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Lunes 24 de febrero de 2020: “La revelación del evangelio trae gran alegría a la familia”.

Lunes 24 de febrero de 2020: “La revelación del evangelio trae gran alegría a la familia”.

   Lectura Bíblica:  Los Hechos Cap. 16, versículos 30 al 34. 30y sacándolos, les dijo: Señores, ¿qué debo hacer para ser salvo? 31Ellos dijeron: Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo, tú y tu casa. 32Y le hablaron la palabra del Señor a él y a todos los que estaban en su casa. 33Y él, tomándolos en aquella misma hora de la noche, les lavó las heridas; y en seguida se bautizó él con todos los suyos. 34Y llevándolos a su casa, les puso la mesa; y se regocijó con toda su casa de haber creído a Dios. 

   Comentario: [29]. El carcelero pidió luz y corrió adentro, temblando de miedo. Se postró ante Pablo y Silas. [30]. Los sacó afuera y les preguntó, “Señores, ¿qué debo hacer para ser salvo?”

   El carcelero vuelve a su familia y les pide luz. Quiere entrar a la cárcel y estar seguro que lo que Pablo ha dicho es verdad. Cuando tiene la linterna en su mano, corre a la prisión y comprueba que Pablo tiene razón: todos los presos están allí.

   Ahora el carcelero se postra temblando ante los misioneros, en una evidente señal de humilde sumisión. Se da cuenta que está ante la presencia de hombres que pueden indicarle el camino de salvación, aun cuando quizás todavía no comprende el significado de la salvación. Cuando Cornelio le dio la bienvenida en su casa a Pedro y se arrodilló ante él, Pedro reaccionó de inmediato, rechazando aquella expresión y diciéndole que él, Pedro, era tan humano como Cornelio (10:25–26). En este caso, ni Pablo ni Silas dicen una palabra ante la actitud del carcelero, porque comprenden la confusión mental del carcelero. No lo reprenden, sino que esperan que hable.

   El carcelero no ha oído las alabanzas de los presos a medianoche por encontrarse durmiendo, aunque sí entendió que el terremoto era una respuesta divina a la actitud de Pablo y Silas. Lleva a Pablo y Silas fuera de la prisión, al patio y ahí les habla. Golpeado por una conciencia culpable, les pregunta: “Señores, ¿qué debo hacer para ser salvo?” Quizás él ha oído el mensaje de salvación en alguna ocasión anterior, ha ponderado su significado, reconoce el poder espiritual de Pablo y Silas, por lo que ahora les pide que le muestren el camino de salvación. Su pregunta nace de un corazón sincero, como es evidente por la forma tan cortés en que se dirige a ellos, señores. Con el gran respeto se dirige a hombres que poco antes él mismo había echado en la celda de más adentro.

Consideraciones prácticas en 16:30

   La iglesia de Filipos estaba muy cerca del corazón de Pablo. Él les escribió una carta muy especial, instando a sus miembros a estar gozosos en el Señor. La palabra gozo en sus varias formas aparece dieciséis veces en esta breve epístola. Esto refleja la actitud de Pablo demostrada en la cárcel de Filipos donde él y Silas cantaban himnos en medio de la noche.

   Pablo había desarrollado una relación especial con los miembros de esa iglesia, debido a que repetidamente proveyeron para sus necesidades físicas (Fil. 4:14–18). En su epístola a los filipenses, Pablo menciona a Epafrodito (2:25; 4:18) y a Evodia y Síntique (4:2). Por el libro de los Hechos sabemos de dos personas, con un trasfondo completamente diferente, que llegan a ser miembros fundadores de la iglesia: Lidia de Tiatira, la vendedora de púrpura, (vv. 14–15) y el carcelero (v. 33). Es muy posible que la esclavita también haya llegado a ser parte de la iglesia. Estos convertidos, habiendo conocido el camino de la salvación, podían testificar que la salvación es un don de Dios. Con estos miembros iniciales, Dios continúa construyendo su iglesia, hasta el punto que dentro de poco tiempo Pablo escribe acerca de ancianos y diáconos en la iglesia de Filipos (Fil. 1:1).

La salvación: 16:31–34

   El contexto de la pregunta del carcelero muestra que su interés no está en la seguridad de su trabajo sino en su seguridad eterna: cuando Pablo y Silas predican el evangelio, aquel y los miembros de su familia creen en Dios, son bautizados, y son llenos de gozo.

   [31]. Pablo y Silas le contestaron, “Cree en el Señor Jesús, y tú y los miembros de tu familia serán salvos”.

   Los misioneros muestran al carcelero el camino de salvación usando un lenguaje absolutamente directo. Le dicen lo que tiene que hacer: “Cree en el Señor Jesús”. Todo aquel que confiese con su boca y crea en su corazón

que Jesús es el Señor, será salvo (Ro. 10:9). Eso es fundamental. De modo que Pablo y Silas le dicen al carcelero que debe poner toda su confianza en Jesús y reconocerlo como su Señor. No ellos, sino solamente el Señor Jesucristo les puede salvar.

   Pablo y Silas, no obstante, le dicen que la salvación está a disposición de todos los miembros de la familia (incluyendo a los siervos). Dicho sea de paso, permítaseme afirmar que, aunque Dios salva a los individuos, muchas veces trae también la salvación a toda la familia de la persona que busca al Señor. Dios actúa a través de las familias, porque ellas son las piedras usadas para la edificación de la iglesia.

   [32]. Y le hablaron la palabra de Dios a él y a todos los que estaban en su casa. [33]. A esa hora de la noche, el carcelero les lavó las heridas. E inmediatamente él y su familia fueron bautizados.

   Después de poner el fundamento: “Cree en el Señor Jesucristo y tú y toda tu familia serán salvos”, Pablo y Silas explican el evangelio (la frase exacta es la palabra del Señor) con más detalle. Los misioneros sufren el dolor causado por los azotes del día anterior. Sin embargo, la oportunidad de llevar al Señor a toda esta familia les hace olvidar la incomodidad que sienten. Si los ángeles en el cielo se regocijan cuando en la tierra un pecador se arrepiente (Lc. 15:10), ¿no habrían de regocijarse los siervos de Dios cuando todos los miembros de una familia se arrepienten y creen?

   Lucas nos da evidencias del cambio de vida del carcelero. El amor por el Señor lo hace pensar en las necesidades físicas de Pablo y Silas. Se da cuenta que esos cuerpos heridos y sangrientos necesitan atención médica. El personalmente lleva a los presos al pozo de la prisión y les lava las heridas. ¡Cómo habrá lamentado el pobre su proceder anterior! Solamente el día anterior había puesto a Pablo y Silas en el cepo, y ahora con toda ternura les lava las heridas y trata de suavizar sus verdugones.

   Mientras los misioneros están físicamente lavados así, el carcelero y su familia están espiritualmente lavados con la sangre de Jesús, lo que es simbolizado por el bautismo en agua. Así como Pablo y Silas son los receptores de la amabilidad del carcelero, éste y su familia son los beneficiarios de la gracia de Dios. Con la señal del bautismo, ahora ellos son miembros de la familia de Dios.

   [34]. El carcelero entonces llevó a Pablo y a Silas a su casa y les dio de comer. Se regocijó grandemente porque él y su familia habían creído en Dios.

   Después que Lidia y los miembros de su familia hubieron recibido la señal de bautismo, ella invitó a Pablo y a sus compañeros a ir a su casa (v. 15). Cuando el carcelero, con su esposa, sus hijos, y sus criados es bautizado, no hace menos. Tanto Lidia como él desean expresar su gratitud porque ahora pertenecen a la familia de Dios. Ambos consideran a los misioneros sus hermanos en Cristo. Por lo tanto, para el carcelero, Pablo y Silas no son ya los presos, y los misioneros no tienen ningún deseo de huir.

   El carcelero invita a Pablo y Silas a entrar en su casa. El griego sugiere que él mismo los lleva hasta su domicilio. En otras palabras, la cárcel se encuentra en la parte baja de lo que es su residencia. El carcelero personalmente se preocupa por las necesidades físicas de Pablo y Silas y además les provee comida y algo de beber. En todo lo que hace por ellos manifiesta su gozo ilimitado en el Señor porque ahora él y su familia son creyentes. De nuevo, el griego sugiere que la fe del carcelero es un confiar permanente en Dios. El y los miembros de su casa demuestran no una fe circunstancial, sino una fe verdadera en Jesucristo. Se unen así a otros que expresan su gozo y felicidad habiendo obtenido la fe (véase 8:39; 10:46; 13:48). Gozo, entonces, procede de la fe, que en sí misma está viva como un don de Dios.

1er Titulo:

El evangelio no avergüenza al hijo de Dios. Romanos 1.16. Porque no me avergüenzo del evangelio, porque es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree; al judío primeramente, y también al griego.

   Comentario: “El evangelio es el poder de Dios para salvación a todo el que pone en acción su fe”

   Es sumamente importante que este pasaje temático sea interpretado correctamente. Fuera de algunas necesarias excepciones, no me tomaré el tiempo de analizar en detalle las diversas opiniones con las cuales no puedo estar de acuerdo. El lector puede hallar por sí mismo estas teorías que discrepan con la mía. Por mi parte, me limitaré a interpretar los términos y/o frases una por una, para luego resumir el total.

   [16]. Porque no me avergüenzo del evangelio …

   El apóstol no vacilaba en predicar el evangelio, ya que amaba mucho esas buenas nuevas. En el contexto precedente Pablo había hecho mención de gente “sabia” (como también de gente “ignorante”). Deben haber existido muchos filósofos en ciudades tales como Atenas, Corinto, Efeso y, en no menor medida, en Roma. ¿Es que quizá el apóstol ha retrasado su viaje a Roma por vergüenza de encontrarse con estas personas tan altamente educadas?

   Su respuesta significa: “¡Por cierto que no!” Cuando él escribe: “No me avergüenzo”, etc., lo probable es que quiera decir: “Me enorgullezco y me gozo de tener la oportunidad de predicar el evangelio”. ¿Y por qué no habría de estar ansioso de proclamar el mensaje de salvación por medio de Cristo, las noticias respecto al “Cristo crucificado… poder de Dios y sabiduría de Dios” (1 Co. 1:23, 24)?

… Porque es (el) poder de Dios para salvación a todo aquel que pone en acción su fe …

   Una vez más la palabra “porque” está definitivamente en el sitio correcto. Es lógico decir: “No me avergüenzo del evangelio, porque revela el poder salvífico de Dios”.

   ¿No andan siempre los romanos jactándose de su poder, de la fuerza por la cual han conquistado al mundo?

“Pues bien”, Pablo podría decir, “el evangelio que yo proclamo es muy superior. Ha obtenido y ofrece algo mucho mejor, a saber, (eterna) salvación, y esto no solamente para le gente de una nación particular—Roma, por ejemplo— sino para todo aquel que pone en acción su fe”. La necesidad más urgente e imperativa del alma no es el renombre terrenal, sino la paz, el gozo, la gloria para hoy, para mañana y para el futuro sin fin. Comparado con “el poder de Dios”, ¡cuán débil es el poder de Roma o de cualquier otro ejército terrenal! Los ejércitos terrenales destruyen.

   El evangelio salva. Es el poder de Dios “para salvación”. ¿Y qué es la salvación? ¿Qué quiere decir salvar?

   En los escritos de Pablo significa:

EN LO NEGATIVO ▬ EN LO POSITIVO

Rescatar a los hombres de la consecuencia del pecado: ▬▬▬▬ Llevar a los hombres a un estado de:

culpa (Ef. 1:7; Col. 1:14) ▬▬▬ justicia (Ro. 3:21–26; 5:1)

contaminación (Ro. 6:6, 17; 7:21–25a) ▬▬▬ santidad (Ro. 6:1–4; 12:1, 2)

esclavitud (Ro. 7:24, 25; Gá. 5:1) ▬▬▬libertad (Gá. 5:1; 2 Co. 3:17)

 

castigo: ▬▬▬▬▬▬▬▬ bienaventuranza:

(1) alienación de Dios (Ef. 2:12) ▬▬▬ (1) comunión con Dios (Ef. 2:13)

(2) la ira de Dios (Ef. 2:3) ▬▬▬ (2) amor de Dios “derramado” en el corazón (Ro. 5:5)

(3) muerte eterna (Ef. 2:5, 6) ▬▬▬ (3) vida eterna (Ef. 2:1, 5; Col. 3:1–4

 

   Nótese que frente a cada mal aparece una bendición correspondiente. Ser salvos significa, entonces, quedar emancipados del mal más grande, y ser puestos en posesión del bien más grande. Las bendiciones prometidas pertenecen al pasado, al presente y al futuro sin fin. La justificación, la santificación y la glorificación todas están incluidas. El estado de salvación es opuesto al estado de “perecer”, o de estar “perdido”. Véanse Lc. 19:10; Jn. 3:16.

    “… a todo aquel …”, o sea, sin entrar en consideraciones de raza, nacionalidad, edad, sexo, rango social, nivel de educación o cultura, etc., cf. Is. 45:22; Jn. 4:42; 1 Ti. 1:15.

   Pero nótese el significativo factor condicionante “(a todo aquel) que pone en acción su fe”. Véanse Jn. 3:16.

¿Y qué se quiere decir por la fe? Es la confianza, la seguridad, el recostarse en los brazos eternos, la convicción (Heb. 11:1) de que por medio de Cristo y su sacrificio expiatorio mis pecados son perdonados, mi deuda cancelada; y que, por haber sido adoptado ahora como hijo del Rey:

Mi Padre me está siempre protegiendo,

Él siempre me está cuidando

Esté yo despierto o esté durmiendo,

El me sigue cuidando.

(Tomado del poema “Al Romper el Día” de C. H. Morris).

   La fe es el tronco del árbol cuyas raíces representan la gracia, y cuyo fruto simboliza las buenas obras. Es el enganche que conecta el tren del hombre con la locomotora de Dios. Es la mano vacía del pecado tendida hacia Dios, el Dador. Es, de principio a fin, el don de Dios. Cf. C.N.T. sobre Efesios 2:8.

   … al judío primero, y también al griego.

   Este fue el orden divino planificado por Dios en la historia. Tal como Pablo lo demuestra en el capítulo 4 (y en cierta medida ya aquí en el versículo 16), el evangelio de la salvación es esencialmente el mismo en ambas dispensaciones.

   Sin embargo, en la economía divina el mismo fue revelado en primer lugar a los judíos. Durante la antigua dispensación ellos fueron una nación altamente privilegiada. Cf. Sal. 147:19, 20; Am. 3:2. Naturalmente, tal “ventaja” no cesó inmediatamente cuando se introdujo la nueva dispensación (Ro. 3:1, 2; 9:4, 5). Cuando Jesús comisionó por primera vez a sus doce discípulos, los envió solamente a “las ovejas perdidas de la casa de Israel” (Mt. 10:5, 6). Y cuando Pablo ejecutó su mandato misionero, él y sus compañeros, siempre que les era posible, llevaban el evangelio en primer lugar a los judíos.

   Pero hubo un cambio. No tiene sentido negar esto, ya que en este asunto la Escritura se expresa muy claramente. Aun durante la antigua dispensación Dios había dejado bien en claro que la salvación no iba a quedar limitada a una nación. Véanse Gn. 12:3; 22:18; Sal. 72:17; Is. 60:1–3; 61:1–3 (a la luz de Lc. 4), Mal. 1:11. Jesucristo mismo fue abriendo la puerta cada vez más ampliamente (Mt. 8:10–12; 28:19, 20; Lc. 14:23; 17:11–19; 20:9–16; 24:45–47; Jn. 3:16; 4:35–42; 10:16). Del mismo modo, por dirección divina, cuando los judíos se negaron a aceptar el evangelio, los apóstoles lo proclamaron a los gentiles (Hch. 13:46; 18:5, 6; 19:8, 9). Por inspiración divina Pablo enseña que la pared intermedia de separación entre judío y gentil ha sido completamente derribada (Ef. 2:11–22), y que ya no existe ninguna distinción (Ro. 10:11, 12). Así que “también al griego”, o sea, a toda persona influenciada por la cultura griega—en otras palabras, a los gentiles—la puerta le fue abierta completamente.

   El evangelio se transformó en el poder de Dios para todo verdadero creyente. 

2° Titulo:

Gloriosa revelación de las gratas nuevas para el creyente. Efesios 1.17. (pidiendo) que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de gloria, os dé el Espíritu de sabiduría y de revelación en el verdadero conocimiento de él. Véase v. 3 más arriba, observando la forma similar en que se indica el sujeto de la oración, y la explicación que allí se da. Aquí en el v. 17, no obstante, leemos “el Padre de gloria”. Pablo acaba de mostrar cómo resplandecen magníficamente los atributos de Dios en las obras de elección, predestinación, redención, iluminación espiritual, certificación. Es fácil de entender, por tanto, que hable de “el Padre de gloria”, vale decir, “el Padre glorioso”. Véase también Hch. 7:2; 1 Co. 2:8; y Stg. 2:1. El apóstol pide que el Espíritu de sabiduría y revelación sea dado a los efesios. La mayoría de las traducciones dicen “espíritu” en lugar de “Espíritu” (= Espíritu Santo). Las siguientes razones van en apoyo de Espíritu:

(1) Pablo escribe “… de revelación”. Por lo general no relacionamos revelación con el espíritu o estado mental puramente humano.

(2) En cuanto a “… de sabiduría”, en Is. 11:2 se le menciona como el primero entre varios dones impartidos por el Espíritu de Jehová.

(3) Expresiones tales como “Espíritu de verdad” (Jn. 15:26) y “Espíritu de adopción” (Ro. 8:15) se están refiriendo también al Espíritu Santo.

(4) Efesios abunda en referencias a la tercera Persona de la Santa Trinidad. Siendo que la presencia del Consolador es tan prominente en esta epístola, bien podemos pensar que en el caso actual es a El quien Pablo tiene en mente.

(5) Es cosa característica en Pablo que, habiendo hecho mención de Dios el Padre y de Cristo el Hijo—ambos han sido ya mencionados en 1:16—luego haga referencia al Espíritu. Cf. Ro. 8:15–17; 2 Co. 13:14; Ef. 1:3–14; 3:14–17; 4:4–6; 5:18–21.

(6) Cuando el Padre “ilumina los ojos”, ¿no lo hace por medio del Espíritu? Véase Jn. 3:3, 5. El hombre no puede ver el Reino de Dios, para entrar en él, a menos que sea por medio del Espíritu. Cf. Ef. 5:8; 1 Jn. 1:7.

   Sin embargo, al llegar a este punto pueda surgir la siguiente pregunta: “¿pero cómo puede ser posible que Pablo haya orado para que el Espíritu de sabiduría y revelación “sea dado” a los que ya poseían tal Espíritu y que en realidad, según el v. 13, habían sido sellados por él?”

   No se puede eludir el problema diciendo “espíritu” (estado mental) en lugar de Espíritu (Espíritu Santo), puesto que esto nos podría conducir aun a otra pregunta: “¿cómo podría el apóstol pedir que el espíritu de sabiduría en el verdadero conocimiento de él (es decir, de Dios) fuese dado a los que ya le conocían tan bien hasta el punto de haber depositado toda su confianza en él?” (v. 13). En todo caso, este problema se nos presenta no sólo aquí en Efesios, sino también a través de todas las epístolas de Pablo. Para dar solamente dos ejemplos: Contrástese Col. 1:4 con 3:12; 1 Ts. 1:3; 2:13 con 5:15. Si Pablo podía decir lo uno, ¿cómo podría decir también lo otro?

   La respuesta la provee Pablo mismo. En resumen, sería lo siguiente: lo que ya está presente, debe ser fortalecido. El Espíritu Santo está en ellos, indudablemente; sin embargo, el apóstol ora para que los efesios “sean fortalecidos con poder por medio de su Espíritu en el hombre interior” (3:16). La obra que había comenzado en los corazones debía continuar hasta su perfección (Fil. 1:6). El amor y los demás frutos debían “abundar más y más” (Fil. 1:9; cf. 1 Ts. 3:12, 4:10). Es claro, entonces, que la oración de Pablo aquí en Ef. 1:15–23, que incluye también el v. 17, es totalmente compatible con lo que ha declarado solemnemente en los vv. 3–14. En realidad, la relación entre los vv. 15 y 16, por un lado, y 17 y siguientes, por el otro, muestra que es precisamente por el hecho de haber recibido tantos dones que el apóstol se atreve a pedir aún más.

   Lo que Pablo pide, entonces, es que los lectores reciban una creciente porción de sabiduría y claro entendimiento. Combínense las dos, y se observará que está pidiendo que los efesios sean provistos de una más profunda penetración en el significado del evangelio y un más claro discernimiento de lo que significa la voluntad de Dios para sus vidas, capacitándoles así en todo tiempo para hacer uso de los mejores medios a fin de llegar a la más alta meta, vale decir, la gloria del Dios Trino.

   Ahora bien, fue el Espíritu el que impartió la sabiduría, el Espíritu también el que reveló la verdad. Para estos hermanos en la alborada del cristianismo, que tan recientemente habían emergido del temor pagano, la superstición, y la inmoralidad, cuyo único medio de comunicación con Pablo era el epistolar o a través de un mensajero, y que moraban en medio de un ambiente pagano, la sabiduría y la revelación eran doblemente necesarias, y esto no sólo con el fin de obtener un más claro entendimiento acerca del camino de salvación sino también para saber con precisión el camino a seguir frente a cada situación. Lo que necesitaban sobre todo era el claro conocimiento de Dios, incluyendo la gozosa aceptación de las sendas de Dios para sus vidas y la voluntad presta para seguir Su dirección. Y claro, esto no era un mero asunto del intelecto. Algo de mayor importancia se hallaba en juego. De ahí que el apóstol prosigue su oración: [18]. (Teniendo) iluminados los ojos de vuestros corazones. Según las Escrituras el corazón es el punto de apoyo del sentimiento y de la fe como asimismo la fuente misma de las palabras y acciones (Ro. 10:10; cf. Mt. 12:34; 15:19; 22:37; Jn. 14:1). Es el núcleo y centro del ser humano, el ser íntimo del hombre. “De él mana la vida” (Pr. 4:23). “Porque el hombre mira a los ojos, más Jehová mira al corazón” (1 S. 16:7). Ahora bien, fuera de la obra del Espíritu los ojos del corazón están ciegos (Is. 9:2; Jn. 9:39–41; 1 Co. 2:14–16). El hombre en tal estado de ceguedad necesita dos cosas: el evangelio y la conciencia espiritual. Lo último es lo que se entiende por ojos iluminados o alumbrados. Véase también sobre 5:8 para considerar el significado de luz versus tinieblas. Con el fin de lograr esta iluminación, el Espíritu obra en los hombres el nuevo nacimiento. Disipa las neblinas de la ignorancia, las nubes de concupiscencia, las disposiciones egocéntricas y de envidias, etc., e imparte a ellos la contrición por el pecado y la fe que obra por medio de amor. El ojo espiritual se torna luminoso cuando el corazón es purificado. “Bienaventurados los de puro corazón, porque ellos verán a Dios” (Mt. 5:8). Pablo prosigue: para que sepáis cuál es la esperanza a la cual él os llamó. Pablo sabe que la forma mejor para expulsar las antiguas tendencias pecaminosas no es concentrar la preocupación en ellas sino más bien en las bendiciones de la salvación. Los efesios recibieron el llamado eficaz. La invitación urgente del evangelio (que es el llamado externo) fue aplicada a sus corazones por el Espíritu Santo, produciendo el llamado interno. Es el último sentido de llamado al que se hace referencia en cada lugar del Nuevo Testamento; cf. Ro. 11:29; 1 Co. 1:26; 7:20; Ef. 4:1, 4 (además del presente 1:18); Fil. 3:14; 2 Ti. 1:9; Heb. 3:1; 1 P. 2:9; 2 P. 1:10. Ojalá que los lectores sean capaces de experimentar cuán ricos son, considerando la esperanza a la cual fueron llamados por Dios (literalmente, “la esperanza de su llamado”). Esta esperanza está sólidamente fundada en las infalibles promesas de Dios. Es el ancla del alma, aferrada al trono mismo de Dios; por tanto, en el corazón mismo de Cristo (Heb. 6:18–20). Consiste entonces en una entrega ferviente, una expectación confiada, una espera paciente del cumplimiento de las promesas de Dios, una absoluta confianza centrada en Cristo (cf. Col. 1:27) de que tales promesas serán sin duda alguna cumplidas. Es una fuerza viva y santificadora (1 P. 1:3; 1 Jn. 3:3). Prosigue Pablo: (para que sepáis) cuáles (son) las riquezas de la gloria de su herencia entre los santos.

   “Su” herencia significa aquella dada por él, tal como “su” llamado es el que él pronunció e hizo a la vez efectivo. Pablo habla acerca de las gloriosas riquezas, la magnitud maravillosa, de todas las bendiciones de la salvación, especialmente aquellas que han de ser otorgadas en la gran consumación de todas las cosas. Véase C.N.T. sobre Col. 1:12 (“la herencia de los santos en la luz”). A estas bendiciones se las llama una herencia porque son el don de la gracia de Dios, las cuales una vez recibidas jamás podrán ser quitadas (“¡Nunca permita Jehová que yo te dé la herencia de mis padres!” 1 R. 21:4). Véase también más arriba, sobre el v. 14. La frase “entre los santos” (cf. Hch. 20:32; 26:18) merece atención especial.

   Cuando la esperanza del creyente es la correcta, jamás espera una herencia sólo para sí. Lo que da a la herencia un carácter tan glorioso es justamente el hecho de que ha de ser disfrutada juntamente con “todos los que aman su venida” (2 Ti. 4:8).

   Comentario 2: Recordándoos… significa hacer mención de ellos en sus oraciones. Los nombra cada vez que ora. El cuerpo de Pablo estuvo en prisión; sus viajes misioneros habían terminado. Sin embargo, su misión no había acabado.

   Aun en sus prisiones él llevó a cabo un ministerio activo de testimonio, consejos e intercesión. El viejo guerrero de Cristo continuó su lucha, utilizando el arma más poderosa que tuviera a su alcance, la oración.

   La sustancia de esta oración consiste en una petición específica a favor de los receptores (vv. 17–20). Se dirige al Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de gloria (v. 17). Este es un título de respeto y reverencia y reconoce que toda oración válida se conduce a través de la persona de Jesús. Padre de gloria reconoce que Dios “es el Padre que posee gloria (esplendor), el Padre cuya gloria es una de sus características” (Vaughan). En la oración pide para los lectores que Dios les dé espíritu de sabiduría y de revelación en el pleno conocimiento de él (v. 17). Los traductores han puesto espíritu con minúscula. Algunos piensan que significa una actitud de mente o disposición y por esto sugiere una actitud mental mediante la cual puedan comprender la verdad divina.

   Otros comentaristas opinan que es más probable que la mención del espíritu se refiere al mismo Espíritu Santo, el espíritu que da Dios. Si este es el caso, podemos notar otra vez que este versículo tiene una estructura trinitaria. A la vez, reconoce al Espíritu de Dios como la fuente de sabiduría y quien nos da a conocer plenamente a Dios.

   El deseo fervoroso de Pablo para los efesios es que conozcan en verdad quién es Dios como se revela en Jesucristo.

   Pide una cosa en particular con dos características, o sea el espíritu que se caracteriza por sabiduría y que revela pleno conocimiento de Dios. Para sabiduría Pablo emplea la palabra sofía 4678, que aquí significa “la sabiduría de las cosas profundas de Dios” (Barclay).

   La idea de revelación (apokálupsis 602) conlleva la idea de dar a conocer o descubrir algo o alguien antes no conocido. Aquí significa que ellos puedan descubrir nuevos conocimientos para conocer más y más de la verdad divina revelada en Cristo Jesús. Pablo reconoce que el verdadero conocimiento de Dios viene del Espíritu y resulta en un cambio de vida. Por esto, ora que Dios los haga sabios en las cosas espirituales, y que ellos tengan pleno conocimiento de él. Sin la ayuda del Espíritu no es posible conocer a Cristo. Esta no es una experiencia secundaria o de poca importancia. Es el resultado y la extensión de una experiencia primaria, la de creer en Cristo (v. 13) y de ser sellado con el Espíritu Santo (v. 14b). Teniendo al Espíritu Santo como garantía de una herencia eterna nos lleva a un conocimiento más pleno y completo de Cristo cada día.

   Esta no es una oración frívola. Con toda sinceridad Pablo pide los más ricos tesoros espirituales para los efesios. A continuación, el Apóstol señala la manera que el objeto de esta oración sea posible: Habiendo sido iluminados los ojos de vuestro entendimiento (v. 18a). La palabra entendimiento se usa en la RVA en vez de la palabra literal que es corazón (kardía 2588; ver la nota de RVA). Se habla de todo el entendimiento, todas las “facultades interiores, a la vez de afectos, pensamiento y voluntad, de modo que sobre todo el ‘hombre interior’ brille la sonrisa del ‘Padre de Gloria” (Moule).

   Con el Espíritu viene iluminación espiritual; con el crecimiento espiritual entendemos mejor las cosas de Dios. Ahora Pablo hace tres peticiones en particular que representan tres dimensiones de esta nueva experiencia espiritual con Dios. El Apóstol ora: Para que conozcáis… y a continuación especifica tres elementos de este conocimiento, cada uno iniciado con la palabra “cuál”.

   Cuál es la esperanza a que os ha llamado, es el primer objetivo pedido. Esperanza (elpis 1680) puede tener un significado objetivo con respecto a las cosas anticipadas. En el caso del creyente éstas son las cosas que se esperan como consecuencia o resultado de la redención, tal como la herencia que recibimos en Cristo (1:11).

   También la palabra puede tener un significado subjetivo como una actitud expectativa. Vaughan sugiere que en el caso actual hay una combinación de los dos sentidos, que es a la vez una esperanza objetiva consecuente de nuestra relación con Dios en Cristo y una actitud consciente del corazón que espera en Dios. Esta esperanza nace en el hecho de nuestra vocación cristiana, habiendo sido llamados por Dios. Él nos ha llamado a algo y este “algo” es la expectación del creyente que ha respondido al llamamiento de Dios. Esta idea se expresa otra vez en 4:4.

   El segundo elemento grande del pleno conocimiento de él es cuáles las riquezas de la gloria de su herencia en los santos. Para entender mejor esta frase debemos dividirla en tres partes: Cuáles las riquezas, de la gloria de su herencia, en los santos. Ya hemos visto estos conceptos en la primera parte del cap. 1. El pensamiento central de esta breve porción es la gloria de su herencia. Riquezas (plóutos 4149) es una palabra calificativa y en los santos ubica la gloria de su herencia riquísima en los creyentes. Riquezas se menciona en el v. 7, donde se habla de la gracia. Aquí se habla de la gloria maravillosa de Dios en abundancia rebosante. La gloria de Dios es su resplandor. Esta expresión se halla repetida en los vv. 6, 12 y 14. Herencia también se menciona en v. 14.

   Surge la pregunta: ¿De quiénes son esas riquezas de tal herencia gloriosa? ¿Son de los santos para quienes Dios tiene reservada una herencia gloriosa? O ¿son de Dios para quien los santos son la preciosa posesión adquirida y que constituyen esta herencia riquísima y gloriosa? El texto permite ambas interpretaciones, pero me inclino hacia la segunda. En otras palabras, Pablo está orando que los creyentes puedan lograr comprender qué grande es la estima que Dios ha puesto en los santos creyentes en él por fe en Cristo Jesús.

3er Titulo:

La inmoralidad de la creyente revelada a través del evangelio. 2ª a Timoteo 1: 9 y 10. 9quien nos salvó y llamó con llamamiento santo, no conforme a nuestras obras, sino según el propósito suyo y la gracia que nos fue dada en Cristo Jesús antes de los tiempos de los siglos, 10pero que ahora ha sido manifestada por la aparición de nuestro Salvador Jesucristo, el cual quitó la muerte y sacó a luz la vida y la inmortalidad por el evangelio.

   Comentario: [9]. que nos salvó y nos llamó con vocación santa. El resultado de la operación del poder divino en todos los creyentes (incluyendo a Pablo y a Timoteo) se caracteriza aquí según a. su naturaleza (“que nos salvó”), y b. su propósito (“y nos llamó con vocación santa”). Lo que significa salvado ha sido explicado en detalle en relación con 1 Ti. 1:15; véase el comentario sobre ese pasaje. En resumen, Dios nos ha librado del mayor de todos los males y nos ha puesto en posesión de la mayor de todas las bendiciones. Pero al salvarnos nos hizo receptores del llamamiento eficaz del evangelio. que siempre es “un llamamiento santo”, porque no solamente revela la santidad de Dios, sino que es también un llamamiento claro a la santidad de vida, a una tarea santa, y a una condición de santidad y virtud eterna (Ef. 4:1; Fil. 3:14; 2 Ts. 1:11).

   Ahora bien, en cuanto a su base jurídica y a su glorioso motivo, este llamamiento (y en general, este acto de salvarnos) fue no conforme a nuestras obras, sino según su propósito y gracia. Este es el pensamiento que aparece repetidas veces en las epístolas de Pablo, especialmente en Romanos y Gálatas (Ro. 1:17; 3:20–24, 28; 10:5, 9, 13; 11:6; Gá. 2:16; 3:6, 8, 9–14; 6:14, 15; Ef. 2:9; Tit. 3:5). La salvación no está basada en nuestros logros sino en el propósito soberano de Dios (Ro. 8:28; 9:11; Ef. 1:11), en su plan sabio (no arbitrario), fijo y definido, y, por lo tanto, está basada en su gracia o favor soberano. Y si es por gracia, no puede ser por obras. Esto queda en claro a partir de dos consideraciones: (a). gracia, en virtud de su misma naturaleza, es algo que nos es dado, y no puede ser ganado por nosotros (aunque, por supuesto, es merecido en favor nuestro); y (b). la gracia precede a nuestras obras, porque idealmente ya éramos sus objetos antes que empezaran a transcurrir los tiempos. Por eso Pablo prosigue: que nos fue dada en Cristo Jesús antes de los tiempos de la eternidad (literalmente, “antes de los tiempos de los siglos”). El tiempo, como un arroyo de corriente continua, fluye, fluye y fluye. Pero antes que comenzara ya estábamos incluidos en el propósito de la gracia divina.

   [10]. Esta gracia que nos fue dada, esto es, designada para nosotros (cf. Ef. 1:11) “antes de los tiempos de la eternidad”, ahora nos ha sido revelada claramente. Por eso Pablo continúa: pero que ahora ha sido manifestada por la aparición de nuestro Salvador Cristo Jesús.

   Esa gracia de Dios había estado escondida desde antes de la fundación del mundo y sólo podía ser discernida en forma oscura en la antigua dispensación, pero “ahora ha sido revelada o manifestada”. El verbo manifestar aparece frecuentemente en el evangelio según Juan (Juan 21:1). Pablo también la usa varias veces (Ro. 1:19; 1 Co. 4:5; 2 Co. 2:14; 11:6; Col. 4:4; Tit. 1:3). Fue por la epifanía o aparición (empleada en otros lugares para designar la segunda venida, 2 Ts. 2:8; 1 Ti. 6:14; 2 Ti. 4:1, 8; Tit. 2:13, pero que aquí indica la primera venida), esto es, por el nacimiento del “sol de justicia que en sus alas traerá salvación” (Mal. 4:2; cf. Lc. 1:78, 79; cf. Tit. 2:11), que la gracia de Dios se hizo manifiesta. Nótese el título del Señor: “nuestro Salvador Cristo Jesús”. Cf. Tit. 2:13. Cuando uno piensa en la gracia, naturalmente piensa en nuestro Salvador divinamente ungido por Dios (de donde se le llama Cristo, el Ungido) para la tarea específica de salvar (piénsese en el nombre Jesús: “ciertamente salvará”) su pueblo de sus pecados (Mt. 1:21). Por medio de toda la primera venida (desde su concepción hasta su coronación) se reveló la gracia de Dios. Lo que Cristo hizo por los pecadores en necesidad de gracia, se resume hermosamente con estas palabras: quien, por una parte, derrotó completamente la muerte, y, por la otra, sacó a la luz la vida y la incorrupción por medio del evangelio. 

   En conexión con su primera venida, derrotó completamente, puso fuera de acción, hizo inefectiva (véase C.N.T. sobre 2 Ts. 2:8) la muerte. Como resultado de la expiación de Cristo, ya no existe la muerte eterna para el creyente. La muerte eterna es vencida cada vez más en esta vida y completamente en el momento en que el alma se aparta de su envoltorio físico. Y la muerte física ha perdido su maldición y se ha convertido en ganancia (Jn. 11:26; luego, Fil. 3:7–14; y luego. 1 Co. 15:26, 42–44, 54–57). Eso hizo, por una parte; y por la otra, sacó a la luz (véase C.N.T. sobre Jn. 1:9) la vida y la incorruptibilidad. La sacó a la luz exhibiéndola en su resurrección gloriosa; por, sobre todo, la sacó a la luz por medio de su promesa; por eso, por medio del evangelio. Los dos conceptos, “vida e incorruptibilidad” probablemente constituyen una endíadis; por lo tanto, se refiere a la vida incorruptible, que no muere.

   Esta es la inmortalidad (cf. 1 Ti. 1:17) que se promete en el evangelio a los creyentes. Trasciende por mucho la pura existencia sin fin, o aun, la existencia consciente sin fin. ¡El evangelio de nuestro Salvador Cristo Jesús es mucho mejor que cualquier cosa que Platón haya excogitado!

   Por supuesto, es claro que, aunque aquí y ahora el creyente recibe esta bendición en principio, y en el cielo en mayor plenitud, no la recibe completamente hasta el día de la segunda venida de Cristo. Hasta que llegue ese día, los cuerpos de todos los creyentes estarán todavía sujetos a las leyes de la decadencia y de la muerte. La vida incorruptible, la salvación imperecedera, en el sentido pleno, forma parte del nuevo cielo y la nueva tierra. Es una herencia reservada para nosotros.

4° Titulo:

Importante señal de la pronta venida de Cristo. San Mateo 24:14. Y será predicado este evangelio del reino en todo el mundo, para testimonio a todas las naciones; y entonces vendrá el fin. 

    Comentario: Jesús continúa: [13]. Pero el que persevere hasta el fin será salvo. Como en 10:22 así también aquí el sentido es: aquel que a pesar de todas estas perturbaciones y persecuciones permanece leal a Cristo entrará en la gloria. Para él el período de persecución y tribulación durará hasta que la muerte lo libre de este escenario terrenal (Jn. 16:33; 2 Ti. 3:12). Para la iglesia en general durará hasta la segunda venida de Cristo en gloria (2 Ts. 1:7; Ap. 11:10–12).

   En los vv. 4–12 Jesús ha estado hablando de una serie de acontecimientos que, tomados por separado, no indican en forma definitiva “el fin” acerca del cual han preguntado los discípulos. Repentinamente hay un cambio de “pero eso no es el fin todavía” a “y entonces vendrá el fin”. Quizás podamos considerar como una transición la frase “el que persevere hasta el fin”, puesto que al decir “el fin” la mente se mueve fácilmente de la contemplación del fin de la vida de un creyente individual a la consumación de la historia del mundo. De todos modos es claro que el Señor no olvidó la pregunta de los discípulos. Habiéndoles advertido que no prestaran mucha atención a estas perturbaciones que se repiten tan constantemente y que en gran medida se puede llamar “falsas señales”, ahora dice:  [14]. Y este evangelio del reino será predicado en todo el mundo como un testimonio a todas las naciones, y entonces vendrá el fin. No dice: “Entonces inmediatamente”, reservándose la palabra “inmediatamente” para el v. 29, sino simplemente “entonces”. Este “entonces” bien se puede tomar como que abarca más tiempo que “inmediatamente después”. Probablemente estén incluidos en esta referencia al “fin” el terrible ataque final contra el pueblo de Dios, llamado “gran tribulación” (v. 21), de muy breve duración (v. 22), y la venida misma del Señor en las nubes. Así que, lo que Jesús está diciendo es que los acontecimientos finales de la historia del mundo van a ser precedidos por la predicación del evangelio del reino “a todas las naciones”. Se puede considerar como cosa cierta que, en la forma que él lo vio y lo predijo, la proclamación global del evangelio no iba a ser un asunto de unas pocas semanas, meses o años, sino que abarcaría un período mucho más extenso de tiempo, muchos siglos.   La esencia de ese evangelio se resume en pasajes tales como 3:2; 4:17, 23; 11:28–30; 26:6, 7; Jn. 3:16; cf. Ro. 1:17; 3:24; 2 Co. 5:20, 21. Es definidamente el evangelio “del reino”, esto es, del reinado de Dios en el corazón y la vida, por gracia y por medio de la fe.

   Es apenas necesario señalar que aquí no hay una promesa de que “toda persona recibirá una oportunidad de ser salvo”. Jesús está hablando de las naciones del mundo. Está diciendo que cada una de estas naciones en una u otra ocasión durante el curso de la historia oirá el evangelio. Este evangelio será un testimonio: su aceptación o rechazo será decisivo. Aquí no hay promesa de una segunda oportunidad. Lo que cada nación o persona haga con la actual proclamación del evangelio tendrá un resultado final. Es instructivo comparar estas palabras de nuestro Señor con Ap. 11. En ese capítulo los testigos salen y profetizan “mil doscientos sesenta días”. Finalmente, el testimonio de ellos termina. Entonces, después de un breve período de persecución (llamado simbólicamente “tres días y medio”) son trasladados al cielo.

   En forma similar, también en Ap. 20 las naciones reciben su gran oportunidad (de modo que el dragón no puede engañarlos) por un período de mil años. Entonces, “por un poco de tiempo” Satanás es liberado de su prisión. Esto, a su vez es seguido por la aparición de Cristo sobre “un gran trono blanco”. Por lo tanto, es claramente evidente que el programa de la historia es el mismo en los tres capítulos (Mt. 24; Ap. 11; 20).

   Un breve examen del progreso de las misiones desde los primeros tiempos hasta el presente convencerá a cualquier persona que los días en que estamos viviendo son verdaderamente significativos. En general el evangelio se ha estado extendiendo “desde el oriente hasta el occidente”. Un autor estima que hacia el final del período apostólico el número total de discípulos cristianos había llegado al medio millón. Durante este primer

período un misionero sobresale por sobre todos los demás: Pablo. El llevó el evangelio más y más hacia el occidente. Finalmente llegó a Roma como prisionero del Señor. Pero aun su encarcelamiento es una ayuda y no un impedimento para la extensión de las buenas nuevas. Dice: “Quiero que sepáis, hermanos, que las cosas que me han acontecido en realidad han contribuido para el progreso del evangelio, de manera que se han hecho notorio por toda la guardia pretoriana y todos los demás que mis cadenas son por Cristo” (Fil. 1:12,13).

   Durante el período siguiente, 100–313 (desde la muerte de Juan hasta Constantino) el evangelio sigue penetrando en el mundo entonces conocido y esto a pesar de las muchas persecuciones (desde Trajano hasta Diocleciano). Esto es verdaderamente notable, especialmente a la luz del hecho de que no menos de 174.000 mártires fueron sepultados en una sola gran tumba, la catacumba de San Sebastián en Roma. Desde Constantino hasta Carlomagno, 313–800, las buenas nuevas de la salvación son llevadas a los países de la Europa occidental por famosos héroes de la cruz como Ulfilas, Patricio, Colombo, Agustín, Willibrord y Bonifacio. Mientras tanto, el mahometanismo apaga la luz del evangelio en muchas tierras de Asia y África. Luego viene el período de la edad media, desde Carlomagno a Lutero, 800–1517. Noruega, Islandia y Groenlandia son evangelizados y los esclavos de Europa oriental se convierten como un solo cuerpo al cristianismo. Las Cruzadas, expediciones que originalmente tuvieron el propósito de vengarse de los mahometanos, resultaron ser tanto un impedimento como una ayuda para la propagación de la verdad. Durante el período de 1517–1792 se originaron muchas sociedades misioneras y el evangelio es llevado todavía más al occidente. Piénsese en Juan Eliot, el apóstol a los indios norteamericanos, y en aquellos que siguieron sus pasos. Y así llegamos al período moderno, de 1792 hasta el presente. Es en el año 1792 que Guillermo Carey, en una conferencia de ministros, propuso la discusión del tema: “El deber de los cristianos de intentar la difusión del evangelio entre las naciones paganas”. El 31 de mayo de ese año este hombre verdaderamente grande predica su famoso sermón misionero basado en Is. 54:2, 3. Como resultado del entusiasmo que suscita se envían misioneros a países lejanos de modo que la India, el Asia suroriental, China, Japón, Corea—naciones a las que se llega desde América a través del gran Océano Pacífico avanzando hacia el occidente—reciben el evangelio.

   La obra no ha sido completada. Aun en el día de hoy difícilmente podría decirse que el corazón de África, de Asia y de América Latina ha sido completamente penetrado. Pero no puede negarse que la profecía del Señor se está acercando a su cumplimiento. Considérese este hecho importante: hace setenta años, la Biblia había sido traducida (entera o en parte) a solamente trescientos idiomas; en la actualidad a unos 1400 idiomas y dialectos. Y la obra aún continúa, más vigorosa, en realidad, que nunca antes, porque muchos factores se combinan para llevarla a cabo.

   Sin embargo, no se debe suponer que el mundo se va a mejorar más y más hasta el momento mismo de la venida de Cristo. Si la predicación del evangelio a todas las naciones se puede llamar la primera señal preliminar de la segunda venida de Cristo, ahora se va a indicar la segunda señal preliminar. Como ya se ha mostrado, abarcará un período mucho más breve. Cf. Ap. 20:3. En esta conexión también hay que enfatizar que con toda probabilidad el final de la era del evangelio y el principio de la gran tribulación se traslapan.

   Como se ha mostrado al describir el breve período de la gran tribulación al final de la historia que termina con el juicio final, Jesús está pintándolo con colores tomados de la destrucción de Jerusalén por los romanos. Hay que recordar esto cuando ahora estudiamos.

Amén, para la honra y gloria de Dios.

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Bibliografía: Comentario Al Nuevo Testamento Por William Hendriksen: Exposición Del Evangelio según San Mateo, Los Hechos, Romanos, Efesios, 2ª Timoteo.


Hno Roberto Saldías Roa

Miembro de la IEP en Nacimiento Bajo, nació en el evangelio del Señor en la Iglesia de Laja 1975. Casado con María Nahuelmán, estudia teología de manera autodidacta. Me gusta mucho leer y escribir.

 

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