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Semana del 2 al 8 de julio de 2018: “Características del Espíritu Santo en el símbolo de la Paloma”.

Semana del 2 al 8 de julio de 2018: “Características del Espíritu Santo en el símbolo de la Paloma”.

Lectura Bíblica: San Mateo Cap. 3, versículos 16 y 17. Y Jesús, después que fue bautizado, subió luego del agua; y he aquí los cielos le fueron abiertos, y vio al Espíritu de Dios que descendía como paloma, y venía sobre él. Y hubo una voz de los cielos, que decía: Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia.

 

  • Comentario:

Versic.16. E inmediatamente, cuando Jesús fue bautizado y salió del agua, he aquí los cielos fueron abiertos.…El modo del bautismo, sea que Jesús estaba de pie en el Jordán de modo que tenía los pies en el agua y el Bautista derramaba o rociaba agua en la cabeza, o que todo su cuerpo haya sido sumergido, no es indicado en este pasaje. Es natural suponer que había descendido hasta la orilla del río y que por lo menos había dado algunos pasos en el agua. El v. 16 nos informa que habiendo sido bautizado, Jesús salió nuevamente del agua. Esto es todo lo que sabemos. El Espíritu Santo no ha querido darnos detalles más específicos en cuanto al modo del bautismo practicado durante el período abarcado por el Nuevo Testamento.

 

Lo que sí es importante, tan importante que Mateo dirige a ello nuestra atención introduciéndolo con “he aquí”, es que los cielos fueron abiertos. Esta no fue una experiencia puramente subjetiva en el corazón de Jesús. Fue definitivamente un milagro, que ocurrió ante la vista de todos los que estaban presentes con Juan y Jesús. ¿No vio Ezequiel también los cielos abiertos (Ez. 1:1)? ¿Y también Esteban (Hch. 7:56)? ¿Y también el apóstol Juan en Patmos (Ap. 4:1; 11:19; 19:11; cf. Is. 64:1; 2 Co. 12:1–4)? Continúa: y él (Juan) vio al Espíritu de Dios que descendía como una paloma y se posaba sobre él. Cf. Mr. 1:10; Lc. 3:22; Jn. 1:32–34. Repentinamente “se abrieron” los cielos, y Juan vio al Espíritu Santo. Por supuesto, el Espíritu Santo mismo no tiene cuerpo y no se puede ver con los ojos físicos. Pero se nos dice que la tercera Persona de la Trinidad se manifestó al Bautista bajo el símbolo de una paloma. Lo que el Bautista vio físicamente fue una forma corporal semejante a una paloma. Vio que descendía sobre Jesús. No es claro por qué Dios escogió la forma de una paloma para representar al Espíritu Santo. Algunos comentaristas señalan la pureza y la dulzura o benignidad de la paloma, propiedades que en un grado infinito caracterizan al Espíritu, y por lo tanto, también a Cristo (cf. Sal. 68:14; Cant. 2:14; 5:2; Mt. 10:16). Así equipado y dotado, Cristo estaba en condiciones de llevar a cabo la dificilísima tarea que el Padre le había dado que hiciera. Para salvarnos del pecado, necesitaba ser puro. Para soportar el tormento, perdonar nuestras iniquidades y tener paciencia con nuestras debilidades, necesitaba ser apacible, manso y benigno. Esto también él lo poseía en una medida abundante, y él les dijo a sus seguidores que por la gracia y el poder de Dios, ellos debieran adquirir y ejercer los mismos dones (Mt. 11:29, 30; 12:19; 21:4, 5; Lc. 23:34; 2 Co. 10:1; Fil. 2:5–8; 1 P. 1:19; 2:21–25; y en el Antiguo Testamento: Is. 40:11; 42:23; 53:7; y Zac. 9:9).

 

El Bautista notó que la forma de una paloma, que simbolizaba al Espíritu, posó durante un tiempo sobre Jesús (Jn. 1:32, 33). No desapareció inmediatamente. ¿Ocurrió esto para dejar en la mente de Juan y de toda la iglesia a través de las edades, no solamente que Jesús era el Cristo, sino también que el Espíritu ahora estaba sobre él permanentemente dándole la plena capacidad para la más difícil, pero a la vez la más gloriosa de las tareas? Debiera recordarse constantemente que, aunque la naturaleza divina de Cristo no necesitaba ser fortalecida y en realidad no podía serlo, no ocurría lo mismo con respecto a su naturaleza humana. Esta podía y necesitaba ser fortalecida (Mt. 14:23; 17:1–5; 26:36–46; cf. Mr. 14:36; Jn. 12:27, 28; y especialmente Heb. 5:8). El hecho de que aquí le fuera dada la unción por el Espíritu Santo (Sal. 45:7; Is. 61:1–3; Lc. 3:22; 4:1, 18–21), de ningún modo constituye un conflicto con su concepción por el poder del mismo Espíritu (Mt. 1:20; Lc. 1:35). Los dos hechos armonizan en forma hermosa.

 

Hasta aquí hemos oído acerca de la petición del Hijo de ser bautizado, y de su bautismo, reafirmando por lo tanto su completa disposición de tomar sobre sí y llevar el pecado del mundo (Jn. 1:29); también hemos oído del Espíritu [p 228] que descendió sobre él, capacitándolo para una tarea tan grande y sublime. Entonces es del todo adecuado que se agregue la voz del Padre que da su completa aprobación y complacencia, para que quede en claro que en la obra de salvar a los pecadores, como en toda obra divina, los tres son uno.

 

Por eso, sigue el Versic. 17. Y en ese momento se oyó una voz del cielo que decía: Este es mi Hijo, el Amado, en quien tengo complacencia. Los tres siempre son uno; por ejemplo, el Hijo muere por “aquellos a quienes” (literalmente, según el mejor texto, por “los que”) el Padre le ha dado (Jn. 10:29); y éstos son los mismos que el Espíritu lleva a la gloria (Jn. 14:16, 17; 16:14; Ro. 8:26–30). Así también ocurre aquí: Los tres son uno. Los cielos tienen que abrirse para que Jesús mismo pueda oír la voz, como se le representa en Mr. 1:11 y Lc. 3:22 (“Tú eres mi Hijo, el Amado”), pero también de modo que el Bautista la oiga (Por eso, “Este es …”), haciéndolo un mejor testigo de las cosas que vio y oyó (Cf. Jn. 1:33, 34). Como ya se ha indicado, en conexión con la reafirmación voluntaria del Hijo de su entrega de todo corazón a la tarea de llevar una carga tan infinitamente pesada, esta voz de complacencia y aprobación fue completamente oportuna.

 

¿De quién era la voz? No se da el nombre de Quien habló. Pero no era necesario, porque la misma fraseología (“mi Hijo, el Amado”) identifica a quien habló, a saber el Padre. Además, no solamente en su calidad oficial como Mesías sino también como Hijo por generación eterna, Aquel que comparte plenamente la esencia divina con el Padre y el Espíritu, él es el Amado del Padre (Jn. 1:14; 3:16; 10:17; 17:23). No hay amor mayor que el que el Padre siente hacia su Hijo. Según el adjetivo verbal (agapetos = amado) que aquí se usa, este amor tiene raíces profundas, es amplio, es tan grande como el corazón de Dios mismo. Es también tan inteligente y significativo como la mente misma de Dios. Es tierno, vasto, infinito.

 

No sólo eso, pero este amor es también eterno; esto es, no es temporal, se eleva por sobre todos los límites temporales. Aun cuando hay quienes no están de acuerdo, la traducción “en quien tengo complacencia” debe considerarse correcta.226 En la tranquilidad de la eternidad, el Hijo era objeto de la inagotable complacencia del Padre (cf. Pr. 8:30). La reafirmación del Hijo, por medio del bautismo, de su propósito de derramar su sangre por un mundo perdido en el pecado nada hizo para disminuir ese amor. Eso es lo que el Padre está diciendo a su Hijo. Eso es lo que está diciendo a Juan y a todos nosotros.

 

¡Cuán lleno de consuelo es este párrafo! Consuelo no solamente para el Hijo y para Juan, sino para todo hijo de Dios, porque indica que no solamente el Hijo ama a sus seguidores lo suficiente como para sufrir las angustias del infierno en su lugar, sino que también el Espíritu coopera plenamente fortaleciéndolo para esta misma tarea, y que el Padre, en vez de desaprobar a quien la emprende, se siente tan complacido con él que ve la necesidad de abrir los cielos mismos para que su voz complacida se oiga en la tierra. Los tres están igualmente interesados en nuestra salvación, y los tres son uno.

 

  • Resumen:

Los vv. 13–17 relatan que en la cumbre de la actividad del Bautista, hizo su aparición pública Jesús, pidiendo a Juan que lo bautice. Cuando el heraldo pone resistencia, considerándose indigno y sugiriendo que él debiera ser bautizado por Aquel cuya venida sólo había estado preparando, Jesús supera sus escrúpulos diciéndole: “Déjame esta vez, porque es conveniente que de este modo cumplamos con todo requisito de justicia”. Estaba bien que quien había prometido ofrecerse en rescate por muchos ratificase esta promesa sometiéndose al bautismo, reafirmando de ese modo su deseo y decisión de tomar sobre sí y quitar el pecado del mundo. El agua del bautismo significa y sella el lavamiento de los pecados, y Jesús se revela, por medio de este sacramento, como el que quita el pecado. Por lo tanto, era también correcto que Juan, que estaba cumpliendo su tarea en obediencia a Dios y en cumplimiento de la profecía, bautizara a Jesús.

 

Para la realización de su tarea infinitamente difícil, el Mediador necesitaba ser ungido por el Espíritu Santo, porque se debe recordar que el Hijo de Dios era también Hijo del hombre. La segunda persona de la Trinidad, siendo verdaderamente divina, tiene dos naturalezas: la divina y la humana. La divina no necesita ser fortalecida, pero sí la humana. Cuando en su bautismo el Espíritu Santo, simbolizado por la forma de una paloma desciende sobre el en toda su plenitud, le son impartidas todas las capacidades necesarias para él como Mediador.

 

La reafirmación del Hijo de su deseo de cargar con una tarea que comprende tantos sufrimientos despierta una inmediata respuesta de amor del corazón del Padre, de modo que los cielos se abren y se oye una voz que dice: “Este es mi Hijo, el Amado, en quien tengo complacencia”. No se puede pensar en un signo y sello de aprobación más glorioso. Así el Padre, el Hijo, y el Espíritu Santo cooperan en la realización de la salvación del hombre.

 

  • Pensamiento:

Ciertos objetos mencionados en la Biblia tienen valor simbólico. Por ejemplo, un cordero, una copa, un cordón rojo, y otros objetos. Blanco es el color de pureza y la paloma es un símbolo. Lea de esta ave y su significado particular. “Y Jesús, después que fue bautizado, subió luego del agua; y he aquí los cielos le fueron abiertos, y (Juan Bautista) vio al Espíritu de Dios que descendía como paloma, y venía sobre él (Jesús)” Mateo 3:16.

 

Un símbolo es la representación perceptible de una realidad. Ciertos rasgos del símbolo llevan al observador a asociarlos a la realidad produciendo un aprecio por las características sugeridas. La paloma es usada como símbolo para representar al Espíritu Santo. Se usa para hacernos entender su carácter y su actividad. La paloma es asociada con pureza. Noé abrió la ventana del arca y envió un cuervo que nunca volvió pues hallaba carne muerta para comer. También mandó una paloma para ver si las aguas se habían retirado, pero ésta volvió por no hallar donde pisar. Era ave limpia y no comía de la inmundicia. Por eso, volvió al arca. Siete días más tarde Noé le envió otra vez y esta vez trajo “una hoja de olivo en el pico; y entendió Noé que las aguas se habían retirado de sobre la tierra” (Génesis 8:12). Otros siete días más tarde, fue enviada otra vez y nunca volvió indicando que habían encontrado comida limpia de que alimentarse. Fue el comienzo de un nuevo día en la historia de la raza humana.

 

El símbolo de la paloma que vino sobre Jesús cuando fue bautizado fue la señal que el Espíritu Santo descendió sobre el Único en el mundo en que no hubo pecado. Jesús era totalmente limpio y con su perfección en el poder del Espíritu Santo trajo la salvación por gracia. El emblema de la paloma como símbolo del Espíritu Santo también sugiere limpieza, inocencia, integridad y lo que es moralmente completo. ¿Qué es lo dijo Salomón al referirse a su esposa? “Mas una es la paloma mía, la perfecta mía; Es la única de su madre, La escogida de la que la dio a luz” Cantares 6:9. La paloma no hace daño y el Señor Jesús nos llama a ser “sencillos como palomas” (Mateo 10:16). Así era Él en su ministerio.

 

Juan Bautista dio testimonio del evento, “diciendo: Vi al Espíritu que descendía del cielo como paloma, y PERMANECIÓ SOBRE ÉL” (Juan 1:32). ¿Ha visto una paloma posarse sobre un ser humano y quedarse? Lo que pasó a Jesús no fue ningún accidente sino una señal ex profeso de parte de Espíritu Santo para identificar a Jesús de Nazaret como el Mesías. Juan dijo: “Yo le vi, y he dado testimonio de que éste es el Hijo de Dios” (v.35). Por cierto, la llegada del Espíritu Santo fue el cumplimiento de la profecía en Isaías 11, “Saldrá una vara del tronco de Isaí, y un vástago retoñará de sus raíces. Y reposará sobre él el Espíritu de Jehová; espíritu de sabiduría y de inteligencia, espíritu de consejo y de poder, espíritu de conocimiento y de temor de Jehová” (vv.1-2). En todo su ministerio público, Jesús se mantuvo en comunión con el Espíritu. En su muerte en la cruz, fue “mediante el Espíritu eterno (que) se ofreció a sí mismo sin mancha a Dios” (Hebreos 9:14). No hubo cambio en el carácter de Jesús y su perfección es la que dio valor a la obra que realizó a nuestro favor.

 

  • Citas:

Génesis 8:8- 12.  Envió también de sí una paloma, para ver si las aguas se habían retirado de sobre la faz de la tierra. Y no halló la paloma donde sentar la planta de su pie, y volvió a él al arca, porque las aguas estaban aún sobre la faz de toda la tierra. Entonces él extendió su mano, y tomándola, la hizo entrar consigo en el arca. Esperó aún otros siete días, y volvió a enviar la paloma fuera del arca. Y la paloma volvió a él a la hora de la tarde; y he aquí que traía una hoja de olivo en el pico; y entendió Noé que las aguas se habían retirado de sobre la tierra. Y esperó aún otros siete días, y envió la paloma, la cual no volvió ya más a él.

Cantares 1:15. He aquí que tú eres hermosa, amiga mía; He aquí eres bella; tus ojos son como palomas.

 

Texto: San Juan Cap. 1, versículo 32: “También dio Juan testimonio, diciendo:

Vi al Espíritu que descendía del cielo como paloma, y permaneció sobre él”.

 

  • Comentario del Texto:

Aquí el evangelista parece dar por sentado que los lectores ya conocen los Sinópticos, pues en éstos la ocasión en que el Espíritu Santo descendió sobre Jesús en forma de paloma está claramente relatada (Mt. 3:13–17; Mr. 1:9, 10; Lc. 3:21, 22) y no simplemente sobre entendido como en el versículo 33. Por ello, el escritor del cuarto Evangelio omite informar a sus lectores con claridad que este acontecimiento tuvo lugar cuando Jesús fue bautizado.

 

Para el significado de los verbos dar testimonio y ver, véase respectivamente la explicación de 1:7 y de 1:14. Lc. 3:22 arroja luz sobre varios de los términos que hallamos en Jn. 1:32–34. Así, haciendo una comparación, descubrimos que lo que Juan vio fue el Espíritu Santo. Por supuesto, el Espíritu mismo no tiene cuerpo y no se puede ver con los ojos físicos. Pero se nos dice abiertamente que la tercera Persona de la Trinidad se manifestó al Bautista bajo el simbolismo de una paloma. Lo que se vio físicamente fue una forma corpórea como una paloma, como también explica Lc. 3:22. No se sabe exactamente por qué Dios escogió una paloma para representar al Espíritu Santo. Algunos comentaristas señalan la pureza, la mansedumbre y la gracia de la paloma, propiedades éstas que, en grado infinito, caracterizan al Espíritu. Es posible que esta explicación sea correcta. Juan observó que aquella forma corporal reposó (por unos momentos) sobre Jesús; es decir, no desapareció inmediatamente. Basándonos en pasajes tales como 3:34; Lc. 4:18 y siguientes; e Is. 61:1 y siguientes, podemos decir lo que Juan vio fue la manifestación visible del ungimiento de Jesús por el Espíritu Santo. Este ungimiento, como indican las referencias, incluye dos elementos: a. que Dios ordenó al Mediador para su obra específica, y b. que el Mediador fue capacitado de cumplirla.

 

  • Nota:

Este comentario del Versic. 33. Y yo no le conocía. El Bautista repite que anteriormente no tenía conocimiento de Jesús en su función del Mesías (véase versículo 31). De ahí que su testimonio sea aun más valioso, pues le fue dado de lo alto, y se apoyaba en una revelación sobrenatural. Mas el que me envió a bautizar con agua, aquél me dijo: Sobre quien vieres descender el Espíritu, y que reposa sobre él, éste es el que bautiza con el Espíritu Santo. Juan cita las palabras de su divino Señor. Para una explicación en cuanto al bautismo con agua en contraposición al bautismo con el Espíritu Santo.

 

1er Titulo:

Amor (Romanos 5.5. Y la esperanza no avergüenza; porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos fue dado.). Pureza Romanos 1:3 y 4. acerca de su Hijo, nuestro Señor Jesucristo, que era del linaje de David según la carne, que fue declarado Hijo de Dios con poder, según el Espíritu de santidad, por la resurrección de entre los muertos,)Þ(Es la cualidad de puro, es aquel o aquello que está libre y salvo de toda liga de pecado, que está exento de imperfecciones morales.)

 

  • Comentario: Amor: Romanos 5.5.

Nótese esta magistral transición de la fe (v. 1, 2) a la esperanza (vv. 2, 4, 5), al amor (v. 5). Esta es la secuencia que también hallamos encontramos en 1 Co. 13:13. (En 1 Ts. 1:3 la secuencia es fe, amor, esperanza). Hay gente sin esperanza (Ef. 2:12; 1 Ts. 4:13). También hay quienes se aferran a esperanzas ilusorias o engañosas (Pr. 11:7; Hch. 16:19). Pero los que han sido justificados por la fe y reconciliados con Dios disfrutan de las clase de esperanza que no decepciona (Sal. 22:5). Su esperanza está firmemente anclada en el amor redentor de Dios. Otro modo de expresar el mismo pensamiento es este: su fe está aferrada al trono de gracia, esto es, a lo que está “dentro del velo” donde Jesús está sentado a la diestra de Dios (Heb. 6:19, 20) El vive para siempre para interceder por su pueblo (Heb. 7:25). Además, el amor de Dios no se raciona con cuentagotas. Por el contrario, por medio del Espíritu Santo ese amor es “derramado” en los corazones de los redimidos; en otras palabras, es provisto libre, abundante, copiosa y profusamente, lo que es cierto de todos los dones de Dios en general (Nm. 20:8, 11; 2 R. 4:1–7; Sal. 91:16; Is. 1:18; 55:1; Ez. 39:29; Jl. 2:28, 29; Zac. 12:10; Mt. 11:27–30; 14:20; 15:37; Lc. 6:38; Jn. 1:16; 3:16; Hch. 2:16–18; 10:45; 14:17; 17:25; Ro. 5:20; 1 Co. 2:9, 10; 2 Co. 4:17; Ef. 1:8; 2:7; Stg. 1:5; Ap. 22:17). “El da y da y vuelve a dar”. Véase sobre Juan 1:16, 17 (“gracia sobre gracia”).

 

De hecho, el Espíritu Santo, que es el Dispensador de los dones de Dios, es también él mismo el don de Dios a la iglesia (Jn. 14:16; 15:7).En contraposición a la opinión de algunos, debería enfatizarse que la expresión “el amor de Dios” no puede significar “nuestro amor por Dios”. ¿Cómo podría un amor tan completamente inadecuado ser la base de una esperanza que no decepciona? La referencia apunta claramente al propio amor de Dios, como lo testifica el v. 8 Véanse también Ro. 8:35; 2 Co. 13:13.

 

En suma, todo esta echa luz sobre el glorioso carácter de la justificación por la fe. Esta acción divina, por la cual el pecador que huye a Dios buscando refugio es declarado justo, es frecuentemente comparada con lo que sucede en una corte. Por ello ha sido llamada una acción forense. Sin duda es eso, pero si se considera su sentido más completo, es mucho más que eso. Nótese el siguiente contraste:

A). El juez terrenal

  1. al hallar al acusado “inocente”, lo absuelve; o si lo encuentra culpable lo sentencia.
  2. lo despide de la sala de tribunal y no tiene ningún trato posterior con él.

B). Dios como juez

  1. al hallar al acusado culpable—cosa que siempre sucede— borra su culpa en base a la obra cumplida por el Hijo de Dios, el Portador de Culpa.
  1. por medio del Espíritu Santo derrama Su amor en su corazón, y lo adopta como hija o hijo propio.

 

Pero la comparación debe ser llevada un paso más allá, ya que aun la adopción humana no es en realidad una ilustración adecuada de la adopción divina. En la adopción humana los padres desearían transmitir algo de su propia carácter o espíritu al niño adoptado. A veces esto sucede hasta cierto punto; otras veces nada de ello sucede. Pero cuando Dios adopta, él también planta su propio Espíritu en el corazón del adoptado, transformándole a él o ella en su propia imagen (Ro. 8:15).

 

  • Citas:

Romanos 15:30. Pero os ruego, hermanos, por nuestro Señor Jesucristo y por el amor del Espíritu, que me ayudéis orando por mí a Dios.

Gálatas 5:22-23. Mas el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza; contra tales cosas no hay ley.

 

  • Comentario: Pureza: Romanos 1:3-4.

Los intérpretes difieren bastante en su explicación de estas líneas. Mi propia interpretación se basa, en gran parte, en mis conclusiones respecto al significado del original. Por ello invito a los conocedores del griego a estudiar la nota. Pablo confiesa que Jesús es el Hijo de Dios. Quiere decir que el Salvador era Hijo de Dios completamente aparte de su toma de la forma humana y con anterioridad a ello. El es el Hijo de Dios desde toda la eternidad; por eso él es Dios.

 

Esta confesión concuerda con todo lo que el apóstol dice en otras partes. De allí que en Ro. 9:5, según la que probablemente sea la mejor lectura e interpretación, Pablo llama a Jesús “sobre todo Dios bendito para siempre”. En Tito 2:13 él lo describe como “nuestro gran Dios y Salvador”. El es, en verdad, “Aquel en quien toda la plenitud de la deidad está concentrada” (Col. 2:9). Cf. Fil. 2:6.

 

Ahora bien, es este Hijo quien, sin dejar de lado su naturaleza divina, asumió la naturaleza humana. Aunque era rico, por amor a nosotros se hizo pobre, para que por medio de su pobreza nosotros pudiéramos ser ricos (2 Co. 8:9). En la plenitud del tiempo el nació de una mujer (Gá. 4:4). Durante su peregrinación terrena fue de verdad “varón de dolores, experimentado en quebranto” (Is. 53:3). Exactamente de qué modo era posible que la totalmente intacta y gloriosa naturaleza divina del Salvador morara en íntima unión con su naturaleza humana—estando esta última agobiada con la carga de nuestra culpa y todas las inexpresables agonías que esta condición implicaba—, es algo que sobrepasa la comprensión humana.

 

Nuestro pasaje nos informa también que en lo referente a su naturaleza humana Jesús “nació del linaje de David”. Esto sucedía en cumplimiento de la promesa frecuentemente repetida. Véase 2 S. 7:12, 13, 16; Sal. 89:3, 4,19, 24; 132:17; Is. 11:1–5, 10; Jer. 23:5, 6; 30:9; 33:14–16; Ez. 34:23, 24; 37:24; Mt. 1:1; Lc. 1:27, 32, 33, 69;3:23–31; Jn. 7:42; Hch. 2:30; 2 Ti. 2:8; Ap. 5:5; 22:16. De no haber sido él descendiente de David, no podría haber sido el Mesías, ya que la profecía respecto a él debe cumplirse.

 

Su estado de humillación, sin embargo, no podía durar para siempre. Como recompensa por su buena voluntad de soportarla, el fue, por virtud del Espíritu de santidad, designado para ser Hijo de Dios “en poder”, o “investido de poder”. En lo que tiene que ver con la “designación” desde la eternidad, efectuada en el tiempo, véanse Sal. 2:7, 8; Hch. 13:33; Heb. 1:5; 5:5. La exaltación de que se habla se efectuó a través de su resurrección de entre los muertos; en otras palabras, su gloriosa resurrección fue el primer paso importante en su trayecto a la gloria. Fue seguida por la ascensión de Cristo, su coronación y el acto de derramar al Espíritu Santo.

 

En la expresión “él fue constituido Hijo de Dios investido de poder”, todo el énfasis recae sobre las palabras escritas en bastardilla. Como ya se ha indicado, él era Hijo de Dios desde toda la eternidad, pero durante el período de su humillación la plenitud de su poder, estaba, por decirlo así, oculta. Por medio de su gloriosa resurrección, su investura de poder no sólo fue resaltada, sino que también comenzó a resplandecer en toda su gloria. La expresión usada aquí nos recuerda la afirmación de Pedro, hecha en un contexto muy similar, a saber: “Sepa, pues, ciertísimamente toda la casa de Israel que a este Jesús a quien vosotros crucificasteis Dios le ha hecho a él Señor y Cristo” (Hch. 2:36). Esta afirmación no implica que antes de su resurrección Jesús no fuera Señor y Cristo. Significa que el poder, majestad y gloria de su exaltado oficio comenzaba ahora a resplandecer con todo su incrementado brillo.

 

Ahora Ro. 1:4 nos informa que esta manifestación de la investidura de poder de Cristo se llevó a cabo por medio del “Espíritu de santidad”. No se debe identificar a este “Espíritu de santidad” con el elemento espiritual de la naturaleza humana de Cristo en contraste con su elemento físico, o con su naturaleza divina en contraste con su naturaleza humana, sino con el Espíritu Santo, la tercera persona de la divina Trinidad. Pero aunque la tercera persona es diferente de la segunda, ambos, el Espíritu Santo y Cristo, están relacionados de la manera más íntima. El Dr. H. Bavink dice: “Por cierto, el Espíritu de santidad ya moraba en Cristo antes de su resurrección; de hecho, desde el momento mismo de su concepción, ya que él fue concebido del Espíritu Santo (Lc. 1:35), fue lleno del Espíritu Santo (Lc.4:1), le recibió sin medida (Jn. 3:34) … Pero esta gloria que Cristo poseía internamente no podía revelarse exteriormente. El era carne, y debido a la debilidad de la carne él fue matado en la cruz (2 Co. 13:4). Pero en la muerte él puso de lado esta debilidad y cortó toda conexión con el pecado y la muerte. Dios, quien por amor a nosotros entregó a la muerte a su propio Hijo, también lo resucitó de entre los muertos, y lo hizo a través de su Espíritu, momento en adelante él ya no viviese en la debilidad de la carne sino en el poder del Espíritu”.

Fue debido a este gran poder que el exaltado Salvador divino-humano desde su trono celestial derramó el Espíritu sobre su iglesia, impartiendo fuerza, convicción, valor e iluminación a que previamente habían sido muy débiles. Fue también esta energía la que lo capacitó para lograr conversiones de a miles, de manera tal que aun según el testimonio de los enemigos “el mundo estaba siendo trastornado” (Hch. 17:6). Además, fue como resultado del ejercicio de esta poderosa influencia que la barrera entre judío y gentil, un muro tan formidable que debe haber parecido imposible quitarlo, fue efectivamente destruido. Y fue debido a esta fuerza que el glorioso evangelio del Salvador resucitado y exaltado comenzó a penetrar cada esfera de la vida y continúa haciéndolo hoy. La obra de impartir vida le es atribuida generalmente al Espíritu Santo:

Envías tu Espíritu, son creados,

Y la faz de la tierra renuevas.

Para siempre sea la gloria al Señor,

Que todas sus obras canten su loor.

(Véase Sal. 104:30, 31)

 

Pues bien, si la obra de impartir vida se le atribuye al Espíritu Santo, ¿no es lógico que aquí en Ro. 1:4 se le atribuya también a él la renovación de la vida—la resurrección de Cristo? Pablo concluye este sumario de nombres de Aquel que es corazón y centro del “evangelio de Dios” (v. 1) añadiendo: “Jesucristo nuestro Señor”. Este muy significativo título demuestra lo que Aquel a quien se describe significa para el apóstol: en realidad, para la iglesia en general y para la de Roma en particular. Nótese: “De Dios Hijo” (vv. 3, 4a) “… nuestro Señor” (v. 4b). Obsérvese también la combinación del nombre personal, Jesús = Salvador, con el nombre oficial Cristo = el Ungido. La adoración: Señor (Dueño, Gobernante, Proveedor) es colocada a la par con la apropiación: nuestro Señor. Es por medio de “Jesucristo nuestro Señor” que el verdadero evangelio llega a su culminación. Aparte de él la salvación es imposible. Con él como nuestro soberano gozosamente reconocido, objeto de nuestra confianza y amor, la condenación es impensable.

 

  • Citas:

Cantares 5:2. Yo dormía, pero mi corazón velaba. Es la voz de mi amado que llama: Ábreme, hermana mía, amiga mía, paloma mía, perfecta mía, Porque mi cabeza está llena de rocío, Mis cabellos de las gotas de la noche.

Cantares 6:9. Mas una es la paloma mía, la perfecta mía; Es la única de su madre, La escogida de la que la dio a luz. La vieron las doncellas, y la llamaron bienaventurada; Las reinas y las concubinas, y la alabaron.

 

2° Título:

Paz (Salmo 55:6); Mansedumbre (Gálatas 6:1); y Humildad (San Mateo 10:16).

  • Comentario:

Salmo 55:6. Y dije: ¡Quién me diese alas como de paloma! Volaría yo, y descansaría.

El salmista quiere escapar de la prueba (vv. 6); quiere estar solo. En la batalla contra la maldad el siervo de Dios tiene que confrontar muchos vientos tempestuosos; preferiría huir.

Gálatas 6:1. Hermanos, si alguno fuere sorprendido en alguna falta, vosotros que sois espirituales, restauradle con espíritu de mansedumbre, considerándote a ti mismo, no sea que tú también seas tentado.

Mostrad este amor a todos: En contraposición a la rudeza (5:26), el apóstol coloca la mansedumbre. Y dice: 1. Hermanos, aun si alguien es sorprendido en alguna transgresión, vosotros que sois espirituales restauradle con un espíritu de mansedumbre … Digamos que aquí tenemos a una persona que, sin haber planeado deliberadamente efectuar una mala obra o embarcarse en un rumbo extraviado, “es sorprendido en una transgresión”. Aun antes de darse cuenta total de la naturaleza éticamente reprensible o injuriosa del acto, ya lo ha cometido. Fue “sorprendido”. Entonces se presenta la pregunta, ¿Cómo debe tratarse dicho caso? La respuesta es que los miembros de la iglesia que son más consistentes en seguir los impulsos del Espíritu (5:16, 18, 25), deben, en un espíritu de dulzura o mansedumbre (cf. 5:23), restaurar al que cometió la falta. La palabra restaurar significa arreglar, esto es, hacer que algo o alguien vuelva a su posición anterior de integridad o pureza. De este modo se usa para la reparación de redes (Mt. 4:21; Mr. 1:19) y para el proceso de perfeccionar el carácter humano (2 Co. 13:11 “perfeccionados”). Cf. Lc. 6:40; 1 Ts. 3:10. La idea principal aquí es con toda seguridad la siguiente: “La acción a seguir respecto al transgresor debe ser positiva, no negativa. No le dañéis, sino que ayudadle. Tratadle como os gustaría ser tratados si estuvieseis en su lugar”. Continúa: mirando constantemente a ti mismo—nótese el cambio del plural (“vosotros que sois espirituales, etc.”) al singular—no sea que tú también seas tentado. La rudeza o la jactancia no le queda bien a la persona que en cualquier momento pueda ser tentada también.

 

En lugar de ser santurrón y arrogante, cada uno debe orar según lo que dice pasajes como Mt. 6:14; 26:41; Mr. 14:38; Lc. 22:40. La persona que piensa que está firme debe cuidar mucho más de sí mismo, no sea que caiga (1 Co. 10:12, 13). Nótese cómo Pablo mismo practicaba lo que enseñaba. ¿No era cierto que muchos de los Gálatas habían errado, y no poco sino seriamente? Con todo, aunque él no los perdonó (1:6;3:1ss; 4:11; 5:7), ¿acaso no los trató tiernamente (4:12ss, 19, 20)? Este capítulo comienza con una palabra cariñosa, “hermanos”.

 

San Mateo 10:16.He aquí, yo os envío como a ovejas en medio de lobos; sed, pues, prudentes como serpientes, y sencillos como palomas.

Fijaos bien, os estoy enviando como ovejas en medio de lobos. Cf. Lc. 10:3. Enviarlos como “ovejas” (Jn. 10:11, 14, 27, 28) es maravilloso, pero “en medio de lobos” o “entre lobos”, malignos y destructores, equivale a peligro. Véase sobre 9:36; cf. Ez. 22:27; Sof. 3:3 y Hch. 20:29. Sin embargo, hay un consuelo en el anuncio de que él, Jesús mismo, es quien los envía. El debe tener su sabio propósito: a. que ellos puedan proclamar allí el evangelio del reino; b. que al hacerlo puedan reunir las “ovejas” de entre la misma gente que ahora todavía se llaman “lobos”; c. que de ese modo la fe de los apóstoles sea fortalecida; y d. que todo esto pueda redundar a la gloria de Dios. Además, el hecho de que él mismo los está enviando significa que está profundamente envuelto en el ministerio de ellos, porque la frase “Yo os envío” significa “yo mismo os estoy comisionando para que seáis mis apóstoles, esto es, mis representantes oficiales,443 así que yo estaré trabajando a través de vosotros”. Esto ciertamente implica protección. Venga lo que venga, están bajo su cuidado amoroso. Si no fuera por esto, estarían indefensos, porque, ¿qué pueden hacer las ovejas cuando están en medio de lobos?

 

Sin embargo, al extender este maravilloso cuidado, Jesús no los exime de su responsabilidad personal. Así prosigue: Por lo tanto, sed sagaces como las serpientes, inocentes como las palomas. En cuanto al primero, aquí se considera a la serpiente como la encarnación misma de la perspicacia o astucia intelectual (Gn. 3:1). La cautela y la prudencia de las serpientes se había hecho proverbial. La sagacidad que aquí se recomienda como cualidad humana incluye el poder captar la naturaleza de lo que a uno lo rodea, trátese de personas o de cosas, circunspección, sentido común santificado, sabiduría para hacer lo que corresponde en el momento y lugar oportunos y del modo correcto, un esfuerzo serio para descubrir siempre el mejor medio para lograr las metas más elevadas, una búsqueda ferviente y honesta de una respuesta a preguntas tales como: “¿Qué aspecto tendrá ‘al final’ esta palabra o esta acción mía?” “Cómo afectará mi propio futuro, el de mi prójimo, la gloria de Dios?” “¿Es éste el mejor modo de enfrentar el problema o hay otro modo que es mejor?” Véase Ef. 5:15.

 

Esta sagacidad nunca incluye un compromiso con el mal. Jesús enseña que es deber del hombre no solamente ser sagaz como las serpientes, sino también inocente (irreprensible, cf. Fil. 2:15) como las palomas. En cuanto a las palomas, véase sobre Mt. 3:16; cf. Cnt. 5:2 “paloma mía, perfecta mía”. Un ejemplo excelente de persona que muestra esta combinación de sagacidad e inocencia es el apóstol Pablo, como lo señalan abundantemente sus epístolas y el libro de Hechos. En verdad, él es “todas las cosas a todos los hombres” (1 Co. 9:22), escogiendo cuidadosamente el método adecuado para cada ocasión distinta. Por ejemplo, véase Hch. 17:22–31 en contraste con Hch. 13:16–41. Es verdaderamente “astuto”. Lo que hace en Hch. 23:6–8 puede ser considerado “ingenioso”. Sin embargo, es inocente (Hch. 24:16) y exhorta a sus lectores también a que se aparten de toda forma de mal (1 Ts. 5:22) y que vivan vidas llenas de bondad positiva (1 Ts. 5:14, 15).

 

Entre otros en quienes se combinan estas dos características—astucia e inocencia—están: David, en su relación con el envidioso rey Saúl, quien lo persigue (1 S. 24 y 26); Mardoqueo, en su reacción hacia el arrogante Amán (Est. 3:2–4; 4:12–14); y Abigail, “mujer prudente y sabia”, en sus tratos con su esposo necio Nabal (1 S. 25:3).

 

3er Titulo:

Hermosura (Salmo 68.13); y Ternura (Santiago 4.5).

  • Comentario:

Salmo 68:13. Bien que fuisteis echados entre los tiestos, Seréis como alas de paloma cubiertas de plata, Y sus plumas con amarillez de oro.

La paloma es un símbolo del Israel amado por Dios. Israel es tan protegida y bendecida que ha tomado plata y oro de sus enemigos, aun cuando se quedó en el campamento.

Cantares 1.15. He aquí que tú eres hermosa, amiga mía; He aquí eres bella; tus ojos son como palomas.

Cantares 2.14. Paloma mía, que estás en los agujeros de la peña, en lo escondido de escarpados parajes, Muéstrame tu rostro, hazme oír tu voz; Porque dulce es la voz tuya, y hermoso tu aspecto.

  • Comentario de Santiago 4.5.

Debo tomar 5-6 para mayor comprensión. ¿O pensáis que las Escrituras dicen en vano que el espíritu que él hace vivir en nosotros tiende hacia la envidia, 6. pero que él nos da una gracia mejor? Por eso dice la Escritura: “Dios se opone a los soberbios pero da gracia a los humildes”.

 

Santiago va a las Escrituras para probar lo que acaba de decir. El deja que Dios hable para establecer la verdad del asunto. Pero hay una dificultad, y es que de las dos referencias que Santiago cita, sólo podemos identificar la segunda (Pr. 3:34). No tenemos ninguna referencia bíblica clara para la cita en el versículo quinto. Es más, este texto en particular es uno de los más desconcertantes de toda la epístola y ocupa un lugar entre los pasajes más difíciles del Nuevo Testamento. Este pasaje no sólo desconcierta al lector porque se refiere a un pasaje de las Escrituras que no podemos ubicar en el Antiguo Testamento. También se presta a numerosas traducciones del texto. Finalmente, aunque por cierto no en menor medida, estamos interesados en el significado exacto de la cita.

  1. Origen. El hecho de que no logremos ubicar el origen de esta cita no debe sorprendernos. En otrospasajes del Nuevo Testamento encontramos citas similares que no tienen origen preciso en las Escrituras.Una sola mención bastará: Mateo escribe acerca del regreso de José, María y Jesús a Nazaret y dice: “Así se cumplió lo dicho por los profetas: ‘éste será llamado Nazareno’ ” (2:23). Sin embargo, el Antiguo Testamento no da ninguna pista acerca del origen de esta profecía.

 

Los expertos han hecho muchas sugerencias acerca de la fuente de la cita del versículo 5. Uno de ellos sugiere que las palabras vienen de una combinación de textos (Gn. 6:3; 8:21; Ex. 20:3, 5) que habían adoptado una formulación característica. Otro piensa que la cita ha sido tomada de un pasaje de la Septuaginta con el cuál ya no contamos. Aún otro opina que las palabras citadas provienen de un libro apócrifo. Y hay un cuarto que sostiene que la expresión las Escrituras dicen que está en el versículo 5 tiene que ver con la cita del Antiguo Testamento que encontramos en el versículo 6. Miremos por donde miremos en búsqueda de una respuesta a este tema del origen, el resultado es siempre el mismo: no sabemos.

  1. Traducciones. Dado que los manuscritos antiguos carecen de signos de puntuación, los traductoresdeben determinar si una oración es una afirmación o una pregunta. He aquí una traducción que formula el pasaje como pregunta: “¿O pensáis que la Escritura habla en vano? El espíritu, que hizo su moradaen nosotros, nos anhela celosamente. Pero él nos da más gracia porque dice: ‘Dios se opone al soberbio, pero concede gracia al humilde’ ”. Sin embargo, esta traducción ocasiona más preguntas de las que contesta. En primer lugar, ¿a qué pasaje de las Escrituras se refiere Santiago cuando dice: “Las Escrituras dicen.”? En segundo lugar, ¿cómo se relaciona la afirmación el Espíritu … nos anhela celosamente con la pregunta anterior? Y en tercer lugar, ¿cuáles son las razones para no adoptar la fórmula habitual las Escrituras dicen que se usa normalmente al introducir citas?

 

Otro problema es la traducción de la palabra espíritu. ¿Se refiere esta palabra al espíritu humano o al Espíritu Santo? Si entendemos que la palabra se refiere al Espíritu Santo, nos encontramos con “la dificultad adicional de que en ninguna otra parte de su epístola se refiere Santiago a este Espíritu”. Si Santiago hubiese estado pensando en el Espíritu Santo, hubiésemos esperado que también se refiriese al Espíritu Santo en los versículos precedentes y posteriores. No hace tal cosa. La mayoría de las versiones, por consiguiente, utilizan la traducción espíritu.

 

Y queda todavía un problema. ¿Debería la parte final del versículo 5 ser traducida “que el espíritu que él hace vivir en nosotros tiende hacia la envidia” o “que Dios celosamente anhela el espíritu que ha hecho vivir en nosotros” (como consta en la nota al pie de la versión al inglés NIV)? En otras palabras, ¿tomamos el término espíritu como sujeto o como objeto del verbo principal? O es el sujeto (“el espíritu tiende hacia la envidia”) o es el objeto (“Dios anhela el espíritu”).

 

La clave para entender la cita se encuentra en el término envidia (NIV). En el griego, esta palabra específica aparece en “los catálogos de vicios”. En el Nuevo Testamento describe la vida asociada con el mundo irredento (Ro. 1:29; Gá. 5:21; 1 Ti. 6:4; Tit. 3:3; 1 P. 2:1). Esta palabra, entonces, siempre tiene una connotación negativa en la literatura griega y en el Nuevo Testamento. Debido a que el espíritu del hombre tiende hacia la corrupción, llegamos a la conclusión de que el término espíritu es el sujeto, y no el objeto del verbo principal (“el espíritu que [Dios] hizo vivir en nosotros tiende hacia la envidia). El pensamiento del versículo 5 es por consiguiente una continuación del texto precedente que advierte en contra de la amistad con el mundo.

  1. Significado. El teólogo alemán del Siglo XVI Zacarías Ursino se preguntaba si podía cumplir con loque Dios le pedía. Llegó a esta conclusión: “No. Tengo una tendencia natural a odiar a Dios y a mi prójimo”. El espíritu del hombre anhela los placeres de este mundo y busca perversamente su amistad.

 

¿Es qué entonces no hay esperanzas? ¡Ciertamente que sí! Nótese el contraste establecido por medio del adversativo pero en la próxima oración (v.6). “Pero [Dios] nos da una gracia mayor”. Dios viene hacia nosotros, en el amor redentor de su Hijo, que está lleno de gracia. “De la plenitud de su gracia hemos todos recibido una bendición tras otra”, escribe Juan en el prólogo de su Evangelio (1:16).

 

Santiago ratifica lo que quiere decir con otra cita. Esta vez sabemos que las palabras provienen del libro de Proverbios. “El [Dios] se mofa de los orgullosos burladores, pero da gracia al humilde” (3:34). Y puede ser que estas palabras hayan circulado en la iglesia primitiva como dicho proverbial, puesto que el apóstol Pedro también cita este texto (1 P. 5:5). Esta cita por sí misma resume la diferencia que hay entre la persona cuyo corazón está lleno de orgullo y la persona que vive humildemente en dependencia total de Dios.

 

Dios odia “los ojos orgullosos” (Pr. 6:17) y detesta a aquellos que tienen un corazón orgulloso (Pr. 16:5). El orgullo ocasiona reyertas (Pr. 13:10) y lleva a la destrucción (Pr. 16:18). “Dado que Dios resiste al soberbio, el creyente debe aprender a odiar el orgullo y a revestirse de humildad”. Dios, sin embargo, estimará a la persona “que es humilde y de espíritu contrito” (Is. 66:2).

 

  • Citas:

Isaías 38:14. Como la grulla y como la golondrina me quejaba; gemía como la paloma; alzaba en alto mis ojos. Jehová, violencia padezco; fortaléceme. 

Isaías 59.11. Gruñimos como osos todos nosotros, y gemimos lastimeramente como palomas; esperamos justicia, y no la hay; salvación, y se alejó de nosotros.

 

 

Amén, para la gloria de Dios.

 

 

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Hno Roberto Saldías Roa

Miembro de la IEP en Nacimiento Bajo, nació en el evangelio del Señor en la Iglesia de Laja 1975. Casado con María Nahuelmán, estudia teología de manera autodidacta. Me gusta mucho leer y escribir.