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Lunes 28 de mayo de 2018: “La conciencia aprueba o reprueba nuestra conducta”.

Lunes 28 de mayo de 2018: “La conciencia aprueba o reprueba nuestra conducta”.

Lectura Bíblica: Romanos Cap. 2, versículos 12 al 16. 12 Porque todos los que sin ley han pecado, sin ley también perecerán; y todos los que bajo la ley han pecado, por la ley serán juzgados; 13 porque no son los oidores de la ley los justos ante Dios, sino los hacedores de la ley serán justificados. 14 Porque cuando los gentiles que no tienen ley, hacen por naturaleza lo que es de la ley, éstos, aunque no tengan ley, son ley para sí mismos, 15 mostrando la obra de la ley escrita en sus corazones, dando testimonio su conciencia, y acusándoles o defendiéndoles sus razonamientos, 16 en el día en que Dios juzgará por Jesucristo los secretos de los hombres, conforme a mi evangelio.

Definiciones:

Conciencia: Conocimiento interior del bien que debemos hacer, y del mal que debemos evitar (Hch.23:1, 1 Ti.1:5, Heb.13:18). Ro.2:14-15,1 Cor.8 Si lo que dice tu conciencia está en contra de lo que dice la Iglesia, es que no estás inspirado por el Espíritu Santo, sino por el Espíritu de Satanás; si desprecias a la Iglesia, estás despreciando a Cristo (Lc.10:16)..

Facultad común a todos los hombres (Ro 2.13–15) que nos permite discernir entre el bien y el mal y nos impulsa a escoger entre los dos. Tanto la naturaleza como la Biblia enseñan que la conciencia opera en todo nuestro ser en relación con los problemas de carácter moral. La conciencia es uno de los aspectos de nuestra semejanza a Dios y prueba que somos responsables ante el tribunal del Creador. En cierto sentido la voz de la conciencia pura refleja la voluntad de Dios y nuestro deber es obedecerla.

No obstante, el pecado influye adversamente en la conciencia y cuando esta se corrompe va perdiendo su sensibilidad moral. Como todos sufrimos las consecuencias del pecado original, ya no se puede identificar la voz de la conciencia con la de Dios. Al hombre depravado, los malos deseos le tergiversan y pervierten el juicio. La conciencia de Saulo, por ejemplo, le impulsaba a perseguir a los cristianos (Hch 26.9). Su pecado consistía en no aprovechar los medios a su alcance para enmendar e iluminar su conciencia.

Una conciencia «buena y limpia» (1 Ti 1.5; 3.9), rociada con la sangre de Cristo e iluminada por el Espíritu Santo (Ro 9.1), discierne claramente la voluntad de Dios. El hombre, así, debe procurar «tener siempre una conciencia sin ofensa ante Dios y ante los hombres» (Hch 24.16). Si la gracia de Dios no purifica una conciencia «contaminada o débil» (1 Co 8.7), «corrompida» (Tit 1.15), «mala» (Heb 10.22) o «cauterizada» (1 Ti 4.2), será una conciencia vengadora e instrumento de espantoso y eterno remordimiento, como lo demuestra el caso de Judas.

Comentario: Versiculos 12–13. Porque todos los que han pecado en ignorancia de la ley [o: aparte de la ley] perecerán aunque no conocieron la ley [o: parecerán aparte de la ley]; y todos los que han pecado conociendo la ley [o: bajo la ley] serán juzgados por la ley. Porque no son los oidores de la ley los que son justos ante [los ojos de] Dios, sino que son los hacedores de la ley los que serán pronunciados justos.

La afirmación que toda persona será juzgada según sus obras (vv. 6–11) recibe clarificación y ampliación en el presente pasaje. El apóstol subraya el hecho de que lo que cuenta tanto ahora como en el día del Gran Juicio no es si la gente haya poseído la ley o la haya oído leer en la sinagoga o en otra parte, sino si ellos hayan conducido sus vidas en armonía con sus requisitos.

Aquellos que han pecado en ignorancia de la ley—Cf. 1 Co. 9:21—en otras palabras, los gentiles, perecerán aunque no conocieron la ley. Es evidente de los vv. 21, 22 que al usar la palabra “ley” el apóstol tiene especialmente en mente al Pentateuco, o más precisamente, a la ley de los Diez Mandamientos. Cf. Ro. 13:8–10. Ellos perecerán debido a sus pecados. Y por otra parte, los que han tenido el privilegio de poseer o de oír la ley no deben pensar que este hecho de por sí será de algún beneficio para ellos ante Dios. Por el contrario, desobedecer la ley que está siendo constantemente repetida en los oídos de uno hará que su condena sea mucho más severa. No aquellos que simplemente oyen, sino aquellos que oyen y hacen serán declarados justos.

Es necesaria aquí una palabra de advertencia. Debe tenerse en cuenta que en esta ocasión el apóstol no está haciendo un contraste entre le justificación por la fe y la justificación por las obras de la ley. Aquellos que así deseen interpretar lo que él esta diciendo harían que Pablo se contradijera, ya que el propósito expreso de esta carta es demostrar que una persona no es justificada por las obras de la ley, sino por la fe en Cristo. No, la antítesis de que él habla aquí en 2:12, 13 es entre dos grupos de personas: (a) los que no sólo oyen mas también obedecen, y

(b) los que simplemente oyen. Véase Mt. 7:24–29. Es claro que son los primeros que son pronunciados justos por Dios. Cf. Lv. 18:5, “si los obedeces [a mis estatutos], vivirás”.

Interpretada de esta manera, esta regla tiene validez aun para aquellos creyentes que están viviendo en la nueva dispensación. Precisamente porque han sido librados de la maldición de la ley, tanto más están ahora más profundamente obligados no sólo a oír sino también a obedecer al evangelio. Por medio de sus buenas obras, resultando de la gratitud, ellos demuestran que por la gracia y el poder soberano de Dios ellos la han entregado a él sus corazones. Solamente en él colocan su confianza. De él han recibido su posición de justos ante los ojos de Dios.

Cuando Pablo trata la antítesis: Justificación por la fe o por obras, él dejará bien en claro que no es por obras sino por la fe que una persona es justificada (Ro. 3:20, 28; 4:2; Gá. 2:16; 3:11, 12). Véase también sobre 3:20, 28.

Versiculos 14–15. Porque cuando los gentiles que no poseen la ley por naturaleza hacen las cosas requeridas por la ley, ellos son una ley para sí mismos, aunque no tengan la ley, porque demuestran que la obra requerida por la ley está escrita en sus corazones, de lo que sus conciencias también dan testimonio, y sus pensamientos entre ellos, ya sea acusándolos o defendiéndolos.

Algunos traductores o expositores consideran que los vv. 14, 15 son un paréntesis. Una de las razones para esta construcción es que el v. 15 no parece vincularse naturalmente con el v. 16.

Las objeciones a la idea de un paréntesis que comienza en el v. 14 son:

  1. La conexión entre los vv. 13 y 14 es demasiado estrecha como para justificar la arbitraria separación que unparéntesis ocasionaría.
  2. Colocar entre paréntesis de los vv. 14, 15 no resuelve la dificultad de eliminar esta aparentemente poco naturalconexión—o la falta de conexión—entre los vv. 15 y 16.

Según yo lo veo, la solución del problema se encuentra en la dirección indicada por J. Denney en su comentario al. v. 16. El v. 16 debe vincularse con los verbos principales de todo el pequeño párrafo; el justo juicio de Dios será revelado (v. 5); todos los que pecan bajo la ley serán juzgados (v. 12); y los que obedecen la ley serán declarados justos, (v. 13), todo esto tendrá lugar y quedará en claro “en el día en que … Dios juzgará los secretos de los hombres (v. 16). Ridderbos afirma de modo algo similar que para entender correctamente e. v. 16 uno debería anteponer “Todo esto quedará clara” a lo que el versículo dice. Véase mi traducción. Similar a ésta es la traducción del v. 16 que se halla en la versión de Phillips, a saber; “Podemos estar seguros de que todo esto se tomará en cuenta en el día”, etc. Lo que tenemos en el v. 16 es casi seguramente un caso de “expresión abreviada.”

Lo dicho es suficiente respecto a la construcción de estos versículos. En cuanto al significado de los versículos 14, 15, nótese lo siguiente:

 Pablo acaba de decir que ya sea que una persona haya pecado ignorando la ley o conociéndola—que sea gentil o judío, la misma será tratada como transgresora si se conduce de modo contrario a la santa ley de Dios. Cada persona recibirá un castigo o una recompensa proporcional a sus hechos (véase v. 6). Esto no borra el hecho de que la medida de luz que cada uno haya recibido será tenida en cuenta. Véanse Amos 3:2; Lc. 12:47, 48.

Se podría objetar: “¿Pero es esto justo para con el gentil? Al fin y al cabo, él no tiene la menor noción de la ley de Dios. ¿Por qué debe él recibir castigo alguno?”

Como ya se aclaró en los vv. 14, 15, esta objeción no es válida. Aunque el gentil no tenga la ley tal como ésta fuera originalmente escrita en tablas de piedra (Ex. 24:12), Dios escribió en su corazón—respecto a esta expresión consúltese Jer. 31:33; 2 Co. 3:3—lo que era requerido por la ley. Dios lo equipó con un sentido de lo bueno y lo malo. El no permitió que ni aun los gentiles quedaran totalmente sin algún testimonio respecto a Dios. Cf. Sal. 19:1–4; Hch. 17:26–28; Ro. 1:28, 32. Esto explica el hecho de que los gentiles sean “una ley a sí mismos”. Por naturaleza—es decir, sin que haya impulso o guianza proveniente de código escrito alguno, o sea, espontáneamente en cierto sentido—el gentil hará a veces ciertas cosas que la ley de Dios requiere. Por ejemplo, es amable para con su esposa e hijos, es generoso para con los pobres, promueve la honestidad en el gobierno, da muestras de valor en la lucha contra el crimen, etc.

Lo que Dios ha escrito en su corazón encuentra respuesta en la conciencia de este hombre. Como lo implica la etimología de la palabra, tanto en griego como en español (proveniente del latín), la conciencia es un conocimiento que va junto con (o compartido con) la persona. Es ese sentido interno que cada individuo tiene de lo bueno y de lo malo; su conocimiento moral (en cierta medida impartido divinamente) manifestado en su capacidad de pronunciar juicio sobre sí mismo, es decir, sobre sus pensamientos, actitudes, palabras y hechos, sean y pasados, presentes o propuestos para el futuro. Como lo afirma el pasaje, los pensamientos o juicios resultantes son ya condenatorios o, en algunos casos, hasta laudatorio. Para más sobre la conciencia véase 9:1; 13:5.60

Versículo 16. (Todo esto se pondrá en claro) en el día en que, según mi evangelio, Dios, a través de Jesucristo, juzgará los secretos de los hombres.

La vinculación que hay entre este versículo y el contexto precedente ya ha sido considerado. El significado del versículo 16, entonces, apunta a lo siguiente: que en el día del juicio final “todo esto”—los pensamientos, palabras, acciones, motivaciones de los hombres y las evaluaciones de Dios—se pondrán en claro. Es en aquel día en que Dios juzgará no sólo las obras visibles de los hombres sino aun sus secretos (Ec. 12:14; Lc. 12:3; 1 Co.4:5).

Hay algunos asuntos adicionales que demandan nuestra atención:

  1. Dios juzgará “a través de Jesucristo”.

Es cierto que en el original el modificador “a través de Jesucristo” está situado a bastante distancia de “Dios juzgará”, y que está mucho más cerca de “según mi evangelio”. Es por esta razón que algunos expositores vinculan “mi evangelio” con “a través de Jesucristo”. Llegan a la conclusión que lo que el apóstol dice en realidad es que fue Jesucristo quien le había confiado a él el evangelio. Ahora bien, en sí el hecho de que Pablo recibiera el evangelio de manos de Cristo no sólo es cierto sino que es aun digno de ser enfatizado. Véase C.N.T. sobre Gá.1:1. Pero lo cierto es que esto no es lo que ocupa la mente de Pablo aquí en Ro. 2:16. Aquí, como frecuentemente también en otros lugares, el énfasis recae en el hecho de que Dios juzgará a la humanidad por medio de su Hijo, Jesucristo. Un pasaje que en más de un aspecto corre paralelo a Ro. 2:16 es 1 Co. 4:5: “Por lo tanto no juzguéis nada antes del tiempo fijado. Esperad a que regrese el Señor, quien sacará a la luz las cosas ocultas en la oscuridad y expondrá los motivos de los corazones de los hombres”. Otros pasajes en que se enseña, ya directamente o por implicación, la verdad que Dios juzga a través de Jesucristo son Mt. 25:31–36; Jn. 5:22; Hch. 17:31; 2 Co. 5:10.

  1. Visto que “lo mismo … son las tinieblas que la luz” ante Dios (Sal. 139:12), no debe extrañar que Dios, a través de Cristo, juzgará tanto lo que se haya hecho en la oscuridad como lo hecho a la luz del día.
  1. Pablo añade la expresión “según mi evangelio”. Era el evangelio del apóstol porque le había sido entregado a él en su plenitud por el Señor, y porque él, Pablo, lo amaba. Considérese sus palabras “¡Ay de mí si no predico el evangelio!” (1Co. 9:16). Las buenas nuevas no están completas sin ese parte importantísima que tiene que ver con el glorioso día del regreso de Cristo para ejecutar su juicio, un día de alegría suprema para todo hijo de Dios. Sólo para mencionar algunos ejemplos de la importancia que el apóstol concedía a esa segunda venida, nótense los siguientes pasajes: Ro. 8:18–23; 1 Co. 15:20–58; Fil. 3:20, 21; 1 Ts. 1:10; 2:19, 20; 3:13; 4:13–18; 5:1–11, 23, 24; 2 Ts. 1:5–10; 2:1s; Tit. 2:11–14.

Antes de dejar este importante pasaje (Ro. 2:14–16), hay una lección más que deseo poner ante la atención del lector. Esa lección es: en nuestras opiniones doctrinales debemos tratar de evitar los extremos.

Nótese como, por implicación, Pablo nos enseña este principio. El está en medio del proceso de establecer la tésis de que hay solamente una manera en que el pecador, ya sea gentil o judio, puede lograr ser acepto a Dios. Ese camino había sido abierto por Dios mismo. Los gentiles necesitan esta “justificación por la fe” ya que “aunque conocieron a Dios, ni lo glorificaron como Dios ni le dieron gracias”. Los judíos también la necesitan porque “practican las mismas cosas”. Tanto los gentiles como los judíos son, por naturaleza, malos … malos … malos.

Con todo, en medio de esta sección aparece la afirmación que dice: “los gentiles que no poseen la ley por naturaleza hacen las cosas requeridas por la ley”. En otras palabras, Pablo no se olvida de que hay un sentido en que es legítimo decir que los no regenerados pueden hacer lo bueno. La imagen de Dios en el hombre no ha sido completamente destruida.

Este nos hace recordar a Calvino, quien de modo similar evitaba extremos al escribir sobre este mismo tema. En su obra Institución de la religión cristiana, él habla de “la universal condición de la corrupción humana”. Nótese también lo siguiente “… que el hombre de tal manera se halla cautivo bajo el yugo del pecado, que por su propia naturaleza no puede desear el bien en su voluntad, ni aplicarse a el”. Sin embargo, él también dice: “… siempre ha habido algunos que, tomando la naturaleza por guía, han procurado durante toda su vida seguir el sendero de la virtud … pues vemos que algunos por inclinación natural, no solamente hicieron obra heroicas, sino que se condujeron honestísimamente toda su vida. Pero hemos de advertir que en la corrupción universal de que aquí hablamos aun queda lugar para la gracia de Dios; no para enmendar la perversión natural, sino para reprimirla y contenerla dentro”.

Cuando Aristóteles dio el consejo de que la gente debería prestamente servir a quienes estuvieran en necesidad, y cuando ordenó que a su muerte algunos de sus esclavos fueran puestos en libertad, ¿no estaba él, en un sentido, haciendo el bien? ¿No registra el Antiguo Testamento actos de generosidad hechos por gentiles tales como Ciro (Esd. 1:1–4; 5:13–17), Darío (6:1–12), y Artajerjes (7:11–26)? Nótese lo que dice Esdras respecto a lo que este ultimo hizo (7:27, 28). 2 Cr. 24:20–22 no da la impresión de que Josías fuera un hijo de Dios. Sin embargo, 2 Cr. 24:2 dice: “Y Joás hizo lo recto a los ojos del Señor todos los días de Joiada el sacerdote”.

Cuando el secretario de Efeso calmó a los amotinados (Hch. 19:35–41, ¿no fue esto en alguna medida una buena obra? Cuando romanos en puestos de gran responsabilidad protegieron al apóstol Pablo (Hch. 23:12–30; 27:43), ¿no fue esto algo digno de alabanza? Y lo que hicieron aquellos “bárbaros” que a Pablo y sus compañeros les “trataron con no poca humanidad; porque encendiendo un fuego, nos recibieron a todos, porque llovía y hacía frio” (Hch. 28:2), ¿no fue acaso una manifestación de “bondad”?

Es cierto, el hombre es por naturaleza “totalmente depravado”, en el sentido en que la depravación ha invadido cada aspecto de su ser: mente, corazón y voluntad. Para que se salve, es Dios quien debe salvarlo. El hombre no puede salvarse a sí mismo. Esto, sin embargo, no puede significar ni significa que él es “absolutamente depravado”, tan malo como puede ser, tan malo como el demonio mismo. ¿O acaso no enseñó Jesús que hay un sentido en que hasta el inconverso puede hacer “lo bueno”? Véase Lc. 6:33.

“La lección que Pablo enseña—a saber, ¡Eviten los extremos! debe ser bien aprendida”.

 

1er Titulo:

Nuestra Conciencia Debe Estar Instruida En La Voluntad De Dios. 2a a los Corintios1:12. Porque nuestra gloria es esta: el testimonio de nuestra conciencia, que con sencillez y sinceridad de Dios, no con sabiduría humana, sino con la gracia de Dios, nos hemos conducido en el mundo, y mucho más con vosotros.

Comentario:

Versículo 12. Porque en esto consiste nuestro orgullo: es el testimonio de nuestra conciencia que con sencillez y sinceridad hacia Dios, y no con sabiduría humana sino con la gracia de Dios, que nos hemos conducido en este mundo y en especial hacia vosotros.

  1. «Porque en esto consiste nuestro orgullo». En todas sus epístolas, pero especialmente ensu correspondencia corintia, Pablo, en muchas ocasiones, usa el verbo enorgullecerse y elsustantivo orgullo. Quiere que los corintios sepan que él sigue considerándolos como algo de qué enorgullecerse, y les dice que su orgullo debe ser en el Señor (1 Co. 1:31; 2 Co. 10:17; véase Jer. 9:24). Enorgullecerse como lo hace la arrogancia humana, es pecado, porque el Dios trino debe recibir toda la gloria y el honor. El orgullo humano debe desvanecerse y Dios ser glorificado. Los cristianos, pues, nunca deben ensalzarse, sino en la sola gloria del Señor Jesucristo (Ro. 5:11; Gá. 6:14; Fil. 3:3).

¿De qué se enorgullece Pablo? Le ofrece toda la gloria a Dios por capacitarlo para vivir una vida ejemplar, por su gracia. Por haber recibido la gracia de Dios, Pablo expresa su gratitud por ser el orgullo de los corintios (v. 14). Así describe él su orgullo:

  1. «Es el testimonio de nuestra conciencia que con simpleza y sinceridad hacia Dios, y nocon sabiduría humana sino con la gracia de Dios, que nos hemos conducido en este mundo yen especial hacia vosotros». Pablo introduce el testimonio de la conciencia de cada cual al establecer una sala de justicia, por así decirlo (cf. Hch. 23:1). Porque para Pablo, la conciencia supone la facultad de conceder a una persona «el sentido moral de que se juzgue a sí misma ». La conciencia de una persona es inocente o culpable y, consecuentemente, debe absolverse o condenarse. En el caso de Pablo, el testimonio de su propia conciencia era irreprochable. Su conciencia, a la luz de una vida entregada al servicio de Dios, lo absolvía.

Pablo ministraba al pueblo de Dios con «simpleza y sinceridad hacia Dios». Soportaba la crítica y la oposición verbal de un cierto número de personas de la comunidad corintia. Pero su meta en esta vida era hacer su trabajo en la presencia de Dios, con inequívoca atención y pureza de motivos. El reformador del siglo XVI, Juan Calvino, exponía el mismo motivo con la divisa de «te ofrezco mi corazón, Señor, con prontitud y sinceridad».

Aunque la palabra griega haploteti (sencillez) habla por sí misma, una variante nos ofrece la lectura de hagioteti (santidad), que algunos traductores han adoptado. No es fácil elegir entre las dos; pero el hecho de que Pablo use haploteti en otras cuatro ocasiones en esta epístola, parece inclinar la balanza en favor de sencillez (8:2; 9:11, 13; 11:3). Asimismo, esta palabra concuerda con el contexto mejor que el término santidad. Plenamente dedicado y con completa sinceridad (2:17), Pablo desarrolla su labor como ministro del evangelio, como cualquiera puede comprobar por sí mismo. En este marco, demuestra su amor por el pueblo de Dios en Corinto.

  1. «Y no con sabiduría humana sino con la gracia de Dios». Pablo acentúa un contraste entredos cualidades: la sabiduría del mundo y la gracia de Dios. La sabiduría en la que Pabloestá pensando no tiene su origen en Dios y, por lo tanto, la rechaza. Por otro lado, Pablo recibe la sabiduría celestial, que le llega a él por la gracia de Dios, que es la que lo ha capacitado para ser ministro fiel de la palabra (1 Co. 15:10).
  2. «Que nos hemos conducido en este mundo y en especial hacia vosotros». La conducta dePablo había sido impecable, y todo el mundo podía ver sus obras y oír sus palabras. Así comoJesús, que hablaba abiertamente al mundo y no decía nada en secreto (Jn. 18:20), Pablo no tenía nada que esconder.

El mensaje del evangelio es para toda gente de cualquier nacionalidad. Pero ahora, Pablo se interesa por los corintios, porque él es su padre espiritual por medio del evangelio (1 Co. 4:15). Durante dieciocho meses Pablo trabajó sin pago en Corinto. Nunca pidió ayuda material, para que la causa del evangelio pudiera prosperar (1 Co. 9:17–18). Nadie jamás podría haber dicho en Corinto que Pablo había trabajado para su propio beneficio. Su conducta había estado, y seguía estándole, por encima de cualquier reproche.

 Pensamiento:  Job 27.6 En medio de todas las acusaciones, Job fue capaz de declarar que su conciencia estaba limpia. Sólo el perdón de Dios y una determinación a vivir una vida recta delante de Él pueden producir una conciencia limpia. Cuán importante llegó a ser su hoja de vida cuando estaba siendo acusado. Al igual que Job, no podemos declarar que no hay pecado en nuestra vida, pero sí podemos declarar que tenemos vidas perdonadas. Cuando confesamos nuestros pecados a Dios, somos perdonados y podemos vivir con conciencias limpias (1 Juan 1.9). 2 de Corintios 1.12-14 Pablo sabía la importancia de la santidad y la sinceridad en palabra y acción, especialmente en una situación como la de Corinto en la que la crítica constructiva era necesaria. Así que no fue a ellos con un conocimiento humano impresionante (palabras de sabiduría). Dios quiere que seamos reales y transparentes en todas nuestras relaciones. Si no lo somos, motivaremos rumores, chismes e interpretaciones erróneas.

 

2° Titulo:

Negar La Fe De Cristo Es Entregarse a Una Conciencia Reprobada. 1 Timoteo 4:1 y 2. 1Pero el Espíritu dice claramente que en los postreros tiempos algunos apostatarán de la fe, escuchando a espíritus engañadores y a doctrinas de demonios; 2por la hipocresía de mentirosos que, teniendo cauterizada la conciencia,

Comentario: versiculo1. Pero el Espíritu dice expresamente que en tiempos venideros algunos se apartarán de la fe. “El Espíritu dice”, esto es, “está ahora diciendo”. ¿A quién estaba hablando el Espíritu? Hch. 20:29,30 me lleva a pensar que el apóstol quiso decir “a mí” (quizás también a otros). Entonces, el Espíritu está diciendo que “en tiempos venideros”—eras de esta nueva dispensación, eras definitivamente señaladas en la presciencia de Dios—algunos se apartarán o apostatarán de la fe (en sentido objetivo), del cuerpo de verdad redentora, la religión cristiana.

El Espíritu estaba diciendo esto expresamente (“en palabras claras”). No había dudas ni vaguedad al respecto. Doce años antes, hablando a los ancianos de las iglesias de la misma región en que Timoteo estaba ahora laborando, Pablo les había dicho: “Yo sé que después de mi partida entrarán en medio de vosotros lobos rapaces, que no perdonarán el rebaño. Y de vosotros mismos se levantarán hombres que hablen cosas perversas para arrastrar tras sí a los discípulos”. Pocos años después de ese discurso anotado en Hechos 20, al escribir a los Colosenses desde su primer encarcelamiento en Roma, el apóstol les había advertido contra la aceptación del error de que la fe en Cristo y su obra expiatoria debía ser suplementada por creencias ascéticas y las prácticas correspondientes (Col. 2). Y ahora, al escribir a Timoteo desde Macedonia, el Espíritu Santo le informa claramente que el error, ya presente en su forma incipiente, crecerá y se desarrollará en la forma indicada en el v. 3.

Los hombres se apartarán de la fe prestando atención a espíritus seductores y a doctrinas de demonios. Como el contexto lo indica (y también véase 1 Jn. 4:6 donde el “espíritu seductor” se pone en contraste con el “Espíritu de verdad”), estos espíritus no son hombres, sino demonios. Como planetas erráticos entre las constelaciones, estos espíritus vagan; más aún, hacen que los hombres vaguen. Seducen, descarrían. Cuando uno les presta oídos está prestando atención a doctrinas de demonios (cf. 2 Co. 4:4; Ap.13:11, 14).

Versículo 2. Estas doctrinas están (encarnadas) en (las) declaraciones hipócritas de quienes hablan mentiras.

Como Satanás hizo uso de la serpiente para engañar a Eva, y esto por medio de una declaración hipócrita (Gn. 3:1–5: estaba escondiendo su verdadero objetivo; porque mientras pretendía elevar a Eva a un nivel superior de gloria, para que pudiera ser “como Dios”, su verdadero propósito era destronar a Dios y tomar él el trono para sí), así estos espíritus seductores o demonios hacen uso de hombres que hablan mentiras, y que hablan piadosa y eruditamente a fin de esconder su propia arrogancia o inmoralidad.

Estos hipócritas se describen como teniendo la conciencia cauterizada (literalmente, “que están cauterizados en cuanto a su propia conciencia”). Al argumentar constantemente con la conciencia, al acallar sus advertencias y apagar el sonido de su campana, finalmente han llegado al punto en que la conciencia ya no les molesta. El entristecer al Espíritu Santo ha llevado a resistirlo, y el resistirlo a apagarlo. Entonces, por medio de su propia rebelión y obstinación, la conciencia habrá sido cauterizada (y esto será permanentemente). Se les ha endurecido. Un buen ejemplo es Balaam (Nm. 22:12, 19, 21, 32; 25:1–3;2 P. 2:15; Ap. 2:14).

Definición: de Cauterizar: kausteriazo (kausthriavzw,2743), quemar con un hierro de cauterizar (cf. el vocablo castellano cáustico). Se halla, en los mejores mss., en 1 Ti 4.2: «teniendo cauterizada la conciencia». Otros tienen kauteriazo (de kauterion, hierro de cauterizar, o de marcar), marcar con un hierro candente, acto no tan severo como el indicado por el término anterior. La referencia es a apóstatas cuyas conciencias están cauterizadas por los efectos de su pecado.

Pensamiento: Claves para una vida sabia El creyente sabio ve la trampa que le tiende el debate teológico estéril y lo evita, Comprendiendo que la verdad es más práctica que teoría, juzga todas las doctrinas por sus frutos, no por cómo suenan. De esa manera evita el engaño de doctrinas inspiradas por el demonio que parecen buenas, pero que al final traen destrucción y muerte.

No olvides que algunos abandonarán la fe en Jesucristo, inspirados en doctrinas demoníacas. Comprende que la hipocresía es una puerta abierta a los espíritus mentirosos. Los mentirosos creerán la «mentira».

Pensamiento del Diario Vivir: 4.1 Los «últimos tiempos» empiezan con la resurrección de Cristo y continuarán hasta su regreso, cuando establezca su reino y juzgue a toda la humanidad.

4.1, 2 Los falsos maestros eran y aún son una amenaza para la iglesia. Jesús y los apóstoles nos advirtieron repetidamente en contra de ellos (véanse, por ejemplo, Marcos 13.21–23; Hechos 20.28–31; 2 Tesalonicenses 2.1–12; 2 Pedro 3.3–7). El peligro que Timoteo enfrentó en Éfeso parece haber venido de ciertas personas en la iglesia que seguían a algunos filósofos griegos que enseñaban que el cuerpo es malo y que sólo importaba el alma. Los falsos maestros rehusaron creer que el Dios de la creación era bueno, porque su sólo contacto físico con el mundo lo ensuciaría. Aunque estos miembros de la iglesia influenciados por los griegos honraban a Jesús, no podían creer que fuera en realidad hombre. Pablo sabía que si sus enseñanzas no eran controladas, podrían distorsionar grandemente la verdad cristiana.

No es suficiente que un maestro aparente saber de lo que está hablando, que es disciplinado y moral, o que diga que habla en nombre de Dios. Si sus palabras contradicen la Biblia, su enseñanza es falsa. Como Timoteo, debemos guardarnos de cualquiera enseñanza que haga que los creyentes diluyan o rechacen cualquier aspecto de su fe. Tales enseñanzas falsas pueden ser muy directas o en extremo sutiles.

4.1–5 Pablo dijo que los falsos maestros eran mentirosos hipócritas que incitaban a la gente a seguir a «espíritus engañadores y a doctrinas de demonios». Satanás engaña a la gente ofreciendo una hábil imitación de lo real. Los falsos maestros daban normas estrictas (como prohibir al pueblo a que se casara o que comiera ciertos alimentos). Esto los hacía aparecer auto-disciplinados y justos. Su disciplina estricta para el cuerpo, sin embargo, no pudo quitar el pecado (véase Colosenses 2.20–23). No debemos dejarnos impresionar indebidamente por las credenciales o el estilo de un maestro, sino que debemos mirar a su enseñanza sobre Cristo. Sus conclusiones acerca de Cristo muestran la fuente de su mensaje.

¿Que Significa tener una conciencia cauterizada?

La conciencia cauterizada es mencionada en 1 Timoteo 4:2, donde el Apóstol Pablo habla acerca de aquellos cuya conciencia ha sido “cauterizada” o dejada insensible en la misma forma que una piel de animal marcada con un hierro llega a ser insensible a más dolor. Para los seres humanos, tener una conciencia cauterizada es el resultado de pecar continua e impenitentemente. Finalmente, el pecado enturbia el sentido moral del bien o del mal, y el pecador impenitente se hace insensible a las advertencias de la conciencia, que Dios ha puesto en cada uno de nosotros para que nos guíen (Romanos 2:15).

En el momento de la salvación, somos limpiados del pecado heredado de Adán y todos los pecados personales. Pero al seguir en nuestro camino como cristianos, seguimos siendo proclives al pecado. Cuando pecamos, Dios nos ha dotado de un método de “limpieza” para restaurarnos al punto de la salvación. “Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad.” (1 Juan 1:9). Cuando nos dejamos practicar pecados de actitud mental, estamos apagando al Espíritu Santo. Se nos manda a no apagar al Espíritu Santo, Quien nos habita (1 Tesalonicenses 5:19). Cuando seguimos en nuestros pecados de actitud mental sin confesarlos, y comenzamos a practicar estos pecados en nuestros cuerpos (Santiago 1:15), entristecemos al Espíritu Santo, algo que no debemos hacer (Efesios 4:30). Una vez más, tenemos la opción de confesar y arrepentirnos, o continuar en el pecado y retroceder espiritualmente. Cuando seguimos con el pecado, nuestras almas empiezan a ser moralmente insensibles. Por fin llegamos a un punto donde nuestra conciencia está cauterizada y no es capaz de ayudarnos a discernir entre el bien y el mal. Es como si un hierro caliente se aplicó a nuestra conciencia, y lo destruyó. Y lo que es peor, podemos llegar al lugar donde no nos importa cuán pecaminosos somos. Esto es lo que se quiere decir en 1 Timoteo 4:2, donde Pablo se refiere a los falsos maestros, llamándolos “embusteros hipócritas, que tienen la conciencia encallecida.” (NVI) Se puede ver esto fácilmente con el mal puro. Un asesino en serie, por ejemplo, ha tenido su conciencia cauterizada, y ya no funciona ni le guía en lo que es correcto e incorrecto.

Los cristianos que siguen pecando a pesar de la disciplina divina pueden de hecho pecar ellos mismos de esta vida y a la presencia de Dios. Dios puede llevar un creyente pecaminoso al cielo a fin de impedirlo hacer más daño a sí mismo y a su testimonio para el santo nombre del Señor. “Si alguno ve a su hermano cometer un pecado que no lleva a la muerte, ore por él y Dios le dará vida. Me refiero a quien comete un pecado que no lleva a la muerte. Hay un pecado que sí lleva a la muerte, y en ese caso no digo que se ore por él. Toda maldad es pecado, pero hay pecado que no lleva a la muerte.” (1 Juan 5:16,17). Estos pecados no nos hacen perder nuestra salvación, pero sin duda alguna afectan nuestra relación con Dios y con los demás. Somos sabios si nunca nos deterioramos hasta el punto de tener la conciencia cauterizada.

Pensamiento: Mateo 27.18-19 Aunque tenía el deber de hacer justicia, Pilato demostró estar más interesado en la política que en la justicia. Tuvo varias oportunidades de tomar la decisión correcta. La conciencia le decía que Jesús era inocente; la ley romana decía que un inocente no debía morir; y su esposa había tenido un sueño perturbador. Pilato no tenía excusa para condenar a Jesús, pero temía a la turba. (Mateo 27:18-19. 18Porque sabía que por envidia le habían entregado. 19Y estando él sentado en el tribunal, su mujer le mandó decir: No tengas nada que ver con ese justo; porque hoy he padecido mucho en sueños por causa de él.).

 

3er Titulo:

Ejemplo De Buena Conciencia De Los Fieles Ante Dios. Los Hechos 24:16.Y por esto procuro tener siempre una conciencia sin ofensa ante Dios y ante los hombres.

Comentario:

Análisis del versiculos 15 y 16. (para mayor comprensión): 15. Sostengo la misma esperanza en Dios que estos hombres tienen: que ciertamente hay una resurrección tanto para los justos como para los malos. 16. Por lo tanto, yo siempre hago lo mejor para mantener una conciencia limpia ante Dios y los hombres.

Hacemos las siguientes observaciones:

  1. La esperanza. Pablo afirma categóricamente que él tiene la misma esperanza en Dios que la que tienen sus acusadores. ¿Cuál es esta esperanza en Dios? En pocas palabras, es la doctrina de la resurrección de los muertos. Cuando Pablo compareció ante el Sanedrín y se dio cuenta que el sumo sacerdote Ananías no quiso hacerle un juicio justo, Pablo les gritó de que él pertenecía al partido farisaico y que era juzgado “por la esperanza en la resurrección de los muertos” (23:6). Ante Félix, volvió al mismo asunto: la esperanza de Israel, que aquí llama la esperanza en Dios. Una vez más, el escenario es montado para un conflicto entre los judíos que aceptan la doctrina de la resurrección y los que no. Pero debido a que sus acusadores están en la presencia del gobernador, conservan la paz.
  2. La resurrección. La doctrina de la resurrección se enseñó en los tiempos del Antiguo Testamento (Dan. 12:2). A lo largo del período intertestamental y del tiempo de Jesús y los apóstoles, esta doctrina era parte de lo que Israel creía. Pablo, como los fariseos, enseñaba la doctrina de la resurrección, aunque los saduceos la rechazaban.

En sus epístolas, expone su creencia en la doble resurrección de los muertos: la de los justos y la de los injustos. (Hay que tomar en cuenta que algunas de sus cartas ya estaban escritas en el tiempo del juicio y circulaban entre las iglesias.) Emil Schürer escribe, “La idea nunca fue completamente aceptada; muchos continuaron esperando sólo una resurrección de los justos”. De todos modos, Jesús enseña que todas las personas tienen que enfrentar el juicio (Mt. 25:31–46) y todos los muertos, los que han hecho lo bueno, y los que han hecho lo malo, resucitarán para ser juzgados (Jn. 5:28–30; véase también Ap. 20:12. Concordando con la enseñanza de Jesús sobre este punto doctrinal, Pablo hace referencia a la resurrección de los justos y de los injustos, que es seguida por el juicio y la venida del reino de Cristo (c.f. 2 Ti. 4:1).

Para los apóstoles, la enseñanza sobre la resurrección de Jesús era fundamental a la fe cristiana. Tanto Pedro como Pablo proclaman esta doctrina en sus sermones y discursos ante sus audiencias judías y gentiles. De esta enseñanza derivaron el credo de la resurrección general de los creyentes y de los incrédulos. Pablo mismo abrigaba la firme convicción que después de su partida de esta vida, su cuerpo sería levantado de la muerte, enfrentaría el juicio, y estaría con Cristo eternamente.

  1. La conciencia. “Por lo tanto, yo siempre hago lo mejor para mantener una conciencia limpia ante Dios y los hombres”. Pablo dice que él pone todo su empeño en tener una conciencia libre de pecado, sin ofensa ni culpa. Elige las mismas palabras que había pronunciado ante al Sanedrín pocos días antes, cuando dijo, “Hasta este día, he vivido mi vida con una conciencia perfectamente clara ante Dios” (23:1). Lo están juzgando por enseñar la verdad fundamental de la resurrección de entre los muertos (véase v. 21). Sin embargo, su conciencia está limpia de culpa ante Dios y los hombres debido a que constantemente se esfuerza por hacer la voluntad de Dios: proclamar su verdad revelada.

Pensamiento: Como es lógico, procuramos huir de hacer cosas que las Escrituras prohíben, pero algunas veces la Biblia no dicen nada. Será necesario seguir nuestra conciencia. «Todo lo que no proviene de fe, es pecado» significa que ir en contra de una convicción dejará a una persona con conciencia de culpa o intranquila. Cuando Dios nos muestra que algo es malo para nosotros, debemos evitarlo. Sin embargo, no debemos despreciar a otros cristianos que hacen uso de su libertad en esos aspectos.

Pablo dirigió estas palabras a creyentes que no habían sido incomodados por haber comido carne ofrecida a los ídolos. Aunque estos no eran reales y el ritual de la ofrenda pagana no tenía sentido, el comer carne de ese tipo ofendía a los cristianos de conciencias más sensibles. Pablo dice, por esto, que si un hermano más débil o menos maduro pudiera interpretar erróneamente sus acciones, ellos debieran, por consideración, evitar comer carne ofrecida a los ídolos. (1 Corintios 8.7.Pero no en todos hay este conocimiento; porque algunos, habituados hasta aquí a los ídolos, comen como sacrificado a ídolos, y su conciencia, siendo débil, se contamina.).

 

4° Titulo:

Solo La Sangre De Nuestro Señor Jesucristo Puede Limpiar Nuestra Conciencia. Hebreos 9:13 y 14. 13Porque si la sangre de los toros y de los machos cabríos, y las cenizas de la becerra rociadas a los inmundos, santifican para la purificación de la carne, 14¿cuánto más la sangre de Cristo, el cual mediante el Espíritu eterno se ofreció a sí mismo sin mancha a Dios, limpiará vuestras conciencias de obras muertas para que sirváis al Dios vivo?

Comentario:

  1. La sangre de Jesús purifica nuestras conciencia: 9:11–14 (Se toma del Versic. 11 hasta el 14 para su mejor entendimiento)

La repetición es la madre del aprendizaje. Esta es una regla básica que el escritor de Hebreos aplica consistentemente. El introdujo el tema de la entrada del sumo sacerdote al Lugar Santísimo en 9:7; la desarrolla en 9:11–12; y la resume en 9:25. Cristo ofreció su propia sangre para obtener redención para su pueblo.

Versiculos 11 y 12: Cuando Cristo vino como sacerdote de las buenas cosas que ya están aquí, pasó a través del tabernáculo mayor y más perfecto no hecho por el hombre, es decir, que no es parte de esta creación. 12 No entró por medio de la sangre de machos cabríos y de becerros, sino que entró el Lugar Santísimo una vez pare siempre por medio de su propia sangre, habiendo obtenido una redención eterna.

Estos dos versículos constituyen una oración hermosamente construida y equilibrada. El pensamiento básico es que Cristo pasó a través del tabernáculo (v. 11) y entró en el Lugar Santísimo (v. 12). Los expositores han quedado perplejos acerca de la identidad del tabernáculo: ¿a qué se refiere el escritor de Hebreos cuando escribe la frase un tabernáculo mayor y más perfecto?

Notemos los siguientes puntos mientras buscamos una respuesta.

  1. La venida. El escritor regresa a su tema de que Jesús es sumo sacerdote (2:17; 3:1; 4:14; 5:5, 10; 6:20; 7:26–28; 8:1–2). El introduce intencionalmente a Jesús como Cristo (no como Jesús como Hijo) para demostrar que él es el Mesías, Aquel cuya venida Israel aguardaba. Y declara que la llegada de Cristo sin duda ya ha tenido lugar, puesto que Cristo se ha hecho presente como sumo sacerdote.

El texto puede ser traducido de dos maneras. Algunas traducciones leen: “Cristo vino como sumo sacerdote de las buenas cosas que ya están aquí”. Otras traducciones tienen la lectura “de las buenas cosas por venir”. Una traducción se relaciona con el presente, la otra con el futuro.

¿Cómo resolvemos la dificultad? En otras palabras, ¿cuál de las dos traducciones merece la preferencia? La lectura buenas cosas por venir es similar a la redacción de Heb. 10:1. Es posible que un escriba que estaba copiando 9:11 haya sido influido por la lectura de 10:1. La lectura más difícil es la que carece de un paralelo inmediato y es la que debe ser entonces preferida—en este caso “las buenas cosas que ya están aquí”

¿Cuáles son estas buenas cosas que Cristo ha provisto? El escritor de Hebreos no lo dice. Pero presumimos que él sugiere que son la estrecha comunión que Dios tiene con su pueblo, el conocimiento de Dios y de su ley en los corazones y mentes de su pueblo, y la remisión del pecado que Dios le ha otorgado a su pueblo (8:10–12). Las bendiciones que Cristo ha traído desde su venida son innumerables; por esta razón el escritor habla en términos generales y escribe “las cosas buenas que ya están aquí”.

  1. El destino. Cristo “pasó a través del tabernáculo mayor y más perfecto no hecho por el hombre”. Debemos notar que el escritor ha elegido el título oficial de Cristo y no el nombre personal, Jesús. El pone el énfasis, por lo tanto, en la función oficial de Cristo como sumo sacerdote.

Notamos también que 9:11 tiene un paralelo en 8:1–2, “Tenemos tal sumo sacerdote, que se sentó a la diestra del trono de la Majestad en el cielo, y que sirve en el santuario, el verdadero tabernáculo establecido por el Señor, no por el hombre”. Y 9:11 tiene otro paralelo en 9:24: “Porque Cristo no entró en un santuario hecho por el hombre, que era sólo una copia del verdadero; él entró en el cielo mismo, para presentarse ante Dios a favor nuestro”. Estos pasajes revelan que “el tabernáculo mayor y más perfecto” está en el cielo, es decir, ante la presencia de Dios. No hemos de tomar literalmente las palabras pasó a través, como si Cristo hubiese pasado a través del tabernáculo hacia otro lugar. En 4:14 el escritor de Hebreos dice que “tenemos un gran sumo sacerdote que traspasó los cielos”. El desea comunicarnos el pensamiento de que Jesús ha ido al cielo.

El escritor se expresa con bastante precisión el decir que el tabernáculo mayor y más perfecto no ha sido hecho por el hombre, “es decir, que no es parte de esta creación”. En los primeros siglos de la era cristiana, los intérpretes de la Biblia pensaban que la palabra tabernáculo de 9:11 significaba el cuerpo de Cristo, pero el escritor de Hebreos elimina esta posibilidad por medio de su comentario explicativo de que el tabernáculo “no es parte de esta creación”. Toda cosa perteneciente a la creación, aun el cielo visible, queda descartada por el comentario preciso del escritor. La morada de Dios en el cielo, donde los ángeles rodean su trono y la innumerable multitud de los santos canta su alabanza, es increada; no pertenece a la creación revelada a nosotros por Dios mediante su Palabra y obra. El tabernáculo que Moisés erigió y Dios llenó con su gloria (Ex. 40:35) difiere del “tabernáculo mayor y más perfecto” que está en los cielos. El tabernáculo celestial da a los santos libre acceso a Dios porque ningún velo separa a Dios del hombre. Cristo abrió el camino a Dios en base a su obra como mediador hecha en la tierra.

  1. El medio. ¿Cómo entró Cristo en el cielo? ¡Por medio de su muerte en la cruz! El escritor lo expresa de esta manera: “No entró por medio de la sangre de machos cabríos y de becerros, sino que entró al Lugar Santísimo una vez para siempre por medio de su propia sangre”.

La expresión machos cabríos y becerros es un recordatorio del Día de la expiación. En ese día, una vez el año, el sumo sacerdote entraba al Lugar Santísimo con la sangre de un becerro y de un macho cabrío. El sumo sacerdote tenía que rociar la sangre del becerro como expiación por los pecados del pueblo (Lv. 16:11–17). La implicación es que la sangre de los animales lograba el perdón y la reconciliación.

 ¡Cuán diferentes son las cosas con el gran sumo sacerdote Jesucristo! Cristo “entró al Lugar Santísimo una vez para siempre por medio de su propia sangre, habiendo obtenido una redención eterna”. El es sumo sacerdote y sacrificio al mismo tiempo. El es el representante del pueblo ante Dios. El derrama su sangre a favor de su pueblo.

Obviamente, el escritor describe la obra expiatoria de Cristo de modo figurado. Es decir, cuando Jesús murió en la cruz, él no entró en el Lugar Santísimo del templo. Y cuando exclamó: “¡Consumado es!” (Jn. 19:30), no necesitó llevar su sangre al tabernáculo celestial.279 Cristo completó su obra expiatoria en la cruz del Calvario. Al sufrir y morir en la cruz, él entro, en cierto sentido, en el Lugar Santísimo del templo. Dios confirmó esto rasgando el velo del templo en dos, desde arriba hasta abajo (Mr. 15:38).

  1. El propósito. El propósito de la muerte sacrificial de Cristo está resumido en la cláusula habiendo obtenido una redención eterna. Tras su entrada figurativa en el Lugar Santísimo del templo de Jerusalén, él logró de una vez para siempre, en virtud de se propia sangre sacrificial vertida en la cruz, una redención de validez permanente para todo su pueblo. Cristo obtuvo esta redención para sí mismo, es decir, para beneficio de su pueblo.280 El compró a su pueblo con el precio de su sangre; los redimió con su muerte. La redención de ellos llegó a ser eternamente válida cuando Cristo entró, hablando figuradamente, en el Lugar Santísimo. “Al traer muchos hijos a la gloria”, escribe el escritor de Hebreos, “era conveniente que Dios … perfeccionara al autor de la salvación de ellos mediante el sufrimiento” (2:10).

Los versiculos 13 y 14 se refieren a nuestro tema: 13. Si la sangre de machos cabríos y de toros y las cenizas de una becerra esparcidas sobre los que están ceremonialmente contaminados los santifican de modo que quedan externamente limpios, 14. ¡cuánto más entonces la sangre de Cristo, quien mediante el Espíritu eterno se ofreció a sí mismo sin mancha a Dios, purificará nuestras conciencias de los actos que llevan a la muerte, para que podamos servir al Dios vivo!

Estos dos versículos señalan contrastes—algo característico de la epístola a los hebreos. El escritor expresa un hecho que tiene que ver con los sacrificios de animales de la era de Antiguo Testamento. Dios había estipulado por ley cómo los pecadores podrían ser purificados y restaurados a la santidad. El había promulgado estas leyes para santificar a los que estaban ceremonialmente contaminados. Pero el mero cumplimiento de estas leyes afectaba al pecador solamente en lo externo, no en lo interno. Aquellos que eran rociados, tal como dice el texto, eran purificados en cuanto a sus cuerpos. Sus conciencias, sin embargo, quedaban sin ser afectadas.

En el versículo precedente (v. 12) el escritor había ya mencionado “la sangre de machos cabríos y de becerros”. La referencia apunta, por supuesto, a las estipulaciones que el sumo sacerdote debía cumplir en el Día de la Expiación (Lv. 16). Además, el escritor también describe ahora la práctica de rociar a la persona impura con el agua de la purificación (Nm. 19). Una becerra alazana en perfecta condición, que nunca hubiese estado uncida a yugo, debía ser sacrificada y quemada, el sacerdote debía arrojar madera de cedro, hisopo y lana escarlata sobre la becerra. Las cenizas eran luego reunidas y guardadas para su uso en la ceremonia del rociamiento del agua de la purificación.

Cualquiera que hubiese tocado un cadáver era considerado inmundo por siete días. Las cenizas de la becerra incinerada eran puestas en una urna; se echaba agua fresca sobre dichas cenizas; y con el hisopo mojado en el agua, la persona inmunda era rociada los días tercero y séptimo.

Las interpretaciones alegóricas de este pasaje (Nm. 19) son numerosas. Por ejemplo, la becerra simboliza la propagación de la vida; las cenizas son un antídoto contra la contaminación; los colores de la becerra alazana y de la lana escarlata representan vitalidad; la madera de cedro representa la durabilidad; y el hisopo es el emblema de la limpieza. Sin embargo, las dilucidaciones fantasiosas son muy subjetivas y al fin y al cabo de poco valor. Hacemos bien en considerar el propósito del escritor al introducir al asunto de “la sangre de machos cabríos y las cenizas de una becerra”.

El escritor contrasta dos hechos: los actos ceremoniales cumplidos por el creyente para obtener purificación y el derramamiento de la sangre de Cristo. La observancia religiosa del Día da la Expiación, aunque significativa en sí misma, promovía no obstante una percepción externa de los sacrificios. Esto se hizo especialmente evidente en el hecho de rociar el agua de la purificación sobre la persona declarada inmunda a causa de una contaminación. La persona que hubiera tocado un cadáver era considerada inmunda, pero el agua de la purificación la santificaba. El concepto de que la inmundicia era algo externo y no interno prevalecía. Jesús reprochó una vez a los fariseos cuando dijo: “Ahora bien, vosotros, los fariseos, limpiáis la parte exterior de la taza y el plato, pero por dentro estáis llenos de codicia y de maldad” (Lc. 11:39).

El argumento que el escritor desarrolla procede de la menor a lo mayor. La parte menor es el acto ceremonial de usar la sangre de machos cabríos y becerros y las cenizas de un becerra para purificar externamente a un pecador. La parte mayor es que la sangre de Cristo limpia la conciencia del pecador para hacer de él un siervo obediente a Dios. El pecado es, incuestionablemente, un asunto interno que procede del corazón del hombre. El escritor de Proverbios llama al corazón “el manantial de la vida: “Porque de dentro, del corazón de los hombres, vienen los malos pensamientos, la inmoralidad sexual, los robos, los asesinatos, el adulterios, la codicia, la malicia, el engaño, la lascivia, la envidia, la calumnia, la arrogancia y la insensatez” (Mr. 7:21–22). El acto de limpiar al hombre del pecado debe comenzar con su ser interior: o, como lo dice el escritor de Hebreos, con “nuestras conciencias”. ¿Cómo son limpiadas nuestras conciencias? Llamo la atención a las siguientes frases.

  1. “La sangre de Cristo”. Aunque la sangre de los animales servía en cierto sentido la misma función que la de la sangre de Cristo, el contraste introducido por el “cuánto más” es tan inmenso que no podemos hablar de una comparación. La sangre de Cristo es el agente que purifica la conciencia del hombre, que separa de “los actos que llevan a la muerte”, y que hace al hombre dispuesto y deseoso de servir a Dios. La sangre de Cristo limpia al hombre de pecado. Robert Lowry cantaba:

¿Qué mas puede dar perdón?

Sólo de Jesús la sangre;

¿Y un nuevo corazón?

Sólo de Jesús la sangre.

  1. “Mediante el Espíritu eterno”. Algunos traducciones escriben la palabra Espíritu con mayúscula y otras con minúscula. En el griego original todas las letras eran escritas de modo uniforme, de manera que no podemos determinar si el escritor quiso significar la una o la otra.

¿Qué podemos aprender del contexto teológico de este pasaje? ¿Qué dicen las Escrituras? Una vez más, no podemos estar seguros en cuanto a la intención del escritor al considerar el resto de la Escritura. Los cuatro Evangelios nada dicen acerca del papel del Espíritu Santo en el sufrimiento de Cristo. Por otra parte, cuando Jesús predicó en la sinagoga del pueblo donde se había criado, Nazaret, él leyó de la profecía de Isaías: “El Espíritu del Señor está sobre mí” (Lc. 4:18; Is. 61:1; y véase Is. 42:1). Dice Donald Guthrie: “La afirmación de Hebreos es una lógica deducción del retrato que de Jesús hacen los Evangelios”. Aunque hubiésemos estado más seguros si el escritor hubiese escrito “Espíritu Santo” en vez de “Espíritu eterno”, sabemos que Jesús era sin duda guiado por el Espíritu Santo. Por ejemplo, Lucas escribe: “Jesús, lleno del Espíritu Santo, regresó del Jordán y fue llevado por el Espíritu al desierto, donde por cuarenta días fue tentado por el diablo” (Lc. 4:1–2).

  1. Cristo “se ofreció a sí mismo sin mancha a Dios”. Como sumo sacerdote, Cristo se presentó a sí mismo como sacrificio. Se ofreció a sí mismo a Dios espontáneamente y sin mancha. Pero a diferencia del sumo sacerdote aarónico, que tenía que sacrificar un animal para quitar su propio pecado, el Cristo impecable (sin pecado) ofreció su cuerpo por los pecados de su pueblo. El puso su vida por sus ovejas. Tal como lo testifica Juan al describir la muerte de Jesús en la cruz, éste “inclinó su cabeza y entregó el espíritu” (19:30). Jesús enfrentó la muerte voluntaria, determinada y conscientemente y se ofreció a sí mismo a Dios.

¿Por qué se ofreció Cristo a Dios? Para “purificar nuestras conciencias de los actos que llevan a la muerte”. En 6:1, el escritor había introducido la frase “de obras que llevan a la muerte”. Esta formulación implica los efectos destructores que el pecado tiene en la vida del creyente. Es decir, la sangre de Cristo limpia eficazmente la conciencia del creyente, apartándolo de una vida que lleva a la muerte espiritual y llevándolo a una vida vivida en amor y obediente servicio a Dios. El creyente obedece los mandamientos de Dios no por obligación sino por un sentido de gratitud por lo que Cristo ha hecho por El. El creyente, salvado de una vida de pecado que lleva a la muerte, vive ahora una vida de servicio para su Dios vivo.

 

Consideraciones Doctrinales en 9:11–14

La doctrina bíblica de la expiación enfrenta la oposición formulada por aquellos que describen a Dios como un Dios de amor. Ellos sostienen que Dios no podría haber exigido que Cristo derramase su sangre para aplacar a un Dios airado. Se oponen a la “teología de la sangre” porque, dicen ellos, la misma va en contra del amor de es un pecador que, a causa de su pecado, está condenado ante Dios. Por su propia voluntad Cristo tomó el lugar del hombre pecador y pagó por él el castigo correspondiente. Al derramar su propia sangre, Cristo se esforzó para obtener redención eterna, es decir, para “traer salvación a aquellos que le están esperando” (9:28). El escritor de Hebreos sin lugar a dudas enseña la doctrina de la expiación. El dice: “Cristo entró en el Lugar Santísimo una vez para siempre por medio de su propia sangre” (9:12).

En esta sección y en otras partes de su epístola, el escritor de Hebreos enseña la singular doctrina de que Cristo fue sacerdote y sacrificio. Cristo fue sujeto y objeto al mismo tiempo: sirvió al altar como sacerdote y fue puesto sobre el altar como sacrificio. Cristo derramó su sangre en la cruz del Calvario y entró figuradamente como sumo sacerdote en el Lugar Santísimo del templo. La Escritura enseña que la ofrenda de su sacrificio fue completada en la tierra; en su capacidad de sumo sacerdote, Cristo entró en “el tabernáculo mayor y más perfecto” del cielo, o sea, ante la presencia de Dios.

El escritor de Hebreos elimina detalles de las leyes que tenían que ver con el Día de la Expiación y con las purificaciones ceremoniales de personas declaradas inmundas. El omite a propósito estos detalles para poner en claro relieve el contraste entre la observancia externa de ceremonias religiosas y la transformación interior del hombre purificado por la sangre de Cristo. Esa es, para él, la diferencia que hay entre al vida en los días del antiguo pacto y la vida en la era del nuevo pacto.

Pensamiento: El derramamiento de su sangre proveyó de un sacrificio y de un vínculo permanentes entre Dios y los seres humanos.  Su sangre fue derramada no solamente en un altar terrenal, sino ante el verdadero altar de Dios en el cielo, donde obtuvo redención para el pecado de todos aquellos que le reciban como su Señor y Salvador.  El inmutable vínculo establecido a través del nuevo pacto en la sangre de Cristo la realización definitiva de la promesa del Dios justo y al la vez misericordioso. (Isaías 1:11. ¿Para qué me sirve, dice Jehová, la multitud de vuestros sacrificios? Hastiado estoy de holocaustos de carneros y de sebo de animales gordos; no quiero sangre de bueyes, ni de ovejas, ni de machos cabríos.).

Pensamiento 2: 9.12–14 A pesar de que usted conoce a Cristo, tal vez todavía esté procurando presentarse delante de Dios como una persona buena. Pero las normas y ceremoniales nunca han podido limpiar el corazón de nadie. Mediante la sangre de Jesucristo (1) se limpia nuestra conciencia, (2) se nos libra de la muerte y podemos vivir para servir a Dios, y (3) se nos libra del poder del pecado. Si usted lleva sobre sí un peso de culpa porque no puede llegar a ser lo bastante bueno delante de Dios, dé una nueva mirada a la muerte de Jesucristo y piense en lo que ella significa para usted. Cristo puede sanar su conciencia y librarlo de la frustración de tratar de ganar el favor de Dios.

9.13,14 Mediante la sangre de los animales sacrificados, Dios consideraba la fe y la obediencia del pueblo, y limpiaba su pecado haciéndolos aceptables ceremonialmente conforme al Antiguo Testamento. Pero el sacrificio de Cristo transforma nuestra vida y nuestro corazón, y nos limpia interiormente. Su sacrificio es infinitamente más eficaz que el sacrificio de los animales. Ninguna barrera de pecado ni de debilidad de nuestra parte puede impedir el perdón de Dios.

Pregunta: ¿Cómo puede usted mantener su conciencia limpia? Atesore su fe en Cristo más que cualquier otra cosa y haga lo que sabe que es correcto. Cada vez que deliberadamente ignore su conciencia, estará endureciendo su corazón. Muy pronto su capacidad para diferenciar entre lo correcto e incorrecto disminuirá. Pero al caminar con Dios, Él le hablará por medio de su conciencia, dándole a conocer la diferencia entre lo bueno y lo malo. Asegúrese de actuar motivado por esos impulsos internos, de manera que haga lo que es correcto, así su conciencia permanecerá limpia.

Saludo a mis hermana: 1a Corintios 16:21-24. Yo, Pablo, os escribo esta salutación de mi propia mano. 22 El que no amare al Señor Jesucristo, sea anatema. El Señor viene. 23 La gracia del Señor Jesucristo esté con vosotros. 24 Mi amor en Cristo Jesús esté con todos vosotros. Amén.

 

Maranata, El Señor viene.

Amén, para la gloria de Dios.

 

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Hno Roberto Saldías Roa

Miembro de la IEP en Nacimiento Bajo, nació en el evangelio del Señor en la Iglesia de Laja 1975. Casado con María Nahuelmán, estudia teología de manera autodidacta. Me gusta mucho leer y escribir.