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Lunes 21 de octubre de 2019: “Estados anímicos que impiden el crecimiento espiritual”

Lunes 21 de octubre de 2019: “Estados anímicos que impiden el crecimiento espiritual”

Lectura Bíblica: 1ª de Reyes Cap. 19, versículos 1 al 7. 1Acab dio a Jezabel la nueva de todo lo que Elías había hecho, y de cómo había matado a espada a todos los profetas. 2Entonces envió Jezabel a Elías un mensajero, diciendo: Así me hagan los dioses, y aun me añadan, si mañana a estas horas yo no he puesto tu persona como la de uno de ellos. 3Viendo, pues, el peligro, se levantó y se fue para salvar su vida, y vino a Beerseba, que está en Judá, y dejó allí a su criado. 4Y él se fue por el desierto un día de camino, y vino y se sentó debajo de un enebro; y deseando morirse, dijo: Basta ya, oh Jehová, quítame la vida, pues no soy yo mejor que mis padres. 5Y echándose debajo del enebro, se quedó dormido; y he aquí luego un ángel le tocó, y le dijo: Levántate, come. 6Entonces él miró, y he aquí a su cabecera una torta cocida sobre las ascuas, y una vasija de agua; y comió y bebió, y volvió a dormirse. 7Y volviendo el ángel de Jehová la segunda vez, lo tocó, diciendo: Levántate y come, porque largo camino te resta. 

   Comentario del contexto Bíblico: Vv. 1—8. Jezabel envió un mensaje amenazador a Elías. Los corazones carnales son endurecidos y enfurecidos contra Dios, por aquello que debe convencerlos de pecado y vencerlos.   La mucha fe no siempre es sinónimo de fe firme o fuerte. Elías podía ser útil a Israel en este momento y tenía toda la razón para depender de la protección de Dios mientras hacía la obra de Dios, pero huye. El suyo no era el deseo deliberado de la gracia, como el de Pablo, de irse y estar con Cristo. Así, Dios dejó solo a Elías para mostrar que cuando era osado y fuerte, era en el Señor y en el poder de su fuerza; pero solo no era mejor que sus padres. Aunque nosotros no sabemos, Dios sabe qué designio tiene para nosotros, qué servicios, qué pruebas, y Él se encargará de darnos gracia suficiente.

   Comentario 2: (El Hombre Espiritual Por Watchman Nee) ▬EL CREYENTE ANIMICO▬ ¿Por qué un creyente es anímico? Porque, aunque la cruz ha obrado y quebrantado su naturaleza pecaminosa, la vida del alma sigue presente. Aunque todos los pecados proceden de la naturaleza pecaminosa, y el alma solamente obedece su dirección para ejecutar sus órdenes, el alma, de todos modos, la heredó de Adán. Aunque el alma no está contaminada completamente, no puede evitar el efecto de la caída de Adán. Ella es natural y muy diferente a la vida de Dios. Ciertamente, el viejo hombre corrupto del creyente ya murió; sin embargo, su alma sigue siendo la fuerza de su vida. El creyente es librado de la naturaleza pecaminosa, pero la vida anímica subsiste. Por eso, no puede evitar ser anímico. Aunque el viejo hombre ya no dirige al alma, ésta sigue siendo la fuerza de su vida. Debido a que la naturaleza de Dios reemplaza la naturaleza pecaminosa, espontáneamente todas las inclinaciones, los deseos y las ideas son buenas; esta condición no es como la antigua condición inmunda. No obstante, la ejecución de todo ello sigue siendo función de la vida del alma.

   Una vida que depende del alma puede llevar a cabo el deseo del espíritu por medio de la fuerza natural (terrenal), en su intento por lograr la bondad sobrenatural (divina). En palabras sencillas, el yo usa su fuerza para cumplir los requisitos de Dios. En esta condición, aunque el creyente haya vencido al pecado al practicar obras de justicia, todavía es inmaduro. No obstante, pocos están dispuestos a depender de Dios y a reconocer su debilidad, inmadurez e incapacidad. El hombre en su naturaleza humana piensa que tiene fuerza. Quien no ha sido humillado por la gracia de Dios, nunca reconocerá que no sirve para nada. Debido a esto, no tiene interés en confiar en el Espíritu Santo al hacer las obras de justicia, sino que depende de la fuerza del yo (el alma) para corregir y mejorar su conducta vieja. El peligro en este caso es que el creyente trata de agradar a Dios con su poder y no sabe cómo utilizar la vida del alma, que le fue dada por Dios y que está en él, para incrementar la fuerza de la vida del espíritu mediante el Espíritu Santo, a fin de obedecer lo que dicta la nueva naturaleza que recibió. En realidad, la vida espiritual está en una etapa infantil y no ha llegado a la madurez, donde puede expresar todas las virtudes de la naturaleza de Dios. Además, no puede hacerlo. Debido a la falta de paciencia, de humildad y de dependencia de Dios, el creyente no sabe que no importa cuán buenos sean sus esfuerzos, desde la perspectiva humana, él nunca podrá agradar a Dios. En consecuencia, aplica su poder anímico y natural para cumplir los requerimientos que Dios hace a Sus hijos. Tales obras son una mezcla de lo que es de Dios con lo que es del hombre, y expresan los deseos celestiales mediante la fuerza terrenal. Puesto que los hechos y la conducta del creyente son tales, él sigue siendo anímico, y no espiritual.

   Muchos no entienden lo que es la vida del alma. La vida del alma es lo que comúnmente llamamos vida del yo. Algunos cometen el gran error de no distinguir entre el pecado y el yo. Piensan que el pecado y el yo son la misma cosa. Sin embargo, tanto en la enseñanza de la Biblia como en la experiencia espiritual ellos son diferentes. El pecado es inmundo, se opone a Dios y es abominable a lo sumo; mientras que el yo no es necesariamente inmundo, ni necesariamente se opone a Dios, ni es necesariamente abominable. Por el contrario, muchas veces el yo es muy honorable, desea ayudar a Dios y es bastante afectuoso. Por ejemplo: es muy bueno estudiar la Biblia. Sabemos que estudiar la Biblia no es pecaminoso, pero en muchas ocasiones lo hacemos con nuestros propios esfuerzos. Aunque no es pecaminoso entenderla con nuestra inteligencia propia, es obra del yo. Tampoco es pecaminoso laborar para salvar a las personas, pero hacerlo con nuestras propias ideas y métodos está lleno del yo. Sabemos que ir en pos del crecimiento espiritual no es pecaminoso, pero cuán a menudo tal búsqueda tiene su origen en el yo carnal, quizás porque no queremos quedarnos atrás, o porque el crecimiento espiritual puede darnos muchas ventajas, o quizás porque podemos obtener alguna ganancia personal. Siendo explícito, todos sabemos que hacer el bien no es pecaminoso. Sin embargo, muchas buenas obras están llenas del yo. Algunas veces las buenas obras son la bondad natural de un individuo y no lo que recibió del Espíritu Santo cuando fue regenerado. Por ejemplo, existen muchas personas que antes de creer en el Señor y ser regeneradas, eran misericordiosas, pacientes y mansas. Su misericordia, paciencia y mansedumbre son naturales, carnales y del yo, no del espíritu. Por lo tanto, aunque ellos puedan ser todas estas cosas, que no son ni pecaminosas ni pecados en sí, están llenos de las obras que hace la vida del alma. Algunas veces los creyentes llevan a cabo buenas obras por medio de sus propias fuerzas, sin depender en absoluto del Espíritu de Dios.

   Estos son sólo algunos ejemplos que nos muestran la distinción entre el pecado y el yo. Si seguimos avanzando en la senda espiritual, sabremos que en muchas cosas el pecado no tiene posibilidad de ganar terreno, pero el yo puede de alguna manera llegar a manifestarse. En realidad, el yo puede mezclarse con la obra más sagrada y la vida más espiritual.

   Ya que el creyente ha estado por tanto tiempo bajo la esclavitud del pecado, una vez que es liberado de su poder, considera que logró andar en el nivel más elevado, sin saber que aun después de ser librado del pecado, tiene que vencer el yo continuamente, durante toda su vida.

   Después de que un creyente es librado del pecado, el peligro más grande en el que incurre es que piense que todos los elementos peligrosos que había en él ya se fueron. No sabe que, aunque el viejo hombre murió al pecado y que el cuerpo de pecado ha quedado paralizado, el pecado mismo no ha muerto. Ahora, él es un monarca derrocado que agotará toda su energía, aprovechando cualquier oportunidad para recobrar su trono. Es decir, el creyente puede seguir experimentando el hecho de que es libre del pecado, pero eso no significa que ya sea perfecto, pues aún tiene que lidiar continuamente con el yo.

   Es una lástima que algunos creyentes que buscan la santidad y procuran ser libres del pecado se consideran santos una vez que han logrado su objetivo. Ignoran que ser libres del pecado es sólo el primer paso de un camino victorioso en la vida espiritual. Ser libres del pecado es sólo la victoria inicial que Dios nos ha dado para que, en lo sucesivo, podamos tener continuas victorias. Vencer el pecado es la puerta, y una vez que damos ese paso, ya estamos adentro. Pero el camino que debemos recorrer durante toda nuestra vida es el de vencer el yo. Después de que vencemos el pecado, Dios nos llama a vencer el yo diariamente, lo cual en la mayoría de los casos es esa parte buena de nosotros que tiene más celo y más deseos de servir a Dios.

   Si el creyente sólo tiene la experiencia de haber sido librado del pecado, pero no sabe lo que es negarse a sí mismo ni lo que es perder la vida anímica, corre el peligro de usar la energía del yo, es decir, su vida anímica para llevar a cabo la voluntad y la obra de Dios, y para vivir a Dios desde su interior cotidianamente. No sabe que además del pecado existen otros dos poderes dentro de él: el poder del espíritu y el poder del alma.

   El poder del espíritu es el poder de Dios, recibido por el creyente en el momento de ser regenerado. El poder del alma es el poder del yo, el cual recibió de modo natural cuando nació. Este es el poder natural que posee antes de la regeneración.

   El avance del creyente para llegar a ser un hombre espiritual depende de la manera en que aborda estas dos clases de poder dentro de sí. Si rechaza el poder del alma y depende únicamente del poder del espíritu, tendrá éxito en llegar a ser un hombre espiritual. Si utiliza el poder del alma, o el poder del espíritu juntamente con el poder del alma, será un hombre anímico, un hombre carnal.

   La meta de Dios es que rechacemos todo lo que provenga de nosotros, lo que somos, lo que tenemos y lo que podemos hacer; que vivamos totalmente para El, participando diariamente de la vida que está en Cristo mediante el Espíritu Santo. Si un creyente no comprende esto o no está dispuesto a obedecer a Dios en esto, en lo sucesivo vivirá para Dios mediante la vida del alma y el poder del yo, y no será una persona espiritual, sino anímica.

   Por consiguiente, el creyente espiritual permite que el Espíritu Santo opere en su espíritu, recibe a la persona del Espíritu Santo para que more en su espíritu y permitiendo que la vida que le da el Espíritu Santo le suministre la fuerza o el poder necesario para su vida diaria. Apropiándose del poder del Espíritu Santo, vive en la tierra sin tratar de hacer su voluntad, sino haciendo la del Señor. No confía en su inteligencia para planear nada en el servicio de Dios. Además, la regla de su conducta es permanecer quieto en su espíritu, sin ser controlado ni afectado por sus emociones.

   El creyente anímico es exactamente lo opuesto. Aunque tiene la vida en su espíritu, no obtiene el suministro vital de la vida que hay en su espíritu. En su vida diaria persiste en hacer del alma su vida y depende del poder del yo. Actúa de acuerdo con sus preferencias y no obedece a Dios en su corazón. En la obra de Dios aún utiliza su inteligencia natural para hacer sus planes, y en su vida diaria es manipulado y afectado por el estímulo de sus emociones.

   El problema de las dos naturalezas queda resuelto, pero el problema de las dos vidas sigue vigente. Tanto la vida del espíritu como la del alma conviven dentro de nosotros. La vida del espíritu es en sí misma muy fuerte, pero debido a que la vida del alma está arraigada profundamente en el hombre, ésta gobierna sobre todo su ser. Si uno no está dispuesto a negarse a su vida anímica ni a permitir que la vida del espíritu se exprese y opere, ésta hallará dificultad para desarrollarse.

   Esta enseñanza es extremadamente importante, ya que, si el creyente se centra únicamente en el problema del viejo hombre y estima que vencer las situaciones externas o los pecados inmundos comprende la totalidad de la vida cristiana, no podrá ir más allá de su vida anímica, la cual Dios aborrece (tanto como al pecado). El creyente debe saber que vencer el pecado (aunque es de mucha bendición) es meramente una condición general de los creyentes y no es algo extraordinario. Por consiguiente, el hecho de que un creyente peque o sea esclavo del pecado es algo anormal y extraño. “Los que hemos muerto al pecado, ¿cómo viviremos aún en él?” Creer que el Señor Jesús murió como nuestro substituto es creer que nosotros también morimos con El. De lo contrario, no habría substitución. Si creímos en la muerte substitutiva del Señor Jesús, o sea, que nosotros fuimos crucificados juntamente con El, ¿no es extraño, que un muerto todavía peque?

   No es difícil ser librado del pecado, ya que poseemos una salvación completa. El creyente debe aprender la lección completa, que quizá es más difícil, pero que es más profunda, ésta es, aborrecer su misma vida. No sólo debe odiar su naturaleza pecaminosa, heredada de Adán, sino también su vida natural, por la cual él vive. Debe estar dispuesto no sólo a abandonar los pecados de la carne, sino también a negarse a todas las buenas obras que provienen de su vida natural. No sólo debe abandonar los pecados, sino también, desde el punto de vista de Dios, entregar esta vida pecaminosa a la muerte. La vida del Espíritu Santo no sólo no peca, sino que tampoco permite que el yo viva. El Espíritu Santo puede manifestar Su poder únicamente en aquellos que viven por El. Quien viva por su vida natural, no puede esperar ver las obras poderosas del Espíritu Santo. Debemos ser librados de todo lo natural, así como lo somos de todo lo inmundo. Si aún vivimos según el hombre (no necesariamente el hombre pecaminoso), en la esfera natural, el Espíritu Santo no puede gobernarnos. Si somos libres del pecado, pero aún pensamos, deseamos y vivimos como los hombres, sin confiar completamente en la obra del Espíritu Santo en nuestra vida, ¿cómo podrá el Espíritu Santo manifestar Su poder? Deseamos ser llenos con el Espíritu Santo, pero primero debemos eliminar la infiltración de la vida del alma.

1er Titulo:

El pesimismo hace desfallecer a otros. Números 13:31 al 33. 31Mas los varones que subieron con él, dijeron: No podremos subir contra aquel pueblo, porque es más fuerte que nosotros. 32Y hablaron mal entre los hijos de Israel, de la tierra que habían reconocido, diciendo: La tierra por donde pasamos para reconocerla, es tierra que traga a sus moradores; y todo el pueblo que vimos en medio de ella son hombres de grande estatura. 33También vimos allí gigantes, hijos de Anac, raza de los gigantes, y éramos nosotros, a nuestro parecer, como langostas; y así les parecíamos a ellos.

   Comentario del contexto Bíblico: Vv. 26-33. Podemos preguntarnos asombrados por qué el pueblo de Israel esperó cuarenta días el retorno de sus espías, cuando estaban listos para entrar a Canaán, con todas las garantías del éxito que podían recibir del poder divino y de los milagros que hasta entonces los habían acompañado. Pero desconfiaron del poder y de la promesa de Dios. ¡Cuántas veces, por nuestra incredulidad, nos dejamos guiar por nuestra propia luz! Los mensajeros regresaron finalmente, pero la mayoría desanimó al pueblo para que no entrara en Canaán. Los israelitas son justamente dejados a merced de esta tentación de confiar en el juicio de los hombres, cuando tenían que confiar en la palabra de Dios. Habían encontrado la tierra tan buena como Dios había dicho, sin embargo, no creyeron que fuera tan segura como Él había dicho, y desesperaron de poseerla, aunque la Verdad Eterna la había entregado a ellos. Esta fue la representación de los malos espías. —Sin embargo, Caleb los estimuló a seguir adelante, aunque fue secundado solamente por Josué. Él no dice, vamos y venzamos, sino vamos y poseámosla. Las dificultades que hay en el camino de la salvación pierden importancia y se esfuman ante una fe viva y activa en el poder y la promesa de Dios. Todas las cosas son posibles para aquel que cree, si han sido prometidas; pero no se tiene que creer a los sentidos ni a los

   Citas pesimismo: Deuteronomio 1.28. ¿A dónde subiremos? Nuestros hermanos han atemorizado nuestro corazón, diciendo: Este pueblo es mayor y más alto que nosotros, las ciudades grandes y amuralladas hasta el cielo; y también vimos allí a los hijos de Anac. ▬2:25. Hoy comenzaré a poner tu temor y tu espanto sobre los pueblos debajo de todo el cielo, los cuales oirán tu fama, y temblarán y se angustiarán delante de ti. 

   Citas de Fe: Número 13:26-30. Y anduvieron y vinieron a Moisés y a Aarón, y a toda la congregación de los hijos de Israel, en el desierto de Parán, en Cades, y dieron la información a ellos y a toda la congregación, y les mostraron el fruto de la tierra. 27Y les contaron, diciendo: Nosotros llegamos a la tierra a la cual nos enviaste, la que ciertamente fluye leche y miel; y este es el fruto de ella. 28Mas el pueblo que habita aquella tierra es fuerte, y las ciudades muy grandes y fortificadas; y también vimos allí a los hijos de Anac. 29Amalec habita el Neguev, y el heteo, el jebuseo y el amorreo habitan en el monte, y el cananeo habita junto al mar, y a la ribera del Jordán. 30Entonces Caleb hizo callar al pueblo delante de Moisés, y dijo: Subamos luego, y tomemos posesión de ella; “porque más podremos nosotros que ellos”

Isaías 57:11. ¿Y de quién te asustaste y temiste, que has faltado a la fe, y no te has acordado de mí, ni te vino al pensamiento? ¿No he guardado silencio desde tiempos antiguos, y nunca me has temido? 

   Comentario2. Pesimismo La palabra pesimismo tiene su origen etimológico en el latín. Así, podemos establecer de manera clara y concisa que es fruto de la unión de dos vocablos latinos. Por un lado, del término pessimus, que puede traducirse como “muy malo”, y por otro, del sufijo –ismo, que equivale a “conducta”.

   Se conoce como pesimismo a la propensión a juzgar las cosas por su aspecto más desfavorable o negativo. Este concepto es el opuesto a optimismo, que consiste en analizar las situaciones a partir de dimensión más favorable. (por lo tanto pesimismo es lo contrario de optimismo, por lo tanto hay que tener fe en Jesucristo y todas las cosas saldrán bien).

Pesimismo nombre masculino: Tendencia a ver y a juzgar las cosas en su aspecto más negativo o más desfavorable.

Doctrina metafísica según la cual el mundo es irremisiblemente malo y, por consiguiente, todo en la naturaleza y en la vida del hombre tiende a la producción y conservación del mal. “el principal representante del pesimismo es Schopenhauer (1788-1860)”

2° Titilo:

La Amargura, Maleza Que Crece En El Terreno Del Corazón. Hebreos 12:15. Mirad bien, no sea que alguno deje de alcanzar la gracia de Dios; que, brotando alguna raíz de amargura, os estorbe, y por ella muchos sean contaminados;

   Comentario del texto Bíblico: Aquí llega la advertencia; el escritor nos instruye acerca de qué no hacer.

   (b). Qué debemos evitar. En primer lugar, el escritor reafirma la responsabilidad corporativa de los creyentes. “Mirad que nadie deje de alcanzar la gracia de Dios” (compárese con 3:12; 4:1, 11). Como miembros del cuerpo de Cristo somos responsables el uno por el otro. Tenemos la tarea de supervisarnos el uno al otro en asuntos espirituales, de manera que podamos crecer y florecer en la gracia de Dios y no nos veamos privados de ella. Es decir, no debe permitirse que nadie se extravíe, ya que si esto sucede esa persona pasa a ser presa de Satanás y perderá la gracia de Dios (2 Co. 6:1; Gá. 5:4). La supervisión mutua dentro del marco de todo el cuerpo estimula la salud espiritual del miembro individual. Hay que evitar, en consecuencia, esa indiferencia manifestada por Caín, quien preguntó: “¿Soy yo el guarda de mi hermano?” (Gn. 4:9). En vez de ello debiéramos preguntarnos el uno al otro por nuestro bienestar espiritual, aunque quizá no en la anticuada manera de hacerlo que tenía un predicador metodista que preguntaba: “¿Cómo va con tu alma, hermano?” Pero lo cierto es que como miembros del cuerpo de Cristo debemos hacer preguntas de este tipo a nuestros hermanos y hermanas en el Señor.

   En segundo lugar, si se descuida la supervisión mutua, surgen otros problemas. Quedar privados de la gracia de Dios desemboca en caer en la apostasía. Y caer en la apostasía es equivalente a servir otros dioses. El escritor de Hebreos hace una cita aproximada de la versión de la Septuaginta de (Deuteronomio 29:18 No sea que haya entre vosotros varón o mujer, o familia o tribu, cuyo corazón se aparte hoy de Jehová nuestro Dios, para ir a servir a los dioses de esas naciones; no sea que haya en medio de vosotros raíz que produzca hiel y ajenjo),  (v. 17, LXX), donde Moisés le dice a los israelitas: “Aseguraos de que no haya hoy hombre o mujer, clan o tribu de entre vosotros cuyo corazón se aparte del Señor vuestro Dios para ir y adorar a los dioses de esas naciones; aseguraos de que no haya raíz entre vosotros que produzca un veneno tan amargo”.

   Las raíces de diversas malezas se propagan rápidamente y producen plantas en todos los lugares donde crecen tales raíces. Estas raíces se desarrollan sin que uno se dé cuenta; y la rápida multiplicación resultante de estas plantas es muy inquietante. Tales raíces y plantas traen dificultades para las plantas útiles que se ven privadas de los nutrientes necesarios y como resultado brindan una cosecha escasa.

   Con esta imagen tomada del mundo de la agricultura, el escritor de Hebreos mira a la iglesia y compara a la persona que ha perdido la gracia de Dios (y ha caído) con una raíz amarga. Una persona tal causa dificultades entre el pueblo de Dios porque altera la paz. Con sus amargas palabras, él priva a los creyentes de la santidad. Dice el escritor que esta persona contamina a muchos. El verbo contaminar, manchar, comunica la idea de darle color a algo pintándolo o manchándolo. Evitad tal amargura, porque os manchará. “Para los puros, todas las cosas son puras, pero para los que están corrompidos y no creen, nada es puro” (Tit. 1:15).

   Comentario 2: Pregunta: “¿Qué dice la biblia acerca de la amargura?”

   Respuesta: La amargura es un cinismo rencoroso que se traduce en una intensa discordia o aversión hacia los demás. La biblia nos dice: “Quítense de vosotros toda amargura, enojo, ira, gritería y maledicencia, y toda malicia”. Y a continuación nos dice cómo lidiar con esa amargura y sus frutos, siendo “benignos unos con otros, misericordiosos, perdonándoos unos a otros, como Dios también os perdonó a vosotros en Cristo ” (Efesios 4:31-32).

   Como adjetivo, la palabra amargo significa “afilado como una flecha o picante al gusto, desagradable, venenoso”. La idea es la del agua amarga que se les dio a las mujeres sospechosas de haber cometido adulterio en Números 5:18: “las aguas amargas que acarrean maldición”. En su sentido figurado, la amargura se refiere a un estado mental o emocional que corroe o “carcome”. La amargura puede afectar a alguien que experimenta una profunda tristeza o cualquier cosa que actúa sobre la mente, de la misma forma como el veneno actúa sobre el cuerpo. La amargura es ese estado mental que intencionalmente se aferra a los sentimientos de enojo, listo para ofenderse, capaz de estallar en ira en cualquier momento.

   El principal peligro de sucumbir a la amargura y permitir que gobierne nuestros corazones, es que es un espíritu que se niega a la reconciliación. Como resultado, la amargura conduce a la ira, que es la explosión externa de los sentimientos internos. Esa ira y enojo desenfrenado, a menudo conducen a la “riña”, que es el egoísmo impulsivo de una persona furiosa que necesita que todo el mundo escuche sus quejas. Otro mal provocado por la amargura, es la calumnia. Tal como se usa en Efesios 4, no se está refiriendo a la blasfemia contra Dios, o simplemente una calumnia contra los hombres, sino cualquier comentario que brota de la ira y está pensado para herir o lastimar a otros.

   Todo esto conduce a un espíritu de maldad, que simboliza una mentalidad perversa o sentimientos de odio intenso. Esta clase de actitud es carnal y diabólica en sus influencias. La maldad es un intento deliberado de dañar a otra persona. Por lo tanto, “toda forma de maldad” debe desaparecer (Efesios 4:31).

   La persona que es amargada a menudo es resentida, cínica, cruel, indiferente, implacable, y desagradable como para estar con ella. Cualquier expresión de estas características es pecado contra Dios; son características de la carne y no de Su Espíritu (Gálatas 5:19-21). Hebreos 12:15 nos advierte: “Mirad bien, no sea que alguno deje de alcanzar la gracia de Dios; que brotando alguna raíz de amargura, os estorbe, y por ella muchos sean contaminados”. Siempre debemos tener cuidado de no permitir que las “raíces de amargura” crezcan en nuestros corazones; esas raíces harán que estemos lejos de la gracia de Dios. Dios desea que Su pueblo viva en amor, gozo, paz y santidad; no en amargura. Por tanto, el creyente debe siempre vigilar diligentemente, estando en guardia contra los peligros de la amargura.

   Citas Bíblicas: Gn. 26.35. y fueron amargura de espíritu para Isaac y para Rebeca.

Hechos 8:21-23. 21No tienes tú parte ni suerte en este asunto, porque tu corazón no es recto delante de Dios. 22Arrepiéntete, pues, de esta tu maldad, y ruega a Dios, si quizás te sea perdonado el pensamiento de tu corazón; 
23porque en hiel de amargura y en prisión de maldad veo que estás. 

3er Titulo:

El Sentimiento De Temor No Deja Ver El Auxilio Divino. 2ª de Reyes 6:15 al 17. 15Y se levantó de mañana y salió el que servía al varón de Dios, y he aquí el ejército que tenía sitiada la ciudad, con gente de a caballo y carros. Entonces su criado le dijo: ¡Ah, señor mío! ¿qué haremos? 16El le dijo: No tengas miedo, porque más son los que están con nosotros que los que están con ellos. 17Y oró Eliseo, y dijo: Te ruego, oh Jehová, que abras sus ojos para que vea. Entonces Jehová abrió los ojos del criado, y miró; y he aquí que el monte estaba lleno de gente de a caballo, y de carros de fuego alrededor de Eliseo. 

   Comentario del contexto Bíblico: Vv. 13—23. Lo que Eliseo dijo a su siervo lo dice a todos los siervos fieles de Dios, cuando hay peleas por fuera y temores por dentro. No tenga miedo, con ese temor que tiene tormento y asombro; porque más son los que están con nosotros, para protegernos, que los que están ellos, para destruirnos. Los ojos de su cuerpo fueron abiertos y con ellos vio el peligro. Señor, abre los ojos de nuestra fe para ver con ellos tu mano. Mientras más clara sea la vista que tengamos de la soberanía y del poder del cielo, menos temeremos los problemas de la tierra. Satanás, el dios de este siglo, ciega los ojos de los hombres y los engaña para su propia ruina, pero, cuando Dios ilumina sus ojos, ellos se ven en medio de sus enemigos, cautivos de Satanás y ante el peligro del infierno, aunque antes hayan pensado que su condición era buena. —Cuando Eliseo tuvo a su merced a los sirios, hizo evidente que él estaba bajo la influencia de la bondad divina como del poder divino. Que no seamos vencidos por el mal, sino que venzamos con el bien el mal. Los sirios vieron que no tenía sentido tratar de atacar a un hombre tan grande y bueno.

   Comentario 2 sobre el temor: Pregunta: “¿Qué dice la Biblia acerca del temor?”

   Respuesta: La Biblia menciona dos tipos específicos de temor. El primer tipo es beneficioso y debe ser fomentado. El segundo tipo es un detrimento y debe ser superado. El primer tipo de temor es el temor del Señor. Este tipo de temor no es necesariamente miedo que signifique estar temeroso de algo. Más bien, es un temor reverencial por Dios; una reverencia por Su poder y gloria. Sin embargo, también es un apropiado respeto por Su ira y enojo. En otras palabras, es un reconocimiento de todo lo que es Dios, lo cual viene a través de conocerlo a Él y todos Sus atributos.

   El temor del Señor conlleva muchas bendiciones y beneficios. El Salmo 111:10 dice, “El principio de la sabiduría es el temor de JEHOVÁ; buen entendimiento tiene todos los que practican sus mandamientos. Su loor permanece para siempre”. Y Proverbios 1:7 declara, “El principio de la sabiduría es el temor de JEHOVÁ; los insensatos desprecian la sabiduría y la enseñanza”. Más aún, en Proverbios 19:23 dice, “El temor de JEHOVÁ es para vida, y con él vivirá lleno de reposo el hombre; no será visitado del mal”. Y de nuevo en Proverbios 14:27 dice, “El temor de JEHOVÁ es manantial de vida, para apartarse de los lazos de la muerte”. Y Proverbios 14:26 declara, “En el temor de JEHOVÁ está la fuerte confianza, y esperanza tendrán sus hijos”.

   Por todo esto, se puede ver que el temor del Señor debe ser fomentado. Sin embargo, el segundo tipo de temor mencionado en la Biblia no es beneficioso en absoluto. Este es el “espíritu de cobardía” mencionado en 2 Timoteo 1:7 donde dice, “Porque no nos ha dado Dios espíritu de cobardía, sino de poder de amor y de dominio propio”. Así que podemos ver desde el principio que este “espíritu de temor” no viene de Dios.

   Sin embargo, algunas veces estamos temerosos; algunas veces este “espíritu de temor” nos vence, y para vencer este temor necesitamos confiar y amar a Dios completamente. Primera de Juan 4:18 nos dice, “En el amor no hay temor, sino que el perfecto amor echa fuera el temor; porque el temor lleva en sí castigo. De donde el que teme, no ha sido perfeccionado en el amor”. Sin embargo, nadie es perfecto, y Dios lo sabe. Es por eso que Él ha esparcido generosamente aliento contra el temor a través de la Biblia. Comenzando desde el libro del Génesis y continuando a través de toda la Biblia hasta el libro de Apocalipsis, Dios nos dice “No temas”.

   Por ejemplo, Isaías 41:10 nos anima “No temas, porque yo estoy contigo; no desmayes, porque yo soy tu Dios que te esfuerzo; siempre te ayudaré, siempre te sustentaré con la diestra de mi justicia”. A menudo tememos el futuro y lo que será de nosotros. Pero Jesús nos recuera que Dios se preocupa por las aves del cielo, así que, ¿cuánto más proveerá para Sus hijos? “Así que no temáis; más valéis vosotros que muchos pajarillos” (Mateo 10:31). Tan solo estos pocos versículos cubren diferentes tipos de temor. Dios nos dice que no temamos estar solos, o estar demasiado débiles, o no ser escuchados, y no temer por nuestras necesidades físicas. Y estas exhortaciones continúan a través de la Biblia, cubriendo los diferentes aspectos del “espíritu de temor”.

   En el Salmo 56:11, el salmista escribe, “En Dios he confiado; no temeré; ¿Qué puede hacerme el hombre?”. Este es un asombroso testimonio del poder de confiar en Dios. Lo que el salmista está diciendo es que, a pesar de lo que suceda, él confiará en Dios porque conoce y entiende Su poder. Entonces, la total y completa confianza en Dios, es la clave para vencer el temor. Confiar en Dios es rehusarse a ceder ante el temor. Es acudir a Dios aún en los tiempos más oscuros y confiar en que Él arregle las cosas. Esta confianza procede de conocer a Dios y saber que Él es un Dios bueno. Como dijo Job cuando estaba experimentando unas de las pruebas más difíciles registradas en la Biblia, “He aquí, aunque él me matare, en él esperaré” (Job 13:15).

   Una vez que hayamos aprendido a poner nuestra confianza en Dios, ya no tendremos temor de las cosas que vengan contra nosotros. Seremos como el salmista que con confianza dijo: “…alégrense todos los que en Ti confían. Den voces de júbilo para siempre, porque Tú los defiendes. En Ti se regocijen los que aman Tu nombre” (Salmo 5:11).

4° Titulo:

La Pretensión De Poder Humano No Es Acepto Delante De Dios. San Marcos 9:33 al 37. 33Y llegó a Capernaúm; y cuando estuvo en casa, les preguntó: ¿Qué disputabais entre vosotros en el camino? 34Mas ellos callaron; porque en el camino habían disputado entre sí, quién había de ser el mayor. 35Entonces él se sentó y llamó a los doce, y les dijo: Si alguno quiere ser el primero, será el postrero de todos, y el servidor de todos. 36Y tomó a un niño, y lo puso en medio de ellos; y tomándole en sus brazos, les dijo:  37El que reciba en mi nombre a un niño como este, me recibe a mí; y el que a mí me recibe, no me recibe a mí sino al que me envió.

   Comentario del contexto Bíblico: 33, 34. Llegaron a Capernaúm. Y cuando estaba en la casa, les preguntaba, “¿Qué discutíais en el camino?”. Pero ellos callaron, porque en el camino habían estado discutiendo entre sí quién era el más grande.

   Con relación a este hecho, los relatos de los tres Evangelios se parecen mucho, tanto en fraseología como en la forma en que se suceden los diversos detalles. Los tres relatos hablan de la discusión que surgió entre los discípulos con relación a la pregunta, “¿Quién es el más grande?”. Para poner las cosas en su debido lugar, Jesús tomó a un niño para que, a través de su humilde confianza infantil, aquellos hombres pudiesen aprender la lección de la verdadera grandeza. Según Mateo 18:5, el Maestro concluye diciendo, “Y la persona que en mi nombre recibe a un niño como éste, a mí me recibe”. Véase también Mateo 10:40. Esta conclusión con leves variaciones y argumentaciones se halla también en Marcos 9:37 y en Lucas 9:48. La semejanza entre Marcos 9:36, 37 y Lucas 9:47b, 48a es muy intensa.

   Sin embargo, algunos ponen su atención en lo que ellos llaman discrepancias, y afirman que estas discrepancias son tan formidables, que todo esfuerzo por leer Marcos 9:33–37 como un relato congruente y plenamente histórico, es inútil. Se supone que lo que aquí tenemos es una narración mezclada, sacada de varias fuentes discordantes.

   Los pretendidos puntos de conflicto son:

(a). Mateo y Lucas omiten toda referencia a Capernaúm, en tanto que Marcos sitúa el acontecimiento en Capernaúm y así en un contexto galileo.

(b). Según Mateo, son los discípulos los que toman la iniciativa. Ellos le preguntan a Jesús, “¿Quién es, entonces, el más grande en el reino de los cielos?”. Por el contrario, en Marcos es Jesús quien toma la iniciativa. Es él quien pregunta “¿Qué discutíais en el camino?”.

(c). Según Marcos 9:33 Jesús está con sus discípulos. Están juntos en una casa. No obstante, según el versículo 35 ellos no parecen haber estado con él, puesto que tiene que llamarlos.

   Las siguientes respuestas merecen considerarse:

   En cuanto a la primera objeción, es verdad que Lucas—como sucede a menudo—no indica el lugar del suceso, pero Mateo acaba de mencionar la llegada de Jesús a Capernaúm. Nótese: “Cuando llegaron a Capernaúm” (17:24). Después viene la historia del pago del impuesto del templo. Luego leemos, “En aquel tiempo—o: en aquella hora—los discípulos vinieron a Jesús, diciendo: ‘¿Quién, entonces, es el más grande?’” (18:1).

   En cuanto a la segunda objeción, se puede decir lo siguiente: Mateo expresa la pregunta de los discípulos así, “¿Quién, entonces—nótese este entonces en griego—es el más grande?”. Este sólo hecho indicar que algo ha precedido a esta pregunta. La secuencia de los sucesos pudo haber sido como sigue:

   En el camino a la casa surge una discusión entre los discípulos con relación a los rangos (Lc. 9:46). Estando ya en casa, Jesús les pregunta, “¿Qué discutíais en el camino?”, pero ellos guardan silencio, etc. (Mr. 9:33, 34). Sin embargo, Jesús conoce sus pensamientos (Lc. 9:47). Cuando ellos se dan cuenta de esto, le preguntan, “¿Quién, entonces, es el más grande en el reino de los cielos?” (Mt. 18:1). En cualquier caso, la suposición de que hay discrepancias es injustificada.

   En cuanto a la última objeción, ¿no era natural que aquellos hombres, presionados por un sentido de culpa, permanecieran un poco alejados de su Maestro? ¿Y no era igualmente natural que él, al estar a punto de impartirles la enseñanza necesaria, se sentase y ocupase su lugar de Maestro (cf. Mt. 5:1, 13:1; Lc. 5:3; Jn. 8:2) y los reuniera alrededor suyo?

   Jesús está nuevamente en Capernaúm, la misma ciudad que por largo tiempo fue su centro de acción. Estaba “en la casa” o “en casa” (como en Mt. 8:6; véase también sobre la frase sinónima en Mr. 2:1). Sus discípulos ya habían entrado en aquella casa. Jesús les preguntaba— o: comenzaba a preguntarles,423—“¿Qué discutíais en el camino?”. Evidentemente Jesús sabía que entre ellos se había desarrollado una conversación en voz baja mientras caminaban tras él. ¿Sabría más que esto? ¿Tal vez conocía el tema mismo y la naturaleza de la conversación?

   Es inútil que tratemos de comprender la forma exacta de la adquisición del conocimiento de Cristo. Sin embargo, se deben tener presentes tres consideraciones: a. Su naturaleza humana no era en sí, ni por sí misma omnisciente (Mr. 13:32; cf. Mt. 24:36); b. su naturaleza divina a veces impartía conocimientos a su naturaleza humana, la cual, sin este acto de comunicación no los habría tenido (Mt. 17:25, 27; Jn. 1:47, 48; 2:25; 21:17); y c. a veces Jesús recibía información de forma totalmente humana, preguntando o investigando (Mr. 5:32; 6:38; 11:13). En el caso presente (Mr. 9:33), como ya se ha indicado, debemos pensar probablemente en b. Véase también 2:8. Jesús ya lo sabía antes de que se lo dijesen, pero hizo la pregunta para que empezaran a reflexionar sobre lo que habían hecho, y se sintieran avergonzados.

   En respuesta a la pregunta de Cristo, se produjo un silencio sepulcral y prolongado. Evidentemente, los discípulos estaban turbados y avergonzados.

   ¡Resulta extraño que una de las primeras consecuencias derivadas de la segunda predicción (9:30–32) sobre su agonía inminente, fuese que los discípulos discutiesen acerca de los rangos! ¡Con qué rapidez la pena (Mt. 17:23b) que les causó esta predicción cedió su lugar a un desviado anhelo de encumbramiento! ¡No obstante, este era el tipo de hombres que Jesús eligió para ser sus discípulos! Por esta clase de hombres había de dar su vida. Así se resalta el carácter soberano del amor de Dios en la elección. Cf. Sal. 103:14; 115:1; Ez. 16:1– 14; Dn. 9:7, 8; 1 Jn. 4:19; y véase CNT sobre Ef. 1:4.

   Sin embargo, bien pudo haber una relación entre la predicción de Cristo y la discusión de los discípulos. Aunque Jesús había hablado acerca de su pasión, también mencionó su resurrección. Además, poco antes de esto había prometido que algunos de sus discípulos verían “el reino de Dios venir con poder” (9:1). Como la forma terrenal de pensar que tenían los discípulos todavía estaba bastante latente—y lo estaría por largo tiempo después; véase Hch. 1:6—, las predicciones de Jesús pudieron haberlo llevado a pensar y discutir acerca de los grados relativos de eminencia que a cada discípulo le correspondería en ese reino. Además, últimamente Pedro había tenido una actuación muy destacada. ¿Estaría reservado para él el lugar de mayor rango?

   Había llegado el momento solemne para que Jesús mostrase a sus discípulos cuál debía ser la verdadera actitud de todo ciudadano del reino. 35. Así que se sentó, llamó a los Doce, y les dijo, “Si alguno desea ser el primero, deberá ser424 el último de todos y siervo de todos”.

   Jesús les llamó ante su presencia, y con el acto de sentarse, como ya se ha explicado, indicó que en cuanto maestro de ellos estaba a punto de darles una lección de suma importancia. La lección es esta: la idea que ellos tenían de lo que significaba “ser grande” debía cambiar; de hecho, la tenían totalmente invertida. La verdadera grandeza no consiste en que una persona se coloque a sí misma en las alturas para desde allí mirar a los demás con desprecio y con una actitud de satisfecha autocomplacencia (Lc. 18:9–12). Por el contrario, la grandeza consiste en sumergirse e identificarse con los problemas de los demás, en empatizar con ellos y ayudarles de todas las maneras posibles. Así que, si alguno—sea alguno de los Doce o cualquiera— desea ser el primero, que sea el último; es decir, que sea siervo de todos.

   Jesús repetiría esta lección muchas veces durante su ministerio, probablemente en varios lugares y en formas ligeramente variadas (véase Mt. 20:26, 27; 23:11; Mr. 10:43, 44; Lc. 9:48b; 14:11; 18:14). En realidad, ¿no es esta una lección que se subraya por toda la Escritura? (véase Job 22:29; Pr. 29:23; Is. 57:15; Stg. 4:6; 1 P. 5:5).

   En cuanto a la vanidad y a la ambición egoísta, considérese que “antes del quebrantamiento es la soberbia, y antes de la caída la altivez de espíritu” (Pr. 16:18). ¿No fue esta la experiencia de Senaquerib (2 Cr. 32:14; 21), de Nabucodonosor (Dn. 4:30–33) y de Herodes Agripa I (Hch. 12:21–23)? Por otro lado, nótese lo que se dice de aquel elogiado centurión (Mt. 8:8, 10, 13), de la humilde mujer sirofenicia (Mr. 7:29; cf. Mt. 15:27, 28) y del contrito recaudador de impuestos (Lc. 18:13, 14).

   Una de las razones por las que esta lección de Jesús es inolvidable, es que él mismo la ejemplificaba con su propia vida (Mr. 10:44, 45; Lc. 22:27; Jn. 13:1–15; Fil. 2:5–8).

   Hay otra razón por la que esta lección sobre la humildad y la confianza ha llegado a ser muy conocida. Se debe a la preciosa ilustración viviente que Jesús grabó indeleblemente en la mente y corazón de sus seguidores: 36a. Y tomó a un niñito y lo puso de pie en medio de ellos. Lo que Jesús hizo en esta ocasión reveló no sólo su perfecta comprensión de la naturaleza del reino y de la forma de entrar en él, sino también su ternura hacia los pequeños. Lo que dijo merece todo el elogio que se le ha concedido, y mucho más aún. ¿Pero no se reveló aquí también la grandeza del alma del Mediador por su moderación, es decir, por lo que no hizo y lo que no dijo? Ni siquiera regañó a sus discípulos por su dureza y su insensibilidad con respecto a la cercana agonía, ni por la superficialidad de su tristeza, ni por la rapidez en desviar la atención hacia ellos mismos, ni por su egoísmo. Todo esto lo pasó por alto, y se refirió directamente a la pregunta de ellos.

   Es grato observar la frecuencia con que se menciona en los Evangelios la presencia de niños alrededor de Jesús y/o su amor por ellos (véanse Mt. 14:21; 15:38; 18:3; 19:13, 14; 21:15, 16; 23:37; cf. Mr. 10:13, 14; Lc. 13:34; 18:15, 16). Indudablemente, los niños se sentían atraídos a Jesús, les gustaba estar con él. Cada vez que necesitaba un niño, allí había uno, listo para lo que fuese necesario, y para venir cuando él lo llamara. Así ocurre también aquí. De nada sirve especular sobre quién era este niño. El punto principal es que realmente era un niño, dotado de todas las cualidades favorables y afables que generalmente van asociadas a la infancia de todas las razas y de todos los tiempos.

   El Señor llamó a este pequeño a su lado, y le colocó “en medio de” todos aquellos hombres “grandes”, tal vez en posición adecuada para enfrentarles en un semicírculo. El niño no tenía miedo porque estaba al lado mismo de Jesús (Lc. 9:47). Marcos añade a continuación una bella pincelada que no se halla en los otros Evangelios: 36b. Y tomándolo en sus brazos, les dijo.… En aquellos brazos el pequeño se sentiría perfectamente cómodo y podría mirar confiadamente al rostro de Jesús. Prosigue: 37. “Cualquiera que en mi nombre recibe a uno de estos niños, a mí me recibe; y cualquiera que me recibe a mí, no me recibe a mí sino al que me envió”. Esta expresión del Señor encaja con el presente contexto, así como también con el contexto de Mateo 10:40;

   Aquí en Marcos 9:37, el razonamiento es algo así: Jesús dice a sus discípulos que deben olvidarse de rangos, preeminencias y prominencias. En cambio, deben concentrar su atención en las necesidades de algún niño, de cualquier niño, aun de uno solo. Por ejemplo, que se preocuparan por el niño que Jesús tenía en ese momento en sus brazos, o por cualquier otro parecido. Debían recibir a tal niño “en nombre de Cristo”. El nombre de Cristo significa Cristo mismo, en su gloriosa autorrevelación. Por tanto, recibir a un niño “en el nombre de Cristo” significa tratarlo con todo el amor y la consideración que Cristo merece a causa de la forma en que se ha revelado en palabra y obra. Debían recibir a un niño o a cualquiera que por su debilidad, necesidad y humilde dependencia se asemejara a un niño. Al hacerlo, estarían recibiendo a un niño “en nombre de Cristo” (cf. 10:29). Ahora bien, si esto se hace con toda la sinceridad, calor, y entusiasmo que sea posible, beneficiará a aquel a quien se otorga este afecto. Y esto es lo que Jesús desea, porque ama a los pequeñitos.

   Pero hará más que esto. Beneficiará también a quienes otorgan este cuidado. En el proceso de identificación con estos niños ¿no vendrán a ser también ellos como niños?

   Además, la obediencia al mandato de Cristo glorifica a Cristo. Jesús prosigue indicando que él tiene una íntima relación con los niños y, por tanto, quienquiera que en su nombre reciba a uno de estos niños, recibe al Redentor de ellos, es decir, a Jesucristo.

   Finalmente, ya que la relación entre Jesús y el Padre que le envió (Mr. 12:6; cf. Mt. 15:24; Lc. 10:16; Jn. 3:16, 17; etc.) es infinitamente íntima (Jn. 17:10, 21, 24–26), se sigue que todo aquel que recibe a Jesús, no lo recibe a él—es decir, a él solamente—sino también al que lo envió, al Padre.

   Resumiendo: en lugar de preguntar, “¿Quién es el más grande entre nosotros?”, los seguidores de Jesús deberían aprender a enfocar su atención y su amor en los pequeñitos de Cristo; deben concentrarse en las ovejas del rebaño y en todos aquellos que están necesitados y confían como estas ovejas. Tal es la esencia de la verdadera grandeza, la grandeza que refleja la misma cualidad que en grado infinito reside en Dios (Is. 57:15).

   Se podría suscitar una objeción: “Pero aquella pregunta: ‘¿Quién es el más grande entre nosotros?’ era tan ridícula y pueril que no tiene significado alguno para tiempos postreros”. Esta conclusión sería totalmente errónea. El anhelo de ser grande está por naturaleza latente en todo corazón humano. Testigo de esto son los alardes de grandeza que los padres hacen ante sus pequeños; las palabras del niño de la clase de párvulos “mi papá puede vencer a tu papá”; los muchos libros que se anuncian para enseñar a una persona “cómo obtener control sobre los demás”; y por último, pero no menos importante, la obsesión por el poder, la que llevó a Hitler a intentar establecer su indómito ego, y que dio como resultado final lo que se ha dado llamar “la pesadilla más terrible que la humanidad haya sufrido jamás”. Y mientras los creyentes estemos en este mundo no podremos vencer del todo el deseo o impulso de exhibir al menos indicios de la arrogancia de Lucifer. Además, en muchos casos los creyentes no hacen uso de las oportunidades para rendir servicio a los pequeñitos de Cristo: a los jóvenes, a los débiles, a los que se han desviado de la senda, etc. De ahí que tales pasajes como el presente (Mr. 9:33–37) jamás pierden su valor en esta vida (cf. Ro. 15:1–3; Gá. 6:1, 2; Fil. 2:3ss.; Stg. 4:6; 1 P. 5:5; etc.).

   Citas: Mateo 23.27. ¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! porque sois semejantes a sepulcros blanqueados, que, por fuera, a la verdad, se muestran hermosos, más por dentro están llenos de huesos de muertos y de toda inmundicia. 

2ª Corintios 10.5. derribando argumentos y toda altivez que se levanta contra el conocimiento de Dios, y llevando cautivo todo pensamiento a la obediencia a Cristo, 

1ª Pedro 2.20-22. Pues ¿qué gloria es, si pecando sois abofeteados, y lo soportáis? Mas si haciendo lo bueno sufrís, y lo soportáis, esto ciertamente es aprobado delante de Dios. Pues para esto fuisteis llamados; porque también Cristo padeció por nosotros, dejándonos ejemplo, para que sigáis sus pisadas; el cual no hizo pecado, ni se halló engaño en su boca;

   Definición: de pretensión

  1. 1. f. Acción de aspirar a alguna cosa ya de niña mi pretensión era ser actriz. propósito
  2. 2. Derecho que una persona considera que tiene sobre una cosa.
  3. 3. Presunción o vanidad desde que es famoso tiene mucha pretensión. engreimiento
  4. 4. barajarle a una persona una pretensión coloquial Ser causa de que se malogre.
  5. 5. barajársele a una persona una pretensión coloquial Malogrársele.

Amén, para la honra y gloria de Dios.

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Hno Roberto Saldías Roa

Miembro de la IEP en Nacimiento Bajo, nació en el evangelio del Señor en la Iglesia de Laja 1975. Casado con María Nahuelmán, estudia teología de manera autodidacta. Me gusta mucho leer y escribir.

 

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