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Semana del 19 al 25 de noviembre de 2018 “Obra Del Espíritu Santo En La Iglesia” (Parte 1)

Semana del 19 al 25 de noviembre de 2018 “Obra Del Espíritu Santo En La Iglesia” (Parte 1)

   Lectura Bíblica: Efesios Cap. 2, versículos 17 al 22. Y vino y anunció las buenas nuevas de paz a vosotros que estabais lejos, y a los que estaban cerca; porque por medio de él los unos y los otros tenemos entrada por un mismo Espíritu al Padre.  Así que ya no sois extranjeros ni advenedizos, sino conciudadanos de los santos, y miembros de la familia de Dios, edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo, en quien todo el edificio, bien coordinado, va creciendo para ser un templo santo en el Señor; en quien vosotros también sois juntamente edificados para morada de Dios en el Espíritu

   Comentario: La obra del Espíritu Santo hacia la iglesia presupone estas cosas:

(I) El amor, gracia, consejo y propósito eterno del Padre de tener una iglesia, escogida de sobre esta raza humana pecadora.

(ii) La obra entera de Cristo en redimir pecadores de esta raza humana para que sea su iglesia.

(III) La obra del Espíritu Santo en llamar a los pecadores al arrepentimiento y fe en Cristo y su obra de unirlos a Cristo como la cabeza del cuerpo, su iglesia.

   En la nueva creación bajo el Nuevo Testamento, es el propósito de Dios que cada Persona de la Trinidad sea revelada a la iglesia en sus obras especiales y distintas.

   Después que Cristo terminó su obra de redención, y había vuelto al cielo, la tarea de seguir y completar la obra de salvación fue asumida por el Espíritu Santo.

   Antes de su muerte Cristo prometió al Espíritu Santo a sus discípulos (Juan 14:15-17). Después de su resurrección, él les dijo que no intentaran de empezar su obra de atestiguar al mundo hasta que hayan recibido al prometido Espíritu Santo (Hch. 1:4). Después de su ascensión, Cristo recibió al Espíritu Santo del Padre y lo derramo sobre sus discípulos (Is. 44:3; Jl. 2:28, 29; Hch. 2:33). Es el Espíritu Santo quien reemplaza la ausencia corporal de Cristo y quien trae a cumplimento todas las promesas hechas a la iglesia.

   Cristo está con nosotros por su Espíritu (Mt. 28:19, 20; Hch. 3:21; Mt. 18:19, 20; 2Co. 6:16; 1Co. 3:16). Cristo aseguró a sus discípulos que su presencia con ellos por medio su Espíritu era mejor que su presencia corporal. Ahora Cristo siempre está con nosotros dondequiera.

   Como el Espíritu Santo representa a Cristo y toma su lugar, por lo tanto, hace todo lo que Cristo hizo por sus discípulos (Juan 16:13-15)

   El Espíritu Santo no viene a revelar algo nuevo, ni tampoco hace nada que contradiga o se oponga a la doctrina y obras de Cristo. El Espíritu Santo no hace nada que este contrario de lo que se enseña en la Escritura. Cualquier espíritu que contradiga a Cristo y a la Escritura no es de Dios.

   La gran obra del Espíritu Santo es de glorificar a Cristo. Él es dado a nosotros para que nosotros también le traigamos gloria a Cristo. Él viene a mostrar la verdad y gracia de Cristo, no a hablar de sí mismo (Juan 16:13-15). Él no revela otra verdad, no da otra gracia sino la que está en, de y por Cristo. Por esta regla podemos probar cada espíritu si es de Dios o no.

   „Todo lo que oyere él hablara‟ (Juan 16:13). Lo que el Espíritu Santo oye es el plan completo y propósito del Padre y del Hijo concerniendo a la salvación de la iglesia.

   „Oyendo‟ significa el conocimiento infinito del Espíritu Santo del propósito eterno del Padre y del Hijo.

   „Él me glorificará‟ (Juan 16:14). Esta es la gran obra del Espíritu Santo hacia la iglesia. Hace a Cristo glorioso en nuestros ojos. Y es dado a nosotros para qué, como gente de Cristo, le traigamos honor a nuestra gloriosa cabeza.

   ¿Pero cómo el Espíritu Santo hará esto? „Él me glorificara, porque él tomara de lo que es mío y lo declarara a ustedes‟ (Juan 16:14). No dice que el Espíritu Santo recibe las cosas de Cristo como si no las hubiera tenido antes, porque ¿qué puede él quien es Dios recibir? Solo cuando empieza a dárnoslas, porque son especialmente las cosas de Cristo, que es dicho que las recibe. No podemos dar nada que pertenece a otra persona hasta que primero lo recibamos de esa otra persona. Él las „declarará‟ a nosotros significa que el Espíritu Santo nos las hará saber. Él nos las revelará tanto a nosotros y en nosotros que las entenderemos y experimentaremos por nosotros mismos.

   ¿Y cuáles son las cosas que nos enseñara? „Mis cosas‟, dice Cristo. Las cosas de Cristo son su verdad y su gracia (Juan 1:17).

   El Espíritu Santo enseño la verdad de Cristo a sus discípulos por revelación, porque él es el autor de todas las revelaciones divinas. Por inspiración, él capacitó a los apóstoles para recibir, entender y declarar todo el consejo de Dios en Cristo. Y en orden para que ellos pudieran infaliblemente hacer esto, él los guió a toda verdad. Además, el Espíritu Santo enseñó la gracia de Cristo a sus discípulos al derramar gracias santificantes y dones extraordinarios en ellos.

   El Espíritu sigue mostrando la verdad y gracia de Cristo a los creyentes, aunque no de la misma forma como lo hizo con ellos a los que inspiro, ni tampoco del mismo grado. La verdad de Cristo viene ahora a nosotros por la Palabra escrita y predicada. Y mientras leemos y escuchamos, el Espíritu Santo ilumina nuestras mentes espiritualmente para entender la mente de Dios en lo que leemos y oímos.

El Espíritu nos revela „todas las cosas‟ que son de Cristo

   Jesús dijo, „Todas las cosas que mi Padre tiene son mías. Así que os digo que él tomara de lo mío y os lo declarara‟ (Juan 16:15). Dos cosas se pueden aprender de estas palabras. La primera es que tanto de las cosas de Cristo deben de ser mostradas a los creyentes. „Todas las cosas que el Padre tiene‟. „Todas las cosas que son mías‟, dice Cristo.

   Todas las cosas que el Padre tiene como Dios son también del Hijo. Así que „como el Padre tiene vida en si mismo, por lo tanto, ha concedido al Hijo tener vida en sí mismo‟ (Juan 5:26). Y lo mismo se puede decir de todos los otros atributos de Dios, los cuales Cristo tuvo como el Hijo eterno. Pero estas no parecen ser „todas las cosas‟ mencionadas en este verso. Estas „todas las cosas‟ se refieren a la gracia y poder espiritual los cuales fueron dados gratuitamente por el Padre al Cristo encarnado (Mt. 11:27; Juan 3:35). Todos los efectos del amor, gracia y voluntad del Padre, lo que sea que se haya propuesto desde la eternidad y lo que sea que fuera necesario de su poder infinito y bondad para traer a sus elegidos a la gloria eterna, fueron dados a Cristo Jesús.

   Las cosas que se hayan de declarar a nosotros y otorgar en nosotros, originalmente pertenecen al Padre. Estas cosas –su amor, gracia, sabiduría, consejo y voluntad- son hechas las cosas del Hijo; son dadas al Hijo para llevar acabo su obra de mediación.

   Estas cosas del Padre, ahora hechas las cosas del Hijo, son de hecho comunicadas a nosotros por el Espíritu Santo. El Espíritu Santo no nos las da directamente del Padre sino indirectamente, por medio de Cristo. Es por el Hijo solamente que tenemos acceso al Padre. El Hijo es entonces la tesorería de las cosas del Padre. De Cristo la tesorería el Espíritu Santo toma las cosas del Padre y nos las muestra y las obra en nosotros. De esta manera el Espíritu totalmente remplaza la presencia corporal de Cristo.

   En segundo lugar, estas palabras nos muestran cómo podemos tener comunión con Dios. No podemos ir directamente de nosotros mismos al Padre, ni tampoco el Padre trata directamente con nosotros. Solo nos podemos acercar al Padre por Cristo, porque es solamente por él que tenemos acceso a la presencia del Padre (Juan 14:6; 1P. 1:21). Pero sin la obra del Espíritu Santo, ni siquiera podemos venir al Padre por Cristo. Así como las cosas del Padre son depositadas en Cristo y traídas a nosotros por el Espíritu, así el Espíritu Santo nos enseña como orar y porque orar. Estas oraciones son, como si fueran, depositadas con Cristo, y Cristo las trae al Padre. Así que si menospreciamos y demostramos desprecio al Espíritu Santo en realidad se lo estamos haciendo a la Divinidad en sus acercamientos distintivos a nosotros en amor. Es por eso que el pecado en contra del Espíritu Santo es imperdonable.

 

   EL ESPÍRITU SANTO ES EL ESPÍRITU DE GRACIA

   Por lo tanto, cualquier gracia que encontramos en nosotros, o cualquier obra de gracia que es hecha en nosotros, siempre debe de ser reconocida como la obra del Espíritu Santo.

   Alguna gente habla de la virtud moral como si fuera algo que ellos pudieran producir por su propio esfuerzo; pero todas las virtudes morales son gracias del Espíritu Santo.

   Como el Espíritu de gracia, el Espíritu Santo hace dos cosas. Él nos hace saber el libre amor de gracia y favor de Dios hacia nosotros, y él hace su obra de gracia en nosotros y sobre nosotros. Entonces, no seamos engañados a pensar que podemos tener gracias morales independientemente del Espíritu Santo.

   Todo lo que el Espíritu Santo hace, los hace de su propia libre voluntad. Él lo hace porque él escoge hacerlo. El buen placer de su voluntad es visto en todas las bondades, gracia, amor y poder que la muestra hacia nosotros. Toda la obra que el Espíritu Santo hace es gobernada por su voluntad soberana la cual nadie puede resistir (Ro. 9:19), y por su sabiduría infinita.

   Su voluntad revelada aparentemente puede ser resistida. Cuando el evangelio es predicado y la gente es llamada al arrepentimiento, su voluntad revelada es dada a conocer. Pero puede que su voluntad secreta sea que él no desea traerlos al arrepentimiento. Él no desea darles el don del arrepentimiento. Así que, al rehusar arrepentirse, ellos resisten su voluntad revelada, pero llevan a cabo su voluntad secreta (véase Is. 6:9, 10; Juan 12:40, 41; Hch. 28:26, 27; Ro.11:8).

   Es lo mismo con todas sus obras. En algunos él puede iluminarles la mente y traerles convicción de pecado a sus almas, pero no hacer su obra de regeneración en ellos sin la cual no pueden ver el reino de Dios. En otros, él hace que todas sus obras resulten en la salvación total y final de ellos. Y esto es lo que Pablo enseña referente a dones espirituales (véase 1Co.12). El Espíritu da sus dones de acuerdo a su propia voluntad soberana.

 

   Objeción. Pero si la salvación de principio a fin es la obra soberana del Espíritu Santo, entonces nosotros no podemos hacer nada efectivamente para traernos salvación. ¿Qué uso tienen entonces todos los mandamientos, amenazas, promesas y exhortaciones en la Escritura? Respuesta. Nunca debemos dejar ir esta verdad, que es en verdad el Espíritu Santo quien obra todo lo bueno espiritual en nosotros. En la Biblia se nos enseña que „en mí, esto es, en mi carne, nada bueno mora (Ro. 7:18). Se nos enseña que no somos „suficientes de nosotros mismos para pensar cualquier cosa como si fuera de nosotros mismos, sino que nuestra suficiencia es de Dios‟ (1Co. 3:5. Véase también 2 Co. 9:8; Juan 15:5; Fil. 2:13). El decir que hay algo bueno en nosotros lo cual no es la obra del Espíritu Santo destruye el evangelio y niega a ambas cosas, que Dios es el único bueno y que él solo nos puede hacer buenos.

   El usar este argumento como una excusa para no hacer nada es resistir la voluntad de Dios. Dios promete obrar en nosotros lo que él requiere de nosotros. Hay muchos ejemplos en la Escritura de gente que se les mando a hacer lo que era imposible para ellos hacer. Sin embargo, cuando intentaron obedecer, encontraron el poder sanador de Dios capacitándolos para hacer lo que previamente habían encontrado ser imposible: por ejemplo, el hombre con la mano seca, Lázaro siendo levantado de los muertos y el hijo de la viuda en Nain.

   Nuestro deber es de intentar de obedecer los mandamientos de Dios, y su obra es de capacitarnos para obedecerlos. Así que los que se sientan y no hacen nada -porque dicen que no pueden hacer nada hasta que Dios obre gracia en ellos- muestran que no tienen interés o preocupación por las cosas de Dios. Donde la persona no hace nada, el Espíritu Santo tampoco hace nada.

   Aunque no hay gracia en un creyente excepto por el Espíritu Santo, sin embargo, para crecer en gracia, para crecer en santidad y justicia, depende en el creyente usando la gracia que ha recibido. Se nos han dado brazos y piernas. Si han de crecer fuertes y saludables, deben ser usados. El no usarlos sería el modo más efectivo de perderlos. Por eso el ser perezoso y negligente en esas cosas en las cuales nuestro crecimiento espiritual depende, y las cuales concierne el eterno bienestar del alma, con el pretexto que sin el Espíritu no podemos hacer nada, es irrazonable y estúpido, como también peligroso.

   El testimonio del Espíritu Santo es vital, sin embargo, distinto al testimonio de los creyentes Cuando vemos y entendemos las obras del Espíritu Santo, aprendemos que algunas cosas son distintivamente atribuidas a él, aunque algunas de estas obras las cuales el Espíritu Santo hace son al mismo tiempo hechas por aquellos en quien él está obrando. Jesús dijo, „Enviare el Espíritu de verdad y el dará testimonio de mí, y vosotros también daréis testimonio‟ (Juan 15:26, 27). El testimonio del Espíritu Santo es distinto al testimonio dado por los apóstoles. Sin embargo, los apóstoles podían dar su testimonio solo al ser capacitados para hacerlo por el Espíritu Santo.

El testimonio de los apóstoles a Cristo fue el resultado del poder del Espíritu Santo en ellos y de su obra en ellos (Hechos 1:8). Pero el Espíritu Santo no dio testimonio excepto por medio de los testimonios de ellos.

   ¿Cuál pues es el testimonio distinto que se dice ser de él? Debe ser que la gente que el Espíritu Santo capacito para testificar reconoció que solo lo podían hacer porque el Espíritu Santo primero les dio testimonio a ellos. Una gran manera que el Espíritu Santo dio testimonio al mundo por medio de los apóstoles fue al capacitarlos para hacer señales milagrosas y maravillas. El capacito a los apóstoles para ser testigos a Cristo por sus predicaciones, sufrimientos y santidad y constante testimonio que dieron a la resurrección de Cristo. Pero el mundo no reconoció esto como lo obra y testimonio del Espíritu Santo. Sin embargo, de que era su obra esta revelado en Hebreos 2:3, 4. Él atestiguó cuando ellos predicaron e hicieron milagros.

PENSAMIENTO: ya se ha anticipado este tema en la obra del Espíritu Santo en las distintas dispensaciones. Además, la obra del Espíritu de Dios en la Iglesia y en el creyente es muy parecida, puesto que lo que acontece en la iglesia como cuerpo de Cristo, también sucede en los creyentes como miembros de este cuerpo. Pero en general podemos seguir una obra séptuple del Espíritu Santo es y por medio de la iglesia.

 

Texto: Los Hechos Cap. 4, versículo 31. Cuando hubieron orado, el lugar en que estaban congregados tembló; y todos fueron llenos del Espíritu Santo, y hablaban con denuedo la palabra de Dios.

1er Titulo:

El Espíritu Santo Da Origen Y Organiza La Iglesia En Pentecostés. (Los Hechos 2:1 al 4). Cuando llegó el día de Pentecostés, estaban todos unánimes juntos. Y de repente vino del cielo un estruendo como de un viento recio que soplaba, el cual llenó toda la casa donde estaban sentados; y se les aparecieron lenguas repartidas, como de fuego, asentándose sobre cada uno de ellos. Y fueron todos llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les daba que hablasen. (Ef. 1:22-23).

   Comentario: Versíc. 1. Cuando llegó el día de Pentecostés, estaban todos juntos en un lugar.

   En respuesta a la orden de Jesús (1:4), los apóstoles esperan el don del Espíritu Santo pacientemente y en oración en Jerusalén. El texto griego comienza con la palabra y; esto indica que el acontecimiento de Pentecostés está estrechamente ligado con la ascensión de Jesús. Una traducción literal del texto griego dice: “Cuando el día de Pentecostés se hubo cumplido”. Es decir, cuando se llegó al día número cincuenta, el período de espera se completó. Para los apóstoles, una nueva era comenzaba.

   ¿Cuántas personas estaban reunidas el día de Pentecostés? Nosotros suponemos que en los 120 estaban incluidos todos los creyentes (1:15). Sin embargo, hay algunas objeciones a esta interpretación. El último versículo del capítulo anterior (1:26) menciona a los apóstoles; en el capítulo dos, no son los 120 sino que el centro de la atención está ocupado por Pedro y los Once (v. 14); y en la conclusión del sermón de Pedro la multitud se dirige a los apóstoles y no a los 120 (v. 37). Por el otro lado, no podemos limitar el adjetivo todos a los doce apóstoles cuando el contexto del capítulo precedente enfatiza la armonía cristiana como un elemento básico. Por lo tanto, interpretamos el adjetivo de tal modo de incluir a todos los creyentes mencionados en el capítulo anterior.

   ¿Dónde estaban los creyentes? Lucas es bastante parco al decir que estaban “en un lugar”. Si suponemos que

ese lugar era el aposento alto (1:13), tendríamos que preguntarnos si aquel cuarto podría acomodar a 120 personas. Pero Lucas dice que ellos estaban sentados en una casa (v. 2) y no en las cercanías del templo.

   Tenemos que admitir que es difícil lograr certeza al respecto, pero nos inclinamos a pensar que el lugar de reunión estaba cerca del templo, donde los apóstoles regularmente adoraban a Dios (c.f. Lc. 24:53).

   Versíc. 2. Y de repente vino del cielo un ruido como de un viento fuerte que soplaba y llenó toda la casa donde estaban sentados. 3. Y se les aparecieron lenguas como de fuego que se dividieron y reposaron sobre cada uno de ellos. 4. Fueron todos llenos del Espíritu Santo y comenzaron a hablar en otras lenguas según el Espíritu les daba capacidad.

   Nótese los siguientes tres puntos:

  1. El viento. En horas de la mañana del día de Pentecostés, de pronto la gente escucha el sonido de un fuerte viento que soplaba desde los cielos. Un aspecto importante en la venida del Espíritu Santo es lo repentino de su aparición. Aunque, tal como fueron instruidos, los discípulos se quedan en Jerusalén precisamente esperando el derramamiento del Espíritu, su repentina manifestación sorprende a todos. Los creyentes en Cristo experimentarán idéntica situación cuando de pronto Jesús regrese. No obstante, las señales de los tiempos, Jesús dijo a los suyos que su regreso será sorprendente e inesperado.

   Lucas dice que hay sonido como de un viento fuerte al soplar. Él no dice que el viento mismo haya estado produciendo los efectos por todos conocidos. Leyendo otra parte de las Escrituras sabemos que tanto en el hebreo como en el griego es una y la misma palabra la que representa el doble significado de viento y espíritu (Ez. 37:9, 14; Jn. 3:8). Nosotros oímos y sentimos el efecto del viento, pero no podemos verlo. Así es con el Espíritu. El Espíritu Santo viene del cielo de Dios, no del cielo atmosférico, con el sonido de un fuerte viento. Y llena la casa donde los creyentes están sentados y clamando por su venida (c.f. 4:31).

   Vemos el significado del viento en el relato de Lucas. El viento simboliza al Espíritu Santo, quien llena la

casa donde están sentados los creyentes. El sonido del viento señala poder celestial, y su repentina aparición nos

habla del comienzo de un acontecimiento sobrenatural.

  1. El fuego. “Y se les aparecieron lenguas como de fuego que se dividieron y reposaron sobre cada uno de ellos”. Este es el cumplimiento de la descripción que Juan el Bautista hace del poder de Jesús: “Él os bautizará en el Espíritu Santo y fuego” (Mt. 3:11; Lc. 3:16). A menudo en el Antiguo Testamento el fuego es simbólico de la presencia de Dios, especialmente en relación con la santidad, el juicio y la gracia. Por ejemplo, Moisés oyó la voz de Dios en la zarza ardiendo diciéndole que se quitara sus sandalias (Ex. 3:2–5); el fuego consumió el sacrificio de Elías en el Monte Carmelo (1 Re. 18:38); y un carro de fuego llevó a Elías al cielo (2 Re. 2:11).

  creyentes reunidos en Jerusalén no sólo oyen la venida del Espíritu Santo, sino que también lo ven tomar forma de lo que pareciera ser lenguas de fuego. El fuego, símbolo de la divina presencia, toma la forma de lenguas que no salen de la boca de los creyentes, sino que reposan sobre sus cabezas. Por lo tanto, no debemos confundir estas lenguas con las “otras lenguas” mencionadas en el versículo siguiente (v. 4), donde Lucas introduce el milagro de hablar en lenguas.

   El Espíritu Santo se hace visible con esta manifestación externa y reposa sobre cada uno de los creyentes. No

se trata de una ilusión óptica, porque Lucas claramente señala que vieron lenguas de fuego. La venida del Espíritu da cumplimiento a la profecía de Juan el Bautista de que los discípulos serían bautizados con el Espíritu Santo y con fuego.127 Así, la venida del Espíritu Santo anuncia una nueva era, porque viene a habitar con los hombres no temporalmente sino para siempre.

  1. Las lenguas. “Fueron todos llenos del Espíritu Santo y comenzaron a hablar en otras lenguas según el Espíritu les daba capacidad”. El texto griego indica que la llenura con el Espíritu ocurrió de una vez por todas; es decir, el Espíritu no vino y se fue, sino que permaneció, como es evidente en el relato de Lucas. Cuando Pedro se dirige al Sanedrín, él está lleno del Espíritu (4:8; y véase también 4:31). Después de su conversión, Saulo recibe el Espíritu Santo (9:17; c.f. 13:9, 52). El derramamiento del Espíritu no es repetitivo porque el Espíritu Santo permanece con la persona que ha sido llenada. Además, va alcanzando en círculos concéntricos a los samaritanos (8:17), a los gentiles (10:44–46), y a los discípulos de Juan el Bautista (19:1–6). Esto ocurre en perfecta armonía con y en cumplimiento del mandamiento de Jesús dado a los apóstoles de ser testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra (1:8).

   ¿Qué efecto produce el Espíritu Santo en todos los creyentes? Lucas dice que “fueron todos llenos”. No debemos limitar el adjetivo todos a los apóstoles, porque Pedro en su sermón habla del cumplimiento de la de Joel y dice que: “Tus hijos e hijas profetizarán” (v. 17; Jl. 2:28). Y cuando más tarde Pedro y Juan hicieron notar a los creyentes lo que los sumos sacerdotes dijeron, todos fueron llenos del Espíritu Santo (4:31).

   El efecto del hecho de que el Espíritu Santo mora en la persona es que el Espíritu toma plena posesión del creyente individualmente.

   El cristiano que es lleno con el Espíritu llega a ser el portavoz del Espíritu. En el caso de los creyentes en Jerusalén, hablaron en otras lenguas probando así que el Espíritu Santo los controla y los capacita. La palabra lengua es equivalente al concepto lenguaje hablado. Esto se hace evidente en el comentario de Lucas que “cada uno les oía hablar en su propia lengua” (v. 6); las multitudes preguntan, “¿Cómo entonces les oímos nosotros hablar cada uno en nuestra lengua en la que hemos nacido?” (v. 8); y dicen: “Les oímos hablar en nuestras propias lenguas las maravillas de Dios” (v. 11). Las lenguas que los creyentes hablan son idiomas hablados en regiones desde Persia en el este hasta Roma en el oeste. No podemos tomar por iguales lo que ocurrió en Pentecostés y las lenguas habladas en la iglesia de Corinto. Los que hablan en otras lenguas en Pentecostés no hablan para la edificación de la iglesia (a diferencia del hablar en éxtasis [1 Co. 14]). Mientras que en la iglesia de Corinto el hablar en éxtasis tiene que ser interpretado, en Pentecostés los oyentes no necesitan tener intérpretes porque ellos oyen y pueden entender sus propios idiomas.128 La habilidad de hablar en lenguas viene de adentro de la persona y es una manifestación interna del Espíritu Santo; el viento y el fuego son manifestaciones externas.

Consideraciones doctrinales en 2:2 y 4

Versículo 2

Aquí encontramos el pleno cumplimiento de la promesa que Jesús hizo a los apóstoles: “Ustedes serán bautizados con el Espíritu Santo dentro de pocos días” (1:5). El día de Pentecostés, el Espíritu llenó a cada uno de los que estaban en la casa sentados, de manera que 120 fueron bautizados espiritualmente (vv. 2, 4). Es muy interesante un estudio del bautismo del Espíritu en Hechos. “Dondequiera se menciona el bautismo en el Espíritu después de Pentecostés, nunca es una experiencia de creyentes que han sido bautizados antes en el Espíritu, sino que se trata de nuevos creyentes que han sido traídos a la fe de Cristo”.

   Después del derramamiento del Espíritu Santo sobre los judíos en Jerusalén, Jesús extendió su iglesia agregando a los samaritanos, quienes recibieron el Espíritu (8:16–17). Luego invitó a los gentiles a incorporarse en ella. Esto ocurrió cuando Pedro predicó el evangelio en la casa de Cornelio y el Espíritu Santo se derramó sobre ellos (10:44–45).

   Finalmente, fueron agregados a la iglesia los discípulos de Juan el Bautista, quienes no habían oído el evangelio y no sabían nada acerca del Espíritu Santo. Pablo los bautizó en el nombre de Jesús y el Espíritu Santo vino también sobre ellos (19:6).

   Pedro dijo a la multitud en Jerusalén: “Arrepiéntanse, y bautícese cada uno en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibirán el don del Espíritu Santo” (2:38). El estudio de Hechos nos permite llegar a la conclusión de que el bautismo en agua y el bautismo en el Espíritu ocurren normalmente en forma simultánea.

Versículo 4

   Aunque algunos estudiosos afirman que el milagro de hablar en lenguas tiene que ver más con los que escuchan que con los que hablan, esta opinión falla en hacer justicia a quienes, llenos del Espíritu Santo, hablaron en lenguas. El contexto del acontecimiento de Pentecostés destaca los comentarios de aquellos que escucharon a los apóstoles hablar en sus idiomas nativos, pero debemos atender a un par de preguntas. Por ejemplo, si decimos que los creyentes, por el poder del Espíritu, hablaron a las gentes en sus propios idiomas, ¿por qué Pedro les habló en un solo idioma (v. 14)? Luego, si la multitud entendió el idioma de Pedro, tendríamos que suponer que estaban también capacitados para conversar en griego, en arameo, o en ambos idiomas. Además, la expresión otras lenguas no se aplica a Judea (v. 9), porque allí se hablaba arameo y griego. Por último, si cada uno de los presentes pudo oír acerca de “las maravillas de Dios” en su propia lengua nativa, ¿por qué algunos se mofaron de los apóstoles diciendo que estaban borrachos? (v. 13)130 Debido a lo sintético del relato de Pentecostés, quedan algunas preguntas específicas sin contestar. De lo que se nos dice, sólo podemos sacar algunas conclusiones generales.

   El Espíritu Santo unifica a los creyentes de diferentes regiones del mundo a través del milagro de hablar a las gentes en el idioma de la fe. Permite que los oyentes superen la confusión de lenguas de Babel (Gn. 11:1–9) al llamarlos a responder al evangelio con arrepentimiento y fe. En medio de una multitud de incrédulos que se mofan del milagro de Pentecostés, tres mil personas se arrepienten, son bautizados y se unen a la iglesia (v. 41).

2° Titulo:

El Espíritu Santo Habita En La Iglesia Como Templo De Dios. (2a a los Corintios 6.16). ¿Y qué acuerdo hay entre el templo de Dios y los ídolos? Porque vosotros sois el templo del Dios viviente, como Dios dijo: Habitaré y andaré entre ellos, Y seré su Dios, Y ellos serán mi pueblo. (1 Co. 6:19-20; Ef. 2:21-22).

   Comentario: Versíc. 16a. ¿Qué acuerdo puede tener el templo de Dios con los ídolos? Porque nosotros somos templo del Dios viviente.

    Ésta es la última de las cinco preguntas retóricas que requiere una respuesta negativa. Pablo pregunta si existe algún tipo de acuerdo entre el templo de Dios y los ídolos. El templo es el lugar donde Dios decide morar, si bien es cierto que Dios no puede ser confinado a una casa hecha por manos humanas (1 Re. 8:27; 2 Cr. 6:18; Is. 66:1–2; Hch. 7:49–50). Él está en todo lugar y revela su poder contra los ídolos, ya sean éstos el Dagón de los filisteos o el Baal de los cananeos (1 Sam. 5:1–5; 1 Re. 18:21–40). Pero, ¿cómo entenderían los cristianos gentiles la

frase templo de Dios? Los judíos decían que Dios moraba en el Lugar Santísimo del templo de Jerusalén; pero Pablo enseñaba a los corintios que Dios moraba en sus corazones y que del cuerpo de ellos ha hecho su templo (1 Co. 3:16; 6:19; véase Ro. 8:9).

   El lugar Santísimo de Jerusalén no tenía estatuas y por eso era el hazme reír de los gentiles, cuyos templos estaban llenos de ídolos. Es lógico de esperar que los judíos cristianos consideraran a los templos paganos una abominación y que, para ellos, entrar en sus terrenos sería una transgresión de la ley de Dios. Pero los gentiles que se habían convertido a la fe cristiana, necesitaban comprender que ya no era necesario tener urnas ni participar en los sacrificios. Tenían que saber que tales sacrificios eran ofrecidos a los demonios y no a Dios (1Co. 10:20). Concurrir a estos cultos los haría participantes de los demonios. Como pueblo de Dios, los corintios tenían que romper con su cultura pagana y servir a Dios de todo corazón, alma y mente. Pablo había enseñado a la gente que ellos eran el templo de Dios; les había recordado esta verdad (1 Co. 3:16; 6:19), y ahora se lo recuerda una vez más. Pablo da a entender que los ídolos paganos de los templos están muertos y dice enfáticamente: «Nosotros somos templo del Dios viviente».

   En todas sus epístolas, Pablo refuerza su mensaje con citas del Antiguo Testamento. En ocasiones, usa pasajes de distintos lugares para formar una serie de versículos que se enlazan por medio de palabras clave (p. ej., Ro. 3:10–18; 9:25–29, 33; 10:18–21; 11:26–27,34–35; 15:9–12). En 2 Corintios, cita por lo menos seis referencias al Antiguo Testamento; parece que todas ellas están enlazadas por la idea de que Dios es un Padre para su pueblo; y a éste se le pide que se guarde puro.

   Los pasajes están combinados y adaptados al hilo del pensamiento que Pablo desarrolla. No se puede presuponer que Pablo siempre pudo consultar de forma inmediata los rollos de la Escritura; más bien, tuvo que depender frecuentemente en su memoria.

   Versíc. 16b. Como Dios dijo: «Habitaré y andaré entre ellos. Yo seré su Dios, y ellos serán mi pueblo».

   Dios se dirige a su pueblo por medio de las Escrituras, y les hace promesas y les da instrucciones. La promesa que ahora nos ocupa presenta cuatro facetas: Habitará entre su pueblo, andará con ellos, será su Dios y los hará pueblo suyo. Las palabras de este texto son una combinación de dos pasajes bíblicos:

  1. «Habitaré entre ellos» proviene del texto hebreo de Éxodo 25:8 y 29:45, donde Dios les dice a los israelitas que él habitará entre ellos. Una traducción literal diría: «Habitaré dentro de ellos», como confirma Pablo con sus palabras «Somos templo del Dios viviente».
  2. «Andaré entre ellos, yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo». Estas palabras provienen del texto griego de Levítico 26:12, aunque con pequeñas modificaciones como, por ejemplo, un cambio de la segunda persona del plural por la tercera persona del plural. La promesa de Dios consiste en que, el hecho de que habitará entre su pueblo, señala el establecimiento de una relación pacífica; y el hecho que andará entre ellos indica una actividad benevolente.

   Dios presta completa atención a toda clase de gente y a todo detalle (Mt. 10:30).

   La segunda parte de esta frase, «Yo seré su Dios, y ellos serán mi pueblo», es una hebra de oro que Dios ha tejido en su Palabra desde el principio hasta el final. Sólo como simple mención, citaremos cuatro de entre muchas otras referencias: en estado incipiente, Dios da forma al comienzo de su pacto con las bendiciones de Génesis 17:7; lo consolida con la redacción de su pacto con Israel, en Éxodo 6:7; lo continúa en la profecía de Ezequiel 37:26–27; y lo concluye con Apocalipsis 21:3. Philip Edgcumbe Hughes ha delineado tres etapas de la continuidad del pacto de Dios, por medio de la presencia de Cristo entre su pueblo: la encarnación (Jn. 1:14), Cristo habitando en el corazón de los creyentes (Ef. 3:17), y Dios habitando con su pueblo en la nueva tierra (Ap. 21:3).

   Pero la Escritura no limita el poder que Cristo tiene de habitar en los creyentes. Enseña que el trino Dios mora en los corazones de los creyentes. Junto a Cristo, el Espíritu Santo y Dios el Padre habitan también en los creyentes (p. ej., Jn. 14:17; 1 Jn. 4:12). Dios está siempre con su pueblo, desde el momento de la creación en el huerto del Edén, hasta el huerto restaurado que aparecerá con la renovación de todas las cosas.

3er Titulo:

El Espíritu Santo Reviste A La Iglesia De Dones Para El Servicio. (1ª a los Corintios 12:1 al 11). No quiero, hermanos, que ignoréis acerca de los dones espirituales. Sabéis que cuando erais gentiles, se os extraviaba llevándoos, como se os llevaba, a los ídolos mudos. Por tanto, os hago saber que nadie que hable por el Espíritu de Dios llama anatema a Jesús; y nadie puede llamar a Jesús Señor, sino por el Espíritu Santo. Ahora bien, hay diversidad de dones, pero el Espíritu es el mismo. Y hay diversidad de ministerios, pero el Señor es el mismo. Y hay diversidad de operaciones, pero Dios, que hace todas las cosas en todos, es el mismo. Pero a cada uno le es dada la manifestación del Espíritu para provecho. Porque a éste es dada por el Espíritu palabra de sabiduría; a otro, palabra de ciencia según el mismo Espíritu; a otro, fe por el mismo Espíritu; y a otro, dones de sanidades por el mismo Espíritu. A otro, el hacer milagros; a otro, profecía; a otro, discernimiento de espíritus; a otro, diversos géneros de lenguas; y a otro, interpretación de lenguas. Pero todas estas cosas las hace uno y el mismo Espíritu, repartiendo a cada uno en particular como él quiere.

   Comentario: DEFINICIÓN DEL CONCEPTO: Lo que quiere decir

   La palabra griega para don espiritual (carisma) está evidentemente relacionada con la gracia, porque caris significa “gracia”; por lo tanto, todo don espiritual proviene de la gracia. El uso que se le da al término en el Nuevo Testamento es bastante amplio, extendiéndose desde el don de la salvación (Ro. 6:23) hasta el don del cuidado providencial de Dios (2 Co. 1:11).

   Generalmente, se lo usa con referencia a los dones especiales o las capacidades que Dios da a los hombres, y, con la sola excepción de 1 Pedro 4: 10, en el Nuevo Testamento sólo Pablo usa la palabra. Cuando se refiere a un don para el servicio, parecería incluir los talentos naturales con los que se nace (como en Ef. 4, donde se pone el énfasis en los hombres dotados), como también los talentos sobra naturales que se otorgan en el momento de la salvación. De manera que el don espiritual se puede definir como la capacidad para servir dada por Dios. Su origen está en Dios; se trata de una habilidad especial, ya sea natural o sobrenatural; y su fin es que rinda frutos en el servicio.

   Lo que no quiere decir

  1. El don espiritual no es, estrictamente, el lugar de servicio. El don es la capacidad, no el lugar donde se ejerce la capacidad. Esto es algo que con frecuencia se confunde. Con frecuencia se piensa que el don del pastor, por ejemplo, es lo mismo que el pastorado, o sea el lugar donde ejerce su misión el pastor. Pero es evidente que un maestro o profesor puede ejercer un pastorado, mientras que un pastor puede cumplir la función de regente en un colegio.
  2. Fundamentalmente, un don espiritual es un ministerio e11carado hacia un grupo social en particular. No existe el don espiritual de la obra entre la juventud o la niñez. Si lo hubiera, tendría que haber uno también para los ancianos: y el autor nunca ha oído hablar de que alguien manifestara tener tal don. Los niños, los jóvenes, los adultos y los ancianos, todos necesitan por igual el beneficio de los dones del pastor, el maestro, etc.
  3. Tampoco es, estrictamente, algún ministerio especializado. No existe el don espiritual de escribir, el de la educación cristiana, etc., en las Escrituras; El don de enseñar que se menciona, por ejemplo, puede ejercerse a través de la página escrita o del programa educacional de la iglesia.

   El don espiritual es la capacidad, no el lugar del ministerio, ni las personas hacia quienes está enfocado, ni el carácter especializado del ministerio.

LA DISTRIBUCIÓN DE LOS DONES

   La distribución de los dones está sujeta a la dirección soberana del Espíritu Santo. “Pero todas estas cosas las hace uno y el mismo Espíritu, repartiendo a cada uno en particular como él quiere” (1Co. 12:11). Las Escrituras revelan que hay ciertas limitaciones en el método que emplea el Espíritu para la distribución.

   Hay limitación en cuanto al agente Como hemos expresado, el Espíritu es el agente que otorga los dones. El hombre puede colaborar en el desarrollo de los mismos, pero en última instancia la fuente definitiva de todos los

dones espirituales es el Espíritu.

   Hay limitación en cuanto a su extensión.

   Resulta obvio que ninguna persona ostenta todos los dones espirituales, pero es igualmente cierto que todo cristiano puede tener y ejercitar varios a la vez (1 Pe. 4: 1 0). Además, no es necesario que todas las congregaciones tengan todos los dones, si, como acabamos de decir, ningún creyente los posee a todos.

   Hay limitación en cuanto al tiempo

   Siendo que cada creyente no posee todos los dones, podría ser cierto que no todas las generaciones de creyentes posean todos los dones tampoco. Y en efecto, las Escrituras enseñan que el Espíritu no le ha dado todos los dones a cada una de las generaciones de creyentes. En la iglesia primitiva hubo dones iniciales de apóstol y profeta (Ef. 2:20), necesarios para poner los fundamentos, que no aparecen en los períodos posteriores de edificación de la sobre estructura de la iglesia. Los contemporáneos de Jesús evidenciaron ciertos dones milagrosos del Espíritu que no fueron evidenciados por la generación siguiente (He. 2:3-4). En rigor de verdad, no es argumento válido decir que todos los dones tienen que estar presentes en cada generación de la historia de la iglesia a fin de que ninguna generación de creyentes se vea desairada. Cuando se da un don una sola vez, lo recibe toda la iglesia. Por ejemplo, el don del apostolado que recibió Saulo de Tarso es un don para toda la iglesia en todas las generaciones. Todavía hoy nos beneficiamos con ese don dado una sola vez en el primer siglo.

EL DESARROLLO DE LOS DONES

   Aun cuando el Espíritu es la fuente de los dones espirituales, el creyente puede participar en el desarrollo de los mismos.

   Puede ambicionar que sus propios dones se desarrollen al máximo y que realmente esté dando todo lo que puede al Señor (1 Co. 12:31). Anhelar los mejores dones no consiste en sentarse a esperar que por arte de magia surja la fe suficiente para poder recibirlos como si llovieran del cielo. Es cuestión de prepararse diligentemente. Por ejemplo, si se anhela el don de la enseñanza, habrá que dedicar muchos años a desarrollar dicho don. El Espíritu Santo reparte los dones soberanamente, pero para el desarrollo de los mismos se vale de seres humanos con sus deseos, limitaciones, ambiciones, y demás características de la personalidad.

LA DESCRIPCIÓN DE LOS DONES

   El apostolado (Efesios 4:11; 1 Corintios 12:28)

   El apostolado puede entenderse en sentido general y en sentido limitado. En el sentido general la palabra significa uno que es enviado, o un mensajero. La palabra latina equivalente es la palabra “misionero”. En un sentido general todo cristiano es misionero o apóstol, porque ha sido enviado al mundo con un testimonio. Epafrodito es un buen ejemplo, porque para describirlo se usa la palabra “apóstol” (“vuestro mensajero”, Fil.2:25). Empero, en el sentido restringido, especializado, el don del apostolado se refiere a los “doce” (y tal vez a algunos más, como Pablo y Bernabé, Hch. 14: 14). Ellos fueron los dirigentes que colocaron los cimientos de la iglesia y sus credenciales fueron señales especiales (Ef. 2:20). Por cuanto se trata de un don que pertenecía al período primitivo de la historia de la iglesia, cuando se estaban colocando los fundamentos, la necesidad del don cesó y evidentemente no se ha dado más. “Edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo” (Ef. 2:20).

   La profecía (Romanos 12:6; 1 Corintios 12: 10; 14:1-10; Efesios 4:11)

   Esta palabra también se usa en el sentido general y en sentido restringido. En su sentido general significa predicar: así, hablando en términos generales, predicar es profetizar, y el que predica es profeta en que da a conocer el mensaje que viene de Dios. Pero el don de la profecía incluía la recepción de mensajes directos de Dios mediante revelación especial; incluía igualmente el ser guiado para darlos a conocer, como también algún modo de autenticación por Dios mismo. El contenido de dichos mensajes puede haber incluido la relación de sucesos futuros (que es lo que generalmente nos imaginamos como la función profética), pero también incluía la revelación divina de su pensamiento con respecto al momento presente.

   Este don también tuvo una duración limitada en el tiempo, porque su necesidad era evidente mientras se escribía el Nuevo Testamento, pero cesó una vez que se completaron todos los libros del mismo. El mensaje de Dios adquirió forma escrita, y ya no se agregó ninguna revelación nueva aparte de lo que estaba escrito.

   Es posible que el don de profecía haya sido repartido en fonna bastante amplia en la época del Nuevo Testamento, aun cuando las Escrituras sólo mencionan a unos cuantos profetas en fonna específica. De Jerusalén a Antioquía hubo profetas que predijeron que habría hambre. Uno de los profetas se llamaba Agabo (Hch. 11 :27-28). También se menciona que hubo profetas en la iglesia de Antioquía (Hch. 13:1), y Felipe tenía cuatro hijas que poseían el don de la profecía (Hch. 21:9). En la iglesia de Corinto los profetas ocupaban un lugar prominente también (1 Co. 14).

   El don de sanidad (1 Corintios 12:9, 28, 30) y el de hacer milagros (1 Corintios 12:28)

   Es la capacidad que consiste en realizar señales especiales.

   Pablo ejercitó dicho don en Éfeso cuando realizó curaciones milagrosas (Hch. 19:11-12). Y, sin embargo, a pesar de que tenía el don de hacer milagros, no consideró que debía usarlo en el caso de Epafrodito (Fil. 2:27) ni en el de Timoteo (1 TI. 5:23). El don de la sanidad parece constituir una categoría especial dentro del don más amplio de hacer milagros. Ejemplo del don de hacer milagros que no sea la curación física es la ceguera provocada a Elimas, el mago en Pafos, Chipre, por Pablo, durante su primer viaje misionero (Hch. 13:11).

   Es preciso hacer una distinción entre milagros y curaciones y los dones de hacer milagros y de curar. El don espiritual es la capacidad dada por Dios de hacer milagros y sanidades con el fin de servirle. Pero también se pueden realizar milagros y curaciones independientemente del ejercicio de dichos dones. El milagro de la señal física que acompañó a la recepción del Espíritu en Hechos 4:31 no tiene relación alguna con el ejercicio del don correspondiente de parte de ninguna persona. El milagro de la curación de Eneas en Lida parecería ser resultado de que Pedro ejerciera el don de la curación (Hch. 9:34), mientras que el acto de volver a la vida a Dorcas por el mismo Pedro puede no haber sido como resultado del ejercicio del don, sino resultado directo de la oración elevada a Dios (Hch. 9:40). Así, entonces, no se puede decir que todo milagro o toda curación sea resultado del ejercicio del don respectivo.

   En consecuencia, pues, no resulta que, si se considera que los dones de milagros y de curación son temporales, se está diciendo que Dios ya no hace milagros ni cura enfermos hoy día. Se está diciendo simplemente que el    Espíritu ya no da estos dones porque el propósito especial para el que fueron dados originalmente (es decir, para autenticar el mensaje oral) ya no tiene vigencia. La demostración histórica de que los dones de curación y de hacer milagros han cesado por cuanto el mensaje ya ha sido autenticado, la ha hecho eficazmente B.B. Warfield en su libro Counterfeit Miracles (Milagros Falsos). El milagro de la existencia de las epístolas vivientes afirma, constituye la autenticación apropiada del mensaje del evangelio de nuestros días.

   Si conferir estos dones especiales estaba limitado a la iglesia primitiva, ¿cómo hemos de interpretar la cuestión de la sanidad en el día de hoy? He aquí algunas de las cuestiones a considerar al buscar la respuesta a la pregunta anterior.

  1. Como ya se ha dicho, Dios no sólo puede curar, sino que realmente sana, independientemente del don de la sanidad. Dios contesta las oraciones, y las contesta también con relación a los problemas físicos; pero dichas respuestas a la oración no equivalen al ejercicio del don de la sanidad.
  2. Es evidente que es la voluntad de Dios que todas las personas se curen. Por ejemplo, no estaba en la voluntad de Dios librar a Pablo del aguijón que tenía en la carne (2 Co. 12:8-9).
  3. Los milagros y las curaciones no deben equipararse con el sobre-naturalismo en general. Un recurso de presión favorito de quienes pretenden curar mediante el ejercicio de la fe es el de decir que, si creemos en el poder sobrenatural de Dios, también tenemos que creer que puede sanar a la persona que tenemos delante. Esto sencillamente no es cierto; es una conclusión falsa.

   Dios no tiene necesidad de hacer uso de su poder sobrenatural a fin de demostrar’ que lo posee. Además, todo don que haya sido dado una sola vez, ha sido dado a toda la iglesia.

  1. Echar a un lado los medios humanos a nuestra disposición para sanar, y limitamos a orar para que se produzca una curación milagrosa, es como orar pidiendo una cosecha y sentamos en una hamaca en lugar de dedicamos a sembrar o a cultivar la tierra. Es más frecuente que Dios se valga de los medios humanos a nuestra disposición para realizar sus propósitos que lo contrario. Esto se aplica también a las cuestiones relativas a la curación.
  2. Los que sostienen que el don de la sanidad se ejerce hoy día tienen que admitir que el don tiene efectos limitados, porque no dicen que se puede curar dientes cariados, ni componer instantáneamente huesos rotos.
  3. Las noticias sobre curaciones milagrosas (dentro de los

límites que acabamos de mencionar) pueden ser ciertas (pero esto no tiene necesariamente relación con el don}, pueden ser falsas, o pueden referirse a la curación de algún mal de carácter psicosomático.

   Naturalmente, que las seis consideraciones mencionadas no se aplican a todos los casos, pero son pertinentes en relación con toda la cuestión de la sanidad en el día de hoy.

   Las lenguas (1 Corintios 12:10)

   El don de lenguas es la capacidad dada por Dios para hablar en otro idioma. En los casos que se mencionan en el libro de los Hechos los idiomas o lenguas parecen haber sido claramente lenguas extranjeras. No cabe duda de que así fue en el caso de Pentecostés, por cuanto los oyentes oían hablar sus propios idiomas; parecería que en casa de Cornelio también se trataba del mismo tipo de lenguas extranjeras (porque Pedro dice que ocurrió lo mismo que en Pentecostés, Hch. 1 0:46; 11: 15).

   El agregar la palabra “extraña” a 1 Corintios 14 ha llevado a muchas personas a suponer que las lenguas que se manifestaban en la iglesia de Corinto eran lenguas desconocidas, celestiales. Si se omite dicha palabra, lo normal sería pensar que las lenguas de Corinto eran iguales que las que se mencionan en los Hechos; es decir, lenguas extranjeras. Esta es la conclusión natural. Se oponen a este punto de vista 1 Corintios 14:2 y 14, versículos que parecerían indicar que las lenguas que aquí se mencionan eran desconocidas. En cualquier caso, los corintios estaban abusando del don de lenguas, y Pablo se vio obligado a fijar ciertas limitaciones a su uso. Se habría de usar únicamente para edificación; no debía haber más de dos o tres casos en una misma reunión y aun en estos casos siempre que estuviera presente algún intérprete; pero nunca debía dársele preferencia ante la profecía. El don de interpretación constituye un don complementario al de lenguas.

   El don de lenguas surgió como señal para los incrédulos (1 Co. 14:22), y especialmente para los judíos incrédulos (v. 21). En caso de que cesara la necesidad de la señal, naturalmente ya no haría falta que se otorgase más el don. (Véase la sección más adelante sobre 1 Corintios 13:8, p. 107).

   ¿Qué diremos de las lenguas en la actualidad? No sería posible decir que Dios jamás habría de dar hoy día este don o algún otro de los dones restringidos. Pero todo indica que la necesidad de este don ya no existe porque contamos con la Palabra escrita. Por supuesto, la posición pentecostal tradicional de que las lenguas constituyen un complemento necesario del bautismo del Espíritu Santo no tiene validez (como hemos visto en el capítulo 13).   Generalmente resulta infructuoso discutir las experiencias de la gente; lo único que podemos hacer es medir todas las experiencias a la luz de la Palabra escrita. Aun cuando el don de lenguas no fuera un don limitado o temporal, las Escrituras no ponen el énfasis en el uso del mismo. Además, conviene recordar que el fruto del Espíritu no incluye las lenguas, y la semejanza a Cristo no exige el hablar en lenguas, por cuanto Cristo no lo hizo nunca. Al mismo tiempo, tenemos que aceptar el criterio de René Pache, quien ha dicho muy sabiamente: “Qué Dios nos dé la humildad y la fidelidad necesarias para permanecer abiertos a todo lo que tiene origen en él, pero solamente a eso”.}

   La evangelización (Efesios 4:11)

  El significado del don de la evangelización encierra dos ideas: la clase de mensaje que se predica (vale decir, las buenas nuevas de salvación) y los lugares donde se lo predica (es decir, diversos lugares). El mensaje es el evangelio y el ministerio del evangelista es de tipo ambulante. En el ejemplo de la vida del propio Pablo, la duración de su estadía en un mismo lugar en el curso de su itinerario a veces alcanzaba hasta dos años (Hch.19: 10) y otras veces solamente unos días (Hch. 17: 14).

   Aparentemente, se puede hacer la obra de evangelista aun sin tener el don, porque Pablo exhorta a Timoteo, que era pastor, a que haga la obra de evangelista (2 Ti. 4:5).

   El pastor (Efesios 4:11)

   La palabra “pastor” está asociada con la idea de cuidar las ovejas; por lo tanto, el don del pastor consiste en guiar, cuidar, proporcionar alimento y proteger al sector de la manada que Dios le ha encomendado. En Efesios 4:11 se asocia la tarea de la enseñanza con la del pastoreo, y en Hechos 20:28 se agrega la obligación de gobernar a las ovejas. Las palabras “anciano”, “obispo” y “pastor” (traducida “apacentar” en Hch. 20:28) se usan todas en relación con los mismos dirigentes de la iglesia de Éfeso (cp. Hch. 20:17 y 28).

   El servicio (Romanos 12:7;

   1 Corintios 12:28; Efesios 4:12)

   El don de servir es el don de ayudar o ministrar en el sentido más amplio de la palabra. En el pasaje de Romanos se lo denomina servicio; en 1 Corintios es ayuda; en Efesios se nos dice que hay dones que se da con el fin de ayudar a los creyentes para que a su vez puedan servir o hacer la obra del ministerio. Se trata de un don sumamente básico que todo cristiano puede poseer y usar para la gloria del Señor.

   La enseñanza (Romanos 12:7; 1 Corintios 12:28; Efesios 4:11)

   La enseñanza es la capacidad dada por Dios para explicar la armonía y los detalles de la revelación divina. Evidentemente este don se da sólo a veces (Ro. 12:7), mientras que otras veces viene acompañado del don del pastor (Ef. 4:11). En el caso de este don de enseñar resulta más obvio que en otros el hecho de que se lo puede desarrollar y que requiere preparación. Si podemos suponer que Pedro lo tenía, resulta claro que primeramente tuvo que estudiar las cartas de Pablo antes de poder explicárselas a otros (2 P. 3:16).

   La fe (1 Corintios 12:8-10)

   La fe es la capacidad dada por Dios de creer en el poder de Dios para suplir necesidades específicas. A todo hombre se le ha dado una medida de fe (Ro. 12:3), pero no a todos se les ha dado el don de la fe. Todos pueden creer en Dios, pero esto no ha de ser igual que tener el don de la fe; de otro modo no tendría sentido haber colocado la fe en la lista de dones espirituales, como algo independiente.

La exhortación (Romanos 12:8)

Exhortar incluye la tarea de dar ánimo, de consolar, de amonestar. Nótese que se trata de un don distinto del de enseñar. En otras palabras, la enseñanza puede incluir o no la exhortación, y del mismo modo la exhortación puede o no incluir la enseñanza.

   El discernimiento de espíritus (1 Corintios 12:10)

   Discernir espíritus es la capacidad de distinguir entre las fuentes verdaderas y las falsas de la revelación sobrenatural cuando ésta se daba en forma oral. Se trataba de un don muy necesario antes de que fuera escrita la Palabra, porque no faltaban los que afirmaban que traían revelación divina pero que realidad eran profetas falsos.

   La misericordia (Romanos 12:8)

   Este don es similar al del servicio, porque envuelve la tarea de socorrer a los enfermos y los afligidos.

   El don de dar o “repartir” (Romanos 12:8)

   El don de dar se refiere a la distribución del dinero propio para ayudar a los demás. Se ha de cumplir con sencillez; es decir, sin pensar en la recompensa o la ganancia en ningún sentido.

   La administración (Romanos 12:8; 1 Corintios 12:28)

   Se trata de la capacidad para gobernar la iglesia.

1 CORINTIOS 13:8

   Algunos estiman que la expresión “cesarán las lenguas” en 1 Corintios 13:8 constituye prueba de que el don de lenguas, específicamente, tenía carácter limitado. El argumento en contra de esta interpretación es que el pasaje en cuestión traza un contraste entre la situación presente y el estado eterno, y por lo tanto no se refiere al don de lenguas. Sin embargo, se ha de notar que el contexto más amplio e inmediato se refiere en gran medida al don de lenguas y no existe razón para no considerar que el versículo se refiera al don de lenguas. También vale la pena notar que la tesis principal en el capítulo 13 es la de que el amor nunca falla, aun cuando las lenguas y la profecía sí fallan, y aun cuando todo el estado actual de cosas también fracasa. Las lenguas podrían cesar antes que cese el tiempo y comience la eternidad sin que se destruya el sentido del pasaje. Más aún, es posible que dicha progresión sirva para demostrar lo que decimos; o sea, Pablo está diciendo que:

  • cuando cesan las lenguas el amor permanece;
  • aun cuando el tiempo mismo se acabe, el amor no obstante permanecerá.

   En el versículo 8 hay indicaciones positivas de que las lenguas habrían de cesar antes que las profecías y el conocimiento. De las profecías (la comunicación oral de la doctrina divina antes de que se escribieran los libros del canon) y el conocimiento (la facultad de comprender dichas profecías) está escrito que se acabarán (kataregeo, “volver inoperante”). De las lenguas se dice que cesarán (pauo). Más todavía, el verbo “acabar” que se usa en relación con las profecías y el conocimiento está en voz pasiva, para indicar que alguien (Dios) los habrá de abolir. El verbo “cesar” que se usa en el caso de las lenguas está en la voz media, para indicar que se habrán de morir por sí solas.

   Finalmente, resulta bastante significativo que solamente se mencione la profecía y el conocimiento en el versículo 9; en cambio no se menciona las lenguas, como si Pablo quisiera que sus lectores comprendiesen que el don de lenguas habría de cesar antes que los dones de profecía y de conocimiento. Después de todo, el hecho de que existen dones temporales debe haber sido algo bastante evidente en la iglesia primitiva (ya que el carácter distintivo del don del apóstol les habría resultado muy evidente a todos). A los lectores de las epístolas del Nuevo Testamento no les debe haber sorprendido en absoluto que se les dijera que el don de lenguas, por ejemplo, tenía valor temporal.

   Lamentablemente, en nuestros días con demasiada facilidad olvidamos que las Escrituras enseñan claramente que algunos de los dones eran temporales (Ef. 2:20). Parece que 1 Corintios 13:8 especifica que el don de lenguas pertenece a dicha categoría también.

   Texto: Los Hechos Cap. 4, versículo 31. Cuando hubieron orado, el lugar en que estaban congregados tembló; y todos fueron llenos del Espíritu Santo, y hablaban con denuedo la palabra de Dios.

   Comentario del texto: No todas las oraciones reciben una respuesta inmediata, pero en este caso Dios fortalece la fe de los creyentes dando indicación de que les ha oído. Esto nos recuerda la experiencia de Pablo y Silas en la cárcel de Filipos.

   Mientras ellos oraban y cantaban himnos de alabanza a Dios en medio de la noche, de repente un violento temblor sacudió los cimientos de la prisión (16:26). En forma parecida, Dios mostró su divina aprobación a los apóstoles haciendo temblar la casa donde estaban reunidos y para lograr tal efecto, pareciera que usó un temblor.

Dios dio a los apóstoles una señal que, así como había sacudido la casa con un temblor así habría de mover al mundo con el evangelio de Cristo.

   Observemos el paralelo entre Pentecostés y este acontecimiento. El día de Pentecostés, un viento violento sopló y llenó la casa donde los creyentes estaban sentados (2:2). En seguida, se vieron lenguas como de fuego que se posaron sobre cada uno de ellos; “y fueron llenos con el Espíritu Santo y empezaron a hablar en otras lenguas como el Espíritu les daba que hablaran” (2:4). Después de la liberación de Pedro y Juan, los cristianos oraron. Entonces el lugar donde se encontraban reunidos tembló; “y todos fueron llenos del Espíritu Santo, y empezaron a hablar la Palabra de Dios con valor”.

   Las diferencias entre ambos acontecimientos son: a) el soplar del viento versus el temblor del lugar donde estaban reunidos; b) la manifestación externa de lenguas de fuego en un caso y la manifestación interna de valor en el otro; por último, c) la habilidad de hablar otros idiomas en Pentecostés y el valor al hablar de la palabra de Dios ahora.

   Las semejanzas son llamativas: el Espíritu Santo viene en respuesta a la oración (1:14; 4:24–30); el Espíritu llena a todos los presentes (2:4; 4:31); y todos proclaman las maravillas de la palabra de Dios (2:11; 4:31). Los creyentes reciben un nuevo derramamiento del Espíritu Santo, que los llena de valor de manera que proclaman las Buenas Nuevas. Lucas no dice a quiénes expusieron los discípulos con gran valor la palabra de Dios; quizás fue primero en su propio círculo y luego, en abierta oposición con la amenaza hecha por el Sanedrín, a los demás.

   De esta manera, el término valor resulta sumamente significativo y muy apropiadamente describe el hablar de los apóstoles y de sus colaboradores. Ellos son los que proclaman la “palabra de Dios”, la cual, en el contexto de Hechos es un sinónimo del evangelio de Jesucristo. Lucas nos da un atisbo de su valor cuando escribe más adelante: “Y todos los días, en el templo y por las casas, no cesaban de enseñar y predicar a Jesucristo” (5:42).

¿Eres Salvo? ¿Tienes la seguridad del perdón de tus pecados? ¿Eres Bautizado en el Espíritu Santo?

Amén, para la gloria de Dios.

Bibliografía: C.N.T. Comentario del Nuevo Testamento, G. Hendriksen; Biblia RV 1960.

Aporte del libro de Charles C. Ryrie

El Espíritu Santo por Edwin H. Palmer

 

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Hno Roberto Saldías Roa

Miembro de la IEP en Nacimiento Bajo, nació en el evangelio del Señor en la Iglesia de Laja 1975. Casado con María Nahuelmán, estudia teología de manera autodidacta. Me gusta mucho leer y escribir.