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Semana del 18 al 24 de mayo de 2020: “¿Qué es la salvación?”

Semana del 18 al 24 de mayo de 2020: “¿Qué es la salvación?”

  Lectura Bíblica: Efesios 2:1 al 10. 1Y él os dio vida a vosotros, cuando estabais muertos en vuestros delitos y pecados, 2en los cuales anduvisteis en otro tiempo, siguiendo la corriente de este mundo, conforme al príncipe de la potestad del aire, el espíritu que ahora opera en los hijos de desobediencia, 3entre los cuales también todos nosotros vivimos en otro tiempo en los deseos de nuestra carne, haciendo la voluntad de la carne y de los pensamientos, y éramos por naturaleza hijos de ira, lo mismo que los demás. 4Pero Dios, que es rico en misericordia, por su gran amor con que nos amó, 5aun estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida juntamente con Cristo (por gracia sois salvos), 6y juntamente con él nos resucitó, y asimismo nos hizo sentar en los lugares celestiales con Cristo Jesús, 7para mostrar en los siglos venideros las abundantes riquezas de su gracia en su bondad para con nosotros en Cristo Jesús. 8Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; 9no por obras, para que nadie se gloríe. 10Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas.

   Comentario: 2:1–10

  1. Bendiciones redentoras tanto para judíos como gentiles:

   El texto de la oración y acción de gracias ha llegado a su término. Pero la profunda emoción continúa, siendo evidente por expresiones tales como “rica misericordia … grande amor … sobreabundaste riqueza de gracia”. Este, también, como en el capítulo 1, es el lenguaje de gratitud y adoración. No obstante, se da comienzo aquí a una nueva subdivisión. No se produce un cambio brusco. Tanto en este capítulo, como en el capítulo 1, Cristo, aquel en quien se revela la Santa Trinidad, es considerado base de las bendiciones (2:6, 7, 9, 13, 21, 22). No obstante, el énfasis ha sufrido un cambio, evidenciado por el hecho de que en este segundo capítulo la frase “en Cristo” o sus equivalentes ocurren con mucha mayor frecuencia. Ahora, el cap. 2 concentra nuestra atención en el alcance universal o la extensión universal de la iglesia. Comienza el apóstol mostrando que “en Cristo” el palacio de la salvación ha abierto sus puertas a todos, esto es, a gentiles y judíos igualmente. Cuando Cristo murió en la cruz el muro divisorio entre estos dos grupos hostiles se derrumbó para nunca más volver a ser levantado (2:14). En él todos son ahora uno, es decir, todos los que se han rendido a él mediante una fe viva.

   La forma tan natural en que Pablo pasa de “vosotros” a “nosotros” y viceversa, en los vv. 1–10—con “vosotros” en los vv. 1, 2, y 8; “nosotros” en los vv. 3, 4, 6, 7, y 10; y un “nosotros” que evidentemente incluye un “vosotros” en el v. 5—indica que aunque a veces se establece cierta distinción, el énfasis recae en lo que todos tienen en común. Las bendiciones que se detallan son compartidas entre el escritor y sus lectores, entre judíos y gentiles igualmente, en fin, entre todos los que habiendo estado muertos mediante sus pecados y transgresiones tuvieron que ser revivificados. No es sino hasta llegar al v. 11 que se nos dice cómo los dos grupos—judíos y gentiles—otrora enconados enemigos, llegaron a la reconciliación. La lógica es simple y clara. El establecimiento de la paz entre Dios y el hombre (vv. 1–10), de modo que “los hijos de ira” son ahora objetos de su amor, naturalmente precede y da como resultado la paz entre hombre y hombre, en este caso entre judíos y gentiles (vv. 11ss). La línea horizontal es la proliferación de la vertical.

   El capítulo 2 no solamente lleva un eco del énfasis central del capítulo 1, es decir, que Jesucristo como revelación del Dios Trino es Aquel “en quien” todas las bendiciones pasadas, presentes, y futuras se otorgan a los creyentes, siendo en este sentido el eterno fundamento de la iglesia, sino que también prefigura los futuros conceptos sobre los cuales el apóstol ha de extenderse en detalle en los últimos capítulos. Nos da, especialmente, un vistazo por adelantado de 4:1–16: la unidad orgánica y el crecimiento de la iglesia.

   Lo que principalmente ataca el capítulo 2 es el espíritu de pecaminoso exclusivismo, y enfatiza el hecho de que el amor de Dios es más amplio que el mar, y abarca no solamente a judíos sino también a gentiles (cf. Ro. 1:14; Gá. 3:28; Col. 3:11; luego también Jn. 3:16; 10:16; Ap. 5:9; 7:9), fundiéndolos en una unidad orgánica, y esto lo hace por medio del instrumento más extraño imaginable, a saber, ¡una muerte en la cruz! El alcance universal de la iglesia es el pensamiento en que la mente de Pablo se centra aquí y que se introduce como sigue:

   [1]. Y vosotros, aun cuando estabais muertos a causa de vuestros delitos y pecados … La palabra vosotros es el objeto (o complemento) de la oración, colocado al principio para enfatizarlo. Es como si el apóstol dijera, “Fue de vosotros, tan indignos, de quien Dios tuvo misericordia”. En el original el sujeto de la oración, a saber, “Dios”, y el predicado, “vivificados”, no se mencionan sino hasta llegar a los versículos 4 y 5. Y ni aun entonces Pablo se expresa diciendo, “Dios os vivificó”, sino “Dios nos vivificó”. Al tratar los grandes misterios de la salvación, asuntos que al apóstol le conciernen tan vitalmente y cuyos efectos ha experimentado

tan dramáticamente en su propia vida y aún sigue experimentando, le era imposible permanecer fuera del cuadro. Es incapaz de escribir acerca de tales cosas en forma abstracta y ajena a ellas. Es por esto que está dispuesto a substituir “vosotros” por “nosotros”. Este “nosotros” es, desde luego, de tal amplitud que siempre incluirá a “vosotros”.

   Sin embargo, en algunas traducciones, sujeto y predicado han sido ya insertados en el versículo, quedando este versículo así, “y a vosotros él os vivificó”. Algunas veces las palabras “os dio vida” (Biblia de las Américas y V. M.) se han impreso en cursiva para indicar su ausencia en el original; pero otras veces no (VRV 1960) lo cual, para mí, es peor. Del modo que sea, su inserción obscurece el propósito de Pablo. El apóstol, según creo, se hallaba tan profundamente embargado de una sensación de gratitud al contrastar la anterior miseria total de los lectores con la actual riqueza en Cristo, que deliberadamente posterga la descripción de la última hasta después de haber presentado vívidamente la primera. Sin duda procedió así a fin de que los efesios, recordando primeramente (vv. 1–3) la tétrica condición de obscuridad y muerte en que antes habían caminado, tuviesen un regocijo más pleno cuando al fin (vv. 4ss) se les dijese que todo esto pertenecía al pasado, puesto que Dios, en su infinita misericordia, amor, y gracia hizo que la lumbre de la vida amaneciese sobre ellos (sí, sobre “nosotros”). Cuando más entienda el hombre la verdadera dimensión de su profunda condición perdida, más apreciará, por la gracia de Dios, su maravillosa liberación.

   Los lectores, antes de su conversión, se hallaban “muertos” en sus delitos (desviaciones de la senda recta y angosta; véase sobre 1:7) y pecados (inclinaciones, pensamientos, palabras y obras “que no dan en el blanco”, es decir, que no glorifican a Dios). Ahora bien, el hecho de que tales personas se describan como muertas no significa que en sus corazones y vidas el proceso de corrupción moral y espiritual se hubiese ya completado. Ursino, en su exposición del Catecismo de Heidelberg, Juan Calvino, y muchos otros, han señalado que aun la persona no regenerada está en condiciones de realizar el bien natural: comer, beber, hacer ejercicios, etc., y el bien cívico o moral. Ciertas personas mundanas “se condujeron honestísimamente toda su vida”. Así escribió Juan Calvino, Institución de la religión cristiana, Fundación Editorial de Literatura Reformada, Rijswijk (Z. H.), Países Bajos, Vol. I, p. 199. Negar esto sería cerrar los ojos ante hechos que se nos presentan diariamente en la vida. Además, tal negación equivaldría un rechazo de la clara enseñanza en las Escrituras. El rey Joás “hizo lo que era recto a los ojos de Jehová todos los días de Joiada el sacerdote” (2 Cr. 24:2). Sin embargo, véase cual fue su final (2 Cr. 24:20–22). Jesús dijo, “Y si hacéis bien a los que os hacen bien, ¿qué gracia tenéis? porque aún los pecadores hacen lo mismo” (Lc. 6:33). En realidad, sucede a veces que aun “los bárbaros” muestran “una amabilidad poco común” (Hch. 28:2; Cf. Ro. 2:14). En casos de emergencia, la cantidad de personas que se ofrecen para donar sangre es tan grande que de pronto ha sido necesario avisar, “no se necesita más sangre”. Cuando en los titulares de los periódicos se publican casos de extrema pobreza seguidos de un conmovedor artículo y fotografías sensacionales, los sentimientos de los hombres se conmueven en tal forma que comienzan a llegar en abundancia alimento, ropa, dinero, juguetes, etc. para socorrer a los angustiados. ¡E indudablemente no todos los donantes son creyentes!

   Sin embargo, aunque sería necio negar que aun fuera de la gracia regeneradora el hombre “muestra cierta consideración hacia la virtud y el comportamiento externo” (Cánones de Dort, III y IV, artículo 4), tal conducta ni siquiera se puede comenzar a comparar con el bien espiritual. Solamente el Señor sabe hasta qué punto, en la vida de cada hombre, la buena obra exterior brota de una compasión auténtica, puesto que la imagen de Dios no se ha perdido totalmente en él, y hasta donde es resultado de haber comprendido que el egoísmo personal provoca al mismo tiempo destrucción personal, o por otro motivo que no sea exactamente altruista. En cada caso tal buena obra no ha brotado de la fuente de la gratitud por la salvación merecida por Jesucristo. Por tanto, no es obra de fe. No ha sido realizada con el propósito consciente de agradar y glorificar a Dios obedeciendo su ley. Ahora bien, es con respecto a esta clase de bien espiritual que el hombre se halla por naturaleza muerto. Es un hecho que aun hombres de reconocida virtuosidad se han caracterizado también por responder con un total desdén a todo llamado del evangelio. Sus altivos corazones rehúsan aceptar la urgente invitación para confesar sus pecados y aceptar a Cristo como su Salvador y Señor. El hombre natural ni siquiera es debidamente apto para discernir a Dios. Para él las cosas del Espíritu son “locura” (1 Co. 2:14). Carece de la capacidad de auto-incitarse para prestar oído a lo que Dios demanda de él (Ez. 37; Jn. 3:3, 5). Es solamente bajo la acción transformadora de Dios que se puede volver de su mal camino (Jr. 31:18, 19). Además de todo esto, se halla bajo sentencia de muerte, bajo maldición a causa de su pecado en Adán (pecado original) al cual ha añadido sus propios delitos y pecados. 2. Con respecto a tales delitos y pecados Pablo prosigue: en los cuales en tiempos pasados anduvisteis según la corriente de este mundo, es decir, en cuyo ambiente vosotros os desenvolvisteis libremente, sintiéndoos perfectamente cómodos, conduciéndoos en completa armonía “con el espíritu de la época que caracteriza a una humanidad alienada de la vida de Dios”, conforme al príncipe del imperio del aire … ¿Hemos de tomar la palabra “aire” en forma más o menos literal como indicando el espacio sobre la tierra pero bajo el cielo de los redimidos, o ha de ser interpretado en sentido ético o figurativo: “la atmósfera moral” o “la actitud prevaleciente” de la época en que nos haya correspondido vivir? El candor de Lenski es digno de admiración. Confiesa que no sabe qué hacer con este término (op. cit., pp. 408–410). Rechaza, sin embargo, tanto el sentido literal como el figurativo. Simpson acepta el sentido figurativo. Al rechazar el sentido literal, llamándolo “fantasía extraña”, agrega, “o si no, tendríamos que disuadir a toda persona temerosa de Dios de viajar en avión” (op. cit., p. 48). Acerca de este punto me permito hacer las siguientes observaciones:

(1) ¿Por qué solamente las “personas temerosas de Dios”? Si los viajes aéreos son tan peligrosos a causa de estos servidores del mal, ¿no deberían ser prevenidos también los incrédulos? Además, ¿no debería ser también la tierra aislada de ellos, o, a pesar de Apocalipsis 16:14, es ella “región prohibida” para los malos espíritus? Pero si esto fuese así, ¿por qué entonces Jesús llamó a Satanás “el príncipe de este mundo” (Jn. 12:31; 14:30)?

(2) ¿Hay siquiera otro caso en las Escrituras donde se use la palabra “aire” en este sentido figurativo?

(3) En cuanto a Satanás—puesto que es él quien, de acuerdo a las referencias, es “el príncipe del imperio del aire”—¿es omnipresente al igual que Dios? ¿Son omnipresentes sus servidores, los demonios? ¿Es correcto atribuirles algo así como omnipresencia por el hecho de ser espíritus? Es obvio que el distinguido y erudito autor de la obra sobre Efesios en el New International Commentary no apoyaría tal punto de vista puesto que estaría en conflicto con la demonología del Nuevo Testamento. Según Mr. 5:13 “los espíritus inmundos salieron (del hombre) y entraron en los puercos”. Si entonces ha de ser asignado un lugar a los demonios, servidores de Satanás, a fin de que por su medio pueda influenciar a los hombres, ¿puede acaso aquel dominio ser restringido al infierno, aun en la dispensación presente antes del regreso de Cristo? Esa opinión se estrellaría con pasajes tales como Mt. 8:29; 16:18; 1 P. 5:8. Por cierto, ni Satanás ni sus agentes están en el cielo de los redimidos (Jud. 6). Si, por tanto,

y de acuerdo a la doctrina consistente de las Escrituras, los espíritus inmundos deben estar en algún lugar, pero no en el cielo de los redimidos, y si en la era presente no pueden estar restringidos al infierno, ¿resulta acaso extraño que Ef. 2:2 hable acerca de “el príncipe del imperio del aire”? ¿No es más bien cosa natural que el príncipe del mal sea capaz, hasta donde Dios en su gobierno providencial lo permita, de llevar a cabo su siniestra obra enviando sus legiones a nuestro globo y su atmósfera circundante?

(4) ¿No es verdad acaso que 6:12 (“las fuerzas espirituales del mal en los lugares celestiales”) apunta en la misma dirección general? De seguro que, si los querubines de la visión de Ezequiel podían estar en la tierra, y en el próximo instante “alzados de la tierra” (Ez. 1:19; cf. 10:19; 11:22), no es cosa imposible que también los demonios tengan el mismo poder. En consecuencia, cualquier tinte figurativo que la palabra “aire” pueda tener—debido al hecho de que el aire es la región de la niebla, nubes, y obscuridad—el significado literal en este caso es básico. Este pasaje, en conjunción con otros (3:10, 15; 6:12), enseña claramente que Dios ha permitido habitar en las regiones supramundanas a huestes sinnúmero, y que en los dominios más bajos los servidores de Satanás se hallan empeñados en sus destructivas misiones. Grosheide está en lo cierto cuando en sus comentarios acerca de este pasaje declara que de acuerdo al Nuevo Testamento “la atmósfera está habitada por espíritus, incluyendo espíritus malignos, que ejercen malévola influencia sobre la humanidad” (op. cit., p. 36).52 Nótese la palabra “incluyendo”. ¡De modo que de ninguna manera son ellos dueños absolutos de la situación! Frente a estos espíritus y su líder, los creyentes hallan verdadero consuelo en pasajes tales como 1:20–23; Col. 2:15; Ro. 16:20; Ap. 20:3, 10. Cf. Gn. 3:15; Jn. 12:31, 32.

   La conducta de los efesios, entonces, había sido antes “según la corriente de este mundo, conforme al príncipe del imperio del aire”, a lo cual Pablo ahora añade: (el imperio) del espíritu que ahora actúa en los hijos de desobediencia. Tal espíritu, nuevamente, es Satanás, quien, por medio de sus agentes, los demonios, y probablemente aun directa y personalmente (Zac. 3; 1 P. 5:8), está activamente comprometido con los corazones y vidas de malignas personas a quienes se les designa, según una expresión semita, como “hijos de desobediencia”, vale decir, los que, por decirlo así, brotan de la desobediencia como si fuese su madre que les hubiese dado el ser. Cf. 2 Ts. 2:3. Esta es la desobediencia de incredulidad (Heb. 4:6), y por tanto de rebelión contra Dios y sus mandamientos. Obsérvese el hecho de que de este “príncipe” o “espíritu” se dice que “actúa”, es decir, está energéticamente comprometido para hacer que lo malo sea aún peor. Satanás jamás descansa. Ahora bien, era según este espíritu que los efesios se habían conducido en tiempos pasados. [3]. Pero no solamente los efesios. Pablo es cuidadoso en agregar: entre los cuales nosotros también vivíamos en las concupiscencias de nuestra carne, satisfaciendo los deseos de la carne y sus razonamientos. Resulta conmovedor leer, “Entre estos hijos de desobediencia nos hallábamos nosotros también”, nosotros los judíos como vosotros los gentiles. Pablo se incluye a sí mismo. No obstante, él es el apóstol que durante el mismo período de prisión escribió concerniente a su propia vida precristiana, “… en cuanto a la ley, irreprensible” (Fil. 3:6). La idea central es que tanto el gentil, sumido en la inmoralidad, como el judío, que piensa poder salvarse por la obediencia a la ley de Moisés, viven (sinónimo de andan en el v. 2) “en las concupiscencias de la carne”; cuando se usa la palabra carne en tal contexto se está refiriendo a la naturaleza humana corrompida, o, en forma más general, a cualquier cosa fuera de Cristo en que uno base su esperanza para la felicidad o la salvación.  “El hombre moral vino a juicio, pero sus andrajos de autojustificación no le podían servir”. Cf. Ro. 7:18: “… en mi carne no mora el bien”. En cuanto a deseos, en el caso presente no puede ser otra cosa que los anhelos injustos que pertenecen a y son engendrados por la carne. Para el judío esto incluía seguramente el anhelo de entrar al reino en base a sus supuestas meritorias obras de la ley. Para el gentil la referencia es a asuntos tales como la inmoralidad, la idolatría, la borrachera, y, en general, la agresividad en sus varias siniestras manifestaciones. La carne o la naturaleza humana depravada engendra, consecuentemente, malos deseos. Estos, a su vez, para conseguir sus objetivos, conducen a todo tipo de razonamientos hostiles (cf. Col. 1:21), a planes egoístas e inmorales, y a reflexiones que finalmente concluyen en obras malvadas. Cf. Stg. 1:14, 15; 4:1. He aquí algunas ilustraciones de este proceso: la historia de Caín y Abel (Gn. 4:1–8); de Amnón y Tamar (2 S. 13:1–19); o Absalón en su rebelión en contra de su propio padre (2 S. 15ss); y de Acab y Nabot (1 R. 21). Sin embargo, aunque la secuencia indicada de los elementos en el progreso del mal es tal como aquí se ha resumido, la vida en sí misma es demasiado compleja para tal simplificación. Existe una constante interacción.54 Este es un asunto que demanda atención, puesto que muestra lo terrible que es la condición perdida del hombre: un pecado engendra otro, el cual a su vez, no sólo da lugar aun a otro sino que ¡“se vuelve”, por decirlo así, y reacciona sobre el que lo engendró, añadiendo así al último vitalidad y eficacia para la maldad! No es de extrañarse que Pablo prosiga: y éramos por naturaleza hijos de ira lo mismo que los demás. No hemos de comparar la ira a un incendio en la paja, que arde rápidamente y se consume. Al contrario, es una indignación estable, es la actitud que muestra Dios hacia el hombre en su condición caída en Adán (Ro. 5:12, 17–19) y rebelde a aceptar el evangelio de gracia y salvación en Cristo. Es con respecto a ellos que se ha escrito: “… el que no obedece al Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios permanece sobre él” (Jn. 3:36). “Por naturaleza” debe significar “fuera de la gracia regeneradora”. Se refiere al hombre tal como se halla en su condición caída, como descendiente de Adán; hablando específicamente, incluido en él como su representante en el pacto de obras. Tales, entonces, dice Pablo, éramos nosotros antes que tuviese lugar el gran cambio. Esta era la realidad con respecto a los lectores y también en lo que respecta al escritor de la epístola. Además, a fin de que nadie pudiese concluir que entre los hijos de los hombres hubiese siquiera alguno al que estas palabras no se les pudiesen aplicar, Pablo añade “lo mismo que los demás”. Cf. Ro. 3:9–18. “Hijos de ira” (otro semitismo) significa, “sujetos de la estable ira de Dios ahora y por todo el tiempo venidero” (de nuevo, Jn. 3:36), a menos que la maravillosa gracia de Dios intervenga aplastando el orgullo pecaminoso y la contumaz desobediencia, la que consiste en incredulidad.

   “Pero, ¿no es Dios también misericordioso?” Sí, por supuesto, pero, aunque odia al pecador empedernido a causa de su rebeldía e inexcusable impenitencia, no obstante, le ama como criatura. Bajo este aspecto, ama a todos los hombres. Ama al mundo (Jn. 3:16). El sorprendente carácter de aquel amor hace posible comprender, al menos en parte, que la ira de Dios debe reposar sobre aquellos que le desprecian.

   [4, 5]. Y ahora viene una descripción vívida del cambio. Al hombre totalmente indigno, tal misericordia, amor, y gracia le es concedida: Dios, siendo rico en misericordia, por causa de su grande amor con que nos amó, aun cuando estábamos muertos a causa de nuestros delitos, nos vivificó juntamente con Cristo—por gracia habeis sido salvados—. En lo que a este párrafo le concierne, el trágico relato de la desdichada condición del hombre ha terminado. La idea central con la que el apóstol comenzó no ha sido aun expresada. Las palabras “y vosotros”, como objeto de la oración de apertura, no debe quedar como nadando en el aire. Los efesios no pueden ser dejados en su estado de ira y condición de miseria. Tanto el objeto como los efesios deben ser “rescatados”. Y el tiempo ha llegado para que esto sea hecho. El gran corazón vibrante de este maravilloso misionero, corazón tan lleno de compasión ya no puede esperar más. Aquí entonces, al fin, después de todos estos modificativos y en conexión con la repetición en el v. 5 de las palabras del v. 1—“aun cuando … muertos a causa de … delitos”—viene la cláusula principal: el sujeto y el verbo central: “Dios (v. 4) … nos vivificó” (v. 5). Sin embargo, por la razón ya mencionada, el apóstol decide ponerse al lado de los efesios. Está convencido que su propio estado (y en realidad, el estado de todos los judíos que en otro tiempo confiaban en su propia justicia para salvación) no era básicamente mejor que el de los gentiles, y también que el nuevo gozo ahora descubierto es el mismo para todos. Así que en lugar de decir, “y a vosotros os vivificó”, dice, “y a nosotros nos vivificó”. Ahora bien, si este fuese caso de inconsistencia sintáctica, ¡es uno de los más maravillosos que se registran!

   Pablo atribuye el dramático y sobresaliente cambio que ha tenido lugar, tanto en su vida como en la de los demás, a la misericordia, amor, y gracia de Dios. El amor es básico, es decir, es el más amplio de los tres términos. Pablo dice, “Dios, siendo rico en misericordia, por causa de su grande amor con que nos amó … nos vivificó”, etc. Este amor de Dios es tan grande que desafía a todas las definiciones. Podemos hablar de él como una intensa preocupación por, profundo interés personal en, cálido lazo para, y espontánea ternura hacia sus elegidos, pero aun todo esto es como tartamudear. Aquellos, y solamente aquellos, que lo experimentan saben realmente lo que es, aunque nunca puedan entenderlo en toda su extensión (3:19). Comprenden, no obstante, que es único, espontáneo, fuerte, soberano, eterno, e infinito (Is. 55:6, 7; 62:10–12; 63:9; Jr. 31:3, 31–34; Os. 11:8; Mi. 7:18–20; Jn. 3:16; 1 Jn. 4:8, 16, 19). Es “el amor que ha sido derramado en nuestros corazones” (Ro. 5:5), “su amor hacia nosotros” (Ro. 5:8), el amor del cual nadie ni nada “nos podrá separar” (Ro. 8:39).

   Ahora bien, cuando este amor se dirige hacia pecadores considerados en toda su miseria y necesitados de conmiseración y socorro, ello recibe el nombre de misericordia. Véase C.N.T. sobre Filipenses, p. 158 donde se halla una lista de más de 100 pasajes del Antiguo y del Nuevo Testamento donde se describe este atributo divino, mostrando cuanta “riqueza” encierra esta gracia. Es tan llena de “riqueza” como el amor es tan lleno de “grandeza”. La gracia de Dios de la cual se hace mención en esta declaración, “Por gracia habéis sido salvados”, es su amor como enfocado hacia el culpable e indigno. La misericordia se compadece. La gracia perdona. Pero hace aún más que eso. Salva enteramente, librando a los hombres de la más grande miseria (condenación eterna), y otorgando a ellos las más escogidas bendiciones (vida eterna para el alma y el cuerpo). Ser salvo por gracia es lo opuesto a ser salvo por méritos, el mérito que pretendidamente resulta de la bondad inherente o el arduo esfuerzo. Cf. 2:8, 9. La expresión indica claramente que la base de nuestra salvación no descansa en nosotros sino en Dios. “Le amamos a él porque él nos amó primero” (1 Jn. 4:19). Esta naturaleza soberana del amor divino en sus varios aspectos se ilustra en pasajes tan preciosos como Dt. 7:7, 8; Is. 48:11; Dn. 9:19; Os. 14:4; Jn. 15:16; Ro. 5:8; Ef. 1:4; 1 Jn. 4:10.

   Fue por la riqueza de su misericordia, la grandeza de su amor, y el maravilloso carácter de su gracia, que Dios “nos vivificó” juntamente con Cristo aun cuando estábamos muertos a causa de nuestros delitos”. “Juntamente con Cristo”, puesto que cuando el Padre resucitó a su Hijo, haciendo que su alma volviese del Paraíso a fin de rehabitar el cuerpo que había dejado, por este mismo hecho Dios proveyó la prueba de que el sacrificio expiatorio había sido aceptado, y que, en consecuencia, la sentencia de muerte, que de otro modo habría condenado a los creyentes, había sido levantada y sus pecados perdonados. Esta justificación, a su vez, es fundamental para todas las demás bendiciones de la salvación. [6]. Esto es verdad puesto que la vivificación no es completa en sí misma, y por eso el apóstol prosigue: y nos resucitó con él y nos hizo sentar con él en los lugares celestiales en Cristo Jesús. La resurrección de Cristo y su exaltación a la diestra del Padre “en los lugares celestiales” (aquí y en 1:3 la referencia es al cielo de los redimidos; contrástese con 6:12) no sólo prefigura y garantiza nuestra gloriosa resurrección corporal con toda la gloria consecuente que ha de ser nuestra parte en la gran consumación, sino que constituye la base de nuestras bendiciones presentes. Todo lo que suceda al Novio tiene un efecto inmediato en la Novia. Este efecto no se refiere solamente al estado de la iglesia o su posición legal ante la ley de Dios, sino también a su condición, lo último debido a que del lugar de su gloria celestial y majestad Cristo envía el Espíritu al corazón de los creyentes, a fin de que mueran al pecado y sean levantados a novedad de vida. En consecuencia, podemos decir que, tanto en lo que concierne a nuestro estado como a nuestra condición, con Cristo hemos sido probados, condenados, crucificados, sepultados (Ro. 6:4–8; 8:17; Col. 1:12; 2 Ti. 2:11), y también vivificados, resucitados, y llevados a lugares celestiales (Ro. 6:5; 8:17; Col. 2:13; 3:1–3; 2 Ti. 2:12; Ap. 20:4). Por supuesto que existe el factor tiempo. No recibimos toda esta gloria de una sola vez. Sin embargo, el derecho a recibirla en forma plena está asegurado y la nueva vida ya se ha iniciado. Aun ahora, nuestra vida “esta escondida con Cristo en Dios”. Nuestros nombres están escritos en los registros del cielo. Nuestros intereses están siendo promovidos allí. Somos gobernados por normas celestiales y movidos por impulsos celestiales. Las bendiciones descienden constantemente sobre nosotros. La gracia de los cielos llena nuestros corazones. Su poder nos capacita para ser más que vencedores. Es a los cielos que nuestros pensamientos aspiran y nuestras oraciones ascienden.

   [7]. Ahora bien, ¿cuál fue el propósito que Dios tuvo en mente cuando nos concedió esta salvación? Pablo responde: a fin de mostrar en las edades venideras las extraordinarias riquezas de su gracia (expresadas) en bondad para con nosotros en Cristo Jesús. Por tanto, el propósito de Dios al salvar a su pueblo está más allá del hombre. El principal anhelo es su propia gloria en sí mismo. Es por esta razón que despliega toda su gracia en toda su incomparable belleza y poder transformador. Para algunos esto podría parecer algo frío o aun “egoísta”. No obstante, al leer el pasaje se descubrirá que la eclipsante majestad de Dios y su tierna condescendencia se combinan aquí, ¡puesto que la gloria de sus atributos es puesta en exhibición al tiempo que se refleja a sí misma “en bondad para con nosotros”! Nosotros somos sus relucientes joyas. He aquí una ilustración: A una matrona romana se le preguntó, “¿dónde están sus joyas?”, ésta llama a sus dos hijos, y señalándolos dice, “he aquí mis joyas”. Así también, a través de toda la eternidad los redimidos serán exhibidos como monumentos de “la maravillosa gracia de nuestro Señor”, quien nos rescató del pozo de destrucción y nos alzó a las alturas de celestial deleite, realizando esto a tal costo para sí mismo que no escatimó a su propio Hijo, y en tal forma que ni siquiera uno de sus atributos, ni aun su justicia, fue eclipsado.

   En Cristo Jesús esta divina bondad58 fue expuesta en varias formas, especialmente, por cierto, en la muerte en la cruz. También fue expuesta en palabras tales como las registradas en Mt. 5:7; 9:13; 11:28–30; 12:7; 23:37; Mr. 10:14; Lc. 10:25–37, para mencionar solamente algunas; y en actitudes y acciones como las rememoradas en Mt. 9:36; 14:14; 15:21, 28; 20:34 Lc. 7:11–17, 36–50; 8:40–42, 49–56; 23:34; Jn. 19:27; 21:15–17; entre muchas más.

   Pablo no dice “la gracia de Dios”, ni siquiera “las riquezas de su gracia”, sino “las extraordinarias riquezas de su gracia”. Esto es algo característico en el vocabulario de Pablo. Anteriormente había escrito a los romanos, “donde abundó el pecado sobreabundó la gracia” (Ro. 5:20). En su encarcelamiento actual hablaría a los filipenses de la paz que “sobrepasa todo entendimiento” (Fil. 4:7). En su breve período de libertad entre la primera y segunda prisión en Roma escribiría a Timoteo, “y sobreabundó la gracia de nuestro Dios, con fe y amor en Cristo Jesús” (1 Ti. 1:14). Véase también 2 Co. 7:4; 1 Ts. 3:10; 5:13; 2 Ts. 1:3. Según el modo de ver de Pablo, la gracia se halla libre de limitaciones, nada tiene de mezquino. Sus amantes brazos abarcan tanto a gentiles como a judíos. Llega aun “al principal pecador” (Pablo mismo), y es tan “rica” que enriquece cada corazón y vida que toca, llenándolo de maravilloso amor, gozo, paz, etc.

   Dios desplegará la sobreabundante riqueza de su gracia “en las edades venideras”. Pero, ¿qué se quiere significar por estas edades? Existen, principalmente, tres opiniones:

(1) Las edades que precederán a la parousía de Cristo. La expresión edades venideras “no ha de ser entendida como una referencia al mundo ‘futuro’. Pablo está hablando de la dispensación terrenal que aún no ha llegado a su fin” (Grosheide; cf. Barry). Una objeción posible a este punto de vista sería que en tal caso Pablo habría hablado probablemente de “la plenitud de los tiempos” (como en 1:10) o acerca de “la edad presente” (como en 1:21). Aunque ni siquiera en sus primeras epístolas procede asumiendo que la segunda venida sería la próxima cosa en el programa de Dios para la historia del mundo (véase 2 Ts. 2:1–12), sin embargo, no era su costumbre proponer períodos continuados de tiempo que pudieran tener lugar entre sus propios días y el regreso de Cristo.

(2) Las edades que seguirán a la parousía de Cristo. Con variación en cuanto a detalles, este punto de vista es sostenido por Abbott, Greijdanus, Lenski, Salmond, Van Leeuwen, y muchos otros. En su favor se apela a 1:21: “la edad venidera”. Sin embargo, la validez de este argumento es discutible, puesto que en 1:21 se traza un contraste entre “la edad presente” y “la venidera”. Este no es el caso en 2:7. También 1:21 lleva el singular aeon; 2:7, el plural aeons. Y cuando, según un comentarista, estas edades después de la parousía, en lo que a nosotros respecta, resultan ser “los sin fin (?) aeones de la eternidad”, y según otros— ¿olvidando tal vez que en aquella gloriosa vida no habrá más pecado y miseria? —en sus comentarios acerca de la gracia que entonces será expresada “en bondad hacia nosotros”, se interpreta esto como significando una piedad personal mostrada a los necesitados, uno comienza a dudar, después de todo, si la restricción de “las edades venideras” a la era post parousía sea legítima o no.

(3) Todo el tiempo futuro. Al comentar acerca de este pasaje Calvino dice, “Fue el propósito de Dios santificar en todas las edades el recuerdo de tan grande bondad”. Scott expresa la misma idea en estas palabras, “La nueva vida que ahora ha comenzado durará por siempre, de modo que la manifestación de la gracia de Dios se estará siempre autorrenovando. Para destacar más enérgicamente la idea de bondad que ha de extenderse por toda la eternidad, Pablo no habla de la ‘edad’ sino de las edades por venir”. Y Hodge declara, “Es mejor por tanto tomarla (la frase “en las edades venideras”) sin restricción, como refiriéndose a todo el tiempo futuro”.

   Ya que nada hay en el contexto que limite la aplicación de la frase a algún período sea antes o después del regreso de Cristo, y siendo que el apóstol mismo al tratar en forma más plena la elevada meta de la iglesia (cap. 3) habla tanto del recogimiento de los gentiles en la presente era pre parousía como de la perfección final de la iglesia en la era por venir, considero la explicación (3) como la mejor. El propósito, entonces, que Dios tuvo en mente cuando nos otorgó su gran salvación descrita en los vv. 4–6, fue que “en Cristo Jesús” (véase sobre 1:1, 3, 4) a través de toda la nueva dispensación y para siempre en lo futuro pudiera colocarnos a nosotros, igualmente judíos y gentiles, en exhibición como monumentos de la sobreabundante riqueza de su gracia expresada en bondad de la cual somos y seremos siempre los beneficiarios.

   [8]. Reflexionando sobre lo que ya ha dicho acerca de la gracia, y repitiendo la cláusula entre paréntesis del v. 5b, el apóstol dice, Porque por gracias59 habéis sido salvados … para su explicación véase el v. 5. Continúa: por medio de la fe; y esto no de vosotros, (es) don de Dios

   Hay tres explicaciones que merecen consideración:

(1) La que ofrece A. T. Robertson. Comentando sobre este pasaje en su Word Pictures in the New Testament, Vol. IV, p. 525, declara, “Gracia es la parte de Dios, fe, la nuestra”. Añade que, ya que en el original el demostrativo “esto” (y esto no de vosotros) es neutro y no corresponde al género de la palabra “fe”, que es femenina, no se puede referir a la última “sino al acto de ser salvados por la gracia bajo la condición de fe de parte nuestra”. Más claramente aun, en Gram. N.T., p. 704, declara categóricamente, “En Ef. 2:8 … no hay referencia a διὰ πίστεως (por medio de la fe) en τοῦτο (esto), sino más bien a la idea de salvación, de la cláusula anterior”.

   Sin vacilación alguna puedo contestar a Robertson, con quien está en deuda todo el mundo erudito del Nuevo Testamento, que en este caso no se ha expresado en forma muy feliz. Pienso así, en primer lugar, porque en un contexto donde el apóstol pone tan tremendo énfasis en el hecho que desde el principio hasta el fin el hombre debe su salvación a Dios, y sólo a él, habría sido muy extraño, sin duda alguna, para él decir, “Gracia es la parte de Dios, fe, la nuestra”. Aunque tanto la responsabilidad de creer como su actividad son nuestras, puesto que Dios no ha de creer en nuestro lugar, sin embargo, en el contexto presente (vv. 5–10) se esperaría énfasis en el hecho de que la fe, así en su parte inicial como en su continuación, depende enteramente de Dios, y tal es el caso en lo que respecta a toda nuestra salvación. En segundo lugar, Robertson, gramático famoso en su campo, sabía que en el original el demostrativo (esto), aunque neutro, no puede siempre corresponder en género a su antecedente. La

evidencia de que él lo sabía está en el hecho de que en la página ya mencionada de su gramática (p. 704) señala que “por lo general” el demostrativo “concuerda con el substantivo en género y en número”. Cuando dice “por lo general”, debe significar, “no siempre sino en la mayoría de los casos”. Por tanto, debió haber considerado más seriamente la posibilidad de que, dado el carácter del contexto, la excepción a la regla es aplicable, excepción que en manera alguna ha de extrañarnos. Debió haberla permitido. Finalmente, debió haber justificado el alejamiento de la regla que, a menos que haya una razón poderosa para obrar de otro modo, el antecedente debe ser buscado en la vecindad inmediata al pronombre o adjetivo al cual se refiere.

(2) La que presenta, entre otros, F. W. Grosheide. Según él, las palabras, “y esto no de vosotros” significan, “y esto de ser salvos por gracia mediante la fe no es de vosotros” sino que es don de Dios. Ya que, de acuerdo a esta teoría—también apoyada, según parece, por Juan Calvino en su comentario—la fe está incluida en el don, ningún aspecto de las objeciones a la teoría (1) se aplica a la teoría (2).

   ¿Significa entonces que (2) es totalmente satisfactoria? No necesariamente. Esto nos conduce a

(3) La explicación sustentada por A. Kuyper, padre, en su libro Het Werk van den Heiligen Geest (Kampen, 1927), pp. 506–514.

   Aunque el Dr. Kuyper no es el único defensor de esta teoría, su defensa es, tal vez, la más detallada y vigorosa. En resumen, la teoría es como sigue: “Tengo derecho de hablar acerca de las ‘sobreabundantes riquezas de su gracia’ puesto que, indudablemente, sois salvos por gracia mediante la fe; y a fin de que no comencéis a decir, ‘Pero entonces merecemos crédito, al menos, por creer’, agregaré inmediatamente que aun esta fe (o, aun este acto de fe) no es de vosotros sino que es don de Dios”.

   Con variaciones en cuanto a detalles, esta explicación fue favorecida por gran parte de los seguidores de la tradición patrística. Entre los que la apoyaban se hallan también Beza, Zanchius, Erasmo, Hugo de Groot, Bengel, Michaelis, etc. La comparten también Simpson (op. cit., p. 55), Van Leeuwen, y Greijdanus en sus comentarios. H. C. G. Moule (Ephesian Studies, Nueva York, 1900, pp. 77, 78) la apoya con la siguiente calificación, “Debemos explicar que τοῦτο (esto) no se está refiriendo precisamente al nombre femenino πίστις (fe), sino al acto de ejercitar nuestra fe”. Además, no se exagera, tal vez, al decir que la explicación ofrecida es compartida también por el hombre común que lee 2:8 en su Biblia Salmond, después de presentar varias pruebas en favor de ella, especialmente ésta que dice que “la fórmula καὶ τοῦτο podría más bien favorecerla, ya que a menudo añade algo a la idea a la cual está ligada”, termina apartándose de ella porque “la salvación es la idea principal en la declaración precedente”, hecho que, por supuesto, los defensores de (3) no están dispuestos a negar pero no hay duda que la defienden vigorosamente, sin embargo, no es un argumento válido contra la idea de que la fe, al igual que todo lo que incluye la salvación, es don de Dios. Por tanto, no es argumento válido en contra de (3).

   Estoy convencido que la teoría (3) es la explicación más lógica del pasaje en cuestión. Es probable que el mejor argumento en su favor sea este: Si lo que Pablo quiso decir es, “Porque por gracia habéis sido salvos por medio de la fe, y este ‘ser salvos’ no es de vosotros”, habría sido reo de repetición innecesaria—porque, ¿qué otra cosa puede ser la gracia sino lo que procede de Dios y no de nosotros?—repetición que se hace aún más elaborada si ahora (supuestamente) le añade, “ella, es decir, la salvación, es don de Dios”, seguida por una cuarta y una quinta repetición, a saber, “no de las obras porque obra de sus manos somos”. No es de extrañarse que el Dr. Kuyper declare, “Si el texto dijese ‘porque por gracia habéis sido salvos, no de vosotros, es obra de Dios’, tendría alguno sentido. Pero al decir primero, ‘Por gracia habéis sido salvos’, y luego, como si se tratase de algo nuevo, añadir, ‘y esto de ser salvos no es de vosotros’, es algo que no funciona suavemente sino a saltos como fuera de sus rieles … Y en tanto que con esta interpretación todo anda a tontas y a locas, cojeando y redundando, cuando seguimos a los antiguos intérpretes de la iglesia de Cristo todo resulta excelente y significante”. Esta es, según mi parecer, también, la refutación de la teoría (1) y, hasta cierto punto, de la teoría (2).

   Básicamente, sin embargo, las teorías (2) y (3) enfatizan la misma verdad, a saber, que el crédito de todo el proceso de la salvación debe ser dado a Dios, de modo que el hombre pierde toda razón para jactarse, y es exactamente lo que Pablo dice en las palabras que ahora siguen, a saber, 9, 10. no por obras, para que nadie se jacte. Esto nos introduce al tema:

Las obras con relación a nuestra salvación

(1) Rechazadas

    Como fundamento de la salvación, base sobre la cual edificar nuestra defensa, las obras son rechazadas. “No son las obras de mis manos las que pueden cumplir las demandas de la ley”. Con relación a esto, debemos recordar que el apóstol no está pensando exclusivamente o aun principalmente en las obras que se hacen en cumplimiento de la ley mosaica, por medio de las cuales el judío no convertido a Cristo buscó justificarse. Además, por tales “obras de la ley” “ninguna carne se justificará delante de él” (Ro. 3:20; cf. Gá. 2:16). Pero en vista del hecho de que Pablo estaba escribiendo a lectores en su mayoría cristianos venidos del mundo gentil, claro es que su deseo es hacer énfasis en que Dios rechaza toda obra humana, ya de gentiles como de judíos, o aun de creyentes en tiempo de eclipse espiritual, toda obra en que una persona base su esperanza de salvación. Siendo entonces la salvación obra completa de Dios, “El que ni aun a su propio Hijo perdonó, sino que le entregó por todos nosotros” (Ro. 8:32), toda base de jactancia en sí queda excluida (Ro. 3:27; 4:5; 1 Co. 1:31). Cuando el Señor venga en su gloria, los que estén a su izquierda se jactarán (Mt. 25:44; cf. 7:22); los a su derecha ni podrán recordar sus buenas obras (Mt. 25:37–39).

Ya toda jactancia queda excluida,

Ha sido otorgado su don inefable;

En Dios arraigada se halla mi vida,

Su gracia suprema es gloria deseable.

Antes que mi madre me viera nacer,

Siglos antes que su diestra de poder sin par

De la nada hiciese la tierra y el mar,

Su amor electivo velaba mi ser.

Dios es amor, ángeles claman a voz,

Lenguas humanas, vuestra elección sea Dios.

(2) Confeccionadas

   Pablo prosigue: porque hechura de sus manos somos, creados en Cristo Jesús para buenas obras, que Dios preparó de antemano … Verdad es que, aunque las buenas obras no son meritorias, no obstante, son tan importantes que Dios nos creó a fin de que podamos hacerlas. Somos hechura de sus manos: lo que él hizo, su producto (cf. Sal. 100:3). Es a Él a quien debemos toda nuestra existencia tanto espiritual como física. Nuestro nacimiento mismo como creyentes es obra de Dios (Jn. 3:3, 5). Somos creados “en Cristo Jesús” (véase 1:1, 3, 4), porque separados de él nada somos y nada podemos hacer (Jn. 15:5; cf. 1 Co. 4:7). Como “hombre en Cristo”, el creyente constituye una nueva creación, según previamente lo había dicho el apóstol (2 Co. 5:17): “Por tanto si alguno está en Cristo, es una nueva creación: las cosas viejas pasaron ya, he aquí que todo se ha hecho nuevo”. El creyente ha sido vivificado “junto con Cristo” (véase más arriba sobre v. 5; y más adelante sobre 4:24; también

Gá. 6:15).

   Ahora bien, junto con crearnos Dios también preparó buenas obras. Hizo esto, en primer lugar, dándonos a su Hijo, nuestro gran Habilitador, en quien las buenas obras hallan su más gloriosa expresión (Lc. 24:19; Hch. 2:22). Cristo no sólo nos capacita para realizar buenas obras, sino que además es nuestro ejemplo en ellas (Jn. 13:14, 15; 1 P. 2:21). En segundo lugar, dándonos la fe en su Hijo. La fe es don de Dios (v. 8). Ahora, al plantar la semilla de la fe en nuestros corazones, haciéndola brotar, atendiéndola con gran solicitud, dándole crecimiento, etc., Dios también nos preparó en este sentido para las buenas obras, puesto que las buenas obras son fruto de la fe. La fe viva, además, implica mente renovada, corazón agradecido, y voluntad rendida. Con tales ingredientes, todos ellos dones divinos, Dios confecciona o compone las buenas obras. Así entonces, resumiendo, podemos decir que al dar a su Hijo y al impartirnos la fe en ese Hijo Dios preparó de antemano nuestras buenas obras. Cuando Cristo por medio de su Espíritu mora en los corazones de los creyentes, sus dones y su gracia son otorgados a ellos, de modo que ellos, también, llevan frutos, tales como “amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, control de sí mismo” (Gá. 5:22, 23).

(3) Esperadas

   Pablo concluye este párrafo agregando: para que anduviésemos en ellas. Aunque las buenas obras han sido divinamente preparadas, son al mismo tiempo responsabilidad del hombre. Estas dos cosas jamás han de separarse. Si podemos ilustrar la salvación por medio de la figura de un árbol que florece, entonces las buenas obras estarían simbolizadas no por sus raíces, ni siquiera por el tronco, sino por el fruto. Jesús requiere de nosotros fruto, más fruto, mucho fruto (Jn. 15:2, 5, 8). Dijo “Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que mora en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto; porque separados de mí nada podéis hacer”. Llevar mucho fruto y andar en buenas obras es la misma cosa. Si cierta ocupación toma posesión del corazón del hombre, éste se halla “andando en ella”. Obsérvese: andad en ellas, ya no en delitos y pecados (vv. 1 y 2).

(4) Perfeccionadas

   Combinando (2) y (3) vemos que al andar en buenas obras entramos en la esfera de la propia actividad de Dios. Por tanto, sabemos que, aunque nuestros propios esfuerzos nos pueden a veces desilusionar, de modo que nos sentimos avergonzados aun de nuestras buenas obras, la victoria finalmente llegará; por cierto, no en forma plena en esta vida sino en la venidera. La perfección moral y espiritual es nuestra meta aun aquí, pero será nuestra porción permanente en la vida futura, porque estamos persuadidos que el que comenzó en nosotros la buena obra, la seguirá perfeccionando (Fil. 1:6). Cf. Ef. 1:4; 3:19; 4:12, 13.

   Cuando esta doctrina de las buenas obras se acepta por fe, priva al hombre de todo argumento para jactarse, pero al mismo tiempo le libra de toda causa de desesperación. Glorifica a Dios.

1er Titulo:

Es un don de dios. (Romanos 6:23. Porque la paga del pecado es muerte, más la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro.).

   Comentario: El capítulo termina con una oración inolvidablemente gloriosa: 23. Porque la paga del pecado es muerte, más la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús nuestro Señor.

  Compárese esta conclusión culminante con conclusiones de similar índole triunfal, tales como las que se encuentran en los capítulos 8, 9, 12, 13 y 16. Nótese también como se continúan aquí los contrastes del v. 22. Aquí, en este versículo 23, el contraste es entre:

paga y dádiva

muerte y vida eterna

   La frase “la paga del pecado” significa la recompensa pagada por el pecado. De modo similar, “la dádiva de Dios” significa la dádiva otorgada por Dios.

   La muerte en todas sus formas, la física, la espiritual, la eterna, es lo que el pecador ha ganado con su pecado. Pero en lo que se refiere a la vida eterna, ella es un don totalmente gratuito. Oh sí, ha sido ganada; pero no por el pecador, sino por Cristo Jesús para el pecador.

   Un tema que ha sido causa de discusión es el del significado de la palabra paga, según se la usa aquí en 6:23. ¿Se trata de un término militar? Hay que admitir con franqueza que a veces esta palabra es usada en contextos no militares. No sorprende, por lo tanto, que en vista del contexto amo-esclavo (v. 16s) se haya propuesto que aquí en el v. 23 el apóstol ve al pecado como un amo de esclavos, no como a un general que provee las raciones del soldado.

   Con todo, este argumento puede no ser tan sólido como pareciera. Considérense también estos otros elementos:

[a]. La palabra utilizada en el original—y esto es reconocido por la mayoría—indica una ración, una paga; en especial la paga de un soldado. Este es el uso más común del término.

[b]. Aun en el Nuevo Testamento, en dos de las otras tres ocasiones en que aparece esta palabra (“Unos soldados también le preguntaron”, Lc. 3:14; “¿Quién fue jamás soldado a sus propias expensas?” (1 Co. 9:7), su sentido militar es claro. E inclusive en el pasaje restante en que se usa esta palabra (2 Co. 11:8) puede ser que Pablo, quien a lo largo de sus epístolas frecuentemente emplea figuras tomadas de la vida del soldado, quizá esté usando una “osada metáfora militar”.

   Parecería, en consecuencia, que en términos generales la opinión de que la palabra paga tiene aquí un sentido militar, viéndose entonces al Pecado como un general que abone esta paga, tiene algo más de aceptación.

  “Mas la dádiva de Dios es vida eterna”. ¡Qué maravillosa culminación! ¡Qué verdad consoladora! El pecador que ha ido a buscar refugio en Dios por medio de Cristo recibe lo máximo por lo mínimo: ¡vida eterna por nada!

   Vida eterna; esto quiere decir; comunión con Dios en y por medio de Cristo Jesús (Jn. 17:3); la luz del conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Cristo Jesús (2 Co. 4:6); el amor de Dios vertido en el propio corazón por el Espíritu Santo; la paz de Dios que sobrepuja todo entendimiento (Fil. 4:7), ¡todo esto y mucho más por los siglos de los siglos! Todo esto se experimenta “en íntima unión” con Cristo Jesús. Pablo concluye bellamente el capítulo con el lenguaje de la apropiación por medio de la fe: ¡nuestro Señor!

   Lecciones prácticas derivadas de Romanos 6:23. “Porque la paga del pecado es muerte, más la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús nuestro Señor”.

   La elección es entre estas dos: la muerte o la vida. Aunque la Escritura ciertamente reconoce diversos grados de castigo y de gloria, no hay territorio neutral entre la muerte y la vida. Además, para los seres racionales no hay posibilidad de evitar una elección. Y el contraste entre estos dos destinos es inconmensurable. Por ello es tan importante este pasaje. Es menester elegir bien. Y esta elección, además, por la gracia de Dios debe renovarse cada día.

2° Titulo:

Un nuevo nacimiento. (San Juan 3:3 al 7. 3Respondió Jesús y le dijo: De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios. 4Nicodemo le dijo: ¿Cómo puede un hombre nacer siendo viejo? ¿Puede acaso entrar por segunda vez en el vientre de su madre, y nacer? 5Respondió Jesús: De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios. 6Lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es. 7No te maravilles de que te dije: Os es necesario nacer de nuevo. 

   Comentario: 3. Respondió Jesús y le dijo: De cierto, de cierto te aseguro, que a menos que uno naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios. Nicodemo no había hecho aún ninguna pregunta; y, sin embargo, Jesús le responde, pues él podía leer la pregunta que se albergaba en lo profundo del corazón del fariseo. Basándonos en la contestación de Cristo podemos suponer con seguridad que la pregunta de Nicodemo era muy parecida a la que encontramos en Mt. 19:16. Al igual que el “joven rico”, este fariseo, que una noche fue a ver a Jesús y que algunos consideran como un “viejo rico”, también quería saber qué bien tenía que hacer para entrar en el reino de los cielos (o, para obtener la vida eterna, que es, simplemente, otra forma de decir lo mismo.) Pero Nicodemo ni siquiera tuvo la oportunidad de expresar en palabras la pregunta que había en lo profundo de su alma.

   La respuesta de Jesús es otro mashal (cf. 2:19). A Nicodemo debió parecerle algo semejante a una adivinanza. Esto es verdad tanto si la conversación se mantuvo en arameo como en griego. El texto griego, tal como lo tenemos, nos plantea inmediatamente un problema: Cuando Jesús dijo: “… a menos que uno naciere ἄνωθεν”, ¿cuál es el significado de esta última palabra? Puede significar “de arriba” (desde lo alto). De hecho, este es el sentido que tiene en otras partes del Evangelio de Juan (3:31; 19:11; 19:23). Parece, pues, probable que también aquí (3:3, 7) tenga ese significado. Además, en Mt. 27:51, Mr. 15:38, y Stg. 1:17; 3:15, 17, tiene también ese sentido. Por consiguiente, podemos creer que Jesús se estaba refiriendo a un nacimiento “de arriba”, esto es, del cielo. Esta palabra, no obstante, puede tener una acepción distinta; a saber, “de nuevo” u “otra vez” (Gá. 4:9). Y en tercer lugar, también puede denotar “desde el primero” o “desde el principio” (Lc. 1:3; Hch. 26:5). Este tercer significado, sin embargo, se puede rechazar por no ser adecuado en el presente contexto. Entonces Nicodemo se enfrenta con la elección entre la primera y la segunda connotación. Sin embargo, todo lo dicho hasta ahora es cierto tomando como base el griego. Si se supone que la conversación se desarrolló en arameo, lo cual es muy probable, la adivinanza sigue manteniéndose, aunque ligeramente modificada. Podría argüirse que en arameo no existe ninguna palabra que tenga idéntica ambigüedad que la griega ἄνωθεν. Pero aun aceptando esto, la realidad es que Nicodemo tuvo que enfrentarse con esta gran dificultad: ¿Cómo puede un hombre experimentar otro nacimiento, sea en el sentido que sea? Por supuesto, nosotros sabemos lo que Jesús quiso decir; a saber, que para ver el reino de Dios es necesario que una persona nazca de arriba; o sea, que el Espíritu Santo debe implantar en su corazón la vida que tiene su origen no en la tierra sino en el cielo. Que no se imagine Nicodemo que las dignidades terrenales o nacionalistas le capacitara a uno para entrar en este reino. Que tampoco piense este fariseo que un mejoramiento de la conducta externa—una conducta en completa concordancia con la ley— es todo lo que se necesita. Tiene que haber un cambio radical. Y a menos que uno nazca de lo alto, no puede siquiera llegar a ver el reino de Dios; es decir, no puede experimentarlo y participar de él; no puede poseerlo y disfrutarlo (Cf. Lc. 2:26; 9:27; Jn. 8:51; Hch. 2:27; Ap. 18:7).

   Cuando Jesús habla acerca de entrar en el reino de Dios, es evidente que esta expresión equivale a tener vida eterna o ser salvo (cf. 3:16, 17). El reino de Dios es el ámbito en que su dominio se reconoce y obedece, y en el que prevalece su gracia. Antes de que alguien pueda ver ese reino, antes de que alguien pueda tener vida eterna en cualquier sentido, es necesario que nazca de lo alto. Se ve, pues, claramente, que hay una acción de Dios que precede a toda acción del hombre. En su etapa inicial, el proceso de cambiar a una persona en hijo de Dios precede a la conversión y a la fe. (Véase también 1:12.)

   [4]. En su respuesta Nicodemo demuestra que no había comprendido en absoluto el profundo significado del divino mashal ¿Cómo puede un hombre nacer cuando ya es viejo?” Esta contestación no implica necesariamente que Nicodemo fuera un hombre viejo. Jesús había pronunciado unas palabras que se podían aplicar a cualquier persona. Nicodemo, como si quisiera mostrar el carácter absurdo de estas palabras, toma un caso extremo: ¡a quién se le ocurriría pensar que un hombre viejo realmente tenía que nacer otra vez! Así pues Nicodemo prosiguió: No puede entrar por segunda vez en el vientre de su madre y nacer, ¿verdad? Solo el pensarlo le parece a este fariseo totalmente imposible. La respuesta que él espera a esta pregunta retórica es, por supuesto, negativa. (Véase 2:19 para otros ejemplos de una crasa interpretación literal.)

[5]. Respondió Jesús: De cierto, de cierto te digo, que a menos que uno naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios. La clave para la interpretación de estas palabras se encuentra en 1:22. (Cf. también 1:26, 31; y Mt. 3:11; Mr. 1:8; Lc. 3:16) donde el agua y el Espíritu aparecen juntos en relación con el bautismo. Así, pues, el significado evidente es éste: el ser bautizado con agua no es suficiente. La señal ciertamente, es de gran valor. Tiene mucha importancia como una representación visible y como sello. Pero la señal debe ir acompañada de la cosa significada: la obra purificadora del Espíritu Santo. Esto último es lo indispensable para la salvación. Téngase en cuenta que en los versículos 6 y 8 ya no se dice nada sobre el nacimiento de agua sino solamente acerca del nacimiento del Espíritu, el único indispensable.

   Es cierto, no obstante, que la obra purificadora del Espíritu Santo no termina sino hasta que el creyente entra en el cielo. En un sentido, el llegar a ser hijo de Dios es un proceso que dura toda la vida (cf. 1:12), pero en el presente pasaje se trata de la limpieza inicial derivada de la implantación de una nueva vida en el corazón del pecador, y esto se deduce claramente de la afirmación hecha de que uno no puede entrar en el reino de Dios si no ha nacido de agua y del Espíritu. (Para el significado del reino de Dios véase 3:3.)

   [6]. Por consiguiente, se insiste mucho en el hecho de que el nacimiento físico (véase 1:13) no da a nadie prerrogativas en la esfera de la salvación. Por esta misma razón Jesús prosigue: Lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es. (Acerca de los diversos significados de la palabra “carne” en el cuarto Evangelio, véase 1:14.) Este versículo se podría parafrasear del siguiente modo: La naturaleza humana pecadora produce naturaleza humana pecadora (cf. Job 14:4, “¿Quién puede sacar lo limpio de lo inmundo? Nadie”. Cf. También Sal. 51:5). El Espíritu Santo es el autor de la naturaleza humana santificada.

   [7]. Jesús continúa, No te maravilles (o, no te empieces a maravillar) de que te dije: Os es necesario nacer de nuevo. A Nicodemo todo aquello le parecía sumamente extraño. Estaba acostumbrado a la idea de salvación por medio de las obras de la ley; es decir, por un acto del hombre. Pero la enseñanza que ahora recibe es que la salvación es un don de Dios, y que, en su primera etapa, tiene lugar por medio de un acontecimiento en el que el hombre es necesariamente pasivo. Una persona no puede hacer nada en cuanto a su propio nacimiento. Y sin embargo Jesús había dicho: “Os es necesario nacer de nuevo”. Con frecuencia, en la predicación de nuestros días, se interpreta mal la expresión es necesario. Se debe entender claramente que, en concordancia con todo el contexto, no se refiere a la esfera de la obligación moral sino a la del decreto divino. Cuando Jesús dice: “Os es necesario nacer de nuevo”, no significa, “Haced todo lo posible para nacer de nuevo”. Por el contrario, lo que quiere decir es: “Algo tiene que sucederos: el Espíritu Santo debe poner en vuestro corazón la vida de lo alto”. Y Nicodemo debía haber tenido un conocimiento lo suficientemente profundo de su propia incapacidad y corrupción para comprender esto inmediatamente. Entonces no hubiera mostrado con su expresión o con sus palabras que le resultaba tan extraña y sorprendente la enseñanza de Jesús acerca de la absoluta necesidad y del carácter soberano de la regeneración.

3er Titulo:

Liberación del pecado. (1ª de Pedro 1:18 y 19. sabiendo que fuisteis rescatados de vuestra vana manera de vivir, la cual recibisteis de vuestros padres, no con cosas corruptibles, como oro o plata, sino con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin contaminación,).

   Comentario: Redención:  [18]. Pues bien, saben que a ustedes se les rescató de la vana manera de vivir que les trasmitieron sus antepasados, no con cosas perecederas, como el oro o la plata, [19]. sino con la preciosa sangre de Cristo, cordero sin mancha y sin defecto.

   Tomemos nota, entonces, del primer punto de doctrina.

-a. Redención. Este pasaje tiene un aspecto negativo y uno positivo. Para decirlo de otra manera, se comparan cosas perecederas (plata y oro) con Cristo, cuya sangre tiene un significado eterno.

  1. “Pues bien saben que a ustedes se les rescató … no con cosas perecederas como el oro o la plata”. He aquí un amable recordatorio de lo que los lectores saben acerca de su salvación: su conocimiento de la salvación los ha llenado de “un gozo indecible y glorioso” (v. 8). Ellos saben que Dios, por medio de Cristo, los ha redimido a un costo enorme.

   Pedro evalúa el costo de la redención primeramente en términos de cosas creadas; las tales, por supuesto, están sujetas a cambio y corrupción. Menciona dos metales preciosos (plata y oro) que, hablando en términos comparativos, están entre los menos perecederos. Primeramente, menciona la plata. Pero la plata, si se la expone a cualquier tipo de compuestos sulfúricos que pueda haber en el aire, se empaña, se corroe y pierde su valor. A continuación, Pedro menciona el oro, que es más durable que la plata. Pero aun este metal precioso está sujeto a deterioro. En resumen, las posesiones terrenales no sirven como pago para la redención de los creyentes (véase Is. 52:3).

   Cuando usamos hoy en día la palabra redimir, lo hacemos con un sentido reflexivo: “Hoy me redimí ante mis colegas”. Queremos decir que hemos recobrado nuestra posición anterior. También utilizamos esta expresión cuando cambiamos vales por ciertas mercaderías en algunos centros especiales. Y finalmente, podemos decir que hemos redimido algo al volver a comprarlo o al cumplir obligaciones financieras (p. ej. al pagar un préstamo).

   ¿Qué es lo que dice la Escritura al respecto? En el Antiguo Testamento, Dios redimió a su pueblo del yugo de la esclavitud de Egipto (Ex. 6:6). Lo hizo enviando diez plagas sobre los opresores de Israel. En la antigüedad los esclavos podían obtener su libertad con cierta suma de dinero que podía ser pagada ya sea por ellos mismos o por alguna otra persona.

   En el Nuevo Testamento, el foco gira hasta iluminar a Cristo. Leemos que “Cristo nos redimió de la maldición de la ley, haciéndose maldición por nosotros” (Gá. 3:13).101 Pablo dice que Cristo Jesús “se entregó por nosotros para redimirnos de toda maldad y para purificar para sí mismo un pueblo que sea de su propiedad, deseoso de hacer lo bueno” (Tit. 2:14; compárese también Sal. 130:8). Pedro también utiliza la palabra redimir al referirse a la muerte de Cristo y a nuestro rescate del pecado (1:18–19).

  1. “De la vana manera de vivir que les trasmitieron sus antepasados”. La frase vana manera de vivir describe un estilo de vida que carece de propósito, que es infértil e inútil. El texto no da ninguna indicación acerca de si Pedro se está refiriendo a los antepasados de los judíos que vivían según la tradición en vez de la Palabra de Dios (Jesús reprochó a los judíos porque observaban las tradiciones de los ancianos y dejaban de lado los mandamientos de Dios [Mr. 7:5–13]). Otra posibilidad es que Pedro se esté refiriendo a los antepasados paganos de los lectores gentiles; en sus epístolas, Pablo habla acerca de la vida vana de los gentiles (Ro. 1:21; Ef. 4:17). Una tercera opción sería que Pedro esté hablando de los antepasados en general, tanto de los judíos como de los gentiles.
  2. “Sino con la preciosa sangre de Cristo, cordero sin mancha y sin defecto”. Aquí tenemos el aspecto positivo de nuestra redención. Pedro habla como judío totalmente compenetrado de la historia y rito de la Pascua. El pueblo judío había sido liberado de la esclavitud cuando cada familia tomó un cordero sin defecto, lo mató al caer la tarde del día catorce del mes de Nisán, poniendo la sangre en los dos postes laterales y en los dinteles de sus casas (Ex. 12:1–11), y comió la cena pascual.

   Los escritores del Nuevo Testamento enseñan que Cristo es ese cordero de la Pascua. Juan el Bautista señala a Jesús y dice: ¡Mirad, el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo!” (Jn. 1:29). Pablo comenta que nuestra redención ha sido lograda por medio de Cristo Jesús porque “Dios lo presentó como propiciación” (Ro. 3:25). El escritor de Hebreos declara que Cristo no entró en el Lugar Santísimo por medio de la sangre de machos cabríos y becerros sino que entró “una vez para siempre por medio de su propia sangre, habiendo obtenido eterna redención” (9:12). Y Juan ha registrado en Apocalipsis un nuevo cántico que los santos que están en el cielo cantan a Cristo: “Digno eres de tomar el libro y de abrir sus sellos; porque tú fuiste inmolado, y con tu sangre nos has redimido para Dios, de toda linaje y lengua y pueblo y nación” (5:9).

   El Nuevo Testamento desarrolla la enseñanza que Cristo Jesús es nuestro redentor. Lamentablemente, en nuestro vocabulario cristiano habitual la palabra redentor no es tan común como la palabra salvador. Reconocemos prestamente que Jesucristo nos ha salvado del poder y de la destrucción del pecado. Pero es de un significado aun mayor la verdad que él nos ha adquirido derramando su sangre preciosa en la cruz del Calvario. De estos dos términos, por lo tanto, la expresión redentor merece mayor prominencia que la palabra salvador.

4° Titulo:

Nueva vida. (2ª a los Corintios 5.17 y 18. De modo que, si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas. Y todo esto proviene de Dios, quien nos reconcilió consigo mismo por Cristo, y nos dio el ministerio de la reconciliación).

   Comentario: [17]. Así que, si alguno está en Cristo, es una nueva creación. Las cosas viejas pasaron; y ahora las cosas nuevas han aparecido.

   Los versículos 16 y 17 son la conclusión lógica del pasaje anterior (vv. 14–15), pues son análogos y ambos muestran un contraste negativo y otro positivo (vv. 16 y 17, respectivamente). Dado que estos dos versículos ofrecen un mensaje paralelo, el último de los dos se ve influido por el primero y de él depende. Las cláusulas en el original griego son cortas y, al traducirlas, hay que añadirles el verbo ser/estar en la primera cláusula.

   Veamos primero la frase así que, la cual introduce un resumen de lo que Pablo ha dicho anteriormente sobre la unidad que los creyentes tienen con Cristo. Él murió por ellos y fue resucitado, y ellos, a su vez, viven para él (v. 15). Cuando Pablo escribe: «Si alguno está en Cristo», expresa el hecho de que gran número de personas, en Corinto y en otros lugares, son verdaderos creyentes.

   En segundo lugar, la frase en Cristo aparece como unas veinticinco veces en las epístolas de Pablo, y significa la comunión íntima que los creyentes disfrutan con su Señor y Salvador. Estar en Cristo significa ser parte de su cuerpo (1 Co. 12:27), y Cristo produce una radical transformación en la vida del creyente. En lugar de servir a su propio ego, el cristiano sigue a Cristo y responde a la ley del amor a Dios y al prójimo.

   Algunos traductores desean ver un equilibro en esta frase, y por ende ligan la palabra alguno, de la primera cláusula, con el pronombre él («él es nueva creación»), de la segunda. Pero la mayoría de los expositores bíblicos perciben, acertadamente, la nueva creación no como circunscrita a una sola persona, sino como extensiva a todo el entorno de dicha persona. (cf. Gá. 6:15; Ap. 21:5). Esto es, cuando la gente, con la conversión, llega a formar parte del cuerpo de Cristo, sus vidas experimentan un giro de ciento ochenta grados. Ahora aborrecen el mundo de pecado, y quienes eran sus amigos, ahora les son hostiles. Su estilo de vida anterior a la conversión, ya no es más que historia, y «las viejas cosas pasaron» (véase el paralelismo con Is. 43:18–19). Para los conversos, la vida en Cristo es una constante fuente de gozo y bendiciones diarias; todos los creyentes, como un cuerpo unitario, le prestan apoyo inmediato y ayuda; y su certeza personal y confianza certifican la autenticidad de su serenidad.

   Los eruditos discuten si Pablo tomó prestada, de los rabinos de su tiempo, la frase nueva creación. Incluso si lo hubiera hecho, estos maestros judíos nunca asociaban esta frase con la renovación y regeneración moral. Según ellos, la renovación tiene que ver con la remisión de los pecados, pero no en el sentido de la transformación que Jesucristo produce en la vida de los creyentes. Para los conversos a la fe cristiana, las viejas cosas habían perdido su atractivo y han sido sustituidas por las nuevas mediante Cristo. Aunque las tentaciones siempre los asedian, los creyentes recurren, en oración, a la sexta petición de la oración que el Señor les enseñó: «No nos metas en tentación; más líbranos del mal» (Mt. 6:13), y saben que Dios les da fortaleza para resistir el mal.

[18]. Y todo esto proviene de Dios, quien nos reconcilió consigo mismo por medio de Cristo y nos ha dado el ministerio de la reconciliación:

-a. «Y todo esto proviene de Dios». Nunca nadie puede decir que la renovación se inicia en el ser humano, pues Pablo claramente enseña que Dios es el principio y la fuente de toda renovación. Dios creó todas las cosas por medio de Cristo Jesús (Jn. 1:3; Col. 1:15–18; Heb. 1:2) y vuelve a crear todas las cosas para sus hijos. Ellos están en Cristo Jesús, porque Dios es la causa de que sean miembros del cuerpo de Cristo (referirse a 1 Co. 1:30).

-b. «Quien nos reconcilió consigo mismo por medio de Cristo». Esta asombrosa declaración revela el infinito amor de Dios. Nosotros ofendimos a Dios rompiendo sus mandamientos y pecando contra él. Por lo tanto, la iniciativa de una reconciliación debiera haber partido de nosotros, que fuimos los ofensores. En cambio, leemos que Dios, la parte ofendida, se acerca a nosotros para restaurar las relaciones. Dios tomó la iniciativa y completó la obra de reconciliación antes de que nosotros, como pecadores, respondiéramos a la misericordiosa invitación divina a reconciliarnos con él (Ro. 5:10–11). En pocas palabras: fue Dios quien restauró la relación entre él y nosotros, en procura de que su nueva criatura en nosotros pueda realizarse plenamente.

   En tiempos apostólicos, los judíos creían que el hombre era quien tenía que iniciar la relación con Dios, principalmente por la oración y la confesión de pecado. Por ejemplo, el autor de 2 Macabeos usa el verbo reconciliar cuatro veces, y todas ellas están en voz pasiva. Con ello se evidencia que son los seres humanos los que piden la reconciliación con Dios.

   Por contraste, el Nuevo Testamento enseña que Dios nos restaura con él «al ponernos en relación correcta con él». Cuando el verbo reconciliar está en voz activa, Dios es el agente de la acción y nosotros su objeto. Pero cuando, en el mismo contexto, este verbo está en voz pasiva, nosotros somos el sujeto (véase v. 20). Dios no fue el causante del alejamiento entre él y nosotros; por lo tanto, no tiene por qué ser él quien se reconcilie con nosotros. No obstante, en amor, Dios nos reconcilia con él mediante la obra expiatoria de su Hijo Jesucristo. Por esta razón, Pablo dice que Dios trajo la reconciliación mediante Cristo, esto es, por la obra redentora de Jesús. La frase por medio de Cristo alude a su muerte y resurrección (vv. 14–15), los cuales hacen posible la nueva creación (v. 17) y la reconciliación (vv. 18–20).

-c. «[Dios] nos ha dado el ministerio de la reconciliación». Dios mismo encargó a Pablo y a sus colaboradores que familiarizaran a los lectores de esta epístola con su obra. Dios quiere que sus siervos se comprometan en un ministerio restaurador por la predicación, la enseñanza y la aplicación del evangelio. Para Pablo, se trata del ministerio del Espíritu del Dios vivo (3:3, 8), que es glorioso en la manifestación de la justicia (3:9). Asimismo, este ministerio garantiza la paz entre Dios y los seres humanos (Ro. 5:1, 10; Col. 1:20; véase Hch. 20:24). La paz es el resultado de la restauración de unas relaciones personales que se rompieron, y «una señal clara del don universal de la salvación».

Amen, para la honra y gloria de Dios.

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Hno Roberto Saldías Roa

Miembro de la IEP en Nacimiento Bajo, nació en el evangelio del Señor en la Iglesia de Laja 1975. Casado con María Nahuelmán, estudia teología de manera autodidacta. Me gusta mucho leer y escribir.

 

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