículos 3 y 4 como sigue:

   El día de la gloriosa venida de Cristo no vendrá hasta que la apostasía haya llegado a ser un hecho y el hombre caracterizado por un total desprecio por la ley, hombre que con toda certeza está bajo condenación, sea revelado, de modo que tanto él mismo como su programa de acción sean visibles a todos, y el velo que ahora lo esconde de la vista (porque hasta aquí él es solamente una idea en la mente de Satanás) haya sido descorrido.

   [5]. Por eso, los tesalonicenses no deben dejarse engañar pensando que el día del Señor está a las puertas. Aún más, no tienen excusa para pensar así. Pablo dice, ¿No os acordáis que, estando todavía con vosotros, yo os decía estas cosas?

   Esta es una suave reprensión. Es como si Pablo dijese, “Si vosotros hubieseis reflexionado más a menudo y más seriamente sobre lo que tantas veces os repetí estando todavía con vosotros, no estaríais tan confusos en cuanto a este asunto, y no habríais llegado a estar tan agitados y perturbados”. Obsérvese: “Yo os decía” (no meramente, “0s dije”). Evidentemente la doctrina concerniente a asuntos tales como la apostasía, el hombre de pecado, la venida de Cristo, y el rapto había recibido una atención más que regular en la predicación a los tesalonicenses. El pronombre singular en el verbo (“Yo os decía” y no “nosotros os decíamos”) muestra que, aunque Silas y Timoteo están íntimamente asociados con Pablo al escribir la epístola, como también lo estuvieron al llevar el evangelio a Tesalónica, es no obstante Pablo el que en ambas actividades es considerado como el espíritu director.

   [6, 7]. Pablo continúa: Y lo que ahora está reteniendo (‐le) vosotros sabéis, a fin de que él sea revelado en su tiempo apropiado. 7Porque el misterio de desafuero está ya obrando, (pero como misterio) solamente hasta que el que ahora (le) retiene, sea quitado de en medio.

   Gramaticalmente hablando se puede traducir también: “Y ahora vosotros sabéis lo que le está reteniendo”. Surge entonces la pregunta, “¿Modifica ahora al participio (reteniendo) o al verbo (vosotros sabéis)?” La lógica de todo el pasaje (cf. versículo 7 con versículo 6) parece apuntar en el sentido de vincularlo con el participio. El contraste parece estar entre los dos conceptos “ahora retenido o refrenado” y “entonces revelado”.

   Entendemos fácilmente que “el misterio de desafuero” esté ya en operación. Aun en los días de Pablo la rebelión contra Dios y sus ordenanzas se hallaba presente en el mundo. Sin embargo, no era evidente de que algún día este espíritu de desafuero se encarnaría en “el hombre de desafuero”. Esto era todavía un misterio (cf. Ro. 11:25; 1 Co. 15:51; Ef. 5:22); vale decir, una verdad desconocida aparte de la divina revelación especial. En la malvada oposición al evangelio, que mostraron algunos de los que conocían el camino, Pablo vio, como resultado de divina revelación e iluminación, una clara señal de aquel siniestro movimiento que algún día culminaría en el reinado del anticristo. Lo que el apóstol escribe se puede comparar con la declaración de Juan diciendo que el espíritu del anticristo está ya en el mundo, y que ahora muchos anticristos se han levantado (1 Jn. 4:3; 2:18).

Mucho más difícil de contestar es la pregunta, “¿Qué significa lo que o el que ahora está reteniendo (- le)” de ser revelado como “el hombre de desafuero”? A fin de acercarnos correctamente a esta pregunta, es necesario ante todo determinar la traducción correcta. En las obras de comentaristas el verbo en cuestión (κατέχω) ha sido traducido en tres formas diferentes: a. retener o refrenar, b. sujetar o aferrar, y c. dominar o gobernar.

   Comenzando por la última, el significado podría llegar a ser:

   “Y lo que ahora está dominando (es decir, el misterio de desafuero) vosotros sabéis, a fin de que él (Cristo) sea revelado en su tiempo apropiado. Porque el misterio de desafuero está ya obrando, solamente hasta que el que ahora domina (es decir, Satanás) sea quitado de en medio”.

   Podemos rechazar ésta de inmediato. No solamente es difícil de ajustar este significado al contexto presente, sino también: aunque el verbo aparece más o menos frecuentemente en el Nuevo Testamento, ni una vez (en cualquiera de los otros pasajes del Nuevo Testamento) tiene este significado (dominar).

   El segundo significado (sujetar, aferrar) y el primero (retener, refrenar) están estrechamente relacionados, y al fin es probable que lleguen al mismo resultado en la interpretación de todo el pasaje. Recurriendo a pasajes tales como Job 7:12 (colocando guarda sobre un monstruo marino), Apocalipsis 20:1–3 (atando al dragón por mil años), y pasajes de los apócrifos, se pretende defender el punto de vista de que al hombre de desafuero se le compara aquí con un ser mitológico (un dragón o un monstruo marino) el cual es retenido por ahora. Sin embargo, debe tenerse presente que el “dragón” en Apocalipsis 20 es un símbolo, y no representa al instrumento de Satanás sino a Satanás mismo. Y aun así el significado resultante del símbolo es el refrenamiento de Satanás, de modo que no pueda engañar más a las naciones hasta que los mil años sean cumplidos. Por lo tanto, una apelación a Apocalipsis 20, si es legítima, parecería apoyar la traducción retener, refrenar tan fácilmente como aferrar, sujetar. Algo parecido puede decirse en lo que respecta al pasaje de Job 7:12. Y en cuanto a los pasajes de los apócrifos, éstos ofrecen muy poco que sea de algún valor al respecto. Además, si el hombre de pecado está siendo sujetado, es con un propósito, propósito que en el contexto presente (en vista de lo que sigue inmediatamente en los versículos 8 y 9) es refrenarlo por el momento para impedir que sea revelado.

   En el Nuevo Testamento los varios significados del verbo pueden ser clasificados como sigue (aunque en lo que respecta a algunos existe cierta duda):

(1) poseer, tener, sujetar: 1 Corintios 7:30; 2 Corintios 6:10.

(2) tomar posesión de: Lucas 14:9.

(3) aferrar, guardar: Lucas 8:15; Romanos 7:6 (pero algunos clasificarían esto bajo el cuarto encabezamiento); 1 Corintios 11:2; 15:2; 1 Tesalonicenses 5:21 (véase sobre ese pasaje); Hebreos 3:6, 14; 10:23. Es posible que el sentido de la palabra según se usa en Hechos 27:40 no esté muy alejada de éste. Ellos “enfilaron hacia” (o fueron rumbo a) la playa.

(4) retener, refrenar, detener: Lucas 4:42 (la multitud procuraba detenerle, para impedirle que se fuera de ellos); Romanos 1:18 (hombres malvados que detienen o suprimen la verdad); Filemón 13 (Pablo hubiera deseado retener a Onésimo). En el contexto presente este significado tiene excelente sentido. Tiene abundante apoyo en los pergaminos.

   Adoptando el significado (4) como el más natural en el contexto presente, nos hallamos cara a cara con el problema de identificar al que retiene. En este punto, sin embargo, los tesalonicenses estaban más adelantados que nosotros en su conocimiento de la escatología. Ellos sabían. Nosotros no. Agustín en sus días confesó francamente que aun haciendo grandes esfuerzos no se hallaba en condiciones de descubrir lo que el apóstol quiso decir.

   Algunas interpretaciones muestran su error aun a simple vista (tales como, “Pablo”, “Dios”, “el Espíritu Santo”). Dios o el Espíritu Santo no son “quitados de en medio” (expresión que a pesar de las objeciones que se han presentado, es buen equivalente del griego ἐκ μέσου γίνεσθαι); cf. también Col. 2:14.

   De todas las teorías propuestas hasta ahora, la que parece tener más peso a su favor es aquella según la cual el que retiene es “el poder del bien ordenado gobierno humano”, “el principio de la legalidad contrapuesto al de la ilegalidad”. Según este punto de vista Pablo quiere decir que en tanto que la ley y el orden prevalezcan, el hombre de desafuero no puede aparecer en la escena de la historia con su programa de injusticia, blasfemia, y persecución sin precedentes. En favor de este punto de vista nótese lo siguiente:

-a. En cierto modo el contexto a su favor: “el hombre de desafuero” está siendo detenido por el dominio de la ley.

-b. Explica como Pablo puede hablar a la vez de “lo que retiene” y “el que retiene”. Piénsese en el imperio y el emperador, en la justicia y el juez, en la ley y el que la hace cumplir.

-c. Esto (o algo por el estilo) es el punto de vista más frecuentemente expresado por los padres de la iglesia. Tertuliano, comentando sobre este pasaje, declara: “¿Qué obstáculo hay sino el estado romano?”

-d. Está a su favor el hecho de que Pablo se sentía orgulloso de su ciudadanía romana, que le fue útil vez tras vez, aun aquí mismo en Corinto en donde esta epístola fue escrita (Hch. 18:12–17). Además, en un bien conocido capítulo de otra epístola habla del poder del estado romano como “ministro de Dios para tu bien”, y de los gobernantes como “un terror no en contra de la buena sino de la mala conducta” (Ro. 13). Podemos decir sin temor a equivocarnos, por lo tanto, que el apóstol consideró al gobierno y sus administradores como un freno para el mal.

-e. Es una teoría razonable también dado al hecho de que en cierto sentido ni la ley romana ni su orden murieron cuando el imperio cayó. En el mundo civilizado de hoy está todavía en vigencia. Sin embargo, cuando la estructura básica de justicia desaparece, y cuando los juicios falsos y las confesiones fraudulentas llegan a ser la norma del día, el escenario se halla preparado para la revelación del hombre de desafuero.

   La teoría según la cual Miguel o algún otro ángel es el que ata, refrena o retiene al anticristo (los que la favorecen apelan a pasajes tales como Dn. 10:13 y Ap. 20:1–3) no explica cómo tal ángel puede ser llamado a la vez “el que” y “lo que” retiene. Sin embargo, estas dos últimas teorías mencionadas—es decir, a. que lo que retiene es la ley y el orden y los que la hacen cumplir, y b. lo que retiene es un ángel— podrían no ser tan dispares como aparentan serlo. ¿Acaso las disposiciones de los gobernantes no son influidas por los ángeles? (véase Dn. 10:13, 20).

   Repetimos, no obstante, que el punto de vista que hemos considerado como el mejor que se haya ofrecido hasta ahora, según nuestra opinión, bien podría no ser el correcto. No hay certeza alguna en cuanto a este punto.

    En consecuencia, el sentido de todo el pasaje (versículos 6 y 7) parece ser el siguiente: En tanto que Satanás está perfectamente enterado de que él mismo no puede encarnarse, sin embargo, quisiera imitar a la segunda persona de la Trinidad también en este aspecto hasta donde le fuese posible. Desea ardientemente la presencia de un hombre sobre el cual pueda tener completo control, y que cumplirá su voluntad, así como Jesús cumplió la voluntad del Padre. Ha de ser un hombre de talentos sobresalientes. Pero hasta el momento el diablo ha fracasado en su intento de poner este plan en operación. Algo y alguien está siempre “reteniendo” al hombre de desafuero, necesario instrumento del engañador. Esto, por supuesto está ocurriendo bajo dirección divina. De ahí que, por el momento, lo máximo que Satanás puede hacer es promover el espíritu de desafuero. Pero esto no le satisface. Es como si él y su hombre de pecado estuviesen aguardando el tiempo. En el momento divinamente decretado (“el tiempo apropiado”) cuando, en castigo por la cooperación voluntaria de los hombres con este espíritu, el designado como “alguien” y “algo” que ahora retiene sea quitado, Satanás comenzará a llevar a cabo sus planes:

   [8]. Y entonces será revelado el sin ley. Este “entonces” está en contraste con el “ahora” del versículo 6: “ahora” “el sin ley” es retenido, pero “entonces” será revelado. “El sin ley” es lo mismo que “el hombre de desafuero” introducido en el versículo 3, vale decir, el antagonista final, el que abiertamente desafía todas las ordenanzas de Dios, el anticristo. Cuando el tiempo apropiado llegue, el programa de Satanás será realizado en forma visible. El misterio será reemplazado por el hombre. El sin ley aparecerá en la tierra y será revelado en sus palabras y hechos.

   A fin de alentar a los creyentes, que de otro modo podrían estar llenos de injustificable alarma, Pablo inmediatamente añade: a quien el Señor Jesús matará con el aliento de su boca, y derrotará totalmente por la manifestación de su venida.

   No habrá un prolongado conflicto, con la victoria aparentemente alternando entre el sin ley y Cristo, este “round” a favor de Satanás, el otro para Cristo. Este asunto será liquidado en un instante. El Señor Jesús (véase sobre 1 Ts. 1:1) en forma muy breve y decisiva pondrá fin al anticristo y su programa. Toda la descripción es simbólica. Las dos cláusulas son paralelas, no significando esto necesariamente que las dos son completamente idénticas en significado. La primera cláusula enfatiza lo que sucederá al sin ley mismo: será matado (lo cual en esta conexión se ha interpretado como significando que será castigado con muerte eterna, pero la idea de recibir primero muerte física no debe excluirse). El Señor simplemente soplará sobre él, tan veloz será su destrucción. La segunda cláusula indica también lo que le ha de suceder, tal vez con la idea adicional: en relación con su programa de actividades. También en este respecto será “abolido”, “completamente derrotado”, “arruinado”, “inutilizado”, “vuelto inoperante o inactivo” (καταργέω; verbo usado por Pablo con mucha frecuencia y casi confinado sólo a él en el Nuevo Testamento; en lo que respecta al grado particular de significado en la presente relación véase especialmente pasajes tales como Ro. 3:31; 4:14; 1 Co. 1:28; Gá. 3:17; Ef. 2:15; 2 Ti. 1:10). En relación paralela a “aliento de su boca” está “manifestación de su venida”. La apariencia misma (ἐπιφάνεια, epifanía, que en otros lugares del Nuevo Testamento solamente se halla en las pastorales: 1 Ti. 6:14; 2 Ti. 1:10; 4:1, 8; Tit. 2:13) de la venida de Cristo (Parousía; véase sobre 1 Ts. 2:19), el primer destello del advenimiento, será suficiente para arruinar al sin ley, para inutilizarlo.

    El aspecto total, veloz, y repentino de la derrota del anticristo se describe aquí en lenguaje simbólico. El carácter decisivo de su caída es el pensamiento único y central. Simplemente por el aliento y apariencia de Cristo el “hombre de desafuero” será derrotado. No se debe tratar de sacar más de este pasaje. Por ejemplo, no se debería comenzar a embellecer la interpretación argumentando que “el aliento de su boca (de Cristo)” significa la Palabra de Dios, que esta palabra es siempre efectiva, etc. Si hay necesidad de mayor comentario debe leerse Isaías 11:4 y Apocalipsis 1:16.

   [9, 10]. Habiendo consolado a los lectores con el pensamiento de la decisiva intervención del Señor Jesús al venir a juzgar, de modo que el pasaje relacionado con el final antagonista pierde todo su terror para los que creen, Pablo da ahora una más amplia descripción del carácter del sin ley y de su actividad. Se podría decir que la descripción ya comenzada en el versículo 4 continúa aquí; pero con la siguiente diferencia: en tanto que el versículo 4 describió la relación del anticristo con el reino divino, los versículos 8 y 9 exponen su relación con el reino del mal: (aquel) cuya venida es según la operación de Satanás, acompañada de todo poder y señales y prodigios mentirosos y por todo engaño que se origina en la injusticia para los que están pereciendo porque no aceptaron el amor por la verdad para que fuesen salvos.

   La venida o parousía del sin ley (para el significado del término véase sobre 1 Ts. 2:19) está (presente profético: lo será ciertamente) en completo acuerdo con la poderosa actividad de Satanás, su amo. Aquella “operación de Satanás” será la base de comparación. De ahí que esta venida será acompañada por (o: investida con) todo poder y señales y prodigios; vale decir, habrá grandioso despliegue de poder (δύναμις, cf. dinamita); habrá señales (σημεῖα), hazañas sobrenaturales que apuntarán hacia el que los realiza, a saber, el anticristo controlado por el diablo (véase sobre Jn. 2:11); y prodigios o maravillas (τέρατα), las mismas pasmosas hazañas vistas ahora bajo el aspecto de su carácter insólito y su efecto sobre los que las presencian. Pero todo este despliegue (poder, señales, prodigios) será producto de la falsedad, del deseo de engañar. Por eso sigue, “y por todo engaño que se origina en la injusticia”. El sustantivo engaño es usado por Pablo también en Col. 2:8 (“filosofías y huecas sutilezas”; y véase el verbo compuesto, derivado de la misma raíz, en 2 Ts. 2:3). El engaño será inspirado por la injusticia. Esto no ha de sorprendernos, puesto que el anticristo recibe su energía del diablo mismo. Véase también sobre Juan 8:44.

   Ahora bien, la venida del final antagonista, con su poder mentiroso, sus señales y maravillas, aunque observado por creyentes y no creyentes, tiene su efecto engañador sobre los que están pereciendo (i.e. los que entonces estén pereciendo); cf. 1 Co. 1:18; 2 Co. 2:15; 4:3. La causa por lo que perecen no está en Dios sino en ellos mismos. Perecen porque128 no aceptaron (tiempo pasado mirado desde el punto de vista de los días inmediatamente anteriores al juicio final) el amor por la verdad.

   Pero ¿Qué significa la expresión “el amor por la verdad”? Contestamos como sigue:

   Al ser proclamado el evangelio, se insta a los oyentes a aceptar a Cristo con todos sus beneficios. Tales beneficios no son solamente objetivos, como el cielo, la resurrección del cuerpo, etc., sino también subjetivos, como el amor y la esperanza. Los oyentes que perecen llegan a este destino porque han rechazado lo que se les ha rogado aceptar, en este caso: “el amor por la verdad” (genitivo objetivo) como está Cristo (la verdad evangélica). El propósito de su aceptación hubiera sido “para que fuesen salvos”. Es verdad que ningún hombre puede aceptar “el amor por la verdad” en sus propias fuerzas. Pero éste, sin embargo, no es el énfasis aquí. Lo que aquí se subraya es la culpa del hombre. Cuando el hombre se pierde, es siempre su propia culpa, jamás la de Dios.

1er Titulo:

Descubre a hombres que destruyen el rebaño del Señor con doctrinas de demonios. (Los Hechos 20: 28 al 31. 28Por tanto, mirad por vosotros, y por todo el rebaño en que el Espíritu Santo os ha puesto por obispos, para apacentar la iglesia del Señor, la cual él ganó por su propia sangre. 29Porque yo sé que después de mi partida entrarán en medio de vosotros lobos rapaces, que no perdonarán al rebaño. 30Y de vosotros mismos se levantarán hombres que hablen cosas perversas para arrastrar tras sí a los discípulos. 31Por tanto, velad, acordándoos que, por tres años, de noche y de día, no he cesado de amonestar con lágrimas a cada uno. ▬ 1ª a Timoteo 4:1. Pero el Espíritu dice claramente que en los postreros tiempos algunos apostatarán de la fe, escuchando a espíritus engañadores y a doctrinas de demonios).

   Comentario 1: [28]. “Velen por ustedes y por todo el rebaño sobre el cual el Espíritu Santo les ha puesto por supervisores para pastorear la iglesia de Dios, la cual él ha comprado con su propia sangre”.

-a. “Velen por ustedes y por todo el rebaño”. Pablo encomienda una tarea a los ancianos efesios, quienes deben asumir su responsabilidad pastoral en la iglesia local. Empieza diciéndoles que velen por ellos mismos; es decir, deben ser ejemplos espirituales para los miembros de la iglesia. Les exhorta a poner sus mentes en el trabajo de velar por ellos mismos (c.f. 1 Ti. 4:16).

   Además, los ancianos tienen la tarea de velar por las necesidades espirituales de “todo el rebaño”. Pablo usa imágenes tomadas de la sociedad agrícola de sus días. Esto es poco usual en él, cuya formación educacional seguramente no le permitió conocer muy de cerca la actividad pastoril. Aun así, él sabía que Jesús frecuentemente había aludido al pastor y a las ovejas. Y cuando Pedro escribió su epístola, él llamó a Jesús el Príncipe de los pastores bajo quien los ancianos sirven como supervisores y pastores del rebaño de Dios (1 P. 5:1–4).

-b. “Sobre el cual el Espíritu Santo les ha puesto por supervisores”. Esta cláusula introduce dos puntos muy importantes. Primero, Pablo afirma que el Espíritu Santo ha designado a los ancianos como supervisores. Quizás Pablo se está refiriendo a una ceremonia específica que marcó su nombramiento (c.f. 14:23). Luego, él usa el término supervisores como un sinónimo de “ancianos” (véase v. 17). El trabajo del supervisor es ser pastor (c.f. Nm. 27:16–17) como el Señor Jesucristo:

Supervisión significa amoroso cuidado y preocupación, asumir una responsabilidad voluntariamente; nunca debe ser usada para el engrandecimiento personal. Significa ser visto en el generoso servicio de Cristo, quien fue motivado por su interés en la salvación de los hombres.

   Tanto Pablo como Pedro describen, en sus respectivas epístolas, las responsabilidades de un supervisor. Pablo enumera algunas de las calificaciones para quien aspire al oficio de anciano/supervisor (1 Ti. 3:1–7; Tit. 1:6–9), e igualmente Pedro especifica las características de un anciano (1 P. 5:1–4). Ambos apóstoles usan los términos anciano y supervisor indistintamente.

-c. “Para pastorear la iglesia de Dios, la cual él ha comprado con su propia sangre”. Esta cláusula presenta dificultades, porque la expresión iglesia de Dios puede ser traducida “iglesia de Dios/Cristo” o “iglesia del Señor”. La primera expresión es común en el Nuevo Testamento; aparece doce veces aparte de Hechos 20:28. Por el contrario, aunque la forma la iglesia del Señor aparece varias veces en excelentes manuscritos griegos, tal forma no aparece en el Nuevo Testamento y sólo siete veces en la Septuaginta. Sobre la base de la evidencia bíblica, yo me inclino a adoptar la forma la iglesia de Dios.

   Queda, sin embargo, otra dificultad. ¿Cuál es el significado de la traducción literal con la sangre de suyo propio? Al traducir la frase “con su propia sangre”, como la mayoría de las traducciones lo han hecho, confundimos el sentido de la frase. El contexto menciona al Espíritu Santo y a Dios, a quien la palabra sangre no se aplica. Quizás la sugerencia de decir que “suyo propio” es una variante de “su amado” o “su único y solo [Hijo]” sea un paso para resolver este asunto.

-d. “La iglesia de Dios la cual él ha comprado”. Dios compró su iglesia universal con la sangre de su Hijo. Pagó un precio incalculable para salvar a un pueblo para sí a través de la muerte de Cristo en la cruz. Donald Guthrie escribe, “La idea de la muerte de Cristo como un precio de compra recibe un énfasis distintivo en las epístolas de Pablo”. De hecho, Pablo dice a los corintios, “Ustedes fueron comprados por un precio” (1 Co. 6:20; 7:23; y véase Sal. 74:2; Ap. 5:9).

   [29]. “Yo sé que después de mi partida, lobos salvajes vendrán entre ustedes y no perdonarán el rebaño. [30]. Inclusive de entre ustedes mismos se levantarán algunos para hablar cosas perversas para arrastrar tras ellos a los discípulos.

-a. “Yo sé”. De nuevo Pablo emplea el verbo saber. Él está plenamente consciente de la peligrosa condición en la cual los creyentes se encontrarán después que él les haya dejado. Habla con conocimiento innato: “Lobos salvajes vendrán entre ustedes”. Lobos son animales de rapiña que atacan el rebaño y matan muchas ovejas (c.f. Mt. 7:15; 10:16; Jn. 10:12).

-b. “Después de mi partida”. Pablo introduce el concepto partida en un sentido general. Después de la partida de los apóstoles, varias de las siete iglesias en la provincia de Asia cayeron en un letargo espiritual (Ap. 2:1– 3:22). Pablo mismo continuó advirtiendo a la iglesia de Éfeso a través de sus epístolas pastorales a Timoteo (p.ej., 1 Ti. 4:1; 2 Ti. 3:1–9).

-c. “Lobos salvajes”. La metáfora de lobos atacando al rebaño se refiere a falsos maestros que entran en la iglesia para engañar a los miembros y alejarlos de la fe. Tanto Pedro como Judas se oponen a tales falsos maestros y burladores de quienes furtivamente se han deslizado dentro de la iglesia y causan que la gente se extravíe. Por ejemplo, estos maestros niegan el regreso de Cristo, desprecian la autoridad, rechazan a Jesucristo, repudian la conducta cristiana, y viven en inmoralidad (véase, p.ej. 2 P. 2; Jud. 4–19).

-d. “Inclusive de entre ustedes mismos”. No sólo se filtran maestros falsos entre los miembros de la iglesia (c.f. Jud. 4) sino incluso dentro de la iglesia es real el peligro de la herejía (véase 1 Jn. 2:18–19). Algunas personas de la iglesia misma se revelarán como falsos profetas, aunque a veces se disfrazan de ángeles de luz (2 Co. 11:14). Estos a propósito tratan de extraviar de la verdad del evangelio a los creyentes.

   [31]. “Por tanto, estén alertas y recuerden que, por tres años, de día y de noche con lágrimas, no dejé de advertir a cada uno de ustedes.

   Pablo hace sonar la alarma: “Estén alertas” (c.f. Mt. 24:42; Mr. 13:37). Advierte a los ancianos acerca de la lucha espiritual que confrontan, la que ningún miembro de la iglesia puede correr el riesgo de tomar livianamente.

   Durante sus tres años de ministerio en Éfeso, Pablo no descansó en sus advertencias a los miembros de la iglesia a estar alertas. Lo hizo noche y día con lágrimas. En resumen, se dio en corazón, alma y mente al trabajo de amonestar a los creyentes a seguir al Señor. Y en su derramar de lágrimas, demostró su amoroso cuidado como pastor de la congregación efesia.

   Implícitamente, Pablo está exhortando a los ancianos a seguir su ejemplo, al asumir su responsabilidad de cuidar la iglesia de Dios. Les da a entender que como él incesantemente trabajó por su bienestar espiritual, hasta el punto de llorar por ellos, así ellos, a su vez, deben trabajar arduamente por el Señor. Les dice que durante su ministerio él ha sido un pastor diligente, porque ha advertido e instruido a cada miembro de la iglesia (véase 1 Co. 4:14).

   Además, la expresión noche y día no es simplemente un modismo conveniente para indicar continuidad. Significa que Pablo siguió trabajando en su profesión (19:9) por las mañanas, enseñó diariamente en el salón de conferencias de Tirano (19:9), y por las horas de la tarde enseñó a la gente tanto en público como de casa en casa (20:20).

Consideraciones doctrinales en 20:28

   Pondremos nuestra atención sobre tres puntos:

-a. La compra. Dios compró para sí un pueblo que es particularmente suyo. El precio que pagó fue la sangre de su Hijo derramada en la cruz del Calvario. Sin embargo, la metáfora no puede ser llevada más allá de este punto, porque, para decirlo así, en esta transacción no hay vendedor. Dios no compró la iglesia a alguien. En realidad, la palabra griega que ha sido traducida “compró” (v. 28) significa, “adquirir, obtener, ganar para uno mismo”. La palabra no tiene nada que ver con compra y venta sino con pagar un precio en un tribunal de justicia. A través de la obra meritoria de su Hijo, Dios pagó la culpa por el pecado. Es decir, la sangre que Jesús derramó en el Gólgota cubrió los pecados de su pueblo.

-b. La Trinidad. En su discurso a los ancianos efesios, Pablo implícitamente enseña la doctrina de la Trinidad. Yuxtapone “arrepentimiento a Dios” y “fe en nuestro Señor Jesús” (v. 21) y continúa con una referencia al Espíritu (v. 22) y al Espíritu Santo (v. 23). También menciona el “Espíritu Santo” quien designó supervisores para el rebaño, “la iglesia de Dios [el Padre]”, y la “sangre de su propio [Hijo]” (v. 28).

-c. La iglesia. Al escribir una carta a un grupo de creyentes, Pablo a veces se dirige a una iglesia individual (p.ej. la iglesia en Tesalónica [1 Ts. 1:1; 2 Ts. 1:1]). Pero en su discurso en Mileto, alude a la iglesia universal. Llama la atención a la iglesia de Dios, “que él se adquirió con la sangre de su propio hijo” (BJer). “Este versículo (v. 28) es una de las afirmaciones más claras que encontramos en el Nuevo Testamento sobre la doctrina de la expiación”. En este pasaje, Pablo claramente enseña que Jesucristo murió por el pueblo que constituye la iglesia, es decir, los elegidos (c.f. Jn. 10:15; 17:9; Ro. 8:32–33).

Comentario 2: [1]. Pero el Espíritu dice expresamente que en tiempos venideros algunos se apartarán de la fe.

   “El Espíritu dice”, esto es, “está ahora diciendo”. ¿A quién estaba hablando el Espíritu? Hch. 20:29, 30 me lleva a pensar que el apóstol quiso decir “a mí” (quizás también a otros). Entonces, el Espíritu está diciendo que “en tiempos venideros”—eras de esta nueva dispensación, eras definitivamente señaladas en la presciencia de Dios—algunos se apartarán o apostatarán de la fe (en sentido objetivo), del cuerpo de verdad redentora, la religión cristiana.

   El Espíritu estaba diciendo esto expresamente (“en palabras claras”). No había dudas ni vaguedad al respecto. Doce años antes, hablando a los ancianos de las iglesias de la misma región en que Timoteo estaba ahora laborando, Pablo les había dicho: “Yo sé que después de mi partida entrarán en medio de vosotros lobos rapaces, que no perdonarán el rebaño. Y de vosotros mismos se levantarán hombres que hablen cosas perversas para arrastrar tras sí a los discípulos”. Pocos años después de ese discurso anotado en Hechos 20, al escribir a los Colosenses desde su primer encarcelamiento en Roma, el apóstol les había advertido contra la aceptación del error de que la fe en Cristo y su obra expiatoria debía ser suplementada por creencias ascéticas y las prácticas correspondientes (Col. 2). Y ahora, al escribir a Timoteo desde Macedonia, el Espíritu Santo le informa claramente que el error, ya presente en su forma incipiente, crecerá y se desarrollará en la forma indicada en el v. 3.

   Los hombres se apartarán de la fe prestando atención a espíritus seductores y a doctrinas de demonios. Como el contexto lo indica (y también véase 1 Jn. 4:6 donde el “espíritu seductor” se pone en contraste con el “Espíritu de verdad”), estos espíritus no son hombres, sino demonios. Como planetas erráticos entre las constelaciones, estos espíritus vagan; más aún, hacen que los hombres vaguen. Seducen, descarrían. Cuando uno les presta oídos está prestando atención a doctrinas de demonios (cf. 2 Co. 4:4; Ap. 13:11, 14).

2° Titulo:

Descubriendo la manifestación de la apostasía en el propio corazón. (Hebreos 3: 12 al 15. 12Mirad, hermanos, que no haya en ninguno de vosotros corazón malo de incredulidad para apartarse del Dios vivo; 
13antes exhortaos los unos a los otros cada día, entre tanto que se dice: Hoy; para que ninguno de vosotros se endurezca por el engaño del pecado. 14Porque somos hechos participantes de Cristo, con tal que retengamos firme hasta el fin nuestra confianza del principio, 15entre tanto que se dice: Si oyereis hoy su voz, No endurezcáis vuestros corazones, como en la provocación.).

   Comentario: Aplicación Hebreos 3:12–15

   La cita del salmo le es aplicada ahora a los destinatarios de la epístola a los hebreos, y su significado es especialmente importante para la gente que está en peligro de apartarse de Dios. La cita del salmo sirve de introducción a una conmovedora apelación para que no renieguen del Dios vivo. En cierto sentido, Heb. 3:12 puede denominarse el resumen de las exhortaciones pastorales de la epístola.

[12]. Mirad, hermanos, que ninguno de vosotros tenga un corazón malvado e incrédulo que se aparte del Dios vivo.

   El vínculo entre Heb. 3:6b y 3:12 es bastante natural si leemos la extensa cita del Salmo 95 como si fuese un comentario entre paréntesis. Este pasaje es un recordatorio ilustrativo e histórico de los obstinados israelitas que murieron en el desierto y a quienes se les negó entrada a la tierra que Dios les había prometido. Se exhorta ahora a los lectores a aferrarse a su valentía y esperanza como miembros de la casa de Dios. No pueden ellos con incredulidad darle la espalda a Cristo, puesto que apartarse de Cristo es renegar de Dios.

   Por consiguiente, para los cristianos la experiencia de los israelitas rebeldes debe servir como una advertencia que no debe ser tomada a la ligera. Los cristianos deben examinarse concienzudamente a sí mismos, y los unos a los otros, para ver si hay alguno que tenga un corazón malvado e incrédulo.

   El escritor de Hebreos sabe, a partir de la Escritura, que el abandono de Dios tiene su origen, desarrollo e ímpetu en la incredulidad. La incredulidad—caracterizada por la desconfianza y el escepticismo— se expresa primeramente en desobediencia, la que a su vez resulta en apostasía. Las señales de la apostasía son el endurecimiento y la incapacidad de arrepentirse (Heb. 3:13; 4:1; 6:6; 10:25–27; 12:15). Se puede destacar la siguiente serie de contrastes:

incredulidad — fe

desobediencia — oír obedientemente

negligencia — constancia

apostasía — entrada a la vida

endurecimiento — salvación

   Al corazón de alguien que se aparta de Dios se le describe como pecaminoso, que quiere decir malvado o inicuo. Dios no toma a la ligera el pecado de incredulidad, ya que sabe que su origen está en el corazón perverso del hombre. “El corazón es más engañoso que todas las cosas y está más allá de toda cura. ¿Quién puede entenderlo?” (Jer. 17:9). Además, el escritor de Hebreos indica que es posible encontrar personas con corazones malvados e incrédulos en la comunidad de la iglesia cristiana.

Quien se aleja del Dios vivo

caer deberá;

Será él quien su culpa, su sino

con todos compartirá:

Familia, linaje, nación, estado,

con el pequeño y el grande.

Quien olvida a Dios es olvidado;

Quien rechaza a Dios es rechazado.

Voces frecuentes diariamente afirman:

El hombre, llegada su mayoría de edad, descansa

Mas quienes eso afirman sin Dios se ahogarán.

—Nicolás Beets

   [13]. Pero animaos los unos a los otros cada día mientras todavía dice Hoy, para que ninguno de vosotros sea endurecido por el engaño del pecado.

   Otras secciones de la Escritura usan diversas metáforas para describir a la iglesia. Leemos que la casa de Dios está constituida por piedras vivas (1 P. 2:5), y no por ladrillos individuales que están unidos por medio de cemento. La casa a la cual pertenecen los creyentes es como un cuerpo conformado por muchas partes; y todas esas partes forman un cuerpo (1 Co. 12:12). Además, todas las partes deberían demostrar las unas por las otras el mismo grado de preocupación.

   Estos ejemplos nos dan el trasfondo de la exhortación que encontramos en el v. 13. Se nos insta a “animarnos unos a otros y a edificarnos unos a otros” (1 Ts. 5:11) de modo tal que ningún miembro de la iglesia se pierda. Si la iglesia fuera fiel a Jesús en lo individual y en lo comunitario, el peligro de la apostasía se retiraría hasta el perímetro exterior de la iglesia. En lenguaje figurado, podríamos decir que nosotros, como creyentes individuales, unidos por la fe, tenemos la obligación de expulsar a las fuerzas de la incredulidad del sagrado recinto de la iglesia, el cuerpo de Cristo. Qué salvación, ¡qué alegría en los cielos por un pecador que se arrepiente, qué victoria sobre Satanás si cada día nos alentamos los unos a los otros y nos sostenemos mutuamente en la fe!

   Todos nosotros un cuerpo,

Uno en esperanza y doctrina

Uno en caridad.

—Sabine Baring-Gould

   Además de esto, se les dice a todos los miembros de la iglesia que deben exhortarse unos a otros diariamente.

Esto es, en sí mismo, un llamado a la fidelidad. Y todos los miembros deberían enseñarse y amonestarse mutuamente con toda sabiduría (Col. 3:16; véase también Hch. 14:22; Heb. 10:25).

   El escritor de Hebreos vincula la exhortación con la extensa cita del Salmo 95 por medio de una sola palabra: Hoy. Trae a colación la experiencia de la nación de Israel en el desierto; da a entender que el presente es un período de gracia que Dios extiende hasta que la muerte termine con la vida terrenal del hombre. Y la terminación de la vida puede llegarles a algunas personas de un modo insospechado, imprevisto, repentino.

   Además, llegará el momento en que Dios cesará de advertir al hombre pecador. Cuando dicho momento llegue, el día de la gracia se transformará en día de juicio. Por lo tanto, mientras haya tiempo estamos obligados a alentarnos unos a otros diariamente, de tal modo que nadie caiga en la engañosa trampa del pecado.

   Finalmente, el escritor señala que Satanás envía al pecado como agente engañoso, escogiendo a personas aquí y allá, tratando de descarriar a los creyentes (Mt. 13:22; Mr. 4:19; Ro. 7:11; 2 Co. 11:3; Ef. 5:6; Col. 2:8; 2 Ts. 2:3, 10; 2 P. 2:13). El pecado se introduce engañosamente, incitando al creyente a cambiar la verdad de Dios por una mentira. El pecado se presenta como algo atrayente y deseable. A causa de su apariencia—“Satanás mismo se disfraza como ángel de luz” (2 Co. 11:14)—el pecado es un poder extremadamente peligroso que confronta al creyente. Siempre ataca al individuo, así como los lobos acechan a la oveja solitaria.

   El escritor de Hebreos tiene clara conciencia del engañoso poder del pecado que apunta a los individuos. Por tal razón él enfatiza la necesidad de prestar atención a cada persona de la iglesia; repetidamente dice “ninguno de vosotros”—vale decir, ni uno solo de vosotros (Heb. 3:12–13; 4:1).

   Al pecado se le considera como un agente que endurece el corazón del hombre. Nótese que el verbo endurecer es presentado en voz pasiva: “de modo que ninguno de vosotros sea endurecido por el engaño del pecado”. El endurecimiento se demuestra en la negativa a escuchar la voz de Dios y a un determinado deseo de actuar en contra de todo lo que cae bajo la clasificación de fe y fidelidad. El pecado, como taimado y engañoso agente de Satanás, entra en el corazón del hombre y causa allí el crecimiento y desarrollo de la incredulidad, lo que se hace evidente en el endurecimiento de las arterias espirituales.

[14]. Porque hemos llegado a ser partícipes de Cristo si es que retenemos firmemente hasta el fin la confianza que tuvimos al principio. [15]. Como acaba de decirse: “Hoy, si oís su voz, no endurezcáis vuestros corazones como lo hicisteis en el día de la rebelión”.

   El paralelo entre Heb. 3:6 y Heb. 3:14 es notable. La imagen utilizada en el v. 6 es la de la casa de Dios sobre la cual Cristo ha sido colocado como hijo y de la cual somos parte. En el v. 14 se describe esa misma relación en términos de una participación en Cristo.101 Y la valentía y esperanza a que debemos “aferramos” (v. 6) son identificados con “la confianza que tuvimos al principio” (v. 14).

   Sólo aquellos creyentes que sin vacilar continúan confesando su fe en Jesús son salvos. Solamente la fe mantiene al creyente en una relación viva con Cristo Jesús. Como dice el escritor en Heb. 11:6: “Sin fe es imposible agradar a Dios”. La fe es la sustancia básica en nuestra participación en Cristo. “La fe es estar seguro de lo que esperamos y ciertos de lo que no vemos” (Heb. 11:1). La frase “estar seguro” es el equivalente de “confianza” (Heb. 3:14); esta confianza es la base sobre la que descansa nuestra fe.

   ¿Qué quiere dar a entender el escritor cuando dice: “si nos aferramos firmemente hasta el fin a la confianza que teníamos al principio” (bastardillas añadidas)? John Albert Bengel dice, acertadamente, “El cristiano, hasta no haber sido perfeccionado, se considera un principiante”. Esta confianza es la continua adhesión a Cristo en fe. Mientras nuestra fe en Cristo sea el fundamento de todo estamos a salvo y seguros como miembros de la casa de Dios.

   Para hacernos recordar una vez más de la necesidad diaria de escuchar atenta y obedientemente la voz de Dios, el escritor cita la ya familiar afirmación del Salmo 95: “Hoy, si oís su voz, no endurezcáis vuestros corazones como lo hicisteis en la rebelión”. Dios nos dirige constantemente por medio de su Palabra y espera que nosotros, que vivimos por la fe, la prestemos toda nuestra atención.

3er Titulo:

Maravilloso ejemplo del siervo de Dios en el ejercicio de este don. (Apocalipsis 2: 1 y 2. Escribe al ángel de la iglesia en Éfeso: El que tiene las siete estrellas en su diestra, el que anda en medio de los siete candeleros de oro, dice esto: Yo conozco tus obras, y tu arduo trabajo y paciencia; y que no puedes soportar a los malos, y has probado a los que se dicen ser apóstoles, y no lo son, y los has hallado mentirosos.).

   Comentario: La ciudad de Éfeso tenía una historia variada que se remontaba a siglos antes de que se escribiera esta carta a la iglesia que prosperaba dentro de sus murallas. Su riqueza que provenía del comercio y la religión le permitió a Éfeso reconstruir un templo que el fuego había destruido. Este templo estaba dedicado a la diosa Artemisa (Diana para los romanos) y estaban a su servicio innumerables sacerdotes y sacerdotisas. Se lo consideraba como una de las siete maravillas del mundo. Los efesios construyeron un teatro con una cabida estimada para veinticuatro mil personas en una ciudad con una población superior a los doscientos mil. Ramsay llamó a Éfeso ciudad del cambio, por estar situada a orillas del río Cäyster que se llenó con sedimentos y por fin convirtió en inservible al puerto.5 Esto resultaba un inconveniente para los intereses comerciales de la ciudad, donde se encontraban el tráfico terrestre y marítimo. Pero a lo largo del siglo primero después de Cristo, Éfeso seguía siendo un inmenso centro comercial, en especial de objetos religiosos, y hasta cierto punto un centro administrativo del gobierno romano (Hch. 19:24, 31, 38).

   Además, Éfeso hizo construir un templo para promover la religión imperial de Roma. La ciudad dedicó dicho templo de los Sebastoi (la familia de Vespasiano, Tito y Domiciano) en el 89–90 d.C. y, como era costumbre, nombró guardianes del templo para el culto del emperador.6 En Éfeso la relación entre el culto a Artemisa y la religión estatal de Roma era estrecha. Más aún, los prefectos romanos obligaban a la gente a rendir culto al emperador Domiciano y a pronunciar la frase «el César es señor». Los cristianos no querían poner al César por encima de Cristo, porque utilizaban el lema «Jesús es Señor» (1 Co.12:3). En consecuencia, sufrieron persecución.

   El cristianismo es exclusivo, porque no acepta compromisos con otras religiones (Jn. 14:6; Hch. 4:12). En la última parte del siglo primero se enfrentó con Roma, que al principio había permitido que los cristianos estuvieran protegidos bajo el amparo de la religión judía. Pero cuando las autoridades romanas cayeron en la cuenta de que el cristianismo y el judaísmo no eran lo mismo y que los cristianos no iban a apartarse de las enseñanzas de Cristo, dejaron de mostrarse tolerantes con ellos. No podían entender que esas personas se apartaran tan completamente del mundo para constituir una sociedad totalmente distinta. De hecho, detestaban tanto el absolutismo de esta nueva religión que trataron de eliminarla exigiendo la observancia del culto al emperador. Pero los cristianos se negaron incluso a una obediencia simbólica a la religión estatal porque no aceptaban que nadie sea rival de Jesucristo.

   Numerosas fuentes revelan que durante siglos el templo de Artemisa fue declarado lugar de asilo para quienes hubieran cometido algún crimen. Incluso a algunas partes de la ciudad se les otorgó alguna vez la condición de derecho de asilo. Por ejemplo, la zona colindante con los terrenos del templo le otorgaba impunidad al criminal. En la época en que juan escribió el Apocalipsis en el 95 d.C., los Sectores interiores del templo de Artemisa ofrecían asilo seguro para cualquier ladrón, asaltante, ¿comerciante de esclavos y saqueador de algún templo?

El nivel de moralidad entre la población de la ciudad era notoriamente bajo. La gente era viciosa, supersticiosa, ruin y violenta. El filósofo griego Heráclito, quien vivía en Éfeso, comentó significativamente que «la moralidad del templo era peor que la de las bestias, porque incluso los promiscuos perros no se mutilan unos a otros».

   Parece que los judíos que Vivian en la cuidad eran muchos, ricos e influentes Habían formado una comunidad judía cuyos miembros pueden haber disfrutado de la ciudadanía romana. Habían construido una sinagoga bajo la protección legal de Roma para las observancias de su propia religión, incluyendo guardar el sábado. Aunque, cuando Pablo llegó a Éfeso, acogieron la enseñanza acerca de cristo (Hch. 18:19-21), muy pronto la repudiaron y con el paso del tiempo se volvieron virulentamente hostiles al cristianismo (Hch. 19: 23 – 41, especialmente 33). Pero Pablo trabajo en la cuidad durante tres años con resultados positivos entre los judíos y los griegos (Hch. 19: 17 – 20; 20: 21). Envió una carta a la iglesia en Éfeso, probablemente en el 62 d.C. durante su encarcelamiento en roma. Después de ser puesto en libertad, viajó a Éfeso, donde Timoteo se había convertido en su pastor (1ª Timoteo 1:2 – 3). También Juan se quedó a vivir en Éfeso y resulto ser una fuerza influyente. Pero durante los últimos años del emperador Domiciano (primera mitad de los noventas), se incrementó la presión sobre la iglesia debido al culto al emperador, con la 2:1—2: 1. «A1 ángel de la iglesia en Éfeso escribe: El que tiene en su mano derecha las siete estrellas y camina en medio de los siete candelabros de oro dice esto».

– a. «Al ángel de la iglesia en Éfeso escribe». Jesús dio instrucciones a Juan para que escribiera una breve carta dirigida al pastor de la iglesia. en Éfeso. A. esta iglesia se la podía llamar la iglesia madre en la provincia de Asia. Quizá pueden haber sido los primeros creyentes (discípulos, Hch. 19:1) en Éfeso algunos judíos temerosos de Dios procedentes de esta. provincia que regresaban a casa después de su visita a Jerusalén en Pentecostés (Hch. 2:9). Pablo y sus colaboradores llegaron para predicar y enseñar las doctrinas de Cristo. Y del lugar que alquilaba Pablo en la escuela de Tirano (Hch. 19:9), salieron estudiantes de la palabra hacia muchas ciudades de la zona para seguir difundiendo el evangelio. En la iglesia primitiva, las personas consideraban que Éfeso era líder en la provincia de Asia, y de ahí que fuera la primera de entre las siete iglesias que recibió una carta.

-b. «El que tiene en su mano derecha las siete estrellas». La primera identificación de Jesús que se ofrece a la iglesia es significativa (1:15). Aunque la iglesia en Éfeso es la primera de entre las siete, a su pastor se lo coloca en el mismo nivel que los otros seis. Jesús dice que los sostiene a todos en su mano protectora, porque es no sólo su encargado sino también su custodio. La palabra tener significa que Jesús detenta poder y autoridades finales para proteger a sus siervos (compárese con Jn. 10:29). De hecho, todo su pueblo está en su mano, porque a nadie le llegará ningún daño si él no lo permite.

-c. «Y [el que] camina en medio de los siete candelabros de oro dice esto». Los candelabros de oro son los miembros de las iglesias, sobre las que se posa constantemente el ojo de Jesús (1:12–13, 20). Representan a la esposa que espera la llegada del esposo, y el esposo espera que su esposa le permanezca fiel, honesta y pura. El simbolismo del texto muestra que Jesús desea que las iglesias hagan que su luz brille en la oscuridad donde él las ha colocado. Para agregar más significado a la tarea de las iglesias, les dice que está caminando entre ellas. «Porque donde dos o tres se reúnen en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos» (Mt. 18:20). La luz que difunden procede de Jesucristo y pasa hasta sus siervos, quienes proclaman su palabra. Y los pastores no son sólo portadores de luz, sino que, como estrellas, son transmisores de luz. Transmite la luz a los miembros de las iglesias, quienes a su vez disipan la oscuridad que los rodea.

   Jesús se dirige a los mensajeros de las congregaciones locales, porque son los responsables de llevar el mensaje al pueblo. Si no lo hacen, tapan la luz del evangelio y mantienen en la oscuridad a los miembros de la iglesia. «¿Y cómo creerán en aquel de quien no han oído?» (Ro. 10:14). Jesús habla con autoridad y espera que sus siervos de la palabra sean sus embajadores.

   [2]. «Conozco tu obra, tu duro trabajo y tu paciente resistencia, y que no puedes soportar a los malvados; y has puesto a prueba a quienes se llaman apóstoles, pero no lo son, y has encontrado que son mentirosos».

-a. «Conozco tu obra, tu duro trabajo y tu paciente resistencia». Jesús no dice que simplemente sabe de sus obras; afirma que tiene un conocimiento minucioso de todo lo que hacen, porque nada se escapa de su atención. Alaba a los efesios, como resulta patente por los tres sustantivos obras, trabajo y paciente resistencia. También el pronombre posesivo tu es significativo, y con su repetición se enfatiza su labor y actitud. Este pronombre está en singular. El empleo del singular significa que el pastor al que Jesús se dirige es responsable por el bienestar espiritual de la iglesia. Pero también con este singular Jesús habla a cada uno de los miembros individuales de la iglesia.

   El sustantivo obra lo incluye todo y se puede interpretar en el sentido de acciones tanto buenas como malas. En este caso se insiste más en el aspecto positivo del término que en el negativo.

   Las buenas obras consisten por un lado en el trabajo y por el otro en la paciente resistencia. El trabajo incluye tanto lo físico como lo mental, ya que ambos suelen exigir y agotar (comparar con He. 6:10;

10:32–34). Oponerse a los malos, a los falsos apóstoles y a los nicolaítas en la comunidad sin duda fatigaba a los miembros de la iglesia en Éfeso. Su actitud era de paciente resistencia y de perseverancia frente al conflicto espiritual. A propósito, el término griego jupomonē, que he traducido como «paciente resistencia», se encuentra siete veces en Apocalipsis y en todas ellas se refiere a la perseverancia de los santos (1:9; 2:2, 3, 19; 3:10; 13:10; 14:12). ¿Qué es paciente resistencia? Es una cualidad interna que se expresa en la espera de Jesús, en cuya ausencia el creyente da testimonio de él en forma perseverante hasta el punto de sufrir la muerte a causa de la persecución.

-b. «Y que no puedes soportar a los malvados». El cristiano que hace buenas obras por medio de su esfuerzo externo y su paciencia interna es incapaz de soportar las acciones de los malos con quienes convive. El verbo griego dunē, se traduce aquí como «puedes» en singular. Es decir, la persona cuyo corazón está verdaderamente dedicado a servir al Señor no da cabida al mal y a quienes en forma voluntaria lo hacen. La máxima de que Dios ama al pecador, pero odia el pecado es válida y tiene aplicación en este pasaje. Pero el seguidor de Cristo no puede tolerar a los malvados que se niegan a arrepentirse para seguir haciendo el mal.

   ¿Quiénes son esos malvados? Si observamos el típico paralelismo hebreo que se utiliza para poner de relieve o aclarar un punto, vemos que la respuesta está en la segunda parte de este versículo, a saber, los falsos apóstoles. Juan no transmite la idea de dos clases diferentes de malvados, sino de una. Los mentirosos son los malvados.

-c. «Y has puesto a prueba a quienes se llaman apóstoles, pero no lo son, y has encontrado que son mentirosos». Los cristianos efesios se encontraban con misioneros itinerantes que ingresaban a la iglesia y con todo descaro se llamaban apóstoles. Pero los seguidores de Cristo los ponían a prueba para descubrir que eran falsos. Estos así llamados apóstoles predicaban un evangelio que no era el de Cristo; no los había nombrado Jesús; y carecían de autoridad para servir a toda la iglesia (ver 2 Co. 11:13). En tiempos de Pablo, llegaban falsos apóstoles con recomendaciones fraudulentas y exigían que demostrara su condición de apóstol dándoles una carta de recomendación (2 Co. 3:1). Sin embargo, Pablo expuso los distintivos del apóstol, a saber, predicar a Jesús y su evangelio; hacer señales, maravillas y milagros, y hacerlos con perseverancia (2 Co. 11:4; 12:12). Los efesios sometieron a prueba la doctrina y las obras de estos apóstoles y descubrieron que se trataba de impostores.

    Como Jesús menciona a los nicolaítas en forma específica (v. 6) y registra su presencia también en la iglesia en Pérgamo (2:15), no resulta del todo irreal la sugerencia de que estas personas eran los falsos apóstoles. Sin embargo, no estamos seguros de que procedieran de Palestina o de que los enviaran los judaizantes. Llegaron con pretensiones y alardes, para encontrarse con el rechazo total de los efesios, quienes odiaban sus prácticas. Los llamaban mentirosos.

Amén, para la honra y Gloria de Dios.

 

 

 


Hno Roberto Saldías Roa

Miembro de la IEP en Nacimiento Bajo, nació en el evangelio del Señor en la Iglesia de Laja 1975. Casado con María Nahuelmán, estudia teología de manera autodidacta. Me gusta mucho leer y escribir.