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Semana del 10 al 16 de febrero de 2020: “El pecado de desobediencia aleja a la juventud de Dios”.

Semana del 10 al 16 de febrero de 2020: “El pecado de desobediencia aleja a la juventud de Dios”.

Lectura Bíblica: Hebreos 4:6 al 11. 6 Por lo tanto, puesto que falta que algunos entren en él, y aquellos a quienes primero se les anunció la buena nueva no entraron por causa de desobediencia, 7 otra vez determina un día: Hoy, diciendo después de tanto tiempo, por medio de David, como se dijo: 

Si oyereis hoy su voz, 

No endurezcáis vuestros corazones.

8 Porque si Josué les hubiera dado el reposo, no hablaría después de otro día.  9 Por tanto, queda un reposo para el pueblo de Dios. 10 Porque el que ha entrado en su reposo, también ha reposado de sus obras, como Dios de las suyas.11 Procuremos, pues, entrar en aquel reposo, para que ninguno caiga en semejante ejemplo de desobediencia. 

   Comentario: La enfática amenaza “ellos nunca entrarán en mi reposo” no descarta que Dios honre su promesa para con aquellos que creen. Algunos entran en el reposo de Dios.

   [6]. Todavía resta que algunos entren en ese reposo; y aquellos a quienes anteriormente se les predicó el evangelio no entraron a causa de su desobediencia. [7] Por consiguiente, Dios nuevamente estableció cierto día, llamándolo Hoy, cuando mucho tiempo después hablo por medio de David, como se dijo anteriormente:

“Hoy, si oís su voz, no endurezcáis vuestros corazones”.

   Nótense las siguientes observaciones.

[a]. Hecho inalterable. Por su conocimiento de la historia bíblica, el lector sabe que Josué y Caleb entraron en la tierra de Canaán. Pusieron su confianza en Dios, que cumplió con su Palabra. Recibieron el privilegio de entrar en la Tierra Prometida, puesto que Dios no falta a su Palabra. Este hecho sigue siendo cierto a lo largo de las edades, y es inalterable.

   Así el lector de estos versículos es exhortado a entrar al reposo de Dios, puesto que Dios es fiel a su Palabra y cumple su promesa. Una cuidadosa lectura de 4:6 demuestra que el pensamiento que se expresa es algo incompleto. En efecto, la cláusula introductoria: “Todavía resta que algunos entren en ese reposo”, necesita una observación que la concluya, quizá en forma de una exhortación. Y esta exhortación es hecha en 4:11, “Hagamos, por lo tanto, todo esfuerzo para entrar a ese reposo”. Si aceptamos la Palabra de Dios en fe y hacemos su voluntad obedientemente, la promesa de reposo también se cumplirá en nosotros. Tal hecho es incuestionable.

   [b]. Justa recompensa. Algunos entran en el reposo de Dios; a otros se les niega la entrada. Esto no es un asunto de injusticia ni de favorecer a un grupo por sobre el otro. Antes bien, el escritor de Hebreos percibe que tal distinción es justa. Dice él: “Aquellos a quienes anteriormente se les predicó el evangelio no entraron a causa de su desobediencia”. Esa gente que oyó la voz de Dios desde el Sinaí y que recibió la ley de Moisés, se negó a aceptar la promesa. Ellos tenían excusa, ya que, aunque oyeron el evangelio, escogieron desobedecer. Recibieron lo que les correspondía cuando les fue negada la entrada a Canaán. Su incredulidad se convirtió en desobediencia; el corazón y la mano estaban caprichosamente opuestos a Dios y a su Palabra.

   [c]. Promesa repetida. Dios sigue teniendo el control de todo: él domina y predomina. Su promesa, que los israelitas pasaron por alto y que por ende fuera anulada, es repetida por Dios: “Por consiguiente, Dios nuevamente estableció cierto día, llamándolo Hoy”.

   La palabra Hoy enfatiza las características de relevancia, a temporalidad y novedad. El texto indica que Dios estableció un cierto día y menciona que “mucho tiempo después habló por medio de David”. Dios atraviesa los siglos que van desde la vida en el desierto hasta el gobierno davídico; desde Moisés, que registra la historia de Israel en el Pentateuco, hasta David, que compone sus cantos para el Salterio. El hace que su promesa esté disponible hoy, que es el momento de abrazar la misericordiosa oferta de salvación. Dios apela a los lectores:

Hoy, si oís [mi] voz,

no endurezcáis vuestros corazones.

   [d]. Validez sin límite temporal. ¿Por qué es siempre válida la promesa de Dios? El escritor contesta esta pregunta en por lo menos tres versículos del capítulo 4: Dios ha hablado (vv. 3, 4, 7). Simplemente la frase como Dios ha dicho, que en el original griego aparece en tiempo perfecto, significa que lo que Dios dice tiene validez permanente (véanse también Heb. 1:13; 10:9; 13:5). No importa cuantos siglos pasen, la Palabra de Dios abarca todas las edades; su mensaje es tan claro, firme y seguro hoy como lo fuera cuando lo pronunciara por vez primera. La Palabra de Dios es divinamente inspirada y, como dice Pablo: “útil para enseñar, redargüir, corregir y adiestrar en justicia” (2 Ti. 3:16).

   [8]. Porque si Josué les hubiese dado reposo, Dios no habría hablado después de otro día.

   El escritor claramente apela a la historia bíblica, más específicamente, a los libros de Deuteronomio y Josué. Dios prometió reposo a los israelitas errantes cuando Moisés declaró: “Pero vosotros cruzaréis el Jordán y os asentaréis en la tierra que el SEÑOR vuestro Dios os da como herencia, y él os dará reposo de los enemigos que os rodean para que viváis seguramente” (Dt. 12:10; véase también Dt. 3:20; 5:33).

   Esta promesa se cumplió literalmente cuando Josué se dirigió a las tribu de Rubén y Gad y a la mitad de la tribu de Manases: “Ahora que el SEÑOR vuestro Dios ha dado a vuestros hermanos reposo, tal como lo prometiera, regresad a vuestros hogares en la tierra que Moisés el siervo del SEÑOR os diera del otro lado del Jordán” (Jos. 22:4; véase también Jos. 1:13, 15; 21:44; 23:1).

   El escritor demuestra una vez más que conoce muy bien las Escrituras del Antiguo Testamento, y como teólogo experto formula la siguiente oración condicional: —“Porque si Josué les hubiese dado reposo—y sabemos que Dios cumplió esta promesa—Dios no habría hablado después de otro día, como lo hace en el Salmo 95”. En otras palabras, el reposo del cual Dios habla es un reposo espiritual y tiene un significado más amplio que el de vivir seguramente en Canaán.

   El reposo que Dios quiso para su pueblo trasciende lo temporal y llega a lo eterno. Es un reposo espiritual producido por el evangelio, ya sea que se haya predicado en los días del Antiguo Testamento o en los del Nuevo. Es un reposo del pecado y del mal. Zacarías Ursino, con ayuda de Gaspar Oleviano, expresó dicho reposo adecuadamente:

que todos los días de mi vida

descanse de mis malas obras,

deje al Señor obrar en mí mediante su Espíritu

y comience así en esta vida

el eterno día de reposo.

   [9]. Queda, entonces, un reposo sabático para el pueblo de Dios; [ 10]. porque todo aquel que entra en el reposo de Dios descansa también de su propia obra, así como Dios lo hizo de la suya.

   Basándose en el Salmo 95, el escritor ha demostrado que el reposo del que disfrutaron los israelitas en Canaán no era el reposo que Dios tenía pensado para su pueblo. El reposo prometido es un reposo sabático; esta es, por supuesto, una referencia directa al relato de la creación (Gn. 2:2; véase también Ex. 20:11; 31:17) acerca del reposo de Dios en el séptimo día.

   Para el creyente el día de reposo no es simplemente un día de descanso en el sentido de ser una del trabajo. Es más bien un reposo espiritual—una cesación del pecar. Trae consigo la noción de estar ante la presencia sagrada de Dios junto con su pueblo en culto de adoración y alabanza. B. Richards tuvo un vislumbre de lo que será el reposo sabático cuando escribió:

Celebremos a porfía al autor de aquel gran don,

Que nos da festivo día y se goza en el perdón.

Aceptemos hoy con gusto el descanso semanal,

Esperando el día augusto del reposo celestial.

   ¡El día de reposo es, sin duda, un emblema del reposo eterno! Durante nuestro tiempo de vida en la tierra, celebramos el día de reposo y sólo en parte nos damos cuenta de lo que hay incluido en el reposo sabático. En la vida por venir experimentaremos plenamente el reposo de Dios, ya que entonces habremos entrado en un reposo que es eterno. “Bienaventurados de ahora en adelante los muertos que mueren en el Señor’. ‘Sí’, dice el Espíritu, ‘descansarán de sus trabajos, porque sus obras con ellos siguen’” (Ap. 14:13).

   ¿Quiénes son, entonces, los que entran en ese reposo? ¿Sólo aquellos que mueren en el Señor? La respuesta es esta: Todos aquellos que por fe experimentan felicidad en el Señor por estar unidos a él. Jesús ora por aquellos que creen en él: “para que todos sean uno, Padre, así como tú estás en mí y yo en ti” (Jn. 17:21). En Dios tenemos perfecta paz y reposo.

Mi corazón, Señor, no reposa

Hasta reposar en Ti.

—Agustín

   No obstante, el texto indica que toda aquel que entra en el reposo de Dios lo hace solamente una vez. Entra en ese reposo solamente cuando su obra ha terminado. Disfruta entonces de un descanso celestial ininterrumpido del cual han sido quitados la muerte, el llanto, el clamor y el dolor; en ese tiempo la morada de Dios estará con los hombres; él vivirá con ellos y será su Dios, porque ellos son su pueblo (Ap. 21:4).

   [11]. Hagamos, por lo tanto, todo esfuerzo por entrar en ese reposo, para que nadie caiga siguiendo el ejemplo de desobediencia de ellos.

   Hebreos 4:6 sirve como introducción a 4:11. Si tomamos la cláusula introductoria, el versículo 11 se lee así: “Dado, pues, que todavía resta que algunos entren … hagamos, por lo tanto, todo esfuerzo por entrar a ese reposo”. Los versículos interpuestos deben ser considerados como un pensamiento parentético.

   [a]. “Hagamos, por lo tanto, todo esfuerzo por entrar en ese reposo”. De ahora en adelante, dice el escritor, esforcémonos por entrar en el reposo de Dios. No demos ya por ganado dicho reposo, sino que con esfuerzo luchemos por vivir en armonía con Dios, por hacer su voluntad y por obedecer su ley. Pablo, en su epístola a los filipenses, formula el mismo pensamiento con otras palabras: “Continuad ocupándoos en vuestra salvación con temor y temblor” (2:12). Este celo debería ser el sello distintivo de toda creyente y la consigna de la iglesia. No hemos de ser fanáticos, pero debemos demostrar certeza interior en la obediencia a la Palabra de Dios. El escritor de Hebreos no cesa de advertir y exhortar a sus lectores. Habla con definitiva seriedad cuando dice: “En vuestra lucha contra el pecado, no habéis resistido todavía hasta el punto del derramamiento de sangre” (Heb. 12:4).

   [b]. “Para que nadie caiga”. La palabra clave de esta cláusula es el término caiga, el cual es, por supuesto, un recordatorio directo del peregrinar de los israelitas por el desierto tal cual está registrado en el Pentateuco y en el Salmo 95. Esta gente pecó, y como consecuencia de la maldición de Dios, sus cuerpos cayeron en el desierto. La palabra caer debe ser tomada en un sentido más amplio que el de una mera referencia a la muerte física; incluye caer y apartarse espiritualmente y quedar, por ende, totalmente en ruinas. Los que han caído han perdido su salvación y merecen la destrucción eterna.

   Como pastor que guarda su rebaño, el escritor de Hebreos exhorta a sus lectores a cuidarse espiritualmente unos a otros. Subraya la responsabilidad de cada creyente para con los miembros individuales de la iglesia. Nadie de la comunidad cristiana debe ser desatendido de modo tal que, librado a sus propios recursos, caiga (véase Heb. 3:12; 4:1).

   [c]. “Siguiendo el ejemplo de desobediencia de ellos”. Los israelitas desobedientes que perecieron en el desierto se transformaron en un ejemplo para sus descendientes. Llegaron a ser una lección objetiva de cómo no vivir ante la presencia de Dios. Los padres les enseñarían a sus hijos (Sal. 78:5–8) cuales fueron las consecuencias de la desobediencia para los israelitas rebeldes en su viaje hacia la tierra de Canaán. Y les advertirían de no seguir su ejemplo.

   En forma implícita el escritor de Hebreos le está diciendo a sus lectores: Si alguno de ustedes cae siguiendo el ejemplo de los israelitas en el desierto, él mismo se transformará en un ejemplo para sus contemporáneos, y cada cual tomará su fracaso como advertencia para no cometer el mismo error. En vez de ello, el lector debe hacer todo lo que está en su mano para caminar por el sendero de la obediencia y para exhortar a su hermano y hermana en el Señor a hacer lo mismo.

    La incredulidad lleva a la desobediencia premeditada, lo que resulta en una incapacidad de llegar al arrepentimiento. ¿Y cuál es la conclusión? La respuesta es directa y al punto: condenación eterna. Por consiguiente, dice el escritor, hagamos todo esfuerzo por entrar en el reposo de Dios.

Consideraciones doctrinales en 4:6–11

   Si Josué, al guiar a los israelitas en su entrada a la tierra de Canaán, les hubiera dado reposo, el salmista no hubiese tenido que repetir la promesa del reposo (Sal. 95:11). El reposo prometido en el Salmo 95 y explicado en 4:10 es una copia del reposo de Dios; este reposo es obtenido por el creyente en el arrepentimiento personal y en una dedicación ardiente a la obediencia a Dios. Cuando el creyente reposa de sus malas obras, entra en el descanso sabático concedido al pueblo de Dios.

   Dios nos mandó que recordáramos el día de reposo santificándolo y, haciendo referencia a la semana de la creación y a su propio descanso del séptimo día, nos ordena que sigamos su ejemplo (Ex. 20:8– 11; véase también Dt. 5:12–15). El sustantivo reposo no transmite la idea de inactividad sino la de paz. “Representa la consumación de una obra concluida y el gozo y la satisfacción que se derivan de ello. Tal fue el” prototipo que Dios estableció.

   Uno de los temas de la epístola a los hebreos es el uso recurrente del escritor a afirmaciones que describen una condición contraria al hecho (véanse Heb. 4:8; 7:11; 8:7). El escritor emplea una oración condicional en cada caso y demuestra que en la era veterotestamentaria el reposo (Heb. 4:8) y el pacto (Heb. 8:7) eran incompletos. La perfección, escribe él, no se podía lograr (Heb. 7:11). Pero Cristo trajo cumplimiento a la promesa y a la profecía cuando entregó la plenitud de la revelación de Dios.

   El nombre Josué (Heb. 4:8) es, en el Nuevo Testamento griego, equivalente al nombre Jesús. Josué, hijo de Nun, dirigió a los israelitas en el cruce del río Jordán y en su entrada a la Tierra Prometida, donde ellos encontraron reposo y paz de su peregrinación y guerras. Jesús guía a su pueblo ante la presencia de Dios y les concede el eterno reposo sabático.

1er Titulo

La desobediencia, pecado original (Génesis 3:1 al 6. 1Pero la serpiente era astuta, más que todos los animales del campo que Jehová Dios había hecho; la cual dijo a la mujer: ¿Conque Dios os ha dicho: No comáis de todo árbol del huerto? 2Y la mujer respondió a la serpiente: Del fruto de los árboles del huerto podemos comer; 3pero del fruto del árbol que está en medio del huerto dijo Dios: No comeréis de él, ni le tocaréis, para que no muráis. 4Entonces la serpiente dijo a la mujer: No moriréis; 5sino que sabe Dios que el día que comáis de él, serán abiertos vuestros ojos, y seréis como Dios, sabiendo el bien y el mal. 6Y vio la mujer que el árbol era bueno para comer, y que era agradable a los ojos, y árbol codiciable para alcanzar la sabiduría; y tomó de su fruto, y comió; y dio también a su marido, el cual comió, así como ella.).

   Comentario: (1) La pareja cede a la tentación de la serpiente, 3:1–6. La serpiente, instrumento externo de tentación, ofrece a la mujer un destino mejor del que Dios había establecido para la pareja. Apela a la satisfacción de las necesidades más básicas del ser humano: sustento, desarrollo ilimitado de sus capacidades y deseo de controlar el destino de sus vidas sin depender de un ser superior (Dios).

   La mujer no cede inicialmente a la tentación, sino después de un proceso de evaluación externa e interna que finalmente la lleva a concluir que el árbol es bueno, atractivo y codiciable. La Biblia repetidamente advierte al hombre del peligro de este proceso mental y emocional hacia el pecado (Mat. 5:27, 28; Stg. 1:14, 15; 1 Jn. 2:16). La mujer come del árbol dando también a su marido quien aparentemente estaba con ella todo el tiempo. El hombre también escoge desobedecer a Dios admitiendo luego su decisión libre y su acción individual (v. 12). El apóstol Pablo responsabiliza a la desobediencia de Adán la entrada del pecado y la muerte en la raza humana (Rom. 5:12–21; 1 Cor. 15:21, 22), admitiendo que la desobediencia de Eva también tiene su consecuencia específica en la mujer (2 Tim. 2:11–15).

   El conocimiento que adquieren el hombre y la mujer los hacen sentir con vergüenza uno del otro, contrario a la relación mutua anterior (2:25) y con temor ante la presencia de Dios. A las preguntas de Dios, el hombre y la mujer intentan eludir su responsabilidad, aunque admiten su acción desobediente.

La triple T

   Y fueron abiertos los ojos de ambos, y se dieron cuenta de que estaban desnudos. Entonces cosieron hojas de higuera, y se hicieron ceñidores (3:7).

La triple “T” de aquel evento se repite en nuestra propia experiencia:

* Tentación, es la invitación a desobedecer al Señor.

* Transgresión, es la violación de la orden del Señor.

* Tragedia, es el resultado de la desobediencia.

   Tentación, transgresión y tragedia pintan el cuadro triste de la tentación y la caída en el pecado. El acto fue sencillo, pero la desobediencia fue de graves consecuencias. Toda la humanidad, descendencia de Adán, fue afectada por la muerte. Más tarde Pablo escribe que “en Adán todos morimos”.

Verdad práctica

   Seréis como Dios, conociendo el bien y el mal (3:4). La media verdad es mucho más dañina que la mentira. El tentador dijo a la mujer que al comer de la fruta prohibida tendrían la capacidad de conocer el bien y el mal. Una

media verdad era que sus ojos serían abiertos y que efectivamente iban a experimentar la diferencia entre el bien y el mal. La otra media verdad era que, al tener esa experiencia, habrían desobedecido la palabra de Dios y por lo tanto no podrían volver a su estado de inocencia. Satanás atrae con “carnadas” que parecen la verdad, pero que resultan ser una trampa mortal.

2° Titulo:

Aleja al joven de las bendiciones divinas (Josué 5:6. Porque los hijos de Israel anduvieron por el desierto cuarenta años, hasta que todos los hombres de guerra que habían salido de Egipto fueron consumidos, por cuanto no obedecieron a la voz de Jehová; por lo cual Jehová les juró que no les dejaría ver la tierra de la cual Jehová había jurado a sus padres que nos la daría, tierra que fluye leche y miel.).

    Comentario: Todos los hombres de guerra. Esto es, salvo Caleb y Josué (Núm. 14: 30). Parece ser que los sacerdotes, o posiblemente todos los levitas, fueron exentos de la sentencia de muerte pronunciada en Cades, y que algunos 198 de ellos sobrevivieron. Se menciona específicamente que Eleazar, hijo de Aarón, entró en la tierra prometida (ver Ex. 6: 25; 28: 1; Jos. 24: 33). Entre los 12 espías (Núm. 13: 3-16) no había ningún representante de los levitas. Tampoco había levitas entre los “hombres de guerra”.

   LA OBEDIENCIA ES MAS IMPORTANTE

 Ahora sigue una pregunta: ¿Por qué la circuncisión ahora, y aquí frente a sus enemigos y en su territorio?  ¿No fue un tiempo y lugar imprudente y peligroso para tal práctica?  (Hay que entender que la circuncisión deja al hombre incapacitado por algunos días).  Josué comprendía muy bien que la obediencia basada en el temor de Jehová era más importante que enfocarse primero en la mejor estrategia militar humana.  Josué estaba muy consciente de la incapacidad venidera frente a sus enemigos porque ya la había experimentado.  Pero su fidelidad a la voluntad de Dios era primordial, tanto como la preparación espiritual del pueblo era más importante que la militar.  Al tomar en cuenta todo, hubiera sido un riesgo mayor no circuncidar en el campamento, debido a ignorar su preparación espiritual.

    Ceremonias en Gilgal, 5:1–12. Estas ceremonias reinauguran el proceso histórico del pueblo de Dios. La idea es que con el milagroso cruce del río Jordán los hebreos retoman el proyecto divino. Por esa razón tienen lugar aquí los ritos sagrados que sirven de renovación del pacto con Jehovah, interrumpido por la desobediencia de la primera generación (Núm. 14:33).

   El acto de la circuncisión de los hijos de Israel tiene un sentido teológico en este pasaje. Su interés radica en mostrar que ante lo inminente de la toma de Jericó la preparación más importante radicaba no en la afinación de la destreza militar, sino en la reanudación del pacto. En el fondo esta es la razón principal por la cual el pueblo llega a poseer esta tierra.

   El “de nuevo” del v. 2 no significa que se repita el mismo acto con los varones del pueblo, sino que es la segunda ocasión especial en que se iba a realizar una circuncisión general. Al parecer fue realizada con anterioridad a la celebración de la Pascua, y el rito llegó a ser considerado como requisito para los que participarían de la Pascua (comp. Éx. 12:43 48).

   Según el texto la Pascua no se había vuelto a celebrar, por la desobediencia del pueblo en el desierto manifestada en incredulidad. Para el autor del libro de Josué es un hecho que esa generación por su rebeldía había interrumpido parcialmente la experiencia del pacto, es decir, en la vida del pueblo, pues Jehovah se mantuvo siempre fiel. De ahí que en este libro se enfatice un nuevo comienzo, una nueva etapa en la vida e historia de Israel que implicaba una ruptura con la herencia de la generación perdida en el desierto. Es como la ruptura de un huevo. Este no se rompe dos veces sin que ya se haya derramado su contenido. Es necesario tener uno nuevo para comenzar de nuevo. Hay daños irreparables y eso es lo que el autor considera que sucedió a esta generación del desierto. El acto de la circuncisión, que se lleva a cabo en este lugar del peregrinaje, compromete a los “hijos de aquellos” (v. 7a) con la nueva empresa, que implica la iniciación de una nueva etapa en la historia de este pueblo. Esto marcaría una huella no sólo física sino espiritual, pues ahora tenían el mismo privilegio y la gran responsabilidad que tuvieron sus padres cuando recién salieron de Egipto. Aspiran obtener una tierra que fluye leche y miel, donde hay abundancia de lluvias que permiten la fertilidad.

   La celebración de la Pascua inaugura una nueva etapa de Israel en Canaán como lo hizo en Egipto. Además, se debe destacar un detalle que conlleva el significado del cambio. El texto dice: “…comieron del producto de la tierra, panes sin levadura y espigas de tostadas. Y el maná cesó…” (vv. 11b, 12a). De esta forma el pueblo pasó de la habitual comida que Jehovah había provisto durante el peregrinaje a la comida fruto de la tierra. Esto constituía su establecimiento en la tierra que habrían de labrar y que les daría la posibilidad de sobrevivir.

   Esta historia no deja pasar la oportunidad para enriquecerse con detalles. Deja enseñanza sobre el paso de lo provisional a lo permanente, del pasado al futuro, de lo que Dios puede suplir durante las emergencias a lo que Dios puede facilitar para el desarrollo de nuestras capacidades.

   ¡Cuán espantoso es el caso de ellos, ver la ira de Dios que viene a ellos sin poder eludirla ni escapar! Tal será la situación horrible de los impíos; las palabras no pueden expresar la angustia de su sentir ni la grandeza de su terror.

   ¡Oh, que ahora ellos acepten la advertencia y, antes que sea demasiado tarde, huyan a refugiarse y se aferren de la esperanza puesta ante ellos en el evangelio! Dios imprimió este temor en los cananeos y los desesperanzó. Esto dio un breve reposo a los israelitas, y la circuncisión quitó el oprobio de Egipto.

   Como consecuencia fueron reconocidos como hijos legítimos de Dios que tienen el sello del pacto. Cuando Dios se glorifica al perfeccionar la salvación de su pueblo no sólo silencia a todos los enemigos, sino que les quita su oprobio.

   Ellos faltaron a la segunda promesa y pacto generacional entre los judíos. Jehová dijo: Ellos NO obedecieron la vos de Jehová. Vv 6 • Ejemplos: ¿Que beberemos? Exodo 15:24 (26) • ¿Quién nos da de comer carne? Números 11:1;4 -10 (30-34) • ¿Quién nos guía ahora? Números 14:1-4; (11-12); (20-35) • Josué no dudo en agarrar su cuchillo y proceder a circuncidar a todas esas nuevas generaciones delante de Jehová, porque obedecía su vos en todo momento y respetaba sus mandatos y sus pactos. Josué 5:7-9

Conclusión: Aprendemos que las generaciones nuevas se olvidan de Dios, porque los padres no obedecieron la voz de Jehová Dios.

3er Titulo:

Castigo de la desobediencia (Hebreos 2: 1 al 4. 1Por tanto, es necesario que con más diligencia atendamos a las cosas que hemos oído, no sea que nos deslicemos. 2Porque si la palabra dicha por medio de los ángeles fue firme, y toda transgresión y desobediencia recibió justa retribución,  3¿cómo escaparemos nosotros, si descuidamos una salvación tan grande? La cual, habiendo sido anunciada primeramente por el Señor, nos fue confirmada por los que oyeron, 4testificando Dios juntamente con ellos, con señales y prodigios y diversos milagros y repartimientos del Espíritu Santo según su voluntad.).

   Comentario: Uno de los eslabones que hay entre el primer capítulo y el segundo son las referencias directas e indirectas que el escritor hace a la triple investidura de Cristo: profeta, sacerdote y rey. En el primer capítulo, el escritor describe al Hijo como la persona mediante la cual Dios habló proféticamente (1:2), como sumo sacerdote que “proveyó purificación por los pecados” (1:3), y como aquel que, rodeado de esplendor real, “se sentó a la diestra de la Majestad en el cielo” (1:3). El escritor continúa este énfasis en el capítulo dos describiendo a Cristo como el Señor, aquel que como profeta anuncia la salvación (2:3), que como rey está “coronado de gloria y honor” (2:9), y que es “un misericordioso y fiel sumo sacerdote al servicio de Dios” (2:17).

   En el capítulo 1, el escritor presenta a Jesús como “Hijo” (vv. 2, 5) o como “el Hijo” (v. 8), en el capítulo que sigue se refiere a Cristo como “el Señor” (2:3) y como “Jesús” (2:9). En los capítulos subsiguientes el escritor utiliza este y otros nombres con mayor frecuencia.

   A lo largo de su epístola el escritor entreteje enseñanza y exhortación, doctrina y consejos sobre asuntos prácticos. Después de proporcionar un capítulo de introducción que se ocupa de la superioridad del Hijo, el escritor explica el significado de dicho capítulo de modo peculiar y práctico.

   En la exhortación él demuestra ser un pastor amoroso y cuidadoso que busca el bienestar espiritual de todos los que leen y oyen las palabras de la epístola.

   [1]. Debemos prestar atención más diligente, por tanto, a lo que hemos oído, para que no nos deslicemos.

   En este versículo el escritor nos recuerda que hemos recibido un retrato de la eminencia y grandeza de Cristo, y que debiéramos, por lo tanto, escuchar lo que él dice. Es que cuanto más exaltada es la persona, tanto mayor es la autoridad que ejerce, y tanta más demanda que el oyente le preste atención.

   El original, enfático y expresivo, está muy bien transmitido en la versión al inglés New English Bible que dice algo así: “Es así, entonces, que estamos obligados a escuchar con mucha mayor atención lo que se nos ha dicho, por temor a desviarnos del rumbo”. Como es obvio, el negarse a prestar atención a la palabra dicha tiene consecuencias perjudiciales que nos pueden llevar a la ruina. La diferencia entre oír y escuchar puede ser muy notable. Oír puede significar nada más que percibir sonidos que no demandan ni crean acción. Escuchar significa prestar cuidadosa atención a los sonidos que penetran al oído y luego motivan resultados positivos. A un niño sus padres pueden decirle que ejecute alguna tarea hogareña, pero si la tarea es en alguna medida desagradable, éste puede demorarla o postergarla. Ha oído claramente a sus padres, pero en ese momento se niega a escuchar. No hay respuesta.

   El escritor de Hebreos dice que nosotros—y se incluye a sí mismo en este pronombre—debemos disponer nuestras mentes para escuchar atentamente el mensaje divino. Puede ser que las palabras no se escapen inmediatamente de la mente de uno por abulia o falta de atención; sin embargo, siempre existe el peligro de que las palabras caigan en desuso. Moisés enseño al pueblo de Israel su credo (“Oye, oh Israel: EL SEÑOR nuestro Dios, el SEÑOR uno es”, Dt. 6:4) y el resumen de los Diez Mandamientos (“Ama al SEÑOR tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con todas tus fuerzas”, Dt. 6:5). El aleccionó al pueblo para que inculcase las palabras del credo y la ley a sus hijos, hablase de ellas constantemente, las atase a sus manos y frentes, y las escribiese en sus casas y portales (véase Dt. 6:7–9).

   [2]. Porque si el mensaje hablado por medio de ángeles imponía una obligación, y toda violación y desobediencia recibió su justo castigo …

   La expresión palabra hablada por medio de ángeles apunta a la ley que Dios les diera a los israelitas desde el Monte Sinaí. Si bien ni el Antiguo Testamento en general ni Éxodo en particular dan alguna indicación de que Dios usara ángeles para transmitir la ley al pueblo de Israel (Ex. 20:1, Dt. 5:22), tanto Esteban en su discurso ante el Sanedrín (Hch. 7:35–53) como Pablo en su epístola a los gálatas (3:19) mencionan la instrumentalidad de los ángeles. Hay, por supuesto, una referencia a la presencia de ángeles en el Monte Sinaí en la bendición que Moisés pronunció sobre los israelitas antes de morir (Dt. 33:2). Es concebible que la tradición oral preservase esta información para uso de Esteban, de Pablo y el escritor de Hebreos.

   El texto indica que Dios fue quien en realidad habló, aun cuando recurriese a sus mensajeros, los ángeles. La Palabra—es decir, la ley del Antiguo Testamento—era obligatoria porque tras esta Palabra se encontraba Dios, que formalizó un pacto con su pueblo en el Monte Sinaí. Es Dios quien le da validez normativa a su Palabra, puesto que él es fiel a su palabra. Él es el Dios que mantiene su pacto con su pueblo. La Palabra de Dios (Heb. 1:1–2) perdura sin cambios y constituye una revelación que le fuera confiada al pueblo de Dios en diversas y sucesivas ocasiones. En otras palabras, la ley de Dios les llegó a los israelitas por medio de los ángeles desde el Monte Sinaí; el evangelio fue proclamado por el Señor.

   El Antiguo Testamento aporta numerosos ejemplos que demuestran que “todo violación y desobediencia recibió su justo castigo”. En vez de mencionar ejemplos específicos de la historia del Antiguo Testamento, el escritor de Hebreos enfatiza el principio que enseña que transgredir la ley divina resulta en una justa retribución. Toda violación es mala; todo acto de desobediencia, una afrenta a Dios.

   [3a]. ¿Como escaparemos si descuidamos una salvación tan grande?

   La palabra clave de esta parte de la oración, que comenzara en el versículo precedente, es “salvación”. El término ya ha sido utilizado en 1:14, donde se les dice a los lectores que todos los ángeles son espíritus ministradores que sirven a los creyentes (los herederos de la salvación). El valor de la salvación nunca debe ser subestimado, ya que su precio fue el sufrimiento y la muerte de Jesús. A él se le llama autor de la salvación que lleva muchos hijos a la gloria (2:10). Por consiguiente, la salvación del creyente es inconmensurablemente grande.

   Tal como lo declara el versículo 2, el mensaje del Antiguo Testamento no pudo ni puede ser violado sin sufrir las consecuencias. Cuánto más, entonces (dice este versículo), debiéramos nosotros atesorar nuestra salvación. Si llegamos a desatender el mensaje respecto a nuestra redención, es imposible que escapemos a la ira de Dios y al castigo subsiguiente. Cuanto más precioso es el don, tanto mayor es el castigo si no se lo tiene en cuenta.

   [3b]. Esta salvación, anunciada primeramente por medio del Señor, nos fue confirmada por los que le oyeron.

   El eje del capítulo 2, tal como lo fue el del capítulo 1, es Jesús, el Hijo de Dios, que es Señor aun de los ángeles. Y los vv. 2–3 son un ejemplo del tipo de argumento que va de lo menor a lo mayor, método que el escritor emplea repetidamente en esta epístola. Estos versículos recuerdan a los lectores la enseñanza respecto a la superioridad del Hijo (1:4–14); el método de argumentación que usa el escritor enfatiza el contraste que hay entre los ángeles, que transmitieron la ley, y Jesús, que proclamó el evangelio. Los ángeles solamente sirvieron de mensajeros cuando estuvieron presentes en el Monte Sinaí, pero el Señor ha venido con el mensaje de salvación, que él mismo proclamó y que sus seguidores confirmaron por medio de la Palabra hablada y escrita.

   En este versículo (3b) el énfasis recae en Jesús, cuya palabra es cierta. Es verdad que los ángeles trajeron “el mensaje”, mientras que Jesús trajo “salvación”. El escritor empero, emplea un recurso literario denominado metonimia (por medio del cual se trae a la memoria un concepto a través de una palabra que describe una idea relacionada con el mismo. Tenemos un ejemplo en las palabras de Abraham al hombre rico que quiere mantener a sus cinco hermanos fuera del infierno: “Ellos tienen a Moisés y a los Profetas” [Lc. 16:29]. La intención es de decir que tienen el Antiguo Testamento.). Del mismo modo la palabra salvación se refiere al evangelio de salvación proclamado por Jesús. Esta sola palabra abarca la doctrina de la redención en Cristo y se refiere, en cierto sentido, al Nuevo Testamento. Jesús no vino anular la Ley y los Profetas, sino a cumplirlos (Mt.5:17). El Antiguo y Nuevo Testamentos son la revelación escrita de Dios para el hombre, aunque la plenitud de la redención se manifieste en el Nuevo. Jesús, cuyo nombre se deriva del nombre Josué (salvación), fue el primero en proclamar las riquezas de la salvación. Desde el momento de su aparición en público hasta el día de la ascensión, Jesús dio a conocer la plena revelación redentora de Dios. El, que descendió del cielo y que por consiguiente está sobre todos, fue enviado por Dios a dar testimonio de “aquello que ha visto y oído” (Jn. 3:32). Su mensaje de salvación plena y gratuita “fue el verdadero origen del evangelio”.

   No obstante, quizá los lectores podrían argumentar que ellos no habían oído a Jesús proclamar su mensaje, ya que el ministerio terrenal de Jesús duró solamente tres años, los cuales pasó principalmente en Israel. Es incontable el número de personas que jamás tuvo la oportunidad de escucharle. El escritor de Hebreos responde a esta objeción diciendo que el mensaje “nos fue confirmado por aquellos que le oyeron”. Ni él mismo había tenido el privilegio de haber estado entre el auditorio de Jesús; también él había tenido que escuchar a aquellos seguidores que habían oído la palabra dicha por Jesús.

   Esta declaración nos dice que estos seguidores eran fieles testigos de las palabras y obras de Jesús. Ellos, como testigos presenciales, dieron testimonio de la veracidad de los eventos ocurridos y del mensaje que había sido predicado (Lc. 1:1–2). Y el escritor indica que él y los lectores de la epístola pertenecían a la segunda generación de seguidores; no habían escuchado el evangelio de labios de Jesús mismo.

   Este hecho descarta la posibilidad de una paternidad literaria apostólica para la carta a los hebreos. Si tenemos en cuenta que el escritor declara que él y sus lectores tuvieron que fiarse de los informes de los seguidores originales de Jesús, es razonable suponer que habían transcurrido algunas décadas desde la ascensión de Jesús.

   [4]. Dios también dio testimonio de ella por medio de señales, prodigios y diversos milagros, y dones del Espíritu Santo distribuidos según su voluntad.

   El escritor de la epístola da por sentado que sus lectores están bien familiarizados con el evangelio, ya sea por vía oral o escrita, y que tienen conocimiento del comienza y desarrollo de la iglesia cristiana. Es por eso que no da mayores detalles respecto a la proclamación del evangelio por parte de Jesús (1:3) y de los apóstoles, ni especifica cuales fueron las “señales, prodigios, diversos milagros y dones del Espíritu Santo”. El supone que sus lectores conocen bien la historia de la iglesia y, más específicamente, cómo la propagación del evangelio fue acompañada de señales y prodigios sobrenaturales. Su referencia a los dones del Espíritu Santo parece implicar que sus lectores están enterados de aquellos dones que se mencionan en 1 Co. 12:4–11.

   Las señales, prodigios, milagros y dones del Espíritu suplementaron la proclamación de la Palabra de Dios en las primeras décadas del auge y desarrollo de la iglesia cristiana. El libro de Hechos está repleto de vívidos ejemplos de esos milagros. Pedro sanó al cojo que se sentaba a la puerta del templo llamada La Hermosa (3:1–10), reprendió a Ananías y Safira (5:1–11), restauró a un paralítico que no podía levantarse de su lecho (9:32–35), y resucitó a Dorcas de los muertos (9:36–43).

   Aparentemente las palabras señales y prodigios eran una frase muy usada que se refería o al fin del mundo (cuando acontecerían milagros y prodigios) o al período de crecimiento inicial de la iglesia. Las palabras señales y prodigios eran usadas como sinónimos, especialmente en Hechos, donde esta frase, señales y prodigios, figura nueve de las doce veces en que la misma aparece en el Nuevo Testamento. Además, la frase aparece en los primeros quince capítulos de Hechos, que relatan el primer crecimiento y expansión de la iglesia (2:19, 22, 43; 4:30; 5:12; 6:8; 7:36; 14:3; 15:12). Se le encuentra también en el discurso escatológico de Jesús (Mt. 24:24; Mr. 13:22) y en las palabras que Jesús le dijo al oficial real de Capernaúm (Jn. 4:48).

   Los términos milagros y milagroso describen los hechos sobrenaturales de Jesús, que aparecen registrados especialmente en los Evangelios sinópticos (Mt. 7:22; 11:20, 21, 23; 13:54, 58; 14:2; 24:24; Mr. 6:2, 14, 13:22, Lc. 10:13; 19:37; 21:25 [“señales”]). Pedro también usa dicha expresión en su sermón de Pentecostés: “Jesús de Nazaret fue un hombre confirmado por Dios ante vosotros por milagros, prodigios y señales, que Dios hizo entre vosotros a través de él, como vosotros mismos sabéis” (Hch. 2:22). La palabra milagros (o poderes) ocurre también en Hch. 8:13; 19:11, Ro. 8:38; 15:13; 1 Co. 12:10, 28, 29; 2 Co. 12:12; Gá 3:5; Heb. 6:5; y 1 P. 3:22. Entre los dones del Espíritu catalogados por Pablo en 1 Co. 12:4–11 está el don de “poderes milagrosos” (1 Co. 12:10).

   Y dones del Espíritu Santo distribuidos según su voluntad. Poco importa que interpretemos la frase según su voluntad como referencia al Espíritu Santo o a Dios Padre. El versículo paralelo, 1 Co. 12:11, dice que el Espíritu “los distribuye [a los dones] a cada quien, según él lo determina”. Al fin a al cabo es Dios quien atestigua la veracidad de su Palabra. Si interpretamos que las palabras según su voluntad abarcan a señales, prodigios y milagros entonces Dios mismo es el agente que utiliza estos poderes divinos “con el expreso propósito de sellar la verdad del Evangelio”.

Consideraciones prácticas en 2:1–4

   El escritor no es un teólogo aislado en su torre de marfil; demuestra tener un corazón de pastor que se preocupa por la iglesia. Advierte a los lectores y oyentes de su epístola que deben prestar diligente atención a la Palabra de Dios. Es más, él mismo se incluye en las advertencias y en la exhortación.

   Este pasaje es continuación de Heb. 1:1–2. En el evangelio que es proclamado por el Señor y confirmado por aquellos que le escucharon, se da ahora a conocer la revelación total de Dios. El mensaje, ya sea que haya sido comunicado por los ángeles o proclamado por el Señor, constituye la revelación de Dios al hombre.

   En Heb. 2:1–3 el escritor utiliza muchas palabras claves que aun en traducción manifiestan una determinada secuencia:

Nosotros → a nosotros

hemos oído → que le oímos

el mensaje → confirmado por aquellos

hablado → anunciado

por ángeles → por el Señor

salvación

   Repetidamente el escritor advierte al lector que no debe apartarse del Dios vivo (3:12) y escribe que es horrendo “caer en las manos del Dios vivo” (10:31), “porque nuestro Dios es un fuego consumidor” (12:29). El descuidar la Palabra de Dios no parece ser un gran pecado; y, sin embargo, por medio de un contraste entre este pecado y la desobediencia del pueblo en la era veterotestamentaria, enseña que descuidar la Palabra de Dios es una ofensa muy seria. Al habernos dado Dios su revelación total en el Antiguo y Nuevo Testamento, es imposible para nosotros escapar las consecuencias de la desobediencia o de la negligencia.

   La salvación anunciada por el Señor es muy superior a la ley de Dios que le fuera enunciada a los israelitas en el Monte Sinaí. Cristo quita el velo que cubre los corazones de aquellos que leen el Antiguo Testamento (2 Co. 3:13–16).

   Señales, prodigios y diversos milagros fueron hechos por Jesús y por los apóstoles que habían recibido autoridad para actuar durante el establecimiento y crecimiento de la iglesia primitiva. Los dones del Espíritu Santo, sin embargo, acompañan aún a la iglesia de hoy en día.

Amén, para honra y gloria de Dios.

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Bibliografía: Comentario Bíblico Mundo Hispano (Tomo 1-4); Comentario De Hebreos Por William Hendriksen


Hno Roberto Saldías Roa

Miembro de la IEP en Nacimiento Bajo, nació en el evangelio del Señor en la Iglesia de Laja 1975. Casado con María Nahuelmán, estudia teología de manera autodidacta. Me gusta mucho leer y escribir.

 

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