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Lunes 25 de mayo de 2020: “Satanás: engañador y homicida desde el principio”

Lunes 25 de mayo de 2020: “Satanás: engañador y homicida desde el principio”

   Lectura Bíblica: San Juan Cap. 8, versículos 41 al 44. Vosotros hacéis las obras de vuestro padre. Entonces le dijeron: Nosotros no somos nacidos de fornicación; un padre tenemos, que es Dios. Jesús entonces les dijo: Si vuestro padre fuese Dios, ciertamente me amaríais; porque yo de Dios he salido, y he venido; pues no he venido de mí mismo, sino que él me envió.  ¿Por qué no entendéis mi lenguaje? Porque no podéis escuchar mi palabra. Vosotros sois de vuestro padre el diablo, y los deseos de vuestro padre queréis hacer. Él ha sido homicida desde el principio, y no ha permanecido en la verdad, porque no hay verdad en él. Cuando habla mentira, de suyo habla; porque es mentiroso, y padre de mentira.

   Comentario: [41]. Vosotros hacéis las obras de vuestro padre. Esto es, en esencia, una repetición de las palabras de Jesús referidas en el versículo 38; sólo que comienza a resultar más claro quién es este padre de los judíos: es la clase de padre que los estimula a matar al Hijo único de Dios. Esto resulta claro del versículo 40. El hecho mismo de que Jesús todavía no indica concretamente en quién piensa cuando habla acerca del padre de ellos, impacienta e indigna todavía más a los judíos. Por ello, dicen abruptamente el nombre de Aquél a quien consideran su padre espiritual, su único e indiscutible Padre. Entonces le dijeron: nosotros no nacimos de fornicación. Si hubieran nacido de fornicación (πορνεία; el sustantivo, usado solamente aquí en el evangelio de Juan—pero véase Mt. 5:32; 15:19; 19:9; Mr. 7:21—se encuentra a menudo en las cartas y en Apocalipsis), o sea, de una relación sexual ilícita, sin duda hubiera habido interrogantes aceptables respecto a su nacimiento. Cuando alguien ha nacido de fornicación se mencionan varias personas como posibles padres. Estos judíos, sin embargo, están seguros de que conocen la identidad de su Padre: un padre tenemos, que es Dios. No resulta totalmente imposible que en las palabras de estos enemigos del Señor esté implícita una siniestra insinuación, y que lo que realmente quisieran decir fuera esto: “¡Nosotros no hemos nacido de fornicación, pero sí! Respecto a nuestro nacimiento no hay dudas razonables, pero ¡tu caso es diferente!” Cf. 8:48. En todo caso, más adelante circularon entre los judíos historias como ésta, y en su literatura a menudo se representa a Jesús como el hijo bastardo de María.

   Cuando los judíos llamaban a Dios su único Padre, quizá han estado pensando en Mal. 2:10: “¿No tenemos un mismo Padre? ¿No nos ha creado un mismo Dios?”

[42]. Jesús entonces les dijo: Si vuestro padre fuese Dios, ciertamente me amaríais; porque yo procedo de Dios, y he venido de él; pues no he venido de mí mismo, sino que él me envió. De esta manera destruye Jesús la pretensión de los judíos. Las acciones mismas y la actitud de ellos desmienten lo que afirman. Si Dios fuera su Padre real y espiritual, lógicamente lo amarían a él. Al amarlo, también amarían a su Hijo, Jesús. Pero lo odian; por tanto, también odian al Padre, y no son sus verdaderos hijos. 1 Jn. 5:1 es el mejor comentario de la primera parte de la respuesta de Cristo. Véase también lo que hemos dicho en relación con 7:17, 18, acerca de los elementos de la experiencia cristiana.

   No creemos que las palabras yo procedo de Dios y las palabras he venido de él deban separarse de tal modo que la primera expresión se refiera a la encarnación de Cristo y la segunda su misión mesiánica. Ambas se refieren sin duda a su misión (o comisión); pero, desde luego, no se puede pensar en esto como aparte de su encarnación. Y es esencial para ambas la generación eterna del Hijo por parte del Padre.

   Ahora bien, en la encarnación Jesús vino de Dios para llevar a cabo su tarea mediadora en la tierra. Pero el contacto entre el que envía y el Enviado sigue intacto; éste en lo que hace, sigue representando verdadera y plenamente al Padre. En consecuencia, leemos y he venido de él. El Hijo no es la clase de embajador que debe volver a su país y a sus superiores para recibir nuevas instrucciones y para ver si, quizás, ha perdido verdadero contacto con las ideas y actitudes de aquéllos que lo enviaron. En cuanto al significado de Dios procedo o del cielo véase también sobre 6:41, donde se presenta el delicado matiz de significado de los diferentes tiempos verbales.

   Los judíos siempre miraban a Jesús como a un vanidoso pretendiente; alguien que venía de sí mismo. Véase sobre 7:28. Jesús vuelve a negar enfáticamente esto cuando afirma, “No he venido de mí mismo”. Las palabras él me envió se explican con el paralelismo procedo de Dios. Véase arriba y véase también sobre 1:6; 3:17, 34; 5:36, 37; 8:18, 27, 49; 10:36; 11:42; 12:49; 14:10; 17:3, 8.

   [43]. ¿Por qué no entendéis lo que digo? Porque no soportáis el escuchar mi palabra. Los judíos habían dado repetidos indicios de embotamiento espiritual. Esto llama mucho la atención en este capítulo, como se ve en 8:27; por las muchas preguntas estúpidas que constantemente hacen, tales como “¿Dónde está tu padre?” (8:19), “¿Acaso se matará a sí mismo?” (8:22), “, ¿quién eres?” (8:25), “¿Cómo dices tú: Seréis libres?” (8:33); y sobre todo por el hecho de que no parecen entender a quién tiene Jesús presente cuando habla del verdadero padre espiritual de ellos. El lenguaje que Jesús emplea, los términos y las frases, toda la expresión (λαλιά) o manera de hablar, les resulta un misterio. No lo entienden. Para el significado del verbo véase sobre 1:10, 31; 8:28.

   Jesús explica este embotamiento espiritual. Dice que nace del hecho de que no escuchan su palabra (τ_ν λόγον), o sea, su mensaje. En el contexto preciso es evidente que Jesús los considera responsables de esta incapacidad. Por ello, las palabras no podéis significan no soportáis. Su voluntad es mala, como se muestra en el siguiente versículo. La pregunta y su respuesta no constituyen una tautología; por el contrario, la respuesta de la razón del hecho que se afirma en la pregunta. Todo ello se puede parafrasear como sigue: “¿Por qué no reconocéis el significado de mis palabras, como lo indican claramente vuestras constantes preguntas y exclamaciones e insultos? Es porque, por mala voluntad, no soportáis el oír la verdad o el mensaje que estas frases transmiten”. ¡El prejuicio oscurece su mente! No podéis—no podéis—no podéis (véase 3:3, 5; 5:44; 6:44; y ahora también 8:43), éste es el triste estado del pecador; especialmente del hombre que se endurece contra las palabras de Dios.

   [44]. Vosotros sois de vuestro padre el diablo, y los deseos de vuestro padre queréis hacer. De repente Jesús habla abiertamente: es decir, ya no da a entender, sino que claramente menciona al padre de ellos. Lo que ahora dice es como tirar una bomba: “Vosotros sois de vuestro padre el diablo”. Cf. Mt. 13:38; 23:15; 1 Jn. 3:8; y Ap. 12:9. Físicamente estos judíos, claro está, son hijos de Abraham; pero espiritual y moralmente—y ése era el punto— son hijos del diablo. Se puede observar de paso que la traducción “sois hijos del padre del diablo” es, desde luego, tan ajena al contexto que no merece comentario.

   Jesús no sólo hace esta acusación, sino que la demuestra. La naturaleza de las pasiones y deseos íntimos indican la ascendencia espiritual: anhelan (tiempo presente continuo) constantemente llevar a cabo los deseos del diablo; por tanto, debe ser su padre. El diablo desea matar y mentir, y también ellos. Jesús se detiene un momento en cada uno de estos deseos:

   Él fue un homicida desde el principio. Desde el comienzo mismo de la historia de la humanidad el diablo tuvo en su corazón el homicidio, y de hecho hundió a la raza humana en el océano de la muerte, física, espiritual y eterna; cf. Ro. 5:12; He. 2:14; 1 Jn. 3:8. La caída del hombre con todas sus consecuencias lo tuvo a él por autor. Y no se basa en la verdad, porque no hay verdad en él. Por medio de la mentira el diablo trajo la muerte (véase Gn. 3:1, 4). Por ello Jesús relaciona ambas cosas: el diablo es homicida y mentiroso a la vez. Al decir que Satanás no está por la verdad, e inmediatamente añadiendo que no hay verdad en él, el Señor subraya en la forma más vigorosa posible la idea de que no hay conexión alguna entre el diablo y la verdad: los dos son opuestos. Adviértase, sin embargo, que la segunda afirmación se presenta como razón de la primera: lo que satanás es determina su posición.

   Cuando habla mentira, habla por sí mismo. El diablo, pues, es el manantial mismo de mentiras, el creador de falsedades (véase Gn. 3:1, 4; Job 1:9, 10, 11; Mt. 4:6, 9; Hch. 5:3; 2 Ts. 2:9, 10, 11). Cuando miente, es original. Cuando no miente (Hch. 16:16, 17), cita o incluso plagia; pero incluso entonces da un marco falso a las palabras tomadas prestadas, a fin de crear una ilusión. Siempre trata de mentir y engañar, y esto lo hace para dar muerte. Porque es un mentiroso, y el padre de la mentira. Se puede traducir … y el padre de ella (o sea, de la mentira), o … y el padre de él (o sea, del mentiroso); sin embargo, la conexión lógica en este caso favorece lo primero.

   Como resulta evidente por todo este pasaje, Jesús cree que el diablo de hecho existe y ejerce una influencia tremenda en la tierra. ¡Para nuestro Señor el príncipe del mal no era una ficción de la imaginación sino una terrible realidad!

   Definición de: SATANÁS Transliteración de una palabra hebrea que significa “adversario”. El término hebreo aparece en Núm. 22:22,32; 1 Sam. 29:4; 2 Sam. 19:22; 1 Rey. 5:4; 11:14,23,25; Sal. 109:6 normalmente traducido “adversario”. En Job 1–2; Zac. 3:2, y 1 Crón. 21:1 el mismo término se traduce como nombre propio. Ver Diablo, Satanás, demonio.

 (Vine): satanás (Σατανᾶς, 4567), forma griega derivada del arameo (Heb., Satán), adversario. Se utiliza:

(a) de un ángel de Jehová en Nm 22.22 (primer empleo de la palabra en el AT); (b) de hombres (p.ej., 1 S 29.4; Sal 38.20; 71.13; cuatro veces en el Sal 109); (c) de Satanás, el diablo, unas diecisiete o dieciocho veces en el AT; en Zac 3.1, donde el nombre recibe su interpretación: «para acusarle» (RV: «para serle adversario»). En el NT esta palabra se utiliza siempre de Satanás, el adversario: (a) de Dios y Cristo (p.ej., Mt 4.10; 12.26; Mc 1.13; 3.23,26; 4.15; Lc 4.8, TR; 11.18; 22.3; Jn 13.27); (b) de su pueblo (p.ej., Lc 22.31; Hch 5.3; Ro 16.20; 1 Co 5.5; 7.5; 2 Co 2.11; 11.14; 12.7; 1 Ts 2.18; 1 Ti 1.20; 5.15; Ap 2.9,13, dos veces, 24; 3.9); (c) de la humanidad (Lc 13.16; Hch 26.18; 2 Ts 2.9; Ap 12.9; 20.7). Su suerte, sellada en la cruz, se predice en sus etapas en Lc 10.18; Ap 20.2,10. Los creyentes reciben la certeza de la victoria sobre Él (Ro 16.20). El nombre fue dado por el Señor a Pedro, como hombre satánico, en ocasión en que este intentó disuadirle de ir a la muerte (Mt 16.23; Mc 8.33). Satanás no es simplemente la personificación de malas influencias en el corazón, porque tentó a Cristo, en cuyo corazón jamás podría haber surgido ningún mal pensamiento (Jn 14.30; 2 Co 5.21; Heb 4.15); además, su personalidad es afirmada tanto en el AT como en el NT, y ello especialmente en este último, en tanto que, si el lenguaje del AT hubiera tenido la intención de ser figurado, el NT lo hubiera evidenciado.

   DIABLO: diabolos (διάβολος, 1228), acusador, calumniador (de diaballo, acusar, calumniar), es uno de los nombres de Satanás. De ella se deriva la palabra castellana «diablo», y debiera aplicarse exclusivamente a Satanás, como nombre propio. Daimon, demonio, es otro tipo de ser, aunque vulgarmente se aplique a Satanás. Hay un solo diablo; hay muchos demonios. Como maligno enemigo de Dios y del hombre, acusa al hombre ante Dios (Job 1.6-11; 2.1-5; Ap 12.9,10), y a Dios ante el hombre (Gn 3). Aflige a los hombres con sufrimientos físicos (Hch 10.38). Estando él mismo lleno de pecado (1 Jn 3.8), instigó al hombre a pecar (Gn 3), y lo tienta a que haga lo malo (Ef 4.27; 6.11), alentándole con engaños a hacerlo (Ef 2.2). Al haber sido introducida la muerte en el mundo a causa del pecado, el diablo tenía el poder de la muerte, pero Cristo, por su propia muerte, ha triunfado sobre él, y lo anulará totalmente (Heb 2.14); su poder sobre la muerte queda implicado en su lucha contra Miguel ante el cuerpo de Moisés (Jud 9). Judas, que se entregó al diablo, quedó tan identificado con él, que el Señor lo describió como tal (Jn 6.70; véase 13.2). Así como el diablo se levantó en su rebelión contra Dios y cayó bajo condenación, por ello los creyentes son exhortados en contra de caer en un pecado similar (1 Ti 3.6); pone redes a los creyentes (v. 7), tratando de devorarlos como león rugiente (1 P 5.8); los que caen en su lazo pueden ser liberados de él para que hagan la voluntad de Dios (2 Ti 2.26). Los comentaristas, como afirma la RVR77 en la columna central, difieren en cuanto al sujeto en este pasaje. Si los creyentes lo resisten, huirá de ellos (Stg 4.7). Su furia y malignidad serán ejercidas de una manera especialmente virulentas al final de la era actual (Ap 12.12). Su destino final es el lago de fuego (Mt 25.41; Ap 20.10). El nombre es aplicado a los calumniadores, falsos acusadores (1 Ti 3.11; 2 Ti 3.3; Tit 2.3).

1er Titulo:

Satanás induce a la mentira al creyente descuidado. Los Hechos 5: 3 al 6. Y dijo Pedro: Ananías, ¿por qué llenó Satanás tu corazón para que mintieses al Espíritu Santo, y sustrajeses del precio de la heredad? Reteniéndola, ¿no se te quedaba a ti? y vendida, ¿no estaba en tu poder? ¿Por qué pusiste esto en tu corazón? No has mentido a los hombres, sino a Dios. Al oír Ananías estas palabras, cayó y expiró. Y vino un gran temor sobre todos los que lo oyeron. Y levantándose los jóvenes, lo envolvieron, y sacándolo, lo sepultaron. 

   Comentario: [3]. Pero dijo Pedro: “Ananías, ¿por qué ha llenado Satanás tu corazón para que mintieses al Espíritu Santo, y sustrajeses para ti parte del precio del terreno? 4. Reteniéndola, ¿no se te quedaba a ti? Y vendida, ¿no estaba el dinero en tu poder? ¿Por qué pusiste esto en tu corazón? No mentiste a los hombres, sino a Dios”.

   Es posible encontrar en el Antiguo Testamento ciertos paralelos con este relato. En la pureza del Paraíso, Satanás entró para tentar a Eva para que pecara contra Dios (Gn. 3:1). Su pecado afectó a toda la raza humana. Cuando los israelitas se consagraron a Dios observando el rito de la circuncisión y celebrando la fiesta de la Pascua (Jos. 5:1–12), el pecado de Acán de robarle a Dios tenía el efecto de destruir la pureza moral de Israel. Y así su pecado afectó a cada israelita. El engaño de Ananías igualmente pudo haber destruido la pureza de la naciente iglesia, la que se manifestaba a través de la unidad, el amor, y la armonía. Estos tres ejemplos nos sirven de advertencia.

   Guiado por el Espíritu Santo, Pedro percibe a Satanás obrando en el corazón de Ananías y por eso le hace algunas preguntas certeras y categóricas.

▬a. “Ananías, ¿por qué ha llenado Satanás tu corazón?” Por su propia experiencia, Pedro sabe cómo Satanás le persuadió a negar a Jesús tres veces (Lc. 22:31–32) y que puso en el corazón de Judas Iscariote la determinación de traicionar al Maestro (Lc. 22:3; Jn. 13:2, 27). Se da cuenta que Satanás tiene mucho interés en entorpecer el crecimiento de la iglesia a través de entrar en el corazón de un creyente. De paso, cuando Satanás viene a un creyente para hacerlo pecar, toda la responsabilidad recae en la persona si le permite a Satanás entrar en su vida. El creyente debe estar prevenido contra el poder del diablo y resistirle por fe (1 P. 5:8–9).

▬b. “[¿Qué hizo que] mintieses al Espíritu Santo?” Con esta pregunta, Pedro pone en evidencia el corazón mismo del pecado de Ananías. Aun aceptando el hecho que Satanás influye en el corazón de cada uno de vez en cuando, en el caso de Ananías Satanás ha llenado completamente su corazón. Como consecuencia de ello, Ananías mintió al Espíritu Santo, echó a Dios de su vida y pecó conscientemente. Su pecado, entonces, no es sólo una mentira, sino un engaño total. Él quiere que la iglesia crea que él está donando dinero para complacer a Dios. Su mentira, como lo dice Pedro, no es a los hombres, sino a Dios (v. 4). Ananías actúa como si creyera que Dios no está al tanto de las actividades diarias de la iglesia y, en consecuencia, no tiene idea de su plan engañoso.

▬c. “[¿Qué hizo] que sustrajeras para ti parte del precio del terreno?” Como Pablo informa a los cristianos de Corinto, “Dios ama al dador alegre” (2 Co. 9:7); es decir, Dios se regocija cuando un creyente da de corazón. Dios desea que todos sus hijos den generosamente y no por la fuerza. Hace algunos años, asistí a un culto de adoración durante el cual los diáconos pasaron con los platos recibiendo la ofrenda. Una mujer que estaba precisamente frente a mí tomó el plato de la mano del diácono y con toda delicadeza le preguntó si podía cambiarle un billete que tenía en su mano. Cuando el diácono lo hizo, ella puso en el plato la cantidad que se había propuesto dar y conservó el resto. Ella sin duda fue una dadora alegre que contribuyó con lo que propuso en su corazón. Igualmente, Ananías pudo haber guardado parte del producto de la venta. Pero porque trató de engañar a Dios, Pedro tuvo que hacerle unas preguntas más.

▬d. “Reteniéndola, ¿no se te quedaba a ti? Y vendida, ¿no estaba el dinero en tu poder?” Estas preguntas revelan que los primeros cristianos no practicaban la posesión comunitaria de las propiedades, sino que sólo compartían sus bienes para eliminar la pobreza entre los creyentes (c.f. 2:44–45; 4:32, 34–35).

   La respuesta de Ananías a Pedro debió de haber sido afirmativa. Como la parte culpable, Ananías no puede decir una palabra. Guarda silencio (compárese Mt. 22:12) porque ha cometido un grave pecado contra Dios y ahora se enfrenta al castigo.

   El pecado es un misterio que hace que el hombre actúe irracionalmente. Si Ananías hubiese sido honesto y franco, él tendría que haber sabido que la propiedad y, después de su venta, el dinero pertenecía a él mientras estuviera en su posesión. Él pudo haber hecho con él lo que le hubiera placido y no habría tenido que dar cuentas a nadie. Sin embargo, dejó que Satanás llenara su corazón, rehusó adorar a Dios y en cambio hizo al dinero el objeto de su adoración. Aunque estaba sirviendo a su ídolo, él todavía deseaba la alabanza del pueblo de Dios por su aparente generosidad fingida. Debe haber sabido que el hombre no puede servir a dos señores, a Dios y al Dinero (Mt. 6:24; Lc. 16:13).

▬e. “¿Por qué pusiste esto en tu corazón? No mentiste a los hombres, sino a Dios”. Algunos antiguos manuscritos sustituyen las palabras esta maldad por “esto”. Ananías ha cometido una maldad a los ojos de Dios y del hombre. Él tenía que haber sabido que Dios es verdad y luz y que la mentira tiene su origen en el diablo. Pedro llega a la conclusión de que Ananías trató de mentir al hombre, pero terminó mintiéndole a Dios. El hombre siempre está delante de Dios, quien lo ve todo (véase Pr. 15:3).

   Pedro no hace distinción entre Dios y el Espíritu Santo. En el versículo 3, afirma que Ananías ha mentido al Espíritu Santo, y en el versículo siguiente dice que la mentira fue a Dios. Pedro, por lo tanto, identifica al Espíritu Santo con Dios. En un versículo más adelante (v. 9), hace referencia al Espíritu del Señor. Para él, entonces, el Espíritu Santo es Dios; es la tercera persona de la Trinidad: Padre, Hijo, y Espíritu Santo.

   [5]. Al oír Ananías estas palabras, cayó y expiró. Y vino un gran temor sobre todos los que lo oyeron. [6]. Y levantándose los jóvenes, lo envolvieron, y sacándolo, lo sepultaron.

▬a. “Al oír Ananías estas palabras, cayó y expiró”. El griego indica que mientras Ananías escuchaba las palabras que hablaba Pedro, cayó al suelo y expiró. Aquí tenemos un caso en que el juicio de Dios se ejecuta de inmediato. Hay otros casos en las Escrituras en que los pecadores son castigados con la muerte súbita. Por ejemplo, cuando Nadab y Abiú, los hijos de Aarón ofrecieron fuego extraño a Jehová, Dios lanzó contra ellos fuego que los quemó, y murieron inmediatamente (Lv. 10:1–2). Cuando Uza trató de sujetar el arca de Dios que había sido puesta en una carreta en vez de ser trasladada por los sacerdotes, y extendió la mano hacia ella, Dios lo castigó de manera que murió allí mismo, al lado del arca (2 S. 6:7). El veredicto de Dios en contra de Ananías (y Safira) también resultó en una ejecución sumaria. En cada ejemplo, la pena capital aplicada por decisión divina transmite en una verdad fundamental: el pueblo de Dios debe saber que existe para servirle a él y no a la inversa.

   Fue Dios, no Moisés, quien mató a los hijos de Aarón (Lv. 10:2) y fue Dios, no David, quien ejecutó a Uza (2 S. 6:7). Por lo tanto, Dios usa a Pedro como su vocero, pero es Dios mismo quien ejecuta la pena de muerte contra Ananías. En el caso de Safira, Pedro dicta el veredicto que Dios ejecuta (v. 9). El énfasis en el relato de la muerte de Ananías no cae en ciertos factores físicos y sicológicos que resultan en un ataque de corazón, sino en la ejecución del veredicto de Dios (c.f. Is. 11:4).

▬b. “Y vino un gran temor sobre todos los que lo oyeron”. Dios quiere que su iglesia se mantenga pura y sin mancha. El quita la culpa por el pecado de Ananías quitándoles a él y a su esposa de en medio de la comunidad de los cristianos primitivos. Si Dios hubiera dejado este pecado sin su castigo, la iglesia no habría tenido defensa contra la acusación de que Dios toleraba un engaño contra él y contra su pueblo. Ahora, en el comienzo de su ministerio, la iglesia está libre de tal cargo.

   Con frecuencia Lucas describe el miedo y el pavor del pueblo (2:43; 5:11; 19:17). Los creyentes que vieron la muerte de Ananías fueron llenos de temor, y otros que oyeron la noticia por boca de estos testigos fueron también presa de un santo pavor. Todos entendieron aquella verdad de que “la venganza de Dios es terrible contra los engañadores”.

▬c. “Y levantándose los jóvenes”. La Escritura no nos dice que los jóvenes hayan tenido un oficio especial o que la tarea de sepultación haya estado confiada a ellos. En la primera epístola de Pedro encontramos otro pasaje que usa la expresión jóvenes. Allí Pedro exhorta a los jóvenes a “estar sujetos a los ancianos” (1 P. 5:5; y 1 Ti. 5:1; Tit. 2:1–6).

   Las costumbres y prácticas de aquellos tiempos difieren de lo que es convencional en el día de hoy (en climas fríos). Debido al calor en Israel, las sepultaciones tenían lugar el mismo día que la persona moría. Especialmente cuando un cuerpo estaba bajo juicio divino, era sepultado de inmediato (c.f. Lv. 10:4 [el contexto amplio]; Dt. 21:23; Mt. 27:57–59; Jn. 19:31; Gá. 3:13)). Es más, el cadáver de alguien condenado por Dios profanaba el santuario donde se reunían los creyentes. Los apóstoles pidieron a los jóvenes sacar de allí el cuerpo y prepararlo

para ser sepultado. Los jóvenes envolvieron el cuerpo de Ananías y lo sepultaron, probablemente en una tumba labrada en la roca en las afueras de Jerusalén. Es probable que cubrieran la tumba con una piedra.

Consideraciones doctrinales en 5:1–6

   Dos asuntos en el relato sobre la muerte de Ananías exigen un análisis. Primero, ¿por qué no se le dio a Ananías la oportunidad de arrepentirse? Recuérdese que cuando Pedro confrontó a Simón el mago, quien les ofreció dinero para comprar el poder del Espíritu Santo, él le mandó a que se arrepintiera (8:22; también 2:38). Nos atrevemos a pensar que quizás Ananías era un judío que conocía las Escrituras desde su infancia y más tarde en su vida llegó a conocer la verdad cuando fue bautizado en el nombre de Jesús. Por contraste, Simón vivía en completa oscuridad espiritual al ser un practicante de la hechicería. Él fue bautizado porque creyó (8:13) aun cuando su fe no era genuina. Cuando quiso comprar el poder del Espíritu, Pedro lo reprendió y lo llamó a que se arrepintiera para ser librado de las garras de Satanás.

   Tanto Ananías como Safira mintieron al Espíritu Santo (vv. 3–4) y se pusieron de acuerdo para tentar al Espíritu de Dios (v. 9). Aunque no blasfemaron contra el Espíritu, ellos deliberadamente tentaron al Espíritu Santo. Y como los israelitas que tentaron a Dios perecieron en el desierto, así Ananías y su mujer sufrieron las mismas consecuencias. El autor de la Epístola a los Hebreos comentando sobre la muerte de un blasfemo, pregunta: “¿Cuánto mayor castigo pensáis que merecerá el que pisoteare al Hijo de Dios, y tuviere por inmunda la sangre del pacto en la cual fue santificado, e hiciere afrenta al Espíritu de gracia?” (10:29). Y concluye diciendo que “horrenda cosa es caer en manos del Dios vivo” (v. 31). Ananías y Safira insultaron al Espíritu Santo, y lo tentaron. Como consecuencia de ello, perecieron.

   Tomemos una simple ilustración del diario vivir como paralelo de la disciplina aplicada por Dios a Ananías y Safira. Cuando un padre enfrenta la tarea de disciplinar a uno de sus hijos que se ha portado mal, los otros niños de la familia que observan la acción disciplinaria guardan silencio. Saben que la disciplina es necesaria y justificada. También saben que hay tiempo para hablar y tiempo para callar. Cuando la disciplina está siendo aplicada, es tiempo de enmudecer.

   Consideremos un segundo asunto. ¿Por qué los apóstoles no notificaron a Safira de la muerte y sepultación de Ananías? No tenemos la respuesta exacta a esta pregunta, porque el relato no nos da toda la información al respecto. Sin embargo, podemos entender que cuando la congregación se dio cuenta que Dios había castigado a Ananías con una muerte repentina, ellos sabían que el cuerpo de la persona maldecida por Dios tenía que ser sacado y sepultado ese mismo día. (Dt. 21:23). En el caso de los hijos de Aarón, Nadab y Abiú, que murieron en el altar, Moisés ordenó a sus primos que sacaran los cuerpos, “aun con sus túnicas” y los sepultaran (Lv. 10:5). A Aarón y a sus hijos Eleazar e Itamar no se les permitió hacer duelo por los muertos. Además, debe recordarse que cualquiera que tocara un cadáver era considerado inmundo por siete días (Nm. 19:11).

   Los jóvenes retiraron el cuerpo de Ananías del lugar para eliminar el peligro de contaminación. Sabiendo que el juicio de Dios había caído, no hicieron ningún intento de duelo ni notificaron a sus parientes cercanos. Al sepultar a Ananías lo más pronto posible, libraron al lugar de la maldición que había caído sobre Ananías.

2° Titulo:

El maligno puede sacar la Palabra del corazón inmaduro. San Lucas 8:11 y 12. Esta es, pues, la parábola: La semilla es la palabra de Dios. Y los de junto al camino son los que oyen, y luego viene el diablo y quita de su corazón la palabra, para que no crean y se salven. 

   Comentario: 11. Ahora bien, este es (el significado de) la parábola. Jesús da ahora una respuesta más específica a la pregunta hecha por sus seguidores (véase v. 9). Dice, La semilla es la palabra de Dios. Es el mensaje que viene de Dios en el caso presente claramente por boca de Jesús. También esto contesta la pregunta con respecto a la identidad del sembrador. Aquel sembrador es, por supuesto, El que habla, a saber, Jesús. Véase también Mt. 13:37, “El que siembra la buena semilla es el Hijo del hombre” y cualquiera que le represente verdaderamente, cualquier cristiano genuino que da testimonio. Véase Lc. 10:16.

   ¿Qué simboliza la tierra? Claramente el corazón del hombre. Esto se deduce definitivamente del v. 12 “… de sus corazones”. Cf. Mt. 13: 19a.

  En cada uno de los cuatro ejemplos de la parábola la “tierra”, es decir, el “corazón”, y por lo tanto, la persona, es diferente. Uno podría hablar del corazón que no responde (Lc. 8:12), el corazón impulsivo (v. 13), el corazón preocupado (v. 14), y el corazón bueno, o bien preparado (v.). El “corazón” indica la persona o “el que oye” en su ser interno. Lo siguiente es, por lo tanto, acertado: “¿Cuál, es entonces, la lección? El Salvador nos ha dado la respuesta en su propia interpretación del reino; y la tierra es los corazones humanos: así que, reducido a una ley general, la enseñanza de la parábola, es que el resultado del oír el evangelio siempre y en todo lugar depende de la condición del corazón al que se está hablando. El carácter del oidor determina el efecto de la palabra sobre él”.

Los corazones que no responden

   Jesús continúa: 12. Los de junto al camino son aquellos que la oyeron; luego viene el diablo y quita de sus corazones la palabra, para que no crean y se salven. Significado: aquellos que son representados por la semilla que cae junto al camino (véase v. 5) son los que dejan que el diablo, el gran adversario, arrebate cualquier mensaje que ha sido sembrado en ellos. De ninguna manera Jesús excusa a estas personas, como si únicamente el diablo y no ellos mismo fueran responsables por lo que ha sucedido al mensaje divino que les ha sido comunicado. ¡El v. 12 no anula v. 8b o v. 18a! ¡Pero aquí en v. 12 estos frívolos oidores son advertidos que, al tratar la palabra de Dios en forma tan ligera, están cooperando con el príncipe del mal cuyo propósito es impedir que crean y se salven!

   Esta gente no hace nada con el mensaje. No lo usan ventajosamente. “Inmediatamente” después que la han oído, cualquier efecto favorable que pudiera haber tenido sobre ellos es destruido. ¿Qué cosas influyen en su reacción negativa? Quizá mala voluntad hacia el mensajero. O quizá hostilidad con respecto a este mensaje en forma particular. O a lo mejor no desean ser molestados (Hch. 24:25). El espíritu de indiferencia puede haberse apoderado de ellos quizá poco a poco hasta ser total, llegando a endurecer sus corazones tanto como el camino el que la semilla fue desparramada.

   El Señor, dirigiéndose a Ezequiel, dio esta descripción de los que oían al profeta: “Y he aquí que tú eres a ellos como cantor de amores, hermosa voz y que canta bien; y oirán tus palabras, pero no las pondrán por obra” (Ez. 33:32). Cf. Lc. 6:49. Las líneas siguientes pueden ser apropiadas en este sentido:

Yo siempre fui a su iglesia antes que muriera mi Sally,

Y lo oí como el zumbido de la alarma de un reloj sobre mi cabeza

Y nunca entendí qué quiso decir, pero pensé que tenía algo que decir,

Y pensé que dijo lo que debía haber dicho, y me fui.

3er Titulo:

El engañador se disfraza como ángel de luz. 2ª a los Corintios 11:14 y 15. Y no es maravilla, porque el mismo Satanás se disfraza como ángel de luz. Así que, no es extraño si también sus ministros se disfrazan como ministros de justicia; cuyo fin será conforme a sus obras.

   Comentario: [14]. ¡Y no es gran sorpresa! Porque el propio Satanás se disfraza de ángel de luz.

   Pablo no está nada sorprendido por el disfraz de estos pretenciosos. Es franco y directo en su análisis y ve detrás de ellos a Satanás, quien los ha enviado a Corinto. A lo largo de su ministerio, el apóstol estaba totalmente consciente de los esquemas y los ataques de Satanás, los cuales tuvo que soportar de vez en cuando (véase 2:11). De hecho, menciona que el dios de este mundo (Satanás) hace que los incrédulos vivan en oscuridad porque los ha segado (4:4).

   Satanás es el archienemigo que es capaz de transformarse en ángel de luz. La oscuridad y la luz no pueden tener comunión (6:14), sin embargo, Satanás aparece como portador de luz.

   Éste es el único lugar de las Escrituras donde se ofrece esta descripción de Satanás. Se sabe que Satanás se presentó delante de Dios en el cielo (Job 1:6), pero el autor no lo describe. Solamente en la literatura apócrifa aparece referencias a Satanás transformándose en ángel de luz. Pero, Pablo no tuvo que consultar esta literatura para saber quién era Satanás, ya que sufrió en carne y hueso los planes del diablo.44 Tuvo varios encuentros con Satanás, quien tenía poder para causarle dolor físico (12:7), para obstaculizar su labor en la iglesia (1 Ts. 2:18) y para mostrar «toda clase de milagros, señales y prodigios falsos» (2 Ts. 2:9).

En su conocido himno, «Castillo fuerte es nuestro Dios», Martín Lutero describe hábilmente a Satanás:

¡Que muestre su vigor Satán y su furor!

Dañarnos no podrá,

Pues condenado es ya

Por la Santa Palabra.

   Apareciendo incluso como ángel de luz, Satanás continúa obstaculizando el propósito de Dios. Tiene poder para realizar «señales grandes y milagrosas» y engañar a la gente, «de ser posible, aun a los elegidos» (Ap. 13:13–14; Mt. 24:24). La oscuridad es el mundo de Satanás, pero Dios mora en luz inaccesible (1 Ti. 6:16). Por medio de su Palabra, Dios expulsa las tinieblas y da luz, vida y amor (1 Jn. 1:5; 2:10; 3:14).

[15]. No es gran cosa que también sus servidores se disfracen de servidores de justicia, cuyo destino será según lo que merecen sus obras.

   Si Satanás es capaz de disfrazarse de ángel de luz, entonces sus servidores pueden disfrazarse de servidores de justicia. Esto no quiere decir que los falsos apóstoles sean capaces de transformarse a sí mismos en ángeles de luz. Ellos siguen siendo seres humanos, pero las palabras que hablan son tan engañosas como las que Satanás le dijo a Eva en el huerto de Edén (Gn. 3:4). Estos falsos apóstoles trabajan para Satanás y constantemente pretenden ser servidores de justicia.

   Las palabras de este versículo consisten en la más fuerte denuncia que Pablo ofrece contra sus adversarios. Pablo los llama servidores de Satanás. No nos debería sorprender esta denuncia. Jesús hizo exactamente lo mismo cuando vinculó al clero de su época con Satanás (Jn. 8:44); y Juan dice que todas las personas que continúan viviendo en pecado son hijos del diablo (1 Jn. 3:8–10).

   ¿Por qué Pablo escogió la frase servidores de justicia para describir a los ayudantes de Satanás? Anteriormente en su epístola, escribió acerca del ministerio de justicia (3:9) y ofreció un contraste entre la condenación y la recomendación. La persona que es condenada en un tribunal debe enfrentar la muerte, pero la que es declarada inocente retiene la vida. Una persona justa, llena del Espíritu Santo, se encuentra en una relación correcta con Dios y ha sido reconciliada con él (5:18).45 Pero esto no es cierto para los falsos apóstoles, que son servidores de Satanás y practican el engaño. Se presentan como ministros de Dios y se autodenominan apóstoles de Cristo (v. 13), pero al hacer esto se apropian de títulos que pertenecen a los apóstoles. La hora ha llegado para que los corintios desenmascaren a estos impostores y los echen fuera.

   El fin de los servidores de Satanás corresponderá con sus actos. Pablo es muy elocuente a pesar de su brevedad, ya que la palabra destino señala el día del juicio final. No necesita ofrecer más información de este tema, dado que ya les había dicho a sus lectores que todos tendrán que comparecer frente al tribunal de Cristo para recibir una justa recompensa (5:10).

   Ahora que Pablo ha denunciado claramente a los falsos apóstoles, se debe comenzar a vislumbrar el final de la estadía de ellos si los corintios toman acción. Las palabras y las acciones de los intrusos se han convertido en una desgracia, de tal forma que la iglesia se ve obligada a expulsarlos.

Consideraciones prácticas en 11:12–15

   En la playa de Mileto, Pablo le dijo a los ancianos efesios que «sin vacilar les había proclamado todo el propósito de Dios» (Hch. 20:27). A los judíos y a los gentiles les había proclamado la revelación de Dios y les encareció que se arrepintieran y creyeran en Jesucristo. La verdadera marca de un apóstol consiste en haber sido testigo de la resurrección de Jesús, en predicar toda la verdad de Dios y hablar solamente las palabras del que lo envió. Es decir, un apóstol de Jesucristo representa a su Amo y promueve solamente las enseñanzas de su Señor, nunca las suyas propias. Dicha persona es digna de llevar el título apostólico que Cristo le confirió. Es como un embajador que representa la voz de su gobierno.

   De manera similar, si el predicador moderno se niega a predicar las enseñanzas de la revelación de Dios y las reemplaza con las suyas propias, no cumple con su llamamiento. Si se dedica a contar historias y presenta discursos sociales o políticos en lugar de predicar las Buenas Nuevas, desobedece entonces al que lo envió (compárese Jn. 20:21). El predicador ha sido llamado a predicar la palabra «a tiempo y fuera de tiempo» (2 Ti. 4:2) y no debe omitir nada.

   Algunos eruditos sugieren que se añada a la Biblia algunos de los libros apócrifos que circulaban en los días de la iglesia primitiva como, por ejemplo, el Evangelio de Tomás. Pero la propia Escritura prohíbe que se le añada o se le quite a la Biblia. Casi al final de la Biblia encontramos los derechos de autor de Dios, una advertencia para todo aquel que pretende manipular su Palabra:

   Advierto a todo aquel que escucha las palabras de la profecía de este libro: Si alguno le añade algo a ellas, Dios le añadirá a él las plagas descritas en este libro. Y si alguno quita palabras de este libro de profecía, Dios le quitará su participación en el árbol de la vida y en la santa ciudad, las cuales se describen en este libro. —Apocalipsis 22:18–19

4° Titulo:

El cristiano consagrado a Dios no será tocado por el maligno. 1 a de Juan 5:18 y 19. Sabemos que todo aquel que ha nacido de Dios, no practica el pecado, pues Aquel que fue engendrado por Dios le guarda, y el maligno no le toca. Sabemos que somos de Dios, y el mundo entero está bajo el maligno. 

   Comentario: 1. Nacidos de Dios: 5:18. En la parte final de su epístola, Juan resume tres hechos que sus lectores han aprendido. Estos hechos tienen que ver con el pecado, con el maligno y con la verdad en Jesucristo. Juan resume los principios que ha enseñado e introduce cada versículo con la palabra sabemos.

[18]. Sabemos que el que ha nacido de Dios no continúa pecando; aquel que nació de Dios le guarda, y el maligno no puede dañarlo.

   Fuera de algunas mínimas variantes en la redacción, la primera parte de esta oración es virtualmente idéntica a la de 3:9: “Ninguno que es nacido de Dios continuará pecando”. El repite esta idea anteponiendo la palabra sabemos al principio. Es decir, él les dice a los lectores que la persona que tiene su origen en Dios no sigue pecando sin arrepentirse (compárese con 3:6). “Un hijo de Dios puede pecar; pero su condición normal es de resistencia al pecado”. Este es un principio bien conocido.

   En la cláusula siguiente, Juan presenta un mensaje que parece impreciso. ¿Qué quiere decir con las palabras: “aquel que nació de Dios le guarda”? ¿Y quién es el que es guardado? Comenzando con la última pregunta, llegamos a la conclusión de que el pronombre le se refiere al creyente a quien Dios protege. Si Dios guarda al creyente, la frase “aquel que nació de Dios” debe referirse a Jesucristo. Sin embargo, este modo de designar a Jesús es único; no aparece en ninguna otra parte del Nuevo Testamento. Dado que tanto Jesús como el creyente son llamados “nacidos de Dios”, Juan los distingue usando el tiempo pasado “el que nació” para referirse a Jesús, y la frase nacido de Dios para referirse al creyente. Además, Juan coloca a Jesús, “aquel que nació de Dios” frente a “el maligno”. Jesús guarda a los creyentes y le pide a Dios que los proteja del maligno (Jn. 17:12, 15).

   “Y el maligno no puede dañarlo”. Nótese que Juan describe a Satanás como “el maligno” (2:13, 14; 3:12; 5:19). El maligno busca apoderarse del creyente, pero no puede tocarlo a causa del poder protector de Dios. La palabra tocarlo en esta oración quiere decir dañar o perjudicar a una persona. Satanás quiere hacernos caer en pecado y controlarnos permanentemente. Pero los que somos hijos de Dios no pertenecemos a Satanás sino a Dios.

  1. Hijos de Dios 5:19

   [19]. Sabemos que somos hijos de Dios, y que todo el mundo está bajo el control del maligno.

   Una vez más Juan usa la palabra sabemos para asegurarnos del conocimiento que tenemos. En actualidad, él repite el pensamiento que presentó anteriormente: “Queridos amigos, ahora somos hijos de Dios” (3:1). Tenemos nuestro origen en Dios y pertenecemos a él. Pero todo el mundo, dice Juan, “está bajo el control del maligno”. Él no dice que el mundo pertenece a Satanás, ya que Satanás no puede decir que creó el mundo. Jesús llama a Satanás “el príncipe de este mundo” (Jn. 12:31; 14:30; 16:11). De la historia bíblica (Gn. 3:1–19), sabemos que por medio de la decepción Satanás tomó control del mundo entero.

   Cuando Satanás tentó a Jesús, él le mostró todos los reinos del mundo y dijo, “Yo te daré toda autoridad y esplendor, porque me lo ha sido dado” (Lc. 4:6, bastardillas añadidas). Todo el mundo permanece pasivamente en su poder. Sin embargo, Satanás sabe que Jesús ha venido a reemplazarlo y que él reclama para sí aquello que con todo derecho le pertenece a Dios.

Amén, Para La Honra Y Gloria De Dios

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Hno Roberto Saldías Roa

Miembro de la IEP en Nacimiento Bajo, nació en el evangelio del Señor en la Iglesia de Laja 1975. Casado con María Nahuelmán, estudia teología de manera autodidacta. Me gusta mucho leer y escribir.

 

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