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“Obra Del Espíritu Santo En La Iglesia” (Parte 2)

“Obra Del Espíritu Santo En La Iglesia” (Parte 2)


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Semana del 3 al 9 diciembre de 2018

   Lectura Bíblica: Los Hechos Cap. 15, versículos 28 y 29. Porque ha parecido bien al Espíritu Santo, y a nosotros, no imponeros ninguna carga más que estas cosas necesarias: que os abstengáis de lo sacrificado a ídolos, de sangre, de ahogado y de fornicación; de las cuales cosas si os guardareis, bien haréis. Pasadlo bien.

   Comentario: Ya se ha anticipado este tema en la obra del Espíritu Santo en las distintas dispensaciones. Además, la obra del Espíritu de Dios en la iglesia y en el creyente es muy parecida, puesto que lo que acontece en la iglesia como cuerpo de Cristo, también sucede en los creyentes como miembros de ese cuerpo. Pero en general podemos seguir una obra séptuple del Espíritu Santo en y por medio de la Iglesia.

   Después de estudiar en primer lugar la acción del Espíritu en el terreno objetivo, hemos examinado, con amplitud, su acción en el creyente individual. La Biblia va más allá de este enfoque atomístico, sin embargo. También revela una acción corporativa del Espíritu, es decir, una acción que se refiere a los creyentes tomados colectivamente. Nos dice lo que hace el Espíritu, no sólo en el creyente como individuo, sino en la iglesia como un todo. Es más que coincidencia que el Credo de los Apóstoles, después de confesar la creencia en el Espíritu Santo, confiese inmediatamente que hay una iglesia santa, católica (universal) y la comunión de los santos. En este capítulo, por tanto, examinaremos el tema El Espíritu Santo y la Iglesia, y observaremos, en forma sucesiva, que el Espíritu Santo establece, unifica, pertrecha, gobierna, y guía a la iglesia.  

  1. El Espíritu Santo Establece a la Iglesia

   Dios tiene una iglesia sobre la tierra que se compone de todos los verdaderos cristianos. Ningún hipócrita se encuentra en ella. Es un organismo espiritual del cual es miembro todo creyente verdadero, sea cual fuere su afiliación a organizaciones externas. Esta iglesia es cuerpo en el cual todos los miembros están vitalmente unidos, de manera que no viven sólo por sí mismos y para sí mismos, esto es, aparte de los demás; sino que están unidos unos con otros en un enlace real.

   Se entra a formar parte de esta iglesia por Jesucristo. Él es la puerta. Nadie entra en la iglesia sino por la puerta. Pero fuera de la puerta, por así decirlo, está el Espíritu Santo, quien en forma soberana se acerca a ciertos individuos y los conduce irresistiblemente hacia esa puerta, y a través de ella, de manera que se conviertan en miembros de la iglesia de Jesucristo. En otras palabras, el Espíritu Santo establece la iglesia de Cristo.

   La naturaleza y método de esta acción fundadora del Espíritu se ven claramente en la Biblia. Nos percatamos que, a fin de entrar a formar parte de la iglesia, uno debe nacer de nuevo por el Espíritu Santo, como Jesús indicó a Nicodemo cuando dijo, ‘El que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios’ (Jn. 3.5). Todo miembro debe confesar también que Jesucristo es Señor, y esto sólo se puede hacer con el poder del Espíritu. Dijo Pablo, ‘Nadie que hable por el Espíritu de Dios llama anatema a Jesús; y nadie puede llamar a Jesús Señor, sino por el Espíritu Santo’ (1 Co. 12.3). En el mismo capítulo, Pablo afirma en forma específica, que las personas se unen a la iglesia por medio del Espíritu. Al comparar la iglesia con un cuerpo, dice: ‘Porque por un solo Espíritu fuimos todos bautizados en un cuerpo, sean judíos a griegos, sean esclavos o libres; y a todos se nos dio a beber de un mismo Espíritu’ (v. 13). El significado esencial de bautizar es unir. Así pues, Pablo nos dice que quienes quiera que seamos, podemos pertenecer a la iglesia invisible sólo por medio del Espíritu Santo. Estos pasajes nos enseñan que es el Espíritu Santo el que nos une a la iglesia, de la cual Cristo es la cabeza.

   Establece la iglesia de Cristo por medio de la regeneración. Del mismo modo que el Espíritu Santo formó el cuerpo físico de Jesucristo en la encarnación, así también forma el cuerpo místico de Jesucristo, es decir, la iglesia.

No se debería pensar, como algunos pretenden, que el Espíritu fundó la iglesia en Pentecostés y no estuvo activo en la iglesia del tiempo del Antiguo Testamento. Esteban habló de la iglesia ya existente incluso en el desierto (Hch. 7.38). Pablo dijo que los efesios gentiles eran uno con Israel porque estaban en Cristo Jesús (Ef. 2.11-16).

Y Pablo, al comentar en forma infalible Oseas 1, interpreta las alusiones de Oseas a los israelitas del Antiguo Testamento como si se aplicaran a los cristianos romanos (Ro. 9.24-26). Así pues, la iglesia es una tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, y siempre ha sido el Espíritu Santo quien ha introducido los nuevos miembros a la iglesia, ya fuera en la dispensación del Antiguo Testamento ya en la del Nuevo.

   Como no hay hipócritas engañadores en el cuerpo místico de Cristo, es decir, la iglesia invisible de Jesús, y como no hay salvación fuera de la iglesia invisible de Cristo, cada uno debería preguntarse si ha sido bautizado en el sentido espiritual por el Espíritu Santo para entrar a formar parte del cuerpo de Cristo. Sin este bautismo no hay salvación.

 Texto: Romanos Cap. 8, versículo 16. El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios.

1er Titulo:

El Espíritu Santo Otorga A La Iglesia Iluminación Para Guiarla A Toda Verdad. (San Juan 16:13. Pero cuando venga el Espíritu de verdad, él os guiará a toda la verdad; porque no hablará por su propia cuenta, sino que hablará todo lo que oyere, y os hará saber las cosas que habrán de venir; 1 de Juan 2:20. Pero vosotros tenéis la unción del Santo, y conocéis todas las cosas; y 27. Pero la unción que vosotros recibisteis de él permanece en vosotros, y no tenéis necesidad de que nadie os enseñe; así como la unción misma os enseña todas las cosas, y es verdadera, y no es mentira, según ella os ha enseñado, permaneced en él).

   Comentario: En el capítulo anterior vimos que la revelación es la fuente de todo conocimiento. Dios ha dado al hombre dos clases de revelación: general y especial. La revelación general es la que se encuentra en todas partes del mundo creado.

   La revelación especial es la Biblia. Estas dos revelaciones son la fuente de todo conocimiento. Si bien la revelación general es fuente de conocimiento, no se puede interpretar bien sin la Biblia. Explicamos el hecho de que la Biblia, por medio de la acción comprensiva del Espíritu Santo, es la voz constante de Dios y no contiene error. Si alguien quiere poseer conocimiento verdadero, debe acudir a estas dos revelaciones, y en ellas puede conseguir la certeza que busca.

   Afirmamos, sin embargo, que no es suficiente que nuestro conocimiento posea una revelación externa y objetiva donde se encuentra infaliblemente inscrita la verdad. Esto bastó en una época cuando el pecado no había entrado en el mundo, cuando Adán y Eva todavía eran inocentes.

   Pero una vez que el pecado hubo entrado en el mundo, tanto la revelación general como la especial fueron insuficientes para proporcionar el conocimiento verdadero. No es que estas dos revelaciones fueran insuficientes en sí mismas, ni fueran deficientes. Al contrario. En cuanto a la revelación general, el mundo creado revelaba claramente las cosas invisibles de Dios (Ro. 1.20). En cuanto a la revelación especial, el Espíritu Santo nos dio la Biblia que en las lenguas originales es infalible, tanto en las palabras mismas como en sus más pequeñas letras, ‘sus jotas y tildes.’ Las revelaciones son perfectas, claras y sencillas.

   La deficiencia no está en ellas. Son perfectamente suficientes para darle al hombre conocimiento absoluto.

   El problema está, sin embargo, en el hombre, y en este capítulo veremos cómo el disfrute de la vista, o la iluminación de la mente para que el hombre pueda leer bien la Biblia, es también acción del Espíritu Santo. En primer lugar, deberíamos caer en la cuenta que el hombre necesita iluminación espiritual. En segundo lugar, deberíamos advertir que el Espíritu Santo es el único que puede colmar esa necesidad.

La Iluminación del Espíritu

   Para adquirir conocimiento verdadero no basta, pues, poseer la clara revelación de Dios; el hombre también debe poder ver. Y precisamente ahí es donde también entra el Espíritu Santo. Da al hombre no sólo un libro infalible, sino también ojos para que lo pueda leer.

  Algunos de los pasajes ya mencionados muestran claramente que sólo Dios es quien puede abrir los ojos espirituales y no el hombre. El Salmista, al sentirse incapaz de abrir los ojos por sí mismo, le pide a Dios que lo haga suplicándole: ‘Abre mis ojos, y miraré las maravillas de tu ley’ (Sal. 119.18). Trató de hacerlo por sí mismo. No pudo. Por ello pide a Dios, el único que puede, que abra sus ojos. Del mismo modo, Lucas dice que fue el Señor quien abrió los ojos de los discípulos para que pudieran entender y leemos que fue el Señor quien abrió el corazón de Lidia para que pudiera comprender.

   En forma más específica, sin embargo, es la tercera Persona de la Trinidad, y no el Padre ni el Hijo, quien ilumina la mente del hombre. Así como es él quien da la comprensión y sabiduría naturales en primer lugar (ver el capítulo segundo), así también es él quien restaura esta sabiduría después de que el hombre ha caído.

   Esto está profusamente claro, especialmente en cuatro pasajes de la Escritura. En x Corintios 2, Pablo afirma que no vino a Corinto ‘con excelencia de palabras o de sabiduría’ (v. 1), y prosigue, ‘ni mi palabra ni mi predicación fue con palabras persuasivas de humana sabiduría, sino, con demostración del Espíritu y de poder, para que vuestra fe no esté fundada en la sabiduría de los hombres sino en el poder de Dios’ (2.4, 5). En otras palabras, Pablo, o ni ningún otro hombre, es capaz de comunicar fe ni el conocimiento necesario para la fe por medio de la oratoria, la elocuencia, ni la lógica. Antes bien, esta fe proviene por la demostración y el poder del Espíritu Santo. Este es quien entra en el corazón en una forma indescriptible y misteriosa, el que convence a la persona en manera irresistible de la verdad del evangelio, y el que, por tanto, lo hace creer. De ahí que la fe de los corintios no se apoya en algo tan superficial como la sabiduría de los hombres, sino en el poder del Espíritu Santo.

   Más adelante, en este mismo capítulo, Pablo vuelve a insistir sobre el mismo punto al contrastar al hombre natural con el espiritual (2.14, 15). El hombre natural, como hemos visto, está ciego, y por consiguiente no puede percibir las cosas del Espíritu de Dios. ‘En cambio el espiritual juzga todas las cosas’ (2.15). Cuando habla de la persona ‘espiritual,’ Pablo quiere decir la persona en la que mora el Espíritu Santo. Sólo una persona así, como dice Pablo, puede juzgar y discernir todas las cosas. Por consiguiente, el Espíritu Santo es necesario para la iluminación de la mente.

   En Efesios 1.17, Pablo dice también, muy claramente, que es el Espíritu Santo el que ilumina la mente; porque pide, no que la inteligencia de los creyentes sea agudizada no se trata de conocimiento nuevo – sino que pide, específicamente, el Espíritu de sabiduría y revelación para que ‘los ojos de su entendimiento’ sean iluminados a fin de que puedan conocer las cosas del Espíritu de Dios.

   A los Tesalonicenses les dice que el evangelio no les llegó sólo de palabra, ya fuesen escritas u orales, sino que fue acompañado del poder del Espíritu, de modo que fue recibido con gran gozo (1 Ts. 1.5, 6).

   Finalmente, Juan escribe que sus lectores ‘tienen la unción,’ es decir, al Espíritu Santo en ellos. La consecuencia es, escribe, que ‘conocéis todas las cosas’ (es decir las cosas básicas, espirituales, 1 Juan 2.20) y que ‘la unción misma os enseña todas las cosas’ (v. 27).

   En resumen, cuando el Espíritu Santo entra en la vida de la persona la ilumina, le da entendimiento, la enseña, abre sus ojos, quita el velo de su corazón, y sensibiliza su corazón a fin de que pueda conocer las cosas del Espíritu de Dios. Sin él el hombre es ciego para ver las verdades de la revelación; pero cuando hay demostración del Espíritu y de poder, el hombre conoce las cosas.

   Debería observarse cuidadosamente que el Espíritu Santo no ilumina al hombre comunicándole una revelación secreta – conocimiento nuevo. No ha habido más revelaciones desde que la Biblia quedó completa; la revelación especial concluyó con el Nuevo Testamento. Además, dar revelaciones nuevas sería tan inútil como tratar de que el ciego viera porque se colocan dos soles en el firmamento, en vez de uno. No, el Espíritu Santo no ilumina al hombre, dándole más conocimiento, sino actuando misteriosamente en su corazón, a fin de que pueda ver la revelación ya dada. El Salmista no necesitó otra ley, sino el que se le abrieran los ojos para ver la ley que ya estaba ante él. Los judíos inconversos no necesitaron revelaciones adicionales a las de Moisés, sino que se les quitara el velo del corazón. Los efesios no necesitaron otro evangelio, sino que se disipara la oscuridad que les impedía ver el evangelio que Pablo ya les había predicado.

   Y cuando Pablo escribe a los Tesalonicenses que ‘nuestro evangelio no llegó a vosotros en palabras solamente, sino también en poder, en el Espíritu Santo y en plena certidumbre,’ no dice que les dio un mensaje nuevo, sino que el antiguo les llegó en una forma nueva. De manera semejante, la razón de que los cristianos de Corinto pudieran entender el evangelio, en tanto que otros sabios no podían, no fue por una revelación nueva que les había sido dada, sino por la antigua que les había llegado con ‘demostración del Espíritu y de poder.’

   Esta iluminación se podría comparar a la apertura de los ojos de Balaam cuando el ángel del Señor se le interpuso. El ángel estaba allí, y el asno lo podía ver, pero Balaam no. A fin de que Balaam viera, Dios no tuvo que colocar otro ángel delante de él, sino simplemente abrir sus ojos para que pudiera ver al que ya estaba allí.

   Esta iluminación también podría compararse al efecto de un telescopio. Sin él, el hombre no ve las estrellas que están en la lejanía. Lo que necesita es un ojo nuevo, un telescopio, a fin de poder ver lo que está ante sus ojos.

   El telescopio sitúa un objeto nuevo delante de la persona, sino que hace visible lo que ya está allí.

   Así sucede con la iluminación por medio del Espíritu Santo. El Espíritu abre los ojos espirituales del hombre para que vea la revelación que ya está ante él. Mil revelaciones nuevas no ayudarían a que el hombre vea, si no puede ver ni una. La iluminación, pues, consiste, no en comunicar un conocimiento nuevo, sino en abrir los ojos del hombre para que vea lo que está claramente delante de él.

   Comentario 2: 13. Pero cuando venga el Espíritu de verdad, él os guiará a toda la verdad.

   Jesús no indica el tiempo exacto en que el Espíritu va a venir. Dice, “Cuando”. Aunque la palabra para Espíritu es neutra en el original, el pronombre que se refiere a este Espíritu se considera como persona. Véase también sobre 14:16. En cuanto al significado de la expresión “Espíritu de verdad”, véase sobre 14:17.

   La función del Espíritu Santo en la iglesia se describe como la de guiar, literalmente: “ir delante”. El Espíritu no usa armas externas. No manipula; guía. Ejerce influencia en la conciencia regenerada del hijo de Dios (y aquí, en particular, de los oficiales o dirigentes), y amplía los temas que Jesús había presentado durante su permanencia en la tierra. Así pues, guía hacia toda la verdad, es decir, hacia el cuerpo entero (con énfasis en este adjetivo) de la revelación redentora. El Espíritu Santo nunca pasa por encima de un tema. Nunca insiste en un punto de doctrina a costa de todos los demás. Guía hacia toda la verdad. Además, en el desempeño de esta tarea está en relación íntima con las otras personas de la Trinidad. Leemos: Porque no hablará por su propia cuenta, sino que hablará todo lo que oyere. El Padre y el Espíritu son uno en esencia. Lo que el Espíritu oye del Padre lo murmura en el corazón de los creyentes en y por medio de la Palabra. Busca constantemente las profundidades de Dios. Las comprende y las revela a los hijos de Dios (1 Co. 2:10, 11). Al decir lo que oye, el Espíritu es como el Hijo, porque éste también habla de lo que ha oído del (y visto cuando estaba con el) Padre (3:11; 7:16; 8:24; 12:49; 14:10, 24). Y os hará saber las cosas que habrán de venir. El Espíritu vendrá (16:8); guiará a toda la verdad (16: 13a); y revelará las cosas que habrán de venir (16:13b). En cuanto a lo primero, véase el libro de Hechos (sobre todo el capítulo 2); en cuanto a lo segundo, véase las epístolas; en cuanto a lo tercero, véase el libro de Apocalipsis. No es que estos tres aspectos puedan dividirse tan claramente. Las epístolas y el Apocalipsis constantemente dan por sentado la presencia del Espíritu; las epístolas contienen mucha revelación respecto a las cosas que habrán de venir (p.ej., 1 Co. 15; 2 Ts. 2). Pero en general es buena la distinción que se hizo. Desde luego, cuando el Espíritu declara las cosas que habrán de venir, no comienza por la enumeración de una larga lista de sucesos específicos, diarios, sino que predice los principios subyacentes.

2° Titulo:

El Espíritu Santo Dirige Y Guía A La Iglesia A Hacer La Voluntad De Dios. (Los hechos 15:28. Porque ha parecido bien al Espíritu Santo, y a nosotros, no imponeros ninguna carga más que estas cosas necesarias.).

   Comentario: Es el Espíritu el Que mueve a Felipe a ponerse en contacto con el eunuco etíope (Hechos 8:29); el Que prepara a Pedro para recibir a los emisarios de Cornelio (10:19); el que manda a Pedro que vaya con ellos sin dudar (11:12); el Que inspira a Agabo para que anuncie el hambre que se avecina (11:28); el Que ordena que aparten a Bernabé y a Saulo para que lleven el Evangelio a los gentiles (13:2, 4); el Que guía a las decisiones del concilio de Jerusalén (15:28); el Que guía a Pablo a través de las provincias romanas de Asia, Misia y Bitinia, a Troas, y de allí a Europa (16:6), y el Que le dice a Pablo lo que le espera en Jerusalén (20:23). Jamás se tomó ninguna decisión ni se dio ningún paso que fueran importantes en la Iglesia Primitiva sin la dirección del Espíritu Santo.

La Iglesia Primitiva era una comunidad guiada por el Espíritu Santo.

   El Espíritu Santo guía a la Iglesia

   Una actividad del Espíritu Santo en relación con la iglesia es que la guía y dirige hacia la verdad. Sobre la iglesia hubiera descendido una catástrofe si el Espíritu no la hubiera iluminado, sino que hubiera permitido que tropezara en su ceguera nacida del pecado.

   Pero no es este el caso. Cristo prometió que el Espíritu de verdad guiaría a la iglesia hacia toda verdad (Jn. 16.13). Y esto es lo que ha sucedido de hecho. A lo largo de la historia de la iglesia se ha ido desarrollando paulatinamente el entendimiento de la Biblia, de manera que hoy día muchos miembros no expertos de la iglesia comprenden más que algunos de los estudiosos de la iglesia primitiva. Porque bajo la dirección del Espíritu, se han llevado a cabo estudios teológicos profundos, discusiones prolongadas, e incluso controversias violentas, a veces durante siglos, acerca de un solo tema, tal como el de la persona y naturaleza de Cristo. El resultado ha sido que, con la iluminación del Espíritu, la iglesia ha llegado a aceptar como obvias, verdades de las que no habían tenido conciencia los miembros de la iglesia en siglos anteriores.

   Así pues, el Espíritu condujo a la iglesia primitiva a una comprensión mejor del hecho de la Trinidad. Pero esa iglesia todavía no captó en forma plena la doctrina de la Persona y naturaleza de Cristo. El Espíritu Santo la guió a lo largo de extensos periodos de controversias teológicas, y poco a poco produjo la formulación cuidadosa de estas verdades en importantes concilios de la iglesia.

   Pero incluso entonces la iglesia no comprendió en forma completa que la salvación era sólo por gracia y no por obras nuestras. Bajo la influencia del Espíritu, grandes hombres de Dios, tales como San Agustín, refutaron el error pelagiano del libre albedrío y ayudaron a la iglesia a ver la verdad bíblica de la gracia soberana. Aunque la iglesia había recorrido un largo camino, sin embargo, seguía siendo ignorante en cuanto a otros hechos bíblicos importantes. Pero el Espíritu Santo, mediante el estudio y la controversia sostenida entre hombres, iluminó sus mentes, de forma que paulatinamente la iglesia de Jesucristo llegó a entender, de modo más pleno, las verdades históricas básicas que hoy día sostenemos, tales como la justificación por fe, la infalibilidad de la Biblia, la naturaleza de la iglesia, el reto misionero, la escatología, e incluso el tema de este libro, la doctrina del Espíritu Santo. Debido a nuestro pecado sigue habiendo diferencias de opinión en cuanto a muchos puntos, pero subsiste el hecho de que en general el Espíritu Santo ha guiado a su iglesia a la verdad.

   Debemos sentir mucha gratitud hacia el Espíritu por esta actividad directriz. Y que nadie diga: ‘no necesito doctrina. La Biblia me basta.’ Una actitud tal revela una ignorancia crasa de la obra del Espíritu. Porque el Espíritu Santo ha estado actuando no sólo cuando personas insignificantes como nosotros leemos la Biblia o sólo cuando un predicador explica la Escritura en un sermón. Dios ha estado dando el don del Espíritu a la iglesia por miles de años. Durante ese tiempo ha hecho que muchas personas de distintas iglesias y de todos los países comprendan mejor la Biblia. El resultado es que, por medio de la dirección del Espíritu, se ha ido acumulando en la iglesia de Jesucristo un enorme tesoro de conocimientos, de manera que hoy día la iglesia es incomparablemente más rica de lo que era en tiempos de Jesús. Hacer caso omiso de este conocimiento es despreciar el Espíritu de verdad. Por tanto, es responsabilidad de cada uno de nosotros llegar a conocer lo que el Espíritu nos ha dado a lo largo de los siglos. Debemos estudiar no sólo la Biblia, sino también ese gran depósito de conocimientos que el Espíritu ha ido acumulando a lo largo de los siglos para el bien de toda su iglesia y no únicamente para el bien de unos cuantos cristianos de un tiempo determinado.

Conclusión

   Resumiendo, vemos la gran obra del Espíritu Santo no sólo en el individuo, sino también en los individuos unidos en la iglesia de Jesucristo. Bajo la dirección de Jesús, el Espíritu Santo establece, unifica, pertrecha, gobierna y dirige a la iglesia. Este hecho nos trae seguridad y felicidad, porque el Espíritu Santo, siendo Dios, consigue ciertamente sus propósitos. El demonio no puede prevalecer contra la iglesia. Esta seguirá a lo largo de los siglos gobernada y dirigida por el Espíritu, de manera que sea exactamente el tipo de iglesia que Jesucristo quiere que sea.

   Al mismo tiempo, esto pone responsabilidades sobre todos nosotros. Cuando caemos en la cuenta de que es el Espíritu Santo el que establece a la iglesia, entonces debemos preguntarnos: ¿Hemos nacido de nuevo, del Espíritu, para poder entrar en la iglesia invisible de Jesucristo, ¿fuera de la cual no hay salvación?

   Como el Espíritu conduce a los miembros de la iglesia de Cristo a esa unión mística con Cristo y entre sí, es deber de cada uno de nosotros procurar no perturbar esa unidad en el terreno visible. No debemos luchar y reñir entre los miembros de la misma iglesia, antes bien, deberíamos procurar la unidad organizacional con todos los verdaderos miembros de la iglesia de Cristo, incluso con los que no pertenecen a nuestra denominación, si esto se puede conseguir sin comprometer nuestros principios.

   Como el Espíritu Santo pertrecha a cada uno de los miembros de la iglesia de Cristo con dones o talentos, es imperativo para todo cristiano descubrir cuáles son los suyos y emplearlos para el desarrollo de la iglesia.

   Ya que los ancianos, diáconos, y ministros de esta iglesia visible son puestos por el Espíritu Santo, cada uno de ellos debe caer en la cuenta de la seriedad de su posición y tratar de esforzarse más para desempeñar bien sus deberes.

   Finalmente, como el Espíritu ha guiado a su iglesia desde su comienzo, es necesario que cada uno de nosotros estudie la Biblia a la luz de esta vasta acumulación de conocimientos que el Espíritu ha dado a su iglesia.

   Debido a la acción del Espíritu en la iglesia, no sólo hay bendiciones para sus miembros sino también deberes solemnes. Que el Espíritu Santo nos guíe a cada uno de nosotros en el cumplimiento de los mismos.

   Comentario 2: Versíc. 28. “Porque pareció bien al Espíritu Santo y a nosotros no cargarles más que con esto esencial: 29. Abstenerse de cosas sacrificadas a los ídolos, de sangre, de animales ahogados, y de fornicación. Si se mantienen alejados de estas cosas, hacen bien. Adiós”.

    La primera palabra porque relaciona la decisión tomada por el Concilio de Jerusalén con la tarea de Judas y Silas. La carta establece que la decisión ha sido hecha por el Espíritu Santo y por la asamblea. Revela que los apóstoles, los ancianos, y la iglesia estaban completamente conscientes de la presencia del Espíritu Santo guiándoles y dirigiéndoles. El Espíritu reveló lo que los ancianos de la iglesia debían decir y hacer. Por ejemplo, en una ocasión anterior Pedro dijo: “Nosotros somos testigos de estas cosas, y también lo es el Espíritu Santo, a quien Dios ha enviado a todos aquellos que le obedecen” (5:32). Y en años posteriores, Pablo fue compelido por el Espíritu a ir a Jerusalén (20:22).

   Guiada por el Espíritu Santo, la asamblea se siente libre de decir que los cristianos gentiles no deben ser abrumados con varias exigencias no esenciales. Nótese, entonces, que la carta guarda silencio acerca de la cuestión de la circuncisión, que fue lo que había motivado que el concilio se reuniera (vv. 1, 5). Nada se dice acerca de las leyes ceremoniales que los cristianos judíos seguían cumpliendo. Ni tampoco se hace referencias a guardar el día de reposo como el último día de la semana. La parte esencial para su salvación es su fe en Dios.

   La carta especifica que los cristianos gentiles deben cumplir con cuatro regulaciones que son expresadas en forma negativa: abstenerse de consumir alimentos que hayan sido sacrificados a los ídolos, de sangre, de comer animales que hubiesen muerto ahogados o estrangulados, y de la inmoralidad sexual. Estos cuatro requerimientos, sin embargo, se dan no como una ley universal aplicable a todos los cristianos en todos los tiempos. Más bien deben ser vistos a la luz del deseo del Concilio de mantener la unidad y la armonía entre los cristianos judíos y los cristianos gentiles. A la inversa, ningún cristiano, fuera judío o gentil, se opone a la primera estipulación si se relacionaba con su fidelidad a Jesucristo. Luego, el cristiano que busca vivir según la ley de Dios instintivamente se abstiene de la inmoralidad sexual. Y, por último, las prescripciones de no comer carne de animales estrangulados y no consumir sangre son reglas higiénicas que los judíos por incontables siglos han observado para salvaguardar su propio bienestar físico.

   “Abstenerse de cosas sacrificadas a los ídolos”. En una carta a los corintios, Pablo se refiere a esta ordenanza, aunque con una fraseología diferente y en otro contexto (1 Co. 8:4–10, 13; 10:1–22). A Pablo se le ha pedido que dé su opinión sobre comer alimentos sacrificados a los ídolos. En la situación que había en Corinto, no se refiere a comida tomada de los templos paganos y vendida al público en los mercados, sino a “comer comida sacrificial en las comidas culticas en los templos paganos”. De todas maneras, la regulación emitida por el Concilio de Jerusalén era aplicable a los cristianos gentiles dondequiera.

   La secuencia de las cuatro prohibiciones difiere ligeramente de la propuesta de Jacobo hecha durante las sesiones del concilio; la fornicación aparece al final en la carta (v. 29) aunque en el discurso de Jacobo ocupa el segundo lugar (v. 20). En la carta, las tres primeras estipulaciones, que tienen que ver con asuntos de comida, han sido agrupadas primero, y la otra, que tiene que ver con asuntos de tipo moral, ha sido puesta en el cuarto lugar.

   Estas cuatro reglas son conocidas como los decretos apostólicos, y concluyen con la advertencia, “Si se mantienen alejados de estas cosas, hacen bien”. Con el hecho de acatarlas, no deben pensar los cristianos gentiles que con ello pueden alcanzar la salvación. Dios concede la salvación solamente por gracia. Sin embargo, Dios quiere que su pueblo haga (es decir, practique) lo que es correcto. La carta concluye con la acostumbrada despedida de aquellos días: “Adiós”.

 

3er Titulo:

El Espíritu Santo Completa Los Miembros Del Cuerpo De Cristo. (Los Hechos 20:28. Por tanto, mirad por vosotros, y por todo el rebaño en que el Espíritu Santo os ha puesto por obispos, para apacentar la iglesia del Señor, la cual él ganó por su propia sangre.).

   Comentario 1: Todos los líderes de la Iglesia eran hombres llenos del Espíritu. Los Siete eran hombres llenos del Espíritu (Hechos 6:3); Esteban y Bernabé estaban llenos del Espíritu (7:55; 11:24). Pablo les dice a los ancianos de Éfeso que había sido el Espíritu Santo el Que los había puesto como supervisores en la Iglesia de Dios (20:28). Todos los miembros de la Iglesia Primitiva vivían en el Espíritu, Que era la nueva atmósfera que respiraban.

   El Espíritu era la fuente del valor y del poder de día en día. Los discípulos habían de recibir poder cuando viniera el Espíritu Santo (Hechos 1:8); el poder y la elocuencia de Pedro ante el Sanedrín eran el resultado de la obra del Espíritu (4:31); la victoria de Pablo sobre Elimas en Chipre es obra del Espíritu (13:9). El valor de los cristianos para enfrentarse con situaciones peligrosas; el poder para resolver más que adecuadamente sus problemas; la elocuencia necesaria; el gozo que no dependía de las circunstancias todo es obra del Espíritu Santo.

   Por último, en Hechos 5:32 leemos algo muy sugestivo: se dice que es el Espíritu que Dios ha dado a los que le obedecen.» Aquí encontramos la gran verdad de que la medida del Espíritu que puede poseer una persona depende de la clase de persona que sea. Quiere decir que el que sinceramente trate de hacer la voluntad de Dios experimentará más y más la dirección y el poder del Espíritu; que el vivir la vida cristiana lleva consigo su propio poder.

   Dios tiene una iglesia sobre la tierra que se compone de todos los verdaderos cristianos. Ningún hipócrita se encuentra en ella. Es un organismo espiritual del cual es miembro todo creyente verdadero, sea cual fuere su afiliación a organizaciones externas. Esta iglesia es cuerpo en el cual todos los miembros están vitalmente unidos, de manera que no viven sólo por sí mismos y para sí mismos, esto es, aparte de los demás; sino que están unidos unos con otros en un enlace real.

   Se entra a formar parte de esta iglesia por Jesucristo. Él es la puerta. Nadie entra en la iglesia sino por la puerta. Pero fuera de la puerta, por así decirlo, está el Espíritu Santo, quien en forma soberana se acerca a ciertos individuos y los conduce irresistiblemente hacia esa puerta, y a través de ella, de manera que se conviertan en miembros de la iglesia de Jesucristo. En otras palabras, el Espíritu Santo establece la iglesia de Cristo. La naturaleza y método de esta acción fundadora del Espíritu se ven claramente en la Biblia. Nos percatamos que, a fin de entrar a formar parte de la iglesia, uno debe nacer de nuevo por el Espíritu Santo, como Jesús indicó a Nicodemo cuando dijo, ‘El que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios’ (Jn. 3:5).

    Todo miembro debe confesar también que Jesucristo es Señor, y esto sólo se puede hacer con el poder del Espíritu. Dijo Pablo, ‘Nadie que hable por el Espíritu de Dios llama anatema a Jesús; y nadie puede llamar a Jesús Señor, sino por el Espíritu Santo’ (1 Co. 12.3). En el mismo capítulo, Pablo afirma en forma específica, que las personas se unen a la iglesia por medio del Espíritu.

   Al comparar la iglesia con un cuerpo, dice: ‘Porque por un solo Espíritu fuimos todos bautizados en un cuerpo, sean judíos a griegos, sean esclavos o libres; y a todos se nos dio a beber de un mismo Espíritu’ (v. 13).

   El significado esencial de bautizar es unir. Así pues, Pablo nos dice que quienes quiera que seamos, podemos pertenecer a la iglesia invisible sólo por medio del Espíritu Santo. Estos pasajes nos enseñan que es el Espíritu Santo el que nos une a la iglesia, de la cual Cristo es la cabeza.

   Establece la iglesia de Cristo por medio de la regeneración. Del mismo modo que el Espíritu Santo formó el cuerpo físico de Jesucristo en la encarnación, así también forma el cuerpo místico de Jesucristo, es decir, la iglesia. No se debería pensar, como algunos pretenden, que el Espíritu fundó la iglesia en Pentecostés y no estuvo activo en la iglesia del tiempo del Antiguo Testamento. Esteban habló de la iglesia ya existente incluso en el desierto (Hecho. 7.38). Pablo dijo que los efesios gentiles eran uno con Israel porque estaban en Cristo Jesús (Ef. 2.11,16).

   Y Pablo, al comentar en forma infalible Oseas 1, interpreta las alusiones de Oseas a los israelitas del Antiguo Testamento como si se aplicaran a los cristianos romanos (Ro. 9.24-26). Así pues, la iglesia es una tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, y siempre ha sido el Espíritu Santo quien ha introducido los nuevos miembros a la iglesia, ya fuera en la dispensación del Antiguo Testamento ya en la del Nuevo.

   Como no hay hipócritas engañadores en el cuerpo místico de Cristo, es decir, la iglesia invisible de Jesús, y

como no hay salvación fuera de la iglesia invisible de Cristo, cada uno debería preguntarse si ha sido bautizado

en el sentido espiritual por el Espíritu Santo para entrar a formar parte del cuerpo de Cristo. Sin este bautismo no hay salvación.

   Comentario 2 del texto: Versic. 28. “Velen por ustedes y por todo el rebaño sobre el cual el Espíritu Santo les ha puesto por supervisores para pastorear la iglesia de Dios, la cual él ha comprado con su propia sangre”.

  1. “Velen por ustedes y por todo el rebaño”. Pablo encomienda una tarea a los ancianos efesios, quienes deben asumir su responsabilidad pastoral en la iglesia local. Empieza diciéndoles que velen por ellos mismos; es decir, deben ser ejemplos espirituales para los miembros de la iglesia. Les exhorta a poner sus mentes en el trabajo de velar por ellos mismos (cf. 1 Ti. 4:16).

Además, los ancianos tienen la tarea de velar por las necesidades espirituales de “todo el rebaño”. Pablo usa imágenes tomadas de la sociedad agrícola de sus días. Esto es poco usual en él, cuya formación educacional seguramente no le permitió conocer muy de cerca la actividad pastoril. Aun así, él sabía que Jesús frecuentemente había aludido al pastor y a las ovejas. Y cuando Pedro escribió su epístola, él llamó a Jesús el Príncipe de los pastores bajo quien los ancianos sirven como supervisores y pastores del rebaño de Dios (1 P. 5:1–4).

  1. “Sobre el cual el Espíritu Santo les ha puesto por supervisores”. Esta cláusula introduce dos puntos muy importantes. Primero, Pablo afirma que el Espíritu Santo ha designado a los ancianos como supervisores. Quizás

Pablo se está refiriendo a una ceremonia específica que marcó su nombramiento (cf. 14:23). Luego, él usa el término supervisores como un sinónimo de “ancianos” (véase v. 17). El trabajo del supervisor es ser pastor (cf. Nm. 27:16–17) como el Señor Jesucristo: Supervisión significa amoroso cuidado y preocupación, asumir una responsabilidad voluntariamente; nunca debe ser usada para el engrandecimiento personal. Significa ser visto en el generoso servicio de Cristo, quien fue motivado por su interés en la salvación de los hombres.

  Tanto Pablo como Pedro describen, en sus respectivas epístolas, las responsabilidades de un supervisor. Pablo

enumera algunas de las calificaciones para quien aspire al oficio de anciano/supervisor (1 Ti. 3:1–7; Tit. 1:6–9),

e igualmente Pedro especifica las características de un anciano (1 P. 5:1–4). Ambos apóstoles usan los términos

anciano y supervisor indistintamente.

  1. “Para pastorear la iglesia de Dios, la cual él ha comprado con su propia sangre”. Esta cláusula presenta dificultades, porque la expresión iglesia de Dios puede ser traducida “iglesia de Dios/Cristo” o “iglesia del Señor”. La primera expresión es común en el Nuevo Testamento; aparece doce veces aparte de Hechos 20:28.

Por el contrario, aunque la forma la iglesia del Señor aparece varias veces en excelentes manuscritos griegos, tal

forma no aparece en el Nuevo Testamento y sólo siete veces en la Septuaginta. Sobre la base de la evidencia bíblica, yo me inclino a adoptar la forma la iglesia de Dios.

Queda, sin embargo, otra dificultad. ¿Cuál es el significado de la traducción literal con la sangre de suyo propio? Al traducir la frase “con su propia sangre”, como la mayoría de las traducciones lo han hecho, confundimos el sentido de la frase. El contexto menciona al Espíritu Santo y a Dios, a quien la palabra sangre no se aplica. Quizás la sugerencia de decir que “suyo propio” es una variante de “su amado” o “su único y solo [Hijo]” sea un paso para resolver este asunto.

  1. “La iglesia de Dios la cual él ha comprado”. Dios compró su iglesia universal con la sangre de su Hijo. Pagó un precio incalculable para salvar a un pueblo para sí a través de la muerte de Cristo en la cruz. Donald Guthrie escribe, “La idea de la muerte de Cristo como un precio de compra recibe un énfasis distintivo en las epístolas de Pablo”.1292 De hecho, Pablo dice a los corintios, “Ustedes fueron comprados por un precio” (1 Co. 6:20; 7:23; y véase Sal. 74:2; Ap. 5:9).

Amen Para Gloria De Dios.

 

Bibliografía: El Espíritu Santo Por Edwin H. Palmer; Estudio De Doctrina Cristina Por George Pardington; El Triunfo Del Crucificado Por Erich Sauer; Comentario Al Nuevo Testamento Por Simon J. Kistemaker; Biblia De Referencia Thompson VRV 1960.

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Hno Roberto Saldías Roa

Miembro de la IEP en Nacimiento Bajo, nació en el evangelio del Señor en la Iglesia de Laja 1975. Casado con María Nahuelmán, estudia teología de manera autodidacta. Me gusta mucho leer y escribir.