+56 9 5417 6219
contacto@historiaycontingenciaiep.cl

Lunes 27 de julio de 2020: “Amor sincero, no escatima sacrificio en busca de su Señor”

Lunes 27 de julio de 2020: “Amor sincero, no escatima sacrificio en busca de su Señor”

   Lectura Bíblica: San Juan Cap. 20, versículos 11 al 18. 11 Pero María estaba fuera llorando junto al sepulcro; y mientras lloraba, se inclinó para mirar dentro del sepulcro; 12 y vio a dos ángeles con vestiduras blancas, que estaban sentados el uno a la cabecera, y el otro a los pies, donde el cuerpo de Jesús había sido puesto. 13 Y le dijeron: Mujer, ¿por qué lloras? Les dijo: Porque se han llevado a mi Señor, y no sé dónde le han puesto. 14 Cuando había dicho esto, se volvió, y vio a Jesús que estaba allí; mas no sabía que era Jesús. 15 Jesús le dijo: Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas? Ella, pensando que era el hortelano, le dijo: Señor, si tú lo has llevado, dime dónde lo has puesto, y yo lo llevaré. 16 Jesús le dijo: ¡María! Volviéndose ella, le dijo: ¡Raboni! (que quiere decir, Maestro). 17 Jesús le dijo: No me toques, porque aún no he subido a mi Padre; más ve a mis hermanos, y diles: Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios.18 Fue entonces María Magdalena para dar a los discípulos las nuevas de que había visto al Señor, y que él le había dicho estas cosas.

   Comentario: 20:11, 12. Pero María estaba de pie fuera del sepulcro llorando; y mientras lloraba, se inclinó para mirar dentro del sepulcro; y vio a dos ángeles con vestiduras blancas, que estaban sentados el uno a la cabecera, y el otro a los pies, de donde el cuerpo de Jesús había sido puesto.

   El relato ahora vuelve a María Magdalena. Véase sobre 19:25 y sobre 20:1, 2. Resulta razonable suponer que fue un poco más lenta en llegar al sepulcro que Pedro y Juan. Hay quienes piensan que, de regreso el huerto de José, María se encontró con los dos apóstoles, quienes le contaron lo que habían visto en el sepulcro; y que, como resultado de ello, el temor de María de que se hubieran robado el cuerpo de Jesús se disipó, de manera que empezó a pensar que lo habían llevado manos amigas. Sin embargo, si hubiera tenido lugar semejante reunión, nos veríamos obligados a concluir que el excitante convencimiento, que se había apoderado de los corazones de Pedro y Juan como consecuencia de lo que habían visto, había hecho poca mella en María. Claro que esto es posible. Sin embargo, como no hay nada en el relato que sugiera que conversaran los apóstoles con María después de haber estado en el sepulcro, es mejor abandonar totalmente la teoría. Probablemente resulta seguro afirmar que María regresó sola al sepulcro, y que en el camino no se detuvo a conversar con nadie.

   Así pues, María estaba fuera del sepulcro llorando. En cuanto al significado de este verbo, véase 11:31, 32 (y compárese con el verbo utilizado en 11:35; véase también sobre ese versículo). Su profundo pesar se manifestaba en un sollozo constante, irrefrenable. Al mismo tiempo que daba rienda suelta a su amargo pesar, se inclinó para echar un vistazo al sepulcro (véase sobre versículo 5). Vio a dos ángeles sentados, uno a la cabecera y el otro a los pies de donde había yacido el cuerpo de Jesús.

   Debe considerarse como probable que estos dos ángeles se presentaran en forma de jóvenes (cf. Mr. 16:5). Sus blancos vestidos indicaban santidad (quizá también gozo y victoria). Simbolizaban el triunfo de la vida sobre la muerte, de la luz sobre la oscuridad, de la gracia sobre el pecado. En cuanto al aspecto general del sepulcro y al lugar en que estaban sentados los ángeles, véase sobre 19:41, 42.

   Pero ¿por qué aparecerían estos ángeles a las mujeres y no a Pedro y a Juan? ¿Fue porque la fe de las mujeres era mucho más débil que la de los hombres por lo que necesitaba el apoyo especial del ministerio de los ángeles? Se ha sugerido esta respuesta, pero nada hay en el relato que la demuestre. Se podría, de hecho, ir en dirección contraria y decir que el aspecto de estos ángeles y el mensaje que trajeron (primero a las otras mujeres, Mt. 28:5–7; luego a María, Jn. 20:13) fue una recompensa especial por el ministerio muy especial de amor en que se habían destacado estas mujeres, incluyendo María. Pero la mejor respuesta es la sencilla admisión de que no sabemos por qué los ángeles se aparecieron a las mujeres (en el caso que nos ocupa, a María) y no a los hombres. El cielo tiene un interés vital por la resurrección de Cristo. La ausencia de ángeles habría resultado sorprendente.

   [13]. Y le dijeron: Mujer ¿por qué lloras? En la pregunta que los ángeles hacen va implícito un mensaje: “Este es tiempo de gozo, no de lágrimas”. ¿No podríamos agregar que la pregunta es una expresión de reproche, formulada con ternura, como si los ángeles quisieran decir, “¿Ha resultado completamente vana la enseñanza del Señor respecto a su próxima muerte y resurrección? María ¿no te avergüenzas de tu incredulidad?”

   Pero el pesar y dolor se han apoderado del alma de María en forma tan completa que no se asusta, no, ni siquiera se sorprende de estos ángeles ni de su pregunta. Parece sentirse más cómoda en su presencia que, por ejemplo, en un libro reciente “Jacobo” lo es en presencia de “Gabriel”.

En la mente confusa de María queda lugar para sólo un pensamiento, que lo expresa al responder, Se han llevado a mi Señor, y no sé dónde le han puesto.

   También se podría traducir así, “Mi Señor ha sido llevado”, etc. Nótese: María todavía habla de Jesús como de su Señor (véase sobre 20:2). Oh, con haber sabido dónde estaba el cuerpo, habría podido cumplir con el propósito que la había conducido al sepulcro. Además, sólo el estar cerca de él—aunque ello sólo significara estar cerca de su cuerpo muerto—le daría mucha satisfacción.

   [14]. Al decir esto, se volvió, y vio a Jesús que estaba (allí); mas no sabía que era Jesús. María había estado mirando dentro del sepulcro (20:11, 12). Ahora se vuelve para mirar en dirección contraria. ¿Por qué? También en esto hay lugar para teorizar. He aquí unos pocos ejemplos: a. porque Jesús había aparecido de repente, y los ángeles que lo vieron desde donde estaban en el sepulcro se inclinaron para adorarlo, lo cual hizo que María se diera la vuelta para ver por qué los ángeles habían hecho eso; b. porque los ángeles, al ver a Jesús, señalaron hacia él, sugiriéndole a María que mirara fuera del sepulcro; c. porque María oyó que alguien se acercaba; d. porque los ángeles desaparecieron de repente de la vista; etc. Sea lo que sea, al Señor no le ha placido revelarlo. Lo importante es que María se encuentra ahora frente a alguien a quien no reconoce. Véase sobre el versículo siguiente:

    [15]. Jesús le dijo: Mujer ¿por qué lloras? ¿A quién buscas? María vuelve a oír la misma pregunta que le habían hecho un momento antes: “Mujer, ¿por qué lloras?” Véase sobre el versículo 13. Adviértase una correspondencia muy estrecha entre las palabras del ángel a las mujeres (Mt. 28:5, 7) y las que oyeron de los labios del Señor mismo un poco más tarde (Mt. 28:10). En el reino perfecto hay armonía perfecta. Los ángeles dicen lo que dice el Señor. Y la pregunta fue muy oportuna y adecuada, porque ¡sin duda que este no era el momento apropiado para llorar! El Extraño agrega, “¿A quién buscas?” Adviértase a quién, no qué. Aunque en la respuesta a los ángeles María había hablado de su Señor, no lo había buscado a él sino a su cadáver. Había buscado algo, no a alguien. Cuando El que ahora se dirige a María pregunta, “¿A quién buscas?”, comienza a encauzar los pensamientos de ella en otra dirección mejor. Debe comenzar a buscar a una persona no a una cosa.

Ella pensando que era el hortelano, le dijo: Señor, si tú lo has llevado, dime a dónde lo has puesto, y yo me lo llevaré.

¿Por qué pensó María que esa persona que le habló era el que cuidaba del huerto de José? Respondemos:

  1. Porque, debido a su incredulidad, no buscaba al Salvador resucitado.
  2. Quizá, porque Jesús tenía un aspecto diferente de antes (véase Mr. 16:12; cf. 9:3). Sin embargo, el hecho de que lo tomara por el hortelano prueba que tenía la forma humana común.
  3. Porque en el huerto esperaba ver al hortelano o guardián.

   A este supuesto hortelano María le dice, “Señor, si tú lo has llevado, dime dónde lo has puesto, y yo me lo llevaré”. “Señor” en este caso es la traducción correcta del original.  María ahora le pide un favor a esta persona: si él, por la razón que sea, ha trasladado el cadáver, ¿le dirá por favor a María dónde lo ha puesto, a fin de que ella lo pueda hacer trasladar a algún lugar conveniente donde se pueda ocupar de él? Es cierto que María de hecho dice, “lo” personal y no “lo” cosa, pero resulta claro que está pensando en el cuerpo de Cristo. Incluso hoy se utiliza el mismo lenguaje (personal en lugar de impersonal) en relación con los funerales.

   El versículo 16 probablemente implica que habiendo dicho esto, María, no esperando quizá una respuesta satisfactoria, se volvió, de modo que se encontró otra vez mirando hacia el sepulcro vacío. Tratándose, después de todo, de una mujer desesperada, no resultaría extraño esto. Esta interpretación de lo ocurrido probablemente es mejor que darle un significado raro al participio στραφε_σα (por ejemplo, habiéndose inclinado hacia adelante) según se usa en ese versículo.

   [16]. Jesús le dijo: ¡Miriam! Con ternura y cordialidad infinitas, en un tono parecido al de los días pasados, Jesús se dirige ahora a María utilizando una sola palabra, “Miriam”.

   El nombre arameo original con el que sus padres y amigos deben haberse dirigido a ella muchas veces, el nombre que Jesús siempre había utilizado al hablarle, es el que se emplea en este caso. Jesús se dirige a ella en su nombre propio, en su lengua materna. Ella se volvió y le dijo en arameo: ¡Raboni! (que significa, Maestro). Cuando María oye esta palabra—su propio nombre en su lengua materna—dicha en esa forma conocida como una sola Persona jamás la había pronunciado, se aparta rápidamente del sepulcro para dirigirse hacia el que la habla (véase sobre versículo 15) y con una palabra de dramática sorpresa, alegre reconocimiento, y humilde reverencia exclama, “Raboni”. Aunque esta palabra (que originalmente significaba mi maestro) tiene un significado que se aproxima mucho (y quizá sea idéntico) al de “Rabí”, y así lo traduce Juan (“Maestro”) pensando en sus lectores de Asia Menor que no hablaban arameo, el uso de hecho es mucho menos común que Rabí. En cuanto al uso de Rabí. El título Raboni se dio a unos pocos “Rabís”. A menudo se utilizaba para referirse a Dios.

   [17]. Jesús le dijo: Deja de asirte de mí, porque aún no he subido al Padre. Lo que Jesús quiso probablemente decir fue esto: “No creas, María que aferrándote a mí con tanta firmeza (cf. Mt. 28:9), puedes conservarme siempre contigo. Esa comunión ininterrumpida que anhelas debe esperar hasta que haya ascendido para siempre al Padre”. Jesús no se opuso a que lo tocaran. De lo contrario, ¿cómo se podría explicar lo que le dijo a Tomas? Véase sobre 20:27. Lo que censuró fue la idea equivocada de María de que la forma anterior de comunión iba a reanudarse, en otras palabras, que Jesús fuera a volver a vivir en asociación diaria visible con sus discípulos, tanto hombres como mujeres. Sin duda que la comunión se reanudaría; pero sería mucho más abundante y bendita. Sería la comunión del Señor ascendido en el Espíritu con su iglesia.

   Pero Vé a mis hermanos, y diles: Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios.

   Tanto María Magdalena como las otras mujeres reciben un mensaje que deben transmitir a los once. Pero en tanto que las otras mujeres deben decirles a los hombres lo que ha sucedido (“ha resucitado de entre los muertos”) y donde se encontrará Jesús con ellos (“Va delante de vosotros a Galilea; allí le veréis”), María debe anunciarles el gran acontecimiento en la historia de la redención que va a ocurrir (“Subo a mi Padre”, etc.).

   Jesús llama ahora a sus discípulos con un nombre nuevo: “hermanos”. (Cf. Sal. 22:23; 122:8; He. 2:11). Una relación nueva—comunión en el Espíritu, a punto de ser derramado— exige un nombre nuevo, un nombre todavía más íntimo que el hermoso nombre de “amigos”.

   Los hermanos son de una misma familia. Tienen mucho en común. Comparten la misma herencia. Así pues, todo verdadero creyente es coheredero con Cristo (Ro. 8:17). Así pues, también, en el sentido espiritual, Dios no es el Padre de todos los hombres sino sólo de quienes, habiendo sido escogidos desde la eternidad, han aceptado al Hijo con fe viva. Estos—todos éstos y sólo éstos—son hermanos de Cristo. Cuando pensamos en el hecho de que apenas unos días antes todos estos hombres “lo abandonaron y huyeron”, nos sorprende aún más que Jesús, con tierna misericordia, quiera llamarlos sus hermanos.

   Lo que María debe transmitirles como un mensaje de Cristo para ellos es esto, “Subo a mi Padre (está a punto de ocurrir; ocurrirá con seguridad; de ahí el tiempo presente) y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios”. Jesús distingue, y al mismo tiempo subraya la intimidad de la comunión entre él mismo, su Padre, y los discípulos. La distinción resulta muy clara por el hecho de que no dice, “Subo a nuestro Padre”. Su filiación difiere de la de ellos; por ello dice, “a mi Padre y a vuestro Padre”. Véase sobre 1:14 en cuanto a esta distinción. De ahí también, “a mi Dios y a vuestro Dios”. Sin embargo, también se subraya la intimidad de la comunión; el mismo Dios que es Padre de Jesús es también Padre de los discípulos.

   Jesús va a subir a este Dios y Padre. Este es el mensaje que debe comunicarse a los discípulos. Es también la lección que María necesita aprender.

[18]. Fue entonces María Magdalena y les anunció a los discípulos ¡He visto al Señor! y (les dijo) que él le había dicho estas cosas.

   No se ha registrado dónde fue el Señor después de aparecerse a María. Además, incluso resulta dudoso que, de haberse registrado, habríamos podido comprenderlo, porque debe tenerse presente que el período de su asociación diaria visible con los discípulos ya ha concluido. Simplemente aparece, ahora a éste, luego a aquél; y no debemos preguntar, “¿Dónde estaba entre las apariciones?” Sabemos muy poco acerca de la naturaleza del cuerpo resucitado y acerca de sus idas y venidas.

   El caso de María es diferente. Se nos dice que hizo lo que se le ordenó que hiciera. María debe haber sido una persona muy emotiva. En cierto sentido, nos recuerda a Pedro. En cierto momento la vemos llorar mucho. Se deshace en lágrimas, tanto, que incluso apenas advierte la presencia de los ángeles. Un momento después—el momento de reconocimiento gozoso, cuando el Señor resucitado pronuncia su nombre—todo cambia. “Raboni”, exclama; y, llegada a donde están los discípulos, apenas si puede contenerse en decirles, “He visto al Señor”. (En cuanto a Señor véase sobre 20:2, 13). Ahora ya no pensaba en un cadáver. No, se trataba del Señor vivo, gloriosamente resucitado del sepulcro. María comunicó el mensaje, palabra por palabra, exactamente como el Señor le había dicho que hiciera. Y estas palabras deben haber sido muy preciosas para los discípulos

1er Titulo:

Extraordinaria muestra de aprecio de María hacia Jesús. San Marcos 14: 3 al 5. 3Pero estando él en Betania, en casa de Simón el leproso, y sentado a la mesa, vino una mujer con un vaso de alabastro de perfume de nardo puro de mucho precio; y quebrando el vaso de alabastro, se lo derramó sobre su cabeza. 4Y hubo algunos que se enojaron dentro de sí, y dijeron: ¿Para qué se ha hecho este desperdicio de perfume?  5Porque podía haberse vendido por más de trescientos denarios, y haberse dado a los pobres. Y murmuraban contra ella. 

   Comentario: 14:3–9 El ungimiento en Betania: (Cf. Mt. 26:6–13; Jn. 12:1–8)

   De las tres fuentes que contienen esta historia, la de Juan (12:1–8) es mucho más detallada, con 142 palabras en el original. Marcos (14:3–9) le sigue, con 124 palabras. La más corta es la de Mateo (26:6–13) con sólo 109. La diferencia consiste mayormente en el material que Marcos y/o Juan añaden al resumen de Mateo, aunque el estilo también varía, como era de esperar.

   Los puntos que se hallan en Marcos y/o Juan, pero no en Mateo son: a. La mujer quebró el frasco; b. el perfume se podría haber vendido por una suma superior al salario de un año; c. Los discípulos murmuraban contra la mujer; d. La mujer que ungió a Jesús era María (obviamente la hermana de Marta y Lázaro; véase 11:1; cf. Lc. 10:42); e. ella ungió los pies de Jesús, y después los enjugó con sus cabellos; f. la casa se llenó con la fragancia del ungüento; y g. fue Judas quien, por razones egoístas, tomó la iniciativa en las críticas contra María.

   La descripción del perfume varía. También se observan unas variaciones en cuanto al modo de explicar la razón de por qué la mujer hizo lo que hizo.

   No hay contradicciones. Cierto que hay puntos que a primera vista parecen conflictivos, como p. ej. según Juan la mujer ungió los pies de Jesús, pero según Mateo y Marcos derramó el perfume sobre su cabeza. Pero unos momentos de estudio revelan que estos detalles realmente encajan de forma maravillosa, como se verá.

   [3]. Y mientras estaba en Betania, reclinado a la mesa en la casa de Simón el leproso, vino a él una mujer con un frasco de alabastro de un perfume muy costoso, hecho de nardo puro. Ella rompió el frasco de alabastro y derramó [el perfume] sobre su cabeza.

   En el versículo 3 Marcos comienza a relatar una nueva historia. Para hacerlo tiene que retroceder unos pocos días, desde el martes de los versículos 1, 2 a la tarde del sábado anterior cuando se hacía en Betania una comida en honor de Jesús. ¿Por qué hace Marcos esto? ¿Podría ser que quería mostrar que lo mejor de la naturaleza humana (a causa de lo que la maravillosa gracia de Dios ha obrado en ella), sobresale con más resplandor cuando se pone en contraste con lo peor de esa misma naturaleza? ¿Pudo haber sido ésta la razón por la que los versículos 3–9, que describen la hermosa obra de María, se insertan aquí entre los versículos 1, 2; y luego entre los versículos 10, 11? Estas dos secciones circundantes describen respectivamente la perversidad de los principales sacerdotes, escribas, etc., y también la maldad de Judas, quien fue su cómplice en el crimen. Sea lo que fuere, este relato contrasta la acción de María con la de los enemigos de Jesús, y es una manifestación de la fidelidad frente a la traición, y de una sincera devoción frente a una repulsiva degradación.

   Este incidente tuvo lugar “mientras [Jesús] estaba en Betania”. En la cena estaban presentes al menos 15 hombres: Jesús, los Doce, Lázaro (Jn. 12:2) y un tal Simón, mencionado aquí en el versículo 3 y en Mateo 26:6. Es obvio que la comida (o “cena” si se prefiere) fue motivada por amor al Señor, específicamente por gratitud por la resurrección de Lázaro y la curación de Simón, el que había sido leproso, y a quien seguían llamando “Simón el leproso”, y que presumiblemente había sido curado por Jesús. Fue en el hogar de este Simón donde se hizo la cena. La que servía era Marta, la hermana de María y Lázaro (Jn. 12:2).

   Conforme a la costumbre, los invitados estaban reclinados a la mesa, y de pronto “vino a él una mujer”. Sabemos por Juan 12:3 que esta mujer era María de Betania. Esta se situó detrás de Jesús, que estaba reclinado. En sus manos llevaba “un frasco de alabastro de un perfume muy costoso”, esto es, un frasco o recipiente blanco (o tal vez delicadamente coloreado) de alabastro. El perfume se había extraído de nardo puro,679 esto es, de las hojas secas del bulbo de esta planta originaria del Himalaya. El frasco contenía una apreciable cantidad de esta preciosa y fragantísima esencia, como es evidente por Juan 12:3; no menos de una libra romana (¡trescientos setenta y cinco gramos!).

   Repentinamente, aquella mujer quebró el frasco y vertió su contenido sobre Jesús. Según Mateo y Marcos, derramó el perfume sobre la cabeza de Jesús (cf. Sal. 23:5); según Juan ungió sus pies. No hay contradicción, puesto que Mateo y Marcos indican claramente que el perfume fue derramado sobre el cuerpo de Cristo (Mt. 26:12; Mr. 14:8). Evidentemente había bastante para todo el cuerpo; cabeza, cuello, hombros y pies. La casa de Simón se llenó de su fragancia. Junto con el perfume, ¡María derramó su corazón en gratitud y devoción!

   El resto del párrafo describe la reacción de parte de “algunos” (vv. 4, 5), y de Jesús (vv. 6–9). 4, 5. Pero algunos decían entre sí con indignación, ¿Por qué este desperdicio de perfume? Porque este perfume pudo haberse vendido por más del equivalente a un año de salario, y [el dinero] dado a los pobres. Y murmuraban contra ella. El lenguaje es abrupto y vivaz. Podemos imaginar que Pedro le entregó a su auditorio (en el que estaba Marcos) una descripción realista de lo que ocurrió. La escena se había fijado indeleblemente en la memoria del apóstol, y probablemente Marcos la reproduce aquí de la misma forma, con todas sus abreviaciones populares. El “algunos” de Marcos, corresponde a “discípulos” en Mateo. Parece que fue Judas, el tesorero, quien expresó la objeción más severa. Calculó rápidamente el valor del perfume, apreciándolo en trescientos denarios (Jn. 12:5), o aún más (como aquí en Mr. 14:5). ¡Imaginemos: el salario de más de un año desperdiciado; una cantidad suficiente para alimentar no menos de trescientas familias un día entero y aun sobrar! Y ahora, todo esto perdido. ¡Qué lástima!

   El piadoso (?) Judas lanza la opinión de que la gran suma en que este perfume podía y, según su modo de pensar, debía haberse vendido, habría sido una generosa donación para los pobres.

   Tanto Mateo como Marcos dejan en claro que los otros discípulos también le hicieron eco. Estaban indignados, y murmuraban contra María. “El perfume pudo haberse vendido y dado a los pobres”; ese era el sentir de todos.

   ¡Pobre María! Mirara donde mirara tropezaba con rostros enojados y con una ofendida desaprobación. Parece que aquellos hombres no entendían que el idioma nativo del amor es la prodigalidad. ¡Qué nobles eran aquellos hombres, especialmente Judas, el defensor de la forma de vida sencilla y el ayudador de los pobres! Aunque lo que realmente pretendía está indicado en Jn. 12:6.

2° Titulo:

Gratitud y alabanza hacia Dios por petición respondida. 1ª de Samuel 1: 26 al 28. 26Y ella dijo: ¡Oh, señor mío! Vive tu alma, señor mío, yo soy aquella mujer que estuvo aquí junto a ti orando a Jehová. 27Por este niño oraba, y Jehová me dio lo que le pedí. 28Yo, pues, lo dedico también a Jehová; todos los días que viva, será de Jehová. Y adoró allí a Jehová.

   Comentario: (5) Su presentación, 1:24–28. Un becerro fue sacrificado para la dedicación de Samuel (v. 25), probablemente en cumplimiento del voto que había hecho Ana (ver Lev. 22:18–21 y Núm. 15:8, 9). Se presentó como una expresión de su dependencia en el Dios del pacto y de ser consciente de que toda bendición viene de él. Y lo hizo estrictamente de acuerdo con la ley de Moisés en obediencia a sus indicaciones.

   Ana explicó a Elí el motivo de su viaje y le recuerda de su conversación unos años antes. Es curiosa su expresión en los vv. 27 y 28 donde cuatro veces usa la misma palabra que se traduce pedir. La palabra también tiene el sentido de “prestar” y podemos traducir: “Por este niño oraba, y Jehovah dio mi pedido que le pedí. Yo ahora lo pido (presto) a Jehovah todos los días que viva, él habiendo sido pedido (prestado) para Jehovah.” Dios le había dado a Ana su hijo Samuel. Ella se lo devolvió a Jehovah. Y a base de esto adora. Toda verdadera adoración es un acto de darse al Señor juntamente con todo lo que uno tenga. ¡Es decirle al Señor que él es digno de todo!

Joya bíblica

   Por este niño oraba, y Jehovah me ha concedido lo que le pedí. Por eso yo también lo dedico a Jehovah; y estará dedicado a Jehovah todos los días de su vida. Y adoraron allí a Jehovah (1:27, 28).

   Ana dedicaba su hijo a Jehovah. Y esta dedicación significa que él estaría bajo el voto de nazareo 5139. Esta palabra en heb. quiere decir “dedicar” y los detalles del voto de esta consagración se encuentran en Números 6:1–6. Aunque el voto generalmente sería para un cierto tiempo determinado, Ana lo dedica todos los días de su vida totalmente a Jehovah. Es evidente que tiene en mente este voto por la referencia en 1:11. La navaja no tocaría su cabeza como símbolo de su dedicación a Dios. La navaja se usaba más para “raer” el pelo puesto que el hombre hebreo llevaba barba y no se afeitaba. Solamente los sacerdotes se recortaban el pelo (Eze. 44:20). Los demás raerían su pelo de vez en cuando. Los símbolos de esta dedicación representaban la entrega de sus emociones (abstenerse del vino), de su voluntad (no cortarse el pelo) y de su cuerpo (no tocar ningún muerto). Ahora no vivimos bajo la ley, pero Jesús pide a cada discípulo que vaya en pos de él, se niegue a sí mismo, y que le siga. Significa una dedicación total y voluntaria.

Cántico mesiánico de Ana

Ana llega al clímax de su cántico de gratitud al reconocer la grandeza y la misericordia de Dios por haber escuchado su oración; pero su exaltación al santo nombre de Dios no se limita a su experiencia personal al haber sido favorecida con el hijo pedido, sino que va a la distancia a otro Hijo que “exaltará el poderío de su Ungido” (2:10). Su “Ungido”, de donde viene “Mesías” que aparece aquí por primera vez y que llega a ser a la vez título y nombre de Jesús: “Cristo” que es la traducción griega del hebreo “mesías”. Ana, en aquel momento cumbre de su vida, es intérprete de esa expectación viva y familiar de su pueblo que espera a su Mesías y que encuentra pleno cumplimiento en los días de Augusto César en la ciudad de David en Belén de Judea.

   Comentario 2: Vv. 19—28. Elcana y su familia tenían un viaje por delante y una familia con niños que llevar consigo, pero no se moverían hasta que hubieran adorado juntos a Dios. La oración y las vituallas no estorban el viaje. Cuando los hombres tienen tanta prisa, para empezar sus viajes o emprender un negocio, que no tienen tiempo para adorar a Dios, probablemente procedan sin su presencia y sin su bendición. — Ana, aunque sentía un cálido afecto por los atrios de la casa de Dios, rogaba quedarse en casa. Dios quiere misericordia y no sacrificio. Quienes se ven privados de las ordenanzas públicas porque crían y cuidan niños pequeños, pueden consolarse con este caso y creer, que, si cumplen ese deber con el espíritu justo, Dios los aceptará bondadosamente. — Ana presentó su hijo al Señor con reconocimiento y gratitud por su bondad para contestar la oración. Lo que demos a Dios es lo que primero pedimos y recibimos de Él. Todas nuestras dádivas para Él primero fueron dádivas suyas para nosotros. — El niño Samuel demostró precozmente una piedad verdadera. Se debiera enseñar a los niñitos a adorar a Dios cuando son muy pequeños. Sus padres debieran enseñarlos en eso, llevarlos a eso y ponerlos a que lo hagan lo mejor que puedan; Dios los aceptará bondadosamente y les enseñará a hacerlo mejor.

3er Titulo:

Profundo regocijo de una mujer elegida por Dios. San Lucas 1: 46 al 48. 46Entonces María dijo: Engrandece mi alma al Señor; 47Y mi espíritu se regocija en Dios mi Salvador. 48Porque ha mirado la bajeza de su sierva; Pues he aquí, desde ahora me dirán bienaventurada todas las generaciones. 

   Comentario: [46–48]. Y María dijo: Magnifica mi alma al Señor, y se regocija mi espíritu en Dios mi Salvador; porque ha mirado con favor a su sierva en su humilde estado. Porque, por cierto, desde ahora todas las generaciones me llamarán bienaventurada.

   Con su corazón rebosando de gratitud por lo que Dios ha hecho por ella, María dice: “Magnifica mi alma al Señor”, esto es, proclama la grandeza de Jehová. María hace esto con alegría y entusiasmo, porque agrega: “Y mi espíritu se regocija en Dios mi Salvador”.

   Inmediatamente debe dejarse en claro que en estas dos líneas paralelas no puede haber diferencia—y ciertamente ninguna diferencia de importancia—entre “alma” y “espíritu”.

   ¿En qué sentido llama María a Dios “mi Salvador”? Por cierto, nadie negará que en el Antiguo Testamento palabras como Salvador, salvar, salvación no siempre se usan en un sentido estrictamente espiritual. Una persona o un pueblo puede ser salvado no solamente del pecado sino también de la enfermedad, la muerte, el enemigo, etc. Por ejemplo, véanse 1 S. 11:13; 2 Cr. 20:17; Sal. 22:21; 106:21; 116:8. A veces parece haber una mezcla de males físicos y espirituales de los cuales es liberado el pueblo de Dios, de modo que Dios es su salvador en un sentido doble (Is. 63:8, 9; etc.). Además, hay pasajes en que las palabras en cuestión se refieren exclusiva o por lo menos predominantemente a la liberación del pecado y a la restauración del favor divino. Véase especialmente Sal. 51:12–14, y examínese además Sal. 119:81 y Ez. 37:23. ¿Y no indican los siguientes pasajes que por la operación divina ha sido implantado en el corazón del pueblo de Dios un sentido vivo de pecado y un profundo deseo de ser librado de él y de ser restaurado a la comunión con Dios? Véanse Is. 1:18; 12:2, 3; cap. 53; Dn. 9:8, 9, 19; Miq. 7:19; Zac. 8:7, 8; 13:1.

   Entonces, ¿qué quiere decir María cuando llama a Dios su Salvador? ¿Qué implica el contexto y el Antiguo Testamento con su trasfondo en cuanto a la respuesta probable? ¿Es suficiente decir que ella estaba pensando solamente en el hecho de que Dios la había rescatado del olvido que de otro modo hubiera sido su suerte? Se puede conceder que algo de eso debe de haber estado incluido en la razón de su exuberante acción de gracias. Nótese el contexto que muestra que ella estaba consciente de su “estado humilde” y del hecho de que el Señor la había liberado de ello y que de ahora en adelante todas las generaciones la llamarían bienaventurada. ¿Pero estaba ella pensando en nada más que eso?

   Debemos recordar que estamos considerando aquí una hija de Dios de mucha profundidad espiritual y muy dada a la meditación (Lc. 2:19, 51; Jn. 2:5); que, como se ha mostrado, los pasajes de “salvación” del Antiguo Testamento de ningún modo excluyen la liberación del pecado y el deleite en la comunión con Dios; y que, en otro pasaje sobre la natividad (Mt. 1:21) el ángel de Dios declara: “Llamarás su nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados”. ¿No establecen estos hechos la respuesta de que María llamó a Dios mi Salvador en el sentido especialmente espiritual?

   María estaba profundamente consciente del hecho de que era una mujer de “humilde estado”, la “esposa” (Mt. 1:20) de un carpintero de aldea. En los ojos de muchos ella probablemente era considerada como alguien a quien difícilmente Dios hiciera objeto de su especial favor. No obstante, de ahora en adelante no solamente Elisabet (véase v. 42) sino todas las generaciones la llamarían bienaventurada.

   Una “generación”, en el sentido en que se usa aquí, significa un número de personas que constituyen un peldaño en la escala de descendientes, un grupo de contemporáneos. Además, María no dice que todas las generaciones la van a considerar mediadora, y como tal un objeto legítimo de hiperdulía (veneración de la virgen María como la más santa de las criaturas). Lo que quiere decir es que todas las generaciones van a alabar a Dios por el modo maravilloso en que la ha honrado.

4° Titulo:

La mujer salvada sabe escoger lo mejor. San Lucas 10: 40 al 42. 40Pero Marta se preocupaba con muchos quehaceres, y acercándose, dijo: Señor, ¿no te da cuidado que mi hermana me deje servir sola? Dile, pues, que me ayude. 41Respondiendo Jesús, le dijo: Marta, Marta, afanada y turbada estás con muchas cosas. 42Pero sólo una cosa es necesaria; y María ha escogido la buena parte, la cual no le será quitada.

   Comentario: B. Un estallido de irritabilidad: [40]. Pero Marta estaba distraída por todo lo que tenía que hacerse.

   ¡Pobre mujer! Simpatizamos con ella, ¿no? Si se nos permite trasladar la historia a nuestro tiempo, de modo que se le proporcione una escena moderna, el resultado sería más o menos el siguiente:

   La mente de Marta se ve tirada en todas direcciones. “¿Cómo podré cuidar de todos los detalles de esta elaborada comida los aperitivos, la ensalada, la carne, las verduras, los saborizantes y condimentos, los panes, los postres, la distribución de los invitados alrededor de la mesa, etc.? Y todo esto para:

“Jesús y Lázaro, María y Marta, más Pedro, Andrés, Jacobo y Juan, Felipe y Bartolomé’, Mateo y Tomás también, Jacobo el menor y Judas el mayor, Simón Zelote y Judas el traidor”.

    Aun si se quita el nombre de Lázaro, puesto que no se le menciona en el relato presente y podría haber estado en otro lugar en esta ocasión, todavía serían quince personas a la mesa.

   Sin embargo, alguien podría objetar que el relato habla solamente de Jesús, de modo que debemos suponer que los discípulos no estaban con él. Es cierto que hay que reconocer la posibilidad. Sin embargo, la probabilidad es que estuvieran ellos también presentes. Razones para creer esto:

Þa. El v. 38 dice: “(ellos) estaban viajando”. El hecho de que este plural inmediatamente se cambie al singular él (en “llegó”, etc.) no significa que los Doce repentinamente dejaron a Jesús. Se usa el singular porque él naturalmente era el líder del grupo. Para referencias similares a Jesús en el singular cuando se entiende la presencia de los discípulos, véanse, por ejemplo, Lc. 6:1; 17:11.

Þb. La primera oración del relato que sigue de inmediato también muestra que los discípulos estaban con el Señor: “uno de los discípulos le dijo”, etc. (11:1). En consecuencia, parecería más bien extraña la ausencia de los discípulos en el pasaje intermedio (10:38–42).

Þc. Jn. 12:2 describe una escena similar. Allí leemos: “Le hicieron una cena”, no “hicieron una cena para él y sus discípulos”. Sin embargo, v. 4 muestra que también estaban presentes los discípulos. Por lo tanto, es comprensible que A. B. Bruce comente: “… no significa que él estuviera solo, aunque no se haga mención de los discípulos en el relato”. da por sentado que los discípulos probablemente estuvieran con su Maestro.

   Continuación: Repentinamente ella vino a él y preguntó: Señor, ¿no te importa que mi hermana me ha dejado hacer todo el trabajo sola? Dile que se levante y me ayude.

   Tanto trabajo y María sólo se sienta allí … ¡sin hacer nada! Marta explota de enojo. Se siente exasperada. Siente que tiene una justa razón para estar completamente irritada. En su estallido no solamente critica a María sino también a Jesús por permitir que María se siente allí … de ociosa.

  1. La voz de autoridad

   [41, 42]. Marta, Marta, respondió el Señor. Estás afanada y turbada por muchas cosas; pero una cosa solamente es necesaria. María ha escogido la buena parte, y no le será quitada.

   La expresión Marta, Marta revela una señalada desaprobación, por cierto, pero también un tierno afecto y grave preocupación, porque, como el que escudriña los corazones sabe, Marta estaba preocupaba interiormente y enfadada exteriormente. Esto era muy claro por la manera en que se veía, hablaba y actuaba. “Por muchas cosas”, como si dijera: “Una comida tan elaborada ni siquiera es necesaria. Además, hay cosas que en excelencia e importancia sobrepasan por lejos el comer”.

   “Una cosa solamente”, dice Jesús, “es realmente necesaria”. Algunos han interpretado este dicho como que significa: “Con un solo plato hubiera bastado”. Pero lo que sigue de inmediato ciertamente favorece la otra interpretación que tiene una acogida más amplia, a saber: “La única cosa necesaria es la porción que María ha elegido, es decir, oír mis palabras”. En realidad ¿puede haber algo mayor en valor que una devoción de todo corazón y la adoración del Señor Jesucristo, la revelación del Dios trino? Esa y no otra cosa—por ejemplo, este o aquel plato de comida—es la porción que nunca será quitada de María, ni de nadie que siga su ejemplo. Véanse Sal. 89:28; Jn. 10:28; Ro. 8:38, 39.

   A veces se pregunta: “¿Pero no fue Jesús un poquito injusto con Marta? Después de todo, ¿no tenía ella razón?” Hay que tener presente lo siguiente:

Þa. Excepto los toques finales, la comida ya debería estar lista cuando Jesús y su grupo llegaron. Tenemos razones para creer que él había tenido cuidado de hacer que su anfitriona supiera de su venida. ¿No estaba siempre enviando delante a hombres para anunciar su llegada? Véanse Is. 40:3–5; Mal. 3:1; Lc. 9:52; 10:1, 22:8.

Þb. Esto también significa que a su llegada una de las hermanas tendría que haber “atendido” al honorable visitante. Digamos más bien “debiera haber estado preparada para sentarse a sus pies para escuchar sus palabras”. El no hacerlo, aún bajo condiciones ordinarias, hubiera sido descortesía, contrario a los buenos modales, pero en este caso habría sido sumamente irreverente. Así que María hizo lo correcto.

Þc. 10:40, “me ha dejado, etc., probablemente dé a entender que más temprano María también había estado haciendo su parte en la preparación de la comida.

    Marta aprendió la lección. Sabía que las palabras de reprensión de Jesús se habían dicho con amor, porque “Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro: (Jn. 11:5).

   Así que no nos sorprende que dos de las más maravillosas profesiones de fe encontradas en las Escrituras iban a salir del corazón y los labios de Marta:

   “Señor, si hubieses estado aquí, mi hermano no habría muerto. Mas también sé ahora que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo dará” (Jn. 11:21, 22).

   “Sí, Señor, yo he creído que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios que viene al mundo” (Jn. 11:27).

   La historia, por lo tanto, tiene un glorioso final. Dios fue glorificado, y esto es lo que siempre importa más.

Lecciones prácticas derivadas de 10:25–42

Vv. 38, 39 “Una mujer llamada Marte … una hermana llamada María”. Esta historia y muchas otras muestran que en la escala de valores de Cristo no hay diferencia entre masculino y femenino. Amaba a todos por igual.

  1. 42 “María ha escogido”, etc. La selectividad divina no deja fuera la actividad humana. Pero véase 1 Jn. 4:19.

“No le será quitada”. Aquí se enseña la preservación divina, como en otros pasajes. No excluye, sino que definitivamente incluye la perseverancia humana.

Amén, Para La Honra Y Gloria De Dios.

DESCARGUE AQUÍ ESTUDIO COMPLETO


Hno Roberto Saldías Roa

Miembro de la IEP en Nacimiento Bajo, nació en el evangelio del Señor en la Iglesia de Laja 1975. Casado con María Nahuelmán, estudia teología de manera autodidacta. Me gusta mucho leer y escribir.

 

Deja una respuesta