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Lunes 28 de junio de 2021.“Sabia Resolución, Dejar La Causa En Las Manos De Dios”

Lunes 28 de junio de 2021.“Sabia Resolución, Dejar La Causa En Las Manos De Dios”

   Lectura Bíblica: 2° de Samuel Cap. 3, versículos 38 y 39. También dijo el rey a sus siervos: ¿No sabéis que un príncipe y grande ha caído hoy en Israel? Y yo soy débil hoy, aunque ungido rey; y estos hombres, los hijos de Sarvia, son muy duros para mí; Jehová dé el pago al que mal hace, conforme a su maldad.

   Definición según la Rae: resolución

Del lat. resolutio, -ōnis.

  1. f. Acción y efecto de resolver o resolverse.
  2. f. Ánimo, valor o arresto.
  3. f. Actividad, prontitud, viveza.
  4. f. Cosa que se decide.
  5. f. Decreto, providencia, auto o fallo de autoridad gubernativa o judicial.
  6. f. Fís. Distinción o separación mayor o menor que puede apreciarse entre dos sucesos u objetos próximos en el espacio o en el tiempo.
  7. f. Med. Terminación de una enfermedad, especialmente de un proceso inflamatorio.
  8. f. Mús. Paso de un acorde disonante a otro consonante.
  9. f. Mús. Acorde consonante con relación al disonante anterior.

resolución judicial firme

  1. f. Der. resolución:que, por no ser susceptible de recurso, se considera como definitiva. en resolución
  2. loc. adv. U. para expresar el fin de un razonamiento. poder de resolución

   RESOLUCION (Diccionario Bí­blico Cristiano Dr. J. Domínguez)

(ánimo, valor, tomar una decisión fija y decisiva).

– como Jesús ante la Cruz, Luc 9:62.

– buscar a Dios de corazón, 2ª Cr 15:12.

– guardar sus mandamientos, Neh 10:29
– servir a Dios en el prójimo, Isa 56:6, Mat 5:25-34, Luc 10:25-37.  

   Fuente: Diccionario Bíblico Cristiano

Decisión firme que se toma de realizar algo o de evitarlo. La idea radical es de corte o ruptura, que se transforma en acto firme de la voluntad. Por lo tanto, es un acto humano meritorio y transformante, intencional y eficaz.

Pedro Chico González, Diccionario de Catequesis y Pedagogí­a Religiosa, Editorial Bruño, Lima, Perú 2006

   Comentario: David lamenta la muerte de Abner, 3:30–38. Algunos comentaristas creen a David un farsante al lamentar una muerte que él deseaba; sin embargo, se debe tomar en cuenta que David nunca deseó la muerte de ningún israelita, aun cuando David estuvo “sirviendo” a los filisteos no buscó destruir a su propio pueblo. Esta cualidad se observa en David en otras ocasiones, como en la muerte de Saúl y Jonatán. David lloró por Abner, un israelita y uno que había sido importante en la vida de Israel. El pueblo entendió que el duelo de David era sincero y que no había tenido que ver en la muerte de Abner. David supo expresar su dolor por la muerte de Abner. Esta no fue la única vez que David lloró. Llorar no era una señal de debilidad, era una expresión de lo que sentía.

   David confiesa su debilidad, 3:39. Este capítulo termina con una confesión de parte de David: Ahora yo soy débil, aunque soy un rey ungido. A través del libro de 2 Samuel se muestra a un David que es humano, que tiene virtudes y también debilidades, tiene confianza y también temores; ante todo nos encontramos con un hombre que sabe confesar su debilidad, esta es una cualidad de la persona que vive humillada ante Dios, que reconoce su pequeñez ante la grandeza de Dios; esta es la persona que es capaz de arrepentirse cuando cae y capaz de analizarse a sí mismo honestamente en toda situación. Esta también es la clase de persona que está dispuesta a tomar la responsabilidad que Dios le da para su vida. La gran paradoja del poder divino es que se perfecciona en la debilidad confesada. El ser líder de la nación no era una tarea fácil, David se siente débil para guiar a un pueblo; pero David también reconoce su responsabilidad: él es un rey ungido por el pueblo y llamado por Dios. David no podía dejar de cumplir su responsabilidad.

   Ninguna persona está capacitada para desempeñar el trabajo de Dios; cualquier persona que es llamada de Dios, se ve angustiada por su pequeñez ante una labor tan grande. Moisés se vio pequeño, tardo de habla y sin armas, ante la gran misión de hablar al faraón y sacar a su pueblo de Egipto; más Dios le aseguró que iría con él y que haría maravillas aun con una vara. Jeremías se vio joven y delicado, ante el gran llamado de Dios de predicar un mensaje que incluía la destrucción y la edificación de su pueblo; más Dios le quitó el temor, le puso sus palabras en su boca y lo constituyó sobre naciones y reinos; le ordenó que se ciñera y se levantara y que no se amedrentara, porque Jeremías sería como muro de bronce y una columna de hierro. Isaías vio su impureza, ante la visión de la santidad de Dios; más Dios mismo lo limpió de su impureza y lo llamó a predicar. Pablo se vio muchas veces incapacitado por un aguijón en la carne, ante la gran misión que tenía por delante; más Dios le enseñó que su gracia se fortalecía en la debilidad. Juan Calvino era tímido y encerrado; más Dios le enseñó a confiar en un Dios soberano, convirtiéndolo en un gran líder de la Reforma protestante. Dios no esperaba perfección de cada uno de estos hombres, únicamente esperaba su dedicación y su sometimiento al llamado divino. A cada uno de ellos, Dios les dio lo que les faltaba. En cada caso, Dios les enseñó que no era por el poder humano, sino por su poder que su misión sería llevada a cabo.

   El llamado de Dios para David no era un llamado fácil de llevar a cabo. Tenía que reinar sobre todo un pueblo. Es difícil para una persona gobernarse a sí misma y a su familia, ya no digamos a todo un pueblo. El llamado de David lo llamaba a tomar cargo de una esfera que no es fácil de manejar y controlar, como es la esfera de gobernar. David tomó en serio el llamado de Dios y buscó fortaleza en Dios.

1er Título

La venganza no corresponde al pueblo cristiano. Hebreos 10:30. Pues conocemos al que dijo: Mía es la venganza, yo daré el pago, dice el Señor. Y otra vez: El Señor juzgará a su pueblo.

   Comentario: 30. Porque conocemos al que dijo “Mía es la venganza; yo daré el pago”, y otra vez: “El Señor juzgará a su pueblo”. 31. ¡Horrenda cosa es caer en las manos del Dios vivo! Es comprensible que los creyentes se muestran afligidos cuando son testigos de la conducta de una persona que se aparta de la comunidad cristiana rechazando desdeñosamente al Hijo de Dios e insultando al Espíritu Santo. Ellos saben que la venganza le corresponde a Dios, ya que esa es la enseñanza de su Palabra.

   El escritor de Hebreos toma las palabras “Mía es la venganza; yo daré el pago” del Cántico de Moisés (Dt. 32:35”). Este cántico era bien conocido por los lectores ya que lo cantaban en sus cultos de adoración. La redacción difiere algo en el hebreo original y en su traducción al griego; de allí que los eruditos han sugerido que “la cita pudiera, en su forma presente, haber sido estereotipada por el ejemplo apostólico en el lenguaje de la iglesia primitiva”. La cita aparece con la misma redacción en Romanos 12:19. Podemos suponer que esta cita circulaba en la iglesia primitiva como un dicho proverbial.

   La segunda cita proviene del cántico de Moisés (Dt. 32:36) y del libro de los Salmos (Sal. 135:14). “El Señor juzgará a su pueblo”, dice el escritor de Hebreos. La intención es la de enfatizar que el juicio es inevitable. En una sección anterior el escritor habló del juicio venidero (9:27; y véase 10:27) y lo presenta en la forma de una verdad aceptada.

   Dios juzgará a su pueblo; nadie escapa a su juicio. Aquellos cuya fe está enraizada en Cristo Jesús encuentran un Dios de gracia y de misericordia. Sus pecados han sido perdonados en virtud del sacrificio del Hijo en la cruz. Y ellos oirán el veredicto absuelto. Pero los que han despreciado la persona y la obra de Cristo y han aborrecido con arrogancia al Espíritu Santo enfrentarán la ira infinita de Dios, el juez de los cielos y de la tierra.

   Cuando un pecador se arrepiente de su pecado, se acerca al trono de Dios e implora misericordia, Dios oye y responde. David experimentó esto cuando pecó contra Dios al contar el número de guerreros que había en Israel y en Judá. Dijo David: “Caigamos en las manos del Señor, porque grande es su misericordia” (2 S. 24:14; véase también 1 Cr. 21:13). El pecador que rompe la ley de Dios a propósito para afligir a Dios ha pasado ya más allá de la etapa del arrepentimiento (Heb. 6:4–6). El caerá “en las manos del Dios vivo” (véase también Heb. 3:12), y esa confrontación será indescriptible. El escritor de Hebreos dice que es horrenda.

Consideraciones prácticas en 10:26–31

   El predicar sermones acerca del fuego del infierno parece ser algo que sucedía en el pasado, pero no ahora. Este tipo de predicación es considerado una rareza característica del siglo dieciocho; no debería oírse desde un púlpito del siglo veinte.

   Es cierto. Las predicaciones deben proclamar el evangelio de la salvación, el llamado al arrepentimiento, la certeza del perdón y el mensaje de reconciliación entre Dios y el hombre. Proporcionalmente, la Escritura dice poco acerca de la ardiente ira de Dios que consume a sus enemigos. Y si la Escritura nos da un ejemplo, debemos seguir su modo de hacer las cosas.

   No obstante, ningún predicador debe dejar de advertir al pueblo acerca de las terribles consecuencias de apartarse del Dios vivo. El tema recurrente de la epístola a los hebreos es uno de advertencia para el pueblo de Dios. Nótense estos tres textos:

3:12 “Mirad, hermanos, que ninguno de vosotros tenga un corazón pecador el incrédulo que se aparte del Dios vivo”.

4:1 “Por lo tanto, dado que la promesa de entrar en su reposo [el de Dios] todavía permanece, tengamos cuidado de que ninguno de vosotros resulte no haberla alcanzado”.

4:11 “Hagamos, por lo tanto, todo esfuerzo para entrar en ese reposo, para que nadie caiga siguiendo su ejemplo de desobediencia”.

    Deben mencionarse en las predicaciones las aterradoras consecuencias de vivir una vida de pecado intencional. En Hebreos leemos que cada creyente tiene la responsabilidad de buscar el bienestar espiritual de su hermano creyente. Podemos llamar a esto responsabilidad corporativa puesto que es nuestra tarea mutua. Y los pastores pueden referirse al fuego del infierno en sus predicaciones, ya que una advertencia tal es parte del mensaje total de la revelación de Dios.

   Y como el pastor advierte a los extraviados, también ha de alentar a los pusilánimes. Un creyente puede carecer de la certeza de la salvación, temiendo haber cometido el pecado contra el Espíritu Santo. Pero no puede atribuirse el pecado imperdonable a una persona que duda de su salvación. Sólo aquella persona que demuestra un odio abierto y deliberado contra Dios, contra la revelación divina y contra la obra completa de salvación de Cristo ha cometido dicho pecado. El que duda necesita, entonces, palabras de aliento. Debe invitársele a repetir las tranquilizadoras palabras de Pablo: “Pero no me avergüenzo, porque sé a quién he creído, y estoy convencido de que él es capaz de guardar lo que le he confiado para aquel día” (2 Ti. 1:12).

2° Título

Debemos conducirnos como un pueblo santo. 1ª de Pedro 3:8 y 9. Finalmente, sed todos de un mismo sentir, compasivos, amándoos fraternalmente, misericordiosos, amigables; no devolviendo mal por mal, ni maldición por maldición, sino por el contrario, bendiciendo, sabiendo que fuisteis llamados para que heredaseis bendición. 

   Comentario: La armonía 3:8: Tenemos aquí la conclusión de Pedro del tema de la sumisión que inició en 2:13. En esta conclusión, él describe cómo han de vivir los cristianos; por consiguiente, les ofrece un patrón para la conducta cristiana.

   Vale la pena destacar que tanto al principio como al final de este tema, Pedro se dirige a todos sus lectores. Para que no queden dudas de que está llevando esta consideración a su fin, él escribe lo siguiente: 8. En fin, vivan todos ustedes en armonía unos con otros; sean comprensivos, ámense como hermanos, sean compasivos y humildes.

   Las exhortaciones de Pedro con que termina son para todos los recipientes de su carta. De manera que amonesta a todos a que sigan sus instrucciones. En este versículo, Pedro escribe cinco consejos, los cuales, al atenderlos ellos, presenten “un retrato ideal de la iglesia”.

-a. “Vivan en armonía unos con otros”. En el griego, este texto tiene la lectura [sean] unánimes. ¿Quiere decir Pedro que todos los cristianos tienen que pensar del mismo modo? No del todo. Pablo centra su atención en el mismo asunto en su carta a los filipenses: “y si otra cosa sentís, esto también os lo revelará Dios” (3:15). Si tenemos en cuenta la variedad de dones y talentos que Dios ha dado a su pueblo, es de esperar que existen diferencias de opinión. Pero Pedro quiere que los cristianos sean gobernados por la mente de Cristo, a fin de que las diferencias no dividan la iglesia, sino que la enriquezcan. Por eso exhorta a los creyentes a “vivir en armonía unos con otros” (cf. Ro. 12:16; 15:5; Fil. 2:2).

-b. “Sean comprensivos”. Los cristianos deben demostrar su preocupación y su interés por el prójimo, especialmente en tiempos de alegría y de dolor. Deben “alegrarse con los que se alegran, [y] lamentarse con los que se lamentan” (Ro. 12:15; véase también 1 Co. 12:26).

-c. “Ámense como hermanos”. Pedro repite lo que ya ha escrito anteriormente, dado que ya en el primer capítulo él observa que los lectores tienen “sincero amor por los hermanos” (v. 22). El término griego que Pedro utiliza es general, de modo que abarca tanto a las hermanas como a los hermanos de la casa de Dios (Ro. 12:10; 1 Ts. 4:9 10; Heb. 13:1).

-d. “Sean compasivos”. En griego, la palabra traducida como “compasivo” es mucho más descriptiva. Describe sentimientos que parecen provenir de la parte interior de nuestro cuerpo (literalmente, de nuestros intestinos), en especial cuando somos testigos del sufrimiento que otra persona soporta. Los traductores generalmente asocian el vocablo griego con el corazón y por eso lo traducen “de tierno corazón”. El término compasivo aparece en un listado de virtudes cristianas (Col. 3:12).

-e. “[Sean] humildes”. La humildad es una virtud que Jesús enseñó al lavar los pies de sus discípulos (Jn. 13:4 17). Jesús dio el ejemplo de servicio abnegado al mostrarse dispuesto a ser el menor en la compañía de sus discípulos y a ser el siervo de todos. En el capítulo cinco de su epístola, Pedro repite su exhortación a ser humildes al dirigirse a los jóvenes: “Revístanse de humildad en su trato mutuo” (5:5; véase también Ef. 4:2; Fil. 2:6–8).

   Estas virtudes reflejan la gloria de la iglesia cuando los hermanos y hermanas viven en armonía. Los hermanos y hermanas espirituales ejemplifican estas virtudes cuando juntos reconocen a Dios como Padre y conocen a Cristo como hermano (Heb. 2:11). Entonces, como cuerpo de Cristo, los creyentes experimentan ciertamente las maravillosas bendiciones de Dios.

   [9]. No devuelvan mal por mal, ni insulto por insulto; bendigan más bien, porque se le llamó a esto, para que hereden una bendición.

   ¿Se interesan los cristianos solamente por sus hermanos en la fe? No, sino que ellos también demuestran su amor por quienes los abusan e insultan. Los cristianos siguen las enseñanzas de Cristo: “Amad a vuestros enemigos y orad por aquellos que os persiguen” (Mt. 5:44; Lc. 6:27).

   En la iglesia primitiva, los apóstoles reformularon la enseñanza de Cristo en sus propias palabras. Por eso encontramos que en su carta a los Romanos Pablo escribe: “No devolváis mal por mal a nadie” (12:17); en su primera epístola a la iglesia de Tesalónica, él también enseña: “Mirad que ninguno pague a otro mal por mal” (5:15). En su epístola, Pedro escribe una exhortación similar.

   Pedro señala que los lectores están tratando de cobrarse daños e insultos por su propia cuenta. Les dice que dejen de desquitarse; el devolver mal por mal e insulto por insulto es algo que no tiene lugar en la religión cristiana. En los versículos 10 y 11 Pedro refuerza su enseñanza con una cita del Salmo 34:12–16, en la cual la palabra mal aparece tres veces.

   El apóstol enseña a los lectores a bendecir a sus adversarios en vez de pagarles con su propia moneda (cf. Lc. 6:28). Si así lo hacen, imitan a Dios mismo y demuestran ser sus hijos. Dios hace salir el sol y hace caer la lluvia aun sobre los impíos y sobre gente mala (Mt. 5:45). ¿Cuál es el significado del término bendecir? Significa orar por nuestros enemigos, ser amables para con ellos en palabra y hecho, y buscar promover su bienestar.

“Porque se le llamó a esto, escribe Pedro. Pero, ¿a qué se refiere la palabra esto? Puede referirse a una de dos cosas: al deber de bendecir al adversario o a la perspectiva de heredar la bendición.

   El creyente no gana una bendición. La hereda. Por eso Pedro escribe: “Para que hereden una bendición”. El concepto de heredar se origina en los tiempos patriarcales en los que, por ejemplo, Isaac bendijo a sus hijos y les dio la herencia de la tierra (Gn. 27:27–29, 39–40). “Una herencia nunca se gana; se recibe como don. La herencia que nuestro escritor tiene en mente es la salvación, esto es, la salvación final, más que su presente goce”.

3er Título

Si dejamos todo en las manos del Señor. Él dará el pago. Romanos 12:17 y 18. No paguéis a nadie mal por mal; procurad lo bueno delante de todos los hombres. Si es posible, en cuanto dependa de vosotros, estad en paz con todos los hombres. 

   Comentario: En el v. 14 Pablo había dado el siguiente mandato positivo: “Bendecid a los que os persiguen”. Y tras repetir la palabra “Bendecid”, él había añadido la prohibición, “y no maldigáis”. Ahora amplía esta prohibición al decir: 17. No devolváis mal por mal a nadie.

   Aquí se combaten dos males relacionados:

-a. Un espíritu vengativo, el desea de desquitarse de alguien por algún daño sufrido. Esto nos trae a la mente anteriores pasajes paulinos tales como:

   Mirad que ninguno pague a otro mal por mal. 1 Ts. 5:15

   Cuando nos maldicen, bendecimos; cuando nos persiguen, soportamos; cuando nos difaman, contestamos amablemente. 1 Co. 4:12, 13

   ¿Por qué no sufrir más bien el agravio? ¿Por qué no tolerar más bien ser defraudados? 1 Co. 6:7

   Compárese esto con las palabras de otro apóstol:

   “No devolváis mal por mal o insulto por insulto, sino bendición con bendición” (1 P.3:9).

   La condena de un espíritu vengativo es básica.

-b. La presunción de que individuos particulares tengan el derecho de tomar en sus propias manos la función del magistrado civil de castigar el crimen.

   Aun en el Antiguo Testamento el mandamiento “ojo por ojo … herida por herida” (Ex. 21:24, 25; cf. Lv. 24:20; Dt. 19:21) se refiere a la administración pública del código criminal (véase Lv. 24:14), y fue promulgado para desalentar la búsqueda de la venganza personal.

   Lo que Pablo prohíbe (aquí en Ro. 12:17)—el deseo de tomar represalias—es el mismo pecado en contra del cual advirtiera Jesús (Mt. 5:38–42; cf. Lc. 6:29, 35). Y a su vez esta enseñanza de nuestra Señor puede considerarse como una elucidación adicional de instrucciones del Antiguo Testamento tales como las que se encuentran en Lv. 19:18; Dt. 32:35; Pr. 20:22.

   La manifestación de un espíritu vengativo destruye lo distintivo del carácter cristiano, lo que es a su vez el requisito absoluto para tener éxito en ganar a gente para Cristo. Es esta carencia la que hace que los extraños digan: “Esos cristianos no son diferentes de nosotros”. Pablo, el gran misionero, desea que los creyentes se conduzcan de manera tal que los incrédulos tomen nota. Es por tal razón que continúa diciendo:

   [17]. Siempre procurad que (vuestros asuntos) estén bien ante los ojos de todos.

   Esto nos hace acordar de Pr. 3:3, 4:

Nunca se aparten de ti el amor y la fidelidad;

átalas a tu cuello,

escríbeles en la tabla de tu corazón.

Y hallarás gracia y buen renombre

ante los ojos de Dios y de los hombres.

    Pablo desea que aquellos a quienes se dirige vivan vidas de consagración total a Dios y de amor genuino por todos, aun por los perseguidores, de modo tal que los extraños de tengan ninguna oportunidad legítima de quejarse o acusar (cf. 1 Ti. 5:14), y que los calumniadores sean avergonzados (1 P. 3:16). Él no quiere que ellos sean un estorbo o una piedra de tropiezo, impidiendo que el inconverso llegue a aceptar el evangelio (1 Co. 10:32). En vez de ellos, él desea que conduzcan sus asuntos de tal manera que la conciencia pública (cf. Ro. 2:15) las apruebe. Su noble propósito, como persona que ama a Dios, es que la vida devota de los creyentes sea un instrumento en las manos de Dios para la conversión de los pecadores, para la gloria de Dios (Mt. 5:16; 1 P. 2:12).

   Calvino ha resumido el significado del v. 17 como sigue: “Lo que significa es que debemos trabajar diligentemente para que todos puedan verse edificados por nuestro trato honesto … para que puedan, en una palabra, percibir el dulce y buen olor de nuestra vida, por medio del cual puedan ser atraídos al amor de Dios”.

   Avanzando sobre el mismo tema, Pablo dice:

   [18]. Si es posible, en cuanto dependa de vosotros, vivid en paz con todos.

   Esta exhortación a vivir en paz con todos concuerda con otros pasajes tales como: “No haya ahora altercado entre nosotros dos, entre mis pastores y los tuyos, porque somos hermanos” (Gn. 13:8); “Haced todo esfuerzo por vivir en paz con todos” (Heb. 12:14); y “La sabiduría que es de lo alto es primeramente pura, después amante de la paz” (Stg. 3:17). Jesús dijo: “Bienaventurados (son) los pacificadores, porque ellos serán llamados hijos de Dios” (Mt. 5:9).

   En un mundo de paz fracturada esta bienaventuranza nos muestra qué fuerza relevante, vital y dinámica es el cristianismo. Verdaderos pacificadores son todos aquellos cuyo líder es el Dios de Paz (1 Co. 14:33; Ef. 6:15; 1 Ts. 5:23), que buscan la paz con todos (como aquí en Ro. 12:18), que proclaman el evangelio de la paz (Et. 6:15), y modelan sus vidas según el patrón del Príncipe de Paz (Lc. 19:10; Jn. 3:12–15; cf. Mt. 10:8).

   No obstante, el encargo de vivir en paz con todos no es presentado sin reservas. Hay dos:

-a. “Si es posible”. Hay circunstancias en las cuales el establecimiento o mantenimiento de la paz es imposible. Heb. 12:14 no sólo propugna la paz sino también la santificación. Esta última no debe ser sacrificada para mantener la anterior, ya que la paz sin la santificación (o santidad) no es digna de su nombre. Si el mantenimiento de la paz implica el sacrificio de la verdad y/o del honor, entonces la paz debe ser abandonada. Cf. Mt. 10:34–36; Lc. 12:51–53.

-b. “… en cuanto dependa de vosotros”. Hay situaciones que demandan el sacrificio de la paz. Pero debemos estar seguros de no ser nosotros quienes tengamos la culpa de tales exigencias. Supongamos que hemos hecho todo lo que estaba en nuestro poder para establecer y mantener la paz. La otra persona (o personas) no estaba(n) dispuesta(s) a aceptar la paz a menos que fuera en condiciones que nosotros, como cristianos, no podíamos aceptar. En tales casos, Dios no nos considera responsables de la falta de paz.

4° Título

Hagamos el bien a todos, como hijos de luz. San Mateo 5:44 y 45. Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen; para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y que hace llover sobre justos e injustos.

Comentario: [43–47]. Habéis oído que fue dicho: Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo. Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos y orad por los que os persiguen, para que podáis ser hijos de vuestro Padre que está en los cielos, porque él hace salir su sol sobre malos y buenos, y envía lluvia sobre justos e injustos. Porque si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa tenéis? ¿No hacen lo mismo los publicanos? Y si, con saludos cordiales os acercáis a vuestros hermanos solamente, ¿qué hacéis que sea excepcional? ¿No hacen lo mismo los gentiles? “Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo” debe haber sido la forma popular en que el promedio de los israelitas del tiempo de Cristo resumía la segunda tabla de la ley y regulaba su vida con respecto a amigos y enemigos. Deben haberlo aprendido de escribas y fariseos, aunque no necesariamente de todos ellos sin excepción. Por lo menos sabemos que el escriba cuyo resumen se relata en Mr. 12:32, 33 y el doctor de la ley (experto en la ley judaica) que habla en Lc. 10:25–27 fueron cuidadosos en no omitir “como a ti mismo” al citar Lv. 19:18. Lo que era aún peor que esta omisión era la adición “aborrecerás a tu enemigo”. En ninguna parte del Antiguo Testamento encontramos algo similar. En realidad, por medio de la adición, el énfasis fue desplazado de la intención original de la ley, como ocurrió también en conexión con el mandamiento acerca del juramento. Lv. 19:18 dice: “No te vengarás, ni guardarás rencor a los hijos de tu pueblo, sino amarás a tu prójimo como a ti mismo. Yo Jehová”. Este mensaje enfatizaba el amor en oposición a la venganza. Su perversión en el resumen popular establecía un agudo contraste entre prójimo y enemigo, como si el propósito del mandamiento hubiera sido el que se tuviera amor por aquéllos y odio por éstos. El resultado era la pregunta: “¿Y quién es mi prójimo?” (Lc. 10:29). ¿Era sólo el israelita? ¿O era el israelita y el prosélito? Véase Lv. 19:34. Pero si era así, ¿qué clase de prosélito, solamente el genuino, esto es, el no israelita que por el bautismo y la circuncisión se había hecho judío en todo aspecto salvo que no era literalmente hijo de Abraham? ¿O había que incluir además a los otros prosélitos? Algunas de estas preguntas ya se hacían en el tiempo de la peregrinación de Cristo en la tierra. Otras iban a pedir atención un poco más adelante.

   Es claro que como resultado de esta lamentable mala interpretación de la ley se levantara un muro de separación entre judíos y gentiles; aquéllos para ser amados y éstos odiados. Pero era difícil detenerse aquí. Hubo de levantarse otra barrera entre buenos israelitas, como los escribas y fariseos, y malos israelitas, como los renegados, los publicanos (véase v. 46) y, en general, toda la chusma que no conocía la ley (Jn. 7:49). En una atmósfera tal, era imposible que el odio pasara hambre; había bastante con qué alimentarlo.

   Fue en medio de este ambiente de mente estrecha, exclusivista e intolerante que Jesús llevó a cabo su ministerio. Alrededor de él estaban esas murallas y barreras. El vino con el propósito mismo de romper aquellas barreras, de modo que el amor—puro, cálido, divino, infinito—pudiera fluir desde el corazón de Dios, por eso, desde su propio corazón maravilloso, a los corazones de los hombres. Su amor sobrepasó todos los límites de raza, nacionalidad, partido, edad, sexo, etc.

   Cuando dijo: “Os digo: Amad a vuestros enemigos”, debe haber dejado atónitos a sus oyentes, porque estaba diciendo algo que probablemente nunca antes había sido dicho tan sucinta, positiva y autoritariamente. Una investigación acabada de todas las fuentes importantes dio como resultado la declaración siguiente: “La conclusión resultante es que el primero que enseñó a la humanidad a ver al prójimo en cada ser humano, y por lo tanto, a tratar a todo ser humano con amor, fue Jesús; véase la parábola del Buen samaritano (literalmente, El samaritano compasivo)”. Sin pretender negar de ningún modo la declaración anterior, Jesús enseñó a la gente que uno no debiera preguntar: “¿Quién es mi prójimo?”, sino debiera cada uno mostrar que es prójimo del hombre necesitado, quienquiera que sea (Lc. 10:36).

   Aunque en la forma expresada aquí (“Amad a vuestros enemigos”) la enseñanza de Cristo era nueva, no contradecía la ley. Más bien, era el resultado de la semilla antes sembrada. Como se ha mostrado, el Antiguo Testamento prohibía la venganza. Pero iba más allá de eso, enseñando que cuando quiera que fuese necesario uno debía ayudar a su enemigo:

   “Si encontrares el buey de tu enemigo o su asno extraviado vuelve a llevárselo. Si vieres el asno del que te aborrece caído debajo de su carga, ¿le dejarás sin ayuda? Antes bien le ayudarás a levantarlo” (Ex. 23:4, 5).

   De “ayuda a tu enemigo” a “ámalo” había apenas un paso. Jesús dio ese paso. Agregó: “Y orad por los que os persiguen”. En cuanto a la persecución de los creyentes véase 5:10–12. Jesús no exige a sus discípulos que hagan lo imposible. No les pide que se enamoren de sus perseguidores. Pero definidamente pide que aquellos por quienes iba a morir, a pesar de que por naturaleza aún eran enemigos de Dios (Ro. 5:8, 10), oren por la salvación de los enemigos de ellos mismos, queriendo decir “por la salvación de aquellos que los odian”.

   Por medio del amor por sus enemigos y la oración por ellos, los seguidores de Cristo demostrarán, ante sí mismos y ante los demás, que son verdaderos hijos del Padre celestial. Es lógico que al decir “para que podáis ser hijos”, etc. Jesús no podía haber querido decir: “para que haciendo esto podáis llegar a ser hijos u obtener la posición de hijos”. Por gracia ellos ya eran hijos, pero su comportamiento o conducta como hijos confirmaría este hecho, porque los hijos imitan a sus padres (Ef. 5:1, 2). Esto es verdad en la familia celestial en forma aún más definida que en la terrenal, porque, aunque en el último caso de ningún modo todo hijo está dotado del espíritu de su padre, en el primer caso todo verdadero “hijo” (uno salvado por gracia por medio de la fe, Ef. 2:8) recibe el Espíritu del Padre. Es a ese Espíritu que él debe su nuevo nacimiento (Jn. 3:5), así como su crecimiento en las virtudes cristianas y su perfección final.

   Cuando exhorta a sus oyentes que demuestren su parentesco con “el Padre que está en los cielos” (sobre esta expresión véase sobre 6:9b) amando a sus enemigos y orando por ellos, Jesús ilustra en forma implícita el amor primordial y activo del Padre al llamar la atención al hecho de que “él hace salir su sol sobre malos y buenos, y envía lluvia sobre justos e injustos”. Esta afirmación es notable en más de un aspecto:

-a. Es mucho más significativo decir “él hace salir su sol” y “él envía lluvia” que “el sol sale” y “llueve”. La forma en que Jesús lo dice hace que nosotros miremos más allá del hecho a Aquél que lo causa, y también más allá del hecho a la razón que lo produce, a saber, el amor del Padre por la humanidad.

-b. El artículo definido se omite. Por eso, probablemente sea incorrecto, como la BAm, traducir: “sobre el malo y el bueno … sobre el justo y sobre el injusto”, sino más bien como la generalidad de las versiones castellanas, “sobre malos y buenos … sobre justos e injustos”. Así se pone un énfasis especial en el carácter de estas personas, como si dijera: “Aunque el Padre es el santísimo e inmaculado, no se retrae de derramar sus bendiciones sobre malos y buenos”.

c. Para hacer que la naturaleza maravillosa del amor del Padre se destaque prominentemente, los dos pares se presentan en un arreglo quiásmico (en forma de X), sin que el énfasis caiga sobre malos ni sobre buenos.

   En el primer par se mencionan primero los individuos calificados de “malos” y en el segundo par los “justos”. El sol y la lluvia caen sobre todos por igual, y al hacerlo así revelan el amor del Padre del cual todos son objeto.

   Ciertamente es verdad que los hombres responden en forma diferente a las bendiciones por medio de las cuales el Padre revela su amor. No hay una gratitud común. Así que también es cierto que todos los que rechazan el evangelio usan las bendiciones de Dios para su propio perjuicio. Sin embargo, todo esto no puede anular el hecho de que el amor de Dios para con los habitantes de la tierra, buenos y malos, se revela imparcialmente en las bendiciones del sol y la lluvia con todos sus resultados benéficos. Este amor de Dios por aquellos que él creó es también claro de Gn. 17:20; 39:5; Sal. 36:6; 145:9, 15, 16; Jon. 4:10, 11; Mr. 8:2; Lc. 6:35, 36; Hch. 14:16, 17; Ro. 2:4; y 1 Ti. 4:10. Para señalar sólo uno de estos pasajes, Jon. 4:10, 11—la misericordia de Dios hacia los ninivitas, sus hijos y aun su ganado—¿puede uno leer esto sin verse vencido por la emoción?

   Nada de esto debiera considerarse como una negación del hecho de que ciertamente hay un amor de Dios que no es compartido por todos. Pasajes tales como Gn. 17:21; Sal. 103:17, 18; 147:20; Mt. 20:16; Lc. 12:32; Ro. 8:1, 28–39; y muchos otros demuestran esto más allá de toda duda. Pero, así como un padre humano, además de amar en forma única a sus hijos e hijas, tiene lugar en su corazón para los hijos de sus vecinos, y aun para todos los niños del mundo, así también el Padre celestial, además de tener una relación completamente peculiar de tierna preocupación e íntima amistad hacia quienes por su gracia son suyos, ama a la humanidad en general. Véase N.T. sobre Jn. 3:16.

   Por otra parte, los que no quieren incluir a sus enemigos y perseguidores en su amor se ponen a sí mismos en un nivel moral y espiritual similar al de la gente que desprecian tan completamente, a saber, los cobradores de impuesto (“publicanos”) y los gentiles en el tiempo de Cristo, Mateo, el hombre que escribe todo esto, habiendo sido él mismo un publicano, no era ajeno al odio intenso con que especialmente los escribas y fariseos consideraban a las personas que pertenecían a esta clase. Los recaudadores principales de impuestos habían pagado una suma fija de dinero al gobierno romano por el privilegio de fijar tasas de impuestos sobre exportaciones e importaciones, así como por cualquier tráfico de mercaderías que pasara por la región. Las principales oficinas recolectoras de impuestos estaban en Cesarea, Capernaúm y Jericó. Estos recaudadores subarrendaban sus derechos a “principales publicanos” (Lc. 19:2) que empleaban “publicanos para hacer la recolección”. Estos recargaban los impuestos lo más posible, hasta grandes sumas sobre lo normal. Así el “publicano” tenía la reputación de ser un extorsionista. Si era judío, era considerado también como un renegado o traidor, porque estaba al servicio de un opresor extranjero. La baja estima en que se tenía a los publicanos se refleja en pasajes como Mt. 9:10, 11; 11:19; 21:31, 32; Mr. 2:15, 16; Lc. 5:30; 7:34; 15:1; 19:7. Los publicanos y pecadores eran mencionados de un solo aliento, considerándose sinónimas las dos designaciones.

   Si desdeñaban a los publicanos, también se desdeñaban a los gentiles. No siempre había sido así. En el tiempo del Antiguo Testamento se había dado mandamiento a los israelitas de amar a los “extranjeros” (Dt. 10:19) y de recordar que ellos mismos habían sido extranjeros en la tierra de Egipto (Ex. 23:9). Sin embargo, cuando durante el tiempo del exilio los israelitas sufrieron males indescriptibles a manos de sus captores, y cuando aun después, durante el período intertestamentario, Antíoco Epífanes amenazó con borrar de raíz la religión y sus ramificaciones, la actitud de los judíos hacia los gentiles cambió. Además, ¿no eran idólatras los gentiles? ¿Y no era la idolatría el mal que había llevado a los israelitas al cautiverio? ¿No eran gentiles también los romanos, y no eran ellos opresores extranjeros? ¿No estaban tratando de desviar religiosamente a los de Israel? Así que, durante el tiempo del Nuevo Testamento los gentiles, como los publicanos, eran tratados con extrema antipatía y desprecio. Eran considerados inmundos por los judíos “piadosos” (Jn. 18:28), en realidad, como “perros” (reflejado en Mt. 15:26, 27). A un judío no le cabía en la cabeza la posibilidad de tener una cena con un gentil incircunciso (Hch. 11:2).

   Es comprensible que este odio fuera mutuo. Si los israelitas trataban con desprecio a los gentiles inmundos, ellos también recibían un tratamiento similar (Jn. 18:35; Hch. 16:20; 18:2). Así que, salvo unas pocas excepciones notables, con respecto a por ejemplo un no israelita que mostraba profundo interés en la religión de Israel (Lc. 7:1–5), los publicanos, gentiles y judíos formaban grupos separados. Lo mismo ocurría con los samaritanos. La mujer samaritana estaba atónita que Jesús, siendo judío, le pidiera un poco de agua (Jn. 4:9; cf. Lc. 9:52, 53; Jn. 8:48). Divisiones por todas partes. Odio en todo lugar. ¿Y en cuanto al amor? Bueno, los publicanos amaban a los publicanos. Los gentiles saludaban cordialmente a los gentiles.

   Ahora entendemos el trasfondo del dicho de Cristo (en resumen) “Si amáis a los que os aman, ¿Cuál es vuestra recompensa? ¿No están haciendo lo mismo los publícanos … y los gentiles no saludan cordialmente a los gentiles?” El señor está diciendo a sus oyentes, por lo tanto, que, al imitar a los publicanos y a los gentiles en su exclusivismo, simplemente están demostrando que ellos mismos no son mejores en nada a aquellos que ellos consideraban inferiores en valor moral y espiritual. Ellos no están haciendo nada excepcional, que sobresalga o sea extraordinario. Sin embargo, para recibir una recompensa la justicia de quienes deseaban ser discípulos de Cristo debe “superar” la de escribas y fariseos (véase v. 20).

    Nada hay de malo en esperar una recompensa, siempre que se entienda que a. el trabajo que se hace para el Maestro debe ser hecho espontáneamente, en el espíritu de Mt. 25:37, 38; y b. la recompensa sea por gracia y no por méritos (Catecismo de Heidelberg, Domingo 24). Véanse especialmente Mt. 6:1, 4, 5, 6; Lc. 17:10; 1 Co. 3:8; 4:7; 9:17; Fil. 3:14 y Heb. 12:2.

Amén, para la honra y gloria de Dios.

 


Hno Roberto Saldías Roa

Miembro de la IEP en Nacimiento Bajo, nació en el evangelio del Señor en la Iglesia de Laja 1975. Casado con María Nahuelmán, estudia teología de manera autodidacta. Me gusta mucho leer y escribir.