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Lunes 30 de diciembre de 2019: “Debemos tener el mismo sentir que hubo en Cristo Jesús”.

Lunes 30 de diciembre de 2019: “Debemos tener el mismo sentir que hubo en Cristo Jesús”.

Lectura Bíblica: Filipenses Cap. 2, versículos 2 al 8. completad mi gozo, sintiendo lo mismo, teniendo el mismo amor, unánimes, sintiendo una misma cosa. Nada hagáis por contienda o por vanagloria; antes bien con humildad, estimando cada uno a los demás como superiores a él mismo; no mirando cada uno por lo suyo propio, sino cada cual también por lo de los otros. Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús, el cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz.

   Comentario: B. Su triple orientación

   Versíc. 2–4. La conclusión de lo dicho anteriormente es muy natural: “Si, pues, de algún modo tenéis estas experiencias y participáis de estos beneficios, entonces …” y sigue a continuación la triple orientación. No es que sean en realidad tres orientaciones, sino una triple orientación: en esencia el mandamiento es uno, aunque tres gracias estrechamente relacionadas pueden distinguirse. Estas son:

Versículo 2: unidad

Versículo 3: humildad (de mente o disposición)

Versículo 4: solicitud

   Pablo dice: llenad (la medida de) mi gozo. Es conmovedora la forma en que inicia la triple orientación. El corazón del apóstol estaba gozoso por las muchas virtudes que adornaban a los filipenses (Fil. 1:4; 4:10). Pero la medida de este gozo no estaba completa. Un grado mayor de unidad, humildad y solicitud “en casa” supliría lo que aún faltaba para que se llenara la copa de gozo del apóstol. Es cierto que a ninguno se le podía exigir la perfección en estas virtudes, pero es que en algunos de ellos su ausencia era tal que se hacía claramente manifiesta (véase 4:2). Esta era la gran preocupación de Pablo. Su principal anhelo no era su pronta liberación de la cárcel, sino el progreso espiritual de los filipenses, de todos ellos. Esto muestra cuán amoroso era Pablo.

(1) Unidad

   Pablo continúa … teniendo todos el mismo sentir, teniendo el mismo amor, con unanimidad dedicándoos a la unidad. Léase lo que se ha dicho ya con respecto al tema general de la unidad o armonía (comentario sobre Fil. 1:27, 28). La mente (actitud) o disposición interna es básica. Esta actitud fundamental se manifestará por sí sola teniendo el mismo amor (por Dios en Cristo, y en consecuencia por los hermanos, con énfasis sobre este último aspecto), y dedicándose también a la misma cosa, o sea, a la concordia o unidad.

   Nótese que la unidad por la cual Pablo aboga, según el contexto, es claramente de naturaleza espiritual. Es una unidad en disposición, amor, y propósito (véase también el C.N.T. sobre Jn. 17:21). Es la unidad que se manifiesta en todo su esplendor en el Sal. 133.

(2) Humildad

   No puede conseguirse la unidad si no hay humildad. Por lo tanto, Pablo continúa diciendo: No (haciendo) nada por ambición personal o por vanagloria. Si cada uno piensa nada más que en sí mismo, ¿cómo podrá lograrse la unidad? Los filipenses no deben ser movidos por vil rivalidad, por motivos egoístas, buscando su propio honor y prestigio, como ciertos predicadores de Roma (véase lo dicho en Fil. 1:17, donde se emplea la misma palabra— ambición personal). La ambición personal y la vanagloria (cf. Gá. 5:26) van juntas, pues es muy normal eso de que “el que menos sabe más presume”. Como otras muchas veces, Pablo equilibra aquí también, dentro de una misma idea, una declaración negativa con otra positiva. Así, el pensamiento progresa: sino, con una actitud humilde, cada uno considerando al otro como mejor que él mismo. La palabra que aparece en el original y que aquí se traduce por humildad (de disposición), era empleada por los no cristianos en un sentido negativo. Cuando la gracia cambia el corazón, la sumisión por temor se convierte en sumisión por amor, y nace la verdadera humildad. Para Pablo esta virtud está asociada con la ternura de corazón, bondad, mansedumbre, longanimidad (Hch. 20:19; Ef. 4:2; Col. 3:12). Es la feliz condición que resulta cuando cada miembro de la iglesia se estima inferior a los demás, cuando se aman los unos a los otros con amor fraternal, y cuando, en cuanto a honra, se prefieren los unos a los otros (Ro. 12:10).

   Pero, ¿es posible seguir esta regla? Cuando un hermano es diligente, y él lo sabe, ¿cómo podrá considerarse inferior al que vive entregado a la ociosidad? La respuesta será probablemente algo como sigue:

   ▬a. La regla no significa que todos los hermanos han de ser considerados en todos los aspectos como más sabios, capaces y nobles que uno mismo.

   ▬b. Como principio general, la regla debiera controlar verdaderamente nuestras vidas, porque aunque el cristiano, hasta cierto punto (nunca totalmente; véase el Sal. 139:23, 24; Jer. 17:9), puede escudriñar sus propios motivos (1 Co. 11:28, 31) y saber que no siempre son buenos y puros, ante cuyo conocimiento tiene que clamar muchas veces: “¡Oh, Señor, perdona mis buenas acciones!”, eso no le da derecho, en modo alguno, a juzgar como malos los motivos de sus hermanos y hermanas en el Señor. No se debe obrar así a menos que los que han confesado con su boca al Señor demuestren palpablemente con el testimonio de sus vidas que su confesión ha sido falsa. Teniendo esto como base, se infiere lógicamente que el verdadero y humilde hijo de Dios, que ha llegado a conocerse a sí mismo lo suficiente, de forma que a menudo tiene que clamar como el publicano (Lc. 18:13), o como Pablo (Ro. 7:24), considerará a los demás como mejores que él mismo. Y no sólo mejores, sino, en determinados aspectos, más capaces, pues el Señor ha distribuido los dones (1 Co. 12). Hay generalmente algo de importancia para el reino que el hermano o la hermana puede hacer mejor que tú o que yo.

   Es fácil ver que cuando este espíritu de genuina y mutua consideración y aprecio es fomentado, la unidad viene por sí sola. El verdadero cristianismo es la mejor respuesta a la pregunta, “¿cómo podré hacer amigos e influir en las personas?” Y la clase de ecumenismo que éste proclama, es la única que en realidad vale la pena.

   Probablemente no sería demasiado atrevido decir que el mismo Pablo había crecido en esta gracia de la humildad. Durante su tercer viaje misionero se otorgó la categoría de “el más pequeño de los apóstoles” (1 Co. 15:9). Durante su primer encarcelamiento en Roma se llamó a sí mismo “menos que el más pequeño de todos los santos” (Ef. 3:8), y, poco más tarde, en el intervalo que medió entre su primero y segundo encarcelamiento en Roma, culminó estas humildes descripciones de su persona calificándose como “el primero de los pecadores” (1 Ti. 1:15).

   Requirió un humilde portador de la cruz para exhortar encarecidamente a la humildad. ¿No fue también esta humildad de Pablo una de las razones por la que, aun en el encarcelamiento, esperando la sentencia, el gozo rebosaba en su corazón? Quien sabe considerarse a sí mismo como un gran pecador ante los ojos de Dios, sabe también apreciar la gracia salvadora de Dios, y le da gracias a Dios aun en medio de sus lágrimas.

(3) Solicitud

   El apóstol concluye este párrafo añadiendo, no (sólo) buscando cada uno sus propios intereses, sino también los intereses de los demás.

   Esto es, lógicamente, una consecuencia de lo dicho anteriormente. Si alguien tiene a su hermano en alta estima, prestará atención a sus intereses para ayudarlo en todo lo posible. El apóstol implica, ciertamente, que el creyente debe velar también por sus propios intereses; pero antes que nada ha de obedecer el mandamiento que dice: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Mt. 19:19), mandamiento que resalta en toda su fuerza cuando ese prójimo es un hermano en Cristo (Jn. 13:34; Gá. 6:10). Cuanto más se dé cuenta del ferviente amor de Cristo por el hermano, ya que se entregó a sí mismo para salvarlo, tanto más deseará que prosperen los intereses de éste. Así, también, la unidad será promovida, y la gloriosa comunión se mostrará ante el mundo en toda su hermosura, como un poderoso testimonio.

   Tened continuamente en vuestro ser interior la forma de pensar que también tuvo Cristo Jesús, quien, aunque existiendo en la forma de Dios, no consideró su existencia en una forma igual a Dios como algo a que aferrarse, sino que se vació a sí mismo al tomar la forma de siervo y hacerse semejante a los hombres. Así, reconocido en su condición como un ser humano, se humilló a sí mismo, y se hizo obediente aun hasta la muerte, sí, y muerte en la cruz. Por lo cual Dios lo exaltó hasta lo sumo y le otorgó el nombre que es sobre todo nombre, para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla, de los que están en los cielos, y de los que están en la tierra y de los que están debajo de la tierra, 11 y que toda lengua confiese para la gloria de Dios el Padre que Jesucristo es Señor.

2:5–8

   Por medio de un incentivo cuádruple Pablo ha exhortado encarecidamente a los filipenses a obedecer una triple orientación, es decir, a comportarse unos con otros con unidad, humildad y solicitud (Fil. 2:1–4). Para subrayar esta exhortación e indicar la fuente de donde mana el vigor necesario para conformar la vida a estos principios, el apóstol señala al ejemplo de Cristo, el cual, para salvar a otros, renunció a sí mismo, y así alcanzó la gloria.

   Juan Calvino compendió de forma excelente este párrafo y lo dividió apropiadamente en dos partes o “miembros” (a. versículos 5–8; b. versículos 9–11), indicando la razón de ambos y cada uno de ellos. Él dice: “La humildad a la cual él los ha exhortado ya con palabras, es encomendada ahora por el ejemplo de Cristo. Hay, sin embargo, dos miembros, en el primero de los cuales nos invita a imitar a Cristo, porque ésta es la regla de vida; y en el segundo, nos atrae hacia ella porque éste es el camino por el que alcanzaremos verdadera gloria”.

  1. El ejemplo de Cristo quien, para salvar a otros, renunció a sí mismo

2:5–8

  1. Invitación a imitar a Cristo porque ésta es la regla de vida

   Versíc. 5. Dice Pablo: Tened continuamente en vuestro ser interior la forma de pensar que también tuvo Cristo Jesús80 El apóstol desea que los filipenses anhelen ardientemente la disposición que se describe en los versículos 1–4, disposición que caracteriza a Cristo Jesús. Esta admonición concuerda con otras muchas normas parecidas que nos instan a imitar el ejemplo del que es el Ungido Salvador. En verdad, hay cierto aspecto en el que Cristo no puede ser nuestro ejemplo. No podemos copiar su obra redentora, ni sufrir y morir vicariamente. Fue obra suya, fue El solo quien satisfizo a la justicia divina y trajo su pueblo a la gloria. Pero, con la ayuda de Dios, podemos y debemos imitar el espíritu que fue el móvil de estos actos. La negación de uno mismo en favor de los demás debe estar presente y crecer en la vida de cada discípulo. Esa es obviamente el asunto aquí (véase v. 1–4). La concordia (unidad), la humildad, y la solicitud se manifestaron en nuestro Salvador (Jn. 10:30; Mt. 11:29; 20:28), y ésta ha de ser también la característica de sus discípulos. En ese sentido ¡cuánta verdad se encierra en estas líneas!:

“¡Oh!, si tan tierna y dulcemente nos ha amado,

agradecidos, amor debemos retornarle;

confiar en su sangre que ha salvado,

y tratar en sus obras de emularlo”.

   Otros pasajes que nos presentan a Jesús como ejemplo son, entre otros, los siguientes: Mt. 11:29; Jn. 13:12–17; 13:34; 21:19; 1 Co. 11:1; 1 Ts. 1:6; 1 P. 2:21–23; 1 Jn. 2:6. Es precisamente porque Él es nuestro Señor que también puede ser nuestro Ejemplo; y si no lo es, nuestra fe es estéril y nuestra ortodoxia está muerta.

   Versíc. 6, 7. Por todo lo cual, el apóstol continúa: quien, aunque existiendo en la forma de Dios … Pero, ¿qué quiere decir existiendo en la forma de Dios? En el párrafo que estamos considerando, ocurren dos palabras—morfe (μορυή), o sea, forma, y schema (σχήμα), es decir, condición—en estrecha relación: “existiendo en la forma de Dios … y reconocido en su condición como un ser humano. Ahora bien, parece que en esta transición de forma a condición existe cierta diferencia de significado.84 De varios pasajes del Nuevo Testamento en los que ocurren una de las dos palabras o ambas, generalmente como elementos componentes de verbos, podemos deducir evidentemente que en estos contextos que se han citado morfe o forma hace referencia a algo íntimo, esencial y permanente en la naturaleza de una persona o cosa; mientras que schema o condición apunta a su aspecto externo, accidental, transitorio.

   Lo que Pablo dice, pues, aquí en Fil. 2:6, es que Cristo Jesús ha sido siempre (y siempre continúa siendo) Dios por naturaleza, la imagen expresa de la deidad. El carácter específico de la deidad, según se manifiesta en cada uno de los atributos divinos, fue y es suyo eternamente. Cf. Col. 1:15, 17 (también Jn. 1:1; 8:58; 17:24).

   Este pensamiento está en completa armonía con lo que el apóstol enseña en otros pasajes: 2 Co. 4:4; Col. 1:15; 2:9 (y cf. He. 1:3).

   Una pregunta estrechamente relacionada, a saber, “¿Habla Pablo aquí en Fil. 2:5–8 sobre el Cristo preencarnado o sobre el Cristo ya hecho carne?”, tiene fácil respuesta. Estas dos interrogantes nunca deben ser separadas. El que en su estado preencarnado es igual a Dios, es la misma Persona divina que en su encarnación obedece hasta la muerte, y muerte de cruz. Naturalmente, para mostrar la grandeza del sacrificio de nuestro Señor, el punto de partida del apóstol es el Cristo en su estado preencarnado, siguiendo a continuación y necesariamente, el Cristo hecho carne. Esto le recuerda a uno en gran manera 2 Co. 8:9: “Que, por amor a vosotros, aunque siendo rico se hizo pobre”. Podría compararse esta transición a la que encontramos en el Evangelio de Juan, Capítulo 1: “En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios. El mismo estaba en el principio cara a cara con Dios … Y aquel Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros como en una tienda y vimos su gloria”.

   Así pues, aunque existiendo en la forma de Dios, no consideró su existencia en una forma igual a Dios como algo a que aferrarse, sino que se vació a sí mismo.

   El no estimó el ser igual a Dios como una cosa a que aferrarse. Por el contrario, él … (y aquí siguen las palabras que han provocado mucha discusión y disputa) se vació a sí mismo.

   La cuestión es: ¿De qué se vació a sí mismo Cristo Jesús? Ciertamente no de su existencia “en la forma de Dios”. Jamás dejó de ser el poseedor de la naturaleza divina. “Él no podía prescindir de su deidad en su humillación … Aun en su muerte tuvo que ser el poderoso Dios, para que con su muerte venciera a la muerte” (R. C. H. Lenski).

   El texto reza como sigue:

   “Cristo Jesús … aunque existiendo en la forma de Dios, no consideró su existencia en una manera igual a Dios como algo a que aferrarse, sino que se vació a sí mismo”.

   La inferencia más natural es que Cristo se vació a sí mismo de su existencia-en-una-manera-igual-a-Dios.

Tomando como base las Escrituras, podemos particularizar de la siguiente manera:

(1) El renunció a su relación favorable con respecto a la ley divina

   Mientras estaba en el cielo ninguna carga de culpabilidad pesaba sobre sus hombros. Pero en su encarnación la tomó sobre sí para quitarla del mundo (Jn. 1:29). Y así él, el Justo inmaculado, que nunca cometió pecado, “por nosotros fue hecho pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él” (2 Co. 5:21). Esta es la base de todo lo demás.

(2) El renunció a sus riquezas

   “… porque por amor a vosotros se hizo pobre, aunque era rico, para que vosotros por medio de su pobreza fueseis enriquecidos” (2 Co. 8:9).

   El renunció a todo, incluso a sí mismo, a su propia vida (Mt. 20:28; Mr. 10:45; Jn. 10:11). Tan pobre fue, que siempre anduvo pidiendo prestado: un sitio para nacer (¡y qué sitio!), una casa donde posar, una barca para predicar, un animal en el cual cabalgar, un aposento en el cual instituir la Cena del Señor, y finalmente una tumba donde ser enterrado. Además, cargó sobre sí mismo una deuda muy pesada, la más pesada que jamás nadie pudiera soportar (Is. 53:6). Una persona de tal manera endeudada ¡tuvo que ser pobre!

(3) El renunció a su gloria celestial

   ¡Cuán profundamente lo sintió! Y fue por ello que, precisamente en la noche anterior a su crucifixión, tuvo que clamar desde lo más hondo de su corazón: “Ahora, pues, Padre, glorifícame en tu presencia, con aquella gloria que tuve contigo antes que el mundo existiera: (Jn. 17:4).

   De las infinitas moradas de eterna delicia en la presencia de su Padre, bajó voluntariamente a este reino de miseria para habitar por un tiempo con el hombre pecador. El, ante quien los serafines cubrían sus rostros (Is. 6:1–3; Jn. 12:41), el objeto de la más solemne adoración, descendió voluntariamente a este mundo donde fue “despreciado y desechado entre los hombres, varón de dolores, experimentado en quebranto” (Is. 53:3).

(4) Renunció a la autonomía de su autoridad

   En efecto, se convirtió en siervo, el siervo, y “aunque era Hijo, por lo que padeció aprendió la obediencia” (He. 5:8). Él dijo: “Porque no busco mi voluntad, sino la voluntad del que me envió” (Jn. 5:30; cf. 5:19; 14:24).

   Impacientemente expresamos la siguiente objeción: “Pero si Cristo Jesús renunció realmente su favorable relación con respecto a la ley divina, si renunció a sus riquezas, gloria, y la autonomía de su autoridad, ¿cómo es posible que continuara siendo Dios?”

   La respuesta está en que él, que fue y es y siempre será el Hijo de Dios, desechó todas estas cosas, no con referencia a su naturaleza divina, sino a la humana, la cual asumió voluntariamente y en la cual padeció todas aquellas afrentas.

   En su comentario sobre este pasaje, Calvino razona de esta manera: Fue el Hijo mismo de Dios quien se vació a sí mismo, aunque solamente con referencia a su naturaleza humana. Este gran reformador usa la siguiente ilustración: “El hombre es mortal”. Aquí la palabra “hombre” se refiere al hombre como ser humano, considerándolo como un todo, bien que la mortalidad se atribuye solamente al cuerpo, nunca al alma.

   No podemos ir más allá de esto. Nos encontramos ante un adorable misterio, un misterio de poder, sabiduría, ¡y amor!

   Versíc. 7b. Queda claro, pues, que la cláusula “se vació a sí mismo” deriva su significado no sólo de las palabras antecedentes inmediatas (o sea: “no consideró su existencia en una forma igual a Dios como algo a que aferrarse”), sino también de las que siguen: al tomar la forma de siervo. En efecto, esta cláusula, “se vació a sí mismo” “abarca todos los detalles que entraña la humillación y está definida por éstos” (Vincent). La semejanza con los hombres, la forma de siervo que tomó en su condición y apariencia humana, la humillación consciente y voluntaria, y la obediencia que lo llevó hasta la muerte, sí, la muerte de cruz, —todo esto queda incluido en la frase ‘se vació a sí mismo”. Cuando él hizo a un lado su existencia en una forma igual a Dios, en aquel hecho él asumió todo lo que era contrario a ella (o sea, la naturaleza humana).

   El razonamiento que encontramos en los versículos 6–8 no se parece en absoluto al que tiene lugar en la mente de un niño que hace construcciones de juguete con cubitos de madera, siendo cada uno de ellos una unidad, con independencia absoluta de los demás. Antes, al contrario, esta forma de razonar es telescópica, es decir, las distintas secciones del telescopio, ya prestes, se extraen o se extienden gradualmente de forma que podamos verlas.

   Así pues, Él se vació a sí mismo al tomar la forma de siervo. “Él se vació a sí mismo desde el momento en que cargó algo sobre si” (Müller). Además, cuando adoptó la forma de siervo, no lo hizo como un actor que representa un papel, sino que, por el contrario, en su naturaleza íntima (en su naturaleza humana, claro está) se hizo realmente un siervo, pues leemos: “Él tomó la forma de siervo”. (Léase lo que ya se ha dicho sobre el significado de la palabra forma a diferencia de condición). He aquí, verdaderamente, una grande y asombrosa noticia: El Señor soberano de todo cuanto existe se convierte en siervo de todos, y que a pesar de eso continúa siendo Dueño y Señor. El texto no dice, como algunos arguyen frecuentemente, que “El cambió la forma de Dios por la forma de un siervo”. ¡Él tomó la forma de siervo, pero sin perder la forma de Dios! Y esto es precisamente lo que hace posible y perfecta nuestra salvación.

   Hemos de decir también que él tomó la forma de un siervo, no la de un esclavo. Desde el mismo principio de su encarnación fue el siervo consagrado, sabio y obediente que describe Isaías (42:1–9; 49:1–9a; 50:4–11; y 52:13–53:12), el siervo voluntario que resueltamente cumple su misión, acerca de quien dijo Jehová: “He aquí mi siervo, yo le sostendré; mi escogido en quien mi alma tiene contentamiento”.

   El pasaje que estamos considerando tiene su punto de partida en el mismo momento en que comienza la carrera de este siervo, en el mismo instante en que Cristo tomó la forma de siervo. Pero ello implica, naturalmente, que continuó teniéndola hasta el final de su misión terrenal, sobre la que puede decirse con justicia: “La única persona en este mundo que tenía razón para hacer valer sus derechos, los abandonó” (Wuest). Fue Cristo el que dijo: “Mas yo estoy entre vosotros como el que sirve” (Lc. 22:27). En el mismo hecho de ser siervo de los hombres (Mt. 20:28; Mr. 10:45), cumplía su misión como siervo de Jehová. Podemos ver a Jesús, el Señor de la gloria, ceñido con una toalla, echando agua en un lebrillo, lavando los pies a sus discípulos, y diciéndoles: “¿Sabéis lo que os he hecho? Vosotros me llamáis Maestro y Señor y decís (esto) correctamente, porque (eso es lo que) soy. Si, por tanto, yo, vuestro Señor y Maestro he lavado vuestros pies, vosotros también debéis lavaros los pies los unos a los otros. Porque un ejemplo os he dado, para que tal como yo os he hecho, vosotros también hagáis” (Jn. 13:12–15).

   Y es esto exactamente lo que Pablo indica. El les dice a los filipenses y a nosotros: “Seguid el ejemplo de vuestro Señor” (versículo 5).

   Jamás hubo siervo que sirviera con más inmutable lealtad, abnegada devoción, e irreprochable obediencia que éste.

   Pablo continúa: y hacerse semejante a los hombres. Cuando Cristo tomó la forma de siervo, él, que desde la eternidad y hasta la eternidad tenía y tendrá la naturaleza divina, tomó sobre sí la naturaleza humana. En consecuencia, la persona divina de Cristo tiene ahora dos naturalezas: la divina y la humana (Jn. 1:1, 14; Gá. 4:4; 1 Ti. 3:16). Pero asumió la naturaleza humana, no en la condición de Adán antes de la caída, ni en la condición de la que el mismo Cristo goza ahora en el cielo, ni tampoco en la que se manifestará en el día de su gloriosa venida, sino en la condición caída, debilitada, cargada con los resultados del pecado (Is. 53:2).

   Ciertamente, aquella naturaleza humana era real, tan real como la de cualquier otro ser humano (He. 2:17). Pero, aunque era real, ella se distinguió en dos aspectos de la del resto de los hombres:

(1) Su naturaleza humana, y solamente la suya, desde el momento de su concepción fue puesta en una unión personal con la naturaleza divina (Jn. 1:1, 14); y

(2) Aunque fue cargada con los resultados del pecado (por tanto, sujeta a la muerte), no era pecaminosa en sí misma. Así pues, el pasaje “hacerse semejante a los hombres”, y aquel pasaje que se le parece mucho, “Dios, enviando a su Hijo en semejanza de carne de pecado” (Ro. 8:3), deben ser leídos a la luz de He. 4:15: “Uno que fue tentado en todo como nosotros lo somos, pero sin pecado”. Había semejanza, similitud; pero no había absoluta y completa identidad.

   Versíc. 8. Pablo continúa: Así, reconocido en su condición como un ser humano.

   Cuando Jesús apareció en la carne, ¿cómo lo consideraron los hombres?, ¿cómo lo catalogaron? Simplemente como un ser humano, exactamente igual que ellos en muchos aspectos:

   ¿Vinieron ellos al mundo por el proceso natural del nacimiento? El también (Lc. 2:7). (El misterio del nacimiento virginal no lo comprendieron).

   ¿Fueron ellos envueltos en pañales (cf. Ez. 16:4)? El también (Lc. 2:7).

   ¿Crecían ellos? El también (Lc 1:80).

   ¿Tuvieron ellos hermanos y hermanas? El también (Mt. 13:56).

   ¿Aprendieron ellos un oficio? El también (Mr. 6:3).

   ¿Sufrieron ellos a veces, hambre, sed, cansancio, sueño? El también (Mt. 4:2; Jn. 4:6, 7; Mr. 4:38).

   ¿Se entristecieron y se enojaron ellos? El también (Mr. 3:5).

   ¿Lloraron ellos a veces? El también (Jn. 11:35).

   ¿Se regocijaban ellos con motivo, por ejemplo, de una boda? El también asistió a una boda (Jn. 2:1, 2).

   ¿Estaban ellos destinados a morir? El también, aunque en su caso la muerte fue física, eterna, voluntaria y vicaria (Jn. 10:11), algo que ellos no comprendieron.

   En su condición total, por tanto, fue reconocido como hombre. Su porte y aspecto eran como los de los demás. Su forma de vestir, sus costumbres y maneras, se asemejarán a las de sus contemporáneos.

   Hasta cierto punto, tenían mucha razón al considerarlo así. Por tanto, se puede dudar si las conocidísimas líneas expresan realmente la verdad:

   “La vaca mugiendo despierta al Señor, Mas no llora el Niño, pues es puro amor”;

   ¿No es de suponer que un niño normal llore a veces, pero que en el caso de Jesús este llanto, como todo lo demás, fue “sin pecado”?

   Excelentes palabras son las compuestas por Susanne C. Umlauf, de las cuales solamente citaré dos estrofas:

“¿Has pasado hambre, hijo de mi vida?

También yo estuve de pan necesitado.

En cuarenta días no tuve comida,

hasta que por ángeles fui yo alimentado.

¿Has estado, hijo mío, alguna vez sediento?

Mas yo he prometido tu necesidad suplir,

porque también yo en la cruz sufrí por ti tal tormento.

¡Oh!, hijo mío, corre, vuela, acude a mí.

Cuando tú estás triste, afligido y lloroso,

como aquel día en que lloré sobre Jerusalén,

ciudad amada, mi corazón se turba en mi pecho

por tus penas anheloso.

Porque mis ojos se anegaron en llanto,

cuando vine de Lázaro a la sepultura,

sabré consolarte en tu quebranto,

hasta que acabe para siempre la amargura”.

   Pero, aunque los hombres tenían razón al reconocer su humanidad, estaban equivocados en dos aspectos: Ellos rechazaban a.—su humanidad impecable y b.—su deidad. Y aunque toda su vida, particularmente sus palabras y hechos, publicaban “la divinidad velada en carne”, sin embargo, los hombres rechazaron por completo sus demandas y lo odiaron aún más a causa de ellas (Jn. 1:11; 5:18; 12:37). Acumularon escarnio sobre él, de forma que “fue desechado y despreciado entre los hombres” (Is. 53:3).

   Lo más maravilloso es, sin embargo, que “cuando lo maldecían, no respondía con maldición” (1 P. 2:23), sino que se humilló a sí mismo. (Para el significado del concepto humildad véase lo dicho sobre el versículo 3). Desde el primer momento de su encarnación se sometió a sí mismo bajo el yugo; esto implica que se hizo obediente, a saber, a Dios Padre, como indica claramente el versículo 9 (nótese la expresión “Por lo cual Dios”, etc.). Además, su obediencia no conoció límites: aun hasta la muerte. En esa muerte, él, obrando al mismo tiempo como sacerdote y víctima, se ofreció a sí mismo en sacrificio expiatorio por el pecado (Is. 53:10). Por lo cual, no fue una muerte común y corriente, sino como dice Pablo: sí, y muerte en la cruz.

Muerte dolorosísima.

Bien se ha dicho que el que moría en ella “moría mil muertes”.

Muerte también afrentosa.

   Obligar al condenado a llevar su cruz, hacerle salir de la ciudad a algún lugar “fuera de la puerta”, y allí ejecutarle por medio de una muerte que, según sabemos por Cicerón, era considerada como la de un, era ciertamente vergonzoso. Véase Jn. 19:31; 1 Co. 1:23. “Que aun el solo nombre de la cruz sea alejado, no sólo del cuerpo de un ciudadano romano, sino también de sus pensamientos, vista y oído”. Por tanto, al ser Pablo un ciudadano romano, como lo era, aunque hubiese sido condenado a muerte, es casi seguro que no hubiese sido ejecutado en forma tan afrentosa. ¿Tenía en su pensamiento esto cuando, refiriéndose a la muerte de su Maestro, escribió: “sí, y muerte en la cruz”?

   Era una muerte maldita.

   “Maldito por Dios es el colgado” (Dt. 21:23). Y si esto era así con respecto a un cadáver, ¡cuánto más con una persona viva! Cristo Jesús se humilló a sí mismo y se hizo obediente hasta una muerte en la que vicariamente soportó la maldición de Dios (Gá. 3:13). Véase el sobre Jn. 19:17, 18.

   Y así, cuando pendía del madero, Satanás y todas sus huestes le asaltaban desde abajo; los hombres lo escarnecían a su alrededor; Dios lo cubrió desde arriba con el manto de las tinieblas, símbolo de maldición; y desde adentro rompía su pecho aquel amargo grito: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”. A este infierno, el infierno del Calvario, descendió Cristo.

    El pensamiento subyacente de los versículos 5–8 es este: En verdad, si Cristo Jesús se humilló a sí mismo en forma tan profunda, vosotros, filipenses, deberíais estar siempre dispuestos a humillaros en vuestra pequeña medida. Si él obedeció hasta la muerte, sí, y muerte en la cruz, vosotros deberíais ser más y más obedientes a la dirección divina, y esforzaros por perfeccionar en vuestras vidas el espíritu de vuestro Maestro, el espíritu de unidad, humildad y solicitud, que agrada a Dios.

1° Título

Sintiendo Compasión Y Proveyendo Al Hermano Necesitado. 1ª de Juan 3:17. Pero el que tiene bienes de este mundo y ve a su hermano tener necesidad, y cierra contra él su corazón, ¿cómo mora el amor de Dios en él?

   Comentario: 17. Si alguien tiene bienes materiales y ve a su hermano en necesidad y no tiene compasión de él, ¿cómo puede el amor de Dios estar en él?

▬a. “Si alguien tiene bienes materiales”. En algún caso extremo y excepcional, quizá se le pida al creyente que demuestre su amor muriendo por otro. Pero el cristiano puede demostrar su amor de muchas formas.

¿Cuáles son estas formas? Aquí Juan no es explícito. En cambio, señala implícitamente las posesiones de uno y las necesidades de otro: “Si alguien tiene riqueza y otro tiene necesidad”. Pero Juan no completa la oración diciendo: “que el que tiene posesiones las comparta con el necesitado, y demuestre así el amor (compárese con Stg. 2:15–17). No, él espera que el creyente rico demuestre su amor a su prójimo compartiendo sus bienes terrenales. Juan prosigue,

▬b. “Y no tiene compasión de él”. Cuando una persona bendecida con bienes materiales (comida, ropa, dinero) no está dispuesta a compartir sus posesiones, ha cerrado su corazón (Dt. 15:7–11). Es egoísta y no tiene consideración por su hermano espiritual. Esta persona presenta un marcado contraste con el amor de Jesús. Le niega a su hermano las cosas básicas de la vida, en tanto que Jesús por propia voluntad dio su vida por sus seguidores.

▬c. “¿Cómo puede el amor de Dios estar en él?” Juan formula una pregunta retórica. De hecho, lo que está diciendo es más una exclamación que una pregunta. Juan da a entender que es imposible que el amor de Dios controle a esta persona. Juan declara que, si alguien dice que ama a Dios, pero odia a su hermano, es un mentiroso (4:20). El mandamiento amarás al Señor tu Dios nunca puede separarse del mandamiento amarás a tu prójimo como a ti mismo. Estos dos siempre van juntos.

2° Título

Compadeciéndose Del Enfermo, Al Igual Que Jesús. San Lucas 10:33 al 35. Pero un samaritano, que iba de camino, vino cerca de él, y viéndole, fue movido a misericordia; y acercándose, vendó sus heridas, echándoles aceite y vino; y poniéndole en su cabalgadura, lo llevó al mesón, y cuidó de él. Otro día al partir, sacó dos denarios, y los dio al mesonero, y le dijo: Cuídamele; y todo lo que gastes de más, yo te lo pagaré cuando regrese. 

   Comentario: 33. Pero cierto samaritano, al viajar, llegó adonde él estaba. Ahora las cosas sólo pueden empeorar. ¿No se odiaban judíos y samaritanos? Cuando los enemigos de Jesús quisieron demostrar su amargura hacia él, ¿no lo llamaron “samaritano” (Jn. 8:48)? ¿Y los samaritanos no correspondían a odio con odio (Lc. 9:53)? Ciertamente ahora está por desvanecerse el último y débil vislumbre de esperanza.

   Así bien podría parecer. ¿Pero qué ocurre?

   Continúa: … y al verlo le tuvo compasión. Cuando el samaritano vio al individuo gravemente afligido, su corazón “se salió a él”. Esto nos hace pensar en Jesús mismo (Mt. 9:36), aunque sería incorrecto decir que el samaritano representa o simboliza a Jesús. ¿Y puede alguien que conoce su Biblia leer esta historia y no recordar la actitud y la acción igualmente amantes de otras personas en el pasado, personas que en cierto sentido eran compatriotas de aquel cuyos ojos ahora se llenaron de una compasión genuina y que ahora estaba por desmontar y entrar en acción? Véase 2 Cr. 28:15

   Versíc. 34. Entonces se le acercó y le vendó las heridas, echando en ellas aceite y vino. Habiendo desmontado, el samaritano se cruza al lado del camino donde yace el hombre medio muerto. Inmediatamente le administra los primeros auxilios lavándole las heridas con vino (por su contenido alcohólico era un desinfectante y antiséptico) y echando sobre ellas aceite suavizante, que actuaba como un tipo de pomada. Luego montó al hombre en su propio animal, lo llevó hasta una posada y lo cuidó. ¡Qué cuadro maravilloso! El samaritano camina junto a su burro sosteniendo a la trágica figura hasta que llegan a la posada.

   Cuando llegaron, el samaritano no dijo: “Aquí es donde termina mi responsabilidad. Ya he perdido demasiado tiempo con este hombre. Que otros ahora se hagan cargo de él”. No. “Se cuidó de él” personalmente. ¿Veló toda la noche, levantándose de vez en cuando para ver cómo estaba el enfermo?

   Llega el día siguiente. El samaritano—¿hombre de negocios quizás? — debe seguir su camino. Sin embargo, aun ahora no dice: “Ya he cumplido con todo mi deber. De aquí en adelante le toca al posadero y al hombre mismo seguir adelante”. No. El texto prosigue: 35. Al día siguiente sacó dos denarios, los dio al posadero y dijo: Cuídale, y todo gasto adicional que haya, yo mismo te lo pagaré cuando regrese.

   Dos denarios era una suma igual a dos días de salario para el obrero promedio (cf. 20:9), suma que de acuerdo con los precios de su tiempo para “alojamiento y comida”, bastaba abundantemente para varios días. El samaritano tiene cuidado en asegurar al posadero que no sufrirá pérdida alguna por el buen cuidado que brinde al judío. Afirma, para decirlo así: “Cuando venga de regreso, yo mismo pagaré toda gasto adicional en que puedas incurrir. Así que cárgalo a mi cuenta, no le cobres a él”.

3er Título:

Acordándose De Los Presos Y Maltratados Para Brindarles Nuestra Ayuda. Hebreos 13:3. Acordaos de los presos, como si estuvierais presos juntamente con ellos; y de los maltratados, como que también vosotros mismos estáis en el cuerpo.

   Comentario: versic.3 Acordaos de los que están en prisión como si fuerais sus compañeros de cárcel, y de los maltratados como si vosotros mismos sufrierais.

   La aplicación del amor cristiano en el contexto de la sociedad en la cual los lectores vivían tiene cuatro aspectos:

▬a. En la comunidad cristiana los hermanos y hermanas se cuidan unos a otros, y prevalece un espíritu de amor y afecto fraternal. En un mundo lleno de hostilidad contra la iglesia cristiana, el amor mutuo dentro de la comunidad necesita que se le aliente constantemente. B. F. Westcott hace esta incisiva observación: “El amor del judío por su prójimo judío, su ‘hermano’, era nacional; el amor del cristiano por su hermano en la fe es católico (universal). El vínculo de la fe común es universal”. Los cristianos se reconocen los unos a los otros como hermanos y hermanas en el Señor, ya que juntos forman la comunidad mundial de creyentes. Los escritores del Nuevo Testamento repetidamente exhortan a los cristianos a cultivar el amor fraternal (Ro. 12:10; 1 Ts. 4:9; Heb. 13:1; 1 P. 1:22; 2 P. 1:7). Para expresar el concepto de amor fraternal, ellos usan la palabra filadelfia. Los miembros de la iglesia de Filadelfia demostraron en efecto ese amor (Ap. 3:7–13).

▬b. El escritor de Hebreos aconseja a los lectores que extiendan su amor desde su propio círculo hacia todos los hombres. Ellos deben hospedar a los forasteros; es decir que al abrir sus hogares a los viajeros ellos muestran el amor de Cristo. En la antigüedad no existían los hoteles tal como nosotros los conocemos hoy, y las posadas tenían la reputación de ser inseguras. Los viajeros dependían de los moradores del lugar en cuanto a hospitalidad y alojamiento.

   Los lectores de Hebreos aparentemente se han vuelto indiferentes a las necesidades del viajero; sin embargo, el escritor los exhorta a tener en cuenta a su prójimo que necesita un techo sobre su cabeza.

   Les recuerda que Abraham, Lot, Gedeón y los padres de Sansón hospedaron a ángeles (Gn. 18:1–15; 19:1–22; jue. 6:11–23; 13:3–21). El proveer de comida y alojamiento a un forastero es un acto de generosidad.

   Además, los cristianos que hospedan a un forastero en su hogar tienen la oportunidad de presentarle el evangelio de Cristo. Si el viajero acepta a Cristo por la fe, él difundirá las buenas nuevas a lo largo de su camino.

   La hospitalidad era considerada una virtud en la iglesia cristiana del primer siglo. En su carta a los romanos, Pablo escribe: “Practicad la hospitalidad” (12:13). Y en sus cartas pastorales él estipula que un supervisor de la iglesia debe ser hospitalario (1 Ti. 3:2; Tit. 1:8; véase también 1 P. 4:9), y que entre las buenas obras que deben caracterizar a las viudas debe figurar la hospitalidad (1 Ti. 5:10).

▬c. “Acordaos de los que están en prisión como si fuerais sus compañeros de cárcel”. En una parte anterior de su epístola, el escritor encomiaba a los lectores por su cuidado afectuoso de los presos (10:34).

   En los tiempos antiguos visitar a los presos era una práctica habitual. Jesús se refiere a ella en su discurso acerca de las ovejas y las cabras: “Estuve preso y vinisteis a visitarme” (Mt. 25:39, 43). Y Lucas escribe acerca de la prisión de Pablo en Cesarea y Roma (Hch. 24:23; 28:16). Pablo gozaba de gran libertad y se le permitió alquilar una casa en Roma para su uso personal, “y él dio bienvenida a todos los que venían a verle” (Hch. 28:30).

   Los presos dependían de sus parientes y amigos para abastecerse de comida, ropa, y para cubrir otras necesidades. Las numerosas referencias de las experiencias de Pablo como preso revelan que sus amigos venían a atender sus necesidades (Hch. 24:23; 27:3; 28:10, 16, 30; Fil. 4:12; 2 Ti. 1:16; 4:13, 21). Era necesario entonces que se recordara a los presos, de otro modo pasarían hambre, sed, frío y soledad.

   Los viajeros llegaban a las casas de los destinatarios de Hebreos y recibían hospitalidad. En contraste con esto, el escritor exhorta ahora a sus lectores a dejar sus propios hogares, ir a los presos y solidarizarse con ellos. El escritor les dice que cuiden a estos prisioneros, “como si ellos fueran sus compañeros de cárcel”. ¡Demuéstrenles el amor de Cristo ministrando a sus necesidades!

▬d. La última exhortación es la de recordar a la gente maltratada. Estas palabras traen a nuestra mente otros pasajes: “A veces fuisteis públicamente expuestos a insultos y persecución; en otras ocasiones estuvisteis codo a codo con aquellos que eran así tratados” (10:33). La amonestación no limita su referencia sólo a lo que los lectores de Hebreos habían hecho en el pasado. El sufrimiento de los menos privilegiados es universal. ¿Deja el escritor la impresión de que la unidad de los cristianos es tremendamente importante? Una traducción más literal del texto—acordaos de los maltratados, puesto que vosotros también estáis en el cuerpo” (B de las A)—quizá sustente esta interpretación. Y una referencia al discurso de Pablo acerca de la unidad del cuerpo de Cristo apunta en dicha dirección (1 Co. 12:26). Sin embargo, es mejor pensar especialmente en el cuerpo físico, ya que el maltrato corresponde al sufrimiento físico. Por consiguiente, la traducción “como si vosotros mismo sufrierais”, es apropiada.

   Estas amonestaciones a que se extienda una mano de ayuda al forastero, al viajero, al prisionero y al que sufre son en realidad exhortaciones a cumplir el mandamiento “amad a vuestro prójimo como a vosotros mismos” (Lv. 19:18; Mt. 22:39; Mr. 12:33; Lc. 10:27; Ro. 13:9; Gá. 5:14; Stg. 2:8).

4° Título

No Debemos Ignorar Al Forastero Ni Al Extranjero. San Mateo 25:35 y 36. Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui forastero, y me recogisteis; estuve desnudo, y me cubristeis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y vinisteis a mí. 

   Comentario: Habiendo señalado esto, prediciendo y describiendo las palabras de bienvenida que él mismo usará, Jesús ahora puede continuar: 35, 36.… porque tuve hambre y me disteis de comer; tuve sed y me disteis de beber; fui forastero y me recibisteis; necesitado de ropa y me vestisteis; estuve enfermo y me cuidasteis; estuve preso y me vinisteis a ver. A través de todo su ministerio, por medio del precepto y el ejemplo Jesús había enfatizado la necesidad de los sentimientos y las obras de amor, misericordia y generosidad (5:7, 43–48; 8:17; 9:36; 11:28–30; 12:7, 20, 21; 14:16, 34–36; 15:32; 18:1–6, 22, 35; 19:13–15; 20:28; 22:9, 37–39; 23:37). Así que es completamente natural que esto es lo que espera de sus seguidores. Estos que aquí son llamados benditos han mostrado misericordia al Hijo del hombre mientras él estaba aún en el estado de humillación, “desechado de los hombres”. Así que con mayor razón serán llamados “benditos” cuando él vuelva en gloria. Todas estas bondades me las habéis hecho a mí, dice el Rey cuando vuelve en gloria. La combinación “yo” (tácito) y “me” aparece seis veces sucesivamente.

   Lo que merece atención especial es el hecho de que en cada caso de necesidad— tuve hambre, sed, fui forastero, etc.—y de satisfacción de esta necesidad—me disteis de comer, etc.—es el cumplimiento fiel de humildes deberes de la vida cotidiana lo que se da como razón para las palabras de congratulación y de aprobación, y para la grata invitación a entrar y tomar posesión de las bendiciones del reino en su etapa final. Lo que Jesús está diciendo es:

   “En vuestra vida y conducta cotidianas en lo que con frecuencia se llaman ‘las cosas pequeñas de la vida’, habéis dado pruebas de que sois mis verdaderos discípulos. Por lo tanto, yo os llamo benditos”. Esto muestra que en el reino de los cielos hay lugar, mucho lugar, para gente que en el sentido técnico no han profetizado en el nombre de Cristo, no han echado fuera demonios, y no han hecho “maravillas” en su nombre. En realidad, no hay lugar para los que se jactan de esos “grandes logros” (7:22, 23). Es al seguidor no pretencioso de Cristo, al seguidor sincero que le honra en las cosas de la vida común, que él declara bendito.

“Hechos 13:15. Y después de la lectura de la ley y de los profetas, los principales de la sinagoga mandaron a decirles: Varones hermanos, si tenéis alguna palabra de exhortación para el pueblo, hablad”.

“1ª Timoteo 4:13. Entre tanto que voy, ocúpate en la lectura, la exhortación y la enseñanza”.

“Nehemías 8:8. Y leían en el libro de la ley de Dios claramente, y ponían el sentido, de modo que entendiesen la lectura”.

Amén, para la honra y gloria de Dios.

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Hno Roberto Saldías Roa

Miembro de la IEP en Nacimiento Bajo, nació en el evangelio del Señor en la Iglesia de Laja 1975. Casado con María Nahuelmán, estudia teología de manera autodidacta. Me gusta mucho leer y escribir.

 

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