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Lunes 30 de noviembre de 2020“JESÚS COMIENZA A BEBER LA COPA AMARGA PARA SALVAR LO QUE SE HABIA PERDIDO”

Lunes 30 de noviembre de 2020“JESÚS COMIENZA A BEBER LA COPA AMARGA PARA SALVAR LO QUE SE HABIA PERDIDO”

   Lectura Bíblica: San Mateo Cap. 26, versículos 36 al 46. 36Entonces llegó Jesús con ellos a un lugar que se llama Getsemaní, y dijo a sus discípulos: Sentaos aquí, entre tanto que voy allí y oro. 37Y tomando a Pedro, y a los dos hijos de Zebedeo, comenzó a entristecerse y a angustiarse en gran manera. 38Entonces Jesús les dijo: Mi alma está muy triste, hasta la muerte; quedaos aquí, y velad conmigo. 39Yendo un poco adelante, se postró sobre su rostro, orando y diciendo: Padre mío, si es posible, pase de mí esta copa; pero no sea como yo quiero, sino como tú. 40Vino luego a sus discípulos, y los halló durmiendo, y dijo a Pedro: ¿Así que no habéis podido velar conmigo una hora? 41Velad y orad, para que no entréis en tentación; el espíritu a la verdad está dispuesto, pero la carne es débil. 42Otra vez fue, y oró por segunda vez, diciendo: Padre mío, si no puede pasar de mí esta copa sin que yo la beba, hágase tu voluntad. 43Vino otra vez y los halló durmiendo, porque los ojos de ellos estaban cargados de sueño.44Y dejándolos, se fue de nuevo, y oró por tercera vez, diciendo las mismas palabras. 45Entonces vino a sus discípulos y les dijo: Dormid ya, y descansad. He aquí ha llegado la hora, y el Hijo del Hombre es entregado en manos de pecadores. 46Levantaos, vamos; ved, se acerca el que me entrega.

Comentario: 26:36–46 Getsemaní (Cf. Mr. 14:32–42; Lc. 22:39–46).

En Getsemaní Jesús sufrió angustia

   [Versíc. 36]. Entonces Jesús fue con sus discípulos a un lugar llamado Getsemaní y les dijo: Sentaos aquí mientras yo voy allí y oro. Saliendo por la puerta oriental localizada al norte del templo, Jesús y sus discípulos siguieron andando por el camino que cruza el arroyo invernal de Cedrón (véase Jn. 18:1). Siguieron hasta un punto en que este camino se divide en tres brazos, uno de los cuales conduce al monte de los Olivos. En algún lugar cerca de esta encrucijada había un huerto llamado Getsemaní. que con toda probabilidad significa “prensa de aceite”. Debe haber sido un lugar apartado, cercado, con algunos olivos y quizás una cueva usada en el otoño para poner una prensa de aceite de olivas. ¿Era un seguidor de Jesús el dueño del huerto? Parece probable que así fuera, porque Jesús iba a ese lugar con frecuencia en compañía de sus discípulos (Jn. 18:2). Por lo tanto, era un lugar tranquilo, un lugar para enseñar, orar, descansar y dormir.

   A la entrada del huerto o cerca de ella Jesús deja ocho de los discípulos. [37]. Y tomó consigo a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo … También en otras ocasiones estos mismos tres hombres fueron elegidos por el Maestro para estar con él. ¿Por qué sólo estos tres? Véase sobre 17:1. ¿No es notable que en dos ocasiones Jesús otorgara este honor no solamente a Jacobo y Juan, sino también a Pedro cuando este mismo discípulo acaba de pecar tan gravemente contra el Maestro al contradecirle vehementemente? Véase sobre 16:22, cf. 17:1; y 26:33, 35, cf. 26:37. Esta es una indicación más del tierno amor perdonador del Salvador.

   No es extraño que Jesús tomara consigo a algunos de sus discípulos dentro del huerto. Siendo él mismo humano, tenía necesidad no solamente de comida y bebida, vestido, abrigo y descanso, sino también de compañerismo humano. Cf. Heb. 4:15. Necesitaba a estos hombres. Más aun, ¡ellos lo necesitaban a él! Continúa: y comenzó a llenarse de tristeza y angustia. Todas las olas y ondas de la angustia se derramaron sobre su alma. Cf. Sal. 42:7b.

¿Por qué este terror y desaliento? ¿Era porque sabía que ya ahora Judas se acercaba—o se preparaba para acercarse—a fin de entregarlo a sus enemigos? ¿Era porque estaba dolorosamente consciente de que Pedro lo negaría, que el Sanedrín lo condenaría, que Pilato lo sentenciaría, que sus enemigos se burlarían de él y que los soldados finalmente lo crucificarían? No cabe duda de que todo esto estaba incluido. Sin embargo, a medida que transcurre la historia notamos que fue especialmente el pensamiento que él, un alma muy tierna y sensible, iba a ser dejado cada vez más aislado. Muchísima gente ya lo había abandonado (Jn. 6:66). Sus discípulos lo iban a abandonar (Mt. 26:56). Peor de todo, en la cruz iba a gritar: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado (tú)?” (27:46). ¿Es que tal vez aquí en Getsemaní vio venir la ola de la ira de Dios causada por nuestro pecado? Cf. Is. 63:3.

“Fue a solas que el Salvador oró en el Getsemaní tenebroso; Solo la amarga copa él bebió sufriendo todo allí por mí. Solo, solo, todo lo cargó por salvar a los suyos, solo sufrió, solo sangró, solo murió”. —(Ben H. Price).

   [38]. Les dijo: Estoy abrumado con tristeza hasta la muerte. Quedaos aquí y velad conmigo. Ciertamente él había llevado la maldición a través de todos los días de su humillación, pero ahora estaba siendo abrumado por la maldición; y la consciencia de esto no lo iba a dejar hasta que pudo decir “Consumado es” (Gá. 3:13). Sabía que estaba dando su vida en rescate por muchos (Mt. 20:28; Mr. 10:45); que él, el Santo, estaba siendo hecho “pecado”, es decir, el objeto de la ira de Dios (2 Co. 5:21). ¿Es de maravillarse que dijera a sus tres discípulos más íntimos: “Quedaos aquí y velad conmigo”? Ahora más que nunca antes pesaban sobre él los dolores de la muerte, no sólo de la muerte física sino de la muerte eterna en lugar de su pueblo. Por eso es que habla de “tristeza hasta la muerte”.

En el Getsemaní, Jesús sufrió angustia y oró

   La agonía continúa y aun se intensifica. Pero ahora se agrega el relato de la oración de Cristo (ya introducido brevemente en el v. 36) al de su agonía. [39]. Y yéndose un poco más lejos, cayó con el rostro en tierra en oración, diciendo: Padre mío … El Maestro no quiere ser distraído durante su oración. Por eso deja atrás aun a los tres. Pero no se va muy lejos, porque desea todavía estar en contacto con ellos. Habiendo llegado a un lugar adecuado se arroja con el rostro en tierra, en un espíritu de profunda reverencia y temor ante su Padre celestial, mientras la tristeza y la angustia continúan y aun crecen con cada momento que pasa. Se dirige al objeto de su oración en la forma más íntima diciendo: “Padre mío”. Acerca de esta expresión y otras relacionadas, véase sobre 5:14b–16; 6:9; 7:21–23; 12:50, 16:17. Prosigue: … si es posible líbrame de esta copa; sin embargo, no como yo quiero, sino como tú quieres. “Esta copa”, véase sobre 20:22. Lc. 22:43 relata que vino “un ángel del cielo y le fortaleció”. Esto bien podría considerarse una respuesta a su oración, porque, aunque no le fue retirada la copa, se le dio fuerzas para llevarla a la boca y beberla hasta dejarla vacía. El mismo evangelista afirma en el versículo siguiente que “estando en agonía, oraba más intensamente; y era su sudor como grandes gotas de sangre que caían hasta la tierra”.

   Ya se ha indicado la naturaleza de la copa (véase sobre el v. 37). Jesús ahora pide ser librado de ella, es decir, que pase de él. La naturaleza completamente sin pecado, en realidad ejemplar, de la oración se ve en el hecho de que la oración principal “líbrame de esa copa” es introducida por la oración subordinada “si es posible”, la que a su vez se ve aclarada por las palabras “sin embargo, no como yo quiero, sino como tú quieres”. Jesús se está sometiendo enteramente a la voluntad del Padre.

   Nunca podremos nosotros, que ni siquiera conocemos como funciona la interacción entre nuestro cuerpo y alma, comprender cómo en estos solemnes momentos se relacionaba la naturaleza humana de Cristo con la divina, o viceversa. La unión de esta naturaleza humana con la divina dio un valor infinito al intenso sufrimiento experimentado por la naturaleza humana de Cristo. Por eso su sufrimiento, de principio a fin, fue Todo suficiente, esto es, suficiente para el pecado de todo el mundo.

   Después de la primera oración, Jesús regresó hacia donde estaban los tres hombres a quienes había exhortado que velaran: 40. Y vino a los discípulos y los encontró durmiendo y le dijo a Pedro: ¿De modo que vosotros no pudisteis velar conmigo ni siquiera por una hora? Era natural dormir a esta hora, probablemente pasada ya la medianoche, especialmente después de las emocionantes experiencias del aposento alto (el lavamiento de los pies de los discípulos, la revelación de que uno de los Doce iba a traicionar a su Maestro, la salida de Judas, la institución de la Cena del Señor) y los momentos siguientes (“Todos vosotros me seréis infieles”, la protesta de Pedro, etc.). Sin embargo, estos hombres debieran haber permanecido despiertos. Podrían haberlo hecho si sólo hubieran orado pidiendo fortaleza para ello. Aunque la tierna reprimenda de Cristo era para los tres— nótese el plural—fue dirigida particularmente a Pedro, sin duda debido a que al garantizar su lealtad y aun jactarse de ella él había tomado la iniciativa. Jesús continúa: [41]. Estad alerta y seguid orando, para que no entréis en tentación. El contexto indica claramente que aquí se debe dar un sentido ligeramente diferente a la misma palabra griega que se usó también en los vv. 38, 40. “Velad”, se convierte en “estad alerta” o “permaneced vigilantes”. La razón para el cambio es la frase “para que no entréis en tentación”. Una persona puede estar completamente despierta físicamente y todavía sucumbir ante la tentación, pero si se mantiene espiritualmente despierta, si con corazón y mente está “alerta” o “vigilante”, entonces vencerá la tentación. La tentación para los discípulos era la de ser infieles a Jesús. Ya sabemos que ellos, incluyendo definidamente a Pedro, no permanecieron alerta, no hicieron una labor ferviente de la oración y por lo tanto sí sucumbieron ante la tentación. Jesús añade: El espíritu está dispuesto, pero la carne es débil. Si en esta hora nocturna Jesús experimentaba la debilidad de su propia naturaleza humana y, por lo tanto, la necesidad de orar, podemos estar seguros que esto era mucho más valedero en el caso de los discípulos. En este pasaje “espíritu” indica la entidad invisible del hombre considerado en su relación con Dios. Como tal es el receptor del favor de Dios y el medio por el cual el hombre rinde culto a Dios. “Carne” en el sentido que aquí se le da es la naturaleza humana considerada desde el punto de vista de su fragilidad y necesidades, tanto físicas como psíquicas.  Cf. Is. 40:6; 1 Co. 1:29; Gá. 2:16. Este uso de “carne” no se debe confundir con aquel que indica la naturaleza humana considerada como el asiento del deseo pecaminoso (Ro. 7:25; 8:4–9; etc.). Para los discípulos, cargados de sueño, era una batalla entre su “espíritu” que estaba dispuesto, deseoso de hacer lo bueno y así estar “en guardia” contra la tentación, y su “carne” que debido a su debilidad era susceptible de ceder a los deseos de Satanás.

   [42]. Nuevamente, por segunda vez se alejó y oró: Padre mío, si no es posible librarme de esta (copa) a menos que yo la beba, sea hecha tu voluntad. Nuevamente Jesús se retira al lugar de soledad. No podía esperar ayuda de sus discípulos somnolientos. Nuevamente ora. Aunque ambas oraciones—la del v. 39 y la del v. 42—son la misma en esencia, hay una diferencia en énfasis. La cláusula principal ya no es: “Líbrame de esta copa”, sino “sea hecha tu voluntad”, una petición idéntica en fraseología y significado con la que Jesús mismo había enseñado a sus discípulos (Mt. 6:10b). Lo que está sucediendo es que por su propia experiencia dolorosa y angustiante Jesús está “aprendiendo” lo que significa ser obediente y está revelando esta obediencia en una forma progresivamente gloriosa.

   [43]. Vino otra vez y los encontró durmiendo, porque sus ojos estaban cargados de sueño. La somnolencia había obtenido una vez más la victoria sobre el deseo que tenían de estar despiertos y permanecer vigilantes. “Sus ojos estaban cargados de sueño”, porque sus corazones no se habían llenado con la oración. Así Jesús tenía que librar la batalla completamente solo. No recibe ayuda alguna de los hombres, ni siquiera de los Doce, ahora reducidos a once; en realidad, ni siquiera de los tres selectos de aquel pequeño grupo. Mr. 14:40 parece decir que el Maestro estaba hablando a los tres, pero debido a que tenían los ojos cargados de sueño apenas oyeron lo que decía. Por lo menos no podían responderle en forma coherente. [44]. Entonces los dejó, se alejó nuevamente y oró por tercera vez, diciendo lo mismo. Así que nuevamente está completamente solo, en comunión con su Padre, a quien ama y quien lo ama; y otra vez la oración, aunque se refiere a la copa, da expresión al principal deseo del Hijo, a saber, que se haga la voluntad de su Padre, venga lo que venga.

En Getsemaní Jesús oró y veló

   Con respecto a los dos vínculos finales de esta sección hay una gran diversidad de opinión entre los expositores. [45ª]. Entonces viene a los discípulos y les dice: Dormid ahora y descansad. El problema es que el versículo siguiente empieza con las palabras: “Levantaos y vámonos”. Esto suscita la pregunta: “¿Cómo es posible que Jesús en el mismo momento diga: ‘¿Dormid ahora y reposad … ¿Levantaos, vámonos’”? Las dos expresiones parecen contradecirse. Se han propuesto muchas soluciones, de las cuales las dos más populares se consideran en la nota.

   La explicación que más me atrae a mí es la siguiente:849 ¡Qué maravillosa compasión! El pastor, que ha estado pidiendo a los discípulos que velen con él, ahora en forma tierna guarda vigilia sobre ellos. Habiendo obtenido la victoria, la paz perfecta ha sido restablecida en su corazón. Ha sido fortalecido por la oración. Por cierto, los tres hombres le habían fallado. ¡Pero su amor nunca jamás les fallará! En consecuencia, lo que tenemos aquí es uno de los cuadros más conmovedores de los Evangelios y, además, uno que está en completa armonía con el carácter comprensivo del Salvador según se describe, se menciona o se deja implícito en muchos otros pasajes de este Evangelio (4:23, 24; 5:43–48; 6:15; 8:16, 17; 9:2, 13, 36–38; 10:42; 11:28–30; 12:7, 17–21; 14:14–16, 27, 34–36; 15:28, 32; 18:1–6, 10–14, 21, 22, 35; 19:13–15; 20:25–28, 34; 21:14; 22:9, 10; 23:37; 25:40; 28:10).

   La vigilia fue de corta duración. Después de un momento Jesús ya podía ver la banda que se acercaba. Ahora despierta a los tres hombres diciendo: [45b]. He aquí, la hora ha llegado y el Hijo del hombre está siendo entregado en manos de pecadores. En cuanto a “He aquí”, “Mirad”, o “Poned atención”, véase nota 133. Acerca de “Hijo del hombre”, con énfasis en la naturaleza humana de Cristo sometida a aflicción, véase sobre 8:20. Continúa: [46]. Levantaos y vámonos. Mirad, el que me traiciona (Judas Iscariote) está cerca.

1er Titulo:

El cordero de Dios se ofrenda para la obra de redención. San Juan 19: 16 al 18. 16Así que entonces lo entregó a ellos para que fuese crucificado. Tomaron, pues, a Jesús, y le llevaron.17Y él, cargando su cruz, salió al lugar llamado de la Calavera, y en hebreo, Gólgota; 18y allí le crucificaron, y con él a otros dos, uno a cada lado, y Jesús en medio. 

   Comentario: [15, 16]. Pero ellos gritaron: ¡Fuera con él, fuera con él, crucifícale! Pilato les dijo: ¿A vuestro rey he de crucificar? Respondieron los principales sacerdotes: No tenemos más rey que el emperador. Así que entonces lo entregó a ellos para que fuese crucificado.

   Los sacerdotes y la muchedumbre sintieron el aguijón de la pregunta inoportuna. Por esto en respuesta a esta observación despreciable contestan: “Fuera con él, fuera con él, crucifícale”. El gobernador urge una vez más con “¿A vuestro rey he de crucificar?” (nótese el orden de las palabras, fiel al original.) Con hipocresía descarada, pero demasiado evidente, los sumos sacerdotes responden, “No tenemos más rey que el emperador”.

   En cierto sentido, tenían razón. Habiendo repudiado su esperanza mesiánica cuando dijeron, “Fuera con él, fuera con él, crucifícale”, (esperanza que, en el caso de los principales sacerdotes, en su mayoría saduceos, nunca había sido ferviente) sin duda que no tienen derecho considerar a Jesús como rey (espiritual, en el sentido de 18:36, 37). Al único que reconocen como rey es a Tiberio. E incluso ese reconocimiento es evidentemente fingido. Olvidan, sin embargo, que Dios, como rey del universo, no ha terminado con ellos. En un sentido cierto y terrible, sigue siendo su rey. No están lejos los castigos indescriptibles. Han continuado desde entonces. Véase Ro. 11:25.

   Al confesar su lealtad incondicional al emperador, al mismo tiempo insinúan la posible deslealtad del gobernador. Es como si dijeran, “nosotros no tenemos más rey que el emperador. ¿Qué dices de ti mismo, Pilato? ¿Dónde está lealtad?” Apenas si se puede dudar que esto tenían en mente (véase sobre 19:12).

   Entonces Pilato lo entregó a ellos; no como si ellos—los judíos—fueran a crucificarlo, sino en el sentido de que accedió a sus deseos. Hablando humanamente, los celos habían triunfado, los celos de los líderes. Desde ese momento, la envidia ha triunfado a menudo; sin embargo, lo que sucedió ahí, es único. Consiguió castigar al Justo. Pero al ganar (¡aparentemente!) esta batalla, perdió la guerra.

   En conexión con 19:15, 16, deberían leerse los siguientes pasajes: Lc. 23:24, 25 y Mt. 27:24, 25.

Síntesis de 18:12–19:16

   El Hijo de Dios muere como sustituto por su pueblo, el juicio y la negación. El esquema bastante detallado que hemos ofrecido antes del capítulo 18 es en sí mismo como una síntesis. Además, nótese lo siguiente:

-A. Delante de Anás, juicio y negación

   El verdadero sumo sacerdote, Jesucristo, es conducido ante los corrompidos sumos sacerdotes, Anás y (un poco después) su yerno Caifás. El primero, aunque ya no era el sumo sacerdote oficial y presidente del Sanedrín, seguía teniendo gran influencia. Era orgulloso, ambicioso, rico.

   Mientras Jesús era inicialmente juzgado ante él, Pedro, guiado hasta el palacio por Juan, despertó las sospechas de la portera. Acercándose a él, le dijo (con malicia en la voz), “Seguramente tú no eres también uno de los discípulos de este hombre, ¿verdad?” Sorprendido ante lo inesperado y directo de la pregunta, Pedro fue tomado desprevenido, y a pesar de todas sus promesas previas de lealtad, respondió decididamente, “No lo soy”.

   Así pues, como si la humillación que Jesús estaba experimentando ante Anás no fuera suficiente, esta aflicción se agregó a su amargo sufrimiento, que uno de sus principales discípulos lo negara. La misma audiencia preliminar fue una farsa, como lo fue todo el juicio ante los judíos. Fue una farsa en el sentido de que no hubo un intento serio de llegar a la verdad. Se había decidido la muerte de Cristo mucho antes. ¡La sentencia estaba prevista! Anás, además, estaba más interesado en descubrir cuántos seguían a Cristo que conocer su enseñanza, excepto en cuanto esta enseñanza pudiera servir al propósito de suministrarle bases para formular los términos de una sentencia desfavorable. Se le pidió a Jesús que testificara en contra de sí mismo. Al negarse a hacerlo y pedir que se presentaran testigos, un miserable secuaz lo abofeteó, y le hizo una pregunta impertinente. Con majestad el Señor defendió su propia petición de que se escuchara al testigo. Todavía maniatado, Jesús fue enviado entonces a Caifás.

   Luego, delante de Caifás y del Sanedrín, Jesús hizo su buena confesión, lo cual le produjo insultos y ofensas; Pedro, de nuevo en el patio del que había tratado de huir, fue interrogado otra vez con preguntas tales como, “Seguramente tú no eres también uno de ellos, ¿verdad?” “No lo soy”, respondió, mintiendo de nuevo. Entonces un pariente de Malco preguntó, “¿No te vi yo en el huerto con Jesús?” Pedro volvió a negarlo, y al instante cantó el gallo.

-B. Ante Pilato, juicio

   La síntesis de esta sección se puede encontrar en el bosquejo. Sin embargo, conviene agregar una aclaración. En el bosquejo hemos llamado al gesto de Pilato (de que en relación con la costumbre pascual se pusiera en libertad a un prisionero, y que ese prisionero fuera Jesús), el segundo intento del gobernador de eludir la responsabilidad. Fue en realidad el segundo intento en cuanto al Evangelio de Juan. Históricamente fue el tercero, porque fue precedido del intento de parte de Pilato de que Herodes asumiera la responsabilidad del caso. Pero esto no se relata en el cuarto Evangelio.

   La lección principal que hay que aprender respecto al juicio ante Pilato es que nunca se puede ser neutral frente a Jesús. Siempre se toman posiciones en favor o en contra. La “neutralidad” de Pilato fracasó por completo. Sucumbió finalmente ante la intimidación, y entregó a Jesús para que lo crucificaran.

   Una y otra vez Pilato proclamó la inocencia de Cristo. Sin embargo, ¡luego lo sentenció! Es evidente que Jesús sufrió el castigo no por sus pecados sino por los nuestros (él no tenía ninguno), y lo sufrió todo voluntariamente. Al discutir los detalles de la pasión la vista debe permanecer fija en El, su sufrimiento, su amor.

   [19:17, 18]. Entonces tomaron a Jesús; y él cargando su cruz, salió a (un lugar) llamado El lugar de la Calavera, que en arameo se llama Gólgota; y allí le crucificaron, y con él a otros dos, uno a cada lado, y Jesús en medio.

   El versículo 17 contiene todo lo que Juan tiene que decir acerca de lo sucedido en el camino de la amargura. En Lc. 23:26–32 se encuentra un relato mucho más completo.

   Los soldados tomaron a Jesús y, aunque su espalda estaba lacerada con muchas heridas producidas por la flagelación a la que había sido sometido, lo obligaron a llevar su propia cruz. La llevó hasta donde se lo permitieron sus energías. Luego se obligó a Simón de Cirene a asumir la ardua tarea (Lc. 23:26; cf. Mt. 27:32; Mr. 15:21).

   Se ha escrito mucho acerca de la forma de la cruz. ¿Se parecía a la letra X (la cruz de San Andrés), a la letra T (la cruz de San Antonio), o a la daga (la cruz latina)? A la luz del hecho de que el título (véase sobre versículo 19) se escribió sobre la cabeza de Cristo (Mt. 27:37; Lc. 23:38) es casi seguro que tienen razón los artistas que adoptan la última de estas tres posibilidades, el así llamado tipo daga o cruz latina.

   Parecería que toda la cruz (postes vertical y transversal) fue colocada sobre la espalda de Cristo. Por lo menos, nada hay en el texto que sugiera lo contrario. La idea de la presunta víctima que lleva ella misma la cruz a la que será clavada recuerda a Isaac, llevando la madera de la ofrenda cruenta (Gn. 22:6). Las palabras, “Y él, cargando su cruz, salió”, implican una maldición cuádruple:

  1. La muerte por crucifixión se consideraba en sí misma como maldición (Gá. 3:13); “maldito por Dios es el colgado” (Dt. 21:23, verdad incluso si se aplica simplemente al colgamiento del cuerpo muerto; cuanto más cuando se refiere a una persona viva). Que la cruz era un término de horror, resulta claro también por el versículo 31 de este capítulo; por 1 Co. 1:23; y por Fil. 2:8.
  2. Obligar a la persona sentenciada, en este caso a Jesús, a llevar la cruz aumentaba la vergüenza.
  3. Cargarla él mismo, significando: cargarla solo, aunque era pesada y aunque su cuerpo ya había sido sometido a un terrible castigo, subraya el hecho de que el Siervo Sufriente era conducido a un aislamiento completo.
  4. Salir de la ciudad para ser crucificado (“salió”) añade todavía otro elemento a la maldición, como se enseña claramente en He. 13:12, 13, sobre la base de Ex. 29:14; Lv. 4:12, 21; 9:11; 16:27; Nm. 19:3.

   El lugar donde se realizó la crucifixión se llamaba El lugar de la Calavera. Para mantenerse lo más cerca posible del sonido (al igual que del significado) del original se podría traducir como: El lugar del Cráneo. El término griego tomado del arameo Gólgotha significa la calavera. El latin Calvaria (del cual se deriva nuestro Calvario) también significa calavera. Se refiere a calvus, calva (cf. el alemán kahl, el holandés kaal, que significa calvo; de ahí, calva: la cabeza sin pelo).

   Pero ¿por qué este lugar se llamaba El lugar de la Calavera? Se han ofrecido varias respuestas: a. porque se parecía a una calavera; b. porque según una leyenda muy difundida (encontrada en los escritos de Orígenes, Atanasio, y Epifanio) había sido descubierta ahí la calavera de Adán; c. porque era un lugar de ejecución; (íntimamente relacionado) d. porque era un lugar donde se encontraban calaveras esparcidas. Algunas de estas teorías resultan objetables a primera vista. Ni siquiera a. (forma de cráneo) es totalmente segura. Epifanio, quien escribió en el siglo cuarto, ya objetaba en contra de esta opinión, diciendo que el lugar no se parecía en nada a una calavera. (Pero Cirilo de Alejandría parece indicar que sí había cierta semejanza, Conferencias catequéticas, XIII, 39). La mejor respuesta es que no sabemos por qué el lugar se llamaba El lugar de la Calavera.

   ¿Dónde estaba el Calvario? Algunos que han ido a Palestina lo ubican a unos 230 metros al NE de la puerta Damasco. Este es el Calvario de Gordon. La colina se parece de verdad a una calavera. Está fuera de la puerta, cerca de la carretera. A sus alrededores hay tumbas excavadas en la roca y jardines. Según algunos, esto casi resuelve el asunto. Otros intérpretes, sin embargo, objetan contra esta teoría, por las siguientes razones:

  1. La forma acalaverada del lugar (órbitas de ojos, cima redondeada) puede deberse a excavaciones artificiales después del tiempo de Cristo. Y aunque no fuera así, ¿cómo sabemos si el nombre El lugar de la Calavera significa lugar en forma de calavera?
  2. Este lugar carece del apoyo de la tradición.

   Como a medio kilómetro al sudoeste del Calvario de Gordon, y dentro de las murallas de la ciudad moderna, está la Iglesia del Santo Sepulcro. Este es el lugar que apoya la tradición más antigua. Para dar crédito a esta tradición, debe probarse primero a. que este lugar estaba de hecho “fuera de la puerta” en tiempo del ministerio terrenal de Jesús (19:17, 18; He. 13:12, 13); b. que, sin embargo, estaba cerca de los muros de la ciudad (19:20); c. que estaba cerca de una carretera o camino (Mt. 27:39); y d. que muy próximo al mismo había un jardín (Jn. 19:41). Hasta este momento no se han demostrado todas estas cosas respecto a ningún lugar (ya sea el tradicional, o Calvario de Gordon, ya sea cualquier otro). Debido a la fisiografía general de Jerusalén y sus alrededores, es, sin embargo, casi cierto que ninguno de los dos lugares más favorecidos puede estar muy lejos del lugar donde el Señor fue crucificado.

   Ahí, pues, lo crucificaron. El pronombre implícito se refiere a los soldados, como resulta evidente por 19:23. En el original el hecho más glorioso de la historia de la redención se expresa con sólo tres palabras (literalmente “donde lo crucificaron”). Esta forma de ejecución existía en muchas naciones antiguas, tales como Macedonia, Persia, Siria, Egipto y el Imperio Romano. (Los judíos utilizaban otros métodos, especialmente la lapidación.) Roma generalmente (no siempre) reservaba esta forma de castigo para los esclavos y para los reos de los peores crímenes.

   No se ha revelado qué indujo a Pilato a crucificar a dos más con Jesús, uno a cada lado. Quizá fue para ofender a los judíos, como si quisiera decir, “Así es vuestro rey, del mismo nivel que otros criminales ordinarios”. Pero, desde el punto de vista divino, era un lugar honorífico, porque Jesús había venido “al mundo para salvar a los pecadores”. Además, en esta crucifixión entre dos malhechores (Lc. 23:33) se estaba cumpliendo una profecía, Is. 53:12: “fue contado con los pecadores”.

   Se ha dicho bien que la persona crucificada “moría mil muertes”. Se le perforaban manos y pies con largos clavos (20:25; cf. Lc. 24:40). Entre los horrores que se sufrían mientras se pendía de esta manera (con los pies apoyados en una tablilla, a poca distancia del suelo) estaban los siguientes: fuerte inflamación, hinchazón de las heridas en la zona de los clavos, dolor insoportable por los tendones desgarrados, incomodidad terrible por la posición tensa del cuerpo, dolor de cabeza constante y sed violenta (19:28).

   En el caso de Jesús, sin embargo, no debería enfatizarse la tortura física que sufrió. Se ha dicho que sólo los condenados en el infierno saben lo que sufrió Jesús cuando murió en la cruz. En un sentido esto es verdad, porque también ellos sufren la muerte eterna. Debería añadirse, sin embargo, que ellos nunca han estado en el cielo. El Hijo de Dios, por otra parte, descendió de las regiones de deleite infinito en la comunión más íntima posible con su Padre (1:1; 17:5) a las profundidades abismales del infierno. En la cruz exclamó, “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” (Mt. 27:46).

2° Titulo:

El hijo de Dios implora perdón al padre por sus heridores. San Lucas 23:33 y 34. 33Y cuando llegaron al lugar llamado de la Calavera, le crucificaron allí, y a los malhechores, uno a la derecha y otro a la izquierda. 34Y Jesús decía: Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen. Y repartieron entre sí sus vestidos, echando suertes.

   Comentario: [28]. Jesús se volvió a ellas y les dijo: Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí, sino llorad por vosotras mismas y por vuestros hijos.

   Para Jesús, aunque ahora mismo él está sufriendo y aunque durante las próximas horas él estará sufriendo los tormentos del infierno, su futuro es seguro. Pero, a menos que estas mujeres se arrepientan, su futuro no lo es. Tampoco lo es él de sus hijos. En gran medida la población de Jerusalén estaba formada por personas no regeneradas (Lc. 13:34, 35; cf. Mt. 23:37, 38). Además, Dios no permite que la falta de arrepentimiento pase sin castigo, y esto ahora y en la vida venidera. Los sufrimientos relacionados con la caída de Jerusalén serían un terrible preludio al sufrimiento eterno:

   [29]. Porque, fijaos bien, vendrán días cuando la gente dirá: ¡Bienaventuradas las estériles, las matrices que nunca concibieron y los pechos que nunca criaron!

   Tan terribles sufrimientos sobrevendrían a la ciudad que se considerarían bienaventuradas las mujeres que no tenían hijos. El enemigo destruiría a los habitantes de Jerusalén sin mostrar ninguna consideración en cuanto a sexo o a edad. Véase arriba sobre 21:24.

   [30]. Entonces comenzarán a decir a los montes: Caed sobre nosotros, y a los collados: ¡Cubridnos!

   Con variaciones, este dicho aparece tres veces en las Escrituras. En primer lugar, se encuentra en Os. 10:8. Tan horroroso iba a ser el juicio divino contra Samaría que en agonía mortal el pueblo anhelaría—pero en vano—ser cubierto por las montañas y los cerros que se derribaban.

   En este pasaje (Lc. 23:30) la escena es, si esto fuera posible, aún más horrible, como lo sabe cualquiera que haya estudiado los escritos de Josefo. Esta vez no es la caída de Samaria sino de Jerusalén en el año 70 d.C. En lugar de “montes cubridnos, collados caed sobre nosotros”, se dice lo inverso “montes, caed sobre nosotros y collados cubridnos”.

   Probablemente este cambio sea solamente cuestión de estilo. Pero para los impenitentes el grito final de angustia será el más desesperado de todos. Será emitido en el gran día del juicio. En esa conexión la expresión es: “Montes y rocas, caed sobre nosotros y escondednos del rostro del que está sentado en el trono y de la ira del Cordero, porque el día de su ira ha llegado, y ¿quién podrá resistir?” (Ap. 6:16, 17).

3er Titulo:

Última expresión de Cristo en la cruz, y queda abierta la puerta de salvación. San Juan 19: 28 al 30. 28Después de esto, sabiendo Jesús que ya todo estaba consumado, dijo, para que la Escritura se cumpliese: Tengo sed.29Y estaba allí una vasija llena de vinagre; entonces ellos empaparon en vinagre una esponja, y poniéndola en un hisopo, se la acercaron a la boca. 30Cuando Jesús hubo tomado el vinagre, dijo: Consumado es. Y habiendo inclinado la cabeza, entregó el espíritu.

   Comentario: [28]. Después de esto, puesto que Jesús sabía que ya todo estaba consumado, dijo, para que la Escritura se cumpliese: Tengo sed.

   Después de haber hablado las palabras (1) al (4), Jesús supo que su obra por los demás ya había sido totalmente cumplida. A lo largo de su permanencia en la tierra y sobre todo en la cruz había sufrido la ira de Dios contra el pecado para así liberar a su pueblo del mismo y merecerles salvación eterna. La tarea ha sido cumplida. Jesús lo sabía, porque conocía todas las cosas en su totalidad y una por una. En cuanto al conocimiento de Jesús véase también sobre 1:42, 47, 48; 2:24, 25; 5:6; 6:64; 16:30; 21:17.

   En consecuencia, fijándose ahora en su propia necesidad, dijo, “Tengo sed”. Lo dijo para que también respecto a esta sed se cumpliera la profecía. En la vida y muerte del Señor se cumplía constantemente la Escritura. Véase sobre 19:23, 24. En este caso se cumplía la profecía del Sal. 22:15 y del Sal. 69:21b. En cuanto al Sal. 22 como mesiánico véase sobre 19:23, 24; en cuanto al Sal. 69 véase sobre 2:17 y sobre 15:25.

   Se ha sugerido que Jesús deseaba apagar su angustiante sed para poder prorrumpir el fuerte clamor referido en Lc. 23:46 (la séptima palabra; véase sobre 19:26, 27). Es posible, pero el texto nada dice al respecto.

   También aquí, como antes, lo que se enfatiza es el amor infinito del Señor, revelado en el hecho de estar dispuesto a una sed abrasadora para que pudiera ser para su pueblo fuente eterna de agua viva. En cuanto al sufrimiento físico de Jesús, véase también sobre 19:18. En cuanto a Jesús como fuente de agua viva véase sobre 4:10–15; y sobre 7:37–39.

   [29, 30]. Y estaba allí una vasija llena de vinagre; entonces ellos empaparon en vinagre una esponja, y poniéndola en un hisopo, se la acercaron a la boca. Cuando Jesús hubo tomado el vinagre, dijo: Consumado es. Y habiendo inclinado la cabeza, entregó el espíritu.

   La vasija llena de vinagre, vino agrio como el que bebían los soldados, fue la fuente por medio de la cual se calmó la sed de Jesús. Incluso en el proceso de satisfacer, de alguna forma, esta necesidad física acuciante, se hizo burla de Jesús. Pero Juan no cuenta esa parte de la historia. Véase Mt. 27:48, 49. Sí, menciona, sin embargo, el hecho de que ellos (refiriéndose probablemente al centurión y a uno de los soldados, este último actuando por órdenes del primero), habiendo sumergido una esponja en la vasija de vinagre (esto está claramente implícito), la pusieron en un hisopo y “se la acercaron a la boca”, de forma que este líquido le llevara cierto alivio a sus labios y garganta resecos. Se ha escrito mucho acerca de este hisopo. Algunos encuentran un error y querrían sustituir el término traducido como hisopo por otro más corto y semejante. (En lugar de -σσώπ- prefieren -σσ-). Señalan el hecho de que el hisopo es una hierba que no tiene tallo suficiente para servir de caña (Mt. 27:48) en la que sujetar una esponja. En consecuencia, “corrigen” el texto y utilizan el término griego más breve, que significa garrocha. Pero esto no resulta ciertamente necesario. El hisopo o palo de hisopo al que se refiere Juan pudo haber sido la mejorena (Origanum maru), cuyos tallos leñosos son lo suficientemente fuertes y largos como para satisfacer todas las exigencias. No tuvo que ser muy largo para alcanzar los labios de Jesús, porque la cruz probablemente no llegaba muy por encima del nivel del terreno.

   Una vez absorbido el vinagre Jesús dijo, “todo terminó” (o consumado es). Tal como lo veía Jesús, se había completado toda la obra de la redención (tanto la obediencia activa como la pasiva, tanto el cumplimiento de la ley como el sobrellevar su maldición). Y si alguien objetara que todavía no se había realizado la sepultura y que también esto (al igual que el descanso en el sepulcro hasta el momento de la resurrección) era parte de la humillación de Cristo, la respuesta sería muy sencilla: en la mente de Cristo la sepultura es tan cierta que puede hablar como si también se hubiera cumplido esto. Véase también, en relación con esto, sobre 17:4 y sobre 17:11.

    Dicho ya esto, Jesús inclinó la cabeza—un momento antes de hacerlo pronunció otra palabra, Lc. 23:46—y entregó el espíritu. Lo entregó. Nadie se lo arrebató. Entregó la vida. Véase sobre 10:11; también sobre 19:34–37. En cuanto al significado del término espíritu véase sobre 13:21.

4° Titulo:

Gran noticia para sus afligidos seguidores: Cristo ha resucitado. San Mateo 28: 5 al 9. 5Mas el ángel, respondiendo, dijo a las mujeres: No temáis vosotras; porque yo sé que buscáis a Jesús, el que fue crucificado. 6No está aquí, pues ha resucitado, como dijo. Venid, ved el lugar donde fue puesto el Señor. 7E id pronto y decid a sus discípulos que ha resucitado de los muertos, y he aquí va delante de vosotros a Galilea; allí le veréis. He aquí, os lo he dicho. 8Entonces ellas, saliendo del sepulcro con temor y gran gozo, fueron corriendo a dar las nuevas a sus discípulos. Y mientras iban a dar las nuevas a los discípulos, 9he aquí, Jesús les salió al encuentro, diciendo: ¡Salve! Y ellas, acercándose, abrazaron sus pies, y le adoraron.

   Comentario: La historia de la guardia se continuará en el v. 11. Por el momento Mateo vuelve a las mujeres: [5, 6]. El ángel, respondiendo, dijo a las mujeres, no temáis vosotras, pues yo sé que buscáis a Jesús, el que fue crucificado. Lc. 24:4 y Jn. 20:12 hablan de “dos” ángeles; Mateo y Marcos sólo de uno. ¿Por qué esta diferencia? Algunos responden: “Aunque en realidad había dos ángeles presentes, sólo uno habló”. Pero esto difícilmente servirá, ya que según Lucas ambos, “dos varones con vestiduras resplandecientes” se dirigieron a las mujeres. Así también hacen los dos “ángeles” en el relato de Juan. La razón de la diferencia no nos ha sido revelada. Por supuesto, no existe contradicción, ya que ni Mateo ni Marcos afirman que había sólo un ángel.

“No temáis vosotras”—muy enfático en el original—dice el ángel. En otras palabras, “Vosotras no seáis como los otros que fueron dispersados en todas direcciones, algunos de los cuales hasta es posible los hayáis visto”. ¿Por qué no debían temer estas mujeres? ¿Por qué debían contener su llanto y en lugar de ello regocijarse? El ángel responde: “pues yo sé que buscáis a Jesús, el que fue crucificado”. En otras palabras, “Vosotras no tenéis razón para temer, puesto que sois leales amigas de Jesús. Sí, vosotras habéis permanecido fieles a él aun cuando el mundo le despreció y le crucificó. Fue para mostrar esa lealtad que vosotras vinisteis aquí esta mañana”.

    Podríamos haber esperado un mensaje diferente, por ejemplo, un duro reproche, en vista del hecho que estas mujeres mostraron por medio de su acción que no habían tomado muy en serio la predicción de Jesús de que resucitaría al tercer día. Un reproche misericordiosamente disimulado—más bien, una reprensión suave, una advertencia amorosa—vino al final del mensaje del ángel: “No está aquí, pues ha sido resucitado, tal como dijo. “Tal como dijo”. El ángel ni siquiera dijo, “tal como dijo vez tras vez”. Véase p. 17. Es como si el ángel dijera, “En vista de vuestro maravilloso valor y lealtad, vuestra falta de suficiente fe es perdonada”. Además, debe tenerse presente que el mensajero celestial no inventó este mensaje. Le fue dado, como muestra claramente una comparación entre los vv. 5 y 10. De una forma tranquilizadora el ángel añade: Venid, ved el lugar donde yacía. Según Mr. 16:5, en este momento las mujeres ya estaban dentro del sepulcro. Pero el ángel les invita a acercarse aún más para que puedan ver todo lo que está a la vista; no sólo el sepulcro vacío—“no está aquí”—sino, además, “los lienzos puestos allí, y el sudario puesto no con los lienzos, sino enrollado en un lugar aparte” (Jn. 20:7). Ellas deben convencerse personalmente de que todo está en orden en el sepulcro. Ningún discípulo ha estado aquí para llevarse el cadáver, tampoco un enemigo ha saqueado el sepulcro. En cualquier de los casos los lienzos no habrían estado presentes. Las mujeres—al igual que Pedro y Juan esa misma mañana—debían ver que el Señor, restaurado de muerte a vida, se había quitado los lienzos y el sudario, se había provisto una vestidura tal como usan los vivos, había puesto calmada y majestuosamente todo en su lugar en el sepulcro y luego había salido gloriosamente vivo.

   Creer que Jesús se levantó de los muertos es hermoso para la iglesia, pero no es suficiente. Debe considerarse también qué clase de Salvador fue el que se levantó de los muertos. ¿Es aún el mismo Redentor amoroso que antes de morir sanó al enfermo, limpió al leproso, resucitó al muerto, consoló al afligido, perdonó y murió por el pecador que le acepta con fe viva? Un estudio cuidadoso del relato de la resurrección responde a esta pregunta con un sí atronador.

   Como si quisiera dejar esto aún más claro, el ángel continúa, [7]. Por tanto, id pronto y decid a sus discípulos: Ha sido resucitado de los muertos y he aquí él va delante de vosotros a Galilea; allí le veréis. El maravilloso mensaje debe ser comunicado. Debe ser proclamado por todas partes por aquellos que una vez fueron y pronto nuevamente serían los Doce. Por lo tanto, ellos mismos debían escuchar las buenas nuevas. Deben saber que la repetida predicción de Cristo, “voy a resucitar al tercer día” ahora es un hecho. No sólo aquello, sino que para mayor confirmación de su fe se les debe decir que la promesa de Mt. 26:32, “Pero después que haya resucitado, iré delante de vosotros a Galilea”, también va a cumplirse. Allí, en la misma región (4:15, 16) donde la muerte y la oscuridad una vez reinaron supremos, pero donde la Luz del mundo había realizado la mayor parte de su obra, era donde él se reuniría nuevamente con sus discípulos. ¡Galilea!, aquella región de rechazo, pero también de la aceptación, región de penas, pero también de alegrías; de incredulidad, pero también de fe, debe regocijarse otra vez. Véase además sobre 26:32. Ya os lo he dicho, añade el ángel, como si dijera, “Ya habéis escuchado las buenas noticias y sabéis qué hacer. Así que ahora es vuestra responsabilidad”.

   Objeción: “Pero la primera aparición de Jesús a sus discípulos no ocurrió en Galilea sino en Jerusalén. Estos hombres no tuvieron que esperar hasta llegar por fin a Galilea, sino que en esta misma tarde iban a ver al Salvador resucitado”. Respuesta: esto simplemente muestra que Dios—o si se quiere, que el Salvador resucitado—hace aún mejor que sus promesas. Y Pedro, quien se había jactado de su lealtad en un lenguaje tan desmedido y luego había roto sus promesas en forma tan vergonzosa ¿también debía ser informado? “Sí”, dice “el joven”, es decir, el ángel, “Id, decid a sus discípulos y a Pedro” (Mr. 16:7).

   [8]. Entonces ellas partieron a toda prisa del sepulcro con temor y gran gozo y corrieron a dar las nuevas a sus discípulos. Que el temor y el gozo puedan ir juntos se entiende de Sal. 2:11. Por otra parte, ¿acaso no era natural que estas mujeres fueran atemorizadas por la aparición de tan brillante ángel y por la recepción de noticias de un misterio tan grande: Jesús resucitado de los muertos? Además, ¿no era igualmente natural su regocijo cuando oían que Jesús, de quien ellas fueran fieles amigas, discípulas y súbditas, había vencido la muerte? Nótese también que, en esta lucha entre el temor y el gozo, triunfó lo último, ya que el adjetivo “gran” sólo modifica “gozo”, no “temor”. Estas mujeres no caminaron. Corrieron a contar las noticias. Lc. 24:9 informa que las mujeres cumplieron su misión. ¿Cómo fue recibido su relato por parte de los apóstoles? Respuesta: no lo creyeron (Lc. 24:10, 11). El relato comenzó a divulgarse, pero en general no fue aceptado como verdadero (Mr. 16:13; Lc. 24:22–25).

    Sin embargo, aunque la incredulidad con que eran recibidas las mujeres en todas partes no era agradable, su presente gozo, que ya era grande, se iba a hacer aún más grande: [9]. Y de pronto Jesús le salió al encuentro y les dijo, buenos días. Ellas se acercaron, se asieron a los pies y le adoraron. Para tranquilizarlas Jesús usó un saludo ordinario cuando las encontró, uno que tal vez puede traducirse mejor “¡Hola!”, “¿Cómo estáis?” o “Buenos días”. Véase también 26:49; 27:29. Ellas le reconocieron de inmediato y se postraron delante de él asiéndose a sus pies y adorándole. Era real, aun físicamente (“sus pies”). Él era Jesús, ningún otro, el mismo Jesús que habían conocido por mucho tiempo y a quien habían prestado servicio valioso.

   Ha surgido la pregunta: “Pero, ¿por qué Jesús no apareció primeramente a los once? ¿Por qué primero a las mujeres?” O retrocediendo un poco: ¿Por qué el ángel apareció a las mujeres y no a Pedro y Juan?” No tenemos la respuesta. ¿Podría ser que el reconocimiento especial otorgado a las mujeres fuera una recompensa por su singular ministerio de amor y lealtad?

Amén, para la honra y gloria de Dios.

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Hno Roberto Saldías Roa

Miembro de la IEP en Nacimiento Bajo, nació en el evangelio del Señor en la Iglesia de Laja 1975. Casado con María Nahuelmán, estudia teología de manera autodidacta. Me gusta mucho leer y escribir.