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Lunes 30 de septiembre de 2019: “Actitudes abominables ante los ojos de Dios”

Lunes 30 de septiembre de 2019: “Actitudes abominables ante los ojos de Dios”

Lectura Bíblica: Proverbios Cap. 6, versículos 19 al 19. 16Seis cosas aborrece Jehová. Y aun siete abomina su alma: 17Los ojos altivos, la lengua mentirosa. Las manos derramadoras de sangre inocente. 18El corazón que maquina pensamientos inicuos. Los pies presurosos para correr al mal, 19El testigo falso que habla mentiras.  Y el que siembra discordia entre hermanos. Amonestación contra el adulterio

   Comentario: Los siete hechos condenados por Dios, 6:16-19

   En esta sección se encuentra la primera de seis lecciones numéricas de Proverbios (sin contar 31:1–31 que puede leerse como el alfabeto o la totalidad de los números del 1 al 10 y de 10 hasta 100 y de 100 hasta 400). Las otras cinco lecciones se encuentran en una forma unida en el cap. 30 (vv. 15, 16; vv. 18, 19; vv. 21–23; vv. 24–28 y vv. 29–31). Los proverbios del cap. 30 están desarrollados en base al número 4, mientras el proverbio numérico de esta sección está basado en el número 7. Las seis secciones siguen la misma fórmula. Se da un número y después se agrega uno más, intensificando así el momento y dejando tiempo para que se escuche bien la lista (hay una excepción que es 30:24, que dice desde el comienzo que son cuatro cosas).

   Las palabras “aborrecer” y “abominar” son clave en el v. 16. Así se muestra la actitud de Jehová, del ser entero (alma) hacia las siete características. Dicho de paso, el contenido de esta sección es paralelo de la sección anterior y forma el enlace para las dos secciones. Están repetidos los ojos, la lengua boca, el corazón, los pies y el provocar discordia. Así este proverbio resume lo enseñado anteriormente, aunque las modificaciones son significativas.

    La palabra “aborrecer” se deriva de sane’ 8130, que muestra el odio que Dios siente hacia las características que están por nombrarse. Como la palabra opuesta a la palabra “amar”, del hebreo ’hb 157, la palabra “aborrecer” u “odiar” es una actitud que causa la distancia de una persona de la otra (14:20 donde aprecian es de la palabra hebrea ’hb). Tal emoción puede señalar el abandono de la persona de aquel que es odioso. El concepto puede decir que Dios va a abandonar al hombre con las siete características de los vv. 16–19. La palabra se encuentra 23 veces en Proverbios, mientras el AT tiene 164 casos de la raíz (1:22, 29; 5:12; 8:13, 36; 9:8; 11:15; 14:17, 20; 15:10, 27; 19:7; 25:17, 21; 27:6; 28:16; 29:10, 24; 30:23).

   En este mismo sentido veamos la palabra “abominación”. Existe el sustantivo en el texto, aunque se traduce como el verbo “abominar”. No hay un cambio de sentido sino un deseo de hacer la forma sinónima más acabada.     Las dos palabras en el texto bíblico son ta’ab 8130 para “abominar” y totebah 8441 para “abominación”, ambas de la misma raíz. Hay que entender el concepto ritual de la raíz para captar el espíritu de la raíz. Ciertos animales y ciertos sacrificios eran “abominables” al Señor, y así impuros y prohibidos en la asamblea de los hebreos (Deut. 14:3; 17:1). Aun entre los otros pueblos del mundo antiguo había un concepto de cosas abominables (Gén. 46:34). Hay varios pasajes con la palabra “abominar” (3:32; 6:16; 8:7) y aún más con la palabra “abominación” (11:1, 20; 12:22; 13:19; 15:8, 9, 26; 16:5, 12; 17:15; 20:10, 23; 21:27; 24:9; 26:25; 29:27). Quizá 29:27 muestra el significado más claro que sea no ritual: Abominación es a los justos el hombre inicuo, y el de caminos rectos es abominación al impío. Aquí la definición de un erudito para abominar es mejor, es decir “detestar” (Jenni). El justo y el impío mutuamente se detestan y no desean estar juntos porque sus valores son distintos. Por lo tanto, la palabra “abominación” se acerca al significado de “aborrecer”, llegando así a ser una palabra sinónima (ver Amós 5:10; 6:8; Sal. 5:6, 7; 119:163 para la combinación de las dos palabras).

    Finalmente, podemos exponer sobre la actitud de Jehová hacia las siete características como una actitud que rechaza como impuras las características y desea distanciarse de ellas por ser detestables y odiosas.

   La oración del v. 16 puede leerse de la siguiente manera: “Seis (cosas) hay que odió Jehová y siete una abominación a él.” La palabra “odió” expresa la naturaleza del verbo como una acción acabada. En este sentido, la actitud de Jehová es eterna; siempre va a rechazar el pecado.

   Además, el tiempo perfecto en esta oración expresa un hecho ya acabado, pero con influencia sobre el tiempo presente. En otras palabras, la actitud de Dios es influyente ahora (y va a ser importante para la eternidad). Vale que el creyente aprenda lo que Dios ama y lo que Dios odia porque la actitud de Dios es eterna. Él no va a cambiar su parecer como lo haría la naturaleza del hombre. El maestro desea fomentar en el joven el rechazo de estas características que le van a perjudicar con Dios y con los hombres.

   La primera característica apunta a un gesto de los ojos que muestra la actitud del hombre (ver 30:13). El adjetivo “altivo” viene de rum 7311, que significa “estar en un lugar alto, ser exaltado o levantar”. Por lo tanto, parece que el gesto de levantar los ojos, quizá las cejas, era una forma de mostrarse superior al prójimo y un gesto para menospreciar al otro. Aquí se muestra un orgullo insano y destructivo. La palabra de Dios es final, y su palabra es: ¡Abominable! = (Lo que produce agudo desagrado o repulsión, sobre todo desde el punto de vista moral y religioso.) ¡Rechazado!

   La segunda característica involucra la lengua mentirosa (v. 17). Ya hemos compartido la relación estrecha entre la boca y el corazón como fue establecida por Jesús (ver 4:24 y 6:12). De hecho, la voluntad del hombre es dueña de todos los otros miembros del cuerpo. En Proverbios, la lengua mentirosa o los labios mentirosos es un tema frecuente (12:19; 22; 21:6; 26:28). El engaño y la falsedad son sus valores. ¡Cuán grande es el daño hecho por alguna mentira! ¡Cuántas relaciones se han destruido! Otra vez se escucha la palabra de Dios. ¡Abominable! ¡Rechazado!

    Las manos reciben la atención en la tercera característica. “La mano”, en el mundo antiguo, significaba tener poder o tomar la autoridad sobre algo. Estar bajo la mano de alguien significaba estar sometido a su voluntad (ver Exo. 3:8; Jue. 2:16; Luc. 24:7). Así los que derraman sangre buscan tener el poder sobre otros. “Derramar sangre” es un eufemismo para hacer violencia o asesinar a otro (1:11, 16). Dos mandamientos pueden ser desobedecidos: No cometerás homicidio (Éxo. 20:13; Deut. 5:17) y no robarás (Exo. 20:15; Deut. 5:19). Desde el tiempo de la primera familia con el asesinato de Abel por Caín, el juicio de Dios ha sido claro. Hoy por hoy existe demasiada violencia entre los miembros de la familia y entre los amigos sobre algunos hechos de pasión. Esto se aumenta agregando la violencia por el robo y los asesinatos. En Apocalipsis, Dios dice que los que no entran al cielo son: … los cobardes e incrédulos… los abominables y homicidas… su herencia será el lago que arde con fuego y azufre, que es la muerte segunda (Apoc. 21:8). ¡Abominable! ¡Rechazado!

    Después de mencionar el orgullo, la mentira y el asesinato, el texto apunta al corazón como la cuarta característica aborrecida. El corazón es el símbolo de donde están asentados la voluntad, el conocimiento, las facultades para tomar decisiones, etc. (ver 4:29; 6:14). En este texto, se precisa un aspecto del corazón, la capacidad para trazar un plan de acción. Esta bendición tan grande de Dios se ha pervertido. Ahora el hombre malgasta la habilidad mental para dibujar algún plan malicioso o pecaminoso. Este dicho es parecido con el v. 14, donde el corazón en todo tiempo anda pensando el mal. ¿Cómo puede alguien que tiene su mente funcionando solo en hacer mal esperar tener éxito en la vida? ¡Qué manera de perder lo mejor de la vida! Otra vez se escucha la palabra final de Dios: Bienaventurados los de limpio corazón porque ellos verán a Dios (Mat. 5:8). Pero a los de corazones duros y sucios la palabra final es: ¡Abominable! ¡Rechazado!

    Los pies se subrayan como la quinta característica del malo. Vale recordar que el v. 13 hablaba de un gesto de raspar los pies como una señal fea y engañosa. Aquí en el v. 18 los pies muestran una desesperación. Están apresurados para correr al mal. Hay un deseo de no estar ausente del lugar del mal. O quizá están apresurados para crear un lugar donde se puede hacer el mal. No cabe duda dónde se puede encontrar el malvado. Búsquelo donde se hacen las cosas ilegales e inmorales. De no estar ahí se pone desesperado. Nunca va a entender el concepto del shalom. Pero sí, va a escuchar la palabra final de Dios. ¡Abominable! ¡Rechazado!

   La sexta característica del hombre pecaminoso es su capacidad fácil para mentir. El v. 19 le llama un testigo falso, tan condenado por los hebreos como se ve en el siguiente pasaje: Cuando se levante un testigo falso contra alguien, para acusarle de transgresión, entonces los dos hombres que están en litigio se presentarán delante de Jehovah, ante los sacerdotes y los jueces que haya en aquellos días. Los jueces investigarán bien, y si aquel testigo resulta ser falso, por haber testificado falsamente contra su hermano, le haréis a él lo que él pensó hacer a su hermano. Así quitarás el mal de en medio de ti. Los que quedan lo oirán y temerán, y no volverán a hacer semejante maldad en medio de ti (Deut. 19:16–20). Israel supo el daño que puede hacer la mentira. De hecho, están afectadas todas las instituciones. Desde el comercio hasta las situaciones legales, sin mencionar las relaciones interpersonales, están alterados por la presencia del testigo falso.

   El v. 18 agrega que este testigo falso “respira” falsedad, la traducción literal del verbo hebreo puj 6315 (ver 14:5, 25; 19: 19:5, 9). Decir una mentira es tan natural como la respiración. Jesús enseñaba a sus discípulos diciendo: Pero sea vuestro hablar, “sí”, “sí”, y “no”, “no”. Porque lo que va más allá de esto, procede del mal (Mat. 5:37). Luego, Jesús iba a sentir las consecuencias del testigo falso: Los principales sacerdotes, los ancianos y todo el Sanedrín buscaban falso testimonio contra Jesús, para que le entregaran a muerte. Pero no lo hallaron, a pesar de que se presentaron muchos testigos falsos. Por fin, se presentaron dos… (Mat. 26:59, 60). Y el pasaje de Apocalipsis agrega que todos los mentirosos junto a otros malvados tendrán su herencia… en el lago que arde con fuego… (Apoc. 20:8). Es muy difícil mantener la palabra fiel hoy en día. En una encuesta hecha en 1992 en los Estados Unidos de América, sólo 48% contestaron que guardaron el mandamiento no darás falso testimonio contra tu prójimo (The Barna Report). El único mandamiento quebrado en una forma más frecuente fue el mandamiento sobre guardar el día del Señor con un 25% guardándolo plenamente. El 82% afirma guardar el mandamiento sobre no cometer el adulterio, mientras 77% afirma guardar el mandamiento sobre honrar a los padres. La última palabra de Dios es terminante. ¡Abominable! ¡Rechazado!

   Citas Bíblicas: Proverbios 1:16. Porque sus pies corren hacia el mal, Y van presurosos a derramar sangre.

Isaías 1.15. Cuando extendáis vuestras manos, yo esconderé de vosotros mis ojos; asimismo cuando multipliquéis la oración, yo no oiré; llenas están de sangre vuestras manos. 1ª Corintios 6:9-11. 9 ¿No sabéis que los injustos no heredarán el reino de Dios? No erréis; ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los que se echan con varones, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los maldicientes, ni los estafadores, heredarán el reino de Dios. Y esto erais algunos; más ya habéis sido lavados, ya habéis sido santificados, ya habéis sido justificados en el nombre del Señor Jesús, y por el Espíritu de nuestro Dios.

“2ª Pedro 3:9. El Señor no retarda su promesa, según algunos la tienen por tardanza, sino que es paciente para con nosotros, no queriendo que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento”.

1er Titulo:

Jactancia Y Espíritu Arribista, Apariencia Engañosa Que Dios Aborrece. Jeremías 49: 15 al 18. 15He aquí que te haré pequeño entre las naciones, menospreciado entre los hombres. 16Tu arrogancia te engañó, y la soberbia de tu corazón. Tú que habitas en cavernas de peñas, que tienes la altura del monte, aunque alces como águila tu nido, de allí te haré descender, dice Jehová. 17Y se convertirá Edom en desolación; todo aquel que pasare por ella se asombrará, y se burlará de todas sus calamidades. 18Como sucedió en la destrucción de Sodoma y de Gomorra y de sus ciudades vecinas, dice Jehová, así no morará allí nadie, ni la habitará hijo de hombre. 

   Comentario: Edom se situaba al sur de Moab, compartía su frontera del río Arnón y se extendía hasta el golfo de Acaba. Era un territorio muy árido y montañoso, pero por medio de la meseta, donde pasaba el Camino Real, su economía se enriquecía por los impuestos que cobraran a las caravanas que pasaban por su país. Además, su economía dependía de la agricultura y de los recursos minerales que tenía. Su capital era Sela, en un valle al extremo sur del país. En los tiempos de Jeremías la capital era Dedán.

   El AT explica que los edomitas eran los descendientes de Esaú, y había enemistad entre los descendientes de los gemelos Jacob y Esaú en muchas ocasiones. Según Génesis los edomitas tenían reyes aún antes del tiempo de Esaú (comp. Gén. 36). Más adelante el rey David conquistó a Edom y de tiempo en tiempo los judíos capturaron y perdieron este territorio. La enemistad era tan grande que cuando Judá cayó ante los babilonios, los edomitas se regocijaron (comp. Abd. 1:1–18; Sal. 137:7). Los edomitas se habían unido con Judá y otros de los pequeños países contra las fuerzas de Nabucodonosor, pero ellos traicionaron a sus aliados y pasaron a los babilonios al ver la caída de Jerusalén. Ayudaron, además, en el saqueo de Jerusalén. Como resultado de esta enemistad otros profetas aparte de Jeremías pronunciaron profecías contra Edom (Isa. 34:1–17; 63:1–6; Eze. 25:12–14; 35:15; Joel 3:19; Amós 1:11, 12; Abd. 1–18; Mal, 1:2–5). Note especialmente la amargura y la decepción de Abdías en la repetición de la frase condenadora que termina los versículos 12, 13 y 14.

   La repetición de “No debiste …” es no solamente una construcción literaria extraordinariamente impactante, sino aparece como un toque el tambor de una endecha, enfatizando la falta de hermandad de estos “primos hermanos” y la seguridad de su castigo por Jehovah.

   Los edomitas emigraron al sur de Judá después de la llegada de los nabateos en el siglo V a. de J.C. cuando estos ocuparon el territorio de Edom. Durante los siglos posteriores los edomitas se mezclaron con el pueblo judío. La familia de Herodes, el rey durante el nacimiento de Jesús, era de descendencia edomita.

   Como en el caso de la profecía contra Amón, esta comienza con un interrogante. Aquí hay tres interrogantes sarcásticos. Los edomitas eran muy orgullosos de su sabiduría y probablemente con tanto conocimiento pensaron que no estaban en peligro de ataque de nadie. El consejo de Dios, sin embargo, es que huyen porque viene el castigo que él traerá sobre ellos. Quedarse en su territorio no sería evidencia de su sabiduría sino de su falta de sabiduría. Debían huir a los sitios más profundos porque la ira del Señor iba a devastar todo. En vv. 9 y 10 Jehovah usa dos ejemplos para describir la devastación que vendrá. El desastre será exactamente el opuesto a estos dos ejemplos: 1) la práctica de los vendimiadores de dejar algo en la vid para los pobres; y 2) los ladrones de la noche seleccionan lo que toman, dejando el resto por el miedo de ser descubiertos. Pero Dios no va a ser como ninguno de ellos, no va a dejar nada. Todo va a ser quitado, todo va a ser destruido. No va a haber lugar donde puedan esconderse; tampoco quedará gente, porque van a morir familia y vecinos. La destrucción será total.

   Edom va a caer en espanto (v. 17). La gente que pasara por sus fortalezas y por sus ciudades iba a sorprenderse por las calamidades que verían y se burlará de ellos, de su soberbia, de su arrogancia, de su sentido de superioridad sobre todos, y ahora de su caída tan completa. Dios usa tres metáforas para describir su acción contra ellos. En primer lugar, Dios les compara a Sodoma y Gomorra, ciudades vecinas destruidas por sus pecados, y tal como ellos Edom va a quedar inhabitado por la destrucción total llevada contra la nación. En segundo lugar, compara su acción como un león que viene contra el rebaño de Edom y no habrá quien pueda resistirle. Ningún pastor (el líder del pueblo o el rey) puede resistirle y no habrá nadie para proteger al rebaño. La destrucción causará un estruendo cuyo eco se oirá hasta el mar Muerto. En tercer lugar, Dios compara al que viene en contra del país como un águila que va a aterrorizar al pueblo, haciendo que los más valientes sean como una mujer que está de parto. Cada una de estas metáforas da un cuadro de terror. El hecho de combinar las tres enfatiza la totalidad de la destrucción y el espanto que va a producir.

   Otra vez Jehovah formula tres interrogantes en el v. 19, que demuestran la totalidad de su soberanía: ¿Quién es como yo? ¿Quién me convocará? ¿Quién será aquel pastor que pueda prevalecer delante de mí? La única respuesta posible es: “Nadie”. Es todopoderoso y no hay nadie como él. Dios tiene un plan contra Edom y este plan se va a llevar a cabo. Edom no tendrá posibilidad de cambiar su futuro. Las decisiones y acciones de los años ya habían determinado su futuro.

   Citas Bíblicas:

2° Titulo:

El Orgullo Y La Soberbia Impiden Al Hombre Reconocer Sus Errores. Jeremías 49: 29-30. 29Sus tiendas y sus ganados tomarán; sus cortinas y todos sus utensilios y sus camellos tomarán para sí, y clamarán contra ellos: Miedo alrededor. 30Huid, idos muy lejos, habitad en lugares profundos, oh moradores de Hazor, dice Jehová; porque tomó consejo contra vosotros Nabucodonosor rey de Babilonia, y contra vosotros ha formado un designio. 

   Comentario: Dios lamenta la destrucción hecha, 48:29–30. Esta sección demuestra compasión por las personas que están sufriendo la destrucción que les había venido y este lamento es de parte de Jehovah. Él es un Dios de juicio, de justicia, y de compasión y misericordia. Como resultado él lamenta la destrucción del pueblo. Podría verse como la otra cara de su juicio, la parte interna de su juicio. Este lamento comienza con un reconocimiento de la soberbia y la arrogancia de Moab. Note en los vv. 29 y 30 las palabras que usa para describir a los moabitas: altanería … soberbia … arrogancia… altivez de su corazón … cólera … aquello de que se jacta. Pero Dios les asegura que están equivocados, vano es aquello de que se jacta, y vano es lo que hacen (v. 30). Dios conoce su arrogancia y su insolencia, pero lamenta su sufrimiento. Otra vez se ve cómo sufre con el dolor de las personas.

   Citas Bíblicas: Sofonías 3:11. En aquel día no serás avergonzada por ninguna de tus obras con que te rebelaste contra mí; porque entonces quitaré de en medio de ti a los que se alegran en tu soberbia, y nunca más te ensoberbecerás en mi santo monte. 1ª de Juan 2:16. Porque todo lo que hay en el mundo, los deseos de la carne, los deseos de los ojos, y la vanagloria de la vida, no proviene del Padre, sino del mundo. 2ª de Crónicas 26:16. Mas cuando ya era fuerte, su corazón se enalteció para su ruina; porque se rebeló contra Jehová su Dios, entrando en el templo de Jehová para quemar incienso en el altar del incienso. 

3er Titulo:

Gran Contrate Entre La Soberbia Y La Humildad. 1ª de Pedro 5:5 al 7. 5Igualmente, jóvenes, estad sujetos a los ancianos; y todos, sumisos unos a otros, revestíos de humildad; porque: Dios resiste a los soberbios. Y da gracia a los humildes. 6Humillaos, pues, bajo la poderosa mano de Dios, para que él os exalte cuando fuere tiempo; 7echando toda vuestra ansiedad sobre él, porque él tiene cuidado de vosotros. 

   Comentario: 5. Asimismo ustedes, jóvenes, sométanse a los que son mayores de edad. Revístanse todos de humildad en su trato mutuo, porque “Dios se opone a los orgullosos, pero da gracia a los humildes.”

   Observemos estos puntos:

(a). Someter. Pedro se vuelve a los jóvenes y usa la expresión, asimismo. En la epístola de Pedro esta frase puede no significar más que el escritor está haciendo una transición en su consideración (véase 3:1 con su explicación). La frase, pues, es más o menos el equivalente del adverbio conectivo también.

   Por consiguiente, Pedro primero instruye a los ancianos a demostrar su disposición a servir y a ser modelos para los creyentes. Luego, les dice a los jóvenes que se sometan a los que son mayores que ellos. ¿Está Pedro considerando aquí primeramente el oficio de anciano y luego un oficio ocupado específicamente por jóvenes? Si bien la Escritura introduce el oficio de anciano (1 Ti. 3:1–7; Tit. 1:5–9), no menciona ningún oficio específico para los jóvenes. Es cierto que en la iglesia antigua los jóvenes cumplían ciertas tareas en los oficios de sepelio (Hch. 5:6, 10); y que Pablo instruye a Timoteo para que “trate a los jóvenes como hermanos” (1 Ti. 5:1), y a Tito para que los anime a ser sobrios (Tit. 2:6). Pero el Nuevo Testamento no aporta ninguna evidencia de que estos jóvenes sirviesen en algún cargo oficial.

   Por consiguiente, si tenemos en cuenta esta falta de evidencia, no podemos comprobar que Pedro esté pensando en estos jóvenes como diáconos.

   Cuando consideramos este versículo vemos claras líneas de subordinación. El trasfondo cultural es evidente. El escritor judío del primer siglo, Filón, observa que la secta denominada Esenios separaba a los hombres mayores de los jóvenes. El sábado, en sus sinagogas, “distribuidos en filas según sus edades, los jóvenes estaban por debajo de los mayores, y se sentaban decorosamente como cuadraba con la ocasión … ¿Se refiere el vocablo griego que traducimos “ancianos” (“mayores de edad” v. 5) a la función (véase v. 1) o a la edad? Dado que Pedro no menciona ningún oficio específico para los jóvenes en el versículo 5, colegimos que está pensando en edad y función. Una interpretación no elimina la otra. Una palabra puede tener dos significados cuando un escritor da indicaciones a tal efecto. Por ejemplo, Pablo confirma un cambio como este en el significado para la palabra presbyteros en 1 Timoteo 5:1 (“hombre mayor”) y en 1 Timoteo 5:17 (“anciano”).

   Pedro enseña que en la iglesia los ancianos están llamados a ocupar posiciones de liderazgo; exhorta luego a los hombres más jóvenes a someterse a ellos. Insta también a estos jóvenes a mostrar respeto y deferencia por los que son de edad más avanzada. La implicación es que ellos aprenden así obediencia y humildad de sus mayores, y que al mismo tiempo se capacitan para tomar posiciones de liderazgo en la iglesia y en la comunidad.

(b). Humildad. Tanto para la generación mayor como para la más joven, la humildad debe ser el sello de la vida cristiana. Pedro escribe: “Revístanse todos de humildad en su trato mutuo”. ¿Es la palabra todos restrictiva o inclusiva? En el sentido restrictivo se aplica a los jóvenes, de modo que los versículos 5a y 5b conforman una unidad. Pero esta combinación deja el resto de la oración gramáticamente desconectada de la que la precede. La mayoría de los traductores, por consiguiente, han optado por el significado inclusivo de todos. Han combinado el versículo 5b y el 5c, de modo tal que 5a forma una oración separada.

   “Revístanse todos de humildad en su trato mutuo”. El griego da una descripción interesante de esta acción de revestirse de humildad. La palabra vestir o revestir significa atarse una prenda de ropa. Por ejemplo, los esclavos acostumbraban a anudar un pañuelo o un delantal blanco sobre su ropa para distinguirse de los hombres libres.     La sugerencia es que los cristianos deben atar a su conducta la humildad de modo que se los pueda reconocer. Pedro exhorta a los lectores a atar la humildad a sus personas una vez y para siempre. En otras palabras, permanece con ellos por el resto de sus vidas.

   ¿Qué es la humildad? Jesús invita a sus seguidores a aprender de él la humildad. Invita a todos los que están cansados y cargados a venir a él y a aprender. Porque, dice él, “soy manso y humilde de corazón” (Mt. 11:29). La humildad se manifiesta cuando consideramos a otros mejores que nosotros mismos (Fil. 2:3). La humildad es una de las virtudes cristianas, junto con la compasión, la amabilidad, la bondad y la paciencia (Col. 3:12). La Escritura también advierte en contra de la falsa humildad, que tiene apariencia de sabiduría y que demuestra su inutilidad en un despliegue de “adoración autoimpuesta” (Col. 2:18, 23). Finalmente, Pedro enseña a sus lectores cómo deben vivir como cristianos al decirles, entre otras cosas, que deben ser “compasivos y humildes” (3:8).

(c). Autoridad. “Dios se opone a los orgullosos, pero da gracia a los humildes”. Pedro sustenta su exhortación con una apelación a la Escritura. El cita Proverbios 3:34, que en Hebreos difiere ligeramente de la redacción griega, pero no en su significado: “[Dios] escarnecerá de los escarnecedores y a los humildes da gracia”. Es posible que este pasaje circulara en sinagoga y en la iglesia como dicho proverbial, ya que Santiago también cita este versículo (4:6).

   El creyente debe saber que Dios ha provisto para él todo lo que necesita. “El creyente nada posee que no haya recibido, nada es a no ser por la gracia de Dios, y aparte de Cristo nada puede hacer”.

   De atribuirse algo a sí mismo, no sólo estaría robando a Dios sino que también se encontraría con él como su adversario. Por consiguiente, el cristiano vive humildemente con su Dios (Mi. 6:8).

[b]. Humíllense 5:6. Humíllense, pues, bajo la poderosa mano de Dios, para que él los exalte a su debido tiempo.

   Aquí tenemos otra exhortación en la serie de instrucciones que encontramos cerca del fin de la epístola de Pedro. El versículo 6 tiene que ver con el versículo precedente, dado el adverbio conectivo pues.

   En base a la cita de Proverbios, Pedro insta a los creyentes a humillarse. En el versículo anterior el apóstol enseñaba a los destinatarios a ser humildes los unos con los otros. Pero en el versículo 6 los anima a ser humildes ante Dios (véase Stg. 4:10). Así como el hombre debe amar al mismo tiempo a Dios y al prójimo (Mt. 22:37–39), del mismo modo debe mostrarse humilde ante Dios y el hombre.

(a). “Humíllense”. ¿Qué quiere decir Pedro con esta palabra? Él quiere que los lectores se sujeten a Dios de tal manera que pongan toda su confianza solamente en él. Deben saber que Dios cuida de ellos y quiere que ellos dependan completamente de él.354 Ante la presencia de Dios, el hombre debe tener plena conciencia de su propia insignificancia. Es más, Jesús enseña que cuando una persona se humilla como un niñito, es el mayor en el reino de los cielos (Mt. 18:1–5). Jesús mismo demostró verdadera humildad cuando, como rey, entró en la ciudad de Jerusalén montado sobre un asno. Cumplió la profecía: “He aquí tu rey viene a ti … manso y montado en un asno” (Zac. 9:9; Mt. 21:5).

(b). “Bajo la mano poderosa de Dios”. Este es lenguaje del Antiguo Testamento que describe el gobierno de Dios sobre Israel. Dios mostró su mano poderosa al sacar a la nación de Israel de Egipto (véase p.ej. Ex. 3:19; Dt. 3:24; 9:26, 29; 26:8). También en el Nuevo Testamento la mano poderosa de Dios es evidente. María canta: “Esparció a los soberbios … y exaltó a los humildes” (Lc. 1:51–52 VRV; y véase el paralelo 1 S. 2:7). La mano de Dios disciplina a algunos y defiende a otros.

(c). “Para que él los exalte a su debido tiempo”. Dadas las pruebas que a los lectores les tocaba sufrir, había verdadero peligro de que perdieran el valor para perseverar. Si bien Dios no va a probar a los cristianos más allá de su capacidad, ellos se dan cuenta que la fortaleza humana tiene sus límites. Por consiguiente, Pedro alienta a los lectores y les dice que Dios responde a su humildad con la exaltación.

   Dios nunca olvida a los suyos, sino que llegado el momento oportuno él los levanta y les da la victoria. El creyente que pone su confianza en el Señor sabe que Dios sostiene este mundo y controla toda situación. Por consiguiente, canta:

El mundo es de mi Dios, su eterna posesión; Eleva a Dios su dulce voz la entera creación. El mundo es de mi Dios, jamás lo olvidaré, Aunque infernal parezca el mal, mi Padre Dios es Rey. —Maltbie D. Babcock

   Es necesario aclarar que, aunque Pedro enseña a los creyentes a buscar la humildad para que Dios los pueda exaltar, él no está promoviendo un sistema de méritos. Para ser más precisos, un sistema tal promueve una falsa humildad. Implica que el creyente se humilla a propósito para obligar a Dios a exaltarlo. Lo que Pedro le dice a los cristianos es que deben confiar completamente en el Señor, y hace notar que Dios en el momento oportuno los levantará (la expresión a su debido tiempo se refiere también al regreso de Cristo, como Pedro indica en otros pasajes [1:5; 2:12]). Pedro asegura a los lectores que ellos pueden confiar totalmente en la Palabra de Dios, porque los invita a echar todas sus preocupaciones sobre él.

[c]. Echen sobre él la ansiedad 5:7. Echen sobre él toda su ansiedad porque él cuida de ustedes.

   De todas las religiones del mundo solamente la religión judeocristiana enseña que Dios se ocupa de sus hijos. Es más, tanto se ocupa de ellos que les invita a traerle todos sus problemas. La Biblia dice: Encomienda al Señor tu camino, y confía en él; él hará: Exhibirá tu justicia como la luz, y tu derecho como el mediodía. [Sal. 37:5] Echa sobre Jehová tu carga y el te sustentará; No dejará para siempre caído al justo. [Sal. 55:22] “Por eso les digo, no se preocupen por su vida, qué comerán o beberán, ni por su cuerpo, cómo se vestirán … porque los paganos buscan con afán todas estas cosas, y el Padre celestial sabe que ustedes las necesitan”. [Mt. 6:25, 32 NVI] “No se afanen por nada, sino que, en todo, con oración y ruego, presenten sus peticiones a Dios acompañadas de acción de gracias”. [Fil. 4:6]

    Nótese que Pedro utiliza el término echar. En griego, el tiempo verbal da a entender que este echar es una única acción. Con verdadera humildad y confianza en Dios, el cristiano echa todas sus ansiedades sobre el Señor. La palabra griega traducida como “ansiedad” significa “ser tirado en diferentes direcciones”. La ansiedad tiene un efecto debilitante en nuestras vidas y es resultado de nuestra falta de confianza y de certidumbre. Si dudamos, tomamos sobre nosotros la carga de las preocupaciones y demostramos así nuestra falta de fe. Por lo tanto, Pedro nos insta a echar nuestras preocupaciones sobre Dios y a confiar en él.

   El verbo echar significa la acción de esforzarse por arrojar algo lejos de nosotros. Describe una acción deliberada. Una vez que hayamos arrojado de nosotros nuestras ansiedades, aunque no nuestras dificultades, sabemos que Dios se ocupa de nosotros. Tanto en el Antiguo como el Nuevo Testamento la promesa de Dios de preocuparse por nosotros es cierta (véase Dt. 31:6; Heb. 13:5).

   Consideraciones prácticas en 5:6–7

   El mundo considera la humildad no como una virtud, sino como una debilidad que el hombre debería evitar.

Así como el ser humano evita la arrogancia y el orgullo, debe del mismo modo aborrecer la humildad. Se le mira

a la humildad con un sentido despectivo evocando la imagen de una persona que se arrastra por el polvo. La Escritura, sin embargo, enseña que la humildad no es debilidad sino fuerza moral. Moisés fue conocido como “un hombre muy humilde, más humilde que ningún otro sobre la faz de la tierra” (Nm. 12:3), y sin embargo sirvió como el líder y legislador más grande en Israel.

   La Escritura nos exhorta a ser humildes ante Dios y los hombres. Pero en la vida diaria, la práctica muchas veces difiere con la teoría. Por ejemplo, cierto pastor desea ser ministro de una congregación muy grande, pero nunca recibe un llamado para servir a una iglesia tal; cierto miembro de una iglesia se postula abiertamente para

el cargo de anciano o de diácono, pero nunca resulta electo. Alguien compite para llegar a ser director de la revista de la iglesia, pero no llega a ser designado. En todos estos casos, el orgullo y el interés propio pueden jugar un papel predominante. La persona humilde sabe que no es el hombre sino Dios quien promueve y designa a la gente para trabajar en su iglesia. Las palabras del salmista vienen bien al caso: Porque ni del oriente ni de occidente ni del desierto viene el enaltecimiento; Mas Dios es el juez; a éste humilla y a aquél enaltece. [Sal. 75:6–7]

4° Titulo:

Hermoso Ejemplo De Nuestro Señor Jesucristo Que Debemos Imitar. Filipenses 2:5 al 9. 5Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús. 6el cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, 7sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; 8y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz. 9Por lo cual Dios también le exaltó hasta lo sumo, y le dio un nombre que es sobre todo nombre. 

   Comentario: El ejemplo de Cristo quien, para salvar a otros, renunció a sí mismo: 2:5–8

   [A]. Invitación a imitar a Cristo porque ésta es la regla de vida 5. Dice Pablo: Tened continuamente en vuestro ser interior la forma de pensar que también tuvo Cristo Jesús80 El apóstol desea que los filipenses anhelen ardientemente la disposición que se describe en los versículos 1–4, disposición que caracteriza a Cristo Jesús.

   Esta admonición concuerda con otras muchas normas parecidas que nos instan a imitar el ejemplo del que es el Ungido Salvador. En verdad, hay cierto aspecto en el que Cristo no puede ser nuestro ejemplo. No podemos copiar su obra redentora, ni sufrir y morir vicariamente.

   Fue obra suya, fue El solo quien satisfizo a la justicia divina y trajo su pueblo a la gloria. Pero, con la ayuda de Dios, podemos y debemos imitar el espíritu que fue el móvil de estos actos.

   La negación de uno mismo en favor de los demás debe estar presente y crecer en la vida de cada discípulo. Esa es obviamente el asunto aquí (véase v. 1–4). La concordia (unidad), la humildad, y la solicitud se manifestaron en nuestro Salvador (Jn. 10:30; Mt. 11:29; 20:28), y ésta ha de ser también la característica de sus discípulos. En ese sentido ¡cuánta verdad se encierra en estas líneas!: “¡Oh!, si tan tierna y dulcemente nos ha amado, agradecidos, amor debemos retornarle; confiar en su sangre que ha salvado, y tratar en sus obras de emularlo”.

   Otros pasajes que nos presentan a Jesús como ejemplo son, entre otros, los siguientes: Mt. 11:29; Jn. 13:12–17; 13:34; 21:19; 1 Co. 11:1; 1 Ts. 1:6; 1 P. 2:21–23; 1 Jn. 2:6. Es precisamente porque Él es nuestro Señor que también puede ser nuestro Ejemplo; y si no lo es, nuestra fe es estéril y nuestra ortodoxia está muerta.

   Versíc. 6, 7. Por todo lo cual, el apóstol continúa: quien, aunque existiendo en la forma de Dios … Pero, ¿qué quiere decir existiendo en la forma de Dios? En el párrafo que estamos considerando, ocurren dos palabras—morfe (μορυή), o sea, forma, y schema (σχήμα), es decir, condición—en estrecha relación: “existiendo en la forma de Dios … y reconocido en su condición como un ser humano. Ahora bien, parece que en esta transición de forma a condición existe cierta diferencia de significado. De varios pasajes del Nuevo Testamento en los que ocurren una de las dos palabras o ambas, generalmente como elementos componentes de verbos, podemos deducir evidentemente que en estos contextos que se han citado morfe o forma hace referencia a algo íntimo, esencial y permanente en la naturaleza de una persona o cosa; mientras que schema o condición apunta a su aspecto externo, accidental, transitorio.

   Lo que Pablo dice, pues, aquí en Fil. 2:6, es que Cristo Jesús ha sido siempre (y siempre continúa siendo) Dios por naturaleza, la imagen expresa de la deidad. El carácter específico de la deidad, según se manifiesta en cada uno de los atributos divinos, fue y es suyo eternamente. Cf. Col. 1:15, 17 (también Jn. 1:1; 8:58; 17:24).

   Este pensamiento está en completa armonía con lo que el apóstol enseña en otros pasajes: 2 Co. 4:4; Col. 1:15; 2:9 (y cf. He. 1:3).

   Una pregunta estrechamente relacionada, a saber, “¿Habla Pablo aquí en Fil. 2:5–8 sobre el Cristo preencarnado o sobre el Cristo ya hecho carne?”, tiene fácil respuesta. Estas dos interrogantes nunca deben ser separadas. El que en su estado preencarnado es igual a Dios, es la misma Persona divina que en su encarnación obedece hasta la muerte, y muerte de cruz.

   Naturalmente, para mostrar la grandeza del sacrificio de nuestro Señor, el punto de partida del apóstol es el Cristo en su estado preencarnado, siguiendo a continuación y necesariamente, el Cristo hecho carne. Esto le recuerda a uno en gran manera 2 Co. 8:9: “Que, por amor a vosotros, aunque siendo rico se hizo pobre”. Podría compararse esta transición a la que encontramos en el Evangelio de Juan, Capítulo 1: “En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios. El mismo estaba en el principio cara a cara con Dios … Y aquel Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros como en una tienda y vimos su gloria”. Así pues, aunque existiendo en la forma de Dios, no consideró su existencia en una forma igual a Dios como algo a que aferrarse, sino que se vació a sí mismo.

   El no estimó el ser igual a Dios como una cosa a que aferrarse. Por el contrario, él … (y aquí siguen las palabras que han provocado mucha discusión y disputa) se vació a sí mismo.

   La cuestión es: ¿De qué se vació a sí mismo Cristo Jesús? Ciertamente no de su existencia “en la forma de Dios”. Jamás dejó de ser el poseedor de la naturaleza divina. “Él no podía prescindir de su deidad en su humillación … Aun en su muerte tuvo que ser el poderoso Dios, para que con su muerte venciera a la muerte” (R. C. H. Lenski). El texto reza como sigue: “Cristo Jesús … aunque existiendo en la forma de Dios, no consideró su existencia en una manera igual a Dios como algo a que aferrarse, sino que se vació a sí mismo”.

   La inferencia más natural es que Cristo se vació a sí mismo de su existencia-en-una-manera-igual-a-Dios.

   Tomando como base las Escrituras, podemos particularizar de la siguiente manera:

(1) El renunció a su relación favorable con respecto a la ley divina Mientras estaba en el cielo ninguna carga de culpabilidad pesaba sobre sus hombros. Pero en su encarnación la tomó sobre sí para quitarla del mundo (Jn. 1:29). Y así él, el Justo inmaculado, que nunca cometió pecado, “por nosotros fue hecho pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él” (2 Co. 5:21). Esta es la base de todo lo demás.

(2) El renunció a sus riquezas

“… porque por amor a vosotros se hizo pobre, aunque era rico, para que vosotros por medio de su pobreza fueseis enriquecidos” (2 Co. 8:9).

   El renunció a todo, incluso a sí mismo, a su propia vida (Mt. 20:28; Mr. 10:45; Jn. 10:11). Tan pobre fue, que siempre anduvo pidiendo prestado: un sitio para nacer (¡y qué sitio!), una casa donde posar, una barca para predicar, un animal en el cual cabalgar, un aposento en el cual instituir la Cena del Señor, y finalmente una tumba donde ser enterrado. Además, cargó sobre sí mismo una deuda muy pesada, la más pesada que jamás nadie pudiera soportar (Is. 53:6). Una persona de tal manera endeudada ¡tuvo que ser pobre!

(3) El renunció a su gloria celestial

   ¡Cuán profundamente lo sintió! Y fue por ello que, precisamente en la noche anterior a su crucifixión, tuvo que clamar desde lo más hondo de su corazón: “Ahora, pues, Padre, glorifícame en tu presencia, con aquella gloria que tuve contigo antes que el mundo existiera: (Jn. 17:4).

   De las infinitas moradas de eterna delicia en la presencia de su Padre, bajó voluntariamente a este reino de miseria para habitar por un tiempo con el hombre pecador. El, ante quien los serafines cubrían sus rostros (Is. 6:1–3; Jn. 12:41), el objeto de la más solemne adoración, descendió voluntariamente a este mundo donde fue “despreciado y desechado entre los hombres, varón de dolores, experimentado en quebranto” (Is. 53:3).

(4) Renunció a la autonomía de su autoridad

   En efecto, se convirtió en siervo, el siervo, y “aunque era Hijo, por lo que padeció aprendió la obediencia” (He. 5:8). Él dijo: “Porque no busco mi voluntad, sino la voluntad del que me envió” (Jn. 5:30; cf. 5:19; 14:24).

Impacientemente expresamos la siguiente objeción: “Pero si Cristo Jesús renunció realmente su favorable relación con respecto a la ley divina, si renunció a sus riquezas, gloria, y la autonomía de su autoridad, ¿cómo es posible que continuara siendo Dios?”

   La respuesta está en que él, que fue y es y siempre será el Hijo de Dios, desechó todas estas cosas, no con referencia a su naturaleza divina, sino a la humana, la cual asumió voluntariamente y en la cual padeció todas aquellas afrentas.

   En su comentario sobre este pasaje, Calvino razona de esta manera: Fue el Hijo mismo de Dios quien se vació a sí mismo, aunque solamente con referencia a su naturaleza humana.

   Este gran reformador usa la siguiente ilustración: “El hombre es mortal”. Aquí la palabra “hombre” se refiere al hombre como ser humano, considerándolo como un todo, bien que la mortalidad se atribuye solamente al cuerpo, nunca al alma. No podemos ir más allá de esto. Nos encontramos ante un adorable misterio, un misterio de poder, sabiduría, ¡y amor!

   Versíc. 7b. Queda claro, pues, que la cláusula “se vació a sí mismo” deriva su significado no sólo de las palabras antecedentes inmediatas (o sea: “no consideró su existencia en una forma igual a Dios como algo a que aferrarse”), sino también de las que siguen: al tomar la forma de siervo. En efecto, esta cláusula, “se vació a sí mismo” “abarca todos los detalles que entraña la humillación y está definida por éstos” (Vincent). La semejanza con los hombres, la forma de siervo que tomó en su condición y apariencia humana, la humillación consciente y voluntaria, y la obediencia que lo llevó hasta la muerte, sí, la muerte de cruz, — todo esto queda incluido en la frase ‘se vació a sí mismo”. Cuando él hizo a un lado su existencia en una forma igual a Dios, en aquel hecho él asumió todo lo que era contrario a ella (o sea, la naturaleza humana).

   El razonamiento que encontramos en los versículos 6–8 no se parece en absoluto al que tiene lugar en la mente de un niño que hace construcciones de juguete con cubitos de madera, siendo cada uno de ellos una unidad, con independencia absoluta de los demás. Antes, al contrario, esta forma de razonar es telescópica, es decir, las distintas secciones del telescopio, ya prestes, se extraen o se extienden gradualmente de forma que podamos verlas.

   Así pues, Él se vació a sí mismo al tomar la forma de siervo. “Él se vació a sí mismo desde el momento en que cargó algo sobre si” (Müller). Además, cuando adoptó la forma de siervo, no lo hizo como un actor que representa un papel, sino que, por el contrario, en su naturaleza íntima (en su naturaleza humana, claro está) se hizo realmente un siervo, pues leemos: “Él tomó la forma de siervo”. (Léase lo que ya se ha dicho sobre el significado de la palabra forma a diferencia de condición). He aquí, verdaderamente, una grande y asombrosa noticia: El Señor soberano de todo cuanto existe se convierte en siervo de todos, y que a pesar de eso continúa

siendo Dueño y Señor. El texto no dice, como algunos arguyen frecuentemente, que “El cambió la forma de Dios por la forma de un siervo”. ¡Él tomó la forma de siervo, pero sin perder la forma de Dios! Y esto es precisamente lo que hace posible y perfecta nuestra salvación.

   Hemos de decir también que él tomó la forma de un siervo, no la de un esclavo. Desde el mismo principio de su encarnación fue el siervo consagrado, sabio y obediente que describe Isaías (42:1–9; 49:1–9a; 50:4–11; y 52:13–53:12), el siervo voluntario que resueltamente cumple su misión, acerca de quien dijo Jehová: “He aquí mi siervo, yo le sostendré; mi escogido en quien mi alma tiene contentamiento”.

   El pasaje que estamos considerando tiene su punto de partida en el mismo momento en que comienza la carrera de este siervo, en el mismo instante en que Cristo tomó la forma de siervo. Pero ello implica, naturalmente, que continuó teniéndola hasta el final de su misión terrenal, sobre la que puede decirse con justicia: “La única persona en este mundo que tenía razón para hacer valer sus derechos, los abandonó” (Wuest). Fue Cristo el que dijo: “Mas yo estoy entre vosotros como el que sirve” (Lc. 22:27). En el mismo hecho de ser siervo de los hombres (Mt. 20:28; Mr. 10:45), cumplía su misión como siervo de Jehová. Podemos ver a Jesús, el Señor de la gloria, ceñido con una toalla, echando agua en un lebrillo, lavando los pies a sus discípulos, y diciéndoles: “¿Sabéis lo que os he hecho? Vosotros me llamáis Maestro y Señor y decís (esto) correctamente, porque (eso es lo que) soy. Si, por tanto, yo, vuestro Señor y Maestro he lavado vuestros pies, vosotros también debéis lavaros los pies los unos a los otros. Porque un ejemplo os he dado, para que tal como yo os he hecho, vosotros también hagáis” (Jn. 13:12–15).

   Y es esto exactamente lo que Pablo indica. Él les dice a los filipenses y a nosotros: “Seguid el ejemplo de vuestro Señor” (versículo 5).

   Jamás hubo siervo que sirviera con más inmutable lealtad, abnegada devoción, e irreprochable obediencia que éste.

   Pablo continúa: y hacerse semejante a los hombres. Cuando Cristo tomó la forma de siervo, él, que desde la eternidad y hasta la eternidad tenía y tendrá la naturaleza divina, tomó sobre sí la naturaleza humana. En consecuencia, la persona divina de Cristo tiene ahora dos naturalezas: la divina y la humana (Jn. 1:1, 14; Gá. 4:4; 1 Ti. 3:16). Pero asumió la naturaleza humana, no en la condición de Adán antes de la caída, ni en la condición de la que el mismo Cristo goza ahora en el cielo, ni tampoco en la que se manifestará en el día de su gloriosa venida, sino en la condición caída, debilitada, cargada con los resultados del pecado (Is. 53:2).

   Ciertamente, aquella naturaleza humana era real, tan real como la de cualquier otro ser humano (He. 2:17). Pero, aunque era real, ella se distinguió en dos aspectos de la del resto de los hombres:

(1) Su naturaleza humana, y solamente la suya, desde el momento de su concepción fue puesta en una unión personal con la naturaleza divina (Jn. 1:1, 14); y

(2) Aunque fue cargada con los resultados del pecado (por tanto, sujeta a la muerte), no era pecaminosa en sí misma. Así pues, el pasaje “hacerse semejante a los hombres”, y aquel pasaje que se le parece mucho, “Dios, enviando a su Hijo en semejanza de carne de pecado” (Ro. 8:3), deben ser leídos a la luz de He. 4:15: “Uno que fue tentado en todo como nosotros lo somos, pero sin pecado”. Había semejanza, similitud; pero no había absoluta y completa identidad.

   Versíc. 8. Pablo continúa: Así, reconocido en su condición como un ser humano.

   Cuando Jesús apareció en la carne, ¿cómo lo consideraron los hombres?, ¿cómo lo catalogaron? Simplemente como un ser humano, exactamente igual que ellos en muchos aspectos: ¿Vinieron ellos al mundo por el proceso natural del nacimiento? El también (Lc. 2:7). (El misterio del nacimiento virginal no lo comprendieron). ¿Fueron ellos envueltos en pañales (cf. Ez. 16:4)? El también (Lc. 2:7). ¿Crecían ellos? El también (Lc 1:80). ¿Tuvieron ellos hermanos y hermanas? El también (Mt. 13:56). ¿Aprendieron ellos un oficio? El también (Mr. 6:3). ¿Sufrieron ellos a veces, hambre, sed, cansancio, sueño? El también (Mt. 4:2; Jn. 4:6, 7; Mr. 4:38). ¿Se entristecieron y se enojaron ellos? El también (Mr. 3:5). ¿Lloraron ellos a veces? El también (Jn. 11:35). ¿Se regocijaban ellos con motivo, por ejemplo, de una boda? El también asistió a una boda (Jn. 2:1, 2). ¿Estaban ellos destinados a morir? El también, aunque en su caso la muerte fue física, eterna, voluntaria y vicaria (Jn. 10:11), algo que ellos no comprendieron.

   En su condición total, por tanto, fue reconocido como hombre. Su porte y aspecto eran como los de los demás. Su forma de vestir, sus costumbres y maneras, se asemejarán a las de sus contemporáneos.

   Hasta cierto punto, tenían mucha razón al considerarlo así. Por tanto, se puede dudar si las conocidísimas líneas expresan realmente la verdad:

“La vaca mugiendo despierta al Señor, Mas no llora el Niño, pues es puro amor”;

¿No es de suponer que un niño normal llore a veces, pero que en el caso de Jesús este llanto, como todo lo demás, fue “sin pecado”?

   Excelentes palabras son las compuestas por Susanne C. Umlauf, de las cuales solamente citaré dos estrofas:

“¿Has pasado hambre, hijo de mi vida? También yo estuve de pan necesitado. En cuarenta días no tuve comida, hasta que por ángeles fui yo alimentado. ¿Has estado, hijo mío, alguna vez sediento? Mas yo he prometido tu necesidad suplir, porque también yo en la cruz sufrí por ti tal tormento. ¡Oh!, hijo mío, corre, vuela, acude a mí. Cuando tú estás triste, afligido y lloroso, como aquel día en que lloré sobre Jerusalén, ciudad amada, mi corazón se turba en mi pecho por tus penas anheloso. Porque mis ojos se anegaron en llanto, cuando vine de Lázaro a la sepultura, sabré consolarte en tu quebranto, hasta que acabe para siempre la amargura”.

   Pero, aunque los hombres tenían razón al reconocer su humanidad, estaban equivocados en dos aspectos: Ellos rechazaban a.—su humanidad impecable y b.—su deidad. Y aunque toda su vida, particularmente sus palabras y hechos, publicaban “la divinidad velada en carne”, sin embargo, los hombres rechazaron por completo sus demandas y lo odiaron aún más a causa de ellas (Jn. 1:11; 5:18; 12:37). Acumularon escarnio sobre él, de forma que “fue desechado y despreciado entre los hombres” (Is. 53:3).

   Lo más maravilloso es, sin embargo, que “cuando lo maldecían, no respondía con maldición” (1 P. 2:23), sino que se humilló a sí mismo. (Para el significado del concepto humildad véase lo dicho sobre el versículo 3). Desde el primer momento de su encarnación se sometió a sí mismo bajo el yugo; esto implica que se hizo obediente, a saber, a Dios Padre, como indica claramente el versículo 9 (nótese la expresión “Por lo cual Dios”, etc.). Además, su obediencia no conoció límites: aun hasta la muerte. En esa muerte, él, obrando al mismo tiempo como sacerdote y víctima, se ofreció a sí mismo en sacrificio expiatorio por el pecado (Is. 53:10). Por lo cual, no fue una muerte común y corriente, sino como dice Pablo: sí, y muerte en la cruz.

   Muerte dolorosísima.

   Bien se ha dicho que el que moría en ella “moría mil muertes”.

   Muerte también afrentosa.

   Obligar al condenado a llevar su cruz, hacerle salir de la ciudad a algún lugar “fuera de la puerta”, y allí ejecutarle por medio de una muerte que, según sabemos por Cicerón, era considerada como la de un esclavo, era ciertamente vergonzoso. Véase Jn. 19:31; 1 Co. 1:23. “Que aun el solo nombre de la cruz sea alejado, no sólo del cuerpo de un ciudadano romano, sino también de sus pensamientos, vista y oído”. Por tanto, al ser Pablo un ciudadano romano, como lo era, aunque hubiese sido condenado a muerte, es casi seguro que no hubiese sido ejecutado en forma tan afrentosa. ¿Tenía en su pensamiento esto cuando, refiriéndose a la muerte de su Maestro, escribió: “sí, y muerte en la cruz”?

   Era una muerte maldita.

   “Maldito por Dios es el colgado” (Dt. 21:23). Y si esto era así con respecto a un cadáver, ¡cuánto más con una persona viva! Cristo Jesús se humilló a sí mismo y se hizo obediente hasta una muerte en la que vicariamente soportó la maldición de Dios (Gá. 3:13). Véase en Jn. 19:17, 18.

   Y así, cuando pendía del madero, Satanás y todas sus huestes le asaltaban desde abajo; los hombres lo escarnecían a su alrededor; Dios lo cubrió desde arriba con el manto de las tinieblas, símbolo de maldición; y desde adentro rompía su pecho aquel amargo grito: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”. A este infierno, el infierno del Calvario, descendió Cristo.

   El pensamiento subyacente de los versículos 5–8 es este: En verdad, si Cristo Jesús se humilló a sí mismo en forma tan profunda, vosotros, filipenses, deberíais estar siempre dispuestos a humillaros en vuestra pequeña medida. Si él obedeció hasta la muerte, sí, y muerte en la cruz, vosotros deberíais ser más y más obedientes a la dirección divina, y esforzaros por perfeccionar en vuestras vidas el espíritu de vuestro Maestro, el espíritu de unidad, humildad y solicitud, que agrada a Dios.

   [B]. La invitación a imitar a Cristo porque este es el camino por el que alcanzaremos la gloria

   Versíc. 9. El premio glorioso que Cristo recibió se nos describe en las siguientes palabras: Por lo cual Dios lo exaltó hasta lo sumo. Aquel que se humilló a sí mismo, fue ensalzado. La misma regla que había dado para otros, la aplicó en su propio caso. Para esta regla véase Mt. 23:12; Lc. 14:11; 18:14; y cf. Lc. 1:52; Stg. 4:10; y 1 P. 5:6. Fue “a causa del padecimiento de la muerte”, que él recibió tal premio (He. 2:9; cf. He. 1:3; 12:2). Sin embargo, hay una diferencia entre su exaltación y la nuestra. Es cierto que él fue exaltado; el mismo verbo (exaltar, ensalzar) que se aplica a sus seguidores (2 Co. 11:7) es empleado a veces con respecto a él (Jn. 3:14b; 8:28; 12:32, 34; Hch. 2:33; 5:31). Pero en este pasaje se usa un verbo que en el Nuevo Testamento sólo ocurre en este caso concreto y que se aplica solamente a él, a saber, el verbo “super exaltar” (realzar). Dios Padre enalteció a su Hijo de una forma trascendentalmente gloriosa. Lo levantó hasta la altura más excelsa. ¿Irán los creyentes al cielo? Véase el Sal. 73:24, 25; Jn. 17:24; 2 Co. 5:8; He. 12:18–24. El Mediador “traspasó los cielos” (He. 4:14), fue “hecho más sublime que los cielos (He. 7:26), y “subió por encima de todos los cielos” (Ef. 4:10). Esta super exaltación significa que recibió el lugar de honor y majestad, y que en consecuencia “se sentó a la diestra del trono de Dios” (Mr. 16:19; Hch. 2:33; 5:31; Ro. 8:34; He. 1:3, 12:2), “sobre todo principado, autoridad, poder, señorío y sobre todo nombre que se nombra, no sólo en esta era, sino también en la venidera” (Ef. 1:20–22). La resurrección, ascensión y coronación (“sesión” a la diestra de Dios), están implicadas e incluidas en la declaración “Dios lo exaltó hasta lo sumo” (versículo 9). Además, antes que la frase termine, la etapa final de la exaltación de Cristo se nos describe también en los versículos 10 y 11: La consumación de su gloria cuando en el día de su venida toda rodilla se doblará delante de él, y toda lengua confiese que él es el Señor.

   Todo esto ocurrió (y referente a la última etapa, ocurrirá) en cumplimiento de la profecía: Gn. 3:15; 2 S. 7:13; Sal. 2:7–9; 8; 47:5; 68:17–19; 72; 110:1; 118:22, 23; Is. 9:6, 7; 53:10–12; Mi. 5:2; Zac. 9:9, 10; cf. Lc. 24:26; Ap. 1:7.

   La exaltación es el estado completamente opuesto a la humillación. Aquel que, por las exigencias de la ley divina (al cargar sobre sí el pecado del mundo), fue condenado, pasó de la sujeción al castigo a la justa relación con la ley. Aquel que fue pobre, volvió a ser rico. Aquel que fue desechado, fue aceptado (Ap. 12:5, 10). Aquel que aprendió la obediencia, se hizo cargo del poder y la autoridad que le fueron confiados.

   Habiendo consumado y manifestado su triunfo sobre sus enemigos por medio de su muerte, resurrección y ascensión, ahora lleva en sus manos, como rey, las riendas del universo, y ordena todas las cosas para bien de su iglesia (Ef. 1:22, 23). Por medio de su Espíritu, como profeta, guía a los suyos a toda verdad. Y sobre la base de su expiación perfecta, como sacerdote (sumo sacerdote según el orden de Melquisedec) no solamente intercede, sino que vive para siempre para interceder por los que por él se acercan a Dios (He. 7:25).

   Aunque estos honores fueron conferidos a la persona del Mediador, fue en su naturaleza humana que la exaltación tuvo lugar, ya que la naturaleza divina no está sujeta a humillación o exaltación. Pero estas dos naturalezas, aunque por siempre distintas, nunca están separadas.

   La naturaleza humana está tan estrechamente ligada a la divina que, a pesar de que nunca llega a convertirse en divina, participa de la gloria de ella. Por tanto, la asunción de Cristo a la gloria puede ser considerada también, en cierto sentido, como reasunción. No hay conflicto entre Fil. 2:9 y Jn. 17:5.

   Pablo continúa: y le otorgó el nombre que es sobre todo nombre. Dios Padre le otorgó (literalmente: El, graciosamente, o sea, gratuita y magnánimamente, le concedió) el nombre (según las mejores interpretaciones, no simplemente un nombre). El apóstol no nos dice claramente todavía de qué nombre se trata; pero añade, sin embargo, que es el nombre que sobresale del de todas las criaturas del universo.

   Cinco cualidades de Jesús que debemos imitar – lucas 4:14-22 Y Jesús volvió en el poder del Espíritu a Galilea, y se difundió su fama por toda la tierra de alrededor. Y enseñaba en las sinagogas de ellos, y era glorificado por todos. Vino a Nazaret, donde se había criado; y en el día de reposo entró en la sinagoga, conforme a su costumbre, y se levantó a leer. Y se le dio el libro del profeta Isaías; y habiendo abierto el libro, halló el lugar donde estaba escrito: El Espíritu del Señor está sobre mí, Por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres; Me ha enviado a sanar a los quebrantados de corazón; A pregonar libertad a los cautivos, Y vista a los ciegos; A poner en libertad a los oprimidos; A predicar el año agradable del Señor. Y enrollando el libro, lo dio al ministro, y se sentó; y los ojos de todos en la sinagoga estaban fijos en él. Y comenzó a decirles: Hoy se ha cumplido esta Escritura delante de vosotros. Y todos daban buen testimonio de él, y estaban maravillados de las palabras de gracia que salían de su boca, y decían: ¿No es éste el hijo de José? (usted como creyente puede buscar otras cualidades de Jesús para imitar).

   Citas Bíblicas de: (humildad, servicio, dar su vida por otro). Mateo 20.25-28. Entonces Jesús, llamándolos, dijo: Sabéis que los gobernantes de las naciones se enseñorean de ellas, y los que son grandes ejercen sobre ellas potestad. Mas entre vosotros no será así, sino que el que quiera hacerse grande entre vosotros será vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros será vuestro siervo; como el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos; — Efesios 5.1-2. Sed, pues, imitadores de Dios como hijos amados. Y andad en amor, como también Cristo nos amó, y se entregó asimismo por nosotros, ofrenda y sacrificio a Dios en olor fragante.

Amén, para la gloria de Dios.

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Hno Roberto Saldías Roa

Miembro de la IEP en Nacimiento Bajo, nació en el evangelio del Señor en la Iglesia de Laja 1975. Casado con María Nahuelmán, estudia teología de manera autodidacta. Me gusta mucho leer y escribir.

 

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