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Semana Del 17 Al 23 Septiembre De 2018 “El Espíritu Santo En Cristo (Parte2)

Semana Del 17 Al 23 Septiembre De 2018 “El Espíritu Santo En Cristo (Parte2)

Lectura Bíblica: San juan Cap. 1, versículos 32 al 34. También dio Juan testimonio, diciendo: Vi al Espíritu que descendía del cielo como paloma, y permaneció sobre él. Y yo no le conocía; pero el que me envió a bautizar con agua, aquél me dijo: Sobre quien veas descender el Espíritu y que permanece sobre él, ése es el que bautiza con el Espíritu Santo. Y yo le vi, y he dado testimonio de que éste es el Hijo de Dios. 

Comentario: 32. Y Juan dio testimonio, diciendo: Vi al Espíritu descendiendo del cielo como una paloma, y reposó sobre él.

Aquí el evangelista parece dar por sentado que los lectores ya conocen los Sinópticos, pues en éstos la ocasión en que el Espíritu Santo descendió sobre Jesús en forma de paloma está claramente relatada (Mt. 3:13–17; Mr. 1:9, 10; Lc. 3:21, 22) y no simplemente sobre entendido como en el versículo 33. Por ello, el escritor del cuarto Evangelio omite informar a sus lectores con claridad que este acontecimiento tuvo lugar cuando Jesús fue bautizado.

 Para el significado de los verbos dar testimonio y ver, véase respectivamente la explicación de 1:7 y de 1:14. Lc. 3:22 arroja luz sobre varios de los términos que hallamos en Jn. 1:32–34. Así, haciendo una comparación, descubrimos que lo que Juan vio fue el Espíritu Santo. Por supuesto, el Espíritu mismo no tiene cuerpo y no se puede ver con los ojos físicos. Pero se nos dice abiertamente que la tercera Persona de la Trinidad se manifestó al Bautista bajo el simbolismo de una paloma. Lo que se vio físicamente fue una forma corpórea como una paloma, como también explica Lc. 3:22. No se sabe exactamente por qué Dios escogió una paloma para representar al Espíritu Santo. Algunos comentaristas señalan la pureza, la mansedumbre y la gracia de la paloma, propiedades éstas que, en grado infinito, caracterizan al Espíritu. Es posible que esta explicación sea correcta. Juan observó que aquella forma corporal reposó (por unos momentos) sobre Jesús; es decir, no desapareció inmediatamente. Basándonos en pasajes tales como 3:34; Lc. 4:18 y siguientes; Is. 61:1 y siguientes, podemos decir lo que Juan vio fue la manifestación visible del ungimiento de Jesús por el Espíritu Santo. Este ungimiento, como indican las referencias, incluye dos elementos: a. que Dios ordenó al Mediador para su obra específica, y b. que el Mediador fue capacitado de cumplirla.

  1. Y yo no le conocía. El Bautista repite que anteriormente no tenía conocimiento de Jesús en su función del Mesías (véase versículo 31). De ahí que su testimonio sea aun más valioso, pues le fue dado de lo alto, y se apoyaba en una revelación sobrenatural. Mas el que me envió a bautizar con agua, aquél me dijo: Sobre quien vieres descender el Espíritu, y que reposa sobre él, éste es el que bautiza con el Espíritu Santo. Juan cita las palabras de su divino Señor. Para una explicación en cuanto al bautismo con agua en contraposición al bautismo con el Espíritu Santo, véase el comentario sobre 1:26. Obsérvese la repetición de pronombres en este versículo.
  2. En este versículo se concluye el testimonio del Bautista. Y yo he visto y he dado testimonio … El uso del tiempo perfecto en estos verbos indica claramente que el hombre que tuvo esta maravillosa experiencia desea declarar en la forma más solemne que no sólo lo vio sino que la visión todavía está ante sus ojos; que no sólo testificó sino que su testimonio aún permanece. El contenido del testimonio es: (que) éste es el Hijo de Dios. Al colocar el título al final de la frase se produce un sorprendente clímax, en hermosa armonía con el

propósito del cuarto Evangelio, según aparece en 20:30, 31. En relación al significado de este título podemos referirnos una vez más a Lucas 3:22. En ese pasaje se afirma claramente que el Bautista, además de ver una forma corporal como de paloma, oyó también una voz del cielo que decía a Jesús: “Tú eres mi hijo amado, en ti me he complacido”. Por ello, aquí en Jn. 1:34 la expresión el Hijo de Dios se refiere al propio Hijo de Dios en el sentido más elevado en que se puede usar este término. Expresa la relación especial que existe eternamente entre el Padre y el Hijo (1:1, 18; 3:16–18; 5:25; 17:5; 19:7; 20:31).

Síntesis de 1:32–34

El Hijo de Dios se revela a sí mismo a círculos cada vez más amplios: a Juan el Bautista, el cual testifica acerca de él.

Este párrafo se refiere a un acontecimiento que tuvo lugar un día después de que la delegación del Sanedrín visitara al Bautista. Este ve a Jesús que regresa del desierto y exclama: “He aquí, el Cordero de Dios, que está quitando el pecado del mundo”. En Cristo, el Cordero de Dios, hallan su gran Antitipo todos los corderos típicos de la ley y de las profecías. Este Cordero estaba quitando el pecado del mundo. Y esto lo hizo durante toda su permanencia en la tierra, no sólo cuando murió en la cruz. Su vida entera y su muerte bajo la maldición fue un sacrificio expiatorio que ofreció a Dios. Además, estaba quitando no sólo el pecado de Israel sino el de todo el mundo, pues él salva a hombres de toda tribu y nación.

El Bautista repite el testimonio que, quizá, había pronunciado con frecuencia: “Tras mí viene un varón el cual se ha puesto delante de mí porque existía antes que yo”. (Véase versículo 15.) “Y yo no le conocía”, dice Juan prosiguiendo su testimonio. Sin embargo, el propósito de sus bautismos era precisamente hacer que el agua, que simbolizaba la necesidad de purificación espiritual, atrajera la atención de Israel sobre el Cordero de Dios, que quita el pecado.

Al Bautista le había sido revelado por medio de un mensaje directo de Dios que Jesús era este Cordero de Dios: “Sobre quien vieres descender el Espíritu y que reposa sobre él, éste es el que bautiza con el Espíritu Santo”. Con esta señal se había revelado que Jesús era ciertamente el Cristo; es decir, el Ungido, separado y capacitado por el Espíritu para su obra de Mediador y Redentor.

El testimonio del Bautista alcanza su gloriosa culminación en las palabras: “Y yo he visto, y he dado testimonio que éste es el Hijo de Dios”. El Bautista había oído una voz del cielo: “Tú eres mi Hijo amado; en ti me he complacido”. Su testimonio es, por decirlo así, como un eco de esta voz. Y ese eco nunca se extingue.

 

Texto: San Lucas Cap. 4, versículo 18. El Espíritu del Señor está sobre mí, Por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres; Me ha enviado a sanar a los quebrantados de corazón; A pregonar libertad a los cautivos, Y vista a los ciegos; A poner en libertad a los oprimidos;

1er Titulo:

En Su Consagración Oficial. (San Mateo 3: 16-17.).Y Jesús, después que fue bautizado, subió luego del agua; y he aquí los cielos le fueron abiertos, y vio al Espíritu de Dios que descendía como paloma, y venía sobre él. Y hubo una voz de los cielos, que decía: Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia.

 Comentario: 16. E inmediatamente, cuando Jesús fue bautizado y salió del agua, he aquí los cielos fueron abiertos.…El modo del bautismo, sea que Jesús estaba de pie en el Jordán de modo que tenía los pies en el agua y el Bautista derramaba o rociaba agua en la cabeza, o que todo su cuerpo haya sido sumergido, no es indicado en este pasaje. Es natural suponer que había descendido hasta la orilla del río y que por lo menos había dado algunos pasos en el agua. El v. 16 nos informa que habiendo sido bautizado, Jesús salió nuevamente del agua. Esto es todo lo que sabemos. El Espíritu Santo no ha querido darnos detalles más específicos en cuanto al modo del bautismo practicado durante el período abarcado por el Nuevo Testamento.

Lo que sí es importante, tan importante que Mateo dirige a ello nuestra atención introduciéndolo con “he aquí”, es que los cielos fueron abiertos. Esta no fue una experiencia puramente subjetiva en el corazón de Jesús. Fue definitivamente un milagro, que ocurrió ante la vista de todos los que estaban presentes con Juan y Jesús. ¿No vio Ezequiel también los cielos abiertos (Ez. 1:1)? ¿Y también Esteban (Hch. 7:56)? ¿Y también el apóstol Juan en Patmos (Ap. 4:1; 11:19; 19:11; cf. Is. 64:1; 2 Co. 12:1–4)? Continúa: y él (Juan) vio al Espíritu de Dios que descendía como una paloma y se posaba sobre él. Cf. Mr. 1:10; Lc. 3:22; Jn. 1:32–34. Repentinamente “se abrieron” los cielos, y Juan vio al Espíritu Santo. Por supuesto, el Espíritu Santo mismo no tiene cuerpo y no se puede ver con los ojos físicos. Pero se nos dice que la tercera Persona de la Trinidad se manifestó al Bautista bajo el símbolo de una paloma. Lo que el Bautista vio físicamente fue una forma corporal semejante a una paloma. Vio que descendía sobre Jesús. No es claro por qué Dios escogió la forma de una paloma para representar al Espíritu Santo. Algunos comentaristas señalan la pureza y la dulzura o benignidad de la paloma, propiedades que en un grado infinito caracterizan al Espíritu, y por lo tanto, también a Cristo (cf. Sal. 68:14; Cnt. 2:14; 5:2; Mt. 10:16). Así equipado y dotado, Cristo estaba en condiciones de llevar a cabo la dificilísima tarea que el Padre le había dado que hiciera. Para salvarnos del pecado, necesitaba ser puro. Para soportar el tormento, perdonar nuestras iniquidades y tener paciencia con nuestras debilidades, necesitaba ser apacible, manso y benigno. Esto también él lo poseía en una medida abundante, y él les dijo a sus seguidores que por la gracia y el poder de Dios, ellos debieran adquirir y ejercer los mismos dones (Mt. 11:29, 30; 12:19; 21:4, 5; Lc. 23:34; 2 Co. 10:1; Fil. 2:5–8; 1 P. 1:19; 2:21–25; y en el Antiguo Testamento: Is. 40:11; 42:23; 53:7; y Zac. 9:9). El Bautista notó que la forma de una paloma, que simbolizaba al Espíritu, posó durante un tiempo sobre Jesús (Jn. 1:32, 33). No desapareció inmediatamente. ¿Ocurrió esto para dejar en la mente de Juan y de toda la iglesia a través de las edades, no solamente que Jesús era el Cristo, sino también que el Espíritu ahora estaba sobre él permanentemente dándole la plena capacidad para la más difícil, pero a la vez la más gloriosa de las tareas? Debiera recordarse constantemente que, aunque la naturaleza divina de Cristo no necesitaba ser fortalecida y en realidad no podía serlo, no ocurría lo mismo con respecto a su naturaleza humana. Esta podía y necesitaba ser fortalecida (Mt. 14:23; 17:1–5; 26:36–46; cf. Mr. 14:36; Jn. 12:27, 28; y especialmente Heb. 5:8). El hecho de que aquí le fuera dada la unción por el Espíritu Santo (Sal. 45:7; Is. 61:1–3; Lc. 3:22; 4:1, 18–21), de ningún modo constituye un conflicto con su concepción por el poder del mismo Espíritu (Mt. 1:20; Lc. 1:35). Los dos hechos armonizan en forma hermosa.

Hasta aquí hemos oído acerca de la petición del Hijo de ser bautizado, y de su bautismo, reafirmando por lo tanto su completa disposición de tomar sobre sí y llevar el pecado del mundo (Jn. 1:29); también hemos oído del Espíritu que descendió sobre él, capacitándolo para una tarea tan grande y sublime. Entonces es del todo adecuado que se agregue la voz del Padre que da su completa aprobación y complacencia, para que quede en claro que en la obra de salvar a los pecadores, como en toda obra divina, los tres son uno. Por eso, sigue el v. 17. Y en ese momento se oyó una voz del cielo que decía: Este es mi Hijo, el Amado, en quien tengo complacencia.

Los tres siempre son uno; por ejemplo, el Hijo muere por “aquellos a quienes” (literalmente, según el mejor texto, por “los que”) el Padre le ha dado (Jn. 10:29); y éstos son los mismos que el Espíritu lleva a la gloria (Jn. 14:16, 17; 16:14; Ro. 8:26–30). Así también ocurre aquí: Los tres son uno. Los cielos tienen que abrirse para que Jesús mismo pueda oír la voz, como se le representa en Mr. 1:11 y Lc. 3:22 (“Tú eres mi Hijo, el Amado”), pero también de modo que el Bautista la oiga (Por eso, “Este es …”), haciéndolo un mejor testigo de las cosas que vio y oyó (Cf. Jn. 1:33, 34). Como ya se ha indicado, en conexión con la reafirmación voluntaria del Hijo de su entrega de todo corazón a la tarea de llevar una carga tan infinitamente pesada, esta voz de complacencia y aprobación fue completamente oportuna.

¿De quién era la voz? No se da el nombre de Quien habló. Pero no era necesario, porque la misma fraseología (“mi Hijo, el Amado”) identifica a quien habló, a saber el Padre. Además, no solamente en su calidad oficial como Mesías sino también como Hijo por generación eterna, Aquel que comparte plenamente la esencia divina con el Padre y el Espíritu, él es el Amado del Padre (Jn. 1:14; 3:16; 10:17; 17:23). No hay amor mayor que el que el Padre siente hacia su Hijo. Según el adjetivo verbal (agapetos = amado) que aquí se usa, este amor tiene raíces profundas, es amplio, es tan grande como el corazón de Dios mismo. Es también tan inteligente y significativo como la mente misma de Dios. Es tierno, vasto, infinito.

No sólo eso, pero este amor es también eterno; esto es, no es temporal, se eleva por sobre todos los límites temporales. Aun cuando hay quienes no están de acuerdo, la traducción “en quien tengo complacencia” debe considerarse correcta. En la tranquilidad de la eternidad,el Hijo era objeto de la inagotable complacencia del Padre (cf. Pr. 8:30). La reafirmación del Hijo, por medio del bautismo, de su propósito de derramar su sangre por un mundo perdido en el pecado nada hizo para disminuir ese amor. Eso es lo que el Padre está diciendo a su Hijo. Eso es lo que está diciendo a Juan y a todos nosotros.

¡Cuán lleno de consuelo es este párrafo! Consuelo no solamente para el Hijo y para Juan, sino para todo hijo de Dios, porque indica que no solamente el Hijo ama a sus seguidores lo suficiente como para sufrir las angustias del infierno en su lugar, sino que también el Espíritu coopera plenamente fortaleciéndolo para esta misma tarea, y que el Padre, en vez de desaprobar a quien la emprende, se siente tan complacido con él que ve la necesidad de abrir los cielos mismos para que su voz complacida se oiga en la tierra. Los tres están igualmente interesados en nuestra salvación, y los tres son uno.

Referencias: Mr.1:9-11; Lc. 3:21-22; Jn. 1:31-34, véase Isaías 61:1-3.El Espíritu de Jehová el Señor está sobre mí, porque me ungió Jehová; me ha enviado a predicar buenas nuevas a los abatidos, a vendar a los quebrantados de corazón, a publicar libertad a los cautivos, y a los presos apertura de la cárcel; 2a proclamar el año de la buena voluntad de Jehová, y el día de venganza del Dios nuestro; a consolar a todos los enlutados; 3a ordenar que a los afligidos de Sion se les dé gloria en lugar de ceniza, óleo de gozo en lugar de luto, manto de alegría en lugar del espíritu angustiado; y serán llamados árboles de justicia, plantío de Jehová, para gloria suya. 

 Lc.4:16-22. Vino a Nazaret, donde se había criado; y en el día de reposo* entró en la sinagoga, conforme a su costumbre, y se levantó a leer. Y se le dio el libro del profeta Isaías; y habiendo abierto el libro, halló el lugar donde estaba escrito: El Espíritu del Señor está sobre mí, Por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres; Me ha enviado a sanar a los quebrantados de corazón; A pregonar libertad a los cautivos, Y vista a los ciegos; A poner en libertad a los oprimidos; A predicar el año agradable del Señor. Y enrollando el libro, lo dio al ministro, y se sentó; y los ojos de todos en la sinagoga estaban fijos en él. Y comenzó a decirles: Hoy se ha cumplido esta Escritura delante de vosotros. Y todos daban buen testimonio de él, y estaban maravillados de las palabras de gracia que salían de su boca, y decían: ¿No es éste el hijo de José? 

 

2° Titulo:

En La Tentación En El Desierto. (San Lucas 4:1 y 2). Jesús, lleno del Espíritu Santo, volvió del Jordán, y fue llevado por el Espíritu al desierto por cuarenta días, y era tentado por el diablo. Y no comió nada en aquellos días, pasados los cuales, tuvo hambre.

Comentario: 1, 2a Lleno del Espíritu Santo. Jesús volvió del Jordán, y por cuarenta días fue llevado por el Espíritu en el desierto, donde era tentado por el diablo.

La conexión entre lo que precede y lo que sigue

“Tú eres mi Hijo, el Amado,” había dicho el Padre en la ocasión del bautismo de Jesús. Así que el diablo va ahora a tentar a Jesús en relación con esta misma declaración. No sólo una vez, sino, como revela la historia de Lucas, Satanás va a empezar dos veces sus tentaciones diciendo, “Puesto que eres Hijo de Dios (haz esto … haz aquello)”. Véanse vv. 3 y 9. El Espíritu había descendido sobre Jesús capacitándole para su labor como nuestro gran Profeta, compasivo Sumo Sacerdote y Rey eterno. En el presente relato, como Sumo Sacerdote sufre el ser tentado (Heb. 2:18); como Profeta apela tres veces a la Escritura (vv. 4, 8, 12); y como Rey lucha contra su principal adversario y lo vence.

La caída del hombre se produjo cuando el primer Adán, como representante de la humanidad, cedió a la tentación del diablo. Así comenzó el pecado. Del mismo modo ahora, cuando el ministerio público de Jesús estaba por comenzar, era oportuno que él, como el segundo Adán, resistiera la tentación del diablo y prestara obediencia perfecta a Dios. De este modo la gracia recibiría una puerta abierta. ¿No es razonable suponer, además, que el Señor usó estos cuarenta días para prepararse mediante oración y meditación para la obra que el Padre le había dado que hiciera, y que él había tomado voluntariamente sobre sí? ¿No fue por esta razón que el Salvador volvió lleno del Espíritu desde el Jordán donde fue bautizado y fue llevado por el Espíritu en el desierto? Reflexione sobre Moisés en el monte Horeb (Ex. 34:2, 28; Dt. 9:9, 18), o sobre Elías en su camino a ese mismo monte (1 R. 19:8) y en el retiro de Pablo en Arabia (Gá. 1:17; véase C.N.T. sobre ese versículo).

¿Era posible la tentación?

¿Cómo pudo ser que siendo sin pecado Jesús fuera tentado? En nuestro intento por responder esta pregunta debemos antes que nada hacer notar que fue su naturaleza humana la que fue tentada. Jesús no solamente era Dios; él era también hombre. Por otra parte, su alma no era dura como un pedernal o fría como un trozo de hielo. Era un alma totalmente humana, profundamente sensible, afectada y conmovida por los sufrimientos de toda clase. Fue Cristo quien dijo: “Tengo un bautismo con el cual he de ser bautizado; y ¡cuán abrumado por la angustia estoy hasta que se cumpla!” (Lc. 12:50). Jesús fue capaz de expresar cariño (Mt. 19:13, 14), compasión (Mt. 23:37; Jn. 11:35), piedad (Mt. 12:32), ira (Mt. 17:17), gratitud (Mt. 1:25), y un anhelo por la salvación de los pecadores (Mt. 11:28; 23:37; Lc. 15; 19:10; Jn. 7:37) para la gloria del Padre (Jn. 17:1–5). Siendo no sólo Dios, sino también hombre, él sabía lo que era estar cansado (Jn. 4:6) y con sed (4:7; 19:28). Por lo tanto, en realidad no debe sorprendernos el hecho de que tras un ayuno de cuarenta días tuviera mucha hambre y que la propuesta de convertir piedras en pan fuera una tentación muy real para él; ¡tanto más sabiendo que estaba revestido del poder para hacer milagros! No obstante, no deja de ser verdad que la posibilidad y realidad de la tentación de Cristo sobrepasa nuestro entendimiento. ¿Pero acaso no observamos lo mismo respecto de cada doctrina? ¿Y que es lo que sabemos realmente aun acerca de nosotros mismos, acerca de nuestra alma y de la interacción existente entre alma y cuerpo? ¡Poco, realmente muy poco! ¿Cómo podríamos entonces penetrar en las profundidades del alma de Cristo y analizarla lo suficiente para proporcionar una explicación psicológica absolutamente satisfactoria de sus tentaciones?

¿Está el relato de Lucas en conflicto con el de Mateo?

Una buena forma de abordar esta pregunta podría ser “¿Es infalible el Nuevo Testamento?” También podría preguntarse “¿Es infalible la Biblia?” Sin embargo, la respuesta a esta pregunta, si bien en el fondo se responde igual que la primera, requeriría mucho más espacio. Por otra parte, es innecesario para el asunto en cuestión.

¿Pero qué del Nuevo Testamento es infalible? Aquí debe ponerse mucho cuidado para definir en forma precisa lo que se quiere decir y lo que no se quiere decir con infalibilidad. Hay quienes se aferran a un concepto de infalibilidad irracional. Ellos insisten en que la versión de Reina-Valera—o alguna otra—de principio a fin, incluyendo la traducción de cada versículo, e incluyendo también el texto griego en particular sobre el que se basó la traducción, no contiene error.

Amamos a estos creyentes devotos, y sentimos tener que desilusionarlos al manifestar que no estamos de acuerdo con ellos. Sin darse cuenta, están elevando lo humano al nivel de lo divino. Sin saberlo, están empeñados en una actividad que, aun cuando bien intencionada, no es precisamente piadosa. Las traducciones son humanas y por lo tanto falibles. En la medida que estas reflejan fielmente lo que Dios ha dicho son infalibles, ya que Dios no puede cometer errores. Véanse 2 Ti. 3:16, 17; 2 P. 1:21. Pero en la medida en que alguna traducción no refleje lo que Dios ha dicho, es imperfecta.

Además, existe el problema del texto griego primario. En general, el texto es uniforme en el sentido que no necesitamos temer que adelantos en la crítica textual (todo lo que es el estudio de los manuscritos sobre los que se han basado las traducciones) vayan a echar por tierra algún artículo del Credo de los apóstoles. Por otra parte, las mismas variantes de las diferentes versiones, que a veces están en conflicto, muestran que no todas pueden ser correctas en cada punto. A veces se contradicen. Y aquí es donde surge la necesidad de la reflexión y comparación calmadas.

Ahora en cuanto a Lc. 4:1, 2a, hay quienes sostienen que la única traducción correcta para la última parte de este pasaje es “en el desierto donde fue tentado por el diablo por cuarenta días”, o “tentado todo el tiempo por el diablo.” Debe admitirse que esta traducción o alguna parecida es en realidad posible. El texto griego original lo permite. Pero permite también una traducción diferente. Goodspeed admitió esto cuando ofreció la siguiente: “… llevado en el desierto por cuarenta días por el Espíritu, y fue tentado por el diablo”; en forma similar Phillips: “… llevado por el Espíritu a pasar cuarenta días en el desierto, donde fue tentado por el diablo”. Nótese también mi traducción. Después de las palabras, “Jesús volvió del Jordán”, yo ofrezco, “y por cuarenta días fue llevado por el Espíritu en el desierto donde era tentado por el diablo”.

La diferencia es esta: según el primer punto de vista Jesús fue tentado por el diablo durante todos los cuarenta días; de acuerdo con el segundo no necesariamente: la tentación constante pudo haber ocurrido al final de los cuarenta días de ayuno. ¿Cuál merece preferencia?

Respuesta: probablemente el segundo. ¿Cómo lo sabemos? Debido a que el único relato detallado de la tentación que sin lugar a dudas está ordenado en forma cronológica, a saber, el de Mateo, enseña claramente que la tentación de Satanás empezó al final de los cuarenta días de ayuno. Véase Mt. 4:2, 3: “Y después de haber ayunado cuarenta días y cuarenta noches, tuvo hambre. Y vino a él el tentador y le dijo: ‘Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en pan’ ”, etc.

No hay dudas que en este punto los relatos de Mateo y Lucas no están en desacuerdo, sino que guardan una bella armonía.

Más importante, sin duda, es el asunto que ha sido tomado como blanco de bombardeos por aquellos que rechazan la posición de que el Evangelio de Lucas es inspirado divinamente en el mismo grado que los demás. El asunto es este: según el Evangelio de Mateo la secuencia en que ocurrieron las tres tentaciones es (a) convierte piedras en pan, (b) lánzate abajo (desde el pináculo del templo), (c) adórame; pero en Lucas (b) y (c) están invertidas. En reuniones de sínodos—es decir, reuniones de asambleas denominacionales—se ha apelado a esta diferencia en un intento por demostrar que las Escrituras no son infalibles.

El argumento carece de base. También aquí debemos proceder de la posición básica, es decir, que únicamente el relato de Mateo está ordenado cronológicamente; nótense los adverbios: entonces … después … entonces … nuevamente … entonces … entonces” (Mt. 4:1– 11). Mateo relata lo que ocurrió primero, lo que siguió, lo que vino enseguida y cómo terminó todo. Lucas no tiene nada parecido. Véase Lc. 4:5, 9. Su relato no tiene orden cronológico. El menciona las tres tentaciones pero no indica ni con una sola palabra que hayan ocurrido en esta secuencia de tiempo en particular. De modo que cualquier mención de una posible discordancia o conflicto no tiene razón de ser. ¿Por qué presenta Lucas estas tres tentaciones en un orden distinto al de Mateo? Es imposible dar una respuesta categórica. Simplemente no sabemos la razón. Sin embargo, puede ser interesante considerar el siguiente enfoque.

Lucas es un artista. El arreglo de su relato es realmente hermoso. El registra el hecho de que en la primera y tercera tentación—según el orden que les da el médico amado—el diablo comienza diciendo, “Puesto que eres Hijo de Dios”. En la segunda o intermedia el diablo apela al ojo más bien que al oído y, habiendo mostrado al Redentor todos los reinos de la tierra en su esplendor, a locas dice, “A ti te los daré si …”, etc.

Además—y esto es muy significativo—Lucas ha ordenado su material de tal manera que su relato navideño culmina con una escena que se lleva a cabo en el templo (2:41–52). Su libro entero concluye también con una escena en el templo (24:53). Así que ¿por qué no debería terminar la primera de las tres grandes secciones en que se puede dividir su Evangelio con una escena en el templo? Tengamos presente que Lucas, más que ningún otro escritor evangelista, describe a Jesús como “nuestro compasivo Sumo Sacerdote”. Véase Introducción, V.D. Sacerdote y templo van juntos. El arreglo que usa Lucas en esta parte (4:9– 13) está, por consiguiente, de acuerdo con el espíritu de todo su libro. Armoniza con su propósito.

Referencia: Mt. 4:1-11. Entonces Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto, para ser tentado por el diablo. Y después de haber ayunado cuarenta días y cuarenta noches, tuvo hambre. Y vino a él el tentador, y le dijo: Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en pan. El respondió y dijo: Escrito está: No sólo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios. Entonces el diablo le llevó a la santa ciudad, y le puso sobre el pináculo del templo, y le dijo: Si eres Hijo de Dios, échate abajo; porque escrito está: A sus ángeles mandará acerca de ti, y, En sus manos te sostendrán, Para que no tropieces con tu pie en piedra. Jesús le dijo: Escrito está también: No tentarás al Señor tu Dios. Otra vez le llevó el diablo a un monte muy alto, y le mostró todos los reinos del mundo y la gloria de ellos, y le dijo: Todo esto te daré, si postrado me adorares. Entonces Jesús le dijo: Vete, Satanás, porque escrito está: Al Señor tu Dios adorarás, y a él sólo servirás. El diablo entonces le dejó; y he aquí vinieron ángeles y le servían.; Lc.4:1-13.

3er Titulo:

En Su Ministerio De Predicación y Sanidades. (Los Hechos 10:36 y 38).Dios envió mensaje a los hijos de Israel, anunciando el evangelio de la paz por medio de Jesucristo; éste es Señor de todos.  cómo Dios ungió con el Espíritu Santo y con poder a Jesús de Nazaret, y cómo éste anduvo haciendo bienes y sanando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él.

Comentario: 36. “Ustedes saben que el mensaje que proclama paz a través de Cristo Jesús, que él es Señor de todo, fue enviado al pueblo de Israel”.

  1. “Ustedes saben”. Pedro insinúa que la gente en su auditorio ha oído los informes acerca de Jesucristo como el supremo gobernante y su mensaje de paz. Este mensaje, por cierto, fue proclamado en los círculos judíos y no fue dado a conocer a los gentiles todavía. El evangelista Felipe había predicado las Buenas Nuevas en las sinagogas locales a lo largo de la costa del Mediterráneo y es posible que hasta en la propia Cesarea.
  2. “El mensaje que proclama paz”. Los gentiles saben que Dios envió su mensaje de paz a través de Jesucristo, porque la gente que vivía en Palestina en aquellos días había oído acerca de la predicación de Jesús. Jesús proclamó el concepto bíblico de paz, el que no es simplemente la ausencia de hostilidad. Paz es un concepto global que se refiere al restablecimiento de la relación del hombre con Dios (véase Is. 52:7; Ro. 5:1). La paz se hace evidente cuando el hombre entra a la presencia de Dios y recibe su favor y gracia. La paz significa que Dios bendice al hombre, lo protege de peligros y daños, y lo hace otra vez un ser completo.
  3. “A través de Cristo Jesús”. La proclamación de la paz no se limita al ministerio terrenal de Jesús sino que

se extiende a todos sus servidores que fielmente predican el evangelio de la salvación (Ef. 2:17; 6:15). Esta paz

sólo puede ser obtenida de Dios mediante Cristo Jesús (c.f. Jn. 14:6).

  1. “El es Señor de todo”. El mensaje de Pedro a sus oyentes gentiles es que Jesús es Señor de judíos y gentiles (Ro. 10:12). De veras, la autoridad de Cristo se extiende a toda persona y a todas partes (Mt. 28:18). Jesucristo, por lo tanto, es Señor de Cornelio y los suyos.
  2. “[El mensaje] fue enviado al pueblo de Israel”. Literalmente, el texto griego dice “los hijos de Israel”. Como hijos, los judíos son los herederos de la promesa que Dios hizo a Abraham y a sus descendientes; esta promesa incluye la venida del Mesías. “Estos [hijos] fueron los herederos legales de Israel que heredaron la posición de Israel y las prerrogativas en el pacto”.

El evangelio vino primero a los judíos y luego a los gentiles (Ro. 1:16). pero ambos son iguales ante los ojos de Dios. Pedro proclama a los gentiles el evangelio de la paz.

  1. “Ustedes saben acerca de Jesús de Nazaret, cómo Dios lo ungió con el Espíritu Santo y poder, y cómo él anduvo haciendo bien y sanando a todos los que eran dominados por el diablo, porque Dios estaba con él”.
  2. “Ustedes saben acerca de Jesús de Nazaret”. Pedro repite el nombre de Jesús e inequívocamente afirma que sus oyentes conocen el nombre Jesús de Nazaret. Este es el nombre con el cual Jesús era conocido al enseñar las multitudes y sanar a los enfermos (véase Mt. 21:11; Jn. 1:45).
  3. “Dios lo ungió con el Espíritu Santo y poder”. Pedro presenta su relato evangélico en orden cronológico, porque en el bautismo de Jesús el Espíritu Santo descendió sobre él en forma de paloma (Mt. 3:16). Dios ungió a Jesús con el Espíritu y con poder para permitirle dar cumplimiento a la profecía mesiánica (Is. 61:1; véase también Lc. 4:18). Es decir, Dios equipó a Jesús para la tarea especial de predicar y sanar. El término poder apunta a la obra que Jesús pudo llevar a cabo a través de la presencia del Espíritu. Jesús se opuso a Satanás, echó fuera demonios, sanó a los paralíticos y a los enfermos, limpió a los leprosos, resucitó a los muertos y proclamó el evangelio (c.f. Mt. 11:4–5).
  4. “Anduvo haciendo bien y sanando a todos los que eran dominados por el diablo”. Jesús liberó a las gentes de sus ataduras del pecado, la enfermedad, y de Satanás (p.ej. véase Lc. 13:16). Dondequiera que fue Jesús, fue el benefactor de las gentes. Recuperó territorio de Satanás, y éste tuvo que ceder su poder a Jesús. Liberó a todos los que estaban bajo el poder de Satanás.
  5. “Dios estaba con él”. Lucas presenta sólo un bosquejo del sermón de Pedro. Da a entender que Pedro repitió numerosas historias acerca del ministerio de sanidad de Jesús. Nótese también que Pedro todavía no ha hablado de la divinidad de Cristo. Sólo relata de nuevo las manifestaciones externas del poder de Jesús, lo que explica diciendo que Dios estaba con Jesús. Dios capacitó a Jesús para que realizara milagros y señales, por la presencia del Padre en su Hijo (c.f. Jn. 10:30, 38; 14:9–10).

Referencia: Mt. 12:28. Pero si yo por el Espíritu de Dios echo fuera los demonios, ciertamente ha llegado a vosotros el reino de Dios; Lc. 4:16-22.

Texto: San Lucas Cap. 4, versículo 18. El Espíritu del Señor está sobre mí, Por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres; Me ha enviado a sanar a los quebrantados de corazón; A pregonar libertad a los cautivos, Y vista a los ciegos; A poner en libertad a los oprimidos;

El acto de ungir a Jesús le dio el poder necesario para cumplir su misión profética. En la sinagoga de Nazaret dijo: “El Espíritu del Señor está sobre mí, por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres … “

En el Nuevo Testamento el ungimiento se menciona con relación a Cristo únicamente en los siguientes pasajes: Lucas 4: 18; Hechos 4:27; 10:38; Hebreos 1:9. Esto ocurrió, probablemente, en el momento de su bautismo, aunque ungimiento y bautismo no son sinónimos. Tampoco es lo mismo que la plenitud del Espíritu, cosa que Cristo conoció desde el momento del nacimiento; pero el ungimiento marcó una nueva etapa en su ministerio, etapa en la que el poder del Espíritu se hizo públicamente manifiesto a través de él. Sirvió para distinguir al Cristo verdadero de los falsos. El ungimiento tuvo, por lo tanto, las siguientes características en relación a la vida y el ministerio de Cristo.

Amén, Para la gloria de Dios.

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Hno Roberto Saldías Roa

Miembro de la IEP en Nacimiento Bajo, nació en el evangelio del Señor en la Iglesia de Laja 1975. Casado con María Nahuelmán, estudia teología de manera autodidacta. Me gusta mucho leer y escribir.