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Semana del 14 al 20 de octubre de 2019: “Las dispensaciones de la Historia del género humano”. (Parte II)

Semana del 14 al 20 de octubre de 2019: “Las dispensaciones de la Historia del género humano”. (Parte II)

Lectura Bíblica: Efesios 1:9-10. dándonos a conocer el misterio de su voluntad, según su beneplácito, el cual se había propuesto en sí mismo, de reunir todas las cosas en Cristo, en la dispensación del cumplimiento de los tiempos, así las que están en los cielos, como las que están en la tierra. 

Comentario: Versíc. 9.… en que nos hizo conocer el misterio de su voluntad. Dios lo dio a conocer a Pablo (3:3) quien, a su vez, se regocija en el privilegio de darlo a conocer a otros. Además, la gracia santifica este conocimiento en el corazón de aquellos destinados a ser salvos. Pablo dice, “nos hizo conocer” (cf. “para nosotros”, en el v. 8), es decir, a mí mismo y a aquellos a quienes escribo (véase v. 1).

   Hizo que sobreabundara su gracia … ¡en que nos hizo conocer el misterio de su voluntad! No la guardó para sí. El Padre no quiso que los santos y creyentes de Éfeso (y de todo lugar) fuesen como el pueblo de Samaria, descrito en 2 R. 7:3–15, que ignoraba acerca de sus riquezas.

   La más grande historia que jamás se haya contado, la de la gracia de Cristo, debe ser dada a conocer. En este aspecto, también, el verdadero evangelio difiere de “otros evangelios” de invención humana. En los días de Pablo ciertos cultos obligaban a sus devotos a hacer “tremendos juramentos” en el sentido de no revelar sus secretos a los no iniciados. Aun hoy día existen sectas que exigen a sus miembros hacer promesas similares bajo pena de horribles castigos en caso de incumplimiento. Fue la voluntad del Padre que el más sublime de los secretos fuese publicado a los cuatro vientos, y que penetrase profundamente en el corazón de los suyos. El plan de salvación de Dios, además, debía ser dado a conocer a fin de que fuese aceptado por la fe, puesto que es por medio de la fe que los hombres han de ser Salvos.

   Precisamente, ¿qué fue lo que Pablo quiso decir cuando mencionó “el misterio”? Aquí en Efesios la respuesta no se da hasta llegar al versículo 10, y aun allí el tema sólo queda introducido. No obstante, aunque breve, se nos dice que el misterio en el cual Pablo piensa es aquel concerniente a la voluntad de Dios, es decir, el deseo del Padre. El misterio y el deseo, el beneplácito, el propósito del Padre, forman una unidad. No se pueden separar, puesto que el misterio es el de su propósito eterno. Su revelación, también fue conforme a su beneplácito. Cf. 5 más arriba, donde la predestinación se atribuye también a su beneplácito. Según esto entendemos que el Padre, lejos de manifestar un amor inferior al del Hijo, ¡siente una especial satisfacción al preocuparse de todo aquello que necesita ser planeado a fin de hacer posible la salvación, plena y libre, de los hombres que se han sumergido en la miseria y ruina, y siente el mismo placer al darles también a conocer este maravilloso plan! ¿Por qué hemos de sorprendernos si el corazón de Pablo, henchido de un espíritu de adoración, exclama “Bendito (sea) el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo”?

  Luego el apóstol define este beneplácito añadiendo: el propósito que abrigó para sí mismo en él. La expresión “en él” debe significar “en el Amado”, según lo indica el contexto precedente. El Padre “nos ha bendecido con toda bendición espiritual … en Cristo” (1:3), “nos escogió en él” (v. 4), y “bondadosamente nos confirió su gracia en el Amado” (v. 6). Es natural, por tanto, que ahora se mencione que aquel propósito que abrigó para sí mismo fue “en él”. Ya se ha explicado más arriba cuál es el sentido de este propósito que el Padre abrigó en el Amado (véase sobre v. 4).

   Versíc. 10. El beneplácito del Padre, el propósito que abrigó, el plan en que su alma se deleitó, trazado en la eternidad, iba a realizarse en el tiempo. De ahí que Pablo prosigue: para ser llevado a efecto en el cumplimiento de los tiempos. Literalmente, “para administración (o: para ejecución)”, etc. La expresión “cumplimiento de los tiempos” (o sazones) y otra similar (aunque no enteramente idéntica) en Gá. 4:4 indica el momento (Gá. 4:4) o el período (Ef. 1:10) cuando, por decirlo así, en el reloj de arena del decreto eterno de Dios se ha llenado la ampolleta inferior, esto es, cuando todos los tiempos precedentes y las sazones que el Padre ha establecido conforme a su propia autoridad se hayan completado (Hch. 1:7; cf. 17:26). Es, en otras palabras, “el tiempo apropiado”. Según podemos ver claramente en 1:20–23, la referencia en el caso presente tiene que ver con toda la era del Nuevo Testamento, especialmente el tiempo que comenzó con la resurrección y coronación de Cristo. No llegará el fin hasta que el Señor, en su glorioso regreso, haya pronunciado y ejecutado juicio (1 Co. 15:24, 25). En conexión con esto, hacemos bien en enfatizar lo que hemos ya dicho, a saber, que tal misterio y propósito van juntos: la ejecución del propósito es la revelación del misterio puesto que fue precisamente el propósito de amor del Padre revelar lo que para el hombre era un misterio. Esta ejecución y revelación estaban destinadas a tener lugar, por tanto, en la era mesiánica presente.

   El propósito llevado a cabo en la plenitud de los tiempos, el misterio entonces revelado, se expresa en las siguientes palabras: para reunir todas las cosas bajo una cabeza en Cristo, las cosas en los cielos y las cosas en la tierra. Lo que Pablo dice aquí está amplificado en los vv. 20–22. Por tanto, no se hace necesario extenderse aquí sobre el particular. Es la misma doctrina que se desarrolla también en otras epístolas que pertenecen al mismo período de su prisión; véase especialmente Col. 1:20 y Fil. 2:9–11 y C.N.T. sobre estos pasajes. En cuanto al misterio introducido aquí por el apóstol, pero que más tarde se desarrolla en forma muy detallada (2:11–22, aunque en este párrafo no se usa la palabra misterio; 3:1–13; obsérvese especialmente 4; 6:19), bástenos decir por el momento que este misterio está centrado en Cristo, y que un elemento de él es el que aquí se expresa, a saber, que literalmente todas las cosas, las cosas en el cielo, en la tierra, sobre nosotros, alrededor nuestro, dentro de nosotros, debajo de nosotros, todo lo material, han sido colocadas ahora bajo el dominio de Cristo. Este, sin duda alguna, es un misterio, puesto que nadie jamás lo hubiera descubierto si no se le hubiese revelado. “Ahora empero no vemos todavía todas las cosas sujetas a él” (Heb. 2:8). Es necesario nada menos que la fe—y en ninguna manera una fe débil—para “ver a Jesús coronado de gloria y honra” (Heb. 2:9), realmente gobernando el universo entero desde su celestial morada. Es como el Dr. Herman Bavinck lo expresa tan adecuadamente, “Observamos alrededor nuestro tantos hechos que no nos parecen razonables, tantos sufrimientos injustos, tantas calamidades inexplicables, tan extraña y desigual distribución de destinos, y un contraste tan grande entre los extremos de la alegría y la tristeza, que al reflexionar sobre estas cosas nos vemos forzados a elegir entre dos alternativas: ver el mundo gobernado por una ciega voluntad o deidad maléfica, como creen los pesimistas, o, basándonos en las Escrituras y mediante la fe, descansar en la soberana y absoluta voluntad— aunque incomprensible—sabia y santa de Aquel que algún día hará que la plena luz de los cielos amanezca sobre los misterios de la vida” (The Doctrine of God, mi traducción del holandés; Grand Rapids, Mich., segunda impresión, 1955).

   El hecho de colocar todas las cosas bajo una cabeza en Cristo, de tal modo que ellas no se puedan deslizar por sí mismas, sino que estén bajo el gobierno del Señor, se enseña en muchos pasajes de las Escrituras. El mediador que ha sido exaltado vive y reina (Ap. 20:4), recibiendo la adoración de todos los redimidos y de todas las huestes angélicas (Ap. 5). Pero los pensamientos de este gran Unificador se dirigen también a la tierra, tanto que, en realidad, no solamente intercede por los suyos que todavía se hallan sujetos a conflictos y agitación (Ro. 8:34), sino que aún vive para interceder por ellos (Heb. 7:25), y está actualmente preparando lugar para ellos (Jn. 14:2). Imparte dones a los hombres (Ef. 4:8), realiza obras de sanidad (Heb. 3:6, 16), y por medio de su Espíritu mora en medio de “los siete candeleros” (Ap. 1:13). El hecho de morar entre ellos es algo activo y produce frutos de santificación en la vida de los creyentes (Ef. 3:17–19). Al mismo tiempo Cristo batalla victoriosamente contra el dragón (Satanás) y sus aliados (Ap 17:14), y, sobre todo, gobierna el universo entero en favor de su iglesia (Ef.1:22).

1er Titulo:

La Dispensación De La Ley (Éxodo 20:1 al 17. Y habló Dios todas estas palabras, diciendo: Yo soy Jehová tu Dios, que te saqué de la tierra de Egipto, de casa de servidumbre. No tendrás dioses ajenos delante de mí. No te harás imagen, ni ninguna semejanza de lo que esté arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni en las aguas debajo de la tierra. No te inclinarás a ellas, ni las honrarás; porque yo soy Jehová tu Dios, fuerte, celoso, que visito la maldad de los padres sobre los hijos hasta la tercera y cuarta generación de los que me aborrecen, y hago misericordia a millares, a los que me aman y guardan mis mandamientos. No tomarás el nombre de Jehová tu Dios en vano; porque no dará por inocente Jehová al que tomare su nombre en vano. Acuérdate del día de reposo para santificarlo. Seis días trabajarás, y harás toda tu obra; más el séptimo día es reposo para Jehová tu Dios; no hagas en él obra alguna, tú, ni tu hijo, ni tu hija, ni tu siervo, ni tu criada, ni tu bestia, ni tu extranjero que está dentro de tus puertas. Porque en seis días hizo Jehová los cielos y la tierra, el mar, y todas las cosas que en ellos hay, y reposó en el séptimo día; por tanto, Jehová bendijo el día de reposo y lo santificó. Honra a tu padre y a tu madre, para que tus días se alarguen en la tierra que Jehová tu Dios te da. No matarás. No cometerás adulterio. No hurtarás. No hablarás contra tu prójimo falso testimonio. No codiciarás la casa de tu prójimo, no codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su siervo, ni su criada, ni su buey, ni su asno, ni cosa alguna de tu prójimo).

   Comentario:  Vv. 1, 2. Dios habla de muchas maneras a los hijos de los hombres; por la conciencia, por providencias, por su voz, a todas las cuales debemos atender cuidadosamente; pero nunca habló, en momento alguno, como cuando dio los Diez Mandamientos. Dios había dado antes esta ley al hombre; estaba escrita en su corazón, pero el pecado la desfiguró tanto que fue necesario revivir el conocimiento de ella. La ley es espiritual, y toma conocimiento de los pensamientos, deseos y disposiciones secretas del corazón. Su gran exigencia es el amor, sin el cual la obediencia externa es pura hipocresía. Requiere la obediencia perfecta, infalible, constante; ninguna ley del mundo admite la desobediencia. Cualquiera que guardare toda la ley, pero ofendiere en un punto, se hace culpable de todos, Santiago ii, 10. Omitir o variar algo en el corazón o en la conducta, en pensamiento, palabra u obra, es pecado y la paga del pecado es muerte.

   Vv. 3—11. Los primeros cuatro de los diez mandamientos, corrientemente llamados la PRIMERA tabla, hablan de nuestro deber hacia Dios. Es adecuado que estos se pusieran primero, porque el hombre tuvo un Hacedor para amar antes de tener a un prójimo para amar. No puede esperarse que sea veraz con su hermano, aquel que es falso con su Dios. — El primer mandamiento se refiere al objeto de adoración, JEHOVÁ, y solo a Él. Aquí se prohíbe adorar criaturas, pero el mandamiento alcanza mucho más allá. Aquí se prohíbe amar, desear, deleitarse o esperar algo bueno de cualquier complacencia pecaminosa. Transgrede este mandamiento todo lo que no sea amor, gratitud, reverencia o adoración perfecta. Todo lo que hacéis, hacedlo todo para la gloria de Dios. —El segundo mandamiento se refiere a la adoración que debemos rendir al Señor nuestro Dios. Se prohíbe hacer imagen o retrato de la Deidad en cualquier forma o propósito; o adorar cualquier criatura, imagen o cuadro, pero el alcance espiritual de este mandamiento va mucho más allá. Aquí se prohíbe toda clase de superstición y el empleo de inventos puramente humanos para la adoración de Dios. —El tercer mandamiento se refiere a la manera de adorar, que sea con toda la reverencia y seriedad posible. Se prohíben los votos falsos. Toda liviana alusión a Dios, toda maldición profana es una horrenda transgresión de este mandamiento. No importa si se usan las palabras con o sin sentido. Toda broma profana con la palabra de Dios o con las cosas sagradas y todas las cosas semejantes violan este mandamiento y no hay provecho, honra ni placer en ellas. El Señor no dará por inocente a quien toma su nombre en vano. —La forma del cuarto mandamiento, “Acuérdate”, demuestra que aquí no es la primera vez que se da, sino que era conocido antes por el pueblo. Un día de cada siete debe ser santificado. Seis días se dedican a los asuntos del mundo, pero no como para descuidar el servicio de Dios y el cuidado de nuestras almas. En esos días debemos hacer todo nuestro trabajo, sin dejar nada por hacer para el día de reposo. Cristo permitió los trabajos inevitables, y las obras de caridad y piedad; porque el día de reposo fue hecho para el hombre y no el hombre para el día de reposo, Marcos 2:27; pero están prohibidos todos los trabajos superfluos, vanidosos, o darse el gusto en cualquier forma. Comerciar, pagar salarios, arreglar cuentas, escribir cartas de negocio, estudios seculares, visitas superfluas, viajes o conversaciones livianas, no guardan santo este día para el Señor. La pereza e indolencia pueden ser un reposo carnal, pero no santo. El día de reposo para el Señor debe ser un día de descanso del trabajo secular, para reposar en el servicio de Dios. Las ventajas de la debida observancia de este día santo, aunque solamente fueran por la salud y la felicidad de la humanidad, más el tiempo que otorga para el cuidado del alma, muestran la excelencia de este mandamiento. El día es bendito; los hombres son bendecidos por él y en él. La bendición y la orden de guardarlo santo no se limitan a un séptimo día, sino que se dicen del día de reposo.

   Vv. 12—17. Las leyes de la SEGUNDA tabla, esto es, los últimos seis de los diez mandamientos, afirman nuestro deber para con nosotros mismos y de unos a otros, y explican el gran mandamiento: Amarás a tu prójimo como a ti mismo, Lucas 10:27. La santidad y la honestidad deben ir juntas. —El quinto mandamiento se refiere a los deberes hacia nuestros parientes. “Honra a tu padre y a tu madre”, incluye estimarlos, lo que se demuestra en nuestra conducta, en la obediencia a sus mandatos legítimos: ir cuando os llamen, ir donde os envíen, hacer lo que os pidan, refrenarse de lo que os prohíban; y esto, como hijos, hacerlo alegremente a partir de un principio de amor. Además, la sumisión a sus consejos y correcciones. Esforzarse en todo para dar comodidad a los padres y hacer fácil su vejez; mantenerlos si necesitan sostenimiento, cosa que nuestro Salvador hace que esté particularmente comprendida en este mandamiento, Mateo 15:4–6. Los observadores acuciosos han notado una bendición peculiar en cosas temporales para los hijos obedientes y lo inverso para los hijos desobedientes. —El sexto mandamiento requiere que consideremos la vida y seguridad de los demás, así como tenemos consideración por la propia. Los magistrados y sus oficiales, y los testigos que dan testimonio de la verdad, no rompen este mandamiento. La defensa propia es legítima, pero mucho de lo que las leyes del hombre no consideran homicidio, lo es ante Dios. Las pasiones furiosas suscitadas por la ira o por la ebriedad no son excusa: mucho más culpable es el asesinato en los duelos, que son el efecto horrible de un soberbio espíritu vengativo. Toda lucha, sea por salario, por renombre o por ira y maldad, viola este mandamiento, y es homicidio el derramamiento de sangre resultante. Puede incluirse allí el tentar a los hombres al vicio y a los delitos que acortan la vida. La mala conducta, como la que puede romper el corazón de padres, esposas u otros parientes, o acortarles la vida, es una transgresión de este mandamiento. Prohíbe toda envidia, maldad, odio o ira, todo lenguaje provocador o insultante. Aquí se prohíbe la destrucción de nuestra propia vida. Este mandamiento requiere un espíritu de bondad, paciencia y perdón. —El séptimo mandamiento se refiere a la castidad. Debemos temer tanto eso que contamina el cuerpo como aquello que lo destruye. Lo que tiende a contaminar la imaginación o a despertar pasiones, queda bajo esta ley, como son los retratos obscenos, libros o conversaciones impuros, o cualquiera otra materia afín. —El octavo mandamiento es la ley del amor en cuanto al respeto de la propiedad ajena. La porción de cosas de este mundo que se nos ha asignado, en tanto se obtenga en forma honesta, es el pan que Dios nos ha dado; por lo cual debemos estar agradecidos, contentos y, en el uso de medios legítimos, confiar en la providencia para el futuro. Aprovecharse de la ignorancia, la comodidad o la necesidad del prójimo, y muchas otras cosas, quebrantan la ley de Dios, aunque la sociedad no vea culpa en ello. Los saqueadores de reinos, aunque estén por encima de la justicia humana, quedan incluidos en esta sentencia. Defraudar al público, contraer deudas sin pensar en pagarlas o evadir el pago de las deudas justas, la extravagancia, vivir de la caridad cuando no es necesario, toda opresión del pobre en sus salarios; estas y otras cosas quebrantan este mandamiento, que exige el trabajo, la frugalidad y el contentamiento, y tratar a los demás como quisiéramos que ellos nos traten a nosotros en cuanto al patrimonio de este mundo.—El noveno mandamiento se preocupa de nuestro buen nombre, del propio y del prójimo. Prohíbe hablar falsamente de cualquier cosa, mentir, hablar con equívocos y planear o pretender engañar en cualquier forma a nuestro prójimo. Hablar injustamente contra nuestro prójimo, dañar su reputación. Dar falso testimonio contra él o, en la conversación corriente, calumniar, murmurar y andar con chismes; tergiversar lo que se ha hecho, exagerar, y pretender de cualquier forma mejorar nuestra reputación degradando la fama del prójimo. ¡Cuántas veces quebrantan a diario este mandamiento personas de todos los rangos! —El décimo mandamiento golpea la raíz: “No codiciarás”. Los otros prohíben todo deseo de hacer lo que será un daño para nuestro prójimo; este prohíbe todo deseo ilícito de tener lo que nos produzca placer a nosotros mismos.

2° Titulo:

La Dispensación De La Gracia (Efesios 2:7-8. para mostrar en los siglos venideros las abundantes riquezas de su gracia en su bondad para con nosotros en Cristo Jesús. Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios).

   Comentario: 7. Ahora bien, ¿cuál fue el propósito que Dios tuvo en mente cuando nos concedió esta salvación? Pablo responde: a fin de mostrar en las edades venideras las extraordinarias riquezas de su gracia (expresadas) en bondad para con nosotros en Cristo Jesús. Por tanto, el propósito de Dios al salvar a su pueblo está más allá del hombre. El principal anhelo es su propia gloria en sí mismo. Es por esta razón que despliega toda su gracia en toda su incomparable belleza y poder transformador. Para algunos esto podría parecer algo frío o aun “egoísta”. No obstante, al leer el pasaje se descubrirá que la eclipsante majestad de Dios y su tierna condescendencia se combinan aquí, ¡puesto que la gloria de sus atributos es puesta en exhibición al tiempo que se refleja a sí misma “en bondad para con nosotros”! Nosotros somos sus relucientes joyas. He aquí una ilustración: A una matrona romana se le preguntó, “¿dónde están sus joyas?”, ésta llama a sus dos hijos, y señalándolos dice, “he aquí mis joyas”. Así también, a través de toda la eternidad los redimidos serán exhibidos como monumentos de a las alturas de celestial deleite, realizando esto a tal costo para sí mismo que no escatimó a su propio Hijo, y en tal forma que ni siquiera uno de sus atributos, ni aun su justicia, fue eclipsado.

   En Cristo Jesús esta divina bondad fue expuesta en varias formas, especialmente, por cierto, en la muerte en la cruz. También fue expuesta en palabras tales como las registradas en Mt. 5:7; 9:13; 11:28–30; 12:7; 23:37; Mr. 10:14; Lc. 10:25–37, para mencionar solamente algunas; y en actitudes y acciones como las rememoradas en Mt. 9:36; 14:14; 15:21, 28; 20:34 Lc. 7:11–17, 36–50; 8:40–42, 49–56; 23:34; Jn. 19:27; 21:15–17; entre muchas más.

   Pablo no dice “la gracia de Dios”, ni siquiera “las riquezas de su gracia”, sino “las extraordinarias riquezas de su gracia”. Esto es algo característico en el vocabulario de Pablo. Anteriormente había escrito a los romanos, “donde abundó el pecado sobreabundó la gracia” (Ro. 5:20). En su encarcelamiento actual hablaría a los filipenses de la paz que “sobrepasa todo entendimiento” (Fil. 4:7). En su breve período de libertad entre la primera y segunda prisión en Roma escribiría a Timoteo, “y sobreabundó la gracia de nuestro Dios, con fe y amor en Cristo Jesús” (1 Ti. 1:14). Véase también 2 Co. 7:4; 1 Ts. 3:10; 5:13; 2 Ts. 1:3. Según el modo de ver de Pablo, la gracia se halla libre de limitaciones, nada tiene de mezquino. Sus amantes brazos abarcan tanto a gentiles como a judíos. Llega aun “al principal pecador” (Pablo mismo), y es tan “rica” que enriquece cada corazón y vida que toca, llenándolo de maravilloso amor, gozo, paz, etc.

   Dios desplegará la sobre abundante riqueza de su gracia “en las edades venideras”. Pero, ¿qué se quiere significar por estas edades? Existen, principalmente, tres opiniones:

   (1) Las edades que precederán a la parousía de Cristo. La expresión edades venideras “no ha de ser entendida como una referencia al mundo ‘futuro’. Pablo está hablando de la dispensación terrenal que aún no ha llegado a su fin” (Grosheide; cf. Barry). Una objeción posible a este punto de vista sería que en tal caso Pablo habría hablado probablemente de “la plenitud de los tiempos” (como en 1:10) o acerca de “la edad presente” (como en 1:21). Aunque ni siquiera en sus primeras epístolas procede asumiendo que la segunda venida sería la próxima cosa en el programa de Dios para la historia del mundo (véase 2 Ts. 2:1–12), sin embargo, no era su costumbre proponer períodos continuados de tiempo que pudieran tener lugar entre sus propios días y el regreso de Cristo.

   (2) Las edades que seguirán a la parousía de Cristo. Con variación en cuanto a detalles, este punto de vista es sostenido por Abbott, Greijdanus, Lenski, Salmond, Van Leeuwen, y muchos otros. En su favor se apela a 1:21: “la edad venidera”. Sin embargo, la validez de este argumento es discutible, puesto que en 1:21 se traza un contraste entre “la edad presente” y “la venidera”. Este no es el caso en 2:7. También 1:21 lleva el singular aeon; 2:7, el plural aeons. Y cuando, según un comentarista, estas edades después de la parousía, en lo que a nosotros respecta, resultan ser “los sin fin (?) aeones de la eternidad”, y según otros— ¿olvidando tal vez que en aquella gloriosa vida no habrá más pecado y miseria?—en sus comentarios acerca de la gracia que entonces será expresada “en bondad hacia nosotros”, se interpreta esto como significando una piedad personal mostrada a los necesitados, uno comienza a dudar, después de todo, si la restricción de “las edades venideras” a la era post parousía sea legítima o no.

   (3) Todo el tiempo futuro. Al comentar acerca de este pasaje Calvino dice, “Fue el propósito de Dios santificar en todas las edades el recuerdo de tan grande bondad”. Scott expresa la misma idea en estas palabras, “La nueva vida que ahora ha comenzado durará por siempre, de modo que la manifestación de la gracia de Dios se estará siempre autorrenovando. Para destacar más enérgicamente la idea de bondad que ha de extenderse por toda la eternidad, Pablo no habla de la ‘edad’ sino de las edades por venir”. Y Hodge declara, “Es mejor por tanto tomarla (la frase “en las edades venideras”) sin restricción, como refiriéndose a todo el tiempo futuro”.

   Ya que nada hay en el contexto que limite la aplicación de la frase a algún período sea antes o después del regreso de Cristo, y siendo que el apóstol mismo al tratar en forma más plena la elevada meta de la iglesia (cap. 3) habla tanto del recogimiento de los gentiles en la presente era pre parousía como de la perfección final de la iglesia en la era por venir, considero la explicación (3) como la mejor. El propósito, entonces, que Dios tuvo en mente cuando nos otorgó su gran salvación descrita en los vv. 4–6, fue que “en Cristo Jesús” (véase sobre 1:1, 3, 4) a través de toda la nueva dispensación y para siempre en lo futuro pudiera colocarnos a nosotros, igualmente judíos y gentiles, en exhibición como monumentos de la sobreabundante riqueza de su gracia expresada en bondad de la cual somos y seremos siempre los beneficiarios.

   Versíc. 8. Reflexionando sobre lo que ya ha dicho acerca de la gracia, y repitiendo la cláusula entre paréntesis del v. 5b, el apóstol dice, Porque por gracias habéis sido salvados … para su explicación véase el v. 5. Continúa: por medio de la fe; y esto no de vosotros, (es) don de Dios

   Hay tres explicaciones que merecen consideración:

   (1) La que ofrece A. T. Robertson. Comentando sobre este pasaje en su Word Pictures in the New Testament, Vol. IV, p. 525, declara, “Gracia es la parte de Dios, fe, la nuestra”. Añade que, ya que en el original el demostrativo “esto” (y esto no de vosotros) es neutro y no corresponde al género de la palabra “fe”, que es femenina, no se puede referir a la última “sino al acto de ser salvados por la gracia bajo la condición de fe de parte nuestra”. Más claramente aun, en Gram. N.T., p. 704, declara categóricamente, “En Ef. 2:8 … no hay referencia a διὰ πίστεως (por medio de la fe) en τοῦτο (esto), sino más bien a la idea de salvación, de la cláusula anterior”.

   Sin vacilación alguna puedo contestar a Robertson, con quien está en deuda todo el mundo erudito del Nuevo Testamento, que en este caso no se ha expresado en forma muy feliz. Pienso así, en primer lugar, porque en un contexto donde el apóstol pone tan tremendo énfasis en el hecho que desde el principio hasta el fin el hombre debe su salvación a Dios, y sólo a él, habría sido muy extraño, sin duda alguna, para él decir, “Gracia es la parte de Dios, fe, la nuestra”. Aunque tanto la responsabilidad de creer como su actividad son nuestras, puesto que Dios no ha de creer en nuestro lugar, sin embargo, en el contexto presente (vv. 5–10) se esperaría énfasis en el hecho de que la fe, así en su parte inicial como en su continuación, depende enteramente de Dios, y tal es el caso en lo que respecta a toda nuestra salvación. En segundo lugar, Robertson, gramático famoso en su campo, sabía que en el original el demostrativo (esto), aunque neutro, no puede siempre corresponder en género a su antecedente. La evidencia de que él lo sabía está en el hecho de que en la página ya mencionada de su gramática (p. 704) señala que “por lo general” el demostrativo “concuerda con el substantivo en género y en número”. Cuando dice “por lo general”, debe significar, “no siempre sino en la mayoría de los casos”. Por tanto, debió haber considerado más seriamente la posibilidad de que, dado el carácter del contexto, la excepción a la regla es aplicable, excepción que en manera alguna ha de extrañarnos. Debió haberla permitido. Finalmente, debió haber justificado el alejamiento de la regla que, a menos que haya una razón poderosa para obrar de otro modo, el antecedente debe ser buscado en la vecindad inmediata al pronombre o adjetivo al cual se refiere.

   (2) La que presenta, entre otros, F. W. Grosheide. Según él, las palabras, “y esto no de vosotros” significan, “y esto de ser salvos por gracia mediante la fe no es de vosotros” sino que es don de Dios. Ya que, de acuerdo a esta teoría—también apoyada, según parece, por Juan Calvino en su comentario—la fe está incluida en el don, ningún aspecto de las objeciones a la teoría (1) se aplica a la teoría (2). ¿Significa entonces que (2) es totalmente satisfactoria? No necesariamente. Esto nos conduce a

   (3) La explicación sustentada por A. Kuyper, padre, en su libro Het Werk van den Heiligen Geest (Kampen, 1927), pp. 506–514. Aunque el Dr. Kuyper no es el único defensor de esta teoría, su defensa es, tal vez, la más detallada y vigorosa. En resumen, la teoría es como sigue: “Tengo derecho de hablar acerca de las ‘sobreabundantes riquezas de su gracia’ puesto que, indudablemente, sois salvos por gracia mediante la fe; y a fin de que no comencéis a decir, ‘Pero entonces merecemos crédito, al menos, por creer’, agregaré inmediatamente que aun esta fe (o, aun este acto de fe) no es de vosotros, sino que es don de Dios”.

   Con variaciones en cuanto a detalles, esta explicación fue favorecida por gran parte de los seguidores de la tradición patrística. Entre los que la apoyaban se hallan también Beza, Zanchius, Erasmo, Hugo de Groot, Bengel, Michaelis, etc. La comparten también Simpson (op. cit., p. 55), Van Leeuwen, y Greijdanus en sus comentarios. H. C. G. Moule (Ephesian Studies, Nueva York, 1900, pp. 77, 78) la apoya con la siguiente calificación, “Debemos explicar que τοῦτο (esto) no se está refiriendo precisamente al nombre femenino πίστις (fe), sino al acto de ejercitar nuestra fe”. Además, no se exagera, tal vez, al decir que la explicación ofrecida es compartida también por el hombre común que lee 2:8 en su Biblia Salmond, después de presentar varias pruebas en favor de ella, especialmente ésta que dice que “la fórmula καὶ τοῦτο podría más bien favorecerla, ya que a menudo añade algo a la idea a la cual está ligada”, termina apartándose de ella porque “la salvación es la idea principal en la declaración precedente”, hecho que, por supuesto, los defensores de (3) no están dispuestos a negar pero no hay duda que la defienden vigorosamente, sin embargo, no es un argumento válido contra la idea de que la fe, al igual que todo lo que incluye la salvación, es don de Dios. Por tanto, no es argumento válido en contra de (3).

   Estoy convencido que la teoría (3) es la explicación más lógica del pasaje en cuestión. Es probable que el mejor argumento en su favor sea este: Si lo que Pablo quiso decir es, “Porque por gracia habéis sido salvos por medio de la fe, y este ‘ser salvos’ no es de vosotros”, habría sido reo de repetición innecesaria—porque, ¿qué otra cosa puede ser la gracia sino lo que procede de Dios y no de nosotros?—repetición que se hace aún más elaborada si ahora (supuestamente) le añade, “ella, es decir, la salvación, es don de Dios”, seguida por una cuarta y una quinta repetición, a saber, “no de las obras porque obra de sus manos somos”. No es de extrañarse que el Dr. Kuyper declare, “Si el texto dijese ‘porque por gracia habéis sido salvos, no de vosotros, es obra de Dios’, tendría alguno sentido. Pero al decir primero, ‘Por gracia habéis sido salvos’, y luego, como si se tratase de algo nuevo, añadir, ‘y esto de ser salvos no es de vosotros’, es algo que no funciona suavemente sino a saltos como fuera de sus rieles …Y en tanto que con esta intrepretación todo anda a tontas y a locas, cojeando y redundando, cuando seguimos a los antiguos intérpretes de la iglesia de Cristo todo resulta excelente y significante”.61 Esta es, según mi parecer, también, la refutación de la teoría (1) y, hasta cierto punto, de la teoría (2).

   Básicamente, sin embargo, las teorías (2) y (3) enfatizan la misma verdad, a saber, que el crédito de todo el proceso de la salvación debe ser dado a Dios, de modo que el hombre pierde toda razón para jactarse, y es exactamente lo que Pablo dice en las palabras que ahora siguen, a saber, 9, 10. no por obras, para que nadie se jacte. Esto nos introduce al tema:

Las obras con relación a nuestra salvación

(1) Rechazadas

   Como fundamento de la salvación, base sobre la cual edificar nuestra defensa, las obras son rechazadas. “No son las obras de mis manos las que pueden cumplir las demandas de la ley”. Con relación a esto, debemos recordar que el apóstol no está pensando exclusivamente o aun principalmente en las obras que se hacen en cumplimiento de la ley mosaica, por medio de las cuales el judío no convertido a Cristo buscó justificarse. Además, por tales “obras de la ley” “ninguna carne se justificará delante de él” (Ro. 3:20; cf. Gá. 2:16). Pero en vista del hecho de que Pablo estaba escribiendo a lectores en su mayoría cristianos venidos del mundo gentil, claro es que su deseo es hacer énfasis en que Dios rechaza toda obra humana, ya de gentiles como de judíos, o aun de creyentes en tiempo de eclipse espiritual, toda obra en que una persona base su esperanza de salvación. Siendo entonces la salvación obra completa de Dios, “El que ni aun a su propio Hijo perdonó, sino que le entregó por todos nosotros” (Ro. 8:32), toda base de jactancia en sí queda excluida (Ro. 3:27; 4:5; 1 Co. 1:31). Cuando el Señor venga en su gloria, los que estén a su izquierda se jactarán (Mt. 25:44; cf. 7:22); los a su derecha ni podrán recordar sus buenas obras (Mt. 25:37–39).

Ya toda jactancia queda excluida,

Ha sido otorgado su don inefable;

En Dios arraigada se halla mi vida,

Su gracia suprema es gloria deseable.

Antes que mi madre me viera nacer,

Siglos antes que su diestra de poder sin par

De la nada hiciese la tierra y el mar,

Su amor electivo velaba mi ser.

Dios es amor, ángeles claman a voz,

Lenguas humanas, vuestra elección sea Dios.

 

(2) Confeccionadas

   Pablo prosigue: porque hechura de sus manos somos, creados en Cristo Jesús para buenas obras, que Dios preparó de antemano … Verdad es que, aunque las buenas obras no son meritorias, no obstante, son tan importantes que Dios nos creó a fin de que podamos hacerlas. Somos hechura de sus manos: lo que él hizo, su producto (cf. Sal. 100:3). Es a Él a quien debemos toda nuestra existencia tanto espiritual como física. Nuestro nacimiento mismo como creyentes es obra de Dios (Jn. 3:3, 5). Somos creados “en Cristo Jesús” (véase 1:1, 3, 4), porque separados de él nada somos y nada podemos hacer (Jn. 15:5; cf. 1 Co. 4:7). Como “hombre en Cristo”, el creyente constituye una nueva creación, según previamente lo había dicho el apóstol (2 Co. 5:17): “Por tanto si alguno está en Cristo, es una nueva creación: las cosas viejas pasaron ya, he aquí que todo se ha hecho nuevo”. El creyente ha sido vivificado “junto con Cristo” (véase más arriba sobre v. 5; y más adelante sobre 4:24; también Gá. 6:15).

   Ahora bien, junto con crearnos Dios también preparó buenas obras. Hizo esto, en primer lugar, dándonos a su Hijo, nuestro gran Habilitador, en quien las buenas obras hallan su más gloriosa expresión (Lc. 24:19; Hch. 2:22). Cristo no sólo nos capacita para realizar buenas obras, sino que además es nuestro ejemplo en ellas (Jn. 13:14, 15; 1 P. 2:21). En segundo lugar, dándonos la fe en su Hijo. La fe es don de Dios (v. 8). Ahora, al plantar la semilla de la fe en nuestros corazones, haciéndola brotar, atendiéndola con gran solicitud, dándole crecimiento, etc., Dios también nos preparó en este sentido para las buenas obras, puesto que las buenas obras son fruto de la fe. La fe viva, además, implica mente renovada, corazón agradecido, y voluntad rendida. Con tales ingredientes, todos ellos dones divinos, Dios confecciona o compone las buenas obras. Así entonces, resumiendo, podemos decir que al dar a su Hijo y al impartirnos la fe en ese Hijo Dios preparó de antemano nuestras buenas obras. Cuando Cristo por medio de su Espíritu mora en los corazones de los creyentes, sus dones y su gracia son otorgados a ellos, de modo que ellos, también, llevan frutos, tales como “amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, control de sí mismo” (Gá. 5:22, 23).

(3) Esperadas

   Pablo concluye este párrafo agregando: para que anduviésemos en ellas. Aunque las buenas obras han sido divinamente preparadas, son al mismo tiempo responsabilidad del hombre. Estas dos cosas jamás han de separarse. Si podemos ilustrar la salvación por medio de la figura de un árbol que florece, entonces las buenas obras estarían simbolizadas no por sus raíces, ni siquiera por el tronco, sino por el fruto. Jesús requiere de nosotros fruto, más fruto, mucho fruto (Jn. 15:2, 5, 8). Dijo “Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que mora en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto; porque separados de mí nada podéis hacer”. Llevar mucho fruto y andar en buenas obras es la misma cosa. Si cierta ocupación toma posesión del corazón del hombre, éste se halla “andando en ella”. Obsérvese: andad en ellas, ya no en delitos y pecados (vv. 1 y 2).

(4) Perfeccionadas

   Combinando (2) y (3) vemos que al andar en buenas obras entramos en la esfera de la propia actividad de Dios. Por tanto, sabemos que aunque nuestros propios esfuerzos nos pueden a veces desilusionar, de modo que nos sentimos avergonzados aun de nuestras buenas obras, la victoria finalmente llegará; por cierto no en forma plena en esta vida sino en la venidera. La perfección moral y espiritual es nuestra meta aun aquí, pero será nuestra porción permanente en la vida futura, porque estamos persuadidos que el que comenzó en nosotros la buena obra, la seguirá perfeccionando (Fil. 1:6). Cf. Ef. 1:4; 3:19; 4:12, 13. Cuando esta doctrina de las buenas obras se acepta por fe, priva al hombre de todo argumento para jactarse, pero al mismo tiempo le libra de toda causa de desesperación. Glorifica a Dios.

   Comentario 2 por Erich Sauer. ▬El triunfo del Crucificado ▬La dispensación de la gracia de Dios (página 113-117).

   Nos toca ahora meditar en la sublime posición de la Iglesia, llamada a posesionarse de las mayores promesas en gloriosa perfección, al par que da a conocer en este siglo las riquezas inescrutables de Cristo (2 P. «1 :3-4; Ef. 3:8).

   Por ser tan variadas y multiformes las bendiciones celestiales de la Iglesia, no pueden expresarse por una sola metáfora, y por ende el Espíritu de Dios emplea toda una serie de figuras y comparaciones con el fin de analizar en rayos distintos el brillo de su gloria eterna, como si fuera por un prisma.

   La Iglesia se relaciona con las tres personas de la esencia divina: con el Padre, con el Hijo y con el Espíritu Santo. Los redimidos son miembros de la “casa” de la cual es el Padre, teniendo la obligación de servirle como esclavo, al par que Él les concede el privilegio de ser recibidos como hijos (Ro. 8:15; Gá. 4:6; Jn. 20:17; Ef. 2: 19; Gá. 6:10; 1 P. 2:16; Ro. 8:14).

EL TRABAJO DE LOS REDIMIDOS COMO ESCLAVOS

   Los redimidos son comprados por la sangre de Jesucristo, que es equivalente a su propia vida: precio de rescate infinitamente más precioso que el oro y la plata. Por consiguiente, no se han de considerar ahora como dueños de su propia vida, sino como esclavos de Dios, su posesión, los instrumentos que Él emplea, sellados por el Espíritu como señal de que nunca más pueden ser vendidos a otro dueño (1 P. 1:18; Ap. 5:9; 1 Co. 6:19-20; 7:23; Mt. 20:28; l Ti. 2:6; Ro. 1:1; Ef. 6:6; Tit. 2:14; Ef. 1:13; 4:30; 2 Co. 1:22). El antiguo concepto de un esclavo se expresa por Aristóteles en estas palabras: “Un esclavo es una herramienta animada, y una herramienta es un esclavo inanimado”.

   Según una paradoja que halla su razón de ser en el contraste entre lo material y lo espiritual, la redención de los esclavos es a la vez una compra, y la emancipación de los esclavos supone la obligación del servicio, de modo que la posición de estos esclavos espirituales supone las condiciones siguientes:

  • La de una posesión personal para Dios (1 P. 2:9).
  • La de la obediencia de parte de los esclavos (Ro. 6: 17-18).
  • La de la protección que les otorga su dueño (Gá. 6:17; J n. 10:28-29).

   El término griego aquí es doulos, que no significa un siervo, sino un esclavo, ya que el siervo, después de todo, dispone de su propia persona, recibiendo el salario que determina el contrato aceptado libremente por el patrón y el empleado; en cambio el esclavo pertenece al dueño a perpetuidad. Nuestras traducciones debieran dar el sentido exacto de este término, pues Pablo se gloriaba en ser no sólo siervo, sino también esclavo de Cristo (1 Co. 9:15-18).

LA POSICIÓN DE LOS REDIMIDOS COMO HIJOS

   Sin embargo, los consejos de Dios en cuanto a los suyos se desarrollan sobre un plano muy superior al concepto de esclavos comprados para servir, ya que los seres que Él ha librado de la servidumbre del pecado y de la perdición, a más de ser los hacedores de su buena voluntad, son participantes -de la naturaleza divina, nacidos en la familia divina, adoptados como hijos, y aun “hijos primogénitos” (2 P. 1:4; Ro. 8:14, 21; He. 12:23).

Nacidos como hijos (tekna)

   Las Sagradas Escrituras declaran que los redimidos han sido engendrados de la sustancia de Dios. Desde este punto de vista el acto de elevar a los objetos de la gracia de Dios a la posición de hijos no es sólo la declaración legal, o sea, una adopción jurídica, sino el ser engendrado, el nuevo nacimiento orgánico de parte de Dios según las palabras de Juan: “Mirad cuál amor nos ha dado el Padre, que seamos llamados hijos (tekna) de Dios, y lo somos” (1 Jn. 3:1, VHA; cp. Stg. 1:18; Jn. 3:3, 5; 1 P. 1:23; 2:2; 1 Jn. 2:29; 3:9).

Hijos

   Como tales nacidos de Dios hemos llegado también a la mayoría de edad, y aquí se destaca una diferencia fundamental entre las enseñanzas del Antiguo y del Nuevo Testamentos. En sentido nacional Israel ocupaba ya la posición de “hijo”, siendo, según la revelación anterior, el primogénito de Dios entre los pueblos, de modo que se indica una paternidad de Dios en relación con su pueblo en el Antiguo Testamento (Ro. 9:4; Dt. 14:1; Ex. 4:22; Dt. 32:6; Is. 63:16; 64:8; 1:2; 30: 1-9; Mal. 1:6). Pero la posición de Israel como hijo en el Antiguo Testamento dependía de la obra creadora de Dios, juntamente con la redención nacional de Dios de la esclavitud de Egipto (Is. 64:8; Dt. 32:6; Is. 63: 16), mientras que el estado de hijo en el Nuevo Testamento resulta del nacimiento personal del individuo de la sustancia de Dios, en la nueva creación, como también de la recepción del espíritu de adopción (Gá. 4:5-6).

   Por consiguiente, Israel se halla bajo el tutor, el paidagogos o sea la ley; “más venida la fe, ya no estamos bajo ayo” (Gá. 3:24-25). Cuando un israelita llegaba a creer en el Señor, empezaba a disfrutar de su mayoría de edad, no siendo ya sujeto a un tutor, sino gozándose de su libertad de la ley (Gá. 4:1-5). Pero no existe en la Iglesia aquella diferencia anterior entre judíos y gentiles, de modo que los creyentes de las naciones disfrutaban también de la misma bendita libertad. En contraste con la época preliminar, somos adoptados y mayores de edad en la familia de Dios, bien que la plenitud de tal adopción espera aún la manifestación del Primogénito con todos los suyos (Ro. 8:17, 21, 29).

Los primogénitos

   Los redimidos de esta época no sólo son nacidos en la familia e hijos adoptivos, sino también una especie de primicias de sus criaturas” (Stg. 1:18) o, según la frase de Hebreos 12:23: “La iglesia de los primogénitos que están alistados en los cielos”. Es evidente que estos primogénitos son hombres redimidos y no ángeles, por cuanto se añade la aclaración “cuyos nombres están alistados en los cielos”, frase que se puede comparar con Lucas 10:20 y Filipenses 4:3. Dios, como Padre, tiene muchas “familias” (Ef. 3: 14) pero los redimidos de esta dispensación ocupan el rango especial de primogénitos, íntimamente asociados con el “primogénito de entre los muertos”. Así disfrutan de: 1) una categoría sacerdotal (Ex. 13:2, 15; Nm. 8:16-18; 1 P. 225); 2) de una dignidad real (1 Cr. 5:1-2; Ap. 1:6); y 3) de la “porción doble” de los herederos (Dt. 21:15- 17; Ef. 1:3; cp. 2 R. 2:9-10). Según la ley, todos los hijos recibían su parte, pero si había seis hijos, por ejemplo, la herencia se dividía en siete porciones, recibiendo el heredero dos partes y los demás hijos una sola.

   En esto consiste su primogenitura como primogénitos y herederos, disfrutando de la vida de Dios como los nacidos en la familia, de su dignidad como hijos adoptivos y de su gloria como primogénitos.

   Así vemos que los conceptos de los nacidos en la familia y de los hijos adoptivos no son exactamente iguales, sino que los dos aspectos se complementan y unidos presentan la realidad de ser hijos de Dios. Tekna (los nacidos, o engendrados) subraya la relación mística, metafísica y orgánica con Dios, mientras que huioi (hijos mayores) señala la adopción en la familia real según una declaración jurídica. No nos extraña ver que Pablo prefiere el término huioi, mientras que Juan emplea casi siempre Tekna, ya que Pablo es el exponente principal de los aspectos jurídicos de la salvación en el Nuevo Testamento, al par que Juan lo es de los conceptos místicos y metafísicos,

   Pero con todo permanece incólume para siempre la distancia infinita entre el Hijo y los hijos, como también entre el Primogénito y los primogénitos, siendo aquel el Hijo Unigénito del Altísimo, persona integrante de la Deidad, mientras que éstos son los muchos hijos del Padre Celestial dentro del orden del universo creado. Él es en sí el Unigénito Hijo, heredero de todas las cosas, “Dios sobre todas las cosas. bendito para siempre”, mientras que los redimidos son los objetos de su gracia, rescatados del pecado y de la ruina (Mr. 14:61-62; Jn. 1:14, 18; 3:16; He. 1:2; Ro. 9:5). Por esto el Señor resucitado no habló de “nuestro Padre”, como uniéndose sin distinciones con su pueblo, sino de mi Padre y vuestro Padre” (Jn. 20:17). “Con todo no se avergüenza de llamarles hermanos, ya que el que santifica y aquellos que son santificados son todos de UNO (el Padre)” (He. 2:11-12). Hemos de notar, al finalizar este capítulo, que los miembros de la Iglesia son los primogénitos tan sólo en relación con todo lo demás de la creación redimida, mientras que, frente a la eternidad y a la totalidad del universo, sólo Cristo es EL PRIMOGÉNITO. (Tomado del libro: El triunfo del Crucificado; pagina 113 al 117).

3er Titulo:

La Dispensación Del Milenio (Isaías 11: 3 al 10. Y le hará entender diligente en el temor de Jehová. No juzgará según la vista de sus ojos, ni argüirá por lo que oigan sus oídos; sino que juzgará con justicia a los pobres, y argüirá con equidad por los mansos de la tierra; y herirá la tierra con la vara de su boca, y con el espíritu de sus labios matará al impío. Y será la justicia cinto de sus lomos, y la fidelidad ceñidor de su cintura. Morará el lobo con el cordero, y el leopardo con el cabrito se acostará; el becerro y el león y la bestia doméstica andarán juntos, y un niño los pastoreará. La vaca y la osa pacerán, sus crías se echarán juntas; y el león como el buey comerá paja. Y el niño de pecho jugará sobre la cueva del áspid, y el recién destetado extenderá su mano sobre la caverna de la víbora. No harán mal ni dañarán en todo mi santo monte; porque la tierra será llena del conocimiento de Jehová, como las aguas cubren el mar. Acontecerá en aquel tiempo que la raíz de Isaí, la cual estará puesta por pendón a los pueblos, será buscada por las gentes; y su habitación será gloriosa. 

   Comentario1: (del contexto): Vv. 1—9. El Mesías es llamado Vara y Vástago. Las palabras significan un producto pequeño y tierno; un brote que como tal se rompe con facilidad. Brota del tronco de Isaí; cuando la familia real fuera cortada, y casi nivelada con el suelo, iba a brotar de nuevo. La casa de David estaba muy decaída en la época del nacimiento de Cristo. El Mesías dio así una noticia temprana de que su reino no era de este mundo. Pero el Espíritu Santo, con todos sus dones y gracias, se posa y permanece en Él, que tendrá toda la plenitud de la Deidad habitando en Él, Colosenses i, 19; ii, 9. Muchos consideran que aquí se mencionan siete dones del Espíritu Santo. Y aquí se enseña claramente la doctrina de las influencias del Espíritu Santo. —El Mesías sería justo y recto en todo su reinado. Su amenaza será ejecutada por el obrar del Espíritu conforme a su palabra. —Habrá gran paz y quietud bajo su reinado. El evangelio cambia la naturaleza y hace que los mismos que pisoteaban a los mansos de la tierra, sean mansos como ellos y amables con ellos. Pero esto se mostrará más plenamente en los últimos días. También Cristo, el gran Pastor, cuidará de su rebaño, para que la naturaleza de los problemas y de la muerte misma sea cambiada para que no hagan ningún daño real.

   El pueblo de Dios será liberado no sólo del mal sino del temor al mal. ¿Quién nos separará del amor de Cristo? Mientras mejor conocemos al Dios de amor, más seremos cambiados en su misma semejanza y mejor dispuestos hacia todos los que tienen alguna semejanza con Él. —Este conocimiento se extenderá como el mar, tan lejos será difundido. De este bendito poder ha habido testigos en toda época del cristianismo, aunque su tiempo más glorioso, aquí anunciado, aún no ha llegado. Mientras tanto apuntemos a que nuestro ejemplo y esfuerzo pueda ayudar al progreso de la honra de Cristo y de su reino de paz.

Vv. 10—16. Cuando el evangelio sea públicamente predicado, los gentiles buscarán a Cristo Jesús como su Señor y Salvador, y hallarán descanso para su alma. Cuando llegue el tiempo de Dios para la liberación de su pueblo, los montes de oposición se convertirán en llanuras delante de Él. Dios pronto puede convertir los días sombríos en gloriosos. Mientras esperamos que el Señor reúna su antiguo pueblo, y lo lleve a casa, a su iglesia, y también traiga la plenitud de los gentiles, cuando todos estén unidos en santo amor, vamos por el camino de la santidad que Él ha preparado para sus redimidos. Esperemos la misericordia de nuestro Señor Jesucristo para vida eterna, y miremos a Él para que nos prepare camino a través de la muerte, ese río que separa este mundo del mundo eterno.

Amén, para gloria de Dios

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Hno Roberto Saldías Roa

Miembro de la IEP en Nacimiento Bajo, nació en el evangelio del Señor en la Iglesia de Laja 1975. Casado con María Nahuelmán, estudia teología de manera autodidacta. Me gusta mucho leer y escribir.

 

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