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Lunes 24 de mayo de 2021“Conducta De La Mujer Cristiana En Medio De Un Mundo Transgresor”

Lunes 24 de mayo de 2021“Conducta De La Mujer Cristiana En Medio De Un Mundo Transgresor”

Lectura Bíblica: 1ª de Juan Cap. 2, versículos 15 al 17. No améis al mundo, ni las cosas que están en el mundo. Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él. Porque todo lo que hay en el mundo, los deseos de la carne, los deseos de los ojos, y la vanagloria de la vida, no proviene del Padre, sino del mundo. Y el mundo pasa, y sus deseos; pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre.

   Comentario: El mundo y la voluntad de Dios. 2:15–17

  1. No améis al mundo 2:15

    Luego de efectuar un llamado a los creyentes, el escritor hace sonar la advertencia de que no hay que amar al mundo. El amor por el mundo impide el amor por el Padre. Vemos aquí un paralelo entre las cartas de Juan y la de Santiago: “Todo aquel que escoge ser amigo del mundo se transforma en un enemigo de Dios” (Stg. 4:4). Juan escribe: [15]. No améis al mundo ni nada de lo que hay en el mundo. Si alguien ama al mundo, el amor de Padre no está en él.

   ▬ a. Juan formula una advertencia seria de no amar al mundo. Él dice “no améis”; no dice “no gustéis” del mundo. La palabra amar que utiliza Juan es la misma que él usa en el versículo 10 donde habla de la persona que ama a su hermano. El amor que él tiene en mente es un amor que vincula, que causa una comunión íntima y una devoción leal. Es el amor que Dios demanda en el resumen de la ley:

   “Amarás al Señor tu Dios … y amarás a tu prójimo como a ti mismo”.

   Juan dirige su advertencia a aquella gente que ya ha cambiado su lealtad y que ahora les otorga su atención total a los asuntos del mundo. Les dice que dejen de amar al mundo, que desistan de seguir con sus intereses mundanos. No está hablando acerca de un único incidente sino de un estilo de vida.

   ▬ b. Juan utiliza la expresión mundo—una palabra que es típicamente juanina. Esta palabra tiene varios significados, tal como lo ilustra Juan en su primera epístola: el mundo de los creyentes, el mundo del pecado, el mundo del demonio.

   Por eso Juan escribe que Jesús es el Salvador del mundo (4:15) y también que por medio de la fe el cristiano puede vencer al mundo (5:4–5). Según Juan, las características del mundo son los apetitos, la lujuria y los alardes (2:16). El mundo pasa (2:17) y no conoce a Dios (3:1). Odia a los creyentes (3:13) y es morada de los falsos profetas (4:1), del anticristo (4:3) y de los incrédulos (4:5). Y, para terminar, todo el mundo está controlado por el maligno (5:19). La conclusión de Donald Guthrie es la siguiente: “Por consiguiente, en 1 Juan hay un fuerte paralelo entre el ‘mundo’ y el ‘diablo’”.

   ▬ c. Juan advierte al lector en contra de amar al mundo y lo que es del mundo. El no aconseja que el cristiano abandone este mundo o que viva recluido. Juan no enfatiza que el cristiano se separe del mundo. En vez de ello, dice que el creyente debe evitar amar al mundo. Nótese que en este versículo relativamente breve el concepto amar precede al concepto mundo. Entonces, ¿qué está diciendo Juan? En una oración: “El amor por el mundo y el amor por el Padre no pueden existir uno al lado del otro”. El cristiano amará a uno y odiará al otro, pero no puede amar a ambos al mismo tiempo (compárese Mt. 6:24; Lc. 16:13). El mundo de pecado está diametralmente opuesto al Padre. Juan describe este mundo en el versículo 16.

  1. Haced la voluntad de Dios. 2:16–17

   [16]. Porque todo lo que hay en el mundo—los apetitos del hombre pecador, la lujuria de sus ojos y el alarde de lo que tiene y hace—no procede del Padre sino del mundo.

   El pensamiento principal del versículo 16 es éste: “Todo lo que hay en el mundo … no procede del Padre sino del mundo”. En su epístola, Santiago dice algo muy parecido. Acerca del origen de la sabiduría, Santiago escribe: “Dicha ‘sabiduría’ no viene del cielo, sino que es terrenal, no es espiritual, es del demonio” (Stg. 3:15). Aquello que tiene origen en el mundo no viene de Dios sino del diablo.

   ¿Cuáles son estas cosas llamadas “del mundo”? Juan las describe ubicándolas en tres categorías: los apetitos del hombre pecador, la lujuria de los ojos del hombre y el alarde de lo que la persona tiene o hace. Por supuesto, esta lista de tendencias, aunque es globalizadora en su alcance, no agota necesariamente todo lo que hay que decir.

   Antes de considerar estas categorías, hacemos las siguientes observaciones. Las primeras dos categorías (apetitos y lujuria) son deseos pecaminosos; la última (alarde) es conducta pecaminosa. Las primeras dos son pecados internos y ocultos; la última es un pecado externo y manifiesto. Las primeras dos tienen que ver con el individuo, la última con la persona que está rodeada por otra gente.

   ▬ a. Apetitos. Si lo traducimos literalmente, el texto griego dice “el deseo de la carne”. La versión que utilizamos, sin embargo, traduce el texto como “los apetitos del hombre pecador”. La palabra deseo es utilizada en forma colectiva y representa apetitos que incluyen el deseo sexual y la codicia. Estos apetitos son malos porque hacen que el hombre desobedezca el mandamiento explícito de Dios: “No codiciarás” (Ex. 20:17; Dt. 5:21). Además, estos apetitos originan en la naturaleza del hombre y dan nacimiento al pecado (St. 1:15). Pablo redacta una descripción similar de esta naturaleza pecaminosa (Gá. 5:16–17), de la cual dice que “es contraria al Espíritu”.

   ▬ b. Lujuria. Juan describe este deseo como “la lujuria de [los] ojos”. Los ojos son los conductos al alma del hombre. Cuando el hombre es tentado por la lujuria, sus ojos sirven como instrumento que le hacen transgredir y pecar. Juan refleja el sentir de Jesús (registrado en el Sermón del Monte), quien coloca a la mirada codiciosa en la categoría de pecado: “Pero yo os digo que cualquiera que mira a una mujer codiciándola, ya ha cometido adulterio con ella en su corazón” (Mt. 5:28).

   ▬ c. Alarde. Juan expresa esta tercera tendencia en palabras que no pueden traducirse fácilmente. Los traductores brindan una cantidad de versiones igualmente válidas. Aquí tenemos algunas que son representativas:

“La soberbia de la vida” (BdA)

“El alarde de la opulencia” (NTdT)

“La arrogancia del dinero” (NBE)

“La jactancia de las riquezas” (BJ)

“El alarde de lo que tiene y hace” (NIV)

La razón de estas diversas variantes estriba en dos palabras griegas: “alardear” y “vida”. La primera palabra significa la jactancia de alguien presuntuoso, o de un impostor (compárese con Stg. 4:16). Esta jactancia o alarde hasta puede llegar al nivel de una violencia arrogante. La segunda palabra denota vida en cuanto a acciones y posesiones. La persona que hace alarde de sus obras y de sus bienes manifiesta “un apetito pecaminoso por el progreso y el status social”.

   Los tres vicios (apetitos, lujuria y alardes) no se originan en el Padre sino en el mundo, es decir, en el demonio. Juan escribe “el Padre” para indicar, en primer lugar, el vínculo que esto tiene con el contexto anterior (1:2, 3; 2:1, 13, 15) y, en segundo lugar, para hacer les acordar a los lectores que con los hijos adoptivos de Dios. Ellos son hijos e hijas de su Padre Celestial y no pertenecen al mundo. Aunque en un marco diferente, Jesús formula el mismo pensamiento. Les dice a sus adversarios: “el que pertenece a Dios oye lo que Dios dice. La razón por la que vosotros no oís es que no pertenecéis a Dios” (Jn. 8:47).

   [17]. El mundo y sus deseos pasan, pero el hombre que hace la voluntad de Dios permanece para siempre.

   El hombre necesita notar lo pasajero de la existencia de la gente mundana y de sus placeres y deseos. Si enfoca su interés en aquello que hoy está aquí y mañana no, recoge una cosecha de inestabilidad, tropieza en las tinieblas del pecado y, por haber echado su suerte con el mundo, encuentra un fin similar.

“Porque este mundo en su forma presente, pasa” (1 Co. 7:31).

   Sin embargo, el hijo de Dios está seguro porque posee vida eterna. ¡Qué contraste! La persona que ama al mundo pronto pasa, “pero el hombre que hace la voluntad de Dios vive para siempre”. Juan hace resonar aquí un eco de las palabras de Jesús: “No todo aquel que me dice: ‘Señor, Señor’, entrará en el Reino de los cielos, sino sólo aquel que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos” (Mt 7:21; véase también 1 p. 4:2). Cuando la voluntad del hombre está en armonía con la voluntad de Dios, el cristiano tiene una comunión con el Padre y el Hijo que dura para siempre (comparar con 2:5).

Consideraciones prácticas acerca de 2:15–17

   En su oración Sumosacerdotal, Jesús le pide a su Padre que no quite a los creyentes del mundo, sino que los proteja. El ora: “Así como me enviaste al mundo, yo los he enviado al mundo” (Jn. 17:18). ¿Contradice Juan estas palabras de Jesús? ¿Aboga él por una separación total del mundo en que vivía? No, de ninguna manera.

   Cuando Juan escribió su epístola, hacia fines del primer siglo, la sociedad pagana estaba totalmente corrompida. Estaba caracterizada por la inmoralidad, la codicia, el cohecho y el desprecio por la vida y la dignidad humana. Dentro de esa sociedad la iglesia buscó ser una influencia moderadora, ejemplificando las virtudes de la honestidad, de la moralidad, y de un respeto especial por la vida y la propiedad. Pero dentro de la iglesia alguna gente se había puesto del lado del mundo, ya que no pertenecía realmente a la iglesia. (1 Jn. 2:19). Se trataba de falsos profetas que salieron al mundo (4:1). Juan advierte al creyente que nunca se debe entrar en compromisos con el espíritu de la época, ni adoptar nunca un tipo de vida mundana.

   En cierto sentido, nuestro mundo difiere muy poco del de Juan. El nuestro está lleno de violencia e inmoralidad. En muchos sectores de la sociedad el cohecho, el hurto y el engaño están entretejidos en la tela misma de la vida diaria. Sin embargo, nosotros los que hemos sido comprados con precio, los que tenemos la señal bautismal del trino Dios colocada sobre nuestra frente, los que somos llamados santos, debemos mantenernos incontaminados por el mundo. Estamos en el mundo, pero no somos de él. Porque si fuéramos del mundo, entonces no seríamos del Padre.

1er Titulo:

Sabia elección de una mujer en tiempos difíciles. Rut 1:15 y 16. Y Noemí dijo: He aquí tu cuñada se ha vuelto a su pueblo y a sus dioses; vuélvete tú tras ella. Respondió Rut: No me ruegues que te deje, y me aparte de ti; porque a dondequiera que tú fueres, iré yo, y dondequiera que vivieres, viviré. Tu pueblo será mi pueblo, y tu Dios mi Dios. 

   Comentario: Es en el v. 9 donde encontramos por primera vez en el libro un nombre divino. Tal vez a los moabitas, con su dios muy visible (en investigaciones arqueológicas han sido descubiertos ídolos que representaban a varios dioses paganos de la zona) y con nombre muy específico (Quemós), les era extraño que estos “efrateos” (esto es, israelitas residentes en Efrata/Belén; comp. Miq. 5:2) hablaran de un Dios Invisible y con varios nombres (el libro contiene por lo menos cuatro: “Jehovah” en 1:8, 9, 17, 21; 2:4, 12, 20; 3:10; 4:11, 13; “Dios” en 1:16; “el Todopoderoso”, Shadai 7706— en 1:20, 21; “Dios de Israel” en 2:12). La bendición que Noemí pronuncia incluye, por primera vez en el libro, el vocablo hebreo jésed 2619 que aquí se traduce “misericordia” (v. 8) pero que en otros lugares incluye los aspectos de bondad, lealtad al pacto o lealtad de la familia, y a veces, amor. Los deseos de Noemí son para el bienestar de sus nueras, en reconocimiento del buen comportamiento de ellas con los que ahora han muerto y con ella misma (v. 8). La escena está cargada de emoción nada difícil de imaginar (vv. 9b, 14). Noemí presenta fuertes argumentos para que las nueras no vayan a Belén: ella no tiene nada que ofrecer a estas viudas jóvenes. Sin mencionar los aspectos económicos, pues todas estaban en la penuria, enfatiza que no tiene posibilidad de otros hijos con quienes ellas podrían casarse, ¡ni en sueños! (vv. 11–13). Logra convencer a Orfa (u Orfa se deja convencer). Ella besa a su suegra, y vuelve a su pueblo y a sus dioses (v. 15). Pero Rut toma otra decisión.

Joya bíblica

   “No me ruegues que te deje y que me aparte de ti; porque a dondequiera que tú vayas, yo iré; y dondequiera que tú vivas, yo viviré. Tu pueblo será mi pueblo, y tu Dios será mi Dios (1:16). (Bendita decisión)  

  Aun ante la insistencia de Noemí, Rut se declara resuelta a permanecer con su suegra. La ha llegado a amar con un amor poco usual para las relaciones entre suegras y nueras (vv. 16, 17; comp. 4:15). Y su declaración ha llegado a ser el texto más conocido del libro. Algunas Biblias componen en forma de poesía los vv. 16 y 17 (así la RVR-1995 y la Biblia de Jerusalén). Muchas novias han recitado estos versículos en sus bodas como poesía, y no han faltado músicos que les han dado una melodía para ser cantados. Se ha llamado el voto más bello del mundo, de valor para novios y entre amigos, casi pasando por alto, o tal vez ignorando, que originalmente fue pronunciado por una nuera para su suegra. Un análisis del voto enfatizaría su costo (pues implicó un abandono total de lo que antes Rut tenía —comp. 2:11— y fue hecho voluntariamente y con todo su corazón), su base (en el amor que Rut tenía para con Noemí), y su valor parabólico para nosotros (en nuestro compromiso con amigos, con el cónyuge y con el Señor). La extensión del voto es hasta “la muerte” (v. 17) o aún más allá. La RVA traduce, en el v. 17, que sólo la muerte hará separación entre tú y yo; pero algunos intérpretes sacan este sentido: “Así me haga Jehovah y aun me añada, si siquiera la muerte hace separación entre tú y yo.” Con esta lindísima declaración de amistad y lealtad familiar, Noemí no argumenta más. “Rut estaba tan resuelta a ir con ella…” (v. 18). Evidentemente la calidad de vida y fe religiosa de Noemí convencían a Rut

¿Quiénes eran los moabitas?

   Rut era moabita. ¿Quiénes eran los moabitas? Tenemos el escabroso relato de su origen en Génesis 19:30–38. Eran descendientes de Moab, hijo de Lot. Lot era sobrino de Abraham por lo que los moabitas eran parientes lejanos de los israelitas. Originalmente eran nómadas, pero hacia el siglo XIII a. de J.C. se establecieron en una fértil altiplanicie al este y sudeste del mar Muerto.

   Su culto idólatra incluía ritos indecentes y, a veces, sacrificios humanos al dios Moloc. Por lo general, la relación entre israelitas y moabitas era hostil. Pero, en ocasiones, como en la época cuando Elimelec y su familia se radicaron en Moab, reinaba la paz entre ellos.

Les iba mal, pero después les fue peor

   Elimelec con su esposa Noemí y sus dos hijos dejaron su patria porque había hambruna y les iba mal. Pero en Moab, donde se radicaron, les fue peor. En el lapso de 10 años Elimelec y sus dos hijos murieron.

   A veces, a algunos creyentes “les va mal” en la iglesia. Entonces, se retiran de ella sin pensar que, apartados de la familia de Dios, tarde o temprano les irá peor.

Un testimonio para nuestras vidas

   El amor de Rut para con Noemí fue la evidencia de un desinterés radical. Este desinterés es el ingrediente clave para las amistades verdaderas. Todo lo que hizo Rut, lo hizo para el beneficio de Noemí.  Ella puso a un lado sus propios sueños y deseos por el bien de Noemí.

   Así es la amistad radical. Así es la amistad a la cual nosotras, como cristianas, somos llamadas a tener para con nuestras hermanas en Cristo.

“Nadie tiene mayor amor que este, que uno ponga su vida por sus amigos” (Juan 15:13).

   Poner nuestras vidas por las hermanas en Cristo involucra más que dar una palmadita en la espalda.  Va más allá de asistir a grupos de mujeres o retiros. Este amor sacrificial es puesto en práctica diariamente, mientras llevamos las cargas las unas de las otras al orar fervientemente por nuestras necesidades.

Es un amor y lealtad que nos lleva a abrir nuestros corazones y nuestras casas las unas a los otras.  El desinterés se extiende más allá de las palabras y nos obliga a actuar de inmediato cuando nos damos cuenta de una necesidad física o espiritual en la vida de otros, incluso cuando nos resulta inconveniente.

   Te puedes estar preguntando ¿por qué la historia de Rut y Booz está en la Biblia?  ¿Entremetida entre los libros de Jueces y Samuel?  El Mesías prometido por Dios al pueblo de Israel avanzó un paso más por medio de la vida simple de una mujer moabita.  Primero, fue por medio de la línea de Rut y Booz que vino el rey David y finalmente Cristo Jesús.  Así que podemos regocijarnos en la fidelidad de Dios hacia sus promesas a pesar de las circunstancias difíciles.

   La vida de Rut y su amistad desinteresada con Noemí nos debe animar tanto como desafiarnos el día de hoy. En un mundo que pregona la supervivencia del más apto, somos desafiadas como seguidoras de Cristo a literalmente poner nuestras vidas por nuestras hermanas en Cristo.

   El Señor nos ha dado bondadosamente las unas a las otras. Ya sea que nos regocijamos o lloremos juntas a través de las pruebas, uno de los mayores dones es una verdadera amiga en Cristo.  Nuestras verdaderas amistades cristianas son “más unidas que un hermano” (Proverbios 18:24).  Mientras estudiamos el ejemplo de Rut, también valoremos y nutramos nuestras amistades cristianas.  Y que el mundo sepa que somos de Cristo por el amor desinteresado y radical que mostramos las unas a las otras.

2° Titulo:

No nos conformemos a este siglo, aguardemos con fe la esperanza. Romanos 12.11 y 12. En lo que requiere diligencia, no perezosos; fervientes en espíritu, sirviendo al Señor; gozosos en la esperanza; sufridos en la tribulación; constantes en la oración.

   Comentario: 11. Nunca os retraséis en mostrar entusiasmo. Sed radiantes del el Espíritu, sirviendo al Señor.

   No obstante, por ser la naturaleza humana lo que es—y hasta los santos son todavía pecadores—no es razonable esperar que aquellos a quienes Pablo se dirige muestren entusiasmo en este asunto de preferirse los unos a los otros en la honra. Por otra parte, la religión sin entusiasmo casi ni merece el nombre de religión.

   Por supuesto, la fuente del entusiasmo no está en el hombre. Si una persona va a ser “inflamada” por el fuego del entusiasmo, es el Espíritu Santo quien debe hacerlo. Pablo dice: “Nunca os retraséis en mostrar entusiasmo”. Y agrega inmediatamente: “Sed radiantes del Espíritu”. No sólo deben los creyentes preocuparse de que no apaguen el Espíritu, de que no resistan al Espíritu, y aun que no contristan al Espíritu; al contrario, deben pedirle fervorosamente el Espíritu Santo que los llene de celo, y del entusiasmo necesario para cumplir debidamente sus deberes cristianos y lograr su meta. Sólo entonces se cumplirá el mandato. “Sed radiantes del Espíritu” cuando puedan cantar desde el fondo del corazón:

Cual los querubes yo te quiero amar;

que se consuma de pasión mi ser;

pues en mi pecho se alzará un altar

donde arda el fuego de tu gran poder.

Estrofa tomada de “Mora en mi alma, Santo Espíritu”, (de G. Croly, 1854).

   Entonces ellos ya no permanecerán pasivos, sino que con gozo y entusiasmo se abocarán a la tarea de servir al Señor real y consagradamente. Obsérvese que cuando el creyente realmente sea radiante Espíritu, no lo demuestra recurriendo a manifestaciones de excitación religiosa (¿?) sino cumpliendo humildemente su mandato de servir al Señor.

   [12]. Sed gozosos en la esperanza, constantes en la aflicción, persistentes en la oración.

   La esperanza de la salvación futura (cf. 5:2, 4, 5; 8:24, 25; 15:4, 13) estimula el gozo presente; tanto así, que los hijos de Dios llegan a ser capaces de perseverar345 en medio de la aflicción. Esta perseverancia indica la fuerza de resistir bajo presión, y la aplicación persistente de dicha fuerza. No es producto de la sabiduría o habilidad humanas, sino de la gracia de Dios. Por eso Pablo se apresura a añadir: “(Sed) persistentes en la oración”.

    Sin oración constante ese gozo y perseverancia serían imposibles. La oposición que procede del mundo y las dudas que vienen de nuestro interior resultarían ser demasiado fuertes. En realidad, sin perseverancia en la oración sería imposible obedecer las exhortaciones del capítulo 12 o a las de otros pasajes.

3er Titulo:

La mujer cristiana se identifica en su conducta, como hija de Dios. Colosenses 3.12. Vestíos, pues, como escogidos de Dios, santos y amados, de entrañable misericordia, de benignidad, de humildad, de mansedumbre, de paciencia.

    Comentario: Deben “vestirse de” las nuevas virtudes

   Así como la tranquilidad de un lago, reflejando la belleza del sol naciente, sigue a la turbulencia de los vientos fuertes y las olas tempestuosas, así también (en principio) “la paz de Cristo” (v. 15) ha desplazado la inquietud que antes caracterizaba a los colosenses, cuando vivían aparte de Cristo, como fue descrito en el párrafo anterior (véase especialmente los vv. 5–9). La presente sección es insuperable por la belleza de su estilo y por el llamado directo al corazón. Lo mismo se puede decir de su valor práctico. Si los colosenses tan sólo vivieran la vida que aquí se describe en una forma tan gráfica y, sin embargo, tan simple, sus problemas se solucionarían. Por supuesto, solamente por la fuerza que Dios brinda y mediante la confianza completa en el poder fortalecedor de su gracia soberana y transformadora podrán atender a las instrucciones dadas. Estas instrucciones se introducen de la siguiente forma:

   [12, 13]. Vestíos, pues, como escogidos de Dios, santos y amados. El “vestíos” es una repetición del v. 10. Y la palabra “pues” significa (ampliando su sentido), “dado que en principio habéis abrazado a Cristo dentro de vuestros corazones, por tanto, seáis en la práctica—sí, completamente—lo que habéis profesado ser, y lo que yo, Pablo, realmente creo que habéis empezado a ser”. Seáis así “como escogidos de Dios”. Para un resumen de doce puntos sobre la doctrina de la elección en las epístolas de Pablo, véase C.N.T. sobre 1 y 2 Tesalonicenses, pp. 60–61. Nótese especialmente las siguientes afirmaciones, tomadas de los puntos 7, 10 y 12: “La elección afecta a la vida en todas sus fases, pues no es algo abstracto. Aunque pertenece al decreto de Dios desde la eternidad, llega a ser una fuerza dinámica en los corazones y vidas de los hijos de Dios. Produce frutos. No sólo es una elección a salvación, sino también específicamente (como un eslabón en la cadena) una elección para servicio. Tiene como propósito final la gloria de Dios, y es la obra de su deleite” (Ef. 1:4–6).

   En aposición a la frase “escogidos de Dios” se encuentran las palabras “santos y amados”. Como escogidos de Dios, estas personas, tanto individual como colectivamente y hasta donde son verdaderos creyentes, son definidas como “santos”, esto es, “apartados” para el Señor y su obra. Han sido lavados con la sangre de Cristo de la culpa de sus pecados, y están siendo liberados más y más de la corrupción del pecado y renovados a la imagen de Dios (véase el v. 10 arriba). Además, son “amados”, y esto en forma especial por Dios (1 Ts. 1:4; cf. 2 Ts. 2:13).

   De este modo, los calificativos que con tanto honor se aplicaban anteriormente al antiguo pueblo del pacto, Israel (véase 1 P. 2:9; y entonces Is. 5:1; Os. 2:23; cf. Ro. 9:25), aquí son usados en conexión con los miembros de la iglesia de la nueva dispensación. La iglesia es el nuevo Israel. Pablo continúa. (Vestíos de) un corazón de compasión, bondad, humildad, mansedumbre, longanimidad. Es evidente que estas virtudes se traslapan. Una persona con un “corazón compasivo” también será “bondadosa”. Uno que es humilde también será manso, etc. Por tanto:

   La expresión corazón de compasión apunta a un sentimiento muy profundo, “un anhelar con el profundo afecto de Cristo Jesús” (Fil. 1:8). En cuanto a la profundidad de este sentimiento uno podría pensar en la reacción de José al ver a Benjamín (Gn. 43:30) o al revelarse a sus hermanos (Gn. 45:1–4). Otro ejemplo sería la tierna relación entre David y Jonatán (1 S. 18:1; 20:4, 17).

    La próxima cualidad es la bondad. Esta es la bondad de corazón que imparte el Espíritu, y que es justamente lo opuesto a la malicia o maldad mencionada en el v. 8. Los cristianos de antaño se recomendaban a otros por su bondad (2 Co. 6:6). Dios también es bondadoso (Ro. 2:4; cf. 11:22) y se nos exhorta a ser como él en este respecto [p 183] (Lc. 6:35). Ejemplos de la bondad humana podrían ser las mismas personas que ya mencionamos en conexión con “corazón de compasión”. Para evitar repeticiones, añadamos el buen samaritano de la bien conocida parábola (Lc. 10:25–37), Bernabé (Hch. 4:36, 37; 15:37), y el apóstol Pablo mismo (1 Ts. 2:7–12).

   La humildad—una virtud despreciada por los paganos (como ya hemos notado)—es también una cualidad que los creyentes deben tratar más y más de adquirir. La persona que es bondadosa para con los demás, generalmente no tiene una opinión demasiado alta de sí misma. Cuando cada miembro de una iglesia estima a los demás como superiores a él mismo, se crea un ambiente feliz (Fil. 2:3). Por supuesto, también hay tal cosa como una “humildad fingida” (véase sobre 2:18, 23). Un buen ejemplo de verdadera humildad puede ser el centurión que dijo, “No soy digno de que entres bajo mi techo” (Lc. 7:6), y el publicano que, en la penetrante parábola, derramó su corazón, diciendo: “Dios, sé propicio a mí, pecador” (Lc. 18:13). No obstante, en conformidad con el contexto, aquí Pablo tiene en mente la modestia en la estimación de uno mismo en relación al prójimo, especialmente de los hermanos creyentes. Por supuesto, estas dos—humildad frente a Dios y la misma disposición hacia los hombres—lejos de excluirse una a otra, son inseparables.

  La mansedumbre, mencionada a continuación, definitivamente no es debilidad o cobardía, característica de la persona que está lista a ceder ante cualquier problema. Es, más bien, el ser sumiso al ser provocado, la determinación de sufrir daño antes de inflingirla. Un ejemplo notable es Moisés (Nm. 12:3).

  Para la longanimidad, véase 1:11. Qué ejemplo de longanimidad vemos en Jeremías en su largo período de actividad profética. Pensemos también en Oseas, quien, en lugar de repudiar a su esposa infiel, fue al lugar de la vergüenza, redimió a Gomer con quince siclos de plata y un homer y medio de cebada, y misericordiosamente la restauró otra vez a su posición de honor.

   Continuando: soportándoos unos a otros. Se les exhorta a los colosenses a ser indulgentes unos para con los otros en amor (cf. Ef. 4:2). Pablo podía decir, “padecemos persecución y la soportamos” (1 Co. 4:12). Nos viene a la mente el ejemplo de Job (Stg. 5:11). Pablo añade: y perdonándoos unos a otros si alguno tuviere queja contra otra. De la manera que el Señor os ha perdonado, así también hacedlo vosotros. Para el perdón divino, véase sobre 2:13. Mientras estaba en este mundo, Cristo enseñó a sus discípulos a orar, “Perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores” (Mt. 6:12). Y es posible que la expresión “de la manera que el Señor os ha perdonado, así también hacedlo vosotros”, sea un eco consciente de la petición que acabamos de citar de la oración del Señor, mostrando de esta forma que Pablo conocía esta oración. En todo caso, la frase tiene el mismo espíritu y significado. Jesús también había enseñado a Pedro a perdonar “no hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete” (Mt. 18:22), y añadió una parábola conmovedora que termina con estas palabras: “Así también mi Padre celestial hará con vosotros si no perdonáis de todo corazón cada uno a su hermano sus ofensas” (Mt. 18:35; cf. Mr. 11:25). Además, el Señor subrayó estos preceptos con su propio ejemplo. Mientras estaba en la cruz, dijo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lc. 23:34). Esteban seguía el ejemplo de Cristo, cuando, al ser lapidado hasta la muerte, dijo, “Señor, no les tomes en cuenta este pecado” (Hch. 7:60).

    Este parece ser el momento propicio para hacer notar que Pablo está ligando sus exhortaciones a la persona y obra de Cristo, como lo hemos indicado en conexión con Col. 1:28. Véase allí las tres columnas. Las cualidades que según Pablo son la marca del cristiano, también se le atribuyen a Cristo. Sobre su “corazón compasivo” y su bondad, véase Mt. 9:36; 14:14; 15:32; 20:34. Su humildad y mansedumbre se dejan ver en Mt. 11:29; 21:5; Jn. 13:1– 15; Fil. 2:8; su longanimidad y paciencia o tolerancia en Mt. 17:17; Jn. 14:9; 1 P. 2:23; su espíritu perdonador en Mt. 9:2; Lc. 7:47; 23:34. En consecuencia, cuando un creyente manifiesta estas virtudes en su relación con su prójimo, podemos decir que “se ha vestido” de Cristo (Ro. 13:14). Y es confortante saber que el que ha visto a Cristo ha visto al Padre (Jn. 14:9; cf. 1:18), y el que imita a Cristo (1 Co. 11:1; 1 Ts. 1:6) también imita a Dios (Ef. 5:1).

4° Título:

Toda cristiana debe de hacer como la palabra de Dios la orienta. 1ª de Pedro 3.5 y 6. Porque así también se ataviaban en otro tiempo aquellas santas mujeres que esperaban en Dios, estando sujetas a sus maridos; como Sara obedecía a Abraham, llamándole señor; de la cual vosotras habéis venido a ser hijas, si hacéis el bien, sin temer ninguna amenaza.

   Comentario: 5. Así en tiempos antiguos resaltaban su belleza las santas mujeres que esperaban en Dios. Cada una se sometía a su esposo, 6. como Sara, que obedecía a Abraham y lo llamaba “mi señor”. Ustedes son hijas de ella si hacen el bien y no tienen miedo alguno.

   Observamos en este pasaje tres características:

   ▬ a. Pauta. Pedro recurre al Antiguo Testamento para demostrar que él no es el único que dice a las mujeres cómo han de convivir con sus maridos. Apela por ello a una pauta, asentada en los tiempos del Antiguo Testamento, que enfatiza los valores espirituales. Al llamar “santas” a las mujeres del pasado, Pedro no indica que eran perfectas; se refiere a su relación con Dios, porque por sus espíritus suaves y apacibles ellas fueron preciosas ante Dios.

   ¿Qué fue lo que hizo de estas mujeres “santas”? En primer lugar, ellas “esperaban en Dios”. Estas mujeres de hace muchos siglos, cuyos nombres no se mencionan, tenían una cosa en común: su esperanza puesta en Dios (1 Ti. 5:5). “La esperanza en Dios es la verdadera santidad”. Sabían que Dios nunca les fallaría, cualesquiera que fuesen sus circunstancias.

   En segundo lugar, estas mujeres “resaltaban su belleza” cultivando las virtudes de la suavidad y serenidad que Dios considera preciosas. A lo largo del Antiguo Testamento ellas iban estableciendo la pauta para una vida santa e invitaban las generaciones subsiguientes a seguir su ejemplo.

   En tercer lugar, las esposas de la antigüedad “cada una se sometía a su esposo”. Cuando Pedro exhorta a las lectoras de esta epístola a estar sujetas a sus maridos, basa su consejo en una tradición de larga data. Sabe que las mujeres de otrora demostraron su sumisión con cualidades interiores que gozan del favor de Dios.

   ▬ b. Ejemplo. Si Abraham es el padre de los creyentes, Sara es su madre. Por consiguiente, Pedro menciona el nombre de Sara como ejemplo para las mujeres casadas de su tiempo. Pedro escribe: “Sara … obedeció a Abraham y lo llamaba “mi señor” (cf. Gn. 18:12).

   En nuestra cultura, ninguna esposa llama “señor” a su marido. Si lo hiciera, tanto ella como su esposo serían el hazmerreír de la sociedad. ¿Está Pedro diciendo a las esposas que deben llamar “señor” a sus esposos? No, no hace así. Pedro está describiendo la cultura de antaño en la cual una mujer respetuosamente llamaba a su esposo “señor”. Las costumbres cambian de lugar en lugar y de cultura en cultura. El siguiente es un ejemplo bíblico: cuando la madre de Jesús le habló acerca de la falta de vino durante la boda de Caná, él dijo: “¿Qué tienes conmigo, mujer?” (Jn. 2:4 [VRV]). No había intención de descortesía de parte de Jesús; él seguía la costumbre de su época.

   Y tenemos también ejemplos modernos: en ciertas partes de España y Centroamérica los hijos todavía tratan a sus padres de “usted”, en vez de tutearlos. Pero al hacer esto no se está demostrando un sometimiento servil, sino que se está hablando en los términos que la cultura que lo rodea demanda.

   Las esposas deben seguir el modo de dirigirse a sus esposas que es habitual en su propia cultura. Deben también distinguir entre un principio y la aplicación del mismo. El principio es el de ser sumisas; la aplicación varía según el lugar, la época y la cultura. Por eso, dentro del marco de su propia cultura, Sara aplicó este principio y llamó “señor” a Abraham.

   ▬ c. Práctica. Pedro usa a Sara como ejemplo. Es más, él indica que ella es la madre de todas las mujeres que temen a Dios. “Ustedes son hijas de ella si hacen el bien y no tienen miedo alguno”.

   Sara es la madre espiritual de todas las mujeres cristianas, así como Abraham es el padre de todos los creyentes (cf. Is. 51:1–2; Ro. 4:11–12; Gá. 3:7–9, 14, 16, 18, 29; Heb. 2:16). Pedro declara un hecho aquí: las esposas cristianas son, no llegarán a ser, hijas de Sara. Implícita queda la verdad del proverbio: “Tal como la madre, así la hija”.

   El apóstol espera dos cosas de las hijas de Sara: que sigan haciendo buenas obras (2:14, 20) y que alejen el temor. Si lo hacen, son sin duda dignas de estar junto a Sara. Pedro no desarrolla el tema de cómo Sara hizo buenas obras o cómo conquistó el temor. Parece, en cambio, aludir a algunas líneas de Proverbios:

No tendrás temor del pavor repentino,

ni de la ruina de los impíos cuando viniese,

Porque Jehová será tu confianza

y él preservará tu pie de quedar preso.

No te niegues de hacer el bien a quien es debido,

cuando tuvieres poder para hacerlo [Pr. 3:25–27 VRV]

   Las mujeres cristianas deben poner su confianza en Dios y así enfrentar el temor y el desastre con seguridad y calma. Cuando los esposos incrédulos las maltraten, Dios mismo las protegerá del daño y del peligro.

Amén, Para La Honra Y Gloria De Dios.

(Es un Aporte de ayuda para la clase de Dorcas): Lunes 24 de mayo de 2021


Hno Roberto Saldías Roa

Miembro de la IEP en Nacimiento Bajo, nació en el evangelio del Señor en la Iglesia de Laja 1975. Casado con María Nahuelmán, estudia teología de manera autodidacta. Me gusta mucho leer y escribir.