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Semana del 2 al 8 de septiembre de 2019: “El ministerio de la iglesia: Evangelización”

Semana del 2 al 8 de septiembre de 2019: “El ministerio de la iglesia: Evangelización”

   Lectura Bíblica: 2a a los Corintios 5:17 al 19. De modo que, si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas.  Y todo esto proviene de Dios, quien nos reconcilió consigo mismo por Cristo, y nos dio el ministerio de la reconciliación; que Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo, no tomándoles en cuenta a los hombres sus pecados, y nos encargó a nosotros la palabra de la reconciliación.

   Comentario: (Estudios De Doctrina Cristiana por Dr. George Pardington. Página 247-248).

      El Ministerio de la Iglesia

   El ministerio o misión de la Iglesia Cristiana es doble: la evangelización y la edificación.

  1. Evangelización

Evangelización puede definirse como «esfuerzos hechos por la iglesia para la salvación de los hombres del pecado y error. Es a principal misión de la iglesia. En oposición al punto de vista posmilenario, no debemos tratar de traer el mundo a Cristo, sino llevar a Cristo al mundo. Se ve que hay una vasta diferencia. Predicar el evangelio como testimonio a todas las naciones y recoger de ellas un Pueblo para Cristo, es la misión fundamental de la iglesia en esta dispensación, Mt. 28:19, 20; Mr. 16:15; Hch. 1:8; 15:14-18.

   NOTA. – Hay dos hermosos símbolos del ministerio de la Iglesia al mundo: la sal y la luz. La sal es un preservativo y da sabor y agrado a la sociedad. La luz es un símbolo de testimonio, el testimonio que la iglesia lleva al mundo, tanto por la pureza de su doctrina como por la piedad de sus miembros.

   Comentario 2. Los propósitos de la iglesia (para mayor entendimiento habla de tres ministerios)

   Podemos entender los propósitos de la iglesia en términos de ministerio a Dios, ministerio a los creyentes, el ministerio al mundo.

  1. Ministerio a Dios: adoración. Con respecto a Dios, el propósito de la iglesia es adorarle. Pablo dice a la iglesia de Colosas: «Canten salmos, himnos y canciones espirituales a Dios, con gratitud de corazón» (Col 3:16). Dios nos ha destinado y señalado en Cristo para que «seamos para alabanza de su gloria» (Ef 1:12). La adoración en la iglesia no es meramente una preparación para algo más: es en sí misma cumplir el propósito principal de la iglesia con referencia a su Señor. Por eso Pablo puede seguir una exhortación de que debemos «aprovechar al máximo cada momento oportuno» con un mandamiento de ser llenos del Espíritu y entonces decir: «Canten y alaben al Señor con el corazón» (Ef 5: 16-19).
  2. Ministerio a los creyentes: nutrir. Según la Biblia, la iglesia tiene una obligación de nutrir a los que ya son creyentes y edificarlos a la madurez en la fe. Pablo dijo que su propia meta no era simplemente llevar a las personas a la fe inicial que salva, sino «presentar perfecto en Cristo Jesús a todo hombre» (Col 1:28, RVR1960). Le dijo a la iglesia de Éfeso que Dios dio a la iglesia personas dotadas «a fin de capacitar al pueblo de Dios para la obra de servicio, para edificar el cuerpo de Cristo. De este modo, todos llegaremos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a una humanidad perfecta que se conforme a la plena estatura de Cristo» (Ef 4:12-13). Es claramente contrario al patrón del Nuevo Testamento pensar que nuestra única meta con las personas es llevarlas a la fe inicial que salva. Nuestra meta como iglesia debe ser presentar a Dios a todo creyente «perfecto en Cristo» (Col 1:28).
  3. Ministerio al mundo: evangelización y misericordia. Jesús les dijo a sus discípulos: «hagan discípulos de todas las naciones» (Mt 28:19). Esta obra evangelizadora de declarar el evangelio es el ministerio primario de la hacia el mundo.” Sin embargo, acompañando a la obra de evangelización también está un ministerio de misericordia; misericordia que incluye atender en el nombre del Señor a los pobres y necesitados. Aunque el énfasis del Nuevo Testamento es dar ayuda material a los que son parte de la iglesia (Hch 11:29; 2 Co 8:4; 1ª Jn 3:17), con todo hay una afirmación de que es correcto ayudar a los no creyentes, aunque ellos no respondan con gratitud o aceptación del mensaje del evangelio. Jesús nos dice:

   “Ustedes, por el contrario, amen a sus enemigos, háganles bien y denles prestado sin esperar nada a cambio. Así tendrán una gran recompensa y serán hijos del Altísimo, porque él es bondadoso con los ingratos y malvados. Sean compasivos, así como su Padre es compasivo”. (Lc 6:35-36)

   El punto de la explicación de Jesús es que debemos imitar a Dios al ser bondadosos por igual con los que son ingratos y egoístas. Es más, tenemos el ejemplo de Jesús que no intentó sanar solo a los que lo aceptaron como Mesías. Más bien, cuando grandes multitudes vinieron a él, «él puso las manos sobre cada uno de ellos y los sanó» (Lc 4:40). Esto debería animarnos a realizar obras de bondad, y orar por sanidad y otras necesidades, en la vida de los que no son creyentes tanto como de los creyentes. Tales ministerios de misericordia al mundo también pueden incluir participación en actividades cívicas o intentar influir en las políticas del gobierno para hacerlas más consistentes con los principios morales bíblicos. En aspectos en que hay una injusticia sistemática manifestada en el tratamiento de los pobres o de minorías étnicas o religiosas, la iglesia también debería orar y, según se presente la oportunidad, hablar contra tal injusticia. Todos estos son maneras en las que la iglesia puede suplementar su ministerio evangelizador al mundo y en verdad adornar el evangelio que profesa. Pero tales ministerios de misericordia al mundo nunca deben llegar a ser sustituto de una evangelización genuina o de los otros aspectos de ministerio a Dios y a los creyentes mencionados arriba.

Cómo mantener en equilibrio estos propósitos. Una vez que hemos mencionado estos tres propósitos para la iglesia, alguien puede preguntar: ¿cuál es el más importante? O tal vez algún otro pudiera preguntar: ¿podríamos descuidar alguno de estos tres como menos importante que los otros?

   A eso debemos responder que el Señor ordena en la Biblia los tres propósitos de la iglesia; por consiguiente, los tres son importantes y no se puede descuidar ninguno. Es más, una iglesia fuerte tendrá ministerios efectivos en todos estos tres aspectos. Debemos evitar cualquier intento de reducir los propósitos de la iglesia a solo uno de estos tres y decir que debería ser nuestro enfoque primario. En verdad, tales intentos de hacer primario uno de estos propósitos siempre resultará en descuido de los otros dos. Una iglesia que hace énfasis solo en la adoración acabará con enseñanza bíblica inadecuada de los creyentes y sus miembros permanecerán con superficialidad en su comprensión de las Escrituras e inmaduros en sus vidas. Si también empieza a descuidar la evangelización, la iglesia dejará de crecer en su influencia a otros, se volverá egocéntrica y a la larga empezará a marchitarse.

   Una iglesia que pone la edificación de los creyentes como el propósito que toma preferencia sobre los otros dos tenderá a producir creyentes que saben mucha doctrina bíblica pero cuyas vidas son secas porque conocen muy poco del gozo de adorar a Dios o de hablar a otros en cuanto a Cristo.

   Pero una iglesia que pone en la evangelización tal prioridad que hace que los otros dos propósitos queden en el descuido también terminará con creyentes inmaduros que hacen énfasis en el crecimiento en números pero que tienen menos y menos genuino amor a Dios expresado en su adoración, y menos y menos madurez doctrinal y santidad personal en sus vidas. Una iglesia saludable debe recalcar continuamente los tres propósitos.

   Sin embargo, los individuos son diferentes de la iglesia al poner una prioridad relativa en uno u otro de los propósitos de la iglesia. Debido a que somos como un cuerpo con diversos dones espirituales o capacidades, es correcto que pongamos más de nuestro énfasis en el cumplimiento del propósito de la iglesia que está más estrechamente relacionado con los dones e intereses que Dios nos ha dado. Ciertamente no hay obligación de que todo creyente intente dar exactamente un tercio de su tiempo en la iglesia a la oración, otro tercio a cultivar otros creyentes, y un tercio a la evangelización y obras de misericordia. Alguien con el don de evangelización debería por supuesto pasar algún tiempo en adoración y cuidando a otros creyentes, pero puede acabar dedicando la mayoría de su tiempo en obra evangelizadora. Alguien que es un dirigente talentoso de adoración puede acabar dedicando el noventa por ciento de su tiempo en la iglesia a la preparación y dirección de la adoración. Es solamente apropiada respuesta a la diversidad de dones que Dios nos ha dado.

   Comentario del contexto Bíblico: 2ª a los Corintios 5:17. Así que, si alguno está en Cristo, es una nueva creación. Las cosas viejas pasaron; y ahora las cosas nuevas han aparecido.

   Los versículos 16 y 17 son la conclusión lógica del pasaje anterior (vv. 14–15), pues son análogos y ambos muestran un contraste negativo y otro positivo (vv. 16 y 17, respectivamente). Dado que estos dos versículos ofrecen un mensaje paralelo, el último de los dos se ve influido por el primero y de él depende. Las cláusulas en el original griego son cortas y, al traducirlas, hay que añadirles el verbo ser/estar en la primera cláusula.

   Veamos primero la frase así que, la cual introduce un resumen de lo que Pablo ha dicho anteriormente sobre la unidad que los creyentes tienen con Cristo. Él murió por ellos y fue resucitado, y ellos, a su vez, viven para él (v. 15). Cuando Pablo escribe: «Si alguno está en Cristo», expresa el hecho de que gran número de personas, en Corinto y en otros lugares, son verdaderos creyentes.

   En segundo lugar, la frase en Cristo aparece como unas veinticinco veces en las epístolas de Pablo, y significa la comunión íntima que los creyentes disfrutan con su Señor y Salvador.

   Estar en Cristo significa ser parte de su cuerpo (1 Co. 12:27), y Cristo produce una radical transformación en la vida del creyente. En lugar de servir a su propio ego, el cristiano sigue a Cristo y responde a la ley del amor a Dios y al prójimo.

   Algunos traductores desean ver un equilibro en esta frase, y por ende ligan la palabra alguno, de la primera cláusula, con el pronombre él («él es nueva creación»), de la segunda.

   Pero la mayoría de los expositores bíblicos perciben, acertadamente, la nueva creación no como circunscrita a una sola persona, sino como extensiva a todo el entorno de dicha persona. (cf. Gá. 6:15; Ap. 21:5). Esto es, cuando la gente, con la conversión, llega a formar parte del cuerpo de Cristo, sus vidas experimentan un giro de ciento ochenta grados. Ahora aborrecen el mundo de pecado, y quienes eran sus amigos, ahora les son hostiles.     Su estilo de vida anterior a la conversión, ya no es más que historia, y «las viejas cosas pasaron» (véase el paralelismo con Is. 43:18–19). Para los conversos, la vida en Cristo es una constante fuente de gozo y bendiciones diarias; todos los creyentes, como un cuerpo unitario, le prestan apoyo inmediato y ayuda; y su certeza personal y confianza certifican la autenticidad de su serenidad.

   Los eruditos discuten si Pablo tomó prestada, de los rabinos de su tiempo, la frase nueva creación. Incluso si lo hubiera hecho, estos maestros judíos nunca asociaban esta frase con la renovación y regeneración moral. Según ellos, la renovación tiene que ver con la remisión de los pecados, pero no en el sentido de la transformación que Jesucristo produce en la vida de los creyentes. Para los conversos a la fe cristiana, las viejas cosas habían perdido su atractivo y han sido sustituidas por las nuevas mediante Cristo. Aunque las tentaciones siempre los asedian, los creyentes recurren, en oración, a la sexta petición de la oración que el Señor les enseñó: «No nos metas en tentación; más líbranos del mal» (Mt. 6:13), y saben que Dios les da fortaleza para resistir el mal.

   Versíc. 18. Y todo esto proviene de Dios, quien nos reconcilió consigo mismo por medio de Cristo y nos ha dado el ministerio de la reconciliación:

(a). «Y todo esto proviene de Dios». Nunca nadie puede decir que la renovación se inicia en el ser humano, pues Pablo claramente enseña que Dios es el principio y la fuente de toda renovación. Dios creó todas las cosas por medio de Cristo Jesús (Jn. 1:3; Col. 1:15–18; Heb. 1:2) y vuelve a crear todas las cosas para sus hijos. Ellos están en Cristo Jesús, porque Dios es la causa de que sean miembros del cuerpo de Cristo (referirse a 1 Co. 1:30).

(b). «Quien nos reconcilió consigo mismo por medio de Cristo». Esta asombrosa declaración revela el infinito amor de Dios. Nosotros ofendimos a Dios rompiendo sus mandamientos y pecando contra él. Por lo tanto, la iniciativa de una reconciliación debiera haber partido de nosotros, que fuimos los ofensores. En cambio, leemos que Dios, la parte ofendida, se acerca a nosotros para restaurar las relaciones. Dios tomó la iniciativa y completó la obra de reconciliación antes de que nosotros, como pecadores, respondiéramos a la misericordiosa invitación divina a reconciliarnos con él (Ro. 5:10–11). En pocas palabras: fue Dios quien restauró la relación entre él y nosotros, en procura de que su nueva criatura en nosotros pueda realizarse plenamente.

   En tiempos apostólicos, los judíos creían que el hombre era quien tenía que iniciar la relación con Dios, principalmente por la oración y la confesión de pecado. Por ejemplo, el autor de 2 Macabeos usa el verbo reconciliar cuatro veces, y todas ellas están en voz pasiva. Con ello se evidencia que son los seres humanos los que piden la reconciliación con Dios.

   Por contraste, el Nuevo Testamento enseña que Dios nos restaura con él «al ponernos en relación correcta con él». Cuando el verbo reconciliar está en voz activa, Dios es el agente de la acción y nosotros su objeto. Pero cuando, en el mismo contexto, este verbo está en voz pasiva, nosotros somos el sujeto (véase v. 20). Dios no fue el causante del alejamiento entre él y nosotros; por lo tanto, no tiene por qué ser él quien se reconcilie con nosotros.    No obstante, en amor, Dios nos reconcilia con él mediante la obra expiatoria de su Hijo Jesucristo. Por esta razón, Pablo dice que Dios trajo la reconciliación mediante Cristo, esto es, por la obra redentora de Jesús. La frase por medio de Cristo alude a su muerte y resurrección (vv.14–15), los cuales hacen posible la nueva creación (v. 17) y la reconciliación (vv. 18–20).

(c). «[Dios] nos ha dado el ministerio de la reconciliación». Dios mismo encargó a Pablo y a sus colaboradores que familiarizaran a los lectores de esta epístola con su obra. Dios quiere que sus siervos se comprometan en un ministerio restaurador por la predicación, la enseñanza y la aplicación del evangelio. Para Pablo, se trata del ministerio del Espíritu del Dios vivo (3:3, 8), que es glorioso en la manifestación de la justicia (3:9). Asimismo, este ministerio garantiza la paz entre Dios y los seres humanos (Ro. 5:1, 10; Col. 1:20; véase Hch. 20:24). La paz es el resultado de la restauración de unas relaciones personales que se rompieron, y «una señal clara del don universal de la salvación».

   Versíc. 19. Esto es, Dios estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo mismo, no tomándoles en cuenta sus pecados y encomendándonos a nosotros el mensaje de reconciliación.

(a). Observaciones preliminares. Este versículo explica el contenido del mensaje de reconciliación que Pablo mencionaba en la cláusula anterior. La explicación de Pablo clarifica la intención divina de lograr una reconciliación que se extendiera al mundo entero. En otras palabras, Pablo repite su referencia al amor de Cristo, que se extiende a todo el mundo (v. 14): en Cristo, Dios reconcilia al mundo consigo mismo.

   Existe un grado de reiteración en el vocabulario de los versículos 18 y 19, especialmente las siguientes palabras: Dios, reconciliar, Cristo, consigo mismo, nosotros, reconciliación.

   Con estas palabras Pablo logra un paralelismo con el cual enfatiza el alcance de la obra de reconciliación.

   Diferencias gramaticales, cláusulas explicativas y expresiones sinónimas, amplían la enseñanza de Pablo. En lugar del pretérito indefinido («reconcilió», v. 18), Pablo ahora dice: «estaba reconciliando». Añade la cláusula «no tomándoles en cuenta sus pecados». Y realiza los siguientes cambios: «por medio de Cristo» a «en Cristo»; el pronombre «nosotros» por el complemento «el mundo»; y «el ministerio de la reconciliación» por «el mensaje de reconciliación».

(b). Interpretación. «Esto es, Dios estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo mismo». Las dos primeras palabras de esta frase son explicativas y forman un puente entre la referencia de Pablo al «ministerio de la reconciliación» (v. 18) y su explicación del contenido de este ministerio. Existe variedad en el orden de las palabras en las distintas versiones, tal como se muestra a continuación:

«Dios estaba reconciliando al mundo consigo mismo en Cristo» (NIV)

«En Cristo, Dios estaba reconciliando al mundo» (NVI)

«Dios, en Cristo, estaba reconciliando al mundo» (NAB)

«Dios estaba en Cristo reconciliando […] al mundo» (RV60, LBLA, NASB, NJB, REB)

«Dios estaba en Cristo, reconciliando al mundo» (KJV)

   La última de estas lecturas tiene algunos puntos a su favor. En primer lugar, por medio del orden de las palabras griegas, Pablo quería enfatizar la posición de la frase en Cristo y por eso la colocó después de las palabras Dios estaba. En segundo lugar, Jesús repetidas veces enseña que el Padre estaba en él y éste en el Padre (Jn. 10:38; 14:10, 11, 20; 17:21). En tercer lugar, colocando una coma detrás de la frase en Cristo, vemos que Pablo divide el resto de la frase en tres partes, cada una de las cuales contiene un participio griego [que se traduce al español como gerundio]: reconciliando, tomándoles en cuenta, encomendándonos. Los dos primeros participios están en tiempo presente; y el tercero, en pasado. Por último, los tres participios pueden interpretarse como complementos. Es decir, que, sobre la base del ministerio de Jesús, Dios reconcilió al mundo consigo mismo, perdonó sus pecados y confió a sus siervos la predicación del evangelio.

   Cada una de las traducciones tiene sus razones para existir; pero merece la pena anotar que los eruditos prefieren la penúltima de ellas: «Dios estaba en Cristo reconciliando al mundo». La razón de esta preferencia se debe a que esta versión muestra una acción continua, por medio del tiempo pretérito del verbo ser/estar y del participio en tiempo presente. Se trata de una supuesta construcción perifrástica, que es común en el griego del Nuevo Testamento.

   La frase en Cristo se refiere a la muerte y resurrección de Jesús (véanse vv. 14–15). Por la obra expiatoria de Cristo, Dios continúa reconciliando a la gente consigo mismo, como Pablo indica al usar el tiempo presente del participio griego reconciliando. En otras palabras, la reconciliación del mundo tiene lugar en y por medio de Cristo, en una actividad incesante. En el original griego, a la palabra mundo le falta el artículo determinado y de esta manera expresa el más amplio sentido del vocablo. Pablo no está proponiendo el universalismo; antes bien, lo que dice es que el amor de Dios en Cristo se extiende a judíos y gentiles por todo el mundo (cf. Ro. 1:16). «No tomándoles en cuenta sus pecados». Nótese el tiempo presente del participio, lo cual indica que Dios continúa quitando la culpa de los creyentes.85 Dios lo hace así en respuesta a los repetidos lamentos de arrepentimiento de quienes han caído en pecado y han errado. Por medio de la obra redentora de Cristo, Dios perdona a los pecadores que se arrepienten y cuya fe está puesta en Jesús, el autor y consumador de su fe (Heb. 2:10; 12:2). «Y encomendándonos a nosotros el mensaje de reconciliación». De forma clara y permanente, Dios encargó a Pablo, a sus colaboradores y a todos los demás, que dieran a conocer el mensaje de reconciliación a todo el mundo. Este mandato puede compararse con el de un gerente de empresa a quien se le ha confiado una gran riqueza de la que debe dar cuenta, periódicamente, a su empleador. Se espera que ese gerente incremente las riquezas del propietario mediante el buen uso de su tesoro; pero nunca escondiéndolo donde nadie lo vea.

Consideraciones doctrinales en 5:17–19

   La reconciliación tiene lugar cuando las dos partes implicadas, que se encuentran separadas una de la otra, son restauradas a una armoniosa relación mediante el buen oficio de un mediador. Para nosotros, dicho mediador es Jesucristo, el Hijo de Dios. Estamos muy dispuestos a reconocer que nuestra separación de Dios fue culpa nuestra, porque nuestros pecados lo ofendieron y nuestra enemistad hacia él se manifestó con enojo.

   Reparemos ahora en todo lo que Dios ha hecho por nosotros: no nos abandonó; antes, al contrario, fue él quien tomó la iniciativa para restaurar nuestra relación. Nos dio a su único y unigénito Hijo para que muriera en la cruz por la remisión de nuestros pecados. Nos permitió que pudiéramos entrar a su presencia y nos garantizó la vida eterna. Hizo todas las cosas nuevas, restaurándolas a su estado original, su gloria y su propósito. Nos reconcilió consigo mismo haciendo que Cristo pagara el castigo por el pecado, apaciguando la ira de Dios y quitando nuestra enemistad, y demostrando su amor divino y gracia hacia nosotros.

   Debido a todos estos dones, Dios nos capacitó para anunciar su mensaje de reconciliación a los demás seres humanos.

   Somos responsables delante de Dios por nuestros propios pecados, si bien él nos ha perdonado por medio de Jesucristo. Nosotros mismos nos hemos alejado de Dios; sin embargo, por medio de Cristo nos ha restaurado como hijos e hijas suyos y nos ha acogido en su familia. Estábamos aislados y sin comunión; pero nos invitó a la comunión gozosa con el Padre y con el Hijo (1 Jn. 1:3). Con respecto a la reconciliación, Dios la inició enviándonos a su Hijo. La continúa perdonándonos diariamente nuestros pecados, y la perfeccionará en la consumación de los tiempos. A él sea la alabanza eterna, el honor, el poder y la gloria (Ap. 5:13).

1er Titulo

Predicar el Evangelio (San Marcos 16:15 y 18. Y les dijo: Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura. El que creyere y fuere bautizado, será salvo; más el que no creyere, será condenado. Y estas señales seguirán a los que creen: En mi nombre echarán fuera demonios; hablarán nuevas lenguas; tomarán en las manos serpientes, y si bebieren cosa mortífera, no les hará daño; sobre los enfermos pondrán sus manos, y sanarán.).

   Comentario La gran comisión y las señales: Nuevamente nos encontramos sin indicación de lugar ni de tiempo; lo único que tenemos es “más tarde”. Sin embargo, parece que la referencia del versículo 14 es todavía a la tarde del día de resurrección. Fue entonces cuando la falta de fe se manifestó, y esto no sólo en el corazón y mente de Tomás (Jn. 20:24) sino también en los otros diez discípulos. Véase Lc. 24:36–49. Cuando repentinamente apareció Jesús ante sus discípulos en el lugar de reunión en Jerusalén, ellos pensaron que se trataba de un fantasma, y aun después ellos todavía “de gozo no lo creían”. Lucas 24:42 podría confirmar indirectamente las palabras del epílogo indicando que Jesús les apareció “estando ellos reclinados a la mesa”.

   Una vez que el epílogo ha resumido ya las apariciones registradas especialmente en Juan y en Lucas, le toca a Mateo. En el versículo 15 la escena cambia de Jerusalén a Galilea, según indica el paralelo de Mateo 28:16–20. El versículo 15 del epílogo es aproximadamente paralelo a Mateo 28:19, “La gran comisión”

   El énfasis del versículo 16 en el epílogo no recae sobre el bautismo sino en el ejercicio de la fe, tal como en Mateo; cf. también Jn. 3:16, 18, 36. Por otro lado, la persona que por la soberana gracia de Dios se ha rendido a Cristo aceptará también con gratitud el bautismo como señal y sello de la salvación. De modo que el bautismo sigue a la fe, tal como en Hechos 2:41; 16:31–34, y en todos los lugares.

   Los versículos 17, 18 del epílogo han dado lugar a muchos malentendidos y tristes situaciones. Se presenta aquí a Jesús prometiendo cinco señales que acompañarán a los que creyeren:

  1. poder para echar demonios
  2. capacidad para hablar nuevas lenguas
  3. capacidad para tomar serpientes con las manos, es decir, serpientes venenosas sin sufrir daño físico
  4. el don de poder beber veneno mortal sin sufrir daño alguno
  5. poder para sanar enfermos poniendo las manos sobre ellos.

   Ahora bien, a. y e. no presentan ninguna dificultad especial. De hecho, Jesús impartió tales dones a los discípulos, y éstos hicieron uso de ellos con buenos resultados. Véanse Mt. 10:1; Mr. 9:38; Lc. 10:17; Hch. 5:16; 8:7; 16:18; 19:12.

   Algo similar sucede con respecto a c., el don de lenguas. Véanse Hch 2:4; 10:46; 19:6; 1Co. 12:10, 28, 30; y todo el capítulo 14 de 1 Corintios.

   Con relación a estos dones especiales (a., b. y e.) B. B. Waffield dice, “Estos dones fueron parte de las credenciales de los apóstoles como agentes autorizados de Dios para fundar la iglesia.… Éstos (los dones) necesariamente caducaron al cumplirse el objetivo”. El testimonio de Crisóstomo y Agustín también postula que con el término de la era apostólica estos dones terminaron. Fue también el punto de vista de Jonatán Edwards: “Estos dones especiales se dieron con el fin de fundar y establecer la iglesia en el mundo. Pero dado que el canon de las Escrituras ya se ha completado, y la iglesia está totalmente fundada y establecida, estos dones extraordinarios han cesado”.

   El epílogo menciona otras dos señales que supuestamente Jesús prometió a sus discípulos, a saber, el poder para tomar serpientes con sus manos, y beber venenos mortales sin perjuicio alguno para ellos (véase c. y d. más arriba). Los que aceptan que el epílogo es Escritura Santa, totalmente inspirada e infalible, hallan la confirmación para el punto c. en Lucas 10:19 y Hechos 28:3. Véase Lenski, Op. cit., p. 483. Sin embargo, Lucas 10:19 habla de “hollar serpientes”, lo cual no es exactamente lo mismo que tomarlas intencionalmente. Según Hechos 28:3, Pablo recogió unas ramas secas y después de colocarlas en el fuego sale una serpiente que se prende de su mano. Se la sacude sin sufrir daño alguno. Pero ciertamente esto no es lo que la conclusión dice. ¡Pablo no cogió deliberadamente una serpiente venenosa! Y en cuanto a beber veneno mortal sin sufrir daño, Lenski reconoce que el Nuevo Testamento no ofrece ejemplo alguno de esto. A. B. Bruce, Op. cit., 456, 457, está probablemente en lo cierto al manifestar: “tomar serpientes venenosas y beber venenos mortales parece introducirnos en la penumbra de la historia apócrifa”. Y además, correr tales riesgos es algo que, indirectamente, Jesús condenó tanto con su ejemplo (Mt. 4:7) como con su enseñanza (Mt. 10:23; 24:16–19).

   Muy a menudo los periódicos refieren hechos de fanáticos religiosos que toman serpientes venenosas y/o beben venenos mortales, frecuentemente con lamentables resultados. Los que hacen esto justifican a veces su extraña conducta apelando a Marcos 16:18. Es hora de que se diga a todos que el epílogo es obligatorio para nuestra fe y práctica sólo hasta el punto en que su enseñanza sea explícitamente apoyada por la Escritura en general. ¡En realidad, se debe decir que estos puntos que hablan de tomar serpientes y beber venenos no se deben considerar bíblicos en ningún caso!

   Es posible, en realidad, que, en relación con cuatro de los cinco puntos mencionados, el ambiente histórico es posterior al tiempo de la vida de Cristo en la tierra. Se deben tener presentes los siguientes puntos:

   La capacidad para hablar nuevas lenguas no se menciona nunca en los Evangelios. Tampoco la capacidad para coger serpientes venenosas o beber bebidas venenosas sin sufrir daño alguno. Y aunque el don de realizar curaciones milagrosas se menciona claramente en los Evangelios, hay que considerar la posibilidad de que el cambio de “ungirles con aceite” (véase Mr. 6:13) a “pondrán sus manos sobre los enfermos” (aquí en 16:18) merezca una consideración especial.

2° Título

Hacer discípulos en todas las naciones (San Mateo 28:19 y 20. Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado; y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo. Amén.).

   Comentario: 19, 20a. Por tanto, id y haced discípulos de todas las naciones, bautizándoles en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado. Podríamos decir que este pasaje es de un significado tan fundamental que debe decirse algo acerca de cada palabra o combinación de palabras.

“Id”

   Esto se pone en un contraste bastante fuerte con el “no vayáis” de 10:5. Cf. 15:24. Es evidente que el particularismo del período anterior a su resurrección ha dado ahora lugar definitivamente al universalismo. No es que Jesús haya cambiado de opinión. Es muy claro a partir de la historia de los magos no judíos (2:1–12) que vinieron a adorar al Rey recién nacido y de otros pasajes tales como 8:11, 12; 15:28; 21:43; 22:8–10, que la evangelización del mundo estuvo desde el principio mismo incluida en el propósito de Dios. Véase también Jn. 3:16; 10:16. Como se ha señalado, tampoco Mateo tenía en mente algo menos que esto.

   Pero como fue dicho en conexión con 10:5, “Estaba en el plan de Dios que el evangelismo se propagara entre las naciones desde Jerusalén”. Cf. Hch. 1:8. Por lo tanto, el orden divinamente instituido fue, “al judío, primeramente, y también al griego” (Ro. 1:16). El momento de hacer preparativos en serio para la propagación del evangelio a través del mundo había llegado ahora.

   “Id” también implica que los discípulos—y esto vale para los hijos de Dios en general—no deben concentrar toda su atención en “venir” a la iglesia. Deben también “ir” para llevar las preciosas noticias a otros. Por supuesto, no pueden “ir” a menos que antes hayan “venido” y a menos que se mantengan tanto viniendo como yendo. Ellos no pueden dar a menos que estén dispuestos a recibir.

“Por tanto”

   Esto ya ha sido explicado en conexión con “la gran declaración”. En pocas palabras esto significa: Id, a. porque vuestro Señor así lo ha ordenado; b. porque él ha prometido impartir la fuerza necesaria; y c. porque él es digno del homenaje, y la fe y la obediencia de todo hombre.

“Haced discípulos”

   El original dice literalmente, “Por tanto, habiendo ido, haced discípulos …” En estos casos tanto el participio como el verbo que le sigue puede ser—en el caso presente debe ser— interpretado con fuerza de imperativo. “Haced discípulos” es en sí mismo un imperativo. Es un mandato enérgico, una orden.

   Pero, ¿qué se quiere decir precisamente con “haced discípulos”? No es exactamente lo mismo que “haced convertidos”, aunque por supuesto lo segundo queda implícito. Véase sobre 3:2; 4:17. El término “haced discípulos” pone algo más de énfasis en el hecho de que tanto la mente como el corazón y la voluntad deben ser ganadas para Dios. Un discípulo es un alumno, un aprendiz. Véase sobre 13:52. También véase sobre 11:29 para las palabras relacionadas.

   Por tanto, los apóstoles deben proclamar la verdad y la voluntad de Dios al mundo. Es necesario que los pecadores sepan acerca de su propia condición perdida, de Dios, de su plan de redención, de su amor, de su ley, etc. Sin embargo, esto no es suficiente. El verdadero discipulado implica mucho más. Un entendimiento puramente mental hasta ahora no ha hecho ningún discípulo. Es parte del cuadro, de hecho, una parte importante, pero sólo una parte. La verdad aprendida debe ser practicada. Debe ser apropiada por el corazón, la mente y la voluntad, para que uno permanezca o continúe en la verdad. Sólo entonces uno es verdaderamente “discípulo” de Cristo (Jn. 8:31).

   No debería otorgarse inmediatamente a cada persona que se presenta como candidato a miembro de una iglesia todos los derechos y privilegios que pertenecen a los miembros. Hay expositores que ponen todo el énfasis en que “la boda estaba llena de invitados” (Mt. 22:10). Ellos olvidan los vv. 11–24.

“De todas las naciones”

    Véase bajo el encabezamiento “Id”.

    “Bautizándoles en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo

    El verbo principal es “haced discípulos”. Subordinado a éste será: a. bautizándoles, y b. enseñándoles. En este tipo de construcción gramatical sería completamente equivocado decir que, porque la palabra bautizándoles precede a la palabra enseñándoles, la gente debe ser bautizada antes de ser instruida. Es muy natural que bautizar sea mencionado primero, pues, aunque una persona es bautizada una vez (ordinariamente), continúa siendo instruida a través de toda su vida.

   Los conceptos “bautizar” y “enseñar” son simplemente dos actividades, coordinadas la una con la otra, pero ambas subordinadas a “hacer discípulos”. En otras palabras, por medio de ser bautizada e instruida una persona llega a ser un discípulo, en el entendido, por supuesto, de que este individuo está preparado para el bautismo y dispuesto a apropiarse de la enseñanza. El contexto deja muy claro que Jesús aquí está hablando de aquellos que son lo suficientemente maduros para ser considerados objetos de la predicación. Aquí él no está hablando de niños pequeños.

   A fin de estar preparado para el bautismo se requiere el arrepentimiento (Hch. 2:38, 41). Se requiere “recibir la palabra” (Hch. 2:41). Esto también muestra que el bautismo debe ser precedido por cierta cantidad de enseñanza.

   El bautismo debe ser en el nombre—nótese el singular: un nombre; por lo tanto, un Dios— del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Un nombre, como se indicó anteriormente—véase sobre 6:9; 7:22; 10:22, 41, 42; 12:21—representa a aquel que lo lleva. Por lo tanto, “siendo bautizados en el nombre de”, significa “siendo llevados a una relación vital con” aquel Uno, considerado tal como él se ha revelado.

¿Debemos bautizar “en” o “al” nombre? El debate sobre esto se ha sostenido ya por muchos años. Ahora, puesto que aun en español—al menos en el trato familiar—“en” tiene frecuentemente el sentido de “dentro de”—“niños, entren en la casa”—una decisión sobre este punto no puede ser tan importante como algunos tratan de hacerlo aparecer. Sin embargo, considerando todo, creo que “en” con el sentido de “dentro de” puede justificarse. Ni “en” en el sentido de “dentro de” ni “en” en el sentido de “a” son necesariamente equivocados.

   Para ambos sentidos podrían presentarse buenos argumentos. Pero cuando decimos “te bautizo en el nombre de”, podría entenderse que se dice “te bautizo por mandato de” o “por la autoridad de”, lo que desde luego no es lo que se ha querido decir. 1 Co. 1:13 parece decir, “¿fuisteis bautizados en—con el sentido de “dentro de”—el nombre de Pablo?” Asimismo, al v. 15, “… bautizados en—con el sentido de ‘a’—mi nombre”. Cf. 1 Co. 10:2.   Y asimismo aquí en Mt. 28:19, “en—con el sentido de ‘a’—el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo” tiene buen sentido.

   No es que el rito del bautismo en sí lleve a una persona a una unión vital con el Padre, Hijo y Espíritu Santo. Mas, según las Escrituras lo siguiente es cierto: a. la circuncisión era un signo y un sello de la justicia de Cristo aceptada por la fe (véase Ro. 4:11 en su contexto);

  1. b. el bautismo tomó el lugar de la circuncisión (Col. 2:11, 12); c. por lo tanto, también el bautismo debe considerarse como un signo y un sello de la justicia de Cristo aceptada por la fe.

   De acuerdo con esto, cuando por medio de la predicación de la Palabra una persona ha sido llevada de las tinieblas a la luz y confiesa que el Dios trino, Padre, Hijo y Espíritu Santo es el único objeto de su fe, esperanza y amor, el sacramento del bautismo es el signo y el sello de que Dios el Padre le adopta como su hijo y heredero; que Dios el Hijo lava sus pecados por su preciosa sangre; y que Dios el Espíritu Santo mora en él y le santificará; en realidad impartiéndole aquello que objetivamente ya tiene en Cristo y por fin llevándole de la iglesia militante a la iglesia triunfante.

“Enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado”

   Como ya se ha comentado, este enseñar precede y también sigue al bautismo. La iglesia primitiva insistía en que la persona a quien había sido proclamado el evangelio, antes de ser admitida como miembro debía dar muestra de arrepentimiento genuino y de poseer los conocimientos básicos del cristianismo. “La iglesia primitiva estaba tan interesada en la edificación como en el evangelismo, tanto en la santificación como en la conversión, tanto en el gobierno de la iglesia como en la predicación”.

   Que tal enseñanza no debe cesar cuando una persona ha sido bautizada se entiende de las palabras, “enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado”. Considérese:

  1. Todos los maravillosos discursos de Cristo
  2. Todas sus parábolas; tanto en a. como en b. se incluye gran cantidad de “mandatos” tanto implícitos como explícitos. Entre ellos están:
  3. “Dichos” preciosos, tales como: “Permaneced en mí … que os améis unos a otros … daréis testimonio también” (Jn. 15:4, 12, 27); “Amad a vuestros enemigos” (Mt. 5:44); “Niéguese a sí mismo, tome su cruz, y sígame” (Lc. 9:23).
  4. Predicciones específicas y promesas o garantías: “El que a mí viene, nunca tendrá hambre; y el que en mí cree, no tendrá sed jamás” (Jn. 6:35); “En el mundo tendréis aflicción, más confiad, yo he vencido al mundo”. Repárese en las instrucciones implícitas para la conducta cristiana.
  5. Añádase esto: las lecciones sobre la cruz, la hipocresía, la proclamación del evangelio; sobre la oración, la humildad, la confianza, el espíritu perdonador, la ley.
  6. ¿Y no está el relato de la permanencia de Cristo sobre la tierra—las narraciones de sus curaciones, viajes, sufrimientos, muerte, resurrección, etc.—lleno de “mandatos” implícitos?

   “Enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado”, ¡qué orden! Para los once en primer lugar y para todos los maestros ordenados; pero en un sentido ciertamente también para toda la iglesia, todos sus miembros. Cada miembro verdadero es un testigo.

   En vista del hecho que después de la ascensión de Cristo había cierta indecisión de parte de los líderes cristianos para proclamar el evangelio a los gentiles (véase Hch. 10:14, 28; 11:1–3, 19; Gá. 2:11–13), hay quienes creen que la Gran Comisión es en sí un mito o que la iglesia se olvidó pronto de ella. Ellos sostienen que, en el libro de Hechos, en las epístolas y en el libro de Apocalipsis no se perciben rastros de su influencia.

   ¿Cómo se puede estar tan seguro de esto? ¿Acaso no atestiguan los siguientes pasajes a la posible influencia, entre otros factores, de la Gran Comisión? Véase Hch. 2:38, 39; 3:25; 4:12; 10:45; 11:1, 18; 13:46–49; 14:27; 15:7–11, 12, 13–19; 17:30; 19:10; 21:19, 20a; 22:15, 21; 26:15–20; 28:28; Ro. 1:5, 14–16; 11:32; Gá. 2:9; 3:28; Ef. 3:8, 9; Col. 3:11; 1 Ti. 1:15; Ap. 7:9, 10; 22:17.

   Versíc. 20b. Y recordad, yo estoy con vosotros día tras día hasta el fin del mundo. Cf. Jn. 14:23; Hch. 18:10. No hay nada de ambigüedad en cuanto a esta garantía. Ha sido llamada una promesa; es una realidad. Nótese la enfática introducción: “Recordad” o “tomado nota”, “poned mucha atención”, “mirad”. El pronombre “Yo”, incluido en el verbo, es escrito también como una palabra separada y es muy enfática, como si dijera, “Nada menos que yo mismo estoy con vosotros”. “Con vosotros” no solamente “para siempre”, sino “todos los días”, o “día tras día”. Pensad en estos días siguiéndose uno por uno, cada uno con sus aflicciones, problemas y dificultades, pero cada uno acompañado por la promesa, “Mi gracia te es suficiente. No te dejaré ni te abandonaré”. Esto continúa hasta el final o la consumación de la era. Y aun entonces no habrá nada que temer; véase Mt. 25:31–40.

   Al principio, en el medio, y al final del Evangelio de Mateo, Jesucristo garantiza a la iglesia su presencia constante y consoladora: 1:23 “He aquí, una virgen concebirá y dará a luz un hijo, y llamarás su nombre Emanuel, que traducido es: ‘Dios con nosotros’”. — 18:20 “Porque donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”. — 28:20 “Y recordad, yo estoy con vosotros día tras día hasta el fin del mundo”.

3er Titulo

Cuidar la sana doctrina (2a a los Tesalonicenses 2:15. Así que, hermanos, estad firmes, y retened la doctrina que habéis aprendido, sea por palabra, o por carta nuestra.).

   Comentario: En vista de todo lo que se ha dicho (nótese “así pues”), especialmente con respecto a los peligros provenientes de parte de Satanás y con respecto a la gloriosa perspectiva de los que se adhieren a la fe, se insta ahora a los tesalonicenses a abandonar sus dudas y temores y a estar firmes (Ro. 14:4; 1 Co. 16:13; Fil. 1:27; 4:1) y aferrarse—esto es, permanecer firmes y continuar aferrándose (nótense los imperativos en presente que aquí, como sucede a menudo, son sin duda continuativos)—a las tradiciones, es decir, a las enseñanzas autoritativas que les fueron dadas (1 Co. 11:2; Gá. 1:14; Col. 2:8; y véase sobre 3:6), ya oralmente, esto es, por palabra o de labios mientras Pablo, Silas, y Timoteo estuvieron entre ellos y después cuando Timoteo los visitó, o por carta (1 Tesalonicenses, pero obsérvese “por nosotros”, vale decir, no por carta alguna pretendiendo ser de Pablo; véase sobre versículo 2 más arriba).

   Con respecto a idea de estar firmes véase el hermoso pasaje de 1 Co. 16:13; también sobre 1 Ts. 3:8. Acerca del asunto de transmitir tradiciones o enseñanzas que han sido recibidas véase también Ro. 6:17; 16:17; 1 Co. 15:1–11; Fil. 4:9; Ap. 2:14, 15.

Requisitos para el evangelista

1.- El Evangelista debe ser un Líder-Siervo: Ejercer liderazgo, pero con corazón de servicio para la iglesia.

2.- El evangelista debe comunicar en forma efectiva la palabra de Dios

3.- El evangelista debe depender del Espíritu Santo

4.- El evangelista debe permanecer fiel ante un mundo hostil, que le estará asediando con tentaciones, burlas, ofensas y otras artimañas del enemigo.

5.- El evangelista debe proclamar que Jesucristo como el único camino y la salvación para el ser humano

6.- El evangelista debe tener una estrategia para la cosecha

7.- El mensaje del evangelista debe ser Bíblico (basado en la Biblia)

8.- La Vida Interior del Evangelista, debe ser una vida de comunión con Dios que se refleje en sus acciones.

Amén, para la gloria de Dios.

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Hno Roberto Saldías Roa

Miembro de la IEP en Nacimiento Bajo, nació en el evangelio del Señor en la Iglesia de Laja 1975. Casado con María Nahuelmán, estudia teología de manera autodidacta. Me gusta mucho leer y escribir.

 

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