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Lunes 9 de noviembre de 2020.“Importancia De La Resurrección De Cristo”

Lunes 9 de noviembre de 2020.“Importancia De La Resurrección De Cristo”

   Lectura bíblica: 1ª a los Corintios Cap. 15, versículos 12 al 22. 12Pero si se predica de Cristo que resucitó de los muertos, ¿cómo dicen algunos entre vosotros que no hay resurrección de muertos? 13Porque si no hay resurrección de muertos, tampoco Cristo resucitó. 14Y si Cristo no resucitó, vana es entonces nuestra predicación, vana es también vuestra fe. 15Y somos hallados falsos testigos de Dios; porque hemos testificado de Dios que él resucitó a Cristo, al cual no resucitó, si en verdad los muertos no resucitan. 16Porque si los muertos no resucitan, tampoco Cristo resucitó; 17y si Cristo no resucitó, vuestra fe es vana; aún estáis en vuestros pecados. 18Entonces también los que durmieron en Cristo perecieron. 19Si en esta vida solamente esperamos en Cristo, somos los más dignos de conmiseración de todos los hombres. 20Mas ahora Cristo ha resucitado de los muertos; primicias de los que durmieron es hecho. 21Porque por cuanto la muerte entró por un hombre, también por un hombre la resurrección de los muertos. 22Porque, así como en Adán todos mueren, también en Cristo todos serán vivificados.

Comentario: La resurrección de los muertos 15:12–34

   Del resumen que dio del evangelio (vv. 3–5), Pablo selecciona la doctrina de la resurrección para entregar un comentario adicional sobre ella.34 Positivamente, afirma que Cristo resucitó de los muertos, a lo que añade una pregunta que inquiere por qué algunos negaban este hecho histórico-redentor. Negativamente, examina lo que ocurre cuando se rechaza esta doctrina. El resultado es que la predicación de los apóstoles y la fe de los creyentes se vuelven vacías y carentes de poder. Sin la proclamación de la doctrina de la resurrección, los predicadores pronuncian falsedades, la gente queda en pecado, los creyentes que han muerto están perdidos y los cristianos son unos infelices. Por consiguiente, cuando los enemigos de la fe cristiana atacan y minan la doctrina de la resurrección, están tratando de destruir al cristianismo en sus fundamentos. Si su ataque tuviera éxito, la iglesia que se basa en Jesucristo se desintegraría hasta dejar de existir. En suma, la doctrina de la resurrección es fundamental para la fe cristiana.

  1. Un argumento lógico 15:12–19

   [12]. Pero si se predica que Cristo ha sido levantado de los muertos, ¿cómo dicen algunos de vosotros que no hay resurrección de muertos?

-a. «Pero si se predica que Cristo ha sido levantado de los muertos». La primera parte de esta oración condicional declara un hecho, a saber, que el evangelio de Cristo está siendo proclamado en Corinto y en otros lugares. La palabra Cristo obviamente representa el evangelio que se origina en él y que sus seguidores continúan proclamando.

   Para probar la veracidad de la resurrección (vv. 5–8), Pablo mencionó las numerosas veces que Jesús se apareció después de haber resucitado y antes de subir al cielo. En el texto griego, el tiempo perfecto del verbo levantar indica que la resurrección de Cristo, que ocurrió en el pasado, tiene un significado permanente para el presente. Habiendo conquistado la muerte, Jesucristo jamás tendrá que enfrentarla de nuevo. La frase de los muertos indica que el Padre levantó de los muertos a Jesús. El plural muertos se puede entender en sentido general. Si es cierto que Dios levantó a Jesús de entre los muertos, también levantará de los muertos a los creyentes al fin del tiempo (6:14). Pablo insinúa que todos los que han creído en Jesús participan en su resurrección (15:20–23).

-b. «¿Cómo dicen algunos de vosotros que no hay resurrección de muertos?». Pablo ha afirmado que Cristo fue resucitado de los muertos. Ahora pregunta por qué algunos corintios niegan la doctrina de la resurrección. No rechazaban la doctrina, sino que la re interpretaban diciendo que la resurrección de Cristo fue espiritual. Enseñaban que con Cristo ellos también habían sido resucitados de los muertos el día en que fueron bautizados. De esta forma, para ellos la resurrección era un asunto que ya había acontecido y algo que tenía una importancia transitoria. No creían que fuese una doctrina fundamental de la fe cristiana y, por tanto, estaban en peligro de separarse de la iglesia.

   En otro lugar, Pablo escribe que a Himeneo lo entregó a Satanás por haber naufragado en cuanto a su fe (1 Ti. 1:19, 20). Himeneo y Fileto negaron la doctrina de la resurrección corporal, destruyendo la fe de algunos creyentes (2 Ti. 2:17, 18).35 No sabemos cuánta era la gente de Corinto que cuestionaba esta doctrina, qué influencia tenían en la iglesia o quiénes eran. En vista del largo discurso que Pablo asigna a esta doctrina particular, suponemos que estos corintios eran influyentes.

   La filosofía griega había influido de tal forma en estos miembros de la iglesia, que argumentaban que el alma (que es inmortal) vuelve a Dios quien la dio (Ec. 12:7), pero que el cuerpo es mortal y que desciende a la tumba. Creían que el alma se levanta para estar con Dios y gozar de vida eterna, pero que el cuerpo es destruido. Esta es una idea truncada de la resurrección, ya que Dios creó a Adán con cuerpo y alma como un ser humano completo. El alma y el cuerpo son creaciones de Dios y participan en la resurrección de Cristo, quien resucitó de los muertos físicamente, tal como Pablo lo probó con una lista de las apariciones de Jesús (vv. 5–8). En contraste con el concepto filosófico griego que sostenían algunos corintios, en el capítulo 15 Pablo desarrolla una perspectiva escritural. En el siguiente versículo, presenta un argumento que exhibe tanto contraste como lógica.

   [13]. Pero si no hay resurrección de muertos, ni siquiera Cristo ha resucitado.

   Si colocamos los versículos 12 y 13 en columnas paralelas, nos daremos cuenta que Pablo contrasta sus ideas:

versículo 12                                                                        versículo 13

Pero si se predica.                                                              Pero si

de que Cristo ha sido levantado                                         no hay resurrección

de los muertos.                                                                   de muertos,

¿cómo dicen algunos de vosotros

que no hay                                                                          ni siquiera Cristo

resurrección                                                                        ha resucitado.

de muertos?

   Con lógica irrefutable, Pablo contradice la idea errónea de los corintios, quienes creían que Dios resucita el alma, pero no el cuerpo. Si alguien sostiene la resurrección espiritual del alma, pero niega la resurrección corporal, surge la conclusión inevitable que el cuerpo de Cristo todavía está en la tumba y que su obra redentora ha sido infructuosa. Por cierto, Cristo no vino a la tierra, murió en la cruz y resucitó de los muertos para sí mismo, sino por el bien de aquellos que redimió.37 Un evangelio sin el dogma de la resurrección no tiene mensaje alguno de redención.

   Usando un negativo en cada una de las partes de este versículo, Pablo escribe una oración condicional contraria a la realidad. La oración si no hay resurrección de muertos contrasta con el hecho de que hay resurrección. Pero si los críticos niegan este hecho, entonces Pablo les muestra la ineludible conclusión de que el cuerpo físico de Cristo tampoco se levantó de la tumba.

   [14]. Y si Cristo no ha sido resucitado, entonces nuestra predicación es en vano y también vuestra fe es vana.

-a. «Y si Cristo no ha sido resucitado». Pablo escribe otra oración condicional que contrasta la enseñanza errónea con la realidad. Pablo afirma que negar la resurrección es ir en contra de toda la evidencia pertinente que estaba disponible en la iglesia primitiva. Cientos de personas del tiempo de Pablo podían testificar acerca de la resurrección porque vieron personalmente a su Señor glorificado. Aparte de los apóstoles, cerca de quinientas personas vieron al Señor viviente en el período entre la resurrección y la ascensión (vv. 5–8). Pablo podía decir a los corintios que consultasen con los testigos oculares. Hasta él vio a Jesús camino a Damasco y por esa razón proclamaba el mensaje del Señor resucitado.

b. «Entonces nuestra predicación es en vano y también vuestra fe es vana». La lógica del discurso paulino es irresistible. Argumenta que si Cristo todavía está en la vacías y tanto él como los otros apóstoles son unos charlatanes. Más todavía, la fe de aquellos que escuchan a Pablo y a sus compañeros es vana. Nada bueno sacan él y los que le escuchan, si lo que tienen que creer es una mentira que es necesario perpetuar.

Consideraciones doctrinales en 15:14

   El soldado romano que hirió el costado de Jesús y vio salir de él sangre y agua, sabía que Jesús había muerto. El abatido cuerpo de Jesús estaba más allá de la restauración y tuvo que ser enterrado. De modo que, desde un punto de vista médico era impensable que el cuerpo de Jesús pudiera resucitar, porque nadie ha vuelto del sepulcro. Algunos teólogos han tratado de contestar estas objeciones médicas interpretando la palabra resurrección en sentido moderno. Explican el término en forma espiritual y dicen que la resurrección no es un hecho objetivo en el que Jesús salió de la tumba que estaba fuera de Jerusalén. Dicen que no había nadie presente para ser testigo de que Jesús dejaba el sepulcro, ya que los guardias estaban como muertos (Mt. 28:2–4). Concluyen que la historia de su resurrección, que no puede ser verificada históricamente, no es parte de la historia.

   Estos teólogos interpretan la resurrección como una experiencia subjetiva que ocurre en el corazón de los creyentes. Alegan que cuando los creyentes escuchan y obedecen la Palabra de Dios, se produce la resurrección en sus corazones. Admitimos que esta interpretación espiritual es ingeniosa, porque anula todas las objeciones planteadas por los científicos modernos y los historiadores empiristas. Cuando los predicadores proclaman este mensaje de resurrección espiritual ningún crítico levanta objeciones.

   Pero la verdad es que este mensaje ha identificado la doctrina de la resurrección con la descripción de la experiencia de conversión del creyente. Esta interpretación espiritual no tiene nada que ver con la resurrección física de Jesús y la de sus seguidores. En realidad, no tiene nada en común con la doctrina expresada en el Credo de los Apóstoles: «Creo en la resurrección del cuerpo».

   Los que critican la doctrina de la resurrección demandan que se presente evidencia dada por testigos que vieron a Jesús resucitar físicamente y dejar la tumba. Afirman que debido a que el Nuevo Testamento no entrega una prueba observable como la que piden, la fe cristiana es dudosa. Uno de ellos hasta sugiere la posibilidad de que los arqueólogos en Jerusalén encuentren una carta que Caifás pudiera haber escrito a Poncio Pilato. Se supone que esta carta revelaría un plan detallado para mover de la tumba el cuerpo de Jesús para colocarlo en un lugar secreto. ¿Sería la fe cristiana perjudicada seriamente si se encontrara una carta como esa, y estaría al punto de perder credibilidad?

   La respuesta es absolutamente no. Los creyentes y los incrédulos parten de puntos de vista totalmente distintos. Los cristianos aceptan por fe las enseñanzas de la Biblia, pero los no cristianos las rechazan. Los cristianos creen en la doctrina de la resurrección de Cristo, pero los incrédulos la niegan. Mientras que para los incrédulos no es suficiente, para los cristianos es suficiente el testimonio de los apóstoles que fueron testigos de la resurrección de su Señor (Hch. 1:22; 3:15). La Escritura da a entender que cuando Jesús ascendió al cielo, había mucha gente que cumplía con el requisito para ser apóstol porque habían sido testigos de la resurrección. La Escritura enseña que por el testimonio de dos o tres se establecerá la verdad (Dt. 19:15).

   Si Pilato hubiese trasladado el cuerpo de Jesús a un lugar secreto, la doctrina de la resurrección estaría fundamentada en el testimonio falso de apóstoles y numerosos creyentes. En este caso, Cristo sería un impostor, sus apóstoles engañadores y la iglesia un fiasco. Pero lo cierto es que Cristo mismo es la verdad y lo mismo ocurre con la Palabra de Dios (Jn. 14:6; 17:17).

   [15]. Aún más, se nos tendría como falsos testigos de Dios, porque en contradicción con Dios estaríamos testificando que él resucitó a Cristo, a quien no resucitó, si es que los muertos no resucitan.

-a. «Aún más, se nos tendría como falsos testigos de Dios». Pablo de ninguna manera ha terminado con su análisis lógico. Tiene mucho más que decir, ya que enfáticamente afirma que de ser falsa la resurrección de Cristo, Pablo y sus colegas serían «unos impostores de la peor calaña». Serían calificados como testigos falsos que esparcen mentiras y que engañan a gente crédula. No sólo eso, estarían dando un testimonio falso acerca de Dios, siendo declarados culpables en su presencia.

   La frase falsos testigos de Dios se puede tomar como un genitivo objetivo o subjetivo. En el primer caso, puede querer decir que Pablo y sus colaboradores estaban hablando mentiras acerca de lo que Dios había hecho en Cristo. En el segundo caso, podría significar que Dios mismo los envió a predicar y practicar el engaño. De las dos interpretaciones, sólo la primera es aceptable: Dios no envía a gente para que lo represente con engaños. Por tanto, la frase en cuestión es un genitivo objetivo e implica que, si la resurrección de Cristo es una mentira, entonces los que lo proclaman como un dogma son unos mentirosos. Esta gente debería compadecer como impostores ante el tribunal de Dios. Están en la misma categoría que los falsos profetas del Antiguo Testamento (Dt. 18:20–22) y los falsos apóstoles en el Nuevo Testamento (1 Jn. 5:10; 2 Jn. 10).

-b. «Porque en contradicción con Dios estaríamos testificando que él resucitó a Cristo». El concepto de hablar en contra de alguien es terminología legal. Se usa cuando un testigo jura que su testimonio es la verdad. La verdad está en juego, porque o Dios resucitó de los muertos a Jesús o, si la resurrección no tuvo lugar, Pablo y todos sus colaboradores predican una mentira y hablan en contra de Dios. Pero ¿por qué promulgarían el engaño, estarían listos a sufrir y morir por una mentira y reconocer que debían de comparecer ante el Dios de la verdad?

-c. «A quien no resucitó, si es que los muertos no resucitan». En la traducción, la última parte del versículo 15 repite lo dicho en el versículo 13. La resurrección de Jesús está inseparablemente unida a la resurrección de los muertos. Esta verdad consuela al creyente cuya esperanza está en Cristo. ¿Cómo es que esta verdad consuela al creyente? Un catecismo del siglo diecisiete contestas:

Que no sólo mi alma

después de esta vida será llevada en el mismo instante

a Cristo, su Cabeza, sino que también está mi carne,

siendo resucitada por la potencia de Cristo,

será de nuevo unida a mi alma

y hecha conforme al glorioso cuerpo de Cristo.

   [16]. Porque si los muertos no resucitan, tampoco Cristo resucitó.

   Este versículo también reitera lo dicho en el versículo 13 (véase el v. 14). Se repite para advertir a los lectores de las consecuencias de negar la doctrina de la resurrección de Cristo. Los que niegan esta doctrina tratan a Dios de mentiroso y a los apóstoles de testigos falsos. Pero esta gente tiene que darse cuenta de que tendrán que comparecer ante el trono del juicio de Dios para dar cuenta de lo que han dicho.

   [17]. Y si Cristo no ha sido resucitado, vuestra fe no tiene valor y todavía estáis en vuestros pecados.

   El versículo 17 es una continuación del versículo precedente, Pablo extiende su lógica avasalladora para que los destinatarios se den cuenta de los resultados de negar la resurrección. Paso a paso les revela las implicaciones espirituales de esta negación.

   Pablo se dirige a los corintios usando la segunda persona plural. Lo que dice es: «si vosotros negáis la resurrección de Cristo, entonces daos cuenta de que vuestra fe no vale nada» (cf. v. 2). En el versículo 14, el apóstol usó el adjetivo vana, pero aquí dice «no tiene valor». La diferencia es que el adjetivo griego kenē (=vano, inútil) indica algo vacío, mientras que el adjetivo griego mataia (=sin valor) connota la idea de algo sin propósito.

   ¿Cuáles son las ramificaciones de una fe sin valor? Por una parte, si Cristo no resucitó de la tumba, está muerto; y un Cristo muerto no es capaz de justificar a los creyentes, lo cual quiere decir que los creyentes permanecen en sus pecados. Sacamos la conclusión inevitable de que la justificación de los creyentes está del todo fundada en la resurrección de Jesucristo. Sin el Cristo resucitado no hay justificación, sin justificación no hay fe viva, y sin fe no hay perdón de pecados. Pablo confronta a los corintios que rechazan la resurrección de Cristo y de hecho les dice que: «Si permanecéis en vuestros pecados, vuestra fe no sirve para nada, no mostráis ninguna señal de ser parte del pueblo santo de Dios, y no sois salvos».

   Sin embargo, Pablo ha escrito que los corintios han sido santificados en Cristo Jesús, que serán fortalecidos hasta el final y que fueron llamados a la comunión con Dios (1:2, 8, 9). Más todavía, Pablo les dijo que han sido lavados, santificados y justificados en el nombre de Jesús mediante el Espíritu de Dios (6:11). Sus pecados fueron perdonados; fueron santificados y hechos justos en Cristo Jesús. Pablo no se contradice cuando escribe esta carta. Más bien quiere que los corintios entiendan su lógica y se den cuenta del error en que están. Tienen que captar el efecto que tiene en sus vidas espirituales el que nieguen la resurrección de Jesús y, por tanto, arrepentirse. Pablo quiere que tengan la seguridad de haber sido redimidos por Jesucristo, quien murió y resucitó por ellos. Quiere que sepan que en base a la resurrección de Jesús han sido justificados y santificados.

   [18]. Así también, los que han dormido en Cristo han perecido.

   Pablo llega a la conclusión de su argumento lógico, el que introduce con la expresión griega ara, la cual en este versículo quiere decir «como resultado». Les pide a sus lectores que reflexionen en un punto que tiene que ver una generación de creyentes que ya pasó. Habla de los que durmieron, expresión que en el Nuevo Testamento es un eufemismo que se usa con frecuencia para hablar de los que han muerto.45 En español evitamos usar el verbo morir usando fallecer. El eufemismo del Nuevo Testamento no se refiere a que el alma duerme, sino que a que el cuerpo físico espera en la tumba el día de la resurrección. Con todo, en el presente texto la expresión dormir en Cristo se aplica a los cristianos que al morir creían que entrarían al cielo para estar eternamente con Jesús. Los corintios creían que cuando Jesús vuelva el alma no estará más separada del cuerpo (1 Ts. 4:16).

   Pablo les dice a sus lectores que, si una persona niega la resurrección, la conclusión lógica es que los que murieron en Cristo están perdidos. Si Cristo no se levantó de los muertos, entonces Dios condenará a la gente al castigo eterno a causa de sus pecados. Jamás entrarán al cielo para estar en la presencia de Dios. Por último, sus cuerpos permanecerán por siempre en la tumba. Cortados de la presencia del Dios vivo, han perecido. Si los corintios que niegan la doctrina de la resurrección afirman que aquellos que murieron están con Jesús, se contradicen. Negar la resurrección significa que todos han perecido, incluso Jesús.

   Sin embargo, los corintios creen que sus seres amados han muerto en Cristo. Pablo los fuerza a que se den cuenta de lo falaz que es su pensamiento. Tienen que entender que, si los creyentes mueren en Cristo, Cristo mismo los recibe en el cielo. En consecuencia, Jesús ha resucitado de los muertos y está con vida. La muerte es incapaz de romper el vínculo que existe entre Cristo y los creyentes a lo largo de toda su vida terrenal. Ese vínculo se mantiene en el más allá y perdura por la eternidad (cf. Ro. 6:11).

   [19]. Si para esta vida sólo hemos puesto nuestra esperanza en Cristo, somos los más desventurados de todas las gentes.

   La sintaxis de este versículo suscita interpretaciones que surgen del lugar y significado del adverbio sólo. Notemos las siguientes consideraciones:

   Primero, el texto griego tiene la palabra sólo al final de la primera oración y lo conecta con el verbo hemos puesto nuestra esperanza. Las versiones españolas evitan este giro, pero la New American Bible refleja esta construcción: «Si sólo hemos esperado en Cristo en esta vida, somos los más desventurados de todos los hombres». Esta traducción hace que Pablo afirme que los corintios han cometido un error al colocar su esperanza sólo en Cristo. No cabe duda que no quiere decir que los creyentes deberían colocar su confianza también en los hombres (véase Sal. 146:3). Tampoco insinúa que los cristianos deberían concentrar su atención en Jesús (Heb. 12:2) para la vida en el más allá y despreocuparse de la vida presente. ¿Qué es, a fin de cuentas, lo que Pablo subraya en este versículo que concluye la presente sección? La segunda interpretación lo aclara.

   Si colocamos el adverbio sólo después de «para esta vida» y antes de «hemos puesto nuestra esperanza en Cristo», el adverbio controla toda la primera oración. En este caso la traducción limita decisivamente nuestra relación con Jesucristo para esta vida, colocándolo a un nivel horizontal en vez de vertical. Por consiguiente, nuestra relación con Cristo cesa cuando la muerte termina con nuestra vida física, y carecemos de la esperanza de la resurrección.

   Pablo subraya la expresión hemos puesto nuestra esperanza mediante una construcción en la que usa un participio griego en tiempo perfecto, lo que quizá se traduce mejor por: «hemos estado poniendo nuestra esperanza». El tiempo perfecto describe una acción que tuvo lugar en el pasado y que continúa en el presente. Desde que se convirtieron hasta el día de su muerte, los corintios que murieron habían estado viviendo en base a esta esperanza. Cuando murieron, esa esperanza no se hizo realidad, sino que se convirtió en desilusión. Pablo afirma que cuando la esperanza se desvanece, los creyentes son engañados y son la gente más desventurada. Como los incrédulos viven sin esperanza, buscan sacar el mejor provecho de la vida presente. Los creyentes, en cambio, esperan la restauración de todas las cosas en el mundo venidero. Si su esperanza se desvanece al morir, son los más infelices del mundo.

  1. La realidad de la resurrección 15:20–22

(1) En Adán y en Cristo 15:20–22

[20]. Pero ahora, Cristo ha sido resucitado de los muertos, él es los primeros frutos de quienes han dormido.

-a. «Pero ahora». Las primeras dos palabras de este texto son importantes. La primera es el adversativo pero que cambia de una serie de afirmaciones negativas sobre la resurrección (vv. 12–19) al testimonio positivo sobre Cristo resucitado de los muertos. Después de haber escrito siete oraciones condicionales para demostrar los resultados que vienen de negar la resurrección, Pablo abandona la enseñanza contraria de algunos corintios para concentrarse en la doctrina consistente de la iglesia cristiana: el dogma de la resurrección de Cristo.

    La segunda palabra es ahora, la cual indica una referencia temporal, una conclusión lógica o, como en el presente versículo, ambas cosas. Para Pablo, la resurrección de Cristo fue un hecho histórico con profundas y permanentes implicaciones. Dios el Padre resucitó a Cristo Jesús para conseguir la restauración de su pueblo. A la inversa, el adverbio ahora señala la conclusión lógica de la larga discusión de Pablo acerca de la negación de la resurrección que algunos corintios defendían.

-b. «Cristo ha sido resucitado de los muertos». Este testimonio breve resume un hecho incontrovertible que está arraigado en la historia y que es básico para la fe cristiana: Cristo resucitó. La evidencia que Pablo ha esgrimido en la primera parte de este capítulo es suficiente para los creyentes: la tumba vacía y las apariciones (véase los vv. 3–8). Aunque los incrédulos se burlen, los cristianos no necesitan pruebas adicionales de esta verdad histórica que en sus mentes es irrefutable (véase Hch. 3:15; 26:23).

   Pablo repite lo que escribió en el versículo 12. Allí puso la afirmación en la forma de una condición: «si se predica que Cristo ha sido levantado de los muertos», pero aquí la construye como una declaración que narra un hecho histórico. En el versículo 12 planteó la pregunta teológica de que algunos corintios negaban este hecho, mientras que él mismo atestiguaba su veracidad. Aquí reitera positivamente la verdad de la resurrección; sabe

que sólo algunos de los corintios niegan la resurrección de Cristo. Quizá los lectores no entendieron las implicaciones de esta doctrina redentora, pero después del extenso discurso que Pablo ha dado sobre el tema, ahora serán capaces de darse cuenta de la profunda importancia de esta enseñanza.

   Permanece la interrogante de si Pablo ahora excluye a aquellos que niegan la resurrección de Cristo o si se dirige a todos los corintios. ¿Continúa su discurso dirigiéndolo a quienes rechazaban su enseñanza o ahora sólo se dirige a los que la aceptan? La presente sección (vv. 20–28) no da ninguna señal de que esté excluyendo a alguien. De hecho, después de haber discutido a fondo las consecuencias negativas de negar la resurrección, Pablo invita a todos sus lectores a examinar los aspectos positivos de confesar esta doctrina.

-c. «Él es los primeros frutos de quienes han dormido». En el texto griego esta oración es una afirmación escueta de sólo tres palabras y, sin embargo, está cargada de significado. Pablo da por sentado que sus lectores conocen lo que el Antiguo Testamento enseña sobre las primicias o primeros frutos. Estos eran lo primero que se cosechaba y que el pueblo ofrecía a Dios en reconocimiento de su fidelidad por haber provisto frutos en el tiempo requerido. Moisés mandó que los israelitas ofrecieran una gavilla del primer grano que se coseche, y esto debía realizarse delante del Señor al día siguiente del sábado que venía después de la fiesta de la pascua (Lv. 23:9–11). Exactamente siete semanas después, debían presentar al Señor una ofrenda de grano nuevo (Lv. 23–17; véase también Dt. 26:1–11). Un tiempo después, a Israel se le llamó primeros frutos o primicias (Jer. 2:3). Pablo aplica esta expresión a los primeros convertidos de Asia Menor occidental y al sur de Grecia respectivamente (Ro. 16:5; 1 Co. 16:15). Los 144,000 redimidos de la tierra son ofrecidos como primicias a Dios (Ap. 14:3; cf. Stg. 1:18).

   La expresión primeros frutos nos dice que la primera gavilla de la cosecha de grano que se avecina será seguida por el resto de las gavillas. Cristo se convirtió en las primicias por su resurrección, y garantiza a todos los que le pertenecen que ellos también participarán en su resurrección. Pablo describe a la gente que pertenece a Cristo como aquellos que han dormido. No menciona la resurrección de Jesús con referencia a los aspectos temporales

o religiosos de la pascua judía. Lo que quiere decir es que la resurrección de Cristo es la cuota inicial para su pueblo (v. 23) o su garantía (2 Co. 1:22). Cristo no es los primeros frutos de los que han sido resucitados, sino de los que han muerto. Por cierto, ningún ser humano ha sido resucitado física y permanentemente de los muertos. Los hijos de la viuda de Sarepta y los de la sunamita murieron unos años más tarde. Lo mismo ocurrió con la hija de Jairo, el joven de Naín y Lázaro. Sólo Cristo ha conquistado la muerte y resucitado del todo de los muertos. Todos los demás deberán esperar hasta que sus cuerpos resuciten el día indicado.

   [21]. Pues dado que por medio de un hombre vino la muerte, también por medio de un hombre vino la resurrección de los muertos. [22]. Porque, así como en Adán todos mueren, así también en Cristo todos serán vueltos a la vida.

   Notemos los siguientes puntos:

-a. Paralelos. En estos dos versículos, Pablo escribe usando el típico paralelismo hebreo, lo que le permite conectar al ser humano y a la muerte en la primera oración y al ser humano y a la resurrección en la segunda. Hace una comparación entre Adán y Cristo, y hace notar que la muerte vino por medio de Adán, pero que la vida viene por medio de Cristo. Las oraciones se apoyan mutuamente, y en cada versículo la segunda es más larga que la primera.

    Pues dado que                                                 también

   por medio de un hombre vino                          por medio de un hombre vino

   la muerte                                                          la resurrección de los muertos.

   Porque, así como                                              así también

   en Adán todos                                                  en Cristo todos

   mueren                                                              serán vueltos a la vida.

-a. Una alusión. Las palabras pues dado que expresan una causa; son el conectivo entre el versículo precedente (v. 20) y este pasaje. Las palabras explican cómo entró la muerte en el mundo.

   Pablo alude al Antiguo Testamento y en particular a Génesis 3:17–19, el cual narra que debido al pecado de Adán y Eva su descendencia cayó presa de la muerte. El griego usa la preposición día (por medio de) para mostrar que el hombre es el agente responsable de la entrada de la muerte en el mundo. Agustín lo expresó de esta manera:

Antes de la caída, Adán era capaz de pecar o no pecar;

después de la caída, ya no era capaz de no pecar.

   Esto quiere decir que, en su estado de pureza, Adán tenía la capacidad de no pecar, y a través de su obediencia podría haber recibido la inmortalidad. Pero por su desobediencia, él y la raza humana recibieron la pena de la muerte (Gn. 2:17; 3:19). Cristo vivió en obediencia y sin pecado, y así conquistó la muerte para el bien de todo su pueblo.

   En el versículo 21, el griego omite no sólo el verbo, sino que también todos los artículos definidos, a fin de subrayar la cualidad abstracta de los sustantivos hombre, muerte, resurrección y muertos. Pablo recalca que la muerte entró en el mundo a causa del pecado cometido por un hombre. Y una vez que la muerte ha sido producida por un ser humano, sólo se le podrá destruir a través de otro ser humano (cf. Ro. 5:12, 18). La contraparte de la muerte es la resurrección, la cual fue cumplida en Cristo, quien triunfó sobre la muerte. Él es ahora capaz de liberar de las cadenas de la muerte a los que creen en él.

-c. Significado. El concepto de la resurrección se centra en Jesucristo, quien como Dios y hombre conquisto la muerte, levantándose victorioso de la tumba. Aunque la resurrección de Cristo ya tuvo lugar, la de su pueblo todavía espera. Pablo coloca la preposición en delante del nombre Adán y delante del nombre Cristo. Por lo cual indica que Adán es la cabeza de la raza humana y que Cristo es la cabeza del pueblo de Dios. El texto griego tiene el artículo definido delante de cada nombre, para confirmar que apunta a personajes históricos. La declaración «así como en Adán todos mueren, así también en Cristo todos serán vueltos a la vida», usa el tiempo presente en la primera oración y el tiempo futuro en la segunda. El tiempo presente indica a la continua experiencia de la muerte, mientras que el tiempo futuro apunta a la firme promesa de la resurrección.

   El adjetivo todos no debe interpretarse como si Pablo enseñara una salvación universal. Muy por el contrario, el significado del versículo 22 es que todos los que por naturaleza tienen su origen en Adán mueren, y en forma similar todos los que por la fe están incorporados en Cristo serán vivificados. Mientras que toda la humanidad enfrenta la muerte a causa del pecado de Adán, sólo los que están en Cristo reciben la vida a causa de su resurrección. El Nuevo Testamento enseña que la expresión dar vida se refiere sólo a los creyentes y no a los incrédulos. Pablo explica la resurrección de Cristo y su pueblo, pero no la de los paganos.

   ¿Habrá una resurrección general? Así es, los creyentes serán resucitados para vida eterna y los incrédulos para vergüenza y desprecio eternos (Dn. 12:2). Además, Jesús dijo: «Los que han hecho el bien resucitarán para tener vida eterna, pero los que han practicado el mal resucitarán para ser juzgados» (Jn. 5:29).

   Pensamiento 2: La resurrección de Jesús tiene múltiples implicaciones. Para comenzar debemos recordar que cuando Jesús resucita, Él estaba cumpliendo con algo que había sido profetizado. Si Jesús no resucitaba, hubiese habido un fallo de la Palabra de Dios, un fracaso y, por tanto, Dios no pudiese haber sido confiable porque prometió algo que no pudo cumplir.

   Por otro lado, si bien es cierto que el sacrificio de Cristo en la cruz es lo que permite que mis pecados puedan ser perdonados, no es menos cierto que la cruz todavía estaba incompleta. De hecho, el apóstol Pablo nos dice en 1 de Corintios 15:13, “Y si no hay resurrección de muertos, entonces ni siquiera Cristo ha resucitado; y si Cristo no ha resucitado, vana es entonces nuestra predicación, y vana también vuestra fe”. ¿Por qué dice Pablo que vana es nuestra predicación? Por un lado, ellos estaban predicando que Cristo había resucitado, pero por otro lado ellos estaban predicando que las promesas que Cristo había hecho serían cumplidas. La evidencia de esto es que Él tuvo el poder de volver de la muerte a la vida y dejar la tumba vacía.

   Pablo sigue diciendo en el versículo 15, “Aún más, somos hallados testigos falsos de Dios, porque hemos testificado contra Dios que El resucitó a Cristo, a quien no resucitó, si en verdad los muertos no resucitan. Pues si los muertos no resucitan, entonces ni siquiera Cristo ha resucitado; y si Cristo no ha resucitado, vuestra fe es falsa; todavía estáis en vuestros pecados. Entonces también los que han dormido en Cristo han perecido. Si hemos esperado en Cristo para esta vida solamente, somos, de todos los hombres, los más dignos de lástima”.

   Lo que Pablo está diciendo aquí es que, si Cristo no resucitó, no hemos sido perdonados y seguimos en nuestros pecados, porque la resurrección de Cristo es vista teológicamente como el amén del Padre al sacrificio perfecto de Cristo. La razón por que la Dios Padre lo resucita por medio del poder del Espíritu es justamente porque Dios Padre se sintió complacido con lo que Cristo ofreció en la cruz. Que se hay sentido complacido implica que Su sacrificio en la cruz es suficiente para perdonar mis pecados. Si la resurrección no se daba, hubiese implicado que Su sacrificio no complació al Padre y por tanto no merecía volver a la vida; eso nos hubiese dejado en nuestros pecados. La resurrección es la garantía a cada una de las promesas que Cristo nos hizo, por eso decimos que es el amén del Padre.

   Es por esta razón que Pablo elabora de manera enfática que negar la resurrección de Cristo es negar toda la fe. Él nos dice que los que tienen fe seríamos los más dignos de lástima si Cristo no hubiese resucitado porque nuestro sacrificio, sumisión, y servicio sería en vano porque Él no resucitó. En el caso de que Cristo no resucitó, seríamos más dignos de lástima que aquél que vive en el mundo disfrutando su vida porque, al final, todos vamos a quedar en la tumba. ¡Pero Pablo dice que ese no es el caso! Sabemos que tenemos garantía y lo sabemos porque lo vemos en la Palabra; Pablo fue testigo ocular de la resurrección, como lo fueron los otros apóstoles por igual. Ahora Pablo tiene una esperanza que ofrecer al que muere, porque hay una vida que le espera, una vida eterna y eventualmente una reunión con todos los redimidos de Dios donde podremos celebrar permanentemente en la presencia Dios.

   La resurrección de Cristo es uno de los dos pilares sobre los cuales se levanta la iglesia primitiva. Gary Thomas, quien escribió un libro acerca de la evidencia de la resurrección, dice que la iglesia primitiva se levantó predicando la resurrección de Cristo, porque si Cristo no resucitó, no tenemos nada que predicar, pero ese no fue el caso.

1er Titulo:

Dios nos dio su Santo Espíritu para que nos guie y nos enseñe. San Juan 16: 5 al 8 y 13. 5Pero ahora voy al que me envió; y ninguno de vosotros me pregunta: ¿A dónde vas? 6Antes, porque os he dicho estas cosas, tristeza ha llenado vuestro corazón. 7Pero yo os digo la verdad: Os conviene que yo me vaya; porque si no me fuera, el Consolador no vendría a vosotros; más si me fuere, os lo enviaré. 8Y cuando él venga, convencerá al mundo de pecado, de justicia y de juicio. 

   Comentario: [5]. Pero ahora voy al que me envió: y ninguno de vosotros me pregunta: ¿A dónde vas? Un poco antes de esto, cuando Jesús todavía no había explicado el propósito de su marcha, había habido muchas preguntas respecto a la misma. Pedro había preguntado, “Señor ¿a dónde vas?” (13:36) y Tomás había preguntado algo parecido (14:5). Pero estas preguntas nacían de una concepción tosca y literal de la partida de Cristo. Entonces Jesús había dado una explicación completa. Había indicado con claridad que no se dirigía a otro lugar en la tierra, sino que iba al Padre (14:28), que su retorno al Padre debería haber llenado sus corazones de gozo (también 14:28), y que desde allá enviaría a otro Ayudador, a saber, el Espíritu de verdad (14:16, 17, 26; 15:26). Este era el momento adecuado para preguntar qué iba a significar para él y para ellos ese retorno al Padre. Pero no hubo preguntas. Ni siquiera hubo una petición de que repitiera la información tan instructiva respecto al lugar a donde iba. En ese dejar de hacer preguntas hubo un elemento de egoísmo. Tan profundamente preocupados se hallaban estos hombres con el pensamiento de su propia pérdida tan cercana, que este pesar había excluido toda otra consideración. Jesús se queja amargamente, “Y ninguno de vosotros me pregunta: ¿A dónde vas?” Prosigue:

    [6]. Antes, porque os he dicho estas cosas, tristeza ha llenado vuestros corazones.

   Jesús había hablado acerca de su partida. Los discípulos se concentraron en el hecho de esta partida, y en lo que pensaban que significaría para ellos. No prestaron suficiente atención a la naturaleza de esta partida, y a lo que él había dicho que esto significaría para ellos y para él. Por ello, el pesar se había apoderado de sus corazones (cf. 14:1, 27); y esto a pesar de todas las razones que Jesús había presentado para su consuelo (capítulo 14), y a pesar de la instrucción que les había impartido respecto a los frutos de permanecer en él después de su partida física (capítulo 15). Los discípulos conciben como una gran pérdida la partida de su maestro. Por eso Jesús continúa:

   [7]. Pero yo os digo la verdad: Os conviene que yo me vaya; porque si no me voy, el Ayudador no vendrá a vosotros; más si me voy, os lo enviaré. Aquí, Jesús expresó claramente lo que había venido sugiriendo desde mucho antes. ¿Acaso no había dicho a los discípulos que su partida sería con el propósito de prepararles un lugar (14:2); de prepararlos para hacer obras mayores (14:12); de impartirles conocimientos más abundantes (14:20); y, en realidad, de atraerlos más a sí, a saber, en el Espíritu (14:28)? ¿Acaso no resultaba, pues, muy claro que la partida del Maestro sería ventajosa para los discípulos? Una vez más, mientras los discípulos ven a Jesús en el cuerpo, ¿son capaces de entender que su relación con él debe ser de carácter espiritual? ¡Extraños son, en verdad, los caminos del Señor! Cristo y su gran enemigo Caifás dicen ambos lo mismo, a saber, que es conveniente que Jesús muera (véase sobre 11:50). Desde luego, Caifás mismo no quiso decir lo que Cristo quiso decir. La intención del Espíritu, sin embargo, era la misma en ambos casos.

   La razón fundamental de por qué la partida de Cristo significa triunfo y no tragedia, la razón de por qué es una ayuda y no un obstáculo para estos hombres (y para la Iglesia en general) es ésta, que de lo contrario el Ayudador (véase sobre 14:16), a saber, el Espíritu Santo, no vendrá a ellos. Jesús no explica por qué el Espíritu no puede venir a no ser que el Hijo se vaya de la tierra para retornar a su morada en lo alto. Probablemente las siguientes sugerencias señalan la dirección correcta: la partida del Hijo es por el camino de la cruz. Con dicha partida obtiene la redención para su pueblo. Ahora bien, el Espíritu Santo es aquel cuya misión especial es aplicar los méritos salvadores de Cristo al corazón y a la vida de los creyentes (Ro. 8; Gá. 4:4–6). Pero el Espíritu no puede aplicar estos méritos si no hay méritos para aplicar. En consecuencia, a no ser que Jesús se vaya, el Espíritu no puede venir. Asimismo, debe tenerse presente que el don del Espíritu Santo es una recompensa por las obras de Cristo (Hch. 2:33). Pero no se da la recompensa hasta que se ha cumplido la misión por la cual se otorga. Por ello, el Espíritu Santo no puede ser enviado hasta que Jesús hay completado su tarea en la tierra. No decimos que Jesús tuviera presentes estas razones cuando dijo, “porque si no me voy, el Ayudador no vendrá a vosotros; más si me voy, os lo enviaré”. Simplemente no sabemos qué tenía en mente. La razón por que nosotros, sin embargo, presentamos unas cuantas sugerencias es para mostrar que esta afirmación de Jesús está totalmente en armonía con el cuerpo de la revelación que encontramos en otros pasajes del Nuevo Testamento. Nótese, “enviaré”, aquí y también en 15:26; pero 14:26: “El Padre enviará en mi nombre”. Hay cooperación perfecta en las obras externas. El Padre envía; el Hijo envía; el Espíritu va. Además, el Espíritu es enviado “a vosotros”. Escoge como morada a la iglesia. Sin embargo, también el mundo percibe su influjo:

   [8]. Y cuando él venga, convencerá al mundo de pecado, de justicia y de juicio. La acción del Espíritu en el mundo se describe en los versículos 8–10. A través de la predicación y las obras de los discípulos (2 Ti. 3:16; 4:2; Tit. 1:9, 13; 2:15) ese Espíritu, una vez constituida su morada en el corazón de los creyentes (véase Hch. 2; 2 Co. 6:16), convencerá al mundo.

   Pondrá públicamente de manifiesto la culpa del mundo y lo invitará al arrepentimiento. Lo convencerá respecto a tres asuntos: pecado, justicia, y juicio. El resultado de esta operación del Espíritu no se indica aquí. Por Hch. 2:22–41; 7:51–57; 9:1–6; 1 Co. 14:24; 2 Co. 2:15, 16; Tit. 1:13, sabemos que en algunos casos el resultado será la conversión; en otros, el endurecimiento y el castigo eterno.

   [13]. Pero cuando venga el Espíritu de verdad, él os guiará a toda la verdad.

   Jesús no indica el tiempo exacto en que el Espíritu va a venir. Dice, “Cuando”. Aunque la palabra para Espíritu es neutra en el original, el pronombre que se refiere a este Espíritu se considera como persona. Véase también sobre 14:16. En cuanto al significado de la expresión “Espíritu de verdad”, véase sobre 14:17.

   La función del Espíritu Santo en la iglesia se describe como la de guiar, literalmente: “ir delante”. El Espíritu no usa armas externas. No manipula; guía. Ejerce influencia en la conciencia regenerada del hijo de Dios (y aquí, en particular, de los oficiales o dirigentes), y amplía los temas que Jesús había presentado durante su permanencia en la tierra. Así pues, guía hacia toda la verdad, es decir, hacia el cuerpo entero (con énfasis en este adjetivo) de la revelación redentora. El Espíritu Santo nunca pasa por encima de un tema. Nunca insiste en un punto de doctrina a costa de todos los demás. Guía hacia toda la verdad. Además, en el desempeño de esta tarea está en relación íntima con las otras personas de la Trinidad. Leemos: Porque no hablará por su propia cuenta, sino que hablará todo lo que oyere. El Padre y el Espíritu son uno en esencia. Lo que el Espíritu oye del Padre lo murmura en el corazón de los creyentes en y por medio de la Palabra. Busca constantemente las profundidades de Dios. Las comprende y las revela a los hijos de Dios (1 Co. 2:10, 11). Al decir lo que oye, el Espíritu es como el Hijo, porque éste también habla de lo que ha oído del (y visto cuando estaba con el) Padre (3:11; 7:16; 8:24; 12:49; 14:10, 24). Y os hará saber las cosas que habrán de venir. El Espíritu vendrá (16:8); guiará a toda la verdad (16: 13a); y revelará las cosas que habrán de venir (16:13b). En cuanto a lo primero, véase el libro de Hechos (sobre todo el capítulo 2); en cuanto a lo segundo, véase las epístolas; en cuanto a lo tercero, véase el libro de Apocalipsis. No es que estos tres aspectos puedan dividirse tan claramente. Las epístolas y el Apocalipsis constantemente dan por sentado la presencia del Espíritu; las epístolas contienen mucha revelación respecto a las cosas que habrán de venir (p.ej., 1 Co. 15; 2 Ts. 2). Pero en general es buena la distinción que se hizo. Desde luego, cuando el Espíritu declara las cosas que habrán de venir, no comienza por la enumeración de una larga lista de sucesos específicos, diarios, sino que predice los principios subyacentes.

2o Titulo:

Esperanza viva por la resurrección de Jesucristo. 1ª de Pedro 1:3 y 4. 3Bendito el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que según su grande misericordia nos hizo renacer para una esperanza viva, por la resurrección de Jesucristo de los muertos, 4para una herencia incorruptible, incontaminada e inmarcesible, reservada en los cielos para vosotros, 

Comentario: La salvación 1:3–12

  1. Una esperanza viva1:3

   A lo largo de su epístola, Pedro anima a sus lectores a tener esperanza. La esperanza se basa en una fe viva en Jesucristo. Es una característica del creyente que espera con paciencia la salvación que Dios ha prometido a su pueblo. “Tener esperanza es aguardar con disciplina”.

   [3]. ¡Alabado sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo! Por su gran misericordia mediante la resurrección de Jesucristo de entre los muertos nos ha hecho nacer de nuevo a una esperanza viva.

   Cargado hasta rebosar con las bendiciones espirituales que quiere comunicar a sus lectores, Pedro escribe una oración muy larga en el griego (vv. 3–9). En nuestras versiones modernas los traductores han dividido esta extensa oración. No obstante, la oración misma revela la intensidad del escritor y la plenitud de su mensaje. En la parte introductoria de ella notamos los siguientes puntos:

-a. “Alabado”. Esta palabra es de hecho la primera palabra en una doxología, por ejemplo, que se encuentra al final de muchos de los libros de los Salmos: “Bendito sea Jehová, el Dios de Israel, por los siglos de los siglos” (Sal. 41:13; y con algunas variantes 72:18; 89:52; 106:48). La palabra bendito o alabado es de uso corriente también en el Nuevo Testamento. Zacarías comienza su cántico con un estallido exuberante de alabanza: “Bendito el Señor Dios de Israel, que ha visitado y redimido a su pueblo” (Lc. 1:68; véase también Ro. 1:25b; 9:5).

-b. “El Dios y Padre”. En la iglesia primitiva, los cristianos judíos adaptaron las bendiciones de sus antepasados para poder incluir en las mismas a Jesucristo. Nótese que la doxología del versículo 3: “¡Alabado sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo!” es idéntica en su redacción a la de 2 Corintios 1:3 y Efesios 1:3 (cf. también 2 Co. 11:31).

   Dios se ha revelado en su Hijo, el Señor Jesucristo. Por medio de Jesucristo, todos los escogidos tienen parte en su identidad de hijo. Por medio de él ellos llaman a Dios “Padre”, porque todos son sus hijos. Junto con la iglesia universal, el creyente confiesa las palabras del Credo Apostólico: Creo en Dios Padre Todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra.

A causa de Jesucristo, nosotros llamamos “Padre nuestro” a su Padre y Dios nuestro a su Dios (Jn. 20:17). La paternidad es una de las características esenciales del ser de Dios; es parte de su deidad. Dios es, en primer lugar, Padre de Jesús; luego, a causa de Cristo, Padre del creyente.

   Pedro señala nuestra relación con el Padre y el Hijo al usar el pronombre personal nuestro (“Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo”). Además, Pedro revela en la oración siguiente que Dios es nuestro Padre porque “nos ha hecho nacer de nuevo”. Vale decir que el Padre nos ha vuelto a generar al darnos un renacimiento espiritual. El Padre nos ha dado ese renacimiento debido a nuestro Señor Jesucristo.

-c. “Señor”. El versículo 3 es el único texto en esta epístola en que Pedro utiliza el título y nombre compuesto juntos: nuestro Señor Jesucristo. Al usar el pronombre nuestro, Pedro se auto incluye entre los creyentes que confiesan el señorío de Jesucristo. “Llamar a Jesús Señor es declarar que él es Dios”. Además, en la iglesia primitiva los cristianos confesaban su fe por medio de la breve declaración Jesús es el Señor (1 Co. 12:3). El nombre Jesús abarca el ministerio terrenal del Hijo de Dios y el nombre Cristo se refiere a su llamamiento mesiánico. Cuatro veces en el breve marco de tres versículos (vv. 1–3) Pedro utiliza el nombre Jesucristo.

-d. “Misericordia”. Pedro describe nuestra relación con Dios el Padre cuando dice: “En su gran misericordia nos ha hecho nacer de nuevo”. Encontramos una redacción casi idéntica en una de las epístolas de Pablo (“Dios, siendo rico en misericordia, nos vivificó juntamente con Cristo” [Ef. 2:4–5].) Parece que Pedro tenía conocimiento de las epístolas de Pablo (véase 2 P. 3:15–16). Pedro, junto con los demás apóstoles, presenta la doctrina cristiana de la regeneración (p. ej., véase Jn. 3:3, 5).

-e. “Nacer de nuevo”. Es preciso tomar nota de que recibimos un nuevo nacimiento espiritual de Dios Padre. Pedro escribe que Dios “nos ha hecho nacer de nuevo” (v. 3), y más tarde afirma: “Pues han nacido de nuevo” (v. 23). Así como somos pasivos en nuestro nacimiento natural, también lo somos en el nacimiento espiritual. En otras palabras, Dios actúa en el proceso de engendrarlos, ya que él hace que nazcamos de nuevo. Mediante las palabras nuevo y de nuevo en estos dos versículos, Pedro muestra la diferencia que hay entre nuestro nacimiento natural y nuestro nacimiento espiritual.

   Pedro habla a partir de su propia experiencia, porque recuerda cuando cayó en el pecado de negar a Jesús. Más tarde, cuando Jesús le restituyó su apostolado, él fue receptor de la gran misericordia de Dios y recibió nueva vida mediante su rehabilitación. Es por eso que se incluye a sí mismo cuando escribe: “Nos ha hecho nacer de nuevo” (bastardillas añadidas). De paso, notemos que los pasajes en que Pedro usa los pronombres personales nuestro o nosotros son pocos (1:3; 2:24; 4:17). Este libro es una epístola en la que el escritor se dirige a sus lectores en términos de “ustedes”. El uso infrecuente de la primera persona, singular (2:11; 5:1, 12) o plural, es por ello tanto más significativo.

-f. “Esperanza”. ¿Qué es la esperanza? Se trata de algo que es personal, vivo, activo y que es parte de nosotros. En el versículo 3 vemos que no es algo que pertenece al futuro (cf. Col. 1:5; Ti. 2:13). En cambio, trae vida a los escogidos de Dios que esperan con paciente disciplina la revelación de Dios en Jesucristo.

-g. “Resurrección”. ¿Cuál es el fundamento de nuestra nueva vida? Pedro nos dice que “mediante la resurrección de Jesucristo de los muertos” Dios nos ha hecho vivos y nos ha dado una esperanza viva. Sin la resurrección de Cristo, nuestro nacimiento nuevo sería imposible y nuestra esperanza vana. Por su resurrección de los muertos, Jesucristo nos ha dado la certeza de que también nosotros resucitaremos con él (véase Ro. 6:4). ¿Por qué? Tal cual Pedro lo predicó en el Pentecostés: “… al cual Dios levantó, sueltos los dolores de la muerte, por cuanto era imposible que fuese retenido por ella” (Hch. 2:24). Jesús es el primero en romper las cadenas de la muerte, para que por su intermedio nazcamos de nuevo y en él tengamos vida eterna (1 Jn. 5:12).

   Pedro habla en su carácter de testigo ocular, porque él tuvo la experiencia única de encontrarse con Jesús después de que resucitó y salió de la tumba. Pedro comió y bebió con Jesús y se transformó en un testigo de la resurrección de Jesús (véase Hch. 10:41).

Consideraciones doctrinales acerca de 1:3

    Dos veces en esta breve epístola Pedro introduce enseñanzas acerca de la resurrección de Jesucristo (1:3; 3:21).

Esta enseñanza, no cabe duda, es el eje de la religión cristiana. Cuando los once apóstoles se reunieron después de la ascensión de Jesús y antes del Pentecostés, ellos escogieron un sucesor a Judas Iscariote. Pedro, en su función de vocero, declaró que esa persona tenía que haber sido seguidora de Jesús desde el día de su bautismo hasta el momento de su ascensión, y que debía ser testigo de la resurrección de Jesús (Hch. 1:22).

   En su carácter de testigo ocular de la resurrección de Jesús, Pedro proclamó esta verdad en su predicación ante la multitud reunida en Jerusalén para Pentecostés (Hch. 2:31). Al predicar ante la gente reunida en el Pórtico de Salomón, dijo que Dios había resucitado a Jesús de los muertos (Hch. 3:15; cf. 4:2, 33). Y finalmente, cuando Pedro habló en la casa de Cornelio en Cesarea, también enseñó la resurrección de Jesús (Hch. 10:40). Pedro dio testimonio de esta verdad durante todo su ministerio, tanto al predicar como al escribir.

  1. Una Herencia Segura 1:4

   [4]. Y a una herencia que nunca puede acabarse, ni echarse a perder, ni marchitarse. Esa herencia está reservada en el cielo para ustedes.

   La palabra clave de este versículo es “herencia”. Esta palabra en particular trae a la mente la muerte de una persona que ha testado su propiedad a parientes inmediatos o a obras de caridad. El escritor de Hebreos lo formula escuetamente: “En caso de un testamento, es necesario demostrar la muerte del testador, ya que un testamento sólo es puesto en vigor cuando alguien ha muerto; nunca tiene vigencia mientras el que lo hizo vive” (9:16–17).

   Pedro, no obstante, coloca la palabra herencia en el contexto de la vida. En el versículo precedente (v. 3), menciona la resurrección de Cristo y el nuevo nacimiento que recibimos por él. En vez de muerte hay vida. Mediante la resurrección de Cristo, nosotros somos receptores de la herencia que Dios ha depositado para nosotros en el cielo. Pablo escribe: “Somos herederos—herederos de Dios y coherederos con Cristo” (Ro. 8:17).

   Los israelitas conocían el significado de la palabra herencia. Al viajar por el desierto del Sinaí, recordaban que Abraham había recibido la promesa de que heredarían la tierra de Canaán (Gn. 15:18; Hch. 7:5; Heb. 11:8). En la Tierra Prometida, cada israelita gozaba de su propia posesión, se sentaba bajo su propia higuera y disfrutaba del fruto de su propia viña (1 R. 4:25). “Nada le parecía más deseable a los israelitas que la posesión tranquila, próspera y permanente de esta tierra”.

   La herencia de Israel, sin embargo, nunca estuvo segura y a salvo. Saqueadores procedentes del desierto invadirían el país y robarían las posesiones de sus habitantes. Como contraste con esto, en la época neotestamentaria la palabra herencia tiene un significado totalmente distinto (Ef. 1:14, 18; Col. 1:12; 3:24; Heb. 9:15). Se refiere a la salvación que heredan los creyentes cuando abandonan este escenario terrenal y obtienen la gloria eterna. La herencia de los creyentes está guardada en los cielos, donde Dios la tiene guardada para nosotros en completa seguridad hasta el momento designado en que nos toque recibirla.

   ¿Qué es lo que heredamos? Pedro encuentra imposible describir en términos positivos la herencia que nos espera. Es irónico que, visto su gran valor, él sólo puede describirla con términos negativos. Escoge tres verbos para describir lo que nuestra herencia no es, e íntima que estas palabras revelan la verdadera naturaleza de la herencia.

-a. No acaba. Nuestro tesoro no está sujeto a la muerte o a la destrucción; no puede perecer. Es más, no está limitado por el tiempo, sino que es eterno.

-b. No se echa a perder. Nunca puede descomponerse, corromperse o contaminarse. Nuestra herencia perdura libre de toda tacha y es pura (cf. Ap. 21:27).

-c. No se marchita. No puede marchitarse. Cuando una flor ha pasado su auge, su belleza se marchita. Pero esto nunca podrá decirse de nuestra herencia guardada para nosotros en el cielo.

   Las posesiones terrenales están sujetas a constantes variantes y cambios, pero nuestra herencia eterna está guardada en completa seguridad por Dios en los cielos. Y no sólo está guardada segura nuestra herencia eterna, sino que, afirma Pedro, nosotros mismos, los poseedores de esta herencia, estamos protegidos por el poder de Dios.

3er Titulo:

Cristo resucito para que andemos en vida nueva. Romanos 6:4. Porque somos sepultados juntamente con él para muerte por el bautismo, a fin de que como Cristo resucitó de los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en vida nueva.

   Comentario: [3, 4]. ¿O no sabéis que todos los que fuimos bautizados en Cristo Jesús fuimos bautizados en su muerte? Así, pues fuimos sepultados con él por el bautismo para muerte para que, así como Cristo fue resucitado de los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en vida nueva.

   Cuando Pablo pregunta: “¿O no sabéis que”, etc., él nos hace recordar el estilo del Maestro? Véanse especialmente Juan 3:10; 19:10; pero compárense también pasajes tales como Mt. 12:3, 5; 19:4; 21:16, 42; 22:31; Lc. 6:3, por mencionar unos pocos. La pregunta demuestra también que, aunque Pablo mismo no había establecido nla iglesia de Roma, él da por sentado que el significado práctico de la muerte de Cristo para la vida cristiana es un asunto del cual se puede esperar que todos sus lectores estén completamente informados. Véase también sobre 7:1.

   El apóstol supone que todos (inclusive él mismo) los que habían oído la predicación pública del evangelio o que por algún otro medio se habían convertido, habían confesado públicamente su fe y habían sido bautizados. Véanse Mt. 28:19; Hch. 2:37, 38; 9:18. La pregunta ahora: “¿O no sabéis que todos los que fuimos bautizados en Cristo Jesús fuimos bautizados en su muerte?”

   Ser bautizado “en Cristo Jesús” significa ser puesto en una relación personal con el Salvador. Hay expresiones similares en Mt. 22:19 (“bautizándolos en el nombre de Pablo”): y 10:2 (“bautizados en Moisés”). Por consiguiente, Pablo subraya que bautizar a la gente en Cristo Jesús implica bautizarlos en—es decir, en relación con el sacramento del bautismo que los pone en una relación personal con—la muerte de Cristo, de modo que esta muerte se hace significativa para ellos, enseñándoles que por ella la culpa de sus pecados ha sido quitada y que han recibido el poder para luchar contra la contaminación del pecado y vencerla.

   A primera vista la afirmación: “Fuimos sepultados con él por el bautismo en su muerte” puede parecer confusa, como si la sepultura precediese a la muerte. Por otra parte, ¿cómo es posible que una persona sea sepultada en la muerte de otra? Sin embargo, cuando tenemos en cuenta el contexto, la dificultad desaparece, como se verá:

   La peligrosa doctrina del antinomianismo estaba descarriando a la gente. Esta siniestra herejía hizo que Pablo enfatizara la necesidad de hacer una ruptura definitiva con la pasada vida de pecado. Por eso él dice: “Fuimos sepultados en su muerte—es decir, la de Cristo; en otras palabras, por el poder del Espíritu Santo se nos hizo ahondar profundamente en el significado de su maravillosa muerte. De hecho, tan profundamente nos hemos sepultado en ella, con corazón y mente, que comenzamos a ver su glorioso significado para nuestras vidas. Por lo tanto, rechazamos y aborrecemos ese malvado y terrible dicho: Continuemos pecando para que abunde la gracia.

   Por medio del bautismo y por la consideración de su significado, estos primitivos convertidos, inclusive Pablo, habían sido llevados a una relación personal muy estrecha con su Señor y Salvador y con el significado de su abnegada muerte. El significado de esa muerte había sido llevado como bendición a sus corazones por el Espíritu Santo.

   Pablo ahora les recuerda a sus lectores que Cristo fue resucitado de la muerte por medio de “la gloria”— que aquí quiere decir “el poder majestuoso” (véase sobre 1:23)—del Padre.

   Puesto que los amados del Salvador están “en él”, y siendo la relación muy estrecha e inseparable (J. 10:28; 17:24; Ro. 8:35–39; Col. 3:3), se deduce que incluida en el propósito de su resurrección se halla esta meta: “para que andemos en una vida nueva” una vida no dedicada ya al pecado sino a la gloria del Trino Dios.

   Debe entenderse que la resurrección de Cristo de los muertos debe recibir la plenitud de su significado como en aquel gran acontecimiento que condujo a su actividad salvífica en el cielo (Ro. 8:34; Ef. 1:20–23; Heb. 7:25).

   Sobre andar, en el sentido de conducirse o de vivir, véanse pasajes tales como los siguientes: Gn. 17:1; Ex. 16:4; Sal. 56:13; 101:2; 119:1; Ro. 4:12; 8:1, 4; 13:13; 14:5; 1 Co. 3:3; 2 Co. 5:17; Gá. 5:16, 25; Ef. 2:10; 3:6– 19.

4o Titulo:

Resucitó con el fin de interceder por todos los redimidos. Romanos 8.34. ¿Quién es el que condenará? Cristo es el que murió; más aún, el que también resucitó, el que además está a la diestra de Dios, el que también intercede por nosotros.

   Comentario: [33, 34]. ¿Quién presentará algún cargo contra los escogidos de Dios? Es Dios quien justifica. ¿Quién es el que condena? Cristo Jesús [es] el que murió, aún más, el que fue resucitado de entre los muertos, el que está a la diestra de Dios, el que también intercede por nosotros.

   El v. 33 es probablemente un eco intencional de las palabras que encontramos en Is. 50:8, 9a: “Cercano está de mí el que me salva [o vindica]; ¿quién contenderá conmigo?… He aquí que Jehová el Señor me ayudará. ¿Quién hay que me condene?”

   Las preguntas retóricas—“¿Quién presentará algún cargo …?” “¿Quién es el que condena?”—importan una vigorosa negación contra la sugerencia que haya algún cargo o condenación que tenga validez.

   ¿No son éstos los escogidos de Dios? ¿No es eso lo que se implica en 8:29: “conocidos de antemano … predestinados”?

   Por cierto, cuando, en la disputa entre el sumo sacerdote Josué y Satanás, Dios defendió a Josué y reprendió a Satanás, este último fue silenciado inmediatamente (Zac. 3:1–5). Cuando Dios justifica a una persona, todas las acusaciones pierden validez.

   La naturaleza lógica de esta respuesta resalta aún más claramente por las palabras que siguen, a saber “Cristo Jesús [es] el que murió … fue resucitado de entre los muertos … está a la diestra de Dios … intercede por nosotros”.

   Nótese aquí en forma especial la frase “aún más” insertada entre la referencia a la muerte de Cristo y su resurrección. Es probable que la misma exprese no solamente la relación climática entre los dos primeros elementos, sino entre todos los elementos de la serie. Por cierto, por medio de la muerte de Cristo fueron borrados los pecados de su pueblo. Pero este hecho fue establecido y puesto fuera del alcance de toda exitosa contradicción posible por medio de la resurrección de entre los muertos. Véase sobre Ro. 4:25. Y la exaltación del Hijo de Dios a la diestra de Dios—Mt. 26:64; Mr. 14:62; Lc. 22:69; Hch. 2:33; 3:13; 5:31; 7:55, 56; Ef. 1:20; Col. 3:1; Heb. 1:3; 2:9; 8:1; 10:12; 12:2; 1 P. 1:21; 3:22; Ap. 5:12—que simboliza el honor, el poder y la autoridad otorgados a él como recompensa por su obra mediadora plenamente lograda, fortalece aún más esta conclusión.

   El clímax de la certeza es alcanzado en la cláusula: “que también intercede por nosotros”—Is. 53:12;256 Lc. 23:34; Jn. 14:16; 1 Jn. 2:1; Heb. 7:25—porque, ¿cómo se podría imaginar que el Padre se negaría a atender las oraciones intercesoras del Hijo que tan plena, maravillosa y gloriosamente cumpliera la tarea que le fue dada (Jn. 17:4)? ¿Acaso no le dijo el Hijo mismo al Padre: “Yo sabía que siempre me oyes”? (Jn. 11: 42a).

(Comentario Tomado De Comentario Al Nuevo Testamento Por William Hendriksen Exposición Del Evangelio Según San Juan, 1ª Co.; Romanos; 1ª Pedro)

Amen, para la honra y gloria de Dios.

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Hno Roberto Saldías Roa

Miembro de la IEP en Nacimiento Bajo, nació en el evangelio del Señor en la Iglesia de Laja 1975. Casado con María Nahuelmán, estudia teología de manera autodidacta. Me gusta mucho leer y escribir.