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Revista Fuego de Pentecostés: “Un medio que Dios usa para extender Su obra”.

Revista Fuego de Pentecostés: “Un medio que Dios usa para extender Su obra”.

Por todas nuestras congregaciones, tanto a nivel nacional como internacional, es sabido, que la Revista Fuego de Pentecostés, históricamente ha sido el órgano de información oficial de la Iglesia Evangélica Pentecostal, y que a la fecha, septiembre de 2019, ya cuenta con 1081 publicaciones. Lo anterior se ve ratificado en el hecho que, aún después del “Gran Cisma del 33”, la fracción leal al pastor Willis Collins Hoover, que con los años (1940) se constituyó legalmente como Iglesia Evangélica Pentecostal, mantuvo la edición y nombre de esta revista, la cual hasta la fecha se edita y publica de forma mensual por la Imprenta Eben – Ezer.

 

Pero, ¿Sabemos realmente su origen? ¿Siempre fue llamada así? ¿Qué relación tiene con la Revista “Chile Evanjélico” y “Chile Pentecostal”? A todas estas interrogantes trataremos de dar respuesta en las siguientes líneas, no pretendiendo con esto acabar el tema, sino más bien, presentar de forma objetiva, y recurriendo a los antecedentes históricos disponibles, las bases para comprender su evolución histórica.

 

Al comenzar este análisis, debemos remontarnos a la ciudad de Concepción, específicamente al año 1909, lugar y fecha en la cual el pastor presbiteriano Tulio Rojas junto a gran parte de su congregación, y debido a manifestaciones espirituales experimentadas en el seno de su iglesia, deciden salir de la congregación antes mencionada, para servir a Dios en la forma en que el Espíritu Santo les estaba orientando. Fue en este contexto, que el día 11 de septiembre de 1909, en Concepción, salió a luz el primer número de una revista titulada “Chile Evanjélico”, la cual era redactada por el pastor Tulio Rojas, dando cuenta de las noticias de su feligresía. 

 

Con los años, y en palabras del propio pastor Hoover, se recalcó que: “bajo el prisma de la historia, no es menos que providencial que saliera a luz, este periódico (refiriéndose al Chile Evanjélico)”, esto debido a que fueron cerradas las puertas, y vetadas las columnas del órgano oficial de la Iglesia Metodista Episcopal, “El Cristiano”,  iglesia en la cual ministraba el pastor Hoover, para todo tipo de publicación referida al mover espiritual que manifestaba la iglesia Episcopal en Valparaíso, a no ser, que la línea editorial del texto denigrara el movimiento, pues este tipo de artículos tenía amplia difusión en este medio. El pastor Hoover no limitó sus palabras al respecto, pues también señaló que: “parece más que coincidencia que el primer número saliera el día 11 de septiembre, y la división de la Iglesia Metodista Episcopal (en Santiago de Chile) comenzara el día 12 del mismo mes”.

 

En estas circunstancias, el “Chile Evanjélico” se transformó en un gran aliado del naciente movimiento pentecostal chileno, específicamente de la congregación porteña, y entendiendo la “desventaja editorial” entre las grupos involucrados, de forma natural y empática, dio publicidad a los sucesos acaecidos en Valparaíso, pues se sentían perfectamente identificados en ellos. Lo anterior se ve fielmente reflejado en las temáticas de los artículos publicados por el “Chile Evanjélico”, entre los cuales se cuentan:

  1. N°2: “El Don de Lenguas en Chile”.
  2. N°3: “Los Sucesos de la Población Montiel. ¡Estos que alborotan al mundo!”
  3. N°5: “Poderosa Influencia”. (Una experiencia de Carlos Finney).
  4. N°7: “La Iglesia del Despertamiento”.

 

Todo lo antes expresado llevó al recordado pastor Hoover a señalar que, de esta forma, “nos hicimos francos amigos con el Chile Evanjélico”. Esta amistad puede verse plasmada en las letras que la redacción de la revista  publicó, a un año de su nacimiento, específicamente el 11 de septiembre de 1910, ahí se señalaba que el “Chile Evanjélico” y la Iglesia Pentecostal, “nacieron gemelos, fueron unidos, nacieron para sufrir juntos, nacieron para glorificar juntamente el nombre bendito del Rey de reyes y Señor de señores, para gritar unánimes y llenos de alborozo: “Gloria a Dios”.

 

Con el correr de los meses, y debido a sucesos relevantes que no vienen al caso para este artículo, pero no por eso menos importantes, la iglesia pentecostal chilena ya se había asentado en la contingencia nacional, esto, por lo menos desde mayo de 1910. Pero el transcurso del tiempo también deterioró la salud del pastor Tulio Rojas, situación por la cual decidió dejar su cargo en el incipiente, pero próspero periódico pentecostal, y conferir al hermano Enrique Koppmann, la responsabilidad de su publicación. Lo anterior, lejos de debilitar los estrechos lazos formados entre el “Chile Evanjélico” y la iglesia pentecostal, sirvió para fortalecerlos aún más, lo cual se vio refrendado en el hecho de que para fines de 1910, específicamente un 24 de noviembre, la nueva editorial decidiera cambiar el nombre al periódico, por el de “Chile Pentecostal”, dejando atrás 48 publicaciones del “Chile Evanjélico” realizados en el lapso comprendido entre el, 11 septiembre de 1909, y el 2 de octubre de 1910.

 

El cambio de nombre propició que la revista fuera aún más requerida en el en territorio nacional, como también en el extranjero, y en paralelo, permitió que la influencia del pastor Hoover en la redacción fuera cada vez mayor, esto es posible afirmarlo, ya que en la publicación N°8 del “Chile Pentecostal”, de 6 de abril de 1911, el pastor Hoover aparece como parte del Consejo de Administración del periódico. Con el tiempo, y debido a su destacada labor, la administración solicita al pastor en Valparaíso, “que asuma la dirección responsable en cuanto a material y régimen”. Fue así que desde 1917, hasta diciembre de 1927, la revista “Chile Pentecostal” fue administrada por el pastor Hoover directamente desde el puerto de Valparaíso, publicando un total de 149 números, esto, considerando las publicaciones desde noviembre de 1910.

 

Pero en enero de 1928, los fieles lectores del “Chile Pentecostal” fueron sorprendidos, pues su usual revista rotulaba un nombre diferente, el de “Fuego de Pentecostés”. Desde luego el pastor Hoover preconcibió el asombro de sus lectores, razón por la cual tranquilizó a su audiencia explicando el cambio con estas palabras: “sin duda nuestros hermanos se sorprenderán al ver que la revista que ha ido por los años conquistando sus simpatías cada vez más, haya cambiado su nombre de repente. Es natural su sorpresa, y semejante cambio siempre debe tener algún motivo adecuado y razonable”.

 

En palabras sencillas, como era costumbre en él, para de esta forma darse a entender a todos, el pastor fue explicando en las primeras líneas de la publicación de enero de 1928, los motivos que lo llevaron a cambiar el nombre a la revista. Para este efecto, comenzó esbozando que había sido tal la acogida del periódico, que un tiraje de tres mil ejemplares no daba abasto para las más de 90 congregaciones con las cuales ya contaba la iglesia (número que contemplaba templos centrales y clases). Además, el nombre ya había traspasado fronteras, y entre sus ávidos lectores se contaban hermanos de Argentina, Bolivia, Perú, Estados Unidos, entre otros.

 

Pero el real motivo del pastor, y el cual le llevó a decidir el cambio de nombre, no era la cantidad de ejemplares vendidos, ni los que podrían llegar a venderse, sino más bien, fue una causal que se vio articulada por la cantidad de respuestas que el recibía respecto de los artículos publicados, cartas en las cuales se repetía un factor común, el cual, en palabras del mismo pastor, se configura en la “insinuación de que la revista tendría aún mayor aceptación en el extranjero, si se cambiara el nombre que le hace parecer como sostenedor de algo nacional”, lo cual en estricto rigor, no lo era. Al respecto señaló el pastor: “últimamente hemos recibido cartas que francamente expresan el alto aprecio en que se tiene nuestro periódico, y con la misma franqueza nos manifiestan que el título es un verdadero obstáculo a su mayor utilidad y bendición”.

 

El pastor Hoover no fue indiferente a esta proposición, por el contrario, la consideró motivo suficiente para cambiar el rótulo de la revista “Chile Pentecostal”, por el de “Fuego de Pentecostés”, entendiendo que el derramamiento del Espíritu Santo es un deseo de Dios para las naciones, y no un don exclusivo para cierto país, y para satisfacer este sentir divino, el nombre de la revista, más que un aliciente, era un impedimento, pues hacía sentir a los lectores extranjeros, ajenos a este mover del Espíritu, por ende, si el nombre fuera cambiado, muchos más desearían y buscarían el Bautismo del Espíritu Santo. Este fue el real motivo que encausó la decisión, y las palabras del Apóstol Pablo fueron la confirmación perfecta, para que el pastor Hoover tomara la decisión de cambiar el nombre al periódico, pues ellas le recordaron que “en Cristo no hay judío ni griego, sino que todos somos uno en Él”, recordándole con esto, que “de una sangre hizo Dios todo el linaje de los hombres”.

 

 Los antecedentes históricos señalan, que a la conclusión que llegó el pastor Hoover respecto al tema, fue la siguiente: “creemos, pues, hacer un bien en tomar las medidas que nos harán útiles al mayor número posible, y al mismo tiempo estrecharnos más con los hermanos de otros países. Creemos así ensalzar la grande verdad de que:

Soy extranjero aquí, en tierra extraña estoy;

mi hogar está muy lejos, del sol más allá”.

 

En el “Fuego de Pentecostés”, N°82, de julio de 1935, el pastor Hoover consideró a bien publicar un extracto de una carta enviada por un hermano de otra denominación, como también la respectiva respuesta que el entregó. Para el efecto de nuestro estudio estimamos que es importante compartir parte de su contestación, pues en ella se vislumbra una de las tantas, pero más importante de las motivaciones, que lo llevaban a lograr ese nivel de compromiso y ahínco con las publicaciones de la revista. En su respuesta el enfatizó: “el fin que perseguimos, es dar a las almas cosas útiles para la vida espiritual. Las cosas de Dios no son chilenas, ni yanquis, ni alemanas, ni chinas, ni son de valor porque sucedieron en tal o cual parte del mundo, sino PORQUE SON DE DIOS. Repetimos, nuestro fin es que todo artículo, sea largo o corto, ponga énfasis sobre la vida espiritual, nos ayude a crecer en la gracia, en fe, en amor, en humildad, en mansedumbre, en el espíritu de sacrificio, de obediencia, en fin, EN SEMEJANZA A DIOS”.

 

Al concluir este artículo, esperamos que sea de bendición para todo aquel que lo lea, como también, le ayude a entender el origen y desarrollo de nuestra Revista Fuego de Pentecostés. Pero, no queremos aventurarnos en dar una fecha concreta respecto al inicio de ella, sino más bien, y de acuerdo a los antecedentes presentados, dejar esta decisión a vuestro arbitrio. Si desean retrotraer la historia de nuestra revista al 24 de noviembre de 1910, fecha en la cual el “Chile Evanjélico” pasó a denominarse “Chile Pentecostal”, o quizás remontar su origen al año 1917, cuando al pastor Hoover se le designó como editor general de la misma, u optan por definir el inicio en enero de 1928, mes en el cual la revista aparece rotulada por primera vez con el nombre “Fuego de Pentecostés”, será decisión vuestra, pero consideren en este ejercicio, que nuestro recordado pastor Willis Collins Hoover, fue un colaborador directo y activo en este periódico, por lo menos desde abril de 1911, es decir, a menos de dos años de la fundación del “Chile Evanjélico”, e independientemente de la conclusión a la que lleguen, recuerden las palabras de nuestro pastor, “aquí se nos ve, desde hoy, con otro nombre, y ¡quiera Dios! que este nombre haga arder de nuevo y con mayor intensidad el fuego del Espíritu Santo en estas páginas, de tal manera que muchísimos de los que las lean sean encendidos y bautizados con el Espíritu Santo y fuego”.

 

Amén, a Dios sea la gloria.

 

 

Bibliografía: 

  • Revista Chile Evanjélico: N°45, septiembre de 1910.
  • Revista Chile Pentecostal: N°5, enero de 1911; N°8, abril de 1911.
  • Revista Fuego de Pentecostés, N°1, enero de 1928; N°82, julio de 1835.

 

*Fuentes históricas proporcionadas por nuestro hermano Manuel Alveal Vera. 

 

 

 

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Rodrigo Turra Morales

Miembro de la IEP en San Carlos Poniente. Administrador en Historia y Contingencia IEP & TeAdoramos.Org. Estudiante de Derecho - Universidad de Magallanes.

 

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