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Semana del 15 al 21 de julio de 2019: “Eclesiología: La Iglesia en todos sus sspectos (Parte II).

Semana del 15 al 21 de julio de 2019: “Eclesiología: La Iglesia en todos sus sspectos (Parte II).


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   Lectura Bíblicas: Romanos 10:12 al 15. Porque no hay diferencia entre judío y griego, pues el mismo que es Señor de todos, es rico para con todos los que le invocan; porque todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo. ¿Cómo, pues, invocarán a aquel en el cual no han creído? ¿Y cómo creerán en aquel de quien no han oído? ¿Y cómo oirán sin haber quien les predique? ¿Y cómo predicarán si no fueren enviados? Como está escrito: ¡Cuán hermosos son los pies de los que anuncian la paz, de los que anuncian buenas nuevas!

   Comentario del libro de Estudio Doctrina Cristiana por el Dr. George Pardington (página 239).

  1. Parakleetos. Esta palabra, que generalmente es traducida “consolador”, designa el Espíritu residente que está en los Kleetoi (los llamados): Jn. 14:16, 17, Ro. 8:9, 11; l Co. 3:16; Ef. 2:22.

 

  1. Epikalein. Está palabra indica el hecho distintivo del Kleetoi, «llamar a Cristo», o «invocarlo en la oración, 1 Co. 1:1, 2; Ro. 10:9, 13; Hch. 22:16; 9:14, 21; 7:58, 59.

 

  1. Parakalein. Esta palabra señala la actitud distintiva del Kleetoi entre sí, es decir, las relaciones entre los miembros del Kleetoi «llamar, exhortar, o fortalecer en la fe», He. 3:13; 10:25; 1 Ts. 3:2.

 

   Comentario de Romanos 10:12 al 15. 12, 13. Porque no hay distinción entre judío y griego. Porque el mismo Señor (es Señor) de todos y ricamente bendice a todos los que le invocan. Porque todo aquel que invoque el nombre del Señor será salvo.

   Nótese lo siguiente:

(a). “Porque no hay distinción entre judío y griego”.

   La palabra “porque” especifica que lo que sigue inmediatamente a continuación comprueba lo dicho en el renglón precedente, que dice que ninguno que pone su confianza en él será jamás avergonzado.

   Aunque el hecho que en lo referente al camino de salvación no hay distinción entre judío y griego es enfatizado por Pablo una y otra vez, debe haber sido muy difícil para los judíos creer esto. ¿Cómo? ¿Quiere Pablo realmente decir que ellos, los altamente privilegiados descendientes de Abraham, no eran ante los ojos de Dios nada mejor que los griegos o gentiles?

   ¿No hay aún hoy en día muchos miembros de la iglesia que respaldan la teoría de que los judíos, como pueblo, son todavía objeto del deleite especial de Dios y que les aguarda un glorioso futuro? Nótese el modo en que, en muchos libros escritos por autores que se aferran a esta opinión, la verdad que aquí se expresa en 10:12 es tocada muy superficialmente, o pasada por encima muy rápidamente. No obstante, tan totalmente convencido estaba Pablo de su importancia que se extendió al respecto, al menos lo mencionó una y otra vez. Vea el lector esto por sí mismo, examinando con cuidado los siguientes pasajes: Ro. 1:16; 2:11; 3:10–18, 22–24; 3:29, 30; 4:9–12; 5:18, 19; 9:24; 10:12; 11:32; y en otros lugares en las epístolas de Pablo: 1 Co. 7:19; Gá. 3:9, 29; 5:6; 6:15; Ef. 2:14–18; Col. 3:11.

   Que en realidad no hay distinción entre judío y griego es algo muy claro por la razón que el apóstol expresa en las siguientes palabras:

(b). “Porque el mismo Señor (es Señor) de todos y ricamente bendice a todos los que le invocan”. No sólo es cierto que el único y mismo Dios es Dios de los gentiles tanto como de los judíos (cf. Ro. 3:29), sino que también, tal cual lo expresa el apóstol aquí en 10:12, el mismo Señor (= Jesús) es el Señor de todos.

   ¡Dios es rico! En realidad, su riqueza es incalculable. Si acaso hay alguna cosa que por el momento él no posea, todo lo que tiene que hacer es hacer valer su soberana voluntad, ¡y allí esta! Véanse Gn. 1:3, 6, 9, 11, 14, 20, 24, 26. Todo el oro y la plata le pertenecen a Dios (Hag. 2:8). Toda bestia del bosque es suya y también lo son los ganados en las mil colinas (Sal. 50:10–12).

   Y si Dios es rico, entonces también Cristo lo es, porque Cristo es Dios. Ef. 3:8 menciona las insondables riquezas de Cristo. Ap. 5:12 demuestra que el Salvador es realmente digno de recibir toda esta riqueza.

   Pero no solamente es Dios infinitamente rico, sino que también desea intensamente otorgar sus riquezas a sus criaturas. Él es rico cuando revela a ellos su bondad, paciencia, gloria y misericordia (Ro. 2:4; 9:23; Ef. 2:7). Él es, en efecto, más generoso de lo que palabras humanas pueden expresar. Véase, por ejemplo, un pasaje tan precioso como Jn. 1:16, según el cual ni bien ha terminado una manifestación de la gracia o del favor divino cuando ya llega la otra, como las olas del océano que vienen unas tras las otras en apretada sucesión y se lanzan sobre la costa. Es cierto, “él da, y da, y vuelve a dar”.

    Especialmente cuando uno vive al lado del mar (o cuando uno visita un lugar así) es gratificante, al ver las ondas que constantemente se acercan a la playa, pensar en Jn. 1:16. Véase C.N.T. sobre ese pasaje. Casi ni hace falta añadir que también aquí lo que se dice respecto a Dios se aplica también a Cristo, quien, “por amor a vosotros se hizo pobre, siendo rico, para que vosotros por su pobreza fueseis enriquecidos” (cf. 2 Co. 8:9).

   Nótese asimismo que, según la inspirada enseñanza de Pablo, no sólo unos pocos o sólo un cierto grupo de personas, trátese ya de judíos o gentiles, son los beneficiarios de esta enorme riqueza, sino que, por el contrario, todos los que invocan a Dios en Cristo reciben una rica bendición. El Señor bendice ricamente—literalmente: “es rico para con”—a todos.

   Por supuesto, este invocar a Dios—o más específicamente a Jesús—debe ser hecha en el espíritu del centurión (Mt. 8:8) y del publicano (Lc. 18:13).

   En su tercera frase Pablo da una prueba de la universalidad (en un sentido) de la generosidad divina:

(c). “Porque todo aquel que invoque el nombre del Señor será salvo”.

Véanse Hch. 7:59; 1 Co. 1:2. Lo que aquí en Ro. 10:13 viene a continuación de la palabra “porque” es una reproducción exacta de lo que encontramos en nuestras Biblias en Jl. 2:32, pero en la biblia hebrea y en la LXX en Jl. 3:5. De hecho, en el caso que nos ocupa, aun las palabras “todo aquel” (o “todos”) ya estaba en el original del pasaje del Antiguo Testamento. Contrástese esto con Ro. 10:11 donde, al citar Is. 28:16, Pablo mismo insertó esta palabra.

Israel es responsable de su propio rechazo Dicho rechazo no es arbitrario

“Todo el día he extendido mis manos a un pueblo desobediente y rebelde”.: 10:14–15

   Romanos 10:13 decía: “Todo aquel que invoque el nombre del Señor será salvo”. La relación entre esta frase y el comienzo de la subdivisión de los vv. 14–15 es clara, ya que en 10:14 el tema de invocar al Señor continúa por medio de la pregunta: “¿Cómo, entonces, pueden ellos invocar a aquel en quien no tienen fe?” El espíritu de esta pregunta, especialmente a la luz de lo que viene en los vv. 16 y 21, indica que el apóstol está formulándole un cargo contra Israel. Él dice que, debido a la falta de fe de Israel, ella es totalmente responsable de su rechazo por parte de Dios. En otras palabras, dicho rechazo, en la medida que era real, no era arbitrario sino merecido.

   [14, 15a]. ¿Cómo, entonces, pueden ellos invocar a aquel en quien no tienen fe? ¿Y cómo pueden tener fe en alguien de quien no han oído? ¿Y cómo pueden oír sin un predicar? ¿Y cómo pueden las personas predicar a no ser que hayan sido comisionadas?

   Hay algunos puntos que deben notarse:

(a). En esta serie de preguntas, ¿cuál es el sujeto? ¿A quién se está refiriendo Pablo? El apóstol escribe: ellos … ellos … ellos … ellos … ellos … ellos (ya sea en forma explícita, o implícitamente); aunque en aras de la variación y de la claridad uno de estos “ellos” pueda cambiarse por las personas (o algo similar).

   ¿A quién, entonces, se refiere Pablo? La respuesta acostumbrada es: a Israel. Algunas traducciones aun insertan la palabra “Israel” en lugares en que el original no la tiene. Ahora bien, hay que reconocer que en considerable medida esta respuesta es correcta. Véase, en primer lugar, lo que se ha dicho en la introducción a esta sección.

   Examínense también los siguientes pasajes: 9:3–5, 27, 31–33; 10:1–3, 19, 21; 11:1s. En base a todo esto, la conclusión “la referencia es a Israel” es inescapable.

   ¿Pero es esta una respuesta completa? No todos los expositores tienen tal opinión. Y con razón. ¿No comprueba el hecho que en esta sección (10:14–21) Pablo ni siquiera mencione a Israel hasta llegar a la conclusión misma (vv. 19–21), ¿que él desea que todo lector u oidor luche con estas preguntas en su propio corazón y conciencia?

(b). Tenemos aquí una serie de preguntas. También el Antiguo Testamento tiene agrupamientos de preguntas (Job 38:2–39:27; 41:1–7; Is. 40:12–14, 21). Con todo, la presente serie es diferente. Es una especie de cadena en la que cada eslabón tiene una estrecha relación con su vecino(s) inmediato(s).

   ¿Es entonces esta cadena similar a la que encontramos en Ro. 5:3b–5 y a la descrita en 8:29, 30? No, la diferencia está en que en los dos últimos ejemplos la cadena es progresiva: sus eslabones se siguen el uno al otro en una secuencia histórica, de causa y efecto. La secuencia puede compararse a la serie 1, 2, 3, etc. Aquí, en Ro. 10:14, 15a, y también en 10:17, la cadena es regresiva. Va del efecto a la causa y es comparable a la serie 5, 4, 3, 2, 1. El invocar a Cristo en oración se menciona en primer lugar, aunque, en realidad, por supuesto, viene después de tener fe en él, lo que, empero, constituye el segundo eslabón en esta cadena. Tener fe resulta del haber oído de él, el tercer eslabón aquí mencionado. Este oír implica que debe haber habido un predicador, el cuarto eslabón, que se dirige a la gente. Y él hizo esto porque anteriormente alguien, en quinto eslabón, le había autorizado a llevar el mensaje.

(c). ¿Cuál podría haber sido la razón porque decidiera Pablo a ordenar estos eslabones en orden regresivo? Para contestar esta pregunta deberíamos tener en mente que el apóstol no era solamente un teólogo plenamente inspirado, erudito y profundo; él también era un amigo cristiano, muy práctico y de corazón afectuoso. Como tal, bien puede haber tenido en mente un doble propósito para escribir como lo hizo.

   En primer lugar, él está pensando en el auditorio, el de Roma ciertamente, pero con el pasar de los siglos, en cualquier auditorio, incluyendo el de hoy en día. Para los oyentes, entonces, y para cada uno de dichos oyentes, él ha ordenado la serie de tal manera que la referencia a Dios—o, si uno lo prefiere. a Cristo—quien ha comisionado al predicador, fuese mencionado en último lugar, ¡para que todo el énfasis recayese sobre él! Cada oyente debe darse cuenta de que cuando rechaza al predicador que, como fiel ministro de la palabra, presenta con perspicacia y entusiasmo los alegres y gloriosos anuncios de la salvación en Cristo, ¡lo que está haciendo es rechazar a Cristo mismo! Al dirigirse a los setenta (o setenta y dos) misioneros, Jesús les dijo: “El que a vosotros escucha, a mí me escucha, pero el que a vosotros rechaza, a mí me rechaza; y el que me rechaza a mí, rechaza al que me envió” (Lc. 10:16).

   En segundo lugar, Pablo está pensando en el predicador. La referencia culminante al predicador debidamente comisionado contiene una lección también para él. Más vale que todo predicador se asegure de haber sido realmente llamado por Dios a cumplir esta clase de tarea. Para llegar a una verdadera respuesta a esta pregunta debería consultar Jer. 23:21, 22. Si este predicador está tratando de hacer con sinceridad y oración lo que se menciona en el v. 22, encontrará que es mucho más fácil llegar a una respuesta positiva y animadora a la pregunta respecto al carácter genuino de su ordenación.

   Para el predicador, Ro. 10:14, 15a contiene aun otra lección. ¿Qué quiere decir en realidad predicar?, predicar significa en realidad servir de heraldo, proclamar. La predicación genuina significa entonces que el mensaje es algo vivo, no aburrido; actual, no trillado. Es la predicación fervorosa de las grandes nuevas iniciadas por Dios. ¡Nunca hay que permitir que se deteriore, para llegar a ser una especulación abstracta sobre puntos de vista meramente inventados por el hombre!

   Que no queden dudas respecto a que el pueblo—en especial Israel en este caso, según se ha demostrado—haya realmente oído el evangelio, y que se les haya proclamado por embajadores divinamente autorizados, es indicado por el versículo.

   [15b]. Como está escrito: “¡Cuán hermosos son los pies de los que traen buenas nuevas!”

   El pasaje que se cita proviene de Is. 52:7, donde el profeta describe la exuberancia con la que los exiliados daban la bienvenida a las noticias de su inminente liberación del cautiverio. Estas nuevas eran consideradas por ellos muy maravillosas, no solamente porque ahora podrían volver a su patria sino también porque, y esto era probablemente lo más especial, para ellos estas noticias significaban que el favor de Dios todavía estaba con ellos, y que no era este o aquel poder terreno sino Dios—su propio Dios—que todavía reinaba. Véase el contexto de Isaías, y añádanse Sal. 93:1; Ap. 19:6. Por otra parte, ¿puede haber algo más alegre y vivificante espiritualmente que el mensaje de los embajadores de Dios hallado, por ejemplo, en 2 Co. 5:20, 21?

   ¡Cuán hermosos son e sos pies! Al irse acercando los mensajeros por sobre los montes con sus nuevas electrizantes, ¡cuán cubiertos de polvo y sucios habrán estado esos pies! Pero también, ¡cuán hermosos … por ser los pies de los que traían esas maravillosas nuevas tan largamente esperadas!

1er Titulo:

Parakleetos: Consolador, Espíritu Residente Que Está En Los Llamados (Kleetoi). (1ª a los Corintios 3:16-17. ¿No sabéis que sois templo de Dios, y que el Espíritu de Dios mora en vosotros? Si alguno destruyere el templo de Dios, Dios le destruirá a él; porque el templo de Dios, el cual sois vosotros, santo es).

   Comentario: (a). «¿Acaso no sabéis?». Pablo realmente no está preguntado, está reprendiendo a los corintios. Les regaña por no saber cuál es su estado y lugar en relación a Dios. Al hacerse cristianos debieron haberse dado cuenta de que el Espíritu Santo vive dentro de ellos y que permanece en ellos. En otras cartas, Pablo afirma claramente: «somos templo del Dios viviente» (2 Co. 6:16) y «todo el edificio … va levantando para llegar a ser un templo santo en el Señor» (Ef. 2:21). Ahora increpa a los corintios por la negligencia y pereza que demuestran al no aplicar el conocimiento adquirido (1:5; 8:1).

   En griego, el verbo saber señala al conocimiento inherente que cada cristiano debe tener. Saben que son el templo de Dios. Sin embargo, Pablo no nos dice cómo es que desarrollaron este conocimiento. Da por sentado que ellos manejan esta información.

(b). «Que sois el templo de Dios». Dos cosas hacen de esta construcción gramatical algo único: primero, que la expresión templo está en singular (véase 6:19) y, segundo, que en el griego no viene precedida de artículo definido. La palabra griega que se usa es naos, la cual apunta al templo mismo, sin incluir a todo el complejo que lo rodea (para lo cual se usa hieron). En sus epístolas, Pablo casi se limita a usar naos, la palabra que apunta sólo al templo, para indicar que Dios ha hecho morar allí su nombre divino (1 R. 8:16–20).

   Para Pablo y los corintios, el templo de Dios es la iglesia, el cuerpo de creyentes. Aun cuando Pablo cumplió un voto (Hch. 18:18) y presentó ofrendas en el templo de Jerusalén (Hch. 21:23–26), para él el templo espiritual era la iglesia universal. También sabía que, si la iglesia deja de obedecer la Palabra de Dios, poco a poco el malvado se apoderaría de ella con el fin de vivir en ese templo (2 Ts. 2:4).

   Con todo, el templo de la iglesia pertenece a Dios, no a Satanás. Pablo omite a propósito el artículo definido delante de naos, para señalar un uso absoluto del término. Para él no hay otro templo que no sea la iglesia de Jesucristo, pues allí le ha placido a la deidad morar. Si no hay otro templo, no hay necesidad del artículo definido.

(c). «El Espíritu de Dios vive dentro de vosotros». La iglesia es santa porque el Espíritu de Dios mora en los corazones y vidas de los creyentes. En 6:19 Pablo señala que el Espíritu Santo vive en los cuerpos físicos de los creyentes. Aquí, en cambio, les dice a los corintios que el Espíritu está presente en ellos y de que ellos son el templo de Dios.

   Los corintios debían saber que habían recibido el don del Espíritu de Dios. Pablo ya les había hecho ver que ellos no habían recibido el espíritu del mundo, sino el Espíritu de Dios (2:12). El apóstol enseña que los cristianos son personas controladas por el Espíritu de Dios que vive en ellos (Ro. 8:9), no por la naturaleza humana pecaminosa.

  Los cristianos de Corinto se comportaban en una manera reprensible, pues se veía en su medio riñas, celos, inmoralidad y un ambiente permisivo. Esa conducta era un sacrilegio al templo de Dios. Como Pablo dice en otra epístola, estaban contristando al Espíritu Santo (Ef. 4:30; cf. 1 Ts. 5:19).

   [17]. Si alguno destruye el templo de Dios, Dios lo destruirá a él; porque el templo de Dios es santo y eso es lo que sois vosotros.

(a). Una condición. «Si alguno destruye el templo de Dios, Dios lo destruirá a él». De hecho, Pablo quiere decir que, al escribir esta epístola, están presentes los elementos que pueden destruir el templo de Dios. Sin identificarlos por nombre, habla de aquellos que no tienen el Espíritu de Dios, quienes a propósito están arruinando, corrompiendo y destruyendo la iglesia. Con su forma de vida mundana están influyendo a los miembros de la iglesia.

   El verbo destruir aparece dos veces en el griego: es la última palabra de la oración subordinada, y la primera palabra de la oración subordinante. En español tendría que decirse algo como: «Si alguno el templo de Dios destruye, destruido será por Dios». Pablo quiere subrayar que la iglesia es el templo de Dios; quien sea que trate de destruir este templo, sea por doctrina o forma de vida, se pone bajo la ira de Dios. En suma, Dios lo destruirá. No se trata sólo de la ley del talión—que cada uno recibe lo que merece—se trata de que la iglesia es para Dios como la niña de sus ojos (cf. Zac. 2:8). Quien toca a la iglesia, toca a Dios.

(b). La razón. «Porque el templo de Dios es santo y eso es lo que sois vosotros». ¿Por qué Dios protege a la iglesia y destruye a sus enemigos? Porque la iglesia es propiedad de Dios y está separada del mundo (2 Co. 6:14–16). La iglesia es santa en Cristo y como tal permanece delante de Dios sin mancha ni arruga (Ef. 5:27). Pablo les habla a los corintios en una forma muy personal y les dice con firmeza que ellos son el templo de Dios. A pesar de sus pecados, estos creyentes fueron santificados en Cristo y llamados a ser santos (1:2). La iglesia es santa porque Dios es santo. Una confesión de fe del siglo XVII declara:

La iglesia ha existido

desde el principio del mundo

y permanecerá hasta el final.

Esto se desprende del hecho de que

Cristo es el Rey eterno,

y como tal no puede carecer de súbditos.

Además, Dios preserva a esta santa iglesia

de la ira de todo el mundo.

Jamás será destruida,

aunque por un tiempo

parezca muy pequeña

y hasta aparezca como su hubiese desaparecido.

Consideraciones prácticas en 3:16–17

   Cuando los israelitas construyeron un tabernáculo en el desierto y, años más tarde, un templo en Jerusalén, las naciones se mofaron de ellos porque los israelitas tuvieron que decirles que el templo no tenía imágenes ni ídolos. Los paganos les preguntaban: «¿Dónde está vuestro Dios?». En el templo sólo moraba el nombre de Dios. Esto contrastaba con la costumbre pagana de poner ídolos que representaban a sus dioses.

   Cuando Pablo enseñó a los corintios que ellos eran el templo de Dios, los paganos de la ciudad quedaron asombrados; no podían entender que un grupo de cristianos se pusieran el nombre de «templo» y que dijeran que el Espíritu de Dios moraba en ellos. Para los gentiles era difícil pensar en un templo que no tenía edificio. No eran capaces de entender cómo el Dios invisible de los cristianos podía morar en un cuerpo humano visible.

   Las iglesias que espiritualmente proceden de la Reforma del siglo XVI tienen edificios dedicados a la adoración que son simples y aparentemente vacíos. Aparte del púlpito, las bancas, el baptisterio y la mesa de la Cena, el edificio parece vacío. Con todo, sobre el púlpito se puede ver la Biblia abierta. La gente adora al Señor recibiendo y respondiendo a la proclamación de la Palabra. No adoran a la Biblia, sino a Dios que les habla a través de ella.

2° Titulo:

Epikalein: Llamar A Cristo O Invocarlo En La Oración; Privilegio Del Kleetoi (Salmo 17:6. Yo te he invocado, por cuanto tú me oirás, oh Dios; Inclina a mí tu oído, escucha mi palabra.).

   Comentario: Ahora, después de ser examinado, el salmista hace la petición principal. Maravillosos actos, misericordia… libras con tu diestra (v. 7) es lenguaje del éxodo (cf. Exo. 15:11–13). El lenguaje de redención del éxodo vino a ser la narrativa normativa que el pueblo de Israel usaba en la adoración a Dios, en sus peticiones y sus testimonios. Aquí el salmista, con este lenguaje, pide una acción definida de Dios. Reconoce y acepta la misericordia, el amor de Dios tan importante en el pacto con él.

   Esta ternura de Dios se expresa en la niña de tu ojo, que es la pupila que uno protege con mucho cuidado, y la acción del ave de esconder sus pollitos bajo su plumaje. Las dos figuras (v. 8) vienen del cántico en Deuteronomio 32:10, 11. Dios da esta protección contra enemigos físicos y espirituales.

3er Titulo:

Parakalein: Relación Santa Y Fraterna Entre Los Miembros (Hebreos 10:24-25. no dejando de congregarnos, como algunos tienen por costumbre, sino exhortándonos; y tanto más, cuanto veis que aquel día se acerca. Porque si pecáremos voluntariamente después de haber recibido el conocimiento de la verdad, ya no queda más sacrificio por los pecados.).

   Comentario: 1. Hacia la expresión del amor: (10:24). [24]. Y consideremos cómo podemos estimularnos mutuamente al amor y a las buenas obras.

   Esta es la tercera exhortación y la tercera virtud de la tríada fe (v. 22), esperanza (v. 23) y amor (v. 24). Ya antes en la epístola el escritor había hablado sobre esta tríada (6:10–12). En consonancia con la conclusión de la carta de Pablo acerca del amor (1 Co. 13:13) y otros pasajes en que éste menciona la tríada (Ro. 5:1–5; Gá. 5:5–6; Col. 1:4–5; 1 Ts. 1:3; 5:8; y véase 1 P. 1:21–22), el escritor de Hebreos demuestra que el amor es el más grande de los tres, porque alcanza a otros. El amor es comunitario. Para el hombre, el amor se extiende hacia Dios y hacia el prójimo. Además, “Dios demostró su propio amor por nosotros en esto: Cuando todavía éramos pecadores, Cristo murió por nosotros” (Ro. 5:8).

   Consideren cuidadosamente de qué forma podemos estimularnos unos a otros fervorosamente al amor y a las buenas obras, dice el escritor. Pongan en acción su mente para encontrar algunas maneras de provocar unos a otros—en el buen sentido de la palabra—para aumentar sus expresiones de amor a fin de que resulten en la ejecución de obras nobles. El resumen de la ley hecho por Jesús, vale decir, la ley real (Stg. 2:8), “Amarás a tu prójimo como a ti mismo” con frecuencia es reducida a un “Amate a ti mismo”. Pero esta ley real se extiende más allá del prójimo hasta llegar a Dios. Las acciones llevadas a cabo por amor al prójimo honran a Dios Padre. Por lo tanto, obedecer y cumplir con la segunda parte del resumen, “Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Mt. 22:39), constituye en realidad una obediencia y cumplimiento de la primera parte del resumen, “Amarás al Señor tu dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda tu mente” (Mt. 22:37). Y Pablo llama al mandamiento de amarse unos a otros una “deuda continua” (Ro. 13:8). “Así que el amor es el cumplimiento de la ley”, concluye él (v.10).

  1. En la asistencia a los cultos: (10:25). [25]. No dejemos de congregarnos, como algunos habitúan hacer, sino animémonos unos a otros—y tanto más cuando veis que el Día se acerca.

   Una de las primeras indicaciones de una carencia de amor por Dios y por el prójimo es que el cristiano se aleje de los cultos. El miembro abandona las obligaciones comunitarias, deja de asistir a las reuniones y exhibe los síntomas de egoísmo y de egocentrismo.

   Aparentemente algunos miembros de la congregación hebrea a los cuales se dirigió originalmente la epístola mostraban descuido en su asistencia a los cultos. Lo hacían a sabiendas, desertando de “la comunión de los santos”. De fuentes procedentes del primer siglo de la era cristiana sabemos que la falta de interés por los cultos era cosa común. La Didache, un manual de la iglesia para la instrucción religiosa que proviene de la última parte del siglo primero, contiene esta exhortación: “Pero congregaos con frecuencia, buscando las cosas que son provechosas para vuestras almas”.

   En un capítulo anterior, el escritor de Hebreos advierte a los lectores en contra de seguir el ejemplo de los israelitas desobedientes que vagaban por el desierto, y de alejarse del Dios vivo (3:12). El escritor exhorta a los lectores a “alentarse unos a otros diariamente … para que ninguno de vosotros sea endurecido por el engaño del pecado” (3:13). Él se da cuenta de que el celo ha decaído entre algunos de los miembros. Es así que él dice una vez más: “Animémonos unos a otros” (10:25). No sólo el escritor de esta epístola sino también todos los miembros de la iglesia tienen la tarea comunitaria de alentarse mutuamente todos los días. Juntos llevamos la responsabilidad, puesto que somos el cuerpo de Cristo.

   Como cristianos debemos mirar hacia el futuro, es decir, hacia el día en que Jesús volverá. Cuanto más nos acercamos a dicho día, tanto más activos debemos estar en animarnos unos a otros en cuanto a mostrar amor y hacer obras buenas aceptables a Dios. Nos hubiera gustado tener más información acerca de “el Día”, pero el escritor es tan parco como los otros escritores del Nuevo Testamento que lo mencionan (véanse, por ejemplo, Mt. 25:13; 1 Co. 3:13; 1 Ts. 5:4). Dice Philip Edgcumbe Hughes: “Cuando se habla de él en esta manera absoluta, ‘el Día’ sólo puede significar el último día, el día escatológico final, que es el día para ajustar cuentas y de juicio conocido como el Día del Señor”.

Consideraciones prácticas en 10:24–25

   De la bien conocida tríada fe, esperanza y amor, es la esperanza la que parece ser descuidada. Los escritores del Nuevo Testamento, sin embargo, no la descuidan, ya que la mencionan tantas veces como lo hacen con la fe y el amor. El cristiano parece enfatizar en su vida espiritual las virtudes de la fe y el amor, pero dice poco acerca de la esperanza.

   Sin embargo, es la esperanza la que guía al creyente, ya que le da libertad del temor a la muerte. Él tiene puestos los ojos en Jesús, que ha conquistado el poder de la muerte. Sabe que en Jesús tiene salvación, justicia, vida eterna y la certidumbre de la resurrección de los muertos. Esa esperanza se verá realizada cuando Jesús vuelva.

   El cristianismo es una religión de amor que se extiende hacia afuera y que reúne a la gente. Los eventos deportivos, las representaciones en la pantalla o sobre el escenario, y la acción política juntan grandes multitudes. Pero el cristianismo mantiene a la gente junta porque enfatiza la participación en el culto, en la alabanza y en el trabajo. Los cristianos se necesitan unos a otros para fortalecer el maravilloso vínculo de amor que comparten en Jesucristo.

   La exhortación del escritor de “estimularnos mutuamente al amor” precede su observación acerca de la asistencia a la iglesia. Cuando el creyente asiste al culto, está expresando su amor por Jesús. Se da cuenta de que Jesús, la cabeza de la iglesia, está presente en el culto y desea su presencia. Para decirlo de otra forma, la cabeza de la iglesia no puede funcionar sin el cuerpo. El creyente es parte del cuerpo de Cristo, el cual Cristo se presenta “a sí mismo como una iglesia radiante, sin mancha ni arruga ninguna otra tacha, sino santa y libre de culpa” (Ef. 5:27).  

Amén, para la gloria de Dios.

                                                              

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Hno Roberto Saldías Roa

Miembro de la IEP en Nacimiento Bajo, nació en el evangelio del Señor en la Iglesia de Laja 1975. Casado con María Nahuelmán, estudia teología de manera autodidacta. Me gusta mucho leer y escribir.

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