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Lunes 30 de marzo de 2020: “La obra genuina de Dios produce cambios en el proceder de la mujer”.

Lunes 30 de marzo de 2020: “La obra genuina de Dios produce cambios en el proceder de la mujer”.

  Lectura Bíblica: Los hechos Cap. 16, versículos 13 al 15. 13Y un día de reposo salimos fuera de la puerta, junto al río, donde solía hacerse la oración; y sentándonos, hablamos a las mujeres que se habían reunido. 14Entonces una mujer llamada Lidia, vendedora de púrpura, de la ciudad de Tiatira, que adoraba a Dios, estaba oyendo; y el Señor abrió el corazón de ella para que estuviese atenta a lo que Pablo decía. 15Y cuando fue bautizada, y su familia, nos rogó diciendo: Si habéis juzgado que yo sea fiel al Señor, entrad en mi casa, y posad. Y nos obligó a quedarnos. 

   Comentario: El día de reposo, fuimos al rio, fuera de la puerta de la ciudad, donde pensamos encontrar un lugar de oración. Nos sentamos y hablamos con las mujeres que estaban reunidas allí.

   La construcción gramatical del texto griego sugiere que Pablo y sus compañeros se quedaron en Filipos durante algún tiempo. La traducción por varios días aparentemente quiere decir un período superior a los cuatro o cinco días. En el contexto, Lucas está interesado en relatar la experiencia de los misioneros durante el primer día de reposo que pasaban en Filipos. Dice que después de esta experiencia, Pablo y sus compañeros continúan su permanencia.

   En Filipos los misioneros encontraron a una población abrumadoramente romana Pareciera que los judíos residentes allí eran pocos pues no hay mención respecto de alguna sinagoga local Según los rabinos, diez judíos varones cabezas de familias era el mínimo para establecer una sinagoga.

   El día de reposo, los misioneros salen fuera de la ciudad y se dirigieron al río Gangites, donde pensaban que se reunía gente a orar. “El lugar de adoración de los judíos puede haber sido determinado por la práctica romana de tolerar, aunque a veces excluir de los límites de la colonia, a aquellos que practicaban actividades religiosas poco consistentes con su propio estado”. (Además, para los efectos de las necesarias abluciones, las sinagogas establecidas en las afueras de la ciudad eran levantadas cerca de donde había agua.)

   Al lado del río, Pablo y sus amigos se reúnen con algunas mujeres que estaban allí para la oración del sábado.

¿Dónde estaban los hombres para dirigir el servicio? Considérese que, por aquel tiempo, año 49 d.C. el emperador Claudio había expulsado a los judíos de Roma debido a que ellos habían sido acusados de crear disturbios religiosos (18:2). Suponemos que la colonia romana de Filipos había seguido el ejemplo de Claudio expulsando también a los judíos. Cuando Pablo y Silas son arrestados en Filipos más adelante, los acusan de ser judíos perturbadores de la paz de la ciudad (v. 20). Esta acusación es similar a la que se levantó contra los judíos en Roma.

   Las mujeres, pues, dan la bienvenida a los misioneros y se aprestaron a escuchar de ellos una exposición de las Escrituras. Con sus compañeros, Pablo toma asiento y empieza a enseñarles el evangelio. Aunque el grupo es pequeño, la presencia del Señor es poderosa, como lo dice Lucas en el versículo siguiente.  

  [14]. Y una mujer llamada Lidia, vendedora de tela de púrpura de la ciudad de Tiatira, nos escuchaba como una adoradora de Dios. El Señor abrió su corazón para que respondiera a las palabras dichas por Pablo.

(1). La reacción de Lidia. Una de las mujeres presentes en el lugar de oración es Lidia. Sus raíces están en Tiatira (Ap. 1:11; 2:18, 24), ciudad ubicada en el distrito de Lidia, en el lado occidental de Asia Menor. Es posible que el nombre Lidia se origina en la frase descriptiva la dama de Lidia. No hay información que permita conocer su nombre real y nos resistimos a especular si se trataba de Evodia o Síntique, a quienes Pablo exhorta a estar en paz con los demás miembros de la iglesia filipense (Fil. 4:2).

   Lidia había salido de Tiatira, al otro lado del mar Egeo, y se había radicado en Filipos donde se dedicaba a la venta de telas de púrpura. El tinte de púrpura aplicado a lino fino era obtenido de la secreción de unos moluscos que viven en la parte oriental del mar Mediterráneo. “Dado que se requerían unos 8 mil moluscos para producir un gramo de púrpura, las telas teñidas con este producto eran carísimas’. Las vestimentas de púrpura eran usadas por los emperadores y algunos otros ciudadanos como símbolo de su posición social. En Roma, las estolas de púrpura eran usadas junto con las togas senatoriales. Se puede concluir, entonces, que Lidia pertenecía a la clase de comerciantes ricos y era dueña de una casa grande (vv. 15, 40).

   En Tiatira, Lidia había llegado a ser una creyente en el Dios de Israel y, como gentil, era una de las personas calificadas como temerosas de Dios (10:2; 13:16, 26, 50). Es decir, los judíos no la habían aceptado plenamente como una conversa. En Filipos, todos los días de reposo ella adoraba fielmente en el lugar de oración. Cuando Pablo enseñó el evangelio de Cristo, ella escuchó con atención a sus palabras.

(2). La obra del Señor. El Cristo exaltado prepara a Lidia a través de la enseñanza del Antiguo Testamento dada en la sinagoga. Ahora, él envía a Pablo y a sus compañeros a Filipos para darle la oportunidad a Lidia a escuchar el mensaje de salvación. Lucas atribuye al Señor, no a Pablo, la conversión de Lidia. La salvación, entonces, no es cuestión de trabajo de hombre, sino del Señor. No es la palabra en sí, sino el Señor mismo (Lc. 24:45) quien abre los corazones del hombre. El resultado es que Lidia responde al mensaje de Pablo y acepta al Señor como su Salvador.

[15]. Después que ella y los miembros de su familia fueron bautizados, nos rogó, “Si me consideran fiel en el Señor, vengan a mi casa y hospédense”. Y nos persuadió.

   La descripción que Lucas hace de estos hechos es más bien breve. Por lo tanto, suponemos que después que los misioneros escuchan la profesión de fe en Cristo Jesús de los labios de Lidia, ella y los miembros de su familia son bautizados en el río Gangites. ¿Quién ofició en el bautismo? Quizás haya sido Silas, Timoteo, o Lucas. Pablo no, porque él mismo bautizó a muy pocos (1 Co. 1:14–16). ¿Y quiénes constituyen la familia de Lidia? Sus familiares más inmediatos, pero también sus siervos que viven bajo el mismo techo. El hecho de que ella y los de su casa vienen al lugar de oración describe a Lidia como una piadosa cuya influencia espiritual alcanza a toda su casa. Ella es la cabeza de familia y enseña la Palabra de Dios a sus hijos (véase 1 Co. 7:14) y sirvientes. Lidia profesa su fe y es bautizada, y los miembros de su casa siguen su ejemplo. Lucas está interesado no en proveer detalles acerca de la familia de Lidia sino en presentarla como el núcleo de la naciente iglesia de Filipos. Los bloques y ladrillos de la iglesia son las familias y las personas individuales.

   Lidia desea expresar su gratitud a Pablo y a sus compañeros y les ruega que se hospeden en su casa. Nótese que una mujer gentil está pidiendo a cuatro hombres (tres judíos y un gentil) a que sean sus huéspedes. Les dice, “Si me consideran fiel al Señor, vengan a mi casa y hospédense”. En griego, esta frase condicional comunica un hecho positivo. Lidia indica que los misioneros no tienen duda en considerarla una creyente en Cristo pues han aceptado su testimonio sellándolo con el bautismo. Lidia prevalece y los misioneros se deciden a hospedarse en su casa. Allí ellos continúan enseñando el evangelio de Cristo y haciendo más grande la iglesia.

Consideraciones doctrinales en 16:14

   Lucas claramente enseña que la salvación es obra del Señor, porque él salva a su pueblo según su plan eterno. En el sermón de Pedro en Pentecostés, Lucas dice que Jesús sufrió en la cruz “por el propósito y el anticipado conocimiento de Dios” (2:23; y véase 4:28). Cuando en Antioquía de Pisidia los gentiles oyen la Palabra de Dios y expresan su felicidad, Lucas dice: “y creyeron cuántos estaban ordenados a vida eterna” (13:48). Lucas verazmente comunica la enseñanza de que Dios, al realizar su obra de salvación, da cumplimiento a su plan eterno.

    La salvación tiene su origen en Dios. Así, el Señor abrió el corazón de Lidia para que escuche con toda atención las palabras de Pablo. Dios le concedió un corazón receptivo para entender las cosas espirituales. Le dio el don de la fe y la iluminación del Espíritu Santo. John Albert Bengel dice, “El corazón por sí mismo está cerrado, pero es prerrogativa de Dios abrirlo”.

   En el griego, Lucas emplea tiempos de verbo diferentes para enfatizar la obra de Dios en cuanto a la salvación. En su traducción, los cambios en el tiempo aparecen en letra bastardilla: “Mientras Lidia continuaba escuchando, Dios de una vez por todas abrió su corazón para que pusiera toda su mente en las cosas que estaban siendo dichas por Pablo”. En conclusión, Dios es el autor de su salvación.

1er Titulo:

La transforma en una criatura. 2ª a los Corintios 5:16 y 17. De manera que nosotros de aquí en adelante a nadie conocemos según la carne; y aun si a Cristo conocimos según la carne, ya no lo conocemos así. De modo que, si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas. 

   Comentario: De una discusión sobre el amor de Cristo, que queda demostrado por su muerte en la cruz, Pablo continúa y examina las consecuencias de este hecho. Pondera cuáles debieran ser nuestras perspectivas respecto a la muerte de Cristo. Como creyentes, debiéramos considerar la muerte de Cristo en relación con nuestra redención, pues él nos transformó en nuevas criaturas. En Cristo, una nueva comunidad ha visto la luz, una comunidad cuyos miembros están reconciliados con Dios y entre sí.

[16]. Por lo tanto, de aquí en adelante a nadie conocemos desde una perspectiva mundana. Porque, aunque conocíamos a Cristo según una perspectiva mundana, ahora ya no le conocemos así.

-a. «Por lo tanto, de aquí en adelante a nadie conocemos de acuerdo a una perspectiva mundana». Algunos comentaristas ven poca o ninguna relación entre la expresión por lo tanto y los dos versículos anteriores (vv. 14–15). Toman este versículo como parentético. Pero no sería éste el caso, si conectáramos la enseñanza de la muerte de Cristo con el cambio de mentalidad que ha tenido lugar desde aquel histórico momento. El efecto de su muerte consiste en que ahora no conocemos a la gente desde una perspectiva mundana, sino desde la perspectiva del amor de Cristo.

   La frase de aquí en adelante no se refiere tanto al momento en que Pablo escribió la carta o al momento de su conversión. En su lugar, señala a la transformación que tuvo lugar cuando Cristo murió en la cruz. Desde aquel momento, él y sus seguidores no podían seguir considerando al mundo desde una perspectiva mundana. (La frase desde una perspectiva mundana modifica el verbo conocemos, y no al complemento a nadie. Conectar el modificador con el verbo preserva el equilibrio del escritor aquí y en la segunda parte del versículo.) En consecuencia, la perspectiva de Pablo sobre la vida cambió por completo cuando Jesús lo llamó en el camino de Damasco. Y todos los cristianos deben demostrar este nuevo enfoque en sus vidas, siempre que reconozcan a Cristo como su Señor y Salvador.

   Existe una diferencia entre conocer a una persona y entender un hecho. El verbo conocer del versículo 16a significa «estar (íntimamente) familiarizado con [o] tener una estrecha relación con» alguien. Pablo dice que cuando nos relacionamos estrechamente unos con otros, lo hacemos, así como seguidores de Cristo. Es posible que la primera parte de este versículo pueda ser la reacción de Pablo contra sus adversarios, que valoraban exageradamente las apariencias externas tales como, por ejemplo, la identidad judía (véase el comentario al v. 12). Sea lo que fuere, las palabras de Pablo son de aplicación universal.

-b. «Porque, aunque conocíamos a Cristo según una perspectiva mundana, ahora ya no le conocemos así». La primera parte de esta frase se traduce mejor como cláusula concesiva, que expresa la realidad de una acción anterior acabada. De hecho, el verbo griego egnokamen (hemos conocido) está en tiempo perfecto, pero en español lo traducimos como pretérito imperfecto (conocíamos). Es muy probable que cuando estudió con Gamaliel durante varios años, Pablo llegó a oír y ver a Jesús en Jerusalén (Hch. 22:3). Es poco probable que, durante sus años de estudiante, Pablo nunca oyera a Jesús u oyera hablar de él. Pero, ya sea que pudo oírlo o no, no es el punto que Pablo trata de comunicar. En aquellos días, Pablo percibía a Jesús con una perspectiva no espiritual y mundana (cf. 11:18). Rehusaba aceptar a Cristo por la fe y repudiaba sus enseñanzas, hasta tal extremo que luego se dedicó a perseguir a los cristianos.

   Así como en la primera parte de este versículo, la frase según una perspectiva mundana debe conectarse con el verbo conocer y no con el nombre Cristo. Si hacemos que la frase modifique el sustantivo, las palabras podrían interpretarse como que Pablo no sentía el menor interés en el Jesús terrenal, sino en el Cristo exaltado. Escribe Rudolf Bultmann: «Para Pablo, Cristo había perdido su identidad como persona humana individual». Esta explicación sugiere una dicotomía entre el Cristo histórico y el Cristo de la fe. Pero Pablo nos enseña que tiene un decidido interés en el Jesús histórico y terrenal (p. ej., Hch. 13:38–39; Ro. 1:2–4; 9:5; 1 Co. 15:3–8), a quien él continuamente identifica como Jesucristo o Cristo Jesús.

   Pese a su interés en el Jesús histórico y terrenal, Pablo no se refiere aquí a un tiempo en el que podía haber visto a Cristo en su apariencia humana. Antes bien se refiere al tiempo en que él todavía era un inconverso y se familiarizaba con las enseñanzas de Cristo. En dicho tiempo, rechazaba reconocer a Jesús como el Hijo de Dios y honrarlo como el Mesías. Sin embargo, desde que se convirtió, Pablo veía a Jesucristo con ojos espirituales y comprendía que su muerte y resurrección habían ocurrido para beneficio de todos los creyentes. Cuando les escribía a los corintios, esperaba que lo imitaran a él y siguieran a Jesús. Esta lección enseña que no debían juzgar a los demás desde un punto de vista mundano; sino que debían tratarse los unos a los otros, incluyendo el mismo Pablo, desde una perspectiva espiritual.

   [17]. Así que, si alguno está en Cristo, es una nueva creación. Las cosas viejas pasaron; y ahora las cosas nuevas han aparecido.

   Los versículos 16 y 17 son la conclusión lógica del pasaje anterior (vv. 14–15), pues son análogos y ambos muestran un contraste negativo y otro positivo (vv. 16 y 17, respectivamente). Dado que estos dos versículos ofrecen un mensaje paralelo, el último de los dos se ve influido por el primero y de él depende. Las cláusulas en el original griego son cortas y, al traducirlas, hay que añadirles el verbo ser/estar en la primera cláusula.

   Veamos primero la frase así que, la cual introduce un resumen de lo que Pablo ha dicho anteriormente sobre la unidad que los creyentes tienen con Cristo. Él murió por ellos y fue resucitado, y ellos, a su vez, viven para él (v. 15). Cuando Pablo escribe: «Si alguno está en Cristo», expresa el hecho de que gran número de personas, en Corinto y en otros lugares, son verdaderos creyentes.

   En segundo lugar, la frase en Cristo aparece como unas veinticinco veces en las epístolas de Pablo, y significa la comunión íntima que los creyentes disfrutan con su Señor y Salvador. Estar en Cristo significa ser parte de su cuerpo (1 Co. 12:27), y Cristo produce una radical transformación en la vida del creyente. En lugar de servir a su propio ego, el cristiano sigue a Cristo y responde a la ley del amor a Dios y al prójimo.

   Algunos traductores desean ver un equilibro en esta frase, y por ende ligan la palabra alguno, de la primera cláusula, con el pronombre él («él es nueva creación»), de la segunda. Pero la mayoría de los expositores bíblicos perciben, acertadamente, la nueva creación no como circunscrita a una sola persona, sino como extensiva a todo el entorno de dicha persona. (cf. Gá. 6:15; Ap. 21:5). Esto es, cuando la gente, con la conversión, llega a formar parte del cuerpo de Cristo, sus vidas experimentan un giro de ciento ochenta grados. Ahora aborrecen el mundo de pecado, y quienes eran sus amigos, ahora les son hostiles. Su estilo de vida anterior a la conversión, ya no es más que historia, y «las viejas cosas pasaron» (véase el paralelismo con Is. 43:18–19). Para los conversos, la vida en Cristo es una constante fuente de gozo y bendiciones diarias; todos los creyentes, como un cuerpo unitario, le prestan apoyo inmediato y ayuda; y su certeza personal y confianza certifican la autenticidad de su serenidad.

   Los eruditos discuten si Pablo tomó prestada, de los rabinos de su tiempo, la frase nueva creación. Incluso si lo hubiera hecho, estos maestros judíos nunca asociaban esta frase con la renovación y regeneración moral. Según ellos, la renovación tiene que ver con la remisión de los pecados, pero no en el sentido de la transformación que Jesucristo produce en la vida de los creyentes. Para los conversos a la fe cristiana, las viejas cosas habían perdido su atractivo y han sido sustituidas por las nuevas mediante Cristo. Aunque las tentaciones siempre los asedian, los creyentes recurren, en oración, a la sexta petición de la oración que el Señor les enseñó: «No nos metas en tentación; más líbranos del mal» (Mt. 6:13), y saben que Dios les da fortaleza para resistir el mal.

2° Titulo:

Valora y prioriza las cosas espirituales, según el ejemplo de Pablo. Filipenses 3: 7 y 8. Pero cuantas cosas eran para mí ganancia, las he estimado como pérdida por amor de Cristo.  Y ciertamente, aun estimo todas las cosas como pérdida por la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por amor del cual lo he perdido todo, y lo tengo por basura, para ganar a Cristo.

   Comentario: B. Yo he desechado estos privilegios como fundamento de mi justicia ante Dios.

   [7, 8ª]. En los dos versículos anteriores, Pablo ha enumerado sus grandes privilegios o ventajas: verdadero israelita, de noble nacimiento, ortodoxo en sus creencias y escrupuloso en su conducta. Por medio de estos privilegios el apóstol, antes de su conversión, “se afanaba hasta la sangre por llegar a Dios”. Pero, ¿no habría sido esto

   “cruzar piedra a piedra por la pasadera el río, resbalando bruscamente siendo el esfuerzo baldío?”

   Peor aún, jamás hubo un verdadero progreso, no importa cuánto se afanará Pablo el fariseo por establecer su propia justicia. Pero en el camino a Damasco, cuando perseguía a los cristianos, ocurrió el gran suceso que cambió toda su vida. Cristo, por así decirlo, bajó para encontrarse con él (léase el interesante relato en Hch. 9:1–31; 22:1–21; 26:1–23). En un momento Pablo se vio tal como era: pecador equivocado, orgulloso y condenado. Allí abrazó a Aquel que hasta entonces había estado persiguiendo con todas sus fuerzas. Allí quedó convertido en “una nueva criatura”. En su corazón y en su mente experimentó un cambio radical, una repentina y dramática inversión de todos los valores. La causa que, con todos los medios a su alcance y con todo el celo de su corazón y voluntad, había tratado de aniquilar, se convirtió en algo muy querido para él. Y aquellas cosas que, a Pablo, el fariseo, le habían parecido muy preciosas, se convirtieron también en aquel momento—y siempre fueron consideradas así—en algo sin valor para Pablo, el pecador, salvado por la gracia; y no simplemente sin valor, sino definitivamente perjudiciales. Escribe: Sin embargo, tales cosas que eran para mí ganancia, las he estimado como pérdida. No quiere decir que las cosas que ha enumerado en los vv. 5 y 6, y otras cosas parecidas, sean malas en sí mismas. Todo lo contrario. Recibir la señal del pacto no es malo en sí; es, en realidad, una bendición. ¿Y no era una bendición el pertenecer al pueblo al que habían sido confiados los oráculos de Dios? La ortodoxia también es algo bueno en sí mismo; lo mismo que el celo y una conducta irreprochable. El propio apóstol Pablo nos dice en otro lugar que él considera estas cosas como una bendición (Ro. 3:1, 2; 9:1–5; cf. 11:1). Y son bendiciones porque pueden ser de inestimable valor si se hace buen uso de ellas, si se las emplea como preparación a la recepción del evangelio. Pero cuando estos mismos privilegios comienzan a ser considerados como base de la autoglorificación y la autosatisfacción, cuando son considerados como un pasaporte para el cielo, entonces se convierten en todo lo contrario. Todas estas ganancias se convierten en una enorme pérdida. Este es el sereno y ponderado juicio de Pablo. El sopesó las ganancias, y las estimó como pérdida. Y ese fue siempre su criterio, según está implícito en el tiempo del verbo griego. Estas cosas que en su libro de contabilidad fueron una vez asentadas, una por una, en la columna del haber, han pasado ahora a la columna del debe y se han convertido en una gigantesca pérdida. Nótese que las ganancias no sólo han bajado a cero, sino a menos que cero, y están marcadas con un colosal MENOS (-). “Porque, ¿de qué aprovechará al hombre, si granjeare todo el mundo y perdiere su alma?” (Mt. 16:26; cf. Mr. 8:36).

   La palabra pérdida que Pablo usa aquí en los vv. 7 y 8, y en ninguna parte más de sus epístolas, ocurre solamente una vez más en el Nuevo Testamento, Hch. 27:10, 21, en la narración de la travesía peligrosa. Y es precisamente en ese mismo capítulo donde se relata también como la ganancia puede convertirse en pérdida. La mercancía de aquel barco que navegaba hacia Italia, representaba una ganancia potencial para los mercaderes, para el armador, y para los hambrientos tripulantes. Mas si el trigo no hubiese sido arrojado al mar (Hch. 27:38), es muy probable que todo hubiera acabado en pérdida, y no sólo del barco, sino también de todos los que iban a bordo. De la misma manera, el privilegio de haber nacido en un hogar cristiano y de haber recibido una esmerada formación religiosa, se convierte en perjuicio cuando es considerado como base sobre la que se construye la esperanza de vida eterna. Lo mismo podemos decir respecto al dinero, al atractivo personal, al saber, al vigor físico, etc. Tales beneficios pueden convertirse en estorbos. Las pasaderas se convierten en escollos si no se usan debidamente.

    ¿Por qué, en el ponderado juicio de Pablo, fueron estas ganancias estimadas pérdida? Por Cristo, por amor de Cristo; porque si Pablo no hubiese renunciado al aprecio que sentía por estos privilegios y logros, éstos lo hubieran privado de Cristo, la única y verdadera ganancia (véase el v. 8).

   Pablo continúa con una frase casi intraducible: Sí, y aún más, ciertamente estimo como pérdida todas las cosas debido a la sublime excelencia de conocer a Cristo Jesús, mi Señor.

   En el v. 8 el apóstol refuerza su declaración anterior, y esto de dos maneras. En primer lugar, él subraya lo que ya estaba implícito en el versículo precedente, es decir, que lo que él consideraba pérdida en el momento de su conversión, aún sigue considerándolo así. Es como si dijese: “Sobre este particular no habrá judaizante que me haga cambiar en mi forma de pensar”. En segundo lugar, afirma que considera como un perjuicio, un detrimento, no solamente lo que se menciona en los vv. 5 y 6, sino también todo cuanto pudiera impedir una plena aceptación de Cristo y su justicia. Podemos incluir en ellos el aprecio desmesurado por las posesiones materiales, un deleite en estar con los antiguos amigos no cristianos, el conceder la primacía al goce de los sublimes privilegios que el fariseísmo pudiera reportarle, etc. Todas estas cosas y muchas más no son sino rotundas pérdidas a causa deen comparación con—la sublime excelencia, o sea sublime valor, de “conocer a Cristo Jesús … Señor”. En el camino a Damasco Pablo aprendió a conocer a Jesús. Aunque ya había una amplia base para este conocimiento—tal como la preparación del apóstol en el Antiguo Testamento, los testimonios que había oído de labios de los mártires, el comportamiento de ellos en medio de la prueba—cuando realmente irrumpió en su alma, la experiencia fue repentina y dramática. La profecía y el testimonio comenzaron a adquirir significado. Fue una inolvidable experiencia aquel encuentro con el Cristo exaltado, pues, un momento antes, el apóstol había estado respirando amenazas y muerte contra la iglesia de Cristo, ¡contra Cristo mismo! Sí, él vio y oyó al verdadero Jesús del que tanto había oído hablar. Y lo vio y lo oyó como Cristo Jesús … Señor, nombre que es sobre todo nombre (véase lo dicho en 2:9–11). Y en el mismo momento él comenzó a entender algo de la condescendiente compasión y ternura del misericordioso y sublime corazón de Cristo, y del amor que fue derramado sobre él, Pablo, el cruel perseguidor.

   Hacía treinta años que había ocurrido todo esto. Y durante el período que medió entre la “gran experiencia” y la escritura de esta epístola a los filipenses, el gozo de conocer a Cristo Jesús … Señor, con un conocimiento de mente y corazón (véase el v. 10), había ido creciendo constantemente, de forma que cada día brillaba con fulgor cada vez más maravilloso y deseable. Por lo tanto, Pablo inserta una pequeña palabra que hace aún más adorable “aquel bello nombre, aquel sublime nombre, aquel puro nombre” de Jesús. Dice: “Cristo Jesús, mi Señor”. Lo que este posesivo mi implica, el mismo Pablo lo explica mejor que nadie. Léase Fil. 1:21; 4:13; Ro. 7:24, 25; 2 Co. 12:8–10; Gá. 1:15, 16; 2:20; 6:14; Ef. 5:1, 2; Col. 3:1–4:6; 1 Ti. 1:5, 16; 2 Ti. 1:12; 4:7, 8. Según estos pasajes, Cristo es mucho más que el Ejemplo y Amigo de Pablo. Es su Vida, su Amor, su Fuerza, su Gloria, su Roca, su Galardonador y especialmente, como en este pasaje que estamos considerando, su Ungido Salvador y Soberano.

   De la misma manera que la salida del sol desvanece las estrellas y la presencia de una perla de gran precio apaga el brillo de todas las demás gemas, así también la comunión con “Cristo Jesús mi Señor” eclipsa todas las cosas. No es tal o cual cosa acerca de Cristo lo que Pablo tiene en mente, sino al mismo Cristo. El apóstol está en completo acuerdo con el poeta que dijo: (no “¿Qué?”, sino “¿A quién tengo yo en los cielos sino a ti?” (Sal. 73:25). Pablo continúa: por quien he perdido todas estas cosas. Fue por amor de su Señor y Salvador que Pablo perdió todo lo que una vez fuera muy querido para él: el orgullo de su tradición, de su linaje, de su ortodoxia, de su observancia externa de la ley, y de todo cuanto anteriormente había considerado como medios de acceso a la ciudad celestial. Además, su voluntaria decisión de soportar esta pérdida permanecía firme e inquebrantable; por eso continúa: y aún las sigo considerando como basura. Lo que los judaizantes estiman tanto, es considerado por el apóstol como basura, como algo que solo servía para ser echado a los perros. En esto el apóstol se muestra muy consecuente. ¿No hacía sólo un momento que había llamado perros (véase 3:2) a estos peligrosos enemigos? Así pues, Pablo considera todos estos privilegios heredados y todos estos logros humanos, considerados como méritos, como algo que debe ser desechado cual basura sin valor y detestable desperdicio.

[3:8b] C. Yo confío ahora en otra justicia

(1) Una justicia que es la de Cristo.

(2) Una justicia que no es merecida por lo que el hombre haga, por las obras de la ley.

(3) Una justicia que se recibe por la fe.

(4) Una justicia que procede de Dios.

(5) Una justicia que se esfuerza por la perfección espiritual.

(1) Una justicia que es la de Cristo

[8b, 9]. “Y aún las sigo considerando como basura”, dice Pablo, a fin de poder ganar a Cristo y ser hallado en él. Pablo desea hacer a Cristo más y más plenamente suyo. Siempre que uno se apoye en su propia justicia, aunque sea en lo más mínimo, no podrá gozar por completo de la justicia de Cristo. Ambas cosas son totalmente incompatibles. Es necesario que una de ellas sea terminantemente desechada, si se quiere gozar de la otra de un modo absoluto. Y este es el gran anhelo de Pablo, que todos sus hermanos en la fe puedan hallarle plenamente en él, en íntima unión con Cristo. Para el significado de la frase “en Cristo”, véase lo dicho en Fil. 1:1. En este capítulo 3, la relación que denota “en él” está descrita en su aspecto forense en el v. 9, y en su aspecto práctico en el v. 10. La relación “en él” significa que la justicia de Cristo le es imputada al pecador, de forma que se le reconoce como propia. Esto implica la liberación de las demandas de Satanás (Ro. 8:31, 33), la reconciliación con Dios (2 Co. 5:18–21), el perdón de los pecados (Ef. 1:7), en resumen, el estar en conformidad con la ley de Dios (Ro. 8:1–4).

   Ahora bien, cuando Pablo dice que todo lo estima como basura, para gozar de Cristo y ser hallado en él, el sacrificio que supone este intento de alcanzar el único y verdadero premio no debe ser interpretado en un sentido egoísta y mercenario. La luz de otros pasajes, como Ro. 11:36 y 1 Co. 10:31, debiera iluminar la escena. Pablo piensa en la gloria de Dios y no en su propio y exclusivo provecho. Es cierto que no se olvida de sí mismo, pues procura alcanzar su recompensa, cosa completamente justa y correcta. Pero este ideal suyo nunca va separado de su más sublime objetivo. Siempre van juntos estos dos pensamientos. Por lo tanto, Pablo no es como aquel que vende un artículo para sacar de él una gran ganancia, aprovechándose él solo de ella. No es como el pescador que ceba su anzuelo para pescar un gran pez, mostrándolo luego con orgullo. Ni tampoco es como el jugador de ajedrez que “sacrifica” el caballo y la reina para dar jaque mate al rey del contrario, por el simple placer de ganar la partida. No, Pablo es más bien como el capitán de un buque mercante que, en tiempo de guerra y por motivos patrióticos, arroja el cargamento por la borda, para que el navío, aligerado de su carga, pueda acelerar su marcha para alcanzar y capturar la nave enemiga que transporta un precioso tesoro. O mejor aún, es como un joven, heredero de un negocio floreciente, que jubilosamente deja su herencia para entregarse por entero al ideal de su vida: el servicio del Señor en la obra del ministerio, dentro o fuera de casa. Cf. Mr. 10:21.

3er Titulo:

Hace de Cristo su mayor propósito de vida. Filipenses 1:21. Porque para mí el vivir es Cristo, y el morir es ganancia. 

   Comentario: 21. No existe una clara división entre los versículos 20 y 21. Ambos forman una unidad.

   Pablo dice que él sabe que Cristo será glorificado en su persona, pues para mí el vivir (es) Cristo, y el morir (es) ganancia. Si esto no fuese verdad, Cristo no sería glorificado en él.

   Lo que Pablo quiere decir con “para mí el vivir es Cristo”, se puede entender en las dulces líneas del conocido himno de Will L. Thompson:

“Jesús es todo para mí bajo del cielo;

Él es mi fuerza y mi vigor día tras día;

Él es mi dicha, mi gozo, mi consuelo;

Y sin su ayuda y sin su amor yo caería.

En mi aflicción a sus fuertes brazos vuelo.

Él es mi amigo que me colma de alegría.

Solo en El encontrar refugio puedo.

Solo en El halla solaz el alma mía”.

   Cuando el apóstol dice de forma tan enfática “para mí”, colocando estas dos palabras al principio de la frase, da testimonio personal al tiempo que establece una diferencia entre él mismo y aquellos a quienes se ha estado refiriendo hace poco, y a los que, sin duda, todavía tiene presentes en su mente, es decir, a los predicadores “que predican a Cristo por ambición personal”. Pablo, pues, en contraste con ellos, no es egocéntrico, sino Cristocéntrico. Su única preocupación es el honor y la gloria de su maravilloso Redentor.

   Para determinar más exactamente lo que el apóstol quiere decir con las palabras “el vivir (es) Cristo”, otros pasajes paralelos suyos deben ser consultados. Significa: Derivar de Cristo la fortaleza propia (Fil. 4:13), tener la mente, los sentimientos y la humildad que Cristo tuvo (Fil. 2:5–11), conocer a Cristo por el conocimiento de la experiencia cristiana (Fil. 3:8), ser cubierto por la justicia de Cristo (Fil. 3:9), gozarse en Cristo (Fil. 3:1; 4:4), vivir para Cristo, es decir, para su gloria (2 Co. 5:15), descansar la fe en Cristo y amarle en respuesta a su amor (Gá. 2:20).

   “Y el morir (es) ganancia”. El morir físicamente sería ganancia para Pablo. Significa estar realmente con Cristo (véase el v. 23), “presente al Señor” (2 Co. 5:8). Pero esta ganancia no puede ser separada de la ganancia para la causa de Cristo, ya que el motivo en el que el apóstol se alegra en gran manera es que Cristo será glorificado en su persona. La muerte será una ganancia distinta, pues ella será la puerta para un mejor conocimiento, para un servicio más dedicado, para un gozo más exuberante, para una adoración más extasiada, y todo enfocado en Cristo. Ciertamente, si Cristo es aún ahora glorificado en la persona de Pablo, lo será mucho más en su muerte. Cf. 1 Co. 13:12. El morir es ganancia porque trae más de Cristo para Pablo y más de Pablo para Cristo.

4° Titulo:

Va alcanzando un mayor conocimiento de Dios. Job 42: al 6. 1Respondió Job a Jehová, y dijo: 2Yo conozco que todo lo puedes, Y que no hay pensamiento que se esconda de ti. 3 ¿Quién es el que oscurece el consejo sin entendimiento? Por tanto, yo hablaba lo que no entendía; Cosas demasiado maravillosas para mí, que yo no comprendía. 4Oye, te ruego, y hablaré; Te preguntaré, y tú me enseñarás. 5De oídas te había oído; Mas ahora mis ojos te ven. 6Por tanto me aborrezco, Y me arrepiento en polvo y ceniza. 

   Comentario: La segunda respuesta de Job, 42:1–6

   Con esta respuesta se llega al clímax del libro: ahora se convierte el silencio de Job en una confesión y en arrepentimiento (40:4–5). No se arrepiente por algún pecado que pudo haber ocasionado su sufrimiento, sino por las necedades que había dicho acerca de su propia bondad y la injusticia de Dios.

    ¿Cómo respondió Job a Jehovah? En primer término, reconoció la omnisciencia y la omnipotencia de Dios (v. 2). En segundo lugar, se dio cuenta de su propia temeridad y que verdaderamente no era un “sabio”; al contrario, como un necio, había dicho cosas que no entendía (v. 3). Un verdadero sabio hubiera reconocido sus propias limitaciones y nunca hubiera hablado sin entender el asunto. Después, humildemente pidió que el Señor le hiciera saber las cosas (v. 4; 38:2; 33:31) y finalmente, Job, el orgulloso, se arrepintió (vv. 5, 6).

   Por fin Job miró hacia Dios en vez de mirarse a sí mismo (v. 3). Al hacerlo, se dio cuenta de que su conocimiento anterior de Dios había sido de segunda mano o lo que había oído acerca de él. Lo conocía por medio de la teología tradicional aprendida por medio de maestros, y la tradición no tenía lugar para el sufrimiento de un hombre justo. Ahora, tenía una experiencia personal con Dios: habló personalmente con él y lo había visto (v. 5b).

   La expresión “ver a Dios” no requiere siempre una percepción visual; indica un sentir de la proximidad de la presencia divina. Dios se revela libremente de acuerdo con su voluntad y su propósito; pues no hay una diferencia teológica entre ver a Dios, tener un encuentro con él en una forma visible (Gén. 32:30; Éx. 33:20) y conocerlo personalmente (verlo) en el sentir profético de estar en la proximidad divina. El profeta pudo recibir la palabra divina sin tener una percepción visual de él. Dios habló con Job “desde un torbellino” (38:1), y el texto no indica si era una experiencia de hablar con Dios cara a cara o si era una experiencia de estar en la proximidad de Dios recibiendo la palabra divina en forma profética (38:21–23 y el concepto de Elihú). Lo más importante era la seguridad de que había visto a Dios y la prueba del hecho fue el cambio en su vida. Se dio cuenta de su pecado (su orgullo) y la teología errónea producida por supuestos equivocados. En medio de su dolor, se volcó a Dios y, por medio de una nueva dimensión de fe, encontró la paz que tanto deseaba. Ahora confiaba en la rectitud de Dios y en su plan inescrutable para el mundo; no confiaba más en su propia rectitud sino en la de su Redentor.

   Job se retractó y se arrepintió (v. 6). En hebreo, el verbo traducido “retractar” o “repudiar” (lo dicho) también lleva el sentido de “derretir” o “deshelar” (7:5; Sal. 58:8). Así que Job, al retractarse, indicó que en cuanto a sí mismo se derritió, llegó a ser nada, o simplemente se deshizo completamente. Al confrontar la santidad del Infinito, reconoció lo finito de la humanidad y humildemente se arrepintió.

   El verbo empleado para “arrepentirse” (nacham 5162) no es el común (shuv 7725) que significa “un cambio de dirección en la vida” o un arrepentimiento por iniquidades vergonzosas. El verbo nacham proviene de una raíz que significa “respirar profundamente”, como un respiro profundo de alivio después de haber pasado una crisis difícil en la vida. Es un cambio, o un arrepentimiento, en el sentido de un “alivio” que viene cuando se ha pasado lo incierto o algo temido. Es el respiro de alivio cuando se ha terminado felizmente un examen crucial. Es un respiro de alivio de la ansiedad y el temor cuando un informe médico excluye una enfermedad incurable.

   Por lo tanto, Job se arrepintió no de las acusaciones que le habían hecho sus amigos, sino del orgullo y del esfuerzo de justificarse a sí mismo. Había sido un hombre “íntegro” al comenzar el drama y mantuvo su “rectitud de conducta” durante la lucha. Sin embargo, el pecado de Job era el mismo de muchos hombres “buenos” que creen en su propia rectitud e inocencia. Se arrepintió de su desconfianza en la integridad de Dios y por acusarlo de errar al castigarlo. En su deseo de justificarse, comenzó a jugar el papel de Dios. Ahora, se daba cuenta de su pecado y se arrepentía de su arrogancia. No se acercó a Jehovah “como un príncipe” (31:37), sino que derretido reflejó un espíritu totalmente cambiado: “no sea como yo quiero… hágase tu voluntad” (Mat. 26:39c, 42c; Sal. 73:23–28).

   Para Job, era un fuerte “respiro” o “alivio” emocional que significaba una transformación de sí mismo. Al comenzar el drama, al perder su “vida buena”, se sentó en las cenizas (2:8). Sentarse en las cenizas simbolizaba la muerte de su vida anterior. Ahora, arrepentirse [respirar fuertemente] “en polvo y ceniza” (v. 6) indicaba la muerte de sí mismo, el hombre viejo.

   Es llamativo que Dios no condenó a Job, y que Job no le pidió a Dios por su vindicación ni por la restauración de su salud. Simplemente encontró su paz en la presencia del Señor, la paz que se ofrece a todos los humildes y pobres del mundo. No servía a Dios por los bienes materiales recibidos. Lo milagroso es que encontró paz por medio de una relación personal con Dios. Al percibir la compasión que Dios tenía por él, pudo comprender la naturaleza de su pecado; la convicción de su pecado llegó con el entendimiento de la compasión divina.

   Con todo, Job no recibió una respuesta directa a sus preguntas ni pudo contestar las preguntas hechas por Jehovah. Sin embargo, se ve en Job la humildad de un hombre fuerte que aceptó el consuelo de la presencia de Dios. Job había pasado por medio de la disciplina hacia la etapa de ser un discípulo de su Señor.

La “paciencia” de Job

   Aunque tradicionalmente se habla de la “paciencia de Job” (Stg. 5:11), Job no mostró tanta paciencia en las repetidas quejas de su inocencia y sus demandas de que Dios le respondiera a sus “amigos”. Como podemos ver en los últimos capítulos del libro, sus palabras no ofendían a Dios. Al contrario, Dios criticó a los “amigos” de Job e insistió en que hicieron sacrificios y pidieron a Job que orara por ellos. La impaciencia de Job se tornó en arrepentimiento y el reconocimiento de que sus conocimientos eran limitados (42:1–6, especialmente 3 y 6).

    Dios es más grande que nuestras quejas y nuestros lamentos. Los Salmos y el libro de Job nos enseñan que Dios no sólo lo espera, sino que también lo acepta. Al compartir nuestras quejas y nuestros lamentos con él experimentamos una nueva realización de la grandeza de Dios y de nuestra relación con él.

Serenidad frente a la ira

   ¿Cómo podemos mantener la serenidad frente a la ira de una persona poderosa? En el libro de Eclesiastés encontramos una palabra sabia: “Si el ánimo del gobernante se excita contra ti, no abandones tu puesto; porque la serenidad apacigua grandes ofensas” (Ecl. 10:4).

   No encontramos la práctica de esta verdad ni de parte de Job ni de sus amigos. Todos expresaban apasionadamente cada uno desde sus conocimientos de la filosofía sapiencial, pero, aun así, estaban carentes de sabiduría; cada uno se sentía orgulloso de sus muchas palabras, pero ninguno estaba dispuesto a escuchar verdaderamente la exposición de otro. Al contrario, la serenidad nos enseña a pensar antes de hablar, a no atemorizarnos por las palabras o las acciones de otros, aun cuando éstas vengan de oficiales importantes, y a mantenernos serenos.

   Cuando Job se encuentra con Dios, se da cuenta de la importancia del silencio y de la serenidad: “Pongo mi mano sobre mi boca” (40:4c). “Yo te preguntaré, y tú me lo harás saber” (42:4b). La serenidad nos permite respirar, pensar y ver las cosas en forma distinta. La serenidad nos permite apreciar a la otra persona y relacionarnos con ella.

   Para Job esto significó “ver” a Dios: “De oídas había oído de ti, pero ahora mis ojos te ven” (42:5).

Problemas en la vida

   Toda persona va a sufrir alguna dificultad en alguna ocasión. Probablemente, no tanto como fue la experiencia de Job, pero quizá un accidente, la pérdida del empleo, problemas familiares, o una enfermedad terminal nos llevarán a pensar y aun decir las mismas interrogantes de Job: “¿Dónde está Dios?”. “¿Te parece bueno oprimir y desechar la obra de tus manos, mientras favoreces sobre el consejo de los impíos?” (10:3). Pero en los momentos cuando parecía que Dios estaba ausente, su presencia era más evidente que nunca.

   Cuando nos parece que el silencio de Dios es permanente y no hay esperanza, hay que recordar que nuestra fe, como la de Job, es importante. ¡Es importante para nosotros; es importante para otros; es importante para Dios!

   El libro de Job proclama las buenas nuevas de que Dios nos conoce, nos escucha y está en control de todo. Quizá él no va a contestar todas nuestras preguntas, pero como en el caso de Job, está con nosotros en todo momento, aun cuando nos pareciera que no es así. El poder darnos cuenta con toda seguridad de su presencia y de su amor hará que la situación cambie. Él es lo más importante. Como Job podemos decir: “De oídas había oído de ti, pero ahora mis ojos te ven” (42:5).

Semillero homilético

Testigo ocular

42:1–9

Introducción:

  • Un libro de opiniones.
  • Job sólo sabe que ha sufrido muchas aflicciones casi insoportables.
  • Los tres amigos sólo saben lo mismo que Job.
  • Elihú no sabe más que lo que Job y sus amigos saben.
  • El conocimiento de Dios.
  • Dios es el creador del universo.
  • Los fenómenos naturales son un misterio impenetrable para Job.
  • Job reconoce que no puede contender con Dios.
  • Job no comprende el orden y el funcionamiento del mundo natural.
  • Job no puede contestar a las preguntas de Dios, 40:7–9.
  • Sólo Dios puede domesticar al hipopótamo y al cocodrilo.
  • Job confiesa su ignorancia y reconoce que toda su información sobre Dios es de segunda mano.
  • El arrepentimiento sincero es la única actitud viable ante Dios.

Conclusión: Dios se ha manifestado en carne por medio de Cristo. Él dio su vida por nosotros al morir en la cruz. Él resucitó y ahora quiere vivir por medio de su Espíritu dentro de nosotros. La única esperanza

para nosotros es reconocer nuestro pecado y pedirle que nos acepte y nos perdone. Él está presente hoy en este lugar. ¡Somos testigos oculares de este hecho!

Amén, para la honra y gloria de Dios.

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Bibliografía: Comentario Mundo Hispano tomo 7; Comentario Al Nuevo Testamento por William Hendriksen

Hno Roberto Saldías Roa

Miembro de la IEP en Nacimiento Bajo, nació en el evangelio del Señor en la Iglesia de Laja 1975. Casado con María Nahuelmán, estudia teología de manera autodidacta. Me gusta mucho leer y escribir.

 

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