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Semana del 14 al 20 de junio de 2021“El Don De Discernimiento De Espíritus Para Desenmascarar El Espíritu Del Mundo”

Semana del 14 al 20 de junio de 2021“El Don De Discernimiento De Espíritus Para Desenmascarar El Espíritu Del Mundo”

   Lectura bíblica: 1ª a los corintios 2.12 y 13. Y nosotros no hemos recibido el espíritu del mundo, sino el Espíritu que proviene de Dios, para que sepamos lo que Dios nos ha concedido, lo cual también hablamos, no con palabras enseñadas por sabiduría humana, sino con las que enseña el Espíritu, acomodando lo espiritual a lo espiritual. 

   Comentario: 12. Ahora bien, nosotros no hemos recibido el espíritu del mundo, sino el Espíritu que viene de Dios, a fin de que conozcamos las cosas que Dios nos ha dado libremente.

▬ a. «Ahora bien, nosotros … hemos recibido». En el versículo precedente, Pablo habló en general de cosas conectadas con el espíritu humano. En cambio, aquí hace el asunto específico al introducirse a sí mismo y a los corintios por medio del pronombre personal plural nosotros. En el griego, este pronombre ocupa el primer lugar de la oración, y así el énfasis recae sobre él. Con este pronombre inclusivo, Pablo llega al corazón del párrafo que trata del tema del Espíritu de Dios versus el espíritu del hombre. Nos ofrece la consoladora seguridad de que hemos recibido el Espíritu que Dios nos ha dado.

b. «No hemos recibido el espíritu del mundo, sino el Espíritu que viene de Dios». La oración negativa no hemos recibido el espíritu del mundo ha sido interpretada de varias maneras: se refiere a los gobernantes del mundo que crucificaron a Cristo (v. 8); se refiere al mal que ha establecido sus propias reglas y objetivos (véase 2 Co. 4:4; 1 Jn. 4:4; 5:19); equivale a la sabiduría de este mundo (1:20); apunta al espíritu mundano del hombre.

   Creemos que la frase «el espíritu del mundo» apunta al espíritu que convierte al mundo en secular. Desde el momento que Adán y Eva cayeron en pecado, el espíritu de este mundo se ha revelado oponiéndose al Espíritu de Dios: por ejemplo, en el libertinaje anterior al diluvio, en la edificación de la torre de Babel y en los falsos maestros que buscaban destruir la iglesia en el tiempo apostólico (2 P. 2; 1 Jn. 4:1–3; Jud. 4–19). Se trata del espíritu que gobierna a una persona en la cual no mora el Espíritu de Dios. Es un poder que determina «todo lo que el ser humano hace y piensa, oponiéndose al Espíritu que viene de Dios».

   Por contraste, como Pablo lo expresa en un griego elocuente, los creyentes han recibido el Espíritu que procede de Dios (véase Jn. 15:26; Gá. 4:6). El Espíritu de Dios viene a los creyentes de una esfera distinta que la mundana y les entrega el conocimiento de Dios, de la creación, la redención y la restauración. Desde Pentecostés, el Espíritu de Dios mora en el corazón de todos los creyentes (6:19).

▬ c. «A fin de que conozcamos las cosas que Dios nos ha dado libremente». ¿Por qué Dios nos concede el don de su Espíritu? Ésta es la respuesta: para que conozcamos en forma innata las cosas que tienen que ver con nuestra salvación. El Espíritu nos enseña los tesoros que tenemos en Cristo, a quien Dios entregó para que muriese en la cruz y consiguiese así vida eterna para todos nosotros (1 Jn. 5:13). Si Dios entregó a su Hijo, de seguro que en él nos dará todas las cosas gratuitamente (Ro. 8:32). Es por la obra del Espíritu Santo que los creyentes son capacitados para apropiarse del don de la salvación. La fe los capacita para ver que en Cristo ya no tienen pecado ni culpa, que Dios los reconcilió consigo mismo y que ahora tienen abierto el camino al cielo.

   [13]. Y las cosas que hablamos no son palabras que la sabiduría humana imparte, sino las que el Espíritu imparte, pues interpretamos verdades espirituales en palabras espirituales.

a. Intérprete. En este lugar Pablo se detiene para hablar de sí mismo y de sus colegas. Dice que las palabras que proclaman no están basadas en sabiduría humana.

   Las siguientes observaciones son necesarias:

   Primero, Pablo usa un verbo griego que apunta a la acción de hablar, no al contenido de lo que se dice (véase los vv. 6, 7). Segundo, a propósito, coloca la negación delante de palabras, para hacer un contraste entre la sabiduría humana y la sabiduría divina. Tercero, advierte que el agente que enseña a los apóstoles y a sus ayudantes qué predicar, no es una persona llena de sabiduría humana. Por el contrario, esta persona no es otra que el Espíritu de Dios. De este modo, el Espíritu los capacita para proclamar el evangelio (Mt. 10:20).

   Además, el evangelio mismo está inspirado por el Espíritu. Esto no debe entenderse como si los apóstoles fueran simples instrumentos que el Espíritu emplea para lograr sus propósitos. ¡Jamás! Al escribir, los autores de la Biblia usaron sus habilidades y destreza, su entrenamiento y cultura, sus características y peculiaridades. No obstante, el Espíritu les enseñó cómo verbalizar las verdades de Dios. Como Pablo lo dice enfáticamente: «las cosas que hablamos no son palabras que la sabiduría humana imparte, sino las que el Espíritu imparte» (la cursiva es mía). Así que, para Pablo la inspiración no está basada en el pensamiento humano o en la sabiduría humana, sino que en la enseñanza que el Espíritu Santo imparte. El estilo, vocabulario, dicción y sintaxis paulina fueron los vehículos por los que se comunicaron las verdades que el Espíritu le enseñó.

b. Variación. Las traducciones varían en la forma en que vierten la última parte del versículo 13, como se verá por estos ejemplos:

«expresando realidades espirituales en términos espirituales» (BJ, cf. BP, VM)

«explicando temas espirituales a hombres de espíritu» (NBE)

«adaptando lo espiritual a lo espiritual» (NTT)

«adaptando lo que es espiritual a quienes poseen el Espíritu de Dios» (CB)

«adaptando a los espirituales las enseñanzas espirituales» (NC)

«acomodando el lenguaje espiritual a las realidades espirituales» (CI, cf. LT, HA)

   No está claro cuál es el sentido de esta última parte de la oración. Una traducción literal no ayuda mucho: «interpretando espirituales en espirituales». Por esto, el lector se ve forzado a examinar el contexto de este versículo, para buscar alguna orientación que lo ayude a suplir dos sustantivos que completen la oración.

   Darnos cuenta de la referencia explícita que Pablo hizo a los maduros (v 6) y a los hombres espirituales (v. 15), nos podría hacer pensar que el escritor se refiere a gente espiritual. Pero esta interpretación encuentra una sutil dificultad, si le aplicamos las reglas de la gramática. El primer adjetivo espirituales no viene precedido por un artículo definido que designe a un grupo particular de personas (en cuyo caso la palabra sería masculina). Esto hace que sea posible que Pablo se refiera a «palabras espirituales». No queremos rechazar la primera interpretación precipitadamente, lo que deseamos es darle el mismo peso que a la segunda explicación. Esta segunda interpretación afirma que el adjetivo se refiere al sustantivo palabras (en cuyo caso la palabra sería neutra). Esto es, Pablo y sus colaboradores interpretan verdades espirituales en palabras espirituales (se entiende que a personas espirituales). Por tanto, a un adjetivo le añadimos la palabra verdades y al otro, palabras; lo que resulta en: «interpretamos verdades espirituales en palabras espirituales».

▬ c. Explicación. El verbo griego synkrinō se puede traducir «combinando», «comparando» y «interpretando». El primero de estos significados armoniza con el contexto, así que muchos comentaristas lo adoptan. Sin embargo, las traducciones modernas no ocupan la palabra combinando, porque dudan que esa sea la idea que Pablo quiere comunicar.

   Otros eruditos prefieren la segunda alternativa («comparando») y hacen notar que el mismo verbo ocurre en 2 Corintios 10:12, donde quiere decir «comparar». Pero como dicho contexto es distinto, es difícil y poco probable que debamos traducir de la misma forma en ambos pasajes.

   No cabe duda que el contexto apoya la traducción interpretando. Friedrich Büschel observa que la traducción combinando es demasiado débil, mientras que «comparando» introduce una idea incompatible con el contexto. «Por tanto, es mejor aceptar el significado de ‘interpretar’, ‘exponer’, el cual predomina en [la Septuaginta] ‘exponer revelaciones del Espíritu’».

1er Titulo.

El testimonio, prueba concluyente para discernir el espíritu del mundo (1ª de Juan 3:7 al 10. Hijitos, nadie os engañe; el que hace justicia es justo, como él es justo. El que practica el pecado es del diablo; porque el diablo peca desde el principio. Para esto apareció el Hijo de Dios, para deshacer las obras del diablo. Todo aquel que es nacido de Dios, no practica el pecado, porque la simiente de Dios permanece en él; y no puede pecar, porque es nacido de Dios. En esto se manifiestan los hijos de Dios, y los hijos del diablo: todo aquel que no hace justicia, y que no ama a su hermano, no es de Dios.).

   Comentario: 1ª de Juan 3:7 al 10. Nacidos de Dios. 1. Los justos 3:7

   En esta sección Juan recurre al paralelismo de la repetición, especialmente en los versículos 4 al 10. Si ponemos estos versículos en secuencia gráfica, veremos el siguiente esquema:

vv. 4 = 8a vv. 6a = 9

vv. 5 = 8b vv. 7b = 10

   También notamos que mientras que el versículo 7 comienza el último párrafo de esta sección de modo positivo, el versículo 10 lo concluye de modo negativo. 7. Queridos hijos, no permitáis que nadie os extravíe. El que obra la justicia es justo, así como él es justo.

   El pastor habla tiernamente a los miembros de la iglesia: “Queridos hijos”. El desea que ellos conozcan la diferencia entre la verdad y la mentira, es decir, entre las enseñanzas de Jesús y las enseñanzas del diablo. Se da cuenta de la perniciosa influencia de aquellos maestros que tratan de extraviar a los hijos de Dios, y desea alertar a los miembros de la iglesia en contra de esa mentira que afirma que la creencia en Dios y la vida pecaminosa son compatibles. Juan expone esta mentira y advierte a sus lectores que deben estar alertas en contra de los falsos maestros.

   “No permitáis que nadie os extravíe” (compárese con 2:26). Juan le pide a su gente que aplique la norma de la verdad por medio de la cual ellos pueden detectar el engaño. Y el criterio es éste: “El que obra la justicia es justo, como él es justo”. La persona que es nacida de Dios refleja su ascendencia espiritual— tal como el Padre, asi también el hijo. En razón de su renacimiento espiritual, el creyente desea expresar su gratitud a Dios y hacer lo que es justo (2:29). Además, visto que la vida recta se origina en un corazón justo, el creyente muestra con su conducta que es uno de los hijos de Dios (3:10). Él es justo, así como Cristo es justo.

  La comparación implícita en las palabras, así como no significa que el cristiano sea idéntico a Cristo en todo aspecto. Por supuesto que no. Aunque Dios perdona el pecado, el cristiano no continúa viviendo sin pecado. Cuando Juan escribe que el creyente es justo, así como Cristo es justo, quiere decir que el hijo de Dios y el Hijo de Dios son justos por ser miembros de la familia de Dios (compárese con 2:1).

2. Los inicuos

3:8

   [8]. El que obra lo que es pecado es del diablo, porque el diablo ha estado pecando desde el principio. La razón por la cual el Hijo de Dios apareció fue para destruir la obra del diablo.

   La primera parte de este versículo tiene su paralelo en el versículo 4: “Todo aquel que peca quebranta la ley, de hecho, el pecado es quebrantamiento de la ley”. En otras palabras, el versículo 8a es la contrapartida negativa del versículo 7b.

▬ a. “El que obra lo que es pecado es del diablo”. Juan virtualmente repite las palabras que Jesús les dijera a los judíos cuando manifestó: “Todo aquel que peca es esclavo del pecado” (Jn. 8:34) y “Vosotros pertenecéis a vuestro padre, el diablo, y deseáis llevar a cabo el deseo de vuestro padre. Él fue un asesino desde el principio, y no se basa en la verdad, porque no hay verdad en él” (Jn. 8:44). Agustín, un padre de la iglesia del siglo V describe al pecador con estas palabras:

   Porque el diablo no hizo a ningún hombre, no engendró a ningún hombre, ni creó a ningún hombre: pero el que imita al diablo, tal persona, como si hubiese nacido de éste, se transforma en un hijo del diablo; por imitarlo, aunque no literalmente por haber nacido de él.

▬ b. Porque el diablo ha estado pecando desde el principio”. Nótese que en este versículo Juan señala la fuente del pecado: el diablo. Todo pecado se origina con Satanás, porque él pecó desde el principio. ¿Cómo entendemos esta frase desde el principio [significa] desde el tiempo en que el diablo es diablo”? No sabemos durante cuánto tiempo Satanás permaneció en su prístino estado angélico. (Que se mantiene inalterado, puro, tal como era en su forma primera u original.). Cuando cayó en pecado, se transformó en el originador e instigador del pecado. El tentó a Adán y a Eva y por medio de ellos puso a toda la raza humana en la esclavitud del pecado. Como “príncipe de este mundo” (Jn. 12:31; 14:30; 16:11), él gobierna al hombre que vive en pecado.

▬ c. “El Hijo de Dios apareció … para destruir la obra del diablo”. Nada menos que el Hijo de Dios apareció para librar al hombre del poder de Satanás (Heb. 2:14–15). El Hijo de Dios vino a librar a su pueblo de la esclavitud del pecado y a restaurarlos como hijos de Dios que “anhelan hacer lo bueno” (Tit. 2:14).

3. Libres del poder del pecado

3:9

   [9]. Ninguno que haya nacido de Dios continúa en pecado, porque la semilla de Dios permanece en él; no puede seguir pecando porque ha nacido de Dios.

   Este versículo tiene su paralelo en el versículo 6a (compárese con 5:18). Es una declaración más amplia en la cual el énfasis recae en dos puntos que son colocados en una secuencia inversa: 1. El que ha [haya] nacido de Dios 2. no [seguirá] puede seguir pecando; y Juan hace de la cláusula “porque la semilla de Dios permanece en él” un vínculo entre la cláusula precedente y la que le sigue.

▬ a. Nacido de nuevo. La frase –nacido de Dios- es característica de Juan, ya que la usa repetidamente (2:29; 3:9; 4:7; 5:1, 4, 18). La misma significa que una persona ha nacido espiritualmente en el pasado y vive en el presente como hijo de Dios. Vale decir que él encuentra su origen y existencia en Dios. Mientras que la persona que practica el pecado tiene a Satanás por padre, el creyente que ha nacido de nuevo sabe que Dios es su Padre. Las palabras de Jesús son relevantes: “Un buen árbol no puede llevar mal fruto, y un mal árbol no puede llevar buen fruto” (Mt. 7:18).

   “La semilla de Dios permanece en él”. La palabra semilla tiene un significado figurativo: “la naturaleza de Dios” o “el principio de la vida de Dios”. Dios guarda la nueva vida que ha plantado en el corazón del creyente y hace que se desarrolle. Entonces el cristiano no cederá ni podrá ceder al pecado a causa de ese principio divino que hay en su corazón.

▬ b. Incapacidad para pecar. Los traductores de la versión que utilizamos han tratado de reflejar los tiempos verbales griegos añadiendo palabras adicionales. Ellos escriben: “Ninguno que haya nacido de Dios continúa pecando, … no puede seguir pecando” (bastardillas añadidas). Esta es una interpretación aceptable de la intención de Juan. En el griego los verbos expresan acción continuada, no un solo acto. Por lo tanto, al usar el tiempo presente de los verbos griegos, Juan está diciendo que el creyente no puede vivir habitualmente en el pecado. “El pensamiento aquí en 1 Juan 3:9 no es que la persona nacida de Dios nunca cometerá un acto pecaminoso, sino que no persiste en el pecado”.

   El pecado no originó con Dios, porque “en él no hay ninguna tiniebla” (1 Jn. 1:5). Una persona que ha nacido de Dios y que posee la naturaleza de Dios no puede vivir en pecado habitual. Con todo, la posibilidad de caer en un pecado ocasional está siempre presente, como puede testificar todo cristiano.

4. Justicia y Amor

3:10

   [10]. En esto sabemos quiénes son los hijos de Dios y quienes son los hijos del diablo: todo el que no obra la justicia no es hijo de Dios; tampoco lo es todo aquel que no ama a su hermano.

   En toda esta carta Juan presenta nuestra existencia en términos de dos categorías: o uno es hijo de Dios o es hijo del diablo. Juan sólo ve absolutos: luz o tinieblas; verdad o mentira, Dios o demonio, vida o muerte. Para el no hay término medio. No hay alternativas.

   ¿Cómo sabemos a qué categoría pertenecemos nosotros? Juan dice que la prueba está en nuestra conducta: el hijo de Dios hace lo que es justo y ama a su hermano, pero el hijo del diablo no hace ninguna de estas cosas. Juan formula este criterio en forma negativa—“todo el que no obra justicia no es hijo de Dios”—para que el cristiano tome nota y se dedique activamente a cumplir la voluntad de Dios.

Consideraciones prácticas acerca de 3:7–10

   “El diablo me hizo hacerlo”. Aunque alguna gente use estas palabras para eximirse de su responsabilidad por sus malas obras, ninguna corte legal aceptará tal testimonio como excusa válida. A menos que pueda comprobarse la demencia, toda persona es responsable de su propia conducta.

   Sin embargo, el aceptar que el diablo está detrás de las obras pecaminosas es innegable. Un asesino convicto se transforma explícitamente en asesino cuando toma la vida de otro. Pero implícitamente ya es un asesino cuando recibe la instigación del demonio a matar. Si no estuviera en poder de Satanás, no podría perpetrar semejante crimen.

   El hijo del diablo, según Juan, sigue cometiendo pecados porque pertenece al maligno. En contraste con esto, el hijo de Dios no seguirá pecando porque tiene en sí mismo la naturaleza de Dios. El desea hacer lo que es justo y demostrar así su amor por Dios y por el hombre. Nacido de Dios, el creyente busca reflejar las virtudes y excelencias de su Padre. Cuando cae en pecado, se da cuenta de que Satanás le ha extraviado. Pero cuando regresa a Dios en fe y en arrepentimiento, encuentra perdón. Por ser hijo de Dios nunca está en poder del maligno.

Observaciones adicionales

   La literatura acerca de 1 Juan 3:7–10 es extensa. Numerosos expositores expresan su opinión acerca de lo que ellos consideran la interpretación correcta de estos versículos a la luz de toda la epístola. Con frecuencia, ellos examinan todos los aspectos de este pasaje desde su propio ángulo teológico o filosófico. Analizan la aparente contradicción que hay entre 1:8, 10: “Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos y la verdad no está en nosotros” … “Si decimos que no hemos pecado, lo hacemos mentiroso”, y 3:9c, “no continuará pecando” (véase también 5:16). Raymond E. Brown comenta: “Ningún otro escritor del Nuevo Testamento se contradice tan marcadamente en una sección tan breve de su escrito y, como era de esperarse, se ha utilizado mucha energía académica para probar que no existe tal contradicción”.

   ¿Qué dicen los eruditos acerca de este problema? De entre las numerosas explicaciones tomamos aquí forma resumida. La primera es que Juan escribe como pastor a su gente y la llama a confesar sus pecados (1:8–10). Pero él también pone ante ellos el ideal de que todos aquellos que nacen de Dios no pueden pecar. Este punto de vista, empero, representa un ideal, no una realidad.

    La segunda explicación dice que deberíamos distinguir entre diferentes tipos de pecado: pecado deliberado (5:16–17) y pecados involuntarios; pecados mortales y pecados insignificantes; y el pecado de negarse a creer en Jesús frente a la caída temporal del creyente en pecado. Sin embargo, ante Dios todo pecado es una transgresión de su ley (Stg. 2:9–11).

   Finalmente, con su doble enfoque característico, Juan describe por un lado a la persona que persistentemente peca porque está en poder del maligno y por el otro lado al cristiano que a veces puede caer en pecado, pero que no puede pecar persistentemente. Al expresar estos pensamientos, Juan usa verbos griegos en tiempo presente que indican acción continua (por ejemplo, “él no continúa pecando [3:9]). Muchos expositores han adoptado este enfoque como una interpretación plausible.

   Comentario 2ª a Timoteo 2:19. Pero el fundamento de Dios está firme, teniendo este sello: Conoce el Señor a los que son suyos; y: Apártese de iniquidad todo aquel que invoca el nombre de Cristo. 

   [19]. Entonces, ¿significa esto que la verdadera iglesia de Dios puede ser destruida? Pablo dice: Sin embargo, el fundamento sólido de Dios está firme teniendo este sello: El Señor conoce a los que son suyos, y que todo el que invoca el nombre del Señor se aparte de la injusticia.

   Los falsos profetas pueden descarriar a muchos (Mt. 24:11). En realidad, si fuera posible, ellos engañarían aun a los elegidos (Mt. 24:24). Pero el buen pastor conoce sus ovejas y les da vida eterna, y no perecerán para siempre ni nadie las arrebatará de su mano (Jn. 10:14, 28). Puesto que Dios está en medio de ella, la ciudad de Dios no será conmovida (Sal. 46:5). Su reino no puede ser conmovido (Heb. 12:28). Aun cuando Pablo ya ha señalado que algunos individuos se han apartado de la verdad y han confundido la fe de algunos (v. 18), siempre debe tenerse presente que no todos los que descienden de Israel son israelitas (Ro. 9:6), y que, a pesar de las defecciones, “todo Israel” será salvo (Ro. 11:26; cf. 1 Jn. 2:19).

   Siguiendo la misma línea, ahora escribe: “Sin embargo, el fundamento sólido (o, compacto; cf. 1 P. 5:9; Heb. 5:12, 14) de Dios está firme” (ἕστηκεν, tercera persona, singular, indicativo perfecto). Pero, ¿qué se quiere decir por “fundamento sólido”? Entre las muchas respuestas que se han dado—por ejemplo, el Antiguo y el Nuevo Testamento, la resurrección corporal, la religión cristiana, etc.—las siguientes son, quizás, las más importantes:

   (1) La elección desde la eternidad; (2) Cristo mismo; (3) La iglesia.

   Con respecto a (1): Esta idea no puede ser descartada del todo. Pablo acaba de mencionar la elección (v. 10). Sin duda, en ella entra la idea del amor divino que predestina—nótese especialmente las palabras: “El Señor conoce (desde la eternidad) los que son suyos”—; sin embargo, en ninguna otra parte el apóstol llama fundamento a la elección. Además, la segunda inscripción del sello (v. 19b) difícilmente concuerda con esta interpretación, y el contexto no la exige.

   Con respecto a (2): Es cierto que Cristo es llamado fundamento en 1 Co. 3:10–12. Sin embargo, esto no determina el asunto. Uno no puede siempre atribuir exactamente el mismo sentido a las metáforas de Pablo. Así, en Ef. 2:20, a Cristo no se le llama “fundamento” sino “principal piedra del ángulo”. Aquí en 2 Ti. 2:19, nada hay que sugiera que Cristo sea considerado como el fundamento.

   Con respecto a (3): Considero que este punto de vista es el correcto. La iglesia, establecida sobre la roca del amor de Dios que predestina, es su fundamento, su edificio bien fundado. Razones para adoptar este punto de vista:

▬ a. Esto armoniza en una forma muy hermosa con el contexto: la verdadera iglesia de Dios está constituida por los que son suyos, los que están separados de la injusticia (nótese el sello). Al llamarla “fundamento sólido de Dios”, Pablo enfatiza el carácter permanente e inmovible de la iglesia. Desde luego, algunos se han extraviado, etc., pero la verdadera iglesia es inmovible.

▬ b. Esto concuerda con 1 Ti. 3:15. Allí también la iglesia es llamada “fundamento” o “apoyo” (allá ἑδραίωμα, aquí, en 2 Ti. 2:19, θεμέλιος).

   El fundamento de Dios tiene un sello (no solamente una inscripción). Ahora bien, un sello puede indicar autoridad y de ese modo proteger o por lo menos advertir contra toda intromisión. Así tenemos que la tumba de Jesús fue sellada (Mt. 27:66). Además, puede ser una marca de propiedad. “Ponme como un sello sobre tu corazón” (Cnt. 8:6). O puede autenticar un decreto legal u otro documento, certificando y garantizando su carácter genuino. Así el decreto de Asuero fue sellado (Est. 3:12; cf. 1 Co. 9:2).

   Ahora bien, cuando leemos que el fundamento de Dios, la iglesia, tiene un sello, probablemente sea inadecuado aplicar solamente una de estas tres ideas a este sello. El sello por el cual los creyentes son sellados protege, indica propiedad y certifica, las tres cosas al mismo tiempo. Cf. Ap. 7:2–4. Dios el Padre los protege, para que ninguno se pierda. Los ha conocido desde toda la eternidad como suyos (el contexto exige esta idea). Dios el Hijo los posee. Le fueron dados. Además, los compró o redimió con su sangre preciosa. La idea de propiedad se expresa claramente aquí (“El Señor conoce a los que son suyos”). Y Dios el Espíritu Santo certifica que ciertamente son hijos de Dios (Ro. 8:16). Esta protección, propiedad y certificación divinas los sella.

   Pero, ¿Cómo experimentan los creyentes el consuelo del sello? La respuesta es: tomando de corazón todo lo que está escrito en el sello. El sello lleva dos inscripciones íntimamente relacionadas. El decreto de Dios y la responsabilidad del hombre reciben su reconocimiento por igual:

   La primera inscripción da un golpe de muerte al pelagianismo; la segunda, al fatalismo.

   La primera está fechada en la eternidad; la segunda en el tiempo.

   La primera es una declaración que debemos creer; la segunda, una exhortación que debemos obedecer.

   La primera exalta la misericordia de Dios que predestina; la segunda enfatiza el deber ineludible del hombre.

   La primera se refiere a la seguridad; la segunda a la pureza de la iglesia (Wuest, en conformidad con Vincent).

   Entre los dos hay una conexión muy estrecha. Esa conexión es interpretada en forma hermosa en 1 Co. 6:19b, 20: “No sois vuestros, porque fuisteis comprados por precio (cf. la primera inscripción); glorificad a Dios en vuestro cuerpo” (cf. la segunda inscripción).

   La estrecha relación entre las dos inscripciones es evidente, además, por el hecho de que las palabras de ambas probablemente derivaron del mismo incidente del Antiguo Testamento, a saber, la rebelión de Coré, Datán y Abiram (Nm. 16). Himeneo y Fileto, en su rebelión contra la verdadera doctrina y la vida santa, se parecían a estos malvados de la antigua dispensación. En estos dos casos de rebelión contra la autoridad constituida había incredulidad hacia lo que Dios había revelado claramente. En ambos casos los líderes envolvieron a otros en el delito. La implicación es que, así como la rebelión de Coré y los demás terminó en un castigo contra los rebeldes y sus seguidores, así también sucederá en la presente rebelión de Himeneo y Fileto, que terminará en desastre para ellos y sus discípulos, a menos que se arrepientan.

   La similitud entre las referencias del Antiguo Testamento y las palabras de Pablo se verá poniéndolas en columnas paralelas:

   Números 16:5, 26;

(LXX): “Dios … conoce quienes son suyos”.

“Apartaos de las tiendas de estos impíos … para que no

seáis destruidos juntamente con ellos en todo su pecado”.

   2 Timoteo 2:19: “El Señor conoce a los que son suyos”.

“Que todo el que invoca el nombre del Señor esté aparte de injusticia”.

   Sin embargo, es probable que, además de la historia de la rebelión tan vívidamente descrita en Números 16, Pablo estuviera pensando en otras referencias del Antiguo Testamento. Así, los siguientes pasajes (y otros similares) podrían haber servido como base para la primera inscripción: el Señor conoce a Abraham (Gn. 18:19), a Moisés (Ex. 33:12, 17), a los que se refugian en él (Nah. 1:7). El tiempo aoristo aquí en 2 Ti. 2:19, “el Señor conoce o conoció (ἔγνω)”, podría ser llamado sin tiempo. En virtud de su soberana gracia, desde la eternidad él los ha reconocido como suyos, y en consecuencia los ha hecho receptores de su amor especial y de su comunión (en el Espíritu). Cf. Jn. 10:14, 27; Ro. 8:28. Por esta razón, están completamente seguros. No pueden perderse jamás (Jn. 10:28). Pero esta seguridad no llegan a poseerla de un modo arbitrario o mecánico. La primera inscripción carece completamente de sentido sin la segunda, y la segunda sin la primera. El Señor dirá al malo que nunca le ha conocido (Mt. 7:23; Lc. 13:27). Las dos inscripciones siempre van juntas si alguien va a ser verdaderamente una persona sellada. La seguridad y la pureza están completamente unidas. Léase en esta conexión, 2 Ts. 3:12: “Que Dios os haya escogido desde el principio para salvación, mediante la santificación por el Espíritu y la fe en la verdad”. Cf. 1 P. 1:1, 2: “Elegidos según la presciencia de Dios Padre en santificación del Espíritu, para obedecer”, etc.

   Por eso, la segunda inscripción sigue muy de cerca a la primera. En el sello las dos están juntas, una en un lado del sello, la otra en el otro lado. Véase una moneda americana con sus dos caras, con una inscripción en cada cara, una señalando a Dios como la fuente de la libertad, la otra recordándonos el hecho de que, aunque son muchos estados, forman una sola nación, implicando que todos deben cooperar. En un lado: IN GOD WE TRUST (En Dios confiamos); reverso: E PLURIBUS UNUM (uno formado por muchos).

   En cuanto a las palabras de la segunda inscripción (“que todo el que invoca el nombre del Señor esté aparte de injusticia”) además de Nm. 16:26, son básicos pasajes del Antiguo Testamento tales como Is. 26:13 (LXX: “nombraremos tu nombre”); Sal. 6:8; Is. 52:11; cf. 2 Co. 6:17 (exhortaciones a apartarse del mal y de los malos obreros). Si el apóstol derivó los pensamientos incorporados en las dos inscripciones directamente del Antiguo Testamento, o si primero se habían incorporado en el himno cristiano, como algunos piensan, es algo que no puede ser contestado y carece de importancia.

   El sentido de la segunda inscripción es éste: la confianza expresa en Dios debe revelarse en una vida que está consagrada a la gloria de Dios. La confesión de una persona debe ser ejemplificada con un andar y una conducta santa. La persona que en oración y alabanza “invoca el nombre del Señor” declara que ha aceptado la revelación de Dios acerca de sí mismo en la esfera de la naturaleza (Sal. 8) y de la redención (Jn. 16:24). Esa persona debe ser consecuente. La firmeza es lo que les faltó a Himeneo y Fileto. Invocaban el nombre del Señor, ¡y fomentaban la injusticia! Literalmente, Pablo dice: “Que todo el que nombra el nombre del Señor apostate”. Pero en esta conexión se debe recordar que el griego usa este verbo (apostatar, mantenerse apartado, retirarse de) tanto en un sentido favorable como en uno desfavorable. Que apostaten … no de la fe (1 Ti. 4:1), sino de la injusticia en todas sus variedades.

2° Titulo:

Carácter de los hombres guiados por el espíritu del mundo (Efesios 2:1 al 3. Y él os dio vida a vosotros, cuando estabais muertos en vuestros delitos y pecados, en los cuales anduvisteis en otro tiempo, siguiendo la corriente de este mundo, conforme al príncipe de la potestad del aire, el espíritu que ahora opera en los hijos de desobediencia, entre los cuales también todos nosotros vivimos en otro tiempo en los deseos de nuestra carne, haciendo la voluntad de la carne y de los pensamientos, y éramos por naturaleza hijos de ira, lo mismo que los demás. ; ▬ 2ª a Timoteo 3.2 al 6. Porque habrá hombres amadores de sí mismos, avaros, vanagloriosos, soberbios, blasfemos, desobedientes a los padres, ingratos, impíos, sin afecto natural, implacables, calumniadores, intemperantes, crueles, aborrecedores de lo bueno, traidores, impetuosos, infatuados, amadores de los deleites más que de Dios, que tendrán apariencia de piedad, pero negarán la eficacia de ella; a éstos evita. Porque de éstos son los que se meten en las casas y llevan cautivas a las mujercillas cargadas de pecados, arrastradas por diversas concupiscencias.).

   Comentario:  1. Bendiciones redentoras tanto para judíos como gentiles

   El texto de la oración y acción de gracias ha llegado a su término. Pero la profunda emoción continúa, siendo evidente por expresiones tales como “rica misericordia … grande amor … sobreabundante riqueza de gracia”. Este, también, como en el capítulo 1, es el lenguaje de gratitud y adoración. No obstante, se da comienzo aquí a una nueva subdivisión. No se produce un cambio brusco. Tanto en este capítulo, como en el capítulo 1, Cristo, aquel en quien se revela la Santa Trinidad, es considerado base de las bendiciones (2:6, 7, 9, 13, 21, 22). No obstante, el énfasis ha sufrido un cambio, evidenciado por el hecho de que en este segundo capítulo la frase “en Cristo” o sus equivalentes ocurren con mucha mayor frecuencia. Ahora, el cap. 2 concentra nuestra atención en el alcance universal o la extensión universal de la iglesia. Comienza el apóstol mostrando que “en Cristo” el palacio de la salvación ha abierto sus puertas a todos, esto es, a gentiles y judíos igualmente. Cuando Cristo murió en la cruz el muro divisorio entre estos dos grupos hostiles se derrumbó para nunca más volver a ser levantado (2:14). En él todos son ahora uno, es decir, todos los que se han rendido a él mediante una fe viva.

   La forma tan natural en que Pablo pasa de “vosotros” a “nosotros” y vice versa, en los vv. 1–10—con “vosotros” en los vv. 1, 2, y 8; “nosotros” en los vv. 3, 4, 6, 7, y 10; y un “nosotros” que evidentemente incluye un “vosotros” en el v. 5—indica que, aunque a veces se establece cierta distinción, el énfasis recae en lo que todos tienen en común. Las bendiciones que se detallan son compartidas entre el escritor y sus lectores, entre judíos y gentiles igualmente, en fin, entre todos los que habiendo estado muertos mediante sus pecados y transgresiones tuvieron que ser revivificados. No es sino hasta llegar al v. 11 que se nos dice cómo los dos grupos—judíos y gentiles—otrora enconados enemigos, llegaron a la reconciliación. La lógica es simple y clara. El establecimiento de la paz entre Dios y el hombre (vv. 1–10), de modo que “los hijos de ira” son ahora objetos de su amor, naturalmente precede y da como resultado la paz entre hombre y hombre, en este caso entre judíos y gentiles (vv. 11ss). La línea horizontal es la proliferación de la vertical.

   El capítulo 2 no solamente lleva un eco del énfasis central del capítulo 1, es decir, que Jesucristo como revelación del Dios Trino es Aquel “en quien” todas las bendiciones pasadas, presentes, y futuras se otorgan a los creyentes, siendo en este sentido el eterno fundamento de la iglesia, sino que también prefigura los futuros conceptos sobre los cuales el apóstol ha de extenderse en detalle en los últimos capítulos. Nos da, especialmente, un vistazo por adelantado de 4:1–16: la unidad orgánica y el crecimiento de la iglesia.

   Lo que principalmente ataca el capítulo 2 es el espíritu de pecaminoso exclusivismo, y enfatiza el hecho de que el amor de Dios es más amplio que el mar, y abarca no solamente a judíos sino también a gentiles (cf. Ro. 1:14; Gá. 3:28; Col. 3:11; luego también Jn. 3:16; 10:16; Ap. 5:9; 7:9), fundiéndolos en una unidad orgánica, y esto lo hace por medio del instrumento más extraño imaginable, a saber, ¡una muerte en la cruz! El alcance universal de la iglesia es el pensamiento en que la mente de Pablo se centra aquí y que se introduce como sigue:

   [1]. Y vosotros, aun cuando estabais muertos a causa de vuestros delitos y pecados

   La palabra vosotros es el objeto (o complemento) de la oración, colocado al principio para enfatizarlo. Es como si el apóstol dijera, “Fue de vosotros, tan indignos, de quien Dios tuvo misericordia”. En el original el sujeto de la oración, a saber, “Dios”, y el predicado, “vivificados”, no se mencionan sino hasta llegar a los versículos 4 y 5. Y ni aun entonces Pablo se expresa diciendo, “Dios os vivificó”, sino “Dios nos vivificó”. Al tratar los grandes misterios de la salvación, asuntos que al apóstol le conciernen tan vitalmente y cuyos efectos ha experimentado tan dramáticamente en su propia vida y aún sigue experimentando, le era imposible permanecer fuera del cuadro. Es incapaz de escribir acerca de tales cosas en forma abstracta y ajena a ellas. Es por esto que está dispuesto a substituir “vosotros” por “nosotros”. Este “nosotros” es, desde luego, de tal amplitud que siempre incluirá a “vosotros”.

   Sin embargo, en algunas traducciones, sujeto y predicado han sido ya insertados en el versículo, quedando este versículo así, “y a vosotros él os vivificó”. Algunas veces las palabras “os dio vida” (Biblia de las Américas y V. M.) se han impreso en cursiva para indicar su ausencia en el original; pero otras veces no (VRV 1960) lo cual, para mí, es peor. Del modo que sea, su inserción obscurece el propósito de Pablo. El apóstol, según creo, se hallaba tan profundamente embargado de una sensación de gratitud al contrastar la anterior miseria total de los lectores con la actual riqueza en Cristo, que deliberadamente posterga la descripción de la última hasta después de haber presentado vívidamente la primera. Sin duda procedió así a fin de que los efesios, recordando primeramente (vv. 1–3) la tétrica condición de obscuridad y muerte en que antes habían caminado, tuviesen un regocijo más pleno cuando al fin (vv. 4ss) se les dijese que todo esto pertenecía al pasado, puesto que Dios, en su infinita misericordia, amor, y gracia hizo que la lumbre de la vida amaneciese sobre ellos (sí, sobre “nosotros”). Cuando más entienda el hombre la verdadera dimensión de su profunda condición perdida, más apreciará, por la gracia de Dios, su maravillosa liberación.

    Los lectores, antes de su conversión, se hallaban “muertos” en sus delitos (desviaciones de la senda recta y angosta; véase sobre 1:7) y pecados (inclinaciones, pensamientos, palabras y obras “que no dan en el blanco”, es decir, que no glorifican a Dios). Ahora bien, el hecho de que tales personas se describan como muertas no significa que en sus corazones y vidas el proceso de corrupción moral y espiritual se hubiese ya completado. Ursino, en su exposición del Catecismo de Heidelberg, Juan Calvino, y muchos otros, han señalado que aun la persona no regenerada está en condiciones de realizar el bien natural: comer, beber, hacer ejercicios, etc., y el bien cívico o moral. Ciertas personas mundanas “se condujeron honestísimamente toda su vida”. Así escribió Juan Calvino, Institución de la religión cristiana, Fundación

   Editorial de Literatura Reformada, Negar esto sería cerrar los ojos ante hechos que se nos presentan diariamente en la vida.48 Además, tal negación equivaldría un rechazo de la clara enseñanza en las Escrituras. El rey Joás “hizo lo que era recto a los ojos de Jehová todos los días de Joiada el sacerdote” (2 Cr. 24:2). Sin embargo, véase cual fue su final (2 Cr. 24:20–22). Jesús dijo, “Y si hacéis bien a los que os hacen bien, ¿qué gracia tenéis? porque aún los pecadores hacen lo mismo” (Lc. 6:33). En realidad, sucede a veces que aun “los bárbaros” muestran “una amabilidad poco común” (Hch. 28:2; Cf. Ro. 2:14). En casos de emergencia, la cantidad de personas que se ofrecen para donar sangre es tan grande que de pronto ha sido necesario avisar, “no se necesita más sangre”. Cuando en los titulares de los periódicos se publican casos de extrema pobreza seguidos de un conmovedor artículo y fotografías sensacionales, los sentimientos de los hombres se conmueven en tal forma que comienzan a llegar en abundancia alimento, ropa, dinero, juguetes, etc. para socorrer a los angustiados. ¡E indudablemente no todos los donantes son creyentes!

   Sin embargo, aunque sería necio negar que aun fuera de la gracia regeneradora el hombre “muestra cierta consideración hacia la virtud y el comportamiento externo” tal conducta ni siquiera se puede comenzar a comparar con el bien espiritual. Solamente el Señor sabe hasta qué punto, en la vida de cada hombre, la buena obra exterior brota de una compasión auténtica, puesto que la imagen de Dios no se ha perdido totalmente en él, y hasta donde es resultado de haber comprendido que el egoísmo personal provoca al mismo tiempo destrucción personal, o por otro motivo que no sea exactamente altruista. En cada caso tal buena obra no ha brotado de la fuente de la gratitud por la salvación merecida por Jesucristo. Por tanto, no es obra de fe. No ha sido realizada con el propósito consciente de agradar y glorificar a Dios obedeciendo su ley. Ahora bien, es con respecto a esta clase de bien espiritual que el hombre se halla por naturaleza muerto. Es un hecho que aun hombres de reconocida virtuosidad se han caracterizado también por responder con un total desdén a todo llamado del evangelio. Sus altivos corazones rehúsan aceptar la urgente invitación para confesar sus pecados y aceptar a Cristo como su Salvador y Señor. El hombre natural ni siquiera es debidamente apto para discernir a Dios. Para él las cosas del Espíritu son “locura” (1 Co. 2:14). Carece de la capacidad de auto-incitarse para prestar oído a lo que Dios demanda de él (Ez. 37; Jn. 3:3, 5). Es solamente bajo la acción transformadora de Dios que se puede volver de su mal camino (Jr. 31:18, 19). Además de todo esto, se halla bajo sentencia de muerte, bajo maldición a causa de su pecado en Adán (pecado original) al cual ha añadido sus propios delitos y pecados. 2. Con respecto a tales delitos y pecados Pablo prosigue: en los cuales en tiempos pasados anduvisteis según la corriente de este mundo, es decir, en cuyo ambiente vosotros os desenvolvisteis libremente, sintiéndoos perfectamente cómodos, conduciéndoos en completa armonía “con el espíritu de la época que caracteriza a una humanidad alienada de la vida de Dios”,  conforme al príncipe del imperio del aire … ¿Hemos de tomar la palabra “aire” en forma más o menos literal como indicando el espacio sobre la tierra pero bajo el cielo de los redimidos, o ha de ser interpretado en sentido ético o figurativo: “la atmósfera moral” o “la actitud prevaleciente” de la época en que nos haya correspondido vivir? El candor de Lenski es digno de admiración. Confiesa que no sabe qué hacer con este término. Rechaza, sin embargo, tanto el sentido literal como el figurativo. Simpson acepta el sentido figurativo. Al rechazar el sentido literal, llamándolo “fantasía extraña”, agrega, “o si no, tendríamos que disuadir a toda persona temerosa de Dios de viajar en avión” Acerca de este punto me permito hacer las siguientes observaciones:

(1) ¿Por qué solamente las “personas temerosas de Dios”? Si los viajes aéreos son tan peligrosos a causa de estos servidores del mal, ¿no deberían ser prevenidos también los incrédulos? Además, ¿no debería ser también la tierra aislada de ellos, o, a pesar de Apocalipsis 16:14, es ella “región prohibida” para los malos espíritus? Pero si esto fuese así, ¿por qué entonces Jesús llamó a Satanás “el príncipe de este mundo” (Jn. 12:31; 14:30)?

(2) ¿Hay siquiera otro caso en las Escrituras donde se use la palabra “aire” en este sentido figurativo?

(3) En cuanto a Satanás—puesto que es él quien, de acuerdo a las referencias, es “el príncipe del imperio del aire”—¿es omnipresente al igual que Dios? ¿Son omnipresentes sus servidores, los demonios? ¿Es correcto atribuirles algo así como omnipresencia por el hecho de ser espíritus? Es obvio que el distinguido y erudito autor de la obra sobre Efesios en el New International Commentary no apoyaría tal punto de vista puesto que estaría en conflicto con la demonología del Nuevo Testamento. Según Mr. 5:13 “los espíritus inmundos salieron (del hombre) y entraron en los puercos”. Si entonces ha de ser asignado un lugar a los demonios, servidores de Satanás, a fin de que por su medio pueda influenciar a los hombres, ¿puede acaso aquel dominio ser restringido al infierno, aun en la dispensación presente antes del regreso de Cristo? Esa opinión se estrellaría con pasajes tales como Mt. 8:29; 16:18; 1 P. 5:8. Por cierto, ni Satanás ni sus agentes están en el cielo de los redimidos (Jud. 6). Si, por tanto, y de acuerdo a la doctrina consistente de las Escrituras, los espíritus inmundos deben estar en algún lugar, pero no en el cielo de los redimidos, y si en la era presente no pueden estar restringidos al infierno, ¿resulta acaso extraño que Ef. 2:2 hable acerca de “el príncipe del imperio del aire”? ¿No es más bien cosa natural que el príncipe del mal sea capaz, hasta donde Dios en su gobierno providencial lo permita, de llevar a cabo su siniestra obra enviando sus legiones a nuestro globo y su atmósfera circundante?

(4) ¿No es verdad acaso que 6:12 (“las fuerzas espirituales del mal en los lugares celestiales”) apunta en la misma dirección general? De seguro que, si los querubines de la visión de Ezequiel podían estar en la tierra, y en el próximo instante “alzados de la tierra” (Ez. 1:19; cf. 10:19; 11:22), no es cosa imposible que también los demonios tengan el mismo poder. En consecuencia, cualquier tinte figurativo que la palabra “aire” pueda tener—debido al hecho de que el aire es la región de la niebla, nubes, y obscuridad—el significado literal en este caso es básico. Este pasaje, en conjunción con otros (3:10, 15; 6:12), enseña claramente que Dios ha permitido habitar en las regiones supramundanas a huestes sinnúmero, y que en los dominios más bajos los servidores de Satanás se hallan empeñados en sus destructivas misiones. Grosheide está en lo cierto cuando en sus comentarios acerca de este pasaje declara que de acuerdo al Nuevo Testamento “la atmósfera está habitada por espíritus, incluyendo espíritus malignos, que ejercen malévola influencia sobre la humanidad” (op. cit., p. 36). Nótese la palabra “incluyendo”. ¡De modo que de ninguna manera son ellos dueños absolutos de la situación! Frente a estos espíritus y su líder, los creyentes hallan verdadero consuelo en pasajes tales como 1:20–23; Col. 2:15; Ro. 16:20; Ap. 20:3, 10. Cf. Gn. 3:15; Jn. 12:31, 32.

   La conducta de los efesios, entonces, había sido antes “según la corriente de este mundo, conforme al príncipe del imperio del aire”, a lo cual Pablo ahora añade: (el imperio) del espíritu que ahora actúa en los hijos de desobediencia. Tal espíritu, nuevamente, es Satanás, quien, por medio de sus agentes, los demonios, y probablemente aun directa y personalmente (Zac. 3; 1 P. 5:8), está activamente comprometido con los corazones y vidas de malignas personas a quienes se les designa, según una expresión semita, como “hijos de desobediencia”, vale decir, los que, por decirlo así, brotan de la desobediencia como si fuese su madre que les hubiese dado el ser. Cf. 2 Ts. 2:3. Esta es la desobediencia de incredulidad (Heb. 4:6), y por tanto de rebelión contra Dios y sus mandamientos. Obsérvese el hecho de que de este “príncipe” o “espíritu” se dice que “actúa”, es decir, está energéticamente comprometido para hacer que lo malo sea aún peor. Satanás jamás descansa. Ahora bien, era según este espíritu que los efesios se habían conducido en tiempos pasados. 3. Pero no solamente los efesios. Pablo es cuidadoso en agregar: entre los cuales nosotros también vivíamos en las concupiscencias de nuestra carne, satisfaciendo los deseos de la carne y sus razonamientos. Resulta conmovedor leer, “Entre estos hijos de desobediencia nos hallábamos nosotros también”, nosotros los judíos como vosotros los gentiles. Pablo se incluye a sí mismo. No obstante, él es el apóstol que durante el mismo período de prisión escribió concerniente a su propia vida precristiana, “… en cuanto a la ley, irreprensible” (Fil. 3:6). La idea central es que tanto el gentil, sumido en la inmoralidad, como el judío, que piensa poder salvarse por la obediencia a la ley de Moisés, viven (sinónimo de andan en el v. 2) “en las concupiscencias de la carne”; cuando se usa la palabra carne en tal contexto se está refiriendo a la naturaleza humana corrompida, o, en forma más general, a cualquier cosa fuera de Cristo en que uno base su esperanza para la felicidad o la salvación. “El hombre moral vino a juicio, pero sus andrajos de autojustificación no le podían servir”. Cf. Ro. 7:18: “… en mi carne no mora el bien”. En cuanto a deseos, en el caso presente no puede ser otra cosa que los anhelos injustos que pertenecen a y son engendrados por la carne. Para el judío esto incluía seguramente el anhelo de entrar al reino en base a sus supuestas meritorias obras de la ley. Para el gentil la referencia es a asuntos tales como la inmoralidad, la idolatría, la borrachera, y, en general, la agresividad en sus varias siniestras manifestaciones. La carne o la naturaleza humana depravada engendra, consecuentemente, malos deseos. Estos, a su vez, para conseguir sus objetivos, conducen a todo tipo de razonamientos hostiles (cf. Col. 1:21), a planes egoístas e inmorales, y a reflexiones que finalmente concluyen en obras malvadas. Cf. Stg. 1:14, 15; 4:1. He aquí algunas ilustraciones de este proceso: la historia de Caín y Abel (Gn. 4:1–8); de Amnón y Tamar (2 S. 13:1–19); o Absalón en su rebelión en contra de su propio padre (2 S. 15ss); y de Acab y Nabot (1 R. 21). Sin embargo, aunque la secuencia indicada de los elementos en el progreso del mal es tal como aquí se ha resumido, la vida en sí misma es demasiado compleja para tal simplificación. Existe una constante interacción. Este es un asunto que demanda atención, puesto que muestra lo terrible que es la condición perdida del hombre: un pecado engendra otro, el cual, a su vez, no sólo da lugar aun a otro, sino que ¡“se vuelve”, por decirlo así, y reacciona sobre el que lo engendró, añadiendo así al último vitalidad y eficacia para la maldad! No es de extrañarse que Pablo prosiga: y éramos por naturaleza hijos de ira lo mismo que los demás. No hemos de comparar la ira a un incendio en la paja, que arde rápidamente y se consume. Al contrario, es una indignación estable, es la actitud que muestra Dios hacia el hombre en su condición caída en Adán (Ro. 5:12, 17–19) y rebelde a aceptar el evangelio de gracia y salvación en Cristo. Es con respecto a ellos que se ha escrito: “… el que no obedece al Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios permanece sobre él” (Jn. 3:36). “Por naturaleza” debe significar “fuera de la gracia regeneradora”. Se refiere al hombre tal como se halla en su condición caída, como descendiente de Adán; hablando específicamente, incluido en él como su representante en el pacto de obras. Tales, entonces, dice Pablo, éramos nosotros antes que tuviese lugar el gran cambio. Esta era la realidad con respecto a los lectores y también en lo que respecta al escritor de la epístola. Además, a fin de que nadie pudiese concluir que entre los hijos de los hombres hubiese siquiera alguno al que estas palabras no se les pudiesen aplicar, Pablo añade “lo mismo que los demás”. Cf. Ro. 3:9–18. “Hijos de ira” (otro semitismo) significa, “sujetos de la estable ira de Dios ahora y por todo el tiempo venidero” (de nuevo, Jn. 3:36), a menos que la maravillosa gracia de Dios intervenga aplastando el orgullo pecaminoso y la contumaz desobediencia, la que consiste en incredulidad.

   “Pero, ¿no es Dios también misericordioso?” Sí, por supuesto, pero, aunque odia al pecador empedernido a causa de su rebeldía e inexcusable impenitencia, no obstante, le ama como criatura. Bajo este aspecto, ama a todos los hombres. Ama al mundo (Jn. 3:16). El sorprendente carácter de aquel amor hace posible comprender, al menos en parte, que la ira de Dios debe reposar sobre aquellos que le desprecian.

3er Titulo:

El discernimiento de espíritus permite al joven identificar los peligros del mundo (1ª de Juan 2:14 al 17. Os he escrito a vosotros, padres, porque habéis conocido al que es desde el principio. Os he escrito a vosotros, jóvenes, porque sois fuertes, y la palabra de Dios permanece en vosotros, y habéis vencido al maligno. No améis al mundo, ni las cosas que están en el mundo. Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él. Porque todo lo que hay en el mundo, los deseos de la carne, los deseos de los ojos, y la vanagloria de la vida, no proviene del Padre, sino del mundo. Y el mundo pasa, y sus deseos; pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre.).

   Comentario: Cierta cantidad de traducciones presentan al versículo 13b como versículo 14, de modo tal que el primer llamado y el segundo forman expresiones paralelas. Si bien el texto griego utiliza una palabra diferente para “queridos hijos”, la simetría entre las primeras tres expresiones y estas tres es perfecta: hijos, padres y jóvenes.

[13b]. Os escribo a vosotros, queridos hijos, porque habéis conocido al Padre. 14. Os escribo a vosotros, padres, porque conocéis a aquel que es desde el principio. Os escribo a vosotros, jóvenes, porque sois fuertes y la palabra de Dios mora en vosotros y habéis vencido al maligno.

   Una vez más Juan introduce cada una de sus tres apelaciones con la cláusula introductoria os escribo. En griego, él utiliza el tiempo pasado del verbo escribir, pero en la traducción lo habitual es ponerlo en tiempo presente.

Queridos hijos

    Juan utiliza una palabra griega diferente de la que utilizó en el versículo 12 como término cariñoso para expresar su tierno amor a todos los lectores, sin importar su edad. La razón por la que él apela a los lectores es la siguiente: “Porque habéis conocido al Padre”. No sólo los padres han llegado a conocer a Jesucristo desde el principio, todos los creyentes han llegado a conocer al Padre y, en consecuencia, al Hijo de Dios, Jesucristo. Por medio de Jesús, los creyentes han experimentado personalmente el amor de Dios el Padre.

Padres

   Una vez más Juan apela a los padres: “Porque conocéis a aquel que es desde el principio”. El escritor repite lo que ya ha escrito en el versículo previo (v. 13). La repetición revela la seriedad de la apelación del escritor; es decir, los padres no deben permitir que se vaya frenando el proceso de su crecimiento espiritual.

Jóvenes

   Para terminar, la juventud de la iglesia es fuerte, dice Juan. Por supuesto, los jóvenes son fuertes en lo físico, pero Juan quiere decir que ellos han demostrado su fuerza espiritual (Ef. 6:10). Se han opuesto a Satanás y le han vencido, porque poseen la Palabra de Dios que mora en ellos (1:10; 2:5; Jn. 5:38). “Esta posesión es el secreto de su fuerza y la fuente de su victoria”.133 Mientras ellos atesoren, obedezcan y crean en dicha palabra, serán victoriosos y derrotarán al poder y al engaño de Satanás.

Consideraciones prácticas acerca de 2:13–14

   Los cristianos de la última parte del primer siglo se encontraban frente a maestros que se oponían a la fe cristiana presentando doctrinas gnósticas. Juan consistentemente exhorta a los lectores de su epístola a que caminen en la luz, que vivan por la verdad, que obedezcan los mandamientos de Dios y que tengan comunión con Dios y con su pueblo. Sus llamados, sin embargo, no están todos en forma de advertencia. Como pastor sabio, él sabe que un flujo continuo de advertencias puede tener un efecto negativo en los miembros de la iglesia. Las palabras positivas edifican la confianza y la certeza. Juan llama la atención de todos los lectores a las posesiones que tienen en Cristo:

  1. Saben que sus pecados han sido perdonados.
  2. Han conocido a Dios el Padre y a su Hijo Jesucristo.
  3. Han vencido a Satanás por medio de la Palabra de Dios.

   Tanto los jóvenes como los mayores prosperan en un ámbito de palabras de alabanzas, ya que se enorgullecen de aquello que poseen y que pueden lograr. Si bien los pastores deben advertir a la iglesia de los peligros y las trampas que la acechan, deben establecer como meta presentar sus mensajes en un marco positivo y mostrar a los creyentes las riquezas que poseen en Jesucristo. Que el pueblo de Dios cante:

¡Cuán vastos los divinos beneficios

que en Cristo poseemos!

Redimidos ya de culpa y vicios

un llamado a la consagración tenemos.

—Augustus M. Toplady

El mundo y la voluntad de Dios

2:15–17

  1. No améis al mundo

2:15

   Luego de efectuar un llamado a los creyentes, el escritor hace sonar la advertencia de que no hay que amar al mundo. El amor por el mundo impide el amor por el Padre. Vemos aquí un paralelo entre las cartas de Juan y la de Santiago: “Todo aquel que escoge ser amigo del mundo se transforma en un enemigo de Dios” (Stg. 4:4). Juan escribe:

   [15]. No améis al mundo ni nada de lo que hay en el mundo. Si alguien ama al mundo, el amor de Padre no está en él.

   ▬ a. Juan formula una advertencia seria de no amar al mundo. Él dice “no améis”; no dice “no gustéis” del mundo. La palabra amar que utiliza Juan es la misma que él usa en el versículo 10 donde habla de la persona que ama a su hermano. El amor que él tiene en mente es un amor que vincula, que causa una comunión íntima y una devoción leal. Es el amor que Dios demanda en el resumen de la ley: “Amarás al Señor tu Dios … y amarás a tu prójimo como a ti mismo”.

   Juan dirige su advertencia a aquella gente que ya ha cambiado su lealtad y que ahora les otorga su atención total a los asuntos del mundo. Les dice que dejen de amar al mundo, que desistan de seguir con sus intereses mundanos. No está hablando acerca de un único incidente sino de un estilo de vida.

   ▬ b. Juan utiliza la expresión mundo—una palabra que es típicamente juanina. Esta palabra tiene varios significados, tal como lo ilustra Juan en su primera epístola: el mundo de los creyentes, el mundo del pecado, el mundo del demonio.

   Por eso Juan escribe que Jesús es el Salvador del mundo (4:15) y también que por medio de la fe el cristiano puede vencer al mundo (5:4–5). Según Juan, las características del mundo son los apetitos, la lujuria y los alardes (2:16). El mundo pasa (2:17) y no conoce a Dios (3:1). Odia a los creyentes (3:13) y es morada de los falsos profetas (4:1), del anticristo (4:3) y de los incrédulos (4:5). Y, para terminar, todo el mundo está controlado por el maligno (5:19). La conclusión de Donald Guthrie es la siguiente: “Por consiguiente, en 1 Juan hay un fuerte paralelo entre el ‘mundo’ y el ‘diablo’”.

   ▬ c. Juan advierte al lector en contra de amar al mundo y lo que es del mundo. El no aconseja que el cristiano abandone este mundo o que viva recluido. Juan no enfatiza que el cristiano se separe del mundo. En vez de ello, dice que el creyente debe evitar amar al mundo. Nótese que en este versículo relativamente breve el concepto amar precede al concepto mundo. Entonces, ¿Qué está diciendo Juan? En una oración: “El amor por el mundo y el amor por el Padre no pueden existir uno al lado del otro”. El cristiano amará a uno y odiará al otro, pero no puede amar a ambos al mismo tiempo (compárese Mt. 6:24; Lc. 16:13). El mundo de pecado está diametralmente opuesto al Padre. Juan describe este mundo en el versículo 16.

2. Haced la voluntad de Dios

2:16–17

   [16]. Porque todo lo que hay en el mundo—los apetitos del hombre pecador, la lujuria de sus ojos y el alarde de lo que tiene y hace—no procede del Padre sino del mundo.

   El pensamiento principal del versículo 16 es éste: “Todo lo que hay en el mundo … no procede del Padre sino del mundo”. En su epístola, Santiago dice algo muy parecido. Acerca del origen de la sabiduría, Santiago escribe: “Dicha ‘sabiduría’ no viene del cielo, sino que es terrenal, no es espiritual, es del demonio” (Stg. 3:15). Aquello que tiene origen en el mundo no viene de Dios sino del diablo.

   ¿Cuáles son estas cosas llamadas “del mundo”? Juan las describe ubicándolas en tres categorías: los apetitos del hombre pecador, la lujuria de los ojos del hombre y el alarde de lo que la persona tiene o hace. Por supuesto, esta lista de tendencias, aunque es globalizadora en su alcance, no agota necesariamente todo lo que hay que decir.

   Antes de considerar estas categorías, hacemos las siguientes observaciones. Las primeras dos categorías (apetitos y lujuria) son deseos pecaminosos; la última (alarde) es conducta pecaminosa. Las primeras dos son pecados internos y ocultos; la última es un pecado externo y manifiesto. Las primeras dos tienen que ver con el individuo, la última con la persona que está rodeada por otra gente.

   ▬ a. Apetitos. Si lo traducimos literalmente, el texto griego dice “el deseo de la carne”. La versión que utilizamos, sin embargo, traduce el texto como “los apetitos del hombre pecador”. La palabra deseo es utilizada en forma colectiva y representa apetitos que incluyen el deseo sexual y la codicia. Estos apetitos son malos porque hacen que el hombre desobedezca el mandamiento explícito de Dios: “No codiciarás” (Ex. 20:17; Dt. 5:21).138 Además, estos apetitos originan en la naturaleza del hombre y dan nacimiento al pecado (St. 1:15). Pablo redacta una descripción similar de esta naturaleza pecaminosa (Gá. 5:16–17), de la cual dice que “es contraria al Espíritu”.

   ▬b. Lujuria. Juan describe este deseo como “la lujuria de [los] ojos”. Los ojos son los conductos al alma del hombre. Cuando el hombre es tentado por la lujuria, sus ojos sirven como instrumento que le hacen transgredir y pecar. Juan refleja el sentir de Jesús (registrado en el Sermón del Monte), quien coloca a la mirada codiciosa en la categoría de pecado: “Pero yo os digo que cualquiera que mira a una mujer codiciándola, ya ha cometido adulterio con ella en su corazón” (Mt. 5:28).

   ▬ c. Alarde. Juan expresa esta tercera tendencia en palabras que no pueden traducirse fácilmente. Los traductores brindan una cantidad de versiones igualmente válidas. Aquí tenemos algunas que son representativas:

“La soberbia de la vida” (BdA)

“El alarde de la opulencia” (NTdT)

“La arrogancia del dinero” (NBE)

“La jactancia de las riquezas” (BJ)

“El alarde de lo que tiene y hace” (NIV)

La razón de estas diversas variantes estriba en dos palabras griegas: “alardear” y “vida”. La primera palabra significa la jactancia de alguien presuntuoso, o de un impostor (compárese con Stg. 4:16). Esta jactancia o alarde hasta puede llegar al nivel de una violencia arrogante. La segunda palabra denota vida en cuanto a acciones y posesiones. La persona que hace alarde de sus obras y de sus bienes manifiesta “un apetito pecaminoso por el progreso y el status social”.

   Los tres vicios (apetitos, lujuria y alardes) no se originan en el Padre sino en el mundo, es decir, en el demonio. Juan escribe “el Padre” para indicar, en primer lugar, el vínculo que esto tiene con el contexto anterior (1:2, 3; 2:1, 13, 15) y, en segundo lugar, para hacer les acordar a los lectores que con los hijos adoptivos de Dios. Ellos son hijos e hijas de su Padre Celestial y no pertenecen al mundo. Aunque en un marco diferente, Jesús formula el mismo pensamiento. Les dice a sus adversarios: “el que pertenece a Dios oye lo que Dios dice. La razón por la que vosotros no oís es que no pertenecéis a Dios” (Jn. 8:47).

   [17]. El mundo y sus deseos pasan, pero el hombre que hace la voluntad de Dios permanece para siempre.

   El hombre necesita notar lo pasajero de la existencia de la gente mundana y de sus placeres y deseos. Si enfoca su interés en aquello que hoy está aquí y mañana no, recoge una cosecha de inestabilidad, tropieza en las tinieblas del pecado y, por haber echado su suerte con el mundo, encuentra un fin similar. “Porque este mundo en su forma presente, pasa” (1 Co. 7:31).

   Sin embargo, el hijo de Dios está seguro porque posee vida eterna. ¡Qué contraste! La persona que ama al mundo pronto pasa, “pero el hombre que hace la voluntad de Dios vive para siempre”. Juan hace resonar aquí un eco de las palabras de Jesús: “No todo aquel que me dice: ‘Señor, Señor’, entrará en el Reino de los cielos, sino sólo aquel que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos” (Mt. 7:21; véase también 1 p. 4:2). Cuando la voluntad del hombre está en armonía con la voluntad de Dios, el cristiano tiene una comunión con el Padre y el Hijo que dura para siempre (comparar con 2:5).

Consideraciones prácticas acerca de 2:15–17

   En su oración Sumosacerdotal, Jesús le pide a su Padre que no quite a los creyentes del mundo, sino que los proteja. El ora: “Así como me enviaste al mundo, yo los he enviado al mundo” (Jn. 17:18). ¿Contradice Juan estas palabras de Jesús? ¿Aboga él por una separación total del mundo en que vivía? No, de ninguna manera.

   Cuando Juan escribió su epístola, hacia fines del primer siglo, la sociedad pagana estaba totalmente corrompida. Estaba caracterizada por la inmoralidad, la codicia, el cohecho y el desprecio por la vida y la dignidad humana. Dentro de esa sociedad la iglesia buscó ser una influencia moderadora, ejemplificando las virtudes de la honestidad, de la moralidad, y de un respeto especial por la vida y la propiedad. Pero dentro de la iglesia alguna gente se había puesto del lado del mundo, ya que no pertenecía realmente a la iglesia. (1 Jn. 2:19). Se trataba de falsos profetas que salieron al mundo (4:1). Juan advierte al creyente que nunca se debe entrar en compromisos con el espíritu de la época, ni adoptar nunca un tipo de vida mundana.

   En cierto sentido, nuestro mundo difiere muy poco del de Juan. El nuestro está lleno de violencia e inmoralidad. En muchos sectores de la sociedad el cohecho, el hurto y el engaño están entretejidos en la tela misma de la vida diaria. Sin embargo, nosotros los que hemos sido comprados con precio, los que tenemos la señal bautismal del trino Dios colocada sobre nuestra frente, los que somos llamados santos, debemos mantenernos incontaminados por el mundo. Estamos en el mundo, pero no somos de él. Porque si fuéramos del mundo, entonces no seríamos del Padre.

Amén, para honra y gloria de Dios.

 


Hno Roberto Saldías Roa

Miembro de la IEP en Nacimiento Bajo, nació en el evangelio del Señor en la Iglesia de Laja 1975. Casado con María Nahuelmán, estudia teología de manera autodidacta. Me gusta mucho leer y escribir.