+56 9 5417 6219
contacto@historiaycontingenciaiep.cl

Semana del 13 al 19 de mayo de 2019: “Aspecto doctrinal de la obra del Espíritu Santo en la santificación”

Semana del 13 al 19 de mayo de 2019: “Aspecto doctrinal de la obra del Espíritu Santo en la santificación”

Lectura Bíblica: 1ª de Pedro 1:22-23. Habiendo purificado vuestras almas por la obediencia a la verdad, mediante el Espíritu, para el amor fraternal no fingido, amaos unos a otros entrañablemente, de corazón puro; siendo renacidos, no de simiente corruptible, sino de incorruptible, por la palabra de Dios que vive y permanece para siempre.

   Comentario del contexto Bíblico: Como próximo paso en su camino espiritual, Pedro insta a sus lectores a demostrar su santidad amando a su prójimo. Quiere que vivan según la verdad de la Palabra para poder implementar la enseñanza de Jesús: “Ámense unos a otros” (Jn. 13:34; véase también 1 Jn. 3:23).

   Versíc. 22. Ahora que ustedes se han purificado al obedecer a la verdad, y por eso tienen un sincero amor por sus hermanos, ámense unos a otros de corazón, profundamente.

   Conviene tomar nota de las siguientes observaciones:

a. Estado. “Ahora que ustedes se han purificado”. Pedro escribe que sus lectores ya se han limpiado moralmente. No es su intención decir que han lavado sus cuerpos o que han cumplido con abluciones rituales para participar en alguna celebración religiosa (cf. Jn. 11:55; Hch. 21:24, 26; 24:18). Es más, el Nuevo Testamento carece de reglamentaciones ceremoniales—aparte del decreto de abstenerse de consumir comida o sangre ofrecida en sacrificio, o la carne de animales estrangulados, y de apartarse de la inmoralidad sexual (Hch. 15:28–29). Suponemos que los lectores gentiles de la epístola de Pedro desconocerían las abluciones rituales. Ellos mismos han estado y siguen estando personalmente participando en purificarse a sí mismos (véase Stg. 4:8; 1 Jn. 3:3).

b. Medios. ¿Cómo logran los creyentes la pureza? Pedro explica: “al obedecer a la verdad”. Él quiere decir que los creyentes están obedientes a la verdad de la Palabra de Dios; cuando viven obedientemente en dicho ámbito de acción, son puros. El ámbito de la obediencia es la revelación de Dios en Jesucristo (v. 12). Pedro da a entender que los lectores han aceptado las enseñanzas del evangelio por fe. En un contexto diferente y previo, al dirigirse al Concilio de Jerusalén, Pedro habló en defensa de los cristianos gentiles y dijo: “[Dios] ninguna diferencia hizo entre nosotros y ellos, purificando por la fe sus corazones” (Hch. 15:9).

c. Resultado. “Y por eso tienen un sincero amor por sus hermanos”. Cuando obedecemos la Palabra de Dios, expresamos nuestro amor no solamente a Dios sino también a nuestro prójimo (Mt. 22:37–39). En el Nuevo Testamento las palabras prójimo y hermano tienen la misma vigencia en cuanto al mandamiento de amar al prójimo. Sin embargo, en el contexto de las epístolas del Nuevo Testamento la palabra hermano tiene un significado espiritual; se refiere a hermanos y hermanas en Cristo. Este amor fraternal debe ser sincero (2 Co. 6:6).

d. Mandamiento. El énfasis recae sobre el verbo principal, ubicado adrede en la parte final del versículo: “Ámense unos a otros de corazón, profundamente”. Pedro excluye la posibilidad de que miembros de la comunidad cristiana sientan solamente simpatía unos por otros sin llegar a amarse unos a otros profundamente, de corazón. Pedro repite el mandamiento dado primeramente por Jesús la noche de la traición (Jn. 13:34) y enseñada por los apóstoles Pablo (1 Ts. 3:12; 4:9; 2 Ts. 1:3), Pedro (1 P. 1:22; 2:17; 3:8; 4:8) y Juan (1 Jn. 3:23).

   Pedro califica el mandamiento de amar con dos expresiones adverbiales: “profundamente” y “de corazón”. Estas expresiones señalan el alcance y la seriedad del amor. Cuando tal amor está presente, él mismo borra las tensiones, anula la enemistad y destierra el odio.

  Versíc. 23. Pues ustedes han nacido de nuevo, no de una descendencia perecedera sino imperecedera, mediante la palabra de Dios que vive y permanece.

   ¿Por qué debemos amarnos unos a otros? Pedro dice: “Porque han nacido de nuevo”. Nótese que, en el proceso de nacer de nuevo, los creyentes son pasivos. Es decir, Dios los trae a este mundo mediante un nacimiento espiritual. Una vez que han nacido de nuevo, los creyentes entran en acción en el proceso de purificarse a sí mismos (v. 22).

   Cuando Nicodemo pregunta: “¿Cómo puede un hombre nacer de nuevo, siendo viejo?” (Jn. 3:4), Jesús le enseña acerca del nacimiento espiritual. En el primer capítulo de su epístola, Pedro menciona el nacimiento espiritual dos veces (vv. 3, 23). El verbo nacer de nuevo significa que Dios nos ha dado una vida espiritual que es nueva. Sin esta nueva vida, estamos incapacitados para entrar en el reino de Dios (Jn. 3:3, 5). Demostramos tener esta nueva vida cuando tenemos fe en el Hijo de Dios, Jesucristo (Jn. 3:36; 1 Jn. 5:11). Además, el texto griego indica que nuestro renacimiento espiritual ha tomado lugar en el pasado, pero que tiene un significado perdurable para el presente y el futuro. “Han nacido de nuevo, no de una descendencia perecedera sino imperecedera”. Pedro describe el renacimiento primeramente en términos negativos y luego en términos positivos.

Negativos. Una de las características de la semilla es que está destinada a morir; es decir, la semilla pierde su propia forma en el proceso de generar vida. Jesús dio ante Felipe y los griegos una gráfica formulación de esto; “Si el grano de trigo no cae en la tierra y muere, queda solo. Pero si muere, lleva mucho fruto” (Jn. 12:24).

Positivos. Al interpretar la parábola del sembrador para beneficio de sus discípulos, Jesús dijo: “Este es el significado de la parábola: la semilla es la palabra de Dios” (Lc. 8:11). La Palabra de Dios es imperecedera; regenera, da vida y nutre, y sin embargo permanece inalterable en este proceso. Dios proporciona la semilla imperecedera por medio de su Palabra (cf. Jn. 1:13; Stg. 1:18). En su primera epístola, Juan menciona que después de haberse llevado a cabo el nacimiento espiritual (ser nacido de Dios), la simiente de Dios perdura. El escribe: “Nadie que haya nacido de Dios continuará pecando, porque la simiente de Dios permanece en él” (1 Jn. 3:9). La simiente es la naturaleza divina de Dios que reside dentro del hijo de Dios. Pedro vincula la simiente imperecedera con la Palabra de Dios, que vive y permanece.

   “Mediante la palabra de Dios que vive y permanece”. Dada la posición de los verbos vive y permanece, el texto griego puede ser traducido de dos maneras. Otra versión dice: la “palabra del Dios vivo y eterno” (BJer). Esta versión no sólo es correcta en lo gramatical, sino que también tiene un paralelo en Daniel 6:26: “Porque él es el Dios vivo y permanece para siempre”. A pesar de ello, los eruditos prefieren la primera traducción. Señalan que estos dos verbos describen mejor al sustantivo palabra que al sustantivo Dios (cf. Heb. 4:12), especialmente si tenemos en cuenta que Pedro sustenta este texto con la cita: la palabra del Señor permanece para siempre” (Is. 40:8). Mediante estas palabras Pedro centra la atención en la Palabra y no en Dios.

1er Titulo:

Efectos De La Cruz De Cristo En La Santificación Del Creyente (Isaías 53:5-6. Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados. Todos nosotros nos descarriamos como ovejas, cada cual se apartó por su camino; mas Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros.) 

   Comentario: En estos versículos, es un relato de los sufrimientos de Cristo; también del diseño de sus padecimientos. Fue por nuestros pecados y en nuestro lugar, que nuestro Señor Jesús sufrió. Todos hemos pecado, hemos están destituidos de la gloria de Dios. Los pecadores tienen su amado pecado, su mal camino, de la que son aficionados. Nuestros pecados merecen todas las penas y dolores, incluso el más grave. Somos salvados de la ruina, a la que por el pecado nos hacemos responsables, poniendo nuestros pecados sobre Cristo. Esta expiación debía ser hecho por nuestros pecados. Y este es el único camino de salvación. Nuestros pecados fueron las espinas en la cabeza de Cristo, los clavos en sus manos y pies, la lanza en el costado. Él se entregó a la muerte por nuestros pecados. Por sus sufrimientos él compró para nosotros el Espíritu y la gracia de Dios, para mortificar nuestras corrupciones, que son las pinturas al temple de nuestras almas. Bien podemos soportar nuestros sufrimientos ligeros, si Él nos ha enseñado a apreciar todas las cosas como pérdida por él, y al que nos amó primero amar.

2° Titulo:

Efectos Del Espíritu Santo En La Santificación Del Creyente (Romanos 8:1-2. Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús, los que no andan conforme a la carne, sino conforme al Espíritu. Porque la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús me ha librado de la ley del pecado y de la muerte.) 

   Comentario del contexto Bíblico: Como sucediera con los capítulos 5, 6 y 7, también el capítulo 8 indica uno de los resultados de la justificación de los creyentes por la fe. Que la justificación está innegablemente en el centro del pensamiento de Pablo es claro de las primeras palabras de Pablo: “Ya no hay condenación”, porque la condenación es lo opuesto de la justificación.

   Además, como ya se ha dicho anteriormente, Pablo mismo parece aprobar la coordinación de los caps. 5, 6 y 7 al hacer que cada uno de ellos culmine con la misma frase (o una muy similar). Esto también es aplicable al cap. 8, que concluye con “en Cristo Jesús, nuestro Señor”.

   La pregunta respecto a cuál sea el tema de este capítulo es de fácil respuesta. La misma no se expresa inmediatamente, aunque todo lo que encontramos en los vv. 1–30 y también en los vv. 31–36 conduce hacia ella; lo indica, por ejemplo, el v. 28 que encabeza la presente sección. El pensamiento central, que es también el cuarto de los frutos principales de la justificación por la fe, se encuentra en las palabras: “No, en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó” (v. 37). Nótese: no solamente vencedores sino más que vencedores; no sólo invencibles sino superinvencibles.

   Versíc. 1. Por tanto, ya no hay condenación para los que están en Cristo Jesús.

   La afirmación: “Ya no hay condenación” está estrechamente vinculada con el énfasis principal de la argumentación previa de Pablo tomada en su totalidad. Véanse especialmente los vv. 1:16, 17; 3:21, 24; 5:1, 2, 6–8, 15–21; 7:6. En estos pasajes el apóstol ha estado exponiendo el hecho que, por medio del sacrificio voluntario de Cristo— sacrificio que cancela la deuda y que santifica—los creyentes han sido liberados de la maldición de la ley. A raíz de la entrada del pecado (cf. 8:3) la ley ya no puede ser considerada como medio para obtener la salvación, ni tampoco tiene el poder de condenar a los creyentes. La ley es más bien el medio para expresar la gratitud. Como tal, la misma es objeto de la delicia de ellos aun cuando una completa obediencia en la presente vida sea imposible, como lo han demostrado 7:14s.

   Esto no quiere decir que no haya un vínculo entre 8:1s y el contexto que inmediatamente le precede. Como ya se ha indicado en el comentario sobre 7:25, hay una relación estrecha entre “¡Gracias a Dios por medio de Jesucristo nuestro Señor!” (7: 25a) y “Por tanto, ya no hay condenación, etc.” (8:1). Pero aun lo que Pablo dice en 7:25b—y en términos más generales en 6:1–7:25—respecto al poder esclavizante del pecado, no está totalmente ausente de su mente en 8:1, como lo indica la secuela (8:1s). Para Pablo la “no condenación” significa libertad no sólo de la culpa del pecado sino también de su poder esclavizante.

   Por cierto, se debe hacer una distinción entre la justificación y la santificación. Pero esta distinción nunca debe llegar a convertirse en una separación. Calvino ha dejado esto bien claro al decir: “Así como Cristo no puede ser dividido, del mismo modo son inseparables estas dos bendiciones que recibimos conjuntamente en él” (Institución III, xi, 6).

   En consonancia con esta doble referencia de las palabras “no condenación” está la frase “en Cristo Jesús”. Lo que Pablo está diciendo es que para los que están en Cristo no sólo de modo forense—habiéndose quitada la culpa de sus pecados por su muerte—sino también espiritualmente—con las influencias santificadoras de su Espíritu dominando su vida—, por tanto, ya no hay (= en consecuencia) condenación alguna. Para ellos hay justificación y por ello salvación plena y gratuita (8:29, 30). Para más respecto a la expresión “en Cristo Jesús” véase sobre 3:24 y sobre 6:3s; sobre Ef. 1:1.

   La justificación y la santificación siempre van juntas. Que en la expresión “no hay condenación” quedan incluidos tanto el perdón como la purificación es claro también del v. 1.

   Versíc. 2. Porque por medio de Cristo Jesús la ley del Espíritu de vida me ha hecho libre de la ley del pecado y de la muerte.

   Pablo habla de “la ley del Espíritu de vida”. Que el Espíritu Santo es vida en su misma esencia y que también imparte vida, tanto física como espiritual, es bien claro de un gran número de pasajes de la Escritura. La base de esta doctrina puede ya ser hallada probablemente en Gn. 1:1; Sal. 51:11; 104:30. Para referencias más cercanas véanse Jn. 6:63; 2 Co. 3:6; Gá. 6:8; y no olvídese Ro. 8:11. La ley del Espíritu de vida es la operación poderosa y efectiva del Espíritu Santo en los corazones y vidas de los hijos de Dios. Se trata precisamente de lo opuesto a “la ley del pecado y de la muerte”, respecto a la cual véase sobre 7:23, 25. Así como la ley del pecado produce muerte, del mismo modo la ley, o el factor gobernante, del Espíritu de vida produce vida. Cf. Ro. 6:23. Lo hace “por medio de Cristo Jesús”, es decir, en base a los méritos de su expiación y por medio del poder vivificante de la unión con él.

   La pregunta que se impone es esta: Si a lo largo de Ro. 7:14–8:2 Pablo habla de sí mismo como creyente, ¿cómo es que puede decir, por un lado: “Yo soy carnal, vendido como esclavo al pecado … un prisionero” (7:14, 23); y luego por el otro: “Por medio de Cristo Jesús la ley del Espíritu de vida me ha hecho libre de la ley del pecado y de la muerte”? ¿Cómo puede alguien que es esclavo y prisionero ser también una persona libre? ¿No demuestra esta contradicción que hemos interpretado erróneamente Ro. 7:14, 23?

   La respuesta es “¡De ningún modo!” Al contrario, cuando leemos estos pasajes—tanto 7:14, 23 como 8:1, 2— decimos: “¡Qué maravillosa es la Palabra de Dios! ¡Qué verdadero retrato hace de la persona que en realidad soy! Por un lado, soy esclavo, prisionero, porque el pecado tiene un control tal sobre mí que no puedo llevar una vida sin pecado (Jer. 17:9; Mt. 6:12; 1 Jn. 1:8, 10). Pero, por otra parte, soy una persona libre, ya que, aunque Satanás trate con todo su poder y astucia de evitar que yo haga lo bueno—como ser confiar en Dios para mi salvación, invocarle en oración, regocijarme en él, actuar a favor de su causa, etc.—él no puede evitar totalmente que yo lo haga. No puede prevenir completamente que yo experimente la paz de Dios que sobrepuja todo entendimiento. Ese sentido de victoria que ya ahora poseo en principio y que poseeré en perfección en el futuro, me sostiene en todas mis luchas. ¡Me regocijo en la libertad que Cristo ha obtenido para mí!” (cf. Gá. 5:1).

   Cuando el que interpreta 7:21–8:2 limita la experiencia cristiana a lo que se encuentra en 7:22, 25a, 8:1, 2, y

deja de lado 7:21, 23, 24, 25b, ¿no se asemeja a un músico que trata de tocar una pieza muy difícil en un órgano con un número muy restringido de octavas, o en un arpa con muchas cuerdas rotas?

3er Titulo:

Efectos De La Palabra De Dios En La Santificación Del Creyente (Salmo 119:9 al 12. ¿Con qué limpiará el joven su camino? Con guardar tu palabra. Con todo mi corazón te he buscado; No me dejes desviarme de tus mandamientos. En mi corazón he guardado tus dichos, Para no pecar contra ti. Bendito tú, oh Jehová; Enséñame tus estatutos.

   Comentario: La palabra que se traduce como “limpio”, en hebreo es: Zaká, que significa ser transparente, inocente, puro.  Los jóvenes dejan de ser inocentes cuando abren sus corazones al pecado, ya sea a sabiendas o por ignorancia. 

   El salmista revela la forma en que el joven puede mantener su pureza, y es guardando la Palabra de Dios; esto incluye tanto la Palabra escrita (Torá) como la hablada (que viene por la relación personal con Dios). 

   Los padres (no el gobierno, ni la escuela dominical) tienen la responsabilidad de enseñar a sus hijos la Palabra de Dios.  La Torá es la mejor herencia, es el mejor regalo que los padres pueden dar a sus hijos, la cual se enseña no sólo con palabras sino con hechos.  Si la aprenden desde pequeños, los jóvenes estarán capacitados para guardarse puros.

(Deuteronomio 6:6-9). Y estas palabras que yo te mando hoy, estarán sobre tu corazón; (7) y las repetirás a tus hijos, y hablarás de ellas estando en tu casa, y andando por el camino, y al acostarte, y cuando te levantes.  (8) Y las atarás como una señal en tu mano, y estarán como frontales entre tus ojos; (9) y las escribirás en los postes de tu casa, y en tus puertas.

   La gente dice de los jóvenes: “Dejen que disfruten de su juventud y lo saquen de su sistema, y luego se van a componer”.  Esa es la sabiduría del hombre, pero no la de Dios.  La Biblia dice:

(2 Timoteo 2:22). Huye también de las pasiones juveniles, y sigue la justicia, la fe, el amor y la paz, con los que de corazón limpio invocan al Señor.

(Eclesiastés 12:1). Acuérdate de tu Creador en los días de tu juventud, antes que vengan los días malos, y lleguen los años de los cuales digas: No tengo en ellos contentamiento.

   ¿Por qué no tendrá contentamiento un joven, si se divirtió “a lo grande”?  Porque estará halando con las consecuencias de su pecado, con heridas, con malas costumbres, etc.  

(Gálatas 6:7-9) No os engañéis; Dios no puede ser burlado: pues todo lo que el hombre sembrare, eso también segará.  (8) Porque el que siembra para su carne, de la carne segará corrupción; mas el que siembra para el Espíritu, del Espíritu segará vida eterna.  (9) No nos cansemos, pues, de hacer bien; porque a su tiempo segaremos, si no desmayamos.

   La realidad es que la vida del creyente no sólo se trata de conocer la Ley, sino sobre todo de conocer a Dios.  Muchas veces leemos la Biblia, y no comprendemos el significado profundo de lo que está allí escrito, porque necesitamos la revelación que viene de conocer el corazón de Dios.  Por eso el salmista dice: “Con todo mi corazón te he buscado”.

(Jeremías 29:12-13) Entonces me invocaréis, y vendréis y oraréis a mí, y yo os oiré; (13) y me buscaréis y me hallaréis, porque me buscaréis de todo vuestro corazón.

(Isaías 55:6-7).  Buscad a Jehová mientras puede ser hallado, llamadle en tanto que está cercano.  (7)  Deje el impío su camino, y el hombre inicuo sus pensamientos, y vuélvase a Jehová, el cual tendrá de él misericordia, y al Dios nuestro, el cual será amplio en perdonar.

Oremos…

Oye, oh Jehová, mi voz con que a ti clamo.  Mi corazón ha dicho de ti: Buscad mi rostro. Tu rostro buscaré, oh Jehová.  No escondas tu rostro de mí; ten misericordia, y respóndeme.

Señor, mi deseo es vivir una vida pura, y enseñarle esto a mis hijos, no sólo de palabra sino con hechos.  Por eso medito en tu Palabra día y noche y busco Tu Rostro continuamente.  Ayúdame a enseñarles a mis hijos Tu Palabra con sabiduría y revelación.  Les enseñaré a temer a Dios y guardar los mandamientos, porque esto es el todo del hombre.

Jehová, ayúdanos a vivir como Tú mandas, porque no puedo hacerlo solo. Dame el querer como el hacer, por tu santa voluntad. Pero, sobre todo, Señor, quiero conocerte; quiero conocer tu corazón.

[Salmo 27:7-9; Salmo 119:9-12; Eclesiastés 12:13-14; Filipenses 2:13]

   LA SANTIFICACIÓN AFECTA AL HOMBRE COMPLETO: CUERPO Y ALMA, INTELECTO, AFECTOS Y VOLUNTAD

   Esto se deduce de la naturaleza del caso, porque la santificación tiene lugar en la vida interna del hombre, en el corazón, y este no puede cambiarse sin que se cambie todo el hombre. Si el hombre interior queda cambiado, hay obligación de cambiar también la periferia de la vida. Además, la Biblia enseña clara y explícitamente que la santificación afecta tanto al cuerpo como al alma, I Tes. 5: 23; II Cor. 5: 17; Rom. 6: 12; I Cor. 6: 15, 20.

   El cuerpo tiene que considerarse aquí como el órgano o el instrumento del alma pecadora por medio del cual se expresan las inclinaciones, los hábitos y las pasiones pecaminosos. La santificación del cuerpo tiene lugar de manera especial en la crisis de la muerte y en la resurrección de los muertos. Por último, también se descubre en la Biblia que la santificación afecta a todos los poderes o facultades del alma: el entendimiento, Jer. 31: 34; Juan 6: 45; la voluntad, Eze. 36: 25-27; Fil. 2: 13; las pasiones, Gál. 5: 24; y la conciencia, Tito 1: 15; Heb. 9: 14.

   LAS CARACTERÍSTICAS DE LA SANTIFICACIÓN

1. Tal como se ve por lo que precede, la santificación es una obra de la cual Dios es el autor y no el hombre. Sólo los abogados del llamado libre albedrío pueden pretender que sea obra del hombre. Sin embargo, difiere de la regeneración en que el hombre puede, y el deber lo obliga a luchar por una creciente y constante santificación usando para ello los medios que Dios ha puesto a su disposición. Esto está enseriado con claridad en la Biblia, II Cor. 7: 1; Col. 3: 5-14; I Ped. 1: 22. Los antinomianos que son consistentes pierden de vista esta verdad importante, y no sienten la necesidad de evitar cuidadosamente el pecado, puesto que esto afecta nada más al viejo hombre que está condenado a muerte, y no al nuevo hombre que es santo con la santidad de Cristo.

2. La santificación tiene lugar en forma parcial en la vida subconsciente, y como tal es una operación inmediata del Espíritu Santo; pero también en forma parcial tiene lugar en la vida consciente, y depende entonces del uso de medios determinados, tales como el ejercicio constante de la fe, el estudio de la Palabra de Dios, la oración y la asociación con otros creyentes.

3. La santificación es de ordinario un proceso lento y nunca alcanza la perfección en esta vida. Al mismo tiempo puede haber casos en los que se complete en muy corto tiempo o hasta en un momento, por ejemplo, en los casos en que la regeneración y la conversión son seguidas de inmediato por la muerte temporal. Si procedemos sobre la hipótesis de que la santificación del creyente se perfecciona de inmediato después de la muerte y la Biblia parece que enseria esto hasta donde tiene que ver con el alma, entonces en tales casos la santificación del alma debe completarse casi de inmediato.

4. Según parece, la santificación del creyente debe completarse o bien al momento de morir, o inmediatamente después de la muerte, hasta donde tiene que ver con el alma, y en la resurrección hasta donde ésta tiene que ver con el cuerpo. Esto parece deducirse del hecho de que, por una parte, la Biblia enseña que en la vida presente ninguno puede pretender que está libre del pecado, I Reyes 8: 46; Prov. 20: 9; Rom. 3: 10, 12; Stgo. 3: 2; I Jn. 1: 8; y por la otra, que aquellos que han ido por delante están santificados por completo. Habla de ellos como de “los espíritus de los justos hechos perfectos”, Heb. 12: 23, y “sin mancha”, Apoc. 14: 5. Además, se nos dice que en la Ciudad celestial de Dios no entrará “ninguna cosa sucia o que hace abominación y mentira”, Apoc. 21: 27; y que Cristo en su segunda venida “transformará el cuerpo de nuestra bajeza, para hacerlo semejante al cuerpo de su gloria”, Fil. 3: 21.

   EL AUTOR DE LA SANTIFICACIÓN Y LOS MEDIOS DE ELLA

   La santificación es una obra del Dios trino, pero se atribuye más particularmente al Espíritu Santo en la Escritura, Rom. 6: 11; 15: 16; I Ped. 1: 2. Nuestro día, con su énfasis sobre la necesidad de acercarnos al estudio de la teología desde el punto de vista antropológico, y con su llamamiento unilateral al servicio en el reino de Dios, hace que resulte particularmente importante acentuar el hecho de que Dios y no el hombre es el autor de la santificación. De manera especial en vista del Activismo que es uno de los hechos característicos de la vida religiosa americana y que glorifica la obra del hombre más bien que la gracia de Dios, es necesario acentuar el hecho una y otra vez de que la santificación es fruto de la justificación, que aquella es sencillamente imposible sin ésta, y que las dos son el fruto de la gracia de Dios en la redención de los pecadores. Aunque el hombre tenga el privilegio de cooperar con el Espíritu de Dios puede hacerlo sólo en virtud de la fuerza que el espíritu le imparte cada día. El desarrollo espiritual del hombre no es una ganancia humana, sino una obra de la gracia divina. El hombre no merece ningún crédito por aquello a lo que contribuye como un instrumento. Hasta donde la santificación tiene lugar en la vida subconsciente se efectúa por la operación inmediata del Espíritu Santo. Pero como una obra que tiene lugar en la vida consciente de los creyentes se produce por varios medios que emplea el Espíritu Santo.

1. LA PALABRA DE Dios. En oposición a la iglesia de Roma debe sostenerse que el principal medio usado por el Espíritu Santo es la Palabra de Dios. La verdad en sí misma es cierto que no tiene la eficiencia adecuada para santificar al creyente, sin embargo, se adapta de manera natural para ser el medio de santificación en la forma en que la emplea el Espíritu Santo. La Escritura presenta todas las condiciones objetivas para ejercicios y hechos santos. Sirve para excitar la actividad espiritual presentando motivos y persuasiones, y le imprime dirección mediante prohibiciones, exhortaciones y ejemplos, I Ped. 1: 22; 2: 2; II Ped. 1: 4.

2. Los SACRAMENTOS. Estos son los medios par encéllense según la iglesia de Roma. Los protestantes los consideran como subordinados a la Palabra de Dios y a veces hasta hablan de ellos como de la “Palabra visible”. Simbolizan y sellan para nosotros las mismas verdades que están expresadas verbalmente en la Palabra de Dios, y pueden ser considerados como la palabra oficial, que contiene una representación viviente de la verdad, la cual el Espíritu Santo utiliza como ocasión para ejercicios santos. No sólo están subordinados a la Palabra de Dios, sino que tampoco pueden existir sin ella y por lo mismo van siempre acompañados de ella, Rom. 6: 3; I Cor. 12: 13; Tito 3: 5; I Ped. 3: 21.

3. LA DIRECCIÓN PROVIDENCIAL. Los actos providenciales de Dios, tanto los favorables como los adversos, son con frecuencia medios poderosos de santificación. En relación con la operación del Espíritu Santo por medio de la palabra, operan en nuestros afectos naturales y de esta manera, a menudo ahondan la impresión de la verdad religiosa y la introducen al alma. Debe recordarse que la luz de la revelación divina es necesaria para la interpretación de sus direcciones providenciales, Sal 119: 71; Rom. 2: 4; Heb. 12: 10.

Amén, para la gloria de Dios

  DESCARGUE AQUÍ ESTUDIO COMPLETO

Bibliografía: El Espíritu Santo Por Edwin H. Palmer; Estudio De Doctrina Cristina Por George Pardington; El Triunfo Del Crucificado Por Erich Sauer; Comentario Al Nuevo Testamento Por Simon J. Ryrie Kistemaker; Biblia De Referencia Thompson VRV 1960; Comentarios de Matthew Henry; El Espíritu Santo por Charles C. Sumario De Doctrina Cristiana Por Luís Berkhof. Comentario Al Nuevo Testamento Por William Hendriksen.


Hno Roberto Saldías Roa

Miembro de la IEP en Nacimiento Bajo, nació en el evangelio del Señor en la Iglesia de Laja 1975. Casado con María Nahuelmán, estudia teología de manera autodidacta. Me gusta mucho leer y escribir.