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Semana del 2 al 8 de diciembre de 2019: “El Arrebatamiento y glorificación de la Iglesia”

Semana del 2 al 8 de diciembre de 2019: “El Arrebatamiento y glorificación de la Iglesia”

Lectura Bíblica: 1” los Tesalonicenses 4:15 al 18. 15Por lo cual os decimos esto en palabra del Señor: que nosotros que vivimos, que habremos quedado hasta la venida del Señor, no precederemos a los que durmieron. 16Porque el Señor mismo con voz de mando, con voz de arcángel, y con trompeta de Dios, descenderá del cielo; y los muertos en Cristo resucitarán primero. 17Luego nosotros los que vivimos, los que hayamos quedado, seremos arrebatados juntamente con ellos en las nubes para recibir al Señor en el aire, y así estaremos siempre con el Señor.18Por tanto, alentaos los unos a los otros con estas palabras.

   Comentario: 15. El versículo 14 ha dejado en claro que Cristo, en el momento de su venida, se preocupará de los que han partido, y no sólo de los que viven. El versículo 15 lleva este pensamiento un poco más allá, y muestra que por ningún motivo los que aún están en la tierra en el momento de su regreso tendrán ventaja alguna sobre aquellos que han dormido en Jesús. El escritor inspirado lo expresa en esta forma: Porque esto os lo decimos por la palabra del Señor que nosotros, los que continuamos vivos, que quedamos hasta la venida del Señor, no tendremos ventaja alguna sobre los que durmieron.

   Este pasaje es el que mejor nos sugiere la naturaleza del problema existente en Tesalónica respecto a la doctrina de la segunda venida. Pero, aun así, lo menciona solamente en forma general. Podemos, sin embargo, sacar en limpio que los lectores se hallaban perplejos respecto a que si en algún sentido, al instante de la parousía, aquellos creyentes que habían ya partido de esta vida pudieran estar en desventaja en comparación con aquellos que todavía vivían en la tierra. ¿Creían acaso ellos que para los que ya habían sido trasladados al cielo no habría rapto alguno? ¿Suponían (al menos, estarían en peligro de suponerlo) que, aunque las almas de los que habían partido estuviesen en gloria, sin embargo, sus cuerpos quedarían sepultados? ¿Sería por esta razón que Pablo en el versículo 13 compara esta actitud de temor con la de los paganos que no tenían esperanza alguna respecto al cuerpo? ¿Supondrían ellos que aun cuando todos los creyentes, en cuerpo y alma (los que han partido y los que viven) participarán en la gloria del regreso de Cristo, no obstante, en cuanto al rapto, los creyentes que ya han partido recibirán un grado inferior de gloria, o tendrán que seguir a los otros al ir al encuentro del Señor en el aire? O, ¿pensarían acaso en alguna otra desventaja para los que habían dormido? Las Escrituras no nos dan la respuesta.

    Basta con saber que Pablo, por palabra del Señor (ya dada directamente al apóstol o por tradición oral, pero no por medio de algún pasaje registrado en los Evangelios), asegura a sus lectores que ellos ya pueden desechar sus temores. Cuando Cristo venga todo se realizará con la más absoluta imparcialidad. Un determinado grupo de creyentes no tendrá ventaja alguna sobre el otro. Este pensamiento se presenta en forma más elaborada en los versículos 16 y 17.

   Versíc. 16, 17. Porque con un grito de mando, con voz de un arcángel y con trompeta de Dios el Señor mismo descenderá del cielo, y los muertos en Cristo resucitarán primero; luego nosotros los que vivimos, que hemos quedado, seremos arrebatados juntamente con ellos en nubes a encontrar al Señor en el aire.

   Por el hecho de separar estos dos versículos—16 y 17—muchos lectores no han podido comprender el verdadero significado del pasaje. Al escribirlos y leerlos juntos observamos de inmediato que aquí se hallan los dos grupos de creyentes que ya hemos encontrado en el versículo 15. Se puede representar esto gráficamente en la siguiente forma:

Versículo 15

“nosotros, los que continuamos vivos, que quedamos hasta la venida del Señor” ▬ “los que durmieron”

Versículos 16, 17

“nosotros los que vivimos, que hemos quedado” ▬ “los muertos en Cristo”

   También es claro que ambos grupos—los que viven y los muertos (o los que durmieron)—son creyentes. Cualquiera puede ver al instante que el apóstol no está trazando un contraste entre creyentes y no creyentes, como si dijese, los creyentes resucitarán primero, y los no creyentes mil años después. Su declaración es:

“Y los muertos en Cristo resucitarán primero; luego nosotros, los que vivimos, que hemos quedado, seremos arrebatados juntamente con ellos en nubes …”

   Ambos grupos ascienden a encontrar al Señor. Ambos están integrados únicamente por creyentes.

   Los varios elementos de esta vívida descripción del descenso de Cristo y el rapto de los santos son como sigue:

  • a. Con un grito de mando.

   Esta es la primera de tres frases que señalan dos circunstancias que acompañarán al glorioso regreso del Señor. Vuelve como Conquistador. El grito de mando (κέλευσμα, en el Nuevo Testamento ocurre solamente aquí, pero véase Pr. 30:27 en la LXX) es originalmente la orden que un oficial da con fuerte voz a sus tropas, o un cazador a sus perros, o un auriga a sus caballos, o un patrón a sus remeros. En la presente relación es evidentemente el mandato del Señor, (al dejar los cielos) a los muertos para que se levanten. Obsérvese el contexto: los que durmieron no estarán en desventaja (versículo 15) porque con un grito … el Señor mismo descenderá del cielo, y los muertos en Cristo resucitarán … (versículo 16). Es digno de notar aquí que la voz del Hijo de Dios es vivificante, que engendra vida en los que se hallan espiritualmente muertos (véase C.N.T. sobre Juan 5:25), así también, cuando el regrese “todos los que yacen en los sepulcros oirán su voz y saldrán” (véase C.N.T. sobre Juan 5:28). En consecuencia, el mandato, definidamente es el suyo propio, procediendo de sus mismos labios. No se trata de un mandato pronunciado a él, sino una orden dada por él. Al dejar los cielos en su naturaleza humana, hace resonar su voz, e inmediatamente las almas de los redimidos salen, y se reúnen velozmente con sus cuerpos, los cuales, así restaurados a la vida, se levantan gloriosamente.

  • b. Con voz de un arcángel y con trompeta de Dios.

   Estas dos frases, unidas por la conjunción y, probablemente se corresponden, de modo que el arcángel es representado como tocando la trompeta de Dios. El término arcángel o principal ángel ocurre solamente aquí y en Judas 9. En este último pasaje el arcángel es Miguel. Con relación a Miguel véase también Ap. 12:7; luego Dn. 10:13, 21; 12:1. Se le presenta como líder de los santos ángeles y defensor del pueblo de Dios. Con respecto al problema en cuanto a que Miguel sea el único arcángel, el Dr. A. Kuyper se expresó en la siguiente forma:

   “Este asunto no tiene respuesta, por cuanto las Escrituras nada dicen acerca de él. Es posible que Miguel sea el arcángel, significando esto, el único arcángel, pero también es posible que él sea uno de los arcángeles (uno de los siete ángeles que están delante del trono de Dios), ya que en Daniel 10:13 se le llama uno de los principales príncipes, de suerte que Gabriel, tanto como Miguel, podría ser también un arcángel”. Estamos enteramente de acuerdo con esta opinión. El hecho de que el artículo (el) no se use aquí—de modo que hemos traducido “un arcángel”—no decide el asunto en forma definida. Podría indicar que es uno entre varios, pero también es posible que se intente dar al término arcángel carácter definido (un nombre propio, por decirlo así) aun sin artículo que lo preceda. Sin embargo, aunque así fuera, un hecho es casi cierto: “grito de mando” y “voz de un arcángel” son dos cosas diferentes. El primero procede de Cristo, el segundo, de su arcángel. No obstante, los dos tienen en común el hecho de que son señal para que los muertos se levanten (1 Co. 15:52). (Obsérvese que también en Jos. 6:5 y Jueces. 7:21, 22 el grito y el sonido de trompeta van juntos.) Al vibrar de la trompeta los creyentes que viven son transformados, en un momento, en el pestañear de un ojo (nuevamente 1 Co. 15:52).

   El sonido de la trompeta, en relación a este hecho, viene admirablemente al caso. En la antigua dispensación, cuando Dios “descendió”, por decirlo así, para encontrarse con su pueblo, esta reunión fue anunciada con sonido de trompeta (p. ej., Ex. 19:16, 17 “y el sonido de una trompeta extremadamente sonora … y Moisés sacó al pueblo fuera del campo para encontrar a Dios”; cf. Ex. 19:19). De ahí que, cuando las bodas del Cordero con su esposa lleguen a su culminación (cf. Ap. 19:7), este sonido de trompeta es perfectamente a propósito. También, el sonido de trompeta fue usado como señal de la venida de Jehová para rescatar a su pueblo de la hostil opresión (Sof. 1:16; Zac. 9:14). Fue la señal de su liberación. Igualmente es trompeta final, señal para la resurrección de los muertos, a los vivos para ser transformados, y a los elegidos de Dios para ser reunidos de los cuatro vientos (Mt. 24:31) a encontrar al Señor. Puede ser interpretado además como el cumplimiento de la ordenanza sobre las trompetas que se halla en Lv. 25 y, por consiguiente, como la proclamación de libertad a través del universo entero para todos los hijos de Dios, ¡su jubileo eterno!

   De todo esto se entiende claramente que la venida del Señor será abierta, pública, no solamente visible sino además audible. Existen, por supuesto, intérpretes que, en vista de que la Biblia a veces emplea lenguaje figurativo, se aferran al criterio de que nada podemos saber acerca de estos eventos escatológicos. A ellos, estos preciosos párrafos por medio de los cuales el Espíritu Santo nos revela el futuro, nada les dicen. Pero esto es absurdo. Las Escrituras fueron escritas para ser entendidas, y cuando nos dicen que el Señor descenderá del cielo con grito, con voz de arcángel y trompeta de Dios, indudablemente que han de significar por lo menos esto: que además del grito de mando de nuestro Señor (que podría compararse con Juan 11:43; véase C.N.T. sobre este pasaje), un sonido reverberante penetrará en realidad el universo entero. En cuanto a las fuerzas de la naturaleza que serán empleadas para producir tal sonido, no tenemos revelación. Un hecho se nos ha hecho ahora evidente: para los creyentes este sonido será regocijante. ¡Es trompeta de Dios! Es su señal, porque el arcángel es su ángel. Es tocada para proclamar su liberación para su pueblo. Cf. Ap. 15:2 (“arpas de Dios”. ¡Anuncia la venida de su Hijo (como “¡Señor de señores y Rey de reyes”, Ap. 19:16)! ¡para la liberación de su pueblo!

  • c. El Señor mismo o él, el Señor) descenderá del cielo.

   Este descenso es visible (Ap. 1:7), audible (como ya se ha señalado), majestuoso (véase 2 Ts. 1:7), para juicio y liberación (Mt. 25:31–46). Si las palabras, “Así vendrá él del mismo modo que le habéis visto ir al cielo” han de interpretarse con cierta amplitud, parecería que el descenso mismo (a diferencia de la repentina e inesperada aparición de Cristo, y por la brusquedad y propósito que caracteriza todo lo relacionado con su regreso) será caracterizado por una bondadosa y majestuosa tranquilidad. Obsérvese la descripción del ascenso en Hch. 1:9, 10. De todos modos no será un cambio de posición instantáneo del cielo a la tierra. Habrá tiempo (Ap. 10:6, correctamente interpretado, no está en conflicto con esto) para que las almas de los que han dormido dejen sus moradas celestiales, y sean reunidos a sus cuerpos, y luego ellos (sus cuerpos) que han sido gloriosamente resucitados ¡ascienden para encontrar al Señor en el aire!

  • d. Y los muertos en Cristo resucitarán primero.

   Véase lo que se ha dicho ya sobre esto anteriormente. El significado aquí es muy claro en el sentido de que aquellos que han partido de esta vida, en Cristo, y que permanecen con él, no se hallarán en desventaja. Resucitarán antes que los vivientes asciendan para encontrar al Señor. Son los que viven los que tendrán que esperar un momento, por decirlo así.

  • e. Luego nosotros los que vivimos, que hemos quedado, seremos arrebatados juntamente con ellos en nubes a encontrar al Señor en el aire.

   Además de lo que ya se ha dicho, obsérvese lo siguiente: El hecho de que Pablo diga nosotros no significa necesariamente de que esperaba estar entre los que aún estarían viviendo al regreso de Cristo. Dice nosotros porque en el mismo momento él, Silas, Timoteo, los lectores, están entre los creyentes que todavía viven en la tierra. Inmediatamente modifica esto para que la interpretación signifique: “los que hayamos quedado (cuando el Señor venga)”, a fin de aclarar que es Dios solamente el que sabe quienes serán. Pablo sabe que la segunda venida no se realizará inmediatamente (véase 2 Ts. 2:2); y mientras estuvo en Tesalónica, este aspecto de su enseñanza acerca de las últimas cosas no fue descuidado (2 Ts. 2:5). Además, las palabras de Cristo registradas en Mt. 24:36 por cierto no eran desconocidas para Pablo (véase también 1 Ts. 5:1). Es seguro también que Pablo nunca enseñó que el Señor definidamente no vendría durante su vida de apóstol. Probablemente esperaba poder vivir para volver a verle. Deseaba que cada uno se condujese con el ánimo de estar siempre preparado. Pero no da fecha alguna.

    Obsérvese: nosotros … juntamente con ellos. Existe una absoluta imparcialidad: los vivientes no tendrán ventaja. El predicado es seremos arrebatados (cf. en cuanto al verbo obsérvese también Hch. 8:39— Felipe el evangelista fue arrebatado por el Espíritu del Señor; 2 Co. 12:2–4—un hombre en Cristo fue arrebatado hasta el tercer cielo; y Ap. 12:5—Cristo el niño es arrebatado, raptado, del poder del dragón).

    Lo repentino, lo veloz, y el carácter divino del poder que se pone en operación en este acto de ser arrebatado, recibe aquí su debido énfasis. Los sobrevivientes han sido transformados “en un instante, en el pestañear de un ojo” (1 Co. 15:52). Los cielos y la tierra, en su forma actual, huyen, (Ap. 20:11, cf. 6:14). Ahora bien, aunque el lenguaje figurativo abunda en esta vívida descripción, un hecho permanece: el énfasis en lo dramáticamente repentino y veloz de la serie de acontecimientos. Desde el instante en que el Señor aparezca en las nubes y comience a descender, no habrá más oportunidad para conversión. Su venida es absolutamente decisiva. No viene a convertir sino a juzgar. Véase también 2 Ts. 2:8; cf. Mt. 25:31 y ss.; 2 Co. 6:2; y 2 P. 3:9. Hoy es el tiempo aceptable; hoy es el día de salvación.

    Los que han resucitado y los que han sido transformados son juntamente arrebatados en nubes a encontrar al Señor en el aire. Aunque estas nubes bien pueden ser tomadas literalmente, no obstante, también tienen un significado simbólico. Están asociadas con la venida del Señor en majestad para castigar a los enemigos de sus santos, por tanto, para la salvación de su pueblo (cf. Dn. 7:13; luego Mt. 26:64; finalmente, Ex. 19:16, 20; Sal. 97:2; Nah. 1:3).

   De acuerdo a M.M. (p. 53) la expresión encontrar (εἰς ἀπάντησιν) se usaba en conexión con la bienvenida oficial ofrecida a un dignatario recién llegado. Sin duda que el concepto de bienvenida se incluye en la expresión usada aquí en 1 Ts. 4:17. El que todos los creyentes, tanto los que han resucitado como los (juntos con) que han sido transformados, ascenderán a encontrar al Señor en el aire, se encuentra aquí claramente enseñado. Si pensamos que pasajes tales como Job 19:25; Hch. 1:11 enseñan que el juicio tendrá lugar aquí en la tierra, es idea muy discutible. De todos modos, el presente pasaje nada nos enseña respecto a esto. Sin embargo, el intento principal de 1 Ts. 4:17 no es solamente que encontraremos al Señor en el aire, sino que todos los creyentes juntos encontrarán al Señor en el aire, para nunca más ser separados de él:

   Versíc. 18. Y así estaremos siempre con el Señor. Por tanto, alentaos unos a otros con estas palabras. Por medio de estas palabras se da a conocer la conclusión de todo el párrafo. Habiéndose ya dejado bien en claro que los que durmieron en Cristo no estarán en desventaja respecto a los que viven, existe ahora una base sólida para dar aliento. En relación al verbo usado aquí (alentar) véase 2:11. Véase también 5:14. Naturalmente que tal aliento no quiere decir que sea sólo para los parientes o los acongojados, sino para todos. Ha de tenerse presente que los miembros de esta muy joven iglesia estaban estrechamente unidos por los lazos del amor. De ahí que, cuando uno estaba triste, todos se entristecían; cuando uno se regocijaba, todos se regocijaban. El aliento, entonces, es para todos. Los miembros deben alentarse unos a otros.

1er Título

El Tribunal De Cristo (Romanos 14:10 al 13. 10Pero tú, ¿por qué juzgas a tu hermano? O tú también, ¿por qué menosprecias a tu hermano? Porque todos compareceremos ante el tribunal de Cristo. 11Porque escrito está: Vivo yo, dice el Señor, que ante mí se doblará toda rodilla, Y toda lengua confesará a Dios.12De manera que cada uno de nosotros dará a Dios cuenta de sí. 13Así que, ya no nos juzguemos más los unos a los otros, sino más bien decidid no poner tropiezo u ocasión de caer al hermano; ▬ 2” a los Corintios 5:10. Porque es necesario que todos nosotros comparezcamos ante el tribunal de Cristo, para que cada uno reciba según lo que haya hecho mientras estaba en el cuerpo, sea bueno o sea malo).

   Comentario: 10–12. Pero tú, ¿por qué pasas juicio sobre tu hermano? ¿O por qué desprecias a tu hermano? Porque todos compareceremos ante el tribunal de Dios. Porque está escrito: “‘Tan ciertamente como que yo vivo’, dice el Señor, ‘que ante mí se doblará toda rodilla, y toda lenga confesará a Dios’ ”. Así que cada uno de nosotros dará cuenta de sí mismo a Dios.

   En el v. 3 Pablo había advertido a los fuertes en contra de despreciar a los débiles, y a los débiles en contra de condenar a los fuertes. Que no obstante eso era precisamente lo que ocurría y que era un pecado inexcusable queda en claro en el v. 10, donde, en orden inverso (refiriéndose ahora el débil en primer término) el apóstol pregunta con tono acusador por qué un miembro de la iglesia está pecando contra otro. Estos criticones debieran recordar que aquel a quien condenan o desprecian es, en el fondo, un hermano. Nótese cómo este término de afecto, que no ha sido usado desde 12:1, indica la seriedad del pecado que se estaba cometiendo. Hay más información sobre esto en la exposición sobre Ro. 1:13 y 7:1, 4.

   Los que juzgan, o desprecian, a un hermano deben también recordar que no son amos, sino que Cristo es el Señor; por consiguiente, ellos no son los jueces legítimos, sino que Cristo es el Juez. Esto quiere decir que ellos están entonces arrogándose una prerrogativa que les corresponde solamente a Cristo y a Dios.

   Pablo dice: “Todos compareceremos ante el tribunal de Dios”. Y para confirmar este hecho, él cita el Antiguo Testamento. Como sucede con frecuencia, también aquí la cita es compuesta: la primera parte: “ ‘Tan ciertamente como que yo vivo’ dice el Señor” puede considerarse extraída de Is. 49:18 (cf. Nm. 14:28; Dt. 32:40; Ez. 33:11); el resto de la cita: “Ante mí se doblará toda rodilla, y toda lengua confesará a Dios” proviene de Is. 45:23, del texto de la LXX, con la transposición de dos palabras, pero sin cambio de significado.

   Las palabras citadas confirman realmente el pensamiento que Pablo había expresado, a saber, que al final cada persona sin excepción rendirá homenaje a Dios (cf. Fil. 2:10, 11), reconociéndole como soberano sobre todas las cosas, y aclamándole como justo juez de todos.

   Que ciertamente habrá un juicio universal es algo que la Escritura enseña (Ec. 12:14; Ef. 6:8; Ap. 20:11–15). Que los creyentes tanto como los incrédulos comparecerán ante el tribunal de Dios es algo que queda en claro en Heb. 10:27; 1 Co. 3:8–15; 4:5; 2 Co. 5:10, y en las enseñanzas de Jesús (Mt. 16:27; 25:31–46). Que ciertamente será Dios, por medio de Cristo, el que juzgará lo enseñan Mt. 16:27; 25:31–46; Jn. 5:22; Hch. 10:42; 1 Co. 4:5; 2 Co. 5:10. Es tal como lo expresa Ro. 2:16: “Dios, a través de Jesucristo, juzgará los secretos de los hombres”.

   Repitiendo el pensamiento del v. 10 (“Porque todos compareceremos ante el tribunal de Dios”), Pablo concluye su reflexión sobre este tema diciendo: “Así que cada uno de nosotros dará cuenta de sí mismo a Dios”. Nótese: ¡cada uno de nosotros! Nadie quedará eximido. Y además, la rendición de cuentas no será a los hombres sino a Dios, el Omnisciente, el Santo y Justo, que es también el Dios de Amor. Resumiendo, la idea principal de los vv. 10–12—y en cierto sentido hasta de 1–12 (véase especialmente vv. 1, 3, 4, 10–12)—Pablo dirigiéndose a los fuertes y a los débiles (nótese: “los unos a los otros”), aunque probablemente de modo especial a los fuertes, y sacando una conclusión, procede a formular la siguiente exhortación:

   Versíc. 13. Por lo tanto, dejemos de juzgarnos los unos a los otros; sino más bien sea éste vuestro juicio, a saber, que no pongáis piedra de tropiezo u obstáculo en el camino de vuestro hermano.

   Nótese el juego de palabras: juzgar … sea este vuestro juicio, o decisión.

   Pablo exhorta a los débiles a dejar de criticar a los fuertes, y a los fuertes a dejar de hallar defectos en los débiles. Ambos grupos deben decidir no poner ningún obstáculo en el camino de sus hermanos. Al contrario—ya que lo negativo implica lo positivo—cada grupo debe ayudar al otro a ser un testigo más eficaz de Cristo.

   Dado que ambos grupos aman al Señor, poner su confianza en él, y desean andar en sus caminos, sería erróneo herirse mutuamente insistiendo que haya absoluta unanimidad respecto a cada aspecto de la práctica de la religión.

Si algún domingo por la noche, quizá después del culto, usted invita a seis personas a su casa, pero sabe que tres de ellas objetan a que se cante cierto himno, entonces, aunque las otras tres y usted encuentren el himno inobjetable, usted no incluirá ese himno en su programa de actividades sociales de esa noche. En vez de ello, usted se preocupará de que todos reciban una bendición y se sientan felices. El mismo principio debe aplicarse a un gran número de situaciones parecidas. Si está en juego un importante principio religioso, usted no va a guardar silencio al respecto, pero en todas las circunstancias usted observará esta regla: “En las cosas esenciales, unidad; en las dudosas (o indiferentes) libertad; en todas las cosas, caridad” (la identidad del autor de este dicho no es totalmente segura). Véase también lo que se ha dicho respecto a la flexibilidad de Pablo en la introducción.

   La esencia de esta exhortación está totalmente en consonancia con la enseñanza de Cristo, y hasta puede haber sido inducida por ella (Mt. 18:1–9; Mr. 9:42–48; Lc. 17:1, 2).

   Comentario2:

  • a. «Por lo tanto, es nuestro anhelo agradarle». Pablo ya está llegando al final de su enseñanza sobre este tema y, sobre la base de los versículos precedentes, dice «por lo tanto». Ahora invierte el orden de las dos cláusulas: «lejos de casa» y «en casa» (v. 8), y vuelve a la secuencia original (v. 6). Esta inversión no establece ninguna diferencia en la comprensión del pasaje. Tanto si los creyentes están en el cuerpo o fuera del cuerpo, no importa; porque lo que ellos desean es agradar al Señor. ¿Quiere decir esto que, en el estado intermedio, los creyentes no pueden agradar al Señor? La respuesta es no. Pablo no se está dirigiendo a quienes ya han muerto y están con el Señor. Él les está hablando a sus lectores, que están vivos. Nos exhorta a que sirvamos al Señor de una manera tal que, tanto a Dios como a nuestro prójimo les agrade siempre nuestra conducta (Ro. 14:18; Heb. 13:21).
  • b. «Porque todos nosotros debemos comparecer ante el tribunal de Cristo». Cuando Pablo escribe «todos nosotros», ¿se refiere a todo el mundo? El Nuevo Testamento enseña que cada uno debe comparecer ante el tribunal de Dios o de Cristo (Hch. 10:42; 17:31; Ro. 14:10; 2 Ti. 4:1; 1 P. 4:5). Pero aquí la construcción griega muestra que se dirige a los cristianos corintios y, presumiblemente, a sus adversarios en aquella iglesia. Nadie va a quedar libre de ser citado a comparecer ante el tribunal, pues la palabra que Pablo usa es «debemos»; la orden de comparecer ante el tribunal tiene un origen divino, pues es Dios quien, a través de Cristo, ordena el citatorio. El acusado debe responder ante Dios (Ro. 14:10) y recibir de Cristo la sentencia.
  • c. «Para que cada uno reciba recompensa por las cosas que haya hecho por medio del cuerpo, sea bueno o malo». Cada persona se presenta ante el tribunal y oye el veredicto, que se basa en su conducta en este mundo. Cuando el Señor vuelva (1 Co. 4:5), todas las obras, buenas o malas, saldrán a la luz. En ese momento, el Señor asignará recompensas a cada persona por las obras que haya realizado mediante la instrumentalidad de su cuerpo, mientras estaba en la tierra. Jesús dice: «¡Miren que vengo pronto! Traigo conmigo mi recompensa, y le pagaré a cada uno según lo que haya hecho» (Ap. 22:12).

    Pablo no está enseñando aquí una doctrina que diga que la salvación se gana por las buenas obras. Dios no nos acepta por las obras que, en sí mismas, están contaminadas por el pecado, sino por la obra meritoria de Jesucristo. Calvino observa: «Habiéndonos así recibido en su favor, él también acepta misericordiosamente nuestras obras, y es de esta inmerecida aceptación que depende la recompensa».

2° Título

El Galardonamiento De La Iglesia (2ª a Timoteo 4:8Por lo demás, me está guardada la corona de justicia, la cual me dará el Señor, juez justo, en aquel día; y no sólo a mí, sino también a todos los que aman su venida; ▬ Apocalipsis 11:18. Y se airaron las naciones, y tu ira ha venido, y el tiempo de juzgar a los muertos, y de dar el galardón a tus siervos los profetas, a los santos, y a los que temen tu nombre, a los pequeños y a los grandes, y de destruir a los que destruyen la tierra; ▬ 22:12. He aquí yo vengo pronto, y mi galardón conmigo, para recompensar a cada uno según sea su obra.).

   Comentario 1:    3. Su regocijo por fe respecto del futuro

   Habiendo considerado el presente y el pasado, Pablo vuelve su vista hacia el futuro. Esto, como se ha hecho evidente, es completamente natural; porque la noble batalla, librada con éxito, la carrera corrida en forma satisfactoria y la fe ejercida perseverantemente, claman por una recompensa de gracia.

   En conformidad con esto, el apóstol escribe: “Para el futuro”173, y luego nos dice lo que espera con confianza. Dice: “Hay seguramente guardada para mí (nótese la fuerza del verbo griego compuesto ἀπόκειται), de modo que el enemigo no pueda jamás privarme de ella, la corona—la corona del vencedor (véase comentario sobre 2 Ti. 2:5)—de justicia”174, esto es, la corona que me corresponde por la vida que en principio ha estado en conformidad con la ley de Dios (véase comentario sobre 1 Ti. 6:11; 2 Ti. 2:22; 3:16; Tit. 3:5). Que esta corona es de Pablo por derecho, un derecho fundado en la gracia, es evidente; porque:

  1. A quienes pelean la grandiosa batalla, corren la carrera y guardan la fe (en otras palabras, a Pablo y a otros como él) Dios ha prometido darles la corona (1 Ti. 6:12; Stg. 1:12; 1 P. 5:4; Ap. 2:10).
  2. Cristo la ganó para ellos (véase comentario sobre Tit. 3:5, 6). Ahora, este pasaje sencillamente declara que la corona o recompensa es justa, pero no indica su naturaleza. De otros pasajes sabemos que significa vida eterna (1 Ti. 6:12; cf. Stg. 1:12; 1 P. 5:4; Ap. 2:10), aquí (en 2 Ti. 4:8) como algo que se posee y experimenta en el nuevo cielo y la nueva tierra.

    El apóstol continúa: “que el Señor, Juez justo, me dará en aquel día”. Este Señor y Juez es Cristo Jesús (véase comentario sobre el v. 1). Y este Juez o Arbitro respeta las reglas del juego que él mismo ha establecido. El es el Juez justo, que en aquel notable día, el día de su segunda venida (véase comentario sobre 2 Ti. 1:12, 18; cf. 2 Ts. 1:10) entregará lo que es debido (nótese el verbo usado en el original, sobre el cual pasajes tales como Mt. 20:8, 13 y Ro. 2:6 derraman mucha luz). Para todas las personas que, como Pablo, son condenadas injustamente, la idea de un juicio venidero cuando serán vindicados por un Juez justo está llena de consuelo.

   Este Juez justo, dice Pablo, me dará la corona de justicia, pero no solamente a mí, sino a todos los que han amado su aparición, su gloriosa segunda venida (como en el v. 1). Nótese la palabra amado, no temido, porque el perfecto amor echa fuera el temor (1 Jn. 4:18). Cuando el Espíritu y la Esposa digan “Ven”, toda persona que realmente ama al Señor también dirá “Ven”. Y cuando el Señor responde: “Vengo pronto”, la respuesta inmediata será “Amén, ven, Señor Jesús”. De todos los indicios de que uno ama al Señor, este ferviente anhelo de que vuelva es uno de los mejores, porque tal persona está pensando no solamente en sí mismo y en su propia gloria sino también en su Señor y en la vindicación pública de él.

   La corona espera a tales personas. Y esta corona, diferente de las terrenales, es imperecedera (1 Co. 9:25).

   Comentario 2: Apocalipsis 11:18. «Y las naciones estaban enojadas, pero tu ira ha llegado. Y el tiempo ha llegado de juzgar a los muertos y de recompensar a tus siervos los profetas, y a los santos y a los que temen tu nombre, los pequeños y los grandes, y de destruir a los que están destruyendo la tierra».

  • a. «Y las naciones estaban enojadas, pero tu ira ha llegado». Dos cláusulas paralelas, que reflejan las palabras de David en el Salmo 2, hablan de enojo e ira. Este salmo menciona que las naciones se rebelan contra Dios y su Ungido. Pero «el rey de los cielos se ríe», porque «en su enojo los reprende, en su furor los intimida» (Sal. 2:1 5, 12; Hch. 4:25–27; comparar con Jer. 30:23–24). Israel y el imperio romano, representados por el sumo sacerdote con el Sanedrín y Poncio Pilato respectivamente, clavaron a Jesús en la cruz y luego persiguieron a sus seguidores. Pero el enojo y la ira de Dios difieren del enojo y la ira de los enemigos de Dios. Mientras que éstos dirigen su furia contra Dios para destruir su reino y pisotear todo lo que es santo (Sal. 2:2), Dios dirige su venganza contra las naciones para someterlas a la justicia y al fin al que están destinadas.
  • b. «Y ha llegado el tiempo de juzgar a los muertos». Juan no alude al tiempo cronológico sino al momento justo que Dios ordenó para el día del juicio. Es el tiempo que Dios ha establecido para el último juicio. El sexto sello (6:17), la séptima trompeta (11:18) y la sexta copa (16:14) se refieren todos al momento en que llega el gran día del juicio. Juan presenta Apocalipsis en una forma cíclica y contempla la revelación de Dios desde perspectivas diferentes.

   El término los muertos se encuentra ocho veces en Apocalipsis y significa todos los que han muerto. Más en concreto, puede significar o los creyentes o los incrédulos. Por ejemplo, «Benditos son los muertos que mueren en el Señor de ahora en adelante» (14:13) y «Y el resto de los muertos no vivieron sino hasta que los mil años se hubieron completado» (20: 5a). Aquí, al igual que en 20:12–13, el término alude a todos: unos reciben recompensa y otra condenación.

  • c. «Y para recompensar a tus siervos los profetas, y a los santos y a los que temen tu nombre, los pequeños y los grandes». Una recompensa no es algo que se gana, porque llega a los creyentes como don de Dios. Los conceptos recompensan y conducta están relacionados, pero no en el sentido de causa y efecto. Las recompensas son prendas de la gracia gratuita de Dios.

  Una lectura preliminar deja la impresión de que Juan piensa en tres clases de personas: siervos que son profetas, santos y quienes temen a Dios tanto pequeños como grandes. Esto no es así por necesidad, porque la expresión tus siervos los profetas ya apareció en 10:7 (véase el comentario). Son los siervos de Dios, profetas o apóstoles y quienes los ayudan, que reciben el encargo de transmitir su revelación y a quienes con frecuencia se les dice que la escriban. Son una clase especial de personas. Además, están los santos, que son quienes temen a Dios, tanto los pequeños como los grandes (19:5; Sal. 115:13). La palabra santos se utiliza catorce veces en Apocalipsis; son las personas santas que Dios ha santificado por medio de la sangre de Cristo.51 Sufren por su nombre, ejercitan paciencia y fidelidad por su causa, ofrecen oraciones a Dios y mueren por ser su pueblo. Son los que temen a Dios en todo el mundo, ya sean principiantes o gigantes en la fe. Sugiero, por tanto, que hay dos clases de personas: los siervos especiales de Dios, que desempeñan una tarea particular, y los santos, que son todos los que reverencian el nombre de Dios.

  • d. «Y de destruir a los que están destruyendo la tierra». Los veinticuatro ancianos piden a Dios que destruya a los malvados que se dedican constantemente a arruinar moralmente a los habitantes de la tierra. Esto es precisamente lo que había hecho «la gran ramera, que arruinó a la tierra con su fornicación» (19:2). La ira de Dios cae sobre los que desvían a las personas y ahora ellos mismos sufren destrucción.

   Comentario 3: Apocalipsis 22:12: Las palabras del versiculos12 son una confirmación del anterior (v. 12). Jesús dice que viene pronto (véase vv 7, 20) y que entonces recompensará a todo ser humano de acuerdo con sus obras. Pero ¿se puede interpretar la palabra recompensa como pago por lo hecho?

   Primero, la promesa del retorno de Jesús significa gozo y felicidad para el creyente, pero temor y remordimiento para el incrédulo. Su retorno debe verse sobre el telón de fondo del juicio final, cuyo tiempo loa justos entraran a su recompensa celestial y los malos a las tinieblas externas (Mt- 25:31 -46).

   Luego, en las escrituras no hay justicia por obras, «Ningún calculo mezquino de recompensa, ningún recuento de buenas (y malas) obras, ninguna correlación entre logro y recompensa». El termino recompensa que Dios da lo hace sobre la base de gracia inmerecida. El don de salvación es pura gracia, inmerecida y no ganada.

   Cuando Jesús dice viene pronto y que su recompensa está con él, reformula palabras que se encuentran en las Escrituras del Antiguo Testamento. «Miren, el Señor Omnipotente llega con su poder, y con su brazo gobierna. Su galardón lo acompaña; su recompensa lo precede» (Is. 40:10; véase también Salmo 28:4; Jeremías 17:10). En su carta a la iglesia en Tiatira, Jesús dice que pagará a cada uno de ellos según sus obras (Ap. 2:23; comparar con 18:6 y 20:12–13). Estos pasajes se refieren a la venida de Jesús como juez de toda la tierra.

   Jesús se identifica con la primera y la última letra en el alfabeto griego, el Alfa y la Omega, y como el primero y el último, el principio y el fin (véase 21:6). En esta declaración sumaria, utiliza tres cláusulas que transmiten el concepto de que es eternamente divino. Nótese que en el primer capítulo Dios se identificó con las letras Alfa y Omega, pero Jesús se identificó como «el primero y el último» (1:8 y 17, respectivamente). Ahora, en la conclusión de Apocalipsis, Jesús se sitúa claramente como igual a Dios con las mismas palabras de identificación. Es igual a Dios en poder y autoridad.

3°’Título

Las Bodas Del Cordero De Dios (Apocalipsis 19:7 y 8. Gocémonos y alegrémonos y démosle gloria; porque han llegado las bodas del Cordero, y su esposa se ha preparado. Y a ella se le ha concedido que se vista de lino fino, limpio y resplandeciente; porque el lino fino es las acciones justas de los santos.)

    Comentario: Apocalipsis 19:7-8. «Regocijémonos y alegrémonos y démosle gloria, porque la boda del Cordero ha llegado y su esposa se ha preparado. Y a ella se le dio lino fino que es resplandeciente y limpio para vestirse» (porque el lino fino representa las obras justas de los santos).

  • a. Fiesta. La exhortación a regocijarse, a alegrarse y a dar gloria a Dios se dirige a todo el pueblo que recibe la invitación a la boda del Cordero. El punto ahora es si el pueblo de Dios se describe como la esposa y como los invitados al mismo tiempo. Pero en el marco simbólico de Juan, las imágenes se superponen, de manera que podemos concluir: «los invitados y la esposa son los mismos». Es decir, las imágenes de Juan se funden una con otra y no deberían interpretarse por separado. La representación simbólica de la boda del Cordero no ha de entenderse de manera literal, porque conduciría a absurdos.

   Juan toma sus expresiones del Salterio: «Este es el día en que el Señor actuó; regocijémonos y alegrémonos en él» y «Tributen al Señor la gloria que merece su nombre» (Sal. 118:24 y 96: 8a, respectivamente).

   Dios no sólo destruye el reino del Anticristo, sino que concede salvación a su pueblo y le otorga el honor de unirse en nupcias a su Hijo. Su pueblo se regocija porque Dios ha eliminado a su enemigo, y expresa su gratitud dándole alabanza y gloria.

  • b. Desposorios y boda. Los compromisos matrimoniales y bodas difieren según las culturas y las épocas. El cuadro que Juan muestra al lector es el de un desposorio hebreo que, al cabo de un tiempo dado, va seguido de la ceremonia nupcial. El rito del desposorio une al esposo y a la esposa en una relación de compromiso mutuo, relación que se refrenda en presencia de testigos. Pablo escribe que prometió a la iglesia de Corinto como virgen pura a su esposo Cristo (2 Co. 11:2). El Nuevo Testamento presenta a Cristo como el esposo y a la iglesia como a la esposa. También el Antiguo Testamento menciona una relación similar entre Dios y su pueblo (Is. 54:5, 6; 62:5; Jer. 3:20; Os. 2:19).

   En un ambiente hebreo, había un período de espera entre el desposorio y la boda, durante el cual vivían separados (Dt. 22:23–24; Mt. 1:18–19). Durante este período las dos familias involucradas acordaban los términos de la dote. Una vez pagada dicha cantidad, se procedía a la boda. Ese día, el esposo, en procesión acompañado de amigos, conducía a la esposa desde el hogar paterno de ella hasta su propia casa. Ahí se celebraba la fiesta nupcial. William Hendriksen ofrece un breve esbozo de esta secuencia nupcial que aplica a Cristo y a la iglesia.

   En Cristo la esposa fue escogida desde la eternidad. Durante toda la dispensación del Antiguo Testamento la boda fue anunciada. Luego, el Hijo de Dios tomó nuestra carne y sangre: tuvo lugar el desposorio.

   El precio, la dote, se pagó en el Calvario. Y ahora, después de un intervalo que a los ojos de Dios no es sino un poco de tiempo, el esposo regresa y «Ha llegado, la boda del Cordero». La iglesia en la tierra anhela este momento, lo mismo que la iglesia en el cielo.

   Estoy muy consciente de la brevedad de Juan y del riesgo de agregar algo al texto sin que esté en él. Pero puedo sugerir con confianza que el cuadro de boda que Juan describe debe verse dentro del trasfondo cultural judío de ese tiempo.

  • c. Preparación. Juan escribe luego, «Y su esposa se ha preparado». ¿Cómo se prepara para la boda? Juan responde diciendo que se le entrega lino fino, que es resplandeciente y limpio, para vestirse. La esposa se puede preparar sólo cuando Dios le da la ropa nupcial, porque esta ropa es hermosa y pura.

   Sus propias ropas no son sino sucios harapos, pero Cristo la limpia y se la presenta «sin mancha ni arruga ni ninguna otra imperfección» (Ef. 5:26, 27); véase Is. 61:10). Sin embargo, ¿cuáles son las obligaciones de la esposa del Cordero mientras está en la tierra? Estas obligaciones son ser fiel al esposo, mostrarle amor y dedicación y esperar con expectación su venida. Pero las ropas que recibe deben verse como un don incondicional de Dios. Estas finas ropas que recibe no son sino un acto de gracia que Dios le concede. Y hay más. Los santos que lavaron sus ropas en la sangre del Cordero para emblanquecerlas ahora reciben el nombre colectivo de la esposa. Y el lino fino resplandeciente y limpio es el mismo ropaje que llevan los ejércitos del cielo cuando siguen a Cristo en la guerra contra las fuerzas del Anticristo (v. 14).

   Apocalipsis delinea de manera gráfica el contraste entre la gran prostituta, vestida de manera llamativa (17:4), y la esposa del Cordero, que recibe lino fino que es resplandeciente y limpio. La prostituta acaba en la destrucción; por el contrario, la esposa es conducida hasta Cristo para ser su esposa. La mujer vestida del sol y con la luna bajo sus pies que, como símbolo de la iglesia, dio a luz al Hijo (12:1–2, 5) es ahora la esposa del Cordero redimida por el Hijo.

   Por último, los invitados que llegaron al banquete nupcial en la parábola reciben ropas apropiadas, símbolo de pureza y santidad. Pero uno de estos invitados se negó a ponerse esa ropa y por ello fue arrojado fuera (Mt. 22:11–13). De ahí que Juan explica la frase lino fino resplandeciente y limpio como «el lino fino representa las obras justas de los santos».

   ¿Cuáles son estas obras justas que los santos pueden realizar? Pablo arroja luz sobre esta pregunta cuando escribe, «Somos hechura de Dios, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios dispuso de antemano a fin de que las pongamos en práctica» (Ef. 2:10). Estas obras justas, por tanto, resultan posibles por medio de la gracia de Dios que actúa en el corazón de los santos. Liberados de la esclavitud de Satanás, los redimidos dedican la vida a servir a Dios. Alimentan a los hambrientos, dan de beber a los sedientos, ofrecen hospitalidad a los extranjeros, visten a los necesitados y visitan a los enfermos y encarcelados (Mt. 25:37–39). Cristo bendice estas obras, perfeccionándolas por medio de su justicia perfecta.

Amén, Para Honra Y Gloria De Dios.

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Hno Roberto Saldías Roa

Miembro de la IEP en Nacimiento Bajo, nació en el evangelio del Señor en la Iglesia de Laja 1975. Casado con María Nahuelmán, estudia teología de manera autodidacta. Me gusta mucho leer y escribir.

 

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