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Lunes 24 de agosto de 2020 “La Manifestación Del Espíritu Santo Para Provecho De Su Iglesia”

Lunes 24 de agosto de 2020 “La Manifestación Del Espíritu Santo Para Provecho De Su Iglesia”

Lectura Bíblica: 1ª a los Corintios Cap. 12, versículos 1 al 11. 1No quiero, hermanos, que ignoréis acerca de los dones espirituales. 2Sabéis que cuando erais gentiles, se os extraviaba llevándoos, como se os llevaba, a los ídolos mudos. 3Por tanto, os hago saber que nadie que hable por el Espíritu de Dios llama anatema a Jesús; y nadie puede llamar a Jesús Señor, sino por el Espíritu Santo. 4Ahora bien, hay diversidad de dones, pero el Espíritu es el mismo. 5Y hay diversidad de ministerios, pero el Señor es el mismo. 6Y hay diversidad de operaciones, pero Dios, que hace todas las cosas en todos, es el mismo. 7Pero a cada uno le es dada la manifestación del Espíritu para provecho. 8Porque a éste es dada por el Espíritu palabra de sabiduría; a otro, palabra de ciencia según el mismo Espíritu; 9a otro, fe por el mismo Espíritu; y a otro, dones de sanidades por el mismo Espíritu. 10A otro, el hacer milagros; a otro, profecía; a otro, discernimiento de espíritus; a otro, diversos géneros de lenguas; y a otro, interpretación de lenguas. 11Pero todas estas cosas las hace uno y el mismo Espíritu, repartiendo a cada uno en particular como él quiere

Comentario: Dones espirituales

[a]. El Espíritu Santo 12:1–11

    Pablo deja su discusión sobre la propia celebración de la Santa Cena, para tratar otros aspectos del culto. Entre ellos se destacan los dones espirituales que los miembros habían recibido para el beneficio de la comunidad cristiana. El Espíritu Santo ha dotado a estos miembros con dones que realizan y promueven la vida de la iglesia. El Espíritu trabaja a través de creyentes individuales y los usa como instrumentos para cumplir los propósitos de Dios.

   El primer segmento de este capítulo revela más de la obra del Espíritu Santo que cualquier otro pasaje de 1 Corintios. Desde las referencias explícitas al Espíritu Santo en un capítulo anterior (2:4–14), Pablo todavía no ha abordado el tema de los dones del Espíritu. Ahora enseña la doctrina de la Trinidad, en la que el Espíritu cumple la función prominente de dotar a los creyentes de dones extraordinarios.

(1) La confesión cristiana 12:1–3

   [1]. Ahora bien, acerca de los dones espirituales, hermanos, no quiero que seáis ignorantes.

-a. «Ahora bien, acerca de». De inmediato reconocemos estas palabras introductorias. A menudo introducen la respuesta que Pablo da a los problemas que los corintios le consultaron por medio de una carta. Cuando los corintios le escribieron, le preguntaron varias cosas, entre las que estaban consultas acerca del matrimonio y las vírgenes (7:1, 25), la comida ofrecida a ídolos (8:1), los dones espirituales (12:1) y la ofrenda para el pueblo de Dios (16:1).

   Pablo no cita la carta que recibió, como lo hizo anteriormente (7:1; 8:1), así que no tenemos idea de la forma precisa en que los corintios le pidieron información. Lo único que sabemos es que los corintios querían que él dijera algo sobre los dones espirituales. Ahora habla acerca de los dones que el Espíritu ha dado a los miembros de la congregación.

-b. «Los dones espirituales, hermanos». En esta epístola, Pablo con frecuencia escribe hermanos cuando tiene que tratar con los corintios un punto delicado (por ejemplo, 1:10). Este vocativo implícitamente incluye a las hermanas de la comunidad cristiana, por lo cual se dirige a toda la congregación.

   El tema que Pablo trata en este capítulo se refiere a los dones espirituales. El adjetivo griego pneumatikōn («espirituales») aparece solo en el texto original, por lo que tenemos que añadirle otra palabra. A diferencias de otros estudiosos, no completamos la idea añadiéndole un sustantivo que se refiera a personas (2:15; 3:1; 14:37), sino que suplimos la palabra dones (cf. 14:1). El Espíritu Santo es el dador de estos dones, por lo que no sólo es plausible traducir los dones del Espíritu Santo, sino que suena atractivo. El Espíritu Santo continúa proveyendo a los creyentes con estos dones.

   En un pasaje anterior (véase 1:7), Pablo usó la palabra griega jarisma (= don de gracia) como un sinónimo para los dones espirituales. En español usamos el término carisma para hablar de la habilidad personal de liderazgo. Pero en el presente capítulo, la palabra carisma apunta a las actividades del Espíritu Santo. Esto es evidente cuando, entre otras cosas, Pablo enumera los dones de sabiduría, conocimiento, sanidad, hacer milagros, profecía, las lenguas e interpretación de lenguas (vv. 4, 9, 28, 30, 31).

-c. «No quiero que seáis ignorantes». Esta oración se repite en las epístolas de Pablo. En relación con el presente versículo, podríamos preguntar: «¿ignorantes de qué?» y después suplir la respuesta. Pablo no quiere que los corintios ignoren cómo usar con propiedad los dones espirituales. En lugar de usarlos para beneficio de los demás creyentes, algunos corintios exhibían estos dones como distintivos de superioridad. De todos los dones, pensaban que el don de hablar en lenguas era único y de gran importancia. En los siguientes tres capítulos (12–14), Pablo les mostrará a los corintios cómo evaluar y usar los dones espirituales.

[2]. Sabéis que cuando erais gentiles, fuisteis descarriados a los ídolos mudos, cualquiera sea la forma en que se os descarriaba.

-a. Gramática. Empezamos con tres observaciones gramaticales. Primero, en el griego la sintaxis de la oración está incompleta, porque el verbo fuisteis no aparece en la segunda oración, la cual literalmente dice: «descarriados». Pero si suplimos el verbo fuisteis, logramos una sintaxis adecuada. Segundo, en relación con cuando erais gentiles, algunos eruditos conjeturan que la palabra griega hote (=cuando) debería ser pote (=una vez): «una vez fuisteis gentiles». Con todo, las conjeturas se permiten sólo cuando es imposible lograr una explicación satisfactoria, lo cual no es el caso aquí, porque no hay evidencia textual que apoye la conjetura. Por último, otra forma de traducir la oración cualquiera sea la forma en que se os descarriaba es «siguiendo el ímpetu que os venía» (NBE) o «erais arrastrados, según que os impelían» (NTT). Pero esta interpretación no logra imponerse, ya que es demasiado libre y no ayuda a entender el sentido del texto.

-b. Intención. «Sabéis que cuando erais gentiles». ¿Cómo es que este versículo desarrolla la argumentación? La respuesta está en el verbo sabéis. Pablo dijo que no quería que sus lectores se quedaran en la ignorancia (v. 1). Después les dice que ellos conocen su propio pasado religioso (v. 2). Y finalmente, declara que les hace saber cómo profesar que Jesús es Señor (v. 3).

   El término gentiles apunta a los días en que algunos miembros de la iglesia eran inconversos antes de dejar el paganismo. Pablo se refiere a esos tiempos al dirigirse a ellos como cristianos gentiles. Hasta aquí su discurso se había dirigido a creyentes judíos y gentiles, ahora se dirige a cristianos que antes fueron paganos e idólatras.

   «Fuisteis descarriados a los ídolos mudos». ¿Es posible que Pablo se esté refiriendo a los excesos característicos de las fiestas paganas de aquel tiempo? ¿Fueron los corintios descarriados por un demonio que les hacía experimentar un frenesí extático? Los estudiosos creen que el vocabulario y el contexto no proporcionan ninguna base para pensar en delirios religiosos. El verbo descarriar tiene que ver con movimiento más que con algún éxtasis religioso. No obstante, la forma pasiva del verbo como aparece aquí («fuisteis descarriados») demanda un agente. En oposición al Espíritu Santo, dicho agente es Satanás o uno de sus representantes (cf. 10:20, 21).

   Pablo usa el hebraísmo ídolos mudos (Sal. 115:5; Hab. 2:18,19.), con lo cual no sólo quiere decir que las imágenes de madera, piedra o metal son mudas, sino que los dioses que representan también lo son.

   «Cualquiera sea la forma en que se os descarriaba». El verbo griego descarriaba está en tiempo imperfecto, lo cual apunta a una acción que se repetía. De vez en cuando, los paganos iban a sus templos y eran descarriados por un poder maligno. Estos ex paganos estuvieron tambaleando en la oscuridad. El diablo los tenía presos, hasta que el Espíritu de Dios los liberó y confesaron a Jesús como su Señor.

   [3]. Por tanto, os hago saber que nadie que hable por el Espíritu de Dios dice: «Jesús es un maldito», y nadie puede decir: «Jesús es Señor», sino por el Espíritu Santo.

-a. «Por tanto, os hago saber». Algunos eruditos consideran que el contenido de los versículos 2 y 3 presenta una idea parentética. Pero la fuerza del adverbio consecutivo por tanto apunta al versículo 2 y a todo el pasaje precedente (vv. 1, 2). Si entendemos el presente versículo (v. 3) como una conclusión, vemos que Pablo describe la condición espiritual de los cristianos gentiles de Corinto. Esto no quiere decir que podemos salir con una explicación del todo satisfactoria de este versículo. Lo que quiere decir es que, en el contexto de Corinto, podemos separar el pasado (v. 2) del presente (v. 3). Ahora Pablo habla de la vida espiritual de los creyentes de Corinto. Dice que les hará saber algo (cf. 15:1; 2 Co. 8:1; Gá. 1:1).

-b. «Nadie que hable por el Espíritu de Dios dice: ‘Jesús es un maldito’». Pablo equilibra lo que dice con la afirmación: «y nadie puede decir: ‘Jesús es Señor’, sino por el Espíritu Santo». Si Pablo sólo hubiese escrito la segunda afirmación no tendríamos problemas. Pero como escribió las dos, la pregunta es si Pablo se refiere a casos concretos en los que algunas personas están de hecho maldiciendo a Jesús dentro de la comunidad cristiana.

¿Quiénes son los que maldicen a Jesús? Se han dado muchas y variadas respuestas.

Presentaré las más comunes:

Þ1. Líderes judíos. Los que maldicen a Jesús son judíos que saben que Jesús murió en una cruz, por lo que le aplican el texto bíblico que dice: «maldito de Dios el que muere colgado de un árbol» (VP, Dt. 21:23). Cuando el pueblo judío crucificó al Señor, lo entregaron a Dios esperando que su maldición lo aniquilara para siempre. Pero cuando los cristianos proclamaban el nombre de Jesús, los judíos seguían pronunciando una maldición divina sobre Jesús.

   Reaccionando al testimonio cristiano, los líderes judíos trataban de evitar que sus compatriotas se convirtieran al cristianismo. Así que, en las sinagogas locales le decían a la gente judía que maldijeran a Jesús. Cualquiera que se juntase con un cristiano que confesara a Jesús como Señor era considerado un pecador. En tiempos de persecución, se obligaba a los cristianos a renunciar a Jesús como Señor y a rechazarlo como Salvador por medio de maldecirlo.9 ¿Pero por qué aludiría Pablo directamente a los líderes judíos de las sinagogas judías? ¿Y por qué de repente se dirigiría a los cristianos judíos, cuando lo que hace es instruir a creyentes que habían sido paganos (v. 2)?

Þ2. Maestros gnósticos. Otros eruditos han sugerido que Pablo se está oponiendo a maestros gnósticos que enseñaban un dualismo entre lo material y lo espiritual. Se tenía que maldecir el cuerpo físico de Jesús porque pertenecía al mundo material. Sólo al Cristo espiritual había que confesarlo como Señor exaltado. Esta propuesta asume que el gnosticismo estaba bien arraigado en la comunidad de Corinto durante la mitad del primer siglo. Pero las cartas que Pablo escribió a los corintios difícilmente apoyan la idea de que el gnosticismo estaba en todo su apogeo en Corinto. Esta suposición tendría credibilidad si se aplicara a los hechos ocurridos a fines del primer siglo, no en tiempos de Pablo. Además, los gnósticos sólo le atribuirían señorío a Cristo, no a Jesús.

Þ3. Formulación paulina. Otra sugerencia es que con la frase Jesús es maldito, Pablo está formulando la contraparte de la confesión genuina Jesús es Señor. Se objeta que en la sintaxis del presente versículo (v. 3), Pablo usa el modo indicativo y apunta a una realidad, no a una probabilidad.

Þ4. El Espíritu Santo. Por último, se dice que Pablo quiere dar a conocer el significado del concepto por el Espíritu Santo, que ocurre dos veces, una en relación a la maldición y otra en relación a la confesión de Jesús como Señor. La persona, sea judía o gentil, que blasfema el nombre de Jesús, no pronunciará su maldición por medio del Espíritu Santo. Sea judía o gentil, la persona que confiesa el señorío de Jesús está llena del Espíritu. Dado que Pablo hace énfasis en el Espíritu, sabemos de qué no está hablando acerca de un lugar específico o de un grupo particular de personas. Subraya la ausencia o presencia del Espíritu Santo, por quien la gente habla de Jesús. Por eso, nos parece que esta es la explicación adecuada.

-c. «Y nadie puede decir: ‘Jesús es Señor’, sino por el Espíritu Santo». Pablo enseña que el creyente en quien mora el Espíritu de Dios con gozo confiesa su lealtad a Jesús reconociéndolo como Señor.

   La confesión Jesús es Señor es uno de los credos más antiguos; quizá el más antiguo del cristianismo (cf. Jn. 13:13; Fil. 2:11). Los judíos que se convirtieron al cristianismo el día de Pentecostés, creyeron que Dios había hecho a Jesús Señor y Mesías (Hch. 2:36). Los gentiles convertidos abandonaban su pasado pagano y juraban lealtad a Jesús como su Señor y Salvador (Hch. 16:31; cf. Ro. 10:9). Cristianos de origen judío o gentil aceptaban a Jesús como gobernante del mundo, como Rey de reyes y Señor de señores (1 Ti. 6:15; Ap. 1:5; 17:14; 19:16).

   Algunos podrían llamar Señor a Jesús y hasta realizar valiosas tareas en su servicio. Pero si no están llenos del Espíritu de Dios y, por tanto, no cumplen la voluntad del Padre, Jesús los despedirá diciéndoles: «Jamás los conocí. ¡Aléjense de mí, hacedores de maldad!» (Mt. 7:23). Jesús ejercita su soberana voluntad en este mundo. Sólo reconoce a los que, guiados por su Espíritu Santo, reconocen su verdadera divinidad y que obedientemente se someten a su autoridad. 

(2) Diferentes dones, pero todos dados por Dios 12:4–6

   Si los primeros tres versículos de este capítulo se entienden como la introducción a la enseñanza acerca de los dones espirituales y del Espíritu Santo, entonces el siguiente párrafo es una elaboración detallada del tema. Pablo hace notar la variedad de dones y afirma que se originan en el Dios Trino: el Espíritu Santo, el Señor Jesucristo y Dios el Padre. Estos dones son diversos y Dios es el dador de cada uno.

[4]. Hay variedades de dones, pero el mismo Espíritu. [5]. Hay variedades de ministerios, pero el Señor es el mismo. [6]. Y hay variedades de actividades, pero el mismo Dios está obrándolo todo en todos.

   Si para concentrarnos en los sustantivos de estos versículos suprimimos por un momento la repetición de las expresiones hay variedades y pero es el mismo, descubrimos el siguiente arreglo:

Hay variedades de dones

ministerios

actividades,

pero el mismo Espíritu [Santo]

Señor [Jesús]

Dios [Padre]

está obrándolo todo en todos.

   Podemos hacer tres pares: dones y Espíritu, ministerios y Señor, actividades y Dios. La frase «todo en todos» sirve de conclusión. Para decirlo de otro modo, en relación con el Espíritu hay variedades de dones; en relación con el Señor esos dones son ministerios; y en relación con Dios son actividades. Miremos ahora el pasaje versículo por versículo.

-a. «Hay variedades de dones, pero el mismo Espíritu». El término variedades está en plural para revelar la forma tan completa en que la gracia de Dios se ha propagado en el pueblo de Dios. Quiere decir que estos dones tenían funciones distintas y que estaban ampliamente distribuidos entre la comunidad cristiana. De tal manera que, cada creyente tiene algún don o dones, pero nunca los posee todos (véase 1 P. 4:10). La palabra variedades quiere decir que la iglesia de Cristo tiene unidad y diversidad. Pensemos, por ejemplo, en un árbol bien formado. Aunque el árbol produce una multitud de hojas, ninguna es igual. De la misma forma, la iglesia refleja unidad en su totalidad, pero uniformidad en sus partes. La iglesia ha sido bendecida con una variedad de dones que reflejan la diversidad y que contribuyen a la unidad.

   ¿Qué son estos dones? En el versículo introductorio (v. 1), Pablo mencionó los pneumatikōn (=dones espirituales), pero ahora los llama jarismata (=dones de gracia). En este capítulo, Pablo muestra nueve dones como ejemplos: sabiduría, conocimiento, profecía, fe, sanidades, milagros, discernimiento espiritual, hablar en lenguas, interpretación de lenguas (vv. 8–10, 28; cf. Ro. 12:6–8). No obstante, Pablo no intenta ser exhaustivo ni completo. De hecho, el número de dones mencionados en el Nuevo Testamento llega sólo a unos veinte.

   La oración hay variedades de dones se anexa a pero el mismo Espíritu. Nótese que Pablo no dice del mismo Espíritu, implicando así que el Espíritu es el único que reparte estos dones. El hecho es que las tres personas de la Trinidad (Padre, Hijo y Espíritu Santo) dan dones al pueblo de Dios (p. ej., Ef. 4:8). Pablo usa el adversativo, pero en la segunda oración de este versículo (v. 4) para contrastar la variedad de dones y la igualdad del Espíritu.

El Espíritu capacita a los miembros de la iglesia de Cristo a recibir, desarrollar y aplicar estos dones en unidad. Cualquiera sea el don, es el mismo Espíritu el que está obrando en la vida del creyente. Dado que el Espíritu Santo está detrás de cada don que se distribuye al pueblo del Señor, no debería darse ningún orgullo ni división entre los corintios. El Espíritu no es promotor de divisiones, sino de unidad.

-b. «Hay variedades de ministerios, pero el Señor es el mismo». En este versículo (v. 5), Pablo enseña que el Señor Jesucristo es el responsable por la diversidad de dones ministeriales que hay en la comunidad cristiana. La palabra griega diakoniōn realmente apunta a servicios que se entregan dentro del contexto de la iglesia. Las palabras españolas diácono y diaconado son derivados que se empapan del espíritu de servicio al cuerpo de Cristo. Los servicios que se prestan no tienen límite. De esta infinita multitud voy a mencionar tres: una persona predica el sermón, otra enseña en la escuela dominical y otra canta en el coro. Cristo equipa a cada persona para que le sirva en adoración, evangelización, enseñanza, consejería, administración y gobierno.

   Nadie debería jactarse de haber recibido un don más grande o una posición más eminente que otros miembros, porque todos los dones y posiciones los da el Señor. La noche que fue arrestado, el Señor lavó los pies de sus discípulos y dijo: «Les he puesto el ejemplo, para que hagan lo mismo que yo he hecho con ustedes. Ciertamente les aseguro que ningún siervo es más que su amo, y ningún mensajero es más que el que lo envió» (Jn. 13:15, 16). El servicio en la iglesia y en la comunidad debe prestarse en el espíritu de Jesús, quien dota y energiza a su pueblo con talentos y habilidades. Jesús es el mismo para cada creyente y no muestra favoritismo alguno. Reconoce completamente el servicio que cada uno realiza, cualquiera que sea, cuando se hace con humildad y para él (Mt. 25:34– 40).

-c. «Y hay variedades de actividades». ¿Qué son estas variedades de actividades? La palabra griega energēmata («actividades») aparece dos veces en el Nuevo Testamento (vv. 6 y 10). En el versículo 6, la palabra se conecta con el concepto de dones, mientras que en el versículo 10 quiere decir poderes milagrosos. El español tiene palabras con esa raíz: enérgico, energía, energético. Aquí señala a acciones que son el resultado del poder energizante de Dios. Ilustrémoslo de esta manera: puede que el pastor haya preparado muy bien su sermón para el domingo, pero se comunicará bien sólo cuando Dios le conceda el poder para predicar. El pastor depende por completo del que lo envió para obtener poder para predicar, y reconoce que sirve a Dios como su portavoz cuando predica en el culto del domingo.

-d. «Pero el mismo Dios está obrándolo todo en todos». Dios envía a su pueblo para que sean sus siervos en innumerables situaciones. El reino de Dios no tiene fronteras y sus ciudadanos residen donde sea que el Señor lo coloque. Dios pone a su pueblo en todo sector y segmento de la sociedad, para que den a conocer su verdad en todo lugar. Quiere que su pueblo ministre a todos los que sufren: hombres, mujeres y niños. Les da su poder para sanar un mundo destrozado que necesita ayuda física, emocional, espiritual y material.

Consideraciones prácticas en 12:4–6

   La comunidad cristiana tiene una variedad sorprendente e innumerable de dones y talentos. Por ejemplo, algunos tienen el don de hablar en público, de cantar o tocar un instrumento, de enseñar, aconsejar, de desarrollar arte creativo o de componer música o poesía. Sin ser entrometidos, los creyentes con frecuencia hacen una gran contribución al bienestar de la sociedad. Por sus talentos y habilidades, pueden liderar en muchas áreas de la vida pública y privada.

   Jesús ha colocado a su pueblo en posiciones estratégicas por todo el mundo. Los llama a usar sus talentos para la venida de su reino y la extensión de su iglesia. Quiere que su pueblo use sus dones para el bien común de la humanidad. A través del ministerio mundial de sus siervos, Jesús da a conocer su nombre a todas las naciones, razas y pueblos en todos los idiomas del mundo. El nombre más conocido en todo el mundo es el nombre de Jesús.

   El pueblo de Dios jamás debe usar sus talentos y dones para su propia satisfacción e intereses particulares, aunque los portadores de esos dones se beneficien grandemente por ellos. El cristiano peca contra Dios y le desobedece, si permiten que semejante egoísmo ocurra. Dios manda a sus siervos que salgan en su nombre para servirle dondequiera que él los coloque. Muchas veces esto requiere decidir dejar atrás parientes, amigos y posesiones. Dios les promete darles como herencia cien veces más en esta vida y la vida eterna (Mt. 19:29).

(3) Dones para el bien común 12:7–11

   [7]. Pero a cada uno le es dada la manifestación del Espíritu para el bien común.

   Con demasiada frecuencia se cree que son los pastores, los evangelistas y los misioneros únicos que han recibido dones especiales. La gente a menudo hace una distinción entre una ocupación secular y una sagrada. Se cree que el servicio al reino lo realizan los que han sido ordenados para servir al Señor en ministerios especiales.

   Pablo escribe que cada creyente recibe la manifestación del Espíritu. Como el Espíritu Santo mora en cada creyente (6:19), hace sentir su presencia por medio de algún don. De una forma u otra, el Espíritu Santo se revela en la vida de cada creyente. Esto no quiere decir que cada creyente tiene sólo un don. Por ejemplo, Pablo mismo había recibido el don de la continencia y el de hablar en lenguas (7:7; 14:18).

   La frase la manifestación del Espíritu podría ser un genitivo objetivo o subjetivo. Si es objetivo, quiere decir una acción que revela la presencia del Espíritu. Si es subjetivo, apunta a una acción que el Espíritu genera. En vista del verbo pasivo es dada, quizá debiéramos aceptar la interpretación objetiva, ya que el verbo implica que Dios es el que da los distintos dones.

   La evidencia de la presencia del Espíritu en la vida del creyente sirve al bien común de toda la comunidad. El Espíritu usa los dones de cada creyente para la edificación de la iglesia (cf. Ef. 4:12), la cual es un tema que Pablo aplica más adelante a su discusión del uso de las lenguas (14:4). La intención aquí es promover el bien común, lo cual prohíbe que el cristiano use sus dones para beneficio personal. Pablo no niega que un don pueda ser de beneficio para el que lo posee,16 pero Dios confiere sus dones a su pueblo para que todos sean edificados (14:26).

[8]. A uno le es dada una palabra de sabiduría mediante el Espíritu, a otro una palabra de conocimiento según el mismo Espíritu.

    ¿Cómo se manifiesta el Espíritu Santo? En los dones que Dios reparte en su pueblo. Pablo cita un total de nueve dones representativos (vv. 8–10), una lista que no pretende ser exhaustiva. Es difícil de saber si trata de categorizarlos. Los estudiosos intentan diferenciar los dones que son temporales de los que son permanentes, los verbales de los no verbales, los importantes de los menos importantes. Una triple división atractiva de los dones es la siguiente:

  1. Pedagógicos: sabiduría y conocimiento
  2. Sobrenaturales: fe, sanidades y milagros
  3. Comunicativos: profecía, discernimiento de espíritus, lenguas e interpretación de lenguas.

   Pablo usa una variedad de palabras en el griego de los versículos 8–10. Aparentemente, sólo se interesa en la diversidad estilística y no en hacer distinciones. Por ejemplo, al referirse al Espíritu usa las preposiciones mediante, según y por sólo para variar la forma de expresión.

   Además, aunque son nueve dones, al único que se le llama don es al de sanidad (v. 9). Por cierto, que damos por sentado que Pablo hace uso de su libertad como autor de esta carta al escoger su vocabulario.

-a. «A uno le es dada una palabra de sabiduría mediante el Espíritu». La sabiduría es el primero de los dos dones pedagógicos. Dios da este don de sabiduría y comunica su contenido por medio del Espíritu Santo. Literalmente, el griego dice: «palabra de sabiduría»; otros traductores colocan: «que hablen con sabiduría» (VP, cf. BP, CB, LT). El don tiene que ver con la habilidad de hablar sabiduría divina, la cual los creyentes reciben a través del Espíritu Santo (cf. 2:6, 7). Se contrasta la sabiduría divina con la humana (1:17, 20, 25).

   En Jesús se cumplió la profecía de Isaías, quien decía que el Espíritu de sabiduría descansaría sobre el Mesías (Is. 11:2). Jesús creció en sabiduría (Lc. 2:52). Esteban estaba lleno de sabiduría y del Espíritu (Hch. 6:10), siendo un ejemplo de cómo Jesús cumplió su promesa de que daría sabiduría a sus discípulos. Por último, Santiago les dice a sus lectores que, si alguno tiene falta de sabiduría, debe pedírsela a Dios, quien la imparte con generosidad sin reprochar ninguna cosa (Stg. 1:5). Los creyentes deben con fe pedir sabiduría, y Dios se las dará.

-b. «A otro una palabra de conocimiento según el mismo Espíritu». El segundo don pedagógico es el conocimiento. En esencia, se trata de «un conocimiento íntimo y personal de Dios que no depende del intelecto sino del amor, que depende del conocimiento que Dios tiene del hombre». El término denota afinidad y apunta a una relación personal que existe entre Dios y el redimido en Cristo. Dios imparte este conocimiento por medio de su Espíritu y debe usarse dentro de la comunidad cristiana para el beneficio de todos sus miembros. Se expresa en el saber, entender y explicar al pueblo la revelación de Dios en la Escritura y en la creación.

   Sabiduría y conocimiento son dones que se traslapan. Aquí Pablo los coloca juntos y alude a una discusión anterior sobre estos dos temas (2:6–16). A lo largo de esta carta, Pablo usa repetidamente la palabra conocimiento, cuyo significado varía según el contexto.

[9]. A otro le es dada fe por el mismo Espíritu y a otros dones de sanidad por un solo Espíritu.

-a. «A otro le es dada fe por el mismo Espíritu». El tercer don es la fe. Junto con los milagros y las sanidades, pertenece a la categoría de dones sobrenaturales. Como todo verdadero creyente tiene fe en Jesucristo, Pablo no se refiere a la fe salvadora. Más bien se refiere a la convicción completa y firme de que Dios va a realizar un milagro.

   Jesús les dijo a sus discípulos que, si tenían fe como un grano de mostaza, podrían mover montañas (Mt. 17:20; 1 Co. 13:2). Con la llegada de Pentecostés, los apóstoles mostraron tener esa fe. Por ejemplo, Pedro y Juan valientemente se opusieron a los miembros del Sanedrín, predicaron el evangelio y en el nombre de Jesús sanaron a un lisiado (Hch. 3:1–4:2). Pablo obedeció la palabra de Jesús que lo enviaba a testificar en Roma (Hch. 23:11). La fe de Pablo no vaciló cuando vino una tormenta en el Mar Mediterráneo y todos los que estaban a bordo del barco perdieron toda esperanza de conservar la vida. Por el contrario, animó a la tripulación y a los pasajeros diciéndoles que confiaran en Dios, porque todos estarían a salvo y lograrían llegar a una de las islas (Hch. 27:23–26, 34).

   Un número incontable de creyentes ha demostrado su confianza en Dios, y su fe ha sido recompensada en formas milagrosas. El autor de Hebreos presenta una lista de los héroes de la fe del Antiguo Testamento (Heb. 11), la cual tiene su contraparte no escrita en los tiempos del Nuevo Testamento. Aquel autor pasa por alto la fe de Elías, pero Santiago menciona su nombre y dice que era un hombre como cualquiera de nosotros (Stg. 5:17, 18). Por lo tanto, el don especial de la fe no se limita a un profeta del Antiguo Testamento ni a un apóstol del Nuevo.

-b. «Y a otros dones de sanidad por un solo Espíritu». Los dones de la fe y de sanidad están íntimamente relacionados. Santiago escribe que la oración de los ancianos de la iglesia que oran con fe sanará al enfermo (Stg. 5:14, 15). Cuando los ancianos reclaman las palabras escritas por Santiago y confían que Dios oirá su oración ferviente, con frecuencia se produce el milagro de la sanidad. No obstante, es bueno que digamos dos palabras de cautela: primero, los ancianos no deben suponer que han recibido en forma permanente un don que los capacita para sanar a cualquier miembro de la iglesia que esté enfermo.

   Segundo, a pesar de oraciones elevadas con fervor y fe, Dios puede decidir que no va a devolverle a alguien la salud y fuerza que antes tenía.

   En los primeros años de la iglesia cristiana, no sólo los apóstoles, sino que también los diáconos recibieron la habilidad de sanar. En aquel tiempo, los apóstoles sanaron a todos los enfermos que acudieron a ellos (Hch. 5:16b). Pedro sanó a la gente tocándolas con su sombra (Hch. 5:15, 16). Esteban y Felipe hicieron milagros de sanidad en Jerusalén y Samaria (Hch. 6:8; 8:6, 7). En la ciudad de Listra, en Asia Menor, Pablo sanó a un cojo (Hch. 14:8–10) y, sin embargo, él mismo estaba afligido de una dolencia que él llamaba una espina en la carne. Aunque Pablo le rogó al Señor que lo sanara, Jesús le respondió: «Te basta con mi gracia, pues mi poder se perfecciona en la debilidad» (2 Co. 12:9).

   Además, en sus epístolas Pablo admite indirectamente no haber podido sanar a Epafrodito (Fil. 2:27), a Timoteo (1 Ti. 5:23) o a Trófimo (2 Ti. 4:20). ¿Por qué el Señor no le dio a Pablo la habilidad de sanar a sus amigos? La respuesta está en el fin para el cual se sana un enfermo. El Nuevo Testamento enseña que las sanidades por lo general se realizaban para fortalecer la fe y ampliar el círculo de creyentes. En algunas circunstancias, Dios no sanará a un enfermo para sólo promover su bienestar físico.

   Hoy en día los creyentes no poseen el don de sanidad que los apóstoles tenían en el tiempo de la naciente iglesia del Nuevo Testamento. En nuestra época cuando los creyentes oran con fe y esperan una respuesta divina, por lo general no se produce ninguna sanidad. Dios puede elegir sanar a una persona mediante la medicina y los cuidados físicos o no sanarla de ningún modo. Los creyentes que oran por los enfermos y ven que la oración los sana, no deberían jactarse de que tienen el don de sanidad. Ningún cristiano puede reclamar tener un don en forma permanente, sino que debe darle a Dios toda la gloria y el honor por sanar a los enfermos. Cuando no hay respuesta inmediata, los creyentes deben seguir orando y no deben dejar de pedir ayuda en tiempos de necesidad (Heb. 4:16). La sanidad se produce porque Dios responde a las oraciones que los creyentes elevan con fe. Los creyentes reconocen que Dios hace el milagro de sanar al enfermo como respuesta a la oración. Los creyentes oran sabiendo que «la oración del justo es poderosa y eficaz» (Stg. 5:16b).

[10]. Y a otro le son dadas actividades que producen milagros, a otras profecías, y a otro el distinguir espíritus, a otros diferentes tipos de lenguas, a otro interpretación de lenguas.

-a. «Y a otro le son dadas actividades que producen milagros». Este es el tercer don de la lista de dones sobrenaturales. Si el don de sanidad es un don transitorio, lo mismo sucede con el don de hacer milagros. A lo largo de la Escritura, los milagros son actos sobrenaturales que ocurren en forma contraria a las leyes de la naturaleza. Dios interviene temporalmente en la naturaleza mediante un milagro. El hombre es el instrumento y Dios es quien lo realiza.

   El Antiguo Testamento nos informa de que, por medio de Moisés, Dios realizó milagros antes y durante el éxodo de Egipto. Después del éxodo, el sol se detuvo cuando los israelitas conquistaron Canaán (Jos. 10:13). Cuando Elías y Eliseo sirvieron al Señor como profetas, ocurrieron muchos milagros. Los tres amigos de Daniel caminaron sin ser destruidos por las llamas del horno, y Daniel mismo estuvo a salvo en la cueva de los leones (Dn. 3:19–27; 6:16–23).

   En el Nuevo Testamento, el ministerio terrenal de Jesús se caracterizó por numerosos milagros que iban desde las sanidades, exorcismos y resurrecciones, hasta la alimentación de multitudes. Durante el ministerio de Jesús ocurrieron más milagros que en cualquier otro período de la historia bíblica. El milagro supremo de la resurrección de Jesús fue seguido por su ascensión. Aparte de narrar sanidades, una ceguera temporal, un exorcismo y resurrecciones, el libro de Hechos sólo relata los milagros de la liberación de los apóstoles de la cárcel (Hch. 5:19; 12:6–10; 16:22–28).

   Cuatro observaciones son pertinentes: Primero, cuando Pablo escribe que los milagros son parte de los dones sobrenaturales (véase también vv. 28, 29), no insinúa que cada creyente recibe el poder para hacer milagros. Más bien explica que el don de hacer milagros era una de las marcas distintivas de un apóstol (2 Co. 12:12). Segundo, el Nuevo Testamento enseña que, en la iglesia apostólica, Dios obró milagros solamente para confirmar el mensaje del evangelio (Hch. 6:8; 8:7; 13:6–12; Heb. 2:4). Tercero, de cuando en cuando los dones de efectuar sanidades y de hacer milagros parecieran traslaparse en el Nuevo Testamento, aunque se debe hacer una distinción entre milagros en la naturaleza y aquellos que tienen que ver con el cuerpo humano. Por último, pareciera que a fines de la era apostólica los milagros en la naturaleza llegaron a su fin.

-b. «A otros profecía». El don de profecía ocupa el primer lugar entre los dones de comunicación, seguido por el discernimiento de espíritus, las lenguas y la interpretación de lenguas. ¿Cuán importante era la profecía en la iglesia cristiana primitiva y especial en Corinto? En un capítulo anterior (11:4, 5), Pablo declaró que un hombre que ora y profetiza no debería hacerlo con la cabeza cubierta. En cambio, la mujer debe cubrirse la cabeza cuando ora y profetiza en el culto público. Pablo parece sugerir que el orar y el profetizar van de la mano (1 Ts. 5:17–20), pero no coloca la oración dentro de los dones espirituales. Para ser exactos, cuando habla de los dones menciona la profecía y el hablar en lenguas, lo que en un sentido es como orar (cf. 14:13–17). «La profecía y la oración no son la misma cosa, pero están muy conectadas».

   El presente pasaje afirma que no todos los creyentes reciben el don de profecía, sino que Dios lo distribuye entre su pueblo. Dios controla a la persona que ocasionalmente le sirve como portavoz, sea para predecir (p. ej., Agabo, Hch. 11:28; 21:11) o con más frecuencia para revelarle a la iglesia la voluntad de Dios (Ef. 4:11). Pablo escribe que algunas personas de la iglesia de Corinto reciben una revelación de Dios para instruir y animar a los creyentes (véase 14:30). Con todo, Pablo dice que las afirmaciones proféticas que declaren están sujetas al concienzudo examen de otros (14:32). Con esto da a entender que los profetas no están por sobre la iglesia, sino que son miembros de su comunidad cristiana y están sujetos a ella. La congregación debe examinar las declaraciones proféticas a la luz de las Escrituras, así como los hermanos de Berea examinaron con cuidado las enseñanzas de Pablo para determinar si eran verdaderas (Hch. 17:11). La Escritura es la norma para los profetas y la iglesia.

   Al darnos el último libro del Nuevo Testamento, Dios completó el canon de la Escritura (Ap. 22:18, 19) y ya no entregó más revelación canónica. Antes de cerrar el canon, las profecías predictivas tenían un significado transitorio (cf. Hch. 11:28; 21:11). Había profetas que no predecían, sino que explicaban y enseñaban las Escrituras exhortando a los miembros de la iglesia.

-c. «Y a otro el distinguir espíritus». Esta breve oración introduce el segundo de los dones de comunicación. Este don está conectado con el don de profecía. Pablo declara que algunos creyentes han recibido el don de distinguir espíritus. En otro pasaje (14:29), afirma que las profecías deberían ser examinadas y evaluadas. Pero estos dos pasajes no tienen el mismo significado y no deberían usarse para explicar uno con la ayuda del otro.

   Uno puede discernir el poder e influencia de los espíritus poniendo atención a sus palabras, obras y apariencia. Primero, el diablo comunica información falsa. Presentándose como ángel de luz (2 Co. 11:14), Satanás engañó a Eva con un mensaje distinto al que Dios le había entregado a su esposo (Gn. 2:16,17; 3:1, 4, 5). El profeta Micaías les reveló a los reyes de Israel y Judá que un espíritu de mentira había hablado por boca de todos los profetas de Israel (1 R. 22:21–23; 2 Cr. 18:20–22). Jesús discernió que era Satanás quien le hablaba, cuando Pedro le reprochó haber dicho que tenía que morir (Mt. 16:23). Pablo identificó a Barjesús como hijo del diablo (Hch. 13:10) y después pudo percibir que la predicción de la joven esclava eran palabras emitidas por espíritus malignos (Hch. 16:18). Por último, a causa del mensaje de falsos profetas, Juan tuvo que aconsejar a sus lectores que pusieran a prueba los espíritus (1 Jn. 4:1–3).

   Segundo, Satanás y sus huestes son capaces de hacer milagros. A fin de engañar a la gente, Satanás realiza «toda clase de milagros, señales y prodigios falsos» por medio del hombre de maldad (2 Ts. 2:9, 10). Jesús predijo que en los últimos días falsos cristos y profetas harán grandes milagros para, si fuera posible, engañar a los elegidos (Mt. 24:24). La bestia que sale de la tierra habla como Satanás, ejerce toda autoridad, realiza milagros, hace descender fuego del cielo y engaña a la gente que vive en la tierra (Ap. 13:11–14).

   Finalmente, el diablo se introduce en la comunidad cristiana por medio de falsos maestros (Jd. 4; 2 P. 2:1, 2). Cuando la conducta de algunas personas difiere de las normas prescritas en la Escritura, los que tienen el don de discernimiento deben levantarse para separar la verdad de la mentira. Como analogía podríamos mencionar al cajero de un banco, que sabe detectar dinero falso por el sólo hecho de conocer muy bien el verdadero. Cuando aparece un billete o moneda falsa, el cajero lo detecta de inmediato. De la misma forma, personas que tienen el don de discernimiento están llenas del Espíritu Santo y en forma instantánea reconocen el espíritu de falsedad. Así como el cajero usa sus talentos para el bienestar del banco, del mismo modo el hombre espiritual usa el suyo para proteger a los creyentes.

-d. «A otros diferentes tipos de lenguas, a otros interpretación de lenguas». Los últimos dos dones de comunicación, junto con el de profecía, parece que eran causa de considerable controversia en Corinto. En la última sección del presente capítulo (vv. 28, 30) Pablo repite la lista de dones y después dedica un capítulo (14) completo a ellos. La palabra lengua puede apuntar a un idioma conocido (Hch. 2:6, 8, 11) o a la glosolalia (1 Co. 14:2, 4, 28). En esta carta, la palabra puede tener cualquiera de esos dos significados, dependiendo del contexto. En una ciudad comercial como Corinto, había gran demanda de traductores por la abundante presencia de visitantes internacionales y de residentes temporales que hablaban varios idiomas. Por otra parte, la congregación de Corinto también experimentaba el fenómeno del hablar en lenguas. La glosolalia se refiere a un acto de adoración a Dios. En el caso que estuviesen presentes otros creyentes, para su beneficio debía interpretarse el mensaje. Para promover la reverencia en el servicio público, Pablo exigía que el hablar en lenguas fuese edificante, ordenado y controlado.

   Notemos que Pablo escribe la expresión tipos de lenguas. Esto apunta tanto a una variedad de idiomas conocidos (14:9, 10) como a la glosolalia. El apóstol atribuye todas estas lenguas y su interpretación a la obra del Espíritu Santo (vv. 7, 11). De este modo, indica que el Espíritu le da al que interpreta las lenguas la habilidad de entenderlas y de comunicar el significado de lo que se dice.

[11]. El único y mismo Espíritu hace todas estas cosas, repartiéndolas a cada uno individualmente como él quiere.

-a. «El único y mismo Espíritu». A lo largo de los primeros once versículos de este capítulo, Pablo subraya la obra del Espíritu Santo. Afirma que una confesión genuina del señorío de Cristo sólo puede venir del Espíritu Santo (v. 3). Aunque todas las personas de la Trinidad dan dones espirituales, ahora Pablo da a entender que estos dones se canalizan a través del Espíritu. De esta manera, hace notar que el Espíritu es el agente (v. 4). A menudo coloca la expresión el mismo delante de Espíritu (vv. 4, 8, 9), y en este último versículo es aun más descriptivo, diciendo «el único y mismo Espíritu». Pablo recalca que cada uno de los nueve dones tiene su origen en el Espíritu Santo. Implica que el Espíritu prohíbe que quienes reciben estos dones se jacten como si fueran superiores o merecieran reconocimiento.

-b. «El … mismo Espíritu hace todas estas cosas». El Espíritu es la fuente de los dones y el poder que energiza a los creyentes. Es él quien respalda esos dones y capacita a quienes los reciben para usarlos con eficiencia para el   de la comunidad (1 P. 4:10).

-c. «Repartiéndolas a cada uno individualmente como él quiere». Ninguna persona en la comunidad cristiana recibe todos los dones ni nadie está sin siquiera uno. Pablo afirma con claridad que el Espíritu Santo reparte a cada uno en la iglesia cristiana. A uno le da un don, a otro le da otro. El Espíritu no pasa por alto a nadie, de manera que la totalidad de talentos en la iglesia constituye una rica reserva de habilidades y destrezas.

-d. «Como él quiere». Con esta última oración, Pablo enseña que el Espíritu Santo no es sólo un poder impersonal, sino una persona con identidad divina. El Espíritu ejerce su prerrogativa de determinar y distribuir los dones individuales a los creyentes, aunque el cristiano tiene el privilegio de orar y pedirlos. El Espíritu de Dios sabe lo que la iglesia necesita y, por tanto, distribuye sus dones sabia y efectivamente.

Consideraciones prácticas en 12:8–11

   Cuando los creyentes individuales reclaman haber recibido una palabra de sabiduría o de conocimiento, o una profecía de parte del Señor, los demás creyentes no quedan muy convencidos. Afirmando que el Señor le dijo lo que debía hacer o decir, una persona puede usar una palabra del Señor para callar a un opositor o influir en el auditorio. Hay que reconocer que decir que uno ha recibido una palabra de sabiduría o conocimiento es algo muy subjetivo. Cuando una persona recibe una palabra de sabiduría o conocimiento, la recibe siempre dentro de su corazón y no hay quien pueda examinar dicho acontecimiento en forma objetiva. Además, los mensajes personales muchas veces están influenciados por emociones humanas.

   Cuando Pablo hace una lista de dones espirituales, no les da a las expresiones palabra de sabiduría y palabras de conocimiento un valor sobrenatural. Más bien usa palabras corrientes para comunicar el significado obvio de que alguien es capaz de hablar sabiamente y con conocimiento. La Biblia enseña que, si un creyente le pide a Dios sabiduría, Dios le dará ese don sin reprocharle nada (Stg. 1:5). Dios guía al creyente para que hable con discernimiento e informadamente acerca del asunto que tiene delante. Por tanto, los demás cristianos le escuchan y con cuidado evalúan lo que se dice. Cuando esto ocurre, los creyentes dan testimonio de que Dios le ha concedido al que habla el don de la sabiduría divina.

1er Titulo:

Permitir que el creyente asuma que Jesús es el Señor. 1ª a los Corintios 12:3. 3Por tanto, os hago saber que nadie que hable por el Espíritu de Dios llama anatema a Jesús; y nadie puede llamar a Jesús Señor, sino por el Espíritu Santo.

   Comentario: [3]. Por tanto, os hago saber que nadie que hable por el Espíritu de Dios dice: «Jesús es un maldito», y nadie puede decir: «Jesús es Señor», sino por el Espíritu Santo.

-a. «Por tanto, os hago saber». Algunos eruditos consideran que el contenido de los versículos 2 y 3 presenta una idea parentética. Pero la fuerza del adverbio consecutivo por tanto apunta al versículo 2 y a todo el pasaje precedente (vv. 1, 2). Si entendemos el presente versículo (v. 3) como una conclusión, vemos que Pablo describe la condición espiritual de los cristianos gentiles de Corinto. Esto no quiere decir que podemos salir con una explicación del todo satisfactoria de este versículo. Lo que quiere decir es que, en el contexto de Corinto, podemos separar el pasado (v. 2) del presente (v. 3). Ahora Pablo habla de la vida espiritual de los creyentes de Corinto. Dice que les hará saber algo (cf. 15:1; 2 Co. 8:1; Gá. 1:1).

-b. «Nadie que hable por el Espíritu de Dios dice: ‘Jesús es un maldito’». Pablo equilibra lo que dice con la afirmación: «y nadie puede decir: ‘Jesús es Señor’, sino por el Espíritu Santo». Si Pablo sólo hubiese escrito la segunda afirmación no tendríamos problemas. Pero como escribió las dos, la pregunta es si Pablo se refiere a casos concretos en los que algunas personas están de hecho maldiciendo a Jesús dentro de la comunidad cristiana.

¿Quiénes son los que maldicen a Jesús? Se han dado muchas y variadas respuestas.

Presentaré las más comunes:

Þ1. Líderes judíos. Los que maldicen a Jesús son judíos que saben que Jesús murió en una cruz, por lo que le aplican el texto bíblico que dice: «maldito de Dios el que muere colgado de un árbol» (VP, Dt. 21:23). Cuando el pueblo judío crucificó al Señor, lo entregaron a Dios esperando que su maldición lo aniquilara para siempre. Pero cuando los cristianos proclamaban el nombre de Jesús, los judíos seguían pronunciando una maldición divina sobre Jesús.

   Reaccionando al testimonio cristiano, los líderes judíos trataban de evitar que sus compatriotas se convirtieran al cristianismo. Así que, en las sinagogas locales le decían a la gente judía que maldijeran a Jesús. Cualquiera que se juntase con un cristiano que confesara a Jesús como Señor era considerado un pecador. En tiempos de persecución, se obligaba a los cristianos a renunciar a Jesús como Señor y a rechazarlo como Salvador por medio de maldecirlo. ¿Pero por qué aludiría Pablo directamente a los líderes judíos de las sinagogas judías? ¿Y por qué de repente se dirigiría a los cristianos judíos, cuando lo que hace es instruir a creyentes que habían sido paganos (v. 2)?

Þ2. Maestros gnósticos. Otros eruditos han sugerido que Pablo se está oponiendo a maestros gnósticos que enseñaban un dualismo entre lo material y lo espiritual. Se tenía que maldecir el cuerpo físico de Jesús porque pertenecía al mundo material. Sólo al Cristo espiritual había que confesarlo como Señor exaltado. Esta propuesta asume que el gnosticismo estaba bien arraigado en la comunidad de Corinto durante la mitad del primer siglo. Pero las cartas que Pablo escribió a los corintios difícilmente apoyan la idea de que el gnosticismo estaba en todo su apogeo en Corinto. Esta suposición tendría credibilidad si se aplicara a los hechos ocurridos a fines del primer siglo, no en tiempos de Pablo. Además, los gnósticos sólo le atribuirían señorío a Cristo, no a Jesús.

Þ3. Formulación paulina. Otra sugerencia es que con la frase Jesús es maldito, Pablo está formulando la contraparte de la confesión genuina Jesús es Señor. Se objeta que en la sintaxis del presente versículo (v. 3), Pablo usa el modo indicativo y apunta a una realidad, no a una probabilidad.

Þ4. El Espíritu Santo. Por último, se dice que Pablo quiere dar a conocer el significado del concepto por el Espíritu Santo, que ocurre dos veces, una en relación a la maldición y otra en relación a la confesión de Jesús como Señor. La persona, sea judía o gentil, que blasfema el nombre de Jesús, no pronunciará su maldición por medio del Espíritu Santo. Sea judía o gentil, la persona que confiesa el señorío de Jesús está llena del Espíritu. Dado que Pablo hace énfasis en el Espíritu, sabemos de qué no está hablando acerca de un lugar específico o de un grupo particular de personas. Subraya la ausencia o presencia del Espíritu Santo, por quien la gente habla de Jesús. Por eso, nos parece que esta es la explicación adecuada.

-c. «Y nadie puede decir: ‘Jesús es Señor’, sino por el Espíritu Santo». Pablo enseña que el creyente en quien mora el Espíritu de Dios con gozo confiesa su lealtad a Jesús reconociéndolo como Señor.

   La confesión Jesús es Señor es uno de los credos más antiguos; quizá el más antiguo del cristianismo (cf. Jn. 13:13; Fil. 2:11). Los judíos que se convirtieron al cristianismo el día de Pentecostés, creyeron que Dios había hecho a Jesús Señor y Mesías (Hch. 2:36). Los gentiles convertidos abandonaban su pasado pagano y juraban lealtad a Jesús como su Señor y Salvador (Hch. 16:31; cf. Ro. 10:9). Cristianos de origen judío o gentil aceptaban a Jesús como gobernante del mundo, como Rey de reyes y Señor de señores (1 Ti. 6:15; Ap. 1:5; 17:14; 19:16).

   Algunos podrían llamar Señor a Jesús y hasta realizar valiosas tareas en su servicio. Pero si no están llenos del Espíritu de Dios y, por tanto, no cumplen la voluntad del Padre, Jesús los despedirá diciéndoles: «Jamás los conocí. ¡Aléjense de mí, hacedores de maldad!» (Mt. 7:23). Jesús ejercita su soberana voluntad en este mundo. Sólo reconoce a los que, guiados por su Espíritu Santo, reconocen su verdadera divinidad y que obedientemente se someten a su autoridad.

2° Titulo:

Convence al hombre de pecado. San Juan 16: 7 y 8. Pero yo os digo la verdad: Os conviene que yo me vaya; porque si no me fuera, el Consolador no vendría a vosotros; más si me fuere, os lo enviaré. Y cuando él venga, convencerá al mundo de pecado, de justicia y de juicio. 

   Comentario: [7]. Pero yo os digo la verdad: Os conviene que yo me vaya; porque si no me voy, el Ayudador no vendrá a vosotros; más si me voy, os lo enviaré. Aquí, Jesús expresó claramente lo que había venido sugiriendo desde mucho antes. ¿Acaso no había dicho a los discípulos que su partida sería con el propósito de prepararles un lugar (14:2); de prepararlos para hacer obras mayores (14:12); de impartirles conocimientos más abundantes (14:20); y, en realidad, de atraerlos más a sí, a saber, en el Espíritu (14:28)? ¿Acaso no resultaba, pues, muy claro que la partida del Maestro sería ventajosa para los discípulos? Una vez más, mientras los discípulos ven a Jesús en el cuerpo, ¿son capaces de entender que su relación con él debe ser de carácter espiritual?

   ¡Extraños son, en verdad, los caminos del Señor! Cristo y su gran enemigo Caifás dicen ambos lo mismo, a saber, que es conveniente que Jesús muera (véase sobre 11:50). Desde luego, Caifás mismo no quiso decir lo que Cristo quiso decir. La intención del Espíritu, sin embargo, era la misma en ambos casos.

   La razón fundamental de por qué la partida de Cristo significa triunfo y no tragedia, la razón de por qué es una ayuda y no un obstáculo para estos hombres (y para la Iglesia en general) es ésta, que de lo contrario el Ayudador (véase sobre 14:16), a saber, el Espíritu Santo, no vendrá a ellos. Jesús no explica por qué el Espíritu no puede venir a no ser que el Hijo se vaya de la tierra para retornar a su morada en lo alto. Probablemente las siguientes

sugerencias señalan la dirección correcta: la partida del Hijo es por el camino de la cruz. Con dicha partida obtiene la redención para su pueblo. Ahora bien, el Espíritu Santo es aquel cuya misión especial es aplicar los méritos salvadores de Cristo al corazón y a la vida de los creyentes (Ro. 8; Gá. 4:4–6). Pero el Espíritu no puede aplicar estos méritos si no hay méritos para aplicar. En consecuencia, a no ser que Jesús se vaya, el Espíritu no puede venir. Asimismo, debe tenerse presente que el don del Espíritu Santo es una recompensa por las obras de Cristo (Hch. 2:33). Pero no se da la recompensa hasta que se ha cumplido la misión por la cual se otorga. Por ello, el Espíritu Santo no puede ser enviado hasta que Jesús hay completado su tarea en la tierra. No decimos que Jesús tuviera presentes estas razones cuando dijo, “porque si no me voy, el Ayudador no vendrá a vosotros; más si me voy, os lo enviaré”. Simplemente no sabemos qué tenía en mente. La razón por que nosotros, sin embargo, presentamos unas cuantas sugerencias es para mostrar que esta afirmación de Jesús está totalmente en armonía con el cuerpo de la revelación que encontramos en otros pasajes del Nuevo Testamento. Nótese, “enviaré”, aquí y también en 15:26; pero 14:26: “El Padre enviará en mi nombre”. Hay cooperación perfecta en las obras externas. El Padre envía; el Hijo envía; el Espíritu va. Además, el Espíritu es enviado “a vosotros”. Escoge como morada a la iglesia. Sin embargo, también el mundo percibe su influjo:

   [8]. Y cuando él venga, convencerá al mundo de pecado, de justicia y de juicio.  La acción del Espíritu en el mundo se describe en los versículos 8–10. A través de la predicación y las obras de los discípulos (2 Ti. 3:16; 4:2; Tit. 1:9, 13; 2:15) ese Espíritu, una vez constituida su morada en el corazón de los creyentes (véase Hch. 2; 2 Co. 6:16), convencerá al mundo.

   Pondrá públicamente de manifiesto la culpa del mundo y lo invitará al arrepentimiento. Lo convencerá respecto a tres asuntos: pecado, justicia, y juicio. El resultado de esta operación del Espíritu no se indica aquí. Por Hch. 2:22–41; 7:51–57; 9:1–6; 1 Co. 14:24; 2 Co. 2:15, 16; Tit. 1:13, sabemos que en algunos casos el resultado será la conversión; en otros, el endurecimiento y el castigo eterno.

   Definición: (convercer)decir que la persona cuya culpabilidad se prueba esté dispuesta a admitir y confesar su culpa; o b. despertar la conciencia de culpa. Sin duda, cuando el Espíritu Santo convence al mundo por medio de la predicación del evangelio, se obtienen ambos resultados, pero no en todas las personas a las que se proclama la Palabra. El evangelio demuestra de inmediato que todo el mundo es culpable. En el caso de muchos esta culpa les llega a la conciencia, de forma que la sienten. Y entre ellos hay algunos (elegidos de Dios) que no sólo se convencen de ello en su alma, sino que también lo admiten abiertamente, se arrepienten de verdad, y confesando todo lo malo que han hecho, se abandonan a la misericordia de Dios en Cristo. En consecuencia, el verbo convencer no tiene el mismo significado para todos. En general, el mundo malvado continúa en abierta hostilidad hacia Dios, su Cristo, y su pueblo. Aunque se ha puesto de manifiesto o demostrado su culpa (o sea, aunque en ese sentido ha sido convencido), no se arrepiente.

   El término utilizado en el original (_λέγχω) es por lo menos tan elástico en significado como la palabra convencer. El que signifique más que simplemente reprender. Sin embargo, como su resumen no es completo y como parece defender su posición basado en algunos (y no en todos los) usos del término, el valor de su presentación resulta algo limitado. En los pasajes que menciona, el verbo implica reprender con buenos resultados, es decir, conseguir que uno reconozca su pecado.

3er Titulo:

El espíritu se manifiesta con orden y sin confusión. 1ª a los Corintios 14. 32 y 33. Y los espíritus de los profetas están sujetos a los profetas; pues Dios no es Dios de confusión, sino de paz. Como en todas las iglesias de los santos.

   Comentario: [32]. Y los espíritus de los profetas están sujetos a los profetas. [33]. Porque Dios no es un Dios de desorden sino de paz.

   En el griego, la frase los espíritus de los profetas carece de artículo definido delante de ambos sustantivos (pero véase Ap. 22:6). En el presente texto, la frase probablemente apunta a «los dones espirituales» de los profetas o a las «manifestaciones del Espíritu» (véase el v. 12). La primera interpretación armoniza con el anterior mandamiento de Pablo, «esforzaos con denuedo por los dones espirituales» (v. 1). La segunda explicación indicaría que ningún profeta puede decir que al recibir la revelación pierde el control de sí mismo. Todo el que profetiza está en completo control de sus sentidos. Nadie puede decir que el Espíritu Santo prevalece por sobre la voluntad del profeta, de tal manera que el profeta habla en contra de su voluntad. Por cierto, dice Pablo, Dios no es un Dios de desorden sino de paz. Dios no causa confusión, porque espera que, dentro del culto, el profeta mantenga la compostura controlándose a sí mismo y a los demás. En la presencia de Dios, todos los que participan en la adoración deben estar en paz unos con otros.

Consideraciones prácticas en 14:29–33a

   Cuando Pablo escribe que algo le es revelado al que está sentado durante el culto, no afirma que Dios se dirige verbalmente a esa persona. Dios obra a través de su Espíritu en la vida de su pueblo durante el culto, en el hogar o el trabajo. Todo creyente puede testificar de esta verdad. A menudo el Espíritu Santo nos da una firme convicción de la verdad de Dios, una viva impresión de la realidad o un entendimiento especial de cierto problema. El Espíritu claramente nos impulsa y guía a hablar y actuar de tal forma que cumplamos el propósito de Dios. Esta guía divina tiene el carácter de revelación para el que la recibe. Sin embargo, en algunos casos el recipiente con sabiduría se guarda para sí mismo la información recibida, ya que no tiene el fin de que sea proclamada. En otras oportunidades, es capaz de compartirla con otros cristianos para que sean edificados y alaben al Señor. Ya sea que el Espíritu de Dios nos inspire para hacer o decir alguna cosa, desea que promovamos la causa de Cristo. Quiere que cumplamos nuestra tarea en armonía con su voluntad revelada.

4° Titulo:

El Espíritu Santo edifica, exhorta y consuela a la iglesia de Cristo. 1ª a los Corintios 14:3. Pero el que profetiza habla a los hombres para edificación, exhortación y consolación. 

   Comentario: [3]. Pero el que profetiza, habla a los hombres [y mujeres] para su edificación, ánimo y consolación.

-a. «Porque aquel que habla en lenguas no habla a los hombres [y mujeres], sino a Dios». De los dones de profecía y lenguas, Pablo toma el segundo para aclarar que la glosolalia es adorar a Dios en privado (véase el v. 4). Hablarle a Dios en una lengua equivale a elevar una oración personal: el que ora habla para sí mismo y para Dios (v. 28) y lo hace en el contexto del amor. Por consiguiente, hablar en una lengua sin que haya interpretación equivale a decir cosas que no comunican ningún significado, ya que la gente no será capaz de entender lo que se dice. Aunque Dios conoce cada una de las palabras que se pronuncian, su pueblo no entiende nada y no es edificado.

b. «Porque nadie le entiende, sino que en el Espíritu habla misterios». Hablar y oír son los dos lados de una moneda. Cuando no se entiende lo que alguien dice, no hay comunicación. El no lograr comunicarse resulta en la alienación de la gente involucrada.

   Según el relato de Hechos 2:4–11, todos los que estaban presentes en los atrios del templo fueron capaces de entender el mensaje que proclamaban en muchas lenguas conocidas los que fueron llenos del Espíritu Santo. Pero en el presente contexto, Pablo no habla de intérpretes. Más bien se refiere a que un mensaje pronunciado en una lengua y sin interpretación se dirige a Dios, no a la gente.

   La palabra griega pneuma se puede traducir «espíritu» o «Espíritu», y los traductores se dividen en el presente caso. El término apunta al espíritu humano o al Espíritu Santo. En el contexto de este capítulo, Pablo se refiere al espíritu humano en otras dos oportunidades: «Porque si yo oro en una lengua, mi espíritu ora» (v. 14), y «los espíritus de los profetas están sujetos a los profetas» (v. 32). Esto apoya la idea de que aquí Pablo se refiere al espíritu humano.

   No obstante, la palabra espíritu, con y sin mayúscula, debe estudiarse en relación al término misterios. Esta palabra es el contenido de esta última oración en el versículo 2. Encontramos un paralelo en 13:2, donde Pablo habla acerca de los misterios íntimamente relacionados a la profecía. A través de su Espíritu, Dios genera, en la profecía y en la glosolalia, misterios que son incomprensibles (cf. 2:6–16; 1 P. 1:10–12). Sin embargo, el Espíritu Santo revela estos misterios y emplea a su pueblo para expresarlos. Por tanto, el Espíritu es el agente que obra dentro de la persona y el que relata esos misterios.

   Pablo y sus colaboradores eran administradores de los misterios de Dios (2:7), a quienes se les había encargado los misterios que Dios revela en Cristo (4:1). A través de la predicación del evangelio, ellos explicaban estos misterios al pueblo de Dios. Pero en el presente pasaje, Pablo dice que cualquiera que pronuncia misterios en el Espíritu, no se está dirigiendo a la gente. Entonces debería dirigirse a Dios, pero no será capaz de hacerlo, ya que Dios es el dador. La salida a este dilema es dar a conocer estos misterios a los creyentes y explicárselos para su edificación.

-c. «Pero el que profetiza, habla a los hombres [y mujeres] para su edificación, ánimo y consolación». Es obvio el contraste entre la glosolalia y la profecía: el que habla en una lengua no se comunica, el que profetiza dirige un mensaje al pueblo. Este mensaje tiene un triple propósito: debe instruir, alentar y consolar a los creyentes (cf. 1 Ts. 2:12). Es un mensaje que edifica a la gente en su fe, que les señala a Cristo y que les enseña a vivir vidas santas. Además, el mensaje profético alienta e inspira a quienes lo escuchan para que puedan enfrentar los problemas de la vida diaria. Son palabras que reaniman, alimentan y sostienen al pueblo de Dios en períodos de depresión, tristeza y aflicción. El Nuevo Testamento enseña que los que reciben ánimo son los que lloran, los que están en prisión, lo mismo que las viudas golpeadas por la pobreza.

   En el contexto de los capítulos 12–14, este pasaje nos provee una descripción útil de lo que es la profecía. Nos describe cuáles son las funciones de la palabra profética sin insinuar que se trate de predicciones o afirmaciones con validez permanente.

Consideraciones doctrinales en 14:1–3

    Este párrafo subraya lo inteligible y edificante. Esto se aplica tanto a la persona que habla en una lengua como al que profetiza. Si la glosolalia no comunica un mensaje a los oyentes, la iglesia no recibe beneficio alguno. La gente que habla en alguna lengua y después sirve como su propio intérprete, corre el riesgo de que le pregunten por qué no presentó su mensaje en forma inteligible desde el principio (pero véase el v. 13). Pablo declara que él prefiere hablar cinco palabras que se entiendan y que así edifiquen a la iglesia, en lugar de diez mil que no se entiendan (v. 19).

   El profeta veterotestamentario era un israelita llamado por Dios, capacitado por el Espíritu Santo y portador de un mensaje divino que proclamaba con autoridad. Predijo la revelación de Dios, anunciando con frecuencia el nacimiento y venida del Mesías. Su mensaje incorporaba la esperanza de que Dios cumpliría su promesa de enviar al Mesías.

   El profeta del Nuevo Testamento proclamaba un mensaje que podía ser predictivo o no predictivo. El profeta del Nuevo Testamento ya no tenía la tarea de predecir la venida del Mesías, sino que ahora proclamaba el evangelio.

   En 1 Corintios, Pablo subraya la profecía no predictiva. Insiste en que la tarea de profetizar consiste en edificar, alentar y consolar a los creyentes. Cualquiera que profetiza, ministra a la iglesia, proclama la revelación de Dios, interpreta el plan de salvación y aplica la verdad del evangelio. La profecía «busca aplicar la verdad de Dios a la vida humana, a fin de producir entendimiento y crecimiento». En efecto, el trabajo de profetizar se traslapa con el de enseñar (véase el comentario a 12:28). Tanto el profeta del primer siglo como el predicador y maestro modernos buscan edificar la comunidad cristiana (vv. 5, 12).

   La iglesia debe poner a prueba constantemente las palabras de la profecía, para ver si son auténticas. De esta forma, Pablo le encarga a la iglesia de Corinto el deber de discernir el don de profecía, sea predictivo o no predictivo. Le encarga proteger la profecía del abuso y mal uso (v. 29). Por esta razón, empieza y termina este capítulo animando a los destinatarios a procurar con denuedo el don de profecía (vv. 1, 39).

   Específicamente, entonces, el significado de la profecía en el Nuevo Testamento constituye al menos tres diferentes aspectos de la profecía, ejemplificados en los cuatro Evangelios, en Hechos, las epístolas y el Apocalipsis.

   Primero, mencionamos el aspecto predictivo de las profecías de Agabo, Pablo y Juan. Agabo predice una hambruna severa en todo el mundo romano durante el reinado del emperador Claudio, y muchos años después predice el arresto de Pablo (Hch. 11:28; 21:11). No debemos llevar al extremo los detalles exactos de las palabras de Agabo, porque esa no era la intención de sus predicciones. En otra oportunidad, Pablo estaba abordo de un buque en medio de una tormenta en el mar Mediterráneo, y un ángel le comunicó que las 276 personas que iban abordo se salvarían, aunque el barco mismo encallaría en una isla (Hch. 27:23–26). Pablo les da la noticia a los marinos, soldados, pasajeros y prisioneros. Pasado un día o dos, todos fueron testigos del cumplimiento de la profecía de Pablo. Además, el último libro del Nuevo Testamento describe a Juan como profeta (Ap. 22:9). Juan escribe una profecía de las cosas que pronto ocurrirán y así predice y proclama la Palabra de Dios (Ap. 1:3).

   Segundo, en el primer siglo algunos ocuparon el oficio de profeta que en rango venía después del de apóstol (Ef. 4:11). El Espíritu Santo dio el don de este oficio particular a la iglesia antigua. Pero cuando los apóstoles y profetas completaron su obra, a fines del período fundacional de la iglesia (véase Ef. 2:20), no dejaron sucesores que tomaran estos dos cargos oficiales. Cuando se completó el canon del Antiguo Testamento, el oficio profético dejó de existir. En forma similar, habiéndose completado el Nuevo Testamento, decayó el número de profetas hasta desaparecer.

   Los profetas del primer siglo tenían el ministerio de la predicación y la enseñanza para fortalecer, animar e instruir al pueblo (12:28, 29; 14:3; Hch. 13:1; 15:32). Se les llamaba profetas y maestros, pero con la diferencia que mientras un profeta era un maestro, un maestro no era necesariamente un profeta. El profeta y el maestro procuraban edificar a la iglesia.

   Por último, se anuncia la profecía sólo cuando alguien se convierte en portavoz del Espíritu Santo. Jesús les dijo a los doce discípulos (apóstoles) que, si los arrestaban y tenían que hablar, el Espíritu del Padre hablaría a través de ellos (Mt. 10:19, 20). Los apóstoles tuvieron que comparecer ante el Sanedrín, en cuya oportunidad Pedro, lleno del Espíritu Santo, habló con elocuencia acerca de obedecer a Dios y no a los hombres (Hch. 4:8–12, 19, 20; 5:29–32). Esteban no fue un apóstol, pero se le conoció como un diácono lleno del Espíritu Santo y también se dirigió al Sanedrín (Hch. 6:5; 7:2–53).

    Todo creyente debe pedirle a Dios que le dé las palabras precisas para hablar cada vez que sea necesario. Dios oirá y contestará sus peticiones. Especialmente los predicadores y maestros pueden testificar que, en respuesta a sus oraciones, el Espíritu Santo les ha dado la habilidad de pronunciar las palabras precisas que reflejan la Palabra revelada de Dios. No obstante, nadie debe calificar de infalibles las personas o mensajes de los predicadores, pues no pueden proclamar nada que no esté en la Escritura. Tal predicación y enseñanza de la Escritura ha sido y siempre será profecía. «La profecía ha sido y permanece una realidad cada vez que se predica la verdad bíblica con fidelidad»

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Amén, para la honra y gloria de Dios.


Hno Roberto Saldías Roa

Miembro de la IEP en Nacimiento Bajo, nació en el evangelio del Señor en la Iglesia de Laja 1975. Casado con María Nahuelmán, estudia teología de manera autodidacta. Me gusta mucho leer y escribir.