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Semana del 17 al 23 de junio de 2019: “Rendición absoluta del creyente a Cristo, para obtener la santificación”

Semana del 17 al 23 de junio de 2019: “Rendición absoluta del creyente a Cristo, para obtener la santificación”

Lectura Bíblica: Josué 24: 14 al 16. Ahora, pues, temed a Jehová, y servidle con integridad y en verdad; y quitad de entre vosotros los dioses a los cuales sirvieron vuestros padres al otro lado del río, y en Egipto; y servid a Jehová. Y si mal os parece servir a Jehová, escogeos hoy a quién sirváis; si a los dioses a quienes sirvieron vuestros padres, cuando estuvieron al otro lado del río, o a los dioses de los amorreos en cuya tierra habitáis; pero yo y mi casa serviremos a Jehová. Entonces el pueblo respondió y dijo: Nunca tal acontezca, que dejemos a Jehová para servir a otros dioses.

   Comentario: El lado humano: El contacto con Dios, por el cual el cristiano llega a ser participante de la santidad de Cristo, tiene tanto un lado humano como otro divino. Por el lado humano, se forma el contacto por un acto de rendición absoluta y de fe y apropiación personal. (para mayor entendimiento del tema leer los comentarios de los títulos).

   Comentario 2 del contexto: 14 al 16:  Nunca debemos dar por terminada nuestra obra para Dios, hasta que haya terminado nuestra vida. Si alarga nuestros días más allá de lo esperado, como Josué, se debe a que tiene otro servicio para encomendarnos. El que quiere tener el mismo sentir que hubo también en Cristo Jesús, se gloriará en dar el último testimonio de la bondad de su Salvador, y en proclamar a los cuatro vientos, las obligaciones con que lo ha enlazado la inmerecida bondad que Dios le ha mostrado. La asamblea se reunió en solemne actitud religiosa. Josué les habló en nombre de Dios y de parte de Él. Su sermón fue doctrina y aplicación. La parte doctrinaria es la historia de las grandes cosas que Dios había hecho por su pueblo y por sus antepasados. La aplicación de la historia de las misericordias de Dios para con ellos, es una exhortación a temer y servir a Dios como gratitud por su favor, y que pueda continuar.

   Es esencial que el servicio del pueblo de Dios sea hecho con actitud voluntaria. Porque el amor es el único principio genuino del cual puede provenir todo servicio aceptable a Dios. El Padre tales adoradores busca que le adoren: los que le adoran en espíritu y en verdad. Los designios de la carne son enemistad contra Dios, por tanto, el hombre carnal es incapaz de dar adoración espiritual. De ahí la necesidad de nacer de nuevo. Pero gran cantidad de personas se quedan solo en las formalidades cuando se les imponen tareas. Josué les dio a elegir, pero no como si fuera indiferente que ellos sirvieran o no a Dios. Escogeos a quien sirváis, ahora las cosas están claras ante vosotros. Él resuelve servir a Dios, sea lo que fuere que los demás hagan. Quienes resuelven servir a Dios no deben importarles estar solos de ahí en adelante. Los que van al cielo deben estar dispuestos a nadar contra la corriente. No deben hacer como la mayoría, sino como los mejores. Nadie puede comportarse como debiera en cualquier situación sin considerar profundamente sus deberes religiosos en las relaciones familiares. Los israelitas estuvieron de acuerdo con Josué, influidos por el ejemplo del hombre que había sido una bendición tan grande para ellos; nosotros también serviremos al Señor. Fijaos cuánto bien hacen los grandes hombres por su influencia, si son celosos en la religión. Josué los lleva a expresar el pleno propósito del corazón de ser fieles al Señor. Deben despojarse de toda confianza en su propia suficiencia o de lo contrario, sus propósitos serán vanos. Cuando hubieron decidido deliberadamente servir a Dios, Josué los ata con un pacto solemne. Hace un monumento para memoria. De esta manera emotiva Josué se despidió de ellos; si perecen, la sangre de ellos será sobre sus cabezas. Aunque la casa de Dios, la mesa del Señor y hasta los muros y árboles ante los cuales hemos expresado nuestros propósitos solemnes de servirle, dieran testimonio en contra nuestra si lo negáremos, de todos modos, podemos confiar en Él, que pondrá temor en nuestro corazón para que no nos apartemos de Él. Sólo Dios puede dar gracia, sin embargo, bendice nuestros esfuerzos por hacer que los hombres se comprometan en su servicio.

1er Titulo:

La Rendición Debe Ser Voluntaria (San Mateo 16:24-25. Entonces Jesús dijo a sus discípulos: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame. Porque todo el que quiera salvar su vida, la perderá; y todo el que pierda su vida por causa de mí, la hallará).

   Comentario de Estudio de doctrina cristiana: (página 236-237): Otro nombre con que suele llamarse la rendición es consagración. Pero como consagración es realmente una obra divina, rendición es el mejor término. El cristiano puede rendir a Dios su corazón y su vida, pero él no puede consagrarlos; sólo Dios puede hacer esto. Así los sacerdotes del Antiguo Testamento no se consagraron a sí mismo, sino Moisés, obrando en lugar de Jehová, los consagró; los sacerdotes sólo pudieron rendirse para ser consagrado.

   Rendición es la obra de entregarse a Dios. El creyente tiene que colocar toda su vida sobre el altar, abandonar todo derecho sobre ella, y considerarse desde entonces adelante, y para siempre, como propiedad del Señor. La rendición; quiere decir sacrificio; quiere decir negación de sí mismo; quiere decir muerte, Lv. 8:1-13; Ro. 6:13; 12:1; Mt. 16:24.

   La negación de sí mismo, que es la esencia de la rendición, no es el acto de dejar las cosas; sino entregar la vida y voluntad. La rendición a Dios tiene que ser voluntaria, completa y final.

   Tiene que ser voluntaria: A no ser que el paso de la rendición se tome voluntariamente, ella no será efectiva y no tendrá ningún valor espiritual. Dios llama a los hombres, pero no los obliga contra su voluntad. Al hacer las elecciones y decidir el destino, la voluntad es libre. Es verdad que Dios dará motivos que influirán hacia una acción correcta, pero Él no determinará abiertamente la decisión de la voluntad. Por tanto, si la voluntad no se rinde, no hay rendición ninguna, y si la voluntad no está libre en su acción la rendición no es voluntaria. Una rendición obligatoria sería el resultado de la fuerza; la rendición voluntaria es el resultado del amor, Gn. 22.16, 17; Fil 3:7-11; Sal. 40:6-8; He. 10:5-9; Fil. 2:5-8; Ro. 12:1-2.

   Comentario 2 del contexto: Jesús ahora se vuelve a todo el pequeño grupo de discípulos y les muestra que la ley inevitable de la vida cristiana es que el siervo no es más que su amo: lo que le ocurre a Cristo, aunque ciertamente es único, debe reflejarse también en sus seguidores: 24. Entonces Jesús dijo a sus discípulos: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz, y sígame. La muerte de Cristo solamente será de valor para los que están dispuestos a morir al pecado y al yo. Puesto que los vv. 24 y 25 se asemejan mucho a 10:38, 39, el lector debe buscar allí la explicación. Sin embargo, corresponde añadir unas pocas palabras. Haciendo justicia a los tiempos de los verbos en el original, el v. 24 podría parafrasearse así: “Si alguno quiere ser (contado como) un adherente mío, debe de una vez por todas despedirse del yo, aceptar decididamente el dolor, la vergüenza y la persecución por mi causa y por amor a mí, y entonces debe seguirme y continuar siguiéndome como mi discípulo”.

   Negarse a sí mismo significa renunciar al viejo yo, el yo como es sin la gracia regeneradora. Una persona que se niega a sí misma renuncia a toda confianza en lo que es por naturaleza, y para su salvación depende de Dios solamente. Ya no trata de promover sus propios intereses predominantemente egoístas, sino que se ha embebido completamente en la causa de promover la gloria de Dios en su propia vida y en toda vida, y también en toda esfera de esfuerzo. El mejor comentario sobre Mt. 16:24 es Gá. 2:20: “Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, sino Cristo vive en mí; y la (vida) que ahora vivo en la carne, la vivo en fe, (la fe) que es en el Hijo de Dios, quien me amó y se dio a sí mismo por mí”. Negarse a sí mismo significa sujetarse a la disciplina de Cristo.

   La expresión “tome su cruz” se refiere a la cruz que se sufre debido a la unión con Cristo. Uno “sigue” a Cristo confiando en él, siguiendo sus pisadas (1 P. 2:21), obedeciendo sus mandamientos por gratitud por la salvación obtenida por medio de él, y estando dispuesto aun a sufrir en su causa. Solamente entonces, cuando está dispuesto y preparado de hacer esto puede ser verdaderamente el discípulo de Cristo, un adherente suyo.

   Continúa: 25. Porque todo el que quiera salvar su vida la perderá, pero todo el que pierda su vida por mi causa, la hallará. Esta es la gran paradoja de 10:39 y otrospasajes similares. Algunos sostienen que el reemplazo de “hallar” de la primera oración de10:39 (“el que halle su vida la perderá”) por “salvar” aquí en 16:25, hace que este pasajesea más completo y más enérgico, como si, a distinción de solamente tratar de “encontrar” suvida, esto es, lograr lo que considera una vida más rica y feliz, el hombre descrito en 16:25pone todos sus esfuerzos en “salvar”, esto es, “rescatar” su yo, y habiendo hecho eso, enaferrarse a él por todos los medios posibles. Es discutible si esta distinción se puedesostener. Considerando el hecho de que en ambos pasajes el antónimo es “perder”, podríabien ser que la diferencia entre “encontrar” y “salvar” sea muy leve. De todos modos, podemosestar seguros que en ambos casos la persona condenada es la persona egoísta, el individuoque está vuelto hacia sí mismo, y la persona elogiada es la que se desprende de sí misma, laque, por causa del amor que Cristo le mostró, ahora por su parte ama al Señor y a todos losque el Señor quiere que ame, y que, al hacer esto está dispuesto aun a sufrir la aflicciónpersonal extrema y, si fuera necesario, aun la muerte. La vida de esa persona se verámaravillosamente enriquecida, dice Jesús.

   Unos pocos ejemplos de las personas aquí condenadas: el envidioso Caín (Gn. 4:1–8; 1 Jn. 3:12), el codicioso Acab y Jezabel (1 R. 21), el orgulloso Amán (Est. 3:5; 5:9–14), el vengativo rey Herodes I (Mt. 2:3, 16), el pérfido Judas Iscariote (Mt. 26:14–16; Lc. 22:47, 48). Véase también la historia del “joven rico” (Mt. 19:16–22).

   Unos pocos ejemplos de los que aquí son elogiados: El abnegado Judá (Gn. 44:18–34), el noble Jonatán (1 S. 18–20), el buen samaritano de la parábola (Lc. 10:29–37), hombres como Epafrodito (Fil. 2:25–30) y Onesíforo (2 Ti. 1:16; 4:19), que estaban dispuestos a arriesgarlo todo por amor a la causa de Cristo y el humilde y sacrificado Pablo (Ro. 9:3; Gá. 4:19, 20; 6:14). En todos ellos se reflejaba el espíritu de Jesucristo mismo (2 Co. 8:9).

2° Titulo:

La Rendición Debe Ser Completa (Romanos 12:1-2. Así que, hermanos, os ruego por las misericordias de Dios, que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro culto racional. No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta. — Malaquías 3:10. Traed todos los diezmos al alfolí y haya alimento en mi casa; y probadme ahora en esto, dice Jehová de los ejércitos, si no os abriré las ventanas de los cielos, y derramaré sobre vosotros bendición hasta que sobreabunde.).

   Comentario 1: Tiene que ser completa: A menos que la rendición sea completa, no puede llamarse rendición. Una consagración parcial no es suficiente. Dios no aceptará un corazón dividido. Es menester no retener parte del precio. Si esperamos que Dios se nos dé completamente a nosotros, tenemos que darnos completamente a Él. En la hora de la rendición, es buena cosa hacer un inventario de nuestra vida: espíritu, alma, cuerpo, y entonces colocar todo, sin reserva alguna, una vez y para siempre, sobre el altar (Mal. 3.10).

   Comentario del contexto 2: Ya le primera expresión, a saber, “Os exhorto” (en el original es una sola palabra) indica el carácter no sólo del párrafo inicial, sino también el de los cinco capítulos finales de esta epístola. No es que la exhortación haya estado totalmente ausente de los capítulos anteriores, pero en términos generales es exposición lo que encontramos en Ro. 1–11, en tanto que la exhortación predomina en Ro. 12–16.

   Es como “un apóstol llamado” (1:1), “un ministro de Cristo Jesús” (15:16), revestido de autoridad, que Pablo, en un espíritu de amor y preocupación, exhorta a sus hermanos muy amados de la iglesia de Roma. Respecto a esta palabra “hermanos” véase lo que se ha dicho anteriormente sobre Ro. 1:13; 7:1. Pablo literalmente exhorte a quienes se dirige a ofrecer sus cuerpos como sacrificios a Dios. No obstante, 6:11–15 deja claro que en un contexto tal la palabra cuerpo se refiere a toda la personalidad; véase también Fil. 1:20. Calvino dice: “Al hablar de cuerpos él no se refiere solamente a nuestra piel y a nuestros huesos sino a la totalidad de lo que nos compone. El adoptó esta palabra para poder designar más completamente todo lo que somos, ya que los miembros del cuerpo son los instrumentos por medio de los cuales llevamos a cabo nuestros propósitos”.

   Pablo dice que estos sacrificios deben tener las siguientes características: deben ser “vivos”, es decir, deben proceder de la nueva vida que hay dentro del creyente; “santos”, producto de la influencia santificadora del Espíritu Santo; y, por consiguiente, “agradables” a Dios, no sólo aceptados por Dios sino muy gratos a Aquel a quien los creyentes se dedican.

  El apóstol añade: “Que es vuestro … culto”. Lo que se ha dicho anteriormente (véase sobre 9:4) sobre esta palabra culto tiene también vigencia aquí. Pablo está pensando en la acción de adorar, la consagración total del corazón, la mente, la voluntad y los hechos, en realidad todo lo que uno es, tiene y hace, a Dios. ¡Nada menos!

   El brindar tal devoción constituirá vuestro culto logiken, dice Pablo. El debate sobre logiken (acus. sing. f. de logikos) continúa. La palabra nos recuerda de la palabra lógico. Pero el significado de una palabra no es determinado en primer lugar por su etimología, sino por su uso en determinados contextos. Con todo, en caso presente lógico, en el sentido de razonable, merece consideración. Varios traductores han aceptado “razonable” o “racional”. Mientras escribo esto, estoy examinando dos volúmenes de W. a Brakel, una obra holandesa sobre teología sistemática, a la cual este autor diera por título, basándose en Ro. 12:1, Redelijke Godsdiest (Leiden, 1893), es decir, Religión razonable (o Razonable culto a Dios). Según esta interpretación, lo que Pablo está diciendo es que brindarle a Dios una devoción de todo corazón es el único culto razonable o lógico.

  Pero, aunque esta interpretación del adjetivo griego tiene sentido, no es la única posible, quizá ni siquiera la mejor. En el único otro pasaje en que el adjetivo ocurre, a saber, 1 P. 2:2, el mismo significa espiritual, como lo evidencia el contexto. ¡Pedro no puede haber estado refiriéndose a una leche lógica o razonable! Además, en el contexto él menciona “una casa espiritual” y “sacrificios espirituales”.

   No debe causar sorpresa, entonces, que varios traductores hayan aceptado para Ro. 12:1 la traducción “culto espiritual”.

   Pero, aunque “espiritual” bien puede ser lo mejor traducción del adjetivo que Pablo usa, el significado de 12:1, considerado como unidad, es ciertamente este: que es justo y correcto—y por ello lógico, razonable—que aquellos que han sido grandemente privilegiados se ofrezcan a Dios de todo corazón como sacrificios vivos, santos, y agradables a él. De hecho, el énfasis de 12:1 recae sobre la palabra “pues”.

   Lo que el apóstol está diciendo es que vista la misericordia de Dios se impone una respuesta voluntaria y entusiástica de gratitud. En consecuencia, cuando él en esta conexión menciona “la gran misericordia de Dios”, ha de estar refiriéndose a la maravillosa bondad de Dios descrita en los primeros once capítulos de esta carta: su bondad (2:4), paciencia (9:22; 11:22), amor (5:5; 8:35, 39), y gracia (1:7; 3:24; 4:16; 5:2, 15, 20, 21; 6:1, 14, 15, 17; 11:5, 6). Él debe estar pensando en particular en su gran tema, a saber, la justificación por la fe, una justificación basada solamente en el autosacrificio substitutivo de Cristo (3:24, 25). Lo que él está diciendo es, entonces, que esta soberana misericordia divina requiere una vida de dedicación total y de compromiso con todo el corazón. ¡Los sacrificios de animales no servirán! Lo que se requiere es nada menos que una entrega personal y completa nacida de la gratitud.

   Por consiguiente, lo que el apóstol enseña aquí es que la ética cristiana se basa en la doctrina cristiana. De allí que 1 Co. 15:1–57 sea seguido por 15:58s; 2 Co. 1:3, 4a por 1:4b s; 5:1–8 por 5:9s; Ef. 2 y 3 por Ef. 4; 4:32b. por 5:1; Fil. 3:20, 21 por 4:1; Col. 2 por el cap. 3; y Ro. 1–11 por 12–16.

  Al volver una vez más a los primeros capítulos de la epístola de Pablo a los romanos y al repasar desde allí a vuelo de pájaro el resto de este precioso escrito, uno no puede dejar de percatarse que en 1:1–3:20 se describen el pecado y la miseria del hombre; que en 3:21–11:36 se abre ante uno el camino de la salvación; y que en 12:1–16:27 se le muestra al creyente rescatado cómo debe responder, a saber, por medio de una vida de gratitud a Dios y de servicio hacia los hijos de Dios y, de hecho, hacia todos.

   Esto trae a nuestra mente varios pasajes del Salterio, y en especial el Sal. 50:15; “Invócame en el día de la angustia; te libraré, y tú me honrarás”; y también el Sal. 116:

  • MISERIA
  • Me rodearon ligaduras de muerte, me encontraron las angustias del Seol; angustia y dolor había yo hallado.
  • SALVACION
  • Entonces invoqué el nombre del Señor, diciendo: Oh Señor, libra ahora mi alma. Estaba yo postrado y me salvó.
  • GRATITUD
  • Tomaré la copa de la salvación, e invocaré el nombre del Señor. Ahora pagaré mis votos el Señor delante de todo su pueblo.

   Esto demuestra cuán apropiados son la Pregunta y Respuesta número 2 del Catecismo de Heidelberg: P. Cuántas cosas debes saber para poder vivir y morir piadosamente con ese consuelo? R. Tres cosas. Primera: Cuán grandes son mi pecado y mi miseria. Segunda: Cómo soy redimido de todos mis pecados y mi miseria. Tercera: Cómo he de agradecer a Dios esa redención.

   La división en estas tres partes no es, empero, rígida o mecánica. Aun en el Sal. 116:1, 2 la redención ya queda claramente indicada, tal como sucede también con Ro. 1:16, 17; y en lo concerniente al Catecismo de Heidelberg, aun su primera pregunta y respuesta famosas incluyen la totalidad de las “tres cosas” que son necesarias.

   Versíc. 2. Y no dejéis que se os moldee según el criterio de este mundo (malo), sino dejaos transformar por la renovación de vuestra mente, para que comprobéis cuál sea la voluntad de Dios, a saber, lo que es bueno y agradable y perfecto.

   Una cosa es indicarle una meta a una persona y animarla a tratar de lograrla. Pablo ha hecho esto en el v. 1. Otra cosa es mostrarle lo que debe hacer para lograrla. El apóstol no nos falla en este punto. Aquí, en el v. 2, él le muestra a los oyentes y lectores qué es lo que debe evitarse y qué es lo que debe hacerse para lograr la meta.

   ¡En primer lugar, lo que debe evitarse!

   Los miembros de la iglesia de Roma eran “santos”, por supuesto. Pero no habían llegado aún a la perfección. Eran santos, pero también eran pecadores todavía, puesto que de este lado del cielo ningún simple ser humano llega jamás a la condición de perfección moral-espiritual.

   Hay un hecho más que debería añadirse: los miembros de esta iglesia eran imitadores. ¿No lo somos todos en alguna medida? ¿O es que esta regla rige sólo para los niños? ¿No se aplica en cierto sentido a todos? La misma tiene vigencia especialmente en el ámbito del pecado y del mal. ¿No fue el mismo Juvenal el que dijo? “Fácilmente se nos enseña a todos a imitar lo que es bajo y depravado”? “Las malas compañías corrompen el buen carácter” (1 Co. 15:33), y en este mundo presente es prácticamente imposible evitar completamente las “malas compañías” o aun mantenerse alejados de los malos hábitos que todavía se adhieren a quienes pueden ser llamados, en términos generales, “buenas compañías”. Por lo tanto, a menos que estemos alertas, corremos el gran peligro de ser presa de “el criterio de este mundo malo”.

   Cuando Pablo dice: “Y no dejéis que se os moldee según el criterio de esto mundo (malo)” (1 Co. 2:6, 8; Gá.

1:4), está advirtiendo a los miembros de entonces y de ahora en contra de ceder ante las diversas manifestaciones

de mundanalidad por las cuales están continuamente rodeados; p. ej., el uso lenguaje procaz y ofensivo, el canto

de canciones indecentes, la lectura de libros inmundos, el uso de atavíos tentadores, el goce de pasatiempos cuestionables, la asociación, con cierto nivel de intimidad, con compañeros mundanos, etc. Una lista de este tipo casi no tiene fin.

   Tomemos el asunto de la diversión. Es posible ser culpable en este rubro, aunque no haya nada de malo en practicar el pasatiempo que uno elige; sucede, por ejemplo, cuando una persona se vuelca de corazón a ese pasatiempo, y éste lo absorbe, privándolo de tiempo y energía para comprometerse en causas necesarias y nobles (la familia, la educación cristiana, la iglesia, el servicio al necesitado, la obra misionera, etc.).

   La razón principal por la que Pablo advierte en contra de dejar que uno sea moldeado según el criterio de este

tiempo malo es que el interés principal del hombre nunca debe ser vivir sólo para sí mismo. El debiera hacer todo

para la gloria de Dios (1 Co. 10:31).

   La segunda razón es esta: ceder constantemente a la tentación de ser moldeado según el criterio de “este mundo (malo)” (1 Co. 2:6, 8; Gá. 1:4) termina en amarga desilusión; es que: “La apariencia de este mundo se está pasando” (1 Co. 7:31).

   La experiencia de aquellos que permiten que sus vidas se desperdicien de esta manera se parece a la de los viajeros del desierto. Están completamente exhaustos. Sus labios se parten de sed. De repente ven en la distancia un manantial cristalino rodeado por una umbrosa arboleda. Con esperanza revivida se apresuran a llegar a ese lugar … sólo para descubrir que han sido engañados por un espejismo. “El mundo y sus deseos pasan, pero la persona que hace la voluntad de Dios vive para siempre” (1 Jn. 2:17).

   En segundo lugar, ¡lo que se ha de hacer!

   “Dejaos transformar por la renovación de vuestra mente”. Nótese el contraste: no moldeados … sino transformados.

   Pablo no dice: “sustituyan una forma exterior por otra”. Esa no sería una solución, ya que el problema con los que dejan que se los moldee según el criterio de esta mala época presente es muy profundo. Lo que se requiere es una transformación, un cambio interior, la renovación de la mente, es decir, no sólo del órgano del pensamiento y del raciocinio sino de la disposición interna; mejor dicho, aún, del corazón, del ser interior. Cf. 1:28; 7:22–25.

Es importante prestar mucha atención a la forma exacta en que el apóstol se expresa en esta exhortación. Nótense estos detalles:

(a). El usa el tiempo presente: “Dejaos transformar” (Seguid permitiendo que se os transforme). Por ello esta transformación no debe ser un asunto de impulsos: a veces sí, a veces no. Debe ser continua.

(b). El verbo que se utiliza está en la voz pasiva. Pablo no dice: “Transformaos”, sino “Dejaos transformar”. La transformación es básicamente una obra del Espíritu Santo. No es otra cosa que la santificación progresiva. “Nosotros todos, con el rostro descubierto, reflejando la gloria de Dios, vamos siendo transformados a su imagen de un grado de gloria a otro, y esto viene del Señor, que es el Espíritu” (2 Co. 3:18 traducción de G. Hendriksen).

(c). No obstante, el verbo tiene el modo imperativo. Los creyentes no son completamente pasivos. Su responsabilidad no queda cancelada. Deben permitir que el Espíritu haga su obra en sus corazones y en sus vidas. Su deber es cooperar hasta el máximo de su capacidad. Véanse Fil. 2:12, 13; 2 Ts. 2:13.

   Finalmente, el apóstol describe el glorioso resultado de esta transformación continua: “para que comprobéis cuál sea la voluntad de Dios …” Esta es una declaración muy significativa. Demuestra que, para discernir la voluntad de Dios para sus vidas, los creyentes no pueden depender meramente de su propia conciencia. Sin duda la conciencia es muy importante, pero debe ser enviada una y otra vez, constantemente, a la escuela de la Escritura para recibir instrucción del Espíritu Santo. Es de esta manera que los creyentes toman conciencia y permanecen conscientes de la voluntad de Dios. ¿Cuál voluntad? ¿La de decreto o la de precepto? La última, por supuesto. Véase Dt. 29:29. De este modo la voluntad de Dios se transformará cada vez más en un componente bien establecido o comprobado de la conciencia y vida de los hijos de Dios. Cuando más vivan en consonancia con esa voluntad y la aprueben, tanto más aprenderán por medio de su experiencia a conocer dicha voluntad, y a regocijarse en dicho conocimiento. Exclamarán: “Tu voluntad es nuestro deleite”.

   ¿Y cuál es el contenido de esa voluntad preceptiva? En otras palabras, ¿qué es lo que Dios desea que seamos y hagamos? La respuesta es: “lo que es bueno y agradable y perfecto”.

   Es probable que Pablo sabía que era muy necesario añadir estas palabras. Es como si él les estuviera diciendo a los romanos que lo que vale ante Dios no es cuán importantes ellos son o se consideran ser (cf. el contexto inmediato, v. 3; véase también 11:17–21), o cuán carismáticos (vv. 4–8), o cuán fuertes (cf. 15:1) son; sino más bien cuán agradecidos, amantes y comunicativos son. Lo que importa es cuán obedientes son al mandamiento que se le dirige a cada uno en particular: “Amarás el Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda tu mente. Este es el gran mandamiento. Y el segundo que se le parece es este: Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Véanse Dt. 6:5; Lv. 19:18; Mt. 22:37, 39; Mr. 12:30, 31; Lc. 10:27; Ro. 13:8–10. Ante Dios, este tipo de vida es bueno y agradable. La meta de una vida tal no es nada menos que la perfección. Véase Mt. 5:48 y añádase Fil. 3:7–11.

3er Titulo:

La Rendición Debe Ser Verdadera (Filipenses 3:7-8. Pero cuantas cosas eran para mí ganancia, las he estimado como pérdida por amor de Cristo. Y ciertamente, aun estimo todas las cosas como pérdida por la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por amor del cual lo he perdido todo, y lo tengo por basura, para ganar a Cristo).

   Comentario: Tiene que ser final: Sí la rendición no es final, no puede llamarse verdadera. Entendida debidamente, la rendición no puede ser ni repetida ni revocada; es inalterable e irrevocable. Hay cristianos que tienen la costumbre de reconsagrar sus vidas en cada ocasión favorable. En efecto, hay algunos que se entregan de nuevo a Dios al empezar cada día. El motivo tras esta acción es sin duda bueno, pero la practica misma no es bíblica. Así declaró Pablo, “que Él es poderoso para guardar mi depósito para aquel día”, 2 Ti. 1:12; véase también Jn. 10:27-29; Sal. 118:27.

   Comentario del contexto: B. Yo he desechado estos privilegios como fundamento de mi justicia ante Dios.

   Versíc. 8a. En los dos versículos anteriores, Pablo ha enumerado sus grandes privilegios o ventajas: verdadero israelita, de noble nacimiento, ortodoxo en sus creencias y escrupuloso en su conducta. Por medio de estos privilegios el apóstol, antes de su conversión, “se afanaba hasta la sangre por llegar a Dios”. Pero, ¿no habría sido esto “cruzar piedra a piedra por la pasadera el río, resbalando bruscamente siendo el esfuerzo baldío?”

   Peor aún, jamás hubo un verdadero progreso, no importa cuánto se afanará Pablo el fariseo por establecer su propia justicia. Pero en el camino a Damasco, cuando perseguía a los cristianos, ocurrió el gran suceso que cambió toda su vida. Cristo, por así decirlo, bajó para encontrarse con él (léase el interesante relato en Hch. 9:1–31; 22:1–21; 26:1–23). En un momento Pablo se vio tal como era: pecador equivocado, orgulloso y condenado. Allí abrazó a Aquel que hasta entonces había estado persiguiendo con todas sus fuerzas. Allí quedó convertido en “una nueva criatura”. En su corazón y en su mente experimentó un cambio radical, una repentina y dramática inversión de todos los valores. La causa que, con todos los medios a su alcance y con todo el celo de su corazón y voluntad, había tratado de aniquilar, se convirtió en algo muy querido para él. Y aquellas cosas que, a Pablo, el fariseo, le habían parecido muy preciosas, se convirtieron también en aquel momento—y siempre fueron consideradas así—en algo sin valor para Pablo, el pecador, salvado por la gracia; y no simplemente sin valor, sino definitivamente perjudiciales. Escribe: Sin embargo, tales cosas que eran para mí ganancia, las he estimado como pérdida. No quiere decir que las cosas que ha enumerado en los vv. 5 y 6, y otras cosas parecidas, sean malas en sí mismas. Todo lo contrario. Recibir la señal del pacto no es malo en sí; es, en realidad, una bendición. ¿Y no era una bendición el pertenecer al pueblo al que habían sido confiados los oráculos de Dios? La ortodoxia también es algo bueno en sí mismo; lo mismo que el celo y una conducta irreprochable. El propio apóstol Pablo nos dice en otro lugar que él considera estas cosas como una bendición (Ro. 3:1, 2; 9:1–5; cf. 11:1). Y son bendiciones porque pueden ser de inestimable valor si se hace buen uso de ellas, si se las emplea como preparación a la recepción del evangelio. Pero cuando estos mismos privilegios comienzan a ser considerados como base de la autoglorificación y la autosatisfacción, cuando son considerados como un pasaporte para el cielo, entonces se convierten en todo lo contrario. Todas estas ganancias se convierten en una enorme pérdida. Este es el sereno y ponderado juicio de Pablo. El sopesó las ganancias, y las estimó como pérdida. Y ese fue siempre su criterio, según está implícito en el tiempo del verbo griego. Estas cosas que en su libro de contabilidad fueron una vez asentadas, una por una, en la columna del haber, han pasado ahora a la columna del debe y se han convertido en una gigantesca pérdida. Nótese que las ganancias no sólo han bajado a cero, sino a menos que cero, y están marcadas con un colosal MENOS (-). “Porque, ¿de qué aprovechará al hombre, si granjeare todo el mundo y perdiere su alma?” (Mt. 16:26; cf. Mr. 8:36).

   La palabra pérdida que Pablo usa aquí en los vv. 7 y 8, y en ninguna parte más de sus epístolas, ocurre solamente una vez más en el Nuevo Testamento, Hch. 27:10, 21, en la narración de la travesía peligrosa. Y es precisamente en ese mismo capítulo donde se relata también como la ganancia puede convertirse en pérdida. La mercancía de aquel barco que navegaba hacia Italia, representaba una ganancia potencial para los mercaderes, para el armador, y para los hambrientos tripulantes. Mas si el trigo no hubiese sido arrojado al mar (Hch. 27:38), es muy probable que todo hubiera acabado en pérdida, y no sólo del barco, sino también de todos los que iban a bordo. De la misma manera, el privilegio de haber nacido en un hogar cristiano y de haber recibido una esmerada formación religiosa, se convierte en perjuicio cuando es considerado como base sobre la que se construye la esperanza de vida eterna. Lo mismo podemos decir respecto al dinero, al atractivo personal, al saber, al vigor físico, etc. Tales beneficios pueden convertirse en estorbos. Las pasaderas se convierten en escollos si no se usan debidamente.

   ¿Por qué, en el ponderado juicio de Pablo, fueron estas ganancias estimadas pérdida? Por Cristo, por amor de Cristo; porque si Pablo no hubiese renunciado al aprecio que sentía por estos privilegios y logros, éstos lo hubieran privado de Cristo, la única y verdadera ganancia (véase el v. 8).

   Pablo continúa con una frase casi intraducible: Sí, y aún más, ciertamente estimo como pérdida todas las cosas debido a la sublime excelencia de conocer a Cristo Jesús, mi Señor.

   En el v. 8 el apóstol refuerza su declaración anterior, y esto de dos maneras. En primer lugar, él subraya lo que ya estaba implícito en el versículo precedente, es decir, que lo que él consideraba pérdida en el momento de su conversión, aún sigue considerándolo así. Es como si dijese: “Sobre este particular no habrá judaizante que me haga cambiar en mi forma de pensar”. En segundo lugar, afirma que considera como un perjuicio, un detrimento, no solamente lo que se menciona en los vv. 5 y 6, sino también todo cuanto pudiera impedir una plena aceptación de Cristo y su justicia. Podemos incluir en ellos el aprecio desmesurado por las posesiones materiales, un deleite en estar con los antiguos amigos no cristianos, el conceder la primacía al goce de los sublimes privilegios que el fariseísmo pudiera reportarle, etc. Todas estas cosas y muchas más no son sino rotundas pérdidas a causa deen comparación con—la sublime excelencia, o sea sublime valor, de “conocer a Cristo Jesús … Señor”. En el camino a Damasco Pablo aprendió a conocer a Jesús. Aunque ya había una amplia base para este conocimiento—tal como la preparación del apóstol en el Antiguo Testamento, los testimonios que había oído de labios de los mártires, el comportamiento de ellos en medio de la prueba—cuando realmente irrumpió en su alma, la experiencia fue repentina y dramática. La profecía y el testimonio comenzaron a adquirir significado. Fue una inolvidable experiencia aquel encuentro con el Cristo exaltado, pues, un momento antes, el apóstol había estado respirando amenazas y muerte contra la iglesia de Cristo, ¡contra Cristo mismo! Sí, él vio y oyó al verdadero Jesús del que tanto había oído hablar. Y lo vio y lo oyó como Cristo Jesús … Señor, nombre que es sobre todo nombre (véase lo dicho en 2:9–11). Y en el mismo momento él comenzó a entender algo de la condescendiente compasión y ternura del misericordioso y sublime corazón de Cristo, y del amor que fue derramado sobre él, Pablo, el cruel perseguidor.

   Hacía treinta años que había ocurrido todo esto. Y durante el período que medió entre la “gran experiencia” y la escritura de esta epístola a los filipenses, el gozo de conocer a Cristo Jesús … Señor, con un conocimiento de mente y corazón (véase el v. 10), había ido creciendo constantemente, de forma que cada día brillaba con fulgor cada vez más maravilloso y deseable. Por lo tanto, Pablo inserta una pequeña palabra que hace aún más adorable “aquel bello nombre, aquel sublime nombre, aquel puro nombre” de Jesús. Dice: “Cristo Jesús, mi Señor”. Lo que este posesivo mi implica, el mismo Pablo lo explica mejor que nadie. Léase Fil. 1:21; 4:13; Ro. 7:24, 25; 2 Co. 12:8–10; Gá. 1:15, 16; 2:20; 6:14; Ef. 5:1, 2; Col. 3:1–4:6; 1 Ti. 1:5, 16; 2 Ti. 1:12; 4:7, 8. Según estos pasajes, Cristo es mucho más que el Ejemplo y Amigo de Pablo. Es su Vida, su Amor, su Fuerza, su Gloria, su Roca, su Galardonador y especialmente, como en este pasaje que estamos considerando, su Ungido Salvador y Soberano.

   De la misma manera que la salida del sol desvanece las estrellas y la presencia de una perla de gran precio apaga el brillo de todas las demás gemas, así también la comunión con “Cristo Jesús mi Señor” eclipsa todas las cosas. No es tal o cual cosa acerca de Cristo lo que Pablo tiene en mente, sino al mismo Cristo. El apóstol está en completo acuerdo con el poeta que dijo: (no “¿Qué?”, sino “¿A quién tengo yo en los cielos sino a ti?” (Sal. 73:25). Pablo continúa: por quien he perdido todas estas cosas. Fue por amor de su Señor y Salvador que Pablo perdió todo lo que una vez fuera muy querido para él: el orgullo de su tradición, de su linaje, de su ortodoxia, de su observancia externa de la ley, y de todo cuanto anteriormente había considerado como medios de acceso a la ciudad celestial. Además, su voluntaria decisión de soportar esta pérdida permanecía firme e inquebrantable; por eso continúa: y aún las sigo considerando como basura. Lo que los judaizantes estiman tanto, es considerado por el apóstol como basura, como algo que solo servía para ser echado a los perros. En esto el apóstol se muestra muy consecuente. ¿No hacía sólo un momento que había llamado perros (véase 3:2) a estos peligrosos enemigos? Así pues, Pablo considera todos estos privilegios heredados y todos estos logros humanos, considerados como méritos, como algo que debe ser desechado cual basura sin valor y detestable desperdicio.

C. Yo confío ahora en otra justicia

(1) Una justicia que es la de Cristo.

(2) Una justicia que no es merecida por lo que el hombre haga, por las obras de la ley.

(3) Una justicia que se recibe por la fe.

(4) Una justicia que procede de Dios.

(5) Una justicia que se esfuerza por la perfección espiritual.

(1) Una justicia que es la de Cristo

   Versíc. 8b, 9. “Y aún las sigo considerando como basura”, dice Pablo, a fin de poder ganar a Cristo y ser hallado en él. Pablo desea hacer a Cristo más y más plenamente suyo. Siempre que uno se apoye en su propia justicia, aunque sea en lo más mínimo, no podrá gozar porcompleto de la justicia de Cristo. Ambas cosas son totalmente incompatibles. Es necesarioque una de ellas sea terminantemente desechada, si se quiere gozar de la otra de un modoabsoluto. Y este es el gran anhelo de Pablo, que todos sus hermanos en la fe puedan hallarleplenamente en él, en íntima unión con Cristo. Para el significado de la frase “en Cristo”, véaselo dicho en Fil. 1:1. En este capítulo 3, la relación que denota “en él” está descrita en su aspectoforense en el v. 9, y en su aspecto práctico en el v. 10. La relación “en él” significa quela justicia de Cristo le es imputada al pecador, de forma que se le reconoce como propia. Estoimplica la liberación de las demandas de Satanás (Ro. 8:31, 33), la reconciliación con Dios (2Co. 5:18–21), el perdón de los pecados (Ef. 1:7), en resumen, el estar en conformidad con laley de Dios (Ro. 8:1–4).

   Ahora bien, cuando Pablo dice que todo lo estima como basura, para gozar de Cristo y ser hallado en él, el sacrificio que supone este intento de alcanzar el único y verdadero premio no debe ser interpretado en un sentido egoísta y mercenario. La luz de otros pasajes, como Ro. 11:36 y 1 Co. 10:31, debiera iluminar la escena. Pablo piensa en la gloria de Dios y no en su propio y exclusivo provecho. Es cierto que no se olvida de sí mismo, pues procura alcanzar su recompensa, cosa completamente justa y correcta. Pero este ideal suyo nunca va separado de su más sublime objetivo. Siempre van juntos estos dos pensamientos. Por lo tanto, Pablo no es como aquel que vende un artículo para sacar de él una gran ganancia, aprovechándose él solo de ella. No es como el pescador que ceba su anzuelo para pescar un gran pez, mostrándolo luego con orgullo. Ni tampoco es como el jugador de ajedrez que “sacrifica” el caballo y la reina para dar jaque mate al rey del contrario, por el simple placer de ganar la partida. No, Pablo es más bien como el capitán de un buque mercante que, en tiempo de guerra y por motivos patrióticos, arroja el cargamento por la borda, para que el navío, aligerado de su carga, pueda acelerar su marcha para alcanzar y capturar la nave enemiga que transporta un precioso tesoro. O mejor aún, es como un joven, heredero de un negocio floreciente, que jubilosamente deja su herencia para entregarse por entero al ideal de su vida: el servicio del Señor en la obra del ministerio, dentro o fuera de casa. Cf. Mr. 10:21.

 (2) Una justicia que no es merecida por lo que el hombre haga, es decir, las obras de la ley

   Versíc. 9b. Dice Pablo: no teniendo mi propia justicia derivada de la ley (o justicia que procede de la ley). Lo que el apóstol quiere decir es que la justicia que cuenta delante de Dios no es laque proviene del cumplimiento de la ley del Antiguo Testamento. La paga del pecado es muerte (Ro. 6:23). Esta retribución es pagada a aquellos que la merecen. Mas la justicia de Dios es dada a los que no la merecen. Dios justifica al impío y por el impío murió Cristo (Ro. 4:5; 5:6;Tit. 3:5).

(3) Una justicia que se recibe por la fe

   No la justicia de la ley, dice Pablo, sino la justicia (que es) por la fe en Cristo. Por la fe se apodera uno de la gracia; es la mano vacía que se extiende para recibir el don gratuito de Dios. Si la única justicia que cuenta delante de Dios es la de Cristo imputada al pecador como don divino, gratuito e inmerecido, es lógico, pues, que la única forma posible de obtenerla sea aceptarla (los dones se reciben o aceptan, no se ganan) por la sola fe, es decir, por una confianza en Dios y, por tanto, en su palabra, y que hace suya lo que El da. El Ungido de Dios es el objeto de esta fe sencilla (Ro. 1:16, 17; 3:21, 22; Gá. 2:20; 3:22; cf. Hab. 2:4; Jn. 3:16).

(4) Una justicia que procede de Dios

   La apropiación por la fe se repite para dar énfasis, pero antes se añade un elemento más; el origen divino de esta justicia. Por consiguiente, la justicia (que procede) de Dios sobre la base de la fe. Esta justicia es provista por Dios y vale delante de Dios (Ro. 3:24, 25; 8:3; 2 Co. 5:19). Su posesión y goce descansa en y está condicionada a la fe, fe que el hombre posee y ejerce, ciertamente (Jn. 3:16), y por la que es plenamente responsable, pero que es dada, alimentada y recompensada por Dios (Ef. 2:8).

Para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, y en la tierra, y debajo de la tierra; y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre. (filipenses 2:10-11).

Amen, para la gloria de Dios.

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Hno Roberto Saldías Roa

Miembro de la IEP en Nacimiento Bajo, nació en el evangelio del Señor en la Iglesia de Laja 1975. Casado con María Nahuelmán, estudia teología de manera autodidacta. Me gusta mucho leer y escribir.

 

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