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Lunes 29 de julio de 2019: “Peligrosas doctrinas de prosperidad que engañan a los débiles”

Lunes 29 de julio de 2019: “Peligrosas doctrinas de prosperidad que engañan a los débiles”

Lectura Bíblica: Filipenses capítulo 3, versículos 16 al 19. Pero en aquello a que hemos llegado, sigamos una misma regla, sintamos una misma cosa. Hermanos, sed imitadores de mí, y mirad a los que así se conducen según el ejemplo que tenéis en nosotros. Porque por ahí andan muchos, de los cuales os dije muchas veces, y aun ahora lo digo llorando, que son enemigos de la cruz de Cristo; el fin de los cuales será perdición, cuyo dios es el vientre, y cuya gloria es su vergüenza; que sólo piensan en lo terrenal.

    Comentario:  De cualquier modo, que nuestra conducta sea según el nivel que hemos alcanzado. O, más literalmente: “De cualquier modo, continuemos siguiendo en línea según la misma norma que hemos logrado”. La norma ha sido establecida. El principio—“Estamos muy lejos de ser perfectos, pero en Cristo debemos esforzarnos por alcanzar la perfección”—ha sido enunciado y ejemplificado. Que nuestras vidas, pues, sean regidas por la consistente aplicación de este principio. Jamás debe ser abandonado.

   La verdadera religión no es cosa de amontonar precepto sobre precepto, sino un conjunto de principios básicos. Estos son pocos, pero muy importantes. Si estos principios son aplicados por la luz de la revelación especial de Dios, lo demás viene por añadidura. Dios no rehusará dar más luz al que anda en la luz que ya ha recibido.

Amonestación contra los sensualistas. La patria celestial.

   Comienza aquí un nuevo párrafo. Continúan las amonestaciones, pero ahora contra un enemigo descrito en términos que difieren de los empleados en el v. 2 de este capítulo. Pablo no habla ahora de los perros, de los malos obreros, o de la mutilación, sino de personas que él considera “enemigos de la cruz de Cristo, cuyo fin será la perdición, cuyo dios es el vientre, y cuya gloria está en su vergüenza, que sólo piensan en lo terrenal”. Antes de entrar en detalles de exégesis, es conveniente responder a la siguiente pregunta: “¿Quiénes son estos peligrosos herejes?”

   De acuerdo con gran número de intérpretes, yo estoy convencido de que se trata de sensualistas, personas que complacían los apetitos de la carne, glotones, groseramente inmorales, quienes, a pesar de esto, pretendían ser cristianos. He aquí algunas de las razones que apoyan este punto de vista:

(1) Parece ser ésta la explicación más lógica al término “su dios es el vientre”. Es también la interpretación que de inmediato viene a la mente. Sólo una razón más poderosa haría que ésta fuese desechada; pero no ha sido dada ninguna.

(2) Este punto de vista está reforzado por algunas de las otras frases descriptivas que se hallan aquí; especialmente, “cuya gloria está en su vergüenza, que sólo piensan en lo terrenal”.

(3) Esta explicación está también en armonía con el lenguaje que Pablo usa en otros lugares. En Romanos el apóstol previene contra los que decían: “Hagamos males para que vengan bienes” (Ro. 3:8), y “perseveremos en el pecado para que la gracia abunde” (Ro. 6:1). Indudablemente, estos hombres eran los mismos que en Ro. 16:18 se describen como los que “no sirven a nuestro Señor Jesucristo, sino a sus propios vientres”, palabras muy parecidas a las que encontramos aquí en Fil. 3:19.

(4) La transición de la amonestación contra los legalistas a la amonestación contra los libertinos (vv. 17–21) es, después de todo, bastante natural. La encontramos también en Gálatas (cf. Gá. 5:1 con 5:13). La pecaminosa naturaleza humana es propensa a saltar de un extremo a otro. Apenas ha llegado la persona a darse cuenta de que no debe “someterse otra vez al yugo (judaizante) de esclavitud”, cuando se empieza a usar su nueva libertad como “una oportunidad para la carne”.

(5) En un pasaje paralelo, Pedro amonesta contra parecidos elementos disolutos, hombres que olvidan que la patria de los creyentes está en el cielo y que, en consecuencia, los seguidores de Jesús son extranjeros y peregrinos aquí abajo (cf. Fil. 3:19, 20 con 1 P. 2:11). Pedro da claramente a entender que estos seductores se entregan a los “deseos carnales que batallan contra el alma”. Es razonable, por tanto, interpretar este pasaje de Filipenses de igual manera.

   En una nota aclaratoria al pie de la página se consideran otros puntos de vista sobre la identidad de los herejes contra los que Pablo amonesta aquí.

   [17]. Profundamente conmovido por lo que va a escribir, Pablo se dirige a los filipenses con el afectuoso apelativo hermanos (véase lo dicho en 1:12; cf. 1:14; 3:1, 13; 4:1, 8, 21). Dice: Sed imitadores míos. ¿No deben mostrar los hermanos que son miembros de una misma familia espiritual y que, por tanto, son verdaderamente hermanos? Sus sentimientos, conversación y conducta, ¿no deben recordar a un mismo modelo? “Dejadme que yo sea ese modelo”, viene a decir Pablo, con todo lo que esto significa: la abnegación en contraste con la autosatisfacción; la humilde confianza Cristocéntrica en lugar de la arrogante presunción; el idealismo en contraposición a la indolencia (Fil. 3:7–14); y así también la espiritualidad en contraste con la sensualidad, o sea, la inclinación por las cosas celestiales en oposición a la mundanalidad (vv. 18–21).

   Pero ¿está de acuerdo con la humildad cristiana el que Pablo se elija a sí mismo como ejemplo? Respuesta:

(1) Antes de ponerse a sí mismo como ejemplo, el apóstol ya había recordado a los filipenses que Cristo es el ejemplo supremo (Fil. 2:5–8). Así pues, ellos sabían que lo que Pablo quiso decir fue simplemente esto: “Sed imitadores de mí, así como yo lo soy de Cristo” (1 Co. 11:1).

(2) El apóstol no trataba de colocarse a sí mismo sobre un pedestal, como si él fuera perfecto, sino que, todo lo contrario, instaba a sus amigos a esforzarse por la perfección, dándose plena cuenta de que, tanto como él, ellos estaban aún muy lejos del ideal.

(3) Rodeados por la inmoralidad, tanto de los paganos como de los cristianos nominales (véase los vv. 18 y 19), los filipenses necesitaban un ejemplo real y palpable de devoción cristiana. El apóstol tenía pleno derecho a ponerse a sí mismo como ejemplo.

(4) Lo justificable de su exhortación llega a ser aún más evidente, cuando se la contempla a la luz de las palabras inmediatas posteriores, las cuales nos muestran que Pablo, al instar a los filipenses a imitarlo, no pensaba solamente en sí mismo, sino en sí mismo junto con otros, tales como Timoteo (Fil. 2:19–24) y Epafrodito (2:25–30). Nótese el pronombre nosotros en lugar de yo en las palabras que vienen a continuación; y observad a los que andan según el ejemplo que tenéis en nosotros. En vez de fijar vuestra atención sobre aquellos que han confundido la libertad cristiana con el libertinaje, fijadla sobre los que son fieles guías de la conducta cristiana. Sean ellos vuestro ejemplo (véase 1 Ts. 1:7).

   [18, 19]. El apóstol, profundamente conmovido, insiste en su urgente llamamiento diciendo: Porque son muchos los que andan, de quienes frecuentemente os dije, y ahora con lágrimas os lo digo, (que son) enemigos de la cruz de Cristo. La impía vida de estas personas, que querían pasar por cristianos, desmentía la confesión de sus labios. Se engañaban a sí mismos, ejercían una siniestra influencia sobre aquellos que los escuchaban, impedían que incrédulos llegaran a convertirse, y deshonraban a Dios. Puede ser que hicieran sus viajes “misioneros”. Eran numerosos—nótese la palabra muchos—de lo cual, sin embargo, no debe deducirse que constituyeran un núcleo importante en la membresía de la iglesia filipense. Si fuera así, el apóstol no hubiera alabado a esta congregación en términos tan calurosos (véase Fil. 4:1). Mas, de todas maneras, suponían una verdadera amenaza. Cuando Pablo estaba entre los filipenses, frecuentemente los exhortaba a guardarse de esta clase de engañadores. Si los amigos de la cruz son aquellos que muestran en sus vidas el espíritu del Calvario: la abnegación (Mt. 20:28; Lc. 9:23; Ro. 15:3; Fil. 2:5–8), los enemigos son, entonces, aquellos que reflejan todo lo contrario: la intemperancia. Los amigos de la cruz no aman al mundo. Ciertamente el mundo les es crucificado a ellos, y ellos al mundo y esto porque se glorían en la cruz (Gá. 6:14; cf. 5:24). Los enemigos de la cruz aman al mundo y las cosas que están en el mundo (1 Jn. 2:15). Ellos tienen el corazón puesto en las cosas terrenas (Fil. 3:19).

   Movido por su gran amor por los filipenses, el apóstol llora realmente cuando piensa que estos enemigos de la cruz están intentando seducir a los miembros de la primera iglesia establecida en Europa. Llora como lo hizo María de Betania por la muerte de su hermano (Jn. 11:31, 33; véase C.N.T. sobre Jn. 11:35), y como lo hizo María Magdalena en la mañana de la resurrección de Cristo (Jn. 20:11). Uno de los secretos del éxito de Pablo como misionero era su interés genuino y personal por aquellos que el Señor había confiado a su cuidado espiritual. Este amor era tan real y tierno, que las entrañas de su corazón se conmovían cuando veía que los amenazaba algún peligro. El apóstol no sólo era un hombre de agudo discernimiento e inquebrantable decisión, sino también de ardiente y arrebatador afecto.

La naturaleza profundamente emocional de Pablo

   Varias fases de la personalidad intensamente emocional del apóstol están expuestas en el libro de Hechos y en las epístolas. ¡He aquí un alma verdaderamente noble! Todo cuanto hizo, lo hizo con todas sus fuerzas; jamás a medias. El haber perseguido en un tiempo a los seguidores de Jesús, fue motivo de que una profunda y sincera pena lo acompañase desde su conversión (1 Co. 15:9; 1 Ti. 1:15). El que Cristo mismo se revelase como amante Salvador a tan cruel perseguidor, lo desconcertó. No lo podía olvidar (Ef. 3:8; 1 Ti. 1:16). ¡Esto hizo que su corazón rebosara de eterna y humilde gratitud! Por esta y por muchas otras razones sus epístolas están llenas de espléndidas doxologías (Ro. 9:5; 11:36; 16:27; Ef. 1:3; 3:20; Fil. 4:20; 1 Ti. 1:17; 6:15; 2 Ti. 4:18), que son las espontáneas expresiones del hombre que escribió: “Porque el amor de Cristo nos constriñe” (2 Co. 5:14). Habiendo sido “alcanzado” por Cristo, el apóstol a su vez ansiaba consumirse por la salvación de otros (1 Co. 9:22; 10:33; 2 Co. 12:15). Su corazón le dolía intensamente porque muchos de sus compatriotas (israelitas) no eran salvos (Ro. 9:1–3; 10:1). La preocupación por todas las iglesias se agolpaba sobre él cada día (2 Co. 11:28). ¡Cuán fervientes y conmovedoras eran sus oraciones por ellas (Ef. 3:14–19; 1 Ts. 3:9–13)! Cuál no sería su amor para con ellos al escribir: “Fuimos amables en medio de vosotros, como cuando una nodriza acaricia a sus propios hijos: así, estando tiernamente anhelosos de vosotros, con agrado compartimos con vosotros no sólo el evangelio de Dios, sino también nuestras propias almas.… Porque ahora realmente vivimos si vosotros permanecéis firmes en el Señor” (1 Ts. 2:7, 8; 3:8). ¡Cuán ardientes eran sus súplicas (2 Co. 5:20; Gá. 4:19, 20; Ef. 4:1) y cuán discretas! Aunque él reprendía con severidad a los desobedientes, lo hacía por su propio bien, y aun en esto daba muestras del amor de su grande y sensible corazón (Gá. 1:6–9; 3:1–4). ¿Tiene, pues, algo de extraño que, cuando las circunstancias lo imponían, manaran ríos de lágrimas de los ojos de este hombre de espíritu tan ardiente y amante corazón (Hch. 20:19, 31), según se menciona no sólo aquí en Fil 3:18 mas también en 2 Co. 2:4? ¿Y acaso es sorprendente, por otra parte, que su corazón casi se rompiera cuando en cierta ocasión sus amigos derramaron lágrimas por él, a causa de su inminente partida y de las aflicciones que lo aguardaban (Hch. 21:13)? ¡Ciertamente, el llanto de Pablo, cuando escribe sobre los enemigos de la cruz de Cristo, es tan glorioso como lo es el gozo, gozo, gozo que se oye a través de esta epístola!

   Hablando sobre estos enemigos de la cruz de Cristo, Pablo continúa: cuyo fin será la perdición. Este es el destino que los aguarda, pues Dios ha ordenado que “su fin será conforme a sus obras” (2 Co. 11:15). Este fin es el fruto de sus vidas inicuas (Ro. 6:21). Esta es la paga de su pecado (Ro. 6:23). La perdición, sin embargo, no es en modo alguno la aniquilación. No quiere decir que dejarán de existir. Antes, al contrario, significa que sufrirán tormento eterno (Mt. 25:46), pues esta perdición es una perdición eterna (2 Ts. 1:9). La perdición comienza en esta vida y alcanza su clímax después de la muerte. Pablo continúa: cuyo Dios es el vientre (cf. Ro. 16:18). En vez de procurar tener sus apetitos carnales en sujeción (Ro. 8:13; 1 Co. 9:27), comprendiendo que nuestros cuerpos son templo del Espíritu Santo, en el que Dios debe ser glorificado (1 Co. 6:19, 20), estas personas se entregaban a la glotonería y al libertinaje. Rendían culto a su naturaleza sensual. Y a ello se sentían incitados, sin lugar a dudas, por causas como las siguientes: antecedentes inmorales (cf. 1 P. 1:18), impío ambiente pagano, incipiente gnosticismo licencioso (véase C.N.T. sobre 1 Ti. 4:3), la perversión de la doctrina

de la gracia (Ro. 3:8; 6:1) y, por último, aunque no por eso de menor importancia, la concupiscencia del corazón (Stg. 1:14). El apóstol los caracteriza además como la cuya gloria está en su vergüenza: se enorgullecían de aquello de lo que debían estar confusos y avergonzados. No sólo llevaban a cabo sus impíos propósitos, sino que se jactaban de ello. Eran personas que sólo piensan en lo terrenal. Como carnales, “conforme a la carne”, de las cosas de la carne se ocupaban (Ro. 8:5). Y siendo la intención de la carne “enemistad contra Dios” (Ro. 8:7), ellos eran “enemigos de la cruz de Cristo”. En un pasaje paralelo el apóstol nos muestra cuales eran, entre otras, las cosas terrenales en las que estas personas ponían su corazón: inmoralidad, impureza, pasiones desordenadas, malos deseos, avaricia, ira, enojo, malicia, blasfemia, palabras deshonestas (Col. 3:2, 5, 8).

1er Titulo:

Proliferación De Doctrina De Demonios En Estos Tiempos Finales. 1ª Timoteo 4:1 al 3. Pero el Espíritu dice claramente que en los postreros tiempos algunos apostatarán de la fe, escuchando a espíritus engañadores y a doctrinas de demonios; por la hipocresía de mentirosos que, teniendo cauterizada la conciencia, prohibirán casarse, y mandarán abstenerse de alimentos que Dios creó para que con acción de gracias participasen de ellos los creyentes y los que han conocido la verdad.

   Comentario: [1]. Pero el Espíritu dice expresamente que en tiempos venideros algunos se apartarán de la fe.

   “El Espíritu dice”, esto es, “está ahora diciendo”. ¿A quién estaba hablando el Espíritu? Hch. 20:29, 30 me lleva a pensar que el apóstol quiso decir “a mí” (quizás también a otros). Entonces, el Espíritu está diciendo que “en tiempos venideros”—eras de esta nueva dispensación, eras definitivamente señaladas en la presciencia de Dios—algunos se apartarán o apostatarán de la fe (en sentido objetivo), del cuerpo de verdad redentora, la religión cristiana.

   El Espíritu estaba diciendo esto expresamente (“en palabras claras”). No había dudas ni vaguedad al respecto. Doce años antes, hablando a los ancianos de las iglesias de la misma región en que Timoteo estaba ahora laborando, Pablo les había dicho: “Yo sé que después de mi partida entrarán en medio de vosotros lobos rapaces, que no perdonarán el rebaño. Y de vosotros mismos se levantarán hombres que hablen cosas perversas para arrastrar tras sí a los discípulos”. Pocos años después de ese discurso anotado en Hechos 20, al escribir a los Colosenses desde su primer encarcelamiento en Roma, el apóstol les había advertido contra la aceptación del error de que la fe en Cristo y su obra expiatoria debía ser suplementada por creencias ascéticas y las prácticas correspondientes (Col. 2). Y ahora, al escribir a Timoteo desde Macedonia, el Espíritu Santo le informa claramente que el error, ya presente en su forma incipiente, crecerá y se desarrollará en la forma indicada en el v. 3.

   Los hombres se apartarán de la fe prestando atención a espíritus seductores y a doctrinas de demonios. Como el contexto lo indica (y también véase 1 Jn. 4:6 donde el “espíritu seductor” se pone en contraste con el “Espíritu de verdad”), estos espíritus no son hombres, sino demonios. Como planetas erráticos entre las constelaciones, estos espíritus vagan; más aún, hacen que los hombres vaguen. Seducen, descarrían. Cuando uno les presta oídos está prestando atención a doctrinas de demonios (cf. 2 Co. 4:4; Ap. 13:11, 14).

   [2]. Estas doctrinas están (encarnadas) en (las) declaraciones hipócritas de quienes hablan mentiras. Como Satanás hizo uso de la serpiente para engañar a Eva, y esto por medio de una declaración hipócrita (Gn. 3:1–5: estaba escondiendo su verdadero objetivo; porque mientras pretendía elevar a Eva a un nivel superior de gloria, para que pudiera ser “como Dios”, su verdadero propósito era destronar a Dios y tomar él el trono para sí), así estos espíritus seductores o demonios hacen uso de hombres que hablan mentiras, y que hablan piadosa y eruditamente a fin de esconder su propia arrogancia o Inmortalidad hipócritas se describen como teniendo la conciencia cauterizada (literalmente, “que están cauterizados en cuanto a su propia conciencia”). Al argumentar constantemente con la conciencia, al acallar sus advertencias y apagar el sonido de su campana, finalmente han llegado al punto en que la conciencia ya no les molesta. El entristecer al Espíritu Santo ha llevado a resistirlo, y el resistirlo a apagarlo.

   Entonces, por medio de su propia rebelión y obstinación, la conciencia habrá sido cauterizada (y esto será permanentemente). Se les ha endurecido. Un buen ejemplo es Balaam (Nm. 22:12, 19, 21, 32; 25:1–3; 2 P. 2:15; Ap. 2:14).

   [3]. Su enseñanza será—o es—tan mala como su carácter: y prohibiendo (a la gente) casarse y (mandando) abstenerse de los alimentos.

   Los principios producen frutos. Los falsos maestros aquí descritos, probablemente aceptan como uno de sus puntos de partida la tesis: Todo lo que es físico o sensual contamina. No es difícil ver la forma en que este principio hizo que con el tiempo los seguidores del error le pusieran mala cara al matrimonio. Los alimentos también serían condenados, aunque, por supuesto, no en forma absoluta. El ayuno sería elogiado.

   Un cumplimiento temprano de la profecía se produjo en el segundo siglo. No es difícil comprender la forma en que los escrúpulos ritualistas judaicos, ya evidenciados en la cercana Colosas y en otros lugares (véase Col. 2 y cf. Ro. 14), hicieron alianza con la filosofía dualista pagana. Tenían en común el ascetismo, la renunciación a las comodidades de la vida con miras a lograr la felicidad y la perfección.

   La secta sincretista del segundo siglo en que la profecía se cumplió en parte, era el gnosticismo, que elevaba la gnosis, esto es, el conocimiento, a una posición de prominencia por sobre la pistis, esto es, la fe. Según este sistema, el buen Dios—el Dios de la nueva dispensación—no podía haber creado el mundo, porque el mundo es materia, y la materia es el asiento del mal. Fue el Jehová del Antiguo Testamento, el Demiurgo, el que creó el mundo, el cuerpo humano, la materia. Estos son nuestros enemigos.

   Deben ser derrotados. Por eso, todos los gnósticos favorecían “el abuso de la carne”. Pero este abuso de la carne puede expresarse en dos imperativos diametralmente opuestos: a. “Apártate de ella”; b. “Véncela dándole rienda suelta”. La primera era defendida por los gnósticos ascetas, entre ellos, Marción, Saturnino y Taciano,

la segunda forma era la de los gnósticos antinomianos o licenciosos, tales como los nicolaítas. Aquí en 1 Ti.4, el Apóstol Pablo predice y al mismo tiempo advierte la herejía de los primeros. El apóstol Juan (1 Jn. 3:4–10; Ap. 2:15, 20, 24), el apóstol Pedro (2 P. 2:12–19), y Judas (vv. 4, 8, 11 y 19) combaten la segunda.

   Pero las dos nunca están muy separadas. Pablo en realidad combate las dos variedades, porque no solamente tenemos estas declaraciones aquí en 1 Ti. 4, sino también la de 2 Ti. 3:1–9. Pero este es solamente un cumplimiento. Hay otros después; porque, aunque en sus formas antiguas el gnosticismo ha dejado de existir, su espíritu ha estado en evidencia repetidas veces a través de los siglos. También en nuestros tiempos, cuando quiera que se le ponga mala cara al Antiguo Testamento, cuando quiera que la razón humana es exaltada por sobre la fe cristiana, cuando quiera que la tesis: “el pecado es real y en esencia es rebelión contra Dios” sufra rechazo, o cuando quiera que la capacidad humana de salvarse a sí mismo sea proclamada (lo cual constituye una negación de Cristo como el único y perfecto salvador), el fantasma del gnosticismo anda al acecho nuevamente.

   El gnosticismo desprecia las ordenanzas de Dios, por ejemplo, la del matrimonio (Gn. 2:24) y la referente a los alimentos (Gn. 1:29, 30 y especialmente, Gn. 9:3). Estos seguidores del error, cuya venida Pablo en cierta medida describe, pero mucho más predice, mandan a los hombres que se abstengan de los alimentos que Dios creó para que quienes creen y conocen la verdad puedan participar de ellos con acción de gracias (literalmente, que Dios creó para participar de ellos con acción de gracias por los que creen y reconocen la verdad).

   Estas palabras se refieren a los alimentos, no al matrimonio. Por cierto, por implicación son aplicables a ambos, pero directamente sólo a los alimentos. El apóstol ha expresado su punto de vista favorable al matrimonio y la familia en pasajes tales como 1 Ti. 2:15; 3:2, 4, 12. Con respecto a los alimentos, entonces, nótese que Dios—el único Dios verdadero, que es el mismo en ambas dispensaciones—los creó. Por eso, no pueden ser malos o contaminantes. Y los creó con un propósito definido, a saber, “participar con agradecimiento” (1 Co. 10:30), de tal modo que el círculo se complete, y lo que vino de Dios pueda, en forma de gratitud, serle devuelto. Pero el hombre natural no puede derramar su corazón en gratitud a Dios. Por eso Pablo añade: “quienes creen y conocen la verdad”. La gozosa aceptación de la verdad conduce, no al ascetismo sino a la participación con acción de gracias. Este pensamiento recibe un énfasis mayor cuando Pablo continúa:

2° Titulo:

Falsas Doctrinas Que Corrompen El Evangelio. Gálatas 1:6 al 9. Estoy maravillado de que tan pronto os hayáis alejado del que os llamó por la gracia de Cristo, para seguir un evangelio diferente. No que haya otro, sino que hay algunos que os perturban y quieren pervertir el evangelio de Cristo. Mas si aún nosotros, o un ángel del cielo, os anunciare otro evangelio diferente del que os hemos anunciado, sea anatema. Como antes hemos dicho, también ahora lo repito: Si alguno os predica diferente evangelio del que habéis recibido, sea anatema. 

   Comentario: Sólo hay un evangelio verdadero:

   [6,7]. Hemos llegado a la parte de la carta donde comúnmente, según la costumbre de ese entonces, encontraríamos palabras de acción de gracias. Es obvio que en las epístolas de Pablo esta expresión de gratitud sería dirigida al verdadero Dios y no, como era común entre los gentiles, a esta o aquella divinidad pagana. Generalmente el apóstol expresaba su reconocimiento y agradecimiento por la gracia divina concedida a los destinatarios por la que habían sido capacitados para crecer en conocimiento, fe, amor, etc. Era una expresión de satisfacción interior, y frecuentemente era acompañada por una oración por que el avance registrado hasta ahora siguiera día tras día (Ro. 1:8ss; 1 Co. 1:4–9; Fil. 1:3–11; Col. 1:3ss; 1 Ts. 1:2ss; 2 Ts. 1:3ss). A veces la acción de gracias se expresaba en la forma de una doxología (2 Co. 1:3ss; Ef. 1:3ss).

   Pero en Gálatas nos encontramos con exactamente lo contrario. Lo que encontramos aquí no es la satisfacción sino el estupor: un asombro arrollador, una perplejidad penosa. Pablo dice: Estoy maravillado de que tan pronto os estéis alejando de aquel que os llamó (y que os estéis volviendo) a un evangelio diferente, el cual (en realidad) no es (ni siquiera) otro. Pablo a veces era severo.17 Él no era lisonjero. Por cierto, usó mucho tacto. Su costumbre era la de recomendar antes de empezar a condenar, usar palabras de alabanza y estímulo antes de usar palabras de crítica y advertencia. Hizo esto aun en 1 Corintios, que fue dirigida a una congregación no carente de fallas, tanto comunes como poco comunes. Pero en Gálatas la esencia misma del evangelio corre peligro. De no haber sido este el caso, Pablo habría sido muy tolerante, como lo prueba Fil. 1:15–18. Pero cuando el asunto es de suma importancia—la gloria de Dios y la salvación del hombre—la tolerancia tiene sus límites. Considerando la ocasión y propósito de Gálatas, como ya lo explicamos, no nos sorprende el carácter poco ceremonioso e inflexible de 1:6–10. Esto no significa que el apóstol no tuviera ninguna cosa entre los gálatas por la que dar gracias. Pero como estaban las cosas, tal reconocimiento debía esperar su turno (3:3; 4:12–15; 5:7).

   Pero, aunque 1:6–10 es un poco explosivo, no obstante, en cuanto a los gálatas mismos no es una explosión de enojo. Hay consternación más bien que indignación, asombro en lugar de resentimiento. Aunque Pablo les reprocha, no los rechaza. Aun ahora está convencido de que al final todo saldrá bien (5:10). El apóstol queda maravillado o asombrado al escuchar que los destinatarios están en proceso de cambiar su posición. El verbo que usa puede tener un sentido favorable o adverso; aquí el sentido es evidentemente el último, Además, los gálatas

están transfiriendo su lealtad tan pronto, esto es, demasiado pronto después de su conversión (4:12–15; 5:7); y por tanto, tan pronto después de que Pablo y sus compañeros trabajaron en su medio. Y son ellos mismos los que se estaban desviando a sí mismos; no era que sólo estaban siendo desviados. Tampoco era que se estaban apartando meramente de una posición teológica. Por el contrario, estaban en el proceso de transferir su lealtad de Aquel que en su gracia y misericordia les había llamado—es decir, de Dios (Ro. 4:17; 8:30; 9:11, 24; Gá. 1:15; Ef. 1:18; 4:1, 4; Fil. 3:14; 1 Ts. 2:12; 4:7; 2 Ts. 1:11; 2 Ti. 1:9)—a un evangelio diferente. Aquí se hace referencia al llamamiento que, como sucede siempre en Pablo, consiste en un llamamiento interno y eficaz: ese acto del Espíritu Santo, por medio del cual aplica poderosamente al corazón y la vida la invitación del evangelio. Esta aplicación la hace en ciertos individuos escogidos de entre todos los que en el curso de la historia reciben la invitación. Es un llamamiento para salvación, una salvación plena y libre por la avenida de la santificación. Hablando en forma general, el apóstol está convencido de que los gálatas recibieron ese llamamiento eficaz.

   Si se objeta que en el caso de los gálatas el llamamiento no pudo haber sido eficaz, ya que ellos estaban en el proceso de apartarse del Dios que los llamó, la respuesta es que esta posición sólo puede mantenerse si se pueda demostrar que los destinatarios, habiendo aceptado el evangelio con una fe viva y verdadera, después lo rechazaron por completo y murieron en ese estado, sin haber hecho caso a las exhortaciones contenidas en esta carta u otras amonestaciones subsecuentes. Como ya hemos dicho, Pablo mismo es mucho más optimista (5:10).   Con todo, debe recordarse siempre que la soberanía divina no abroga la responsabilidad humana y que, por tanto, Dios lleva a cabo su propósito eterno obrando de tal forma a través de su Espíritu en el corazón de los descarriados que ellos atiendan a las exhortaciones sinceras que se les hace. Las personas que persisten en su desobediencia hasta el último aliento de vida prueban con ello que jamás habían abrazado a Cristo con verdadera fe, aunque nominalmente hayan sido miembros de iglesia. El hecho que el llamamiento eficaz termina en la salvación del creyente (en otras palabras, que la gracia de Dios es irresistible, en el sentido de que no puede ser resistida eficazmente hasta el final) está claro por pasajes como Jn. 4:14; 10:28; Ro. 8:28–39; 11:29; 1 Co. 1:9 y Fil. 1:6. Existe una cadena de medios por los cuales el llamamiento llega a ser eficaz e irresistible, y las ardientes advertencias y la obediencia a ellas son eslabones importantes en esta cadena. A nadie le conviene darse el lujo de dar por sentada su salvación final. Todos debemos esforzarnos por entrar en ella. “Y como agradó a Dios comenzar su obra en nosotros por medio del evangelio, así también la preserva, continúa y perfecciona a través de escuchar y leer su Palabra, meditando en ella, y también por las exhortaciones, amenazas y promesas que en ella se encuentran, así como por los sacramentos” (Canones de Dort, V. 14). Nótese, ¡advertencias y amenazas!

   De modo que los gálatas se estaban volviendo hacia un evangelio diferente, es decir, a un evangelio que difiere radicalmente del que habían recibido de Pablo. El evangelio de Pablo era, “el hombre no es justificado por las obras de la ley, sino sólo mediante la fe en Cristo Jesús” (2:16; cf. Ro. 3:24; Ef. 2:8; Tit. 3:4–7). Los gálatas estaban abandonando ese evangelio en favor de uno diferente, uno que proclamaba la fe más las obras de la ley como el camino de salvación. Está por demás decir que este sustituto al que los destinatarios se estaban volviendo era un evangelio sólo de nombre, pero no lo era en la realidad. No era ningún evangelio, así como Pablo lo dice: “un evangelio diferente, el cual (en realidad) no es (ni siquiera) otro”. Se ha escrito mucho sobre la combinación “diferente … no otro”. La traducción que sostengo y que, de una manera u otra también es apoyada por la R.V.R., H.A., Williams, Goodspeed, Weymouth, etc. (contrástese la versión inglesa A.V.), ¡ha sido criticada severamente, y aun ridiculizada a veces! (NOTA DEL TRAD. Algunas versiones españolas traducen: “otro evangelio” (VRV 60, VP, BJer, etc.), pero añaden: “pero no es que haya otro”.

   En este caso los traductores hacen énfasis en que no hay otro evangelio. El énfasis cae sobre la palabra “otro”. La traducción de Hendriksen (“evangelio diferente”) hace caer el énfasis en “evangelio”: la predicación de los perturbadores ni siquiera es un evangelio diferente, en realidad no es ningún evangelio). Algunos han llegado a la conclusión de que Pablo está diciendo que los gálatas se están volviendo a otro evangelio, ¡que en realidad no es esencialmente diferente! (idea que ninguna de las versiones españolas citadas comunica).

   Pero el contexto es claro y decisivo: el evangelio (¿?) al que los gálatas poco a poco se están volviendo es una perversión del verdadero evangelio (v. 7); es un evangelio (¿?) cualitativamente diferente de aquel que Pablo y sus compañeros habían predicado a los gálatas (v. 8), y que éstos habían abrazado (v. 9); es un evangelio (¿?) tan malo que se invoca una maldición sobre aquel que pudiera—y también sobre aquel que realmente lo está

haciendo—anunciarlo. (vv. 8-9 respectivamente).

   Menospreciando semejante perversión del verdadero evangelio, el apóstol continúa: mas (el hecho es que) ciertos individuos están dejándoos confusos, y están intentando pervertir el evangelio de Cristo. Es obvio que Pablo se refiere a los legalistas extremos, a los judaizantes de Judea (cf. Hch. 15:1), quienes, aunque en un sentido muy general “venían de Jacobo” (Gá. 2:12), de ningún modo eran representantes de Jacobo o Santiago (Hch. 15:24). El apóstol en una forma muy descriptiva dice que estos “ciertos individuos”—¡no son tan importantes ellos se creen! —están dejándoos confusos. Literalmente el verbo significa sacudir, revolver, enturbiar, agitar, como cuando se afirma que el rey de Egipto se asemeja a un monstruo que enturbiaba las aguas con sus pies, contaminando así los ríos (Ez. 32:2). Figuradamente, como aquí, se refiere al trastorno que puede sufrir la mente y/o el corazón. De este modo, Herodes se trastornó y fue turbado profundamente cuando oía del nacimiento del rey de los judíos (Mt. 2:3); los discípulos se turbaban cuando creyeron que estaban contemplando un fantasma (Mt. 14:26); y Zacarías se turbó cuando vio al ángel (Lc. 1:12). Otra ilustración inolvidable en relación con el significado de esta palabra está en Jn. 14:1, donde Jesús, en la noche que fue entregado, dice a sus discípulos reunidos con él en el aposento alto, “no se turben más vuestros corazones” (véase C.N.T. sobre Jn. 14:1).

   Así que los gálatas estaban siendo arrojados a la confusión por hombres que querían y trataban de trastornar el evangelio que se enfoca en Cristo y lo glorifica a él, el evangelio Cristocéntrico. De veras, una enseñanza que afirma que los hombres son salvos por medio de la fe más las obras de la ley es una perversión del verdadero evangelio, que proclama las buenas nuevas de salvación (por gracia) mediante la fe sola. 8. Pablo continúa, Mas si aún nosotros mismos o un ángel del cielo os anunciare otro evangelio que el que os hemos anunciado, sea maldito; esto es, “aun si nosotros, los representantes humanos de Dios (yo, Pablo y mis ayudantes), o un ángel bueno, uno que descienda del cielo en la radiante luz de su perfecta santidad empezara a predicaros cualquier otra buena nueva diferente—y por tanto, contraria—al evangelio que nosotros anteriormente (en el primer viaje misionero y en la primera etapa de este segundo viaje misionero) les predicamos, que él (sea yo mismo, mis compañeros, aquel ángel) sea condenado.

   Hasta ahí el caso hipotético. Después sigue la realidad, en el versículo 9. Como antes hemos dicho, ahora lo repito de nuevo, si alguno os está anunciando otro evangelio que aquel que recibisteis, ¡sea maldito! La verdad expresada en la primera oración condicional (v. 8) refuerza en gran manera la expresada en la segunda oración (v. 9). El razonamiento es como sigue: si aún, mucho más entonces. Por cierto, Pablo está afirmando, “Si aún nosotros (yo o uno de mis compañeros) o un santo ángel debemos ser el objeto de la justa maldición de Dios en el caso de predicar un evangelio contrario al que nosotros, seres humanos, anteriormente os anunciamos, mucho más entonces se debe derramar la ira de Dios sobre estos autonombrados don nadie que se están haciendo culpables de este crimen”. Aquí la tormenta se descarga en toda su furia. El “sea maldito” de Pablo no es un mero deseo sino una invocación efectiva. El apóstol, como el representante plenamente autorizado de Cristo, está pronunciando la maldición sobre los judaizantes, que estaban cometiendo el horrendo crimen de llamar falso el verdadero evangelio y que estaban tratando de colocar el falso y ruinoso y peligroso evangelio en el lugar de aquel que sí salva.

   Pero esta severa condenación contra los perturbadores es a la vez una fervorosa protesta y advertencia dirigida a los gálatas, quienes estaban siendo desviados poco a poco, y que se estaban alejando efectivamente de aquel que los había llamado en su amor y misericordia. Que los destinatarios merecían esta reprensión es claro primero que todo porque ellos ya habían sido advertidos, y “guerra avisada no mata gente”, esto si uno hace caso de las advertencias.

    Cuando Pablo dice “como antes hemos dicho”, probablemente quiere decir que inmediatamente después del concilio de Jerusalén, él y Silas, dándose cuenta de que los judaizantes no estaban de ningún modo satisfechos con la decisión de este concilio y que de seguro usarían todos los medios posibles para anularla, les dijo claramente a los gálatas, “Es muy probable que inmediatamente después que nosotros, los verdaderos pastores, nos hayamos marchado, llegarán los lobos y tratarán de destruiros con sustituir el falso evangelio de la salvación por obras en el lugar del verdadero evangelio de la salvación por gracia por la fe sola. ¡Estad en guardia contra estos destructores!” Es posible que ya en el primer viaje misionero se hubiesen dado advertencias similares, pero con toda certeza en el segundo. Pablo añade, “ahora lo repito de nuevo”, etc. Notemos que ahora dice, “repito” (el yo está expresado en el verbo mismo), no dice “repetimos”. Esto se debe a que él solo es el escritor de esta epístola, él es el apóstol, revestido de toda autoridad, y sus asociados están ausentes en este momento. También más adelante Pablo continuaría advirtiendo a quienes fueron entregados a su cuidado acerca de peligros inminentes (Hch. 20:29ss.; cf. 2 Ti. 3:15; 4:1–5). En este respecto, como en muchos otros, seguía el ejemplo de su Maestro (Jn. 16:1, 4, 33). Y debido a que los gálatas no atendieron a las primeras advertencias, ahora merecieron esta reprimenda.

   En segundo lugar, merecieron esta reprimenda, porque no sólo les fue predicado el evangelio anteriormente (v. 8), sino que también lo habían aceptado (v. 9). En este respecto el versículo 9 tiene más que decir que el 8. El mensaje exterior había sido cambiado en convicción interna, en virtud del poder del Espíritu Santo. Ellos debieron haber guardado el depósito que se les había confiado.

   Bien podría presentarse la pregunta, “¿pero no estaba demasiado severo Pablo en su denuncia y en su reprensión?” “¿No es cierto que los judaizantes también creían en Jesucristo para la salvación, y que la única diferencia era que Pablo sólo requería la fe y que los que diferían con él añadían la obediencia estricta a ciertas ordenanzas mosaicas?” La respuesta es que la “añadidura” tenía la naturaleza de un repudio completo del carácter todo suficiente de la redención obrada por Cristo. Léase Gá. 5:2. Una bebida puede ser muy saludable y refrescante, pero cuando se le añade una gota de veneno, llega a ser mortífera. Cristo también usó lenguaje severo cuando condenó a los hipócritas de su tiempo (Mt. 23, especialmente los vv. 15 y 33). Los fariseos y los judaizantes tenían mucho en común, de hecho, estaban íntimamente relacionados (Hch. 15:5; Lc. 11:46; cf. Gá. 6:12, 13).

   Además, Pablo y el evangelio eran buenos amigos. Para él, el evangelio era las buenas nuevas de salvación que Dios anunciaba a un mundo perdido en pecado. Lo consideraba indispensable para la salvación (Ro. 10:14, 15), y estaba tan entusiasmado con respecto a ello que con mucho cariño lo llamaba “mi evangelio” (Ro. 2:16; cf. Ro. 1:16; 1 Co. 1:17; 9:16; 2 Co. 4:4; Fil. 1:17; 1 Ti. 1:11). Sobre el concepto evangelio y predicación del evangelio.

   La distinción que Pablo hace entre el evangelio verdadero y el falso también tiene sus aplicaciones para el día de hoy. Algunas ilustraciones:

(a). En un culto cristiano se cantan himnos que presentan la salvación por gracia. El, sin embargo, proclama un “evangelio” (¿?) totalmente diferente.

(b). El pastor visita a una familia y pregunta sobre el paradero de su hija ausente. Los padres le informan con regocijo que ella está por casarse con “un joven muy simpático, miembro de una iglesia a la que nuestra hija pronto se unirá”. ¿Ignoran estos padres que en aquella iglesia no se predica el verdadero evangelio? o ¿no es de importancia esto?

(c). En una “campaña” mucha gente firma tarjetas de decisión. Comienzan a asistir a varias iglesias, y en algunas de ellas el evangelio de la “campaña” ¡está prohibido!

3er Titulo:

Juicio Para Los Que Enseñan Falsas Doctrinas. 2ª de Pedro 2: 1 al 3. Pero hubo también falsos profetas entre el pueblo, como habrá entre vosotros falsos maestros, que introducirán encubiertamente herejías destructoras, y aun negarán al Señor que los rescató, atrayendo sobre sí mismos destrucción repentina. Y muchos seguirán sus disoluciones, por causa de los cuales el camino de la verdad será blasfemado, y por avaricia harán mercadería de vosotros con palabras fingidas. Sobre los tales ya de largo tiempo la condenación no se tarda, y su perdición no se duerme.

   Comentario: Herejías destructivas 2:1

   El tema que Pedro considera en este capítulo parecería ser lo opuesto al tema que desarrolló en el capítulo previo. En el capítulo 1, Pedro ya insinuaba la perniciosa influencia de los falsos maestros al asegurar a sus lectores que los apóstoles no habían seguido “cuentos ingeniosos” (v. 16). El da a entender que estas historias, perpetuadas por maestros que se oponían a Cristo, circulaban ya dentro de los confines de la comunidad cristiana.

   Cuando consideramos las falsas enseñanzas que la iglesia primitiva tuvo que enfrentar, nos es posible entender el deseo de Pedro de alentar a los creyentes a ser fuertes en su vida espiritual. Pedro trae toda la munición necesaria para que los cristianos se opongan exitosamente a los falsos maestros y derroten sus propósitos. La alerta a los cristianos acerca de la guerra que tienen que librar y los equipa con una armadura espiritual que les permita resistir y dispersar a las fuerzas anticristianas.

   Para Pedro ha llegado el momento de describir a estos enemigos de Jesucristo. En los primeros tres versículos de este capítulo él describe los objetivos de estos maestros (v. 1), demuestra el resultado que con sus actividades quieren lograr (vv. 2–3a) y menciona su inminente condenación y destrucción (v. 3b).

   [1a]. Hubo además falsos profetas entre el pueblo, como también habrá falsos maestros entre ustedes.

   Pedro marca el contraste entre los capítulos 1 y 2 mediante la palabra, además. El introduce un tema que es nuevo en su carta, pero conocido para cualquiera que conoce la historia de Israel. Por medio del término falsos profetas, Pedro logra traer a la mente de sus lectores la lucha espiritual que había tenido Israel en épocas anteriores. Mientras los verdaderos profetas comunicaban la Palabra de Dios al pueblo de Israel (1:19), hubo falsos profetas que introducían sus propias invenciones. A continuación, tenemos algunos casos en los cuales Dios manifiesta su oposición a los falsos profetas:

  1. Da instrucciones al pueblo de Israel para que den muerte al profeta que predique rebelión contra el Señor Dios (Dt. 13:5; 18:20).
  2. Compara a los falsos profetas con Sodoma porque ellos “cometen adulterio y viven una mentira” (Jer. 23:14; 6:13).
  3. Entre la gente sobre los que Dios derrama su ira son los profetas que expresan “falsas visiones y adivinaciones mentirosas” (Ez. 22:28).

   Estos profetas eran falsos por partida doble: primeramente, por su mensaje y en segundo lugar por reclamar para sí el oficio profético. Dios los condenó por la mentira que enseñaban y vivían. Además, residían entre el pueblo de Dios con el propósito de descarriarlo.

   Así como hubo falsos profetas en Israel, escribe Pedro, así “habrá falsos maestros entre ustedes”.

   Nótese que él utiliza el tiempo futuro para advertir al pueblo acerca de la llegada de tales falsos maestros. Él ha notado ya su presencia y sabe que vendrán otros. Lo que está diciendo es que los creyentes de la era cristiana pueden esperar tantos falsos maestros como el pueblo de Dios encontró en la época del Antiguo Testamento. Pedro repite la advertencia que Jesús hizo en su discurso acerca de las señales de los tiempos: “Mirad de que nadie os engañe. Porque vendrán muchos en mi nombre, diciendo; ‘Yo soy el Cristo’, y a muchos engañarán” (Mt. 24:4–5). Esta es una advertencia apostólica; Pablo, Juan y Judas hacen también la misma advertencia.

   [1b]. Estos introducirán encubiertamente herejías destructivas, llegando al extremo de negar al soberano Señor que los compró, atrayendo sobre sí una rápida destrucción.

   Nótese las siguientes preguntas:

(a). ¿Cuál es el objetivo de estos maestros? Pedro descubre sus prácticas y sus motivos cuando revela que estos falsos maestros, “encubiertamente introducirán herejías destructivas”. En forma furtiva e ilegal, entrarán en la comunidad cristiana para diseminar sus herejías.482 En el relato paralelo, Judas tiene virtualmente la misma redacción: “Porque se han infiltrado entre ustedes ciertos individuos, de quienes hace mucho tiempo se escribió que habrían de ser condenados” (v. 4).

(b). ¿Qué son las herejías? La palabra herejías deriva del verbo griego que significa tomar algo para uno mismo, escoger o preferir. Se refiere a determinado curso de pensamiento o acción que un individuo toma, o que un grupo de gente adopta, como artículo de fe o modo de vida. El resultado inevitable es aquella separación que le da al término herejía su connotación desfavorable. Como ejemplo tenemos a los fariseos que se separaban del pueblo judío, y el hecho de que los cristianos fuesen conocidos como una secta (Hch. 24:5, 14; 28:22). En la iglesia primitiva, notamos que Pablo le dice a Tito “al hombre que cause divisiones, después de una y otra amonestación, deséchalo” (Tit. 3:10; y Mt. 18:15–17; 2 Jn. 10).

(c). ¿Cuál es el resultado? Pedro no deja ninguna duda de que él usa el término herejía en un sentido negativo, ya que dice que los falsos maestros “introducirán encubiertamente herejías destructivas”. La lectura literal es: “herejías de [para] destrucción”. Los falsos maestros, entonces, entraban disimuladamente en la comunidad cristiana con doctrinas concebidas para destruir la vida espiritual y moral de los cristianos. El término destrucción aparece dos veces en la parte final de este versículo. Pedro escribe que estos maestros, a causa de sus actividades anticristianas, atraen “sobre sí una rápida destrucción”. Al entrar furtivamente en la iglesia con el propósito de destruir a sus miembros con falsas doctrinas, estos maestros se destruyen a sí mismos. Es más, se abocan una misión suicida.

(d). ¿Eran los falsos maestros exmiembros de la iglesia? La respuesta a esta pregunta debe ser afirmativa. Pedro escribe que estos maestros llegan “al extremo de negar al soberano Señor que los compró”.

   Nótese que Pedro enfáticamente añade el pensamiento aún. Además de trastornar a los creyentes, estos maestros siguen diciendo que no tienen nada que ver con el soberano Señor que los compró. La expresión soberano Señor puede referirse tanto a Dios (Lc. 2:29; Hch. 4:24; Ap. 6:10) como a Cristo (Jud. 4).

   A Jesús se le ha dado toda autoridad y potestad en los cielos y en la tierra (Mt. 28:18). La palabra griega que se utiliza es despotes, de la cual recibimos el derivativo déspota. Está estrechamente vinculada con el verbo comprar. En el Nuevo Testamento este verbo griego aparece 25 veces en un marco comercial, “pero en otras 5 ocasiones describe la ‘compra’” de cristianos. Esto claramente refleja la terminología contemporánea del mercado de esclavos” (véase 1 Co. 6:20; 7:23; 2 P. 2:1; Ap. 5:9; 14:3 [redimido]).  Con su sangre Cristo ha comprado a su pueblo para que haga su voluntad. Pero estos falsos maestros se niegan a obedecerle, llegando así al colmo de su insolencia para con su Señor soberano.

   Así como un amo ha comprado esclavos de los cuales espera obediencia, así Jesús es un Señor soberano que ha comprado sus siervos y demanda obediencia. Pero en vez de obedecer a Jesús, estos siervos siguen rechazándole (cf. Heb. 10:29). Se trata de “cristianos apóstatas que han repudiado a su Señor”. A su debido tiempo, por lo tanto, Jesús los destruirá súbitamente.

Consideraciones doctrinales en 2:1

   La cláusula que los compró presenta dificultades para el intérprete. ¿Pueden aquellos a quienes Cristo ha redimido llegar a perderse? ¿Perdieron los falsos maestros su salvación? Algunos comentaristas afirman que “Cristo los compró al tremendo precio de su sangre para que le pertenezcan para siempre”. Pero el hecho de que los maestros se enfrentaban con una rápida destrucción contradice esta interpretación.

   Comentando acerca de esta cláusula, Henry Alford afirma confiadamente: “Ninguna afirmación acerca de la redención universal puede ser más clara que ésta”. Pero si Jesús les hubiese dado a estos maestros vida eterna, ellos nunca se habrían apartado. La Escritura enseña claramente que aquellas personas a quiénes Jesús les ha dado vida eterna “nunca perecerán” (Jn. 10:28; Ro. 8:29–30; 32–35; Ef. 1:3–14).

   Si bien la muerte de Cristo era suficiente para redimir a todo el mundo, su eficacia sale a la luz solamente en el caso del pueblo escogido de Dios. ¿Fueron los falsos maestros receptores de la gracia salvífica de Dios? Aparentemente que no, ya que repudiaron a Cristo. Si observamos las palabras “negando al soberano Dios que los compró” a la luz del contexto más amplio, descubrimos una clave. Notamos que en algún momento estos falsos maestros confesaban el nombre de Cristo, porque decían que le conocían a él y al camino de la justicia (2:20–21).

   Dieron a conocer que Jesús los había comprado, pero eventualmente rechazaron a Cristo y dejaron la comunidad cristiana. Como escribe Juan: “Salieron de nosotros, pero no eran de nosotros” (1 Jn. 2:19; y Heb. 6:4–6; 10:26–29). Por lo tanto, su negación de Cristo demostró que ellos no habían sido redimidos.

  1. Prácticas vergonzosas: 2:2–3

   Pedro revela a qué situación lleva la adhesión a las falsas enseñanzas. Presenta una descripción gráfica de la suerte de los cristianos crédulos que siguen a los falsos maestros. Demuestra además que su ejemplo sirve como una dura advertencia.

[2]. Muchos los seguirán en sus prácticas vergonzosas y por causa del ellos se hablará mal del camino de la verdad.

   El efecto de esta infiltración en la comunidad cristiana es dañino, ya que “muchos seguirán” a estos falsos maestros. A pesar de la enseñanza y del consejo apostólico, numerosos cristianos estarán dispuestos a escuchar los “cuentos ingeniosos” (1:16). Jesús específicamente advierte: “Guardaos de los falsos profetas, que vienen a vosotros con vestido de oveja, pero por dentro son lobos rapaces” (Mt. 7:15). Lamentablemente, sin embargo, muchos cristianos adoptarán afanosamente las enseñanzas y el estilo de vida de estos herejes (obsérvese que el mismo verbo aparece en 1:16). En vez de rehuir sus malas prácticas, los cristianos crédulos “siguen sus prácticas vergonzosas”.

   ¿Cuáles son esas prácticas vergonzosas? En el griego, Pedro vuelve a utilizar esta expresión cuando describe a los habitantes sexualmente inmoral de Sodoma y Gomorra. El escribe: “[Dios] libró a Lot, el justo abrumado por la conducta nefanda de los malvados” (v. 7, bastardillas añadidas). Las palabras en bastardillas son una traducción del mismo término griego. En consecuencia, entendemos que el término significa excesos y abusos sexuales.

   La enseñanza y la conducta van de la mano. Lo que los falsos maestros enseñaban, eso también practicaban, con el inevitable resultado que los cristianos que los seguían pusieron la manera cristiana de vivir en entredicho.

   El cristiano vive, por así decirlo, en casa de vidrio, ya que los vecinos incrédulos están siempre observando la conducta cristiana. Al aceptar falsas doctrinas y al caer en la inmoralidad, estos cristianos atraían vergüenza sobre “el camino de la verdad”. Nótese que Pedro toma esta expresión, “camino de la verdad”, del Salmo 119:30 (“He escogido el camino de la verdad”). Por otra parte, a él le gusta utilizar el término camino: “el camino de la verdad” (v. 2), “el camino recto” (v. 15), “el camino de la justicia” (v. 21). Estas frases son sinónimas y reflejan la expresión idiomática el Camino que designa al cristianismo en sus primeras etapas (Hch. 9:2; 19:9, 23; 24:14, 22). En su primera epístola, Pedro pide a los creyentes que “mantengan una conducta tan ejemplar entre los paganos que, “aunque ellos os acusen de hacer lo malo, puedan ver vuestras buenas obras y glorifiquen a Dios” (2:12; y 3:16; 4:15). El cristianismo no es simplemente una forma de vivir. El cristianismo está guiado por la verdad del evangelio. “La verdadera doctrina debe producir una verdadera vida”.

   [3]. Llevados a la avaricia, estos maestros se aprovecharán de ustedes con relatos inventados por ellos. Desde hace mucho tiempo la condenación se cierne sobre ellos, y su destrucción no se ha dado el lujo de dormir.

   Vale la pena notar dos puntos:

(a). Propósito. ¿Qué es lo que impulsa a estos falsos maestros? La respuesta de Pedro es breve: la codicia. Tienen interés en el dinero que los cristianos tienen. Cuando logran su propósito, descubren que la codicia los mueve a obtener más. La codicia engendra codicia. Los falsos maestros, dice Pedro, son “expertos en la avaricia” (v. 14). En sus epístolas, Pablo advierte contra este pecado. El identifica la avaricia con la idolatría (Col. 3:5). La gente que ha caído en el pecado de la avaricia se excluye a sí misma del reino de Dios, porque han cortado el vínculo entre Dios y la criatura (Ro. 1:29; 1 Co. 5:10; 6:10; Ef. 5:3). Adoran al dinero en vez de a Dios.

   Los falsos maestros, advierte Pedro a sus lectores, “se aprovecharán de ustedes con relatos inventados por ellos”. Estos entran en la comunidad cristiana con historias inventadas que los creyentes ingenuos aceptan como evangelio. Pablo también conoce a estos inescrupulosos mercaderes de la mentira que no están interesados en las almas de la gente sino en sus posesiones. El escribe: “Pues no somos como muchos … sino con sinceridad … hablamos en Cristo” (2 Co. 2:17).

   Pedro emplea la palabra aprovecharse para describir las actividades de estos maestros. Este es un término tomado del mundo comercial, en el que el mercader sólo tiene interés en sacar su tajada. El comprador inadvertido se transforma en un objeto de la explotación. Nótese que Pedro escribe el pronombre personal ustedes para advertir a los creyentes acerca de las pérfidas tretas de estos negociantes.

(b). Castigo. ¿Cuál es el destino de estos falsos maestros? Dios tiene el control de cada situación y los ha consignado a la perdición y a la destrucción. “Desde hace mucho tiempo la condenación se cierne sobre ellos y su destrucción no se ha dado el lujo de dormir”. La declaración de Pedro demuestra un típico paralelismo hebreo. La segunda cláusula apoya la primera, ya que los sustantivos y verbos de estas cláusulas corresponden.

   Dios pronunció un veredicto sobre esta gente hace mucho (véase Jud. 4). ¿Cuál es el significado del término hace mucho tiempo? Pedro explica este término en el contexto subsiguiente cuando describe el destino de los ángeles caídos, la destrucción de la gente inicua de los días del diluvio y la condenación de Sodoma y Gomorra (vv. 4–9). En suma, la frase apunta a sucesos similares del pasado.

   El vocabulario que Pedro adopta se deriva del ámbito legal. Dios es el Juez que decide el veredicto.

   El veredicto que Dios ha pronunciado es la destrucción final de la parte culpable. Pedro ya ha declarado que esta destrucción será rápida (v. 1; 3:7). Estos maestros que han recibido el veredicto de Dios son como prisioneros que están en capilla; su condenación pende sobre ellos. Literalmente el griego dice: “su juicio … no está inactivo” (BdA). Pedro personifica la palabra destrucción al describirla como alguien que no duerme. El juicio y la destrucción son dos fuerzas que están en acción y que despiertan para cumplir su mandato en obediencia a Dios. Dios no permitirá que estos hombres malvados escapen de su castigo.

4° Titulo:

Instrucción Para Reconocer Falsas Doctrinas. 1ª de Juan 4:1 al 3. Amados, no creáis a todo espíritu, sino probad los espíritus si son de Dios; porque muchos falsos profetas han salido por el mundo. En esto conoced el Espíritu de Dios: Todo espíritu que confiesa que Jesucristo ha venido en carne, es de Dios; y todo espíritu que no confiesa que Jesucristo ha venido en carne, no es de Dios; y este es el espíritu del anticristo, el cual vosotros habéis oído que viene, y que ahora ya está en el mundo. 

   Comentario: Con este texto comienza Juan la tercera parte de su epístola; la primera sección comienza en 1:5 y la segunda en 2:18. Hay un perceptible paralelo claro entre la segunda y la tercera parte. Ambas partes los siguientes temas los hijos de Dios, el amor por Dios y por el prójimo y una advertencia contra el anticristo.

   En los primeros versículos de cada sección, Juan habla de los anticristos o falsos maestros. Exhorta a los lectores a poner a prueba la enseñanza de los falsos profetas. Los cristianos deben ser capaces de detectar las falsas enseñanzas y de examinar los espíritus que las expresan.

   [1]. Queridos amigos, no creáis a todo espíritu, sino probad los espíritus para ver si son de Dios, porque muchos falsos profetas han salido al mundo.

   Como sabio pastor que es, Juan se dirige en primer lugar a sus lectores usando palabras de tierno afecto. Los llama “queridos amigos” (compárese con 3:21; 4:7). Después de esto, Juan, con buen tacto, advierte a los lectores en contra de los falsos maestros y les dice que no deben creer a todo espíritu. Él quiere que se den cuenta de que hay dos esferas espirituales en este mundo: una de ellas es el ámbito del Espíritu Santo; la otra es el ámbito del demonio. El Espíritu Santo mora en los hijos de Dios (3:24), pero el espíritu del demonio mora en los falsos profetas que hablan en su nombre.

(a). “No creáis a todo espíritu” (Consultar Jer. 29:8; Mt. 24:4; Ef. 5:6; 1 Ti. 4:1). Por supuesto, no podemos ver a un espíritu, pero podemos oír y entender las enseñanzas de dicho espíritu. La palabra espíritu es, por lo tanto, equivalente a “enseñanzas”.

   Parecería ser que algunos de los primeros lectores de esta epístola estaban comenzando a creer en los falsos profetas que decían que su enseñanza era una revelación del Espíritu Santo. Juan exhorta a los lectores a distinguir cuidadosamente entre las enseñanzas del Espíritu de Dios y las falsas enseñanzas. No toda enseñanza es un oráculo del Espíritu de Dios. Por consiguiente, Juan aconseja a los cristianos a “probar los espíritus para ver si son de Dios” y a verificar toda enseñanza a la luz de la Palabra de Dios (compárese con 1 Ts. 2:4; 5:21).

(b). “Muchos falsos profetas han salido al mundo”. Sabemos que los falsos maestros habían hecho del mundo su sala de conferencias. Deseaban ser oídos por un buen número de cristianos. En su discurso acerca del fin de los tiempos, Jesús nos advierte: “Porque falsos Cristo y falsos profetas aparecerán y harán grandes señales y milagros para engañar aun a los escogidos—si tal cosa fuera posible” (Mt. 24:24; consúltese también Ap. 2:2).

  1. Una prueba: 4:2–3

   [2]. En esto podéis conocer al Espíritu de Dios: todo espíritu que reconoce que Jesucristo ha venido en la carne es de Dios, [3]. pero todo espíritu que no reconoce a Jesús no es de Dios. Este es el espíritu del anticristo, del cual habéis oído que viene, y que ya está ahora en el mundo.

   Nótense las siguientes observaciones:

(a). Confesión. Juan les da a sus lectores una fórmula para determinar si un espíritu viene de Dios o del diablo: el cristiano reconoce al Espíritu de Dios en todo aquel que abiertamente confiesa que Jesucristo es a la vez humano y divino, y que ese Jesucristo, que es el Hijo de Dios, “ha venido en la carne”. Aquí tenemos, entonces, el principio establecido para probar si una enseñanza determinada proviene del Espíritu Santo (véase también 1 Co. 12:3).

   En el original griego, Juan usa el tiempo perfecto para las palabras ha venido a fines de indicar que Jesús vino en naturaleza humana y que aún ahora en el cielo conserva esa naturaleza humana. Vale decir que además de su naturaleza divina él también tiene una naturaleza humana. El teólogo alemán del siglo dieciséis Zacarías Ursino preguntaba si estas dos naturalezas están separadas la una de la otra. Esta es la respuesta:

   De ninguna manera; porque al ser la naturaleza divina ilimitable y omnipresente, resulta que, aunque se halle fuera de la naturaleza humana que ha tomado, no deja de estar también en la misma y permanece con ella unida personalmente.

   Las Escrituras enseñan que el Cristo es Jesús, quien en su carácter de divino redentor nuestro comparte nuestra naturaleza humana (Heb. 2:14–15). Cualquier enseñanza que profese la humanidad de Cristo tiene su origen en Dios. También lo contrario es cierto; así lo hace notar C. H. Dodd: Ningún oráculo que niegue la realidad de la encarnación, por más inspirado que sea, puede ser aceptado por los cristianos como verdadera profecía”.

(b). Negación. Jesús dijo: “A todo aquel que me confiese ante los hombres, también yo le confesaré ante mi Padre que está en los cielos. Pero cualquiera que me niegue delante de los hombres, yo también le negaré delante de mi Padre que está en los cielos” (Mt. 10:32–33 (BdA); véase también Jn. 8:47; 2 Jn. 7). Todo aquel que separa la naturaleza humana de Jesucristo de la naturaleza divina habla sin autoridad de Dios. Y todo aquel que niega la naturaleza humana de Jesús o su naturaleza divina, “no es de Dios”. Además, todo aquel que enseña que cuando Jesús fue bautizado recibió de Dios un espíritu divino, y que este espíritu abandonó a Jesús cuando murió en la cruz, distorsiona el evangelio. Y finalmente, todo aquel que dice que después de la muerte de Jesús Dios le designó Hijo de Dios, no representa la verdad de la Palabra de Dios. Ninguno de los maestros de este tipo habla como representante de Jesucristo, ni ha sido comisionado por Dios ni es portavoz del Espíritu de Dios en este mundo.

   Si bien Juan se dirige a la iglesia del primer siglo, nada ha cambiado desde aquel entonces. Hoy en día tenemos numerosos maestros y predicadores que niegan que Jesucristo es humano y divino. No son de Dios, dice Juan. De hecho, él cataloga al espíritu que promueve tal negación como “el espíritu del anticristo”.

(c). Designación. Juan repite aquel pensamiento que ya expresara anteriormente en su epístola: “El anticristo viene, y aun ahora muchos anticristos han venido” (2:18; consultar también 2 Jn. 7). Ahora dice: “El anticristo viene, y ya está ahora en el mundo”. El piensa en “todos los principios y poderos, todas las características esenciales del anticristo: aquello que … podríamos llamar ‘la naturaleza anticristiana’”. Ese espíritu anticristiano está ya aquí y se expresa insidiosa y a veces violentamente contra Jesucristo y sus seguidores (compárese con 2 Ts. 2:3–8).

Consideraciones prácticas en 4:1–3

   Sin excepción, los nuevos teólogos liberales rehúsan aceptar la doctrina bíblica de que Jesucristo siempre ha sido, es y seguirá siendo el Hijo de Dios, que vino del cielo para redimir a su pueblo, que tomó sobre sí mismo nuestra humanidad sin dejar de ser verdaderamente divino, que resucitó corporalmente de entre los muertos y ascendió con su cuerpo glorificado al cielo, y que regresará en el día designado por Dios con el mismo cuerpo con el cual ascendió. Si uno compara la enseñanza de estos teólogos con la enseñanza de Dios, se dará cuenta de que sus opiniones están basadas en la filosofía humana y no en la Escritura. Pregúnteles qué piensan del Cristo, y luego vaya a su Biblia y estudie las enseñanzas de las Escrituras (Mt. 16:15).

   Tenemos también a los miembros de las sectas. De dos en dos recorren los barrios, tocan su timbre y anuncian que son misioneros—aunque no llevan Biblias. Cuando uno los escucha, pronto se da cuente de que no traen la enseñanza de Cristo. El apóstol Juan aconseja, “si alguien viene a vosotros y no trae esta enseñanza [de Cristo] no lo aceptéis en vuestra casa ni le deis la bienvenida” (2 Jn. 10).

   ¿Qué quiere decir Juan? Él quiere decir que solamente puedes recibir a los miembros de una secta en tu casa cuando tú quieres enseñarles a ellos acerca de Jesucristo. Diles que eres feliz en el Señor, porque él es tu Salvador, y que estás complacido de presentarles a Jesucristo. Entonces serás tú un misionero del Señor y tendrás el control de la situación. ¡Pero si no tienes la intención de enseñarle a estos visitantes acerca del Señor, no los recibas en tu hogar!

AMEN, PARA LA GLORIA DE DIOS.

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Hno Roberto Saldías Roa

Miembro de la IEP en Nacimiento Bajo, nació en el evangelio del Señor en la Iglesia de Laja 1975. Casado con María Nahuelmán, estudia teología de manera autodidacta. Me gusta mucho leer y escribir.

 

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