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Semana del 13 al 19 de enero de 2020: “La lucha del joven con el pecado”.

Semana del 13 al 19 de enero de 2020: “La lucha del joven con el pecado”.

   Lectura Bíblica: Romanos 7:15 al 25. Porque lo que hago, no lo entiendo; pues no hago lo que quiero, sino lo que aborrezco, eso hago. Y si lo que no quiero, esto hago, apruebo que la ley es buena. De manera que ya no soy yo quien hace aquello, sino el pecado que mora en mí. Y yo sé que, en mí, esto es, en mi carne, no mora el bien; porque el querer el bien está en mí, pero no el hacerlo. Porque no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso hago. Y si hago lo que no quiero, ya no lo hago yo, sino el pecado que mora en mí. Así que, queriendo yo hacer el bien, hallo esta ley: que el mal está en mí. Porque según el hombre interior, me deleito en la ley de Dios; pero veo otra ley en mis miembros, que se rebela contra la ley de mi mente, y que me lleva cautivo a la ley del pecado que está en mis miembros. ¡Miserable de mí! ¿quién me librará de este cuerpo de muerte? Gracias doy a Dios, por Jesucristo Señor nuestro. Así que, yo mismo con la mente sirvo a la ley de Dios, más con la carne a la ley del pecado.

   Comentario:    15. De hecho, no apruebo lo que estoy haciendo. Porque no es lo que quiero (hacer) lo que hago, sino que lo que detesto, eso hago.

    Visto que quien habla (“yo”) sirve en “la nueva realidad del Espíritu” (v. 6) y de corazón confiesa que la ley de Dios es santa, y su mandamiento santo, justo y bueno (v. 12, y cf. vv. 22–25, a los cuales acabamos de hacer referencia), es obvio una vez más que es Pablo, el sincero y humilde hijo de Dios, quien continúa hablando.

   Como creyente agradecido y afectuoso, su patrón ético no es nada menos que la perfección moral y espiritual. Cf. Fil. 3:12–14. Pero cuando—digamos al fin del día—él repasa lo que ha logrado, siente disgusto de sí mismo: Dios ha hecho tanto por él; y él (Pablo) ha hecho tan poco en agradecimiento. Y no sólo eso, sino que lo poco que ha logrado está contaminado por el pecado. ¡Su meta es mucho más alta que su logro!

   Sin duda es maravilloso poder decir con Longfellow:

Ni el gozo ni el pesar

Son nuestro rumbo o destino,

Sino que de cada día es pasar

Nos vea con progreso en el camino.

   ¿Pero qué sucede si ese ideal no siempre se cumple? El hombre que es meramente moral puede llegar a engañarse a sí mismo y pensar que, después de todo, va bastante bien. Es precisamente el creyente el que dirá con Pablo: “De hecho, no apruebo lo que estoy haciendo. Porque no es lo que quiero (hacer) lo que hago, sino que lo que detesto, eso hago”.

   ¿Y no es éste precisamente el conflicto que también se menciona en Gálatas 5:17, donde el mismo apóstol expresa, “Porque el deseo de la carne es contra el Espíritu, y el del Espíritu es contra la carne; y éstos se oponen entre sí, para que no hagáis lo que quisiereis”?

   Hay quienes, no obstante, que han aducido objeción que Gá. 5:17 y Ro. 7:14–25 no pueden referirse al mismo conflicto interno, porque en tanto que el primer pasaje menciona al Espíritu, el segundo no lo hace. ¿Pero por qué hubiera sido necesario que Pablo repitiese su mención del Espíritu Santo como autor de la santificación? ¿No son las referencias de Ro. 2:29 y 7:6 suficientes? Lo son, a menos que se interprete que las mismas indican un “espíritu” diferente del divino. Pero si se tienen en cuenta pasajes paralelos tales como 2 Co. 3:6, 17, esta posición sería difícil de defender.

   Repito, “Pablo, escribiendo como hombre convertido (Ro. 7:12–25) y narrando sus experiencias presentes en el estado de gracia … se queja amargamente del hecho que él practica aquello en lo que su alma ya no se deleita; en otras palabras, practica lo que su ser regenerado odia”.

   Versíc. 16. Mas si hago precisamente lo que no quiero hacer, concuerdo en que la ley es buena.

   Pero, ¿es que no hay alguna salida fácil a este penoso conflicto? ¿Por qué no simplemente descartar la ley? ¿Por qué no llamarla mala y rechazarla?

   Si bien en la superficie ésta parecería ser una fácil solución, en realidad no es solución alguna. El Espíritu Santo mora en el corazón de Pablo (y en los corazones es de todos los verdaderos creyentes). Tan estrecha es la relación entre ese Espíritu y el espíritu de Pablo mismo, que el apóstol puede decir: “La ley es buena. ¡Es excelente! ¡No debo desobedecerla!” Y aunque Pablo en realidad desobedezca, y por ello experimenta una amarga lucha, su propia voz y la del Espíritu Santo se unen en una maravillosa sinfonía alabar la ley.

   Versículos 17–20. Pero, si es así, entonces no soy yo quien lo hace, sino el pecado que mora en mí. Porque sé que nada bueno mora en mí, es decir, en mi carne. Porque tengo deseos de hacer lo que es bueno, pero no puedo lograrlo. Porque lo que hago no es lo bueno que quiero hacer; no, lo malo que no quiero hacer, eso es lo que practico. Pero si hago precisamente lo que no quiero hacer, ya no soy yo quien lo hace, sino el pecado que mora en mí.

   La deducción lógica—nótese el “si es así”—de la situación descrita en el v. 16 es que, si Pablo mismo no desea actuar de un modo contrario a la voluntad de Dios, los pecados cometidos deben ser en lo esencial adjudicados no a él sino al pecado. Es la pecadora naturaleza humana, llamada aquí y en otros lugares la carne, la verdadera culpable, la verdadera transgresora. Es ese perverso advenedizo, que mora con Pablo en la propia casa de este último (su alma) el que es la causa de toda esta iniquidad. Es ese intruso el que con tanta frecuencia hace imposible que Pablo haga lo bueno que desea hacer.

   Parecería como si Pablo, por medio de este modo de razonar, estuviese exculpándose de responsabilidad por sus propios pecados. Pero, no es así. Hay dos hechos que siguen siendo ciertos: (a) aun el advenedizo no es un total desconocido, sino que es la propia naturaleza pecadora de Pablo; y (b) a un intruso perverso, a un usurpador ilegal, ¡no se le debe permitir que permanezca!

   La última parte del v. 18 y todo el v. 19 son similares en significado al pensamiento expresado en el v.15. El v. 20 repite en sustancia lo que dicen los vv. 16a, 17.

   Versíc. 21. Así que descubro esta ley: cuando quiero hacer lo bueno, el mal está a mano.

   Las palabras “así que” demuestran que el apóstol resume aquí el contenido de los versículos precedentes (14– 20). Queda inmediatamente claro que cuando él usa aquí el término “ley”, no está pensando en los Diez Mandamientos. En el sentido en que aquí se la usa, la palabra “ley” debe significar algo así como patrón operativo o principio gobernante. Para más respecto a este tema véase sobre v. 23.

   La “ley” inflexible a la que aquí se hace referencia y que el escritor de esta epístola—como cualquier otro creyente — descubre constantemente, es esta: “cuando quiero hacer lo bueno, el mal está a mano”. Si tenemos en cuenta que, según los vv. 17, 20, la naturaleza humana pecadora ha establecido domicilio en la propia casa de Pablo (su alma) y lo ha hecho con propósito perverso, se ve que la afirmación “el mal está a mano” es en realidad muy lógica. Este “mal” aquí personificado puede estar reposando, pero ciertamente no duerme. En este pasaje se lo presenta como si estuviera observando al apóstol para ver si esta por llevar a cabo alguna buena intención. Y cuando algún noble pensamiento o buena iniciativa entra en el corazón de Pablo, el mal lo interrumpe para transformar el buen gesto en lo opuesto.

   En plena consonancia con el v. 21, el escritor prosigue:

   Versículos 22, 23. Porque según mi ser interior me deleito en la ley de Dios; pero veo en mis miembros (corporales) una ley diferente, que está en guerra contra la ley de mi mente, y que me hace prisionero de la ley del pecado que está en mis miembros.

   La palabra “porque” indica que lo que encontramos en los vv. 22, 23 explica el contenido del v. 21. El conflicto entre el bien y el mal mencionado en el versículo anterior queda ampliado y clarificado en el presente pasaje.

   El apóstol habla de dos “leyes” que se contraponen. La primera es la “ley de Dios”. Aunque hay una gran diferencia de opinión respecto al significado de esta expresión, sin embargo, si tenemos en cuenta que Pablo se ha estado refiriendo a la ley de Dios como la revelación de su buena y perfecta voluntad, e inclusive ha citado un mandamiento específico del Decálogo (véanse vv. 7, 8, 12), ¿cómo puede haber alguna buena razón que nos lleve a dudar que también aquí en el v. 22 la expresión “ley de Dios” indicara precisamente ese sistema de principios o reglas morales que está resumido en los diez mandamientos y formulados más concisamente aún en Mt. 22:37 40 (y paralelos)?

   Es necesario tener en cuenta, sin embargo, que para el creyente esa ley divina no es una letra muerta, ni es de manera alguna un medio de salvación. Por el contrario, para él es el principio rector de la expresión de su gratitud.

   Si la entendemos de este modo, no debe sorprendernos que él “se deleite” en la ley de Dios. ¡Los buenos hijos se deleitan en descubrir alguna manera por medio de la cual demostrar a sus padres, o a otros benefactores, cuánto los aman! Respecto a la manera en que los hijos de Dios expresan su deleite en la ley de Dios, véase sobre 7:1.

   Ahora el apóstol afirma que él se deleita en la ley de Dios según su “ser interior”. Cuando él usa este tipo de fraseología no está copiando a Platón o a los estoicos. No está expresando un contraste entre la naturaleza racional del hombre y sus bajos apetitos. Para Pablo el hombre interior es el que está oculto del ojo público. Indica el corazón. Es aquí donde el nuevo principio de vida ha sido implantado por el Espíritu Santo. Por medio de esta implantación, el pecador se ha transformado en un nuevo hombre, una persona que está siendo transformada diariamente a la imagen de Cristo. Respecto a esto estúdiense pasajes tales como 2 Co. 4:16; Ef. 3:16; Col. 3:9,10.

   En sus “miembros corporales” (respecto al cual diremos más en un momento) Pablo ve una ley diferente, una ley que está haciendo guerra constantemente contra la ley de su mente y que lo hace prisionero de la ley del pecado.

   Si se ha de interpretar a la “ley de Dios” como un principio rector, cosa que ya se ha demostrado, entonces la lógica requiere que también está “ley diferente” debe ser explicada de la misma manera. Es claro—como lo acaba de afirma el apóstol que esa “ley diferente” es la ley del pecado. El modo en que la misma opera es algo que ya se ha indicado en el v. 21. Que hace prisioneros al apóstol y a todos los verdaderos creyentes en todos partes es probablemente otro modo de expresar el pensamiento del v. 14b.

    Una y otra vez “la ley del pecado” logra que el escritor de esta carta haga lo que no quiere hacer, y una y otra vez le impide hacer lo que quiere hacer. De estos hechos él se queja amargamente y los deplora profunda y sinceramente.

    Es necesario poner énfasis en la frase “la ley de pecado que está en mis miembros”. Muchas veces a esta frase se la pasa por alto, o se la toca muy al pasar. Con todo, podría ser más importante de lo que generalmente se considera. Que para la mente del escritor debe haber sido bastante significativa es algo que queda claro por el hecho que él hace frecuente uso de la misma. Véanse 6:13 (dos veces); 6:19 (dos veces); 7:5; 7:23 (dos veces); todo esto aparte de las referencias figurativas (o al menos figurativas en una medida considerable) de esta expresión, como ser Ro. 12:5; 1 Co. 6:15; 12:12, 27; Ef. 4:16, 25; 5:30.

    Además de los comentarios hechos previamente sobre estas partes, o miembros, corporales (véase sobre 6:13, 19; 7:5), nótense entonces también lo siguiente: Pablo era un fogoso misionero. Su alma estaba enfrascada en su tarea. Véanse Ro. 15:17–29; 1 Co. 9:22; 2 Co. 5:20, 21. Ganar gente para Cristo, para la gloria de Dios, significaba más para él que aun su libertad personal (Fil. 1:12s). El deseaba intensamente que otros compartiesen su entusiasmo (Fil. 1:4, 18).

    Ahora bien, él se percataba muy bien que la manera de alcanzar a su auditorio era por medio de sus órganos corporales y los de ellos mismos. De gran importancia eran, entonces, la ligereza de sus pies, los dichos de sus labios, la mirada de sus ojos, el movimiento de sus manos, la atención de los oídos de sus oyentes, etc., tanto más si se tiene en cuenta que medios de comunicación tales como los aviones, los anteojos, los audífonos, etc., no se habían inventado todavía.

   No es de sorprender, en consecuencia, que, tanto en el Antiguo Testamento como en el Nuevo, se ponga mayor énfasis en las partes o miembros del cuerpo de lo que se hace en la literatura de hoy en día. En muchos de los siguientes pasajes, ¿nos ocuparíamos quizá hoy en día de hacer mención de los miembros corporales involucrados?

Boca

Gn. 24:57; Job 3:1; Sal. 17:10 ▬▬▬ÞMt. 5:2; 13:35; Lc. 11:54

Labios

Lv. 5:4; Nm. 30:6; Dt. 23:23 ▬▬▬Þ Mt. 15:8; Heb. 13:15; 1 P. 3:10

Lengua

2 S. 23:2; Job 6:30; Sal. 35:28 ▬▬▬Þ Hch. 2:26; Fil. 2:11; 1 P. 3:10

Pies

2 S. 22:37; 1 R. 14:6, 12 ▬▬▬Þ Lc. 1:79; Hch. 5:2; Heb. 2:8

Manos

Gn. 3:22; 8:9; Jos. 2:24 ▬▬▬Þ Lc. 21:12; Hch. 7:41; Heb. 10:31

Ojos

Dt. 7:16; Job 7:7; Is. 13:18 ▬▬▬Þ Lc. 11:34; 1 Co. 2:9; Ap. 1:7

Oídos

Neh. 1:6; Job 4:12; 13:1 ▬▬▬Þ Mt. 10:27; Lc. 12:3; 1 Co. 2:9

 

    Un notable ejemplo de esta referencia constante a las partes del cuerpo ocurre en esta misma epístola a los romanos (3:13–18), donde lengua, labios, boca, pies y ojos son mencionados en una misma frase, en citas del Antiguo Testamento.

   Al mencionar las partes y cualidades físicas, no debe excluirse la posibilidad de que la parte espiritual del ser humano pueda estar incluida. Si lo interpretamos de esta manera, lo que el escritor dice es lo siguiente: “¡Si tan sólo pudiera servir a Dios de un modo totalmente libre de trabas! ¡Que todas mis facultades de cuerpo y alma pudiesen ser puestas al servicio de él y de su causa!” Sea como fuere, lo que viene a continuación es comprensible:

   Versíc. 24. ¡Miserable de mí! ¿Quién me rescatará de este cuerpo de muerte?

   El escritor deplora genuinamente el hecho que, debido a la ley del pecado que aún opera en él, él es incapaz de servir a Dios tan completamente y profundamente como lo desea.

   La conmovedora pena que aquí se manifiesta es definitivamente la de un creyente. ¡Ningún incrédulo podría jamás llegar a estar tan lleno de dolor por sus pecados! El que profiere este lamento es Pablo, hablando en nombre de todo hijo de Dios.

   El lamento que emite es uno de pena, pero no de desesperanza, como lo demuestra el v. 25. Pablo sufre un gran dolor, por cierto: esa miseria causada por el tremendo esfuerzo; es decir, la que viene de esforzarse grandemente sin nunca tener un éxito satisfactorio en vivir en completa armonía con la voluntad de Dios, sino fracasando una y otra vez. El anticipa con ansia el momento en que esta lucha habrá terminado.

   Con esto en mente, él anhela ser rescatado de “este cuerpo de muerte”, es decir, del cuerpo en su presente condición, sujeto a los estragos del pecado y de la muerte.205 Sabe que mientras él viva en este presente “cuerpo de humillación” (Fil. 3:21), la terrible lucha continuará. Pero una vez que cese la vida en ese cuerpo, comenzará el estado de gloria pecado; primero para el alma y después también para el cuerpo.

   Es así que él contesta su propia pregunta con un jubiloso: 25. ¡Pero gracias a Dios por medio de Jesucristo nuestro Señor! El habla con una certeza total. Sabe que cuando un creyente muere, su muerte es ganancia. Estar con Cristo es mucho mejor (Fil. 1:21, 23). El pecado habrá sido dejado atrás para siempre. El conflicto habrá cesado, para nunca volverse. En el lenguaje del apóstol Juan, nada que sea impuro entrará en la Santa Ciudad (Ap. 21:27). Además, ya viene el tiempo en que aun el cuerpo será redimido (Ro. 8:23; cf. Jn. 5:28, 29).

   En su jubilosa acción de gracias el apóstol regresa a la Fuente de toda bendición. El exclama: “¡Gracias a Dios!” Véanse Jn. 3:16; Ro. 8:32; 2 Co. 9:15. Asimismo se da cuenta que fue por medio de Aquel a quien menciona por su nombre completo Jesús (Salvador), Cristo (ungido), nuestro Señor (Soberano, Rey, Dueño), que obtuvo esa salvación, plena y gratuita. Obtenida no solamente para Pablo sino también para todos los creyentes. Por eso él anticipa el día de gloria para todos ellos (1 Co. 15:56, 57; 2 Ti. 4:8).

   Resumiendo todo el argumento, Pablo termina este capítulo escribiendo: Así que, yo mismo con mi mente sirvo a la ley de Dios, pero con mi carne a la ley del pecado.

   Nótese el fuerte contrasté:

a). la ley de Dios contra la ley de pecado

b). mi mente contra mi carne.

      ¿Está diciendo el apóstol entonces que su mente (v. 25b) o su ser interior (v. 22) sirve a la ley de Dios (v. 14, 16, 22); pero su carne (vv. 18, 25b) o pecado que mora en él (naturaleza humana pecadora, vv. 17, 20), sirve a la ley del pecado (v. 23)?

   Aquí debemos proceder con sumo cuidado, ya que el escritor no considera que cosas tales como la mente y la carne sean seres independientes. Por el contrario, como se ha indicado con anterioridad, ambas pertenecen a Pablo. Es él, él mismo—es decir, es el creyente mismo—quien sigue siendo totalmente responsable, como lo aclara una cuidadosa lectura de los vv. 15, 16, 19.

   Por otra parte, también queda claro que estos dos (mente, carne; Pablo el santo, Pablo el pecador) no son correlatos absolutos. No, es con su ser interior o mente que Pablo desea hacer la voluntad de Dios (véanse vv. 15, 16, 18, 20, 21, 22). La carne es la intrusa, que está siendo desalojada y que ciertamente perderá la batalla. Esto no se debe a la bondad de Pablo sino a la gracia de Dios, como el apóstol lo proclama fuerte y alegremente al exclamar: “¡Gracias a Dios por medio de Jesucristo nuestro Señor!” Compárese 1 Co. 15:57, también escrito por el triunfal creyente, ¡Pablo!

   En consecuencia, vemos que el pasaje (v. 25b), considerado en ambas de sus partes—(a) “Yo mismo con mi mente sirvo la ley de Dios” y (b) “pero con mi cuerpo a la ley del pecado”—se enlaza bellamente con el cap. 8, nótese el v. 10 de dicho capítulo; y también que el v. 25a—“¡Gracias a Dios por Jesucristo nuestro Señor!”—es una introducción muy apropiada a 8:1, “Por tanto, ya no hay condenación para los que están en Cristo Jesús”.

   Para más información sobre Ro. 7:14–25; véase sobre 8:1, 2, 5–8.

1er Titulo:

Pasiones Carnales (Santiago 4:1al 4. ¿De dónde vienen las guerras y los pleitos entre vosotros? ¿No es de vuestras pasiones, las cuales combaten en vuestros miembros? Codiciáis, y no tenéis; matáis y ardéis de envidia, y no podéis alcanzar; combatís y lucháis, pero no tenéis lo que deseáis, porque no pedís. Pedís, y no recibís, porque pedís mal, para gastar en vuestros deleites. ¡Oh almas adúlteras! ¿No sabéis que la amistad del mundo es enemistad contra Dios? Cualquiera, pues, que quiera ser amigo del mundo, se constituye enemigo de Dios.)

   Comentario: La relación entre la última parte del capítulo anterior y los primeros tres versículos de este capítulo es clara. Si la amarga envidia y la ambición egoísta han llenado el corazón del hombre (3:14, 16), si su principio conductor es esa sabiduría terrenal que es impía y demoníaca (3:15), y si se ha alienado de Dios, entonces él promueve “desorden y toda clase de mala conducta” (3:16). Cuando tal cosa sucede, las luchas y las reyertas están a la orden del día.

   Versic.1. ¿Qué motiva las luchas y reyertas entre vosotros? ¿No vienen de vuestros deseos que combaten dentro de vosotros?

   Tenemos la impresión de que la iglesia cristiana primitiva se caracterizaba por la paz y la armonía. Piénsese en el período inmediatamente posterior a Pentecostés, en que “todos los creyentes tenían un solo corazón y mente” (Hch. 4:32). Este retrato de la iglesia, sin embargo, se desvanece en el lapso de una década o un poco más. Los destinatarios de la epístola de Santiago luchan, tienen reyertas y están llenos de deseos egoístas que los empujan hacia el pecado tal como lo expresa el escritor en el primer versículo del capítulo 4.

   Una traducción palabra por palabra del texto es la siguiente: “¿De dónde vienen las guerras y los pleitos entre vosotros? ¿No vienen de vuestras pasiones que combaten en vuestros miembros?” (BdA). Hacemos bien en interpretar este pasaje de modo figurado, en el “sentido de luchas, conflictos, reyertas”.

   Muchos traductores evitan dar una versión literal del texto griego. Piensan que la expresión guerra apunta a un área de conflicto que está fuera de la comunidad cristiana. Pero Santiago no está describiendo conflictos internacionales. Como pastor interesado en el bienestar espiritual de su gente, se dirige a “las doce tribus dispersas entre las naciones” (1:1).

   Nótese que Santiago formula una pregunta incisiva: “¿Qué motiva las luchas y reyertas entre vosotros?” El desea conocer el origen de estas luchas y reyertas—el uso del plural indica que las mismas no estaban limitadas a algún desacuerdo ocasional. Por consiguiente, él mira más allá de los síntomas en busca de la causa de estos conflictos.

   Santiago contesta su propia pregunta con una pregunta retórica que requiere una respuesta afirmativa: “¿No vienen de vuestros deseos que combaten dentro de vosotros?” El término deseos (nótese el plural) es la palabra clave. Esta palabra significa que en su vida el hombre escoge placeres terrenales que van contra la voluntad manifiesta de Dios.209 Tal como dice Jesús en la parábola del sembrador: “Los deseos de otras cosas vienen y ahogan la palabra [de Dios], haciéndola estéril” (Mr. 4:19; véase también Lc. 8:14). Con el tiempo, el hombre se transforma en un esclavo de los deseos de su corazón que lo separan de Dios (Ro. 1:24; 2 Ti. 4:3; Stgo. 1:14; 2 P. 3:3; Jud. 16, 18).

   Cuando Dios ya no gobierna la vida del hombre, la búsqueda del placer controla la situación y la paz queda turbada a causa de las frecuentes luchas y reyertas.

   La traducción que utilizamos formula esta frase en las siguientes palabras vuestros deseos que combaten dentro de vosotros. Otras traducciones tienen “en vuestros miembros” en vez de “dentro de vosotros”. ¿Es este conflicto un asunto personal (dentro de vosotros) o una disputa congregacional (entre los miembros de vuestra iglesia)? Encontramos una respuesta a esta pregunta al estudiar la palabra miembro en su contexto bíblico.

   En algunos lugares Pablo utiliza la expresión miembro para describir la iglesia como el cuerpo de Cristo (Ro. 12:4–5; 1 Co. 12:12, 27; Ef. 4:16; 5:30). Pero hablando en términos más estrictos, esta expresión no se refiere a un contexto teológico o sociológico sino al cuerpo humano. Al no haber una clara indicación de que Santiago esté pensando en la iglesia, interpretamos que el término miembros se refiere a los cuerpos físicos de las personas a quiénes se dirige.

   Versíc. 2. Queréis algo, pero no lo obtenéis. Matáis y codiciáis, pero no podéis obtener lo que queréis. Reñís y lucháis. No tenéis porque no pedís a Dios.

   La estructura de esta oración revela cierto grado de paralelismo. Los numerosos verbos que hay en estas breves cláusulas añaden fuerza a la afirmación del escritor de que los lectores no oran a Dios. El deseo de ellos por las posesiones sigue sin ser satisfecho—ellos no “obtienen” lo que quieren.

   La interpretación de la palabra matáis no deja de ser un problema. ¿Está Santiago dando a entender que los lectores son en realidad culpables de homicidio? ¿Estará incorrecto el texto original? ¿Estará hablando Santiago en lenguaje figurado? ¿O es que la oración necesita una puntuación adecuada? Estas son algunas de las preguntas que confrontan a los intérpretes.

» a). Conjetura. En el siglo dieciséis, Erasmo sugirió un cambio de sólo dos letras en el verbo griego que ahora traducimos “matáis”. Con este cambio de redacción este verbo podría traducirse “envidiáis”. Esta lectura equilibraría entonces el resto de la cláusula: “envidiáis y codiciáis”. Esto parece mucho más razonable que la construcción algo ilógica, matáis y codiciáis. Desde el tiempo en que Erasmo formuló esta conjetura, se le han sumado numerosos aliados: Martín Lutero, William Tyndale, Juan Calvino, Teodoro Beza, Joseph B. Mayor, Martín Dibelius, James Moffatt, James B. Adamson, Sophie Laws, y muchos otros.

   La dificultad que encuentra esta conjetura es su falta de apoyo en los manuscritos antiguos. No existe un solo documento que tenga esta lectura. Además, aquellos que favorecen tal conjetura pasan por alto una regla importante de la crítica textual: solamente cuando la palabra en cuestión no tiene ningún tipo de interpretación es permisible efectuar una conjetura. Y lo cierto es que existen interpretaciones razonables del texto.

» b). Puntuación. Los antiguos manuscritos del texto griego carecen de signos de puntuación. De allí que sea tarea del traductor añadir estos signos en los lugares apropiados para que reflejen el significado que el escritor trata de transmitir. Algunos traductores colocan un punto después de la palabra matáis, buscando así crear equilibrio y ritmo en esta secuencia de cláusulas breves:

¿Envidiáis y no poseéis? Matáis.

¿Envidiáis y no podéis conseguir? Combatís y hacéis la guerra.

No tenéis porque no pedís.

   Esta formulación con preguntas y la colocación de un punto después del verbo matáis parecen ser una solución factible a este problema textual. Es cierto, una interpretación literal de este verbo da a entender que los lectores habían cometido homicidio. Si interpretamos el verbo figuradamente, sin embargo, evitamos la objeción de que el contexto no sostiene una interpretación literal.

» c). Metáfora. Otros intérpretes entienden el término matáis en el sentido de odiar.216 Se refieren a aquellos pasajes de las Escrituras que equiparan el homicidio con la ira (Mt. 5:21–22; 1 Jn. 3:15). El contexto general aporta abundante evidencia de que el verbo matáis debe entenderse de modo figurado y no literal (del mismo modo que en versículo precedente [4:1], por ejemplo, la expresión lucha es una expresión menos literal, más simbólica, del sustantivo guerras). Teniendo en cuenta el contexto, aceptamos entonces el sentido figurado. Aun así, cualquiera sea la interpretación que adoptemos, quedarán dificultades de un tipo u otro.

   “Codiciáis, pero no podéis tener lo que queréis”. Cuando un hombre da rienda suelta a sus deseos, ya no obedece el mandamiento no codiciarás. La codicia controla su vida y este poder maligno puede llevarlo al asesinato (1 R. 21:1–14). En suma, cuando un hombre transgrede el mandamiento de no codiciar, todavía carece de la habilidad de cumplir sus deseos; en consecuencia, su vida está llena de reyertas y luchas. ¿Qué es lo que anda mal? Santiago da la respuesta.

   “No tenéis, porque no pedís a Dios”. Estos versículos de Santiago nos traen ecos de las enseñanzas que Jesús impartió en el Sermón del Monte. Jesús dijo: “Pedid y se os dará; … porque todo aquel que pide recibe” (Mt. 7:7–8). No pedir a Dios en oración tiene como consecuencia no recibir. Podemos pensar que los incrédulos se niegan a orar, pero también los creyentes fallan muchas veces al no “llevar todo a Dios en oración”. Muy adecuadas son las palabras de Bartolomé Cairasco de Figueroa:

Es la oración solícito tercero,

que concierta los pleitos más insanos;

es carta de favor, fiel mensajero,

refugio, sombra, albergue de cristianos,

dádiva que reprime al juez severo,

cuerda que liga las divinas manos,

música de admirable punto y letra,

que al mismo Dios el corazón penetra. 

   Versic.3. Cuando pedís, no recibís, porque pedís con malos propósitos, para poder gastar lo que obtenéis en vuestros placeres.

   Santiago nos da una lección acerca de la oración. Dice que aun cuando oramos, no llegamos a recibir una respuesta. La causa de este fracaso no está en Dios sino en el hombre. Cuando el creyente le pide a Jesús algo en su nombre, Jesús atenderá dicho pedido (Jn. 14:13–14). El contexto en el que Jesús hace esta promesa, sin embargo, habla de fe en Jesús por un lado y de gloria a Dios el Padre por el otro. Es decir, cuando el creyente ora a Dios en nombre de Jesús, no sólo debe creer que Dios le escuchará y contestará la oración; también debe preguntarse si su petición dará gloria al nombre de Dios, si avanzará el reino de Dios y si estará en armonía con la voluntad de Dios (Mt. 6:9–10). Si estos son los motivos del creyente cuando ora, Dios le prosperará concediéndole su petición.

    Mucha gente ni siquiera se molesta en orar. Y si lo hacen, llegan a Dios con propósitos equivocados. Carecen de fe. Dice San Pablo: “Todo lo que no viene de la fe, es pecado” (Ro. 14:23). El escritor de Hebreos va directamente al grano: “Y sin fe es imposible agradar a Dios, ya que cualquiera que viene a él debe creer que existe y que recompensa a los que le buscan fervorosamente” (Heb. 11:6). ¿Cómo puede una persona estar segura de tener fe en Dios si nunca ora a Dios? ¿Cómo puede esperar que Dios conteste sus oraciones si rehúsa escuchar la exhortación apostólica a “orar sin cesar” (1 Ts. 5:17)?

   Dios se niega a escuchar a hombres que ansiosamente buscan placeres egoístas. La avaricia es idolatría y esto es una abominación ante los ojos de Dios. Dios no escucha las oraciones que vienen de un corazón lleno de propósitos egoístas. La codicia y el egoísmo son insultos a Dios.

Amistad con el mundo: 4:4

   Marchar sobre la línea divisoria de la ruta es peligroso, como bien lo sabe todo conductor, ya que se le ha enseñado a mantenerse dentro de su propio carril. Esa es una regla de tránsito fundamental para una conducción segura.

   Tampoco puede el cristiano pasarse de la línea divisoria. No puede ser amigo de Dios y amigo del mundo, porque “nadie puede servir a dos amos. U odiará a uno y amará a otro, o será devoto del uno y despreciará al otro” (Mt. 6:24). Un cristiano no puede tratar de satisfacer sus ambiciones egoístas y seguir siendo leal a Dios. De hecho, cuando se pone a contemplar los placeres del mundo, ya le está dando la espalda a Dios.

   Versíc. 4. ¡Gente adúltera! ¿No sabéis que la amistad con el mundo es odio hacia Dios? Cualquiera que escoge ser amigo del mundo se hace enemigo de Dios.

   Nótese los siguientes puntos:

(a). “¡Gente adúltera!”. La traducción que aquí tenemos acentúa lo personal por medio de los signos de admiración. En el texto original figura una sola palabra y ésta significa “adúlteras”. Esto es difícil de interpretar literalmente, especialmente si tenemos en cuenta que el contexto indica que Santiago no está introduciendo un tema de moralidad. Como en los versículos precedentes (4:1–3), necesitamos entender la frase gente adúltera como lenguaje figurado o, más precisamente, como lenguaje espiritual.

   Santiago les escribe a judíos cristianos que están familiarizados con el término adúltera en su aplicación a la relación matrimonial entre Dios como esposo e Israel como mujer infiel. Por ejemplo, Dios le dijo al profeta Oseas: “Ve, toma para ti una mujer adúltera e hijos de infidelidad, porque la tierra es culpable del adulterio más vil al apartarse del Señor” (Os. 1:2).

   Jesús tilda a los fariseos, saduceos, y maestros de la ley de “generación malvada y adúltera” (Mt. 12:39; 16:4; y véase Mr. 8:38; bastardillas añadidas). Además. Jesús habla indirectamente de sí mismo cuando habla de “el novio” (Mt. 9:15 y paralelos) y Pablo dice que Cristo es el esposo de la iglesia (2 Co. 11:2; Ef. 5:22–25; consúltese también Ap. 19:7; 21:9).

(b). “La amistad con el mundo es odio hacia Dios”. Santiago coloca esta afirmación en forma de pregunta y apela al conocimiento intuitivo de sus lectores. ¿Qué esposo permite a su mujer tener una relación ilícita con otro hombre? ¿Y qué pensáis de una mujer que se olvida del amor matrimonial para entrar en una relación adúltera? ¿Cuál pensáis que será la reacción de Dios cuando un creyente se enamora del mundo? Dios es un Dios celoso (Ex. 20:5; Dt. 5:9). El no tolera la amistad con el mundo.

   ¿Qué significa la palabra mundo? La misma representa “todo el sistema de la humanidad (sus instituciones, estructuras, valores y costumbres) organizado sin Dios”. Este es el significado que Pablo quiso transmitir cuando escribió su segunda carta a Timoteo: “Ya que Demas, por amar a este mundo presente, me ha abandonado y ha ido a Tesalónica” (2 Ti. 4:10).

   Santiago se expresa vigorosamente cuando dice que una persona no puede estar en buenos términos con el mundo y con Dios al mismo tiempo. El mundo no tolera a los considera enemigos. Lo contrario también es cierto. Dios considera al “amigo del mundo” como un enemigo.

(c). “Enemigo de Dios”. ¡Qué expresión aterradora! El amigo de Dios que soporta la enemistad del mundo siempre puede hallar consuelo en las palabras del reformador del siglo dieciséis John Knox, quien dijo: “Un hombre con Dios a su lado siempre está en la mayoría”. Pero la persona que se encuentra con Dios como enemigo está sola ya que el mundo no puede ayudarlo. El escritor de Hebreos llega a la siguiente conclusión: “¡Horrenda cosa es caer en las manos del Dios vivo!” (Heb. 10:31).

   ¿Quién es enemigo de Dios? El cristiano ha sido puesto en el mundo, aunque sin ser del mundo (Jn. 17:16, 18). El apóstol Juan advierte: “No améis al mundo ni nada del mundo. Si alguien ama al mundo, el amor del Padre no está en él” (1 Jn. 2:15). Cuando una persona se vuelca intencionalmente al mundo para hacerse parte del mismo, ha hecho una elección consciente de rechazar a Dios y las enseñanzas de su Palabra. Por lo tanto, cualquiera que escoge deliberadamente a favor del mundo y contra Dios se encontrará con Dios como enemigo.

2° Titulo:

Ambición Y Codicia (San Lucas12:13 al 15. porque el Espíritu Santo os enseñará en la misma hora lo que debáis decir. Le dijo uno de la multitud: Maestro, di a mi hermano que parta conmigo la herencia. Mas él le dijo: Hombre, ¿quién me ha puesto sobre vosotros como juez o partidor? Y les dijo: Mirad, y guardaos de toda avaricia; porque la vida del hombre no consiste en la abundancia de los bienes que posee; ▬ San Mateo 6:33. Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas.).

   Comentario 1: La parábola de El rico insensato (El hombre notorio)

   Jesús ha estado enfatizando la necedad de la preocupación. Ha dicho: “¿No se venden cinco gorriones por dos centavos? Sin embargo, ninguno de ellos está olvidado ante los ojos de Dios … No temáis; vosotros sois de más valor que cualquier cantidad de gorriones”.

   En vista de tales palabras de aliento, uno pensaría que la reacción de cada uno sería: “¡Qué ricos somos!”

   Sin embargo, parece que las palabras de Jesús no causaron impresión alguna sobre uno de sus oyentes. Alguien ha dicho, “Cuando hay una herencia, el 99% de la gente son lobos”.

   Versíc. 13. Alguien de la multitud le dijo: Maestro, dile a mi hermano que reparta la herencia conmigo.

   La persona que hizo esta petición podía pensar en una sola cosa: ¡la herencia! Estaba convencido que lo estaban defraudando. Es verdad que se podían encontrar las normas sobre la división de una herencia en Dt. 21:15–17; véase también Nm. 27:8–11 y cap. 36. Pero es posible que en este caso no se estuviera haciendo justicia. Por lo menos así le parecía al que trajo la queja. ¿Era, quizás, el menor de dos hermanos, y se negaba totalmente su hermano a compartir la herencia con él?

   ¿Pero por qué pidió a Jesús que interviniese en este pleito? La razón podría haber sido que él consideró a este Maestro como un rabino y sabiendo que los rabinos a veces solucionaban cuestiones de esta naturaleza, le pidió que llevase este asunto a una conclusión que le favoreciera a él, el hermano menor.

   Versíc. 14. El respondió: Hombre, ¿Quién me ha puesto por juez o árbitro en vuestro pleito?

   Jesús se rehúsa definitivamente cumplir con la petición; probablemente por dos razones:

(a) no quería pasar por alto las autoridades que tenían el deber de ocuparse de tales asuntos; y (b) él mismo había sido designado para realizar una tarea mucho más importante y sublime, a saber, buscar y salvar a los perdidos (19:10).

   El Maestro sabía muy bien que la preocupación con asuntos estrictamente mundanos del peticionario tenía sus raíces en la codicia. Por esto, ahora hace una advertencia dirigida no solamente a este hombre, sino a toda la multitud:

   Versíc. 15. Entonces les dijo: ¡Cuidado! Estad en guardia contra toda forma de codicia.

   Esta es una advertencia muy seria. Que cada oyente la tome a pecho. Que comience a hacer un inventario. Que emprenda la grave tarea de preguntarse una y otra vez: “¿Soy yo quizás un hombre codicioso? ¿Experimento el gozo de dar para las buenas causas? ¿O soy yo quizás una persona egoísta? ¿Tengo una pasión desordenada por las posesiones materiales? ¿De tener honor y prestigio? ¿Poder y posición? En suma, ¿soy codicioso?

   La palabra griega que se traduce codicia es muy descriptiva. Literalmente significa: la sed de tener más, de tener siempre más y más y aún más. Es como si un hombre que tiene sed tomara un vaso de agua salada para saciarla, dado que tiene a disposición sólo esa agua.

   Esto hace que tenga todavía más sed. De modo que sigue tomando más y más hasta que su sed lo mata. En relación con esto piénsese también en una de las palabras alemanas que quiere decir codicia: die Habgier; cf. la palabra holandesa: hebzucht, la pasión descontrolada de tener … tener … tener … más … y … más … y aún más. Jesús dice a esta gente—y nos dice a nosotros hoy—que no nos dejemos esclavizar por este demonio de la codicia, y añade: porque la vida de un hombre [la vida que realmente importa] no consiste en la abundancia de sus posesiones, sus bienes terrenales.

   Comentario 2: (San Mateo 6:33) Un mandamiento positivo que señala un clímax que refuerza la lección que uno debiera poner toda su confianza en el Padre celestial: 33. Pero buscad primeramente su reino y su justicia, y todas estas cosas os serán concedidas como un don especial. Como un contraste con los gentiles, que buscan con angustioso afán el alimento, la bebida y la vestidura, se exhorta a los seguidores de Cristo que busquen primeramente su reino y su justicia. El verbo buscar implica el ser absorbido en la búsqueda, un esfuerzo perseverante y agotador por obtener (cf. 13:45). La forma del verbo usado también permite la traducción: “Buscad constantemente” (cf. Col. 3:1). Nótese: buscad, primeramente; esto es, dad a Dios la prioridad que le corresponde (2 Co. 4:18).

   El objeto de este buscar es “su reino y su justicia”. Por lo tanto, los oyentes reciben la exhortación de reconocer a Dios como rey en sus corazones y vidas, y de hacer todo lo que les sea posible para que otros puedan reconocerle como rey también en sus corazones y vidas, y en toda esfera: la educación, el gobierno, el comercio, la industria, la ciencia, etc. En cuanto al concepto “reino de los cielos”, véase sobre 4:23. Es lógico que cuando se reconoce a Dios como rey, prevalecerá la justicia. En cuanto a este concepto, véase sobre 5:6 y 5:48. Estas dos cosas (reino y justicia) van juntas. En realidad, “el reino de Dios es (significa) justicia” (Ro. 14:17), una justicia que se imputa a los hombres y les es impartida, una justicia que es una posición legal y una conducta ética al mismo tiempo.

   Ahora, es verdad que este reino y su justicia son dones otorgados por gracia. Son su reino y su justicia. Sin embargo, son objeto de una búsqueda constante y diligente, de un esfuerzo incesante y arduo a fin de lograrlo. Estas cosas no son contradictorias. Un ejemplo de la naturaleza aclarará esto. Por sí mismo el árbol no tiene poder para sustentarse. Sus raíces son como manos vacías extendidas hacia el ambiente. Depende del sol, el aire, las nubes y el suelo. Ni siquiera tiene el poder de absorber la alimentación que necesita. El sol es la fuente de su energía. Pero, ¿significa esto que el árbol está inactivo? De ningún modo. Sus raíces y hojas, aunque enormemente receptivas, están muy activas. Por ejemplo, se ha estimado que la cantidad de trabajo realizado por cierto árbol grande en un solo día para hacer subir agua y minerales desde el suelo hasta las hojas era igual a la cantidad de energía gastada por una persona que sube trescientos baldes de agua, de a dos cada vez, por una escalera de unos tres metros y medio. Las hojas también son virtuales fábricas. También están tremendamente activas.

   Lo mismo vale con respecto a los ciudadanos del reino. Ellos reciben el reino como un regalo. Sin embargo, después que han recibido el principio de vida, los receptores se hacen muy activos. Trabajan con mucho ardor, no por medio de algo que haya en ellos mismos, sino por el poder que les está proporcionando constantemente el Espíritu Santo. Ellos se “ocupan en su salvación”, y pueden hacerlo porque “Dios es el que está obrando en ellos tanto el querer como el hacer por su beneplácito” (Fil. 2:12, 13. Véanse también Mt. 7:13; cf. Lc. 13:24; 16:16b). Confían en las promesas de Dios, oran, difunden el mensaje de salvación, y por gratitud realizan buenas obras para beneficiar a los hombres y glorificar a Dios.

   La recompensa de gracia: “todas estas cosas os serán concedidas como un don especial”. Mientras ellos concentran su atención en el reino y su justicia el don de Dios para ellos, su Padre celestial vela a fin de que tengan comida, bebida y ropa. Para mejor aclaración, véanse 1 R. 3:10–14; Mr. 10:29, 30; y 1 Ti. 4:8.

3er Titulo:

Saludable Consejo Para La Juventud En Su Lucha Contra El Pecado (2ª Timoteo 2:22 y 23. Huye también de las pasiones juveniles, y sigue la justicia, la fe, el amor y la paz, con los que de corazón limpio invocan al Señor. Pero desecha las cuestiones necias e insensatas, sabiendo que engendran contiendas.).

   Comentario:22. El modo de limpiarse es apartarse de lo que es malo y allegarse a lo que es bueno. Por eso Pablo prosigue: Pero huye de los deseos juveniles y corre tras la justicia, la fe, el amor, y la paz con aquellos que invocan al Señor de corazón puro.

   Cuando Pablo escribió estas palabras, Timoteo debe de haber tenido entre 37 y 42 años de edad (véase comentario sobre 1 Ti. 4:12). Era joven todavía, especialmente en relación con la posición de confianza y responsabilidad que ocupaba. Así que el apóstol le advierte contra “los (o, “aquellos bien conocidos”, nótese el artículo) deseos juveniles”. Pero, ¿qué quiere decir?

   La palabra deseo que se usa en el original, sea en sentido favorable o desfavorable, siempre indica un fuerte deseo. Como se señala en la nota, se usa más frecuentemente en un sentido desfavorable que en sentido favorable. En este pasaje, se refiere a un deseo definitivamente pecaminoso (“huye de los deseos juveniles”). Tales deseos pecaminosos, como lo muestra también la nota, pueden clasificarse más o menos a la manera de la psicología moderna (aunque aquí estos deseos difícilmente podrían llamarse pecaminosos), como sigue:

(1) Placer, etc., el deseo desmedido de satisfacer los apetitos físicos: el “deseo” de comer y beber, la locura de disfrutar placeres, deseos sexuales descontrolados (Ro. 1:24; Ap. 18:14, etc.).

(2) Poder, etc., la pasión descontrolada de ser el número 1, el deseo de “brillar” o de ser dominante. Esto produce envidia, rencillas, etc. Esta tendencia pecaminosa está incluida en forma prominente en referencias tales como Gá. 5:16, 24; 2 P. 2:10, 18; Jud. 16, 18.

(3) Posesiones, etc., el deseo descontrolado de llegar a tener posesiones materiales y de gozar la “gloria” que de ellos deriva (véase 1 Ti. 6:9 en su contexto).

   Objetivamente hablando, Cristo triunfó sobre el primero cuando en la primera tentación dijo: “No sólo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios” (Mt. 4:1–4); sobre el segundo cuando, en la segunda tentación, se negó a lanzarse desde el pináculo del templo (Mt. 4:5–7); y sobre el tercero cuando, en la tercera tentación, se negó a recibir como obsequio de la mano de Satanás “todos los reinos del mundo y la gloria de ellos” (Mt. 4:8–10). Como resultado de su triunfo, recibió de su Padre celestial, en un sentido mucho más glorioso, las mismas cosas con las que el diablo le había tentado (en el caso de Cristo, sin embargo, las tentaciones fueron enteramente objetivas; no hubo tendencias pecaminosas subjetivas).

   Puesto que estos deseos desordenados con frecuencia se presentan en forma más turbulenta en la juventud que en edades maduras—a medida que un cristiano madura los supera por medio de la gracia santificadora del Espíritu Santo, conduciéndole gradualmente hacia la madurez espiritual—, se les llama adecuadamente “deseos de la juventud” (literalmente, “los deseos juveniles”).

   Debemos evitar dos extremos. Primero, es erróneo hacer que toda referencia sea exclusiva o predominantemente a los deseos sexuales descontrolados. En segundo lugar, no es necesario excluirlos completamente del contenido de esta expresión. En la forma aquí usada, la expresión probablemente deba ser tomada en su sentido más general, indicando todo anhelo pecaminoso al que se expone el alma de un joven o de una persona relativamente joven. Si dentro de esta connotación general se halla cualquier elemento especial de énfasis, debe ser derivado del contexto. En el caso presente quizás estuviera la tendencia del joven a ser algo impaciente con los que se le ponen en el camino. El elevado carácter moral de Timoteo, unido a sus años juveniles, podría inducirlo a actuar en forma algo desconsiderada hacia los que se oponían a la verdad. Una persona naturalmente reservada, tímido y amable, como Timoteo, a veces puede actuar en forma más bien impulsiva cuando al fin, contrariamente a su tendencia natural, se ve incitado a la acción. Pero aquí no se puede determinar si Pablo estaba pensando o no en alguna forma en este peligro particular de la juventud. Los deseos pecaminosos de la juventud pueden ser considerados en el sentido más general, y así como el antónimo de las virtudes ahora mencionadas: “la justicia, la fe, el amor, la paz”.

   Gramaticalmente, también es posible interpretar las palabras de Pablo como que significan sencillamente esto: “Timoteo, sigue haciendo exactamente lo que has estado haciendo. Sigue en tu carrera, huyendo de los deseos juveniles y corriendo tras la justicia, la fe, el amor, la paz,” etc. Pero, aunque el tiempo usado en el original permite esta interpretación, no la exige. Además, está en línea con la tendencia muy práctica de la mente de Pablo el suponer que estos vigorosos mandatos tienen alguna referencia a la realidad y eran advertencias que se necesitaban realmente, sí, necesitadas aun por Timoteo debido a cierta debilidad de carácter, aun cuando no se hayan enunciado en forma expresa. En nuestro deseo de hacer plena justicia a la hermosura del carácter de Timoteo, ¡no le pongamos alas!

   Entonces, el joven asociado de Pablo debe huir constantemente de las tendencias pecaminosas de la juventud, y debe cultivar el hábito de correr tras las virtudes aquí enumeradas. Notemos que en el original hay una aliteración en las palabras traducidas correr tras la justicia (aquí como en 1 Ti. 6:11); y nótese la estructura quiástica de la oración, con los vicios y virtudes (la última, “paz”, ampliada en una frase compuesta) en cada extremo de la oración; y las acciones opuestas—“huye”, “corre tras”— una junto a la otra en el centro.

   Puesto que la mayoría de los conceptos aquí mencionados ya han aparecido antes, referimos al lector a la explicación más detallada en 1 Ti. 4:12 y 6:11. Entonces, en resumen, lo que Pablo está pensando puede ser parafraseado de la siguiente manera:

   Huye de las tendencias pecaminosas de la juventud y corre tras (persigue firmemente) lo siguiente: a. ese estado de corazón y mente que está en armonía con la ley de Dios (“justicia”); b. la confianza humilde y dinámica en Dios (“fe”); c. un profundo afecto personal por los hermanos, incluyendo en tu interés benevolente aun los enemigos (“amor”); y d. una comprensión sin perturbaciones, perfecta (“paz”) con todos los cristianos (los que en oración y alabanza “invocan” al Señor Jesucristo—cf. Jl. 2:32; Ro. 10:12; 1 Co. 1:2—de corazón puro). El “puro corazón” es la personalidad interior de los que están “apartados de la injusticia” (v. 19) y se han limpiado efectivamente (v. 21).

   Versíc. 23. A la amonestación del v. 22 se añade ahora una segunda: Pero las cuestiones necias e ignorantes, recházalas, sabiendo que engendran contiendas.

   Véase lo que ya se ha dicho con referencia a esto en nuestro comentario del v. 14 y sobre 1 Ti. 1:4; 4:7; 6:4; cf. también Tit. 3:9. Timoteo no sólo debe contenerse y no librar batallas verbales completamente inútiles (v. 14), sino que también debe rechazar, cortés, pero definidamente, el preocuparse con las (nótese el artículo definido) bien conocidas cuestiones que darían como resultado esas batallas verbales. Tales cuestiones son necias. No tienen sentido; son el tipo de cosas que uno asocia con los niños pequeños. Son ignorantes “faltos de educación” o “sin instrucción”; esto es, son la obra y la marca de hombres ignorantes. La persona que ha sido adecuadamente educada en la verdad redentora de Dios es capaz de distinguir entre lo que es digno y lo que es indigno, y no se preocupa de cuestiones tan inútiles (sobre genealogías y otras tradiciones judaicas). Timoteo debe negarse constantemente a tener algo que ver con ellas, porque sabe que generan o engendran contiendas.

No podemos luchar contra el pecado sin tener la mirada puesta en Cristo.

“Mata el pecado o el pecado te matará a ti” — John Owen.

   Romanos 8 es uno de mis capítulos favoritos en la Biblia. Pablo dice que “ahora no hay condenación para los que están en Cristo Jesús”, enseñando que el Espíritu Santo habita en todo cristiano genuino (v. 1-11). Por lo tanto, la nueva vida del creyente no está caracterizada por la carnalidad, sino por las cosas de Dios.

   Pero en el versículo 13, encontramos una advertencia de vida o muerte: “Porque si ustedes viven conforme a la carne, habrán de morir; pero si por el Espíritu hacen morir las obras de la carne, vivirán”. Tenemos la responsabilidad de hacer morir todos los días el pecado, o como dijo John Owen, “mortificar el pecado”. Así se evidenciará que somos hijos de Dios (v. 14).

   De este lado de la eternidad, no dejaremos de pecar completamente. Como hombres imperfectos, siempre vamos a cometer errores. Pero aquí el apóstol Pablo nos explica que, con la ayuda del Espíritu Santo, podemos vencer el pecado para que no gane ventaja sobre nuestras vidas.

    El fracaso de muchos cristianos radica en que no fueron humildes para reconocer sus debilidades, nunca confesaron sus pecados, y nunca fueron confrontados.

Reconoce tu condición de pecador.

   El fracaso de muchos cristianos radica en que no fueron humildes para reconocer sus debilidades, nunca confesaron sus pecados, y nunca fueron confrontados. “El que encubre sus pecados no prosperará; Mas el que los confiesa y se aparta alcanzará misericordia” (Proverbios 28:13).

   Nada debería ser excusa para no confesar tus pecados ante el Señor y tus hermanos. El inicio de una vida cristiana llena de fruto comienza cuando vamos a Cristo en arrepentimiento y fe, dejando que su gracia nos transforme.

   Incluso si piensas que no tienes problemas con algún pecado habitual, debes reconocer que somos vulnerables si nos descuidamos. Si no tratamos con los pecados ocultos en nuestras vidas, ponemos en duda nuestra certeza de salvación (1 Jn. 3:8-10).

Amén, Para La Honra Y Gloria De Dios.

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Hno Roberto Saldías Roa

Miembro de la IEP en Nacimiento Bajo, nació en el evangelio del Señor en la Iglesia de Laja 1975. Casado con María Nahuelmán, estudia teología de manera autodidacta. Me gusta mucho leer y escribir.

 

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