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Semana del 19 al 25 de agosto de 2019: “El sacramento de la Santa Cena en la Iglesia”

Semana del 19 al 25 de agosto de 2019: “El sacramento de la Santa Cena en la Iglesia”

Lectura Bíblica: 1ª a los Corintios 11:23 al 26. Porque yo recibí del Señor lo que también os he enseñado: Que el Señor Jesús, la noche que fue entregado, tomó pan; y habiendo dado gracias, lo partió, y dijo: Tomad, comed; esto es mi cuerpo que por vosotros es partido; haced esto en memoria de mí. Asimismo, tomó también la copa, después de haber cenado, diciendo: Esta copa es el nuevo pacto en mi sangre; haced esto todas las veces que la bebiereis, en memoria de mí. Así, pues, todas las veces que comiereis este pan, y bebiereis esta copa, la muerte del Señor anunciáis hasta que él venga.

   Comentario 1: 1) SANTA CENA (Según el Dr. George Pardington Estudios de Doctrina cristiana, pág. 246-247).

(I). Definición. La Santa Cena, o Cena del Señor, es una ordenanza instituida por Cristo para que sea observada por sus seguidores, y consiste en la consagración de pan y vino con las palabras de la institución, seguida por el acto de comer los elementos consagrados. La Santa Cena es simbólica de la comunión del creyente con Cristo: Mt. 26-30; Lc. 22:19, 20; 1 Co. 11:23-24

   NOTA. – Alguien ha sugerido que el bautismo puede ser llamado el sacramento de regeneración, y la Santa Cena el sacramento de santificación. Hay varios nombres en uso para Santa Cena: Santa Cena, Comunión, Eucaristía, sacramento de la Cena del Señor, Cena Conmemorativa y Ordenanza de la cena del Señor.

(II). Puntos de vista. I-lay cuatro puntos de vista principales sobre la Santa Cena entre los cristianos.

  1. Transustanciación. Éste es el punto de vista de la Iglesia Romana. Esta Iglesia enseña que mediante la consagración por el sacerdote los elementos de pan y vino se convierten en el verdadero cuerpo y sangre de Cristo. Por tanto, el comulgante participa de Cristo físicamente, por la boca, completamente aparte del aprovechamiento espiritual por la fe.
  2. Consustanciación. Es éste el punto de vista luterano, y enseña que, aunque el pan y el vino no cambian, sin embargo, hay una verdadera, aunque mística participación de Cristo por la boca. La participación es por la fe, siendo, éste el misterio inexplicable del sacramento.
  3. Punto de vista Zwingliano. Éste enseña que la Santa Cena es sencillamente una conmemoración de si persona y sacrificio. Es netamente una fiesta conmemorativa. El Señor no está presente en los sentimientos devotos y captación espiritual, sino sólo en la misma forma como lo están nuestros queridos deudos que se han ido, de los cuales recordamos sus virtudes y buenas obras.
  4. Punto de vista calvinista. Éste es el punto de vista evangélico generalmente aceptado por la Iglesia Protestante. Al contrario del punto romanista, enseña que los elementos no se convierten en la presencia verdadera y corporal de Cristo. También, y al contrario del punto luterano, enseña que no hay participación física de Cristo por la boca. Aún más, y oponiéndose al punto de vista de Zwinglio, enseña que la Santa Cena es más que una fiesta conmemorativa. El punto de vista calvinista afirma que después de la consagración los elementos no cambian, y que aparte de sentimientos devotos y aprovechamiento espiritual, la Cena no tiene valor. Además. enseña positivamente que por medio de estos elementos de la Cena el Creyente se pone en tal contacto vital con Cristo que no es posible lograrlo por otro medio de gracia, sino sólo comiendo por fe su carne y bebiendo su sangre. permaneciendo así en Él. La verdad simbolizada por la Santa Cena está en Jn. 6:51-58. Agustín, en el siglo IV dio el corazón mismo del significado espiritual de la Comunión cuando dijo: «Creed y habréis comido»

1er Título:

Instituido Por Cristo. (San Lucas 22:19 y 20. Y tomó el pan y dio gracias, y lo partió y les dio, diciendo: Esto es mi cuerpo, que por vosotros es dado; haced esto en memoria de mí. De igual manera, después que hubo cenado, tomó la copa, diciendo: Esta copa es el nuevo pacto en mi sangre, que por vosotros se derrama.).

2°Título

Significado De Los Elementos De Pan Y Vino. (San Juan 6:48 al 57. Yo soy el pan de vida. Vuestros padres comieron el maná en el desierto, y murieron. Este es el pan que desciende del cielo, para que el que de él come, no muera. Yo soy el pan vivo que descendió del cielo; si alguno comiere de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo daré es mi carne, la cual yo daré por la vida del mundo. Entonces los judíos contendían entre sí, diciendo: ¿Cómo puede éste darnos a comer su carne? Jesús les dijo: De cierto, de cierto os digo: Si no coméis la carne del Hijo del Hombre, y bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna; y yo le resucitaré en el día postrero. Porque mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre, en mí permanece, y yo en él. Como me envió el Padre viviente, y yo vivo por el Padre, asimismo el que me come, él también vivirá por mí.).

3er Titulo

Tomando La Cena Indignamente. (13 a los Corintios 11:27 al 32. De manera que cualquiera que comiere este pan o bebiere esta copa del Señor indignamente, será culpado del cuerpo y de la sangre del Señor. Por tanto, pruébese cada uno a sí mismo, y coma así del pan, y beba de la copa. Porque el que come y bebe indignamente, sin discernir el cuerpo del Señor, juicio come y bebe para sí. Por lo cual hay muchos enfermos y debilitados entre vosotros, y muchos duermen. Si, pues, nos examinásemos a nosotros mismos, no seríamos juzgados; mas siendo juzgados, somos castigados por el Señor, para que no seamos condenados con el mundo).  

   Comentario 2: LA CENA DEL SEÑOR (Comentario por Wayne Grudem. Como entender la Iglesia)

¿Cuál es el Significado de la Cena del Señor?

¿Cómo debe ser observada?

   Explicación Y Base Bíblica

   El Señor Jesús instituyó dos ordenanzas (0 sacramentos) que debían ser observadas por la iglesia. El capítulo anterior discutió el bautismo, una ordenanza que solo se observa una vez por cada persona, como una señal del comienzo de su vida cristiana. Este capítulo discute la Cena del Señor, una ordenanza que se debe observar repetidamente a lo largo de nuestra vida cristiana, como una señal de permanente compañerismo con Cristo.

   (A). Trasfondo de la historia de la redención

   Jesús instituyó la Cena del Señor de la siguiente manera:

   Mientras comían, Jesús tomó el pan y lo bendijo. Luego lo partió y se lo dio a sus discípulos, diciéndoles:

   —Beban de ella todos ustedes. Esto es mi sangre del pacto, que es derramada por muchos para el perdón de pecados. Les digo que no beberé de este fruto de la vid desde ahora en adelante, hasta el día en que beba con ustedes el vino nuevo en el reino de mi Padre. (Mateo 26:26-29)

   Pablo añade las siguientes frases de la tradición que él recibió (1 Co 11:23):

   Esta copa es el nuevo pacto en mi sangre; hagan esto, cada vez que beban de ella, en memoria de mí. (1ª a los Corintios 11:25)

   ¿Hay antecedentes de esta ceremonia en el Antiguo Testamento? Parece que, si los hay, porque también hubo ejemplos de comer y beber en la presencia de Dios en el Antiguo Testamento. Por ejemplo, cuando el pueblo de Dios estaba acampado ante el monte Sinaí, justo después que Dios había dado los Diez Mandamientos, Dios llamó a los líderes de Israel a subir a la montaña a reunirse con él:

   Moisés y Aarón, Nadab y Abiú, y los setenta ancianos de Israel subieron y vieron al Dios de Israel […] vieron a Dios, y siguieron con vida Lit. comieron y bebieron. (Éxodo 24:9-11)

   Por otra parte, cada año el pueblo de Israel debía diezmar (dar una décima parte de) todas sus cosechas. Entonces la ley de Moisés especificaba:

   “En la presencia del SEÑOR tu Dios comerás la décima parte de tu trigo, tu vino y tu aceite, y de los primogénitos de tus manadas y rebaños; lo harás en el lugar donde él decida habitar. Así aprenderás a temer siempre al SEÑOR tu Dios […] allí, en presencia del SEÑOR tu Dios, tú y tu familia comerán y se regocijarán.

(Deuteronomio 14:23, 26)”

   Pero aún antes que eso, Dios había puesto a Adán y Eva en el Huerto del Edén y les había dado toda su abundancia para comer (excepto del fruto del árbol del conocimiento del bien y el mal). Puesto que no había pecado en esa situación, y puesto que Dios los había creado para tener compañerismo con él y glorificarlo, cada comida que Adán y Eva ingirieran habría sido una comida de celebración en la presencia del Señor.

   Cuando este compañerismo en la presencia de Dios fue más tarde tronchado por el pecado, Dios permitió aún algunas comidas (tales como el diezmo de los frutos arriba mencionado) que las personas debían ingerir en su presencia. Estas comidas constituían una restauración parcial del compañerismo con Dios del que Adán y Eva disfrutaban antes de la Caída, aunque ello estaba dañado por el pecado. Pero el compañerismo de comer en la presencia del Señor que encontramos en la Cena del Señor es mucho mejor. Las comidas sacrificiales del Antiguo Testamento constantemente apuntaban al hecho de que aún no se había pagado por los pecados, porque en ellas los sacrificios se repetían año tras año, y porque apuntaban al Mesías que habría de venir y quitaría el pecado (véase Heb 10:1-4). La Cena del Señor, sin embargo, nos recuerda que ya se ha consumado el pago de Jesús por nuestros pecados, de manera que ahora comemos en presencia del Señor con gran regocijo.

   Pero incluso la Cena del Señor apunta a una comida de más maravillosa comunión en la presencia de Dios en el futuro, cuando se restaure el compañerismo del Edén y allí habrá un gozo aún mayor, porque aquellos que comen en la presencia de Dios serán pecadores perdonados, confirmados ahora en su justicia, incapaces de pecar otra vez. Jesús alude a ese tiempo futuro de gran regocijo y de comer en la presencia de Dios cuando dice: «Les digo que no beberé de este fruto de la vid desde ahora en adelante, hasta el día en que beba con ustedes el vino nuevo en el reino de mi Padre» (Mt 26:29). Se nos habla más explícitamente sobre la cena de las bodas del Cordero en Apocalipsis: «El ángel me dijo: «Escribe: “¡Dichosos los que han sido convidados a la cena de las bodas del Cordero!” ›› (Ap 19: 19). Este será un tiempo de gran regocijo en la presencia del Señor, así como un tiempo de temor reverente ante él.

   Entonces, de Génesis a Apocalipsis, el propósito de Dios ha sido traer a su pueblo a un compañerismo consigo mismo, y uno de los grandes gozos de experimentar tal compañerismo es el hecho de que podemos comer y beber en la presencia del Señor. Sería saludable para la iglesia hoy en día recuperar un sentido más vivido de la presencia de Dios en la Cena del Señor.

(B). Significado de la Cena del Señor

   El significado de la Cena del Señor es complejo, rico e íntegro. En la Cena del Señor hay varios símbolos y cosas que se declaran.

(1). La muerte de Cristo. Cuando participamos en la Cena del Señor simbolizamos la muerte de Cristo porque nuestras acciones dan una imagen de su muerte por nosotros. Cuando se parte el pan, esto simboliza el quebrantamiento del cuerpo de Cristo, y cuando la copa se vierte, esto simboliza la sangre de Cristo que se derramó por nosotros. Por esta razón participar en la Cena del Señor es una suerte de proclamación: «Porque cada vez que comen este pan y beben de esta copa, proclaman la muerte del Señor hasta que él venga (1 Co 11:26).

(2). Nuestra participación en los beneficios de la muerte de Cristo. Jesús mandó a sus discípulos: «Tomen y coman; esto es mi cuerpo» (Mt 26.26). Cuando individualmente nos adelantamos y tomamos la copa, cada uno de nosotros proclama con esta acción: «Me apropio de los beneficios de la muerte de Cristo». Cuando hacemos esto simbolizamos el hecho de que participamos o nos apropiamos de los beneficios ganados para nosotros por la muerte de Jesús.

(3). Alimento espiritual. justo como la comida ordinaria alimenta nuestros cuerpos físicos, así el pan y el vino de la Cena del Señor nos dan alimento. Pero también describen el hecho de que Cristo da a nuestras almas alimento y refrigerio espiritual. De hecho, la ceremonia que Cristo instituyó está destinada por su propia naturaleza a enseñarnos esto. Jesús dijo:

   “Ciertamente les aseguro -afirmó Jesús- que si no comen de la carne del Hijo del hombre ni beben su sangre, no tienen realmente vida. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el día final. Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí y yo en él. Así como me envió el Padre viviente, y yo vivo por el Padre, también el que come de mí, vivirá por mí. (juan 6:53-57)”.

   Ciertamente Jesús no habla de ingerir literalmente su cuerpo y su sangre. Pero si no habla de un comer y beber literales, entonces debe tener en mente una participación espiritual en los beneficios de la redención que él conquista. Este alimento espiritual, tan necesario para nuestras almas se experimenta y a la vez simboliza en nuestra participación en la Cena del Señor.

(4). La unidad de los creyentes. Cuando los creyentes participan juntos en la Cena del Señor también dan una clara señal de unidad unos con otros. De hecho, Pablo dice: «Hay un solo pan del cual todos participamos; por eso, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo» (1 Co 10:17).

   Cuando unimos estas cuatro cosas, comenzamos a darnos cuenta del rico significado de la Cena del Señor: cuando participo vengo a la presencia de Cristo; recuerdo que él murió por mí; participo en los beneficios de su muerte; recibo alimento espiritual; y estoy unido a todos los demás creyentes que participan en la Cena. ¡Qué gran motivo de acción de gracias y gozo se debe encontrar en esta Cena del Señor!

   Pero además de estas verdades visiblemente expuestas por la Cena del Señor, el hecho de que Cristo haya instituido esta ceremonia para nosotros quiere decir que por medio de ella él nos promete o nos asegura ciertas cosas también. Cuando participamos en la Cena del Señor, se nos deben recordar una y otra vez las siguientes aseveraciones que Cristo nos hace:

(5). Cristo confirma su amor por mí. E1 hecho de que puedo participar en la Cena del Señor —de hecho, Jesús me invita a venir— es un vivido recordatorio y confirmación visual de que Jesús me ama, individual y personalmente. Por consiguiente, cuando me acerco a tomar la Cena del Señor se restablece una y otra vez la confianza del amor personal de Cristo por mí.

(6). Cristo afirma que todas las bendiciones de la salvación están reservadas para mí. Cuando me acerco a la invitación de Cristo a la Cena del Señor, el hecho de que él me haya invitado a su presencia me asegura que tiene abundantes bendiciones para mí. En esta Cena de hecho saboreo de antemano la comida y la bebida del gran banquete en la mesa del Rey. Vengo a esta mesa como miembro de su familia eterna. Cuando el Señor me da la bienvenida a su mesa, me asegura así mismo que me dará la bienvenida a todas las otras bendiciones de la tierra y el cielo, y especialmente a la gran cena de las bodas del Cordero, en la que se ha reservado un puesto para mí.

(7). Yo afirmo mi fe en Cristo. Por último, cuando tomo el pan y la copa, por mis acciones proclamo: «Te necesito y confió en ti, Señor Jesús, para que perdones mis pecados y concedas vida y salud a mi alma, porque solo por tu quebrantado cuerpo y tu sangre derramada puedo ser salvado». De hecho, al participar en la partición del pan cuando lo como en el verter la copa cuando bebo de ella, proclamo una otra vez que mis pecados fueron en parte la causa del sufrimiento y la muerte de Cristo. De esta manera, la pena, el gozo, la acción de gracias y un profundo amor por Cristo se entremezclan ricamente en la belleza de la Cena del Señor.

(C). ¿Cómo está Cristo presente en la Cena del Señor?

(1). El punto de vista católico romano: transubstanciación. De acuerdo con la enseñanza de la Iglesia Católica Romana, el pan y el vino se convierten realmente en el cuerpo y la sangre de Cristo. Esto ocurre cuando el sacerdote dice: «Esto es mi cuerpo» durante la celebración de la misa. Al mismo tiempo que el sacerdote dice esto, el pan se eleva y se adora. Esta acción de elevar el pan y pronunciar que es el cuerpo de Cristo solo puede ser realizada por un sacerdote.

   Cuando esto sucede, de acuerdo con la enseñanza católica romana, se imparte la gracia a los que están presentes ex opera operato, esto es, «por la obra realizada››,1 pero el monto de la gracia dispensada está en proporción con la disposición subjetiva del receptor de la gracia. Por otra parte, cada vez que se celebra la misa, se repite el sacrificio de Cristo (en cierto sentido), y la Iglesia Católica es cuidadosa al afirmar que, aunque este es un sacrificio real, no es lo mismo que el sacrificio que Cristo pagó sobre la cruz.

   Así que, en Fundamental; of Catholic Dogma [Fundamentos del Dogma Católico de Ludwig], Ott enseñan lo siguiente:

   Cristo se hace presente en el Sacramento del Altar por la transformación de toda la sustancia del pan en su Santo Cuerpo y de toda la sustancia del vino en su Sangre […] Esta transformación se llama Transubstanciación. (p. 379)

   El poder de la consagración reside solo en su sacerdote válidamente consagrado. (p. 397)

   El Culto de la Adoración (Latría) debe ser dado al Cristo presente en la Eucaristía {…] Este obedece a la integridad y la permanencia de la Real Presencia que el absoluto tributo de adoración (Cultus Latriae) le debe al Cristo presente en la Eucaristía. (p. 387)

   En la enseñanza católica, debido a que los elementos del pan y el vino se convierten literalmente en el cuerpo y la sangre de Cristo, la iglesia no permite desde hace muchos siglos que los laicos beban de la copa de la Cena del Señor (por temor que se derrame la sangre de Cristo) sino solo coman del pan. El manual de Ott nos dice:

   La comunión bajo las dos formas no es necesaria para ningún miembro individual de los Pieles, ya sea por motivo de un precepto Divino o como medio de salvación […] La razón es que Cristo está completo e íntegro bajo cada una de las especies […] La abolición de la recepción del cáliz en la Edad Media (siglos 12 y 13) ordenada por razones prácticas, principalmente por el peligro de profanación del Sacramento. (p. 397)

   Con respecto al real sacrificio de Cristo en la misa, el manual de Ott dice:

   La Santa Misa es un Sacrificio apropiado y verdadero. (p.402)

   En el Sacrificio de la Misa y en el Sacrificio de la Cruz el Don Sacrificial y el Sacerdote Primordial que Sacrifica son idénticos; solo la naturaleza y el modo de la ofrenda son diferentes […] El Don Sacrificial es el Cuerpo y la Sangre de Cristo […] El Sacerdote Primordial que Sacrifica es Jesucristo, quien utiliza al sacerdote humano como su siervo y representante y realiza la consagración a través de él. De acuerdo con el punto de vista Tomista, en cada misa Cristo también lleva a cabo una actividad sacrificial inmediata real la que, sin embargo, no debe ser concebida como la totalidad de muchas acciones sucesivas sino como un único acto sacrificial ininterrumpido del Cristo Transfigurado.

   El propósito del sacrificio es el mismo en el Sacrificio de la Misa que en el Sacrificio de la Cruz; en primer lugar, la glorificación de Dios, en segundo lugar, expiación, acción de gracias y súplica. (p. 408)

   Como sacrificio propiciatorio […] el Sacrificio de la Misa lleva a cabo la remisión de pecados y el castigo por los pecados; como sacrificio de súplica […] propicia la dispensación de dones sobrenaturales y naturales. El Sacrificio de propiciación de la Eucaristía puede ser ofrecido, como lo afirmó expresamente el Concilio de Trento, no sólo por los vivos, sino también por las pobres almas del Purgatorio. (pp. 412-13)

   En respuesta a la enseñanza católica romana sobre la Cena del Señor, debe decirse que ella primero no reconoce el carácter simbólico de las afirmaciones de Jesús cuando declaró: «Este es mi cuerpo», 0 «Esta es mi sangre». Jesús habló muchas veces de manera simbólica cuando se refería a sí mismo. Dijo, por ejemplo, «Yo soy la vid verdadera» (Jn 15:1). o «Yo soy la puerta; el que entre por esta puerta, que soy yo, será salvo» (Jn 1019); o, «Yo soy el pan que bajó del cielo» (Jn: 6:41). De manera similar, cuando Jesús dice: «Este es mi cuerpo», habla en forma simbólica, no de una manera real, física y literal. De hecho, cuando él estaba sentado con sus discípulos sosteniendo el pan, el pan estaba en su mano, pero era distinto de su cuerpo, y eso era evidente, por supuesto, para los discípulos. Ninguno de los discípulos presentes habría pensado que el pedazo de pan que Jesús sostenía en su mano era realmente su cuerpo físico, porque podían ver el cuerpo ante sus ojos. Como es natural, ellos habrían entendido la declaración de Jesús de una manera simbólica. De igual forma, cuando Jesús dijo: Esta copa es el nuevo pacto en mi sangre, que es derramada por ustedes» (Lc 22:20), ciertamente no quería decir que la copa era realmente el nuevo pacto, sino que la copa representaba el nuevo pacto.

   Por otra parte, el punto de vista católico romano no reconoce la clara enseñanza del Nuevo Testamento sobre el carácter final y completo del sacrificio de Cristo por nuestros pecados de una vez y para siempre. El libro de Hebreos enfatiza esto muchas veces, como cuando dice: «Ni entró en el cielo para ofrecerse vez tras vez, como entra el sumo sacerdote en el Lugar Santísimo cada año con sangre ajena. Si así fuera, Cristo habría tenido que sufrir muchas veces desde la creación del mundo. Al contrario, ahora, al final de los tiempos se ha presentado una sola vez y para siempre a fin de acabar con el pecado mediante el sacrificio de sí mismo […] Cristo fue ofrecido en sacrificio una sola vez para quitar los pecados de muchos» (Heb 9:25-28). Decir que el sacrificio de Cristo continúa o que se repite en la misa ha sido, desde la Reforma, una de las doctrinas católicas romanas más objetables desde el punto de vista de los protestantes. Cuando nos damos cuenta de que el sacrificio de Cristo por nuestros pecados está completo y consumado («Consumado es, Jn 19:30; cf. Heb 1:3), ello nos da una gran certidumbre de que se ha pagado por todos nuestros pecados, y de que ya no queda sacrificio alguno por pagar. Pero la idea de una continuación del sacrificio de Cristo destruye nuestra certidumbre de que Cristo realizó el pago y que Dios el Padre lo aceptó, y de ya que «no hay ninguna condenación›› (Ro 8:1) pendiente contra nosotros.

   Para los protestantes, la idea de que la misa es en algún sentido una repetición de la muerte de Cristo parece señalar un regreso a los repetidos sacrificios del Antiguo Testamento, los cuales eran «un recordatorio anual de los pecados» (Heb 10:3). En lugar de la certidumbre de un completo perdón de pecados a través de «un solo sacrificio para siempre» (Heb 10:12), la idea de que la misa es un sacrificio repetido constituye un constante recordatorio de los pecados y de la culpa pendiente que debe ser expiada semana tras semana.

   En relación con la enseñanza de que solo sacerdotes pueden oficiar la Cena del Señor, el Nuevo Testamento no ofrece ningunas instrucciones que planteen restricciones sobre las personas que pueden presidir en la Comunión. Y como la Escritura no nos plantea tales restricciones, no parece justificado decir que solo los sacerdotes pueden dispensar los elementos de la Cena del Señor. Por otro lado, como el Nuevo Testamento enseña que todos los creyentes son sacerdotes y miembros de un «real sacerdocio» (1 P 2:9; cf. Heb 4:16; 10:19-22), no debemos especificar una cierta clase de personas que tienen los derechos de los sacerdotes, como en el antiguo pacto, sino que debemos enfatizar que todos los creyentes comparten el gran privilegio espiritual de acercarse a Dios.

   Por último, cualquier mantenimiento de la restricción que no haría posible a los laicos beber de la copa de la Cena del Señor utilizaría el argumento de la tradición y la precaución para justificar la desobediencia de los mandamientos directos de Jesús, no solo del mandamiento a sus discípulos cuando dijo: «Beban de ella todos ustedes» (Mt 26.27), sino la instrucción que Pablo registró, en la que Jesús dijo: «hagan esto, cada vez que beban de ella, en memoria de mí» (1 Co 11.25).

   (2). El punto de vista luterano: «En, con y bajo». Martín Lutero rechazó el punto de vista católico romano, pero insistió en que la frase «Este es mi cuerpo» había que tomarla en cierto sentido como una afirmación literal. Su conclusión no fue que el pan se convierte realmente en el cuerpo físico de Cristo, sino que el cuerpo físico de Cristo está presente «en, con y bajo» el pan de la Cena del Señor. El ejemplo que a veces se ofrece es decir que el cuerpo de Cristo está presente en el pan como el agua está presente en una esponja: el agua no es la esponja, pero está presente «en, con, y bajo» una esponja, y está presente dondequiera que esté presente la esponja. Otros ejemplos que se ofrecen son los del magnetismo en un imán o un alma en el cuerpo. La interpretación luterana de la Cena del Señor se encuentra en el manual de Francis Pieper, Christian Dogmatics.  Este cita el Catecismo Menor de Lutero: «¿Cuál es el Sacramento del Altar? Es el verdadero cuerpo y sangre de nuestro Señor Jesucristo, bajo el pan y el vino, para que nosotros los cristianos comamos y bebamos, instituido por el propio Cristo››.7 De modo semejante, la Confesión de Augsburgo, Artículo X, dice: «De la Cena del Señor ellos enseñan que el Cuerpo y la Sangre de Cristo están realmente presentes, y son distribuidos a aquellos que comen en la Cena del Señor».

   Un pasaje que se puede pensar que apoya esta posición es 1 Corintios 10:16: «Este pan que partimos, ¿no significa que entramos en comunión con el cuerpo de Cristo? ››.

   No obstante, a fin de declarar esta doctrina, Lutero tuvo que responder una importante pregunta: «¿Cómo puede el cuerpo de Cristo, o más generalmente la naturaleza humana de Cristo, estar presente en todas partes? ¿No es cierto que Jesús ascendió en su naturaleza humana al cielo y permanece allí hasta su regreso? ¿No dijo que abandonaba la tierra y que ya no estaría en el mundo, sino que iba al Padre (Jn 16:28; 17:11)? ››. En respuesta a este problema Lutero enseñó la ubicuidad de la naturaleza humana de Cristo tras su ascensión, esto es, que la naturaleza humana de Cristo estaba presente en todas partes («ubicuo››). Pero los teólogos desde el tiempo de Lutero sospecharon que él enseñó la ubicuidad de la naturaleza humana de Cristo, no porque esta se halla en algún lugar de la Escritura, sino porque necesitaba explicar cómo su punto de vista de la con- substanciación podía ser verdadero.

   En respuesta al punto de vista luterano, se puede decir que este tampoco entiende que Jesús está tratando de enseñarnos una realidad espiritual, sino utilizando objetos físicos, cuando dice: «Este es mi cuerpo». No debemos entender esto más literalmente de lo que entendemos la afirmación correspondiente: «Esta copa es el nuevo pacto en mi sangre, que es derramada por ustedes» (Lc 22:20). De hecho, Lutero no hace justicia del todo a las palabras de Jesús de una manera literal. Berkhof objeta correctamente que Lutero hace que las palabras de Jesús signifiquen: «Esto acompaña a mi cuerpo››. En esta cuestión ayudaría leer de nuevo juan 6:27-59, donde el contexto muestra que Jesús habla en términos literales, físicos, sobre el pan, pero continuamente lo explica en términos de una realidad espiritual.

(3). El resto del protestantismo: una presencia de Cristo simbólica y espiritual.

   A diferencia de Martín Lutero, juan Calvino y otros reformadores argumentaron que el pan y el vino en la Cena del Señor no se transformaban en el cuerpo y la sangre de Cristo, ni contenían de alguna manera el cuerpo y la sangre de Cristo. Antes bien, el pan y el vino simbolizaban el cuerpo y la sangre de Cristo, y ofrecían una señal visible del hecho de que el propio Cristo estaba verdaderamente presente.” Calvino dijo:

   “podremos deducir, de todos modos, del hecho de que se nos dé el signo, que también se nos entrega la realidad en su verdad. A menos que queramos dejar a Dios por mentiroso, no podemos atrevernos a decir que él proponga un signo vano y vacío de su realidad […] De hecho, los creyentes deben tener como regla que todas las veces que ven los signos ordenados por Dios, deben estar seguros de que la realidad representada está unida a ellos, y no dudar. En efecto, ¿por qué razón iba a poner el Señor en nuestras manos el signo de su cuerpo, si no fuera para que estemos seguros de la participación de su cuerpo?” (Institución, 4.17.10; P. 1180)

   Pero Calvino fue cuidadoso al diferir tanto de la enseñanza católica romana (que dice que el pan se convierte en el cuerpo de Cristo) como de la enseñanza luterana (que dice que el pan contiene el cuerpo de Cristo).

   Tenemos que establecer una presencia de Jesucristo en la cena que no lo ate al pan ni lo encierre en él, y que, por último, no retenga aquí abajo en esos elementos corruptibles, porque eso no concuerda con su gloria celestial. (Institución, 4.17.19; p. 1188)

   Hoy en día la mayoría de los protestantes diría, en adición al hecho de que el pan y el vino simbolizan el cuerpo y la sangre de Cristo, que Cristo está también espiritualmente presente en una manera especial cuando participamos del pan y el vino. Ciertamente, Jesús prometió estar presente cuando quiera que los creyentes adoraran: «Porque dos o tres se reúnen en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos» (Mt 18:20). “ Y si él está especialmente presente cuando los cristianos se reúnen para adorar, entonces cabría esperar que estuviera presente de una manera especial en la Cena del Señor.” Nos encontramos con él en su mesa, a la cual viene para entregarse a nosotros. Como recibimos los elementos del pan y el vino en la presencia de Cristo, de esta manera participamos de él y de todos sus beneficios. «Nos alimentamos de él en nuestros corazones» con acción de gracias. Por cierto, hasta un niño que conoce a Cristo entenderá esto sin que se le enseñe y esperará recibir una bendición especial del Señor durante esta ceremonia, porque su significado es del todo inherente a las varias acciones del comer y beber. Pero no debemos decir que Cristo está presente aparte de nuestra fe personal, sino que solo nos encuentra y bendice allí de acuerdo con nuestra fe en él.

   ¿De qué forma está Cristo presente entonces? Ciertamente hay una presencia simbólica de Cristo, pero ella es también una presencia espiritual y hay una genuina bendición espiritual en esta ceremonia.

  1. ¿Quién debe participar en la Cena del Señor?

   Pese a diferencias sobre algunos aspectos de la Cena del Señor, la mayoría de los protestantes estarían de acuerdo, primero, que solo aquellos que creen en Cristo deben participar en ella, pues es una señal de ser un cristiano y permanecer en la vida cristiana.” Pablo advierte que quienes comen y beben de manera indigna enfrentan serias consecuencias: «Porque el que come y bebe sin discernir el cuerpo, come y bebe su propia condena. Por eso hay entre ustedes muchos débiles y enfermos, e incluso varios han muerto» (1 Co 11:29-30).

   Segundo, muchos protestantes argumentarían a partir del significado del bautismo y el significado de la Cena del Señor que, normalmente, solo aquellos que han sido bautiza› dos deben participar en la Cena del Señor. Esto se debe a que el bautismo es claramente un símbolo de iniciar la vida cristiana, mientras que la Cena del Señor es claramente un símbolo de mantenerse en la vida cristiana. Por esto si alguien toma la Cena del Señor y con ello proclama públicamente que ella o él se mantiene en la vida cristiana, entonces se le debe preguntar a esa persona: «¿Sería bueno que se bautizara ahora y así ofrecer un símbolo de que usted comienza la vida cristiana?»

   Pero otros, incluyendo este autor, objetarían a tales restricciones como sigue: surge un problema diferente si alguien que es un creyente genuino, pero no bautizado todavía, no se le permite participar de la Cena del Señor cuando se reúnen los cristianos. En ese caso la no participación de la persona simboliza que ella o él no es un miembro del cuerpo de Cristo que se congrega para observar la Cena del Señor en una fraternidad unida (véase 1 Co 10:17: «Hay un solo pan del cual todos participamos; por eso, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo››). Por tanto, las iglesias pueden pensar que es mejor no permitir a los creyentes no bautizados participar en la Cena del Señor sino instarlos a bautizarse lo más pronto posible. Pues si están dispuestos a participar en un símbolo externo de ser cristiano, no parece haber razón de que no estén dispuestos a participar en el otro, un símbolo que propiamente viene primero.

   Por supuesto, los problemas que surgen en ambas situaciones (cuando creyentes no bautizados toman la Comunión y cuando no lo hacen) pueden ser todos obviados si los nuevos cristianos son regularmente bautizados poco después de haber venido a la fe. Y, cualquier posición que asuma la iglesia sobre esta cuestión de si los creyentes no bautizados deben tomar la Comunión, parecería aconsejable enseñar, en el ministerio docente de la iglesia, que la situación ideal es que los nuevos creyentes se bauticen primero y entonces participen de la Cena del Señor.

   El tercer requisito para la participación es el del autoexamen:

   Por lo tanto, cualquiera que coma el pan o beba de la copa del Señor de manera indigna, será culpable de pecar contra el cuerpo y la sangre del Señor. Así que cada uno debe examinarse a sí mismo antes de comer el pan y beber de la copa. Porque el que come y bebe sin discernir el cuerpo, como y bebe su propia condena. (1 Corintios 11:27-29)

   En el contexto de 1 Corintios 11, Pablo reprende a los corintios por su conducta egoísta e inconsistente cuando se reúnen como iglesia: «De hecho, cuando se reúnen, ya no es para comer la Cena del Señor, porque cada uno se adelanta a comer su propia cena, de manera que unos se quedan con hambre mientras otros se emborrachan» (1ª a los Co.11:29). Esto nos ayuda a comprender lo que Pablo quiere decir cuando habla de aquellos que comen y beben «sin discernir el cuerpo» (1 Co 11:29). El problema en Corinto no fue un error en cuanto a comprender que el pan y la copa representaban el cuerpo y la sangre del Señor; ellos ciertamente sabían esto. En su lugar, el problema era su conducta egoísta y desconsiderada de unos hacia otros mientras estaban ante la Cena del Señor. Ellos no comprendían o «discernían» la verdadera naturaleza de la iglesia como un cuerpo. Esta interpretación de «sin discernir el cuerpo» se apoya en la mención de Pablo de la iglesia como el cuerpo de Cristo solo un poco antes, en 1 Corintios 10:17: «Hay un solo pan del cual todos participamos; por eso, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo”. “Así que la frase «sin discernir el cuerpo «significa «no comprender la unidad e interdependencia de la gente en la iglesia, la cual es el cuerpo de Cristo». Esto implica no preocuparnos de nuestros hermanos y hermanas cuando venimos a la Cena del Señor, en la cual debemos reflejar su carácter.”

   ¿Qué significa entonces comer o beber «de manera indigna» (1 Co 11:27)? Primero debemos pensar que las palabras se aplican más bien de forma estricta y tienen que ver solo con la forma en que nos conducimos cuando de hecho comemos y bebemos el pan y el vino. Pero cuando Pablo explica que una participación indigna supone «no discernir el cuerpo», indica que debemos preocuparnos de todas nuestras relaciones dentro del cuerpo de Cristo: ¿actuamos de maneras que retratan vívidamente no la unidad de un pan y un cuerpo, sino desunión? ¿Actuamos de maneras que proclaman no el sacrificio desinteresado de nuestro Señor, sino la enemistad y el egoísmo? En sentido amplio, entonces, «que cada uno se examine a sí mismo» significa que debemos preguntar si nuestras relaciones en el cuerpo de Cristo reflejan de hecho el carácter del Señor que encontramos allí y a quien representamos.

   En relación con esto, la enseñanza de Jesús sobre venir a adorar en general también debe mencionarse:

   Por lo tanto, si estás presentando tu ofrenda en el altar y allí recuerdas que tu hermano tiene algo contra ti, deja tu ofrenda allí delante del altar. Ve primero y reconcíliate con tu hermano; luego vuelve y presenta tu ofrenda. (Mateo 5:23-24)

   Aquí Jesús nos dice que cuando vayamos a adorar debemos estar seguros de que nuestras relaciones con otros son correctas, y si no lo son, debemos actuar rápidamente para corregirlas y entonces venir a adorar a Dios. Esta admonición debe ser especialmente verdadera cuando acudimos a la Cena del Señor.

   Por supuesto, ningún pastor o líder de la iglesia sabrá si las personas se examinan o no a sí mismas (excepto en casos cuando una conducta ofensiva o pecaminosa se hace evidente a los demás). En gran parte, la iglesia tiene que depender de los pastores y maestros para explicar claramente el significado de la Cena del Señor y advertir de los peligros de participar indignamente. Entonces las personas tendrán la responsabilidad de examinar

sus propias vidas, de acuerdo con lo que Pablo dice. De hecho, Pablo no dice que los pastores deben examinar la vida de todo el mundo, sino en su lugar insta al autoexamen individual: «Así que cada uno debe examinarse a sí mismo» (1 Co 11:28).”

  1. Otras cuestiones

   ¿Quién debe administrar la Cena del Señor? La Escritura no ofrece ninguna enseñanza específica sobre esta cuestión, de manera que solo nos queda decidir qué es lo sabio y apropiado para el beneficio de los creyentes en la iglesia. A fin de preservar la Cena del Señor de abusos, un líder responsable debe estar a cargo de administrarla, pero no parece que la Escritura exija que solo el clero ordenado u oficiales escogidos de la iglesia puedan hacerlo. En situaciones ordinarias, por supuesto, el pastor u otro líder que oficia ordinariamente en los servicios de adoración de la iglesia también oficiaría apropiadamente en la Comunión. Pero más allá de esto, no parece haber motivo para que solo oficiales o solo líderes, o solo hombres, deban distribuir los elementos. ¿No hablaría mu- cho más claramente de nuestra unidad e igualdad espiritual en Cristo si tanto hombres como mujeres, por ejemplo, asistieran en la distribución de los elementos de la Cena del Señor?”

¿Con qué frecuencia debe celebrarse la Cena del Señor? La Escritura no nos lo dice.

   Jesús dijo simplemente: «Porque cada vez que comen este pan y beben de esta copa…›› (1 Co 11:26). Sería apropiado considerar aquí también la directriz de Pablo sobre los servicios de adoración: «Hágase todo para edificación» (2 Co 14:26). Realmente, ha sido la práctica de la mayoría de las iglesias a través de su historia celebrar la Cena del Señor cada semana cuando los creyentes se reúnen. Sin embargo, en muchos grupos protestantes desde la Reforma ha habido una celebración menos frecuente de la Cena del Señor; a veces una vez o dos veces al mes, o, en muchas iglesias reformadas, solo cuatro veces al año. Si se planifica y explica y se lleva a cabo la Cena del Señor de tal manera que es un tiempo de autoexamen, confesión y acción de gracias y alabanza, entonces celebrarla una vez a la semana sería demasiado frecuente, y ciertamente puede ser observada con esa frecuencia «para edificación».

PASAJE BÍBLICO PARA MEMORIZAR

   Consideraciones prácticas en 11:23–24

   ¿Cuál es el significado de la Cena del Señor cuando un cristiano participa de los elementos? Recuerdo la primera vez que tuve el privilegio de participar. Por semanas había estado esperando a la celebración de la Santa Cena, pero se me apagó el espíritu de expectación cuando comí y bebí con el resto de los comulgantes. Esperaba una descarga sobrenatural de poder divino, pero no ocurrió nada milagroso durante el culto. Pensé acerca de la muerte de Cristo en la cruz del Calvario, el perdón de los pecados y en la presencia del Señor. En un sentido, esa primera experiencia moderó mis expectaciones y no tuvo nada mágico.

   Con el tiempo, maduré espiritualmente y empecé a experimentar la presencia de Cristo en los servicios de Comunión. Como anfitrión, Jesús me invitaba a su mesa. Como Mediador del nuevo pacto que Dios hizo, me tuvo como una de las partes de dicho pacto. Como el Cordero de Dios inmolado en el Gólgota, me limpió de mis pecados. Como mi hermano y amigo, me mostró cómo vivir para la gloria de Dios y cómo expresarle mi gratitud. Como fuente de bendición, no me llenó de pesar y tristeza por su muerte, sino con gozo y alegría por su presencia.

   ¿Cuál es el significado de la Comunión? Es un tiempo de reflexión, de regocijo y acción de gracias. Al experimentar en la mesa la presencia espiritual del Señor, con la iglesia de todos los siglos y lugares oramos con fervor Maranata, esto es, «Ven, oh Señor» (16:22; véase también Ap. 22:20).75  

   Preparación

   En Corinto, las condiciones de las fiestas de amor y de la Comunión eran tan deplorables, que para corregirlas no bastaba recitar las palabras de Jesús y celebrar propiamente la Cena del Señor. Pablo quería que los cristianos de Corinto examinasen su vida espiritual y social. Habiéndose arrepentido de sus pecados, debían acercarse libremente a la mesa del Señor, sabiendo que no serían condenados. Debían darse cuenta de que un sacramento es algo sagrado y de la necesidad de venir a la Santa Cena con profunda reverencia. La celebración de la Comunión es una ocasión de gozo y felicidad, pero jamás de superficialidad e indolencia.

   PREGUNTAS PARA APLICACIÓN PERSONAL

  1. ¿Qué cosas simbolizadas por la Cena del Señor han recibido un nuevo énfasis en su pensamiento como resultado de la lectura de este capítulo? ¿Se siente más deseoso de participar en la Cena del Señor ahora que antes de la lectura del capítulo? ¿Por qué?
  2. ¿De qué manera diferente (si la hay) se acercará usted a la Cena del Señor de forma ahora? ¿Cuál de las cosas simbolizadas en la Cena del Señor lo alienta más en su vida cristiana en este momento?
  3. ¿Qué criterio de la naturaleza de la presencia de Cristo en la Cena del Señor le han enseñado con anterioridad en la iglesia? ¿Cuál es su propio criterio ahora?
  4. ¿Hay algunas relaciones personales arruinadas que usted deba enmendar antes de venir otra vez a la Cena del Señor?
  5. ¿Hay aspectos en los cuales su iglesia necesite enseñar más sobre la naturaleza de la Cena del Señor? ¿Cuáles son?

Amén, para gloria de Dios.

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Hno Roberto Saldías Roa

Miembro de la IEP en Nacimiento Bajo, nació en el evangelio del Señor en la Iglesia de Laja 1975. Casado con María Nahuelmán, estudia teología de manera autodidacta. Me gusta mucho leer y escribir.

 

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