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Lunes 26 de noviembre de 2018 “Jesús Nos Da Claras Señales De Los Tiempo Finales”

Lunes 26 de noviembre de 2018 “Jesús Nos Da Claras Señales De Los Tiempo Finales”

   Lectura Bíblica: San Mateo Cap. 24, versículos 3 al 8. Y sentándose él en el monte de las Olivas, se llegaron a él los discípulos aparte, diciendo: Dinos, ¿cuándo serán estas cosas, y qué señal habrá de tu venida, y del fin del mundo? Y respondiendo Jesús, les dijo: Mirad que nadie os engañe. Porque vendrán muchos en mi nombre, diciendo: Yo soy el Cristo; y a muchos engañarán. Y oiréis guerras, y rumores de guerras: mirad que no os turbéis; porque es menester que todo esto acontezca; más aún no es el fin. Porque se levantará nación contra nación, y reino contra reino; y habrá pestilencias, y hambres, y terremotos por los lugares. Y todas estas cosas, principio de dolores.

   Comentario:  Versíc. 3. Y cuando él estaba sentado en el Monte de los Olivos, los discípulos se le acercaron en privado y le dijeron: Dinos, ¿cuándo sucederá esto, y qué señal (habrá) de tu venida y del fin del mundo? Un poco después Jesús está sentado en el Monte de los Olivos. Podemos imaginarnos cómo, mirando a través del valle, se presenta una vista realmente fascinante a los ojos de la pequeña compañía. Allí estaba el techo del templo bañado en un mar de gloria dorada. También estaban los hermosos patios dispuestos como terrazas y aquellos claustros de níveo mármol que parecían resplandecer y brillar a la luz del sol poniente. Y ¡pensar que toda esta gloria está a punto de perecer! Las mentes de los discípulos flaquearon y se tambalearon cuando le tomaron el peso a la terrible predicción.

   ¡Toda esta gloria! “Hermosa provincia, el gozo de toda la tierra es el Monte de Sion … la ciudad del Gran Rey … Andad alrededor de Sion, y rodeadla; contad sus torres. Considerad atentamente su antemuro” (Sal. 48:2, 12, 13). Esto ciertamente era válido en un grado no menor con respecto al templo varias veces ampliado y pródigamente adornado que Herodes I había comenzado a construir. “No ha habido, en tiempos antiguos o modernos un edificio sagrado que iguale al templo, sea en situación o magnificencia”. La literatura rabínica no es particularmente favorable a Herodes. Sin embargo, acerca del templo de Herodes dice: “El que no ha visto el edificio de Herodes jamás en su vida ha visto un edificio hermoso”.

   Podemos imaginarnos a los discípulos con los ojos fijos en el “orgullo de Jerusalén”, con profundo silencio y tristeza mientras meditan en las palabras de condenación pronunciadas por Jesús. Finalmente rompen el silencio cuatro discípulos: Pedro, Jacobo, Juan y Andrés (Mr. 13:3). Acercándose a Jesús, le preguntan: “Dinos, ¿cuándo sucederá esto y qué señal (habrá) de tu venida y del fin del mundo?” La forma misma en que se plantea la pregunta—la yuxtaposición de frases—parece indicar que, al interpretar las palabras del Maestro, estos hombres (portavoces del resto de los Doce) han entendido que la caída de Jerusalén, particularmente la destrucción del templo, significaría el fin del mundo. En esta opinión ellos estaban en parte equivocados, como Jesús va a demostrar. Entre la caída de Jerusalén y la culminación de la era, la segunda venida, habría un extenso período. Sin embargo, los discípulos no estaban completamente equivocados: había ciertamente una conexión entre el juicio que se iba a ejecutar sobre la nación judía y el juicio final en el día de la consumación de todas las cosas. Como ya se ha indicado, el primero era un tipo, una prefiguración o un presagio del segundo.

   Se ha presentado la pregunta: “¿Cómo podían los discípulos, para quienes tan poco significaban las reiteradas predicciones de Cristo de su próxima muerte y resurrección (16:21, 22; Mr. 9:32; Lc. 9:45; 18:34) preguntar acerca de su (segunda) venida?” Sin embargo, hay que hacer una distinción entre una plena comprensión de una cosa y el estar emocionalmente interesado en ella. Los discípulos, es verdad, no pudieron entender en toda su profundidad las predicciones de Cristo acerca de una resurrección de entre los muertos, pero si algo de esta naturaleza iba a suceder, de modo que Jesús resucitaría y entonces iría al Padre para sentarse en el trono, ellos querían saber más al respecto; quizás, especialmente porque su Señor les había prometido que volvería y ellos también se sentarían en tronos (19:28; 23:39). Acerca de la expresión “venida” o “parousía” véase sobre el v. 27.

   Aunque hay que reconocer con franqueza que esta no es una explicación completa de su condición mental, puede aclarar la situación hasta cierto punto. De todos modos, la pregunta que hicieron dio lugar al famoso discurso escatológico de su Maestro.

  1. El principio de los ayes o dolores de parto

   Versíc. 4–12. Jesús respondió: “Cuidado que nadie os engañe. Porque muchos vendrán en mi nombre, diciendo: Yo soy el Cristo, y engañarán a muchos. Y oiréis acerca de guerras y rumores de guerras, pero cuidaos; no os turbéis, porque tales cosas deben suceder, pero eso no es el fin todavía. Porque (una) nación se levantará en guerra contra (otra) nación, y (un) reino contra (otro) reino, y habrá hambres y terremotos en diversos lugares, pero todas estas cosas son (solamente) el principio de los dolores de parto. Entonces os entregarán a la tribulación y os matarán, y seréis odiados por todas las naciones por causa de mi nombre. Y entonces muchos caerán traicionándose y aborreciéndose unos a otros. Y muchos falsos profetas se levantarán y engañarán a muchos; y debido a que la maldad se aumentará, el amor de la mayoría se enfriará.

   Jesús ahora procede a corregir la inferencia equivocada de los discípulos. Les muestra que “no todo lo que parece ser una señal del fin del mundo es en realidad una señal en tal sentido”. En otras palabras, hay también señales que solamente en un sentido muy general merecen ese nombre. Cuando quiera que estos sucesos separados se interpretan como indicadores infalibles de que el fin de la era está inmediatamente a la vista, merecen el nombre de “señales erradas”. Así, Jesús predice la venida de falsos cristos—individuos que dirán: “Yo soy el Cristo”—y falsos profetas que extraviarán a muchos. Los que persisten en ser extraviados mostrarán que jamás pertenecieron al verdadero rebaño de Cristo (1 Jn. 2:19; cf. 1 Co. 11:19). Siempre ha habido falsos profetas, engañadores. Sus víctimas se oponen a la ley de Dios. Esta “maldad” se aumentará, con el resultado natural: división en el círculo familiar, disminución en el amor de los unos por los otros, exactamente como Jesús había predicho (cf. 24:12 con 10:34–37). No es necesario nombrar ninguno de los falsos profetas. Estaban presentes en relación con la caída de Jerusalén, pero no dejaron de hacerse evidentes después de la gran catástrofe del año 70 d.C. Los discípulos no deben dejarse extraviar por ellos (24:4). Hay que rechazar sus pretensiones. Además, el solo hecho de que ellos jamás desaparecen de la tierra durante toda la dispensación presente muestra claramente que su aparición y obra no pueden constituir una señal en el sentido restringido de la palabra.

   Esto también es válido con respecto a “guerras y rumores de guerras” (24:6). Cuando Jesús pronunció estas palabras, el imperio romano había estado disfrutando de una larga era de paz. Pero unas cuatro décadas más tarde el tumulto político comenzará a inquietar el gran reino desde uno al otro extremo, de tal modo que Roma verá a cuatro emperadores en un solo año: Galba, Oto, Vitelio y Vespasiano. Pero estas violentas revueltas e insurrecciones no pueden, por mucho que se estire la imaginación, constituir indicaciones definidas de que el Señor vendrá inmediatamente. Esto se hace evidente de inmediato cuando uno considera el hecho de que las guerras y rumores de guerra no cesaron con la caída de Jerusalén. A través de los siglos la profecía se cumple continuamente: “(una) nación se levantará en guerra contra (otra) nación, y (un) reino contra (otro) reino (v. 7a). Un autor contó trescientas guerras en Europa durante los últimos trescientos años. Y estas guerras están creciendo en intensidad. Es perfectamente claro que cuando se señala una guerra en particular como una ayuda para los “fijadores de fecha” se ha producido una nueva “señal errada”.

   Jesús también habla de “hambres y terremotos en diversos lugares” (v. 7b). Como ocurre con los otros acontecimientos predichos, así también es aquí. Estas perturbaciones en la esfera del mundo físico ciertamente son pre-figuraciones y representaciones de aquello que, en una escala mucho más extensa e intensa, ocurrirá en la esfera de la naturaleza al final de la era. Pero aparte de ese sentido muy general, no se pueden llamar correctamente señales. Ninguna de ellas en particular puede dar a nadie el derecho de hacer predicciones con respecto a la fecha de la caída de Jerusalén o al tiempo de la Parousía (segunda venida de Cristo). Es verdad que durante el período comprendido entre los años 60–80 d.C. asolaron el imperio hambres, pestilencias, incendios, huracanes y terremotos, como lo señala Renan en L’Antichrist. Durante el verano del año 79, entró en violenta erupción el Vesubio y destruyó Pompeya y sus alrededores. Pero, como ya es claro desde la oración anterior, estas catástrofes no estuvieron limitadas a la década que precedió a la caída de Jerusalén en el año 70. Además, a través de los siglos ha habido violentos terremotos. Por ejemplo, el 1 de noviembre de 1755 murieron 60.000 personas en Lisboa, Portugal; en 1783, en el gran terremoto de Calabria murieron, según se calcula, unas 30.000 personas; en 1857 el gran terremoto napolitano se llevó más de 12.000 vidas. También había el terremoto de Charleston en 1886; el de Assam en 1897; el de California en 1906 que destruyó una sección importante de San Francisco (ese mismo año hubo un terremoto muy devastador en Valparaíso, Chile, con miles de muertos); el de Messina en 1908; en Avezzano, Italia en 1915; varios en Turquía, desde 1939 hasta ahora; el que arrasó la provincia de Kansú en China, 1920; el que azotó a Japón en 1923, destruyendo partes de Tokio y Yokohama; los de Chile en 1939, 1960 y varios más recientes; el devastador terremoto de Perú en 1970, etc. Los historiadores y filósofos antiguos—tales como Tucídides, Aristóteles, Estrabo, Séneca, Livio y Plinio—describieron fenómenos sísmicos similares en sus tiempos. Y ya en el año 1668 Robert Hooke escribió su obra que lleva el título, Discourse on Earthquakes. Cierto autor contó no menos de setecientas perturbaciones de esta naturaleza, grandes y pequeñas, ocurridas en el siglo diecinueve.

   Es apenas necesario añadir a esto que no solamente los falsos cristos y falsos profetas, las guerras y los rumores de guerras, los terremotos y hambres ocurran a través de toda la historia de la iglesia, sino también las persecuciones y defecciones a las cuales se refiere Jesús en los vv. 9, 10, 12 y 13. En cada siglo se ha verificado el dicho: “y seréis odiados por todas las naciones por causa de mi nombre”, esto es, debido a vuestra conexión vital conmigo. Véase también sobre 6:9; 7:22; 10:22, 41, 42; 12:21. La sola expresión “todas las naciones” muestra claramente que Jesús no está pensando solamente en lo que ocurre durante la vida de los apóstoles.

   Ahora, con respecto a acontecimientos como estos ya descritos, Jesús dice en los vv. 6 y 8: “No os turbéis, porque tales cosas deben suceder, pero eso no es el fin todavía. Todas estas cosas son (solamente) el principio de los dolores de parto”. Marcan el comienzo, dice Jesús. No marcan el fin. Por lo tanto, no os alarméis.

   A pesar de estas claras advertencias dadas por nuestro Señor a sus discípulos, muchos miembros de la iglesia moderna se llenan de admiración por el ministro o evangelista que habla muy doctamente acerca de “Las señales de los tiempos” y trata de demostrar a sus oyentes que esta o aquella batalla terrible o aquel grave terremoto o hambre devastadora, “basados en la profecía”, es la señal infalible del inminente regreso de Cristo.

   Es cierto, los hechos aquí señalados tienen significado. Son peldaños que conducen hacia la meta final. Por medio de ellos se prefigura el final de la era que se acerca, y se desarrolla el plan eterno de Dios. Además, cuando comprendemos que hacia el fin de la presente dispensación las perturbaciones indicadas van a ocurrir juntas (24:33), probablemente sean más numerosas, más extensas, y más terribles que nunca antes (24:11; cf. Lc. 21:11, 25, 26), y que van a tener lugar en conexión con la gran tribulación que dará paso a la parousía (Mt. 25:5–9), podríamos llegar a la conclusión de que no sería irrazonable calificar al brote final de todos estos terrores como “señales concurrentes o acompañantes”.

   Jesús continúa: 13. Pero el que persevere hasta el fin será salvo. Como en 10:22 así también aquí el sentido es: aquel que a pesar de todas estas perturbaciones y persecuciones permanece leal a Cristo entrará en la gloria. Para él el período de persecución y tribulación durará hasta que la muerte lo libre de este escenario terrenal (Jn. 16:33; 2 Ti. 3:12). Para la iglesia en general durará hasta la segunda venida de Cristo en gloria (2 Ts. 1:7; Ap. 11:10– 12).

   En los vv. 4–12 Jesús ha estado hablando de una serie de acontecimientos que, tomados por separado, no indican en forma definitiva “el fin” acerca del cual han preguntado los discípulos. Repentinamente hay un cambio de “pero eso no es el fin todavía” a “y entonces vendrá el fin”. Quizás podamos considerar como una transición la frase “el que persevere hasta el fin”, puesto que al decir “el fin” la mente se mueve fácilmente de la contemplación del fin de la vida de un creyente individual a la consumación de la historia del mundo. De todos modos es claro que el Señor no olvidó la pregunta de los discípulos. Habiéndoles advertido que no prestaran mucha atención a estas perturbaciones que se repiten tan constantemente y que en gran medida se puede llamar “falsas señales”, ahora dice: 14. Y este evangelio del reino será predicado en todo el mundo como un testimonio a todas las naciones, y entonces vendrá el fin. No dice: “Entonces inmediatamente”, reservándose la palabra “inmediatamente” para el v. 29, sino simplemente “entonces”. Este “entonces” bien se puede tomar como que abarca más tiempo que “inmediatamente después”. Probablemente estén incluidos en esta referencia al “fin” el terrible ataque final contra el pueblo de Dios, llamado “gran tribulación” (v. 21), de muy breve duración (v. 22), y la venida misma del Señor en las nubes. Así que, lo que Jesús está diciendo es que los acontecimientos finales de la historia del mundo van a ser precedidos por la predicación del evangelio del reino “a todas las naciones”. Se puede considerar como cosa cierta que, en la forma que él lo vio y lo predijo, la proclamación global del evangelio no iba a ser un asunto de unas pocas semanas, meses o años, sino que abarcaría un período mucho más extenso de tiempo, muchos siglos. La esencia de ese evangelio se resume en pasajes tales como 3:2; 4:17, 23; 11:28–30; 26:6, 7; Jn. 3:16; cf. Ro. 1:17; 3:24; 2 Co. 5:20, 21. Es definidamente el evangelio “del reino”, esto es, del reinado de Dios en el corazón y la vida, por gracia y por medio de la fe.

.   Es apenas necesario señalar que aquí no hay una promesa de que “toda persona recibirá una oportunidad de ser salvo”. Jesús está hablando de las naciones del mundo. Está diciendo que cada una de estas naciones en una u otra ocasión durante el curso de la historia oirá el evangelio. Este evangelio será un testimonio: su aceptación o rechazo será decisivo. Aquí no hay promesa de una segunda oportunidad. Lo que cada nación o persona haga con la actual proclamación del evangelio tendrá un resultado final. Es instructivo comparar estas palabras de nuestro Señor con Ap. 11. En ese capítulo los testigos salen y profetizan “mil doscientos sesenta días”. Finalmente, el testimonio de ellos termina. Entonces, después de un breve período de persecución (llamado simbólicamente “tres días y medio”) son trasladados al cielo.

   En forma similar, también en Ap. 20 las naciones reciben su gran oportunidad (de modo que el dragón no puede engañarlos) por un período de mil años. Entonces, “por un poco de tiempo” Satanás es liberado de su prisión. Esto, a su vez es seguido por la aparición de Cristo sobre “un gran trono blanco”. Por lo tanto, es claramente evidente que el programa de la historia es el mismo en los tres capítulos (Mt. 24; Ap. 11; 20).

   Un breve examen del progreso de las misiones desde los primeros tiempos hasta el presente convencerá a cualquier persona que los días en que estamos viviendo son verdaderamente significativos. En general el evangelio se ha estado extendiendo “desde el oriente hasta el occidente”. Un autor estima que hacia el final del período apostólico el número total de discípulos cristianos había llegado al medio millón. Durante este primer período un misionero sobresale por sobre todos los demás: Pablo. El llevó el evangelio más y más hacia el occidente. Finalmente llegó a Roma como prisionero del Señor. Pero aun su encarcelamiento es una ayuda y no un impedimento para la extensión de las buenas nuevas. Dice: “Quiero que sepáis, hermanos, que las cosas que me han acontecido en realidad han contribuido para el progreso del evangelio, de manera que se han hecho notorio por toda la guardia pretoriana y todos los demás que mis cadenas son por Cristo” (Fil. 1:12, 13).

   Durante el período siguiente, 100–313 (desde la muerte de Juan hasta Constantino) el evangelio sigue penetrando en el mundo entonces conocido y esto a pesar de las muchas persecuciones (desde Trajano hasta Diocleciano). Esto es verdaderamente notable, especialmente a la luz del hecho de que no menos de 174.000 mártires fueron sepultados en una sola gran tumba, la catacumba de San Sebastián en Roma. Desde Constantino hasta Carlomagno, 313–800, las buenas nuevas de la salvación son llevadas a los países de la Europa occidental por famosos héroes de la cruz como Ulfilas, Patricio, Colombo, Agustín, Willibrord y Bonifacio. Mientras tanto, el mahometanismo apaga la luz del evangelio en muchas tierras de Asia y África. Luego viene el período de la edad media, desde Carlomagno a Lutero, 800–1517. Noruega, Islandia y Groenlandia son evangelizados y los esclavos de Europa oriental se convierten como un solo cuerpo al cristianismo. Las Cruzadas, expediciones que originalmente tuvieron el propósito de vengarse de los mahometanos, resultaron ser tanto un impedimento como una ayuda para la propagación de la verdad. Durante el período de 1517–1792 se originaron muchas sociedades misioneras y el evangelio es llevado todavía más al occidente. Piénsese en Juan Eliot, el apóstol a los indios norteamericanos, y en aquellos que siguieron sus pasos. Y así llegamos al período moderno, de 1792 hasta el presente. Es en el año 1792 que Guillermo Carey, en una conferencia de ministros, propuso la discusión del tema: “El deber de los cristianos de intentar la difusión del evangelio entre las naciones paganas”. El 31 de mayo de ese año este hombre verdaderamente grande predica su famoso sermón misionero basado en Is. 54:2, 3. Como resultado del entusiasmo que suscita se envían misioneros a países lejanos de modo que la India, el Asia suroriental, China, Japón, Corea—naciones a las que se llega desde América a través del gran Océano Pacífico avanzando hacia el occidente—reciben el evangelio.

   La obra no ha sido completada. Aun en el día de hoy difícilmente podría decirse que el corazón de África, de Asia y de América Latina ha sido completamente penetrado. Pero no puede negarse que la profecía del Señor se está acercando a su cumplimiento. Considérese este hecho importante: hace setenta años, la Biblia había sido traducida (entera o en parte) a solamente trescientos idiomas; en la actualidad a unos 1400 idiomas y dialectos. Y la obra aún continúa, más vigorosa, en realidad, que nunca antes, porque muchos factores se combinan para llevarla a cabo.

   Sin embargo, no se debe suponer que el mundo se va a mejorar más y más hasta el momento mismo de la venida de Cristo. Si la predicación del evangelio a todas las naciones se puede llamar la primera señal preliminar de la segunda venida de Cristo, ahora se va a indicar la segunda señal preliminar. Como ya se ha mostrado, abarcará un período mucho más breve. Cf. Ap. 20:3. En esta conexión también hay que enfatizar que con toda probabilidad el final de la era del evangelio y el principio de la gran tribulación se traslapan. Como se ha mostrado—véase p. 889—al describir el breve período de la gran tribulación al final de la historia que termina con el juicio final, Jesús está pintándolo con colores tomados de la destrucción de Jerusalén por los romanos. Hay que recordar esto cuando ahora estudiamos:

1er Titulo:

Confusión En La Tierra, Al Contemplar La Naturaleza Removida Por Dios. San Lucas 21:25 y 26. Entonces habrá señales en el sol, y en la luna, y en las estrellas; y en la tierra angustia de gentes por la confusión del sonido de la mar y de las ondas: Secándose los hombres a causa del temor y expectación de las cosas que sobrevendrán a la redondez de la tierra: porque las virtudes de los cielos serán conmovidas.

     Comentario: Versíc. 25, 26. Y habrá señales en el sol, la luna y las estrellas, y sobre la tierra angustia de naciones en confusión por el rugido del mar en tempestad. La gente se desmayará de temor y recelo por las cosas ocurrirán en el mundo porque las potencias de los cielos serán sacudidas.

   Entonces, en relación con la segunda venida de Cristo (véase v. 27), habrá señales en los cuerpos celestiales, etc. El pasaje paralelo (Mt. 24:29; cf. Mr. 13:24) afirma: El sol se oscurecerá, la luna no dará su luz, y las estrellas caerán de los cielos”. Lucas además menciona “el rugido del mar en tempestad”, e indica que como resultado de la conmoción de las “potencias” de los cielos”, la gente desmayará de temor y recelo. Que, por lo menos con respecto al sol, la luna y las estrellas, este cuadro está profundamente arraigado en las profecías del Antiguo Testamento.

   El cuadro total es ciertamente muy vívido. De repente el sol se oscurece. Naturalmente ahora la luna deja también de impartir su luz. Y, puesto que el sol y la luna ejercen una poderosa influencia sobre nuestro planeta piénsese, por ejemplo, en la luna y las mareas no es sorprendente que el mar se vea tan profundamente perturbado. Se oyen sonidos terribles. Resultado de todo esto: La gente siente miedo. Se desmayan de terror.

   Mientras este panorama profético no se convierta en historia, probablemente no sabremos cuánto de esta descripción deba tomarse literalmente y cuánto en forma figurada. Es claro, a partir de 2 P. 3:10, que por lo menos una parte debe ser tomada literalmente. Por cierto, habrá “un nuevo cielo y una nueva tierra” (Ap. 21:1). Acerca del cambio cuádruple que ocurrirá—conflagración, rejuvenecimiento, realización personal y armonización.

  2° Titulo:

Gemido De La Tierra Por Cambio Climático Provocado Por El Hombre. Romanos 8:20 al 22. Porque las criaturas sujetas fueron a vanidad, no de grado, mas por causa del que las sujetó con esperanza. Que también las mismas criaturas serán libradas de la servidumbre de corrupción en la libertad gloriosa de los hijos de Dios. Porque sabemos que todas las criaturas gimen a una, y a una están de parto hasta ahora.

    Comentario: Versíc. 19–22. Porque la creación, con la cabeza en alto, con anhelo espera la revelación de los hijos de Dios. Porque no fue por su propia elección que la creación fue sujeta a futilidad, sino (que fue) por causa de aquel que la sujetó, en esperanza, porque la creación misma también será liberada de su servidumbre a la corrupción, para compartir la gloriosa libertad de los hijos de Dios. Porque sabemos que toda la creación, al unísono, ha estado gimiendo, y gime aún, como en dolores de parto.

 

LOS TRES GEMIDOS

   La palabra “porque” es comprensible: la gloria que será revelada (v. 18) es tan maravillosa que la creación (toda) la espera con anhelo (vv. 19–22); nosotros mismos la esperamos ardientemente (vv. 23–25) y el Espíritu también se nos une (vv. 26–27). Los tres (la creación, nosotros, el Espíritu) gimen como en dolores de parto, anticipando esperanzadamente el nacimiento de la gloria prometida. Podríamos decir, en consecuencia, que ese “porque” da entrada a los tres Gemidos. El mismo continúa la consideración del tema (gloria futura) que ya ha sido mencionado, un uso muy común para el “porque”.

  1. El gemido de la creación

La que aquí es llamada tres veces “la creación” es denominada finalmente (en el v. 22) “toda la creación”.

¿Qué es lo que esta expresión incluye? No puede incluir a los ángeles buenos, puesto que ellos nunca fueron sujetos a futilidad (v. 20) ni sucumbieron nunca a la corrupción ni al deterioro (v. 21). Satanás y sus demonios están excluidos, ya que nunca serán librados (2 P. 2:4; Jud. 6). Esto también es válido para todos aquellos que nunca serán salvos, los que no han sido escogidos (2 Ts. 1:8, 9). Tampoco están incluidos aquí los escogidos, ya que se los considera en este versículo como un grupo aparte. Se nos dice que la creación espera la revelación de los hijos de Dios, indicando que la liberación de la creación de su esclavitud a la corrupción tendrá lugar cuando ocurra la revelación de los hijos de Dios. Además, lo que los escogidos hacen y lo que les sucederá está descrito en los vv. 23–25.

   Excluidos estos cuatro grupos, lo que queda es la creación animada e inanimada, que no goza de raciocinio. Uno podría llamarla creación subhumana o simplemente la naturaleza.

   Se nos dice, por consiguiente, que esta “totalidad de la creación” restante espera y anticipa anhelantemente, con la cabeza en alto, la revelación de los hijos de Dios. Está, por así decirlo, estirando su cuello en su esfuerzo por verla.

   Cuando uno pregunta: “¿Cómo es posible que pájaros y plantas demuestren un interés tan intenso en lo que sucederá con los hijos de Dios?” la respuesta muy bien podría ser: “Si según la Escritura, los árboles pueden regocijarse (Sal. 96:12), los ríos batir las manos (Sal. 98:8), el desierto alegrarse (Is. 35:1), y los montes y cerros levantar canción (Is. 55:12), ¿por qué no podrían los pájaros y plantas esperar con anhelo?” Como es claro, lo que aquí tenemos es la personificación.

   No obstante, tal respuesta es incompleta. Queda más por decir: (a) que la restauración de la creación irracional, tanto animada como inanimada, está íntimamente relacionada con “la revelación de los hijos de Dios”. Ambas cosas están vinculadas, de modo tal que la restauración y gloria de “los hijos de Dios” implica lo mismo para “toda la creación”. Y (b) que existe la certeza absoluta de que esto sucederá.

   Es hermosa y de mucho significado la frase “la revelación de los hijos de Dios”. Indica que hasta el día en que regrese Cristo no se hará público el conocimiento de cuanto Dios los ama y cuán ricamente los recompensa.

“Entonces, en el reino de su Padre, los justos resplandecerán como el sol” (Mt. 13:43) “como el resplandor del firmamento y como las estrellas a perpetua eternidad” (Dn. 12:3). Serán puestos en exhibición, de modo que todos puedan ver lo que Dios ha obrado por ellos y en ellos.

   La creación entera anhela ardientemente la revelación de los hijos de Dios porque dicho evento significará también gloria para toda la creación. Hemos de tener en cuenta que “no fue por su propia elección”—o sea, que no fue por su propia culpa—que la creación fue sujeta a futilidad. No fue la creación irracional lo que pecó. Fue el hombre. Y Aquel que sujetó a la creación a futilidad fue Dios. Fue él quien, debido al pecado del hombre, pronunció una maldición sobre … ¿qué o quién? Bueno, en un sentido sobre la creación, pero en un sentido aún más profundo, sobre el hombre:

Maldita será la tierra por tu causa;

Con dolor comerás de ella

Todos los días de tu vida.

Espinos y cardos te producirá,

Y comerás plantas del campo.

Con el sudor del campo.

Con el sudor del rostro

Comerás tu pan

Hasta que vuelvas a la tierra,

Porque de ella fuiste tomado;

Pues polvo eres,

Y al polvo volverás.

Gn. 3:17–19

   Entonces, visto que la humillación de la creación no procede de su propia culpa, como lo afirma específicamente este pasaje, la misma ciertamente participará de la restauración del hombre. El destino de la naturaleza está íntimamente vinculado con el de los “hijos de Dios”. Es por ello que la creación entera es presentada como si estuviera estirándose el cuello para ver la revelación de los hijos de Dios.

   Nótese la expresión: “la creación fue sujeta a futilidad”. Varias traducciones, entre ellas la VRV 1960, dicen “vanidad”. Sin embargo, cuando a esta palabra se le da el significado de orgullo pomposo, ella no tiene nada que ver con este pasaje. La palabra usada en el original no se refiere a la ambiciosa ostentación. Indica que desde la caída del hombre, las potencialidades de la naturaleza están encofradas, encapsuladas y encerradas. La creación está sujeta a un desarrollo reprimido y a un decaimiento constante. Aunque aspira, no es capaz de un logro pleno.

Aunque florece, no llega al punto de fructificar adecuadamente. Se la puede comparar a un poderosísimo campeón de box o de lucha que está encadenado de tal manera que no puede hacer uso de su tremenda capacidad física. La maldición de la plaga vegetal diezma las cosechas. La pérdida se estima en muchos millones por cada plaga en particular. Los patólogos agrícolas dirigen sus esfuerzos hacia el desarrollo de métodos de prevención contra la plaga, o al menos reducción o control. Y, de modo algo diferente, lo que es cierto para el mundo vegetal, también lo es para el mundo animal.

   ¡Qué día glorioso será cuando todas las restricciones originadas en el pecado del hombre hayan sido quitadas y veremos esta maravillosa creación llegando a su total realización, alcanzando finalmente su plenitud, compartiendo “la gloriosa libertad de los hijos de Dios”!

   Que esta esperanza no es algo ilusorio lo demuestran las palabras: “en esperanza, porque la creación misma será liberada …”.

   Pablo compara el fuerte anhelo y ansiosa expectativa de la creación con el gemido de una mujer que está en proceso de dar a luz un niño.230 Sin duda tal gemir indica sufrimiento, pero está implícita la esperanza. Como nos lo recuerda Calvino, estos gemidos son dolores de parto, no de muerte. La frase añadida “al unísono” o “juntamente”, indica que cada parte de toda esta creación participa en estos dolores de parto.

   ¿Aporta el resto de la Escritura alguna información adicional respecto al significado de la futura liberación de la naturaleza de su esclavitud y su participación en la gloriosa libertad de los hijos de Dios? ¡Por cierto que lo hace! Nos informa que el universo será purificado por medio de una gran conflagración (2 P. 3:7; 11, 12).

   Estrechamente vinculada con esta conflagración habrá un rejuvenecimiento. El fuego no destruirá el universo.

   Existirán todavía el mismo cielo y la misma tierra, pero gloriosamente renovados, de manera tal que serán en tal sentido un nuevo cielo y una nueva tierra (2 P. 3:13; Ap. 21:1–5). Por consiguiente, no solamente iremos nosotros al cielo, sino que el cielo descenderá, por así decirlo, hasta nosotros; es decir, las condiciones de perfección que hay en el cielo se encontrarán presentes a lo largo y a lo ancho de ese universo gloriosamente rejuvenecido por Dios.

   También podemos considerar a esta maravillosa transformación como una realización, un cumplimiento de todas las potencialidades, como ya se acaba de explicar.

   Finalmente, esta transformación incluirá una armonización. En el momento presente se puede describir a la naturaleza como algo que se caracteriza por “la crudeza del colmillo y de la garra”. La paz y la armonía están ausentes. Diversos organismos parecen obrar con intenciones contrarias; buscan eliminarse el uno al otro. Pero

entonces habrá concordia y armonía por doquier. Habrá diversidad, por supuesto, pero con una deliciosa combinación de vista y sonido, de vida y propósito, de modo tal que el efecto total será de unidad y armonía. La profecía de Is. 11:6–9 llegará a su cumplimiento más acabado:

Morará el lobo con el cordero,

Y el leopardo con el cabrito se acostará,

El becerro y el león y la bestia doméstica

Andarán juntos,

Y un niño los pastoreará.

La vaca y la osa pacerán,

Sus crías se echarán juntas;

Y el león como el buey comerá paja.

Y el niño de pecho jugará sobre la cueva del áspid,

Y el recién destetado extenderá su mano

Sobre la caverna de la víbora.

No harán mal ni dañarán en todo mi santo monte;

Porque la tierra será llena del conocimiento de Jehová, Como las aguas cubren el mar.

3er Titulo:

Las Sagradas Escrituras Dan Cuenta Del Fin De Los Cuerpos Celestes. 2a de Pedro 3:10 al 12. Mas el día del Señor vendrá como ladrón en la noche; en el cual los cielos pasarán con grande estruendo, y los elementos ardiendo serán deshechos, y la tierra y las obras que en ella están serán quemadas. Pues como todas estas cosas han de ser deshechas, ¿qué tales conviene que vosotros seáis en santas y pías conversaciones. Esperándoos y apresurándoos para la venida del día de Dios, en el cual los cielos siendo encendidos serán deshechos, y los elementos siendo abrasados, ¿se fundirán?

   Comentario: Los Elementos: 3:10

   En los versículos inmediatamente previos, Pedro responde a sus adversarios con una referencia al tiempo y a la paciencia de Dios. Ahora les dice lo que sucederá cuando llegue el día del Señor. Versíc. 10. Pero el día del señor llegará como un ladrón. Los cielos desaparecerán con un estruendo espantoso; los elementos serán destruidos por el fuego; y la tierra, con todo lo que hay en ella, quedará desolada.

   Obsérvense los siguientes dos puntos:

  1. Certeza. En una actitud que contrasta con la paciencia de Dios para con el pecador, Pedro enfatiza ahora que el día del Señor llegará como un ladrón (comparar v. 12). Este es un hecho indiscutible enseñado también por el apóstol Pablo. En respuesta a una pregunta acerca del regreso del Señor, Pablo escribe: “[Ustedes] saben muy bien que el día del Señor llegará como ladrón en la noche” (1 Ts. 5:2 NVI).

   La llegada de ese día se distinguirá por su carácter repentino e inesperado. Tanto Pablo como Pedro usan la metáfora del ladrón. Cuando un ladrón ataca protegido por la oscuridad, no hay advertencia de su llegada. En forma parecida, Cristo llegará en forma inesperada.

  1. Acontecimientos. Pedro describe los acontecimientos que tomarán lugar cuando regrese Jesús. Cielos. Usando una palabra (traducido “estruendo”) que en el original imita el sonido relacionado con un gran ruido, Pedro declara que “los cielos desaparecerán con un estruendo”. Es decir, los cielos atmosféricos desaparecerán, tal como Juan describe los sucesos del día final: “El firmamento desaparecerá como un pergamino que se enrolla” (Ap. 6:14; Is. 34:4). Mientras los cielos desaparezcan, se oirá un sonido crepitante como el de llamas rugientes. Pedro explica más este punto en el versículo 12: “Ese día acarreará la destrucción de los cielos por el fuego y los elementos se derretirán con el calor de las llamas”.

   Los elementos. ¿Cuáles son los elementos que serán destruidos por el fuego? Los estudiosos presentan por lo general dos interpretaciones:

  1. “La referencia a ‘los elementos’ (v. 10) apunta a la tierra, al agua y al aire, de los cuales solamente la primera es mencionada explícitamente, siendo el último incluido en la expresión ‘los cielos’”. Una objeción contra esta opinión es que identificar los elementos con los cielos y la tierra es redundante en el contexto de este versículo.
  1. Pedro se basa en una profecía del Antiguo Testamento: “Y todo el ejército de los cielos se disolverá, y se enrollarán los cielos como un libro; y caerá todo su ejército” (Is. 34:4). La expresión elementos se refiere a los cuerpos celestiales—el sol, la luna y las estrellas. Esta profecía refleja la creencia judía de que en el último día hasta las estrellas serán destruidas.583 Otras partes de la Escritura también indican que los astros serán afectados cuando llegue el día del Señor (p. ej. Jl. 2:10; Mt. 24:29; Mr. 13:24; Ap. 6:12–13). Así como el sol, la luna y las estrellas son mencionados en el relato de la creación (Gn. 1:16), así desaparecerán estas luminarias celestiales en el día de la consumación.

   Tierra. “Y la tierra, con todo lo que hay en ella, quedará desolada”. Las traducciones de esta oración difieren a causa de las lecturas alternativas de los manuscritos griegos. La mayoría de las versiones tienen la traducción: “Y la tierra y las obras que hay en ella serán quemadas (VRV), o algo parecido. Sin embargo, el texto griego más antiguo y difícil dice, “Quedará al descubierto”. Una de las reglas exegéticas más sólidas es aceptar la lectura más difícil como original, ya que las otras lecturas más fáciles se derivan de ella. En este caso, la falta de claridad del verbo mismo ha dado pie a todas las otras variantes, hasta el punto en que algunos manuscritos griegos han omitido totalmente la última parte del versículo 10. Pero si tenemos en cuenta que el día del Señor es visto como el día del juicio final, el verbo quedará desolada probablemente significa que “la tierra y todas las obras del hombre aparecerán ante el tribunal de Dios”. La conclusión de todo esto es que el verbo del último renglón sigue constituyendo un problema.

La Consumación

3:11–13

   La revelación de Dios acerca del fin del mundo debe mover al creyente a llevar una vida que agrade a Dios. El breve tiempo que nos separa del amanecer del último día es breve. En realidad, Pedro hasta usa la palabra apresurando.

   Versíc. 11. Ya que todo será destruido de esa manera, ¿qué clase de personas deben ser ustedes? Deben vivir una vida santa y piadosa 12a. esperando y apresurando la llegada del día del Señor.

  1. Hecho. ¿Qué impacto tiene sobre el hombre la información acerca del fin del mundo? La palabra todo es inclusivo ya que se refiere a todo lo que Dios ha hecho. El hombre también es parte de la creación de Dios, y también él perecerá. Cuando ocurre la destrucción, el hombre se enfrentará inevitablemente con su creador y juez. Antes de que llegue ese día del juicio, Dios le concede al hombre un período de gracia para que reflexione acerca de cuestiones éticas.
  2. Carácter. Pedro hace a sus lectores una pregunta personal: “¿Qué clase de personas deben ser ustedes?” Deja de lado a los burladores, de quienes dice que están siendo guardados para el día del juicio y su destrucción (v. 7). Por lo contrario, desafía entonces a los destinatarios de esta carta a examinar cuidadosamente cuál es el propósito de sus vidas. El verbo debe indica que pesa una obligación divina sobre los lectores; han de ser santos en todo lo que hacen (véase 1 P. 1:15–16). Pedro los exhorta a vivir en la esfera de la santidad de Dios, de modo que cuando haga su aparición ese día terrible ellos sigan viviendo ante la presencia de Dios. En la introducción a su primera epístola, Juan insta a los cristianos a tener “comunión … con el Padre y con su Hijo, Jesucristo” (1:3). Pedro está diciendo lo mismo; aunque, con otras palabras. Los cristianos deben cultivar la vida santificada con plena consciencia de la sagrada presencia de Dios de modo que sea gente notable. Esta es, precisamente, la pregunta de Pedro: “¿Qué clase de personas deben ser ustedes?”
  3. Anticipación. Los cristianos deben mirar hacia el futuro y esperar el regreso del Señor. Pedro dice, “Deben vivir una vida santa y piadosa esperando y apresurando la llegada del día del Señor”. En esta carta, Pedro con frecuencia deja de distinguir entre Dios y Jesús. Para él, “el día del Señor” y “él día de Dios” son el mismo día.
  4. Interpretación. Pedro agrega la cláusula apresurando la llegada. Es posible traducirla de otra manera, a saber “Mientras esperáis y apresuráis la llegada del día de Dios” o “Mientras esperáis ansiosamente que llegue el día de Dios”. La primera traducción, “apresuráis su venida”, es activa; la segunda traducción, “anticipáis” es reflexiva. Algunos comentaristas han optado por esta segunda versión dado que creen que el hombre no puede cambiar el tiempo que Dios ha fijado para el regreso de Cristo. Sin embargo, la evidencia general de la Escritura, de la literatura Inter testamentaría y de las fuentes judías favorece la primera traducción, “apresurando la llegada”.

   De veras ésta es una afirmación sorprendente. Pedro dice que nosotros podemos participar vitalmente en el proceso de abreviar el tiempo que ha sido fijado para el advenimiento del día de Dios. Este dicho es coherente con la antigua oración que la iglesia ha hecho desde el primer siglo: Maranatha, “¡Ven, Señor!” (1 Co. 16:22; también Ap. 22:20). Armoniza además con el pedido venga tu reino (Mt. 6:10; Lc. 11:2). En su discurso acerca del día postrero, Jesús indica a sus seguidores que deben proclamar el evangelio a todas las naciones, “y entonces vendrá el fin” (Mt. 24:14). En último término, Pedro exhorta a los cristianos a “vivir una vida santa y piadosa” para apresurar la llegada del día de Dios. Cuando Pedro se dirigió a la multitud después de sanar al paralítico en el templo, le dice a la gente que se arrepienten para apresurar la venida de Cristo (Hch. 3:19–21).

   En el judaísmo posterior se destaca la enseñanza de que el arrepentimiento apresura la venida del Mesías. Por ejemplo, hay una declaración de un rabino que vivió allá por el año 300 d.C. que dice: “Si los israelitas se arrepintieran un solo día, entonces el Hijo de David (el Mesías) llegaría”. Pedro escribe que Dios retrasa la venida del Señor porque quiere que “todos” lleguen al arrepentimiento (v. 9). En consecuencia, si deseamos apresurar la llegada del día de Dios, debemos evangelizar el mundo. Cuando hayamos incorporado al último de los hijos de Dios a la fe y al arrepentimiento, para que la casa de Dios esté llena (Lc. 14:23), entonces llega el fin.

   Versíc. 12b. Ese día acarreará la destrucción de los cielos por el fuego, y los elementos se derretirán con el calor de las llamas.

   Este texto es una repetición del versículo 10. Sin embargo, dado que la última cláusula del versículo 10 no se repite, debemos considerar al v. 12 como un refrán. Es necesario notar también la diferencia de propósito en relación con estos dos textos. En el versículo 10 Pedro presenta la forma en que llegará el día del Señor; en el versículo 12b indica el resultado de dicho día, es decir, “la destrucción de los cielos por el fuego”.

   En el Antiguo Testamento, los profetas mencionan frecuentemente al fuego en relación con el juicio final. Aquí tenemos una descripción del día del Señor: “Porque he aquí, viene el día ardiente como un horno, y todos los soberbios y todos los que hacen maldad serán estopa; aquel día que vendrá los abrasará” (Mal. 4:1). En el Nuevo Testamento Juan menciona el fuego en el marco escatológico del juicio final (véase Ap. 8:7–8; 9:17–18; 16:8; 18:8; 20:9).

   Las palabras, “los elementos se derretirán con el calor de las llamas” son un eco de la profecía de Isaías: “Todo el ejército de los cielos se disolverá” (34:4). Además, el Antiguo Testamento usa el verbo derretir al hablar de la disolución de la tierra (Sal. 46:6) y de la desaparición de las montañas (Mi. 1:4). Es lógico suponer que Pedro se basó en el lenguaje de estas profecías al escribir este texto. Su fundamentación en la Escritura se hace especialmente evidente en el versículo siguiente.

   Versíc. 13. Pero esperamos según su promesa, un cielo nuevo y una tierra nueva, en los que habita la justicia.

  1. Promesa. Los cristianos no necesitan tener miedo cuando se enteran de que el fuego destruirá la creación de Dios. Como viven en comunión con él, le pertenecen a él y saben que él los guardará. Además, tienen su promesa que les da una doble confianza. ¿Cuál es esta promesa? En los tres casos en que la palabra promesa aparece (vv. 4, 9, 13), Pedro pone el término en el contexto del día del Señor. La promesa es que “en el principio creó Dios los cielos y la tierra” (Gn. 1:1); y que, al fin de los tiempos, él creará un nuevo cielo y una nueva tierra. Este mensaje del Antiguo Testamento tiene su paralelo en el penúltimo capítulo de la Biblia. Juan escribe, “Vi un cielo nuevo y una tierra nueva, porque el primer cielo y la primera tierra pasaron” (Ap. 21:1).
  2. Renovación. Pedro escribe que “esperamos un cielo nuevo y una tierra nueva”. Esta terminología está tomada de la profecía de Isaías:

Por tanto, así dijo Jehová el Señor:

He aquí que yo crearé

nuevos cielos y nueva tierra,

y de lo primero no habrá memoria,

ni más vendrá al pensamiento. [65:13, 17]

   Porque como los cielos nuevos y la nueva tierra que yo hago permanecerán delante de mí, dice Jehová, así permanecerá vuestra descendencia y vuestro nombre. [66:22]

   Pedro enfatiza los adjetivos nuevos y nueva en su redacción. Literalmente él dice, “nuevos cielos y tierra nueva”. Mediante el uso de este adjetivo Pedro enseña que la nueva creación proviene de la antigua. En otras palabras: la antigua ha dado nacimiento a la nueva. “El diluvio no aniquiló la tierra, sino que la cambió; y así como la nueva tierra fue consecuencia del diluvio, del mismo modo los nuevos cielos y la nueva tierra serán consecuencia del fuego”.

   Obsérvese también que los sustantivos cielo y tierra carecen de los artículos determinantes de manera que constituyen un par (véase v. 10). El término cielo se refiere a los cielos atmosféricos y no al ámbito de los santos glorificados. Ese ámbito no necesita renovación ya que no ha sido afectado por el pecado.

  1. Morada. Debido al pecado, toda la creación de Dios ha estado gimiendo en su dolor, escribe Pablo (Ro. 8:22). Espera ansiosamente el día en que la creación quedará libre de las cadenas del pecado para compartir la gloria de los hijos de Dios. Dios desecha al pecado de los nuevos cielos y de la nueva tierra, liberando así a su creación de su esclavitud. Pedro llama a esta nueva creación “morada de la justicia”.

   Personifica al término justicia y dice que la misma ha hecho su habitación permanente en los cielos y en la tierra. Este término reúne a ambas esferas y hace de ellas una sola cosa.

 

4° Titulo:

Importante Llamado A Velar En Los Días Finales. San Mateo 24:44. Por tanto, también vosotros estad apercibidos; porque el Hijo del hombre ha de venir a la hora que no pensáis.

   Comentario: (Explicación debo tomar desde el 42 para mayor comprensión del tema): La lección es clara: 42. Así que, estad alertas, porque no sabéis en que día viene vuestro Señor. Estar (constantemente) alertas o vigilantes—palabra griega de la que se deriva el nombre Gregorio (el vigilante)—significa vivir una vida santificada consciente del venidero día del juicio. Se requiere prudencia y previsión espiritual y moral; es necesaria la preparación. La persona vigilante tiene ceñidos los lomos y sus lámparas encendidas (Lc. 12:35). Es en esa condición que espera la venida del Esposo. Nótese que Jesús se refiere a sí mismo como “vuestro Señor”. Tan glorioso, poderoso y vestido con autoridad y majestad es él; además, tan condescendiente y tan estrechamente unido con quienes le ha placido llamar “suyos”, y quienes son leales a él. Cf. Is. 57:15. Por lo tanto, que perseveren siendo vigilantes.

   “No sabéis en qué día viene vuestro Señor”. 43. Pero esto sí sabéis, que si el dueño de la casa hubiera sabido a qué vigilia de la noche llegaría el ladrón, hubiera estado alerta y no hubiera dejado que entrara en su casa. Acerca de las vigilias de la noche véase sobre 14:25. La comparación de la venida del Señor con la de un ladrón nocturno se encuentra también en 1 Ts. 5:2–4; 2 P. 3:10; y Ap. 3:3; 16:15. En 1 Ts. 5:2–4 se enfatiza que el hallarse desapercibido es inexcusable. 2 P. 3:10 enseña que la venida es en cumplimiento de una promesa, tendrá resultados catastróficos, y debiera ser un incentivo para la vida santificada. Y los pasajes del libro de Apocalipsis ponen en primer plano el hecho de que para los inconversos la venida repentina es una fuente de terror, pero para quien ha velado es un motivo de gozo.

   Todos estos pasajes tienen en común la idea del carácter repentino e inesperado de la venida y en consecuencia el peligro de hallarse desapercibido por parte de aquellos para quienes esa parousía tiene significancia. El hecho mismo de que el dueño de la casa no sabe cuándo viene el ladrón—porque si lo supiera, velaría solamente en aquel momento particular—hace que le sea necesario estar vigilante en todo tiempo. Por la misma razón, con miras a la venida del Señor todos debieran estar siempre alertad. Puesto que esta venida es definitiva, y no da más lugar a una oportunidad de arrepentimiento, ahora se repite la exhortación en términos ligeramente diferentes, a saber, 44. Así que vosotros también, estad preparados porque a una hora que no (lo) esperáis el Hijo del hombre vendrá. Estar “preparados” es sinónimo con estar “alertas” o “vigilantes”, preparados en la mente y el corazón. Aquí también, como en el v. 42, debido al tiempo usado en el original, “Estad preparados en todo tiempo” interpreta el sentido del original.

Amén, para la gloria de Dios.

Aporte Bibliografía: Comentarios del Nuevo Testamento por William Hendriksen; Biblia Thompson; RV. 1960.

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Hno Roberto Saldías Roa

Miembro de la IEP en Nacimiento Bajo, nació en el evangelio del Señor en la Iglesia de Laja 1975. Casado con María Nahuelmán, estudia teología de manera autodidacta. Me gusta mucho leer y escribir.