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Lunes 27 de enero de 2020: “La santidad conviene a la vida de todo creyente”.

Lunes 27 de enero de 2020: “La santidad conviene a la vida de todo creyente”.

   Lectura Bíblica: 1a de Pedro Cap. 1, versículos 13 al 17. 13Por tanto, ceñid los lomos de vuestro entendimiento, sed sobrios, y esperad por completo en la gracia que se os traerá cuando Jesucristo sea manifestado; 14como hijos obedientes, no os conforméis a los deseos que antes teníais estando en vuestra ignorancia; 15sino, como aquel que os llamó es santo, sed también vosotros santos en toda vuestra manera de vivir; 16porque escrito está: Sed santos, porque yo soy santo.17 Y si invocáis por Padre a aquel que sin acepción de personas juzga según la obra de cada uno, conducíos en temor todo el tiempo de vuestra peregrinación;

   Comentario: Así como los profetas del Antiguo Testamento investigaron la revelación de Dios, tratando de entender su significado, así también los destinatarios de la carta de Pedro deben tomar la Palabra de Dios con la misma seriedad. Dios ha dado a los creyentes cristianos su Palabra, y por medio de ella su certidumbre de la salvación de ellos.

[13]. Por eso, preparen la mente para actuar; tengan dominio propio; pongan toda su esperanza en la gracia que se les dará cuando Jesucristo se manifieste.

   Los creyentes, una vez recibido el don de la salvación (véase v. 9), no pueden desestimar o dar por supuesto este tesoro. Son hijos de Dios, por lo cual se espera que hagan la voluntad de su Padre celestial (v. 14). Pedro les enseña qué hacer a través de una serie de mandatos.

[a]. “Preparen la mente para actuar”. En el griego, la redacción literal es: “Ceñid los lomos de vuestro entendimiento” (VRV). La doble metáfora lomos y mente lleva un poco a la confusión. Pero la imagen se aclara cuando pensamos en una persona del siglo primero que recogía y doblaba los pliegues de su larga vestidura ondeante bajo su cinturón para que no impidiese su andar o su trabajo (cf. Lc. 12:35; 1 R. 18:46; Pr. 31:17). Pedro aplica entonces esta imagen a la mente. Está diciendo: “Que nada estorbe vuestra mente cuando la pongan a actuar”.

   ¿Cuál es el significado del término mente? Se refiere al estado consciente espiritual del creyente, es decir a su relación consciente con Dios. Este término también significa que su mente está lista y en condiciones de pensar activamente en promover el nombre, la voluntad y el reino de Dios (cf. Mt. 6:9–10).

   La mente debe estar libre de todo estorbo (como ser, temor o preocupación) para servir al Señor.

[b]. “Tengan dominio propio’. Tres veces en esta epístola Pedro exhorta a los lectores a tener dominio propio (1:13; 4:17; 5:8). El desea que tengamos la mente clara y el juicio sano para estar listos para el regreso de Jesucristo. La mente debe estar libre de apuros y confusiones; debe rechazar la tentación de verse influenciada por bebidas o drogas intoxicantes. Debe permanecer alerta.

   Los traductores de una versión han adoptado la lectura perfectamente autodominados. Han tornado el adverbio perfectamente (o completamente), que puede ser tornado tanto con el verbo autodominados como con el verbo esperar (en la próxima cláusula), y lo han colocado con el primer verbo. Se trata de una elección difícil, pero los eruditos por lo general toman el adverbio con el verbo tener esperanza. Uno de los argumentos a favor de esta elección es que el mandato de “tener dominio propio” no requiere un término que lo modifique, en tanto que el requerimiento de “esperar” demanda un adverbio.

[c]. “Pongan toda su esperanza en la gracia que se les dará”. En el griego, esta cláusula contiene el verbo principal. Las exhortaciones precedentes en realidad, son subsidiarias del mandato primario de tener esperanza. El concepto esperanza es prominente en 1 Pedro. En el original, Pedro usa esta palabra como sustantivo en 1:3, 21 y 3:15, y como verbo en 1:13 y 3:5.

   Pedro le acerca una palabra de ánimo a sus lectores. Se da cuenta de que al experimentar persecución y dificultades su esperanza mengua. El alienta entonces a sus lectores a mirar esperanzadamente hacia el cumplimiento de su salvación, porque quiere que ellos tengan una esperanza viva en cuanto a su herencia (v. 3).

   La preposición de la cláusula “pongan toda su esperanza en la gracia que se les dará” (bastardillas añadidas) es significativa. Aquí la esperanza no se pone en una persona sino en un objeto. Ese objeto es “la gracia que se les dará”. Una vez más, la palabra gracia (véase v. 10) es equivalente a los dos términos, salvación (vv. 9–10) y herencia (v. 4). Es así que los creyentes enfocan su atención en su salvación.

   Nótese que Pedro indica que la gracia será dada. El griego dice que la gracia es traída, en el sentido de que ya está en camino. Dios es el agente activo al traer salvación a los creyentes que son los receptores pasivos. Saben que la gracia les es alcanzada por medio de la obra de Jesucristo y que se hará completa cuando él aparezca.

[d]. “Cuando Jesucristo se manifieste”. Aquí tenemos una repetición de la parte final del versículo 7. La redacción es idéntica, por lo cual el significado no varía. En otras palabras, la referencia a la manifestación de Jesús no puede ser a su primera venida sino más bien a su eventual regreso (cf. 1 Co. 1:7).

   Cuando Jesús vuelva en el momento fijado, traerá para sus seguidores el cumplimiento de su salvación. Cuando se manifieste, su obra redentora se cumplirá en todos los creyentes. Él les concede una salvación plena por medio de la liberación del pecado, por la glorificación del cuerpo y del alma, y el conocimiento de que él estará en medio de ellos para siempre.

   En los tres versículos que siguen, Pedro advierte a los creyentes que deben evitar conformarse al mundo, los insta a luchar por la santidad y confirma sus palabras con una cita del Antiguo Testamento. Por consiguiente, notamos tres puntos: una advertencia, una exhortación y una confirmación. El primero de ellos es una advertencia.

[14]. Como hijos obedientes, no se amolden a los malos deseos que tenían cuando vivían en la ignorancia.

   “Como hijos obedientes”. Los que reciben una herencia casi siempre son los hijos de la persona que ha muerto y dejado un testamento. Nosotros somos llamados hijos, no por nacimiento sino por adopción. Entre los griegos y romanos del siglo primero, la adopción era algo bastante común. Un hijo adoptivo disfrutaba de los mismos privilegios que un hijo carnal, aun hasta el punto de compartir la herencia.

   Los padres enseñan a sus hijos a ser obedientes, tanto así que la obediencia pasa a ser una segunda naturaleza de los hijos. Cabe esperarse la obediencia de los niños, pero no de los desconocidos. En sentido literal, Pedro llama a los destinatarios de su carta “hijos de la obediencia”. Esta es una expresión idiomática semita que en traducción significa “hijos obedientes”. Pero Pedro usa la redacción hijos de la obediencia para introducir el concepto de la santidad. La obediencia y la santidad son las dos caras de la misma moneda (véase vv. 2, 22).

   “No se amolden a los malos deseos que tenían cuando vivían en la ignorancia”. La semejanza entre lo que Pedro y Pablo escriben es inequívoca en este pasaje. Pablo dice a sus lectores: “No os conforméis a este siglo, sino que transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento (Ro. 12:2). No tenemos argumento para decir que un escritor dependiera del otro. Antes bien, ambos presentan la verdad con una redacción similar.

   El mundo tiene su propio estilo de vida, al cual los creyentes se sienten atraídos muchas veces, pero Pedro les advierte que no deben conformarse a los malos deseos que se destacan en el mundo. Los escritores del Nuevo Testamento exhortan continuamente en sus epístolas a los cristianos a que rechacen el modo de obrar del mundo y que vivan en obediencia a la Palabra de Dios.

   Pedro hace referencia aquí al trasfondo de algunos de los destinatarios originales de esta carta. Eran paganos que vivían en ignorancia y estaban separados de Dios (cf. Ef. 4:18). Desconocían la ley moral de Dios y por eso su conducta estaba gobernada por malos deseos. En contraposición a esto, el judío había recibido “la palabra misma de Dios” (Ro. 3:2) y sabía que su primer deber era obedecer la ley de Dios (Lv. 18:4–5; Dt. 6:4–6). Vemos aquí, entonces, que Pedro no sólo se dirige a cristianos judíos, sino también a lectores que antes habían sido paganos (véase 2:10).

   El mandamiento formulado en términos negativos, no se amolden (v. 14) es una prohibición, en tanto que el precepto positivo sed santos (v. 15) en una exhortación. Pedro sabe que para sus lectores la tentación de volver a su conducta anterior es real y que algunos de ellos quizás hayan sucumbido. Por eso, les manda que dejen de hacerle caso a sus deseos pecaminosos y que en cambio entreguen sus vidas a la obediencia y a la santidad de Dios.

A continuación, el apóstol formula una exhortación.

[15]. Más bien, así como es santo quien los llamó, sean santos en todo lo que hagan.

   Las palabras más bien introducen el aspecto positivo de este pasaje. Pedro informa a los lectores que Dios los ha llamado “de las tinieblas a su luz maravillosa” (2:9). Ahora son ellos los que han sido sacados del mundo; ellos son los escogidos (1:1–2; 2:9). En su amor electivo, Dios llama efectivamente a su pueblo a formar una nación santa (2:9). En suma, el llamamiento y la santidad son causa y efecto.

    Dios llama a su pueblo a ser santo porque él mismo es santo. Entre las características de Dios, como él ha querido revelar, ninguna es más significativa que su santidad. Tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento hablan más de su santidad que de cualquier otro atributo de Dios. El adjetivo descriptivo santo revela la pureza absoluta de Dios. Este adjetivo describe el estado y la acción del ser de Dios. Dios es sin pecado, no puede ser influenciado por ello, y en su santidad lo destruye.

   Pedro ahora toma el concepto de la santidad y lo aplica a sus lectores: “Así como es santo quien los llamó, sean santos en todo lo que hagan”. Dios llama a su pueblo a salir de un mundo de pecado para entrar en una vida de santidad; y espera que cualquier cosa que hagamos, digamos o pensemos sea santa.

   La confesión diaria del cristiano debe ser: Que no haya parte del día o de la noche que de lo sagrado esté exento.

   —Horacio Bonar

   Cuando Pedro dice: “Así como es santo quien los llamó, sean santos en todo lo que hagan”, espera que los creyentes sean imitadores de Dios en cuanto a la santidad. En su Sermón del Monte, Jesús presenta un mandamiento similar: “Sed por lo tanto perfectos, así como vuestro Padre celestial es perfecto” (Mt. 5:48). Y en otra ocasión dice, al predicar: “Sed, pues, misericordiosos, como también vuestro Padre es misericordioso” (Lc. 6:36).

¿En qué se basa Pedro cuando exhorta los creyentes a evitar el pecado y esforzarse en la santidad? El abre las Escrituras y apela a la más alta autoridad. Ofrece confirmación de su enseñanza en las palabras dichas por Dios mismo.

Una confirmación

[16]. “Pues está escrito: “Sean” santos porque yo soy santo”.

   Cuando Jesús fue tentado por Satanás, desarmó al maligno con la fórmula escrito está y citas apropiadas de la Escritura (véase Mt. 4:4, 7, 10). Satanás reconoció la autoridad de la Palabra de Dios, aun hasta el punto de (mal) citarla para su propio propósito. Esa autoridad volvió a Satanás incapaz de hacer caer a Jesús. Por eso la palabra escrita demanda respeto y obediencia.

   Pedro toma esta palabra escrita de Levítico 11:44–45. Apela a Levítico, porque este libro se ocupa del tema de la santidad. Levítico enseña que el pueblo de Dios debe ser santo, porque Dios es santo. En realidad, el adjetivo santo aparece con mayor frecuencia en Levítico que en cualquier otro libro de la Biblia.

    “Sean santos, porque yo soy santo”. Para el creyente, la santidad no termina con el perdón y la limpieza del pecado, sino que comienza con una vida activa de oposición al pecado. El pecador debe luchar por vivir en obediencia a Dios, demostrando así el significado de la palabra santo.

Consideraciones doctrinales acerca de 1:14–16

   En el mundo, la palabra santo se usa más como interjección que como término que evoca reverencia y temor. Pero en los círculos cristianos llamamos a Jerusalén “la ciudad santa”, a las Escrituras “la santa Biblia” y a los sacramentos “santo bautismo” y “santa cena”. Cuando usamos el adjetivo santo o santa para describir algo o alguien, reconocemos una relación directa entre Dios y esa persona o cosa.

   Lo que llamamos santo nosotros dedicamos a Dios, porque lo consideramos puro y, en ciertos casos, hasta perfecto. Pero vacilamos en llamar santa a una persona, porque el pecado ha destruido la perfección, y el ser humano nunca alcanzará la perfección durante su vida en la tierra. Y, sin embargo, la Biblia nos llama santos; es decir, somos hechos santos por medio de Jesucristo (p. ej., Hch. 20:32; 26:18; 1 Co. 6:11; Heb. 10:10). Como santos, recibimos el llamado de Dios a una vida santa (Ef. 4:22–24; Co. 3:9–10; 1 Ts. 5:23–24; 1 Jn. 3:3). Es por eso que, como hijos santificados de Dios, oramos haciendo la siguiente petición: “Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre” (Mt. 6:9).

   Pedro enseña, exhorta y aconseja a sus lectores acerca del modo en que debieran vivir. Menciona una vez más la relación que tienen como hijos de Dios para con Dios el Padre, que es santo y justo.

[17]. Puesto que invocan como Padre al que juzga imparcialmente las obras de cada uno, pórtense con temor reverente durante el tiempo que vivan como extranjeros en este mundo.

   Cada palabra de este texto es importante y rebosa de significado. Nótese que este versículo sirve de introducción a los cuatro versículos siguientes (vv. 18–21).

[a]. “Puesto que invocan como Padre”. Los traductores de la versión presente han captado correctamente el pensamiento de este versículo con las palabras puesto que. Una traducción literal del griego sería: “Y si invocan a un Padre”. Sin embargo, la oración condicional expresa la realidad de una práctica de larga data, de modo que las palabras Y si pueden significar “puesto que”.

   En el griego, la palabra Padre está antes del verbo invocar para recibir un énfasis especial. Aunque el sustantivo Padre carece del artículo determinado, en su forma absoluta se refiere a Dios el Padre. En otras palabras, Pedro indica que no tiene en mente ningún otro padre que Dios el Padre. Ya en los tiempos del Antiguo Testamento la gente invocaba a Dios como Padre (Sal. 89:26; Jer. 3:19; Mal. 1:6). Pero el Nuevo Testamento revela que Jesús nos enseña a orar íntimamente al Padre en el Padre nuestro (Mt. 6:9; Lc. 11:2). Pablo escribe que nosotros clamamos: “Abba, Padre” (Ro. 8:15; Gá. 4:6).

   Cuando llamamos a Dios nuestro Padre por ser sus hijos, debemos esperar que él también sea nuestro juez. Pedro agrega que el Padre “juzga imparcialmente las obras de cada uno”. Dios no favorece a nadie, sea rico o pobre (Stg. 2:1–9), judío o gentil (Ro. 2:11), esclavo o amo (Ef. 6:9; véase también Co. 3:25). El texto dice que Dios juzga sin mirar el rostro de la persona (cf. 1 Sam. 16:7) y que Dios Padre ya está juzgando las obras de cada uno. Nadie quedará exento de juicio, porque Dios juzgará imparcialmente cada acción del hombre. Por consiguiente, cuando invocamos el nombre del Padre, nos encontramos también con un juez imparcial.

   ¿Cuál es el propósito de saber que Dios es nuestro Padre y nuestro juez? Pedro lo aclara al decir: “pórtense con temor reverente durante el tiempo que vivan como extranjeros”. El cristiano debe vivir siempre consciente de estar en la presencia de Dios. Él sabe que el ojo de Dios está constantemente sobre él. Además, también se da cuenta de que el que no es cristiano lo está observando cuidadosamente para ver qué dice y qué hace. Por lo tanto, debe ser un verdadero hijo de Dios, para que se reflejen en el hijo las virtudes del Padre.

   La NVI ha traducido correctamente la palabra temor al calificarla con el adjetivo reverente. La relación entre Dios y su hijo no es de miedo sino de respeto. Dios quiere que su hijo viva como extranjero en esta tierra. En otras palabras, el hijo de Dios tiene su ciudadanía en el cielo (Fil. 3:20; Heb. 11:9). Es un extranjero en el mundo (v. 1; 2:11) durante el tiempo que Dios haya querido concederle (cf. 2 Co. 5:1, 6). Es un peregrino que busca complacer a Dios con su conducta diaria, que tiene profunda reverencia por Dios y su Palabra, y que sabe que ha sido comprado con el precio de la sangre de Jesús (vv. 18–19).

   A continuación de esto, leemos un párrafo de cuatro versículos en que Pedro presenta un breve resumen de la fe cristiana. Estos versículos enseñan las doctrinas de la redención, revelación y resurrección de Cristo.

1er Titulo

Indispensable santificación para alcanzar vida eterna. Romanos 6:22. Mas ahora que habéis sido libertados del pecado y hechos siervos de Dios, tenéis por vuestro fruto la santificación, y como fin, la vida eterna. 

    Comentario: El significado es claramente este: ser esclavos del pecado significa ser enemigos de la justicia; ser enemigos del pecado significa ser amigo de la justicia. Estar dedicados al pecado y a la justicia al mismo tiempo es imposible.

   Compárese esto con las palabras de Jesús: “Ninguno puede servir a dos amos; porque o odiará a uno y amará al otro, o será devoto a uno y menospreciará al otro” (Mt. 6:24).

    Con respecto al “fruto” o “beneficio” que esta gente obtuvo anteriormente de su esclavitud al pecado, Pablo dice que consistía de cosas de las cuales estáis ahora avergonzados. Es probable que él estuviese pensando en cosas tales como malos pensamientos, que lleva a malas palabras, que a su vez generan malos hechos y que resultan finalmente en malos hábitos. Cf. 1:24f. A la luz del evangelio y de la adoración del único verdadero Dios, que se revela en Jesucristo, ahora están avergonzados de su antiguo modo de vivir. ¡Y cómo no, ya que el resultado final de tal curso de conducta es la muerte! Cf. Gá. 5:22; Ef. 5:9.

   ¡Qué contraste entre el pasado y el presente! De la contemplación de la vergonzosa conducta del pasado Pablo pasa ahora, con gozo y gratitud a la descripción del presente:

   ¡Qué contraste!

Antes servidumbre ————→ Ahora libertad

Antes esclavos del pecado ————→ Ahora  siervos de Dios

Antes vicios ———-→ Ahora santidad

Antes vergüenza ————→ Ahora paz de espíritu

Antes muerte ———-→Ahora vida, incluso vida eterna.

6:22 “tenéis por vuestro fruto la santificación, y como fin, la vida eterna” El término “fruto” es usado en el v. 21 para hablar acerca de las consecuencias del pecado, pero en el v. 22 habla de las consecuencias de servir a Dios. El beneficio inmediato es que los creyentes sean más como Cristo. El beneficio final es estar con Él y ser como El eternamente (ver 1 Juan 3:2). Si no hubiere un resultado inmediato (es decir una vida cambiada, ver Santiago 2) el resultado final puede ser legítimamente cuestionado (la vida eterna, ver Mt. 7). ¡Si no hay raíz no hay fruto!

   «Mas ahora que habéis sido libertados del pecado y hechos siervos de Dios, tenéis por vuestro fruto la santificación, y como fin, la vida eterna.» Tenemos que observar esto con cuidado: no hay aquí pensamiento alguno ni de mejora de la naturaleza de pecado ni de perfeccionar dicha naturaleza. No, la muerte no es una mejora.

   El mayor de los errores acerca de este capítulo es la suposición de que la libertad respecto al pecado es un logro. Es por la muerte —la muerte de Cristo—, y esto no es nuestro logro. Y considerarnos muertos con Él no es un logro. No es por el servicio a Dios que quedamos libertados del pecado; esto sería un mérito humano. ¿No es precisamente lo opuesto? Lee estas palabras de manera cuidadosa: «Mas ahora que habéis sido libertados del pecado y hechos siervos de Dios, tenéis por vuestro fruto la santificación».

   Así, cada cristiano queda liberado del pecado, «y libertados del pecado, vinisteis a ser siervos de la justicia»

(v. 18). No dice: Llegasteis a ser siervos de la justicia, y entonces quedasteis libertados del pecado. Estas grandes verdades nos ocuparán, si el Señor quiere. ¡Mientras, estas son unas verdaderas y solemnes verdades!

2° Título

Somos templo y propiedad de dios para una vida en santidad. 1ª a los Corintios 6:19 y 20. ¿O ignoráis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, el cual está en vosotros, el cual tenéis de Dios, y que no sois vuestros? Porque habéis sido comprados por precio; glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo y en vuestro espíritu, los cuales son de Dios. 

   Comentario: [a]. «Huid de la inmoralidad». Este corto mandamiento se ilustra en la vida de José, quien huyó de la esposa de Potifar, su amo en Egipto, cuando trató de seducirlo. Al huir dejó sus ropas en manos de ella (Gn. 39:12). En este mandamiento, Pablo usa el verbo huir en tiempo presente, lo que apunta a una acción continua. Exhorta a los corintios a que eviten la inmoralidad que encuentran cada día en la degenerada sociedad de Corinto (cf. 10:14).

[b]. «Cualquier otro pecado que el hombre comete está fuera del cuerpo». ¿Qué quiere decir Pablo con esta breve afirmación? Hay una enorme cantidad de literatura sobre el versículo 18b, y por lo general se dividen en dos opiniones: esta parte del versículo es otro lema de los corintios o pertenece a Pablo. La primera alternativa afirma que Pablo rectifica el lema añadiendo: «pero él inmoral peca contra su propio cuerpo» (v. 18c). Sin embargo, se ha objetado a esta interpretación que la respuesta de Pablo sería muy abrupta. Además, la respuesta de Pablo sería inadecuada para contrarrestar el impacto del supuesto lema de los libre-pensadores de Corinto.

   Es mejor adoptar la segunda alternativa, pues según ella Pablo estaría exhortando a sus lectores a huir de la fornicación: un pecado que destruye el alma y el cuerpo. En este contexto es que escribe el mensaje del versículo 18. «Ningún otro pecado emplea el poder físico de comunicación personal en una forma tan íntima. En este sentido, cualquier otro pecado está como ‘fuera’ del cuerpo».57 La mayoría de los traductores suple la palabra otro, ya que el griego sólo dice: «cualquier pecado que el hombre comete está fuera del cuerpo». Esto lo hacen porque el texto exceptúa el pecado de fornicación.

   Pero ¿qué de las drogas o el alcohol? ¿No son también pecados contra el cuerpo? Aunque el deseo por estas sustancias se origina en la persona, las sustancias mismas entran al cuerpo desde fuera. Pero el pecado de la fornicación busca gratificar al cuerpo mismo y sólo se limita al cuerpo. En un sentido este pecado es diferente al resto, porque permanece en el cuerpo.

[c]. «Pero él inmoral peca contra su propio cuerpo». El adversativo, pero hace necesario suplir la palabra otro en la oración anterior: «Cualquier otro pecado que el hombre comete está fuera del cuerpo». Aquí se introduce la excepción a los pecados cometidos fuera del cuerpo: la fornicación es el único pecado contra el cuerpo físico (véase Eclesiástico 23:16–27). El fornicario usa pecaminosamente su cuerpo en contra del Señor, quien lo creó, redimió y santificó. Es por esto que José le preguntó a la mujer de Potifar: ¿Cómo, pues, haría yo este gran mal, y pecaría contra Dios? (Gn. 39:9). Por el contrario, el esposo y la esposa que son uno en el Señor se comunican el amor que tienen el uno por el otro a través del acto sexual. Experimentan satisfacción mutua, en vez de alienación y culpa. En suma, se regocijan en el don gratuito de Dios de la bendición matrimonial.

[19]. ¿O no sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo que está dentro de vosotros, el cual tenéis de Dios? Vosotros no os pertenecéis a vosotros mismos.

[a]. «¿O no sabéis?». La conjunción disyuntiva o entrega otra razón para huir de la inmoralidad sexual. Por última vez en este capítulo, Pablo hace una pregunta retórica sobre si los corintios tienen conocimiento (véase vv. 2, 3, 9, 15 y 16). Nuevamente se espera una respuesta afirmativa. Suponemos que Pablo ya les había enseñado acerca del propósito, uso y destino del cuerpo físico.

[b]. «Vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo que está dentro de vosotros». Pablo les recuerda a los corintios que sus cuerpos son sagrados. Les hace ver que el Espíritu Santo reside en ellos, haciendo de sus cuerpos un templo. Escribe en singular cuerpo y templo para aplicar lo que dice a cada cristiano en particular. Además, el orden de las palabras en el griego pone el énfasis sobre el Espíritu Santo. Literalmente dice: «Vuestro cuerpo es templo del que está dentro de vosotros, esto es, el Espíritu Santo». El cuerpo del creyente pertenece al Señor y es la residencia del Espíritu Santo.

   ¡Qué honor es tener al Espíritu Santo morando en nosotros! Pablo escribe la palabra templo (véase el comentario a 3:16). El griego tiene dos palabras que se pueden traducir «templo». Una es hieron, la que se refiere a todo el complejo del templo en general, como en la ciudad de Jerusalén. La segunda es naos, que apunta al edificio del templo mismo, el cual contiene el lugar santo y el santísimo (véase, p. ej., Éx. 26:31–34; Heb. 9:1–5). En este versículo se usa naos. Para el judío éste era el lugar donde Dios moraba entre su pueblo, hasta que fue destruido en el año 70 d.C. Para el cristiano el lugar donde al Espíritu de Dios le ha placido habitar no es un lugar geográfico, sino cada creyente. En la iglesia antigua, Ireneo llamó a los cristianos individuales «templos de Dios» y los describió como «piedras del templo del Padre». Así que, si el Espíritu de Dios vive dentro de nosotros, debemos evitar contristarlo (Ef. 4:30) o apagar su fuego (1 Ts. 5:19).

[c]. «El cual tenéis de Dios». Pablo enseña que cada creyente tiene y continúa poseyendo el don del Espíritu. Luego revela que ese Espíritu viene de Dios.

[d] d. «Vosotros no os pertenecéis a vosotros mismos». No somos dueños de nuestros cuerpos, porque Dios nos creó, Jesús nos redimió y el Espíritu Santo habita dentro de nosotros.

   El Dios trino reclama ser el dueño de nuestro cuerpo, pero nos da libertad para que voluntariamente le consagremos y entreguemos nuestros cuerpos físicos. Por contraste, los que fornican profanan el templo del Espíritu Santo y traen sobre sí mismos y otros un tremendo daño espiritual y físico. Por esta razón, Pablo nos exhorta a huir de la inmoralidad (v. 18). Porque Dios es el dueño de nuestro cuerpo, nosotros somos sus mayordomos que tenemos que dar cuenta. Por esto, debemos proteger nuestro cuerpo y guardar su carácter sagrado de cualquier mancha o perjuicio. El templo de Dios es santo y valioso.

[p 20]. Fuisteis comprados por precio; así que, glorificad a Dios en vuestros cuerpos.

[a]. «Fuisteis comprados por precio». Estas palabras apuntan a la muerte de Jesús en la cruz del Calvario, donde pagó el precio de nuestra redención. Cristo pagó por nuestra libertad del pecado, para que como hijos redimidos de nuestro Padre celestial participemos en sus bendiciones. El término comprados nos recuerda el mercado, donde se vendían y compraban esclavos. Si a esto alude Pablo, está diciendo que Cristo compró a los cristianos como esclavos para servirle. Cristo ahora es dueño de ellos, es su amo. En el pasaje paralelo, dice lo mismo: «Porque el que fue llamado en el Señor cuando era esclavo, es un hombre libre que pertenece al Señor; de la misma forma, cuando el hombre libre fue llamado, se convirtió en esclavo de Cristo. Fuisteis comprados por precio. No os hagáis esclavos de los hombres» (7:22, 23; véase también Gá. 4:6, 7).

[b]. «Glorificad a Dios en vuestros cuerpos».61 Ésta es la conclusión paulina a un largo discurso sobre la inmoralidad sexual (6:12–20). Con destreza ha convertido una discusión negativa en una exhortación positiva. Les dice a los corintios que usen sus cuerpos, que son templos del Espíritu Santo, para glorificar al Señor. Lo podrán hacer oyendo obedientemente a la voz de Dios que les habla en su revelación. Un catecismo del siglo XVI plantea la pregunta: «¿Cuál es el fin principal del hombre?». A lo que responde: «Glorificar a Dios y gozar de él para siempre».

3°Titulo

La santidad como resultado de una limpieza de carne y espíritu. 2ª a los Corintios 7:1. Así que, amados, puesto que tenemos tales promesas, limpiémonos de toda contaminación de carne y de espíritu, perfeccionando la santidad en el temor de Dios.

   Comentario: 7:1 Teniendo, por lo tanto, estas promesas, mis amados amigos, limpiémonos de toda contaminación de carne y de espíritu, y perfeccionemos [nuestra] la santidad en el temor de Dios.

[a]. «… por lo tanto, … mis amados amigos». El contenido de este versículo encaja con el contenido de todo el pasaje anterior (vv. 14–18) y es una conclusión oportuna, como evidencia la expresión, por lo tanto. Este versículo se relaciona bien con el pasaje del 11–13, en el que Pablo habla de su amor por los corintios y, a su vez, pregunta si es correspondido. Por esta razón se dirige a sus lectores con su cariñoso mis queridos hijos, que en traducciones más antiguas se vierte como «amados», dando a entender que los amaba (véase 12:19).

[b]. «Teniendo … estas promesas». Pablo afirma que tanto él como sus lectores son los beneficiarios de las promesas de Dios (cf. 2 P. 1:4). Enfatiza estas promesas, en el texto griego, al colocar la palabra estas al principio de la frase. Es decir, las garantías que ha mencionado en los versículos anteriores, son de Dios. Y la palabra de Dios es absolutamente cierta y veraz. Él cumplirá lo que ha prometido.

[c]. «Limpiémonos». Si las promesas son reales—y de hecho son—entonces es razonable que sus beneficiarios hagan el mayor esfuerzo posible por agradar al Dador de estas promesas.

   Por consiguiente, Pablo pronuncia una exhortación en la que se incluye a sí mismo y a sus colaboradores, para mostrar que ellos no están por encima de sus lectores: «Limpiémonos».

   Estas palabras son el claro reconocimiento, por parte de Pablo, de que él ha sido contaminado por el ambiente circundante del pecado.

   La exhortación no significa que una sola limpieza nos mantiene limpios para siempre; sino que debemos purificarnos constantemente. Los Reformadores hablaban del arrepentimiento diario como una forma de progreso en nuestra santificación. En otro lugar Pablo escribe que los corintios estaban lavados, santificados y justificados (1 Co. 6:11); pero el proceso de santificación es continuo, dado que la naturaleza humana es proclive al pecado.

   Cuando los judíos se encontraban en una condición ceremonialmente impura, tenían que lavarse cada vez que tocaban algo impuro, y ningún sacerdote o levita podía entrar en el tabernáculo o en el templo sin haberse lavado antes (Éx. 30:20–21). El mismo principio se aplica al pueblo de Dios, que cuando entran en su sagrada presencia, deben purificarse confesando sus pecados. Pablo admite que él no es mejor que los corintios; también necesita limpiarse y purificarse (cf. 1 Ts. 4:7; 1 Jn. 3:3).

[d]. «De toda contaminación de carne y de espíritu». Queriendo incluir a toda clase de impurezas, Pablo decide usar el adjetivo toda. Aunque el sustantivo contaminación sólo aparece aquí en el Nuevo Testamento, el verbo contaminar aparece tres veces (1 Co. 8:7; Ap. 3:4; 14:4). Pablo recalca que la contaminación afecta tanto al cuerpo como al espíritu, es decir, a la persona en su totalidad. Si la contaminación se refiere al culto a los ídolos, entonces los que asistían a este tipo de cultos en los templos paganos, corrían el riesgo de contaminarse física y espiritualmente, ya que algunos de los ritos incluían a prostitutas. «El que se une a una prostituta se hace un solo cuerpo con ella» (1 Co. 6:16).

   ¿Qué tiene esto que ver con la iglesia de Corinto? Mucho, porque Pablo ya había preguntado antes en este mismo pasaje: «¿Qué acuerdo puede tener el templo de Dios con los ídolos?

   Porque nosotros somos templo del Dios viviente» (6:16). Los creyentes de Corinto son el templo de Dios; Él mora con ellos y hace real su presencia andando entre ellos. Por eso, las palabras que se usan en el versículo 1 (limpiémonos, contaminación, santidad), «provienen directamente de las imágenes literarias del templo». Dios es un Dios celoso que no tolera a otros dioses antes que él (Éx. 20:3–5; Dt. 5:7–9). La referencia de Pablo a la carne y al espíritu debe interpretarse como la referencia a una persona completa al servicio de Dios (véase el paralelo en 1 Co. 7:34).71 Las palabras sugieren el significado de que una persona que es limpia en lo exterior, con respecto a la carne, y en lo interior, con respecto al espíritu, camina con Dios.

[e]. «Y perfeccionemos la santidad [nuestra] en el temor de Dios». Esta cláusula resuena la exhortación de Pablo: «Limpiémonos de toda contaminación». Usa el participio griego, en tiempo presente, epitelountes (perfeccionar) como exhortación a sus lectores: «Esforcémonos por lograr una perfecta santidad». Pablo describía a los creyentes corintios como «santificados en Cristo Jesús» (1 Co. 1:2; cf. 1 Ts. 3:13), e indica que Dios los hizo santos por la obra de su Hijo. Pero la santificación sigue siendo un proceso continuado, en el que los creyentes deben esforzarse asiduamente por una completa santidad. Incluso dice cómo debe hacerse: «en el temor de Dios». El temor y la reverencia a Dios promueven la motivación para perfeccionar la santidad del creyente. En presencia de Dios Padre, sus hijos deben vivir en este mundo como si fueran extranjeros, «en reverente temor» (1 P. 1:17).

   Nuestra relación con Dios debe poseer un genuino respeto y una profunda reverencia. Así como el Padre es santo, nosotros también, como hijos suyos, debemos reflejar su santidad en nuestras vidas.

4° Titulo

Clara exigencia de santidad para los creyentes. Hebreos 12:14. Seguid la paz con todos, y la santidad, sin la cual nadie verá al Señor. 

   Comentario: 14. Haced todo esfuerzo por vivir en paz con todos y por ser santos; sin santidad nadie verá al Señor.

   Este versículo es introductorio y le imprime un carácter positivo al resto del pasaje. Consideremos este pasaje punto por punto.

[a]. Qué hacer. El primer mandato es: ¡buscar la paz! Seguid buscando una meta—es decir, la paz; no descanséis hasta haberla obtenido. Cuando la vida espiritual florece en el círculo familiar y en la congregación, la paz mantiene unidos a los miembros. Pero cuando la falta de armonía atrofia la vida espiritual de la familia o de la congregación, la paz se ha alejado como una fugaz sombra que cruza los campos. Buscar la paz significa descartar las reyertas. “Vivir en paz con todos los hombres”, dice el escritor.

   ¿Qué significan las palabras todos los hombres? ¿Se incluyen los enemigos? Según la enseñanza de Jesús, la respuesta es sí. Jesús dijo: “Amad a vuestros enemigos y orad por los que os persiguen, para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos” (Mt. 5:44–45). Y aquellos que son llamados hijos de Dios son los pacificadores (Mt. 5:9). “Los pacificadores son el verdadero Israel y son reconocidos por Dios como hijos suyos.”

    Un refrán recurrente tanto en el Antiguo Testamento como en el Nuevo es la orden de vivir en paz unos con otros. David exhorta a los israelitas: “Volveos del mal y haced el bien; buscad la paz y seguidla” (Sal. 34:14; véase también 1 P. 3:11). En su epístola a los romanos, Pablo enfatiza dos veces la búsqueda de la paz: “Si es posible, en cuanto dependa de vosotros, vivid en paz con todos” (12:18) y “Por lo tanto hagamos todo esfuerzo por hacer aquello que conduce a la paz” (14:19). La paz se obtiene por medio de una estrecha comunión con Jesucristo, el Príncipe de Paz (Is. 9:6; Col. 3:15).

   El segundo mandato es: buscad la santidad. La paz y la santidad son dos caras de una misma moneda.

   La santidad no es el estado de perfección ya obtenido. En el original griego la palabra se refiere más bien al proceso de santificación que ocurre en la vida del creyente. Para decirlo de otra manera, el creyente refleja las virtudes de Dios. Al hacerlo, se va asemejando más y más a Cristo, quien por medio del Espíritu Santo continúa obrando en el corazón del creyente. Como dice el escritor de Hebreos, Jesús es el que santifica al creyente (2:11). Por lo tanto, nosotros como creyentes debemos hacer todo lo que esté en nuestra mano para obtener la santidad.

    La conclusión de estos dos mandamientos es esta: sin paz y santidad nadie verá al Señor. Solamente el puro de corazón, dice Jesús, verá a Dios (Mt. 5:8; compárese con 1 Jn. 3:2). Un Dios santo puede tener comunión solamente con aquellos que están en paz con él (Ro. 5:1) y con aquellos que han sido santificados por medio de la obra de Cristo (Heb. 2:10; 10:10, 14; 13:12). La santa ira de Dios está dirigida contra los que son inicuos (Heb. 10:29). La persona injusta no puede soportar la visión de la aparición de Cristo, ya que la ira de éste es terrible (Ap. 6:15–17). Isaías dice que los ángeles se cubren sus rostros ante la presencia de Dios (6:2); ¿Cómo podría entonces una persona no santa ver a Dios?

Amé, para la honra y gloria de Dios.

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Hno Roberto Saldías Roa

Miembro de la IEP en Nacimiento Bajo, nació en el evangelio del Señor en la Iglesia de Laja 1975. Casado con María Nahuelmán, estudia teología de manera autodidacta. Me gusta mucho leer y escribir.

 

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